Cercar en aquest blog

divendres, 14 de juny del 2019

Belén

Mi primera visita a Palestina

Visitar la conocida como Tierra Santa para los cristianos implica altas dosis de paciencia y sobretodo una mente abierta y predispuesta a escuchar. Aquí convergen las tres grandes religiones monoteístas, miles de años de historia y muchas de las grandes potencias mundiales. Y aquí se alzan altos muros construidos por Israel para separarlos de las pocas tierras que quedan bajo la Autoridad Nacional Palestina y que implican toques de queda para los palestinos en la mayoría de casos, ya que si cuentan autorización para ir a Israel, siempre deben volver a Palestina antes de medianoche.

La primera ciudad que visité bajo control de la Autoridad Nacional Palestina fue Belén, nombre que despierta toda clase de recuerdos entrañables a un cristiano por estar irremediablemente asociado a la Navidad. Además, Belén fue reconocida Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO.

Situada a 10 km al sur de Jerusalén, este es el lugar en el que los cristianos creen que nació Jesucristo. En el siglo IV se construyó una primera iglesia, que fue sustituida por otra en el siglo VI tras sufrir un incendio. En la iglesia actual se conservan suelos de mosaico muy elaborados procedentes del edificio original. El sitio incluye también conventos e iglesias latinas, griegas, ortodoxas, franciscanas y armenias, así como campanarios, jardines en terraza y una ruta de peregrinación.

En el portal de Belén

Para llegar a Belén basta coger un bus de la compañía palestina que opera desde la estación de autobuses a un par de calles de la puerta de Damasco de Jerusalén. Con un poco de suerte no nos tocará ningún control militar israelí y en menos de media hora os plantaréis en el centro de Belén.

Fue en este pequeño pueblo (ahora ciudad) en el que María y José fueron a inscribirse al censo romano y María tuvo que dar a luz en un establo. En el punto donde nació Jesucristo, el emperador Constantino ordenó construir una iglesia en el siglo VI, actual basílica de la Natividad, que es la iglesia más antigua del mundo que se mantiene en funcionamiento. Esto la convirtió en un punto de peregrinación, surgiendo iglesias y monasterios alrededor, hasta que en el siglo VII Belén fue conquistada por los musulmanes. Sin embargo, se firmó un tratado en el que los invasores reconocían las propiedades sagradas a determinadas ordenes religiosas y además se permitía la libertad religiosa en la ciudad garantizando que los cristianos locales pudieran seguir profesando su fe.

Siglos más tarde, la caída del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial hizo que Belén pasara a control del Imperio Británico, y con ello se reconoció a los judíos residentes, tras dos años de serlo, la ciudadanía local, a la vez que se privaba de dicho derechos a los nativos que vivieran fuera de la ciudad. Aquí empezaron los primeros conflictos que nos llevan a la situación actual.

Con la independencia de Israel en 1948, la ciudad experimentó una explosión demográfica, ya que miles de refugiados palestinos de otras ciudades que habían caído bajo control israelí se reinstalaron en los aún hoy operativos campos de refugiados de Aida, Dheisheh y Al-Azzah. Hoy en día Belén es una ciudad mayoritariamente cristiana cuya vida gira alrededor de la Basílica de la Natividad y la plaza Manger.

La basílica de la Natividad

Me sorprendió la austeridad de la que se considera la iglesia más antigua operando, que parece más una fortaleza que un templo. La minúscula puerta de acceso, la puerta de la Humildad, fue construida por los caballeros Cruzados para dificultar un ataque y entrada a la iglesia. Agachándome, me adentré al interior de la basílica, cuyo suelo aún conserva el mosaico original de la época de Constantino, ahora protegido por vallas. Las columnas también son originales, mientras que los frescos fueron pintados por los Cruzados siglos más tarde.

Anexo a la basílica se encuentra el monasterio armenio, donde esta comunidad lleva siglos transcribiendo Biblias e iluminándolas, así como la iglesia de Santa Catalina, donde se celebra la Nochebuena más famosa del mundo cada año, retransmitida por televisión.

Bajo del coro de la basílica se encuentra la gruta de la Natividad, que suele estar abarrotada de turistas. Aún así, su iluminación con lámparas antiguas hacen del lugar muy especial, estando marcado en lugar de nacimiento de Jesús con una estrella de plata de 14 puntas, copia de la original, que fue robada en 1847, y del que se echaron la culpa entre ellas las tres comunidades cristianas que custodian la basílica: los Católicos, los Griegos Ortodoxos y los Armenios. Las tres ramas se dirimen centímetro a centímetro el control de la basílica hasta el punto de regularse hasta la propiedad de las lámparas de la gruta de la Natividad: seis son de los ortodoxos griegos, cinco de los armenios y cuatro de los católicos.

En cualquier caso, es emocionante rezar en un punto tan importante para la cristiandad, en el punto exacto en el que se posó aquella estrella que guió a los sabios de oriente a adorar al niño-Dios. Incluso los no creyentes se emocionaran al visitar un lugar tan mencionado en la infancia de millones de personas que hayan vivido en sociedades influenciadas por la religión cristiana. Desde los villancicos hasta los tradicionales "Belenes" que se plantan cada Navidad en casas de todo el mundo, el Portal de Belén es un símbolo de unidad, paz y esperanza. Y tenerlo delante no deja indiferente a nadie.

La plaza Manger

Tras salir de la basílica, y frente a la misma, vimos la única mezquita del barrio antiguo de Belén: la mezquita de Omar, construida en 1860 gracias a un préstamo de la Iglesia Ortodoxa Griega y dedicada a Omar Ibn Al Khattab, segundo califa y suegro del profeta Mahoma, que antes de conquistar Jerusalén en el año 637, paró a rezar en la Iglesia de la Natividad, donde firmó el pacto de Omar, por el que se estipulaba que la basílica se mantendría cristiana y que los cristianos permanecerían libres de promulgar su fe en Belén bajo el califato. Por tanto, esta mezquita del siglo XIX rememora otro episodio histórico de tolerancia religiosa.

Además de la mezquita y la basílica, la plaza acoge un centro internacional de estudios de la paz y por supuesto, varios restaurantes. Si hay uno que nadie se puede perder en Belén es el Afteem. Todo palestino al que le pregunté coincide: tiene uno de los mejores humus, que lleva sirviendo décadas,. Aunque si queréis probar algo diferente, también sirven masabacha, una sopa caliente de garbanzos, o fatteh, un humus más líquido con trozos de pita y piñones. Su babaganoush, pan fresco y sus crujientes falafels son también de película. Parada obligatoria al lado de la Iglesia de la Natividad. Fui allí gracias a una amiga palestina que me llevó y repetiría. Muchas veces.

El muro de la vergüenza

Muchos son los turistas que limitan su visita a Belén a la plaza Manger. Pero es necesario visitar también el resto de la ciudad, especialmente aquellos pegados al muro. Belén es uno de los lugares en Palestina donde más sencillo es para el turista observar el drama del muro. La ciudad forma parte del 3% de Cisjordania clasificado por Israel como zona A, bajo total control civil y militar de la Autoridad Nacional Palestina, por lo que los ciudadanos israelíes tienen prohibido entrar.

El muro se empezó a construir en un principio a lo largo de la denominada Línea Verde que dividía los dos futuros estados tras los acuerdos de paz que pusieron fin a la guerra de los seis días. Sin embargo, Israel ha ido apropiándose de tierras y agua asignadas originalmente a Palestina, rodeando más y más asentamientos de judíos ultraortodoxos, que han acabado dividiendo a familias palestinas, quitando parte de sus cultivos o construyendo una frontera entre sus casas y sus escuelas o centros de salud. Por ello se refieren a este muro como el del Apartheid. 

Desde el punto de vista de Israel, este muro es necesario para garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Se trata de un muro el doble de alto que el de Berlín: 8 metros de alto de hormigón armado, incluyendo torretas en las esquinas donde se sitúan soldados, así como sensores de movimiento y cámaras de seguridad.

La controversia ha hecho que artistas de todo el mundo críticos con dicha construcción hayan llenado el lado palestino de grafittis en los que denuncian la injusticia. El más famoso es Bansky, que además, ha decorado íntegramente el hotel más famoso de Belén: el Walled Off Hotel. Además de estatuas, grafittis y cuadros en su interior, el hotel cuenta con una exposición muy completa e interactiva donde además de documentales también podremos descolgar un teléfono en el que escucharemos el aviso real que el Ejército israelí realiza a las casas de la franja de Gaza minutos antes de un bombardeo. La exposición explica de manera clara la situación de los palestinos en la actualidad y el sufrimiento que por ello padecen, gracias a cientos de fotografías, mapas explicativos, documentos reales y vídeos. Al final de la misma, una tienda vende productos originales diseñados por Bansky cuya venta está limitada a cierta cantidad por persona ya que el objetivo del autor no es vender por vender sino difundir, a través de su arte, el mensaje de la injusticia que se vive en esta tierra.

Además de los artistas, los habitantes han intentado desdramatizar en lo posible su complicada situación y además de los cientos de graffitis a lo largo de los bloques de hormigón, algunos cafés y restaurantes han aprovechado incluso para pinta allí sus menús. El muro ha pasado a formar parte de la cotidianeidad de Belén.

Finalmente, intentamos volver a Jerusalén cruzando por el checkpoint de la tumba de Raquel, pero las colas eran larguísimas y desistimos. Aún así, pude sentir en primera persona la sensación de los miles de palestinos que tienen que perder su tiempo cruzando a través de estos pasillos con cámaras de seguridad, rejas y puertas giratorias tipo prisión. Muy triste. Sobretodo porque estábamos en pleno Ramadán, se estaba poniendo el sol, y cientos de palestinos esperaban a cruzar para reunirse con sus familias y poder disfrutar de la ruptura diaria del ayuno o iftar. Por tener pasaporte europeo yo, y pasaporte con permiso especial mi amiga, pudimos tomar un taxi por otra de las carreteras para llegar a Jerusalén sin problemas con un taxi con matrícula de Israel. Los taxis con matrícula verde de Palestina solo pueden circular por las zonas A, B y C pero no por Israel per se.

Esta vez me quedé sin visitar la actual capital palestina, Ramallah, así como otras ciudades milenarias como Hebrón, Jericó o Nablús, a las que espero poder ir en mi próxima visita a esta fascinante tierra, en la que toda preconcepción queda desdibujada y en la que uno no de deja de fascinarse ni un momento. No tardaré en volver.

dijous, 18 d’abril del 2019

Ciudad del Cabo

La capital legislativa de Sudáfrica

Una de las curiosidades de la República de Sudáfrica es que son tres las ciudades que comparten la capitalidad del país: Pretoria es sede del poder ejecutivo mientras que Bloemfontein acoge el poder judicial. Ciudad del Cabo acoge el poder legislativo, siendo la sede del Parlamento Nacional. Además, cuenta con varias de las sedes de las principales empresas del país y medios de comunicación. Y es la capital turística también. No es difícil adivinar las razones: un clima estupendo, una oferta cultural y gastronómica amplia así como numerosos paisajes únicos en el mundo a poca distancia de la ciudad, además de bellísimas playas y una naturaleza exuberante.

El hotel en el que nos alojamos, el Lagoon Beach Hotel, cuenta con amplias habitaciones y muy cómodas. Y aunque es verdad que las vistas desde la piscina del primer piso son muy bonitas, nos dimos cuenta que el hotel está lejos del centro. Lo primero que hicimos fue visitar The Old Biscuit Mill, una antigua fábrica de galletas ahora sede de la escuela de arte de la ciudad y con decenas de restaurantes y galerías en pleno Woodstock, antiguo polígono industrial reconvertido en zona alternativa de ocio y creación. Ese día se celebraba el festival de la ginebra y no queríamos dejar pasar la oportunidad de probar alguna de las mejores ginebras locales, que servían con pimienta, ramas de romero y otros aderezos. Tras disfrutar de la bebida y la moderna DJ, tomamos un taxi para visitar el Victoria and Albert Waterfront, la nueva zona de ocio, compras y hoteles que ha resultado de restaurar antiguos muelles y almacenes portuarios. Cenamos en un elegante restaurante de pescados y mariscos de uno de los muelles: el Harbour House Waterfront.

El cabo de Buena Esperanza

El primer día nos levantamos temprano para hacer una excursión al cabo de Buena Esperanza, declarado como Patrimonio de la Humanidad dentro del área protegida de la región floral de El Cabo. Cuenta con una de las zonas de biodiversidad vegetal más importantes de nuestro planeta, que abarca parques nacionales, reservas naturales, áreas silvestres, bosques y cuencas hidrográficas montañosas. Todos estos elementos contribuyen a un gran incremento del número de especies vegetales endémicas en un ecosistema de vegetación arbustiva esclerófica de hoja fina. En este punto se unen dos océanos: el Atlántico y el Índico, y al que llegan los fuertes y gélidos vientos del océano Antártico. De camino hacia el Parque Nacional paramos en una granja de avestruces que había en la carretera, para ver a estos curiosos animales que parecen sacados de otro planeta. Allí se vendía de todo: desde billeteras, zapatos y bolsos hechos con piel de avestruz hasta huevos de esta ave para cocinarlos o crema de hígado de avestruz enlatada.

La escalada por las rocas para disfrutar del cabo de Buena Esperanza es inolvidable y los paisajes espectaculares. Como europeo amante de la historia no pude dejar de imaginarme al navío comandado por Vasco da Gama atreviéndose a ir más allá de este cabo y subiendo hacia la ruta de la India. Las vistas de playa Dias son una pasada. Esta playa salvaje es accesible tras una caminata, pero nosotros nos limitamos a disfrutar de sus vistas desde lo alto ya que no teníamos tiempo para ello si queríamos completar toda la ruta que habíamos planeado. 

Volvimos por la carretera sorprendiéndonos de la cantidad de babuinos y como intentaban acercarse al coche sin ningún rubor. Pusimos rumbo a la famosa playa Boulder para observar sus famosos pingüinos africanos, por cierto, los únicos que viven fuera del Polo Sur. Se trata de una playa de arena rodeada de grandes rocas de granito donde habita una colonia de estas simpáticas aves. Gracias a pasarelas de madera podemos observar hasta los nidos con los huevos y los respectivos progenitores defendiéndolos a graznidos si otros pingüinos se acercan. El control de la pesca de sardinas y anchoas en las aguas cercanas ha permitido que la población de estas aves se recupere aunque sigue estando en peligro de extinción. Uno de los tramos de la playa es de acceso libre al nado y allí es posible bañarse al lado de los pingüinos más atrevidos que se salen de su santuario y curiosean a los humanos sin ningún miedo. Nosotros no nos bañamos porque a pesar de ser el verano austral las aguas estaban heladas por las corrientes del Polo Sur.

Seguimos remontando la península del Cabo a través de la impactante Chapmans Peak Drive (la carretera M6) bordeando el Atlántico por un lado y con grandes montañas al otro, parando a comer en la bella bahía Hout y específicamente en Fish on the Rocks, un local famoso por su fish and chips de pescado y marisco fresco, del día, y que se consideran como el favorito de África (o al menos así lo anuncian en grande en su cartel). Pedimos el combo que incluye un pescado empanado tiernísimo, unos calamares a la romana deliciosos y unos gambones a la parrilla con peri peri (picante africano) que son de los mejores que he probado en mi vida tanto por calidad como por textura y sabor. Un must de Ciudad del Cabo que recomiendo encarecidamente.

Finalmente, acabamos el día relajándonos en Clifton Beach, una de las mejores playas de la ciudad, de arena blanca, dividida en cuatro secciones por enormes bloques de granito. Eso sí, sin bañarnos: como he señalado antes, las aguas estaban heladas, especialmente para un mediterráneo como yo. En verano su temperatura está por debajo de los 10 grados. No es hasta el invierno cuando las corrientes aumentan estas temperaturas hasta los 20 grados haciendo posible el baño. De Clifton me gustaron mucho las casitas que se amontonan entre la carretera y la playa, cuyos estrechos pasajes y escaleras hay que cruzar para llegar hasta la costa. Estas casas originalmente se construyeron por la municipalidad para los soldados retornados de la Primera Guerra Mundial. Hoy en día son de las casas con el metro cuadrado más caro de Sudáfrica por la privilegiada situación geográfica y sus inigualables vistas.

Esa noche cenamos en uno de los locales de moda de la ciudad: Asoka, donde es recomendable reservar ya que el lugar está siempre lleno, y no por casualidad. Además del excelente ambiente y del rápido y amable servicio, la comida es deliciosa. Se sirven tapas que se agrupan en el menú bajo aquellas de la categoría "agua" (pescado/marisco), "aire" (aves), "fuego" (vacuno/cordero) y "tierra" (vegetales/quesos). Recomiendo especialmente el filete de avestruz, la polenta frita con trufa y los tacos de atún. Cuentan con una carta de vinos de todo el mundo a precios razonables, pero lo mejor es optar por uno de los Sudafricano, especialmente porque Ciudad del Cabo está rodeada por viñedos con fama mundial. Música en directo y ambiente impecable.

Escalada a Table Mountain

Al día siguiente, aprovechando el buen tiempo, decidimos hacer la escalada de Table Mountain, el icono de la ciudad. Y lo hicimos a través de la garganta de Platteklip, una de las rutas más largas pero que permite disfrutar mejor de los impresionantes paisajes y naturaleza. Por ejemplo, de la serpiente gigante que nos cruzamos en el camino. En el parque viven hasta seis tipos de serpientes, tres de los cuales altamente venenosas. Nos dio un buen susto.

En la cima las nubes nos atravesaban con su característica humedad que helaba los huesos. Por la cima pasaban aves de todos los colores y vivían unos simpáticos mamíferos, los damanes del Cabo, muy parecidos a las marmotas, que iban de aquí para allá con sus crías. Las vistas eran inigualables.

Como estábamos hambrientos, comimos en el restaurante de la cima, que para nuestra sorpresa fue bastante bueno y no excesivamente caro, con comidas caseras y una gran variedad de platos sanos para elegir, muchos de los cuales típicos de la gastronomía sudafricana.

La bajada la hicimos en el teleférico porque estábamos agotados. Está bien porque el suelo de la gran cabina va rotando, permitiendo a todo el mundo disfrutar de todas las vistas.

La cena la hicimos en un local popular de la ciudad para probar el bocadillo más mítico de Ciudad del Cabo: el Gatsby. Para ello fuimos a uno de los locales donde mejor lo preparan, el Golden Dish. Es un bollo de pan de medio metro con carne de pollo o res especiada con masala y a la brasa con patatas fritas, salsas, tomate, cebolla, lechuga y pepinillos. Imposible acabárselo.

Navegando a la isla Robben 

La isla Robben es otro de los patrimonios UNESCO cerca de la ciudad. Desde el Victoria and Albert Waterfront salen los ferrys cada pocas horas a la isla Robben, fue utilizada en diferentes épocas, entre los siglos XVIII y XX, como prisión, base militar y hospital para grupos catalogados como socialmente indeseables. Los edificios de la cárcel de alta seguridad para presos políticos, constituyen un testimonio de la opresión y el racismo que imperaban antes del triunfo de la democracia y la libertad.

Recomiendo reservar la visita al menos con un día con antelación puesto que los tours suelen ir llenos. Nosotros llegamos temprano ese día pero al no tener entradas compradas por Internet solo quedaban plazas para el último barco de las tres de la tarde. Mientras esperábamos fuimos a ver las tiendas de productos de diseño que se alojan en los antiguos tinglados portuarios y sobretodo el mercado de comida con puestos ofreciendo las gastronomías que se han cruzado en el país: desde las traídas por los inmigrantes portugueses, holandeses o británicos hasta las influencias asiáticas de indios y malasios junto con los ingredientes platos de sur del continente africano. Por cierto, un dulce que no os podéis perder en Ciudad del Cabo: la cremosa Milktaart. Al acabar nos paseamos por la plaza Nobel para ver las estatuas de los diferentes ganadores de Premios Nobel de la historia de Sudáfrica.

Se empieza en una pequeña exposición en el muelle y de ahí salen los barcos en un trayecto de unos 40 minutos que nos dejará en una isla en la que aún viven algo más de 400 personas. Tras llegar a la isla, nos recogió un autobús con un guía que va explicando algunos de los principales puntos de este anteriormente terrible lugar.

El pueblo, construido en el siglo XIX, cuenta con una pequeña iglesia anglicana, decenas de casas de todos los tamaños, un pequeño faro, restaurantes, el cementerio, la escuela, una sala de eventos y hasta un club de campo con pistas de tenis. El bus recorre algunos de los principales puntos, muchos de los cuales abandonados o destartalados. Destaca la mansión de la isla que acogió a personalidades como Hillary Clinton o Lady Di. Allí se pueden disfrutar de unas maravillosas vistas de Table Mountain.

Lo que empezó como una comunidad de leprosos, mutó en el siglo XX a una prisión de máxima seguridad. De hecho, tras la visita al antiguo pueblo empieza la parte dura de la visita, donde nos adentramos a la antigua cárcel explicada por un antiguo preso político, lo que la hace aún más significativa. Allí nos muestran las celdas comunes y las individuales, en una de las cuales pasó años encerrado Nelson Mandela, como muchos otros, por simplemente pedir el fin del régimen del Apartheid y una democracia efectiva. También visitamos la cantera del siglo XVII, que durante los años 60 fue explotada con mano de obra esclava a través de trabajos forzados a los que obligaban a los presos políticos bajo el riesgo de ser disparados si no se esforzaban lo suficiente. Una de las torturas a las que sometían a los presos era pasar largas horas al sol sin gafas de sol por lo que la mayoría de los antiguos prisioneros, incluido el propio Mandela, padecieron de cegueras parciales el resto de sus vidas. La cárcel se cerró en los años 90 con la liberación de los últimos presos políticos.

En cualquier caso, la prisión es uno de los mejores símbolos mundiales del triunfo de la libertad y la democracia sobre la opresión y por ello la UNESCO la catalogó como Patrimonio de la Humanidad.

Esa noche cenamos en uno de los restaurantes que más me ha gustado hasta el momento: el Macau. Decoración perfecta, personal súper amable y una carta deliciosa con especialidades chinas, japonesas y fusión con elementos portugueses. Los dumplings de espinacas y queso son únicos. Pedimos tres entrantes y dos principales y estaba todo buenísimo. También el vino que nos recomendó el camarero.

Descubriendo el centro de Ciudad del Cabo

La última mañana antes de poner rumbo al aeropuerto la dedicamos a descubrir el centro de la ciudad, con sus rascacielos y edificios de los años 20. Desayunamos en uno de los sitios con mejor café de la ciudad, Truth Coffee Roasting, y luego dedicamos la mañana a deambular por las concurridas calles del centro, arboladas y animadas, destacando la mítica Long Street, donde se concentran muchos de los bares y pubs de la ciudad. Muy interesante el arte urbano que aparece a cada paso. Contrasta este barrio con los enormes rascacielos acristalados de las grandes consultoras y bancos en De Waterkant o las casitas de colores del barrio musulmán de Bo-Kaap a los pies de la alta Signal Hill.

Por las calles y avenidas de la zona podréis leer la historia de cada una de ellas en lo referente al terrible periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial y como la leyes del Apartheid expulsaron a miles de personas de sus hogares para separar a los blancos europeos del resto en un modelo de sociedad injusto y felizmente fracasado.


Ciudad del Cabo es una ciudad maravillosa. No cabe duda de porque es uno de los destinos de vacaciones preferidos de la creciente clase media del continente africano. Y tampoco de porqué atrae a miles de estudiantes de inglés cada año y a turistas de todo el mundo. Me dejé tanto por ver: los excelentes viñedos y bodegas de los valles interiores, el monumento de estilo brutalista a la lengua Afrikaans, el Museo de Arte Contemporáneo de África Zeitz... sin duda volveré a Ciudad del Cabo algún día. Una de las mejores gastronomías que he probado, precios más que razonables y una oferta cultural y de ocio sin igual. Por no hablar de los impactantes paisajes.

diumenge, 17 de març del 2019

Johannesburgo

La ciudad más rica de África

Johannesburgo, la capital económica de Sudáfrica (la política es Pretoria), es también la ciudad más grande y rica de África. A la ciudad se la conoce por múltiples nombres: JoBurg, Jozi o JHB. Es curiosa, diferente a cualquier otra, aunque se parece a muchas ciudades norteamericanas por su estructura urbana donde por desgracia el coche es casi imprescindible. Es enorme y caminarla se hace complicado, más allá de paseos que podamos dar por determinadas zonas, muchas de ellos "privatizadas". Contrastan sus barrios de rascacielos como Braamfontein con los de elegantes mansiones como Rosebank. 

La visité por primera vez en pleno verano austral, a mitad de febrero, con unas temperaturas muy agradables, entre 30 y 15 grados, y un tiempo soleado, excepto una de las noches que descargó muchísima agua una potente tormenta de verano.

 Aprovechando ese buen tiempo, el primer día almorzamos en una terraza de Milpark, una antigua zona industrial ahora arbolada con tiendas de ropa de diseñadores independientes y cafés de comida sana. En concreto, probamos el delicioso Salvation Café, perfecto para un brunch saludable con las verduras y hortalizas como protagonistas.

Tras darnos una vuelta por el barrio de nuestro apartamento, nos dirigimos a la concurrida calle Siete de Melville, una antigua zona deprimida que ahora bulle con restaurantes a la última y tiendas de diseño independientes, esta vez de muebles y objetos de decoración.

Cenamos en Lucky Bean, donde todos los platos se basan en las legumbres locales. Tiene una decoración curiosa iluminada por velas en un entorno calmado donde saborear algunos platos sudafricanos cocinados con ingredientes frescos. Cuenta con muchas opciones vegetarianas como la calabaza asada con queso fresco local, sublime. De platos principales, el pollo asado al limón no estaba mal pero de sabor algo aburrido. Lo que si estaba buenísimo eran las boerewors (unas salchichas afrikaneers, es decir, de los europeos africanos) y el umngqusho (unas legumbres locales con unas salsas de tomate y cebolla con chakalaka). 

Tras la cena, el ambiente anima a tomarse algo en alguno de los locales de la calle Siete llenos de gente disfrutando de la noche. Es increíble lo barato que es beber en JoBurg: un gin tonic con ginebra de calidad local, bien hecho con su ramita de romero y su pimienta cuesta menos de 4 euros. Y por no hablar de los excelentes vinos sudafricanos.

De Rosebank a Soweto

La mañana siguiente la empezamos temprano yendo al elegante barrio residencial de Rosebank, donde se coge la línea verde del bus turístico que recorre los puntos más importantes de la ciudad, junto con la línea roja. Rosebank es el barrio más arbolado de la ciudad y por tanto donde mejor se aprecia el hecho de que a JoBurg se la considere como el mayor bosque creado en el mundo. Todos los árboles de la ciudad y alrededores han sido plantados por el ser humano, ya que antes de ser una ciudad, esto era un páramo. El punto más importante de Rosebank es el zoo y el parque del lago, fundado en 1904 gracias a la donación de uno de los vecinos más ricos de la época, que puso como condición de que lo disfrutaran todos los habitantes de Johannesburgo gratis. Esto hizo que el lugar fuera de los pocos entornos públicos que no se sometieron a las inhumanas leyes del Apartheid que rigieron entre 1948 y 1992. Con el fin de evitar que la población negra y asiática acudiera al parque, ya que legalmente no podía prohibirlo en cumplimiento de dicha condición del donante, el gobierno del Apartheid declaró a las zonas residenciales más cercanas solo para blancos y se dificultó el transporte público para llegar al parque.

El autobús recorría los bellos bulevares de este barrio de élites para acabar subiendo hasta lo alto de la Constitution Hill, donde intercambiamos al bus rojo. En este nuevo recorrido vimos la moderna Corte Constitucional y nos adentramos en los barrios centrales de la ciudad, llenos de rascacielos de estilo brutalista, destacando la torre Ponte o el Carlton Centre, que desde 1973 es el edificio más alto de África con 50 pisos. El distrito minero, germen JoBurg, que surgió por la atracción de miles de personas que buscaban las oportunidades creadas por las minas de oro que rodeaban la ciudad. Ahora es un barrio de edificios elegantes y altísimos rascacielos, muchos de ellos vacíos. En muchas de las calles aún se conservan las torres metálicas de las antiguas minas y también se han instalado monumentos a los mineros que murieron en las profundidades. Otro de los monumentos que destacan es el dedicado al joven Ghandi como abogado que ejerció parte de su carrera profesional en el país africano y que experimentó en primera persona las injusticias del Apartheid, cuando le prohibieron subir por el ascensor principal de un edificio de oficinas, ya que el no era de raza europea.

El autobús continuaba su ruta saliendo a los barrios periféricos de la ciudad, alrededor de los cuales se ven numerosos montículos amarillentos, que son en realidad montañas de tierra sacada de las excavaciones mineras del que fuera uno de los yacimientos de oro más importantes del mundo. El autobús continúa hasta llegar al Casino y Hotel de Gold Reef City, un parque de atracciones dedicado al mundo de la minería donde se puede visitar una mina de oro real.

Allí volvimos a bajar para tomar el minibus que nos llevaría a la mega ciudad de Soweto, acompañados de un residente de esta peculiar zona. Aunque antes paramos ante el bello estadio del FNB, donde España ganó su primer mundial. El recinto, que es el estadio de fútbol más grande del mundo, imita una calabaza sudafricana, usadas para fermentar cerveza tradicional, representada en las ondulaciones amarillentas de la cubierta. La fachada está recubierta de diferentes azulejos con tonalidades rojas, anaranjadas y amarillentas.

Recorriendo Soweto

Este barrio hecho de casas iguales construidas por los sucesivos gobiernos, se levantó para recolocar a la población negra expulsada del centro de la ciudad. Tradicionalmente fue un barrio pobre y marginado, que fue creciendo hasta contar ahora con millones de vecinos. Tras el find del Apartheid, allí se construyó uno de los hospitales punteros del país, se reordenó el transporte público y se mejoraron los equipamientos con escuelas, bibliotecas y estadios deportivos. Visitamos alguno de los puntos más importantes de la zona como las torres Orlando. Estas torres, que fueron una central eléctrica de carbón, se desactivaron en los 90 y se reconvirtieron en un centro de ocio. Se pintan cada cierto tiempo con grandes murales (una de las torres sufragada por publicidad) y entre ellas se colocó un puente para todo aquel que quiera probar el lanzarse con cuerdas.

También visitamos el Memorial de Hector Peterson, una plaza ahora con monumentos y frases que recuerdan la lucha contra el Apartheid que empezó justo allí con la revuelta de miles de jóvenes estudiantes de Soweto que, enfadados con las clases masificadas y las malas infraestructuras con las que contaban en comparación con los blancos, decidieron no callarse ante la imposición finalmente del Afrikaans como lengua única de enseñanza, marginando el zulú, el inglés y otras lenguas africanas, lo cual aumentaba aún más sus desventajas en el sistema educativo. Ese primer día de protestas la policía del régimen del Apartheid las reprimió con perros y armas, matando a muchos, incluido al propio Peterson de 13 años, que ahora cuenta con un memorial sobre todos esos terribles hechos.

Más adelante, podréis caminar por la animada calle Vilakazi, la única del mundo en la que vivieron dos premios Nobel: Nelson Mandela y Desmond Tutu. Allí se encuentran sus dos casas familiares. La de Mandela se ha reconvertido en un museo que se puede visitar.

El Museo del Apartheid

Tras la visita a Soweto, volvimos a Gold Reef City donde al lado se encuentra el Museo del Apartheid, sumamente interesante. De hecho, si solo tenéis tiempo para visitar un museo de la ciudad, os aconsejo encarecidamente que sea este. Además del propio diseño del edificio en sí, el museo ofrece la historia de como se estableció, se luchó contra y se abolió el sistema del Apartheid, en el que se separaba a blancos o "europeos" del resto: negros, colorados, asiáticos... etc.

Con la entrada, te clasifican de forma aleatoria como europeo y no-europeo, entrando por lugares diferentes de las personas con las que estés visitando el museo, para experimentar, aunque brevemente, las sensaciones de aquella sociedad racista del siglo XX. Fotografías, vídeos y todo tipo de objetos (incluyendo un gran vehículo antidisturbios con el que la policía reprimía las protestas contra la segregación) forman un interesante recorrido a través del cual entenderemos mejor lo que pasó en Sudáfrica desde la II Guerra Mundial hasta la aprobación de la Constitución de 1996 y como se resolvió una situación de fractura social tal con elementos clave como el trabajo de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. 

La cuna de la humanidad

Otro lugar interesante que visitar es alguno de los sitios de las excavaciones de homínidos fósiles alrededor de la ciudad, donde se cree que vivieron los primeros humanos. De hecho aquí se encontró, en 1924, el célebre cráneo fósil de Taung, perteneciente a un espécimen de australopiteco africano. El valle de Makapan está lleno de grutas con vestigios arqueológicos que atestiguan la presencia de un asentamiento humano de 3.300.000 años de antigüedad. Los fósiles encontrados han permitido obtener pruebas de la domesticación del fuego por parte del hombre en una época cuya antigüedad oscila entre 1.800.000 y 1.000.000 de años. Estos lugares fueron declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

Empezamos la visita al centro de visitantes de Maropeng, donde un moderno museo explica el origen y evolución del ser humano, con un recorrido en barca por un túnel de los cuatro elementos muy bien hecho, y una pasarela giratoria del origen del universo que marea mucho. El edificio está parcialmente cubierto por hierba y en los alrededores hay serpientes, así que cuidado. A la entrada del mismo existe una gran colección de esculturas metálicas a tamaño real con estatuas de los hombres y mujeres que fueron clave en la lucha por la libertad de Sudáfrica, encabezados por Mandela pero al que le siguen personalidades de todo tipo, donde a mí me llamaron la atención Fidel Castro y Olof Palme, por su papel clave en el bloqueo al régimen del Apartheid y su apoyo a una Sudáfrica unida.

Muy cerca se encuentran las cuevas de Sterkfontein, donde circuitos guiados con casco nos adentrarán en las profundidades de la tierra, para admirar gigantescas estalactitas y estalagmitas, además de un lago subterráneo de aguas cristalinas que se cree tiene kilómetros de profundidad (los submarinistas que han intentado llegar al fondo nunca han llegado a él). En estas cuevas es donde por ahora se han encontrado los fósiles de seres humanos más antiguos y esto se debe a que cayeron accidentalmente en ellos (por las altas hierbas que cubrían alguno de los agujeros) y gracias a las condiciones de temperaturas y humedad, los huesos acabaron fosilizados.

Gastronomía de calidad

El último día nos paseamos por el mercado del fin de semana que se localiza en uno de los rascacielos abandonados de Braamfontein, donde se puede degustar comida de todos los países del mundo, escuchar jazz y músicas africanas en directo o comprar decenas de productos artesanales en su mercadillo. Además, el propio Braamfontein cuenta con rascacielos con diseños curiosos o arte urbano en sus paredes. Destaca el perfil de una mujer realizado con cientos de platos de diferentes tamaños en tonalidades del blanco al azul oscuro y algunos tonos amarillos.

Cenamos en Urbanologi, situado en una antigua fábrica. Este amplio local produce sus propias cervezas y todos sus platos usan ingredientes que se cultiven o críen a menos de 2 horas en coche de Johannesburgo. Además de pedir la muestra de cervezas para probarlas, también optamos por tapas variadas, de las que la tempura de shitake destaca por su sabor. El resto estaban buenas pero no sobresalientes. Descartad la ensalada con yogur de cabra, no vale mucho la pena. El postre de helado de rosas con ruibarbo fresco estuvo bien.

Johannesburgo es una ciudad con muchas atracciones, una gran oferta cultural, un panorama gastronómico muy bueno y una corta pero fascinante historia de lucha por los derechos civiles. Es también el mejor ejemplo de convivencia de la nación arco iris que es Sudáfrica, con sus iglesias, sinagogas y mezquitas conviviendo en paz, y con un crisol de razas que sigue luchando día tras día por coser las heridas que el Apartheid dejó. 

diumenge, 3 de febrer del 2019

Balance de un sedentario 2018

2018 fue mi año más sedentario en 10 años, sobretodo por motivos profesionales: aposté por un objetivo y en ello estoy. Aún así, hice algunos viajes tanto por ocio como profesionales. Y no sólo por Europa: también estuve en dos países africanos. El año empezó en Valencia, algo ya de por sí extraño en mis últimos años, pero es que tenía visita de amigos. Pero tan pronto se fueron, enseguida viajé a Nápoles, donde además de disfrutar de su gastronomía y oferta cultural, pude visitar las ruinas de Pompeya y subir a la cima del mítico volcán Vesubio. 

Pocos meses después estuve una semana en Estambul, ciudad que frecuento bastante en los últimos años, y que nunca decepciona. Es tan grande y con barrios tan diferentes, que es imposible aburrirse. Una ciudad entre dos continentes y que ha sido capital de tres imperios: nunca decepciona.

En junio me tomé unos días en Bucarest, una ciudad que me sorprendió para bien. Arquitectura, ambiente nocturno y una gastronomía tradicional muy interesante a buen precio. También pasé unas horas en Craiova, una plácida ciudad de provincias rumana. 

Y ya en julio, estuve dos semanas en Cabo Verde, donde pude conocer dos de sus islas principales: las de Santiago y Sal. Una joven democracia africana de renta media muy interesante de descubrir. 

En noviembre hice una escapada a Fez donde pude desconectar, aprovechando la magia de su gigantesco zoco, su arquitectura impresionante y su gastronomía deliciosa. Marruecos es el lugar más cercano a Valencia que permite pasear por una realidad que pareciera situarse no sólo a muchos miles de kilómetros más de los que realmente está, sino también a muchas décadas atrás.

Finalmente, los últimos días de 2018 los pasé en Bolonia, Florencia y Roma, entre amigos, buena comida y mucha arquitectura. Italia nunca cansa: allí fui el primer mes del 2018 y también el último.

2019 tiene pinta de ser aún menos viajero que 2018. Parece que poco a poco voy dejando la vida nómada que he llevado estos últimos diez años. En cualquier caso, seguiré viajando en cuanto pueda, porque la pasión de conocer el mundo nunca desaparece del todo. Y lo seguiré contando por aquí.

dissabte, 1 de desembre del 2018

Fez

La antigua capital imperial de Marruecos

Durante 1.200 años, Fez fue el centro cultural, religioso e intelectual de esta región del mundo, especialmente tras arrebatar a Marrakech la capitalidad del sultanato en el siglo XIII. Capitalidad que perdió cuando el Imperio colonial francés la trasladó a Rabat en 1912. Con casi tres días enteros en Fez, mi plan original era dedicar uno a hacer una excursión a Meknès y las ruinas romanas de Volubilis. Desistí al poco de llegar: hay muchísimo que ver, hacer y probar en la mayor medina del mundo. Y eso sin contar con su curiosa "Ville Nouvelle", llena de bellísimos edificios art-déco. Así que como lo que buscaba era más relajarme, cancelé la excursión para otra ocasión y me centré en descubrir la tercera ciudad de Marruecos.

Fès-el-Bali

En este gran barrio amurallado conocido como la medina alquilé una casa con el fin de poder aprovechar al máximo de algunas de las  9.500 callejuelas que la forman. Se trata de la mayor área peatonal del mundo. Si dejamos de lado la electricidad, todo lo que hay en Fes El Bali parece de otro siglo. La gigantesca medina puede llegar a ser abrumadora en ocasiones: abarrotadas tiendas con productos de todo tipo que incluyen gallinas vivas que se matan y despluman en el momento, burros cargados con mercancías variadas, gatos que se pelean por la basura, carros con frutas de mil colores, montañas de aromáticas especias... uno siente que ha retrocedido siglos a tan solo un corto vuelo desde Europa. Una de las cosas que más llaman la atención a cualquier visitante es asomarse a alguno de los balcones que dan a las curtidurías, con sus grandes pozos de tinte. Olores intensos de los diferentes materiales usados (destacando el amoniaco de los excrementos de las palomas) se mezclan con los vivos colores de cada pozo.

La medina es un festival de sonidos: desde el cacareo inocente de las gallinas hasta la llamada a la oración de los imanes desde lo alto de los minaretes. Pero también de colores: alfombras, babuchas, especias y lámparas doradas. Y sobretodo, es un festival de olores: de las fragancias del clavo, la hierbabuena y la menta, hasta el anís estrellado, la canela, el cardamomo, el jengibre o la páprika. Y por supuesto el pan recién hecho, de decenas de tipos: de maíz, de cebada, de trigo duro, el tafarnout, la kessra, el msemmen, la rziza o el baghrir (crêpe de los mil agujeros). Eso sin contar con los encurtidos de olivas de decenas de clases, o las pieles secas de limón, sandía o naranja. Por no hablar de los pétalos de rosa, el agua de azahar o las decenas de perfumes orientales que aquí se venden: desde la cara madera de Oud desprendiendo su fuerte fragancia al quemarse pasando por el sándalo o el picante olor del azafrán persa. Por supuesto, no todo son olores agradables: también conviven olores intensos como los ya mencionados de los curtidores o los olores acre de las carnes de animales recién sacrificados.

Fez fue la cuna del nacionalismo marroquí. De hecho, en una de las casas de la medina se escribió el Manifiesto por la Independencia de 1944, que ahora se puede leer grabado en mármol (en árabe). Aún hoy se respira su antigua grandeza, en el tejido urbano y en los principales monumentos de su medina –madrazas, fondouk, palacios, mansiones, mezquitas, fuentes...

La visita a la medina suele empezar por su puerta más famosa: la Bab Bou Jeloud o puerta azul. Desde allí, dos son las calles principales que nos llevarán hasta el corazón medieval de este gigantesco zoco: las calle Talaa Sghira y Kebira (gran y pequeña cuesta). Ambas empinadas, remontarlas luego es agotador. Vale la pena adentrarse en algunos de los patios que dan a estas cuestas, como el Qaat Smen, o patio de la mantequilla salada, donde además de este producto, las tiendas venden miel, jalea real y otros productos de las abejas. Jalonadas de tiendas tradicionales que se mezclan con restaurantes a la última, también hay varias mezquitas y madrasas a lo largo de las mismas. La más impresionante es la Madrasa Bou Inania del siglo XIV, que contaba con un reloj hidráulico. En ella, pensadores clave con Ibn Jaldún (fundador de la historiografía moderna) pasaron largas temporadas estudiando o enseñando como profesores. Allí se puede ver su gran aula, las residencias de los estudiantes en el segundo piso y su sublime decoración mezcla de azulejos, estucos y madera de cedro.

Ambas calles desembocan en la plaza Najjarine, con su bella fuente y la imponente fachada del que fue el fondouk más famoso de la ciudad. Estos edificios servían para alojar a los comerciantes que atravesaban los desiertos en caravanas. Uno los encuentra a lo largo de toda la ruta de la Seda: los vi en El Cairo pero también en Sheki (Azerbaidján). En Fez hay varios pero el fodouk Najjarine es el más visitado por contener el bello museo de las artes de la madera, donde encontrar desde muebles hasta instrumentos musicales pasando por las tablillas de madera donde los comerciantes fassi escribían las diferentes normas que dirimían disputas mercantiles. Además, el la terraza del foundouk se pueden disfrutar unas agradables vistas de la medina.

Y si uno sigue adentrándose en las callejuelas se perderá por los primeros zocos de la ciudad, que rodean edificios clave como la sublime mezquita Kairaouiine, que puede alojar hasta 20.000 fieles o la zaouya (santuario) de Moulay Idris II, considera fundador de la ciudad. Descendiente del Profeta Mohammed, huyó de los territorios abasíes tras la derrota del chiísimo. En tierras occidentales se alió con los bereberes y fundó la ciudad de Fez, siendo considerado el islamizador de Marruecos. El edificio es impresionante, desde el ricamente ornamentado vestíbulo occidental hasta la simétrica fuente de mármol de su patio o las puertas doradas de su entrada occidental. La zaouya cuenta con el minarete más alto de la ciudad, además de una estructura piramidal de tejas verdes como techo de la gran sala en la que se encuentran los restos de Idris. Alrededor del santuario se encuentran el zoco de los curtidores o "tannerie chouara": vale la pena dar una propina a los pesados vendedores para que os dejen asomaros a las decenas de balcones que rodean las curtidorias para ver sus pozos de colores donde aún hoy se tratan de manera artesanal las pieles de vaca, cabra y cordero con tintes de zumo de granada, semilla de amapola y otras especias.

La medina de Fes experimentó un acelerón en su tamaño y población a medida que los reinos cristianos ibéricos iban conquistando las taifas hasta expulsar a todos los mozárabes la península. Muchísimos antiguos habitantes de Córdoba se reinstalaron en Fez, por lo que casi la mitad de su antigua medina aún se conoce como el barrio andalusí. Hay zocos de todo: desde productos para el matrimonio (donde destacan los enormes baldaquinos usados para trasladar a las novias) hasta zocos de teléfonos móviles de segunda mano o los especializados en todo tipo de hilos y cordones.

Fès-el-Jdid

Este es el barrio de los meriníes que llegaron después. También está amurallado y su zoco es más amplio y ordenado que el de la medina. La estructura recta y con techados de madera me recordaron a los zocos de la península arábiga, como los de Kuwait, Qatar o Abu Dhabi. Y justo pegado a este barrio se encuentra el enorme Palacio Real, con muros de tres pisos. Recuerdo uno similar en Marrakech. Y es que el rey de Marruecos tiene un palacio a su disposición en todas las grandes ciudades del país. Este data del siglo XIV.

Fuera de las murallas de El-Jdid, saliendo por la puerta de Bab Semarine se encuentra Mellah, o el antiguo barrio judío: casi toda su población fue sustituida por musulmanes tras las revueltas árabes de 1956. Los pocos judíos que quedan en Fez (y en Marruecos habían muchos) viven ahora en apartamentos de la Ville Nouvelle. El caso es que aún hoy se siente esa antigua presencia judía en Mellah. No sólo por las dos sinagogas de su calle principal, sino también por la presencia de joyerías y sobretodo por el cementerio israelí que aún hoy se puede visitar. A mi me fascinó la sinagoga Ibn Danan, restaurada en 1999 en la que ya no se celebra. La fuerte presencia policial de la entrada contrasta con la soledad en su interior: no entró nadie más mientras yo la visitaba, guiado por una mujer musulmana. Allí me mostró el hammam subterráneo donde las mujeres se preparaban antes de las bodas judías en la sinagoga o la gran Torah que se esconde tras uno de los monumentales armarios de la sala principal del templo.

La Ville Nouvelle

Fuera de las murallas se encuentra toda esta nueva zona de Fez, construida en la época colonial francesa con el fin de alojar a los burócratas, militares y empresarios galos que se ocupaban de administrar esta región del protectorado marroquí. Es por ello que aún hoy abundan edificios art-decó de los años 20 y 30, sobretodo en las calles de Arabia Saudita y en especial en las imponentes avenidas de Mohammed V y de Hassan II, esta última principal artera de la ciudad, con un amplio paseo en el centro y amplias aceras en ambos lados. En el izquierdo edificios de cuatro plantas con bajos de techos altos soportalados donde aún están los grandes cafés de la época francesa así como cines y hoteles decadentes. Al otro, suntuosos palacetes con jardín, antiguas sedes de la administración colonial y hoy edificios gubernamentales marroquíes. 

Pasear por esta zona de la ciudad me transportó al barrio del Vedado habanero. Uno siente la grandeza perdida de esta ciudad. Ciudades que lo fueron todo y que ahora recuerdan con nostalgia en sus edificios desconchados y comercios y cafés a media luz que ya no son sino una sombra de lo que fueron.

Para descansar del paseo y ver las cosas con perspectiva me subí al Café La Breva, en el séptimo piso de un edificio de oficinas donde poder admirar las vistas de la ville nouvelle. Allí me tomé una infusión de verbena acompañada de un dulce de pannacotta con pasas tras lo que me tomé un taxi que me dejó en uno de los hammams más modernos pero a la vez elegantes de la ciudad: el Nausikaa, por recomendación de mis huéspedes. Primero entras a la sauna turca para que se abran bien los poros. Luego, con el guante de esparto que te compras, alguno de los miembros del personal te exfolia frotándote que hasta duele. Eso lo hacen los marroquíes todas las semanas. No me quedó ni rastro de piel muerta en mis poros. Uno acaba poniéndose aceite de argan en la piel recién exfoliada y espera unos minutos para retirársela. Como nuevo. Esta es la segunda vez que sigo el ritual del hammam oriental: la primera fue en Estambul. 

La gastronomía fassi

Los que me seguís conocéis bien mi fascinación por la gastronomía de cada lugar del mundo. Y la marroquí es de las mejores. Ya lo decía Paul Bocuse: que todas las técnicas culinarias del mundo partían de tres cocinas "madre": la china, la mexicana y la marroquí. Y dentro de Marruecos, existe una gran variedad de comidas regionales que hace del país un paraíso para cualquier amante del buen comer. Eso sí, como ya venía escaldado de mi visita hace cinco años a Marrakech y Essaouira, donde enfermé del estómago, esta vez elegí con mucho tiento los lugares en los que comer: o en casas particulares o en restaurantes con cocinas y reputación impecables. No os asustéis: esto no significa necesariamente ir a restaurantes caros. 

En Fez son varias las direcciones obligatorias para comer bien y a buen precio. La primera es el Café Clock, un gran local situado en un antiguo riad que ofrece una de las mejores cocinas de la ciudad a precios más que razonables. Además, hay actividades todos los días: desde cantos folclóricos de grupos de mujeres los domingos hasta cursos de Henna o cuenta cuentos tradicionales. Las actividades tiene un pequeño coste extra. Está siempre lleno, y no por casualidad. Comí, cene y desayune allí. Todo perfecto. Me gustó mucho el pollo con lentejas sobre cama de rfissa (una especie de pan-crêpe) y también la hamburguesa de cordero con salsa de pepino y menta.

No muy lejos, bajando más la calle Talaa Kebira, se encuentra Le Tarbouche, un local mucho más pequeño y mucho más moderno en cuanto al diseño. Un lugar muy contemporáneo que se mezcla con los tradicionales locales de la Medina de Fez. Sirven cocina fusión internacional con algunos platos locales tradicionales. Probé su tabule (sémola de trigo fría con menta fresca, limón, canela, comino y trocitos de tomate y pepino) que aunque estaba excesivamente frió (pareciera que lo hubieran descongelado) estaba aún así buenísimo. De principal pedí la pechuga de pollo al curry con verduras y chutney de mango: perfecta. Y para beber no os perdáis su limonada casera al romero.

Finalmente, otro de los locales imprescindibles es el Cinema Café, por su magnifica comida, servicio y ambiente. Aquí se ofrece comida marroquí e internacional de gran calidad, con una limpieza excelente y un personal muy amable. Recomiendo para cenar su excelente pastilla: uno de los platos más refinados del mundo. Sabrosa carne de paloma al azafrán, azúcar, cilantro y canela envuelta en hojas de pasta brick. Aunque en este local la hacen de pollo. Y para desayunar los huevos al estilo bereber están deliciosos, aunque algo picantes. 

De comida callejera en Fez, uno tiene que probar los briuats dulces y salados, por ser una especialidad local. Se trata de pequeñas empanadillas de pasta brick (triangulares o en forma de cuadrado). Otra son las fakkas, un pan endulzado con trozos de almendras y otros frutos secos, habitual para acompañar el té.

Finalmente, a través de Airbnb actividades, me apunté a una clase de cocina en una casa particular. Allí, una señora marroquí, traducida por su hijo e hija, me enseñó a cocinar uno de mis platos marroquíes favorito: el tajin de cordero con ciruelas. Que se sirvió con otras muchas cosas. 

Curioso que en esta visita a Marruecos no comí cuscús. Pero seguro que a la próxima cae. Me queda aún muchísimo por descubrir del Reino alauita: desde las grandes ciudades de Casablanca y Rabat a las muy cercanas Tánger y Tetuán. De la histórica Meknès a la azul Chefchaouen. De Agadir a Ouarzazate. Marruecos está muy cerca de Europa, pero es tremendamente diferente.

diumenge, 23 de setembre del 2018

Isla de Santiago (Cabo Verde)

Praia, la capital del Petit Pays

La República de Cabo Verde es un país insular africano frente a las costas senegalesas con diez islas mayores habitadas (menos una) y varias menores deshabitadas. Su territorio está organizado en 22 concelhos o municipios y su capital y ciudad más poblada es Praia, en la isla de Santiago. Allí es donde llegué por primera vez, a pesar de que la mayoría de extranjeros que visitan el país van a la isla de Sal.

Las islas estuvieron deshabitadas hasta que fueron descubiertas en el siglo XV por los portugueses, que las colonizaron para convertirlas en un centro de trata de esclavos. La mayor parte de los actuales habitantes de Cabo Verde desciende de ambos grupos: colonizadores y esclavos, por lo que gran parte de la población es mestiza, como también ocurre en Brasil. Por ejemplo, el Presidente de la República, al que tuve el placer de entrevistar, es mestizo. 

Durante la revolución de los claveles de 1974, los países africanos que eran colonias de Portugal se independizaron, incluyendo a Cabo Verde. El Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde pasó a gobernar ambas ex colonias con el objetivo de crear un único país. Sin embargo, a causa de tensiones políticas el proyecto se abandonó en 1982.  

Actualmente Cabo Verde es un país pequeño (menos de medio millón de habitantes) al que Cesária Évora, la caboverdiana más internacional, dedicó su famosa canción Petit Pays. Es una economía de renta media y también una de las democracias más estables de África. Casi el 90% de su población está alfabetizada. Su moneda, el escudo, está ligado al euro y de hecho, los euros son también de uso habitual. Una cosa que me llamó mucho la atención son las buenas carreteras con las que cuenta tanto la isla de Santiago como la de Sal, donde fui después.

Achada de Santo Antonio: mi primera cachupa

La primera semana la pasamos en el Hotel Santiago, un hotel de negocios de categoría media en Achada de Santo Antonio, que junto con Palmarejo son los barrios de la capital en los que uno pensaría más bien estar en las zonas nuevas de Manises o de Oliva (ciudades medias cercanas a Valencia) más que en una capital africana. Tiendas, restaurantes y bares ocupan bajos de animados barrios de la creciente clase media caboverdiana. 

De los locales en los que comimos y cenamos hay que destacar la Mercearia Andrade en la Avenida Figueira da Foz. Este maravilloso lugar es perfecto para degustar la gastronomía caboverdiana: precios ajustados, menú variado cada día y de calidad. Allí probamos la famosa cachupa, el plato nacional de Cabo Verde, que se toma para comer y cenar, así como para desayunar. En este último caso friendo la cachupa sobrante del día anterior, acompañada de un huevo frito y de linguiça da terra (la salchicha local). El plato consiste en un estofado cocinado lentamente con dos tipos de maíz, tres o cuatro variedades de alubias y pescado o chorizo, salchicha, carne de vacuno, cabra o pollo. Se acompaña de mandioca, ñame y batata a veces en forma de buñuelos. Y con él se bebe el bissap (o hibisco hervido, que en México llaman agua de jamaica). Pedidlo frío y sin azúcar. Además de la cachupa, en Mercearia Andrade también probé la cachupinha (sopa de cachupa), el pastel de atún y otras deliciosas recetas de la gastronomía local como el pollo caramelizado o el atún al grill sin dejarnos sus estupendas croquetas de mandioca y pollo. Fui hasta cuatro veces. No os arrepentiréis. Y no dejéis de pedir sus postres de coco. Por cierto, en el Hotel Santiago, sus pescados a la plancha son también una maravilla.

 El Plato y el paseo marítimo

La segunda semana nos trasladamos al estupendo Hotel Pérola, frente al mar, sin duda el mejor hotel de negocios del país y uno de los mejores de Praia. Sus habitaciones amplias y muy luminosas, modernas y limpias. Su personal es muy profesional y atento. Las vistas desde su piscina preciosas. Y la conexión de wifi muy rápida. En un país donde escasea la energía y el agua potable, el hotel es auto sostenible gracias a la energía generada por placas solares y su propia mini planta desalinizadora con la que obtienen su propia agua potable. Además, está cerca tanto del Plato como de Achada de Santo Antonio, dos barrios clave en negocios y ministerios. Finalmente, su restaurante es magnífico: platos africanos, europeos y latinoamericanos presentados por su chef chileno, con cantidades grandes e ingredientes del día. Destaca la fabulosa langosta.

Uno de los lugares más pintorescos de Praia es el Plato, antiguo centro histórico, con la plaza Alexandre Albuquerque como centro neurálgico. Recuerda mucho a Portugal, con calzada portuguesa y casas tradicionales de colores. En cualquiera de los restaurantes de la peatonal calle 5 de julio sirven menús del día tradicionales y abundantes con ingredientes de calidad y a buen precio.

Allí visitamos la Fundación Amilcar Cabral, padre de la nación caboverdiana. Un amable guía nos mostró vídeos y demás piezas de ropa, objetos personales o libros del antiguo guerrillero, asesinado por los portugueses antes de que Cabo Verde alcanzara su independencia. Cabral tuvo una gran relación con Fidel Castro y Nelson Mandela entre otros, siendo una de sus obsesiones la alfabetización total de los caboverdianos y guineanos.

En mi última noche en Praia fuimos a cenar al Quintal da Música, un local de música en directo muy frecuentado. El servicio es muy amable y atento: de hecho nos tocó una señora muy graciosa que nos traía las bebidas cargando las botellas en su cabeza con mucho brío. Cuando preparó la banana rebozada flambée, también tenía la botellas de aguardiente local sobre la cabeza, incluso mientras flameaba la banana delante nuestro. Nos gustó también la música en directo pero los platos, aunque decentes (sobretodo los de marisco), en general no superan a los de la Mercearia Andrade. En cualquier caso, es un lugar estupendo para una velada entre amigos.

Finalmente, y para una comida rápida, lo mejor es acercarse por las noches al patio al aire libre del Shopping Praia, el único centro comercial del país (muy pequeño) donde encontrar puestos de comida india, italiana, hamburguesas o de pollo frito y degustarlos frente al mar.

Cidade Velha, la antigua capital

Una excursión obligada en Santiago es ir a la antigua capital de las islas. Nosotros empezamos por el fuerte de San Felipe, construido en el siglo XVI y primer complejo militar construido por europeos al sur del Sahara. El fuerte se construyó por orden del Rey Felipe II de España como respuesta a los constantes ataques del pirata inglés Francis Drake. Su estilo es renacentista y tras su reciente restauración luce en todo su esplendor. Las vistas desde lo alto valen la pena.

A continuación, bajamos la montaña para visitar la ciudad de Ribeira Grande, bautizada de nuevo con el nombre de Cidade Velha a finales del siglo XVIII, que fue el primer establecimiento colonial europeo asentado en una zona tropical. Conserva parte de su trazado urbano primitivo, en el que subsisten edificios y espacios como dos iglesias o la plaza del Pelourinho con su rollo de mármol esculpido en estilo manuelino. Este icónico pilar de 1512 simboliza la justicia real ya que era allí donde se ejecutaban las sentencias. Se trata de una columna de mármol blanco de estilo gótico con una base octogonal y el símbolo de los marinos portugueses en lo alto.

En la plaza, frente al mar, hay varios restaurantes, uno de ellos regentado por un canario con muchas cosas ricas que os recomiendo, como los búzios (caracoles de mar) encebollados, sus pescados frescos a la parrilla (de hecho el nuestro lo pescaron ese mismo momento y vimos al pescador pasar con el gigante pez) y de poste el queso de cabra de la isla de Fogo con dulce de papaya.

Tarrafal

Otra de las excursiones para un fin de semana en Santiago es ir a Tarrafal, que según la mayoría de locales es la mejor playa de la isla. Por carretera se tarda algo menos de dos horas y vale la pena pararse a mitad para visitar algunos puntos de interés. Por ejemplo, cuando atravesamos por carretera la Serra da Malagueta, a más de 1000 metros de altura, la niebla intensa impedía ver la carretera. Su bosque, su humedad y sus bajas temperaturas suponen todo un cambio de aires dentro de la propia isla tropical. La carretera atraviesa bellos paisajes de sierras desérticas que contrastan con los verde valles.

Antes de llegar a la playa, pasamos también por el antiguo campo de concentración de Tarrafal, donde el régimen de Salazar encarceló a los guerrilleros independentistas caboverdianos, incluyendo a Cabral.

La playa de Tarrafal es muy bella y de aguas cristalinas, con un paisaje espectacular, pero al ser domingo estaba bastante llena de familias y niños gritando, por lo que no es el plan relajante que uno espera. Comimos en un restaurante con vistas al mar donde la comida estaba bien, sin más.

La vuelta la hicimos por la carretera que bordea el mar y paramos a visitar la comunidad más famosa de los Rabelados, la que está en Espinho Branco. Los Rabelados son una comunidad religiosa católica que, en la década de los años 40, y como respuesta a la llegada de nuevos curas de la congregación del Espíritu Santo, se rebelaron aislándose del resto de la sociedad y rechazando la nueva liturgia. Viven con gran sencillez. En esta comunidad, la más importante, una de sus principales fuentes de ingresos es el proyecto RABELART, diseñado por la artista Misa. Hay bastantes obras de arte a la venta en uno de los espacios de la comunidad. Allí compré una pintura en blanco y negro que me gustó particularmente. 

En general, y desde el punto de vista turístico, me pareció mucho más interesante la isla de Sal que os conté en otra entrada. La isla de Santiago es bonita pero no creo que merezca la pena ir como turista. Quizá las islas de Sao Vicente o Santo Antonio también deben ser interesantes. Si alguna vez vuelvo a Cabo Verde las visitaré. 

divendres, 7 de setembre del 2018

Isla de Sal (Cabo Verde)


La joya turística en Cabo Verde

Sal es la isla más visitada de Cabo Verde y es también la más árida sin llegar a ser desértica. La mayoría de los turistas se concentran en el sur, en el bullicioso pueblo de Santa María, con su preciosa playa de aguas turquesas y su concurrido espigón, lleno siempre de paseantes, turistas y pescadores que siempre sacan algún pez grande del Atlántico. Aunque la capital, y por tanto única ciudad de la isla, es la insulsa Espargos, en el norte.

Pude disfrutar de esta cálida isla durante dos días, aterrizando bien temprano en el aeropuerto internacional Amílcar Cabral, que es el mayor del país. El taxista me llevó hasta mi hotel en el sur por la autopista que cruza Sal, desde la que vi el famoso "león tumbado", una montaña frente al mar con dicha forma. Como el conductor me cayó muy bien cogí su teléfono para explorar la isla al día siguiente con él.

Me registré en el Melià Llana Beach Resort & Spa, un hotel de la cadena incluido en su programa "Adults Only". Venía de dos semanas de trabajo y estudio en la capital del país y me apetecía relajarme sin pequeños correteando y gritando alrededor, al menos por dos días. Interesante que el hotel se llama con el primer nombre con el que los europeos bautizaron a la isla: "Llana" por ser extremadamente plana. 


El Melià Llana Beach Resort & Spa

Desde el momento de mi llegada, el tratamiento fue agradable, rápido y personalizado. Prepararon mi habitación mucho antes de la hora oficial del check-in y me resolvieron todas las dudas de forma rápida y atenta. El resort de cinco estrellas es del concepto "todo incluido" por lo que nada más llegar me pusieron una pulserita que daba acceso ilimitado a multitud de servicios, actividades, comidas y bebidas.

Los buffets son muy variados y en general de calidad, aunque algunos de los platos estaban excesivamente secos, como pasteles o carnes, pero en general el 80% estaban de maravilla. Eso sí, faltaban platos locales: por ejemplo no había cachupa para el desayuno (y es el desayuno caboverdiano por excelencia) y tampoco cachupinha entra la oferta de sopas ni otros platos de la cocina local. Tampoco había para beber sus famoso bissape o alborinha. Ni los quesos locales con dulce de papaya. A mí no me afectó puesto que había disfrutado de las especialidades locales en mis dos semanas en Santiago. Una de las cenas del todo incluido es en el italiano que tienen y es también excelente. Al no ser buffet los platos son de mayor calidad, como en cualquier italiano de gama alta con camareros muy amables y rápidos.

La playa parcialmente privada está fenomenal también, con aguas cristalinas, aunque la pública de Santa María sea más bonita. El hotel cuenta con varias piscinas con bares todo incluido, además de actividades y programas a lo largo del día: desde aprender a cocinar platos caboverdianos hasta talleres de cócteles o diferentes actividades deportivas y culturales. El resort cuenta con una sucursal del Yhi Spa, la marca de centros de wellness de Melià, con saunas finlandesa y turca, jacuzzi y todos los tratamientos a mitad de precio para clientes del hotel. proveché para hacerme un masaje de aromaterapia.

Tortugas bobas (caretta caretta) desovando

Como estábamos justo en los meses en el que las tortugas bobas desovan en Cabo Verde (uno de los tres lugares de la tierra junto con México y Yemen donde lo hacen), esa noche contraté una excursión con un biólogo para verlas desovar. Lo hice a través de la empresa Explore Cape Verde, una de las más reputadas por anteponer el bienestar animal a las necesidades del turista. De hecho, el problema que sufren Sal y la vecina isla de Boa Vista es que muchos turistas van con guías que carecen de conocimientos científicos o directamente acuden a la playa sin guía. Eso hace que utilicen la luz blanca de los móviles (cegando a las tortugas), las toquen o fumen (sin entender cuan sensibles son estos animales a todo ello). Con Explore Cape Verde os acompañan biólogos que sólo utilizarán luz roja (las tortugas no la perciben) y esperan sin acercase a ellas cuando están cavando el nido, ya que de lo contrario podrían estresarse y marcharse de nuevo al mar sin desovar, con el riesgo para sus vidas por la potencial infección de sus huevos en el interior de sus cuerpos. Me explicaron que solo nos debemos acercar cuando empiezan a desovar, por detrás y en silencio, ya que entran en estado de somnolencia o "trance" profundo. Es un espectáculo impresionante. Vi caer huevo tras huevo, agachado muy cerca de la tortuga, viendo como movía sus enormes patas con cada esfuerzo. Tras tapar los 80 huevos que puso, la tortuga volvió al mar levantado su enorme cabeza de tanto en tanto para oler el mar y guiarse. Por eso, ponerse delante de ella puede desorientarla con olores fuertes como perfumes o tabaco.

Lamentablemente habían algunos grupos sin guía de entre los cuales algunos fumaban o utilizaban indiscriminadamente la luz blanca de sus móviles. Los pocos voluntarios caboverdianos que se turnan para evitar este sinsentido no dan abasto para llamar la atención de estos irresponsables. Y lo peor es que no cuentan con autoridad para arrestarlos o expulsarlos. Mi guía-biólogo me explicó como están luchando por aprobar una ley de protección medioambiental en el país que al menos ponga a un policía por noche en la playa durante los meses de desove con el fin de incrementar la protección de las tortugas. Un poco apenado por la situación, me encontré a la vuelta en el hotel con un espectáculo de batuk y funaná, dos de las danzas y estilos músicales caboverdianos.

Explorando el norte de Sal

Al día siguiente, me desperté a las 8 de la mañana para hacer yoga con una profesora de categoría tras lo que disfruté del copioso desayuno, cogiendo fuerzas para el día de exploración del norte de la isla. Mi taxista me estaba esperando para intentar llegar a mediodía a la famosa "Buracona", una formación rocosa al lado del mar en la que se forma una especie de lago cristalino en el fondo de una gruta que suele estar a oscuras excepto durante la hora central del día cuando el sol impacta directamente dando un color zafiro a las quietísimas aguas del fondo. El problema es que había una cola de turistas descomunal. De hecho, tardé una hora en poder verlo, gracias que aún quedaba un pequeño fragmento iluminado por el sol de casi la una de la tarde. Pero valió la pena por la preciosidad cromática, aunque me esperaba algo más relajado, y no un contexto de parque temático donde apenas la puedes disfrutar unos minutos tras interminables colas al sol. Desde aquí también se disfrutaban las vistas del enorme desierto rocoso que es el norte de la isla con el sereno Monte Vermelho en la mitad

De ahí nos fuimos a la bahía de los Tiburones. Por el camino vimos un viejo barco embarrancado que sigue herrumbrándose en silencio. En la bahía, uno alquila por un par de euros unas cangrejeras (si no las tiene, como me pasó a mi) y con un guía se desplaza hasta dentro del mar (cubre muy poco) para poder asomarse a la parte que ya empieza a hundirse a la que cada día se acercan decenas de tiburones, pero son cero agresivos, así que los turistas se plantan a hacer fotos y vídeos sin problemas. De todas formas, para los que tengáis miedo, los tiburones siempre se mantienen a una distancia amplia de las personas.

Pero sin duda, y después de las tortugas, el elemento más espectacular de la isla, y la razón de su propio nombre, son las salinas de Pedro de Lume. Se trata de un lago formado con agua de lluvia en el cráter de un volcán extinguido. La isla estuvo deshabitada hasta que los europeos descubrieron este lago extremadamente salado oculto por altas montañas. Había sal a espuertas fácilmente extraíble por lo que a principios del siglo XVIII empezaron a ser explotadas, abriéndose un túnel entre las montañas para facilitar el acceso al cráter. Ya en el siglo XX se instaló un sistema automático de un kilómetro para extraer la sal más eficientemente y embarcarla sin tener que usar animales.

En 1985 se abandonó el sistema y ahora Pedra de Lume es una de las principales atracciones de Cabo Verde. Además del espectacular paisaje en sí, el lago es muy similar al mar muerto: debido a la alta concentración de sal (8 veces la del océano) uno flota fácilmente, pudiendo tumbarse sobre el agua y relajarse al sol. Eso sí, no os quitéis el calzado puesto que los cristales de sal del fondo podrían dañar vuestros pies. El sistema de desalación sigue a nivel artesanal, con piscinas artificiales donde se evapora el agua para extraer bloques de sal que se usan para spas y tratamientos de belleza o comercializarlos como sal gourmet. También podéis aprovechar para exfoliaros con el barro volcánico que hay por toda la zona. Cubriros bien el cuerpo hasta que parezcáis haberos quemado y dejad secar al sol un rato. Volved al lago para quitaros allí el barro, frotando ligeramente. Se os quedará piel de bebé.

De vuelta a la zona de los resorts en Santa Maria, me di una vuelta por las enormes avenidas vacías que esperan llenarse de más complejos residenciales y hoteleros. Las nuevas incorporaciones son un Hilton (que incluye un casino) así como el Melià Llana (en el que me alojaba) y el Riu Funaná. Pero ya habían desde hace años otros resorts Melià y de empresas locales. El buen tiempo y la concentración de turistas de todo el mundo traídos por touroperadores mantendrá el atractivo de Sal por mucho tiempo. Si os apetece descubrir el África Subsahariana y queréis empezar por un país "fácil", la isla de Sal en Cabo Verde es una buena opción. Naturaleza, playas paradisíacas, animales únicos, una amabilísima población y un tiempo de ensueño os esperan.