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dimarts, 11 d’agost del 2026

Portofino

La península de Portofino

La península de Portofino es la escapada de playa más cercana para los milaneses, y eso la llena de gente elegante e interesante, amén de inflar los precios acorde pero también ofrecer una variedad de establecimientos para dormir, comer o visitar de alto nivel. Un tren directo de algo menos de dos horas os dejará desde Milano Céntrale en la preciosa Santa Margherita Ligure o en el bello Camogli, las dos poblaciones costeras de la península de Portofino donde os recomendaría quedaros y que cuentan con estación de tren. 

Para una escapada de fin de semana optamos por Santa Margherita, algo menos masificada, y específicamente por una de sus mansiones del siglo XIX con vistas al mar: Villa Gelsomino. Su trato personalizado por la familia propietaria y las espaciosas y bellas habitaciones la hacen el lugar perfecto para explorar esta península.

El caso es que llegamos sobre las 11.30h al establecimiento y tras hacer el check-in nos fuimos directos a almorzar a un restaurante típico ligur: Ristorante Antonio. Allí los trenette al pesto (para reconocer un pesto original este debe llevar, además de albahaca, AOVE, pecorino  Fiore Sardo, ajo y piñones picados; trocitos de patata hervida y judías verdes). De segundo optamos por las famosas gambas de Santa, crudas y a la parrilla, de una excepcional calidad, sabor y textura porque se siguen pescando de forma tradicional a más de 500 metros de profundidad. Y todo regado con un vino blanco ligur estupendo. Para el postre pasamos por la pastelería Arte Dolce a por un expreso con una galletita tradicional de masa quebrada con avellanas con forma de margarita llamada Margheritina.

Luego volvimos a la villa, cogimos la moto eléctrica que alquilan los dueños por 25€ el día y nos fuimos a recorrer la península de Portofino, con una carretera y paisajes que me recordaron a las películas de James Bond, con las aguas transparentes a un lado, los exclusivos clubs de playa (como el de Dolce & Gabbana) con sus sombrillas todas iguales, los fragantes pinos e higueras y las imponentes mansiones al borde de las rocas. Aparcamos en el minúsculo parking de motos de la cala Paraggi y disfrutamos de sus aguas nadando junto a peces de colores y grupos de jóvenes y mayores que empezaban el verano como nosotros disfrutando del mejor de los mares: el Mediterráneo. Muchos hacían paddle surf por haber una escuela en la misma cala.

Tras secarnos, seguimos hacia Portofino, localidad mítica y escala de la jet-set global, con uno de los puertos y clubs de yates mas exclusivos del mundo. 

Portofino

La mítica Portofino empezó como un enclave del Imperio romano documentado por Plinio El Viejo, que lo anotó como Portus Delphinis, ya que esta bahía resguardada atraía numerosos delfines que encontraban refugio. Durante siglos se usó como puerto natural muy estratégico para las embarcaciones que navegaban desde y hacia Roma. Con la caída del Imperio romano, Portofino pasó a control monástico, de un monasterio cercano que visitaríamos al día siguiente. Pero en 1135 la república de Génova compró los derechos del pueblo y lo transformó en una fortaleza defensiva ante los sarracenos que asaltaban esas costas. Y ese es uno de los puntos clave para entender la mutación de este villorrio: el Castello "Brown". Esta nueva posición estratégica hizo que varias familias italianas se fueran peleando por la villa: los Fieschi, Doria o Medici. Las tropas de Napoleón la conquistaron para Francia a principios del XIX. Finalmente pasó a formar parte del Reino de Piamonte y Cerdeña y del Reino y República Italiana hasta hoy.

Y fue el castillo contra los sarracenos el que enamoró al cónsul británico en Génova en 1870, que lo acabó comprando y restaurando, transformándolo en una espectacular villa privada rodeada de jardines mediterráneos. E invitó a nobles, diplomáticos y escritores que a su vez se enamoraron del clima idílico, la privacidad y la naturaleza sobrecogedora de Portofino. La leyenda se extendía y de ser un pueblo costero perdido con familias que sobrevivían de la pesca y encaje de bolillos, mutó al refugio de la jet-set global que es hoy. La icónica Piazzetta empezó a llenarse de mesas al aire libre donde aún se sientan estrellas de Hollywod, la realeza europea o los magnates industriales.

La única pena es que, a diferencia de Dalt Vila en Eivissa o Saint-Tropez, en Portofino ya no quedan comercios tradicionales o población local. Por su pequeño tamaño se ha acabado convirtiendo en un escenario donde los millonarios se pasean entre tiendas de Dior, Loewe o Louis Vuitton donde antes habían panaderías o pescaderías. También hay un banco privado y un exclusivo club de mega-yates pero ya no quedan sus tradicionales tiendas de encaje ni jubilados jugando a la petanca. Además de recorrer sus escasas calles y hacernos una fotos en la bellísima Piazzetta, también subimos hasta el castillo para ver sus salas (muy insulsas) y sus bellos jardines y sobre todo, las vistas de la pequeña bahía, impresionantes.

Como preferíamos optar por comida ligura de calidad y sin florituras, tomamos la moto de vuelta para regresar a la animada Santa donde se celebraba una elegante exhibición de danza clásica en el paseo marítimo que vimos mientras paseamos hacia nuestro lugar para cenar: Rêve Café Restaurant, con una terraza muy romántica en una plazoleta del pueblo bajo decenas de bombillas festivas. No pude evitar pedirme unos gnocchi al pesto ligure antes de degustar la dorada a la ligure (con patatas y tomates). Y como los postres no nos convencieron, fuimos a luego a tomarnos un helado en la Central, donde probé por primera vez el helado de melocotón. Cuando así lo expresé, todo el mundo de la heladería se me quedó mirando con cara de póker.

Por cierto Santa Margherita también pasó de ser un pueblo de pescadores a un refugio de veraneo de la alta sociedad con la llegada del ferrocarril en 1870 que conectaba Génova con La Spezia. Los hoteles y villas art nouveau aparecieron al mismo ritmo que se urbanizaban paseos marítimos arbolados.

La abadía de San Fructuoso y Camogli

Al día siguiente, tras un maravilloso desayuno en la terraza de la Villa, con la miel y propóleo que ellos mismos obtienen en su terreno (mientras veíamos a dos trabajadores enfundados de cabeza a pies en uniformes blancos operando en los panales del jardín), nos dirigimos al pequeño embarcadero de Santa (a diez minutos a pie) para tomar el barco hacia la abadía de San Fructuoso de Capodimonte. Este monasterio incrustado en un acantilado a pie de playa fue el que gobernó Portofino durante varios siglos y es hoy día una gran atracción turística por la belleza de su cala y por el interés histórico del lugar. 

Su origen se encuentra en el obispo tarraconense Fructuosus, quemado vivo por orden del emperador Valeriano, y cuyos discípulos Augurio y Eulogio, huyeron de la Tarraco romana con sus cenizas, hasta llegar al lugar donde está el monasterio guiados por ángeles en sueños para resguardarlas. El monasterio fue creciendo en importancia gracias a su fuente de agua dulce natural, su posición protegida y relativamente aislada y por ser posada para peregrinos a Santiago que llegaban desde el sur de la península itálica. Además, desde el Renacimiento, la poderosa familia Doria, que gobernó Portofino muchas décadas, también instaló aquí su panteón familiar, y sus tumbas siguen aquí.

El paisaje, el agua transparente de las calas, el fuerte olor a pino, o la cafetería en el antiguo refectorio monacal hacen de este lugar muy especial, incluyendo el recorrido por las austeras estancias del monasterio con vistas al mar. Lo único malo es que hay muchísima gente en sus playas, por lo que tras disfrutar un rato seguimos en otro barco a Camogli, la otra gran población de la península, con sus altas y famosas casas de colores vivos que ayudaban a los pescadores a distinguir el camino a casa en días de densa niebla. 

Camogli, al igual que Portofino, también fue gobernada durante siglos por el monasterio de San Fructuoso y de ahí viene su nombre en ligur: Ca´ de Muagi (casa de los monjes). Sus calles me recordaron vagamente a las de Port Saplaya en València aunque aquí todo es auténtico y con playas y calas incrustadas entre sus callejuelas. Esta impresionante arquitectura se debe a la época en la que se le conocía como la ciudad de los mil barcos veleros, cuando contaba con una flota de hasta dos mil barcos. Gran parte de los palacios de Camogli se construyeron con las riquezas que los capitanes acumulaban en sus travesías transatlánticas. 

Además de sus playas y calas, disfrutamos de la famosa focaccia di Recco recién hecha en el horno Revello Camogli que desde 1964 las hace constantemente a lo largo del día, una especialidad con indicación geográfica protegida sin levadura, formada por dos capas de masa finas rellenas de queso fresco que se funde al hornearse. También pedimos allí sus "camogliesi": dulces a base de pasta choux y rellenos de crema aromatizada de chocolate al ron. Y se puede acompañar con un granizado de limón local cubierto de nata fresca.

Me encantó esta primera vez en Liguria, pero volveré para conocer su bella gran ciudad: Génova, así como el paisaje patrimonio de la humanidad UNESCO de Cinque Terre.


COMER

Trenette al pesto y gambas de Santa en Ristorante Antonio.


BEBER

Vinos ligures en cualquier buen restaurante de la península.


ESCUCHAR

Love in Portofino de Dalida o la versión de Bocelli.

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