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dijous, 28 de juliol de 2011

Palawan I - Busuanga & Puerto Princesa

La última frontera de Filipinas. Así se presenta esta provincia, sin duda una de las más remotas del país. Esta isla y sus islitas pequeñas forman en conjunto la forma de un paraguas cerrado. Así la llamaron los exploradores españoles y así se quedó para los filipinos: de "paraguas" a Palawan.

Nuestra ruta empezó por el extremo norte: la isla de Busuanga. Aterrizamos en el YKR Airport con un avión de hélices de la mítica Cebu Pacific Airlines, la low cost filipina por excelencia. Y de allí, una horita en furgoneta hasta Corón, capital de la isla, que por lo demás es muy rural. Esta pequeña población tiene algunos atractivos turísticos interesantes. Nada más llegar subimos al monte Tapyas, una colina verde con escaleras interminables y muy empinadas. Pero vale la pena el esfuerzo,:las vistas desde arriba son impresionantes. El pequeño pueblo de Corón a los pies de la montaña y a la vez, pegado al mar, conforma un conjunto paisajístico de cuadro. Las miles de islas que salpican el resto del océano junto con el cielo y algunas nubes alargadas lo rematan. También nos sorprendimos de ver las altas hierbas de las laderas mecerse al compás de viento emulando una gran alfombra verde. Tras esta pequeña excursión, la furgoneta que alquilamos nos llevó a las Makini Hot Springs, unas pequeñas cataratas de agua muy caliente (40 grados) que salen directamente de la tierra, tras haber pasado al lado de lava volcánica en activo. Era la primera vez que veíamos este fenómeno natural, y a todos nos sorprendió mucho la altísima temperatura de estas aguas naturales tan calientes como una bañera. Según los filipinos, estos manantiales tienen algunas propiedades termales positivas. Sin embargo, también avisan de que las personas con tensión baja (como yo) no permanezcan mucho tiempo bañándose, ya que la alta temperatura hace que la tensión baje aún más. Así que a los 15 minutos nos salimos, era demasiado caliente.

Volvimos al hotel, un pequeño resort situado cerca del puerto, cuyas habitaciones estaban construidas encima del mar. Y decidimos cenar en el pequeño restaurante del hotel, que ofrecía un pequeño menú de comida japonesa.

Al día siguiente contratamos una excursión a la isla Corón, que es la que se encuentra enfrente del pueblo, a 20 minutos en bangka (el tradicional barco filipino, estrechos en el medio y con dos largos maderos estabilizadores a los lados). Así que, con los tres tripulantes y nosotros siete, pusimos rumbo hacia la isla donde se rodaron algunas de las escenas de la película King Kong. Una isla altísima con escarpadas rocas cubiertas de selva que dan directamente al mar. Estos territorios son considerados dominio ancestral de los Tagbanua, antigua tribu pescadora que ahora también se encarga de gestionar los accesos a estas zonas naturales vigilando el impacto turístico en algunas zonas vulnerables y cobrando un pequeño impuesto de 100 pesos (un euro y medio) a cada visitante que desea entrar en alguna de las zonas protegidas de la isla.

Empezamos parando en Siete Pecados, un parque marino perfecto para hacer snorkel. Se trata de un santuario protegido donde ver corales de colores, negros erizos de mar con pinchos amenazantes y sobretodo miles de peces de colores, grandes, algunos pequeños y que siempre nadan en grandes grupos, otros muy grandes con largas bocas que asustan un poco... y las aguas, cristalinas.

Tras observar las profundidades, seguimos rodeando la isla y llegamos a una pequeñísima playa en la que habían unas escaleritas que trepaban por la roca atravesando la selva. Tras una subida no muy larga, admirando los paisajes de mar e islas, llegamos a un lago interior: el Kayangan. Formado en el antiguo cráter del volcán que formó la isla, este lago ahora acumula agua dulce. Bañarse en él impresiona por la altura de sus paredes y el paisaje selvático que lo rodea. Bucear en el fondo de este lago es como admirar un paisaje lunar.

Para descansar de todas estas actividades desembarcamos luego en Banol Beach, una corta playa de arena blanca en la que tumbarse en silencio, darse un baño y relajarse con el sonido de las olas o del vibrar de las palmeras al viento. Aquí fue donde comimos, en una de las cabañas que los nativos han construido para los visitantes. Los marineros que contratamos en nuestro barco sacaron los bártulos y nos prepararon una excelente barbacoa a fuego de leña con carne de cerdo y pollo en la misma playa. Además, llevaban arroz blanco (imprescindible en Filipinas), ensalada de pepino, tomate y una fruta filipina que no logré descifrar, y una salsa avinagrada a base de hortalizas que picaba un poco. Delicioso. Y de postre, un racimo de plátanos pequeñitos pero muy sabrosos.

Lo gracioso de esta playa es el monito que vive con los nativos. Estaba atado con una cuerda que se mueve por un largo palo por la que va caminando. Recomiendo no acercarse mucho, ya que le encanta saltar encima de los turistas para asustarlos.

Tras la comida y una pequeña siesta reparadora al sol, pusimos rumbo a la siguiente parada: una zona de mar al lado de la isla en la que encontramos el pecio más accesible, que se puede ver sin necesidad de equipo de buceo. Se trata del Lusong, un barco de guerra japonés hundido por la fuerza aérea norteamericana el 24 de septiembre de 1944, en las postrímerias de la II Guerra Mundial. En estas aguas se hundieron más de una docena de barcos de guerra nipones, y este se puede observar con un simple equipo de snorkel básico: buenas gafas de buceo, aletas y un tubo. Impresiona bastante verlo, ahora cubierto de corales y con peces de diferentes colores habitando en su alrededor. Varios intentamos sumergirnos lo suficiente para nada cerca ,pero los nueve metros de profundidad a los que se encuentra se notan, y la presión en los oídos para los que nunca hemos buceado es insoportable. Sólo dos que tenían experiencia consiguieron sumergirse y nadar en el barco mismo. 

 La última parada de la excursión, y ya un poco cansados de tanto ejercicio, sol y barco, era los lagos gemelos o Twin Lagoon. Aquí el barco se acercó a la isla, a la roca, cerca de un pequeño agujero en la misma, donde tuvimos que bucear un poco entre las rocas para acceder al interior. Una secreta entrada de mar, enorme, rodeada por las altas paredes selváticas de la isla, fue lo que encontramos.

Tras un día tan activo conociendo paisajes paradisíacos, desembarcamos de nuevo en Corón, y tras ducharnos fuimos a comer al Bistro Coron, un pequeño local con especialidades de toda Europa y Asia, aunque muy centrado en la comida francesa. Recomendable también por sus platos de pescado. El preparado al ajo y hiebas está muy bien.

A la mañana siguiente navegamos 8 horas en dirección sur hacia la isla principal de Palawan. Sólo sale un barco cada dos dias, cuesta alrededor de 38 euros y dura demasiado. Pero es el único medio que comunica Corón con El Nido. Esta última se trata de una pequeña población que cada vez es más famosa por sus increíbles playas y sus paisajes de infarto. Además, en 2010 sus playas fueron calificadas como las segundas mejores del mundo, según el diario británico The Guardian. Podéis leer más de mis viajes a El Nido aquí.

A mitad paramos unas horas en el famoso río subterráneo de Savang, patrimonio de la humanidad-UNESCO, y según los locales, una de las 8 maravillas naturales del mundo moderno. Se accede a ellas a través de una bangka que nos llevó hasta la reserva natural: una selva con lagartos filipinos gigantes y monos sueltos. Y luego hay que esperar un rato hasta que toque el turno de tu grupo para entrar en una pequeña barcaza con un guía que va explicando a qué se parecen las rocas que van apareciendo durante el trayecto.

El río atraviesa unas grutas enormes, sobretodo la parte conocida como "la catedral" con techos de unas alturas increíbles y formaciones naturales que nos recordarán a la sagrada família o al rostro de Jesucristo. También hay berenjenas, bananas, champiñones, y muchas otras rocas a las que muchas veces, y por mucho que se empeñe el simpático guía, es imposibles verles el parecido.

Impresionantes son también los cientos de murciélagos dormitando en el techo a los que veremos solo cuando apunten el foco de nuestra barca hacia arriba. Y los miles de pájaros que entran y salen del río. Las decenas de goteras nos mojarán de vez en cuando y tal vez la mejor anécdota es cuando aparezca la roca más famosa del recorrido: Sharon "Stone", una figura natural muy similar a la espalda, culo y piernas de una mujer.

Los filipinos están particularmente orgullosos de esta atracción natural, tal y como lo prueban los cientos de turistas nacionales que abarrotan la cola de las barcas. Sin embargo, hace unos años, un río subterráneo descubierto en México le quitó el honor a Savang de ser el más largo del mundo.

Llegamos a Puerto anocheciendo. Buscamos un hotel barato y encontramos uno con un cuarto donde cabíamos los siete (cuatro chicas y tres chicos). Aquel cuarto parecía un campamento. Salimos a dar una vuelta por la ciudad y de paso comer algo. Y sinceramente, a parte de paseo marítimo, que tampoco era gran cosa, Puerto Princesa es una capital provincial más, sin mucho que ver. Tal vez nos faltaron los museos, pero no teníamos mucho tiempo. El sábado por la mañana cogíamos el vuelo de vuelta a Manila

Por tanto, me queda por ver el sur de Palawan, mucho más rural y sin carreteras, y explorar mejor Puerto Princesa. Y también bucear. Pero eso será ya dentro de muchos años. Prometo contaroslo.

dilluns, 11 de juliol de 2011

Marrakech & Essaouira

Gracias a compañías low cost como Ryanair o Easyjet, miles de europeos nos acercamos cada vez más a Marruecos. Y sin duda, el destino estrella es Marrakech. Tal vez algunos lo hagan por ser la ciudad más conocida del país o tal vez otros lo hagamos guiados por aquel célebre comentario de Winston Churchill, cuando afirmó que si sólo se disponía de un día para visitar Marruecos, se escogiera Marrakech.

Y en efecto, tras salir de un avión por cuyo pasaje pagamos menos de 10 euros por persona, nos recogió el chófer del primer riad al que nos dirigíamos. Era mi primera vez en el país vecino y no quería empezar mi visita peleandome con taxistas y por los precios exigidos. Y tampoco quería perderme intentando entender las líneas de autobuses. Acerté. La medina de la ciudad es un laberinto indescifrable para un foráneo y si no nos llegan a dejar en la puerta del riad, no sé como lo hubiésemos encontrado.

El calor era sofocante y se estaba levantando la típica tormenta de arena. Aún así, y tras recibirnos muy amablemente, la bretona dueña del riad Al Rimal nos ofreció sendos tés a la menta bien calientes, así como los típicos dulces árabes a base de frutos secos, hojaldre y miel, tan dulces y crujientes como pegajosos. Es la hospitalidad árabe, y por tanto la aceptamos encantados a pesar del calor y sequedad que teníamos.

Porque los riads son así. Edificios enteros de la parte antigua de la ciudad en los que viven los dueños y de los que alquilan habitaciones. Lo que en francés se llama "maison d'hôtes". En Marruecos, la cultura del riad alcanza en ocasiones una calidad soberbia. Las casas están decoradas con un gusto sublime, muchos tienen piscinas en los patios interiores y las habitaciones son muy cómodas, así como los elegantes cuartos de baño, con geles, champús y cremas de fragancias tan del gusto árabe como el jazmín o el almizcle.

La parte positiva del riad es que, en general, la decoración y el servicio son excelentes, ya que son los dueños del lugar los que te están alojando. Esto te permite conversaciones interesantes, un trato más personalizado y cercano y una mayor tranquilidad. La parte negativa es que existe una tendencia a que los riads sufran un proceso de "hotelización" y cada vez más los dueños contraten a personas que atiendan el negocio mientras que ellos se trasladan a vivir a otro lugar.

Recuerdo la impresión de pasar de las sofocantes y bulliciosas calles de la medina a la tranquilidad y frescura del riad, con un patio central ocupado por una piscina con un puentecito, un salón con sofás y alfombras y unos amables y atentos dueños que tras charlar y ofrecernos su hospitalidad, nos llevaron a nuestra habitación.

Tras una estimulante ducha perfumada, salimos a explorar las callejuelas y el zoco local. Y lo primero que se constata es que la ciudad es roja. En Marruecos se dice que cada ciudad tiene un color. Marrakech no engaña: todas sus casas y construcciones guardan una armonía cromática de un rojo arenoso. Aunque sin duda, lo que más impresiona de la ciudad es su famosísima plaza Djeema el Fna, patrimonio oral de la humanidad-UNESCO. Decidimos explorarla después de cenar, por lo que la cruzamos apresurados al principio.

El caso es que buscábamos cenar la comida típica de Marrakech: la tanjia. Preparada en los mismos recipientes que los tajines, la tanjia está compuesta únicamente por trozos de carne de vacuno especiados y asados en hornos de barro durante varias horas. Optativamente se le puede acompañar de sémola y verduras aunque preparadas en tajines diferentes. Por tanto, su sabor no es muy diferente al del cuscús.

Recomendados por los dueños de nuestro riad, fuimos precisamente al "Tanjia", el restaurante especializado de la ciudad. Con las mesas dispuestas alrededor de un patio de dos pisos, y música marroquí sonando, el lugar es muy auténtico. La luz ténue, la decoración con velas, los camareros vestidos con ropas tradicionales o las bailarinas danzando entre las mesas hacen de este restaurante el lugar perfecto para los turistas al uso. Eso lo convierte en un lugar a evitar desde mi punto de vista. Además, los precios son el triple de lo que pagaríamos en cualquier otro lugar por la misma comida.

Algo decepcionados, volvimos al hotel con el firme propósito de buscar al día siguiente un guía local que nos enseñara bien la ciudad. Sin embargo, volvimos a salir por entre los callejones a la famosa plaza Djeema, y decidimos, esta vez, explorarla un poco. El lugar está presidido por el gran minarete de la mezquita más grande de la ciudad, del que es copia exacta la Giralda de Sevilla. La plaza es un lugar que bulle, con encantadores de serpientes, bereberes que ofrecen decorar la piel con henna, miles de puestos de comida típica, domadores de monos (uno de los cuáles me puso al suyo encima)... etc. Aunque lo más característico son sus decenas de puestos de zumo de naranja recién exprimido.

Los vendedores de zumo, desde sus puestos apiñados uno tras otro y parapetados de cítricos locales, tratan de atraer a los paseantes para venderles un buen vaso de zumo de naranja de Marrakech (por el momento, la mejor que haya probado nunca). Por tan sólo 4 riads (35 céntimos de euro) compramos un vaso de un zumo dulce y refrescante. Y tras ver un par de calles del zoco, nos retiramos, esta vez sí, a dormir.

Al día siguiente tuvimos el desayuno en la soleada terraza del riad, compuesto de las típicas tortitas marroquís, las mermeladas, el pan, el correspondiente zumo de naranja recién exprimido y por supuesto, el reglamentario té a la menta. En cuanto acabamos, el guía nos esperaba para enseñarnos el norte de la medina.

En primer lugar visitamos la impresionante Madrassa Ben Yousef, es decir, la antigua universidad islámica, en la que los estudiantes se encerraban ocho años para aprender física, poesía, literatura, química, astronomía, medicina, biología, geografía, matemáticas, historia, teología... además, no podían acabar sus estudios si no se aprendían el Corán de memoria.

El robusto eficicio recuerda mucho en su interior a la Alhambra de Granada. Su patio central en el que se impartían las clases con su estanque para hacer la abluciones y la mezquita anexa son impresionantes. El uso de la madera de cedro, de estuco y de los azulejos da un resultado muy bello al patio. También es interesante ver las habitaciones de los estudiantes, lugar en el que pasaban todos esos años. Curioso que se premiara a los mejores estudiantes con habitaciones más grandes y con vistas al patio central.

A continuación fuimos al museo de Marrakech, una antigua casa señorial donde además de varias antigüedades expuestas lo más interesante es ver el hammam privado que tenía la casa así como sus gigantescas salas de fiesta con sus enormes lámparas. Y de allí fuimos a la cercana Qubba, los depósitos de água que construyeron los berebéres cuando fundaron la ciudad, donde también se encontraban los baños públicos, ya que en aquella época la gente no tenía baño en las casas.

Y hablando de los bereberes, el guía nos llevó a una auténtica farmacia bereber, donde un simpático farmacéutico nos fue explicando en contenido de cada uno de los cientos de frascos que abarrotaban las estanterías. Me llamaron la atención las maderas enrolladas en palos que se mastican para blanquear los dientes o los cuenquitos de cerámica con tinte que tan solo con pasarles un dedo humedecido se preparan para pintar los labios de rojo de cualquier bereber coqueta.

Ellos insistieron mucho con el aceite de Argan y en sus propiedades como milagrosas. También me gustó mucho el dulce perfume del ámbar (del que compré una pieza). Tampoco pude resistirme a comprar un saquito de té a la menta, que me encanta. Y aunque las explicaciones fueron muy interesantes, lo cierto es que salimos con la sensación de haber asistido a un teletienda en directo. Sensación que aumentó cuando el guía nos llevó a continuación a una fábrica artesanal de alfombras e intentaron encasquetarnos varias. O a la tienda de antigüedades. Sin embargo, con este final tan inesperado y poco agradable de la visita, el guía consiguió que no compraramos nada más, se quedó sin su buscada propina (¡ya había cobrado 26 euros!) y además aceleramos nuestra salida en bus hacia a Essaouira.

En efecto, nos dirigimos a la moderna estación de tren de Marrakech, un edificio asombroso en la parte nueva de la ciudad, parte mucho más racionalizada que la medina. Como teníamos tiempo hasta la salida del bus, comimos algo y dimos una corta (muy corta) vuelta, ya que el calor era más que sofocante y el sol quemaba. Pudimos visitar algunos interiores del Teatro Real, moderno edificio construido con la misma decoración que la estación ferroviaria.

Y del calor sofocante y la arena en los ojos de la ciudad roja pasamos al fresquito de Essaouria que rápidamente se transformó en frío por la noche. Y es que a tan sólo tres horas en bus de Marrakech encontramos esta preciosa ciudad costera, antes llamada Mogador, y que se contruyó en el siglo XVIII. Essaouira es la ciudad blanquiazul. Su medina, rodeada por murallas con cañones le dan un toque mágico, al oírse también las olas del bravo Atlántico que la azotan.


El riad Chaik Mogador era un poco más humilde que el de Marrakech, sin embargo para mi gusto, era mucho más auténtico. Además, personalmente me sentí muy bien en esta ciudad costera. La gente jamás intenta venderte nada si no preguntas, la sensación de seguridad es enorme y el clima es perfecto. Hasta me tapé con la colcha.

Callejear por sus zocos y calles es un placer, excepto una barriada cerca de las murallas donde las casas estaban en ruinas y parecía que habían bombardeado la ciudad. Por lo demás, las callejuelas son preciosas. Además, hay una gran oferta de restaurantes baratos de comida típica. La primera noche cenamos en La Petite Perle, un restaurante pequeño, con sillas y mesas bajitas al estilo marroquí así como platos típicos a buen precio. Una tajine de pollo con cebolla y olivas fue mi deliciosa elección.

Al día siguiente, tras el desayuno en el patio del riad y el correspondiente paseo por el zoco y algunas compras, decidimos explorar algo más la ciudad subiendo a sus murallas, desde las que admirar el Atlántico así como la medina blanquiazul de Essaouira. Comimos algo en el Café de la France, uno de los grandes cafés de la época dorada de Mogador y ahora venido a menos. Muy decadente pero con buena comida marroquí a precios muy bajos. Para bajar la comida, nada mejor que pasear por el puerto, observando las decenas de barquitas azules y los barcos pesqueros apiñados. También buscamos un postre en la heladería más famosa de la ciudad: Dolce Freddo. Recomiendo los helados de yogur de mandarina o el de nutella rebajada con helado de almendras, todos artesanales.

Un par de vueltas más y ya nos dirigimos fuera de las murallas para coger el bus que nos devolvería a Marrakech. La vuelta fue curiosa por las muchas manifestaciones que vimos de niños y jóvenes con banderas marroquíes, a favor del referéndum constitucional que se iba a celebrar al día siguiente.

Un chófer nos esperaba al bajar del autobús para llevarnos al nuevo riad: L'Héritage, situado esta vez al sur de la plaza Djeema, en un barrio mucho más ordenado pero aún así, labertíntico. Este riad está todo decorado con motivos cinematográficos, tiene una estupenda piscina, suena música de los años 60 de los Estados Unidos, hay antigüedades de la época y las habitaciones tienen todo tipo de detalles, desde sombreros y espadas a albornoces con nombres de estrellas de Hollywood o bañeras dignas del camerino de la actriz más exigente.

Siendo nuestra última noche en la ciudad roja, decidimos cenar esta vez en uno de los puestos de la famosa plaza Djeema el Fna. Descartando probar el plato más famoso (los sesos de cordero) nos decantamos por una ración de pinchitos de varias carnes así como una pastilla, es decir, el típico bizcocho marroquí azucarado y con canela que viene relleno de pollo desmigado. Tras una vuelta más para ver el ambiente de la plaza y algunas compras de última hora volvimos a dormir. Al día siguiente volvíamos a Europa.



Marruecos es un país que cumple con las demandas de exotismo de cualquier europeo medio, ofreciendo también todos los servicios que un occidental poco aventurero necesita. Esto, unido a la gran cantidad de vuelos baratos que operan desde Europa, contribuye a que el turismo hacia el país de la monarquía alauí no deje de crecer. Sin embargo, esta vez voy a tener que corregir a Churchill. De momento, y conociendo solo dos de las ciudades marroquíes, personalmente prefiero decir que si sólo disponeis de un día para visitar Marruecos, vayáis a Essaouira.