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dimecres, 31 de maig del 2023

Islas Azores

Las islas Azores 

Este archipiélago, situado en mitad del Atlántico norte, constituye un destino cada vez más frecuente por su belleza natural, pero también por su patrimonio cultural y su rica gastronomía. 

Nosotros fuimos en agosto, la mejor época para ir. Y aún así, refrescaba algunos días y todos las noches. Y nos cayeron lluvias de tanto en tanto. Pero en general, las temperaturas eran agradables: no suelen bajar de 15 grados ni subir por encima de los 25 durante todo el año. Consejo clave: alquilad coche siempre en cada isla. El transporte público es muy lento, con pocas frecuencias y no llega a casi ningún sitio turístico de interés.

Las Azores son territorios aún con una naturaleza muy virgen en varias zonas, ya que los humanos solo empezaron a instalarse en ellas desde 1427. Antes nadie vivió aquí, no hay civilizaciones pasadas. Por tanto, son islas enteramente de cultura y lengua portuguesa. Forman parte de las islas macaronésicas, junto a las Canarias y Cabo Verde, con las que comparten muchas cosas en común, principalmente el haber sido generadas por volcanes. En la isla de San Miguel, de hecho, aún se pueden ver fumarolas activas a las que la población da uso para cocinar, por ejemplo. Empecemos por esta isla.

Ponta Delgada: la capital de las Azores y de la isla de San Miguel

San Miguel fue la primera isla en ser poblada en las Azores y donde reside más gente en la actualidad,  siendo su aeropuerto el hub principal para acceder a las otras ocho islas. Aquí se instalaron primero presidiarios y familias pobres de las regiones portuguesas del Alentejo y el Algarve. Su capital, Ponta Delgada, poco a poco se convirtió en un puerto importante en las rutas de las Américas. De esa época, la ciudad conserva un bellísimo centro histórico de casas hechas con piedra volcánica y paredes pintadas de blanco impoluto. Las características aceras portuguesas "calçadas" dominan sus calles con bonitos ornamentos. Un buen lugar para empezar a descubrir la ciudad es en sus antiguas puertas aduaneras. Enfrente está la catedral de San Sebastián, que sirvió de ejemplo para el resto de iglesias de la isla. La catedral, sin embargo, es la única iglesia de la isla con mármol en su fachada, esculpido al estilo manuelino, regalo del Rey de Portugal.

Y es que las Azores es la región portuguesa con mayor número de católicos practicantes, pese a que muchas órdenes religiosas fueron expulsadas a lo largo de la historia, como los Jesuitas, que dejaron inacabada su gigantesca iglesia en Ponta Delgada cuando se les expulsó en 1759. Aún inacabada, su fachada es imponente: os recomiendo visitarla. Acercaos también al convento de la Esperanza, para ver a los locales hacer fila para pedir milagros a las monjas que custodian la imagen de Nuestro Señor Cristo de los Milagros. 

En el siglo XIX, la ciudad despegó económicamente gracias a que se empezaron a plantar naranjos, que crecían estupendamente con las temperaturas agradables y los fértiles suelos volcánicos. La exportación de esta fruta hizo muy ricas a varias familias de la ciudad, haciendo que estas construyeran los conocidos como "palacios naranjas". 

Entrado el siglo XX, estos ricachones empezaron también a decorar los jardines de sus palacios con plantas tropicales de todo el mundo, rivalizando por ver quién conseguía tal árbol indio, australiano, indonesio o chileno. Y esta fue su perdición: un hongo tropical importado acabó con todos los naranjos de San Miguel. Los "palacios naranjas" aún existen pero son casi todos edificios públicos que las familias tuvieron que ceder cuando sus fortunas se evaporaron. Ahora son institutos, museos, bibliotecas o facultades de la universidad local.

Los naranjos fueron substituidos por cultivos de piña y maracuyá, que por supuesto no eran tan rentables, aunque siguen siendo las principales exportaciones de la isla. De hecho, es común en las pastelerías encontrar deliciosos pasteles caseros de piña o, en los supermercados y bares, refrescos locales hechos con maracuyá. Hay puestos de piñas coladas artesanales por el centro de Ponta Delgada.

Para probar la gastronomía local en Ponta Delgada, recomiendo el café Royal, el más antiguo en operación de la ciudad. Sus lapas a la parrilla están deliciosas. Si queréis algo de un poco más de nivel y variedad, entonces acercaos a la nueva zona del puerto para comer en "O Marineiro", pero pedid rápido porque son muy lentos. Sus sopas y quesos locales están muy buenos, y el filete de atún con frijoles y ñame, también. 

Finalmente, subid a la ermita da Mãe de Deus para disfrutar de vistas de la ciudad y de la cadena de volcanes que crearon la isla de San Miguel. No hay mejor forma de despedirse de la ciudad.

Sete Cidades 

Más allá de Ponta Delgada, San Miguel ofrece rutas espectaculares. Si solo pudierais hacer una, no lo dudéis: la de Sete Cidades, un viejo cráter de un volcán ahora inundado por dos lagos gemelos. Aparcad en el pueblo "Sete Cidades", una preciosa población donde antes existían siete villas, arrasadas por el volcán. Allí hay una coqueta iglesia con un paseo bordeado de glicinias. También hay un horno  tradicional que vende un pan estupendo. Pactad con el taxi local que os recoja a una determinada hora al final de la ruta y os devuelva al coche. Cogedle el teléfono que son algo despistados. Llevad comida y agua para el camino por si acaso. 

Empezad la ruta señalizada, en la que os encontraréis restos del acueducto construido para llevar agua dulce a Ponta Delgada. Las vistas son increíbles a lo largo de la caminata que bordea los lagos por encima de las montañas. Sobre todo desde el mirador do Cerrado das Freiras. También os encontraréis con muchas vacas pastando. ¡En Azores hay más vacas que gente! De hecho la leche y la carne local son estupendas porque vienen de vacas criadas en libertad.

Uno de los mejores sitios para degustar los productos vacunos azorianos es en el restaurante de la Asociación Agrícola de San Miguel. Situado en un edificio contemporáneo a las afueras de Rabo de Peixe (el pueblo ahora tan de moda por la nueva serie de Netflix), cuenta con un menú corto de calidad y un servicio amable. Para la cena hay que reservar, pero para almorzar la única opción es esperar turno en la lista y sentarse en sala de espera o dar vueltas por las instalaciones hasta que nos asignen mesa. Pedid gambas al ajillo de entrante y el bife “à regional” de principal: muy tierno y servido con un pimiento picante por encima, un huevo frito y ajos enteros en una salsa de vino. Los postres caseros no están nada mal, así que reservad hueco.

Por cierto, julio y agosto son los meses de las fiestas patronales de los municipios de Azores. Sus iglesias se decoran con bombillitas de curiosos diseños luminosos y en algunos lugares podréis disfrutar de tradiciones muy curiosas. Por ejemplo, los mosaicos naturales en las calles, que elaboran los vecinos de Mosteiros, con flores, hojas y ramitas. En las plazas mayores, hay puestos callejeros que venden "malassadas", una especie de donuts caseros fritos con canela y un toque de naranja con su piel rallada dentro. Los meses de verano son también cuando muchos azorianos vuelven a visitar a la familia y a descansar a las islas, en casas donde tienen banderas de Estados Unidos y Canadá, mostrando orgullosos de donde viene el dinero que les permite tener una vida mejor.

Furnas

Otra excursión interesante en la isla de San Miguel es la población de Furnas. En el centro del municipio se encuentra el parque Terra Nostra, un enorme jardín botánico que fue los jardines de la mansión de un marqués local, luego comprada por Estados Unidos para ser sede de su consulado en las islas y que ahora es un hotel. Para los que no estamos alojados existe una entrada a 10€ que permite disfrutar de los bellos jardines con plantas de todo el mundo. En algunas partes da la sensación de estar en una de las escenas de Jurassic Park. La entrada incluye darse un baño en las aguas termales que surgen de la tierra, fruto de la aún presente actividad volcánica. Furnas se encuentra en mitad de un cráter y la continua actividad geotérmica hace que surjan aguas ferruginosas con minerales buenos para la piel.

Tras el baño os entrará hambre, la tensión baja mucho, por lo que mejor reponer fuerzas. Recomiendo que reservéis la comida unos días antes si queréis degustar la especialidad local: el "cozido de Furnas". Recomiendo el restaurante "O Miroma". Mencionad que queréis cozido en la reserva. Se trata de un conjunto de carne de pollo, ternera, cerdo, morcillas, chorizo, zanahorias, batata, repollo y ñame cocido durante 8 horas en las fumarolas volcánicas activas que quedan alrededor de Furnas. Tienen un sabor único, y se sirve acompañado de arroz y salsa verde casera, así como un "bolo levedo", el pan dulce tradicional de Furnas. Las raciones son enormes y sirve también otros platos tradicionales.

Tras reponer fuerzas, podéis hacer una pequeña ruta: la Grená, cerca del lago. En su base podréis ver las curiosas fumarolas donde se cuecen los cocidos. Luego, subiréis 600 metros de altura para disfrutar de las vistas del valle, así como de una impresionante cascada en lo alto. Me atreví incluso a tomar un baño en las aguas heladas del riachuelo, pero también está la opción de meterse en otro baño caliente natural calentado por la actividad geotérmica.

Vistas las principales opciones de San Miguel, cogimos un vuelo interno con Azores Airlines y volamos a la isla de Terceira.

Angra do Heroísmo, capital de la isla de Terceira.

Los que me conocéis sabéis que si pasaba por Azores era imposible que me perdiera Angra do Heroísmo, la capital de Terceira (la isla se llama así porque fue la tercera del archipiélago en ser poblada por los portugueses). Y es que Angra es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO

La ciudad se fundó en mitad de dos bahías, separadas por una pequeña península, gracias a las aguas profundas, pero resguardadas, donde pasarían cientos de naves y carabelas. Angra se organizó a partir del diseño de una malla reticulada, con ideas renacentistas, y en pocos años, adquirió el rango de ciudad: en 1534. Los urbanistas la consideran primera ciudad moderna del Atlántico, por ser la primera planificada a través de una plaza central de la que sale una malla cuadriculada. 

Angra se convirtió en puerto de escala obligada para la travesía del Atlántico, y lo fue durante siglos. Por aquí pasaban barcos cargados de oro y plata americanos, así como de especias de Oriente, lo que hizo necesario fortificar no solo el puerto, sino la isla de Terceira entera, con 40 fuertes en sus costas. El mismo Vasco da Gama hizo escala varias veces aquí en sus expediciones comerciales. En Angra, para proteger su puerto, se construyeron los imponentes fuertes de San Sebastián y San Juan Bautista, ejemplos incomparables de la arquitectura militar de la época, así como la de San Felipe, este último construido por orden del rey Felipe II de España y Portugal, una de las mayores fortalezas españolas jamás construidas.

Con la aparición de los barcos de vapor en el siglo XIX, Angra dejó de ser puerto clave y entró en decadencia. Aún así, la Reina María II la renombró como "Angra do Heroísmo" por ser una de las plazas fuertes del liberalismo, que le permitió ganar la Guerra Civil portuguesa. Un fortísimo terremoto en 1980 la acabó de destrozar. Por suerte, en 1983, la UNESCO la incluyó como Patrimonio de la Humanidad y empezó a ser objeto de obras de restauración que le han devuelto su antigua belleza, espoleada por el turismo que cada vez llega en mayor cantidad. 

Su posición de cruce de rutas hace que la estética de Angra sea de una mezcla de los pueblos portugueses y brasileños, un cruce único y muy original, donde la burguesía comerciante construyó varios palacetes, y la Iglesia católica varios conventos e iglesias. Muchas de ellas, como las iglesias de la Concepción, de la Misericordia o la propia catedral del Salvador son obras maestras del renacimiento portugués. Las ornamentadas iglesias son una muestra más de la enorme riqueza que pasaba por aquí. 

Entre sus principales puntos de interés, empezamos por la plaza vieja, presidida por uno de los ayuntamientos más elegantes de todo Portugal, inspirado en el de Oporto. Cuenta con unos regios salones de actos y de plenos que vale la pena visitar, así como vitrinas con fotos y objetos de exposiciones, donde aprender de tradiciones como la elección de las reinas de las fiestas de San Juan.

El convento de San Francisco, además de tener una iglesia bellísima, con un coro forrado de cerámica azul portuguesa, también están sepultado Paulo da Gama, hermano de Vasco, fallecido al regreso de su primer viaje a la India. Además, el resto del convento acoge el museo de la isla, con objetos de todas las épocas, con especial énfasis en objetos de familias burguesas del XIX.

Vale la pena pasear por el antiguo astillero, hoy reconvertido en una bucólica playa rodeada de altos muros blancos, donde también se puede pasar un agradable rato tumbado en la arena y disfrutando de un Atlántico menos frío de lo habitual. 

Pasead por las alegres calles Direita, Sao Joao y da Palha, así como el agradable largo do Colégio, vías donde se concentran la mayoría de comercios y restaurantes de la ciudad. Lo cierto es que Angra es mucho más colorida que Ponta Delgada, con sus casas pintadas de varios colores pastel. De hecho, la ciudad es considerada por ser la más festiva de todas las Azores. Es muy común escuchar música portuguesa tradicional en directo por sus plazas y restaurantes.

Y hablando de restaurantes, algunos interesantes son el "Beira Mar". Tanto la sopa de marisco servida en pan, como sobre todo la pasta vegetariana, están ambas muy ricas y a precios más que razonables. Además, su terraza al mar es muy agradable. Nosotros tuvimos la suerte que estaban celebrando en varias mesas y había un grupo de música tradicional azoriana cantando.

No os perdáis la pastelería "O Forno", donde aún hornean los "bolos D. Amélia", pastelitos elaborados en honor a la visita de la Reina Amélia en 1901 que contienen ingredientes de todas las partes del antiguo Imperio portugués: canela, clavo, nuez moscada, limón, uvas pasas y maíz.

Costas volcánicas

Además de la bellísima Angra do Heroísmo, Terceira ofrece un paisaje costero fascinante con sus piscinas naturales en mitad de rocas negras creadas por las diversas erupciones. Una de las más bonitas son las de los "Biscoitos". En sus alrededores hay una colina que vale la pena subir para disfrutar de bonitas vistas de los campos cercados por vallas de piedra donde se cultiva maíz, ñame o plátanos. 

No muy lejos está la "Casa de Pasto O Pedro". Las "casas de pasto" son restaurantes familiares modestos que sirven cocina tradicional casera. Sin duda, este es uno de los mejores, sin pretensiones, pero delicioso y a buen precio. Para comer rico y como si fuerais del pueblo. No encontraréis apenas turistas, pero está abarrotado de locales, y no por casualidad: sirve raciones enormes a buen precio y con mayor rapidez que en otros restaurantes de la isla. Pedimos unas gambas al ajillo de entrante que estaban excelentes, de las mejores que he comido en mi vida tanto en calidad como en sabor. Luego probé la morcilla local con piña, acompañada de ensalada, arroz y patatas fritas. Y de postre, tanto la tarta de chocolate como la de queso con maracuyá están buenísimas.

Otro buen restaurante no muy lejos pero algo más caro es el "Caneta" en Altares. Eso sí, son lentísimos. Para empezar, nos sentaron media hora después de nuestra reserva. De entrante pedimos la sopa del día, que era de puerros, muy rica. Para traernos los principales, tardaron una hora de reloj. De principal pedimos la "alcatra", plato por excelencia de Terceira: cocinado en una olla metálica al fuego de leña durante cuatro horas, se trata de un guiso de trozos de ternera con canela, cebolla, clavo, ajo, panceta, vino blanco, manteca de cerdo y laurel. Se come acompañado de massa sovada: el pan de maíz tradicional de Terceira, dulce (se amasa con leche). Estaba delicioso pero es un plato muy contundente que los locales solo comen en fiestas como el domingo de resurrección o durante las fiestas del Espíritu Santo. Mejor pedid uno para dos personas. También pedimos una carne de gran calidad preparada en un pincho, buenísima, cocinada en mantequilla. De postre: doce de vinagre, muy tradicional de la isla, una masa a base de leche, huevos, vinagre, hinojo y azúcar, muy contundente pero deliciosa y única. En definitiva: es un lugar muy tradicional, muy rico, servicio amable pero extremadamente lento. Venid con tiempo y con paciencia.

Para bajar toda esta comida, la isla ofrece muchas rutas chulas, como la de Serreta o el trilho Baías da Agualva, rutas costeras en este caso, donde disfrutar de antiguas grutas donde piratas escondieron sus tesoros robados.

En rutas de interior, la más impresionante es la de Lagoa do Negro, que cruza desde bosques alpinos hasta cráteres de volcanes llenos de vegetación jurásica, y en algunos tramos, con flores gigantes que parecen sacadas de otro planeta.

También vale la pena descubrir algunos de sus pueblecitos como Sao Sebastiao, con la iglesia más antigua de la isla. De estilo tardo gótico, es la única en las Azores con frescos medievales, muy interesantes y con detalles muy precisos.

A principios del siglo XX, los vecindarios de Terceira construyeron los"Impérios", altares al Espíritu Santo que compiten por toda la isla en colorido y diseño de su arquitectura y pinturas. El de Sao Sebastiao es especialmente bonito. 

Otra población interesante es Praia da Vitória, con una gran vida comercial. 

Tourada a corda

Terceira tiene una gran tradición taurina. De hecho, a la entrada de Angra hay una estatua gigante de metal con varios toros corriendo en una "tourada a corda". Esta celebración es plenamente callejera, donde los vecinos protegen sus casas con planchas de madera o metal para evitar que se les cuelen los animales. Cada toro es controlado por una cuerda controlada por seis personas expertas llamadas "pastores" que solo la tiran cuando el toro se pasa de las dos líneas fijadas a cada extremo de la calle en la que se celebra la fiesta (normalmente la calle mayor del municipio). En ningún caso se mata al toro ni tampoco se le puede herir: los locales se limitan a correr delante de él, valorándose a los que más se acercan al mismo. Los cuernos de los toros se cubren para minimizar cualquier posible accidente. La suelta del toro se acaba cuando suena un petardo. 

Finalmente, de camino al aeropuerto (al llegar o antes de irse) recomiendo el restaurante "Sabores do Atlântico". Pese a que el restaurante no está en la mejor situación posible, su corta carta ofrece excelentes productos del mar. Nosotros pedimos de entrante el queso regional con salsa de pimiento picante, así como unas almejas en salsa casera excelentes. Y luego seguimos con unos calamares asados espectaculares. Y todo servido bastante rápido (algo raro en Azores) y con amabilidad. Raciones grandes y precios razonables.

Faltan muchas más islas

En definitiva, las Azores son un sitio único, estupendo para pasar unos días de relax, sin estrés, y olvidarse de masas de gentes y de prisas. Los camareros se toman su tiempo, no hay atascos y es raro encontrarse con mucha gente. El silencio es frecuente, solo roto por los movimientos de la naturaleza causados por le viento o las olas del Atlántico.

Tengo que volver, primero para disfrutar del paisaje vitícola de la isla de Pico (el otro Patrimonio de la UNESCO que me queda pendiente en el archipiélago) pero también para ver los paisajes y degustar los sabores del resto de islas: Corvo, Graciosa, San Jorge, Fayal y Santa María. Los vuelos no son especialmente baratos aunque el turismo allí si, por lo que una cosa compensa a la otra. Aún no sé cuando, pero sé que volveré a este rinconcito perdido de la Lusofonía.

diumenge, 21 de maig del 2023

Samaná y Punta Cana

La península de Samaná

Peleada por varias potencias, a Samaná llegaron más de 5,000 esclavos libertos desde Estados Unidos, en 1830, invitados por Haití para establecerse aquí, junto a colonos franceses, indemnizados por la expropiación de sus latifundios haitianos. También colonos españoles llegaron en 1861, cuanto la República Dominicana volvió a integrarse al Reino de España durante unos años. Por tanto, la península constituye un universo en sí mismo bastante diferente al resto del país, con una mezcla de culturas y etnias que hace a sus habitantes únicos.

Tradicionalmente aislada por no contar con buenas carreteras, Samaná ofrece las mejores playas del país que además siguen aún libres del modelo de turismo masivo de otras zonas como Bávaro o Punta Cana. Ahora está masificándose poco a poco debido a la nueva carretera que ha acortado el viaje desde Santo Domingo de cinco horas a solo dos, pero la falta de grandes resorts mantiene aún preservada la autenticidad de la península. En temporada alta, de enero a marzo, la zona se llena de turistas que buscan ver el paso de las ballenas jorobadas en su ruta migratoria para aparearse en la bahía de Samaná. En el resto de meses el precio de los alojamientos cae y los restaurantes y excursiones suelen estar medio vacíos, pese a que suele hacer buen tiempo durante gran parte del año. Por eso es la opción preferida por los turistas expertos, que huyen de los paquetes masivos de otras zonas.

Santa Bárbara de Samaná

Capital provincial y ciudad aletargada, cuenta con un agradable malecón y su puente característico que une uno de los islotes de su bahía para que los peatones disfrutemos de un agradable paseo, preferentemente durante la bella puesta de sol.

A lo largo del paseo marítimo, se encuentran desde bares cutres y ruidosas mini-discotecas, hasta restaurantes elegantes que podríamos ver en Ibiza o cualquier isla griega. Para desayunar hay bastantes lugares agradables frente a la bahía donde degustar un buen mangú tres golpes, que consiste en mangú (plátanos verdes luego de ser hervidos en agua con sal machacados con un poco de mantequilla, que lleva por encima cebolla sofrita en aceite y vinagre) acompañado de salami dominicano, huevos fritos y queso dominicano frito. Las cenas también son estupendas: el malecón también es un buen sitio para probar el lambí, un caracol marino típico del Caribe que se prepara aquí al coco o guisado, pero personalmente no me gustó su textura, demasiado cartilaginosa. En cualquier caso, un buen lugar para cenar es el restaurante Santa Bahía, con decoración estupenda y platos internacionales.

Es una ciudad útil como base para descubrir la península por estar en el centro de la misma y contar con tiendas y servicios que cubrirán la mayoría de nuestras necesidades. Nosotros alquilamos un agradable casa con jardín al lado del paseo marítimo bastante tranquila.

Parque Nacional de los Haitises y Cayo Levantado

Una excursión popular de un día desde Santa Bárbara de Samaná es ir en barco a explorar el Parque Nacional de los Haitises, con sus pequeñas islas cubiertas de jungla y sus tupidos manglares con ríos de agua transparente. Las excursiones incluyen visitas guiadas a cuevas con pictogramas taínos, mucho menos impresionantes que en otros lugares como las cuevas de El Pomier, aunque igualmente interesantes. Eso sí, las cuevas son espectaculares como elementos naturales.

Si sois hábiles, podréis conseguir la excursión por unos 3,000 pesos dominicanos, incluyendo barco, guía por el parque, refrescos y agua durante la travesía; y comida luego en Cayo Levantado. El único problema es que suelen volverse muy pronto, alrededor de las 15:30, por lo que no da mucho tiempo a disfrutar de la playa de Cayo Levantado, que por cierto, tampoco nos gustó demasiado: estaba a reventar de gente con música a toda pastilla y griterío de niños y adultos.

La comida fue pasable, pero tampoco hay otras opciones en el cayo. Se sirve en un restaurante de playa en mesas comunales tipo pequeño buffet. Mi consejo es que prioricéis las playas de Las Galeras y Las Terrenas, mucho mejores, y evitéis Cayo Levantado si es posible.

Playa Rincón

Una de las mejores playas en las que he estado en mi vida: tres kilómetros de fina arena blanca con agua transparente a temperatura ideal con un tupido palmeral como telón de fondo donde tumbarse en su suave arena a descansar a la sombre si nos cansamos del sol tropical. La mayoría de historiadores coinciden que aquí desembarcó Colón por primera vez. El lugar es, simplemente, inolvidable, y debería ser la prioridad de cualquier viaje a República Dominicana. 

Es suficientemente grande como para poder tener la sensación de estar casi solos, excepto en uno de los extremos donde está Caño Frío, un impresionante río de agua dulce color esmeralda ideal para quitarse la sal marina tras un día de playa. A los residentes y visitantes les encanta refrescarse aquí, antes o después de disfrutar de pescado y langosta fresca cocinados a leña en fogones cercanos por múltiples vendedores de comida. Al nuestro le agregaron una excelente salsa de coco fresca que hicieron delante nuestro. Por cierto, de las mejores comidas que disfrutamos en República Dominicana, y a precio de risa.

En definitiva, una playa perfecta donde hubiera pasado no un día, sino varios.

Punta Cana y Bávaro

Error de bulto pero que no podía evitar: tras los días de estrés por el trabajo y de recorrerme la península de Samaná el fin de semana, decidí acabar el viaje en un resort todo incluido de Punta Cana. Me sorprendieron las grandes autopistas que hay alrededor, la cantidad de cadenas internacionales, tanto de hoteles como de restaurantes, y lo diferente que es del resto del país. En muchos sentidos me recordó a partes de la Florida más aburrida, prefabricada y homogénea.

Eso sí, me quedé en uno "Only Adults" de Meliá The Level que es "wellness inclusive" con gimnasio, yoga, meditación y un estupendo Yhi Spa con circuitos de agua relajantes. Y comida detox aunque no tan sana como me hubiera esperado. Pero en cualquier caso, una jaula dorada que podría haber estado perfectamente en cualquier otro país del mundo. La desconexión del resort respecto al país real es total.

La playa de Punta Cana me decepcionó mucho, especialmente tras la maravilla de Playa Rincón. Nunca se me ocurriría cruzar el océano Atlántico para esto, honestamente. Reitero: si vais a República Dominicana, priorizad Samaná para disfrutar del Caribe más impresionante y más real, con sus paisajes, playas, sabores y sobre todo, su gente. No os arrepentiréis.  

dimecres, 17 de maig del 2023

Santo Domingo

La capital de la República Dominicana

La isla Española, así nombrada por Cristóbal Colón (primer territorio americano donde puso pie) se llamaba antes Haití por los taínos, que significa "isla de montañas altas" en su lengua. Partida en dos países actualmente, Santo Domingo es la capital de uno de ellos: la República Dominicana. Haití es solo la otra mitad, que es donde los castellanos primero intentaron fundar una ciudad en Villa La Navidad. Tras fracasar, fundaron La Isabela, que tampoco salió bien. Fue entonces cuando Bartolomé Colón (hermano de Cristóbal) fundó La Nueva Isabela en uno de los márgenes del río Ozama. Años después, Nicolás de Ovando trasladaría el centro de la ciudad al otro margen, fundando finalmente Santo Domingo.

La ciudad fue ocupada por Francis Drake, William Penn y Dominique Toussaint L´Ouverture, hasta que finalmente pudo proclamarse como capital de la República Dominicana en 1844 bajo el liderazgo de Juan Pablo Duarte.

Es muy importante tener en cuenta precisamente que la identidad dominicana no va contra los españoles sino contra los haitianos fundamentalmente. Siempre han visto como invasores a ingleses y haitianos, y de estos últimos fueron de los que se independizaron y así celebran su fiesta nacional. Es curiosos que esto también ha llevado a un racismo predominante, exacerbado durante la dictadura de Trujillo, por el que pese a que más del 60% de la población tiene rasgos genéticos negros, solo el 8% de auto-identifica como afrodescendiente: ser negro es ser haitiano, y esto es algo muy negativo aún entre la población dominicana.

La Zona Colonial

Nosotros nos quedamos en el corazón de Santo Domingo, la llamada Zona Colonia, una parrilla de calles rectas con plazas arboladas aquí y allá donde se encuentran las edificaciones más antiguas del continente americano. Y lo hicimos en el pequeño hotel "Villa Colonial", una casa art déco del año 1920, restaurada y habilitada manteniendo sus extraordinarios pisos de época con un agradable jardín tropical interior.

Vale la pena alojarse aquí, ya que es el único lugar de momento considerado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en República Dominicana. Estas once cuadras de calles adoquinadas ofrecen tiendas sin igual en el país, restaurantes con encanto y varios monumentos que vale la pena explorar. 

Por un lado tenéis la agradable calle Arzobispo Portes, jalonada de palacetes, antiguas iglesias y plazas arboladas. Por otro, la animada calle del Conde, peatonal pero muy decadente, aunque llena de restaurantes y tiendas turísticas. En uno de sus extremos se encuentra la puerta del Conde, donde los dominicanos iniciaron la rebelión contras las fuerzas haitianas, alzando la primera bandera dominicana. 

En el otro extremo se encuentra la Catedral Primada de América, cuya primera piedra fue colocada por Diego Colón, hijo de Cristóbal (sí, enchufó a toda la familia a gobernar La Española). Se trata de la primera catedral en América y aún cuenta con el escudo del emperador Carlos V en su fachada. Está en pleno parque Colón, con una estatua de Cristóbal en medio, y varias terrazas de restaurantes caros. También se encuentra aquí el primer ayuntamiento del continente. Al lado, en el convento de la Orden de los Predicadores, de los dominicos, fue donde Fray Bartolomé de las Casas describió y denunció las atrocidades cometidas contras los indígenas. No muy lejos están la iglesia de la Altagracia y sobre todo, las ruinas del hospital San Nicolás de Bari, primero en América, destruido en 1911 por un huracán. Un poco más arriba se encuentra la gran plaza de España, antiguo recinto militar, con el elegante Alcázar de Colón en una de sus esquinas. 

En uno de los laterales se encuentra el Museo de las Casas Reales, antiguo primer tribunal de justicia de América. En frente hay un reloj de sol, construido para que los funcionarios pudieran consultar la hora dando una mirada desde sus ventanas.

Si recorremos la calle de las Damas os encontraréis, primero con el Panteón Nacional, antigua iglesia de los Jesuitas que ahora es lugar de homenaje para las personas más ilustres del país. Siempre hay un soldado armado vestido de gala apostado en la entrada. Luego veréis la Casa de Francia, desde la que Hernán Cortés planeó su conquista del Imperio Azteca. Y luego la antigua mansión de los Ovando, única que tenía el privilegio de contar con una capilla privada y que ahora es un elegante hotel de cinco estrellas. Finalmente, si seguís hacia abajo (primera calle del continente) llegamos a la fortaleza Ozama, construcción militar colonial más antigua del Nuevo Mundo, que controlaba el acceso del rio Ozama desde el mar Caribe.

No hay nada mejor que dar un agradable paseo por la Zona Colonial descubriendo sus edificios con una agradable brisa marina tropical acariciando la piel mientras veis a hombres jugando al dominó y estridentes notas de bachata y merengue suenan desde los colmados (tiendas de comestibles) o colmadones (donde además de vender comestibles, también preparan tapas y se sirve alcohol, un nuevo concepto que surgió en la crisis de los años 2000). El que busque souvenirs no tardará en encontrar alguna tienda en la que incluso comprar alguna joya con larimar, una piedra semipreciosa típica de la República Dominicana. O ámbar, aunque cuidado con las falsificaciones. También le podrán preparar una botella de "Mama Juana", una mezcla de ron y vino tinto infusionado con miel, hierbas y una madera afrodisíaca. Esta receta es la mezcla del té afrodisiaco de los taínos con el alcohol que trajeron los europeos.

Por supuesto, la Zona Colonial está llena de restaurantes interesantes, como "TIME", de comida vegetariana con una agradable terraza en parque Billini y magníficos cócteles, donde degustar sobres de queso criollo, raviolis de remolacha, crema de calabaza y naranja o arepa de choclo. Pero si queréis probar la gastronomía dominicana, nada mejor que ir a "Jalao", en parque Colón, donde probar el maravilloso ceviche "morir soñando" o las catibías de queso (empanadas hechas de yuca). Al lado, "La Marchanta" sirve una ensalada de aguacate espectacular, además del típico mofongo, un plato hecho de plátanos macho fritos, machacados en salsa de ajo y trozos de cerdo fritos servido en un pilón (mortero de madera). Si viene con gambas encima, le llaman camarofongo. Muy contundente, mejor reservadlo para el almuerzo. Y para beber, "Morir soñando" una bebida de zumo de naranja o limón natural con leche evaporada (o leche Ideal). 

Por supuesto, el que busque algo más económico y rápido, pero no por ello menos delicioso, puede ir a cualquiera de los llamados "comedores", pequeños locales de comida preparada donde montar vuestros platos y comer abundantemente por poco dinero recetas dominicanas como moro de guandules, pollo guisado, mondongo, berenjenas asadas, tostones fritos, asopao, yuca con mojo de ajo, puerco guisado, plátano hervido encebollado, picalonga o chuleta ahumada. Uno muy rico es "D Comer Colonial" al final de la calle Arzobispo Portes.

El barrio de al lado, Gazcue, antigua zona cara, es ahora un barrio normal aunque agradable presidido por el imponente Palacio Nacional, construido con mármol rosado de Samaná en estilo neoclásico. Su paseo marítimo, o malecón, también es muy agradable para un paseo nocturno.

Cuevas del Pomier

No muy lejos de Santo Domingo, en el municipio de San Cristóbal, se encuentran las cuevas del Pomier, un conjunto de 57 cuevas (sólo cinco abiertas) con más de 600 pinturas taínas, siendo el mayor conjunto descubierto hasta ahora en el Caribe. 

Nada más entrar en la primera veréis a Macocael, guardián de las cuevas, esculpido en la roca, ejemplo clave de petroglifo taíno. Luego, en las diferente estancias, dibujados con carbón y grasa de manatí, hay representaciones de pájaros, peces y otros animales, así como figuras humanas y posibles deidades, como gran muestra de pictogramas taínos. Llama la atención uno que muestra un coito, elemento sagrado para los taínos. Las cuevas eran lugares donde, además de refugiarse de atacantes y huracanes, también las usaban como lugares sagrados donde retirarse a meditar en silencio durante horas.

De estas cuevas, además de la bajada enorme de temperatura respecto al exterior, lo que también nos chocó fue la presencia masiva de murciélagos, muchos de los cuales se podían ver incluso cargando con sus bebés. Cuidado con sus excrementos.

Como estuve por trabajo, apenas tuve tiempo de ver cosas, por lo que no entré en ningún museo y además me faltó ver el Faro a Colón o asistir a un partido de béisbol, además de muchos restaurantes, pero seguro que más tarde o más temprano regresaré a la ciudad colonial más antigua de las Américas.

dissabte, 15 d’abril del 2023

Agra

La punta más famosa del "Triángulo de Oro" indio

Las rutas turísticas de la India para principiantes suelen empezar con el llamado "Triángulo de Oro" formado por Delhi, Agra y Jaipur; siendo Agra la imagen icónica del país. Y más concretamente la tumba más bonita del mundo: el Taj Mahal. Pero esta "punta" tiene otros puntos interesantísimos, incluso en el propio recorrido tanto de Delhi a Agra como de Agra a Jaipur. Aquí os cuento lo que vimos nosotros.

Mathura

Tras desayunar en Delhi nos pusimos rumbo a Agra en coche con un conductor estupendo del que os puedo dar los datos si me contactáis por mensaje privado. En el camino, decidimos parar en Mathura, una de las siete ciudades sagradas del hinduismo. 

Paramos aquí para ver el lugar de nacimiento de Krishna, el templo de Kesava Deo, el complejo religioso más importante de la ciudad. Para entrar os requisarán cualquier dispositivo electrónico, incluyendo cables y por supuesto, vuestros teléfonos móviles. Así que no se pueden sacar fotos dentro. Os los devuelven al salir del complejo.

Cientos de peregrinos acuden para rezar en una pequeña sala, el Shri Krishna Janambhoomi, una antigua celda en la que se dice que nació Krishna hace más de 5,000 años. Luego se pueden subir unas escaleras hasta el templo principal, con murales con la de vida de este, representado siempre con la piel de color azul; y estatuas suyas tocando la flauta acompañado de su esposa, Radha. Las luchas entre musulmanes e hinduistas (que construyeron una gran mezquita encima de parte del complejo) han llevado a la destrucción y reconstrucción de este templo a Krishna, por lo que el actual es relativamente moderno pues data de 1950.

Krishna es considerado una encarnación del dios Visnú, según el hinduismo. Es decir, uno de sus avatares. En cambio, según el krishnaísmo, Krishna es la forma principal de Dios, de quien emanan Visnú y los demás dioses (como Shiva y Brahma). En cualquier caso, en el templo aprendimos más de su historia con las representaciones pictóricas, siendo la de la cobra de siete cabezas que lo lleva por el mar la que más nos llamó la atención.

Tras la visita a este curioso lugar, comimos en el agradable restaurante del hotel Brijwasi Royal, donde nos sirvieron comida vegetariana del norte de la India con poco nivel de picante que pudimos comer bien, destacando el delicioso surtido tandoori. Y tras esto, volvimos a la carretera rumbo a Agra.

Fuerte de Agra

Agra ya fue capital del imperio Lodi, cuando el sultán Sikander trasladó su capital aquí en 1501. Pocos años después, el primer emperador mogol, Babur, conquistó el imperio y mantuvo su capital en Agra. Fueron ellos los que le dieron los grandes edificios que actualmente atraen a millones de turistas.

Al llegar a Agra nos sorprendió los enormes atascos que se forman en las entradas a la ciudad. Casi una hora hasta que llegamos a nuestro alojamiento. Pero por fin nos instalamos en el Taj Gang, el barrio alrededor del Taj Mahal, a unos minutos de la entrada del monumento. Os recomiendo hacerlo así ya que lo mejor es visitarlo nada más lo abren al amanecer, no sólo para disfrutar de la salida del sol desde sus bellas cúpulas al borde del río Yamuna, sino también porque es el momento que menos gente hay. Luego, a partir de las nueve de la mañana, empiezan a llegar las hordas de excursionistas de Delhi que inundan el lugar.

Pero esa tarde, aprovechamos para visitar el fuerte de Agra, también declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. El fuerte es el lugar perfecto para entender mejor el papel de Agra como capital del Imperio Mogol antes de que la movieran a Delhi. El Fuerte Rojo de Agra es un importante monumento mogol del siglo XVII construido con piedra arenisca roja. El emperador que empezó a construirlo fue Akbar, como una imponente ciudadela que encierra en su enorme recinto amurallado, con muros de más de 20 metros y un foso de cocodrilos, un gran número de palacios maravillosos, muchos construidos por emperadores posteriores, como el de Jahangir o el Khas Mahal, construido por Shah Jahan para su hijo, así como edificios para recibir audiencias, como el Diwan-i-Khas (impresionante y diseñado para impresionar), y también dos hermosas mezquitas, una de las cuales no pudimos entrar por no llegar a tiempo. Desde aquí gobernaban su vasto imperio. Sha Jahan fue el que introdujo el mármol blanco para construir estancias y palacetes dentro del fuerte, material que luego usó en la tumba de su mujer.

Muchas de estas habitaciones tienen decoraciones de ensueño. Me encantó la sala de reuniones del emperador con su Consejo Real, pero el palacete más bello es el Khas Mahal, en el que Aurangzeb, príncipe e hijo del emperador Shah Jahan, encerró a su padre tras un golpe de Estado que llevó a sucederle y convertirse en el sexto emperador mogol. Las habitaciones de mármol blanco con fuentes en mitad de muchas de ellas son inolvidables, así como las vistas del Taj Mahal que se disfrutan desde las estancias.

La versión oficial dice que el hijo encerró al padre para evitar que malgastara más dinero en construir otro Taj Mahal, de color negro esta vez, para su propia tumba, frente al que hizo construir para su mujer favorita: Mumtaz Mahal. Aún se pueden ver los cimientos, al otro lado del río, de lo que hubiera sido el "Taj Mahal negro". La versión no oficial es que Aurangzeb dio el golpe de Estado simplemente porque no se fiaba de sus otros hermanos y prefirió asegurarse el trono en vida. De hecho, fue quien trasladó la capital de Agra a Delhi, para rodearse de una corte fiel.

Taj Mahal

No es casualidad que más de seis millones de personas visiten el Taj Mahal cada año. Edificado en 1631 por orden del emperador mogol Shah Jahan para perpetuar la memoria de su esposa favorita, este grandioso mausoleo de mármol blanco es la joya de la corona del arte musulmán en la India y una de las obras maestras universalmente admiradas del patrimonio cultural de la humanidad.

Repito el consejo: llegad a las taquillas antes del amanecer para evitar colas y masas, pero traed algo de abrigo si venís en invierno (en enero hacía frío). Con la entrada os darán una botella de agua y unas fundas para los zapatos obligatorias cuando entréis a la zona de mármol que rodea el Taj así como a su interior. La entrada al recinto, amurallado por una construcción mogol roja similar a los fuertes desde los que gobernaban, es impresionante por sí misma y recuerda a la arquitectura persa. 

Uno nunca olvida la primera vez que ve el Taj Mahal de cerca, al entrar al gran portón de acceso. Es un símbolo de poder, un símbolo de amor, un símbolo de riqueza y, sobre todo, un símbolo de la perfecta simetría que puede alcanzar el ser humano al crear edificios. El Taj Mahal es la materialización de toda cosa pura, dijo Kipling. Sin duda, ver el amanecer desde el mismo es impactante y no decepciona a nadie.

Los jardines siguen el modelo persa de división en cuatro partes iguales por canales acuáticos que reflejan magistralmente el edificio. La tumba está hecha enteramente de mármol con piedras preciosas pulidas e incrustadas, que dibujan flores y hojas de forma magistral, así como citas del Corán en cada una de las inmensas puertas, con incrustaciones de jaspe. Y se coloca sobre una enorme plataforma, también de mármol con cuatro minaretes de cuarenta metros en cada esquina. Trabajaron 20,000 personas para construirlo en ocho años, incluyendo artesanos de toda Asia y de Europa.

Esta tumba, encargada por Shah Jahan, quinto emperador mogol, para enterrar a su mujer favorita y cumplir con la promesa que le hizo en el lecho de muerte de que nunca la olvidaría. Mumtaz Mahal falleció dando a luz a su hijo número catorce. El emperador quedó desgarrado y el Taj Mahal es la muestra de un amor infinito. Una lágrima en la mejilla de la eternidad, como dijo el poeta Tagore.

El interior no es tan impresionante, más allá del curioso eco que forma la cúpula bulbiforme central y los dos cenotafios: uno para Mumtaz Mahal y otro, que rompe la simetría por no estar previsto, para Shah Jahan. Las verdaderas tumbas están en el sótano del edificio, al que no se permite entrar.

Tras disfrutar también del pequeño pero interesante museo que incluye el recinto, con impresionantes miniaturas mogolas y platos hechos de un material que detecta la presencia de veneno cambiando de color, nos fuimos a desayunar a la terraza del establecimiento donde nos alojamos, que ofrecía unas vistas impresionantes al Taj Mahal. Tras ello, nos dispusimos a iniciar la carretera hacia Jaipur. Agra per se es una ciudad con poco interés turístico, por lo que tras ver sus principales atractivos, no hay mucho más que hacer. No es agradable pasear por sus calles infestadas de coches o suciedad, jalonadas de edificios a cuál más feo.

Excursión a Fatehpur Sikri

De camino a Jaipur aprovechamos para parar en Fatehpur Sikri, una ciudad fantasma maravillosa. Esta ciudadela fortificada construida por el tercer emperador mogol, Akbar, en la segunda mitad del siglo XVI, con el nombre de “ciudad de la victoria”, fue la capital del Imperio Mogol durante tan solo diez años debido a la falta de agua en el lugar, que forzó a la corte a regresar a Agra. El sitio comprende un conjunto arquitectónico homogéneo con numerosos monumentos y templos, además de edificios para diferentes usos e incluso reservorios de agua que intentaron suplir el clima seco de la zona y falta de aguas subterráneas. 

La parte central incluye tres palacios que el emperador construyó para cada una de sus esposas: una cristiana, una hinduista y otra musulmana, separados por patios, así como el palacio del propio emperador, con una enorme cama de piedra elevada para evitar ataques de enemigos o animales salvajes y un canal de agua corriente para refrescar la estancia durante el verano. Frente al mismo destaca una bella zona de conciertos rodeada de un estanque que mejoraba la acústica, así como el espacio para astrólogos o la escuela para los niños de la corte. También destaca la bellísima sala del trono, de piedra roja, en la que Akbar se sentaba en un pilar central con sus ministros situados en cada una de las esquinas, todos en la parte elevada de la sala para incrementar la sensación de poder de estos.

Hay hasta un parchís gigante en el que jugaba la corte y donde las fichas de cada uno de los cuatro colores eran mujeres vestidos de los mismos que se iban moviendo según lo que dijeran los dados y los jugadores.

Acabamos la visita en la Jama Masjid, una de las mezquitas más grandes de la India, que mezcla elementos persas e indios. De hecho, esta mezquita es la razón por la que Akbar eligió mover aquí la capital: resulta que en este lugar, el santón sufí Shaikh Salim Christi predijo (correctamente) cuando tendría Akbar a su primer hijo. El emperador construyó una enorme mezquita y luego, una tumba de mármol dentro de la misma para el santón, a la que ahora acuden musulmanes de toda la India para pedir por un hijo, rezándole y colgando lazos en las ventanas de la tumba. Antes de dejar esta pequeña población fuimos al mercado de la pequeña localidad, a un puestecito de galletas khataie, típicas del pueblo. Recomiendo las de cacahuetes, buenísimas.  

Agra y su camino de llegada y salida ofrecen experiencias y monumentos impresionantes y difícilmente olvidables por cualquier turista, incluso los más experimentados. No defrauda a nadie.

dimecres, 5 d’abril del 2023

Delhi

La capital de la India

Delhi es una de las ciudades que más tiempo ha estado habitada de forma ininterrumpida a lo largo de la historia. Hoy, con 28 millones de habitantes censados, es la segunda ciudad más habitada del mundo tras Tokio. Pero no tiene nada que ver con la capital japonesa: Delhi es una ciudad supercontaminada, caótica y muy ruidosa. Solo la curiosidad nos hará pasar unos días en ella. Por mi lado, también el hecho que fuimos a visitar a mi amiga Deborah, que ha sido destinada unos años allí por trabajo.

Para moverse por la ciudad recomiendo dos opciones: para distancia de menos de 20 minutos, optad por un auto-rickshaw: rápido, barato y divertido, se pueden pedir a través de la aplicación Uber para ahorrarnos negociaciones y precios inflados. Para trayectos más largos, Uber o taxi, aunque en los taxis os tocará negociaciones que a veces son un rollo. En cualquier caso, si sois dos o más, todo saldrá a precios de cualquier transporte público en Europa y os ahorrará líos, sudor y sobre todo, tiempo.

La islamización de Delhi

El mejor lugar para empezar un recorrido por la ciudad es adentrarse en sus restos arqueológicos más antiguos: el conjunto arqueológico del Qutb Minar. Aquí hay varias tumbas del Imperio Maurya, así como restos de templos jaimistas, budistas e hinduistas del siglo IV antes de Cristo usados para construir dos grandes mezquitas del siglo XIII, las más antiguas de la India septentrional,  construidas con materiales procedentes de una veintena de templos brahmánicos. Ambas también están en ruinas. Pero el protagonista de este parque es el gigantesco minarete, en muy buen estado. Se trata de una torre de arenisca roja de 72 metros de altura, cuya pared exterior, de estilo afgano, está bellamente ornamentada. También se mantiene bastante bien la magnífica Puerta de Alai Darwaza, obra maestra del arte indo musulmán construida en 1311. Sin duda, lugar perfecto para entender como una ciudad mayoritariamente hindú pasó a ser musulmana durante siglos. 

La islamización de Delhi se profundizó con la llegada de la dinastía Lodi, también afgana, que construyó tumbas como la de Shish Gumbad o la Bara Gumbad, impresionantes, y que pueden visitarse gratis en los jardines Lodi, lugar muy popular en el que hacen picnic las clases medias de la ciudad durante los fines de semana. El estilo de estas tumbas fue copiado siglos más tarde, y perfeccionado, al construir el Taj Mahal en Agra.

De la era Lodi vale la pena también visitar el baoli Agrasen Ki: los baoli eran depósitos de agua pero también lugares de encuentro social en cuyas hornacinas la gente se sentaba en verano para aliviar el calor y socializar refrescados por la brisa del agua almacenada. Nada más entrar, me pareció estar en un lugar mágico, como la guarida de un super héroe. Es del siglo XIV y cuenta con 103 peldaños.

El imperio Mogol

A los Lodi les sucedieron los mogoles en 1526, cuando Babur, descendiente de Gengis Khan, invadió el imperio Lodi y fundó la dinastía Mogol, que gobernaría casi todo el territorio de la India durante 300 años. Lo cierto es que primero instalaron su capital en Agra y no fue hasta el siglo XVII cuando el emperador Shah Jahan trasladó la corte a Delhi y construyó el Fuerte Rojo, nuevo centro administrativo, militar y palaciego del imperio durante muchas décadas. Su nombre se debe al color rojo de la piedra arenisca con que se construyeron sus espesas murallas. En su interior, los palacios se basan en prototipos islámicos, pero los pabellones muestran elementos arquitectónicos típicos de los edificios mogoles, en los que se puede observar la fusión de las tradiciones persas, timures e hindúes. Personalmente no entré, ya que Delhi tiene mucho que ofrecer y hay otros fuertes en el país mucho más impresionantes, como el de Fatehpur Sikri o el de Agra y que sí visitamos. Los fuertes actuaron como una suerte de "Ciudad Prohibida" de Beijing para el emperador mogol y su corte.

No muy lejos del Fuerte Rojo se encuentra Jama Masjid, otro de los iconos de la era Mogol en Delhi. Esta gran mezquita era a la que el emperador y su corte iban a rezar. Su patio es, como muchas cosas en este país, de película, tanto por sus proporciones como por su simetría. Puede acoger hasta 25,000 personas. Para alejarse de los remolinos de gente y tomar distancia de la ciudad, nada mejor que subir a uno de sus minaretes (el único abierto al público) para disfrutar de unas vistas de la Vieja Delhi. Eso sí, ni las estrechas escaleras de caracol para subir ni el pequeño espacio en su cima son aptos para claustrofóbicos o personas con miedo a las alturas.

Otro lugar clave en Delhi es la tumba de Humayun, construida en 1570. Esta sepultura tiene un significado cultural especial por ser la primera tumba-jardín edificada en el subcontinente indio. Es curioso porque esta tumba de un emperador encargada por su mujer para honrarle (historia contraria a del Taj Mahal, al que sirvió de fuente de inspiración arquitectónica 60 años después). De hecho, su cúpula principal es muy similar a la de la tumba de Agra. El complejo funerario incluye otras bellas tumbas también que vale la pena ver.

El imperio británico

En el siglo XIX, los británicos derrocaron al imperio Mogol y anexionaron la India al suyo, permitiendo a algunos rajás gobernar partes del mismo bajo el paraguas de la administración británica. El Fuerte Rojo pasó a ser una base militar británica hasta el 15 de agosto de 1947, cuando Nehru levantó la bandera india en la principal puerta del fuerte, ceremonia que se sigue celebrando cada día de la independencia del país.

En los alrededores del Fuerte Rojo y la Jama Masjid se congregaron comerciantes y profesionales liberales, atraídos por la riqueza y seguridad de la corte imperial, a la que proveían de bienes y servicios de gran calidad. Los más exitosos se construyeron "havelis" o bellas mansiones con un patio interior. Los británicos respetaron a dicha población, pero todo cambió con la independencia. Hoy en día, pasear por la Vieja Delhi es una experiencia única, pero muy dura: la basura aparece por cualquier lado por lo que ratas, monos, palomas y perros callejeros son frecuentes. La decadencia que vive un barrio que fue rico se debe a la independencia de la India, cuando la mayoría de población musulmana huyó a Pakistán, en el contexto de masacres y persecuciones. Si un tercio de los habitantes de Delhi eran musulmanes el 1947, tan solo quedaron un 6% en 1950. La Vieja Delhi, antigua corte del emperador musulmán, y barrio por tanto mayoritariamente islámico, perdió a casi todos sus habitantes y el nuevo gobierno indio repartió mansiones y apartamentos a refugiados hinduistas y sij que llegaron del Punjab, de donde la población musulmana, a su vez, los había perseguido y expulsado.

El barrio sigue siendo eminentemente comercial, pero las calidades de los productos han bajado en general, con poquísimas excepciones. Cada parte del mismo se dedica a productos específicos, como los libros, la comida, la ropa o las telas. La Vieja Delhi, otrora una ciudad mogol, pasó a ser mayoritariamente una ciudad punjabi, construyéndose incluso un  nuevo y enorme templo sij en Channdi Chowk, su avenida principal. Lo cierto es que la Vieja Delhi sigue sin recuperarse de este trauma poblacional. Y aunque la suciedad desaconseja probar sus puestos de comida callejera, estos son considerados de los mejores del mundo, con recetas seculares e ingredientes curiosos para cualquier occidental, además de olores y colores que estimularán nuestro apetito. Mi consejo es limitarse a sitios muy llenos, ya que garantizan que la comida está en buen estado, como el mítico Karim´s. Este feo local, en el que cocinan brochetas de carne a la brasa en plena calle, es un tesoro que pasa muchas veces desapercibido. Se trata de un negocio familiar en el que han cocinado recetas de la corte Mogol durante siglos. El local lo abrió uno de los miembros de la saga tras quedarse sin su trabajo como cocinero de la corte en pleno siglo XIX con la llegada de los británicos. Por eso, aún hoy, podemos disfrutar a precios de risa platos que comían los sultanes mogoles como las burrah (chuletas de cordero marinadas), de las mejores que me he comido nunca.

Y al ser la Vieja Delhi ahora mayoritariamente hinduista, si queremos adentrarnos en un barrio musulmán, hay que dirigirse a los alrededores del mausoleo del santón sufí Khwaja Nizamuddin Auliya, un asceta del siglo XIV que propagó la tolerancia entre credos. Vale la pena entrar en el mausoleo, apretujándose entre las masas de devotos que se amontonan para tocar la tumba del santo, tras atravesar estrechos pasillos llenos de tiendas de objetos religiosos y ofrendas que llevar al santo, como pétalos de rosa, incienso o arroz.

La Nueva Delhi

Los británicos establecieron la capital al principio en Calcuta, pero en 1911 la volvieron a mover a Delhi, iniciando un plan de ensanche para alojar a la administración colonial con el enorme bulevar Rajpath como eje vertebrador y que hoy conecta la Puerta de la India con el palacio presidencial. Este barrio está lleno de larguísimos y anchos bulevares arbolados, jalonados de edificios y chalets blancos.

Uno de los grandes símbolos de la era colonial es Connaught Place, un barrio de columnas palladianas con forma circular, que hace 50 años era el lugar más elegante de la ciudad. Ahora está en decadencia pero hay muchas cadenas internacionales de ropa así como de comida fast-food. 

En cualquier caso, en Nueva Delhi es donde mejor se puede comer de la ciudad, encabezando este ranking el Indian Accent, mejor restaurante del país según la revista mundial "Restaurant". Situado en el Lodhi Hotel, hace falta reservar con mucha antelación para conseguir mesa, dejando una señal importante de dinero que no es reembolsable si finalmente no se puede ir. El chef Manish Mehrotra fusiona de forma magistral recetas e ingredientes de todo el país con técnicas de la nouvelle cuisine. El menú degustación es cerrado (se puede optar por la versión vegetariana) y se empieza con unos pequeños naans de queso recién horneados acompañados de una sopa de espinacas y cardamomo, a la que le siguen platos cada uno mejor que el anterior, a los que se les puede modular el nivel de picante (personalmente me sentí muy cómodo y no me molestaron para nada las especias). La cena se cierra con un postre doble: primero un helado indio (mucho más denso) de halwa y calabaza con almendra amarga y se acaba con un flan de coco especiado y una pasta de dátiles entre una masa crujiente y dulce.

Otro lugar increíble para centrarse en la gastronomía del norte de la India es Bukhara. Situado en el hotel ITC Maurya, dispone de varios horno tandoori tradicionales en los que ver a los chefs amasar y hornear los naans. Pedimos paneer tikka (queso hindú a la brasa especiado) con dos kebabs: de cordero y de pollo, especiados, y que estaban exquisitos, y picaban a niveles que pude tolerar. En el norte de la India se come con las manos, así que enfundaros el delantal que os facilitan y al ataque.

La Delhi capital de la India independiente

La estela de Mahatma (alma grande) Gandhi, considerado padre de la India moderna, es muy visible en Nueva Delhi y hay muchos memoriales y museos dedicados a su figura. Nosotros optamos por el Museo Nacional de Gandhi, en el que aprender más de su vida, su filosofía de resistencia no-violenta, y observar elementos que le pertenecieron, así como obras de artistas que le dedicaron en vida, y sobre todo, tras su asesinato a tiros por un fanático hinduista, escandalizado por los rezos interreligiosos que promovía. En el museo se pueden ver también las gafas que llevaba el día que le asesinaron, su túnica manchada aún de sangre o cientos de sellos que se le dedicaron a lo largo y ancho del mundo por casi todos los servicios postales.

Para compras de recuerdos y objetos indios de calidad, a nosotros nos gustaron tres lugares. El primero es el Central Cottage Industries Emporium, una tienda gubernamental que pareciera una cueva del tesoro india. Cuenta con seis plantas llenas de artesanía proveniente de todo el país a precios fijos: de ropa a muebles pasando por decoración, inciensos, joyas o esculturas. El segundo es justo enfrente, una calle llena de puestecitos tibetanos donde encontrar muchos recuerdos y artesanía a buen precio, pero donde hay que ser buen negociante. Finalmente, el Khan Market, el lugar preferido de la élite india, donde encuentras tiendas de un gusto exquisito y precios no tan caros para los estándares occidentales, empezando por Fabindia (tienen una de ropa y otra de hogar) un lugar perfecto para comprar ropa india o recuerdos de altísima calidad.

También vale la pena pasearse por Shahpur Jat, un pequeño barrio cerca de las ruinas del antiguo fuerte Siri, que ahora se ha convertido en un conjunto de callejuelas bohemias donde los diseñadores indios más jóvenes se mudan para vivir, trabajar y exponer sus obras. Aquí podréis pasear y descubrir las últimas tendencias de la ropa india, saris, túnicas e incluso ropa para el hogar. Y todo de una enorme calidad, diseños únicos y precios asumibles para ser ropa de diseño.

Despediros de la Nueva Delhi en el templo Lotus, ejemplo bellísimo del expresionismo indio. Esta enorme Casa Bahai permite rezar a cualquier creyente de cualquier religión. Su estructura consiste en 27 pétalos de mármol y arcilla blanca colocados en forma de loto gigante.

dilluns, 13 de març del 2023

Rajastán

Rajastán, la India que todos tenemos en mente.

La India es ese país que todo viajero tiene en mente pero que es muy difícil abordar. No es un país cómodo, la comida es complicada en muchos aspectos y moverse por el mismo también. También hay que saber cuando visitar cada una de sus partes, ya que su clima puede ir desde el muy cálido y húmedo de muchos de sus Estados a partir de marzo y al frío extremo de la zona del Himalaya o los monzones interminables del sur en la época de este fenómeno. En definitiva, no es un viaje para principiantes.

Pero si hay un lugar por el que se puede empezar es Rajastán, el Estado indio en el que se encuentran algunas de las ciudades con más encanto del país. Tierra de marajás, fortalezas y palacios. De desiertos y junglas. Ninguna visita a la India será del todo completa sin asomarse algunos días por aquí, donde veremos elefantes transportando a personas, encantadores de serpientes y fábricas tradicionales de coloridos saris. Este estado ha sido gobernando por príncipes hindús desde hace mil años, dividido en pequeños sultanatos, por lo que la influencia islámica es menor que en Delhi o Agra, por ejemplo. Pudieron mantener sus reinos siendo vasallos del Imperio Mogol, primero, y luego del Británico, hasta que la nueva República India les quitó el poco poder que les quedaba y Rajastán pasó a ser un estado más de la federación. Su actual capital, Jaipur, es además una de las tres puntas del conocido como triángulo dorado, el recorrido que hará todo principiante: Delhi, Agra y Jaipur. Nosotros, además, nos escapamos un par de noches a Udaipur, otra ciudad del Rajastán  maravillosa.

Jaipur, la ciudad rosa.

En Rajastán, cada ciudad principal tiene un color, y su capital tiene asignado el rosa. Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Jaipur es una de las primeras ciudades indias construidas de forma planificada: en 1727 la fundó el Marajá Sawai Jai Singh II, siguiendo reglas del urbanismo y la arquitectura védica. Las calles de su centro fortificado están bordeadas por una línea continua de comercios con columnatas que se cruzan en el centro, creando grandes plazas públicas llamadas chaupars. Los mercados, puestos, residencias y templos construidos a lo largo de las calles principales presentan fachadas uniformes. La planificación urbana de la ciudad muestra un intercambio de ideas surgidas de las antiguas culturas hindú y mogol con las occidentales modernas. Diseñada para ser una capital mercante, la ciudad ha mantenido hasta el día de hoy sus tradiciones comerciales, artesanales y cooperativas. Originalmente estaba pensada para tener nueve bloques: uno para los palacios y los otros ocho para comerciantes, todo rodeado de murallas y con siete puertas de acceso fortificadas.


Sus fachadas de color rosa salmó se pintaron en 1876 para dar la bienvenida al Príncipe de Gales, Alberto Eduardo, que luego se convertiría en Eduardo VII, Emperador de la India. Hoy en día sigue siendo el único color permitido en las fachadas del centro de la ciudad.

Del centro de la ciudad, vale la pena visitar el palacio, aún parcialmente habitado por la familia real de Jaipur, que ahora se limita a cumplir funciones ceremoniales. Las diferentes partes del palacio fueron construidas en épocas diferentes por lo que vale la pena aprovechar que la mayoría de las estancias están abiertas al público, incluyendo una enorme armería, las antiguas salas de audiencias de mármol (que algunas se alquilan para bodas) y el salón del trono. El patio de las puertas de las cuatro estaciones es espectacular. Dentro del antiguo bloque palaciego también vale la pena entrar al Hawa Mahal o palacio de los vientos, un gran mirador para las damas de la corte construido en forma de edificio de cinco alturas con la fachada en la calle principal, desde donde estas disfrutaban de la vida común de la ciudad o de los desfiles a través de celosías para no ser vistas desde fuera. La bella fachada es considerada símbolo de la ciudad.

Finalmente, el tercer gran atractivo de este bloque de la ciudad es el Jantar Mantar, un observatorio astronómico construido a principios del siglo XVIII, que cuenta con una veintena de instrumentos en obra de albañilería muy innovadores en su tiempo, tanto en el plano arquitectónico como técnico. Permitieron observaciones astronómicas a simple vista y refleja las concepciones cosmológicas y los conocimientos astronómicos de los sabios a finales de la era mogol. Por estas características únicas, la UNESCO lo declaró como sitio Patrimonio de la Humanidad. Aún se puede observar las mediciones que se hacen con el movimiento del sol para calcular horas, días, meses, años y la posición del resto de planetas del sistema solar. También era usado para calcular el horóscopo de cada nacido.

Paraíso para compradores negociantes

Los bloques comerciales de la ciudad son probablemente uno de los mejores lugares de la India para hacer compras de cientos de cosas típicas. Cada gremio tiene sus zonas asignadas, incluyendo el callejón del té con vendedores a granel de varios tipos de esta infusión. En Maniharon Ka Rasta se encuentran los fabricantes de las bellas pulseras rajputas, hechas de resina a la brasa tras ponerles colorantes. Antes de sentaros a ver el género y negociar precios, pasead y ved, evitando las pulseras más finas, que acabarán rompiéndose en pocos días. Las mejores son las pulseras con mucho grosor. En Rajastán también se elaboran las telas con diseños estampados de forma tradicional usando moldes de madera y tintes que incluso podréis hacer en algunos locales. El estado también es famoso por sus zapatos de piel y sus joyas, con barrios de esas tiendas donde encontrar auténticas gangas.

El centro ofrece además mucho que probar. No muy lejos del Hawa Mahal se encuentra el puesto "Pandit Kulfi" donde no hay que perderse su especialidad: el típico y denso helado indio que puede ser de muchos sabores pero que este puesto solo lo venden con una receta a base de azafrán, pistachos y almendras. Y para comer, una pausa del ajetreo en la agradable terraza del Hotel Sweet Dream, que tiene un restaurante vegetariano tradicional hindú con opción a que los platos apenas piquen, lo que es de agradecer. De hecho, se puede elegir el nivel de picante del 1 al 6. Fue la primera vez en el viaje que pude rebañar las salsas con el naam. Por cierto, los makania lassi (de azafrán, servidos con hebras frescas) están espectaculares como bebida. Y si os apetece un postre o una merienda, en uno de los bulevares principales de la ciudad vieja está el LMB Hotel, en cuya planta baja hay una enorme pastelería con todos los dulces tradicionales de Jaipur: desde los kaju gunjia forrados en láminas de plata (que se come) hasta el famoso paneer ghewar, un pan dulce duro lleno de agujeros que se come con una natilla de sabor a azafrán, pistacho y cardamomo.


La nueva Jaipur

Más allá de las zonas comerciales del centro, se encuentran de las zonas ajardinadas del ensanche del siglo XIX, con el Albert Hall Museum en el centro, cuya primera piedra puso el propio Eduardo VII en su visita como Príncipe de Gales. El edificio es bonito y alberga una curiosa colección de antigüedades de todo el mundo (incluyendo una momia). Pero a los que estamos acostumbrados a la enorme calidad de los museos europeos no nos impresionó nada, así que solo lo recomiendo si tenéis tiempo de sobra. Aunque, hay que decir, que los locales lo consideran una de las grandes joyas de la ciudad. No muy lejos está el cine art-déco Raj Mandir, donde disfrutar de películas de Bollywood en un entorno abigarradamente decorado.

El ensanche decimonónico también cuenta con agradables locales donde comer, como Niro´s. Se trata de uno de los primeros restaurantes "multicocina" del país (y que ahora son muy populares), inaugurado en 1949. Sirven buena comida india de norte y sur (ambas pican), además de platos chinos y occidentales. Todo delicioso y servido con buenos ingredientes. Otro de los lugares que no hay que perderse es el Jaipur Modern Kitchen, un restaurante de diseño donde sirven platos fusión de todas las gastronomías asiáticas con la francesa, italiana y peruana, usando ingredientes orgánicos y muy saludables. La quinoa es protagonista de muchos de sus platos. Mientras esperamos que llegue nuestra comida, vale la pena dar un vistazo a la tienda de ropa y productos del hogar que tienen anexa, de extremado buen gusto pero precios elevados (especialmente en relación al coste general de otras tiendas en el país). Un lugar perfecto para descansar de la contundente gastronomía india con sus saludables y no picantes platos. Finalmente, dentro del lujoso complejo del Narain Niwas Palace Hotel, donde se han grabado muchas películas de Bollywood, hay un restaurante magníficos: el DOJO, en el que probar platos fusión indios-italianos-japoneses espectaculares.

Fuera del centro y el ensanche no recomiendo pasear por la ciudad ya que el tráfico es insoportable, las calles suelen estar sucias y embarradas, con vacas, perros y ratas deambulando sin control. Pero, respecto al alojamiento, es mejor hacerlo fuera del centro si se va en grupo, para ahorrarnos los ruidos y el tráfico cuando nos retiremos a descansar. Nosotros optamos por el Alsisar Haveli. Los haveli son antiguas mansiones de nobles y muchas de ellas han sido restauradas como hoteles, tras la democratización del país y la perdida de poder de las castas superiores. Este hotel cuenta con un comedor de desayunos majestuoso, personal vestido de uniforme tradicional y una relajada piscina donde descansar del caos de Jaipur. Además, las habitaciones son maravillosas: muy amplias, con techos altos y camas cómodas y señoriales, con la decoración original de ventanas y molduras restaurada.


El impresionante fuerte de Amber

Desde la ciudad también vale la pena hacer una excursión a la ciudad vecina de Amber, especialmente por su impresionante fuerte color miel, que forma parte de un grupo de fuertes declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La arquitectura ecléctica del mismo es un testimonio perfecto del poder de los Estados rajputas que florecieron en esta región, en el que mezclaron su arquitectura tradicional hindú con elementos persas e islámicos que trajeron los mogoles que gobernaban el imperio desde Agra o Delhi. Cuando uno se acerca desde el caudaloso río que cruza el valle parece sumergirse en un escenario de "Juego de Tronos", con un fuerte gigantesco en lo alto de una montaña y el resto de montañas de alrededor rodeadas por una impresionante y larga muralla. En mitad del río, frente al fuerte, una isla artificial perfectamente cuadrada alberga un jardín de especias, azafrán incluido, que además de abastecer las cocinas del fuerte, servía para perfumarlo los días de viento.

Dentro destacan las salas de audiencias, públicas y privadas, donde los Rajás recibían las peticiones de sus súbditos y despachaban con sus consejeros; así como las diferentes estancias, tanto del Rajá y su esposa, como de las concubinas y del funcionariado y los soldados. Los sistemas de canalización del agua, de refrigeración de las estancias con cascadas o de algunos precursores de los jacuzzis son impresionantes. Los coloridos y diseños de las diferentes estancias son tan bonitos que se usan como escenario de reportajes fotográficos para bodas. De hecho, nosotros nos encontramos con una pareja de novios y su equipo fotográfico detrás. 

De la visita, destaca el Salón de la Victoria, forrado de pequeños espejos que, por las noches, cuando la estancia se iluminaba con velas, generaba un efecto mágico perfecto usado durante las veladas de la corte. Además, una de las estancias más curiosas son las zenana, donde vivían las concubinas en pequeños apartamentos, diseñado todo de tal manera que el marajá podía visitarlas a través de pasillos discretos sin que nadie le viera entrar ni salir.

En los alrededores del fuerte también pueden verse encantadores de serpientes tocando su instrumento tradicional con una cobra saliendo de una cesta, moviéndose al ritmo de la música. Asimismo, filas de elefantes suben y bajan las empinadas rampas al fuerte, con turistas cargados en pequeños cubículos, al modo de los antiguos Rajás, pero que nosotros preferimos no usar por recomendación de grupos de protección a animales.

En la carretera de vuelta de Amber a Jaipur vale la pena pararse frente al Jal Mahal, un espectacular palacio usado como pabellón de caza y construido en mitad del caudaloso río al que solo se podía acceder en barca y que hoy está abandonado.


Udaipur, la ciudad blanca.

Otra joya de Rajastán es Udaipur, la ciudad blanca. Tras dormir en un compartimento privado de un tren nocturno indio (toda una experiencia), llegamos a esta apacible población a orillas de un lago artificial, el Pichola, inundado por los gobernantes del reino de Mewar durante el siglo XVI, tras desviar un río cercano. La ciudad se fundó en 1559 por el Rajá Udai Singh II, que empezó a construir las primeras partes del actual palacio, imponente, y de un 1 kilómetro de largo, siendo uno de los más largos del mundo. 

Los Mewar consiguieron resistir el poder del Imperio Mogol mejor que el resto de reinos rajputas (por estar más alejados) y hasta hoy gozan de gran influencia en los antiguos territorios del reino. De hecho, han sido y son los grandes impulsores de la transformación de Udaipur como meca turística nacional e internacional. De hecho, aunque su palacio sigue siendo parcialmente su residencia, la mayoría de sus edificios (en realidad es un conjunto de once palacios pero que se mantuvieron estéticamente unificados) fueron reconvertido en varios hoteles de lujo mientras que las estancias más antiguas se abrieron al turismo. Vale muchísimo la pena visitarlo, tanto por su arquitectura y sus patios ajardinados en los pisos superiores, como por sus preciosos frescos y la colección de objetos antiguos, que incluye uno de los parchís más antiguos del mundo, juego inventado en la India como "pachisi" y que llegó a la península ibérica gracias a los árabes. El sol bigotudo, símbolo de los Mewar, es omnipresente en todas las estancias.

Desde el palacio, tomad un barco que os lleve hasta la isla de Jagmandir, que alberga un antiguo palacete de caza ahora reconvertido en hotel. Sus jardines son el lugar perfecto para relajarse, observando de lejos la blancura de Udaipur y disfrutando del sonido de los pájaros y el viento. Ofrece un spa abierto a los no huéspedes con unos jardines privados de película.

El lago y las vistas del imponente palacio convierte a Udaipur en uno de los lugares más románticos de la India. Al menos así la describió uno de los primeros oficiales ingleses enviados a gobernar este subcontinente. Nosotros nos alojamos en el precioso Jagat Niwas Palace, con una terraza con vistas hipnotizantes al lago. Su restaurante ofrece rincones con vistas inolvidables donde descalzarse los pies y subirles a sus acolchados rincones para degustar sus deliciosos platos, que se ofrecen con la opción real de que no piquen. 

Udaipur es una ciudad donde sí se puede pasear de una forma más o menos agradable, ya que sus callejones tortuosos hacen mucho más complicado el tráfico de otras urbes del país. Esas callejas esconden muchas sorpresas, como el templo hindú Jagdish, con una escalinata flanqueada de elefantes y sus miniaturas en mármol que pueblan sus fachadas. Además, permite asistir a ceremonias religiosas con cantos interesantes. Tampoco os perdáis en Gangour Ghat, una zona habilitada para baños sagrados con un templete hindú al lado y palomas alimentadas por los devotos. 

Udaipur apenas tiene vida nocturna, pero se puede pasar una agradable velada en el Dharohar at Bagore Ki Haveli, el patio de un antiguo palacete de nobles que ahora ofrece espectáculos tradicionales del Rajastán, con bailes de las diferentes antiguas ciudades-estado, mayoritariamente realizados por mujeres que usan fuego y grandes jarrones de agua, así como pequeñas obras de teatro de contenido religioso y shows de marionetas que cuentan cuentos de la región.

Respecto a la comida, es fácil encontrar sitios puesto que la ciudad es muy turística. Pero si se quiere descansar de la picante cocina del Rajastán, se puede optar por el café Edelweiss, con opciones europeas para un desayuno o un almuerzo; o por Little Prince, con su oferta de platos de Oriente Próximo y su terraza a los pies del lago. 

También es muy recomendable hacer yoga alguna mañana en Prakash Yoga, con una monitora estupenda que os introducirá en los principios de esta sana práctica en un templete a orillas del lago, desde donde recomiendo hacer la sesión de la salida del sol (id abrigados que suele hacer fresco) o el de la puesta de sol, donde la temperatura es algo más elevada. Y nada mejor que despedirse de la ciudad desde la azotea del The Nem Tree, un acogedor hotel desde el que también se hace yoga y se disfrutan unas maravillosas vistas del palacio.

Rajastán es espectacular, pero me queda muchísimo por ver. Los fuertes en las selvas llenas de tigres, la ciudad desértica de Jaisalamer, la ciudad azul de Jodhpur, el humedal de Keoladeo con sus aves exóticas o el oasis sagrado de Pushkar y su famoso mercado de camellos. Volveré a este colorido estado indio para seguir descubriendo su apasionante historia, bella arquitectura y fascinantes tradiciones.