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dissabte, 1 de juny de 2013

Estambul


Una ciudad de ensueño

Napoleón Bonaparte dijo que si el mundo fuera un sólo Estado, Estambul sería su capital. En mi opinión de viajero, Estambul es una de las ciudades más agradables de las que he conocido. Fascina que, a pesar de contar con más de once millones de habitantes, Estambul permite andar por casi todos sus barrios, ya que el tamaño de sus calles suele ser pequeño. Su situación entre Asia y Europa le da un encanto especial por la mezcla de culturas, actitudes y arquitectura que la hace única. Los cientos de minaretes que esculpen su horizonte y las grandes masas de agua que la atraviesan acaban de darle esa magia única.

Mi primera vez en la antigua Constantinopla fue por motivos de trabajo. La empresa para la que empezaba a trabajar me alojó en un hotel situado en el corazón de Sultanahmet, el barrio más histórico de la ciudad. Aquí se encuentran a tiro de piedra la mayoría de principales monumentos de la ciudad, empezando por Hagia Sophia, que la tenía justo enfrente del hotel.


Basílica, mezquita y museo

Hagia Sophía o Aya Sofya, la iglesia del Sagrado Conocimiento, fue originalmente la mayor basílica de la cristiandad. Su construcción fue por orden del emperador Justiniano, tras el destrozo de las dos basílicas anteriores a manos de diferentes revueltas. El aquella época, el siglo VI, Estambul era Constantinopla, la capital del Imperio Romano en aquel entonces. Tras la conquista de la ciudad por parte de los otomanos, la basílica fue convertida en mezquita, siendo tapadas la mayoría de imágenes de estilo bizantino que la adornaban. La nueva mezquita se completó con la construcción de cuatro minaretes que dieron aún más esplendor al conjunto.

Con la revolución republicana de Mustafá Kemal Atatürk, la nueva república de Turquía que nacía tras la Primera Guerra Mundial inició un proceso de modernización y secularización que llevó, entre otras cosas, a que Hagia Sophia perdiera cualquier significado religioso y pasara a ser un museo. De esta manera, los restauradores pudieron sacar a la luz varios mosaicos cristianos que habían permanecido ocultos durante siglos. Esta agitada historia, da a la construcción una mezcla de elementos cristianos y musulmanes impresionante. A parte de los espacios gigantescos y de la armonía arquitectónica que desprende, Aya Sofía impacta: la imagen de una Virgen con el niño, por ejemplo, está escoltada por dos grandes medallones con frases del Corán en árabe antiguo. Durante su época como mezquita, todas las imágenes se taparon, ya que el Islam prohíbe la representación de animales o personas. Sólo se salvaron cuatro grandes imágenes bajo la cúpula principal, dedicadas a los ángeles. Gracias a una interpretación flexible, los ángeles pueden ser excluidos tanto del género persona como del animal, por lo que permitió mantenerlos visibles en la mezquita.

Al salir, aún fascinado por tanta belleza, vi como empezaban a congregarse decenas de jóvenes manifestantes que pedían que Aya Sofya volviera a ser mezquita de nuevo. La cosa es que me había entrado hambre así que me dirigí a un restaurante cercano, el Buhara Kebab House, el mejor restaurante de Estambul según TripAdvisor. Allí pude degustar un delicioso sis kebap (brochetas de cordero) que venían acompañadas de varios entrantes. De poste, té turco y baklava, cortesía de la casa, algo muy habitual.


El Hotel Ottoman Imperial

Aquella primera vez me alojé una semana en el Ottoman Hotel Imperial, cuyo edificio se construyó a mediados del XIX para ser una “madrasa”, es decir, una escuela islámica. A mediados del siglo XX cayó en el abandono hasta 2005, cuando se reformó y pasó a ser un hotel histórico de lujo. Su restaurante, Matbah, es conocido por servir platos cocinados según las recetas que se conservan de la época de los sultanes, con especial preferencia por aquellas preferidas por Mehmet II.

Las habitaciones cuentan con todo lo necesario para una estancia estupenda en la ciudad, aunque lo mejor es su desayuno: todas las mañanas sirven todo aquello que implica un perfecto desayuno turco, incluyendo una variedad de olivas o el gran panel de cera y miel del que podremos tomar un pedazo y disfrutarlo con alguna de las delicias turcas que se ofrecen. Las vistas estupendas vistas desde el salón donde se sirve el desayuno incluyen vistas de los minaretes de la Mezquita Azul, la cúpula de Hagia Sophia o las aguas del Cuerno de Oro.

Hipódromo, cisternas y la gran Mezquita Azul

Aquella tarde me dirigí al Hipódromo, ampliado por Constantino I en el año 325. Actualmente se encuentra a cinco metros bajo el suelo y sólo se pueden ver la "spina" (la barrera central que separaba el circuito) así como los dos obeliscos traídos de Egipto y la columna serpentina de metal.

Seguí el tour por la Mezquita Azul, que está enfrente. Esta es la única mezquita originalmente construida con seis minaretes en el mundo. Rezuma belleza y armonía en el exterior, con su gran cúpula y sus cupulitas. Atravesé su gigantesco claustro de acceso para admirr los interiores de la mezquita, decorados con diversos diseños gráficos en cerámica muy bonitos. Para entrar hay que quitarse los zapatos y ser respetuoso, especialmente si se encuentran en mitad de uno de los rezos.

Después me dirigí a visitar las cisternas de la basílica, al lado de Hagia Sophia, que también fueron ordenadas construir por Justiniano para proveer de agua a la ciudad. El gigantesco techo se sostiene por más de 300 columnas de 9 metros de alto cada una. La serenidad que reina en el lugar, junto con la tranquilidad que da ver el agua almacenada y los silenciosos peces nadando se rompe por el gran número de turistas que abarrotan las pasarelas. Casi al final, podréis ver que dos pies de columnas son substituidos por la cabeza de Medusa, situada al revés. Según se dice la pusieron ahí para proteger las cisternas del mal. La leyenda dice que la Medusa transforma en piedra a todo aquel que la mire.

En ruta a Taksim

Tras tanta cultura, me decidí por dar un paseo a lo largo de la popular calle Ankara hasta llegar al puente Galata, lleno de familias y jóvenes paseando, abuelitos pescando o gente vendiendo zumos recién hechos de naranja y granada.

Nada más cruzarlo me dirigí al Tünel, la estación de metro más antigua de Estambul y la segunda más antigua del mundo después de algunas de Londres. Con solo dos paradas, esta histórica línea aún conserva el anticuado vagón metálico de color rojo que recorre este túnel. El encanto de un sistema de metro del siglo XIX me cautivó., en un corto trayecto que me dejó justo al principo de la avenida Istiklal. Paseando por ella, uno se da cuenta que Estambul, al igual que Rio de Janeiro, conserva esa antigua grandeza, ahora muy decadente, de los tiempos en que fueron capitales de grandes imperios (el Otomano y el Brasileño respectivamente). Diversos palacios, elegantes y gigantescos, jalonan esta avenida junto a grandes edificaciones burguesas, muchos antiguas sedes de las embajadas, ahora degradados a simples consulados generales. Istiklal siempre está llena de gente caminando, de vendedores ambulantes y del tranvía, que de vez en cuando se tiene que abrir camino entre la multitud, de esos metálicos antiguos que tanto encanto tienen.

Al final de Istiklal se llega a Taksim, una de las plazas más populares entre los habitantes de la ciudad y lugar de encuentro. Único lugar en el que pude ver banderas europeas. A continuación bajé de nuevo a Beyoglu pero desde otro lado, para captar las zonas populares y no turísticas. Y me encantaron. Además de los gatos, que todo lo invaden, es agradable ver los bonitos edificios, las tiendas de diseño creadas por jóvenes estudiantes o a las abuelas que se sientan en sus portales o los niños correteando por el barrio.

Ya al lado del Cuerno de Oro, crucé el puente Galata de nuevo y me compré un bocadillo de caballa recién pescada y asada, de esos que venden en barquitos a la orilla. Buenísimo. Al día siguiente decidí comer Manti, una especie de raviolis pequeñitos con yogur y salsa de tomate. Y como tenía bastante trabajo no pude aprovechar la tarde para hacer turismo.

Más mezquitas, pide y un gran hamam

Al otro día, con algo de tiempo libre, nos fuimos a explorar otra parte de Sultanamhet. Empezamos por la mezquita de Shezade, bella aunque algo más pequeña, construida originalmente para albergar el mausoleo de Suleimán el Magnífico pero que acabó siendo dedicada a uno de sus hijos, Shezade, muerto muy joven, cuyo mausoleo se encuentra en el jardín, junto el de diversos visires y altos cargos de la administración imperial de Suleimán. Pasamos cerca de los acueductos y del Gran Bazar, que ya estaba cerrado. Paseamos alrededor del barrio de Vefa, muy pobre pero con encanto. Cuando ya estaba anocheciendo, llegamos a la mezquita de Suleimán el Magnífico, una de las más bellas de la ciudad. Tras probar nuevas técnicas en la mezquita de Shezade, los arquitectos imperiales se dieron cuenta que podían hacer una cúpula aún más grande, que fue lo que hicieron en esta mezquita. Situada en la tercera colina, la mezquita de Suleimán domina el paisaje del Cuerno de Oro con su turbadora armonía arquitectónica exterior. Su interior en mármol es también bello, por la simpleza y armonía que destila. Las vistas desde la terraza de esta mezquita, con las cupulitas del Gran Bazar y la torre Gálata son preciosas. En el jardín trasero se encuentra la tumba del Sultán Suleimán, uno de los más importantes de la historia del Imperio Otomano, ya que durante su reinado se dobló el tamaño del imperio.

Algo hambrientos nos tomamos un par de pides (pizzas turcas) en la popular plaza de Beyazit y de ahí nos dirigimos a una de las experiencias más genuinas que se pueden tener en Estambul: visitar uno de los famosos hamam o baños turcos. Uno de los más antiguos de la ciudad es el Cemberlitas Hamami, al lado del Gran Bazar, en la calle Divanyolu. Fue diseñado por Mimar Sinan en 1584 por orden de Nurbanu Sultan, la esposa del Sultán Murad III. Se construyó con el fin de poder obtener fondos para financiar una mezquita cercana. Debido a su historia y sus asequibles precios para ser un hamam histórico,  decidimos meternos y conocer esta tradición heredada de los tiempos de los romanos.

Lo primero que se hace en un hamam es cambiarse en una de las salitas y ponerse una toalla de tela y las chanclas. La primera sala es de madera y está dedicada tanto a las salas de cambio (planta superior) como a un pequeño bar de zumos naturales de granada y naranja (planta inferior). Aquí se entra a los históricos baños, que se conservan tal y como se hicieron, empezando por la sala principal, el conocido como cuarto caliente, bellamente decorado con una enorme cúpula central y diversas cúpulas más pequeñas a los lados. Deberemos tumbarnos en la gran zona central, de mármol, muy caliente. Tras sudar un rato en el húmedo ambiente, llegará uno de los trabajadores del hamam (hombres con hombres y mujeres con mujeres, de hecho la mayoría de hamams son separados) y con el guante que nos dieron en recepción empezará a frotarnos de forma contundente para exfoliar nuestra piel.

Tras esto, nos situaremos en una de las bellas fuentes que hay alrededor de la gran sala para retirarnos el jabón y sudor con agua fría mediante unos recipientes metálicos muy bonitos. Luego se pasa a la sala donde un masajista nos dará un masaje de casi una hora con aceite. Sólo lo recomiendo para los que resistáis porque puede ser bastante doloroso. Tras el masaje nos daremos una ducha para retirarnos el aceite y volveremos a la sala caliente para tumbarnos otra vez en la elevada zona central de mármol y relajarnos. Cuando ya estemos listos, volveremos a las fuentecitas para tirarnos agua fría y retirarnos el sudor. Fuera de la sala nos cambiaremos a toallas secas y ya podremos volver a vestirnos en nuestra salita. Una experiencia curiosa pero que encuentro excesivamente cara. Lo mejor es la experiencia de estar relajado en la gran sala caliente, rodeado de los diferentes sonidos del agua y las fuentes y disfrutando de la bella e impresionante arquitectura que os trasladará a la época imperial cuando los sultanes reinaban desde Estambul sobre el inmenso Imperio Otomano.

Perdido en los bazares

Como estábamos muertos del sueño después de la experiencia, nos fuimos a dormir. Mi última tarde en Estambul la pasé visitando los diversos mercados, empezando por el Gran Bazar. Este es el mercado cubierto más antiguo y de los más grandes del mundo. Es divertido perderse por sus pasillos porque tarde o temprano te vuelves a situar, a pesar de sus más de 18 puertas y sus 65 calles. Sus techos, bellamente decorados, son casi siempre iguales. Y en las más de 4000 tiendas se encuentra desde ropa y zapatos a souvenirs, joyas o comida. Pero la verdad es que me gustó mucho más el bazar egipcio, también conocido como mercado de las especias, donde estas se venden a granel junto con hierbas, tés, frutas desecadas, aceites, esencias y delicias turcas de todo tipo. Ambos mercados fueron construidos en el siglo XVI y son todo un festival para los sentidos. También hay un pequeño bazar de los libros. Lo más curioso es que las calles que hay entre estos bazares también están llenas de comercios que abarrotan los bajos de los edificios generando un curioso aunque a veces estresante bullicio.

Por último, di un paseo por el elegante pero decandente barrio de Eminonu y recorrí el parque Gulhane, precioso, a los pies del famoso palacio de Topkapi que visité en mi segunda estancia en Estambul.

Topkapi y Rumeli Hisari

Mi segunda vez en Estambul vine invitado por una amiga turca, que me alojó en su bonito loft de Rumeli Hisari, uno de los barrios más cotizados de la ciudad, con elegantes apartamentos y mansiones a lo largo del Bósforo. Desde las enormes cristaleras de su salón se veían enormes barcos de carga pasar por uno de los puntos estratégicos más importantes del planeta.

Esta segunda vez no iba a dejar pasar la oportunidad de visitar Topkapi, así que la mitad del primer día lo dedicamos a explorar los diferentes patios, pasillos y estancias que forman el antiguo palacio de los sultanes del extinto Imperio Otomano. Durante cuatrocientos años, 25 sultanes se sucedieron en el poder, residiendo aquí su gigantesca corte y administración central. Las entradas a los diferentes lugares son caras en conjunto, así que lo mejor es comprar el pase de tres días que da acceso a otros monumentos y museos de la ciudad, para ahorrar. La visita empieza por la puerta imperial, que danacceso a un gran jardín. El edificio más remarcable de esta primera parte, semi-pública, es la iglesia de Hagia Irene, o la Santa Paz, la segunda iglesia más grande de la ciudad tras Santa Sofía. Actualmente desacralizada, sirve como espacio para conciertos, aunque aún se mantiene una gigantesca cruz en los mosaicos del altar así como inscripciones bíblicas en griego. Esta enorme iglesia formaba el conjunto del enorme santuario construído por el Emperador Constantino I, dedicado a los tres atributos de Dios: Sabiduría (Santa Sofía), Paz (Santa Irene) y Poder (Santa Dynamis). Durante el tiempo de los otomanos sirvió como almacén de armas y posterior Museo Militar. A pesar de que sus frescos y mosaicos ya han desaparecido (excepto el del altar), su magnificiencia aún se aprecia bien. Por fuerta Hagia Irene es como una Santa Sofía algo más pequeña. Seguimos hacia la segunda gran puerta de Topkapi, la de la acogida, con sus torres octogonales que dan acceso al patio de ceremonias, donde se efectuaban los actos más importantes del protocolo imperial. Al lado derecho están las cocinas, donde hoy en día se exhiben varias de las vajillas que se usaron en palacio. Al lado izquierdo se encuentra el bello edificio del Consejo Imperial, hecho casi todo de mármol, con decoraciones en pan de oro que refulgen. A un lado, el Consejo de Gobierno tomaba decisiones ejecutivas tras las oportunas deliberaciones. El sultán no podía estar presente pero tenía una ventana enrejada en la parte superior desde la cual podía escuchar, en secreto, las deliberaciones del Consejo. La sala de al lado es donde se sentaba el Consejo Consultivo, del que formaban parte expertos de diferentes materias venidos de diferentes provincias del Imperio y con diferentes religiones, a los que el Consejo Imperial preguntaba sobre cuestiones que afectaban a sus materias o a sus provincias, para asegurarse que siempre se tomaba la mejor decisión. Este gran edificio está coronado por la torre de la Justicia, punto más alto del palacio de Topkapi. En uno de los anexos hay una sala dedicada a exponer parte de la enorme colección de relojes, sobretodo europeos, con la que contaba el palacio.

Por uno de los lados accedimos a unas escaleras que desembocan en el edificio reservado a la Guardia Imperial, con sus dormitorios comunes, el hammam del que disponían así como la sala de descanso o incluso su propia mezquita. Seguimos la visita atravesando la tercera puerta: la de la felicidad, que da acceso al núcleo del palacio, y por ende del Imperio Otomano: el salón de audiencias o peticiones. El Sultán, sentado en su enorme y confortable trono (casi diría una doble cama King) recibía a embajadores extranjeros, escuchaba las sugerencias y peticiones del Consejo Imperial o se nombraba a generales como jefes de una determinada campaña militar. Por este patio también se accedía al laberíntico harén, zona privada donde vivían las mujeres, niños y los eunucos, criados castrados para evitar tentaciones. El único hombre adulto autorizado a entrar aquí era el propio Sultán, y aquí vivían sus esposas, madre, abuela, tías, hermanas y criadas. En esta pequeña ciudadela había de todo: una bella mezquita, dormitorios, cocinas, hammams, apartamentos privados para la familia directa del Sultán... hasta una piscina. Me encantaron los bellísimos comedores, con fuentes para refrescar el ambiente en verano y grandes chimeneas para el invierno, así como la elegante habitación del Sultán. Pero las salas más especiales son la de la biblioteca y la de estudios, donde los niños se educaban durante años con los mejores profesores del Imperio. Finalmente, el salón del trono deslumbra por su decoración que fusiona lo mejor de las tradiciones decorativas árabe, otomana, francesa, italiana y holandesa del siglo XVIII.

El cuarto patio, con tulipanes en mitad del jardín (símbolo del Imperio Otomano), cuenta con la farmacia, el gabinete médico, el vestidor y otros diversos edificios. Me faltaron por ver numerosas salas de Topkapi, pero teníamos sueño y hambre, así que decidimos parar y dirigirnos al restaurante Konyali, situado a los pies de una de sus murallas, con estratégicas vistas a las tres masas de agua que tocan Estambul: el mar de Mármara, el Cuerno de Oro y el Bósforo. Nos refugiamos del frío con esas maravillosas vistas mientras comíamos nuestra sopa de lentejas, nuestro plato de kofta y todo regado por el sorbete favorito de los sultanes: jengibre, remolacha, zanahoria, limón y perejil.

Volvimos a Rumeli Hisari, y caminando un poquito hacia el norte, en el barrio de Emirgan, se encuentra el Museo Sakip Sabanci, en una villa de 1927. Aquí fue donde el Sr. Sabanci, un exitoso billonario industrial y filántropo turco que viajó por todo el mundo, fijó su residencia de Estambul. Desde fuera, la mansión rezuma elegancia, toda blanca, en lo alto de una colina con vistas al Bósforo. Por dentro, sus grandes salones y comedores están repletos de muebles y cuadros de diferentes épocas. En el piso superior se encuentra ahora una de las mejores colecciones de caligrafía turca, con bellos ejemplos del Corán de diferentes épocas. En las salas del sótano, de nueva construcción, hay grandes espacios para exhibiciones temporales. El día que lo visité había una dedicada a Feyhaman Duran, uno de los pintores turcos más importantes del siglo XX, cuyas obras reflejan la vocación modernizadora de los últimos sultanes, antes de que el Imperio Otomano colapsara tras perder la Primera Guerra Mundial.

Esa noche cenamos en uno de los exclusivos restaurantes de pescado que bordean el Bósforo: el Rumeli Hisari Iskele, con mezzes y platos principales a base de pescados y mariscos preparados de diversas formas según las recetas tradicionales de la ciudad.

Iglesias bizantinas

Al día siguiente desayunamos en un antiguo horno que lleva operando más de 150 años de forma ininterrumpida en el número 47 de la calle (cadesi) Necatibey, donde nos pedimos una ración del tradicional borek kurdo, bien salpicado de azúcar así como otra del borek Kiymali, relleno de carne picada, todo acompañado del omnipresente té en los vasos con forma de pera. Desde allí fui hasta el norte de Estambu, a la Iglesia de San Salvador, hoy en día conocida como Museo Chora o Museo Kariye, muy cerca de la estación de tranvía de Edirnekapi.

La iglesia, que luego fue mezquita y ahora es museo (como casi todas las iglesias bizantinas que aún quedan en Estambul), es considerada como la que tiene los mejores mosaicos de la ciudad. La nave principal estaba cerrada por restauración, pero los mejores mosaicos se encuentran en las naves de entrada y laterales. Realizados en el siglo XIV, estos mosaicos y frescos representan numerosos pasajes de la Biblia con una belleza impactante. El que más me gustó fue el que está en una de las cúpulas, con Jesús en el centro y cada uno de sus "antepasados" en cada uno de los nervios, empezando por el propio Adán. A la salida, en los alrededores, numerosas casas de la era Otomana, en madera, aún resisten en sus calles, reflejando la estética del antiguo Estambul.

Seguí caminando a través de diferentes calles, bastante feas la verdad, hasta llegar a la conocida como mezquita de la Conquista, anteriormente Iglesia de la Bienaventurada Madre de Dios (Pammakaristos), que durante unos pocos años fue sede del Patriarcado de Constantinopla. Finalmente, en 1587, el Sultán Murad III la transformó en mezquita celebrando la conquista otomana de Georgia y Azerbaiyán. Actualmente sólo se puede visitar uno de los pasajes laterales, que contiene también espectaculares mosaicos bizantinos que aún hoy se siguen restaurando.

Aún me quedan por explorar varios museos, otros barrios, cafés y la legendaria vida nocturna de la ciudad, cosas que dejo pendientes para una futura visita. Estambul me fascinó y me sigue fascinando.

1 comentari:

  1. Estupenda entrada de una de las ciudades más especiales que he visitado. Pero si quieres ver el fasto y la pompa otomanas del XIX, cuando era "el hombre enfermo de Europa" es preciso visitar el Palacio de Dolmabahce. En arañas, columnas de órden gigante y suntuosidad tiene la voluntad de superar a Versalles.

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