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dissabte, 1 d’abril de 2017

Hakone & Kamakura

Si uno vive en Tokyo, hay dos escapadas que pueden hacerse perfectamente en un sólo día: una os llevará a bosques, lagos y un volcán espectaculares, todo bajo la atenta mirada del monte Fuji. La otra excursión os trasladará a la era en la que Japón era gobernado por los samuráis.



Hakone y sus medios de transporte

Hakone es una de las excursiones más populares desde Tokyo. Se trata de una región montañosa, llena de bosques alrededor del lago Ashi. Sus onsen, volcanes y teleféricos atraen a masas de turistas sobretodo los fines de semana y festivos con buen tiempo. Las bellas vistas del monte Fuji que se aprecian desde distintos puntos de la región son otro de sus alicientes. El único problema es que fui el fin de semana (por temas de trabajo no tenía opción) y está bastante masificado, uno se siente casi en un rebaño.

La manera más rápida de llegar es con el tren bala hasta Odawara y ahí tomar el tren hasta Hakone Yumoto. No olvidéis comprar en Odawara un pase de día para poder subiros en los diferentes medios de transporte que hay en Hakone. En Hakone Yumoto hacéis intercambio y tomáis el tren hasta Gora. La ruta es muy bonita, a través de una escarpada ladera, atravesando bosques, minúsculos túneles y riachuelos, con dos cambios de dirección del tren. Es en Gora donde recomiendo empezar la ruta, sobretodo si cuando llegáis se acerca la hora de almorzar. Ahí se encuentra Itho Dining by Nobu, uno de los restaurantes del mediático chef, de ambiente íntimo. Cerca también está el Museo al Aire Libre de Hakone, con estatuas de Rodin, Miró y un pabellón dedicado a Picasso con más de 300 de sus obras.

De Gora se toma el funicular hasta Souzan, que sube poquito a poco a través de vías muy estrechas, y de ahí, el teleférico que os llevará a lo alto de Owakudani atravesando unas áreas con altos niveles de azufre. Sin duda es la parte más emocionante del viaje. A través de la cabina observaréis el panorama desolado de una montaña que explotó a causa de la actividad volcánica y de donde aún salen continuos chorros de azufre que, en ocasiones, pueden representar un peligro para la salud de determinados grupos de personas. Por eso, antes de subir al teleférico, se reparten unas toallitas húmedas especiales para ponerse en la nariz en caso de problemas respiratorios. El paisaje era infernal, casi como Mordor, desértico, con chorros de humo saliendo de todo lado y pequeños charcos de aguas amarillentas o de un azul turquesa muy artificial.

El teleférico llegó a la cima. Fuera del moderno refugio, el viento era terriblemente fuerte y frío. Aún así, me asomé para ver el panorama y el Monte Fuji desde allí. Una larga cola esperaba para comprar su bolsita de huevos hervidos en azufre, con la cáscara totalmente negra, que se preparan en cestas de hierro en los diferentes lagos del volcán. Tras la ventolera, se toma otro teleférico, este ya a través de apacibles bosques hasta descender al borde del lago Ashi en el embarcadero de Togendai-ko.

Allí tomé un enorme barco tipo pirata, que parecía sacado de un parque de atracciones. Mi humilde opinió es que la experiencia sería más chula si el barco fuera de estilo japonés. Las vistas eran preciosas. El lago Ashi, encajado entre montañas, es inolvidable. Como ya había visto a lo lejos la puerta toori, y las nubes tapaban el monte Fuji, tomé el bus de vuelta a Hakone Yumoto desde allí. Si no hubiera tenido compromisos de trabajo me hubiera gustado quedarme una noche en algún ryokan y disfrutar en paz de sus onsen, famosos en todo Japón. Desde luego que tendré que volver a Hakone y descubrir sus otras rutas, templos y museos con más calma.

Kamakura, capital de los samuráis

La manera más rápida de llegar a Kamkura es en la línea Yokosuka de JR. Y las razones para hacerlo son varias: a finales del siglo XII, Minamoto Yorimoto, el primer shogún, eligió esta población costera como capital del Japón gobernado por los samuráis. Es por eso que aún hoy en día existen 65 templos budistas y 19 santuarios sintoístas. El más famoso es el Kotoku-in, donde se encuentra el conocido Gran Buda de bronce (el Daibutsu). Se realizó en 1292 y pesa 93 toneladas. El Gran Buda estaba alojado originalmente en un templo de madera que fue destruido por un tsunami en 1495. Desde entonces, la gran estatua ha permanecido a la intemperie. Su enorme tamaño sigue impresionando y de hecho se puede entrar a su interior por la parte de detrás, para entender mejor como se ensambló la gran estructura. Nosotros lo hicimos en agosto y casi nos da algo. Ya de por si el calor estival el Tokyo y alrededores es sofocante pero si encima te metes en una caja de bronce a la que lleva horas dándole el sol, imaginaos. Solo por el impresionante Buda vale la pena venir a Kamakura.

Otro templo muy bonito es el de Hase-dera, que cuenta con decenas de imágenes en piedra de Jizo, el protector de los niños. En este templo se encuentra también una de las estatuas de madera más grandes del país: el Juichimen Kannon, del siglo VIII, una diosa de la compasión coronada con 10 pequeñas cabezas, cada una mirando hacia un lado, con el fin de mirar a todo aquel que necesite de su compasión. En este templo también hay una capilla para Inari, o deidad de la fertilidad y el éxito, a la que se llega tras un camino de varias pequeñas puertas toori rojo bermellón, jalonadas de estatuas de kitsune, o zorros blancos puros, sus mensajeros. Todas las estatuas de los kitsune llevan baberitos rojos, que son puestos por los fieles devotos de Inari.

Recorred también la animada calle principal (peatonal) de Kamakura, llena de tiendas y restaurantes para todos los gustos. La gastronomía de Japón es tan variada que nunca repetiréis. Además, cerca hay un bonito bambusal, mucho más íntimo que el masificado de Kyoto, que alberga un pequeño cementerio histórico. Como era pleno verano, parejas de jóvenes japoneses se paseaban en los kimonos tradicionales del verano, frescos y ligeros, llevando los zuecos de madera tradicionales, mientras se hacian fotos con sus sombrillas ellas y sus bolsas tradicionales ellos. 

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