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dijous, 31 de març del 2016

Dijon

Una gloriosa historia

Dijon, antigua capital del Ducado de Borgoña, se convirtió en una próspera ciudad durante los siglos XIV y XV, cuando reinó la Casa de Valois con Felipe el Calvo, Juan Sin Miedo y Felipe el Bueno. Escultores, pintores y arquitectos poblaron la ciudad mientras en los fogones palaciegos se iba gestando la rica gastronomía borgoñona. Borgoña llegó a controlar Flandes, Holanda, el Bravante y Luxemburgo. Existió una gran rivalidad con Francia. Tanto que fueron los borgoñones quienes entregaron a Santa Juana de Arco a los ingleses. La muerte de Carlos el Temerario en la batalla de Nancy hizo que el rey Luis XI aprovechara y se anexionara el ducado a Francia en 1477.

Capital mundial de la mostaza

A pesar de su rica historia, la mayoría conoce a Dijon por su producto estrella, la mostaza, originalmente creada para disimular el sabor de la carne vacuna en mal estado. La mezcla de semillas de mostaza morena y mostaza blanca dulce con vinagre y otros ingredientes derivó en la famosa mostaza de Dijon, de color amarillo claro, donde se refinó una receta que se popularizó en toda Europa a finales del siglo XIII. En la rue de la Liberté se encuentra la icónica boutique de la Maison Maille, casa fundada en París pero que cuenta con su tienda más famosa aquí, donde degustar todas sus 32 variedades, inlcluídas cuatro que se venden a granel en surtidores. Probamos tantas que salimos de la tienda con un fuerte dolor de cabeza. La que me encantó fue la de trufas frescas, que mezclada con queso crema se convierte en un aperitivo de categoria. Para comer, Dijon cuenta con decenas de restaurantes interesantes donde degustar la cocina local. La cazuelita de cerdo con salsa de mostaza y queso fundido es deliciosa, así como el típico jambon persillé o jambon de Paques, un plato estrella de la gastronomía borgoñona. Se trata de cubitos de jamón dulce ensamblados con una gelatina de cebolla, tomillo, laurel y ajo entre otras especias que luego se hierve en vino blanco de la región, mostaza y vinagre. Lo podréis encontrar fácilmente como entrante en la mayoría de locales de la ciudad. 

Una ciudad pequeña pero dinámica 

A pesar de su reducido tamaño, el centro histórico de Dijon rebosaba personal el sábado que llegamos. Muchísima gente paseaba por el centro de la ciudad y las terrazas de sus cafeterías y restaurantes estaba llenas. Sus más de 25,000 universitarios ayudan a animar la ciudad. Es muy agradable pasear por sus estrechas calles llenas de edificios medievales y renacentistas. El primer edificio remarcable que visité fue la iglesia de Notre-Dame, del siglo XIII, que cuenta con una interesante fachada de tres pisos de filas de columnas separadas por gárgolas. El interior cuenta con impresionantes vidrieras en sus ventanas y rosetones que aquel días coloreaban la luz de sol que se filtraba por ellos. En el exterior destaca también el reloj de Jacquemart (una figura automatizada que toca al campana), que se instaló en el siglo XIV tras haberlo tomado Felipe el Calvo de la catedral de Courtrai cuando la invadió. En uno de los lados de la iglesia se encuentra la rue de la Chouette donde una desgastada estatua de una lechuza esculpida en el exterior de la iglesia es tocada por miles de visitantes cada día. Cuenta la leyenda que da buena suerte. Yo lo hice con la derecha y resulta que hay que hacerlo con la izquierda. Espero que un poquito de suerte me transmita al menos. Las numerosas casas de los alrededores, con bellas fachadas de vigas de madera o relucientes tejados multicolores con tejas de cerámica, ofrecen innumerables oportunidades para todos los amantes de la fotografía. 

Palacios y museos 

Muy cerquita se encuentra la impresionante plaza de la Liberación, antiguo palacio de los Duques de Borgoña. De origen gótico, el palacio reformó su fachada en el siglo XVII cuando se convirtió en la sede del Parlamento de  Borgoña. El encargado fue Jules Hardouin-Mansart, uno de los arquitectos del palacio de Versalles. Además de la nueva fachada neoclásica, también la plaza fue reformada dándole un estilo homogéneo. En el lado izquierdo del palacio se encuentra una magnífica escalera de mármol y barandas doradas. En el centro se encuentra una torre renacentista construída por Felipe el Bueno a la que no pudimos subir porque estaban las entradas agotadas. Resignados, exploramos el bello ayuntamiento donde destaca una bella sala pintada en tonos verdes donde se encuentra un antiguo cuadro detallando la famosa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Finalmente, el lado derecho del palacio alberga el Museo de Bellas Artes de Borgoña. El museo, de acceso gratuito, permite conocer las estancias restauradas del antiguo palacio y además muestra una interesante colección de arte medieval y renacentista de la Europa de los siglos XIV y XV con especial énfasis en objetos fabricados en Borgoña. Se empieza por la gran sala de Guardia, rodeada de paneles de madera y una gran chimenea gótica. Aquí se encuentran los sepulcros de Felipe el Calvo y su hijo Juan Sin Miedo acompañado de su esposa Margarita de Baviera. Las figuras yacientes de tamaño natural son custodiadas por bellos ángeles y soportadas por una serie de esculturas representando un cortejo fúnebre. De la colección de cuadros, estatuas y objetos me encantó el retablo dorado de los Santos Mártires y la Crucifixión hechos por De Baerze y Broederlam, en especial la escena de la tentación de San Antonio. Entre los objetos del museo había dos grandes platos de cerámica de Manises realizados durante la época de Al-Andalus. El museo cuenta con unas salas de arte moderno y contemporáneo que estaban cerradas.

Más iglesias, museos y jardines

El Museo de la Vida Borgoñona es el otro espacio que visitamos.Situado en un antiguo convento cisterciense del siglo XVII muestra la vida en Borgoña durante los siglos pasados empezando por una sala que muestra maniquíes de cera vestidos en ropas de diferentes siglos que dan bastante miedo. Luego se muestran varios objetos de cocina así como una cocina del siglo XIX reconstruída. Sin embargo, lo que más nos gustó fue el primer piso, donde varias tiendas de principios de siglo están reconstruídas a escala real. Podremos husmear en una antigua peluquería, tienda de galletas, ultramarinos, carnicería, juguetería o relojería, tal y como eran en las calles de Dijon hace doscientos años. También hay un interesante apartado dedicado a la fabricación y comercialización de la mostaza y otro con decenas de recuerdos de las Exposiciones Universales de París que los habitantes de Borgoña se trajeron tras visitar la capital francesa. Tras la visita al museo visitamos la cercana catedral de San Benigno, en cuya cripta se encuentra enterrado este santo que llevó el cristianismo a Borgoña en el siglo II. Seguimos el paseo por el elegante jardín de Darcy de estilo neorrencentista, construído en honor al ingeniero hidráulico Henry Darcy, que reordenó el sistema de aguas en 1838, conviertiendo a Dijon en una de las primeras ciudades del mundo en tener agua corriente junto a Roma. luego cruzamos la elegante Porte Guillaume, construída por el Príncipe Condé en 1788 y llegamos hasta la fastuosa iglesia de San Miguel. Esta empezó a construirse en estilo gótico y acabó siendo dotada de una fachada renacentista. 

Un ciudad perfecta para una escapada corta

Dijon rebosaba ambiente esa noche de sábado. Jóvenes abarrotaban los cafés de la plaza de la Liberación y las calles del sur así como los locales de la rue Berbisey para tomar una copa y charlar. Dijon es una ciudad animada, a buen precio y con una variada oferta cultural, gastronómica y de ocio suficiente para teneros entretenidos un fin de semana. Además, se puede hacer una pequeña excursión a los viñedos de la Cote d'Or o a los pueblecitos que rodean el valle. O quizá visitar la bella ciudad de Beaune como nosotros hicimos. En cualquier caso, Dijon no os decepcionará. 

diumenge, 13 de març del 2016

Breslavia - Wroclaw

¿Breslavia, Wroclaw, Breslau?

Breslavia o Wroclaw en polaco, capital de la Baja Silesia y cuarta ciudad de Polonia, es un lugar estupendo para una escapada de fin de semana. Sus frecuentes vuelos baratos desde diversas ciudades europeas cy el hecho que ostente la capitalidad europea de la cultura en 2016 junto con San Sebastián la convierte en un destino perfecto para un par de días.

Animado por los baratísimos vuelos desde París, el hecho de que nunca había estado en Polonia y la invitación de un amigo me llevaron a esta bella ciudad de la ribera del río Oder. Breslavia rezuma arquitectura y espíritu germano: la antigua Breslau fue parte del Imperio Alemán durante muchas décadas. De hecho, no fue polaca hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando la reordenación de fronteras impuesta por la URSS dió a Ucrania la antigua ciudad polaca de Leópolis (Lviv) y su región. En compensación, Polonia recibió varias regiones alemanas, entre las que se encontraba Silesia y su capital Breslau, que era la tercera ciudad alemana en aquel entonces, tras Berlín y Hamburgo.

Neones soviéticos

Mi visita empezó dando una vuelta por las calles del sur de la ciudad. La renovada estación de tren es un claro ejemplo de la arquitectura prusiana de finales del XIX. Al salir, el famoso neón de "Buenas Noches Breslavia" (escrito en polaco) da la bienvenida a la ciudad a los que llegan en tren. Breslavia es conocida como la capital polaca del neón. Cuando se instauró la República Popular Polaca a finales de los años 40 como Estado satélite de la URSS, el estalinismo no permitía grandes coloridos ni decoraciones ostentosas. Las iluminaciones tipo Las Vegas o Times Square suponían el mayor ejemplo de la decandencia del capitalismo para la ideología oficial. Sin embargo, tras la muerte de Stalin, las nuevas autoridades soviéticas empezaron un programa de lavado de cara del comunismo para dejar el lado el aburrido color gris y la extrema sobriedad. Breslavia fue una de las ciudades donde se empezó a instalar neones en las fachadas y terrazas de edificios con el fin de dar un poco de color y alegría a la ciudad. Actualmente hay cientos de ellos. Lo más antiguos se conservan en un callejón al que se accede desde la calle Swietego Antoniego y que se iluminan de tanto en tanto. En esta calle precisamente hay muchísimos bares y restaurantes modernos que ofrecen platos para todos los gustos. Por ejemplo, el restaurante vegano Ahimsa, donde elegir entre siete platos de las gastronomías hindú, tailandesa o de Oriente Próximo con smoothies naturales para beber.

La herencia germana

Seguimos caminando por el bulevar Swidnica, pasando el bello edificio modernista de 1927 que acoge los grandes almacenes Renoma, símbolo de la riqueza y prosperidad de la antigua Breslau. Cruzamos el foso de la ciudad y seguimos por el bulevar admirando la neoclásica Ópera, diferentes iglesias y el antiguo Hotel Monopol. Por el camino hicimos cola en el local Stara Paczkamia para comprar paczeks recién hechos, una especie de dónut polaco tradicional que se come justo antes de la Cuaresma. Disfrutando de este dulce llegamos hasta el Rynek, la plaza del mercado cuya distribución sigue las especificidades del tipo de plaza de Silesia: un gran espacio con un conjunto de edificios en el medio (usualmente el antiguo mercado y el ayuntamiento de la ciudad). La plaza del mercado de Breslavia es una de las más grandes de Europa. Impresiona el conjunto de edificios de todas las épocas aunque la mayoría sean réplicas de los originales destruidos en la Segunda Guerra Mundial. La plaza peatonal permite disfrutar del ambiente (siempre hay gente paseando) y la belleza de la arquitectura. Una de las estatuas de la plaza es la de Alexander Fredo, dramaturgo polaco, que originalmente estaba en la plaza mayor de Leópolis. Fue desplazada hasta aquí para substituir a la estatua del Kaiser Guillermo, Emperador Alemán, que hasta entonces había presidido la plaza mayor breslava.

Desde Lviv con amor

Aunque Breslavia ha pasado por diversas manos, y ha contado con poblaciones polacas, alemanas y judías principalmente, hoy en día la enorme mayoría de sus habitantes son polacos originarios de la antigua Leópolis (Lviv) que fueron reubicados aquí tras quedar su antigua ciudad bajo soberanía ucrania. Además de la estatua de Fredo, muchos cuadros se trajeron a Breslavia, así como las tradiciones locales y por supuesto, la gastronomía. De hecho, uno de los mejores lugares para probarla es en Karczma Lwowska, un elegante restaurante en plena plaza mayor que ofrece una extensa carta con las especialidades de Leópolis. Con una barbacoa donde se cocinan las carnes, pedimos el cerdo asado con salsa de rábano picante y ciruelas. La carne estaba increíblemente jugosa y tierna. Además, probamos la salchicha polaca (Kielbasa) a la brasa así como una especie de morcilla tradicional (Peto kaszanki). Para acompanar tal manjar pedimos la ensalada de pepinos con crema y una especie de mantequilla y grasa de cerdo (Maslo) muy sabrosa para untar en el pan. Rebajamos tan grasiento banquete con una especie de licor polaco con hidromiel muy rico.

Dejando de lado su pasado de repobladores leopoldinos, actualmente la ciudad vive un momento de expansión económica. Lo pude apreciar nada más llegar al moderno aeropuerto. Otro de los símbolos del poderío breslavo es su nueva y acristalada SkyTower, el edificio más alto de Polonia, un rascacielos de oficinas y viviendas de alto standing. Para los visitantes que llegamos con euros, los precios nos resultarán muy baratos. Por ejemplo, el taxi que me llevó al centro de la ciudad me costó menos de 10 euros.

La lucha contra el comunismo

La segunda noche cenamos en Konspira, un bello restaurante situado en la plaza Solny. El lugar está decorado con grafitis, caricaturas y panfletos de los años 80, cuando surgió la resistencia que empezaba a gestarse bajo el sindicato Solidaridad. Si abrís la puerta de uno de los armarios del restaurante podréis incluso visitar la sala de estar de una ochentera casa polaca, con material propagandístico, muebles vintage y otras sorpresas. Además, el lugar ofrece comida tradicional polaca a muy buen precio. Nosotros degustamos el plato "Solidaridad polaco-húngara" consistente en las tradicionales tortitas de patata con goulash por encima, así como dos enormes Golabki caseros, que son rollos de repollo rellenos de carne y arroz con salsa de tomate por encima. Para beber probé el curioso refresco Kvass, a base de centeno fermentado. Y de postre pedimos la típica Szarlotka, la tarta de manzana local. Al salir del local os espera la serena belleza nocturna de la plaza Solny, el elegante antiguo edificio de la Bolsa y las paradas de flores, todas abiertas 24 horas, listas para atender cualquier emergencia romántica. Paseando por la ciudad os llamarán la atención las decenas de enanos metálicos que se esconden en los rincones más insospechados: apoyados en algún bolardo, subidos a alguna farola o escondidos en algún rincón. La moda empezó en 2001, cuando el ayuntamiento instaló el primer enano en honor al movimiento social "Alternativa Naranja" nacido en 1981 como protesta al régimen comunista. El símbolo de estas protestas era un enano con un sombrero naranja y una flor. Ahora se dice que hay más de 300, instalados por particulares o instituciones. Cada enano tiene historia y de hecho una actividad divertida es ir buscando enanos durante los paseos por la ciudad. 

Cultura y arquitectura

Al día siguiente, nos levantamos bien temprano para hacer una visita a Swidnica, lugar perfecto para una escapada rápida desde Breslavia en tren. Al volver esa noche, fuimos al moderno y cool cine Nowe Horizonty, que además es centro cultural y tiene varias tiendas de libros, DVDs, música, lugares informales donde comer y artesanía. Allí vimos en directo desde el National Theatre de Londres la representación de "Les Liaisons Dangeureuses". La capitalidad europea de la cultura ha sacudido la que ya gran oferta cultural de la dinámica y joven Breslavia. También visitamos el museo de arquitectura la exhibición de maquetas, planos y fotografías de los edificios que han ido ganando el Premio Europeo de Arquitectura Mies van der Rohe a lo largo de los años.

El último día lo dedicamos a conocer el norte de la ciudad, empezando por el impresionante Hala Stulecia, o Centro del Centenario, construído a principios del siglo XX para festejar la victoria del pueblo alemán frente a Napoleón en Leipzig. Tras las ceremonias commemorativas, que contaron con la presencia del Príncipe Heredero Guillermo de Hohenzollern, el centro sirvió como feria de muestras de la ciudad. El complejo, diseñado por Max Berg, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO al ser uno de los mejores ejemplos de la arquitectura del hormigón armado. Su cúpula fue la más grande del mundo durante mucho tiempo, y su estructura sirvió de ejemplo para cientos de construcciones. En 1948, el régimen comunista instaló una gigantesca aguja metálica en la plaza del complejo en el marco de la Exposición de los Territorios Recuperados. En el pequeño museo que hay antes de entrar a admirar la gigantesca cúpula se explica más sobre la historia y arquitectura de este complejo.

Seguimos el paseo por el bulevar Marie Curie, jalonado de preciosas mansiones centenarias. hasta llegar a la Universidad Politécnica de Breslavia. Allí tomamos el teleférico de la universidad para cruzar el caudaloso río Oder. Desde el otro lado caminamos hasta llegar a la fea construcción de cemento que alberga el Panorama de la Batalla de Raclawice, obra que también fue traída desde Leópolis. Esta gigantesca pintura panorámica monumental, que mide 15 metros de alto y 120 de largo representa la única batalla en la que los polacos han ganado al Ejército ruso. La pintura se encuentra dispuesta en 360 grados para dar la impresión al espectador (situado en el centro de la sala) de encontrarse en mitad del campo de batalla. Contiene además elementos a los pies que aumentan el realismo de la obra, como árboles, tierra, arbustos y enseres de labranza. La visita dura algo menos de media hora e incluye audio en varios idiomas donde explican los pormenores de este bellísimo cuadro y símbolo nacional polaco. Millones de personas lo visitan cada año y no es raro que tengáis que hacer algo de cola para verlo. Se entra en grupos de 50 personas cada media hora.

La huellas del barroco 

Seguimos paseando por las islas del Oder, que ahora cuentan con modernísimos edificios de apartamentos, parques renovados y exclusivos puertos deportivos, hasta llegar a la antigua Universidad de Breslavia. La institución fue fundada por el Emperador Leopoldo I de Habsburgo en 1702. Gestionada por los Jesuitas, aún conserva su famosa aula Leopoldina, reservada para celebrar los grandes eventos de la universidad, como la apertura del año académico. Su acústica perfecta la convierten en una excelente sala de conciertos. Nada mejor que sentarse un rato a disfrutar de la magnificiencia barroca del aula que prentende mostrar la eterna sabiduría de Dios. En el exterior del edificio sobresale la bellísima entrada principal así como la estatua del hombre desnudo con su espada, en una fuente cercana, que tantos escándalos causó antiguamente.

Finalizamos el paseo por la agradable calle peatonal Kuznicza hasta llegar de nuevo al Rynek. Aprovechamos para visitar la cercana basílica de Santa Isabel de Hungría mezcla de estilo gótico y renacentista. La última comida fue en el elegante restaurante Dwor Polski, donde camareros con pajarita sirven a la antigua usanza en copas de cristal y elegante loza. El restaurante está decorado a la manera medieval y tiene unas estupendas vistas al Rynek. Su menú se compone de platos de tradición polaca y centroeuropea que rememora los banquetes de reyes y aristócratas. Allí probé la famosa sopa Barszcz, de remolachas y masitas de patata. De segundo degusté un magnífico pato real en salsa de vino tinto y cerezas, con guarnición de ensalada de remolacha caliente y bolas de masa de patata hervidas. Con un final tan refinado dejé la antigua Breslau y actual Wroclaw, una ciudad de la que no me esperaba nada y que se reveló como bellísima, muy dinámica, llena de gente joven, cultura, restaurantes a la última y con una estupenda relación calidad-precio. 

dilluns, 22 de febrer del 2016

El París más curioso


París... ¿Otra vez?

Ya has estado en París y te has hecho las fotos de rigor en el Campo de Marte con la Torre Eiffel, has admirado los rosetones y gárgolas de Notre Dame, te has paseado por los callejones de Montmartre y por los muelles del Sena y te has hecho el selfie de rigor con la Mona Lisa en el Louvre. Resulta que te apetece volver a la ciudad más bonita del mundo. Sin embargo, tu vocecilla interna de viajero empedernido te dice que no, que mejor ir a un nuevo lugar. ¿Valdría la pena volver a París? Claro que sí, y muchas veces. París tiene muchísimos secretos por descubrir.

Se puede empezar una nueva visita a la capital francesa admirando la serenidad de la Estatua de la Libertad iluminando al mundo. No, no me estoy confundiendo: París tiene su réplica al final de la isla de los Cisnes, mirando a su hermana mayor neoyorquina, a cientos de kilómetros de allí. Regalo de la comunidad estadounidense a la ciudad de París, la estatua a escala es idéntica a la original realizada por Bartholdi y estructurada por Eiffel. La estatua grande fue un regalo del pueblo francés al estadounidense, en el cententario de su independencia. La única diferencia es que en su tableta, además de la fecha de 4 de Julio de 1776, tiene también la de la toma de la Bastilla: el 14 de julio de 1789.

Un paseo por el 16eme

Después de ver la estatua, cruzad el puente de Grenelle e internaos en el elegante barrio 16, el más caro de la ciudad. Las calles y bulevares alrededor de la comercial rue de Passy no son frecuentadas por turistas, por lo que podréis admirar el día a día normal de muchos parisinos y quizá comprar algo en las tiendas de comida de la agradable calle peatonal de l'Annonciation. Os llamará la atención la cantidad de coches con placa verde, la codiciada placa diplomática. Muchísimas mansiones y bellos edificios tipo "Haussman" del barrio albergan embajadas de diferentes países. No muy lejos se encuentra la sede de la OCDE, en el bello Chateau de la Muette, una bello palacio del siglo XVI donde la reina Maria Antonieta pasó largas temporadas con la duquesa de Polignac. Desde sus jardines se lanzó el primer globo aerostático tripulado de la historia en presencia del rey Luis XVI y personas tan ilustres como Benjamin Franklin.

Seguid el paseo por el bois de Boulogne, el parque más grande de París, un bosque en realidad. Además de sus lagos y cascadas, acercaos hasta la nueva fundación Louis Vuitton, situada en la avenida Ghandi. Los amantes de la arquitectura contemporánea reconocerán de inmediato las formas de Frank Gehry en este atrevido museo que evoca un gran velero. Las coberturas de vidrio de formas sorprendentes son muy similares a las bodegas de Marqués de Riscal (hechas con titanio) o al BioMuseo de Panamá (con placas metálicas de colores). Cada uno de los paneles de cristal que recubren la fundación son únicos y además se hicieron en un horno fabricado exclusivamente para la construcción de este impactante edificio. En el interior hay una interesante colección de arte contemporáneo. Además, los jardines de los techos son bellísimos, y las vistas de los rascacielos de la Défense también. A la salida, dad un vistazo a la gigantesca fuente de escalones alargados: es hipnótica.


Si os gusta la arquitectura, la Cité de l'Architecture et du Patrimoine es otra parada obligada. Situada en el ala izquierda de los grandes edificios del Trocadero, este museo ofrece réplicas de numerosas obras arquitectónicas de Francia de diferentes estilos: desde portales románicos y góticos, pasando por maquetas de las antiguas Exposiciones Universales que se celebraron en París, hasta incluso uno de los coloridos apartamentos a escala real diseñados por Le Corbusier para su Unité d'Habitation en Marsella.


Ville Saboye

Y hablando de Le Corbusier, una escapada para pasar una mañana fuera de París, como alternativa a los turísticos Versalles y EuroDisney puede ser para la magnífica Ville Saboye, una casa de campo en la que el arquitecto suizo aplicó sus cinco principios de la nueva arquitectura. La planta baja, hecha a base de pilones, permite que el automóvil circule alrededor de ella y se aparque fácilmente debajo. La planta primera es libre, gracias a la estructura de hormigón armado, lo que permitía al arquitecto distribuir las estancias sin condicionamientos estructurales. Además, la fachada está liberada de su componenete estructural y permite instalar las ventanas alargadas, que abarcan todo el ancho de la construcción. La luminosidad interior es enorme. Finalmente, para devolver a la naturaleza el terreno ocupado, la terraza es un jardín donde se pueden hacer actividades al aire libre. Los interiores, de formas simples y con gran uso de los armarios empotrados, sorprenden por su extremada modernidad, a pesar de haber sido realizado en los años veinte.


Museos diferentes

Los apasionados de las culturas exóticas tienen que visitar el Museo Guimet, no muy conocido por los turistas que recorren estresados las infinitas galerías del Louvre o del museo d´Orsay. El museo nacional de las artes asiáticas Guimet contiene la colección de arte khmer más grande del mundo fuera de Angkor Watt. Me encantó ver de nuevo una gran estátua de Naga (la serpiente mítica de siete cabezas que reinaba en el océano Pacífico según la mitología camboyana) o las cuatro cabezas del antiguo rey Jayavarman VII. El museo hace un recorrido por todas las grandes culturas y religiones asiáticas a través de artefactos y objetos artísticos de todo tipo. Los más intrépidos reservaran con dos meses de antelación a la visita guiada al Museo Ennery, que pertenece al Museo Guimet pero se encuentra en la antigua mansión de Clemence Ennery, en la elegante Avenue Foch. Aquí tendréis una visita guiada de una hora a una extensa colección de objetos de arte chino y japonés, destacando la magnífica colección de netsukes, unas esculturas en miniatura en madera o marfil que los japoneses llevaban como seguro para sujetar sus bolsas al cinto. Cada netsuke representa un animal, planta o historia de la mitología japonesa.

Donde París nació

Los que prefieran profundizar más en la historia de París tienen una cita en las arenas de Lutecia, la construcción en pie más antigua de la ciudad y el lugar en la que nació. Aún se puede pasear por el pequeño circo en el que se hacían espectáculos de gladiadores. Quedan también bastantes restos de las gradas romanas originales, aunque la mayoría están bajo de los edificios residenciales haciendo de cimientos o enterradas bajo el pequeño parque anexo.

De perfumerías

Otra interesante manera de conocer mejor París es pasar una tarde de compras descubriendo las decenas de perfumerías de la ciudad, ya sean las más famosas o las frecuentadas por los expertos. En la tienda Chanel del Marais las amables vendedoras os explicarán todo lo que queráis saber sobre la colección privada de perfumes, cada uno mejor que el otro. Siempre en el Marais, en État Libre d'Orange se venden esencias muy originales que no tienen igual. Lo que no quiere decir que queráis usarlas. La pequeña boutique de Annick Goutal cuenta con esencias de gran calidad. También podéis visitar el Museo Fragonard cerca de Opéra, dedicado enteramente al mundo del perfume cuya entrada es gratuita. Este plan es también perfecto para los románticos: el encanto del mundo de las fragancias impresionará a vuestras parejas. Para poner la guinda a un paseo amoroso nada mejor que pasarse por el muro del amor, a la salida del metro Abbesses donde pone "Te Quiero" mil veces en unos trescientos idiomas.

La bohemia parisina... en inglés!

Finalmente, recomiendo encarecidamente ir al Theatre des Nouveautés para ver la obra en inglés (con pequeñas partes en francés) "How to become Parisian in one hour". Risas garantizadas en este espectáculo de un solo actor en el que aprenderemos los diez pasos básicos para ser un parisino de pro. Además, en el teatro se respira historia, ya que abrió sus puertas a principios del siglo XIX. A la salida podéis cenar en alguno de los restaurantes italianos caseros que frecuentan los actores y actrices. Especialmente recomendable es la Osteria dal Gobo, donde el amable Luigi os recibirá en la puerta y os servirá su sopa Minestrone casera y algunos de sus entrantes antes del plato principal en sus mesitas con velas mientras cenamos rodeados de sus fotos con actores y actrices de los teatros cercanos.

Espero que estas ideas inspiren para volver a la Ciudad de las Luces, en una nueva visita mucho más original y sobretodo mucho más parisina. 

dissabte, 2 de gener del 2016

Por un 2016 lleno de viajes

2015 ha sido el primer año en el que no he salido de Europa tras diez años de saltar de continente en continente. En este año tranquilo cursé el segundo semestre del Colegio de Europa, descubrí nuevos lugares de Bélgica y viajé bien al norte, a las orillas del Báltico, en concreto a Riga. Luego me fui bien al sur, a Malta y Gozo. También volví a Londres y Ginebra, donde ya había estado. 

Este verano fue también muy tranquilo. Empezó en la apacible Brujas, y luego transcurrió entre tierras valencianas, Múrcia, Galicia y Madrid con una escapada a La Granja de San Ildefonso. En otoño me mudé a París para empezar a trabajar en la OCDE. Un fin de semana en Bruselas fue todo lo que viajé hasta las Navidades, que volví a Valencia

Los que hayáis seguido mi blog veréis que este ha sido un año atípico. En 2015 me he centrado en mis estudios, en hacer más ejercicio y en disfrutar de las pequeñas cosas de la vida y de los amigos ya hechos. Los años anteriores fueron muy divertidos sin duda. Fue una espiral de novedades contantes, lugares fascinantes y nuevos amigos. Sin embargo, necesitaba un año como este, un año de estabilidad. 

Pero ya acabó. Y hoy, con 2016 regalándome su primer día, fantaseo con todos los viajes que se dibujan en el horizonte. Seguiré explorando París pero ha llegado el momento de retomar mi plan de visitar diferentes lugares de Francia en los que aún no he estado. Espero que pronto leáis mis impresiones de Reims, su catedral y sus bodegas de champagne. O de la magnífica arquitectura art-nouveau de Nancy. También quiero respirar el aire puro de los Alpes en las orillas del lago de Annecy o visitar lugares de la Costa Azul en los que aún no estuve, como Niza, Mónaco o Cannes.

También es casi seguro que viajaré a los confines orientales de Europa: el Caúcaso. Y este verano no se me puede escapar Montenegro, especialmente Kotor: Lonely Planet la ha clasificado como primera ciudad en su rango de lugares que visitar en 2016. Me encantaría ir a Sevilla, Córdoba y Granada, pero también vivir por primera vez unos San Fermines en Pamplona. Lo que está claro es que tras siete años de ausencia volveré a estar en las Fallas, candidatas a ser patrimonio inmaterial de la humanidad.

Finalmente, espero volver a salir de Europa, esta vez para pisar la mítica India o quizás nuevos países suramericanos como Colombia y Perú ¿O tal vez México? También podría volver a los Estados Unidos, en concreto a Tejas y Louisiana. El África negra es otra posibilidad, con Senegal en el punto de mira. Todo se verá. 

De momento solo me queda expresar mis mejores deseos para todos los nómadas. Estoy convencido que 2016 será un año inolvidable. 

dijous, 5 de novembre del 2015

París siete años después

Después de un intenso mes para instalarme en París vuelvo a escribir en un blog que, parece ser, dejará de ser tan nómada. Si todo sale bien, espero poder quedarme en esta ciudad un tiempo largo. Las más de 130 entradas recopiladas en el Índice son testigas de estos años de nomadismo que empezaron, precisamente, hace ahora siete años desde donde os escribo. La foto es del Château de la Muette, sede central de la OCDE, donde ahora trabajo. 

Han sido siete años fascinantes en los que París, Florianópolis, Madrid, Miami, Manila, Panamá, Abu Dhabi, Argel y Brujas se han ido sucediendo, con casas diferentes, personas diferentes, estilos de vida y trabajos diferentes. Ahora que lo pongo todo en perspectiva la verdad es que me arrepiento de muy poco. Sin todo ese trajín, sin esas personas y sin esas experiencias no sería quién soy ahora. La vida me pone de nuevo en el lugar donde me di cuenta que me gustaba viajar, y mucho: París. Un nomadismo que me gustaría reducir un poco. Voy a seguir viajando, eso sin duda. Es la gran pasión de mi vida. Sin embargo, quiero que la ciudad más bella del mundo se convierta en mi base de operaciones para poder echar raíces aquí a la vez que continúo descubriendo el mundo. Y tal vez, dentro de unos años, poder volver a vivir en algún país americano, plantarme en el mundo árabe, experimentar de nuevo el fascinante sudeste asiático o volver a mi querida Valencia.

Es verdad que aquí no tendré South Beach a dos pasos ni la suave brisa nocturna de Ocean Drive. Tampoco podré escaparme al archipiélago de San Blas de tanto en tanto ni bañarme en una piscina mientras observo el skyline de Ciudad de Panamá. Ni mucho menos podré ir a tomar el brunch al Peninsula como en Makati ni disfrutar ni de los bellos atarcederes de la bahía de Manila. Y ya puedo ir olvidandome del ambientazo de Madrid o de tomarme una caipirinha mientras suena bossa nova una tarde cualquiera en Copacabana o en Florianópolis. Tampoco cuento con el olor a jazmín y azahar que desprendían los jardines de mi barrio en Argel ni el mágico canto a la oración de sus mezquitas. Ni sonarán las 47 campanas del carillón del Belfort ni podré perderme en los canales de Brujas. El cielo azul y las paellas de Valencia solo las podré tener de tanto. Lo que está claro es que todo en esta vida no se puede tener.

Así que de momento, si lo consigo, espero quedarme una larga temporada en París. Y eso quiere decir mucho más de mis 10 meses habituales. De esa manera podré conocer a fondo esta fascinante ciudad, seguir visitando los miles de rincones que aún no conozco de Francia y de la Unión Europea, y visitar otras zonas que tengo pendientes como el Caúcaso, la India o el África subsahariana. Y todo os lo contaré por aquí, como siempre.

À bientôt!

divendres, 11 de setembre del 2015

Ribeira Sacra


Ribadavia

La otra región que visitamos durante mis días en Galicia fue la bellísima Ribeira Sacra. Empezamos viendo de lejos Ourense, cruzando dos de sus puentes: el espectacular y moderno ponte do Milenio y el bello Ponte Romano, que en realidad es un puente medieval construído donde había un antiguo puente romano. 

Empezamos visitando Ribadavia, capital de la región de Ribeiro, donde se producen algunos de los mejores vinos gallegos. Situado a los pies del río Avia, el centro histórico de Ribadavia es precioso, construído a base de enormes piedras de gris granito, tanto las casas como el empedrado de las calles. Me gustaron mucho los pequeños soportales en forma de arco donde refugiarse de la frecuente llovizna. El laberíntico centro incluye una de las juderías más grandes de la península, ocupando la parte entre la muralla sur y la plaza de la Magdalena. En esa plaza se encuentra la antigua iglesia de la Magdalena, del siglo XVIII, que actualmente se encuentra desacralizada. En ella había una curiosa exposición del antiguo teatro de marionetas que recorría los pueblos de Europa en el medievo. La antigua sinagoga ya no existe, por desgracia, ya que fue sustituída por una casa tras la expulsión de los judíos en 1492. En la plaza mayor se encuentra el Centro de Información Xudía, frente a la bella Casa Consistorial, de la que llama la atención su pequeña torre anexa con un campanario de hierro forjado, muestra del poder económico que tenía la sociedad civil local para poder costearse este tipo de construcción, frente a los campanarios religiosos.  De hecho, en la cercana plaza de García Boente se encuentra la antigua Casa da Inquisión. También en el centro se encuentran dos pequeñas iglesias románicas, como la de Santiago o las de San Xoán. En una de  Otro de los edificios remarcables son las ruinas del Castelo dos Condes de Ribadavia, del siglo XV. 

Es una lástima que nos perdiéramos la Festa da Istoria, una fiesta que se celebraba al fin de semana siguiente, donde todo el pueblo se viste con ropajes medievales y se organizan casetas con productos típicos y actividades de la época, además de representarse la entrada de los antiguos Condes.

El cañón del Sil

Pero el plato fuerte de esta zona serían las riberas del río Miño y su gran afluente: el Sil. Las verdes colinas y densos bosques que rodean el impresionante cañón del río Sil serían suficientes para justificar una visita. Pero es que, además, la zona está plagada de antiguos monasterios de gran valor histórico-artístico. El único problema de esta zona rural es que está bastante mal comunicada si necesitamos transporte público, por lo que lo mejor es alquilar un coche.

Nosotros empezamos la ruta en el antiguo monasterio benedictino de Santo Estevo, actualmente Parador Nacional. Aunque allí hubo un monasterio desde el siglo VI, el enorme edificio data del siglo XII. Además, cuenta con numerosos añadidos. De hecho, la fachada principal es barroca. Allí visitamos su bella iglesia y alguno de sus interiores, especialmente los tres claustros, donde destaca el claustro románico, de gran serenidad y belleza. Encima de este claustro se construyó un segundo piso posteriormente siguiendo el estilo gótico flamígero. El claustro renacentista, por su lado, es muchísimo más grande, y de hecho, es el que conforma la entrada principal. Dos de los lados se encuentran totalmente acristalados debido a las reformas y adecuación para ser parador.

Continuamos por la carretera OU-0508, recorriendo uno de los lados del cañón del Sil, hasta llegar al impresionante mirador de la columna desde donde se observa como el caudaloso Sil bordea una colina en el fondo de su cañón en el conocido como "encoro de Santo Estevo". Tras las preceptivas fotos seguimos hasta llegar al camping "Canon do Sil", que dispone de otro bellísimo mirador hecho con tablas de madera que sobresale de la montaña. Las fotos aquí también salen chulas. Finalmente, fuimos al mirador de Cabezoá, mucho mas moderno que los anteriores, y rodeado de castaños y robles.

Tras tanta belleza paisajística empezamos a descender el cañón por una pequeña carretera hasta llegar al las ruinas del monasterio de Santa Cristina, también románico. Parte de su antiguo claustro sigue en pie, rodeado de vegetación que ya recubre por completo la otra mitad. El lugar tiene una cierta magia ya que la frondosidad de la vegetación hace que solo se cuelen algunos rayos de sol creando un ambiente de cuento.

La pena es que por motivos de logística y tiempo nos dejámos mucho por ver. De hecho, yo recomendaría pasar al menos una noche para poder hacer alguna ruta de senderismo por la zona. La Ribeira Sacra es un lugar magnífico para desconectar unos días y relajarse en un entorno rural de ensueño.

divendres, 4 de setembre del 2015

Rías Baixas

Muñeiras y pulpo

Acabando este mes de agosto tuve la suerte de visitar por primer vez Galicia, gracias a la invitación de una amiga de allí. Y la llegada no pudo ser más "gallega": pasamos la primera noche en la plaza mayor de Mondariz viendo un pequeño festival de muñeiras, el baile tradicional gallego. El sonido de las gaitas y panderetas tocadas en directo llenaba la plaza mientras que grupos de bailarines de diferentes edades iban saliendo por turnos mostrando diferentes tipos de pasos de baile, alternados con grupos de cante folklórico en gallego. Todos llevaban diferentes trajes tradicionales, tanto ellas como ellos y recuerdo que algunas de las faldas creaban un efecto muy bello cuando las bailarinas daban vueltas sobre ellas mismas.

Tras la actuación fuimos a cenar a un restaurante muy conocido del pueblo de al lado, Mondariz-Balneario. Se trata de Casa Rivero, donde sirven raciones de tapas gallegas, como el delicioso "polbo à feira", el tradicional pulpo cortado con patatas y aliñado con aceite de oliva y pimentón. También pedimos chocos (otro molusco), una tosta de unas setas con queso de tetilla derretido y una tortilla pasisana, que llevaba guisantes y jamón entre otros ingredientes.

Durante la visita nos alojamos en una de las parroquias (en este caso me refiero a la división administrativa, no al edificio religioso) de Ponteareas, ciudad conocida por su festividad del Corpus, en la que cubren varias de sus calles de tapices florales. Me sorprendió la parte central del pueblo, que cuenta con decenas de altos edificios de siete u ocho pisos. Muchas de sus calles daban la sensación de estar en mitad de una gran ciudad. De hecho, ofrece una gran oferta gastronómica así como bastante ambiente para salir en fin de semana de marcha.

Cambados

El día siguiente lo dedicamos a realizar una ruta en coche por diferentes pueblos con encanto de las Rías Baixas. Las rías son brazos de mar que se adentran en la costa y que están sujetos a las mareas. La costa gallega cuenta con cientos de ellas, creando una costa profundamente irregular pero de una belleza sin igual, similar a otros paisajes de antiguos territorios celtas como la Bretaña francesa o Irlanda. Empezamos por Cambados, capital del Albariño, uno de los vinos gallegos más internacionales. Allí visitamos la bella praza de Fefiñáns y su sobrio Pazo que la preside, en forma de L, con balcones circulares y una pequeña torre del homenaje. Tras callejear y recorrer el melancólico paseo marítimo (estaba nublado), nos dirigimos a visitar las ruinas de la iglesia de Santa Mariña de Dozo, antigua iglesia principal del pueblo y actual cementerio. Abandonada en el siglo XIX, debido a un incendio que la destruyó en parte, actualmente solo se mantiene en pie parte del maltrecho campanario así como las paredes y los arcos nervados que antes sostenían el techo. Quedan también algunas esculturas que formaban parte de los arcos, como los doce apóstoles o algunos pecados capitales: en el centro de uno de los arcos veréis la pereza representada con un hombre que se está comiendo sus excrementos directamente salidos de sus partes traseras. Entre las tumbas que ahora abarrotan el jardín y el interior de la iglesia destaca la del segundo hijo del escritor Valle-Inclán, bebé muerto a los cuatro meses, cuya tumba se sitúa cerca del altar mayor.

La Toja y O Grove

Seguimos la ruta hacia el sur, cruzando el puente que nos llevó a la isla de La Toja, famosa por sus aguas termales y los jabones y productos de belleza que se elaboran con las sales que se filtran aquí. La isla, además de sus bellos bosques, cuenta con segundas residencias de lujo, hoteles, spas y un campo de golf. Dimos un paseo por los jardines que rodean la blanca Capilla de las Conchas, que se encuentra totalmente cubierta en el exterior por las conchas de las vieiras. El elegante paseo marítimo con balaustradas nos llevó hasta la tienda de recuerdos, donde compré un set de aromáticos jabones.

Cruzamos el puente de nuevo para volver a O Grove, famoso por su buen marisco. Allí aparcamos frente al restaurante Mariscador, y como vimos que estaba lleno de familias que hablaban gallego, decidimos comer allí. La mariscada estuvo buenísima, con vieiras, gambas, langostinos, navajas y cigalas a la parrilla. Además, pedimos un arroz con bogavante que a mi no me convenció, ya que lo encontré falto de sabor. Todo regado por un delicioso albariño local "Agro Vello" que me encantó.

Tras reposar la comida dando una vuelta por el paseo marítimo de O Grove, nos dirigimos hacia la playa de la Lanzada, la más grande de Galicia y una de las más bellas, que en ese momento estaba vacía debido a la llovizna que empezaba a caer. Tan solo algunos surfistas intentaban cazar alguna ola dentro del mar. Muy cerca, en mitad de un risco, se encuentra la sencilla capilla de Nuestra Señora de la Lanzada, muestra del románico tardío. En su sencillo interior destaca el retablo barroco y las miniaturas de barcos que cuelgan de sus techos, entre las que destaca la de un destructor. La ermita estaba rodeada de una fortaleza cuyos restos aún se observan.


Combarro

Seguimos hacia el sur pasando Sanxenxo y llegando hasta el bello pueblo de pescadores de Combarro, construído sobre la base de una roca y llena de pequeñas casitas de pescadores orientadas al mar, de apenas uno o dos pisos. Muchas cuentan aún con los hórreos, construcciones rectangulares elevadas del suelo donde antiguamente se almacenaba el maíz y otros alimentos para alejarlos de la humedad del suelo y de los roedores. Además, muchos cruceiros (columnas coronadas por un Cristo crucificado en un lado y una Virgen con el Niño en el otro) se sitúan en numerosos cruces de callejuelas y plazoletas. Combarro fue la localidad gallega que más me gustó de todas las que visité durante este viaje. Antes de irnos comprados a una señora mayor pedazos de la empanada de maíz con xoubas (sardinillas) casera que vendía en la entrada de uno de los restaurantes del pueblo.

Mondariz

Bajando ya hacia el sur, cruzamos el moderno y enorme puente de Rande que atraviesa la ría de Vigo. Habíamos tenido un día bastante movido con tantas visitas y caminatas, así que decidimos dedicar el final de ese viernes a relajarnos en el Palacio del Agua situado en el pueblo más pequeño de España (en metros cuadrados): Mondariz-Balneario, que se escindió de Mondariz en 1924.

En 1873, Don Sabino Enrique Peinador descubrió la fuente de Gándara, de la que brotaba agua de un manantial a 18 grados fuertemente mineralizada y ligeramente burbujeante. El descubrimiento llevó a construír una planta embotelladora cerca (de la que actualmente salen las botellas de agua Mondariz) y un bellísmo pabellón con varias cúpulas y altísimas columnas neoclásicas. Todo acorde con el lujo que envuelve este pueblo, donde en el antiguo elegante edficio del Gran Hotel se sitúan ahora apartamentos de lujo, y donde se contruyeron otros monumentales edificios que ahora sí, albergan hoteles de lujo y salones para celebrar bodas y congresos. De hecho, la fama del balneario de Mondariz empieza a finales del XIX, cuando parte de la nobleza local y la realeza española se dedicaban a pasar estancias aquí para disfrutar de las propiedades de las aguas termales. Una de las más famosas visitantes asíduas fue la Infanta Isabel de Borbón y Borbón, conocida como "la Chata",  de gran popularidad entre los madrileños, a la postre primogénita de la Reina Isabel II. Años después el balneario también fue frecuentado por el Rey Alfonso XIII así como por el dictador Miguel Primo de Rivera. Nosotros aprovechamos una oferta de visita nocturna al Palacio del Agua, que por 25 euros incluye el acceso durante dos horas a sus excelentes instalaciones así como una centa con entrante, primer plato, postre y bebida en la cafetería del hotel. Antes de entrar al balneario nos ofrecieron una botella de agua Mondariz de cortesía.

El Palacio del Agua cuenta con una enorme zona central de jacuzzis, corrientes de agua, camas de burbujas y diferentes chorros, todo presidido por una gran cascada que cae de tanto en tanto. Alrededor se encuentran otras habitaciones como las grandes saunas turcas, o en los pisos superiores, las saunas finlandesas aromatizadas, más pequeñas. También hay cubos de agua helada o una pequeña poza individual de agua muy fría. Pero lo que más nos gustó fue la pequeña piscina a cielo abierto del techo. De noche disfrutamos de la bella luna llena, el cielo estrellado y las vistas de diversas cúpulas neoclásicas que forman el pequeño "skyline" de Mondariz-Balneario.

Tras las dos horas de relax nos dirigimos a la agradable cafetería a tomarnos nuestro menú, donde destaca por ejemplo la pizza cinco quesos (entre los cuales destacan el queso de Tetilla o el San Simón), la pizza gallega (con lacón y grelos), o la de mariscos. Finalmente dimos un paseo por los elegantes jardines centrales del pueblo, donde destaca el quiosco del parque delante del antiguo Gran Hotel o el bellísimo pabellón que guarda la fuente de Gándara, de donde sale un agua mineral acídulo alcalina carbónico ferruginosa que tiene un fuerte olor y sabor a huevo podrido, pero que bebimos de forma abundante por sus propiedades para la salud. Me recordó mucho a un manantial similar de Aquisgrán.


Tui y Valença do Minho

Al día siguiente visitamos la última población de las Rías Baixas: Tui. Situada en la ribera del río Miño (que separa España y Portugal), Tui ofrece un casco histórico medieval bellísimo, de calles empedradas. Por ellas pasa el camino portugués de Santiago. De hecho, nos cruzamos con varios peregrinos. Sin embargo, como llovía tuvimos que acelerar del paso. Lo más remarcable fue la enorme catedral fortificada, de estructura románica pero portal gótico impresionante.

Como la lluvia arreciaba, tomamos el coche de nuevo y cruzamos el rio Miño por el puente metálico estrecho que tanto había visto antes en películas, documentales y reportajes. Este puente es tierra de nadie: salimos de España al entrar en el y entramos en Portugal al salir del mismo. Llegamos al primer municipio luso por el norte: Valença do Minho. La característica calzada portuguesa me transportó a mis meses en Brasil, ya que mi introducción a la cultura portuguesa fue a través de su mayor ex colonia. A pesar de que la lluvia seguía, subimos a la fortaleza de esta población, en cuya cima se encuentra varias calles con encanto, edificios de viviendas muy bellos, con azulejos en la fachada. También un par de iglesias blancas muy similares a aquellas que visité en el las diversas ciudades y pueblos de Minas Gerais. Viendolo todo de prisa y mojándonos decidimos comer un poco pronto en un local que tenía buena pinta, el Solar do Bacalhau. La carta ofrecía una correcta variedad de gastronomía portuguesa con algunos platos gallegos y brasileños. Nosotros pedímos todo para compartir: bacalhau à Sao Teotónio (con verduras y mahonesa, todo al horno), picanha de carne (con patatas fritas, arroz, frijoles, piña y farofa) y vino verde. Las raciones eran gigantes, como ocurre siempre en Portugal, y quedamos más que satisfechos. Aunque no pudimos evitar pedir de postre las deliciosas "natas": unas tartaletas portuguesas hojaldradas rellenas de crema.

Ese día, como llovía mucho y era domingo, decidimos acabarlo viendo una buena peli y cenando en casa de nuestra amiga. Además, al día siguiente madrugamos para llegar a tomar uno de los primeros ferrys desde Vigo rumbo a las bellísimas islas Cíes. Paramos antes un horno muy bueno en el que habían encargado el día de antes una empanada de atún para llevárnosla a la excursión.

Las islas Cíes

La ida en el ferry fue curiosa: aparte de que hacía algo de fresco, nos llamó mucho la atención la música reggeatonera, más propia de un barco a Mykonos que a las vírgenes Cíes. Después de 45 minutos atravesando la ría de Vigo, llegamos a la principal isla de las tres: Monteagudo. Allí se encuentra el embarcadero, por lo que suele haber mucha gente. Sin embargo, como llegamos bien temprano tuvimos la suerte de disfrutar de la Praia das Rodas, una de las mejores del mundo según The Guardian.

Tras un descanso, continuamos caminando por el sendero admirando el bello bosque de enormes pinos. Cruzamos la pequeña laguna hacia la isla do Faro, donde se encuentra el camping de las islas. Seguimos recorriendo los pequeños montes rumbo al faro situado en una pequeña montañita. Una vez allí, disfrutamos de las bellas vistas mientras nos tomábamos la empanada. Al bajar, nos desviamos ligeramente para visitar un modesto observatorio de aves desde el que ver algunas de las aves isleñas. Luego paramos en la playa de Nossa Senhora, más pequeña pero igualmente paradisíaca, aunque estaba llena de familias (curiosamente varias valencianas). Intenté meterme en las cristalinas aguas pero estaban heladas, así que preferí hacer una pequeña siesta al sol. Por cierto, la tercera isla, San Martiño, sólo es accesible de forma limitada en barcos privados.

Vigo

A la vuelta, decidimos pasar la tarde en Vigo y pasear por alguna de sus calles. A pesar de ser la ciudad más grande de Galícia, Vigo se visita principalmente por las islas Cíes. Nada más llegar al puerto, me gustó mucho la escultura a los nadadores, grande y original. Subiendo por la rúa Pescadería, donde diversos locales venden ostras en bancos de piedra, continuamos paseando por el Casco Vello, de calles limpias con locales curiosos. En la rúa dos Cesteiros, por ejemplo, encontraréis numerosas artesanías de mimbre, empezando claro está, por cestas para todos los gustos. En la praza da Porta do Sol destaca el "dinoseto", un seto en forma de dinosaurio que apareció un día en las calles de la ciudad sin que se sepa aún quién lo dejó allí.

Subimos por las enormes escalinatas del empinado Parque do Castro, auténtico pulmón verde de la ciudad. En la cima de este monte construyó Felipe IV una fortaleza para defender la ciudad de ataques extranjeros. En uno de los extremos de este agradable parque se encuentra los restos de los orígenes de la ciudad: un castro celta que tiene algunas de sus casas reconstruídas para mostrar el estilo de vida de aquella lejana época.

Tras un día de tanto movimiento volvimos a Ponteareas para cenar en un local pequeño pero muy agradable: el Eira Velha, donde servían tapas con ingredientes gallegos a precios más que razonables. Así acababa la visita a las Rías Baixas. Una lástima que me quedara sin visitar Pontevedra. Tendré que volver a las Rías Baixas para visitarla. En esta escapada a Galícia también visitamos varios puntos de la bellísima Ribeira Sacara, pero eso ya os lo cuento en la próxima entrada.