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diumenge, 5 de febrer del 2023

Albania

El centro de Tirana

Albania ha sido un país que siempre me ha producido gran curiosidad. Un país mediterráneo, pero a la vez, última gran dictadura totalitaria estalinista de Europa hasta 1991. Así que, aprovechamos para visitarlo a finales de 2022, aterrizando en su capital, Tirana, llena de grúas y con rascacielos que crecen y cambiarán su perfil en pocos años, pero aún sumida en arte de ese letargo gris al que la sometió el comunismo durante casi 50 años.

Tirana es una mezcla algo compleja de apreciar, con arquitectura otomana, elementos italianizantes de la época monárquica, racionalismo comunista (especialmente algunos murales chillones, pero sobre todo bloques y bloques de vivienda gris),  y sobre todo, mal gusto de capitalismo desenfrenado con algunos palacetes o edificios modernos muy zafios. 

Habitada desde los ilirios pero fundada como ciudad por los otomanos, su centro sigue siendo la plaza Skandenberg, dedicada a su héroe nacional, noble albanés que consiguió independizar algunas partes de Albania de cualquier control extranjero durante casi 25 años. Su estatua está en mitad de una enorme plaza con partes ajardinadas, rodeada de edificios ministeriales de arquitectura neoclásica de principios de 1920, cuando Tirana se convirtió en capital del Reino de Albania. Otro edificio reseñable es la mezquita de Et'hem Bey, antiguamente la más grande de la ciudad, y símbolo de la convivencia entre religiones, ya que está decorada con pinturas realizadas por artistas cristianos que usaron técnicas normalmente reservadas para iglesias ortodoxas. Su belleza interior es impresionante. Por las mañanas suele estar vacía y no cobran entrada. Todo un tesoro.

Otro edificio que hay que visitar es BunkArt 2, el antiguo búnker del Ministerio del Interior. La Albania comunista fue rompiendo relaciones con todos sus aliados (primero con la Yugoslavia de Tito, luego con la URSS de Jruschev y finalmente con la China de Deng Xiaoping) acusándoles a todos de traicionar a Stalin y sus ideas. Se salió también del Pacto de Varsovia en 1968. Al quedarse aislada, la paranoia del régimen fue tal que Hoxha proclamó la necesidad de ser autosuficientes en términos de defensa y se lanzó a construir más de 60,000 búnkeres de cemento armado para proteger a toda la población ante potenciales bombardeos o invasiones con tanques. La mayoría siguen aún esparcidos por todo el país. BunkArt 2 es uno de ellos, capaz de resistir un ataque nuclear. Ahora acoge un memorial a las víctimas del régimen,  donde se muestran aspectos de la represión usada durante esos oscuros años, además de mantenerse estancias visitables, como los despachos de emergencia del Ministerio del Interior o la habitación reservada al propio ministro durante un potencial ataque.

La plaza, por las Navidades, tenía una feria con todo tipo de atracciones. Además, cada Nochevieja, se llena de personas que vienen a disfrutar del castillo de fuegos artificiales con los que la ciudad recibe el año. Cuidado con los gamberros que tiran sus propios petardos, a menudo de gran potencia y peligrosidad.

Otro de los lugares interesantes del centro, al lado de la plaza, es la "Casa de las Hojas", una antigua clínica pediátrica que fue transformada en la central de la Sigurimit, el servicio secreto albanés de la era comunista. El espionaje sistemático a los ciudadanos que estableció Hoxha se debe en parte al plan de EEUU y Reino Unido de barrer los regímenes comunistas de los Balcanes, y que tenían a Albania como proyecto piloto. La sede, ahora museo, muestra los laboratorios y despachos donde se organizaba el espionaje sistemático, con máquinas fotográficas ocultas en botones, bastones o lámparas desde las que se obtenían fotos que luego se revelaban aquí. También micrófonos o teléfonos pinchados eran frecuentes. La exposición también muestra una sala de una vivienda comunista tipo y los mecanismos de espionaje que podían insertarse en la misma. Sinceramente, un museo bastante interesante. Por supuesto, La Casa de las Hojas cuenta con su propio búnker.

No muy lejos de la plaza, en el Mercado Nuevo, se encuentra Met Kodra, un pequeño local donde, desde 1957, solo se sirve qofta casera, una especie de hamburguesa alargada especiada a la albanesa cocinada al carbón y que está de muerte. 

Blloku

Pero el barrio donde todo pasa en Tirana es Blloku, al sur del centro, antiguo oasis en el que vivían la élite del partido y la burocracia albanesa durante los tiempos de Hoxha y Alia. Antes, solo el aparachtik del partido tenía permitido acceder a este exclusivo barrio. De calles perfectamente delineadas y arboladas, con edificios funcionales y ahora llena de tiendas, bares y restaurantes. 

Pero volvamos unas décadas atrás: Albania fue invadida por la Italia fascista en 1939 y luego liberada por partisanos albaneses del Partido Comunista en 1945. Su líder, Enver Hoxha, proclamó la República Popular de Alabania, impuso un modelo económico estalinista de planificación centralizada, suprimió cualquier propiedad privada y asesinó y concentró a cualquier opositor. Blloku es el sitio perfecto para ver muchos edificios gubernamentales de la época, racionalistas y con murales de realismo socialista. Asimismo, uno de los grandes chalets es la antigua residencia oficial de Hoxha, mansión racionalista hoy cerrada al público. 

Otro edificio icónico es la llamada pirámide de Tirana. Tras la muerte de Hoxha en 1985, su hija promovió la construcción de un enorme mausoleo para su padre con forma de pirámide que no llegó a acabarse. Quedó abandonado y luego se usó como refugio para los kosovares que huían del genocidio serbio. Actualmente está en obras por la Fundación Albanesa-Norteamericana para convertirse en un centro cultural.

Ramiz Alia, sustituto de Hoxha, mantuvo el régimen totalitario pero en 1990 la situación se volvió insostenible, y los albaneses, hartos de privaciones, se refugiaron en las embajadas occidentales, como refugiados. Los frecuentes disturbios y las salidas masivas de albaneses en barcazas hacia Italia forzaron a Alia a convocar elecciones que ganó el Partido Democrático, liderado por el popular cardiólogo Sali Berisha. Pero del comunismo totalitario, Albania pasó de golpe a un capitalismo desenfrenado donde todo valía. Mafias tomaron el control del país generando redes de tráfico de personas, drogas y armas. La esclavitud sexual proliferaba con miles de mujeres víctimas y Mercedes de toda Europa acababan en Albania, robados por esas mafias, convirtiendo las avenidas de Tirana en un atasco permanente. Este caos culminó con la estafa piramidal de bancos falsos que robaron los ahorros al 70% de albaneses tras años de promesas de altos tipos de interés, amparados por una autoridad supervisora totalmente corrupta. De esa época aún se ven palacios "neoclásicos" de muy mal gusto y grandes proporciones por toda la ciudad. Los casinos proliferaron, y la música occidental, prohibida durante cuarenta años, sonaba a todo volumen. 

Este caos hizo que la ONU declarase Albania como estado fallido. El Consejo de Seguridad autorizó una intervención militar y humanitaria multinacional liderada por Italia: la operación Alba. Poco a poco, el país se empezó a democratizar, construir un gobierno sólido y reducir los niveles de corrupción. Estos éxitos permitieron a Albania ingresar en la OTAN en 2014. Ahora, la ciudad está en plena ebullición, en negociaciones para unirse a la Unión Europea, y con rascacielos creciendo como setas.

Blloku es ahora el centro de esa pujante Albania. Es interesante pasear por el barrio por la noche, para asistir a un fenómeno curiosísimo, en el que muchas de sus calles se inundan de coches de lujo (Aston Martin, Porsche, Mercedes, Land Rover...), chicos vestidos con las marcas en grande en sus ropas y chicas con caras llenas de botox y ácido hialurónico. Se forman unos atascos tremendos y sus bares y discotecas se abarrotan de clientes. Algunos de los que valen la pena son Colonial, donde se sirven cócteles de primera categoría, como el "pornstar martini" con maracuyá o el gin tonic con agua de rosas y pétalos. Para bailar la última música electrohouse, lo mejor es dirigirse a Radio, con buenos DJs, donde encontrar a un público moderno y alejado de la ostentación de otros locales.

Y para comer, evitad los locales vistosos y entrad a la Taverna e Kasapbeut, algo oculta, donde uno parece meterse en casa de una abuela albanesa. Aquí, dos hermanas ofrecen el recetario tradicional albanés con recetas de su familia. El pispili, pan de maíz con espinacas, es increíble; por no hablar del fërgëse sin igual, un guiso a base de salsa de tomate, queso "cottage", pimientos verdes y rojos, ajo y hierbas mediterráneas, todo al horno, en el que se moja pan albanés recién hecho.

Algo más alejado de Blloku, al borde del lago artificial de la ciudad, se encuentra Mullixhiu, un coqueto local que imita la Albania rústica, dirigido por el chef Bledar Kola, donde sirve recetas tradicionales reinventadas. Tienen una pasta de maíz que se llama jufka con boletus y queso albanés mishavin muy curiosa. Sus qoftas rebozadas en trahana (una masa de maíz) son muy sabrosas. Y el arapash, una polenta con hígado de ternera estaba buena también. Pero lo más interesante es el postre: una pipa de barro donde beber una suave crema dulce de yogur con kadaif, un postre albanés de pasta filo frita y miel.

Nosotros nos quedamos no muy lejos, en el Hotel Boutique Spa Moncafe, un edificio a la última con muros llenos de plantas colgantes (tanto en el exterior como en los pasillos) y una decoración contemporánea de muy buen gusto, amplias habitaciones con enormes cortinas automatizadas y un desayuno excelente. También cuenta con un jacuzzi y una sauna turca.

Berat

Además, Tirana ofrece la posibilidad de usarse de base para descubrir algunas joyas del país, como Berat, a solo dos horas en coche. La ciudad fue declarada Patrimonio de la Humanidad por ser un ejemplo único de urbanismo y arquitectura otomana, y por ser testigo de la convivencia pacífica de comunidades y religiones diferentes durante siglos. 

Berat nació como fortaleza iliria 400 años antes de Cristo, y luego fue la ciudad griega de Antipatrea y después, romana (Pulcheriopolis). Los eslavos le dieron su actual nombre, llamándola Belgrad (ciudad blanca) que mezclado con el albanés evolucionó hacia Berat. Formó parte del imperio bizantino y finalmente cayó en manos otomanas en el siglo XV. Pese a ello, mantuvo sus barrios musulmán (Mangalem) y cristiano (Gorica), cada uno a un lado del río que los separa. 

Pero es el barrio Kalaja el que hay que ver primero: situado en lo alto y dentro de la fortaleza, aquí es donde vivía la clase alta beratí. Albergó hasta 30 iglesias, la mayoría desmanteladas durante el periodo comunista, cuando Albania se proclamó primer estado ateo del mundo en 1976, prohibiendo toda religión. Se mantuvieron algunas pocas, gracias a que se usaron como almacenes. Pero otras, como la catedral de San Jorge, fueron transformadas en centros de ocio juvenil, añadiéndoles estructuras de cemento armado, perdiéndose tanto el edificio como sus frescos.

Tampoco se salvaron las mezquitas del ateísmo de Hoxha, de las que solo queda algún minarete. Recomiendo contratar los servicios de un guía porque muchas de las iglesias se esconden como casas normales, por ser esta la condición que dieron los otomanos para su autorización. En cualquier caso, pasear por las bellas calles empedradas del barrio, que nos traslada a la época bizantina y otomana, es una auténtica maravilla, sobre todo en invierno, cuando apenas hay turistas. Las vistas desde las murallas son también impresionantes, con enormes picos nevados al final del valle, el río que lo atraviesa o los dos barrios históricos a los pies de la colina.

Al bajar, estaréis en el barrio musulmán, Mangalem, centro de la corriente musulmana bektashi, muy tolerante, cuyos fieles rezan en "teqes" y no en mezquitas. En cualquier caso, frente al elegante teqe también hay una elegante mezquita otomana y no muy lejos, la nueva catedral ortodoxa. Los beratíes son extremadamente tolerantes: nunca se han peleado por motivos religiosos y los matrimonios interreligiosos son frecuentes en la localidad.

Si cruzáis el río, pasead por Gorica, un barrio agradable que cuenta con algún sitio interesante para comer, como Antigoni, cuya terraza ofrece unas magníficas vistas de Mangalem, parte de la ciudad conocida como "de las mil ventanas" y responsable de que Berat haya sido proclamada Patrimonio de la Humanidad en 2008. Allí comimos el famoso biftek berati, carne de ternera empanada con queso derretido por dentro, así como un guiso de cordero horneado en salsa de yogur y exquisitos pimientos verdes rellenos de arroz.

Para el postre, volved a cruzar el puente y dirigíos al moderno bulevar donde el Hotel Pasticeri  Tomori (hotel y pastelería que era propiedad del gobierno en la era comunista) aún sirve sus dos especialidades: el MonBlanc (un merengue súper dulce que los beratís de hace décadas solo podían permitirse en sus cumpleaños) y la zupa, una maicena avainillada con galletas, nueces y un poco de merengue. Aquí empieza el nuevo Berat, desarrollado en las últimas décadas del régimen comunista, que buscaba impulsar el turismo interno y empezó a construir nuevas instalaciones hoteleras como el extravagante Colombo Hotel, que ahora es un establecimiento de cinco estrellas.

Dürres

Otra escapada perfecta desde Tirana es Dürres. A tan solo media hora, esta ciudad portuaria también fue capital de Albania antes que Tirana. Además, cuenta con un anfiteatro romano donde cabían más de 18,000 espectadores, aunque ahora está en bastante mal estado de conservación. Su paseo marítimo es bastante agradable, con restaurantes y tiendas, estupendo para disfrutar de un paseo soleado por el Mediterráneo o degustar alguna especialidad albanesa a base de pescado o marisco.

De Albania me dejo muchísimo pendiente: sobre todo alguna escapada a los famosos Alpes Albaneses, a la prístina Riviera Albanesa al sur o al mágico pueblo de Girokaster. Pero prometo volver.

dilluns, 9 de gener del 2023

Etiopía


Adís Abeba

Etiopía es un país fascinante, aunque su capital no tanto. Como la mayoría de grandes urbes africanas, el interés turístico de Adís es bajo, excepto por la curiosidad inicial que provoca en todo visitante. En cualquier caso, la cuarta ciudad africana y la capital diplomática del continente (sede de la Unión Africana) es una ciudad bastante nueva. Se fundó en el siglo XIX por la reina Taitu, que eligió estos valles para fundar la "nueva flor" o Adís Abeba en amhárico, tanto por su buen clima como por la abundancia de agua. Permanentemente en construcción, con altos edificios en obras y autopistas a medio hacer, Adís cuenta con atractivos suficientes para rellenar algo más que una escala aérea hacia lugares más fascinantes como Gondar o Lalibela.

Nosotros nos quedamos en Bole, el barrio más cercano al aeropuerto, lleno de negocios dinámicos creados por los etíopes más innovadores y con hoteles de estándar occidental. Al lado vimos una importante iglesia etíope ortodoxa: la Medhanealem, con un gran jardín donde está prohibido comer, beber y fumar; y un mercado callejero anexo con cafeterías tradicionales, una detrás de la otra. Todas tienen el suelo cubierto de hierba recién cortada para refrescar y cada puesto quema incienso para perfumar el entorno. Uno se sienta en los banquitos de plástico mientras tuestan el café en una sartén, lo muelen y lo mezclan con agua que hierven en cafeteras tradicionales al carbón. El café ya preparado se sirve en pequeñas tacitas con mucho azúcar y hojas de ruda que se mojan unos segundos para quitar la amargura. Suelen tomar tres tazas y se acompañan de palomitas de maíz. 

Además de estas cafeterías típicas, Bole también ofrece cafeterías modernas como "Cherish Addis", que además cuenta con un laboratorio en su piso superior donde realizar catas. El local ofrece libros y cuadros a la venta. Dirigido por Sara Yirga, aquí se sirve uno de los mejores cafés del país, siempre con la seguridad de que proviene de cultivos en el que las trabajadoras (75% de las recolectoras en el país son mujeres) reciben el salario adecuado y pueden participar en la toma de decisiones de las cooperativas. Otro lugar recomendable es la modernísima cafetería "ADORE", donde además sirven platos etíopes y mexicanos de gran calidad, y postres exquisitos.

Adís también cuenta con museos interesantes. Pero si solo se tiene tiempo para uno, todo el mundo coincide: hay que visitar el Museo Etnológico. Situado en pleno campus de la universidad, se encuentra en el antiguo palacio donde el emperador Haile Selassie vivió casi treinta años. El museo incluye objetos y piezas de artesanía de las diferentes culturas que conforman Etiopía, ordenadas según el ciclo vital: niños, jóvenes, adultos y muerte. En otras salas se mantiene la habitación, vestidor y baño tanto del emperador como de la emperatriz. También hay habitaciones con los regalos que le dieron otros dirigentes internacionales, así como recortes de periódicos o materiales de varios de sus logros, como la fundación de la Unión Africana o de la Ethiopian Airlines. También hay una sala donde se explica la curiosa conexión entre los rastafaris jamaicanos y el emperador etíope, así como una exposición de arte religioso, otra numismática y varias de arte contemporáneo etíope, donde destacan las batallas contra los italianos del siglo XIX. Por supuesto, la propia estructura del palacio se mantiene, con sus salones y grandes escalinatas mal mantenidas.

Frente a la entrada destaca la famosa escalera de caracol italiana monumental, a la que se le añadía un escalón por cada año que pasaba Mussolini en el poder en Italia. Tras su derrota, los etíopes colocaron un León de Judá, símbolo de la monarquía etíope en aquel entonces, como muestra del triunfo sobre los ocupantes. Tan solo cinco años estuvo ocupada Etiopía por un poder colonial en su larga historia, frente a las décadas de imperialismo europeo en el resto de África. Y ello pese a que los italianos lo intentaron también en el siglo XIX.

La zona más lujosa de la capital se concentra alrededor del nuevo parque de la amistad construido por la cooperación china, que es espectacular. Allí están también las residencias de la presidenta del país y del primer ministro, así como el hotel más lujoso del país: el Sheraton, con jardines, piscinas, restaurantes y galerías comerciales donde todo cuesta el triple que en cualquier tienda de la ciudad.

Para cenar en la capital hay muchas opciones, pero uno no puede dejar de probar el Yod Abyssinia, un lugar profusamente decorado con un gran salón comedor con mesas y taburetes bajos donde disfrutar de platos etíopes con los mejores ingredientes, picantes o no, mientras se desarrolla un espectáculo de bailes regionales en el escenario. También es un buen lugar para degustar el tej, un licor dulce hecho a base de miel fermentada, antiguamente reservado al rey y su corte.

Finalmente, si alguien busca una tienda de recuerdos con algo más de calidad que las abundantes tiendas de souvenirs típicos que hay por la ciudad, recomiendo la tienda "Entoto Beth Artisan Fair Trade", con artículos artesanales de calidad a precios razonables, así como miel, café o jabones biológicos.

Jimma o los orígenes del café

Jimma es la ciudad más grande del oeste etíope. A pesar de concentrar una importante población universitaria, no hay apenas turismo extranjero. Fue la antigua capital de los oromo, la etnia mayoritaria en Etiopía. También los fascistas italianos intentaron convertirla en la capital de su provincia de Abisinia (Etiopía, Eritrea y Somalia). Por todo ello, la ciudad cuenta con algunos edificios racionalistas, como las oficinas municipales o la calle principal, jalonada de comercios porticados, ahora pintados de alegres colores, con algunas reminiscencias del pasado italiano, como farmacias o panaderías que nos transportarán al sur mediterráneo. Además, Jimma es el aeropuerto más cercano a la reserva de la biosfera de Kafa, antiguo epicentro del reino homónimo, donde se descubrieron las propiedades del grano del café. Y ello la convierte en destino obligado a todo amante de esta bebida que quiera visitar los orígenes de esta planta.

En la propia plaza central de la ciudad hay un monumento al origen del café, con mosaicos que narran la leyenda de Kaldi, el pastor de cabras del reino de Kafa que descubrió las propiedades del café. Cuentan que este pastor, a mediados del siglo VII, vio como algunas de sus cabras ganaban energía tras ingerir las bayas de un arbusto. Kaldi las probó también y experimentó mucha energía. Cuando llevó unas cuantas bayas al monasterio cercano, los monjes le dijeron que ese era el fruto del diablo y las arrojaron al fuego. Sin embargo, el delicioso aroma que salía de las mismas al tostarse hizo que los monjes se animaran a probarlas. Gracias a las mismas, aguantaron una noche entera rezando, por lo que empezaron a secarlas y enviarlas a otros monasterios con las instrucciones de tostarlas. Años después, además de tostarse, se hervían con agua y con ese líquido se podían sobrellevar mejor los rezos de madrugada. Comerciantes árabes llevaron esas bayas al Yemen, donde se refinó el arte de preparar la bebida del Reino de Kafa, que empezaría a llamarse café. Y del Yemen pasó a Estambul donde se convirtió en una refinada costumbre otomana. Los venecianos la llevaron a las ciudades italianas en sus intercambios comerciales y de ahí saltó a la península Ibérica, cuyos marinos la llevaron también a América.

Etiopía ofrece algunos de los mejores granos de café. Aún los secan al sol en grandes estructuras de madera que se pueden ver en campos cercanos a Jimma. Etiopía es el primer exportador de café en África y el quinto a nivel mundial. Para poder ver plantaciones de café, cooperativas de secado y probar algunos de los mejores cafés del mundo en remotas áreas rurales, lo mejor es contratar un tour desde Adís con personas de confianza, ya que en Jimma los servicios turísticos son escasos.

El oriente de Oromia

Al otro extremo de la región, alrededor del valle bajo del Awash, se encuentran algunos los más importantes conjuntos de yacimientos paleontológicos del continente africano. Los restos de homínidos encontrados en este lugar datan de cuatro millones de años atrás, lo que ha proporcionado datos esenciales acerca de la evolución de la especie humana, modificando nuestra visión de la historia de la humanidad. El hallazgo más espectacular tuvo lugar en 1974, cuando se descubrieron 52 fragmentos óseos que permitieron la reconstitución del esqueleto de la célebre “Lucy”. En este Parque Nacional se pueden ver muchas especies de fauna. Nosotros, al cruzar su única carretera, pudimos ver familias de monos pululando.

Aquí aún existen aldeas que viven en condiciones del neolítico, sin agua corriente en sus casas ni luz. Casas, por cierto, hechas de adobe y paja, donde conviven personas y animales domésticos en una estancia. Aunque la agricultura se va extendiendo, la ramadería es la principal actividad económica, con cabras, vacas y camellos como principales recursos económicos. Los burros siguen siendo un medio de transporte frecuente para cargar mercancías. 

La única línea ferroviaria de Etiopía atraviesa esta parte de Oromia, con trenes de pasajeros y mercancías yendo y viniendo de Yibuti, principal puerto para los etíopes. 

Más allá del Parque Nacional de Awash, al que se organizan tours de un día o más desde Adís; explorar el resto del oriente de Oromia es bastante complejo, especialmente las áreas rurales, debido a la presencia de algunos grupos armados separatistas.

Lalibela

Sin duda, la joya turística del país. Si solo se fuera a Etiopía tres días, Lalibela sería la parada obligatoria, por ser un tesoro de la arquitectura humana. Se trata del sitio más sagrado de la cristiandad etíope, lugar de peregrinación, usado durante más de ocho siglos de forma ininterrumpida.

Situadas en una región montañosa del corazón de Etiopía, en las proximidades de una aldea tradicional de casas redondas, las once iglesias medievales de esta “Nueva Jerusalén” del siglo XIII fueron excavadas y esculpidas en la roca. Nada te prepara para la impresionante arquitectura del lugar y la espiritualidad que se respira en el mismo. No en vano, el conjunto fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1978.

Lalibela era conocida como Roha y ya existían algunas fortalezas donde vivía su realeza, cavadas desde la cima de la montaña hacia dentro de la misma. En el siglo XIII, uno de sus reyes, el Rey Lalibela, decidió construir una segunda Jerusalén, para ahorrar a sus súbditos el penoso viaje hasta Palestina que él mismo había tenido que hacer. Quiso copiar todos los elementos en su capital: al río que atraviesa un valle lo renombró como río Jordán y le puso una cruz en medio; replantó un monte con olivos para bautizarle con ese nombre y a otro lo llamó Gólgota. Pero lo más impresionante fueron las once iglesias excavadas en roca, llenas de simbolismo bíblico. Muchas ventanas y puertas tienen forma de pene, recordando la circuncisión iniciada con Abraham como promesa a Dios y que los etíopes cristianos siguen practicando, a diferencia del resto de cristianos, debido a que la fuerte influencia de las prácticas y símbolos judíos que aún existen en la ortodoxia etíope. 

Cada iglesia es como una estatua gigante tallada de una pieza directamente de la montaña y separada de la misma, de abajo a arriba. Los historiadores calculan que se tardaron 23 años en acabar el complejo, que incluye inteligentes mecanismos de desagüe para evitar inundaciones durante la temporada de lluvias, así como pasadizos para permitir a la familia real entrar en las iglesias desde el palacio sin mezclarse con el pueblo. La leyenda cuenta que mientras obreros y artesanos descansaban por las noches, ángeles bajaban del cielo para continuar los trabajos por las noches.

Algunas cavidades, realizadas como tumbas, contienen momias de sacerdotes aún visibles. El lugar es muy auténtico y no prioriza en absoluto al turista. Los protagonistas son los fieles, que cada domingo de 6am a 9am abarrotan las iglesias, cubiertos de una tela blanca, para asistir a la celebración y rezar. 

Lo cierto es que desde los valles cercanos nada hace pensar que en la cima de una de las montañas existía un complejo eclesial-palaciego de tal magnitud. Y los historiadores piensan que esta forma de construcción se usó, ante todo, para asegurar la protección de los edificios en una zona en disputa con los musulmanes. Actualmente algunas iglesias están cubiertas por enormes estructuras que las protegen de la lluvia y el sol, construidas por la cooperación italiana en los años 50.

Las iglesias se dividen en dos grupos. Nosotros vimos las del noroeste, o la Jerusalén terrenal, por la tarde del primer día. Son las más impresionantes por tamaño y detalles. Se empieza con la Casa del Salvador del Mundo, la iglesia excavada en roca más grande del planeta. En ella se guarda la cruz de oro de 7kg más famosa de la localidad. Si tenéis un buen guía, convencerá a uno de los sacerdotes de bendeciros con ella. Normalmente la tienen oculta porque ya fue robada una vez. 

Por un pasadizo llegaréis a Bet Maryam, la iglesia con más detalles del complejo, dedicada a la Virgen y llena de frescos o preciosos bajorrelieves, además de inscripciones en hebreo, griego y ge´ez (lengua sagrada de los etíopes ahora solo usada en textos y ceremonias religiosas cristianas). Otra de las iglesias, Bet Golgota, solo admite acceso a hombres. Contiene increíbles representaciones de los 12 apóstoles talladas en roca, además de la tumba del rey Lalibela. Pero la más impresionante del grupo es Bet Giyorgis, la obra maestra, la última en hacerse. Se trata de una perfecta cruz griega a tres alturas sin pilares interiores y tan perfectamente conservada que no requiere de cubierta artificial protectora. Su interior es mágico, pero observarla desde el exterior al atardecer, aún más. Especialmente sin ningún turista más alrededor.

Al día siguiente nos levantamos pronto para asistir a parte de la ceremonia dominical, con hipnóticos cantos de los sacerdotes. Tras las celebraciones, nos dirigimos al grupo sureste de iglesias, que representa la Jerusalén celestial. Las iglesias más impresionantes de este grupo son, por un lado, las de Bet Gabriel y Rafael, situadas en un antiguo palacio aksumita reconvertido; y Bet Amanuel, con frisos exquisitos. En algunas columnas hay ojos esculpidos de ángeles únicos. Acabad la visita desde el monte Tabor, para disfrutar de una panorámica de ambos grupos de iglesias. Fue un auténtico placer recorrer este conjunto único prácticamente en solitario: el COVID y sobre todo la guerra civil que llegó hasta estas iglesias hizo que los turoperadores occidentales cancelaran sus visitas. 

La entrada a las iglesias, válida para cinco días, cuesta 50 dólares estadounidenses a todo extranjero. Se puede pagar también en el equivalente en birrs y en euros. Llevad calzado cómodo y fácilmente descalzable, con calcetines gruesos, puesto que para entrar en los templos hay que hacerlo sin zapatos. Para evitar perder tiempo desorientados por los pasadizos y túneles oscuros, si vais a visitar Lalibela sin viaje organizado, no dudéis en contactar con Hailemariam (o Mario, como le gusta llamarse en el poco castellano que habla), un guía excelente que conoce Lalibela y su región al dedillo, su historia y sobre todo, los mejores lugares en los que tomarse fotos, que os hará con una sonrisa. Si queréis su Whatsapp, pedídmelo por mensaje privado. Eso sí, intentad negociar precios con él, que a veces se pasa un poco, sobre todo con los transfers desde y hacia el aeropuerto.

A Lalibela es muy difícil llegar por carretera, por lo que hay tomar los vuelos de Ethiopian que salen cada día desde Adís. Para dormir, nosotros optamos por quedarnos en el Hotel Maribela, de solo 15 habitaciones, con cuartos luminosos que cuentan cada uno con espectaculares balcones desde los que tumbarse a disfrutar de las puestas de sol en la cima de la montaña en la que se encuentra Lalibela. El hotel es moderno pero, a la vez, tradicional, y cuenta con un amplio comedor en el que se sirven platos etíopes básicos pero deliciosos, así como pizzas decentes.

Si podéis quedaros más de una noche, aprovechad para ver las iglesias y monasterios de la región, que me cuentan que son estupendos. 

Gastronomía etíope

Además del ya mencionado excelente café, Etiopía ofrece una gran variedad de comidas ricas, empezando por buenas frutas: sandías, papayas, magos, manzanas, aguacates y plátanos. Las fruterías callejeras abundan y también se pueden disfrutar en cafeterías preparadas bajo el nombre de spriss: puré de frutas sin agua ni azúcares en capas de dos o tres frutas, con media lima en el plato para exprimirse por encima. El más popular es el spriss de mango y aguacate.

Respecto a lo salado, hay que empezar por su plato nacional: la injera, una especie de pan plano hecho de tef, un cereal con mucha proteína y hierro que solo se encuentra en Etiopía. La masa, esponjosa y algo amarga, puede sorprender al principio, especialmente por servirse enrollada como si fueran toallitas húmedas, pero está muy rica. A los etíopes les gusta tanto que siempre la usan de plato y acompañante a la vez, cogiendo trocitos con la mano y mojando la comida que esté encima de la misma. A veces se comen la injera con trocitos de injera especiados encima y huevo, con lo que acaban comiendo injera con injera.

Otro de los platos más deliciosos y frecuentes es el shiro, una pasta de garbanzos al ajo con muchísimas especias que se come acompañada de (sorpresa) injera. Otros acompañamientos para la injera son el pollo doro wot, guisado con cebolla, salsa de mantequilla y cardamomo; o los exquisitos quesos ácidos locales. Los guisos de cabra también son comunes.

Para desayunar, el plato que más me gustó fue la fatira: una fina masa hojaldrada al horno rellena de huevos revueltos y cubierta de la deliciosa miel etíope. Por supuesto, la gastronomía del país es muy variada, y me dejo muchísimos platos por mencionar.

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Etiopía no es un país sencillo para el turista. Pero la amabilidad de sus gentes compensarán las dificultades logísticas, y los misterios de su cultura milenaria satisfarán al turista más curioso.

dimecres, 4 de gener del 2023

Un 2022 lleno de viajes

2022 fue el de la recuperación plena de mis andaduras viajeras, un año tremendamente viajero. Aunque aún no volví a Asia (continente que no piso desde 2019) sí que pude volver a América del Sur, en este caso a Colombia, país que tenía muchas ganas de descubrir: Medellín, eje cafetero y Cartagena de India fueron los puntos de unos días inolvidables. Y también a África, donde descubrí la mítica Etiopía, cuna de la humanidad y del café, donde además de su capital, Addis Abeba, también estuve en su zona cafetera alrededor de Jimma además de el este de Oromia y la inolvidable Lalibela.

Pero el año empezó en Catalunya, donde visitamos el monasterio de Poblet, comimos los famosos calçots en Valls, descubrimos la Tarragona romana y volvimos a PortAventura.

De España, este año descubrí Ávila, Rascafría, las comarcas del Jerte y de la Vera (primera vez en Extremadura) y la valenciana isla de Tabarca. También pasé por Cartagena, Ronda y el caminito del Rey, además de pasar unos días en Marbella y en pueblos castellano-manchegos como Consuegra y sus molinos quijotescos. Y volví a Sevilla, Málaga y a València (eso siempre).

Del resto de Europa pude visitar Hamburgo y sus alrededores, incluyendo la preciosa ciudad de Lübeck. También fui a Turín por primera vez. Y descubrí Bulgaria, Serbia y Eslovenia en una ruta balcánica muy chula. Y de mi querido Portugal estuve por primera vez en Évora y en dos de las Azores: Sao Miguel y Terceira. Además, volví a la siempre agradable Lisboa. Y por supuesto, volví dos veces a París (y ojalá hubieran sido tres).

El año acaba en Albania, país curioso y (aún) poco turístico, específicamente en su capital, Tirana, con visitas a Berat y Dürres. Y también empiezo aquí 2023, año que se presenta aún más viajero (que es difícil) con mi vuelta a Asia cuatro años después: específicamente a la India nada más empezar y muchos otros en el horizonte. Tanto nuevos, como Honduras, Ecuador, Chile, República Dominicana, Canadá, Túnez, Níger, Mozambique… como países que ya conozco, como Costa Rica, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Bélgica, Montenegro, Jordania y Líbano. Y seguro que me llevo alguna sorpresa más. De España  me queda Cantabria como última autonomía a descubrir y las Ciudad Autónomas de Ceuta y Melilla ¿alguien me lleva?

dijous, 15 de setembre del 2022

Liubiana

De campamento militar romano a ciudad de provincias de los Habsburgo

Cuenta la leyenda que Ljubljana fue fundada por Jasón, héroe mitológico griego que robó el velloncillo de oro del rey Ayat, y luego navegó en el barco "Argo" desde el mar Negro, remontando el Danubio, luego el Sava y finalmente el Ljubljanica, hasta llegar a donde se encuentra hoy la capital eslovena. Allí, tras matar Jasón a un dragón, fundó una pequeña aldea, para luego desmantelar el barco, transportarlo hasta el mar Adriático y regresar a Grecia.

En cualquier caso, lo que sí está confirmado es que aquí vivieron varias tribus hasta que los romanos construyeron un campamento militar en lo alto de la colina Grajska Planota, donde luego los Habsburgo construirían un castillo en el siglo XIV, para que sirviera de residencia del gobernador de esa parte del imperio. La mayoría de estructuras actuales son restauraciones de elementos del siglo XVI.

Podéis empezar la visitar por aquí: ya sea tomando el funicular (largas colas en verano) o mejor, caminando por unas empinadas calles y senderos por los que tardaréis menos de 15 minutos en subir. Vale la pena disfrutar de las vistas de la ciudad desde el castillo. 

Durante la época de los Habsburgo, se inauguraron numerosas obras públicas, como el bello puente de los dragones, de estilo art nouveau, con dragones que recuerdan la fundación mitológica de la ciudad por Jasón. Muchos edificios de esta época de estilo de la secesión vienesa son el Hotel Unión o los grandes almacenes situados no muy lejos. 

La capital de Eslovenia

Tras la Primera Guerra Mundial y el colapso de la monarquía austro-húngara, el pueblo esloveno se unión al Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos en 1918. De esta época es la plaza Presernov, punto central de la ciudad y presidida por una estatua del poeta más importante de Eslovenia. En este país, la clave de su supervivencia ha sido la lengua. Por eso no dedican su plaza más importante a ningún militar ni político, sino al mayor poeta en su lengua. Los eslovenos siempre han vivido repartidos en varios imperios: el veneciano, el austro-húngaro, el otomano... y lo único que les mantuvo unidos fue la lengua. La primera vez que se permitió enseñar esloveno en las escuelas fue en 1809, tras la invasión napoleónica, que desgermanizó el sistema educativo.

En verano, el ayuntamiento instala un pequeño sistema de lluvia artificial para que los viandantes se refresquen. Al otro lado del río se encuentra el casco histórico, o Staro Mestom, una estrecha franja de tierra entre el río y la colina, donde las callejuelas se extienden cortadas por tres largas plazas. Aquí el barroco es el rey pese a que se conserva el entramado urbanístico medieval. Destacan el ayuntamiento, la catedral de San Nicolás o la fuente Robba.

En el periodo de entreguerras, la ciudad adquirió gran parte de su actual aspecto, en gran parte debido a las obras del arquitecto Jozê Plecnik, que la embelleció con su estilo minimalista de puentes, edificios, columnas o farolas. De hecho, sus obras fueron declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO, por su concepción urbana centrada en lo humano. Esta transformación se basó en un diálogo arquitectónico con la ciudad antigua que al tiempo servía a las necesidades de la emergente sociedad moderna del siglo XX. Plazas, parques como el Tivoli, calles, paseos, puentes e instituciones públicas como la biblioteca nacional, varias iglesias y mercados y hasta un complejo funerario; se integraron con sensibilidad en el contexto urbano, natural y cultural preexistente y contribuyeron a la nueva identidad de la ciudad. 

Este enfoque urbanístico altamente contextual y a escala humana, así como el lenguaje arquitectónico distintivo de Plečnik, se distinguen de los demás principios modernistas predominantes en su época. Se trata de un caso excepcional de creación de espacios públicos, edificios y zonas verdes según la visión de un solo arquitecto en un tiempo y espacio limitados de una ciudad existente y con recursos relativamente limitados. De hecho, el arquitecto reutilizó muchos materiales en obras como la biblioteca nacional, completada en mitad de la II Guerra Mundial (1941). Una pena que no pude entrar por sus complejos horarios, pero aún así, el exterior es espectacular: mezclando viejos materiales con nuevos, creó un edificio único y se considera su obra maestra.

Otra de sus obras más famosas es el puente triple, originalmente uno, y reformado por Plečnik, que le añadió además dos puentes laterales peatonales (ahora ya está peatonalizado también el puente central). Los decoró con balaustradas y fanales de piedra que aún a día de hoy siguen pareciendo innovadores.

Finalmente, también destaca su mercado central, que es en realidad una operación urbanística. El mercado se extiende desde el puente triple hasta el puente de los dragones. La parte cubierta cuenta con restaurantes interesantes para probar comidas típicas. La plaza, con los puestos de frutas y verduras locales, es ideal para proveerse de género fresco. Y para carnes, pescado, comidas preparadas, queserías o panaderías, hay que ir a al bajo de uno de los edificios de la plaza del mercado. Aprovechando la visita al mercado, podéis pedir un trozo de potica, que es un rollo de frutos secos que se toma para desayunar, merendar o de postre.

Encontrareis farolas y elementos urbanos del arquitecto por numerosas calles. También merece la pena darse un paseo por el parque Tivoli, reformado por Plečnik con muy buen gusto, donde también se encuentra el Centro Internacional de las Artes Gráficas.

Una ciudad comunista primero, y sostenible después.

Tras la II Guerra Mundial, Eslovenia se convirtió en una de las repúblicas de la Federación Yugoslava de Repúblicas Socialistas. Eslovenia se convirtió en la locomotora del régimen de Tito: con solo el 8% de la población generaba el 20% del PIB yugoslavo.

La plaza de la república es el mejor lugar para ver grandes edificios y farolas brutalistas, herederas de esa época. No muy lejos se encuentra el conocido como "rascacielos", que fue el edificio más alto de la antigua Yugoslavia. Subid al "rooftop" y disfrutad de las vistas con una bebida mientras suena música "chill-out". Una gran manera de acabar un día en la ciudad.


En 1991 se convirtió en la primera república en proclamar su independencia en una guerra corta, de tan solo 10 días. En 2004 se adhirió a la Unión Europea y en 2016 Ljubljana se convirtió en la capital verde europea de ese año. Y ello porque en 2012 prohibió los coches en su centro histórico, llenó la ciudad de árboles y plantas, hasta encima de las paradas de autobús. Además, el agua potable está muy disponible en decenas de fuentes públicas.

El tráfico rodado está restringido en el centro, dejando las orillas del río Ljubljanica libre para peatones, ciclistas y terrazas, lo cual la hace más agradable si cabe. Y para probar comida local, os recomiendo el Druga Violina, donde personas con diversidad funcional sirven especialidades eslovenas. Pedí los zlikrofi (unos raviolis rellenos de queso, beicon y cebolleta con salsa de setas enteras) muy ricos. Y de postre, prekmurska gibanica, una tarta a base de finas capas rellenas de semillas de amapola, otra de nueces, otra de manzana y otra de queso, y con nata por encima. Súper rica.

En la zona peatonal del centro histórico se encuentra otro restaurante con una agradable terraza: SISI, que sirve comida internacional rica a precios razonables. Su carta es muy corta, lo que ya es una buena señal: hacen pocas cosas pero las hacen bien. Los tés helados caseros están muy ricos. Pedí risotto con gambas y trufa, y la ración es grande (y estaba muy bueno). De postre, higos con crema infusionada de lima, muy rico también. Y todo a precios muy razonables para ser una calle tan turística de Liubliana con un personal amable y rápido.

Se me hizo corta la estancia en la capital eslovena y me queda pendiente entrar en la biblioteca nacional y visitar sus museos. Seguro que volveré a esta ciudad de cuento.

Excursión al lago Bled

La excursión más popular para hacer desde Ljubjana es ir al lago Bled, especialmente en verano. Pese a que se puede ir en tren desde Ljubljana, luego habrá que tomar un bus de la estación al lago, ya que están lejos, por lo que lo más cómodo es tomar un bus directo de los que salen de la estación de autobuses de la capital que os dejará a orillas de Bled. 

Este lago verdeazulado es espectacular, con una pequeña iglesia en medio de un islote, un castillo medieval encaramado en una de las montañas de su orilla y varias cimas de los Alpes como telón de fondo. Como fui en agosto, estaba atestado de gente, que aprovechaba para disfrutar de su belleza y de paso, refrescarse en sus aguas.

Lo mejor que hacer nada más llegar es recorrer el sendero de su orilla, de 6 kilómetros, para disfrutar del paisaje, ver a la gente bañarse, subir al castillo para dar un vistazo y fichar algún restaurante para comer luego (a no ser que os hayáis traído picnic). Hay varias fuentes diseminadas por el recorrido.

Respecto al castillo, situado en una de las colinas a las orillas del lago, cabe decir que es el más antiguo del país, construido en el siglo XI de estilo románico. A los pies del mismo hay una agradable playa de césped (de pago) que es perfecta para bañarse en recintos protegidos del lago e incluso disfrutar de los enormes toboganes instalados. Cuenta con tumbonas, taquillas y sombrillas.

Justo al lado se encuentra la agradable terraza del restaurante Grajska Plaza, a orillas del lago, que cuenta con una barbacoa donde cocinan carnes y verduras. Opté por el cerdo a la parilla, que estaba extremadamente jugoso, acompañado de gnocchi caseros en salsa de trufa y ciruela absolutamente exquisitos. El personal es muy amable y rápido. 

Reservaos espacio para el postre: lo mejor es aventurarse a la Slascicarna Zima, una pastelería del pueblo donde degustar la especialidad de Bled: la kremma rezina, una capa de crema de vainilla recubierta de nata montada entre dos capas de hojaldre. Deliciosa.

dimecres, 7 de setembre del 2022

Belgrado

La ciudad blanca

Belgrado significa en serbocroata "la ciudad blanca", pero de blanca no tiene nada. En general el color predominante es el gris cemento con el verde de sus calles y bulevares arbolados. No es una ciudad especialmente bonita, pero es muy dinámica y animada. Los serbios son gente amable y fiestera, encantados de recibir a visitantes extranjeros a su capital. Siempre se extrañan cuando les dices que estás en Belgrado para hacer turismo. Y eso la hace especialmente encantadora: es una de las grandes ciudades europeas libres (aún) de la turistificación que ya sufren la mayoría. 

Aquí confluyen los ríos Sava y Danubio, pero también estilos arquitectónicos de muchas épocas, que se mezclan sin armonía por sus calles: palacetes art-nouveau, restos de la época de los Habsburgo, vestigios otomanos y mucha arquitectura socialista, confrontada con el nuevo ultramoderno Belgrade Waterfront, financiado por los Emiratos Árabes Unidos, donde crecen acristalados rascacielos contemporáneos de oficinas, viviendas y hoteles de lujo. La ciudad ha sido bombardeada tantas veces a lo largo de la historia que no es extraño ver en la misma calle un bloque de viviendas brutalista pegado a un elegante edificio neoclásico del XIX y a una casita de la época medieval.

Nosotros nos quedamos en el Metropol Palace, un hotel de cinco estrellas de la época socialista totalmente renovado. Es verdad que no está en el pleno centro de la ciudad, pero aún así el barrio es agradable y no se tarda nada en llegar al centro en taxi. La habitación era amplia y cómoda; y el personal de recepción muy amable. Además, cuenta con un completo gimnasio, una sauna estupenda y una buena piscina interior que usamos varios días tras los paseos por la ciudad. Asimismo, acudimos muchas noche al bar de la azotea para relajarnos y disfrutar de una bonita panorámica de la ciudad.

Kalemegdan

Lo mejor es empezar la visita donde nació Belgrado, en la colina que se alza en la confluencia de ambos ríos. Aquí se asentaron los celtas y luego los romanos, que llamaron al asentamiento Singidunum. La fortaleza, reconstruida por austrohúngaros y otomanos, ha resistido más de 115 batallas. Ahora es un agradable lugar para pasear y sobre todo, disfrutar de la impresionante puesta de sol sentados en las murallas que dan al río.

De la época otomana queda poco. Además de la herencia gastronómica, tan solo se alza en pie una mezquita de Belgrado, de 1577, pequeña pero bastante representativa. Se puede visitar en la calle Gospodar-Jevremova. 

En 1815, los serbios consiguieron expulsar a los otomanos, tras una dominación de más de 400 años, y basaron gran parte de su nacionalismo en la importancia de la Iglesia Ortodoxa Serbia. De esta época de la expulsión otomana, aún opera "Kafana ?", donde sirven comida tradicional serbia en una kafana de 200 años, la más antigua de Belgrado. Originalmente se llamaba "Kafana junto a la catedral" pero unas disputas con la iglesia ortodoxa la forzaron a cambiar a este original nombre. Nos metimos en su agradable terraza arbolada y pedimos como entrante su ajvar casero, una salsa de pimientos asados con berenjenas, ajos y aceite. De principal pedí un goulash muy soso. Lo que estaba algo más bueno eran unas hojas de repollo rellenas de arroz y carne picada. El café turco no está nada mal.

El Belgrado imperial

Tras ver los orígenes de la ciudad y la mezquita otomana, nada mejor que dirigirse a Skadarska, una calle empedrada con unas pequeñas y famosas escaleras, punto de encuentro de los belgradeses aún hoy. A principios del siglo XX era la más bohemia de la ciudad. En sus viviendas se afincaron actores, pintores y poetas. Actualmente está llena de restaurantes y cafeterías con animadas terrazas, que siguen siendo frecuentadas por muchos artistas serbios. De hecho, cenamos dos veces por aquí, la primera vez en un restaurante sin más donde pedimos las famosas cevapi, o salchichas sin piel consideradas plato nacional, acompañadas de patatas fritas, kajmak (una espesa crema de queso serbio) y la omnipresente ensalada serbia "sopska salata", con trozos de tomate, pepino, cebolla y un pimiento verde picante.

La segunda cena en Skadarska fue en Dva Jelena, un sitio centenario donde además de disfrutar de comida serbia casera, también hay actuaciones en directo de músicos tradicionales. Nos sorprendió que muchos comensales pedían canciones tradicionales rusas. Y es que Belgrado es uno de los pocos sitios donde pueden seguir viajando los rusos sin restricciones. En cualquier caso, pedimos la  hamburguesa serbia o “pljeskavica” rellena de bacon y quesos, servida sin pan y acompañada de patata hervida. 

Otra de las paradas imperdibles de esta época imperial es la pekara Trpkovic, en la calle Nemanjina 32. Fundada en 1905, esta panadería aún guarda la estética de principios de siglo XX. En ella se forman colas de aquellos que quieren desayunar burek (empanadas de hojaldre rellenas de queso, verduras o carne herencia de la época otomana), y que se acompañan de yogur líquido como bebida. Por supuesto, también ofrecen dulces de inspiración vienesa adaptados a la realidad yugoslava así como otras creaciones influenciadas por los italianos. 

Cabe recordar que tras la expulsión de los otomanos en 1815, Serbia quedó bajo control austrohúngaro. De esta época quedan muchos edificios de estilo de la secesión vienesa o art nouveau. En 1878, los serbios se independizaron y tuvieron, por fin, su propio Estado. Un buen lugar para repasar la historia serbia de la época es en el museo nacional, situado en la plaza de la República.

La época comunista

Tras la Segunda Guerra Mundial, Yugoslavia se libró de nazis y fascistas por sí misma, con la organización de los partisanos, sin ayuda ni de los ejércitos británico o estadounidense y tampoco del ruso. Los serbios se libraron también del control del régimen croata de la Ustacha, títere de los nazis. Y por ello, el líder de los partisanos, el mariscal Josip Broz, "Tito", construyó una federación socialista diferente e independiente de los dictados de la URSS. Por ejemplo, los yugoslavos podían viajar a cualquier país con libertad. Además, se permitía la propiedad privada de tierras así como de pequeñas tiendas y negocios.

Tito empezó a construir un Nuevo Belgrado, ahora un barrio de la ciudad al otro lado del río Sava, siguiendo las utopías urbanísticas socialistas, con grandes bulevares, gigantescos espacios verdes y enormes bloques de construcción brutalistas. Destaca el Palacio de Serbia, antiguo Palacio de la Federación, desde donde se gobernaba la ex Yugoslavia. Hoy acoge las sedes de siete ministerios serbios.

Además de los icónicos edificios de apartamentos socialistas de Nuevo Belgrado, también están construyéndose nuevos bloques ultramodernos aquí, por ser un barrio tranquilo lleno de parques perfecto para las familias jóvenes serbias. También se abren aquí nuevos locales como el Bela Reka, un sofisticado restaurante de comida tradicional serbia cocinada con ingredientes bio de excepcional sabor. La salchicha rellena de queso (homolje) estaba magnífica. 

El museo de Yugoslavia es un excelente lugar para profundizar en esta interesante parte de la historia Serbia y del resto de los Balcanes occidentales. Fotografías, obras de arte, objetos de uso cotidiano, vídeos... el museo es muy interesante. Además, al estar localizado en los jardines de la Casa de las Flores (antigua residencia de verano de Tito), aún se puede visitar dicha casa donde ahora se encuentra el mausoleo del antiguo dictador yugoslavo. Tito fue muy activo en política exterior: de hecho fue el creador e impulsor del movimiento de países "No alineados", que se resistían a elegir el bando estadounidense o el soviético. Tras la muerte del mariscal en 1980, líderes de todo el mundo acudieron a sus funerales, destacando los de países no alineados como Egipto, Ghana, Cuba, Indonesia o Kuwait.

Por supuesto, el régimen de Tito no dejaba de ser una dictadura y miles de muertos y torturados sufrieron su brutalidad.

El Belgrado del siglo XXI

Tras el derrumbe de la ex Yugoslavia, y las guerras balcánicas, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia del Norte declararon su independencia a principios de los 90. Terribles campañas de limpieza étnica se llevaron por todos los lados, siendo los bosniacos los que las sufrieron especialmente de manos del ex líder del Partido Comunista de Yugoslavia, reconvertido a presidente serbio, Slobodan Milosevic.

En 1999, Belgrado volvió a sufrir bombardeos, esta vez de la OTAN, que buscaban forzar a Milosevic a que pusiera fin a la represión de los albaneses en Kosovo. Como recuerdo, aún se pueden ver las ruinas bombardeadas del ministerio de Defensa Yugoslavo, cuya estructura sigue en pie y desde la calle se ven oficinas desvencijadas a las que les falta la otra mitad.

Otro lugar interesante es el museo de Nikola Tesla, situado en una de las mansiones del elegante barrio de Palilula, explica su vida y, sobre todo, sus inventos a través de artilugios activados por los guías en los que ver las diferentes aplicaciones y efectos de la electricidad y los gases nobles. Algunos experimentos impresionan mucho. Aquí también reposan las cenizas de Tesla, encapsuladas en una esfera dorada. 

Otro lugar interesante es la iglesia de Sveti Sava, la segunda mayor iglesia ortodoxa del mundo, cubierta de mosaicos dorados impresionantes, y consagrada en 2004. El objetivo de los arquitectos era replicar la grandiosidad de Santa Sofía. La verdad es que es bastante impresionante y muestra el auge de la religiosidad en Serbia. Pero esto no impide que los habitantes de la capital amen la fiesta, encontrándose abiertos bares y clubs casi todos los días de la semana, con un pequeño inconveniente: está permitido fumar en interiores.

También en los restaurantes, por lo que siempre que pudimos optamos por comer en terrazas. Uno de los restaurantes más representativos de la comida balcánica contemporánea es el "Iva New Balkan Cuisine", donde reinterpretan platos e ingredientes de la zona. Es un buen lugar para probar especialidades locales presentadas de una manera innovadora. Los cócteles son estupendos y el personal bastante atento. De entrante pedimos queso al horno, col, miel, nuez, pan tostado y mermelada de higo. También berenjenas asadas y empanadas así como lengua de vaca cortada en finas tiras. De principal pedí una especie de pasta serbia con crema de avellanas caramelizada y espuma de alcachofa que estaba espectacular.

Otros locales estupendos son las heladerías Crna Ovca "Oveja Negra": en ellas recomiendo el helado de "plazma", la típica galleta yugoslava, además de muchos otro sabores tradicionales o innovadores.

Finalmente, no os podéis ir de Belgrado sin pasar por "Ferdinand Knedle", una alegre cafetería en la que se sirven "gomboces", unos buñuelos fritos de patata rellenos de ciruela en su versión tradicional, aunque aquí también los venden rellenos de muchas otras cosas dulces pero también saladas.

Me faltaron ver muchos más rincones y secretos de la ciudad, pero me di cuenta que, Belgrado, no es una ciudad turística al uso sino que lo mejor es que te la enseñe alguno de sus habitantes, puesto que todo gira alrededor de estos: los turistas, como si no existiéramos. Y eso me encantó.

dijous, 11 d’agost del 2022

Sofía

La capital de Bulgaria

Bulgaria es un país con poco turismo. De hecho, la mayoría se concentran en sus montañas en invierno para esquiar barato o en sus resorts del mar Negro para veranear a buen precio. Muy pocos se aventuran a descubrir su pequeña pero curiosa capital: Sofía.

Ante un verano de caos aéreo y saturación de los principales destinos, optamos por una capital sin apenas turismo y con unos precios más que razonables, para descubrir un país nuevo sin agobios y sin quedarnos sin ahorros.

Ulpia Serdica

El origen de la ciudad está en la llamada Ulpia Serdica, fundada tras la conquista romana de la región en el 29 después de Cristo. Para comprender mejor esta época se pueden visitar los fragmentos de varias calles romanas que se descubrieron durante la excavación del metro. Se pueden ver en los alrededores de la parada de metro "Serdica". En mitad de los mismos hay una pequeña iglesia del siglo XIV. Pero la iglesia más antigua de la ciudad se encuentra en el patio que hay en mitad de las oficinas presidenciales y el Hotel Sofia Balkan: la iglesia de San Jorge, que además tiene una doble capa de frescos de época romana y medieval muy interesantes.

La ciudad creció y alcanzó gran riqueza durante la época de Constantino el Grande, en cuya época se origina el actual nombre de la ciudad: el emperador ordenó construir la iglesia de Sveta Sofia, de estilo basilical romano, y la gente empezó a referirse a la ciudad como Sofía.

Ciudad otomana 

Posteriormente, tras guerras entre búlgaros y bizantinos, la ciudad fue cambiando de dueño hasta que en 1382 fue adherida al Imperio Otomano. De esta época queda la principal mezquita de la ciudad: la Banya Bashi, antiguamente rodeada de baños turcos. No muy lejos, quedan aún gran cantidad de fuentes públicas de las que brota agua mineral caliente y que los búlgaros siguen usando para llenar sus garrafas. Una pena que actualmente ya no existan baños públicos ni spas pese a encontrarnos en uno de los mayores yacimientos de agua mineral del mundo.

La nueva capital de Bulgaria

Liberada de los turcos en 1878, se convirtió en la capital de la nueva Bulgaria. En su liberación participó el Ejército ruso, con 200.000 soldados muertos en dicha labor. Por eso, en agradecimiento, los búlgaros construyeron la iglesia memorial de Aleksander Nevski, un soldado ruso del siglo XIII. La iglesia, de estilo neobizantino, es impresionante. Muchas otras iglesias neobizantinas aparecieron por los diferentes barrios, incluyendo la catedral de Sveta Nedelya, que preside el bulevar peatonal más concurrido de la ciudad: Vitosha. 

La nueva Casa Real búlgara se hizo construir un palacio real frente al principal jardín de la ciudad (antiguos jardines reales), de estilo vienés, residencia oficial de la familia real búlgara hasta la llegada al poder de los comunistas. De esta época también es el diseño de los trajes de la Guardia Real, ahora transformada en guardia presidencial pero que mantienen los trajes típicos. Se puede ver el cambio de guardia a cada hora frente al actual palacio presidencial. Se trata de una ceremonia sencilla pero vistosa que os recomiendo ver.

La ciudad empezó a ver como se construían nuevos edificios para darle el aspecto de capital del nuevo reino de Bulgaria. Muchos diseñados por arquitectos vieneses, como el teatro nacional, o la nueva sinagoga sefardí, un impresionante edificio de estilo morisco, segunda de Europa en tamaño. Su enorme lámpara de latón pesa más de 2200 kg. No dudéis en visitarla, la entrada son menos de dos euros.

La ciudad comunista

Bulgaria fue uno de los miembros del Eje, junto a Alemania, Japón e Italia. Los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial por parte de los Aliados arrasaron la ciudad, lo que permitió al nuevo régimen socialista que se instaló después, construir altos bloques de viviendas e imponentes edificios de estilo realista-socialista en el centro. Los edificios más impresionantes de esa época se encuentran alrededor de la actual parada de metro "Serdica", como el Sofia Hotel Balkan, parte del complejo presidencial, construido en 1955. Este elegante hotel fue el primero de un país comunista en pasar a ser gestionado por una empresa privada extranjera: en 1986 el Estado búlgaro le cedió la gestión  a Marriott, que lo ha estado haciendo desde entonces. Nosotros optamos por este establecimiento para quedarnos y así disfrutar mejor de la ciudad.

En esta zona, destaca también el bello edificio-torre que albergaba la casa del partido o otros complejos gubernamentales de imponente aire palaciego. Ministerios como el de energía cuentan con preciosas decoraciones realistas en sus fachadas. No muy lejos, en el parque más bonito de Sofía, el Borisova Gradina, se encuentra el montículo de la hermandad, un monumento comunista de 1956 donde partisanos con kalashnikovs se encuentran rodeados de sonrientes obreros y campesinos. Este monumento se erigió para celebrar los 10 años del triunfo socialista en el país.

Es interesante ver como la religión fue más o menos ignorada durante la dictadura comunista: muchas iglesias fueron simplemente rodeadas de nuevos imponentes edificios de cemento para reducir su visibilidad e importancia. Aún hoy, Bulgaria es uno de los países con menor porcentaje de personas religiosas del mundo.

Otro de los grandes edificios socialistas es el imponente centro cultural de los años 80, al final del parque que hay tras recorrer Vitosha. En ese mismo parque  hay un monumento a todas las víctimas del comunismo búlgaro con nombres y apellidos: miles de oficiales, empresarios y profesionales independientes fueron asesinados por los "tribunales populares" mientras que otros fueron enviados a campos de trabajo esclavo durante décadas.

La Sofía actual

Nada mejor representa la actualidad de la ciudad como el monumento a Santa Sofía, que sustituyó en el año 2000 al anterior monumento a Lenin, ahora en el Museo del Arte Socialista. Por cierto, recomiendo este museo porque allí también está la estrella roja que presidía la antigua casa del partido, así como decenas de estatuas de los ex líderes de la Bulgaria comunista, junto a Lenin o el Che. También hay una galería de cuadros y obras propagandísticas bastante interesantes, y que explican el nepotismo en el que vivía el país y que también contaminaba el mundo del arte. 

Otro espacio para disfrutar de la nueva Sofía es el mercado de las mujeres, totalmente renovado, con puestos de verduras, carne, pescado, quesos, miel y especias, así como artesanía. Allí, entre la reforma contemporánea, se respiran aún las sensaciones y olores de cualquier bazar otomano.

Numerosas fachadas se están rehabilitando y nuevos locales modernos de comida van apareciendo. Destacan los siguientes:

MoMa: versión moderna de una mehana (taberna tradicional búlgara) en la que hace falta reservar. Pedimos entrantes con varias salsas caseras y luego un plato de pollo en una deliciosa salsa de tomate. 

Manastirska Magernitsa: con música tradicional del país, este restaurante ofrece muchas de las recetas de la gastronomía búlgara. Lo mejor es pedir el menú degustación para dos: ensalada shopksa (pepino, tomate, pimientos y queso amarillo), entrantes de la abuela (fiambres típicos, queso blanco, berenjenas y pimientos a la parrilla… y varías salsas tradicionales). La cena sigue con pimientos rellenos de queso y yogur y rebozados, bolas de espinacas rebozadas y arroz envuelto en hojas de parra. Luego os pondrán varios trozos de un kebab conocido como Dryanovo, en una deliciosa salsa de queso y tomate fundido, así como varias brochetas de diferentes carnes. Y de postre: banitsa de leche con crema de vainilla: espectacular. Pedimos rakia de frambuesa de entrante (cuidado que es un licor muy fuerte). 

Cosmos: elegante restaurante con la nueva cocina búlgara. Pedimos sopa de maíz y arroz de pato con parmesano, que aunque estaban ricos, les faltaba algo de sofisticación, demasiado toscos. El pescado fuera del menú del día estaba algo mejor. El postre a base de fresa y albahaca también estaba rico y era muy original.

Boyana y Rila

Para una excursión de un día desde Sofía, recomiendo dos lugares estupendos:

En primer lugar, la iglesia de Boyana, emplazada en las afueras de Sofí­a. Comprende tres edificios rodeados de un sereno jardín. La iglesia de la parte oriental, fue construida en el siglo X. A mediados del siglo XIII, se agrandó la iglesia primigenia y se construyó otra nave de dos plantas junto a ella. Los frescos de esta segunda iglesia, pintados en 1259, constituyen uno de los más valiosos conjuntos de la pintura medieval. Declarada patrimonio de la humanidad, sus 90 murales anticipan el renacimiento europeo y son el culmen del arte medieval búlgaro. Solo se permite estar 10 minutos en el interior y siempre acompañado de guía. A comienzos del siglo XIX se edificó una tercera iglesia, ultimándose así­ la configuración definitiva del sitio, que es uno de los monumentos más completos y mejor conservados del arte medieval de Europa Oriental.

Fuimos con una excursión organizada, ya que el transporte público hasta allí no funciona muy bien. Boyana era el barrio donde se retiraban a descansar en verano los líderes comunistas del país, y hoy es un barrio de clase alta búlgara.

Tras visitar Boyana, el autobús siguió hasta el monasterio de Rila, recorriendo sinuosas carreteras entre altas montañas cubiertas de árboles, con lagos y ríos por todo lado.

La llegada al monasterio impresiona. Ocupa el centro de un boscoso valle, al lado de un caudaloso riachuelo con elegantes soportales y balcones de madera, así como columnas y arcos de rayas negras, rojas y blancas. Fundado en el siglo X por San Juan de Rila, un eremita canonizado por la Iglesia Ortodoxa, hizo que posteriormente, tanto su austera morada y su tumba, se convirtieran con el tiempo en lugares sagrados, donde se creó un conjunto monástico que desempeñó un importante papel en la vida espiritual y social de la Bulgaria medieval. Recibía numerosos fondos de los zares búlgaros y ha sido clave en la salvaguarda de la cultura búlgara.

Destruido por un incendio, a comienzos del siglo XIX, el conjunto fue totalmente reconstruido entre 1834 y 1862. Este monumento ejemplar del Renacimiento Búlgaro (siglos XVIII y XIX) simboliza la toma de conciencia de una identidad cultural eslava después de siglos de ocupación otomana. Aún hoy es el monasterio más célebre del país, y corazón de la Iglesia Ortodoxa Búlgara, Cuenta con una iglesia, dos museos, una galería de iconos y hasta pensiones para los que deseen quedarse a dormir.

La iglesia, con sus tres cúpulas amarillas oro, cuenta con un exterior lleno de impresionantes frescos en el que se muestran escenas de la Biblia ilustrando los castigos que tendrán los pecadores. Pero es su interior el que más impresiona, por no haber ni un centímetro que no esté cubierto por frescos. Allí dentro se encuentra también la tumba del rey Boris III.

Para comer, hay un restaurante junto al riachuelo, por lo que la trucha de río es la especialidad de la zona. Sin embargo, nos la sirvieron muy seca y sin mucho sabor (además, la sirven sin acompañante). Por eso, pedimos una ensalada de remolacha con semillas que no estaba mal pero tampoco era nada del otro mundo, y una ensalada del monasterio (de patatas con huevo) que estaba bien.

dimarts, 9 d’agost del 2022

Évora

Évora

Si estáis unos días por Lisboa, Évora es una buena excursión de un día. Por supuesto, Évora puede ser una escapada romántica para un fin de semana o una parada en un viaje por carretera por la fascinante región del Alentejo. En cualquier caso, esta pequeña ciudad es uno de los núcleos clave de la región más grande de Portugal. Aquí encuentras las tradiciones más arraigadas, los productos más tradicionales y las recetas más antiguas. Rodeada por parte de sus murallas del siglo XIV, Évora guarda calles encantadoras, mucha historia y comida rica. Su centro histórico está lleno de agradables sorpresas.

Podéis llegar tanto en coche, como en autobús (frecuentes desde Lisboa) como en tren (con peores horarios y más lentos).

De los celtas a los Avís

Pese a que la fundaron los celtas en esta colina en mitad del Alentejo, fueron los romanos los que la convirtieron en un asentamiento relevante. Lo mejor es empezar la visita por su famoso templo romano, o los restos del mismo, testimonio de la importancia de la ciudad. Parece que dedicado a Julio César. Le quedan muy bien conservadas 14 columnas corintias. Tapiado en la Edad Media, fue utilizado como almacén y matadero durante siglos, hasta que a finales del siglo XIX se volvió a recuperar, esta vez como monumento. Es uno de los grandes símbolos de Évora junto a su acueducto.

Tras la época romana, llegaron los visigodos, y luego los árabes, hasta que en el siglo XII los portugueses la conquistaron. De esta época es su imponente catedral fortificada, que por fuera parece una mezcla de castillo e iglesia.

La ciudad conoció su edad dorada en el siglo XV, cuando se convirtió en lugar de residencia de los reyes de Portugal. Sus casas de los siglos XVI al XVIII, encaladas y ornamentadas con azulejos y balcones de hierro forjado, le imprimen un carácter único. Esta arquitectura ejerció una influencia muy acusada en los monumentos y edificios construidos en el Brasil colonial. El icónico estilo blanco y amarillo de Évora aparece entonces.

Una nueva capital

De hecho, el famoso acueducto es de esta época, construido por el mismo arquitecto que hizo la torre de Belém en Lisboa. Este surtía de agua dulce los palacios así como varias fuentes construidas en las plazas de la ciudad. Aún hoy en día, el acueducto sigue proveyendo de agua potable a la ciudad. Podéis ver uno de sus tramos más famosos al lado de la Porta Velha da Lagoa, y luego adentraros por la rua do Cano para ver como en algunas partes del acueducto se han construido casas en el espacio de los arcos, creando barrios muy pintorescos.

En esta época también se fundó la universidad por los jesuitas en 1559. Aún se pueden ver algunos aularios espectaculares así como la serena biblioteca, ahora municipal. Varias iglesias fueron construidas en sus barrios, como la bella iglesia da Graça. Podéis visitar toda la Évora de la época dorada desde la praça do Giraldo, donde además de otra bella iglesia y fuente, disfrutaréis de puestos de comida y bebida, así como de restaurantes, y podréis descubrir muchas de las calles de la época, ajardinadas, así como de las fachadas de los palacios que se construyeron.

La iglesia-convento de San Francisco

Y así hasta que lleguéis a uno de los puntos clave de toda visita: la iglesia y convento de San Francisco, muy asociado al antiguo palacio real de los reyes portugueses, que se situaba enfrente. Convertida en la iglesia real, atrajo a artistas de renombre y se utilizaron materiales nobles para su construcción. Alcanzó su época de mayor esplendor en el siglo XVI, durante el reinado del Rey Don Manuel, cuando se le conocía como "convento del oro". Aquí se celebraron varias bodas y bautizos reales.

Con las desamortizaciones y extinciones de las órdenes religiosas del Marqués de Pombal de 1834, el complejo entró en declive, manteniéndose la iglesia debido a la gran devoción popular al Señor de los Pasos. A finales del siglo XIX, gran parte del convento se derrumbó para edificar viviendas. La iglesia se restauró en el año 2014, recuperando su esplendor perdido.

Además de la imponente iglesia, otra parte muy interesante que visitar es la capilla de los huesos, construida en el siglo XVII. Todas las paredes de la capilla están revestidas de huesos y cráneos de más de 5,000 personas desenterradas de los cementerios del convento, con lo que se buscaba que los creyentes reflexionaran sobre la transitoriedad de la vida humana.

Finalmente, el complejo incluye un moderno museo con numerosas piezas de arte sacro de diversos siglos por las que observar la evolución de los estilos en Évora. Destaca la colección de nacimientos de la familia Canha da Silva, donde cientos de belenes portugueses y extranjeros se exponen, con diferentes composiciones, tamaños, materiales y estilos. Los hay minúsculos, excavados en pequeñas piedras hasta algunos rarísimos, como el que usa a elfos para representar a la Sagrada Familia. Si solo podéis visitar una iglesia y/o museo, optad por esta.

Enfrente de esta iglesia se encuentra un ala del palacio de Don Manuel, ya que el resto del edificio fue destruido por las tropas napoleónicas. Se trata del ala que usaban para entretenerse las mujeres nobles de la corte. En sus bellos jardines de estilo inglés, encontramos incluso las célebres "ruinas falsas", decoraciones muy comunes en los jardines de aquella época. Es muy agradable para un corto paseo.

La decadencia de Évora y su resurgir

Tras la desaparición de la Casa de Avís en el siglo XVI, al morir el rey-cardenal Henrique, Évora dejó de ser residencia real y entró en decadencia, que se acentuó cuando el marqués de Pombal cerró su universidad en 1759. Esta decadencia protegió el centro histórico de Évora, que ha quedado como un ejemplo perfecto de urbanismo renacentista con muchos restos de las épocas musulmana y romana.

Évora volvió a la historia tanto en el XIX, cuando los liberales ganaron la guerra civil a los conservadores allí; también en 1974, cuando se produjo una revolución comunista en la que las tierras fueron ocupadas por los campesinos, creándose una economía agraria soviética durante muchos años. Aún hoy en día sigue gobernando Évora el Partido Comunista Portugués. En 1986, la UNESCO reconoció a Évora como patrimonio de la humanidad y el turismo sacó del letargo a esta bella villa.

Gastronomía alentejana

Uno de mis grades errores fue no reservar. Si visitáis Évora en fin de semana o entre semana durante temporada alta, y queréis ir a alguno de sus mejores restaurantes, solo podréis hacerlo si reserváis unos días antes. Tras recorrerme varios de ellos recibiendo negativas, finalmente me topé con el restaurante "A Baiúca", un local sin fanfarrias, con el telenoticias portugués en la tele, y varias familias locales dando cuenta de la comida del sábado. Aquí sirven cantidades grandes (algo por lo demás habitual en Portugal) y el servicio es amable y rápido: un señor mayor de camarero y su mujer de cocinera. Pedí un fiambre local de entrante (una especie de chorizo fresco ahumado delicioso). El pan que ponen está muy esponjoso también. Y de principal, uno de los platos del día: los “lagartos de porco Preto” un corte de cerdo ibérico alentejano delicioso y muy jugoso, a la brasa, acompañado de patatas fritas caseras y ensalada con una rodaja de naranja por encima. De postre, seguí los consejos del camarero y pedí un trozo de sericaia (un tarta conventual alentejana de huevos y canela) acompañada de una pera en almíbar. Todo por 20 euros, incluyendo una botella de agua con gas para beber.

Para desayunar o merendar, os recomiendo parar en la panadería Arte Antiga para probar una queijada de Évora, un delicioso bizcocho dulce a base de queso "cottage".