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diumenge, 24 de març del 2024

Laos

Un país adormilado

Laos es muy diferente al modernizado Vietnam del que aterrizábamos: da la sensación de ser un país a cámara lenta donde todo discurre sin prisas. Monjes envueltos en túnicas azafrán rezan o van despacito de un lugar a otro, mientras el resto vende en los mercados, limpia la calle o vuelve de las tareas del campo. Esa quietud se acaba de romper con la inauguración del tren de alta velocidad que conecta Kumming con Vientiane, atravesando como una bala y con gran estruendo los puentes y túneles construidos al efecto, llenando de grandes grupos de turistas chinos las antaño adormiladas calles de Luang Prabang.

Opté por esta ciudad por ser uno de los tres lugares declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO en Laos. Solo íbamos a dedicar dos noches a Laos y esta ciudad era el lugar más fácil para hacerlo.

Seamos prácticos: para visitar Luang Prabang, lo primero es ir a la web oficial de su ministerio de exteriores, pedir un visado y pagarlo online: no suelen tardar más de dos o tres días en aceptar. Luego lo imprimís para cuando lleguéis al país. Lo segundo es reservar un vuelo desde Bangkok, Ha Noi o directamente desde la capital, Vientiane.

Ciudad de Luang Prabang

En un vuelo de Lao Airlines aterrizamos en esta ciudad ejemplo excepcional de la fusión de la arquitectura tradicional con las estructuras urbanas creadas por las autoridades coloniales europeas en los siglos XIX y XX. Su extraordinario paisaje urbano, muy bien conservado, ilustra una etapa clave de la mezcla de dos tradiciones culturales diferentes. Su conjunto de 33 monasterios junto con villas coloniales de la época de Indochina crea un entorno espectacular a los bordes del río Mekong, y cuyo centro histórico forma una pequeña isla con el río Khan por el otro lado, mantiene parte de la antigua grandeza que le dio ser capital real aunque ahora con la calma de no ser más que una pequeña ciudad en un pequeño país sin acceso al mar.

La antigua "Ciudad del Oro" estuvo en disputa entre mongoles, jemeres y el pueblo de Yunnai hasta que en 1353 el rey Fa Ngum, apoyado militarmente por los jemeres, fundó el reino de La Xang (un millón de elefantes) estableciendo aquí su capital y el budismo theravada como religión oficial. Casi doscientos años después, este pequeño reino selló su alianza bicentenaria con los jemeres aceptando a Pha Bang, una famosa imagen de Buda, que aún custodian. Tan importante fue este hecho que la capital de La Xang se renombró como Luang (Real) Prabang (nombre del Buda donado, Pha Bang). La ciudad fue saqueada en 1887 por mercenarios chinos, por lo que su debilitada monarquía acabó aceptando la protección francesa ese mismo año: un comisario llegó de París y la ciudad se llenó de franceses.

La ciudad se mantuvo como el gran feudo monárquico de Laos, evitando los bombardeos estadounidenses de las guerras de Indochina. En 1975, el Pathet Lao (organización hermana del Viet Cong), se hizo con el poder y abolió la monarquía. Además,  en 1980 colectivizó de la economía: los aristócratas, burgueses e intelectuales abandonaron la ciudad, que quedó prácticamente en ruinas. Sin embargo, en 1989, el régimen readmitió la empresa privada y muchas de las casonas se transformaron en tiendas y hoteles. La ciudad consiguió el reconocimiento de la UNESCO como patrimonio de la humanidad en 1995, consolidando su recuperación que sigue hasta hoy.

Recorred la calle Sakkaline para ver mansiones, templos y casas de comerciantes recuperadas, en un agradable conjunto al que se le suma el mercado nocturno que se monta al caer el sol (perfecto para comprar toda clase de souvenirs de varias calidades, así como menaje del hogar bonito o decoración). La recuperación  de la ciudad se observa, además de en las calles principales, en el Palacio Real, bastante humilde y bastante reciente: de 1904. El salón de audiencias así como el salón del trono son algo más impresionantes, siendo el resto de estancias amplias pero humildes. La propia colección de coches reales da muestra del poco poder económico de esta monarquía, con poquitos vehículos y casi todos donados por franceses y estadounidenses. Aún se puede ver el escudo real con los tres elefantes en palacio, antes oficial del país y el que lucía en la bandera.

También es interesante subir hasta el TAEC, o centro de artes y etnología, situado en la antigua mansión del juez francés, donde además de exhibirse artesanías de diferentes pueblos del país, cuenta con una agradable tienda en la que comprar productos de altísima calidad y cuyos beneficios van en gran parte a las mujeres que los elaboraron.

Muy recomendable subir a la colina de Phu Si, en mitad de la ciudad, para tener un panorama de la misma, los ríos que la envuelven y la selva que la rodea; y disfrutar de una puesta de sol preciosa si no fuera por el griterío que se forma con los cientos de grupos de turistas chinos que abarrotan el lugar. En la subida o bajada (hay varios recorridos) podréis ver pequeños santuarios, destacando el Wat Siphoutthabat, que custodia una huella de Buda.

La capital religiosa del budismo laosiano

Luang Prabang es la capital espiritual del país. De hecho, el Wat Mai Suwaunnaphumahan, es el monasterio donde se encuentra la sede del jefe del budismo laosiano y uno de los pocos templos que se salvó del saqueo chino de 1887. Increíbles sus fachadas forradas en pan de oro, con detalles elevados a la perfección.

Es interesante ver como el partido único controla el budismo y se asegura que sea enseñado siguiendo los principios del marxismo. Además, la formación de los monjes incluye cursos de adoctrinamiento en las líneas del partido. En Luang Prabang es tradición que todo ciudadano hombre pase, al menos algunas semanas de su vida, como monje. Por eso hay tantos monasterios y por eso la ciudadanía es tan consciente de las necesarias aportaciones económicas para que puedan llevar a cabo su formación y retiro espiritual, escojan el periodo vital que escojan. 

Una de las tradiciones más bonitas es el Tak Bat, o la llamada de los monjes a las almas, es un ritual que se produce cada día al amanecer, cuando los monjes salen de sus monasterios envueltos en sus túnicas azafrán y descalzos para recoger las bolitas de arroz glutinoso que les ofrecen los devotos, sentados en fila en las paredes de los templos, esperando a los monjes en un estado de meditación. El lugar de mayor concentración es al final de la calle Sakkarin, donde incluso las autoridades cortan el tráfico durante varias horas para facilitar esta práctica silenciosa. Pese a que los grupos de turistas están estropeando esta experiencia mística, aún guarda cierto misterio. Si queréis asistir, además de levantaros muy temprano, debéis observar la práctica desde el otro lado de la acera, en silencio, sin parlotear. Y si queréis tomar fotos, de lejos y sin ruidos ni flash.

Si hubiera que destacar un par de monasterios de los tantos que pueblan la localidad, sin duda el primero sería Wat Xieng Thong, el monasterio más antiguo más bello de la ciudad. El precioso templo central con el mosaico del árbol de la vida budista o el mosaico de una estupa que representa actividades cotidianas son maravillosos. Varias estupas, cada cual más bonita que la otra, y en otro de los templos se guarda el carruaje ceremonial que cargaba las urnas con las cenizas de la realeza laosiana en desfiles públicos, con una gran Naga representada a la cabeza. Estas serpientes de múltiples cabezas son animales sagrados medio humanos que protegen a Buda en la mitología theravada. Otro monasterio al que se puede dar un vistazo es el Wat Ho Pha Bang para ver el famoso Buda dorado que da nombre a la ciudad.

Crucero por el Mekong hasta las cuevas Pak Ou

Otra práctica religiosa importante es peregrinar hacia las cuevas sagradas de Pak Ou, río arriba. Si queréis emular las peregrinaciones anuales que hacían los habitantes de la ciudad, encabezados por la antigua familia real, tomad una de las excursiones diarias que salen desde la ciudad en cómodos cruceros que os llevarán a través del Mekong hasta donde este río se encuentra con el río Ou, donde están las dos famosas cuevas en un peñasco de piedra caliza. Tras subir unos escalones empinados os encontraréis con la primera cueva, lleva a rebosar de estatuillas de Buda de todas las formas y tamaños que han ido dejando los fieles.

La segunda cueva, algo más elevada y que requiere subir muchos más escalones durante un rato, es mucho más grande y oscura, por lo que suele requerir linterna para poder observarse bien, La cueva se mete hasta 50 metros dentro de la roca y cuenta con Budas mucho más grandes. Si tenéis suerte de evitar grandes masas de gente, el lugar es perfecto para disfrutar de un poco de misticismo.

A la vuelta río abajo muchos tours paran en Ban Xang Hay, pueblecito en el que elaboran el famoso lòw-lów, o güisque laosiano de arroz. Allí os enseñarán en directo como lo destilan a través de un proceso en el que se hierve y fermenta el arroz, y te lo ponen directamente en una botella para poder llevártelo. Ofrecen degustaciones de varios tipos y vale la pena llevarse alguna botella de recuerdo ya que está bueno.

Comida laosiana

Finalmente, acabo esta entrada hablando de la comida. Y aunque es cierto que Laos no ofrece las gastronomías tan complejas de sus vecinos chinos, tailandeses o vietnamitas; en su defensa hay que decir que gran parte de los platos thai tienen origen aquí, como por ejemplo el som dam, la omnipresente ensalada de papaya verde a tiras con ajo, jugo de lima, salsa de pescado y gambas secas. Además, Laos sigue comiendo al ritmo de sus estaciones, por lo que encontraréis especialidades y frutas diferentes según el mes de visita. Nosotros como fuimos en enero, pudimos degustar kòw mow, un arroz que se mezcla con coco y se seca, quedando crujiente. Lo veréis en muchas de las calles, secándose al sol para luego poder degustarlo como un snack o como acompañante de las sopas.

También secan piel de búfalo, pescados, algas del Mekong, frutas... es una técnica muy común para almacenar comida en el país. Luego se vende así en el mercado de la alimentación de la ciudad, donde también se pueden encontrar las típicas berenjenas minúsculas del país o sus famosas salsas de pescados fermentados. Pero lo mejor del mercado diurno son las mini tortitas de coco hechas con harina de arroz: recién hechas son tremendamente adictivas.

Si solo pudierais ir a un restaurante en Luang Prabang, no habría duda: Tamarind. Ofrecen sets de exploradores con muestras de varios platos típicos. A mi me encantó el Koy Pa, pescado preparado con hierbas aromáticas picadas, aunque mi plato favorito fue el Oua Shi Kai, brochetas de pollo en citronela que se mojan en salsa de cacahuete: increíbles. También el Láhp, el plato por excelencia, una ensalada algo picante hecha de carne picada de ternera, cerdo, pato, pescado o pollo. Casi todos los principales llevan fideos de arroz o bien arroz glutinoso, aunque las baguettes de pan, sobre todo a la hora del desayuno, también son frecuentes (herencia colonial francesa). El Mok phaa o pescado al vapor en hojas de banano también está bueno.

Sus postres también son excelentes: desde el arroz púrpura glutinoso en leche de coco a la calabaza al vapor con natillas de coco o los crujientes churros de harina de arroz y coco que también venden recién hechos en el mercado diurno.

Luang Prabang tiene mucho más que ofrecer, como excursiones a unas cascadas maravillosas, trekking o otros restaurantes y locales de copas que me dejé por explorar. Y por supuesto, Laos tiene mucho más que ofrecer, desde templos perdidos en la jungla, aldeas de etnias encantadoras o su curiosa capital. Espero poder volver algún día a este plácido pero amable país.


IMPRESCINDIBLES

Comer

Oua Shi Kai y Láhp en Tamarind.

Beber

Lòw-lów en Ban Xang Hay.

Canción

Bor Luem Sunya de Alexandra Bounxouei

dijous, 29 de febrer del 2024

Huè, la DMZ y Dong Hoi

Empiezo mi serie de posts de Viet Nam con mi ciudad favorita, Huè, a la que además os añado dos excursiones interesantes: la zona desmilitarizada (para aprender más sobre la guerra entre Vietnam del Norte y los Estados Unidos de América, y los horrores que supuso); y también Dong Hoi, una apacible ciudad de provincias junto a otro de los patrimonios de la humanidad UNESCO con los que cuenta el país: el parque nacional de Phong Nha–Ke Bang y sus impresionantes cuevas, las más grandes del mundo.

La capital del Vietnam imperial decimonónico 

En el corazón de Viet Nam, a medio camino entre Ha Noi y Ciudad Ho Chi Minh se encuentra Huè, mi ciudad favorita de este bello país. Llegamos en tren desde Da Nang, tras un agradable recorrido por la preciosa costa de la región. Y nos alojamos en el edificio más alto de la ciudad: el nuevo hotel Melià.

Huè es una gran ciudad muy interesante pero muy apacible a la vez: hasta relajante. Uno puede alquilar una bici y recorrerla con tranquilidad, a lo largo del enorme río del Perfume. Lo mejor es disfrutar de la cotidianeidad de esta apacible villa, donde secan las barras de incienso al sol en aceras o sus habitantes acaban el día con una cerveza en sus concurridas terrazas. Y por supuesto, varias maravillas os esperan, empezando por la bella ciudad imperial, núcleo del poder político, cultural y religioso del Viet Nam durante casi dos siglos, declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

Nosotros empezamos precisamente por ahí: la primera mañana la dedicamos a disfrutar de este conjunto de palacios, templos, jardines y bellas y ornamentadas puertas. Muy influenciada por la Ciudad Prohibida de Beijing, visitarla puede llevar desde una mañana entera hasta dos días, dependiendo del nivel de detalle que queramos explorar. Además, el antiguo teatro imperial sigue operativo, por lo que aquellos interesados en las representaciones tradicionales o la música clásica vietnamita deberán reservar un tiempo para ello.

La entrada principal está dentro de la primera gran muralla, protegida por un fuerte con cañones. Dicho fuerte está presidido por una bandera gigante del Vietnam actual que se puso en agosto de 1945, cuando en esta enorme plaza se proclamó la República Democrática de Viet Nam, tras la abdicación del último emperador, Bao Dai, que le pasó la espada y su sello ceremonial a los representantes del gobierno provisional, pasando simbólicamente el "Mandato del Cielo". El emperador se convirtió en el ciudadano Vinh Thuy, y el nuevo gobierno le nombró asesor especial.

Dentro de la propia Ciudad Imperial se encuentra la Ciudad Prohibida Púrpura, donde residían los miembros de la dinastía Nguyen, sin duda la parte más bonita del complejo. Mis partes favoritas fueron el templo To Mieu dedicado a los emperadores de la dinastía con sus altares; el palacete Truong San y la sala de lectura del emperador con sus sofisticados jardines que la rodean. Otro consejo, coged una buena guía, leed los carteles pero evitad la audio guía porque no explica mucho y se alarga con datos irrelevantes. En cualquier caso, cualquier rincón os enamorará: los relieves de las paredes que usan cristales y hasta conchas para simular hojas de árboles, son maravillosos.

Tras esa visita, cogimos las bicis y nos dirigimos a almorzar otra de las delicias de la ciudad: el Bun Thit Nuong, carne de cerdo a la brasa con vermicelli y hierbas vietnamitas en el mejor restaurante que sirve esta especialidad, el Huyen Anh, a medio camino entre la ciudad imperial y la pagoda que queríamos visitar.

Tras el almuerzo seguimos a la pagoda más famosa de Huè: Thien Mu. Situada en una loma sobre el río, es para muchos el símbolo de la ciudad: su torre octogonal se dedica a las reencarnaciones de Buda y dentro del templo, he de decir que es el único lugar del país en el que he visto estatuas de Buda de metal refulgentes. 

Tumbas maravillosas

Si uno a estado en Egipto o la India, es consciente de la magnificencia que puede alcanza una tumba. Pero las de los emperadores de la dinastía Nguyen son otra historia: auténticos palacetes con sus jardines y lagos. Vale la pena visitar al menos dos, de las muchas que hay. Nosotros empezamos por la del emperador Tu Duc, por ser de las más impresionantes y haberse usado por el propio emperador en vida como palacete de retiro y ocio: cuenta hasta con un bellísimo lago artificial. 

El caso es que tras la pagoda Thien Mu, cogimos las bicis y nos dedicamos a pedalear durante media hora a lo largo de zonas semi-rurales hasta llegar a la tumba de Tu Duc. Allí, como en el resto de tumbas de esta dinastía, encontramos primero un patio de honor con figuras de piedra de elefantes, caballos, soldados y mandarines, y después un pabellón dedicado a los logros logrados por el difunto plasmados en una estela de piedra sujetada por una gran tortuga. A continuación, un templo donde venerar al emperador y emperatriz, al que sigue un estanque con flores de loto y poco después, la tumba (un sepulcro cercado). Todo ello rodeado de un bello complejo palaciego con sus jardines y lago artificial con una isla para que el emperador practicara la caza menor. La tumba incluye otro templo dedicado a las 104 esposas y concubinas de este emperador, con sus correspondientes altares.

Tras la tumba, seguimos pedaleando, pasamos por el altar de los sacrificios, la explanada Nam Giao, que a esa hora ya estaba cerrada, y seguimos hasta volver a la ciudad pasando por interesantes cementerios budistas y sintoístas. Y nos fuimos a tomar el mejor café con sal de la vida en el Cà Phé Muoi Nhà Sóc. Además, su pequeña terraza elevada con vistas al canal es inolvidable.

A la mañana siguiente, antes de dejar Huè, también visitamos la tumba del emperador Minh Mang que creo que incluso me gustó más por su calma y el precioso bosque que la rodeaba. 

Cocina imperial

Además del restaurante de camino a la pagoda, vale la pena descubrir la maravillosa gastronomía imperial: Huè es conocida por tener la mejor del país, herencia del saber hacer que los antiguos cocineros imperiales luego aplicaron en los restaurantes de la ciudad y ahora todos podemos disfrutar. Por ejemplo, el restaurante Madam Thu es perfecto para probar las diferentes especialidades, que servirán en un plato degustación perfecto para dos personas. Los pasteles de arroz de la ciudad son memorables: banh khoai, banh uot, banh nam (mi favorito), banh beo, banh loc y banh it. Lo mejor es regarlo todo con la cerveza local: Huda.

Finalmente, probad las famosísimas sopas dulces de Huè: reservadas para la realeza en el pasado, debido al alto precio de sus ingredientes, ahora son un dulce popular disfrutado por todos en puestos callejeros. Algunos de los más famosos se encuentran en los alrededores del mercado de Dong Ba. Recomiendo la che thit quay, o sopa dulce de cerdo a la brasa, a veces de pequeños pastelitos de yuca rellenos de cerdo a la brasa hervidos en agua con azúcar. También disfrutamos la de taro (che mon sap vang), la de ube (che khoai tia) y la de semillas de loto (che hat sen), que es la más popular entre los vietnamitas. Si no os atrevéis con la comida callejera, también podéis disfrutar estas sopas en el elegante restaurante del Meliá, donde las preparan con almendras y lichi.

Y aunque parezca una gran ciudad, de nuevo: en Huè cierra todo muy pronto, así que id pronto a cenar o os encontraréis cocinas cerradas. 

La DMZ

Para visitar la zona desmilitarizada y llegar a Dong Hoi desde Huè, alquilamos un taxi que nos fue parando en diversos puntos de interés (sale bastante bien de precio y son súper simpáticos). La primera parada no nos la esperábamos pero nos gustó mucho: fue la basílica de La Vang, construida en el lugar de peregrinación católico más importante del país, ya que se cree que aquí se apareció la Virgen María en repetidas ocasiones a las víctimas de la guerra. La iglesia original permanece en ruinas fruto de los bombardeos y detrás hay una basílica gigante de estilo pagoda a medio terminar pero con capacidad para miles de personas.

Después nos dirigimos al centro de visitantes de la iniciativa Mine Action, una iniciativa pagada por las cooperaciones noruega, estadounidense, surcoreana e irlandesa que, además de avanzar en el proceso de identificación y desactivación de explosivos, busca llamar la atención sobre el gravísimo problema de los miles de objetos militares que aún no han explotado y que pueblan tierras, aguas y bosques del país, causando decenas de heridos y muertos aún. Recordemos que Estados Unidos destruyó el 20% de las selvas del país esparciendo 20 millones de galones de herbicidas tóxicos. Y eso sin contar los explosivos instalados o lanzados: aún un quinto de las tierras del país son peligrosas con millones de toneladas de bombas y minas sin explotar. La mayoría están en la provincia en la que nos encontramos: Quang Tri.

Nos recibió una de las víctimas que nos contó su terrible historia, de como jugando con su primo confundieron una granada con una pelota que acabó matando al otro e hiriéndole de gravedad a él, dejándole sin un ojo, sin un brazo y sin una pierna. Desde entonces, dedica su vida a acabar con esta lacra explicando a todo el mundo todo lo que queda aún por hacer.

Tras la dura visita, comimos en la insulsa ciudad de Quang Tri el famoso plato bun hen, que son almejas minúsculas (servidas sin sus conchas) con fideos de arroz, mango verde, hojas de banano, cacahuetes y una variedad de hierbas aromáticas. Y de ahí, directos a la famosa franja desmilitarizada que dividió Vietnam en dos repúblicas: una capitalista al sur y otra comunista al norte, según los acuerdos de Ginebra que pusieron fin a la guerra de independencia de Francia. Los acuerdos dictaban que se celebraría un referéndum en ambos países para ver si las poblaciones querían unificarse o no. Las autoridades de Vietnam del Sur incumplieron este punto y se negaron a celebrar el referéndum lo que llevó a Ho Chi Minh, líder de Vietnam del Norte, a crear el Viet Cong, como frente de liberación comunista en el sur.

Cruzamos el famoso puente que unía ambas fronteras y vimos las enormes torres de altavoces a ambos lados que lanzaban propaganda. Al norte también había una bandera gigante sobre un gran pedestal forrado en un mural de realismo socialista que narraba la victoriosa guerra de Indochina contra Francia y luego EE.UU. liderada por Ho Chi Minh.

La última parte que visitamos fueron los túneles de Vinh Moc, una aldea del norte cerca del mar donde 60 familias resistieron durante seis años los bombardeos aéreos y marítimos de los estadounidenses construyendo intrincadas redes de túneles donde hicieron vida como pudieron a 30 metros bajo tierra. En el complejo se pueden ver los pozos, cocinas, wáteres, habitaciones para cada familia (minúsculas) y hasta el hall central donde se reunían o hacían representaciones. En Vinh Moc cayeron un rato de siete toneladas de bombas por persona. Y en esa aldea subterránea nacieron 17 bebés.

Dong Hoi y el Parque Nacional de Phong Nha–Ke Bang

Finalmente llegamos a la apacible Dong Hoi, ciudad costera también al borde de un gran río, bombardeada durante años y ahora solo queda en pie de las antiguas edificaciones una iglesia católica en ruinas y algunas puertas de la antaño ciudadela de la ciudad. Pero la mayoría de visitantes venimos por ser el punto más cercano para visitar el parque nacional de Phong Nha–Ke Bang.

Este parque es una extensión del sitio natural del mismo nombre, que se inscribió en la lista del Patrimonio Mundial en 2003. En el paisaje se observa la presencia de bosques tropicales y mesetas kársticas de gran diversidad geológica, así como de abundantes grutas y caudalosos ríos subterráneos sumamente espectaculares. Los tours incluyen visitas a cuevas secas andando y a las que tienen río en barca. El sitio posee un grado de diversidad biológica muy elevado y alberga numerosas especies endémicas. Con su extensión se garantiza mejor la integridad del ecosistema y se refuerza la protección de las cuencas hidrográficas, cuya importancia es esencial para mantener intactos los paisajes kársticos.

Nos alojamos en el cómodo hotel Melià también, por su excelente relación calidad-precio. Las vistas del río y puerto pesquero desde la habitación eran impresionantes. Pero para cenar, optad por un pequeño restaurante familiar en la calle de al lado: Bank Khoai Tu Quy, donde disfrutar de las famosas tortitas crujientes rellenas de deliciosa carne de cerdo que se forran de un papel de arroz y se rellenan de hierbas y mojado en salsa de cacahuetes; así como las pequeñitas y suaves tortitas con gambas; así como chao can, la sopa típica de la ciudad con anguila y cerdo, algo picante.

Como veis, el centro de Viet Nam ofrece un montón de lugares interesantes que visitar además de una gastronomía única. Huè fue lo que más me gustó, y ya veis que en sus alrededores hay un montón de cosas que ver. 

IMPRESCINDIBLES

Comer

Bun Thit Nuong en el restaurante Huyen Anh.

Beber

Cerveza Huda en cualquier terraza animada.

Café con sal en el Cà Phé Muoi Nhà Sóc.


dilluns, 13 de març del 2023

Rajastán

Rajastán, la India que todos tenemos en mente.

La India es ese país que todo viajero tiene en mente pero que es muy difícil abordar. No es un país cómodo, la comida es complicada en muchos aspectos y moverse por el mismo también. También hay que saber cuando visitar cada una de sus partes, ya que su clima puede ir desde el muy cálido y húmedo de muchos de sus Estados a partir de marzo y al frío extremo de la zona del Himalaya o los monzones interminables del sur en la época de este fenómeno. En definitiva, no es un viaje para principiantes.

Pero si hay un lugar por el que se puede empezar es Rajastán, el Estado indio en el que se encuentran algunas de las ciudades con más encanto del país. Tierra de marajás, fortalezas y palacios. De desiertos y junglas. Ninguna visita a la India será del todo completa sin asomarse algunos días por aquí, donde veremos elefantes transportando a personas, encantadores de serpientes y fábricas tradicionales de coloridos saris. Este estado ha sido gobernando por príncipes hindús desde hace mil años, dividido en pequeños sultanatos, por lo que la influencia islámica es menor que en Delhi o Agra, por ejemplo. Pudieron mantener sus reinos siendo vasallos del Imperio Mogol, primero, y luego del Británico, hasta que la nueva República India les quitó el poco poder que les quedaba y Rajastán pasó a ser un estado más de la federación. Su actual capital, Jaipur, es además una de las tres puntas del conocido como triángulo dorado, el recorrido que hará todo principiante: Delhi, Agra y Jaipur. Nosotros, además, nos escapamos un par de noches a Udaipur, otra ciudad del Rajastán  maravillosa.

Jaipur, la ciudad rosa.

En Rajastán, cada ciudad principal tiene un color, y su capital tiene asignado el rosa. Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Jaipur es una de las primeras ciudades indias construidas de forma planificada: en 1727 la fundó el Marajá Sawai Jai Singh II, siguiendo reglas del urbanismo y la arquitectura védica. Las calles de su centro fortificado están bordeadas por una línea continua de comercios con columnatas que se cruzan en el centro, creando grandes plazas públicas llamadas chaupars. Los mercados, puestos, residencias y templos construidos a lo largo de las calles principales presentan fachadas uniformes. La planificación urbana de la ciudad muestra un intercambio de ideas surgidas de las antiguas culturas hindú y mogol con las occidentales modernas. Diseñada para ser una capital mercante, la ciudad ha mantenido hasta el día de hoy sus tradiciones comerciales, artesanales y cooperativas. Originalmente estaba pensada para tener nueve bloques: uno para los palacios y los otros ocho para comerciantes, todo rodeado de murallas y con siete puertas de acceso fortificadas.


Sus fachadas de color rosa salmó se pintaron en 1876 para dar la bienvenida al Príncipe de Gales, Alberto Eduardo, que luego se convertiría en Eduardo VII, Emperador de la India. Hoy en día sigue siendo el único color permitido en las fachadas del centro de la ciudad.

Del centro de la ciudad, vale la pena visitar el palacio, aún parcialmente habitado por la familia real de Jaipur, que ahora se limita a cumplir funciones ceremoniales. Las diferentes partes del palacio fueron construidas en épocas diferentes por lo que vale la pena aprovechar que la mayoría de las estancias están abiertas al público, incluyendo una enorme armería, las antiguas salas de audiencias de mármol (que algunas se alquilan para bodas) y el salón del trono. El patio de las puertas de las cuatro estaciones es espectacular. Dentro del antiguo bloque palaciego también vale la pena entrar al Hawa Mahal o palacio de los vientos, un gran mirador para las damas de la corte construido en forma de edificio de cinco alturas con la fachada en la calle principal, desde donde estas disfrutaban de la vida común de la ciudad o de los desfiles a través de celosías para no ser vistas desde fuera. La bella fachada es considerada símbolo de la ciudad.

Finalmente, el tercer gran atractivo de este bloque de la ciudad es el Jantar Mantar, un observatorio astronómico construido a principios del siglo XVIII, que cuenta con una veintena de instrumentos en obra de albañilería muy innovadores en su tiempo, tanto en el plano arquitectónico como técnico. Permitieron observaciones astronómicas a simple vista y refleja las concepciones cosmológicas y los conocimientos astronómicos de los sabios a finales de la era mogol. Por estas características únicas, la UNESCO lo declaró como sitio Patrimonio de la Humanidad. Aún se puede observar las mediciones que se hacen con el movimiento del sol para calcular horas, días, meses, años y la posición del resto de planetas del sistema solar. También era usado para calcular el horóscopo de cada nacido.

Paraíso para compradores negociantes

Los bloques comerciales de la ciudad son probablemente uno de los mejores lugares de la India para hacer compras de cientos de cosas típicas. Cada gremio tiene sus zonas asignadas, incluyendo el callejón del té con vendedores a granel de varios tipos de esta infusión. En Maniharon Ka Rasta se encuentran los fabricantes de las bellas pulseras rajputas, hechas de resina a la brasa tras ponerles colorantes. Antes de sentaros a ver el género y negociar precios, pasead y ved, evitando las pulseras más finas, que acabarán rompiéndose en pocos días. Las mejores son las pulseras con mucho grosor. En Rajastán también se elaboran las telas con diseños estampados de forma tradicional usando moldes de madera y tintes que incluso podréis hacer en algunos locales. El estado también es famoso por sus zapatos de piel y sus joyas, con barrios de esas tiendas donde encontrar auténticas gangas.

El centro ofrece además mucho que probar. No muy lejos del Hawa Mahal se encuentra el puesto "Pandit Kulfi" donde no hay que perderse su especialidad: el típico y denso helado indio que puede ser de muchos sabores pero que este puesto solo lo venden con una receta a base de azafrán, pistachos y almendras. Y para comer, una pausa del ajetreo en la agradable terraza del Hotel Sweet Dream, que tiene un restaurante vegetariano tradicional hindú con opción a que los platos apenas piquen, lo que es de agradecer. De hecho, se puede elegir el nivel de picante del 1 al 6. Fue la primera vez en el viaje que pude rebañar las salsas con el naam. Por cierto, los makania lassi (de azafrán, servidos con hebras frescas) están espectaculares como bebida. Y si os apetece un postre o una merienda, en uno de los bulevares principales de la ciudad vieja está el LMB Hotel, en cuya planta baja hay una enorme pastelería con todos los dulces tradicionales de Jaipur: desde los kaju gunjia forrados en láminas de plata (que se come) hasta el famoso paneer ghewar, un pan dulce duro lleno de agujeros que se come con una natilla de sabor a azafrán, pistacho y cardamomo.


La nueva Jaipur

Más allá de las zonas comerciales del centro, se encuentran de las zonas ajardinadas del ensanche del siglo XIX, con el Albert Hall Museum en el centro, cuya primera piedra puso el propio Eduardo VII en su visita como Príncipe de Gales. El edificio es bonito y alberga una curiosa colección de antigüedades de todo el mundo (incluyendo una momia). Pero a los que estamos acostumbrados a la enorme calidad de los museos europeos no nos impresionó nada, así que solo lo recomiendo si tenéis tiempo de sobra. Aunque, hay que decir, que los locales lo consideran una de las grandes joyas de la ciudad. No muy lejos está el cine art-déco Raj Mandir, donde disfrutar de películas de Bollywood en un entorno abigarradamente decorado.

El ensanche decimonónico también cuenta con agradables locales donde comer, como Niro´s. Se trata de uno de los primeros restaurantes "multicocina" del país (y que ahora son muy populares), inaugurado en 1949. Sirven buena comida india de norte y sur (ambas pican), además de platos chinos y occidentales. Todo delicioso y servido con buenos ingredientes. Otro de los lugares que no hay que perderse es el Jaipur Modern Kitchen, un restaurante de diseño donde sirven platos fusión de todas las gastronomías asiáticas con la francesa, italiana y peruana, usando ingredientes orgánicos y muy saludables. La quinoa es protagonista de muchos de sus platos. Mientras esperamos que llegue nuestra comida, vale la pena dar un vistazo a la tienda de ropa y productos del hogar que tienen anexa, de extremado buen gusto pero precios elevados (especialmente en relación al coste general de otras tiendas en el país). Un lugar perfecto para descansar de la contundente gastronomía india con sus saludables y no picantes platos. Finalmente, dentro del lujoso complejo del Narain Niwas Palace Hotel, donde se han grabado muchas películas de Bollywood, hay un restaurante magníficos: el DOJO, en el que probar platos fusión indios-italianos-japoneses espectaculares.

Fuera del centro y el ensanche no recomiendo pasear por la ciudad ya que el tráfico es insoportable, las calles suelen estar sucias y embarradas, con vacas, perros y ratas deambulando sin control. Pero, respecto al alojamiento, es mejor hacerlo fuera del centro si se va en grupo, para ahorrarnos los ruidos y el tráfico cuando nos retiremos a descansar. Nosotros optamos por el Alsisar Haveli. Los haveli son antiguas mansiones de nobles y muchas de ellas han sido restauradas como hoteles, tras la democratización del país y la perdida de poder de las castas superiores. Este hotel cuenta con un comedor de desayunos majestuoso, personal vestido de uniforme tradicional y una relajada piscina donde descansar del caos de Jaipur. Además, las habitaciones son maravillosas: muy amplias, con techos altos y camas cómodas y señoriales, con la decoración original de ventanas y molduras restaurada.


El impresionante fuerte de Amber

Desde la ciudad también vale la pena hacer una excursión a la ciudad vecina de Amber, especialmente por su impresionante fuerte color miel, que forma parte de un grupo de fuertes declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La arquitectura ecléctica del mismo es un testimonio perfecto del poder de los Estados rajputas que florecieron en esta región, en el que mezclaron su arquitectura tradicional hindú con elementos persas e islámicos que trajeron los mogoles que gobernaban el imperio desde Agra o Delhi. Cuando uno se acerca desde el caudaloso río que cruza el valle parece sumergirse en un escenario de "Juego de Tronos", con un fuerte gigantesco en lo alto de una montaña y el resto de montañas de alrededor rodeadas por una impresionante y larga muralla. En mitad del río, frente al fuerte, una isla artificial perfectamente cuadrada alberga un jardín de especias, azafrán incluido, que además de abastecer las cocinas del fuerte, servía para perfumarlo los días de viento.

Dentro destacan las salas de audiencias, públicas y privadas, donde los Rajás recibían las peticiones de sus súbditos y despachaban con sus consejeros; así como las diferentes estancias, tanto del Rajá y su esposa, como de las concubinas y del funcionariado y los soldados. Los sistemas de canalización del agua, de refrigeración de las estancias con cascadas o de algunos precursores de los jacuzzis son impresionantes. Los coloridos y diseños de las diferentes estancias son tan bonitos que se usan como escenario de reportajes fotográficos para bodas. De hecho, nosotros nos encontramos con una pareja de novios y su equipo fotográfico detrás. 

De la visita, destaca el Salón de la Victoria, forrado de pequeños espejos que, por las noches, cuando la estancia se iluminaba con velas, generaba un efecto mágico perfecto usado durante las veladas de la corte. Además, una de las estancias más curiosas son las zenana, donde vivían las concubinas en pequeños apartamentos, diseñado todo de tal manera que el marajá podía visitarlas a través de pasillos discretos sin que nadie le viera entrar ni salir.

En los alrededores del fuerte también pueden verse encantadores de serpientes tocando su instrumento tradicional con una cobra saliendo de una cesta, moviéndose al ritmo de la música. Asimismo, filas de elefantes suben y bajan las empinadas rampas al fuerte, con turistas cargados en pequeños cubículos, al modo de los antiguos Rajás, pero que nosotros preferimos no usar por recomendación de grupos de protección a animales.

En la carretera de vuelta de Amber a Jaipur vale la pena pararse frente al Jal Mahal, un espectacular palacio usado como pabellón de caza y construido en mitad del caudaloso río al que solo se podía acceder en barca y que hoy está abandonado.


Udaipur, la ciudad blanca.

Otra joya de Rajastán es Udaipur, la ciudad blanca. Tras dormir en un compartimento privado de un tren nocturno indio (toda una experiencia), llegamos a esta apacible población a orillas de un lago artificial, el Pichola, inundado por los gobernantes del reino de Mewar durante el siglo XVI, tras desviar un río cercano. La ciudad se fundó en 1559 por el Rajá Udai Singh II, que empezó a construir las primeras partes del actual palacio, imponente, y de un 1 kilómetro de largo, siendo uno de los más largos del mundo. 

Los Mewar consiguieron resistir el poder del Imperio Mogol mejor que el resto de reinos rajputas (por estar más alejados) y hasta hoy gozan de gran influencia en los antiguos territorios del reino. De hecho, han sido y son los grandes impulsores de la transformación de Udaipur como meca turística nacional e internacional. De hecho, aunque su palacio sigue siendo parcialmente su residencia, la mayoría de sus edificios (en realidad es un conjunto de once palacios pero que se mantuvieron estéticamente unificados) fueron reconvertido en varios hoteles de lujo mientras que las estancias más antiguas se abrieron al turismo. Vale muchísimo la pena visitarlo, tanto por su arquitectura y sus patios ajardinados en los pisos superiores, como por sus preciosos frescos y la colección de objetos antiguos, que incluye uno de los parchís más antiguos del mundo, juego inventado en la India como "pachisi" y que llegó a la península ibérica gracias a los árabes. El sol bigotudo, símbolo de los Mewar, es omnipresente en todas las estancias.

Desde el palacio, tomad un barco que os lleve hasta la isla de Jagmandir, que alberga un antiguo palacete de caza ahora reconvertido en hotel. Sus jardines son el lugar perfecto para relajarse, observando de lejos la blancura de Udaipur y disfrutando del sonido de los pájaros y el viento. Ofrece un spa abierto a los no huéspedes con unos jardines privados de película.

El lago y las vistas del imponente palacio convierte a Udaipur en uno de los lugares más románticos de la India. Al menos así la describió uno de los primeros oficiales ingleses enviados a gobernar este subcontinente. Nosotros nos alojamos en el precioso Jagat Niwas Palace, con una terraza con vistas hipnotizantes al lago. Su restaurante ofrece rincones con vistas inolvidables donde descalzarse los pies y subirles a sus acolchados rincones para degustar sus deliciosos platos, que se ofrecen con la opción real de que no piquen. 

Udaipur es una ciudad donde sí se puede pasear de una forma más o menos agradable, ya que sus callejones tortuosos hacen mucho más complicado el tráfico de otras urbes del país. Esas callejas esconden muchas sorpresas, como el templo hindú Jagdish, con una escalinata flanqueada de elefantes y sus miniaturas en mármol que pueblan sus fachadas. Además, permite asistir a ceremonias religiosas con cantos interesantes. Tampoco os perdáis en Gangour Ghat, una zona habilitada para baños sagrados con un templete hindú al lado y palomas alimentadas por los devotos. 

Udaipur apenas tiene vida nocturna, pero se puede pasar una agradable velada en el Dharohar at Bagore Ki Haveli, el patio de un antiguo palacete de nobles que ahora ofrece espectáculos tradicionales del Rajastán, con bailes de las diferentes antiguas ciudades-estado, mayoritariamente realizados por mujeres que usan fuego y grandes jarrones de agua, así como pequeñas obras de teatro de contenido religioso y shows de marionetas que cuentan cuentos de la región.

Respecto a la comida, es fácil encontrar sitios puesto que la ciudad es muy turística. Pero si se quiere descansar de la picante cocina del Rajastán, se puede optar por el café Edelweiss, con opciones europeas para un desayuno o un almuerzo; o por Little Prince, con su oferta de platos de Oriente Próximo y su terraza a los pies del lago. 

También es muy recomendable hacer yoga alguna mañana en Prakash Yoga, con una monitora estupenda que os introducirá en los principios de esta sana práctica en un templete a orillas del lago, desde donde recomiendo hacer la sesión de la salida del sol (id abrigados que suele hacer fresco) o el de la puesta de sol, donde la temperatura es algo más elevada. Y nada mejor que despedirse de la ciudad desde la azotea del The Nem Tree, un acogedor hotel desde el que también se hace yoga y se disfrutan unas maravillosas vistas del palacio.

Rajastán es espectacular, pero me queda muchísimo por ver. Los fuertes en las selvas llenas de tigres, la ciudad desértica de Jaisalamer, la ciudad azul de Jodhpur, el humedal de Keoladeo con sus aves exóticas o el oasis sagrado de Pushkar y su famoso mercado de camellos. Volveré a este colorido estado indio para seguir descubriendo su apasionante historia, bella arquitectura y fascinantes tradiciones.

dimecres, 8 de setembre del 2021

Guimaraes

"Aquí nasceu Portugal"

Si por algo es conocida Guimarães es por ser la cuna de la nación portuguesa. Al menos eso es lo que se afirmó en el romanticismo decimonónico y lo que plasmó en un gran cartel sobre su antigua muralla la dictadura salazarista del siglo XX. Lo que sí es cierto es que Guimarães fue la primera capital del Reino de Portugal tras independizarse del Reino de León en el siglo XII. Su primer rey, Alfonso I, se instaló en el castillo guimaraense y desde aquí empezó a expandir sus territorios hacia el sur. De hecho, el primer escudo de Portugal documentado es el esculpido en las piedras del castillo de la ciudad, que aún hoy se puede admirar. También hay una gran estatua de este rey a los pies del castillo.

Por ello, y por la buena conservación de edificios de varios estilos arquitectónicos, Guimarães entró en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, y se la considera como ejemplo excepcional de transformación de una población medieval en ciudad moderna. La ciudad ha conservado con autenticidad y en buen estado una serie muy variada de edificios ilustrativos de la evolución específica de la arquitectura portuguesa entre los siglos XV y XIX, caracterizada por el uso sistemático de materiales y técnicas de construcción tradicionales.

De hecho, vale la pena perderse por las callejuelas de la ciudad para admirar las apelotonadas casitas, muchas de madera de la época medieval y las más ricas de piedra. Los comerciantes de la ciudad, a medida que prosperaron, fueron comprando las casas de enfrente para ampliar las suyas, y construyendo puentes entre las mismas, que aún hoy siguen en pie.

Visitando Guimarães 

A la ciudad se puede llegar en coche, autobús o tren, siendo esta última la opción más económica y cómoda, sobre todo si se pretende hacer una excursión de un día desde Porto, como fue mi caso. Se puede empezar el recorrido por su corazón medieval: el Largo da Oliveira, donde están el ayuntamiento, la colegiata y el olivo, símbolo de la ciudad.

En esos días se estaban celebrando las Festas Gualterianas, aunque algo descafeinadas por la crisis de la COVID-19. Aún así, otra de sus plazas, el Largo do Toural acogía varias reproducciones a escala de los monumentos más importantes de la ciudad hechos en cartón piedra que me recordaron a unas fallas primitivas (eso sí, aquí no los queman). También había grupos de tunos y tunas bailando y cantando canciones populares, algo tradicional en las ciudades universitarias portuguesas del norte del país. 

Por cierto, estas fiestas se celebran en honor a San Gualter, santo que introdujo la orden franciscana en Portugal precisamente a través de Guimarães. En este sentido, recomiendo que visitéis la impresionante iglesia de San Francisco, con sus techos de madera bellamente pintados, su altar cubierto por cerámica manuelina del XVIII, y las decoraciones en oro hechas gracias a las riquezas de las colonias portuguesas en América, África y Asia. En una de las capillas se puede observar un árbol genealógico tridimensional del Jesucristo, algo muy común en las grandes iglesias portuguesas, usado para vincular a Jesús con la estirpe del Rey David.

Otra de las curiosidades que veréis en las iglesias antiguas de la ciudad son cajas metálicas con números asociados a los nombres de cada iglesia. Antiguamente aquí había una cuerda que se podía tirar tantas veces como el número del templo asociado, y servía para avisar a los bomberos de un fuego en cualquiera de las parroquias.

Zona templaria

No es casualidad que Portugal pasara de ser un pequeño reino periférico europeo a convertirse en cuna de grandes exploradores marinos y metrópolis de un imperio colonial global que controlaba media Sudamérica, grandes partes de África y varios puertos asiáticos. El empuje explorador vino con el acogimiento de la Orden de los Caballeros Templarios en tierras portuguesas, tras haber sido expropiados e incluso quemados en media Europa, especialmente en Francia, por orden del Papa Clemente V. Portugal los acogió bajo la condición de denominarse Orden de Cristo, y los templarios agradecieron esto brindando parte de su gran fortuna a la Casa Real portuguesa y sus proyectos exploradores.

La herencia templaria se observa especialmente en la zona del castillo, especialmente en la capilla de San Miguel, donde el mito señala que se celebró el bautizo del primer rey de Portugal, y donde se encuentran decenas de tumbas de caballeros templarios. 

Asimismo, en esta zona se encuentra el edificio más señorial de Guimarães: el Paço dos Duques, de estilo borgoñón, y originalmente residencia de los Duques de Bragança, que a partir de 1640, se convirtieron en la cuarta (y última) dinastía real en Portugal (reinando de 1640 a 1910). Tras el traslado de la familia a Lisboa, el palacio entró en decadencia varios siglos hasta que en 1933 el dictador Salazar reformó el edificio convirtiéndolo en residencia oficial de verano de la presidencia de la República. Los reconstruidos techos de madera representan cascos de carabelas portuguesas en honor a los descubrimientos. Las salas se redecoraron con antigüedades medievales en ese afán salazarista de posicionar la Edad Media como auténtico periodo de esplendor portugués.


Los dulces de la ciudad

Guimarães es también conocida por su repostería milenaria. El monasterio de Santa Clara de la ciudad generó numerosas recetas, en parte debido a la tradición de los prometidos de ofrecer una docena huevos a la santa para tener buen tiempo en la boda. Con tantos huevos, las monjas clarisas empezaron a experimentar y crear postres deliciosos, entre los que destacan las tortas de Guimarães (crujientes y mega dulces), el touchinho-do-céu (diferente al castellano, aquí se parece más a un pastel) o las douradinhas de Guimarães (rellenas de cabello de ángel). En monasterio es ahora la sede del ayuntamiento pero aún así, numerosas pastelerías de los alrededores mantienen la tradición de hornear estos dulces, especialmente los de la rua de Santa Maria. 

divendres, 14 de juny del 2019

Belén

Mi primera visita a Palestina

Visitar la conocida como Tierra Santa para los cristianos implica altas dosis de paciencia y sobretodo una mente abierta y predispuesta a escuchar. Aquí convergen las tres grandes religiones monoteístas, miles de años de historia y muchas de las grandes potencias mundiales. Y aquí se alzan altos muros construidos por Israel para separarlos de las pocas tierras que quedan bajo la Autoridad Nacional Palestina y que implican toques de queda para los palestinos en la mayoría de casos, ya que si cuentan autorización para ir a Israel, siempre deben volver a Palestina antes de medianoche.

La primera ciudad que visité bajo control de la Autoridad Nacional Palestina fue Belén, nombre que despierta toda clase de recuerdos entrañables a un cristiano por estar irremediablemente asociado a la Navidad. Además, Belén fue reconocida Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO.

Situada a 10 km al sur de Jerusalén, este es el lugar en el que los cristianos creen que nació Jesucristo. En el siglo IV se construyó una primera iglesia, que fue sustituida por otra en el siglo VI tras sufrir un incendio. En la iglesia actual se conservan suelos de mosaico muy elaborados procedentes del edificio original. El sitio incluye también conventos e iglesias latinas, griegas, ortodoxas, franciscanas y armenias, así como campanarios, jardines en terraza y una ruta de peregrinación.

En el portal de Belén

Para llegar a Belén basta coger un bus de la compañía palestina que opera desde la estación de autobuses a un par de calles de la puerta de Damasco de Jerusalén. Con un poco de suerte no nos tocará ningún control militar israelí y en menos de media hora os plantaréis en el centro de Belén.

Fue en este pequeño pueblo (ahora ciudad) en el que María y José fueron a inscribirse al censo romano y María tuvo que dar a luz en un establo. En el punto donde nació Jesucristo, el emperador Constantino ordenó construir una iglesia en el siglo VI, actual basílica de la Natividad, que es la iglesia más antigua del mundo que se mantiene en funcionamiento. Esto la convirtió en un punto de peregrinación, surgiendo iglesias y monasterios alrededor, hasta que en el siglo VII Belén fue conquistada por los musulmanes. Sin embargo, se firmó un tratado en el que los invasores reconocían las propiedades sagradas a determinadas ordenes religiosas y además se permitía la libertad religiosa en la ciudad garantizando que los cristianos locales pudieran seguir profesando su fe.

Siglos más tarde, la caída del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial hizo que Belén pasara a control del Imperio Británico, y con ello se reconoció a los judíos residentes, tras dos años de serlo, la ciudadanía local, a la vez que se privaba de dicho derechos a los nativos que vivieran fuera de la ciudad. Aquí empezaron los primeros conflictos que nos llevan a la situación actual.

Con la independencia de Israel en 1948, la ciudad experimentó una explosión demográfica, ya que miles de refugiados palestinos de otras ciudades que habían caído bajo control israelí se reinstalaron en los aún hoy operativos campos de refugiados de Aida, Dheisheh y Al-Azzah. Hoy en día Belén es una ciudad mayoritariamente cristiana cuya vida gira alrededor de la Basílica de la Natividad y la plaza Manger.

La basílica de la Natividad

Me sorprendió la austeridad de la que se considera la iglesia más antigua operando, que parece más una fortaleza que un templo. La minúscula puerta de acceso, la puerta de la Humildad, fue construida por los caballeros Cruzados para dificultar un ataque y entrada a la iglesia. Agachándome, me adentré al interior de la basílica, cuyo suelo aún conserva el mosaico original de la época de Constantino, ahora protegido por vallas. Las columnas también son originales, mientras que los frescos fueron pintados por los Cruzados siglos más tarde.

Anexo a la basílica se encuentra el monasterio armenio, donde esta comunidad lleva siglos transcribiendo Biblias e iluminándolas, así como la iglesia de Santa Catalina, donde se celebra la Nochebuena más famosa del mundo cada año, retransmitida por televisión.

Bajo del coro de la basílica se encuentra la gruta de la Natividad, que suele estar abarrotada de turistas. Aún así, su iluminación con lámparas antiguas hacen del lugar muy especial, estando marcado en lugar de nacimiento de Jesús con una estrella de plata de 14 puntas, copia de la original, que fue robada en 1847, y del que se echaron la culpa entre ellas las tres comunidades cristianas que custodian la basílica: los Católicos, los Griegos Ortodoxos y los Armenios. Las tres ramas se dirimen centímetro a centímetro el control de la basílica hasta el punto de regularse hasta la propiedad de las lámparas de la gruta de la Natividad: seis son de los ortodoxos griegos, cinco de los armenios y cuatro de los católicos.

En cualquier caso, es emocionante rezar en un punto tan importante para la cristiandad, en el punto exacto en el que se posó aquella estrella que guió a los sabios de oriente a adorar al niño-Dios. Incluso los no creyentes se emocionaran al visitar un lugar tan mencionado en la infancia de millones de personas que hayan vivido en sociedades influenciadas por la religión cristiana. Desde los villancicos hasta los tradicionales "Belenes" que se plantan cada Navidad en casas de todo el mundo, el Portal de Belén es un símbolo de unidad, paz y esperanza. Y tenerlo delante no deja indiferente a nadie.

La plaza Manger

Tras salir de la basílica, y frente a la misma, vimos la única mezquita del barrio antiguo de Belén: la mezquita de Omar, construida en 1860 gracias a un préstamo de la Iglesia Ortodoxa Griega y dedicada a Omar Ibn Al Khattab, segundo califa y suegro del profeta Mahoma, que antes de conquistar Jerusalén en el año 637, paró a rezar en la Iglesia de la Natividad, donde firmó el pacto de Omar, por el que se estipulaba que la basílica se mantendría cristiana y que los cristianos permanecerían libres de promulgar su fe en Belén bajo el califato. Por tanto, esta mezquita del siglo XIX rememora otro episodio histórico de tolerancia religiosa.

Además de la mezquita y la basílica, la plaza acoge un centro internacional de estudios de la paz y por supuesto, varios restaurantes. Si hay uno que nadie se puede perder en Belén es el Afteem. Todo palestino al que le pregunté coincide: tiene uno de los mejores humus, que lleva sirviendo décadas,. Aunque si queréis probar algo diferente, también sirven masabacha, una sopa caliente de garbanzos, o fatteh, un humus más líquido con trozos de pita y piñones. Su babaganoush, pan fresco y sus crujientes falafels son también de película. Parada obligatoria al lado de la Iglesia de la Natividad. Fui allí gracias a una amiga palestina que me llevó y repetiría. Muchas veces.

El muro de la vergüenza

Muchos son los turistas que limitan su visita a Belén a la plaza Manger. Pero es necesario visitar también el resto de la ciudad, especialmente aquellos pegados al muro. Belén es uno de los lugares en Palestina donde más sencillo es para el turista observar el drama del muro. La ciudad forma parte del 3% de Cisjordania clasificado por Israel como zona A, bajo total control civil y militar de la Autoridad Nacional Palestina, por lo que los ciudadanos israelíes tienen prohibido entrar.

El muro se empezó a construir en un principio a lo largo de la denominada Línea Verde que dividía los dos futuros estados tras los acuerdos de paz que pusieron fin a la guerra de los seis días. Sin embargo, Israel ha ido apropiándose de tierras y agua asignadas originalmente a Palestina, rodeando más y más asentamientos de judíos ultraortodoxos, que han acabado dividiendo a familias palestinas, quitando parte de sus cultivos o construyendo una frontera entre sus casas y sus escuelas o centros de salud. Por ello se refieren a este muro como el del Apartheid. 

Desde el punto de vista de Israel, este muro es necesario para garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Se trata de un muro el doble de alto que el de Berlín: 8 metros de alto de hormigón armado, incluyendo torretas en las esquinas donde se sitúan soldados, así como sensores de movimiento y cámaras de seguridad.

La controversia ha hecho que artistas de todo el mundo críticos con dicha construcción hayan llenado el lado palestino de grafittis en los que denuncian la injusticia. El más famoso es Bansky, que además, ha decorado íntegramente el hotel más famoso de Belén: el Walled Off Hotel. Además de estatuas, grafittis y cuadros en su interior, el hotel cuenta con una exposición muy completa e interactiva donde además de documentales también podremos descolgar un teléfono en el que escucharemos el aviso real que el Ejército israelí realiza a las casas de la franja de Gaza minutos antes de un bombardeo. La exposición explica de manera clara la situación de los palestinos en la actualidad y el sufrimiento que por ello padecen, gracias a cientos de fotografías, mapas explicativos, documentos reales y vídeos. Al final de la misma, una tienda vende productos originales diseñados por Bansky cuya venta está limitada a cierta cantidad por persona ya que el objetivo del autor no es vender por vender sino difundir, a través de su arte, el mensaje de la injusticia que se vive en esta tierra.

Además de los artistas, los habitantes han intentado desdramatizar en lo posible su complicada situación y además de los cientos de graffitis a lo largo de los bloques de hormigón, algunos cafés y restaurantes han aprovechado incluso para pinta allí sus menús. El muro ha pasado a formar parte de la cotidianeidad de Belén.

Finalmente, intentamos volver a Jerusalén cruzando por el checkpoint de la tumba de Raquel, pero las colas eran larguísimas y desistimos. Aún así, pude sentir en primera persona la sensación de los miles de palestinos que tienen que perder su tiempo cruzando a través de estos pasillos con cámaras de seguridad, rejas y puertas giratorias tipo prisión. Muy triste. Sobretodo porque estábamos en pleno Ramadán, se estaba poniendo el sol, y cientos de palestinos esperaban a cruzar para reunirse con sus familias y poder disfrutar de la ruptura diaria del ayuno o iftar. Por tener pasaporte europeo yo, y pasaporte con permiso especial mi amiga, pudimos tomar un taxi por otra de las carreteras para llegar a Jerusalén sin problemas con un taxi con matrícula de Israel. Los taxis con matrícula verde de Palestina solo pueden circular por las zonas A, B y C pero no por Israel per se.

Esta vez me quedé sin visitar la actual capital palestina, Ramallah, así como otras ciudades milenarias como Hebrón, Jericó o Nablús, a las que espero poder ir en mi próxima visita a esta fascinante tierra, en la que toda preconcepción queda desdibujada y en la que uno no de deja de fascinarse ni un momento. No tardaré en volver.

dimecres, 6 de desembre del 2017

Ciudad de México

Una metrópolis fascinante

La decisión de ir a Ciudad de México fue en un principio para visitar a algunos de mis amigos de Panamá que están ahora trabajando allí. Para nada me esperaba el espectáculo de ciudad que es la capital mexicana. Y lo que más me chocó: la enorme sensación de seguridad que tuve en todo momento. Eso y que a pesar de ser pleno agosto, hizo frío algunas noches.

Estuvimos hospedados en pleno Polanco, en el estupendo apartamento de mi amigo Rudy, que vive en una de las torres con nombre de pintor del exclusivo Plaza Carso, un complejo que incluye un gran centro comercial, cines, teatro y alguno de los mejores museos de la ciudad, que por supuesto visitamos.

La antigua Tenochtitlán

Pero antes de adentrarnos en la escena moderna de CDMX, lo primero que visitamos fue el corazón de la ciudad y también del país: el Zócalo. Cuenta leyenda que los aztecas, llegados desde el norte en el siglo XIII, eligieron instalar aquí su capital, Tenochtitlán, porque vieron la profecía que anunciaba el fin de su vida errática: un águila, apoyada en un cactus, devoraba una serpiente. Este sigue siendo, a día de hoy, el símbolo nacional mexicano, escudo del país y orgullosamente presente en su bandera. En el Zócalo, por aquel entonces una isla en mitad de unas marismas, los aztecas construyeron su Ciudad-Estado con canales, templos, plazas y palacios cuya isla central pasó a ser el centro del universo azteca. La ciudad alcanzó los 300,000 habitantes y todo el valle de México más de un millón y medio, constituyendo una de las zonas urbanas más densas de aquel entonces.

Con la llegada de los españoles en 1519, los aztecas quedaron relegados a ciudadanos de segunda del naciente imperio. Casi toda la herencia prehispánica fue destruida en este lugar, que sin embargo siguió siendo el corazón de la Nueva España, con la construcción de la imponente Catedral Metropolitana. Bajo las órdenes de Hernán Cortés, los principales canales empezaron a ser desecados para construirse elegantes bulevares y Ciudad de México se convirtió en la elegante capital de la Nueva España, no sin problemas e inundaciones. El siglo XVIII, con la construcción de un sistema de alcantarillado, se considera la Edad de Oro de la ciudad.

En el Zócalo aún se respira esta grandeza. De renovada fama por aparecer en las primeras escenas de la última película de James Bond Spectre, lo cierto es que sigue siendo el corazón de México. Se le llama popularmente zócalo porque aquí se iba a construir un monumento al centenario de la independencia en el siglo XIX. Sin embargo, solo el zócalo del mismo se construyó, que pasó a ser una de las plazas más grandes del mundo (220 metros por 240). El poder religioso del país está presente con la inmensa catedral, mezcla de estilos gótico, barroco, churrigueresco y neoclásico, fruto del largo periodo de tiempo que duró su construcción: 250 años. Sus cinco gigantescas naves crean un interior mastodóntico, siendo una de las iglesias mas grandes que he visitado en mi vida. Su altar abruma en detalles y riqueza, así como su bellísimo coro de sillares tallados. Aquí se coronaron Agustín de Iturbide y a Maximiliano de Habsburgo como emperadores de México.

En otro de los lados de la plaza se alza la fachada principal del Palacio Nacional, antiguo palacio virreinal y luego imperial, y actual sede de la presidencia de la república. Me queda pendiente, ya que por falta de tiempo no lo pude visitar. Los dos restantes lados están flanqueados por elegantes edificios porticados donde se encuentran desde las oficinas del gobierno municipal hasta joyerías y hoteles de lujo. La plaza rebosa de gente de todo pelaje destacando los concheros, grupos de personas emplumadas y vestidos con pieles de serpiente, conchas y huesos de distintos animales, representando las antiguas danzas aztecas, bailando en círculo y cantando en nahuatl, utilizando instrumentos tradicionales. Los edificios que dan a la plaza cuentan con numerosas terrazas populares en los edificios superiores donde tomarse una michelada o un margarita.

Seguimos paseando por las perfectamente rectas y empedradas calles del centro, herencia de la capital colonial española, donde sorprenden los altares espontáneos a la Santa Muerte, culto condenado por las diferentes iglesias cristianas, incluyendo la Católica. Un esqueleto tradicionalmente vestido y cubierto por telas blancas o de otros colores al que se le ponen velas y alimentos para solicitar protección, en una práctica muy asociada a comunidades marginadas y de bajo nivel económico. No por casualidad en estas calles se abarrotaban puestos de venta humildes que ofrecían desde comida hasta ropa junto con refrescos tradicionales, frutas y verduras o hasta juguetes. Todo un espectáculo de colores y olores para disfrutar de la tarde del domingo.

Volviendo a los aztecas, estos diseñaron su capital siguiendo una estructura de calles rectas, respetando también los ríos y construyendo canales para poder transportar materiales pesados. En los suburbios pantanosos plantaron muchas especies, sosteniendo el barro sobre el que crecían con sauces. La gran fertilidad de estas tierras daban tres o cuatro cosechas al año. La mayoría de estas zonas fueron desecadas para urbanizar y hoy solo queda la enorme zona de Xochimilco, al sur de la ciudad. Allí pasamos una nublada tarde, donde incluso nos llovió. Aún así disfrutamos del ambiente único de este lugar, que aquel día gris de entre semana estaba vacío, pero que normalmente está a tope de trajineras. En estas barcazas de colores con una larga mesa en la mitad cada una se reúnen grupos de amigos o familiares para celebrar, comer, beber, cantar y reír. Nosotros disfrutamos de la lluvia, el silencio, los rayos, el viento y los preciosos paisajes agrícolas que nos trasportaron a la época de la gran  Tenochtitlán. Un grupo de mariachis practicaba varias canciones tradicionales en el desierto puerto. Desembarcamos justo cuando anochecía y los mosquitos salían a picar con furia. Por suerte, el Uber que habíamos pedido nos sacó de aquella nube de insectos.

La ciudad perdida de Teotihuacán

Siguiendo la senda prehispánica, dedicamos una mañana entera a visitar Teotihuacán, una de las excavaciones arqueológicas más grandes de Centroamérica. Situada a 50 kilómetros de Ciudad de México, esta majestuosa ciudad en ruinas, con un perfecto urbanismo, testimonio de la sofisticación de la cultura que aquí vivió. Los expertos calculan que se construyó hace dos milenos y que cayó en el abandono en el siglo VIII, cuando las tensiones de una sociedad extremadamente segregada precipitaron la desaparición de esta civilización, de la que aún hoy en día se ignora su nombre. De hecho, su actual nombre, Teotihuacán, significa en nahuatl "la ciudad en la que los hombres se convierten en dioses", y así la bautizaron los aztecas, que cuando la descubrieron ya estaba en ruinas. Ellos siempre pensaron que estaba dedicada al dios del Sol, aspecto que se verificó en 1971 cuando el descubrimiento de un túnel en la mayor de las pirámides llevó a los arqueólogos a una recámara interior llena de objetos de culto al sol.

Precisamente, la mayor de las pirámides se conoce como Pirámide del Sol, de 70 metros de altura, que escalamos para disfrutar de las impresionantes vistas de la ciudad en ruinas. Esta es la tercera mayor pirámide del mundo, tras la de Keops y la de Cholula. En sus tiempos dorados, la pirámide estaba totalmente pintada de color rojo, restos que aún se pueden ver en alguno de sus lados. Desde su cima se atisba todo el valle en el que se asentaba esta ciudad.

El eje central de la antigua metrópolis es la conocida como Calzada de los Muertos, ya que los aztecas pensaron que las decenas de pirámides que la bordean eran tumbas de los diferentes reyes de este pueblo. De hecho, el lugar se convirtió en un punto importante de peregrinación de los soberanos aztecas, que creían que aquí todos los dioses se habían sacrificado para que el Sol pudiera hacer su recorrido.

Las mejores vistas de Teotihuacán son desde la Pirámide de la Luna, por la preciosa perspectiva de la Calzada de los Muertos así como de las imponentes vistas de la Pirámide del Sol. Como apenas hay sombras, recomiendo encarecidamente que llevéis gorras y agua, o en su defecto, compréis uno de los sombreros tradicionales de paja que venden en sus puestos. Por todo lugar hay vendedores ambulantes con una especie de juguete que al soplar imita el sonido de diferentes animales locales, como los leopardos o diferentes pájaros.

Finalmente, no dejéis de visitar alguno de los antiguos barrios residenciales de la ciudad en ruinas. Hay una mansión abierta al público, el conocido como palacio de Quetzlpapálotl, o mariposa emplumada, que fue residencia de una familia de la élite teotihuacana. Se accede a su interior por una escalinata custodiada por dos jaguares al patio porticado del edificio y luego a cada una de las cámaras interiores. Las columnas de piedra tiene preciosas representaciones de mariposas y plumas de quetzal talladas, que en origen estuvieron policromadas. Los muros interiores están decorados con frescos relativos a la veneración del agua destacando los caracoles marinos y los corazones humanos. Asimismo, otra de las salas tiene escenas que representan jaguares con penachos de plumas de quetzal. El pequeño museo arqueológico, justo en el lado contrario de la ciudad, al lado del pequeño jardín botánico, también merece la pena.

Polanco, Condesa y el Paseo de la Reforma

De vuelta a la gran ciudad, simplemente pasear por las calles de esta masiva urbe es suficiente para pasarlo bien. Desde el ordenado Paseo de la Reforma con el famoso Ángel de la Independencia dorado al frondoso bosque de Chapultepec. De la popular Alameda Central a las elegantes calles de Polanco o los agradables bulevares de Condesa, donde uno se acaba encontrado una réplica de la madrileña fuente de Cibeles, por ejemplo. Vale la pena también acercarse al campus de la Universidad Nacional Autónoma de México y ver el enorme mural de la "representación histórica de la cultura" que ocupa toda la fachada de la gran biblioteca, realizado por le artista mexicano Juan O´Gorman 

Tres fascinantes museos en CDMX

Respecto a los museos que visitamos, que fueron varios, destacaría tres: el primero es el popular Museo Frida Kahlo, situado en su casa familiar, pintada con el característico color azul. Siempre hay colas por lo que es imprescindible reservar con antelación por Internet con el día y hora a la que se vaya a visitar. Además de una interesante colección de obras de Frida (aunque muchas de las mejores obras están repartidas por todo el mundo), también podremos recorrer los jardines, la habitación en la que murió, la famosa cocina o el comedor donde recibieron a Trotski y su mujer, cuando huyeron de las purgas estalinistas. Frida es un ejemplo de artista comprometida políticamente, pero también de mujer revolucionaria respecto a la visión de la sociedad y ante todo, de lucha frente a la adversidad que supuso su accidente de tranvía y su discapacidad a través del arte. Tras la vista al museo, nada mejor que darse un paseo por Coyoacán, decubrir su animada plaza y parroquia y tomarse un tradicional café de olla o chocolate caliente en el humilde pero popular Café El Jarocho y acompañarlo de su variedad de panes salados y dulces recién horneados.

Los otros dos museos que visitamos están en Polanco y forman parte del complejo Plaza Carso donde nos alojaban nuestros amigos. Por un lado, el funcional Museo JUMEX, de la famosa compañía zumera mexicana, que esos días tenía una exposición temporal de Andy Warhol "Estrella Oscura", donde se mostraba una variada colección de obras del artista, desde las famosas pinturas de productos de consumo y las series serigráficas de retratos de estrellas de cine o políticos, todo contextualizado en una época de promesas utópicas y su lado oscuro de cultura mediática y consumo de posguerra.

El otro museo que disfrutamos, tanto por fuera como por dentro, es el impresionante Museo Soumaya, que alberga gran parte de la colección de arte del hombre más rico del mundo: Carlos Slim. Solo por el edificio ya vale la pena acercarse: obra de Fernando Romero, asesorado por Frank Gehry, cuenta con una fachada asimétrica envuelta en un armazón de piezas hexagonales de aluminio plateado con una única abertura: la puerta de entrada. Dividido en seis plantas a las que se accede por una enorme rampa espiral blanca, uno tiene la impresión de estar en otro planeta.

La colección, de acceso gratuito, muestra 3000 años de historia de arte europeo y americano a través de 70,000 obras de arte, con algunas piezas asiáticas que suelen estar en exposiciones temporales. Desde impresionantes murales de Diego Rivera al pensador de Rodin. De hecho, tiene la mayor colección del escultor francés fuera de Francia. También hay cuadros de Botticelli, Tintoretto, del Veronés, del Greco, de José de Ribera, Murillo, Zurbarán, Van Dyck, Rubens, Fragonard, Monet, Pissarro, Renoir, Degas, Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Chirico, Dalí, Miró... y por supuesto muchísimos autores mexicanos y objetos de arte que van desde oro prehispánico a relicarios del siglo XVIII. La colección es amplísima y no se hace nada pesada. Me llamó la atención la colección personal del artista libanés exiliado Gibran Kahlil Gibran, autor del famoso libro "El Profeta". Incluso habían cuadros de Sorolla.

Todos los bailes mexicanos en una noche

El broche de oro de nuestra estancia fue una noche en el Palacio de Bellas Artes para disfrutar del Ballet Folclórico de Amalia Hernández, que lleva décadas representando diversos bailes tradicionales mexicanos: desde mariachis a los carnavales del litoral pasando por todo un elenco de músicas y danzas con todo el color de la indumentaria tradicional del país. Me gustó muchísimo, siendo el momento estrella cuando sonó "La Cucaracha".

Además de cultura, museos y antigüedades, uno visita la Ciudad de México por su deliciosa y variadísima gastronomía que he decidido tratar en otra entrada para no hacer esta demasiado larga. Ciudad de México cuenta también con una oferta de fiesta nocturna enorme, casi todos los días de la semana, donde destacaré Saint, en Polanco, a donde fuimos el viernes y donde el ambiente era estupendo, con gente de todo tipo. 

Me quedan tantas cosas pendientes en Ciudad de México que tendré que volver, especialmente para conocer el Palacio Nacional y los frescos de Diego Rivera. También quiero visitar el Museo Nacional de Antropología y el castillo de Chapultepec o tomar un tequila en plaza Garibaldi. Y probar el famoso menú de Pujol.