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dilluns, 5 de març de 2012

La costa oeste de la Florida: primera parte.

Normalmente, la mayoría de turistas que acuden a la Florida suelen ir a la masificada costa este, empezando por Key West y acabando en Cabo Cañaveral y pasando un poco por el centro del Estado donde se encuentran los megacomplejos temáticos de Orlando. El hecho de que Henry Flagler tendiera su ferrocarril por esta costa hace más de 100 años impulsó todo su desarrollo. Aquí están los jóvenes, la metrópoli de Miami, la pija West Palm Beach, Fort Lauderdale como la capital del Spring Break, el parque nacional de los Everglades, los cayos, el Centro Espacial Kennedy, Walt Disney World entre otros veinte parques temáticos... etc.

Pareciera, por tanto, que todo lo que la Florida tiene que ofrecer al visitante está en su lado este. Sin embargo, la costa oeste del "Sunshine State", bañada por el golfo de México, es la que cuenta con las playas más bonitas y curiosas, por ejemplo. Las puestas de sol aquí son de ensueño. Una de las mejores es la que se puede disfrutar desde Siesta Key Beach, varios kilómetros al sur de Sarasota. Esta playa cuenta con una arena blanca como la nieve y suave como los polvos de talco. El tranquilo mar del golfo de México baña esta larga playa de forma tranquila, con oleaje muy bajo. Y numerosos tipos de aves dan un toque natural al lugar. 

Las puestas de sol impresionan, debido a la inmensidad del cielo que se aprecia aquí y a las tonalidades que tiñen las nubes y sobretodo, el mar. El espectáculo está garantizado de tal manera que numerosas bodas se celebran en plena playa. Personalmente pude presenciar dos de ellas, coincidiendo con la puesta del sol. Es también divertido hacer muñecos con la arena blanca, compacta y fría, tan parecida a la nieve que en las fotos parece que estuviéramos en algun campo helado de Europa, y no en una playa del golfo mexicano. Tal vez Siesta Key sea uno de mis lugares favoritos de la Florida.

Otras de las playas curiosas en la costa oeste floridana son las que ofrecen las islas de Sanibel y Captiva, cerca de Fort Myers. Tras pagar un peaje por cruzar el puente que une a las islas con el continente, podremos dirigirnos hacia el centro de atención al turismo situado a la derecha, nada más entrar en la primera isla: Sanibel. Además de la gran cantidad de aves que pueden verse en los refugios naturales con los que cuentan estas islas, sus playas son famosas por la enorme concentración de conchas que se encuentran sobretodo durante los meses de diciembre y enero. Un curioso fenómeno natural que hace que las diferentes corrientes del golfo lleven todos estos caparazones naturales hacia las playas de estas dos islas. Hay lugares en los que la concentración de conchas es tan alta que apenas hay arena. Si metemos la mano allí la sacaremos cargadísima de conchas enteras o de pequeños trozos. Si podéis, acudid de buena mañana, en las horas de marea baja, que es cuando mejor pueden recogerse las conchas más grandes y bonitas. No caigáis en nuestro error de llegar a la 1 de la tarde, cuando la marea está ya muy alta.


Además de las reservas y las playas llenas de conchas, también hay un museo dedicado a clasificar todos los tipos de concha encontrados a lo largo de los años en estas costas. Pero no os puedo dar mi opinión porque no llegamos a entrar. Lo que si nos gustó mucho fueron las elegantes mansiones que bordean la única carretera que atraviesa ambas islas, imponentes. Se nota que las casas son caras en estas islas.

Además de conchas, los pájaros como señalé, son omnipresentes. Más allá de las típicas gaviotas, en los meses de invierno se encuentra otra especie parecida, pero de aspecto más entrañable, con una plumitas negras en la cabeza que recuerdan a los pocos pelos que le quedan a un abuelito.

Tras disfrutar de estas islas, continuamos nuestra ruta hasta el destino programado: Crystal River. Esta población al norte de Tampa es conocida por ser el único lugar en el mundo en el que se puede nadar con los manaties en su hábitat natural. En efecto, si reservamos con algo de antelación un tour por alrededor de 50 dólares, un pequeño barquito nos llevará hasta la reserva, nos facilitará un traje de neopreno, las gafas, tubo y aletas, y nos podremos sumergir en dirección a los lugares autorizados. Las horas en las que estos animales están más activos es entre las seis y las once de la mañana, por lo que hay que pegarse un buen madrugón. Es imprescindible quedarse a dormir en el propio pueblo de Crystal River, puesto que para estar a las seis en el embarcadero de la agencia que contratemos para el tour, no podremos levantarnos más tarde de las cinco y media. Nosotros fuimos con Birds Under Water, y son bastante eficientes.

Al norte de la Florida las mañanas de invierno son frescas y al principio daba bastante respeto meterse al agua. Sin embargo, una vez dentro rápidamente nos daremos cuenta de que la temperatura es muy agradable, más caliente que en el exterior. No en vano estas cálidas aguas son el lugar elegido por los manatís para pasar el invierno.

Los manatís son mamíferos que viven en el agua. Por tanto, cada cierto tiempo sacan su nariz para respirar. De hecho cuando la barca se acercaba a la reserva, empezaron a rodearnos en la oscuridad de la madrugada. Sabíamos que estaban allí porque se oía el agua que lanzaban disparada cuando sacaban ligeramente sus hocicos para respirar. Son animales muy grandes, tan gordos como focas, y tienen una aleta que recuerda a la de las sirenas. De hecho, muchos de los primeros exploradores españoles que llegaron a la Florida los confundían con las míticas damas del mar cuando los veían de lejos. No obstante, lo que les hace tan especiales es su enorme simpatía hacia los humanos. Sin ningún tipo de adestriamento, estos animales se acercaron hacia nosotros cuando llegamos silenciosamente, deslizándonos en el agua, siguiendo el consejo de los expertos de la agencia que te lleva hasta allí. Primero te tantean, te observan... y lo mismo hacemos nosotros. Porque la primera vez que te encuentras con un manatí bajo del agua impresiona. Son tan grandes que imponen, y al fin y al cabo, son animales salvajes.

Siguiendo el consejo que nos habían dado, empecé a mirarlos de lado, nunca de frente, para evitar que se sintieran agredidos. Y a dejar que fueran ellos los que se me acercaran. Nunca hay que perseguir a un manatí. Poquito a poco, nadando a su lado, te empiezan a mirar a los ojos. Te escrutan. Y cuando menos te lo esperas, te guiñan. Y llega un momento que se acercan tanto, que ya puedes tocarles. Les encanta que les toquen. Sobretodo la parte de bajo, la barriga, que es blanca y suave. Porque la parte de arriba de los manatís es muy fea, rugosa y llena de barro y pelitos que usan para detectar movimiento bajo el agua. Pero en cuanto nos cojan confianza se darán la vuelta cual gatos para que les rasquemos la barriga.

Aunque más que gatos, son como perros de agua. Nunca había sentido una conexión tan grande con un animal, y menos aún salvaje. Incluso te dan las manitas que tienen (mejor dicho, aletitas) para que les cojas como si fueran una persona. Los mejores y más cariñosos son las crías, que cuando se despegan de su madre siempre vienen a buscarnos y son muy juguetones y entrañables. Darán vueltas y vueltas alrededor nuestro, nos darán las manitas y hasta intentarán darnos besitos y abrazarnos. Una experencia inolvidable y que recomiendo encarecidamente.
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El capitán de nuestro barquito era un agradable señor que canturreaba y contaba chistes de humor estadounidense. Nos ofreció donuts y chocolate caliente después de pasar la mañana nadando con estas simpáticas criaturas. Al salir de las templadas aguas de Crystal River, las temperaturas de la mañana invernal del norte de la Florida son frescas, más aún con el cuerpo mojado, por lo que agradecimos la bebida caliente.

Al acabar el recorrido y llegar a la base de la agencia de los tours podremos ver el video que nos grabaron mientras nadamos con los manatís y de paso comprar alguno de los recuerdos allí ofrecidos. A eso de las 11 ya habremos acabado, por lo que podremos aprovechar para ver otra de las atracciones turísticas curiosas que jalonan las carreteras de la Florida a esta lado.

En nuestro caso elegimos el cercano Weeki Waachee Springs, un pequeño y familiar parque temático cuya atracción estrella es un teatro submarino de sirenas, operativo desde hace 65 años. En efecto, el 1947 se ponía en marcha uno de los espectáculos más extraños de la Florida.

Nada más llegar, pudimos ver el primer show: La Sirenita. En el teatro submarino se representa, de forma acelerada, el famoso cuento de Andersen, con las famosas actrices bailando y nadando, respirando por aquellos tubos transparentes, usando una técnica de respiración subacuática bastante complicada y aguantando mucho rato, sonrientes, sin respirar entre bocanada y bocanada. Pasado un rato aparece el príncipe, así como la bruja malvada. Y por supuesto también aparece el mejor amigo de la sirenita, que en esta versión es una tortuga, por cierto, bastante mal caracterizada. La obra tiene una calidad teatral mala pero eso no es lo importante. Lo que la hace curiosa es que es única en su especie. En ninguna otra parte del mundo podremos ver una obra de teatro con sirenas en un tanque de agua que simula el fondo del océano. Hay peces, tortugas, una estatura del príncipe, el castillo de la Sirenita... es enorme. Los cambios de escena son salidas rápidas de miles de burbujas que tapan lo que ocurre en el tanque de los cristales de la gradería. Por esto, cientos de turistas pasan por aquí cada año. Uno de los más sonados fue Elvis Presley, del que se decía le gustaba ir parar a ver a "sus sirenas" siempre que venía a la Florida en coche.

A continuación nos dirijímos a un pequeño graderío en el que dos simpáticos monitores nos explicaron algunos datos acerca de los "alligators", las serpientes y otros animales nativos de la Florida, de los que enseñaron algunas muestras vivas. Al final, dejaban que el público se acercara para tocar a la fría y dura serpiente o al pequeño caimán, cuya piel era idéntica a la de un buen bolso. Tras ampliar nuestros conocimientos sobre la fauna floridana, hicimos una pausa en el café del parque para tomar sendas hamburguesas y poder continuar sin hambre nuestra visita por la siguiente atracción: un pequeño barquito que realiza un corto paseo por un precioso río, de aguas cristalinas, en el que observaremos más flora y fauna de la región en estado salvaje. Especialmente llamativos son los enormes nidos de águila en la copa de los altísimos pinos.

Por último, nos dirigimos de nuevo al teatro submarino para ver la segunda obra representada: Fish Tails, es decir, Colas de Pez, donde las sirenas explican más o menos los trucos y el típico "detrás de la escena", haciendo una retrospectiva de la historia de estas representaciones en sus 65 años de historia, acabando con un musical algo cutre donde se hace un canto a las bondades de los Estados Unidos de América y a lo orgulloso que se tiene que estar de haber nacido en esta tierra. Patriotismo de espectáculo, del que tanto les gusta a los gringos.

Por tanto, tranquilidad, paisajes bonitos, animales entrañables y curiosas atracciones de carretera nos esperan en la costa oeste florida. Y a pesar de que la mayoría de población tenga una edad excesiva, también se encuentran núcleos jóvenes en ciudades medias como Sarasota, Naples o la más grande y animada Tampa. De estas ciudades os cuento en futuras entradas. Pero lo que está claro es que si tenéis coche, tiempo y unos cuantos dólares, no dudéis en lanzaros a descubrir todo lo que la costa oeste floridana tiene para ofrecer.

1 comentari:

  1. Me encanta tu blog!!! Tienes muchísima razón, el mundo nunca será suficiente. Yo ya estoy aburrida de Londres, así que si sabes de algún trabajillo de PR o Marketing en los "Maiamis" avisame que salgo corriendo para allá a hacerte compañía jeje Muacks

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