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dimarts, 9 d’agost de 2011

Ibiza

Evissa, la grande de las Pitiusas, es uno de los lugares a los que me gusta volver cada verano. Ya es la segunda vez que paso una semana allí, y sin duda habrán muchas más ocasiones. Cuidado, porque si vais una vez, volveréis seguro: es un lugar que enamora.

Eso sí, personalmente recomiendo acudir los meses de junio o septiembre. La temperatura ya es cálida sin sofocar, hay mucho ambiente sin ser masivo y toda la oferta cultural, turística y festiva de la ciudad funciona a pleno rendimiento como en julio y agosto, pero a precios ligeramente inferiores.

El caso es que aterrizamos el primer día por la tarde, cuando al sol le quedaban apenas unas horas de lucir, y con temperaturas muy agradables. Tras instalarnos en el hotel Don Quijote, en plena playa de Ses Figueretes, nos dirigímos al puerto para cenar algo y dar el primer paseo por la isla.

Quise volver a pasear por Sa Penya, el barrio a los pies de Dalt Vila. Es uno de los más animados de la ciudad. De noche, cientos de bares y terrazas se llenan de noctámbulos al acecho de una copa y también de un buen descuento para la mejor fiesta de la noche en una de las grandes discotecas. Con un poco de suerte, y haciendo amigos, incluso se podrá entrar gratis a algunas de las míticas fiestas, como la "Matinée" de Space o la "Troya" en Amnesia.

Una de las cosas que más me gusta hacer en Ibiza es remontar Dalt Vila a través del Portal de Ses Taules on su larga rampa de piedra, entrando en la pequeña plaza de armas. Y observar, desde la tranquilidad y el silencio de la plaza de la Catedral, la agitada noche de los barrios de abajo, o más allá las luces de Pacha o la autopista a Sant Antoni. Caminar un poco más hacia las murallas y sentarse en silencio en su borde para respirar el aire limpio del mar con un suave olor a los pinos de la isla. Dejar que la brisa mediterránea, templada, agradable, nos acaricie la piel y disfrutar con el suave sonido de las olas admirando los yates y barcos varados en las aguas cercanas, pequeñitos en la lejanía, con sus lucecitas, donde se celebran algunas fiestas privadas.


Dalt Vila es uno de los oasis de silencio, tranquilidad y soledad que Eivissa ofrece, y que a la vez permite asomarse a las grandes fiestas que están teniendo lugar en el valle. A pesar de ser una antigua fortaleza, actualmente se encuentra plenamente integrada en la vida normla de la ciudad, con residencias, pequeños restaurantes, hornos, ultramarinos. Tal vez sigue mantiendo su función de fortaleza, pero esta vez frente a la fiesta, las masas y los ruidos de los otros barrios de la ciudad. El remanso de paz y el ambiente de pueblo que mantiene ferozmente Dalt Vila es impresionante.

Tras la noche de callejeo, al día siguiente tocaba playa. Con uno de los autobuses que salen de la céntrica avenida Isidor Macabich, y haciendo intercambio en la parada central de buses de Sant Antoni, nos dirigimos a la cala Gracioneta, pequeña y preciosa, aunque con un pequeño (gran) problema: siempre está a reventar de gente. Su fácil acceso por transporte público, así como su cercanía a algunos hoteles (que por suerte no se ven desde la cala) hacen que sea un lugar muy frecuentado. Este fue el pequeño "castigo" por habernos dejado nuestros respectivos permisos de conducir en Madrid. A media tarde, cansados de sol y playa, volvimos a Ibiza capital.

Cuando ya el sol está tan bajo que no apetece estar en la playa, pero aún está lo suficientemente alto como para tener que esperar para cenar, lo mejor es darse una vuelta por Sa Penya, para curiosear en sus cientos de tiendas, especialmente las de ropa ibicenca o en las tiendas oficiales de las discotecas. Y entre tienda y tienda nada mejor que refrescarse en el Llao-Llao, donde disfrutar de un sano helado de yogur acompañado de nuestros toppings favoritos como delicioso chocolate caliente (blanco o negro), trozos de crujientes almendras, fresas troceadas y almibaradas, pipas caramelizadas... y otros. Y para los que prefieran algo más ligero, el local ofrece también granizados naturales de sandía o limón, refrescantes y digestivos.

Tras esta pequeña vuelta, volvimos al hotel para una rápida cena y ducha, nos cambiamos y nos dirigimos de nuevo a Sa Penya, tomandonos como primera copa un espumoso cava en el Pura Vida, que cuenta con una agradable terraza en la bonita plaza del Parc. Tras comprobar si el dueño era o no tico, remontamos por las callejuelas de Sa Penya hasta llegar de nuevo un bar-terraza donde nos habíamos tomado unas copas el día anterior y nos habíamos hecho amigos de la italiana que lleva las relaciones públicas del local. Así que nos tomamos un chupito de hierbas ibicencas cortesía de la casa, y seguimos nuestro camino a la búsqueda de nuevos lugares. Recalamos por fin en Blue, que cuenta con una anímadisima terraza a los pies de Dalt Vila donde conocimos a unos holandeses. Nos contaron que, al día siguiente, iban a la fiesta de la Troya.

Al día siguiente, de nuevo en Sa Penya, desayunamos en el Croissant Show, justo enfrente del Mercat. Se trata de un lugar pintoresco y animado donde tomar el pulso a la animada mañana ibicenca. Por cierto, el Croissant Show es un local perfecto para los nostálgicos de la bollería francesa. Aquí la hacen exactamente igual que en las boulangeries parisinas. Tal cual. Además del preceptivo croissant, y del sano zumo de naranja natural, opté por tomarme, además, una baguette crujiente y calentita con terrine de canard y pepinillos. Un gran desayuno.

Después, cogimos de nuevo un bus rumbo a platja Ses Salines, una playa alargada y muy animada detrás de las curiosas salinas de Ibiza, una infraestructura enorme construída en tiempo de los romanos para extraer sal del mar y comerciar con ella.

Tras pasar el dia en esta playa, viendo los yates y a las y los gogós y RRPP de las diferentes discotecas repartiendo descuentos para las fiestas de la noche, volvimos al hotel a cenar y descansar un rato.

Ya de noche, de nuevo rumbo a Sa Penya para tomarnos las primeras copas en la terraza de nuestra amiga italiana. Esta terraza, además de tener un precio aceptable, y de invitarnos a chupitos, está situado en un lugar precioso, en medio de calles empedradas, empinadas y estrechas y rodeado de casas blanquísimas. Tuvimos la gran suerte de que pasaron por allí la Troya (la drag-queen más famosa de Ibiza) con toda su corte de gogós. Y resultó que la mayoría eran amigos de nuestra colega la italiana del bar. Así que tras los saludos y las fotos, nos pusieron una pulserita de entrada gratis a la fiesta más famosa de Amnesia, que se celebra todos los miércoles. Y eso que normalmente cuesta 40 euros entrar. Un ratito más de copeo y enseguida taxi a Amnesia, situada a mitad de la autopista que une Ibiza con Sant Antoni.

He de decir que me encantó esta discoteca. Con sus dos salas gigantes, podemos elegir dos tipos de música. En una, cientos de bailarinas y con un tipazo de infarto danzan en el segundo piso con movimientos que hipnotizan mientras que en la pista de bajo cientos de personas se mueven al ritmo de la mejor música house. En la otra sala, los y las miembros de la corte de la Troya rodean la enorme pista situados en sus podiums, moviendose con sus extraños bailes, mientras que de vez en cuando la misma Troya sale a su propio escenario para dar sus charlas raras y cantar su canción. La música suele ser más electro-dance con algunas canciones del momento remixeadas. Lo mejor de esta sala son los enormes chorros de aire frio con humo que salen a toda presión durante los momentos de "subidón" de las canciones.

La mañana siguiente, cansados, la consagramos a la piscina del hotel. Situada en el terrado, se podían apreciar las vistas de toda la ciudad de Ibiza. La verdad es que lo único bonito es Dalt Vila, el resto de barrios de la capital pitiusa dejan bastante que desear.

El sol y piscina de la mañana dieron paso a una tarde de turismo por Dalt Vila. Remontando sus estrechas calles entramos en el Museu Puget, para curiosear fotos de la Ibiza de los años 50. Vale la pena entrar también por estr situado en un antiguo palacio, el de Can Comasema. Después, coronamos el barrio en el impresionante mirador donde admirar el puerto. Entramos en la robusta catedral de Santa Maria de Mitjavila, gótica, sorprediéndonos la gran losa de marmol en una de las paredes, dedicada a los caídos "por Dios y por España" siendo que el primero es un familiar del ex ministro de Asuntos Exteriores Abel Matutes, también conocido por ser uno de los "caciques" de la isla.

Bajamos y cogimos un bus rumbo a Sant Antoni, para ver una de las puestas de sol más famosas: la que se da en el paseo marítimo donde está situado el mundialmente conocido Café del Mar. Un consejo básico: compraos vuestra bebida favorita en uno de los supermercados del centro de Sant Antoni, sentaos en las rocas de delante del Café del Mar y preparaos para disfrutar de la misma increíble puesta de sol que los que están pagando cinco veces más por vuestra bebida en la terraza del famoso café. Y además, estareis escuchando la misma música (las inigualables remezclas del café). Eso es lo que hicimos. Cuando el sol se fue, nosotros, paseando por el paseo marítimo con la luz crespuscular, fuimos captados por un simpártico RRPP italiano (como no) para cenar en un restaurante con espectáculo enfrente del mar, con una jarra de sangría gratis invitación de la casa. No nos arrepentimos, ya que la carta de comida italiana o pollo con curry era sencilla pero a buen precio, y además, la terraza, con piscina y todo, era muy agradable, enfrente de la bahía, con la suave brisa del mar refrescándola. Para acabar de mejorarlo, tuvimos el espectáculo, que al principio consistió en un soso grupo de chicas de la discoteca Edén que apenas bailaron. Pero luego, un grupo de acróbatas nos impresionó mientras una tragafuegos hacia un número espectacular. Además, un amable señor iba con una shisha ofreciéndola a los asistentes para que la probaran.

Tan a gusto estábamos que se nos pasó la hora y nos tocó correr un poco para coger el bus de vuelta a Ibiza. Queríamos estar para las fiestas de Sant Joan con fuegos artificiales, hoguera grande y DJ en la playa de Ses Figueretes, enfrente de nuestro hotel. Llegamos justo a tiempo, con las luces de colores creadas por la pólvora iluminando la noche más corta del año, el DJ pinchando a tope y la gran foguera de trozos de madera que se empezaban a consumir por enormes lenguas de fuego.

Tras un ratito allí, rápidamente nos fuimos al puerto, rumbo a la discoteca más más famosa de la isla, y tal vez del mundo: PACHA. Y por supuesto, elegimos ir el jueves por tener lugar la fiesta más conocida: F*** me I'm Famous by David Guetta feat. Cathy. He de decir que es un espectáculo que hay que ver al menos una vez en al vida. El DJ número uno a nivel mundial es además muy cercano al público, y lo da todo en sus sesiones. Se emociona como el que más y, si tenéis la suerte de estar cerca de la cabina, le podremos saludar chocándole la mano personalmente. El equipo de luces y de sonido es increíble, las decenas de gogós bailando o columpiándose crean un ambiente de fiesta total. Además, de vez en cuando aparece Cathy, la guapísima mujer de David, para animar aún más la fiesta lanzando globos, abanicos y bailando. Los famosos robots de Pacha, que se mezclan a bailar con el público, con sus miles de lucecitas, sus movimientos y su lanzamiento de láser, llamas o chorros de aire helado completan el show. Y por supuesto, los éxitos del DJ francés remezclados en directo por él mismo, suenan en un alarde de excelencia musical. 

Problemas: las copas a 25 euros, las cientos de personas que abarrotan la fiesta haciendo imposible moverse o el local, mucho menos impresionante que Amnesia, por ejemplo. Pero bueno, Pacha Ibiza siempre será Pacha Ibiza.

Tras acabar la fiesta, con el sol asomando por arriba de Dalt Vila, nos fuimos a dormir un rato. Cuando nos levantamos, decidimos celebrar Sant Joan comiendo en uno de los restaurantes más antiguos y populares de la capital pitiusa: precisamente el bar Sant Joan. Barato y de la mejor calidad que se pueda encontrar en Ibiza, con comida tradiciona de la isla. Un poco oscuro, alicatado y con puertas de madera, este local es una auténtica tasca tradicional, limpia pero siempre abarrotada. Hay que estar dispuesto a compartir mesa con desconocidos, ya que los sitios son muy limitados. Una sepia a la plancha con ensalada mediterránea y limonada recién exprimida fueron mis elecciones. Asimismo, pedimos para el centro algunos calamares y un cuenco de all i oli casero. Y de postre, un trozo de greixonera, el típico pudín ibicenco, muy jugoso y con un sueve toque de canela.

Tras una comida sana y por cierto, barata, andamos un rato, atravesando el puerto hasta llegar a la platja Talamanca. Con forma de media luna, es una playa aceptable, por ser muy accesible y estar poco urbanizada. Con esta agradable tarde en la playa pusimos punto y final a nuestros cinco dias en la "isla bonita". Espero volver lo más pronto posible.

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