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divendres, 14 de juliol del 2023

Santiago de Chile

Una ciudad colonial

Santiago de Chile es una ciudad de contrastes, perfecta para pasear, enorme y muy viva. Su gran oferta cultural, con museos, teatros, galerías y librerías atraparán a cualquier urbanita. La arquitectura señorial de muchos de sus barrios, unida a su gastronomía, no tan variada como otras capitales, pero sí de calidad, también ayuda. Y la cordialidad de los chilenos lo acaba de arreglar todo, que siempre llenan las terrazas y cafés de la ciudad con gran jolgorio.

Ya los incas convirtieron este valle en un nudo de comunicaciones del sur de su imperio, pero fue el extremeño Pedro de Valdivia el que, siguiendo órdenes de Pizarro, fundó aquí una ciudad en 1541 bajo el nombre de Santiago del Nuevo Extremo. Es interesante acercarse al cerro de Santa Lucía, actualmente un parque neoclásico con fuentes y escalinatas muy agradables desde el que tener una primer panorámica parcial de la ciudad. Fue en este cerro donde De Valdivia decidió fundar la ciudad, aconsejado por las tribus locales y por la presencia de dos caudalosos ríos.

Bajó del cerro y fundó la población. El centro sigue siendo la parte más antigua y bulliciosa de la ciudad y mantiene la forma colonial de cuadrícula, con la plaza de Armas como núcleo centenario. En ella se encuentra la Catedral Metropolitana, muy elegante, que alberga los corazones en formol de soldados chilenos de la guerra contra el Perú. También está el Museo Histórico Nacional, antigua sede del gobierno colonial, en el que recomiendo subir al reloj para ver las vistas de la plaza y recorrer sus salas que narran la historia de la ciudad desde el siglo XVIII hasta el golpe de Estado de 1973, con las gafas rotas de Allende como último objeto de la exposición. 

De la misma plaza salen rectas calles y amplios bulevares, muchos peatonalizados, jalonados por altos edificios residenciales o de oficinas de finales del XIX y principios de XX, que fueron muy elegantes y ahora están en franca decadencia. Tiendas de ropa barata, locales de comida rápida y alguna cafetería tradicional componen los bajos de estos edificios, concentrándose las tiendas de mayor calidad en las galerías privadas que atraviesan algunos de estos mega edificios y que se cierran por las noches por razones de seguridad. 

Para comer por aquí, recomiendo el histórico Bar Nacional: con sus barras cromadas, personal uniformado y platos típicos chilenos, es como volver a los años 30. Disfruté del tradicional pastel de jaiba, un guiso de cangrejo del Pacífico mezclado con miga de pan, ajo, cebolla, pimientos, vino blanco, especias y mantequilla horneado en cazuelas de barro con una capa de queso derretido por encima. Se acompaña con pan recién horneado y pebre chileno, una salsa casera de tomates frescos, cebolla, ají, cilantro y pimientos. De principal me pedí un caldo gallito, de concentrado de carne con trozos de carne de vacuno y un huevito encima.

Si seguimos paseando por el centro, también debemos visitar un edificio clave de la época imperial: el Palacio de la Moneda. Este edificio neoclásico fue construido en época colonial para acuñar moneda española. Se convirtió en palacio presidencial décadas después de la independencia. Su momento más oscuro fue cuando se bombardeó durante el golpe de Estado de 1973, en el que el presidente Allende se negó a abandonar el poder y fue derrocado poco después de su suicidio en su despacho. Enfrente del palacio hay un monumento en su honor y en muchos árboles de la plaza aún se pueden ver las marcas de las balas testimonio de la batalla que se produjo entre los golpistas y los leales al presidente.

La capital del Chile independiente

Chile declaró su independencia del Imperio español en 1810, lo que inició una guerra que se cerró en 1818 con el final del gobierno colonial. La ciudad siguió creciendo y la modernidad la cambió, convirtiéndose en el nudo ferroviario de la nueva república de Chile. La caída en desgracia de Valparaíso con la apertura del canal de Panamá hizo que Santiago también se convirtiera en la capital financiera del país. La mayoría de altos edificios del centro son de esta época. También el antiguo y elegante palacio del Congreso Nacional, la Biblioteca Nacional o el del Palacio de Justicia. 

Uno de los lugares donde revivir la era de crecimiento de la ciudad es en la barra de la Antigua Fuente, un local de más de 50 años en el que disfrutar de un sanguche completo: carne de cerdo desmechada, queso suizo, sauerkraut, salsa de tomate y mucha mayonesa en pan casero. Y luego acudir a alguna de las pastelerías cercanas y disfrutar de un trozo de torta de almendras y manjar.

A principios de siglo XX, miles de agricultores llegaban a la ciudad Buscando fortuna mientras las clases adineradas se alejaban del centro hacia las zonas residenciales del este, que aún hoy son las más caras de Santiago. Tras la II Guerra Mundial se aceleró la industrialización de la ciudad y surgieron asentamientos informales por doquier.

Uno de los barrios populares de la época es Lastarria: un barrio bohemio y fiestero maravilloso con casas bajas y calles más estrechas, a los pies del cerro de Santa Lucía, con interesantes bares y restaurantes, como el Liguria. En este bar, también bistró, me comí el mejor sanguche de pescado del mundo. Si coméis en la barra os hacen un 20% de descuento.

Muchas de estas clases depauperadas votaron al primer candidato marxista de la historia de Chile, Salvador Allende, que ganó las elecciones con su promesa de traer el socialismo de forma pacífica. Pero el golpe de Estado en 1973 lo depuso y el general golpista Augusto Pinochet ocupó el poder de forma sanguinaria, ejecutando y torturando a todo sospechoso de no apoyarle. Además, instaló un sistema de neoliberalismo, ensayando las teorías más radicales de los economistas de la Escuela de Chicago, que ahondaron las desigualdades en el país. 

Para comprender mejor estos años negros de Chile, me dirigí al Barrio Brasil, donde se encuentra el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, un moderno edificio donde se exponen testimonios y documentos sobre las atroces violaciones de los derechos humanos cometidas por el pinochetismo de 1973 a 1990. Es terrible ver los dibujos que hicieron muchos de los hijos traumatizados de los torturados y asesinados. Asimismo, hay un pequeño espacio de memoria con las fotos de los miles de desaparecidos aún a día de hoy.

Miles de manifestaciones forzaron al dictador a dejar el poder el 1990 cuando las primeras elecciones libres en décadas dieron el poder a Patricio Aylwin. Pese a la restauración de la democracia, el neoliberalismo ha seguido incrementando la desigualdad en Chile. El 1% de los chilenos poseen la mitad de la riqueza del país. Esto llevó a constantes huelgas estudiantiles y obreras que desembocaron en el conocido estallido social del año 2019 que acabó con unas elecciones donde ganó el izquierdista Gabriel Boric, uno de los presidentes más jóvenes del mundo, con la promesa de traer una Constitución de progreso que cerrara las desigualdades presentes.

Aún hoy la inseguridad cunde en Santiago Centro y se siguen viendo de noche decenas de papeleras en llamas, paradas de autobús destrozadas o cientos de comercios protegidos con planchas metálicas y rejas: las vitrinas son rarísimas por aquí ya que suelen ser destrozadas. Los únicos barrios con una cierta normalidad son los del noroeste de la ciudad.

Santiago Vitacura y Las Condes

Mientras tanto, la economía chilena ha seguido creciendo: apartamentos supermodernos han ido apareciendo, nuevas líneas de metro e incluso el rascacielos más alto de Sudamérica: el Costanera Center. Santiago Vitacura es el barrio de los rascacielos brillantes, los centros comerciales a la última y la seguridad. La calle comercial más exclusiva de la ciudad está aquí: la avenida Alonso de Córdova. Muchos se refieren a esta zona como Sanhattan, por ser el distrito financiero del país, con el Costanera Center como núcleo del mismo al que os recomiendo subir para disfrutar de la ciudad y los Andes que la rodean, sobre todo en un día soleado. También es muy agradable dar un paseo por el Parque Bicentenario, perfecto para las mejores vistas de Sanhattan o para disfrutar del río Mapocho.

La falta de personalidad de estos barrios se compensa con sus buenas tiendas y restaurantes, empezando por Boragó, el restaurante del chef Rodolfo Guzmán, que lleva años en la lista de los 50 mejores restaurantes del mundo (este año ha alcanzado la posición 29). Minimalista en su decoración, el foco está en la comida y sus originales platos. Sin levantaros de la mesa, viviréis una aventura culinaria desde el desierto de Atacama hasta la Patagonia, perfecta par aquellos sin tiempo para recorrer este maravilloso país. Los más variados ingredientes chilenos son preparados de forma ingeniosa y presentados de forma magistral. El menú que cambia según las estaciones y los ingredientes disponibles, todos nativos de Chile y muchos usados por primera vez, gracias a los experimentos del chef. Perfecto para descubrir tesoros vegetales (sobre todo) y animales de Chile. Yo mariné el menú con jugos caseros espectaculares (también está la opción de vinos chilenos). Todo de Diez, además no sales hinchado.

Además, también hay otros establecimientos como la renovada Confitería Torres, otro lugar centenario con recetas clásicas que sorprenden por su toque moderno, donde poder disfrutar de clásicos como el pastel de choclo, hecho de pasta de maíz dulce mezclada con pollo desmechado, pasas, aceitunas negras, cebolla y huevo duro. Otro restaurante a la última es El Toro, donde la música moderna y los cócteles se acompañan de delicioso ceviche mixto o maravillosos ostiones a la parmesana.

Como siempre, me dejé muchísimas cosas pendientes, pero volveré seguro, ya que Chile tiene joyas que no puedo perderme: desde la Patagonia hasta la isla de Pascua; del desierto de Atacama a las iglesias de Chiloé. En cualquier caso, no os aburriréis en la capital de los chilenos: es una ciudad muy desigual, pero fascinante en cualquier caso.


IMPRESCINDIBLE

Comer: Sanguche en la Antigua Fuente o en Liguria.

             Pastel de choclo en la Confitería Torres.

             Pastel de jaiba en el Bar Nacional.


Libro: La Casa de los espíritus de Isabel Allende.


Película: NO de Pablo Larraín.

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