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dilluns, 21 de març del 2022

Ávila


Tierra de cantos y de santos

Ávila es una pequeña ciudad a poco más de hora y media de Madrid en coche o tren, siendo una escapada perfecta para los que viven en la capital española, tanto para un día como para pasar una o dos noches en este lugar declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. 

Fundada en el siglo XI para proteger los territorios castellanos contra los musulmanes, Ávila ha preservado la austeridad y pureza de líneas de su arquitectura medieval, de la que son muestras notables la catedral gótica y las murallas, que con sus 82 torres semicirculares y nueve puertas monumentales son las más completas de España.

De hecho, la imagen más característica que uno se encuentra al acercarse a Ávila son precisamente las famosas murallas, de dos kilómetros y medio de largo. Es una de las pocas ciudades del mundo que aún las conserva rodeando completamente su casco histórico. Además, se pueden apreciar bien porque Ávila es la capital de provincia española más alta: se encuentra a más de 1,100 metros de altura. 

Ávila también es famosa por albergar la sede de la Academia Nacional de Policía, y allí pasan largos meses todo el que aprueba las oposiciones a este cuerpo nacional, formándose para poder iniciar su servicio público. Asimismo, Ávila es la ciudad en la que vivió la mayor parte de su vida el ex presidente Adolfo Suárez

Nosotros empezamos la visita entrando por la pequeña puerta del Carmen, por la que nos adentramos a su ciudad vieja, y tras llegar a la plaza frente a la catedral, empezamos un tour guiado que nos llevó por los principales lugares de la ciudad, empezando por la plaza del mercado grande, a los pies de la puerta del Alcázar, una de las más bonitas. Accedimos a la plaza de Adolfo Suárez (con estatua a escala real y a pie de calle del ex presidente) y empezamos la visita, disfrutando de los palacetes del siglo XVI que abundan por la ciudad, testigos de cuando esta floreció como centro comercial de granos y lana.


La ciudad de Santa Teresa de Jesús

A través de calles y anécdotas llegamos al actual monasterio que alberga parte de la antigua casona abulense en la que nació Teresa Cepeda, en el seno de una rica familia de mercaderes de origen judío. Santa Teresa es clave por ser la primera mujer en la historia considerada Doctora de la Iglesia Católica. Y ello por sus abundantes escritos místicos, de gran calidad dentro de la literatura de la época.

La mayoría de peregrinos que llegan a la ciudad empiezan su visita por la habitación en la que nació la santa, ahora dentro de la iglesia de un convento de la orden de los Carmelitas. Esta iglesia la pagó el Conde-Duque de Olivares, favorito del Rey Felipe IV. A lado de la habitación, típica de una buena familia abulense de la época, se encuentra la capilla con la estatua más famosa (y realista) de la santa, la que sale en procesión durante sus fiestas. La capilla está ricamente decorada y es fácil encontrar a devotos rezándole a Santa Teresa, por lo que es recomendable guardar silencio durante la visita.

Santa Teresa fundó decenas de conventos nuevos de su orden, las carmelitas, y emprendió reformas que llevaron a una vuelta a los orígenes de las enseñanzas de Jesucristo, evitando la opulencia y llevando una vida sencilla, al punto de incluso pedir que se desprendieran hasta de los zapatos. De ahí que desde ese momento se les conociera como a los Carmelitas Descalzos.

La santa es omnipresente en la ciudad. Al lado de la capilla hay una tienda de recuerdos con sus libros y otros elementos, además de un pequeño expositor con reliquias de Santa Teresa, incluyendo uno de sus dedos. Además, en todos los hornos de la ciudad se encuentran las deliciosas yemas de Santa Teresa, el dulce más típico de Ávila.

La visita siguió por la bonita y porticada plaza del mercado chico, donde se encuentra el edificio del ayuntamiento, y acabó de nuevo en el exterior de las murallas, en el parque de San Vicente, antiguo cementerio de la ciudad durante época romana, y muchas de cuyas lápidas se utilizaron en la construcción de la muralla medieval. De hecho, si os fijáis en esta parte de la muralla, veréis algunas de esas lápidas incrustadas en la misma. También vimos desde fuera la bellísima iglesia románica de San Vicente.

Chuletón, judiones y patatas revolconas

Para la comida, fuimos para probar la gastronomía abulense al Parador Nacional. Situado en el antiguo Palacio de Piedras Albas, esta fue la casa del Corregidor Juan de Henao, Gentil Hombre de la Casa Real de Castilla. Aunque ha sufrido muchas modificaciones, conserva la estructura del patio y la escalera. Tanto en su exterior como en el interior pueden verse como decoración varios escudos heráldicos. A finales del siglo XIX, su propietario, el Marqués de Benavites, miembro de la Real Academia de la Historia, reformó el palacio y mandó levantar el torreón para instalar en él su gran biblioteca personal.

Respecto al menú degustación, la verdad es que estaba regular: de los entrantes, típicos solo eran las patatas revolconas con torreznos crujientes. Las alubias no estaban mal, pero creo que no eran judiones de El Barco: la receta era de judías blancas de Indias con bacalao. Respecto a las carnes, el lomo de ternera estaba algo duro y sabor fuerte. Menos mal que pedimos el chuletón de avileña negra ibérica a la brasa de carbón: eso sí estaba excelente de sabor, textura, calidad y asado. El postre no era típico (aunque estaba bueno, eso sí): natillas del convento con helado de hierbaluisa. El vino, delicioso. Quizá algunos retoques como hacer más típico el menú o incluir postres como las yemas de Santa Teresa o los hojaldres de San Juan de la Cruz lo harían mucho más atractivo.

La impresionante catedral de Ávila

Una vez saciados, continuamos la visita por la catedral, que es también una fortaleza. De hecho, parte de sus paredes la forman las murallas de la ciudad. Se empezó a construir en estilo románico, siguiendo el diseño de un arquitecto francés, usando una preciosa piedra alejandrina de una cantera cercana, de colores blanco y rojo. Toda la parte del altar y el deambulatorio tienen, por tanto, unos preciosos toques rojos y blancos que hacen que esta parte de la catedral sea realmente bonita.

El resto de la catedral se acabó en estilo gótico temprano, con la piedra caliza gris tan característica en toda la ciudad, abriendo grandes ventanales que hacen de la catedral un gran espacio luminoso incluso en días nublados. Dentro de la catedral también encontramos numerosos elementos renacentistas, como relieves y estatuas de mármol de gran calidad y realismo. Destaca la tumba del obispo "Tostado", con unos ropajes que parecen reales.

La catedral cuenta con unas salas de exposiciones con varias reliquias y obras de arte, incluyendo una enorme custodia de plata que se saca en procesión durante el Corpus Christi. También se puede visitar el claustro, donde todas las miradas se dirigen a la tumba del ex presidente Adolfo Suárez, que vivió gran parte de su vida en Ávila. Este hombre, que presidió el gobierno de España durante la transición de la dictadura a la democracia, dirigió el desmontaje de una dictadura y su transformación en una democracia, de la ley a la ley, legalizando el Partido Comunista o el divorcio y haciendo frente al fallido golpe de Estado de 1981. "La concordia fue posible", reza su lápida como epitafio. Suárez se encuentra enterrado junto a su mujer. 

Aquí acabamos esta corta pero interesante visita a la ciudad amurallada. Además de su casco histórico, también fueron declaradas patrimonio de la humanidad las iglesias extramuros de Ávila, que solo pude ver brevemente desde fuera. Prometo volver para visitarlas y de paso, comerme unas buenas yemas de Santa Teresa.

divendres, 14 de gener del 2022

Tarragona y alrededores

Tarragona

La ciudad de Tarragona suele pasar desapercibida en el turismo de la península Ibérica. Y sin embargo, cuenta con una excelente gastronomía, playas agradables, y sobre todo, un conjunto arqueológico declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Además, los alrededores de la ciudad ofrecen paisajes únicos, monumentos de gran belleza e importancia histórica, una gastronomía de diez e incluso uno de los complejos de ocio más grandes de Europa.

Tarraco, la actual Tarragona, fue una ciudad administrativa y mercantil de gran importancia en la Hispania romana y centro del culto imperial para todas las provincias de la Península Ibérica. Fue dotada con soberbios edificios, parte de los cuales han sido descubiertos gracias a una serie de excavaciones excepcionales. Pese a que la mayor parte de los vestigios visibles sean fragmentarios y se hallen preservados bajo construcciones más recientes, ofrecen una imagen impresionante de la grandeza de esta capital provincial romana.

Como los restos son difíciles de apreciar si un buen guía, os recomiendo al menos hacer un tour de un par de horas por la Tarraco romana para entender mejor como fue la ciudad, la importancia que tuvo, y como eran los edificios, que ahora son ruinas, en su época de esplendor. También existe una aplicación gratuita en la web de turismo de Tarragona que os permitirá ver, a través de vuestros móviles, las calles tal y como son ahora, y tal y como fueron en época romana.

Nosotros empezamos la visita guiada en el bello Portal de Sant Antoni, una puerta de entrada barroca en una muralla que tiene partes romanas y medievales también. Me recordó mucho a las ciudades italianas. De ahí pasamos a las callejuelas del centro histórico donde recorrimos la calle de Santa Tecla hasta el bello hospital gótico homónimo, y llegamos hasta la catedral, situada en el antiguo templo a Augusto. Aún se ven restos de dicha época. Luego seguimos por varias calles hasta la plaza del Forum y visitamos la antigua judería, donde se han descubierto restos de casas y de una antigua sinagoga. En la calle de la Merceria vimos una de las tiendas en operación más antiguas de Europa, Casa Corderet, que sigue vendiendo velas desde 1751. De hecho, en su almacén se escondieron decenas de tarraconenses para evitar ser asesinados por las tropas de Napoleón. Y también acogió de nuevo a cientos de personas escondidas durante la Guerra Civil española.

Los restos romanos se observan por doquier: arcos, tumbas usadas como piedras para construir casas, pedestales... pero los más impresionantes son la torre del Pretor, el circo y el anfiteatro. De hecho, un buen guía os enseñará los restos del antiguo circo donde se hacían las carreras de carros y podréis haceros una idea en la cabeza de su gran tamaño, tras ver parte de las gradas y de la arena que se han recuperado tras derrumbar edificios. La mayoría de estas gradas siguen ocultas en casas antiguas, aunque algunas se pueden admirar, como las de la nueva oficina de CaixaBank en la plaza de la Font. En el edificio de la antigua audiencia, en la plaza del Pallol, también podréis ver una preciosa maqueta de la Tarraco romana muy bien hecha.

Asomaos también al "Balcó de la Mediterrània", un bello paseo alto desde donde admirar el mar y la arenosa playa del Miracle. Desde allí también disfrutaréis de unas vistas de las ruinas del anfiteatro romano de Tarraco, muestra de la grandeza que alcanzó la ciudad. En ese anfiteatro también veréis los restos de una iglesia de planta de cruz latina construida por los visigodos en mitad del anfiteatro, en memoria de los cristianos allí martirizados.

Para comer, Tarragona ofrece una gastronomía de primera. Nosotros optamos por el restaurante Sadoll, situado en un bajo de decoración modernista. La atención  fue rápida y muy amable, y la comida de diez. Tienen un menú del día inolvidable. De entrantes pedimos una jugosa coca de espinacas y feta, las croquetas de pollo y setas, y el foie-gras caramelizado con compota de higos. De principales el ravioli XL de butifarra y alubias con tomate natural y allioli, así como la terrina de meloso de ternera con salsa de ratafía (un licor tradicional catalán) y cerezas. Y de postre, tanto la tarta de queso casera como la torrija con helado están espectaculares. Todo con ingredientes de primera y casero. No os defraudará.

Por cierto, nosotros nos quedamos en el hotel Astari, en plena vía Augusta, un moderno edificio en un barrio residencial de chalets y edificios bajos, tranquilo y limpio. Sus habitaciones son cómodas y agradables, con vistas al mar, y su personal muy amable y rápido en atender nuestras necesidades. Dormimos de categoría.

El Real Monasterio de Poblet

Además de los restos de la antigua Tarraco, los alrededores de la ciudad nos brindan un segundo lugar patrimonio de la humanidad: Poblet. En este sitio se encuentra una de las abadías cistercienses más grandes y completas del mundo. Edificado en torno a la iglesia levantada en el siglo XIII, el monasterio, impresionante por la severa majestuosidad de su arquitectura, cuenta con una mansión real fortificada y alberga el panteón de los reyes de la Corona de Aragón. Fue el Rey En Pere el Cerimoniós quien decidió que Poblet albergara dicho panteón real. Y por eso ordenó rodear al monasterio de murallas y construir a su entrada dos torres góticas fortificadas imponentes.

Al estar aún hoy en uso por monjes, el monasterio se mantiene muy bien. Algunas partes privadas no se pueden visitar, pero las más interesantes desde el punto de vista histórico suelen estar abiertas al público. Descargaos la aplicación gratuita del monasterio para hacer la interesante audio guía, que os lo explicará, estancia a estancia, su significado, usos y simbolismos. 

Básicamente el monasterio se divide en cuatro grandes alas que giran alrededor de un bellísimo claustro, en cuyo centro crecen hierbas aromáticas y medicinales. Cada lado del claustro se dedica a una parte del desarrollo humano según la regla de San Benito: la corporal, anímica, la espiritual y la social.

El ala corporal cuenta con la cocina (solo se puede visitar la histórica, ya que la que usan actualmente los monjes está fuera del recorrido) y el refectorio (ese sí de uso aún hoy) donde los monjes comen mientras uno hace la lectura de la Biblia. Lo interesante es que todos los monjes se turnan para cocinar, servir y limpiar en turnos de semanas. Los monjes de esta orden, siguiendo sus reglas centenarias, comen una vez durante el invierno y dos veces en verano.

El ala anímica contiene la biblioteca y la sala capitular, lugar en el que se reúnen los monjes para debatir citas bibliográficas o lecturas, enterrar muertos, ordenar a los nuevos monjes y sobre todo, elegir a los nuevos abades por votación democrática. En el piso superior está el antiguo dormitorio comunal, bella estancia donde se repiten los arcos, con una preciosa simetría que simboliza el camino que acaba en la luz. 

El ala espiritual está completamente ocupada por la iglesia del monasterio, que se comenzó como románica, se amplió con elementos góticos, y finalmente se le añadió el precioso altar renacentista de alabastro, así como una sacristía barroca e incluso, recientemente, elementos contemporáneos como el altar. que representa de forma conceptual a la Sagrada Trinidad. De la iglesia destacan tanto el mausoleo del las tumbas, al que se trasladaron los cuerpos de los reyes anteriores al Ceremonioso, y donde fue enterrado este así como sus sucesores. Para valencianos y baleares es especialmente emotiva la tumba de Rey En Jaume I "El Conqueridor", fundador de los reinos de Mallorca y Valencia.

Finalmente, el ala social, además de contar con un hospital para menesterosos o una hostelería, también alberga un Palacio Real construido por orden del Rey En Martí L’Humà, último rey de la Casa de Barcelona, nieto de Pere el Cerimoniós. Ahora alberga el museo del monasterio.

En definitiva, Poblet es una joya para todo apasionado de la arquitectura o la historia. Y por supuesto, para aragoneses, catalanes, valencianos, baleares o napolitanos que quieran entender mejor nuestro pasado. 

Una calçotada en Valls

A menos de veinte minutos de Poblet, en mitad del camino entre el monasterio y Tarragona, se pueden visitar un montón de sitios estupendos. Por ejemplo, si vais de noviembre a marzo, estaréis en plena temporada de calçots, las famosas cebollas dulces alargadas catalanas. Y además, estaréis muy cerca de Valls, lugar donde se descubrió la deliciosa formar de prepararlas a la brasa. Por tanto, nada mejor que disfrutar de una buena calçotada en su lugar de nacimiento.

Los calçots se asan con llama viva de sarmientos, y cuando están bien hechos se envuelven en papel de periódico hasta su consumo, para el que se presentan servidos en una teja, junto a una salsera que contiene la Salvitxada, la salsa donde untar los calçots, que también se llama popularmente salsa romesco. Esta salsa se hace a base de almendras, tomates, pimentón de la vera y ajos, entre otros ingredientes. Una calçotada también incluye carne a la brasa: la típica butifarra catalana y costillas de cordero. De postre se come una naranja, pero últimamente se ha introducido también la crema catalana.

Nosotros optamos por Cal Ganxo, una masía bellísima donde solo se sirven calçotades. Y eso se nota. Empezamos con los calçots preparados a la brasa acompañados de la salsa casera. El proceso de comer calçots es muy pringoso, sobre todo por que al pelarlos se os quedarán restos del quemado. Por eso os darán un baberito, así que comed tranquilos. Luego siguen con una selección de chuletas de cordero y butifarra catalana a la brasa, acompañadas de un plato de alubias tradicionales con alcachofas y morcillas catalanas. Todo regado con vino tinto de la comarca servido en un porrón de cristal. Luego llega la botella de cava brut nature para el poste: dulce naranja pelada y unos buenos platos de crema catalana casera acompañada de una carimanyola. Y cafés.  Todo en una preciosa masía iluminada por velas y un personal muy rápido y amable. 

Delta del Ebro

Como valenciano, tenía mucha curiosidad por visitar el Parque Natural del Delta del Ebro, espacio protegido situado en la desembocadura del río Ebro, el más caudaloso de la península. Es de hecho este río el principal responsable de este entorno, aportando los materiales arrancados de su cabecera para depositarlos aquí, en la conjunción con el Mediterráneo. Los sedimentos son por lo tanto, materiales provenientes de los Pirineos, el sistema Ibérico y la cordillera Cantábrica, lugares de donde nace el río. La cantidad de materiales sedimentados han creado una superficie de más de 320 km², en la que se han formado numerosos hábitats, con un delta en forma de flecha que penetra cerca de 22 km en el mar, creando así el tercer mayor delta del Mediterráneo tras el delta del Nilo y el del Ródano.

Su importancia creció a finales de siglo XIX cuando se planeó una repoblación del mismo con cultivadores de arroz provenientes de l´Horta Sud valenciana, expertos en estas tareas. De hecho, estos dejaron improntas clave, tanto en la arquitectura de la zona (aún se ven algunas barracas valencianas), como en el uso común del "lo" en el hablar. Asimismo, los repobladores de Algemesí también fueron los que introdujeron la costumbre de la "muixeranga", también conocida como de los "castellers", ahora una de las grandes tradiciones catalanas.

Empezamos visitando el cuco Poble Nou del Delta, con sus casas blancas y sus palmeras situado en mitad de campos de arroz. Y nos tomamos unas tapas en "Lo Pati dels Flamencs", un restaurante que prepara unas "coquines" a la brasa deliciosas (un molusco que en castellano se conoce como "pipas de mar") así como croquetas de pollo caseras.

Seguimos la visita en el cercano mirador del Pont del Través, que cuenta con dos torres de observación de madera desde las que ver a las diferentes aves que viven en este ecosistema único de cañaverales y arrozales. Los más curiosos son los flamencos, preciosos. Y finalizamos en la playa del Arenal. Hay muchas más playas pero estábamos en enero por lo que tampoco valía la pena. Tocará volver en meses más cálidos para disfrutar de este entorno único que nos recordó mucho a la Albufera valenciana.

Port Aventura World

Nuestra última parada estaba a quince minutos en coche de Tarragona: uno de los complejos de ocio más grande de Europa, Port Aventura World. Originalmente un solo parque temático, ahora cuenta con tres (uno de ellos acuático) y siete hoteles, además de un beach club, un centro de convenciones y un campo de golf. Además, se está construyendo un nuevo complejo de hoteles, restaurantes, casinos y tiendas de la marca Hard Rock Café. 

Port Aventura fue el primer parque temático de España. Y su atracción icónica era el Dragon Khan, que además fue la primera montaña rusa en el mundo con 8 loopings en 1995. Su precioso diseño  recuerda al de un dragón chino danzando por el cielo. Hasta 2012 dominaba el skyline del parque. Mediterrània, Polinesia, China, México y el Salvaje Oeste son las cinco zonas temáticas que componen el parque.

Nuevas atracciones se fueron sumando para animar a los visitantes a volver, así como un segundo parque temático, ambientado en el Caribe y 100% acuático. Finalmente, en 2012 se inauguró la nueva gran atracción del complejo: Shambhala, la montaña rusa más alta y rápida de Europa. Situada al lado del Dragon Khan, empequeñece a esta ya de por si gran montaña rusa. Y añade una zona a China ambientada en el Tíbet, con las implicaciones políticas que ello conlleva.  

Finalmente, en 2017 abrió el tercer parque del complejo: Ferrari Land, siendo el segundo parque temático de la firma, tras el que abrieron en Abu Dhabi. Este parque, ambientado en el norte de Italia, cuenta con la nueva atracción estrella del complejo: Red Force, ahora la montaña rusa más alta y más rápida de Europa. La atracción empieza con una aceleración de 0 a 180 kilómetros por hora en pocos segundos para lanzarte hacia una empinada vía que te llevará hasta los 112 metros de altura. Según el viento que sople ese día, podrás remontar la vía y disfrutar de la mayor caída en picado del continente en montaña rusa o caer hacia atrás de nuevo. La sensación es impresionante. De hecho, si escogéis ir en primera fila, os darán unas gafas de seguridad para protegeros los ojos de la enorme fuerza del viento al acelerar.

Los parques cuentan con decenas de atracciones para toda la familia y con tiendas y restaurantes, por cierto, siendo la gastronomía de estos últimos algo mejorable en mi opinión. Aunque también es verdad que la mayoría de visitantes no van precisamente a buscar gastronomía, no estaría de más tematizar mejor las comidas de cada zona y no ofrecer casi lo mismo en las cinco áreas temáticas.

La oferta hotelera del complejo tampoco está mal. Nosotros nos quedamos en el hotel Port Aventura, tematizado como una villa mediterránea. El hotel es perfecto si queréis pasar unos días en PortAventura World. Tiene acceso directo tanto a Port Aventura Park como a Ferrari Land. Sus habitaciones son amplias y cómodas, aunque a nosotros nos pusieron en una del extremo del hotel que obligaba a recorrer largos pasillos hasta llegar a ella.

En verano debe ser aún mejor por la gran piscina que tiene. El desayuno es variado y bueno pero dan poquísimo tiempo, a penas 40 minutos. Y tampoco nos dejaron escoger franja horaria, se nos impuso ir de 8 a 8:40 de la mañana. Obligar a madrugar en vacaciones en un hotel dedicado al ocio es un gran error. Finalmente, para la cena, había poca variedad: el buffet del hotel y un restaurante de comida italiana de gama media. El resto de restaurantes de los parques estaban cerrados. De nuevo, una de las asignaturas pendientes del complejo es diversificar y mejorar su oferta gastronómica. Quizá con la entrada de la nueva zona temática de Hard Rock Café esto cambie.

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En definitiva, Tarragona como ciudad, y sus alrededores, bien merece una visita de varios días. Con sus parajes naturales únicos, su excelente gastronomía, sus restos arqueológicos y patrimonio medieval, y con su oferta de ocio, no decepcionará a nadie. Yo lo tengo clarísimo: volveré para seguir descubriendo la zona. 

dissabte, 1 de gener del 2022

2021: otro año sedentario en el que (casi) no salí de Europa

 Si 2020 fue sedentario, 2021 lo ha sido aún más. La vuelta de las restricciones a muchos países del mundo y las obligaciones laborales restringieron mis viajes y casi me dejan sin salir de Europa por primera vez en muchos años. 

2021 empezó en una Bruselas confinada, donde solo se podía salir a la calle unas horas y con una ciudad a medio gas. Pero nuestra cena en casa entre amigos fue divertida y además me dio tiempo a callejear por barrios de la capital europea que no conocía, como las plaza de Flagey o el estanque de Ixelles. También pude visitar el Museo de Europa, muy interesante. Y volví a Brujas, cinco años después de mi inolvidable año en mi querido Colegio de Europa. 

Tras pasar Reyes en Valencia, tuve que esperar un par de días a que despejaran las vías puesto que el temporal Filomena dejó una nevada histórica que hizo que recorrer mi calle con maletas me llevara más de media hora (los coches no podían pasar por la gigantesca capa de nieve.

Aproveché para conocer mejor Madrid y su región, como las escapada que hice a Chinchón o a Aranjuez. También pude volver un día a la bella Peníscola y pasar otros tantos en la Canarias, descubriendo la soleada costa sur de Tenerife y la tranquila isla de La Gomera, con el impresionante parque nacional del Garajonay. 

Fui por primera vez a Mallorca, la última isla balear que aún no conocía: y qué descubrimiento. Es una isla tan bonita, con una gastronomía tan espectacular, unas playas tan inolvidables y unos paisajes y pueblos tan chulos que estoy seguro que acabaré volviendo muy pronto.

También volví otros tantos días a mi amada Costa Brava, otro lugar impresionante, de nuevo al Baix Empordà, pero esta vez a Begur y sus playas, así como los adorables Pals o Peratallada. Calas turquesas con fuerte olor a pino, gastronomía de nivel y pueblecitos de cuento. No falla. También pude pasar un día por el bello casco histórico de Girona, otro descubrimiento.

Y por fin, tras siete meses sin salir de España, algo rarísimo en mi, hice una escapada al norte de Portugal, para descubrir las agradables ciudades de Porto y Guimarães. ¡Qué fresco hacía en pleno julio!

Y tras los días de rigor en La Canyada, volví a Ibiza, isla a la que siempre volver, y donde descubrí nuevas playas en el norte así como el impresionante mirador de Es Vedrà, algo que no entiendo aún como no conocía de pasadas visitas.

Septiembre empezaba en Valladolid, por una boda, donde aproveché para hacer una visita guiada a esta capital con tan mala fama turística pero tantos tesoros que ofrece al que se digne a dedicarle tiempo. Y al fin de semana siguiente, otro boda me hizo descubrir Asturias, una de las pocas comunidades en las que aún no había estado. Concretamente fui a Gijón, su capital económica, ciudad obrera de gentes sinceras y comida deliciosa.

Poco después añadía un nuevo país a mi lista: el principado de Mónaco, bonito pero mucho menos que otras localidades de la Costa Azul que me gustan muchísimo más, empezando por Saint-Tropez. Aún así, Mónaco es curioso de visitar, ya sea por la estrambótica zona del casino, por su glamurosa vida nocturna o por su interesante acuario. También hice una escapada un par de días a las vecinas Eze y Niza, con mucho más encanto que la artificial y cara Montecarlo. 

Noviembre me sorprendió con inesperados viajes a tres lugares nuevos: Sevilla, Granada y la isla de La Palma. Sevilla me impactó: es una ciudad bellísima, llena de vida, llena de luz y color. Granada superó mis expectativas: que belleza el Albaicín y que tesoro es la Alhambra. Y finalmente, La Palma no la pude descubrir como se merece debido a que estuve varios días de trabajo. Aún así, pude ver en directo la erupción de Cumbre Vieja, y visitar algunas de las principales zonas cubiertas de cenizas, que impresionan muchísimo. 

Diciembre me trajo el único viaje fuera de mi querido continente: volvía a África después de varios años, y lo hacía a la isla tanzana más famosa: Zanzíbar. La isla de las especias fue una pausa necesaria de sol y tranquilidad en unos meses muy estresantes en el trabajo. Volver al océano Índico tantos años después también fue muy bonito. Y disfrutar de esos cielos que solo África ofrece, también.

El año acaba y empieza en Valencia, con planes truncados por el COVID, pero contento y agradecido con mi vida, y con muchos planes para 2022. No sé cuantos se podrán hacer, pero al menos por ahí rondan: Benidorm, Irán, Turín, California, Canadá son algunos nominados. Volver a París es casi seguro (imperdonable no haber visitado mi ciudad favorita en 2020) y también quiero descubrir las dos únicas comunidades en las que no he estado nunca: Extremadura y Cantabria. Tampoco descarto algunos días en Chipre o Túnez, para seguir descubriendo mi mar Mediterráneo. En cualquier caso, dejaré que la vida me vaya sorprendiendo y surjan nuevos destinos inesperados. De momento, me voy a descubrir la Catalunya Sud, visitando las tumbas de los reyes de la Corona de Aragón en Poblet, comerme una calçotada en Valls, ver el Ebro desembocar en el Mare Nostrum o descubrir la Tarraco imperial. De lo que podéis estar seguro es que os lo contaré todo por aquí, como siempre.

dimecres, 29 de desembre del 2021

Zanzíbar

La isla de las especias

Zanzíbar es un destino que ha ido creciendo en popularidad entre europeos y árabes, especialmente para parejas en luna de miel que acaban allí su periplo de safaris por Tanzania. La isla ofrece todo lo que un viajero poco aventurero puede pedir: playas paradisíacas, temperaturas agradables todo el año, excursiones curiosas, una fauna submarina espectacular, gente maravillosa, un alto grado de seguridad y una ciudad patrimonio de la humanidad.

Personalmente, y desde hace años, me había fascinado esta isla del océano Índico. Concretamente desde que leí el capítulo que Kapuscinski dedica a la misma en su maravilloso libro "Ébano". Y es que la historia de la isla es fascinante: ocupada por portugueses, indios e ingleses, finalmente fue tomada por los omaníes. Estos, protegidos por la Marina británica, trasladaron la capital del Sultanato de Omán desde Muscat a la propia Zanzíbar, creando la curiosa capital, Stone Town. Finalmente, en los años sesenta del siglo XX, una revolución expulsaba a los omaníes de Zanzíbar y la isla se unía a Tanganyika, creando la República Unida de Tanzania, que existe hasta el día de hoy. 

Nosotros llegamos con Qatar Airways, la opción más económica y cómoda desde Madrid. Primera cosa que nos llamó la atención: antes de aterrizar las azafatas nos informaron que debíamos dejar cualquier bolsa de plástico de un solo uso en el avión puesto que en Tanzania están prohibidas y se multa a quien las tenga. La peste del plástico ha azotado especialmente a África y muchos de sus países se están poniendo las pilas para erradicarla.

La costa noreste

Para poder disfrutar al máximo de la isla, optamos por dividir nuestra estancia en dos lugares. Los primeros días los pasamos en Matemwe, una de las zonas menos desarrolladas de la isla. Esto se debe a que tiene pocas playas y estas desaparecen con la marea del Índico durante muchas horas del día. 

Específicamente nos quedamos en el hotel Sunshine Marine Lodge, un precioso complejo de cabañas de madera diseñado para crear el mínimo impacto sobre la isla. Sus habitaciones están todas orientadas al océano, por lo que no cuentan con aire acondicionado (ni falta que hace) ya que la agradable brisa refresca el ambiente constantemente. Por otro lado, no usan botellas de plástico de un solo uso: en la habitación rellenan las botellas de cristal de agua que viene de grandes bidones de agua mineral rellenables, Y en el restaurante solo usan botellas de cristal que luego devuelven a las embotelladoras. También minimiza el uso de plásticos en el baño proponiendo pastillas de jabón orgánico hechas allí.

Más allá de su apuesta por la sostenibilidad, el Sunshine Marine Lodge cuenta con otras grandes ventajas: en primer lugar, tiene una piscina infinita maravillosa desde la que disfrutar de las vistas de la isla de Mnemba. Además, cuenta con un club de submarinismo con todos los equipamientos necesarios, incluida una profunda piscina de ensayo. Y para los que no buceamos, ofrece excursiones de snorkel al arrecife de enfrente, desde el que ver fauna y flora marina tropical del Índico, una gozada. Finalmente, tiene un restaurante maravilloso, con platos internacionales y swahilis, que cambian cada día, y ofrecen pescado y marisco fresquísimos, así como uso abundante de verduras tanto hervidas, como a la parrilla o preparadas en deliciosas sopas caseras.

También cuenta con bicicletas que se pueden tomar prestadas de forma gratuita para ir al hotel hermano, que cuenta con una bellísima playa privada donde bañarse y broncearse. En el camino nos encontramos con rebaños de cabras y vacas locales (con una joroba) muy curiosas.

La isla y arrecife de Mnemba

Desde el Sunshine Marine Lodge ofrecen excursiones de mañana para disfrutar del arrecife. Saldréis temprano en una furgoneta hacia una playa cercana para embarcar en una lancha que os llevará hasta un bote más grande con el que daréis vueltas a la isla. En ese periplo, iréis parando en algunos puntos destacados donde el snorkel es maravilloso: veréis peces de miles de colores, corales preciosos, anémonas, estrellas y erizos de mar y cor suerte, hasta caballitos de mar, así como alguna morena.

La isla de Mnemba es un complejo hotelero privado por lo que está estrictamente prohibido pisar su playa. Por cierto, recordad NO pisar ni tocar los corales (son muy sensibles). Si queréis descansar durante el snorkel, podéis poneros de pie en las decenas de zonas con fondo de arena. Tampoco se puede tocar ningún animal (siempre hay graciosos sacando estrellas de mar del agua para hacerse una foto). Se trata de disfrutar de la naturaleza sin cargársela, y los corales están retrocediendo a gran velocidad en todo el mundo debido a la acidificación de mares y océanos por los elevados niveles de CO2 a los que estamos sometiendo a nuestro planeta. 

Nosotros tuvimos la gran suerte de ver delfines de muy de cerca. Nuestro guía los vio, nos acercó, paró el motor, nos lanzamos al agua y vinieron a saludarnos acercándose muchísimo. Sin embargo, otro barco vino con su motor y los asustó a los pocos minutos, haciendo que se marcharan rápidamente. Fue una experiencia muy potente, me recordó mucho al encuentro con los manatís que disfruté en Crystal River cuando vivía en Florida.

Especias y su cocina

Zanzíbar se conoce como la isla de las especias y no por casualidad. Los primeros que trajeron especias allí fueron los comerciantes del subcontinente indio, pero fueron los omaníes los que convirtieron a la isla en uno de los grandes centros productores de especias del mundo, con enormes cultivos en los que usaban esclavos de todo el este de África. Actualmente, la herencia de las especias se puede ver no solo en la sabrosa cocina local, sino también en las granjas que fueron expropiadas a sus dueños árabes tras la independencia y que gestiona el gobierno en su mayoría, aunque cedió otras al cultivo por cooperativas de comunidades locales.

Contratamos un tour por una de ellas a través del hotel, una actividad que os recomiendo mucho. En la granja vimos un montón de plantas, empezando por los impresionantes arboles de ceiba y su kapok, una fibra algodonosa, abundante y sedosa que aparece alrededor de sus semillas en las altas ramas. Por supuesto vimos las plantas de donde salen especias como el cardamomo, la canela, el jengibre, el clavo o una curiosa planta cuyos frutos se abren y sus semillas se chafan para lograr pintalabios, y por supuesto, vainas de vainilla.

La mayoría de estas granjas están fuertemente orientadas al turismo por lo que es difícil evitar cosas como que alguien te hilvane coronas o collares con la fibra de las palmeras, o que se suban a estas (de forma muy hábil por cierto) para bajarte un coco. Dadles pequeñas propinas porque tampoco son pesados ni groseros. Al final de los tours también os llevarán a puestos donde poder comprar paquetitos de las especias que producen en dicha granja, y que son los mismos que se encuentran en cualquier tienda del país, empezando por las del zoco de Stone Town. Hay que regatear porque los precios iniciales son bastante elevados. Pero encontrareis cosas curiosas como café de banano o el de cardamomo.

Optamos por acabar el día en la granja cocinando con una familia (solo mujeres cocinan, los hombres de la casa solo miraban), donde podréis degustar platos típicos de la isla, que en realidad son una mezcla de cocinas africanas, árabes e indias. A nosotros se nos alargó más de cuatro horas la experiencia de cocina y comida, por lo que os recomiendo que expliquéis al guía que determinados pasos, como pelar ajos, cebollas y patatas, no hace falta hacerlos ya que son cosas que también sabemos hacer en Europa y que alargan demasiado la experiencia. Aún así, fue curioso preparar un festín desde cero con ellas, utilizando rudimentarias cocinas portátiles de carbón, y preparándolo todo en el suelo. Lo que más me llamó la atención son los bancos de madera con una pieza metálica incorporada que permite rallar el interior coco para obtener su "carne" y luego estrujarla con las manos para sacarle la leche que se utiliza en varios platos.

El resultado fue un pilau como plato principal (un arroz especiado delicioso que tiene sus orígenes en la antigua Persia), un delicioso atún a la brasa, un guiso de espinacas al coco, chapati (un pan plano originario de la India) y de postre plátanos macho hervidos en una salsa de leche de coco y canela. Todo regado con Stoney Tangawizi, un potente refresco burbujeante a base de jengibre que nos encantó.

La costa noroeste

Tras disfrutar del noreste, nos fuimos a ver las grandes playas del noroeste. Personalmente, esta parte de Zanzíbar me gustó algo menos: primero porque está mucho más poblada, y las playas están a reventar de gente, tanto locales como turistas. Aquí abundan las grupos de amigos rusos o italianos, las parejitas de luna de miel europeas y árabes, así como familias o grupos de amigos de residentes en la isla, por lo que es muy difícil relajarse. Os atosigaran vendedores con frecuencia turnándose con niños corriendo de acá para allá o algunos grupos de turistas borrachos. Además, la mayoría de hoteles son enormes resorts de dudoso gusto y son pocas las piscinas realmente bonitas. 

Nosotros nos alojamos en el Kendwa Beach Resort y nos gustó bastante menos que el primer hotel, por varias razones: primero, porque las habitaciones eran construcciones de cemento no adaptadas al clima de la isla que requerían tener el aire acondicionado enchufado (si lo apagabas te morías de calor). Además, la comida es peor en general, nada especial, muy internacional (aunque siempre incluían alguna especialidad swahili cada día). La piscina, sin ninguna vista, era bastante fea, rodeada de césped artificial.

Lo único más o menos interesante de esta parte es que andando se llega rápido a Nungwi, un curioso pueblo costero local donde poder ver el día a día de los habitantes de la isla, incluyendo a los constructores de dhows (los barcos locales) en plena faena en la playa; así como a los pescadores a su llegada a los pequeños mercados de pescado y marisco. Además, las puestas de sol en la playa son inolvidables.

La ciudad de piedra

Finalmente, el último día lo dedicados a descubrir la capital de la isla: Stone Town. La ciudad de piedra de Zanzíbar es un magnífico ejemplo de las ciudades comerciales swahilis del litoral del África Oriental. Stone Town ha conservado su tejido y paisaje urbanos prácticamente intactos, así como muchos edificios soberbios que ponen de manifiesto la peculiar cultura de la región, en la que se han fundido y homogeneizado a lo largo de más de un milenio elementos muy diversos de las civilizaciones de África, Arabia, la India y Europa. Antigua capital de Omán, ahora son muy pocos los residentes de origen árabe que quedan en la ciudad, pero aún se puede ver en algunas de sus calles, sobre todo las que mantienen comercios especializados, como sastres, joyeros o fotocopistas.  

Stone Town permite un recorrido arquitectónico de la historia de la isla, empezando por el fuerte portugués del centro, construido para proteger sus rutas hacia la India. Paseando por las callejuelas os encontraréis con elegantes mansiones (ahora muchas en decadencia, puesto que fueron ocupadas tras la revolución de los años 60) pero que aún conservan las magníficas y elegantes puertas importadas de la India, de madera tallada y con pinchos metálicos usados en su país de origen para alejar a potenciales elefantes curiosos. Estas puertas las trajeron en su mayoría comerciantes indios que acabaron instalándose en la ciudad. En pequeño templo hinduista que permanece atestigua la presencia de esta minoría. Precisamente, de una familia de una minoría de esta minoría india nació Freddie Mercury, en una de estas casas de Stone Town (ahora muy visitada), con el nombre de Farrokh Bulsara, de una familia Parsi (una minoría india que practica la religión zoroástrica).  

Finalmente, admirad las antiguas mansiones del Sultán omaní, su corte y los comerciantes que se instalaron en los alrededores. Sus preciosos balcones de madera y sus ornamentadas ventanas os trasladarán a cualquier ciudad del mundo árabe. Aún se mantienen restos de antiguos hammams, animados bazares y mezquitas operativas. El gran bazar es curioso por sus secciones: en la de pescado veréis cualquier animal que se pueda pescar en el océano índico, incluyendo pequeños tiburones. La de carne es un poco más desagradable, sobre todo las habitaciones llenas de gallinas enjauladas y hacinadas. La zona de las especias es más agradable, así como las coloridas fruterías. Allí mujeres atareadas hacen la compra de comida mientras corretean niños que se mezclan con los repartidores a la vez que señores mayores juegan al bao, un juego tradicional del pueblo swahili, jugado en tableros de madera tallada con agujeros y bolitas.

Si podéis quedaros al atardecer, me cuentan que en el parque Forodhani se instalan puestos de comida durante las horas nocturnas donde probar alguna de las mejores especialidades de comida callejera del mundo. Nosotros teníamos un vuelo que tomar así que, siguiendo el consejo de locales, fuimos a un sencillo restaurante frente a una de las mezquitas, en un recogido callejón, donde probamos especialidades locales como curris vegetales, guisos de carne de cabrito, sopas de alubias o calabaza estofada con cardamomo.

Finalmente, de camino al aeropuerto pudimos ver la nuevas barriadas construidas tras la independencia, donde se refleja el brutalismo arquitectónico de ese socialismo africanista, apoyado por China, con grandes bloques de viviendas de cemento. Ahora, la influencia China sigue siendo potente, y se observa en el sofisticado sistema de cámaras de videovigilancia que controlan cualquier callejón de Stone Town, donación del gobierno chino para atajar la delincuencia. 

Me quedaron muchas cosas por ver: desde las playas del sur, como Page, donde practicar deportes, hasta el restaurante The Rock, en una islita, o la reserva de monos endémicos. Por supuesto, también quiero volver a la parte continental de Tanzania para hacer algún safari y descubrir sus maravillas naturales. 

dilluns, 18 d’octubre del 2021

Mónaco

Un micropaís en plena Costa Azul

Mónaco es el segundo país más pequeño del mundo tras Ciudad del Vaticano. De hecho, tiene menos kilómetros cuadrados que Central Park. Este principado en mitad de la Costa Azul francesa se convirtió en uno de los puntos de atracción de millonarios del mundo. Para mantenerlos seguros, Mónaco cuenta con amplia presencia policial (muchos de paisano) y un sofisticado sistema de cámaras de vigilancia. Debido a este poco espacio y unido a la altísima demanda, se han ido construyendo rascacielos a lo largo de las faldas de las montañas que rodean el país. Y cada vez más altos, porque el metro cuadrado está por las nubes (unos 45,000 euros, por lo que un estudio de 25 m2 cuesta algo más de un millón de euros). Asimismo, las empinadas escaleras para ir de una calle a otra son frecuentes. Eso sí, el gobierno del principado ha construido numerosos ascensores públicos así como escaleras automáticas para ahorrar parte de estas subidas y bajadas, así como corredores excavados y recubiertos de mármol muy agradables frente al calor del mediodía.

Mónaco es tan pequeño que se puede visitar lo más importante en menos de un día. Pero también tiene suficientes atractivos para quedarse unos días más e incluso hacer excursiones desde aquí a las playas cercanas o a pueblecitos con encanto como Èze. 

Las partes más interesantes para visitar desde el punto de vista turístico son el "Rocher", o Monaco Ville, que es el casco antiguo del país, así como la glamurosa ciudad de Monte-Carlo y su anexa zona de la playa de Larvotto.

Los Grimaldi

Desde que un miembro de los Grimaldi se colara en la fortaleza monegasca disfrazado de monje a finales del siglo XIII y la conquistara, esta familia ha gobernado este territorio casi ininterrumpidamente hasta hoy, excepto durante la revolución francesa. Actualmente se encuentra en el trono Alberto II, famoso por sus dos hijos extramatrimoniales reconocidos. Hijo de Rainiero III y Grace Kelly, Alberto, su mujer, sus hijos y sus hermanas son frecuentes en la prensa rosa por unas cosas u otras. En cada tienda y oficina del país podréis ver su retrato o el de la familia real al completo.

Siendo la familia Grimaldi originaria de Génova, aún hoy en el país se mantiene al monegasco (dialecto del ligur), cuyo estudio en las escuelas es obligatorio, además de usarse para rotular. Sin embargo, el idioma oficial del país es el francés.

Empezamos por tanto por Monaco Ville, no muy lejos de la estación del tren de los ferrocarriles franceses por la que llegan la mayoría de turistas al país. Podéis subir andando hasta la plaza del Palacio, tras atravesar algunos restos de las antiguas murallas, y admirar el pequeño Palais du Prince, cuyos aposentos oficiales normalmente se puede visitar. Sin embargo, debido al COVID-19 se encuentran cerrados hasta enero de 2022. Lo que sí que está abierto es la colección de coches del Príncipe Alberto, por si os gusta el mundo del automóvil. También podréis ver el cambio de guardia a las 11.50 de la mañana, aunque tampoco esperéis gran cosa. Como era verano, llevaban su uniforme blanco. Pero vaya, el cambio de guardia de la plaza ateniense de Syntagma le da mil vueltas. 

Unas calles más allá está la catedral neobizantina, con poco interés arquitectónico pero muy visitada por la tumba de Grace Kelly (o como la llaman aquí, Princesa Gracia), siempre llena de ramos de flores y centros. Los domingos, a las diez de la mañana, se celebra la misa mayor con cantos del coro infantil y juvenil. Pero es el Museo Oeanográfico, el edificio más bonito del principado (en mi opinión). Se trata de un espectacular palacio neoclásico de 1910 en cuyo interior acoge una de las mejores colecciones de acuarios del mundo. De hecho, en 1985 logró ser la primera institución que logró tener corales vivos en acuarios. Vale la pena también subir hasta la terraza superior, no sólo para saludar a las enormes tortugas (yo me las encontré apareándose, haciendo gemidos extraños) sino por las impresionantes vistas del país.

Callejead también por el centro y disfrutad de los jardines y sus acantilados. Comed alguna cosa típica de las panaderías del centro, como unos barbagiuan (una masa crujiente y frita rellena de acelgas y ricotta), el galapian (un dulce de cerezas y almendras), una pissaladière monegasque (una especie de coca de cebollas y tomates con anchoas y olivas negras) o un pan bagnat, o sándwich tradicional monegasco de aceite de oliva, jugo de tomate, hinojo y anchoas que se disuelven y se empapan en el pan fresco y crujiente en el transcurso de veinticuatro horas. Luego podéis ir bajando por la avenue de la Porte Neueve para admirar las vistas de los rascacielos y los megayates amarrados en el Port Hercule.

Monte-Carlo

Pero es Monte-Carlo el lugar más famoso del país. Esta pequeña población nació en 1866, por orden del Príncipe Carlos III, para sacar a su principado de la quiebra. Quería reinstalar el viejo casino de La Condamine en un majestuoso nuevo edificio que encargó a uno de los arquitectos más reputados de aquel momento, Charles Garnier (que también diseñó la ópera de París). Un busto de Carlos III sigue presidiendo el gran bulevar ajardinado que nos conduce al casino, donde para entrar hay que vestir más o menos decentemente. Sus suntuosos interiores acogen desde sufridas máquinas tragaperras hasta elegantes mesas de ruletas, póker, black-jack o bacarrá. 

De hecho, la place du Casino sigue siendo el corazón de Monte-Carlo, junto con sus jardines, donde se concentran los principales iconos, además del Casino de 1878, el Hotel de París y, enfrente, el mítico Café de París, donde no debéis dejar de probar un crêpe Suzette, postre inventado aquí para el Príncipe de Gales cuando frecuentaba el lugar. Recomiendo también salir un día de fiesta por el anexo Buddha Bar, situado en un palace frente a la famosa curva por donde pasa el Gran Prix de Fórmula 1, para ver a su curiosa fauna, y disfrutar de su música, iluminación y excelentes cócteles. En esa curva también se encuentra el Fairmont, otro hotel de lujo pero de diseño más contemporáneo que el hotel de París o el Hermitage. Os recomiendo pasear por el camino de las esculturas, entre el casino y el mar, para ver algunas estatuas de los escultores contemporáneos, como Botero o Valdés.

La arquitectura de Monte-Carlo combina señoriales edificios que recuerdan a los arronsidements parisinos más exclusivos junto con rascacielos garrulos de sesenteros y otros más contemporáneos de formas redondas y colores blancos. Aquí se concentran también las boutiques de lujo. Debido a la falta de espacio, se están rellenado decenas de metros cuadrados de mar con cemento y arena para poder construir un nuevo barrio residencia y comercial frente al Grimaldi Forum, o recinto ferial, muy bien aprovechado con sus varios pisos que permiten acoger importantes congresos internacionales. Monte-Carlo también cuenta con un relajante jardín japonés, regalo de la familia imperial. Enfrente se encuentra Villa Sauber, una de los pocos palacetes de la belle èpoque que siguen en pie en la ciudad, fundamentalmente debido a que ahora son de propiedad del país y acoge una sección del Museo Nacional de Mónaco. La bella fachada y agradables jardines justifican una visita, así como las interesantes exposiciones interiores que alberga. Cuando fuimos nosotros había una dedicada al mundo del cómic bastante buena.

La noche del viernes fuimos de fiesta al mítico Jimmy´z, el club nocturno más glamuroso del principado, frecuentado por gente adinerada vestida a la última. Abierto en la década de los años 70, el club es una parte del exclusivo complejo Montecarlo Sporting Club, en cuyo parking se apiñan Ferraris, Lamborghinis y Rolls Royce último modelo.

El club cuenta siempre con DJs excelentes que saben combinar todo tipo de música para mantener entretenido al público. Cuenta con varias pasarelas por encima de una laguna artificial con mesas y sillas y luego una zona centran con sillones dispuestos en modo anfiteatro para poder ver la pista de baile. Su sistema de luces y sonido es excelente. Preparad la billetera: la copa más barata cuesta 30 euros. Aquí se celebran las grandes fiestas de la Fórmula 1 y es frecuente toparse con alguna celebrity. Esa noche, Carla Bruni se sentó dos mesas más allá de la nuestra.

Finalmente, porque no dedicar un rato a relajarse y tomar el sol en alguna de las dos playas del país: la de Lavrotto o la privada del Monte-Carlo Beach Hotel. Aunque pública, lo cierto es que plage Lavrotto ofrece mejores servicios que muchas playas de hoteles que he visitado: cuenta con restaurantes a pie de playa, ascensores y vestuarios público así como baños y duchas. El agua está cristalina pero, eso sí, la playa no es de arena, sino de pequeñas piedrecitas.

Para alojarnos, nosotros nos quedamos en el Riviera Palace, un antiguo hotel de lujo, propiedad de la Compagnie des Wagons Lit, que se transformó en un hospital militar durante la Primera Guerra Mundial, para acabar siendo después un edificio de apartamentos. Situado en Beausoleil (un pueblo francés a tan solo tres calles y diez minutos andando del casino de Monte-Carlo), ofrece unas vistas espectaculares del principado.

Mónaco es un país curioso pero si no habéis ido nunca, tampoco vayáis a propósito: lo más sensato es dedicarle medio día dentro de una escapada global a la Costa Azul: Niza o Saint-Tropez de la dan mil vueltas, turísticamente hablando, al país del casino y los Grimaldi.

dimecres, 8 de setembre del 2021

Guimaraes

"Aquí nasceu Portugal"

Si por algo es conocida Guimarães es por ser la cuna de la nación portuguesa. Al menos eso es lo que se afirmó en el romanticismo decimonónico y lo que plasmó en un gran cartel sobre su antigua muralla la dictadura salazarista del siglo XX. Lo que sí es cierto es que Guimarães fue la primera capital del Reino de Portugal tras independizarse del Reino de León en el siglo XII. Su primer rey, Alfonso I, se instaló en el castillo guimaraense y desde aquí empezó a expandir sus territorios hacia el sur. De hecho, el primer escudo de Portugal documentado es el esculpido en las piedras del castillo de la ciudad, que aún hoy se puede admirar. También hay una gran estatua de este rey a los pies del castillo.

Por ello, y por la buena conservación de edificios de varios estilos arquitectónicos, Guimarães entró en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, y se la considera como ejemplo excepcional de transformación de una población medieval en ciudad moderna. La ciudad ha conservado con autenticidad y en buen estado una serie muy variada de edificios ilustrativos de la evolución específica de la arquitectura portuguesa entre los siglos XV y XIX, caracterizada por el uso sistemático de materiales y técnicas de construcción tradicionales.

De hecho, vale la pena perderse por las callejuelas de la ciudad para admirar las apelotonadas casitas, muchas de madera de la época medieval y las más ricas de piedra. Los comerciantes de la ciudad, a medida que prosperaron, fueron comprando las casas de enfrente para ampliar las suyas, y construyendo puentes entre las mismas, que aún hoy siguen en pie.

Visitando Guimarães 

A la ciudad se puede llegar en coche, autobús o tren, siendo esta última la opción más económica y cómoda, sobre todo si se pretende hacer una excursión de un día desde Porto, como fue mi caso. Se puede empezar el recorrido por su corazón medieval: el Largo da Oliveira, donde están el ayuntamiento, la colegiata y el olivo, símbolo de la ciudad.

En esos días se estaban celebrando las Festas Gualterianas, aunque algo descafeinadas por la crisis de la COVID-19. Aún así, otra de sus plazas, el Largo do Toural acogía varias reproducciones a escala de los monumentos más importantes de la ciudad hechos en cartón piedra que me recordaron a unas fallas primitivas (eso sí, aquí no los queman). También había grupos de tunos y tunas bailando y cantando canciones populares, algo tradicional en las ciudades universitarias portuguesas del norte del país. 

Por cierto, estas fiestas se celebran en honor a San Gualter, santo que introdujo la orden franciscana en Portugal precisamente a través de Guimarães. En este sentido, recomiendo que visitéis la impresionante iglesia de San Francisco, con sus techos de madera bellamente pintados, su altar cubierto por cerámica manuelina del XVIII, y las decoraciones en oro hechas gracias a las riquezas de las colonias portuguesas en América, África y Asia. En una de las capillas se puede observar un árbol genealógico tridimensional del Jesucristo, algo muy común en las grandes iglesias portuguesas, usado para vincular a Jesús con la estirpe del Rey David.

Otra de las curiosidades que veréis en las iglesias antiguas de la ciudad son cajas metálicas con números asociados a los nombres de cada iglesia. Antiguamente aquí había una cuerda que se podía tirar tantas veces como el número del templo asociado, y servía para avisar a los bomberos de un fuego en cualquiera de las parroquias.

Zona templaria

No es casualidad que Portugal pasara de ser un pequeño reino periférico europeo a convertirse en cuna de grandes exploradores marinos y metrópolis de un imperio colonial global que controlaba media Sudamérica, grandes partes de África y varios puertos asiáticos. El empuje explorador vino con el acogimiento de la Orden de los Caballeros Templarios en tierras portuguesas, tras haber sido expropiados e incluso quemados en media Europa, especialmente en Francia, por orden del Papa Clemente V. Portugal los acogió bajo la condición de denominarse Orden de Cristo, y los templarios agradecieron esto brindando parte de su gran fortuna a la Casa Real portuguesa y sus proyectos exploradores.

La herencia templaria se observa especialmente en la zona del castillo, especialmente en la capilla de San Miguel, donde el mito señala que se celebró el bautizo del primer rey de Portugal, y donde se encuentran decenas de tumbas de caballeros templarios. 

Asimismo, en esta zona se encuentra el edificio más señorial de Guimarães: el Paço dos Duques, de estilo borgoñón, y originalmente residencia de los Duques de Bragança, que a partir de 1640, se convirtieron en la cuarta (y última) dinastía real en Portugal (reinando de 1640 a 1910). Tras el traslado de la familia a Lisboa, el palacio entró en decadencia varios siglos hasta que en 1933 el dictador Salazar reformó el edificio convirtiéndolo en residencia oficial de verano de la presidencia de la República. Los reconstruidos techos de madera representan cascos de carabelas portuguesas en honor a los descubrimientos. Las salas se redecoraron con antigüedades medievales en ese afán salazarista de posicionar la Edad Media como auténtico periodo de esplendor portugués.


Los dulces de la ciudad

Guimarães es también conocida por su repostería milenaria. El monasterio de Santa Clara de la ciudad generó numerosas recetas, en parte debido a la tradición de los prometidos de ofrecer una docena huevos a la santa para tener buen tiempo en la boda. Con tantos huevos, las monjas clarisas empezaron a experimentar y crear postres deliciosos, entre los que destacan las tortas de Guimarães (crujientes y mega dulces), el touchinho-do-céu (diferente al castellano, aquí se parece más a un pastel) o las douradinhas de Guimarães (rellenas de cabello de ángel). En monasterio es ahora la sede del ayuntamiento pero aún así, numerosas pastelerías de los alrededores mantienen la tradición de hornear estos dulces, especialmente los de la rua de Santa Maria. 

dimecres, 1 de setembre del 2021

Valladolid

Una ciudad inesperada

Valladolid no es que tenga mala prensa. Es que no tiene ninguna en absoluto. Y ello pese a la importancia histórica de esta pequeña ciudad: aquí se casaron los Reyes Católicos, aquí se abrió la tercera universidad de la península y aquí se reunió Carlos I con Magallanes, puesto que el Emperador eligió a Valladolid como su capital imperial. Aquí nació Torquemada, luego nombrado Inquisidor General de Castilla por el Papa Sixto VI.

También nació aquí Felipe II (y fue bautizado), aunque luego fue él quien se llevó la capital a Madrid. Felipe III la volvió a traer a Valladolid temporalmente, animado por su valido, el Duque de Lerma, que realizó una de las mayores operaciones de especulación urbanística de la historia europea. Tras dicha corruptela, Felipe III volvió a llevarse la capitalidad a Madrid, esta vez para siempre, engrosando de nuevo los bolsillo de Lerma y dejando a Valladolid como una perdida ciudad de provincias. No fue hasta finales del siglo XX cuando la ciudad pudo volver a ser capital de algo: la de la nueva autonomía de Castilla y León, aunque solo fuera de facto (sus vecinos leoneses no consintieron consagrar su capitalidad en el Estatuto). 

Hoy en día, Valladolid, pese a su pequeño tamaño, muestra su dinamismo, no sólo por sus conexiones aéreas con varias ciudades europeas o su tren de alta velocidad a menos de una hora de Madrid, sino también por su reconocida universidad que llena la ciudad de estudiantes de toda Europa.

Fui a Valladolid a la boda de una amiga y aproveché para descubrir la ciudad llevándome una grata sorpresa: por eso os cuento aquí lo que conocí de la ciudad del Pisuerga: que cuenta con ejemplos arquitectónicos únicos, que ofrece el espectacular Museo Nacional de Escultura y que se come de maravilla. Entre otras cosas. Dedicar un fin de semana a esta ciudad puede ser una buena idea. Os propongo una ruta posible para descubrir la cuidad.


Ejemplos únicos de arquitectura medieval, renacentista, barroca y modernista.

Empecemos por la Plaza Mayor, ejemplo del resto de plazas mayores castellanas y americanas. Tras un incendio que arrasó gran parte del centro de la ciudad, se decidió reconstruir esta plaza siguiendo los valores de la época renacentista, unificando alturas y estilos de los edificios y dando a la plaza un tamaño armonioso, además de soportales, para proteger a los comerciantes y ciudadanos del sol y de la lluvia. Tras esta plaza, otras más famosas como la de Salamanca o la de Madrid se inspiraron en esta para construirse. En esta misma plaza Torquemada presidió juicios a más de 100.000 personas y aquí condenó a más de 2.000 de las mismas a la hoguera, que se realizaban a 10 minutos de la misma, en la ahora conocida como Plaza de Zorrilla.

En las calles al oeste de la Plaza Mayor, especialmente la calle Correos, se encuentran los mejores bares y restaurantes para probar las especialidades de la zona o tapear, como las carnes de la famosa parrilla de San Lorenzo o las croquetas de El Corcho.

A unos pocos minutos caminando hacia el este, en la calle Regalado, se encuentra una de las entradas a la Galería Gutiérrez, una típica galería comercial del siglo XIX inspirada en los pasajes cubiertos que se construyeron en París en aquel entonces. Nuestro país tuvo muchos pasajes como este pero actualmente el de Valladolid es uno de los pocos que queda en pie. Un sitio ideal para tomar algo y sentir como era aquel Valladolid de 1880.

Muy cerca nos toparemos con la catedral de la ciudad, bastante sosa si la comparamos con otras catedrales castellanas como la de Burgos o Salamanca, pero que aún así vale la pena conocer, especialmente por su historia: los planos los diseñó Juan de Herrera y proyectaban la iglesia más grande de la cristiandad. Sin embargo, los acuíferos situados bajo la mitad del terreno así como el impacto del terremoto de Lisboa que llegó a sentirse aquí derrumbando una de las dos torres hizo que sólo se construyera la mitad del proyecto, dejando en la otra mitad la antigua colegiata medieval en semi ruinas. 

Por eso, no es la catedral el templo más querido por los vallisoletanos sino la iglesia de Santa Maria La Antigua, del siglo XIV con una torre románica única, muy rara de ver en estas tierras y que nos recuerda al románico catalán de los Pirineos. No en balde fue financiada por condes catalanes. Al lado de la misma se encuentra la fachada barroca de la Facultad de Derecho de la Universidad de Valladolid. Pero cuidado, supersticiosos: no contéis los leones en pilares alrededor del edificio, ya que según dicen los vallisoletanos, quién lo haga tendrá mala suerte en los estudios. Un poco más hacia el oeste se encuentra el Colegio de Santa Cruz, actual sede del rectorado de la universidad, y cuya importancia radica en ser el primer edificio renacentista de la península ibérica. Bellísimo en fachada e interiores también.

Otra bellísima iglesia es la de San Pablo, ejemplo clave del gótico isabelino, con su impresionante portada. La iglesia preside la plaza del mismo nombre y está situada al lado del Palacio de Pimentel, donde nació Felipe II. En este palacio, ahora sede de la Diputación Provincial de Valladolid, aún se ve una de las verjas de una ventada atada con cables metálicos ya que fue partida para poder sacar al bebé Felipe II para bautizarlo en San Pablo y no en San Marcos, que es la parroquia que le hubiera tocado si hubiera salido por la puerta del palacio, situada en otra calle. Su padre, el Emperador Carlos I, de ninguna manera quería que su primogénito fuera bautizado en una iglesia tan humilde como la de San Marcos, teniendo la espectacular San Pablo al lado. Así que usó dicho truco para salirse con la suya.

Frente a la iglesia de San Pablo también se encuentra el Palacio Real de Felipe III, este ya más señorial que el de Pimentel. En este palacio también se alojó varios días Napoléon cuando vino a España a restablecer a su hermano José I durante la Guerra de Independencia.

La historia se respira en las calles

Valladolid, sede de la Chancillería castellana que se ocupaba de juzgar los asuntos del Tajo para arriba, atrajo a decenas de profesionales liberales con buenos sueldos, que se hacían construir palacetes por la zona de la iglesia de San Martín. Hoy en día quedan pocos, ya que de la mayoría solo se ha mantenido el arco de piedra original y algunos escudos, siendo construidos edificios horrorosos en su lugar, sobre todo durante la etapa del desarrollismo franquista. Muy cerca de esta iglesia se encuentra el actual Teatro Calderón, antiguo palacio donde Carlos I alojó a su amante Germana de Foix, que luego acabaría como Virreina de Valencia.

Ciudad de museos clave

El Museo Nacional de Escultura es la elección que debéis hacer si solo queréis visitar uno de los museos de la ciudad en vuestra escapada. Cuenta con piezas únicas de la historia escultórica de nuestro país. Aunque está repartido en tres sedes, es su sede principal, el Colegio de San Gregorio, una joya del gótico flamígero castellano, muy de moda en los tiempos de la Reina Isabel I. Por fuera, una maravillosa portada de lo que fue la Facultad de Teología donde a través de varias alegorías se recordaba a los estudiantes la importancia del esfuerzo y el estudio para alcanzar la plenitud. Además, el edificio cuenta con un patio de película que nos transportará en el tiempo a principios del siglo XVI. 

Entre su colección de esculturas encontraréis obras maestras de Berruguete o de Juní, destacando los trozos del altar de la iglesia de San Benito (con una escultura del santo cuya expresividad os sorprenderá), así como una María Magdalena penitente inolvidable.

En una de las sedes anexas del museo exponen un enorme belén napolitano, en el que observar la riqueza y expresividad de las figuritas, que muestran la vida corriente del Nápoles dieciochesco, donde los que deberían ser protagonistas de la representación (la Sagrada Familia), apenas se distinguen entre el maremágnum de personajes del gigantesco belén. 

Al lado del museo también se encuentra la casa-museo de José Zorrilla, célebre autor de la obra de teatro Don Juan Tenorio. En este lugar nació y pasó su infancia pero no vivió su adultez ni escribió sus obras. Sin embargo, aquí se trajeron sus muebles y enseres desde la casa madrileña donde vivió su vida adulta, por lo que se puede disfrutar de un mix de la vida del escritor en castellano más famoso del siglo XX. Las visitas son guiadas y les ponen mucha pasión, así que las recomiendo encarecidamente, no sólo por conocer mejor a este personaje de la literatura en castellano sino también por profundizar en las costumbres burguesas de la época. 

Recoletos y Campo Grande

Para quedarme, opté por el Melià Recoletos: situado en el paseo más burgués de la ciudad, y jalonado de edificios modernistas. Pese a ser de cuatro estrellas, ofrece elementos de un cinco estrellas. Habitaciones amplias y cómodas, amabilísimo servicio y elegante hall, recepción y escaleras. Y lo mejor: su situación. Un bulevar ajardinado, a cinco minutos de la estación del AVE y a diez de la Plaza Mayor de la ciudad. Además, podéis pasear por el agradable jardín de Campo Grande situado enfrente, donde frondosas arboledas y cuidadas rosaledas os permitirán un fresco respiro de la ciudad. También os encontraréis con amigables pavos reales (que se acercan a la gente mucho más que en otros lugares que he visitado), así como con los patos del estanque principal, donde los lugareños acuden a darles de comer. Finalmente, todo el este de la ciudad está bordeado por el caudaloso río Pisuerga, y aprovechando que pasa por Valladolid, por que no dar un paseo por su ribera.

Me dejé muchas cosas que me hubiera apetecido visitar, incluyendo las casas de Colón y Cervantes o el museo agustino-filipino, con piezas curiosas del arte del Pacífico que se traían los misioneros. Lo dejo para la próxima visita.