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divendres, 10 de gener del 2020

Venecia

La capital de la "Sereníssima República"

Venecia es un sueño. Es como estar en el decorado de una película. No sorprende, por tanto, que ríos de turistas la inunden durante todos los meses del año. Fundada en el siglo V en la laguna que protegía a todos los que huían de los bárbaros tras el derrumbe del Imperio Romano de Occidente, esta ciudad lacustre comprende 118 islotes. Sobre barro y madera alzaron una ciudad imposible que desde el siglo X se convirtió en una gran potencia marítima, condición en la que se mantuvo hasta las ocupaciones francesas y austriacas durante el siglo XIX. Venecia es, en su conjunto, una obra maestra de la arquitectura y hasta los más pequeños de sus monumentos albergan obras de los más grandes artistas de todos los tiempos, como Giorgione, Tiziano, VeronésTintoretto, entre otros. Arquitectos clave del Renacimiento como Palladio o contemporáneos como Tadao Ando o Calatrava también cuenta con obras arquitectónicas en la ciudad.

Además, también es una ciudad importante para la Cristiandad. Por un lado, reposan en Venecia los restos de Santa Lucía, mártir siracusana, en una de las capillas de la imponente iglesia de San Jeremías, al lado del puente de las agujas (guglie). Esta santa es venerada por católicos, ortodoxos y luteranos. Además de ser la patrona de ciegos y modistas, entre otras profesiones, su festividad se celebra especialmente en Suecia y Finlandia. Pero sobretodo, Venecia es clave por albergar los restos del Evangelista San Marcos, patrón de la ciudad y de la antigua República. Sus reliquias se encuentran en la basílica de San Marcos de la plaza homónima. Fueron extraídos de Alejandría por dos comerciantes venecianos que se los llevaron a su ciudad en el siglo IX.

La plaza de San Marcos, única en la ciudad en tener dicho nomenclatura (al resto de plazas se les llama "campo"), se convirtió en el centro político, económico, social, cultural y religioso de la ciudad. La preside la extraordinaria basílica, uno de los pocos ejemplos de arte bizantino en Occidente, símbolo de las estrechas relaciones de Venecia con el antiguo Imperio Bizantino, y especialmente con la antigua Constantinopla, Bizancio y hoy Estambul. Esta joya arquitectónica deslumbra con sus mosaicos dorados y cúpulas, que en su parte exterior cuentan con un añadido con estructura de madera y plomo para darles su actual forma. De su impresionante fachada destacan los cuatro caballos de cobre, robados por los venecianos del hipódromo de Constantinopla tras su conquista en el siglo XIII en el marco de la Cuarta Cruzada. Su gigantesco campanario, otro de los símbolos de la ciudad, es ahora una reproducción exacta de 1912 del original del siglo XVI, que se desplomó en 1902. Se trata del edificio más alto de la ciudad.

Y en realidad, la basílica era originalmente la capilla privada del Palacio Ducal, sede de los diferentes órganos de poder de la República. El edificio destaca por su combinación de mármol blanco y rosa y por su bella columnata gótica y elegantes balcones. El gobierno de la República, admirado por su estabilidad, se basaba en la combinación de un Duque elegido de forma vitalicia por un consejo de 40 nobles elegidos al azar, que utilizaba instrumentos de la democracia con la aristocracia, representada en el Consejo de los Diez, con un patricio de cada barrio de la ciudad. Esta "Signoria" representaba la continuidad de la República. Además instituciones, como el Senado, que se ocupaba de la política exterior, y el Tribunal Supremo, centrado en garantizar la seguridad interior, hacían de frenos y contrapesos que garantizaron la grandeza y riqueza de esta ciudad por más de mil años, el sistema político más longevo de la humanidad. Maquiavelo se refirió a Venecia como la más excelente entre las repúblicas modernas y lo cierto es que este sistema de división del poder le dio siglos de estabilidad y prosperidad a la ciudad-estado. La plaza y especialmente el palacio estaban pensados para impresionar a los visitantes, que necesariamente debían llegar a Venecia a través de este lugar, núcleo desde el que la reina del Adriático controlaba los puertos de medio Mediterráneo. Tanto de día como de noche, desde tierra o desde el agua, es difícil dejar de admirar su belleza. No dejéis de entrar, si puede ser con visita guiada, para entender el intrincado sistema de controles y admirar los cuadros que cubren sus paredes, como el espectacular "Il Paradiso" de Tintoretto, que preside la gran Sala Mayor del Consejo donde se reunían los 1500 patricios de la ciudad que votaban guerra o paz o aprobaban tratados comerciales. En esa sala están también los retratos de los 120 Dux de la Sereníssima, excepto uno, cubierto de negro, porque fue decapitado al intentar romper el equilibrio republicano y traspasar sus funciones. Ser nombrado Dux signficaba deshacerte de todo negocio (tu mujer también) y de cualquier tierra que poseyeran fuera de Venecia. Además, tenían que mudarse al apartamento privado del Palacio Ducal, bastante sobrio comparado con los grandes palacios en los que vivían los nobles. Ser Dux era un honor y un servicio de por vida, encarnando a la República. Si el Dux o su mujer tenían más riqueza al morir de la que tenían cuando fue elegido, se les quitaba la diferencia que pasaba al Tesoro de la República. El último Dux, Ludovico Manin, convenció al Senado de rendirse a Napoleón y disolver la Sereníssima evitando así que bombardeara la ciudad y respetara la propiedad de aristócratas y burgueses (no de la Iglesia, que fueron saqueadas). Por cierto, en la visita al Palacio pasareis de las suntusosas salas de gobierno a la cárcel anexa, a través del romántico puente de los suspiros.

Frente a la plaza de San Marcos se encuentra una isla en la que visitar la gigantesca iglesia de San Giorgio Maggiore, obra de Palladio, en la que, por primera vez, el famoso arquitecto de Vicenza dio con la clave de como adaptar una fachada que imitaba los templos clásicos con la estructura de tres naves de las iglesias cristianas. Su serenidad y proporcionalidad interior reflejan la obsesión del arquitecto con la perfección. Además, en su interior podremos admirar las dos últimas obras de Tintoretto: la recogida del maná, a un lado del altar mayor, y la última cena, al otro lado. Este último cuadro se considera la obra maestra del pintor italiano. Su tratamiento de la luz, perspectiva y formas distorsionadas la convierten en un claro ejemplo de pintura barroca. Esta iglesia cuenta con un campanario muy parecido al de San Marcos, al cual también se puede subir y hay menos espera.

Además de la plaza de San Marcos, el otro punto imprescindible es el gran canal, arteria principal de esta ciudad acuática. Con forma de "S", está jalonado de palacios góticos y bizantinos, conectando la plaza de San Marcos con la estación de tren de Santa Lucía, el único punto de conexión de la ciudad con tierra firme. Algunos lo recorren en góndolas, para ver también los pequeños canales de Venecia, más de 150. Pero lo más sencillo es subirse al vaporetto número uno en alguna de las dos paradas iniciales y sentarse en los lugares al frente del barco, para disfrutar del bullicio del gran canal, con los otros vaporettos y góndolas pasando, además de barcos-ambulancia, policía, lanchas-taxis e incluso botes con carga o los que recogen la basura. El momento culmen llegará al pasar por debajo del famoso puente de Rialto, el más antiguo de la ciudad, de finales del siglo XVI.

Recomiendo también encarecidamente dedicar al menos una hora a la espectacular Scuola Grande di San Rocco, fundada en el siglo XV como cofradía laica dedicada a San Roque, patrón protector de las pestes, y que agrupaba a ricos comerciantes que, excluidos del patriciado y las actividades de gobierno, se asociaron para influir, hacer servicio público con escuelas, hospitales y becas; y patrocinar arte. La cofradía es un espectáculo arquitectónico, con su gran salón en mármol, maderas nobles, pan de oro y los cuadros espectaculares de Tintoretto del Antiguo y Nuevo Testamento que decoran paredes y techos. Coged uno de los espejos que ofrecen para admirar los cuadros del techo y no dejaros el cuello en el intento. Las escalinatas son de cuento y la Salla dell´Albergo, con la "Crucifixión" de Tintoretto es imprescindible: un cuadro inolvidable fuera de toda comparación.

Asimismo, es interesante visitar el Museo del Palacio Fortuny, palacio gótico que restauró el empresario español Mariano Fortuny para vivir en Venecia en el siglo XIX, donde también instaló su fábrica (esta en Giudecca) donde aún sigue. Fortuny era un artista total: pintor, escenógrafo, inventor, diseñador textil y creador de moda. Patentó sistemas de iluminación teatral, creó escenografías revolucionarias y diseñó vestidos tan famosos como el Delphos, inspirado en la Grecia clásica. En la mansión se explica todo bien con muchos de sus inventos, trajes y diseños expuestos.

Si se quieren experiencias más tranquilas, se puede pasear por Dorsoduro y meterse en lugares menos frecuentados por turistas como la bella iglesia de San Sebastián, llena de cuadros y frescos del Veronés, que pintó hasta la cubierta de madera del órgano de la bella iglesia.

Una de las más conocidas tradiciones venecianas es el bacari, es decir, ir de bar en bar probando vinos y cicchetti (las tapas venecianas). Probamos varias, pero la que más me gustó fue el bacarando "In Corte dell´Orso", no solo por su buen ambiente o su muy amable personal, sino también por sus precios justos y la variedad de delicosos ciccheti: además de los crostini (trozos de crujiente pan con salami, quesos, verduras o cremas a base de bacalao), también había mozzarella rebozada, calamares, gambas, sepia y otras delicias como alcachofas de temporada. En mi segunda vez probé otros como el SEPA (que ha conseguido no usar nada de plástico, hasta sus vasos son compostables)

Justo al lado está la "gelacoteca Suso", donde degustar alguno de sus estupendos helados, muchos creaciones únicas, y todos deliciosos. Aunque era invierno, no pudimos resistirnos. Recomiendo especialmente el sabor "Manet", que son capas de helado cremoso de pistacho salado cubiertas de gianduja, una pasta de chocolate que contiene sobre un 30% de pasta de avellana y que se parece mucho a la Nutella.

Finalmente, no podía dejar Venecia sin probar su plato estrella: las "sarde in saor", sardinas fritas sazonadas con cebollas agridulces cocinadas en vinagre y aceite. Esta receta surgió de la necesidad de los pescadores venecianos de almacenar comida en sus barcos durante largas temporadas de pesca. Las comí en la rosticceria San Bartolomeo y me parecieron deliciosas, acompañadas de polenta hervida.

Para comidas más tranquilas la Osteria da Codroma es maravillosa, con sus gnocchi alle seppie o sus vieiras a la veneciana.

Murano y Burano

Además del centro histórico de Venecia, la laguna cuenta con algunas joyas que vale la pena visitar. Nosotros pudimos ir a Murano y a Burano. Por un lado, Murano es otra de las islas pertenecientes a la ciudad, famosa en el mundo entero por sus artesanos del cristal. Para una demostración de esta centenaria artesanía optamos por la Vetreria Murano, donde visitamos varios hornos donde un maestro del vidrio realizó un ejemplo de la técnica del vidrio soplado con el que realizó en pocos segundos un caballo de cristal. El guía va explicando el proceso paso a paso, siendo lo más impresionante los 1000 grados que alcanza el cristal en los hornos para poder lograrse su estado líquido y como luego el artesano lo sopla primero, a través de un tubo y lo moldea después con pinzas como si fuese plastilina.

Tras ello, continuamos en otro vaporetto a Burano, otra de las islas, mucho más alejada, conocida por sus casitas de diferentes colores, que los pescadores pintaban para reconocerlas desde lejos. Abarrotada de turistas, sus pequeños canales son extremadamente fotogénicos. Llama la atención el campanario de su única iglesia, inclinado debido a que se construyó sobre suelos inestables en una isla. En sus diferentes pastelerías se pueden degustar los buranelli, unas galletas amarillas muy ricas de sabor a limón y mantequilla. Burano también es famosa por la artesanía de encaje de hilo. Pero cuidado porque la mayoría de encajes que venden en las tiendas de recuerdos son hechos en China. Los verdaderos encajes de Burano son caros y difíciles de encontrar.

¡Carnaval!

Siempre había soñado con vivir el Carneval Venezian. Y en 2026 tuve la enorme suerte de hacerlo de la mano de un veneciano que me ayudó a vivirlo plenamente, y descubrir todos sus secretos. El Carnaval nació en la Edad Media como un tiempo de libertad antes de la Cuaresma: se podía comer carne, ir a fiestas y disfrazarse, se bebía alcohol... Bajo las máscaras, el pueblo y la nobleza se mezclaban. El disfraz iba asociado con la libertad de cambiar de personalidad y atreverse a hacer cosas que no se hacían en las rutinas. Su época dorada fue el siglo XVIII, cuando Venecia era lujo, exceso y teatro: grandes pelucas, trajes de seda y bordados de oro, maquillajes extravagantes... las fiestas se sucedían y los diferentes palazzos aunque muchos se encontraban en el elegante Caffè Florian para tomar una copa y algo de comer por la tarde antes de encaminarse a la fiesta de turno. Hoy en día los más carnavaleros siguen yendo a lucir sus elaborados disfraces al Florian y encontrarse con sus amigos tomando un cóctel, por ejemplo a base de zumo de mandarina, que es temporada. O eso fue lo que yo hice, mientras me quedaba fascinado por este ambiente que parecía retroceder en el tiempo donde personas de todas las edades y condiciones charlaban amigablemente.

Hay que señalar que las celebraciones se prohibieron tras la caída de la República en 1797 ante Napoleón. Y durante doscientos años nadie volvió a celebrar las fiestas hasta que en los años 80 del siglo veinte renació como símbolo de identidad cultural y también para atraer a más turistas y generar más dinero. Ahora, diez días antes del Martes de Carnaval se produce una fiesta diaria temática en uno de los palazzos a los que hay que pagar entrada al organizador o dueño. Y no se puede repetir de disfraz. Para enterarte de donde se hacen y obtener entrada, debes haber sido invitado por él o ella o por uno de sus amigos. Entre ir al Floran, a la fiesta de turno o volver a casa a descansar y cambiarte para el próximo disfraz, se topan con turistas de todo el mundo que llenan las calles de la ciudad disfrazados con mejor o peor gusto. La municipalidad paga a actores y actrices para representar obras populares por las calles, en italiano o en veneciano.

Lo más curioso es que casi todas las fiestas las organizan franceses, que residen en Venecia o en Francia y vienen a propósito a pasar los diez días de Carnaval. Me llamó mucho la atención que igual que ellos lo prohibieron en el siglo XIX son los que lo han rescatado en nuestros tiempos.

Y no os podéis perder los maravillosos fritelle, unos donuts caseros que se hacen en las pastelerías con más solera de Venecia y que pueden ser "Venezian" que son con pasas y piel de limones y naranjas; o rellenas de crema, zabaione o nata. Pastelerías como la Tonolo o la Rizzardini las hacen espectacularmente y es donde las compran los locales.

Volveré a Venecia: quizá para vivir otro Carnaval, quizá para la Bienal de Arte o la Muestra de Cine y seguro para visitar lugares pendientes como la Galería de la Academia, la Fundación Peggy Gugenheim, pasear por el Guetto o subirme, por fin, en una góndola.

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