Cercar en aquest blog

diumenge, 1 de novembre del 2026

Excursiones desde Atenas

Atenas es una ciudad fascinante, cuna de la democracia, culmen del arte y arquitectura griega clásica. Y como era mi segunda vez, aproveché para hacer algunas excursiones desde allí a tres lugares patrimonio de la humanidad UNESCO especialmente interesantes, por toda la carga histórica y simbólica que tienen, pero también porque soy un gran admirador de la Grecia clásica: un día a Delfos y otro a la Argólida con Epidauro y Micenas. Valen mucho la pena.

Delfos: el centro del mundo griego clásico.

La primera excursión que hicimos fue hacia el noroeste, a Delfos, santuario panhelénico, en el que hablaba el oráculo de Apolo y se hallaba el ónfalo “ombligo del mundo”, o centro del mundo para los antiguos griegos. Parte de la mitología decía que el dios Zeus había soltado dos águilas en cada extremo para ver donde se encontraban, y fue aquí. En perfecta armonía con el soberbio paisaje natural circundante e impregnado de significación sagrada, Delfos era en el siglo VI a.C. el centro religioso del mundo griego y el símbolo de su unidad. A los pies del monte Parnaso, hogar de las nueve musas, aún este lugar se asocia con círculos de artistas y pensadores.

De camino vimos el cruce de los tres caminos donde Edipo mató a su padre. Y al llegar, subimos por el último tramo de la llamada vía sacra que llevaba al santuario y oráculo de Apolo. En esta parte las polis fueron construyendo sus "pabellones" como ofrenda al dios. El único que se ha restaurado es el de Atenas. De aquí, las mejores ofrendas que se dieron (y que se han rescatado) aún se exhiben en su impresionante museo arqueológico anexo a las ruinas. Los dos héroes que ofreció la ciudad de Argos son uno de los mejores ejemplos de kouros de la época dórica. Y la esfinge que ofreció Naxos, situada en lo alto de un pilar, es también bellísima. Aunque quizá, la pieza maestra de la colección es auriga ganador de Gelos, una obra maestra en bronce de la Grecia clásica. También podréis ver estatuas de Apolo con elementos de oro, una bellísima estatua de Antinoo o los restos de un toro de bronce. La maqueta del museo sirve para hacernos una idea de como se estructuraba el santuario.

Seguimos subiendo hasta el centro del santuario, donde estaba un bello templo jónico dedicado a Apolo, dios olímpico de la luz, la música, la poesía y la belleza masculina. Ahora solo quedan las bases y algunas partes de sus columnas a medias. Y dentro, en una cámara subterránea, se encontraba la Pitia, una mujer mayor que transmitía los mensajes del dios Apolo y a la que se le podía preguntar a cambio de una ofrenda. Personajes de toda Grecia, desde reyes y generales a ciudadanos normales y políticos de las democracia, peregrinaban hasta aquí para preguntar de todo, a lo que la Pitia respondía de forma deliberadamente ambigua. Por ejemplo, el rey Creso de Lidia preguntó qué ocurriría si atacaba al imperio persa y la Pitia le respondió que destruiría un gran imperio. Creso atacó y efectivamente destruyó un gran imperio: el suyo.

Continuamos visitando el complejo religioso de Delfos, que también incluía un gran teatro y un enorme estadio, ya que cada cuatro años se celebraban aquí los juegos Pitios, que se iban alternando con los otros: Olímpicos, Ístmicos y Nemeos. Pensaba en la sofisticación de aquella civilización mientras paseaba entre las ruinas con el delicioso olor a pino mediterráneo y las agradables temperaturas del octubre griego.

Y acabamos comiendo en un restaurante del Delfos moderno, con vistas a una gran llanura cubierta de olivos que resplandecían al sol con el mar de fondo, a lo lejos. Entre los platos que nos pusieron, me encantó un delicioso guiso de pollo con hilopites, una pasta tradicional de la Grecia central elaborada de forma artesanal a base de harina de trigo, leche fresca de oveja y huevos.

La Argólida y Epidauro.

La otra excursión que hicimos fue a la región de la Argólida, al norte de la península del Peloponeso, fundamental para cualquier enamorado de la historia y en concreto, de la historia griega. Aquí se concentran varios patrimonios UNESCO incluyendo algunas de las ruinas más importantes para conocer la Grecia clásica, pero también los antecedentes de esta civilización, como la micénica. Así que pusimos rumbo para allá, al suroeste de Atenas esta vez, cruzando el famoso canal de Corinto, que con sus 6 kilómetros de largo y 25 metros de ancho, ahorra desde hace más de 130 años 700km de navegación a barcos que llegan y salen del Pireo por el Mediterráneo Occidental. Esta enorme obra de la ingeniería la inauguró el rey Jorge I en 1893 y por su profundo corte en la tierra vale la pena pararse y con suerte, ver algún barco atravesarlo.

Seguimos nuestro recorrido hasta nuestra primera parada, el santuario de Esculapio en Epidauro. Emplazado en un pequeño valle del Peloponeso, este sitio comprende un santuario dedicado al dios de la medicina Esculapio. Su culto original a Apolo Maleatas desde el siglo VI a.C. fue el culto oficial de esta ciudad-estado de Epidauro. Allí recorrimos algunos de los principales monumentos del sitio, como el templo de Esculapio, el tholos, los cimientos de la antigua hospedería y los del gran estadio, pero sobre todo el teatro, que se considera una de las más puras obras maestras de la arquitectura griega y sin duda es la gran estrella de la visita. El teatro de Epidauro acogía hasta 14,000 personas y sigue siendo una de las estructuras de la Grecia clásica mejor preservadas.

Esculapio (o Asclepio) era hijo del dios Apolo, y dios menor de la medicina. Criado por el centauro Quirón, de él aprendió como curar cualquier dolencia hasta el punto que nadie murió durante años. Por eso, Hades, muy enfadado, pidió a Zeus que pusiera fin a esta situación. ¿Y qué hizo? Zeus fulminó a Esculapio lanzándole un rayo. Aún así, los seguidores de Esculapio siguieron formándose en las artes de la medicina y este santuario se convirtió en un lugar famoso en toda Grecia para sanar. Para compensar a Apolo, Zeus acabó elevando a Esculapio a los cielos y por eso se le adoró durante siglos. Aún hoy el símbolo de la medicina es la vara de Esculapio con las serpientes enroscadas.

Si podéis, subiros hasta la última de las filas del teatro, no solo para disfrutar del bello paisaje, sino para que alguien (vuestro guía por ejemplo), haga las típicas pruebas de sonido: desde respirar fuerte a lanzar una moneda o rasgar un papel. Se escucha perfectamente pese a estar tan lejos y esto se debe a la acústica perfecta que consiguieron los que diseñaron este maravilloso teatro. Acústica de primera para una época sin micrófonos.

Con sus hospitales y templos consagrados a los dioses curadores, el conjunto del sitio aporta un testimonio excepcional sobre los cultos terapéuticos de la Antigüedad grecorromana, donde además de tratamientos físicos, masajes, remedios, ungüentos y hierbas; el deporte, la tranquilidad en la naturaleza y la asistencia a obras de teatro o conciertos de música se consideraban parte de la terapia.

Tanto Delfos como este santuario siguieron operando tras la invasión romana, ya que este imperio rescató gran parte de la religión y costumbres griegas, y de ahí que la fama de Delfos como oráculo y de Epidauro como espacio de salud y bienestar, siguieran siendo famosos y frecuentados hasta su abandono en el siglo IV. 

Micenas, cuna de la civilización griega.

Tras Epidauro, nos dirigimos unos kilómetros más al sur, pero 1000 años antes en el tiempo, a una de las cunas de la civilización griega: Micenas. Este es otro punto imprescindible para todo el que quiera entender los antecedentes de la Grecia clásica. Se trata de la primera civilización con lengua griega escrita que gobernó gran parte del Peloponeso como ciudad-estado 1600 años antes de Cristo. Sus ruinas son impresionantes por varias razones. Primero por el bello paisaje en una colina y con vistas al mar y a imponentes montañas. Segundo, por tener en la puerta principal de su acrópolis el relieve más antiguo encontrado en Europa, con los cuerpos de dos leones hacia una columna, un instrumento también de propaganda política (y la prueba de que el símbolo de los leones como símbolo de poder ya estaba extendido en Europa pese a no existir este animal, que vivía a miles de kilómetros, en la sabana africana). Tercero: por las gigantescas tumbas reales, de tamaños ciclópeos, que se pueden visitar alrededor. Y cuarto, por toda la historia que tiene detrás: Homero inmortalizó la cultura micénica en su epopeya "La Ilíada", donde situaba al rey de Micenas, Agamenón, que inició la guerra de Troya. De Micenas precisamente salió con sus tropas, para ayudar a su hermano Melenao a rescatar a su mujer Helena. En dicha guerra, Agamenón lideró los ejércitos de otros jefes aqueos como Aquiles y Odiseo. También en las ruinas de esta acrópolis fue donde Agamenón previamente sacrificó a su hija Ifigenia para que los dioses le garantizaran buen viento en su travesía marítima a Troya. Y también aquí fue donde, al regresar victorioso de la guerra, Clitemnestra vengó a su hija matando a su marido recién regresado. Todo este drama familiar acabó con Orestes, el otro hijo, asesinando a su madre para vengar a su padre. La familia real micénica era tremenda. Y por eso fue clave su historia para las grandes epopeyas de la Grecia clásica.

Estas ruinas las descubrió el arqueólogo alemán Schielemann y nosotros llegamos en una agradable y soleada mañana de octubre. Lo primero que hicimos fue visitar una de las grandes tumbas a las afueras de su acrópolis, específicamente la que erróneamente se atribuyó a Agamenón pero ahora se indica que es la de Atreo, otro rey micénico. Fue el propio Schielemann, siguiendo los relatos de Homero, quien la descubrió, con 14kg de oro en su interior, incluyendo la famosa máscara funeraria. Tanto la gigantesca entrada exterior como el enorme espacio cupular interior dejan sin aliento, siendo una de las cúpulas más grandes construidas por el ser humano.

De allí nos desplazamos hacia el palacio fortificado, con la famosa puerta de los leones en su entrada, recorriendo los espacios y disfrutando de las bellas vistas desde los restos del palacio real fortificado: se veía toda la llanura y el mar.

Acabamos la visita en su pequeño pero completo museo arqueológico, donde hay una réplica de la máscara de oro funeraria, atribuida por error a Agamenón. También se pueden ver objetos de los diferentes aspectos de la vida de los micénicos, como serpientes de terracota que se hallaron en las tumbas y restos de pinturas decorativas presentes en los muros. Por cierto, en la original tienda de recuerdos se pueden comprar libros de dibujo para los más peques en los que pueden colorear estos bonitos frescos.

Los micénicos ya adoraban a los dioses olímpicos, por cierto, pero esta civilización colapsó en el 1200 antes de Cristo. Aún así, los griegos clásicos siempre la tuvieron muy presente en sus epopeyas, que luego heredaron los romanos, rescataron los árabes y se redescubrieron en Europa con el Renacimiento. Y esto se puede ver en muchos de los relieves y esculturas de Delfos y Epidauro, donde sigue muy presente la influencia que tuvo Micenas en la civilización griega. En definitiva, dos excursiones que fascinarán a cualquiera, especialmente a los que nos gusta la historia y nos interesa el patrimonio UNESCO.

COMER

Guiso de pollo con hilopites en Epikouros.

COMPRAR

Figura del dios Apolo de Playmobil.

LEER

Mythos, de Stephen Fry.