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divendres, 31 de març del 2017

Bahrein

Bahrein, la perla del golfo Pérsico

Cuando uno habla de Bahrein, la mayoría de los que te escuchan no son capaces de ponerlo en el mapa. ¿Es una isla del Caribe o del Índico? ¿O es más bien un pequeño país africano o del Sudeste Asiático? No, Bahrein es el país más liberal del Golfo Pérsico, allí donde los saudíes van a pasar muchos fines de semana a sus villas y apartamentos, para poder salir de fiesta, o, en el caso de mujeres, poder conducir y pasear alejadas la atenta mirada de sus familiares, vistiendo de una forma más relajada.

Ese es el turismo que llega a Bahrein. Para cualquier otra nacionalidad, esta pequeña isla del Golfo Pérsico no será una prioridad en absoluto. Algunos pararán un día en su recorrido de crucero por la península arábiga. Otros, como mucho, irán por temas de trabajo o alguna reunión, conferencia o congreso. Por eso, en el caso que os encontréis en esta situación, aquí os dejo mis recomendaciones turísticas.

Lo primero que uno debería visitar es el Fuerte Bahrein, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Se encuentra situado en Qal´at al-Bahrein, en un típico "tell", es decir, una colina artificial con estratos formados por asentamientos humanos sucesivos. En este lugar, habitado durante milenios, se han encontrado estructuras residenciales, comerciales, de gobierno, religiosas, militares... corroborando la importancia comercial de este enclave durante siglos. La fortaleza que actualmente se visita fue construida por los portugueses aunque previamente este lugar fue la capital de Dilmun, una de las civilizaciones más importantes de la región antes que surgiera el Islam. De hecho, los numerosos restos arqueológicos encontrados en el siglo XX solo eran conocidos hasta ese momento por alusiones en fuentes escritas sumerias.

Lo cierto es que la fortaleza por fuera es bonita, pero por dentro, más allá del pasillo con los arcos renovados, es bastante aburrida. Al lado hay un edificio moderno que alberga el museo, donde observar varios restos entre los que se encuentran joyas, cerámicas, armas, monedas de todas las épocas... tal vez lo más curioso sean los jarros con esqueletos de serpientes: se enterraban en la casa para agradar a los dioses, una práctica extendida en la antigua Dilmun.



Tras la visita, hay un restaurante de comida variada con una buena selección de comida árabe, de hecho con las particularidades de Bahrein, que es el restaurante Zyara. Muy moderno, ofrece precios razonables y cantidades grandes. Pedid el arroz machboos con cordero o gambas o el arroz biryani con pollo o con mero, ambos deliciosos y con los toques especiados (incluida la canela) que caracterizan a la península arábiga. Como postre tomamos el delicioso Umm Ali, un pudding con bizcocho ligero, leche condensada, nueces, crema y coco rallado que me fascinó.

Paseos y más perlas

Otro paseo recomendable es el balcón marítimo de Reef Island, que da a la nueva zona financiera de Bahrain. Desde el paseo se ven los grandes edificios que conforman el moderno skyline financiero del país, las vistas son impresionantes. Además, si vais entre semana a eso de las dos de la tarde, desde este paseo también veréis el espectáculo de decenas de barcos tradicionales de madera (ahora motorizados y todos iguales) saliendo al mar a pescar. Personalmente tuve la suerte de alojarme durante mi tiempo en Bahrain en un espacioso ático que tenía estupendas vistas y desde el que pude disfrutar de la salida de los barcos a diario. Acercaos al centro financiero para haceros una foto en el Bahrain World Trade Center, las gigantescas torres gemelas triangulares con tres molinos eólicos en la mitad, instalados en los puentes que conectan ambos rascacielos. Sin duda, este es el símbolo de Bahrein.

Una visita a este país-isla merece también pasar unas horas en el Museo Nacional, un moderno edificio donde aprender la historia y tradiciones del país. Además, su restaurante sirve comida sana y de gran calidad a precios razonables. La sección que más me gustó del museo es aquella en la que se reconstruyen escenas de la vida cotidiana del Bahrein tradicional, con maniquíes y objetos reales, como el matrimonio, la escuela, la recogida del agua, y hasta un zoco entero tal y como era antes de que se descubriera el petróleo y llegara la modernidad al país. Por supuesto, las perlas ocupan un espacio importante en el museo, ya que antes del petróleo, Bahrein era conocido mundialmente por sus perlas de gran calidad. Desde el siglo II hasta inicios del siglo XX, esta fue una de las principales fuentes de ingresos de la isla. Por eso, la UNESCO también declaró a la industria perlífera tradicional como Patrimonio de la Humanidad. La mayoría de edificios protegidos se encuentran en la ciudad de Muharraq, de calles estrechas y mayoría chíita, encabezados por la fortaleza de Bu Mahir, desde donde zarpaban los barcos rumbo a los bancos de ostras. Cuando en 1914 estalla la Primera Guerra Mundial y el consumo de perlas (artículo de lujo) cae en picado, Japón empieza a desarrollar los cultivos de otras perlíferas. Estos dos eventos ponen fin de forma abrupta a esta industria, haciendo que la economía de Bahrein cayera en picado de cuya crisis solo se recuperó con el incio de la exportación de petróleo.

La comunidad del subcontinente Indio
No se puede entender Bahrein sin pasear por el barrio de la comunidad inmigrante de Bangladesh, la más numerosa en el país. Daos una vuelta por las animada calles del Manama Bangali Golli, el barrio frecuentado por la comunidad bangali y otras como la paquistaní, india, nepalí y de Sri Lanka. Cenad en el famoso restaurante Kiwi, muy popular entre esta comunidad. Evitadlo los fines de semana porque está siempre a tope. Aquí podréis degustar la manera bengali del arroz biryani con pollo, que yo pedí lo menos picante posible. También degustamos el cordero picante, aunque estaba demasiado fuerte para mi. De postre pedimos unos dulces que tienen expuestos en el mostrador bastante ricos, con sabor a coco. 

Si preferís probar la comidad del subcontinente indio en un ambiente de lujo, dirigíos al Nirvana, el restaurante indio del Ritz-Carlton. El restaurante ofrece pocas mesas, en un entorno con luces bajas, decoración barroca y sobretodo, música tradicional del subcontinente indio en directo, con dos músicos tocando instrumentos tradicionales. Impecable.

Dicen que en Bahrain hay buena fiesta. De hecho, es donde cientos de Saudíes de la provicina oriental llegan cada fin de semana para pasarlo bien y poder escuchar música y beber algo de alcohol. Bahrein es el país del Golfo más liberal de todos. Aunque la verdad yo no salí de fiesta ni una vez. Me dejo eso pendiente, así como ver el famoso Árbol de la Vida en el desierto. 

dimarts, 14 de març del 2017

Doha

Doha imparable

La primera vez que puse un pie en Qatar fue hace 10 años, en mi segundo viaje al pequeño país árabe, cuando tuve una escala lo suficientemente larga en mi vuelo a Manila como para salir del aeropuerto. Recuerdo que era agosto y hacía un calor insufrible. Salíamos del taxi para tomar un par de fotos en momentos concretos y enseguida nos metíamos de nuevo, a refugiarnos en el potente aire acondicionado. Nos hicimos unas fotos en el paseo marítimo, conocido como Corniche, que daba al skyline en construcción de Doha, con el bonito Museo de Arte Islámico en primer plano. Luego nos dirigimos a la zona conocida como "La Perla", una marina con grandes rascacielos de lujo y varias boutiques: todo estaba desierto. También fuimos al antiguo zoco, casi desierto, donde lo más interesante era la zona de venta de camellos, situados en diferentes puestos al sol donde casi morimos achicharrados.

Recuerdo que el aeropuerto de Doha era bastante pequeño y feo, con tiendas minúsculas y una oferta gastronómica deplorable, mayormente basada en fritanga y croissants revenidos.

En cambio, mi segunda visita fue muy diferente. Era en febrero, con lo que el clima era fresco. El paseo marítimo bullía en actividad y el skyline de la ciudad había crecido de forma espectacular con impresionantes rascacielos, especialmente la Doha Tower de Jean Nouvel, el mismo que diseñó el Palau de Congressos de mi ciudad, València.

Nos quedamos una noche, en el fantástico hotel W, modernísimo y con un personal que se le podría describir como "cool", tanto por su manera de relacionarse con los clientes como por su estética. Lo único malo del hotel son las vistas de las habitaciones, que dan a un feo parking. Desde luego, lo estupendas que son las habitaciones, la comodidad de las camas o el desayuno tan divertido y sano que ofrecen, lo compensan.

El Museo de Arte Islámico

La tarde la dedicamos a visitar el Museo de Arte Islámico de Doha o MIA, que me quedó pendiente la primera vez. Diseñado por el legendario I. M. Pei, mismo arquitecto que diseñó las controvertidas pirámides del Louvre en París, el museo es espectacular. El arquitecto se empapó de la historia y la cultura musulmana para adaptar su estilo a las tradiciones arquitectónicas del Islam, con un cubismo presente tanto en las mezquitas egipcias del siglo X como en la Alhambra de Granada. Pero no sólo la arquitectura impresiona: el museo contiene la mayor colección de arte islámico del mundo: desde los inicios en el siglo VII hasta finales del siglo XIX, con ejemplares de caligrafía, alfombras de seda, espadas otomanas o cerámicas encontradas en todo el mundo musulmán, desde Marruecos a China. Una de las salas más bonitas es aquella donde se muestran ejemplares de estatuas, caligrafías y bordados en los que se representan animales y personas, explicando que en el Islam si se han representado personas y animales en determinados momentos y épocas (los leones de la Alhambra son un muy buen ejemplo), a pesar del mito general de que siempre ha estado prohibido.

Arriba de todo, en la sala de exposiciones temporales, había una pequeña colección de objectos y fotografías de Mohammed Ali, el legendario boxeador, que pasó largas temporadas en Qatar. Por cierto, el acceso al museo es totalmente gratuito.

Esa noche volvimos a "La Perla", mucho más concurrida, con restaurantes de todo tipo llenos y gente paseando por los diferentes bulevares, además de cientos de yates amarrados en su marina. Finalmente, antes de volver, pasamos un buen rato en el nuevo aeropuerto de Doha, que no tiene nada que ver con el antiguo aeródromo al que llegué hace diez años. El nuevo aeropuerto es gigantesco, lleno de todo tipo de tiendas y restaurantes, con butacas cómodas para esperar y un gran oso de peluche amarillo en el centro decorándolo todo. Sin lugar a dudas uno de los mejores aeropuertos del mundo, junto con el de Estambul. 

Mi imagen de Doha cambió por completo y ahora la veo como una ciudad agradable para vivir, aunque no sé si en el largo plazo podría acabar haciéndose aburrida.

divendres, 3 de març del 2017

Nikko

Tierra de budismo tendai

Una estupenda excursión de un día desde Tokyo es Nikko. Actualmente declarado Parque Nacional, y cuyo santuario es reconocido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, Nikko cuenta con uno de los santuarios más importantes de Japón y el más importante de la era del sogunato, cuando los samurais gobernaban Japón.

Hay muchas formas de llegar a Nikko: dos compañías de ferrocarril, JR East y Tobu, la conectan por Tokyo por diferentes rutas. Yo tomé el shinkansen hasta Utsunomiya y de ahí cambié a un tren local hasta llegar a Nikko, ya que tenía el JR East Pass. Llegué a la estación de JR en Nikko, diseñada por Frank Lloyd Wright, es la estación de madera más antigua de Japón aún funcionando. Además de en Estados Unidos, el famoso arquitecto también vivió y trabajó en Japón, por lo que el país cuenta con importante parte de su legado. La estación de Nikko, en concreto, mezcla el concepto norteamericano de estación de ferrocarril rural con una ligera influencia de las formas japonesas que se mezclan de una forma sutil dando como resultado un edificio de gran elegancia y discreción.

Me dirigí a la calle principal, conocida como la Nihon Romantinc Highway, bastante empinada, en dirección al santuario. Paré a almorzar en Meguri, una antigua tienda de arte reconvertida en restaurante vegano por una silenciosa pareja que cocina y sirve las pocas mesas en tatami que tiene el local. La gran influencia del budismo en Nikko hizo muy popular aquí la shojin ryori, o cocina budista vegana, así que no iba a quedarme sin probarla. Pedí el menú del día, que constaba de un arroz hervido orgánico con trozos de mango, un surtido de verduras frescas cortadas con tanto cuidado y arte como solo podría hacer un japonés y un bol de sopa de curry japonés con verduras. Mientras degustaba tan sano almuerzo no pude dejar de admirar la antigua pintura tradicional del techo.

Mausoleo del fundador del sogunato

Remonté la carretera hasta llegar al famoso puente Shin-kyo, un icónico puente rojo ovalado donde, según la tradición, Shodo Shonin cruzó el río Daiya a lomos de dos serpientes gigantes. Ahora os estaréis preguntando: ¿y quién es el tal Shonin? Lo mismo me pregunté yo, así que me fui a los paneles informativos para repasar la historia del lugar: todo empezó a mediados del siglo VIII cuando el tal Shodo Shonin, un sacerdote budista, fundó una ermita en estas montañas. Durante siglos, estas colinas atrajeron a cientos de monjes buscando instrucción y retiro. Sin embargo, es en 1617 cuando Nikko se convierte en un gran santuario. Ese año, el sogunato decide enterrar a Tokugawa Ieyasu, samurái fundador del sogunato en Japón, sistema que rigió el país por 250 años. En Nikko le construyeron su mausoleo, que aún puede visitarse. De hecho, fue a lo primero que me dirigí. Remontando empinadas escaleras flanqueadas de muros de piedra llenos de musgo y pasando diversos santuarios llegué hasta el de Tosho-gu, donde el nieto de Ieyasu, construyó para su abuelo el colosal santuario actual, empleando a 15,000 artesanos de todo Japón. Atravesé el impresionante Omote-sando, un larguísimo bulevar flanqueado de altísimos cedros, hasta llegar a la Ishi-doori, hecha de piedra, que da paso a una explanada donde está la Gojunoto, una pagoda de cinco pisos y la Omote-mon, la puerta principal del templo, flanqueada por los reyes Deva. Entré en el primer patio del templo, donde están los tres almacenes sagrados del templo, uno de los cuales destaca por su bellísima decoración de elefantes. El mérito del artista fue que nunca pudo ver a estos animales, por lo que los representó gracias a su imaginación. Otro de los almacenes cuenta con un relieve donde se ven los tres famosos monos del budismo Tendai que representan el principio de "no escuchar el mal, no ver el mal y no decir el mal". Subí las empinadas escaleras hasta llegar a la deslumbrante puerta del atardecer "Yomei-mon", abarrotada de tallas de colores, pan de oro y pinturas de motivos chinescos. Sus artesanos, conscientes de su esplendor, y temerosos de despertar la envidia de los dioses, colocaron a propósito la última columna del revés para evitar una obra tan perfecta.

Salí al patio interior del Tosho-gu, donde una bellísima sala de culto tiene en el techo las pinturas de cien dragones distintos, en lo alto de la cenefa, rodean la sala los retratos de los 36 poetas inmortales de Kyoto mientras que en la gran puerta corrediza está pintado un "kirin", bestia mitológica mitad jirafa mitad dragón. Me dirigí ya hacia la tumba de Ieyasu, pasando por uno de los pasillos cubiertos del patio, en la puerta presidida por la famosa escultura de madera del Nemuri-neko, o gato dormido, famoso por su gran realismo, aunque su pequeño tamaño hace que pase desapercibido para muchos de los turistas que me empujaban por todo lado. Desde allí, me dispuse a remontar unas empinadísimas escaleras flanqueadas de cedros que me llevaron hasta la solemne Okumiya, o tumba de Ieyasu. A pesar de que habían más turistas de lo que me hubiera gustado, sentí mucha paz en aquel lugar, sin duda los artesanos habían logrado el objetivo de honrar a la memoria del guerrero fundador del sogunato a través de los siglos.

Un dragón llorón y dulces con alubias y soja

Antes de dejar el Tosho-gu visité su templo más turístico, el Honji-do, cuya famosa sala principal tiene representado en el techo al Nakiryu, o dragón que llora. Como había tantos turistas, nos fueron dividiendo por grupos para entrar a turnos a la sala. Una vez allí, uno de los monjes fue golpeando dos palos entre sí alrededor de la sala. Al final, se situó justo debajo de la boca del dragón y los golpeó de nuevo, generando un sonido único, muy similar al de un lloro, debido a la curiosa acústica de la sala diseñada para crear este efecto único. Todos los turistas soltamos un "ohhhh" al unisono. Por cierto, que en todos estos templos está prohibido hacer fotografías

Me encantó conocer tan bello santuario, desde luego tanto el entorno natural como la arquitectura tradicional son espectaculares. Como ya empezaba a bajar el sol, empecé a volver, dejandome varios templos menores sin visitar. Ya los veré en otra ocasión. Antes de tomar el tren de vuelta en la estación, me aseguré de merendar bien probando los diferentes dulces típicos de Nikko. La primera para la hice en una pequeña tetería en la Nihon Romantic Highway, de bajada, llamada Yuzawaya, para probar sus afamados manju (bollitos rellenos de pasta dulce de alubias azuki), que llevan haciendo desde 1804. La segunda parada de la merendola la hice en la explanada frente a las estaciones de tren, donde en una ventanita vendían age yuba manju, unos bollos de alubias dulces fritas rodeados de yuba, una especialidad de Nikko (y de la cocina vegana del budismo tendai) que es la tela que se forma al preparar el tofu, cortada a tiras. Los bollitos estaban deliciosos, y los sirven con un poco de cristales de sal marina espolvoreados por encima. Casi pierdo el tren de lo entusiasmado que estaba mientras me los comía. Desde luego, en términos de gastronomía, Japón siempre tiene buenas sorpresas escondidas.

Además de Nikko, otras posibles escapadas de un día desde Tokyo son Hakone y Kamakura.

dijous, 23 de febrer del 2017

Nara

Toda visita a Kioto, la ciudad más visitada de Japón, no queda completa sin una escapada en tren a Nara, una pequeña ciudad conocida por albergar al Buda más grande de Japón (y uno de los mayores del mundo) así como por los ciervos en libertad que habitan sus parques y bosques. Nara fue la  primera capital japonesa, solo por 75 años, en el siglo VIII, cuando se empezaba a consolidar un incipiente gobierno central, dando gran prosperidad a la ciudad. Templos  budistas y sintoístas crecieron alrededor del primer palacio imperial en una era de grandes cambios políticos y culturales. Después de Kioto, Nara es la ciudad con más sitios UNESCO de Japón.

Al llegar a la ciudad nos dirigimos a pie a ver a su famoso Gran Buda. Empezamos a atravesar enormes parques plagados de descarados ciervos que me recordaron a los de Miyajima. Suntuosas construcciones de madera se alzaban aquí y allá, recordándonos la grandiosidad pasada de Nara. La ciudad está situada en el extremo norte de una llanura, donde los primeros miembros del clan Yamato tomaron el poder como primeros emperadores de Japón. Las reformas budistas de esos años eliminaron los tabúes sintoístas de cambiar de capital cada vez que el emperador moría, y se decretó construir la primera capital permanente. Se plantearon varias opciones y finalmente se eligió Nara en el año 710 (por aquel entonces se llamaba Heijokyo). Su capitalidad solo duró 75 años debido a los miedos imperiales de que el creciente poder del clero budista acantonado en los espléndidos nuevos templos les arrebatara el poder. El hecho que desencadenó el traslado de la capital a 35km al norte, a Kioto, fueron los intentos del sacerdote Dokyo de usurpar el trono imperial seduciendo a la emperatriz. A pesar del corto periodo de capitalidad de Nara, sus años imperiales fueron fundamentalmente cuando Japón absorbió grandes influencias chinas no sólo en la religión a través del budismo pero también de la lengua, el arte y la arquitectura, estableciendo los cimientos de la civilización japonesa. Perder su capitalidad fue también una inesperada bendición ya que Nara evitó la mayoría de guerras y ataques que sí sufrió Kioto, permitiendole conservar un gran número de templos casi intactos a través de los siglos.

La mayoría de elementos turísticos se encuentran en la zona del Nara-koen, un conjunto de parques y bosques a los pies del monte Wakakusa-yama. Los más de mil ciervos que pueblan esta zona son considerados Tesoro Nacional y datan originalmente de la época pre-budista, cuando eran considerados mensajeros de los dioses. Vendedores ambulantes venden galletas para ciervos que los niños compran compulsivamente para atraer al mayor número posible de estos animales y poder acariciarlos. Sin embargo, el gran protagonista de la ciudad es el Daibutsu, el Gran Buda, alojado en Todai-ji, un gigantesco templo de madera que destaca por su gigantismo en mitad de una amplia pradera.

Antes de llegar al templo, atravesamos el Nandai-mon, una enorme puerta custodiada por guardianes Nio, consideradas de las mejores de Japón. Talladas en madera en el siglo XIII, representan a los musculosos guardianes que viajaron con Buda, protectores de diversos peligros, según la tradición popular japonesa.

El Todai-ji impresiona por ser una enorme mole de madera en mitad de una pradera. De hecho, se trata del mayor edificio de madera del mundo. Al entrar al templo no pude sino alzar los ojos al tremendo buda de bronce que ocupa el centro del amplio espacio. La estatua data del año 746 y sigue siendo una de las más estatuas de bronce grandes del planeta con sus 16 metros de alto y sus 437 toneladas de bronce. También cuenta con elementos de oro puro, que juntos suman 130 kilos. El Daibutsu o Gran Buda representa al Buda cósmico que creó todos los mundos y sus budas respectivos. El emperador mandó crear esta estatua para proteger a su población contra la viruela que en aquella época era una de las principales causas de mortalidad en Japón. A ambos lados encontramos estatuas algo más pequeñas de 

Dimos la vuelta al templo, siguiendo el sentido de las agujas del reloj, para admirar sus variados tesoros. Casi al final vimos uno de los grandes pilares con un estrecho agujero por la mitad. Las familias con niños pequeños hacían cola para que estos lo pudieran atravesar, en un pequeño ritual muy apreciado entre los japoneses. Este agujero tiene el mismo tamaño que las fosas nasales de la estatua del Gran Buda. Se piensa que quien pueda atravesarlo alcanzará la iluminación.

Continuamos paseando por el bello parque, disfrutando de los colores de otoño que nos ofrecían los frondosos árboles. Como teníamos ya hambre nos dirigimos hacia uno de los barrios cercanos a la estación, y en una de las galerías comerciales cubiertas, la Higashi-muki Shotengai, nos metimos en un restaurante especializado en gastronomía local, decorado de forma elegante pero sobria, donde pedimos un menú de mediodía de kaki-no-ha-sushi, que es un sushi envuelto en hojas de caqui (que no se comen, por cierto), además de otros platos de setas y otros productos frescos del otoño japonés.

Las horas que pasé en Nara no fueron, ni de lejos, suficientes para explorar todo lo que esta pequeña población ofrece, así que tendré que volver en una futura visita a Japón. 

dilluns, 6 de febrer del 2017

Kobe & Okayama

Kobe

Kobe fue una de las primeras ciudades japonesas en abrirse a los extranjeros. Antes del cierre de Japón por parte del shogunato, su puerto ya había sido frecuentemente usado por comerciantes chinos. Tras la apertura de la era Meiji, el puerto de Kobe se convirtió en una de las entradas de todo lo Occidental. Y eso se respira por sus calles. La ciudad es conocida por su abundancia de panaderías que ofrecen recetas francesas y alguna italiana con toques japoneses, ya sea sabores, olores, ingredientes o formas a la japonesa. Además, fue aquí donde vi por primera vez un restaurante austriaco (en toda mi vida vaya). De hecho, para los interesados, se encuentra en la calle paralela a la calle principal del Chinatown de Kobe o Nankinmachi.

Kobe es conocida en todo el mundo por su excelente carne de res. Como entrevistábamos al presidente de su puerto justo antes de que empezaran unos días festivos en Japón, aproveché para quedarme y explorar la costa del mar interior de Japón. En la estación de Shin-Kobe, compré el JR West Pass que por 14,000 yenes permite tomar de forma ilimitada los trenes de JR (incluyendo la línea de Shinkansen) e incluso el ferry a Miyajima de forma ilimitada. Yo con este pase visité Himeji, Okayama, Naoshima, Hiroshima y Miyajima.

La visita empezó en el Sky Lounge del Hotel Kobe Portopia, invitados por nuestro cliente. Como el hotel está en las tierras ganadas al mar donde también se encuentra el nuevo puerto, las vistas de la ciudad eran espectaculares. Desde aquel piso 35 pude admirar la gran cadena montañosa que parecía hacer de muralla gigante, los rascacielos y la costa, presentando la belleza de Kobe en un panorama sin igual.

En mitad del bullicio de la ciudad se encuentra el santuario sintoísta de Ikuta, fundado nada más y nada menos que en el año 201. Este santuario de madera, donde se fabricó sake por siglos, sobrevivió milagrosamente a lo largo del tiempo, siendo lugar de reunión de los habitantes del barrio durante calamidades, bombardeos o terremotos (el último el de 1995). Rodeado de un pequeño bosque de alcanforeros y un estanque, este lugar es un remanso de paz que huele al incienso de las barras ardiendo que dejan los fieles.

Ternera de Kobe y un barrio chino

Me entró el hambre, y como ya había probado la carne buena de Kobe en Tokyo un par de veces (y barata no es), me decanté esta vez por una hamburguesa de Kobe, algo más asequible. Para ello fui a Wanto Burger, en Shimo-Yamate dori. Aunque estaba muy buena, no tiene ni punto de comparación con un buen filete de Kobe , que se deshace en la boca (no hace falta ni masticar). Son muchos los rumores sobre el porqué de la calidad de esta carne. Uno de los más extendidos es que se alimenta a las vacas con cerveza, se les dan masajes y se les pone música clásica en el establo. Pero la asociación de ganaderos de Kobe lo desmiente. En realidad, ellos explican que la calidad es debida a la raza de vaca: la carne de las vacas negras japonesas nacidas, criadas y sacrificadas en esta prefectura son consideradas las de mejor calidad del mundo. 

Tras la comida, decidí quedarme un par de días en Kobe, en un hotel cápsula que contaba con unos baños termales japoneses estupendos. Las aguas, con propiedades medicinales, salen directamente de una fuente termal de la cadena de montañas pegada a la ciudad. Los hoteles cápsula en Japón son muy curiosos: a uno le asignan su cápsula, en la que tiene enchufes, una mini-tele, luz y aire acondicionado, además de un pijama. Luego tienes un gran armario con llave para dejar tus cosas. En esa misma sala hay sofás y teles, además de una ristra de pilas perfectamente limpias con todo tipo de productos de aseo que podamos necesitar: desde cremas y gomina hasta maquinillas de afeitar desechables o cepillos de dientes. Luego están los baños: en general, los hoteles cápsula cuentan con un gran "onsen" donde los clientes pueden relajarse y asearse. En mi pasada entrada sobre Kagoshima expliqué el protocolo a seguir en un onsen japonés. 

Tras instalarme, me fui a dar una vuelta por la agradable ciudad. En una de las calles había una especie de imitación de una serie de fachadas de una ciudad francesa del sur, aunque algo mal hecha ya que parecía más bien sacado de un parque de atracciones barato. En cualquier caso, el resto de la ciudad era muy agradable, una especie de fusión entre ciudad europea y japonesa. Acabé el paseo por Nankinmachi, el barrio en el que se asentaron decenas de comerciantes chinos cuando Japón se abrió al mundo. Es parecido a otros barrios chinos de grandes ciudades aunque este es particularmente colorido y ordenado. Las decoraciones meticulosas llaman la atención, especialmente la plaza central, con estatuas de los diferentes signos del horóscopo chino. Restaurantes chinos se alinean uno tras otro, solo interrumpidos por tiendas de baratijas así como herboristerías. También hay numerosos puesto de comida callejera que ofrecen diversas especialidades chinas. Yo piqué de allí y allá mientras disfrutaba de un barullo diferente al del Japón habitual.  

Volví a mi hotel paseando, cruzando media ciudad. Me sorprendió el cosmopolitismo de Kobe a pesar de su pequeño tamaño. Boutiques enormes de Louis Vuitton, de Hermes, de Prada, de Gucci, enormes rascacielos de oficinas, elegantes tiendas de grandes almacenes, restaurantes de las más variadas nacionalidades... mientras, en lo alto de la montaña, habían iluminada una forma de ancla, símbolo de la ciudad.

Okayama

El día después, para estar más cerca de mis otros destinos (Hiroshima, Miyajima y Naoshima) me trasladé a la ciudad de Okayama, a mitad camino de todo, y convenientemente conectada al Shinkansen. Como era temporada alta (la conocida en Japón como silver week), la mayoría de alojamientos de los grandes puntos turísticos estaban completos. Okayama, al ser menos concida, contaba con algunos hoteles de gama media que tenían habitaciones disponibles. Escogí uno que estaba en el bonito canal que atraviesa la ciudad de norte a sur, jalonado de puentecitos y restaurantes a ambos lados. 

Okayama es conocida en Japón como la ciudad de Momotaro, un niño héroe que mató a un demonio en una de las leyendas más conocidas del país. Se cuenta que Momotaro nació del hueso de un melocotón. Con la ayuda de un mono, un faisán y un perro venció a un demonio de tres ojos y tres dedos que devoraba a la gente. Una estatua del niño melocotón recibe a todos los viajeros en la estación de Okayama. Además, su cara sonriente está en todas las alcantarillas de la ciudad.

Aunque mi idea era de estar en Okayama solo para dormir, acabé dedicándole una mañana de mis mini-vacaciones para visitar Koraku-en, que es el gran jardín de la ciudad, considerado uno de los tres más bellos de Japón. Tomé uno de los tranvías vintage que aún recorren sus calles hasta la parada de Shiroshita y allí crucé el amplio cauce del río Asahi por la estrecha pasarela bajo el castillo de Okayama para entrar en Koraku-en. Originalmente, este jardín se construyó por orden del daimio (jefe de samurais) Ikeda Tsunemasa, terminándose en el año 1700. Con la revolución Meiji y el fin del feudalismo japonés y de los samurais, el jardín abrió sus puertas al público en 1884. Me sorprendieron sus enormes extensiones de césped, salpicadas de tanto en tanto por estanques, casas de té y otros edificios del periodo Edo. El jardín mantiene las plantaciones de diversos comestibles que tenían los antiguos daimios por lo que aún se pueden disfrutar sus plantaciones de té, arrozales así como los diferentes huertos de árboles frutales, donde destacaban los de ume, conocido como el albaricoque japonés. También hay un gran depósito de agua lleno de lotos. Como era pleno verano, sus flores blancas lucían radiantes, casi todas totalmente abiertas.

Curioseando por los puestecitos del parque vi que en uno vendían el recuerdo más típico de Okayama, que son los kibi-dango, unas bolas blancas parecidas a las de mochi y elaboradas con harina de mijo, que aún hoy se comen en recuerdo de Momotaro, el niño melocotón que antes mencioné. Tenían tanto las clásicas blancas con sabor original como las que tienen una esencia a melocotón. Compré dos paquetitos antes de dejar el parque.

Paseando de vuelta de vuelta al hotel admiré desde lejos el gran castillo negro de la ciudad, donde destacan sus doradas gárgolas, en forma de peces que agitan sus colas. Decidí no entrar al castillo, no sólo porque después del de Himeji se me quedan cortos el resto de castillos japoneses, sino porque este es una reconstrucción de 1966, ya que el original fue destruido en el Segunda Guerra Mundial. Aquella noche cené en el Ajitsukasa Nomura, un tranquilo restaurante decorado en bambú donde solo sirven la especialidad local: el demi-katsudon, que son chuletas de cerdo fritas con salsa semi-glaseada, guisantes y arroz. Simplemente meted el dinero en la máquina, apretad el botón del menú elegido y dad el tique a uno de los camareros. La comida no tardará. La salsa semi-glaseada es de color marrón oscuro, muy espesa y con un regusto final a chocolate. Originalmente de la gastronomía francesa, los japoneses la adaptaron a su gusto y en Okayama acabó formando parte de la tradición culinaria local. 

Tanto Kobe como Okayama son ciudades que no suelen formar parte de una visita típica a Japón. Sin embargo, tuve la suerte de poder visitarlas debido a las circunstancias, de dormir en ellas. Es por eso que pude descubrir parte de su gastronomía y de algunos de sus tesoros escondidos. Sin embargo, si estáis en Japón solo por una semana o dos, no recomendaría en ningún caso incluirlas en vuestra ruta. 

dijous, 2 de febrer del 2017

Lomé y Abiyán

Lomé

Por motivos laborales, pasé siete días pasé entre las capitales de Togo y Costa de Marfil, dos calurosos y húmedos países costeros de África del Oeste.

Por un lado, estuve en Lomé, una capital extremedamente llana, como mi natal Valencia. Sus bulevares principales están bien asfaltados, a diferencia de las calles secundarias, arenosas o pedregosas, dependiendo de lo lejos que estén de la larga franja costera de la ciudad. Sus calles rectas llaman la atención por el orden general que imprimen a esta calmada ciudad.

La mayoría de los puntos de interés se sitúan alrededor de la Plaza de la Independencia, con los rascacielos de varios ministerios y organismos internacionales como la Comunidad Económica de los Estados del África Occidental (CEEAO). Estos edificios acristalados de los años 70 muestran cierta decadencia amable que en cualquier caso destaca frente a las bajas construcciones del resto de la ciudad. El edificio más alto de la ciudad es el Radisson Blu Hotel 2 Février 1947, fecha en la que un general que gobernaba Togo nacionalizó las minas de fosfatos. Sus interiores son muy elegantes y equivalentes a cualquier hotel de lujo de una capital occidental. Está situado en la propia Plaza de la Independencia, frente al deteriorado Palacio de Congresos de la ciudad. En mitad de la plaza se encuentra el monumento que celebra la independencia togolesa de los franceses en abril de 1960, con una silueta humana alzando los brazos en señal de victoria esculpida en la roca con una estatua femenina levantando un bol en el medio. 

Una de las comidas tradicionales que probé fue el fufú de ñame, una raíz que se tiene que moler hasta que adquiere una consistencia parecida a la de la plastelina. De color blanco, lo sirven acompañado de una salsa de tomate ligeramente picante y pescado o cabra. Lo primero es lavarse las manos con la jarra de agua que te sirven, el jabón y un balde. Luego, se sirve el ñame en un plato y el pescado con la salsa de tomate en otro. Con las manos se coge un trozo de ñame haciendo una bola y mojándolo con la salsa. Luego se toma un trozo del pescado y se come. No me atreví a probar la cabra, que era la otra opción.

Muchas de las rotondas de la ciudad están decoradas con diferentes estatuas, llamando la atención la del monumento a la paz, con una paloma gigante que se ilumina con centenas de bombillas cada noche. Por otro lado, mi hotel, un modesto Ibis, tenía un bellísimo jardín y piscina en primera línea de playa y ofrecía un panorama bastante paradisíaco.

Abiyán

Tras cuatro días en la capital togolesa, me dirigí al aeropuerto para dejar el país. Por cierto, el aeropuerto de Lomé es muy moderno y funcional, mejor de muchos de los que he visto en Europa. En un corto vuelo de Air Cote d´Ivoire llegué a Abiyán, la auténtica capital y hub del África del Oeste, una gran ciudad cuyo centro es Le Plateau. Este el barrio financiero donde se encuentran las sedes de las principales empresas nacionales y extranjeras. Las gigantescas autopistas de la capital están flanqueadas de centros comerciales, hipermercados y grandes tiendas como Carrefour o Fnac. Una gran ciudad en toda regla. Por cierto, no tuve que cambiar de moneda ya que, al igual que los europeos logramos con el euro, ocho países de la CEEAO comparten moneda común: el franco del África del Oeste.

Los rascacielos del Plateau son todos de los años 70 y 80, cuando se produjo el conocido como milagro marfileño. Son edificios modernos de estilo brutalista, donde dominan las líneas rectas y uno de los materiales domina las fachadas (sea cemento o cristal). Habían torres de cristales morados, otras de cristales amarillos, otras de puro cemento y sin duda, la que más llama la atención es la Pirámide, un rascacielos de cemento puro con forma triangular que recuerda a una colmena y que por desgracia se encuentra actualmente abandonado, con árboles que crecen en muchos de sus balcones. Uno de los edificios alberga también la Delegación de la Unión Europe en Costa de Marfil, con cientos de banderas europeas en mástiles delante del edificio. Me hubiera gustado visitar mejor el barrio, especialmente la moderna catedral de San Pablo, pero justo esos días se estaban produciendo motines de sectores descontentos del ejército, que protestaban por por impagos de sueldo y ascensos injustos, así que me quedé en la habitación del hotel para evitar riesgos. Una de las noches llegué a oír tiros desde mi habitación y todo.

El Grand-Bassam

El sábado lo dediqué a visitar el Grand-Bassam, que fue capital colonial fracesa de Costa de Marfil durante tres años y que ahora es considerada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Es todo un ejemplo urbanístico de ciudad de finales del XIX con barrios especializados en comercio, administración, vivienda para europeos y vivienda para africanos. La capital se ensanchó a partir del antiguo puesto de pescadores de N´zima. Sin embargo, tuvo que abandonarse por un brote de fiebre amarilla y ya nunca se volvió a instalar aquí. Sin embargo, las diferencias entre el Antiguo Bassam (barrio francés) y Nuevo Bassam (barrio africano), separados por una laguna y conectados por un puente, aún persisten. La ciudad es un testimonio urbanístico de las complejas relaciones sociales entre europeos y africanos. Decenas de edificios coloniales abandonados le dan un encanto especial, alternándose con tiendas de recuerdos de muy buen gusto y excelentes galerías de arte, como la Maison des Artistes.

Hay un edificio que se conserva en excelente estado: se trata del antiguo mercado, de estilo art-decó, que es ahora un salón de eventos y congresos que se usa sobretodo para bodas. Nos encantó también un edificio amarillo que una vez albergó un hotel, ahora totalmente abandonado, en cuyo bajo un comerciante expone excelentes telas africanas hechas a mano. El edificio más importante del barrio es el antiguo palacio del gobernador, ahora dedicado al museo del traje, donde se muestran diferentes tipos de vestimentas típicas del país, destacando las del rey del Grand Bassam, poder tribal paralelo al gobierno de Costa de Marfil que sigue existiendo aún hoy en día. Allí se muestran las vestimentas típicas de este rey así como su corona. Siempre aparece acompañado de su hermana en todos los actos públicos, mientras que su esposa nunca sale a la luz.

En el museo también se muestran una serie de maquetas de poblados de las diferentes tribus de Costa de Marfil. El amable guía nos fue explicando las costumbres polígamas de la mayoría de ellas, excepto de una en la que las mujeres eran las que tenían el poder real. Además del contenido del museo, también nos fue explicando las diferentes estancias del palacio, como el moderno cuarto de baño o las escaleras secretas, escondidas en una falsa contraventana, que servían para que el gobernador se ocultara en pequeñas estancias secretas situadas entre los muros, en caso de revueltas.

Acabamos la visita en uno de los modestos restaurantes de la playa, donde no se recomienda el baño por las fortísimas corrientes. Disfrutamos de las fuertes olas sentados mientras comíamos unos gambones del Atlántico acompañados del plátanos maduros fritos. El panorama era de lo más variopinto: jóvenes montadas a caballo mientras otras cargaban sobre sus cabezas, en un ejercicio único de equilibrismo, botellas llenas de coco rallado y tostado que sabe a gloria.

Me quedé sin visitar la iglesia más grande del mundo, la Basílica de Nuestra Señora de la Paz, pero es que se encuentra en Yamusukro, a tres horas en coche de Abiyán, y me venía muy justo. Sobretodo con los motines en marcha no quería alejarme mucho del aeropuerto internacional.

dimarts, 31 de gener del 2017

Naoshima

Una isla de arte contemporáneo

Uno de los lugares más fascinantes de Japón es la pequeña isla de Naoshima, en el mar interior de Seto, uno de los mares que conforman el mar interior de Japón. Desde que en los años 90 la Benesse Corporation (dueña de las academias Berlitz de las que fui profesor) instaló en esta isla su colección de arte moderno, creando el Benesse Art Site, Naoshima no ha parado de transformarse. De ser un villorrio donde subsistían pescadores y jubilados con sus pensiones, la isla atrae ahora a amantes del arte moderno de todo el mundo, con nuevos museos abriendo sus puertas y artistas contemporáneos llegando de todos los rincones del globo. Nuevos restaurantes de slow food abren sus puertas junto a hoteles boutique, galerías de arte y tiendas de diseño.    

En mi viaje desde Kobe hasta Hiroshima, con parada en Himeji, decidí dedicar un día a Naoshima. Me llamaba muchísimo la atención uno de sus monumentos más famosos: la calabaza amarilla de Yayoi Kusama. Como me estaba quedando en Okayama, tomé el tren regional hasta Uno y allí, al lado de la estación, me dirigí en ferry hasta Honmura, uno de los dos puertos de Naoshima.

Honmura y el Art House Project

Los principales puntos de interés de la isla están en tres puntos: el Benesse Art Site y las poblaciones de Miyanoura y Honmura, que es a la que yo llegué. Allí empecé haciendo la ruta de las seis casas tradicionales cedidas a artistas contemporáneos. Estos las han usado como marco para sus instalaciones en un proyecto conocido como Art House Project. El objetivo es que estas casas (y un templo sintoísta) que tienen, de media, más de 200 años, sirvan como contenedor de obras e instalaciones ultra recientes y rompedoras. Me dirigí a la primera casa, "Haisha", decorada de colores raros y que a simple vista parece una casa en ruinas, o una chabola, recubierta de materiales de desecho, como planchas metálicas oxidadas o maderas carcomidas. En ella, el artista Otake Shrinro ha decorado cada habitación de manera muy diferente, donde destaca la gran estatua de la libertad blanca que atraviesa los dos pisos de la casa. Allí mismo compré la entrada para el resto de las casas y me pusieron el sello de esta primera. Las casas están esparcidas por la población de manera que su visita también implica varios paseos por Honmura, y por tanto, interacciones con el día a día de los vecinos de esta minúscula población de calles de un sólo sentido. La ruta de las seis casas os llevará más o menos una mañana hacerla. Recomiendo empezar por "Minamidera", un edificio de nueva construcción en el que se muestra, en turnos de cada 15 minutos (de ahí que lo más sensato es acudir lo primero de todo para apuntarse en uno de los turnos), la sorprendente instalación del estadounidense James Turrell. Allí se entra, y se espera, en la oscuridad total y absoluta, hasta que nuestros ojos se acostumbren y disfrutemos de algo... único. No diré más para no estropear la sorpresa y reacciones que el artista espera de su obra, cuyo misterioso título es "The Backside of the Moon".

Personalmente me encantaron los cuadros de la casa "Ishibashi", especialmente The Falls, de Hiroshi Senju, un artista japonés que pinta gigantescos cuadros de cascadas utilizando técnicas tradicionales de la pintura japonesa. La serie de cuadros expuestos en una de las habitaciones restauradas me produjeron gran relajación, con un efecto casi hipnótico por el que no podía parar de observarlos. También me pareció muy interesante una de las obras de Tatsuo Miyajima, en la sala principal de la casa "Kadoya": sobre una lámina de agua, 125 contadores de LED que van del 1 al 9, muestran los números en los colores rojo, verde y azul en una cuenta atrás infinita. El artista pidió a cada vecino del pueblo poner un contador a la velocidad que desearan. La obra se llama "Sea of Time 98" y es bastante curiosa. Finalmente, al aire libre se encuentra el santuario de Go´o, restaurado por el artista Hiroshi Sugimoto, que le incluyó unas escaleras de cristal óptico que van desde la sala subterránea de piedra hasta el santuario de madera en lo alto. Bajando por la colina se puede entrar a la cámara subterránea, donde empiezan las escaleras, a través de un estrecho tramo de lisas y altas paredes por las que, al salir, iremos divisando la luz y el mar poco a poco, como si volviéramos a la vida. 

En Honmura hay también un lounge en mitad del pueblo en el que se venden libros de arte muy interesantes así como recuerdos de diseño que harán las delicias de los viajeros más exigentes. Allí es donde se espera para tomar el bus gratuito que lleva hasta el Benesse Art Site. Pero como ya tenía hambre, fui a Café Salón Naka-Oku, en mitad de una colina, tras pasar unos campos a las afueras de la población. En el local, situado en una antigua casa de madera, y cuyas mesas se distribuyen en un acogedor tatami, lo tradicional convive con lo rabiosamente contemporáneo, con música chill out de fondo. Allí sirven omuraisu, un arroz frito de verduras cubierto por una finísima tortilla de huevo acompañada de salsa de tomate casera o una de curry, a elegir. El menú incluye una bola de puré frío de patatas orgánicas, con las pieles y todo, que está espectacular. Para beber pedí un zumo de frutas recién hecho.

El Benesse Art Site

Una vez saciado, tomé el bus hasta la playa de la Benesse House, un hotel boutique que forma parte del complejo del Benesse Art Site. En el muelle de esta playa está la escultura de la calabaza amarilla, símbolo de Naoshima. La artista Yayoi Kusama hizo esta calabaza, añadiéndole un patrón óptico de círculos negros, tras el éxito de su colección de calabazas rojas en la Bienal de Venecia de 1993. Había mucha fila para tomarse la foto con la preciosa calabaza, así que decidí tomarle foto a la obra sin mi. Continué caminando por el complejo hotelero hasta llegar al Museo Benesse House, donde nació todo este movimiento que puso Naoshima patas arriba. El edificio, diseñado por el genio Tadao Ando, fusiona arquitectura, arte y coexistencia con la naturaleza. Sus salas acogen una colección de arte contemporáneo espectacular, con cuadros de flores de Andy Warhol en su cafetería, la "Venus Bleue" del artista Yves Klein, o mi obra favorita del museo: "The Forbidden Box" de Yukinori Yanagi. De una caja sale una tela transparente sobre la que está impresa una foto de la bomba atómica publicada por un periódico japonés en 1946. Detrás de la tela hay otra en la que está impreso el borrador del artículo 9 de la Constitución japonesa, escrito por el mismísimo General Douglas McArthur, en el que Japón renunciaba a la guerra como derecho soberano y al uso de la fuerza o a la amenaza en las relaciones internacionales. En la tela de delante está impreso el artículo 9 tal y como se encuentra hoy en la Constitución, mucho más apaciguador, tanto en japonés como en inglés. La obra tiene una fuerza y un significado que impactará a cualquier amante del arte, de la historia y de la política.

Además de las interesantes obras de arte del museo, la propia arquitectura del edificio y el juego que hace con el cielo, las montañas, la flora y el mar es impactante. En uno de los patios, dos gigantescas piedras planas nos permiten tumbarnos en ellas y admirar un pequeño círculo de cielo que se abre al final de las altas y lisas paredes. El Museo Benesse House cuenta además con dos plantas dedicadas a habitaciones en las que cada una tiene en su interior un par de obra del museo que el huésped podrá disfrutar en exclusiva y en privado.

Ferry desde Miyanoura

Como ya estaba fatigado y saturado de arte, dejé el complejo del Benesse Art Site y me dirigí hacia mi última parada en Naoshima: Miyanoura. Allí están los baños "I Heart Yu" que combinan los baños tradicionales japoneses con esculturas de arte contemporáneo. Presidiéndolo todo está la estatua gigante de un elefante. Pero estaba anocheciendo y me apetecía volver a mi hotel de Okayama a relajarme así que decidí no entrar. En el puerto me esperaba otra calabaza gigante de Yayoi, esta vez roja y con la posibilidad de meterse en su interior a través de uno de sus puntos negros gigantes. Mientras esperaba la llegada del ferry, me compré unas takoyaki en un puesto cercano. Los takoyaki son unos pequeños buñuelos con un trocito de pulpo a la plancha cada uno en su interior que llevan copos de bonito seco por encima, además de la salsa takoyaki. Disfruté de esta popular comida de calle en la cubierta del barco, viendo las costas llenas de pinos de Naoshima hacerse cada vez más pequeñas mientras me acercaba al puerto de Uno, desde donde tomaría un tren regional de vuelta a Okayama.

Naoshima me encantó: con sus pinos, su tranquilo mar, sus calas y su luz me recordó mucho a mi querido Mediterráneo. Me dejé sin visitar los otros dos museos de Benesse Art Site: ni el Museo de Arte Chichu ni el Lee Ufan. Tampoco me bañé en el moderno Naoshima Bath I Heart Yu. Así que, la próxima vez que visite Japón, Naoshima estará en mis listas prioritarias, espero incluso que para pasar una noche o más allí.