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dissabte, 15 d’abril del 2023

Agra

La punta más famosa del "Triángulo de Oro" indio

Las rutas turísticas de la India para principiantes suelen empezar con el llamado "Triángulo de Oro" formado por Delhi, Agra y Jaipur; siendo Agra la imagen icónica del país. Y más concretamente la tumba más bonita del mundo: el Taj Mahal. Pero esta "punta" tiene otros puntos interesantísimos, incluso en el propio recorrido tanto de Delhi a Agra como de Agra a Jaipur. Aquí os cuento lo que vimos nosotros.

Mathura

Tras desayunar en Delhi nos pusimos rumbo a Agra en coche con un conductor estupendo del que os puedo dar los datos si me contactáis por mensaje privado. En el camino, decidimos parar en Mathura, una de las siete ciudades sagradas del hinduismo. 

Paramos aquí para ver el lugar de nacimiento de Krishna, el templo de Kesava Deo, el complejo religioso más importante de la ciudad. Para entrar os requisarán cualquier dispositivo electrónico, incluyendo cables y por supuesto, vuestros teléfonos móviles. Así que no se pueden sacar fotos dentro. Os los devuelven al salir del complejo.

Cientos de peregrinos acuden para rezar en una pequeña sala, el Shri Krishna Janambhoomi, una antigua celda en la que se dice que nació Krishna hace más de 5,000 años. Luego se pueden subir unas escaleras hasta el templo principal, con murales con la de vida de este, representado siempre con la piel de color azul; y estatuas suyas tocando la flauta acompañado de su esposa, Radha. Las luchas entre musulmanes e hinduistas (que construyeron una gran mezquita encima de parte del complejo) han llevado a la destrucción y reconstrucción de este templo a Krishna, por lo que el actual es relativamente moderno pues data de 1950.

Krishna es considerado una encarnación del dios Visnú, según el hinduismo. Es decir, uno de sus avatares. En cambio, según el krishnaísmo, Krishna es la forma principal de Dios, de quien emanan Visnú y los demás dioses (como Shiva y Brahma). En cualquier caso, en el templo aprendimos más de su historia con las representaciones pictóricas, siendo la de la cobra de siete cabezas que lo lleva por el mar la que más nos llamó la atención.

Tras la visita a este curioso lugar, comimos en el agradable restaurante del hotel Brijwasi Royal, donde nos sirvieron comida vegetariana del norte de la India con poco nivel de picante que pudimos comer bien, destacando el delicioso surtido tandoori. Y tras esto, volvimos a la carretera rumbo a Agra.

Fuerte de Agra

Agra ya fue capital del imperio Lodi, cuando el sultán Sikander trasladó su capital aquí en 1501. Pocos años después, el primer emperador mogol, Babur, conquistó el imperio y mantuvo su capital en Agra. Fueron ellos los que le dieron los grandes edificios que actualmente atraen a millones de turistas.

Al llegar a Agra nos sorprendió los enormes atascos que se forman en las entradas a la ciudad. Casi una hora hasta que llegamos a nuestro alojamiento. Pero por fin nos instalamos en el Taj Gang, el barrio alrededor del Taj Mahal, a unos minutos de la entrada del monumento. Os recomiendo hacerlo así ya que lo mejor es visitarlo nada más lo abren al amanecer, no sólo para disfrutar de la salida del sol desde sus bellas cúpulas al borde del río Yamuna, sino también porque es el momento que menos gente hay. Luego, a partir de las nueve de la mañana, empiezan a llegar las hordas de excursionistas de Delhi que inundan el lugar.

Pero esa tarde, aprovechamos para visitar el fuerte de Agra, también declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. El fuerte es el lugar perfecto para entender mejor el papel de Agra como capital del Imperio Mogol antes de que la movieran a Delhi. El Fuerte Rojo de Agra es un importante monumento mogol del siglo XVII construido con piedra arenisca roja. El emperador que empezó a construirlo fue Akbar, como una imponente ciudadela que encierra en su enorme recinto amurallado, con muros de más de 20 metros y un foso de cocodrilos, un gran número de palacios maravillosos, muchos construidos por emperadores posteriores, como el de Jahangir o el Khas Mahal, construido por Shah Jahan para su hijo, así como edificios para recibir audiencias, como el Diwan-i-Khas (impresionante y diseñado para impresionar), y también dos hermosas mezquitas, una de las cuales no pudimos entrar por no llegar a tiempo. Desde aquí gobernaban su vasto imperio. Sha Jahan fue el que introdujo el mármol blanco para construir estancias y palacetes dentro del fuerte, material que luego usó en la tumba de su mujer.

Muchas de estas habitaciones tienen decoraciones de ensueño. Me encantó la sala de reuniones del emperador con su Consejo Real, pero el palacete más bello es el Khas Mahal, en el que Aurangzeb, príncipe e hijo del emperador Shah Jahan, encerró a su padre tras un golpe de Estado que llevó a sucederle y convertirse en el sexto emperador mogol. Las habitaciones de mármol blanco con fuentes en mitad de muchas de ellas son inolvidables, así como las vistas del Taj Mahal que se disfrutan desde las estancias.

La versión oficial dice que el hijo encerró al padre para evitar que malgastara más dinero en construir otro Taj Mahal, de color negro esta vez, para su propia tumba, frente al que hizo construir para su mujer favorita: Mumtaz Mahal. Aún se pueden ver los cimientos, al otro lado del río, de lo que hubiera sido el "Taj Mahal negro". La versión no oficial es que Aurangzeb dio el golpe de Estado simplemente porque no se fiaba de sus otros hermanos y prefirió asegurarse el trono en vida. De hecho, fue quien trasladó la capital de Agra a Delhi, para rodearse de una corte fiel.

Taj Mahal

No es casualidad que más de seis millones de personas visiten el Taj Mahal cada año. Edificado en 1631 por orden del emperador mogol Shah Jahan para perpetuar la memoria de su esposa favorita, este grandioso mausoleo de mármol blanco es la joya de la corona del arte musulmán en la India y una de las obras maestras universalmente admiradas del patrimonio cultural de la humanidad.

Repito el consejo: llegad a las taquillas antes del amanecer para evitar colas y masas, pero traed algo de abrigo si venís en invierno (en enero hacía frío). Con la entrada os darán una botella de agua y unas fundas para los zapatos obligatorias cuando entréis a la zona de mármol que rodea el Taj así como a su interior. La entrada al recinto, amurallado por una construcción mogol roja similar a los fuertes desde los que gobernaban, es impresionante por sí misma y recuerda a la arquitectura persa. 

Uno nunca olvida la primera vez que ve el Taj Mahal de cerca, al entrar al gran portón de acceso. Es un símbolo de poder, un símbolo de amor, un símbolo de riqueza y, sobre todo, un símbolo de la perfecta simetría que puede alcanzar el ser humano al crear edificios. El Taj Mahal es la materialización de toda cosa pura, dijo Kipling. Sin duda, ver el amanecer desde el mismo es impactante y no decepciona a nadie.

Los jardines siguen el modelo persa de división en cuatro partes iguales por canales acuáticos que reflejan magistralmente el edificio. La tumba está hecha enteramente de mármol con piedras preciosas pulidas e incrustadas, que dibujan flores y hojas de forma magistral, así como citas del Corán en cada una de las inmensas puertas, con incrustaciones de jaspe. Y se coloca sobre una enorme plataforma, también de mármol con cuatro minaretes de cuarenta metros en cada esquina. Trabajaron 20,000 personas para construirlo en ocho años, incluyendo artesanos de toda Asia y de Europa.

Esta tumba, encargada por Shah Jahan, quinto emperador mogol, para enterrar a su mujer favorita y cumplir con la promesa que le hizo en el lecho de muerte de que nunca la olvidaría. Mumtaz Mahal falleció dando a luz a su hijo número catorce. El emperador quedó desgarrado y el Taj Mahal es la muestra de un amor infinito. Una lágrima en la mejilla de la eternidad, como dijo el poeta Tagore.

El interior no es tan impresionante, más allá del curioso eco que forma la cúpula bulbiforme central y los dos cenotafios: uno para Mumtaz Mahal y otro, que rompe la simetría por no estar previsto, para Shah Jahan. Las verdaderas tumbas están en el sótano del edificio, al que no se permite entrar.

Tras disfrutar también del pequeño pero interesante museo que incluye el recinto, con impresionantes miniaturas mogolas y platos hechos de un material que detecta la presencia de veneno cambiando de color, nos fuimos a desayunar a la terraza del establecimiento donde nos alojamos, que ofrecía unas vistas impresionantes al Taj Mahal. Tras ello, nos dispusimos a iniciar la carretera hacia Jaipur. Agra per se es una ciudad con poco interés turístico, por lo que tras ver sus principales atractivos, no hay mucho más que hacer. No es agradable pasear por sus calles infestadas de coches o suciedad, jalonadas de edificios a cuál más feo.

Excursión a Fatehpur Sikri

De camino a Jaipur aprovechamos para parar en Fatehpur Sikri, una ciudad fantasma maravillosa. Esta ciudadela fortificada construida por el tercer emperador mogol, Akbar, en la segunda mitad del siglo XVI, con el nombre de “ciudad de la victoria”, fue la capital del Imperio Mogol durante tan solo diez años debido a la falta de agua en el lugar, que forzó a la corte a regresar a Agra. El sitio comprende un conjunto arquitectónico homogéneo con numerosos monumentos y templos, además de edificios para diferentes usos e incluso reservorios de agua que intentaron suplir el clima seco de la zona y falta de aguas subterráneas. 

La parte central incluye tres palacios que el emperador construyó para cada una de sus esposas: una cristiana, una hinduista y otra musulmana, separados por patios, así como el palacio del propio emperador, con una enorme cama de piedra elevada para evitar ataques de enemigos o animales salvajes y un canal de agua corriente para refrescar la estancia durante el verano. Frente al mismo destaca una bella zona de conciertos rodeada de un estanque que mejoraba la acústica, así como el espacio para astrólogos o la escuela para los niños de la corte. También destaca la bellísima sala del trono, de piedra roja, en la que Akbar se sentaba en un pilar central con sus ministros situados en cada una de las esquinas, todos en la parte elevada de la sala para incrementar la sensación de poder de estos.

Hay hasta un parchís gigante en el que jugaba la corte y donde las fichas de cada uno de los cuatro colores eran mujeres vestidos de los mismos que se iban moviendo según lo que dijeran los dados y los jugadores.

Acabamos la visita en la Jama Masjid, una de las mezquitas más grandes de la India, que mezcla elementos persas e indios. De hecho, esta mezquita es la razón por la que Akbar eligió mover aquí la capital: resulta que en este lugar, el santón sufí Shaikh Salim Christi predijo (correctamente) cuando tendría Akbar a su primer hijo. El emperador construyó una enorme mezquita y luego, una tumba de mármol dentro de la misma para el santón, a la que ahora acuden musulmanes de toda la India para pedir por un hijo, rezándole y colgando lazos en las ventanas de la tumba. Antes de dejar esta pequeña población fuimos al mercado de la pequeña localidad, a un puestecito de galletas khataie, típicas del pueblo. Recomiendo las de cacahuetes, buenísimas.  

Agra y su camino de llegada y salida ofrecen experiencias y monumentos impresionantes y difícilmente olvidables por cualquier turista, incluso los más experimentados. No defrauda a nadie.

dimecres, 5 d’abril del 2023

Delhi

La capital de la India

Delhi es una de las ciudades que más tiempo ha estado habitada de forma ininterrumpida a lo largo de la historia. Hoy, con 28 millones de habitantes censados, es la segunda ciudad más habitada del mundo tras Tokio. Pero no tiene nada que ver con la capital japonesa: Delhi es una ciudad supercontaminada, caótica y muy ruidosa. Solo la curiosidad nos hará pasar unos días en ella. Por mi lado, también el hecho que fuimos a visitar a mi amiga Deborah, que ha sido destinada unos años allí por trabajo.

Para moverse por la ciudad recomiendo dos opciones: para distancia de menos de 20 minutos, optad por un auto-rickshaw: rápido, barato y divertido, se pueden pedir a través de la aplicación Uber para ahorrarnos negociaciones y precios inflados. Para trayectos más largos, Uber o taxi, aunque en los taxis os tocará negociaciones que a veces son un rollo. En cualquier caso, si sois dos o más, todo saldrá a precios de cualquier transporte público en Europa y os ahorrará líos, sudor y sobre todo, tiempo.

La islamización de Delhi

El mejor lugar para empezar un recorrido por la ciudad es adentrarse en sus restos arqueológicos más antiguos: el conjunto arqueológico del Qutb Minar. Aquí hay varias tumbas del Imperio Maurya, así como restos de templos jaimistas, budistas e hinduistas del siglo IV antes de Cristo usados para construir dos grandes mezquitas del siglo XIII, las más antiguas de la India septentrional,  construidas con materiales procedentes de una veintena de templos brahmánicos. Ambas también están en ruinas. Pero el protagonista de este parque es el gigantesco minarete, en muy buen estado. Se trata de una torre de arenisca roja de 72 metros de altura, cuya pared exterior, de estilo afgano, está bellamente ornamentada. También se mantiene bastante bien la magnífica Puerta de Alai Darwaza, obra maestra del arte indo musulmán construida en 1311. Sin duda, lugar perfecto para entender como una ciudad mayoritariamente hindú pasó a ser musulmana durante siglos. 

La islamización de Delhi se profundizó con la llegada de la dinastía Lodi, también afgana, que construyó tumbas como la de Shish Gumbad o la Bara Gumbad, impresionantes, y que pueden visitarse gratis en los jardines Lodi, lugar muy popular en el que hacen picnic las clases medias de la ciudad durante los fines de semana. El estilo de estas tumbas fue copiado siglos más tarde, y perfeccionado, al construir el Taj Mahal en Agra.

De la era Lodi vale la pena también visitar el baoli Agrasen Ki: los baoli eran depósitos de agua pero también lugares de encuentro social en cuyas hornacinas la gente se sentaba en verano para aliviar el calor y socializar refrescados por la brisa del agua almacenada. Nada más entrar, me pareció estar en un lugar mágico, como la guarida de un super héroe. Es del siglo XIV y cuenta con 103 peldaños.

El imperio Mogol

A los Lodi les sucedieron los mogoles en 1526, cuando Babur, descendiente de Gengis Khan, invadió el imperio Lodi y fundó la dinastía Mogol, que gobernaría casi todo el territorio de la India durante 300 años. Lo cierto es que primero instalaron su capital en Agra y no fue hasta el siglo XVII cuando el emperador Shah Jahan trasladó la corte a Delhi y construyó el Fuerte Rojo, nuevo centro administrativo, militar y palaciego del imperio durante muchas décadas. Su nombre se debe al color rojo de la piedra arenisca con que se construyeron sus espesas murallas. En su interior, los palacios se basan en prototipos islámicos, pero los pabellones muestran elementos arquitectónicos típicos de los edificios mogoles, en los que se puede observar la fusión de las tradiciones persas, timures e hindúes. Personalmente no entré, ya que Delhi tiene mucho que ofrecer y hay otros fuertes en el país mucho más impresionantes, como el de Fatehpur Sikri o el de Agra y que sí visitamos. Los fuertes actuaron como una suerte de "Ciudad Prohibida" de Beijing para el emperador mogol y su corte.

No muy lejos del Fuerte Rojo se encuentra Jama Masjid, otro de los iconos de la era Mogol en Delhi. Esta gran mezquita era a la que el emperador y su corte iban a rezar. Su patio es, como muchas cosas en este país, de película, tanto por sus proporciones como por su simetría. Puede acoger hasta 25,000 personas. Para alejarse de los remolinos de gente y tomar distancia de la ciudad, nada mejor que subir a uno de sus minaretes (el único abierto al público) para disfrutar de unas vistas de la Vieja Delhi. Eso sí, ni las estrechas escaleras de caracol para subir ni el pequeño espacio en su cima son aptos para claustrofóbicos o personas con miedo a las alturas.

Otro lugar clave en Delhi es la tumba de Humayun, construida en 1570. Esta sepultura tiene un significado cultural especial por ser la primera tumba-jardín edificada en el subcontinente indio. Es curioso porque esta tumba de un emperador encargada por su mujer para honrarle (historia contraria a del Taj Mahal, al que sirvió de fuente de inspiración arquitectónica 60 años después). De hecho, su cúpula principal es muy similar a la de la tumba de Agra. El complejo funerario incluye otras bellas tumbas también que vale la pena ver.

El imperio británico

En el siglo XIX, los británicos derrocaron al imperio Mogol y anexionaron la India al suyo, permitiendo a algunos rajás gobernar partes del mismo bajo el paraguas de la administración británica. El Fuerte Rojo pasó a ser una base militar británica hasta el 15 de agosto de 1947, cuando Nehru levantó la bandera india en la principal puerta del fuerte, ceremonia que se sigue celebrando cada día de la independencia del país.

En los alrededores del Fuerte Rojo y la Jama Masjid se congregaron comerciantes y profesionales liberales, atraídos por la riqueza y seguridad de la corte imperial, a la que proveían de bienes y servicios de gran calidad. Los más exitosos se construyeron "havelis" o bellas mansiones con un patio interior. Los británicos respetaron a dicha población, pero todo cambió con la independencia. Hoy en día, pasear por la Vieja Delhi es una experiencia única, pero muy dura: la basura aparece por cualquier lado por lo que ratas, monos, palomas y perros callejeros son frecuentes. La decadencia que vive un barrio que fue rico se debe a la independencia de la India, cuando la mayoría de población musulmana huyó a Pakistán, en el contexto de masacres y persecuciones. Si un tercio de los habitantes de Delhi eran musulmanes el 1947, tan solo quedaron un 6% en 1950. La Vieja Delhi, antigua corte del emperador musulmán, y barrio por tanto mayoritariamente islámico, perdió a casi todos sus habitantes y el nuevo gobierno indio repartió mansiones y apartamentos a refugiados hinduistas y sij que llegaron del Punjab, de donde la población musulmana, a su vez, los había perseguido y expulsado.

El barrio sigue siendo eminentemente comercial, pero las calidades de los productos han bajado en general, con poquísimas excepciones. Cada parte del mismo se dedica a productos específicos, como los libros, la comida, la ropa o las telas. La Vieja Delhi, otrora una ciudad mogol, pasó a ser mayoritariamente una ciudad punjabi, construyéndose incluso un  nuevo y enorme templo sij en Channdi Chowk, su avenida principal. Lo cierto es que la Vieja Delhi sigue sin recuperarse de este trauma poblacional. Y aunque la suciedad desaconseja probar sus puestos de comida callejera, estos son considerados de los mejores del mundo, con recetas seculares e ingredientes curiosos para cualquier occidental, además de olores y colores que estimularán nuestro apetito. Mi consejo es limitarse a sitios muy llenos, ya que garantizan que la comida está en buen estado, como el mítico Karim´s. Este feo local, en el que cocinan brochetas de carne a la brasa en plena calle, es un tesoro que pasa muchas veces desapercibido. Se trata de un negocio familiar en el que han cocinado recetas de la corte Mogol durante siglos. El local lo abrió uno de los miembros de la saga tras quedarse sin su trabajo como cocinero de la corte en pleno siglo XIX con la llegada de los británicos. Por eso, aún hoy, podemos disfrutar a precios de risa platos que comían los sultanes mogoles como las burrah (chuletas de cordero marinadas), de las mejores que me he comido nunca.

Y al ser la Vieja Delhi ahora mayoritariamente hinduista, si queremos adentrarnos en un barrio musulmán, hay que dirigirse a los alrededores del mausoleo del santón sufí Khwaja Nizamuddin Auliya, un asceta del siglo XIV que propagó la tolerancia entre credos. Vale la pena entrar en el mausoleo, apretujándose entre las masas de devotos que se amontonan para tocar la tumba del santo, tras atravesar estrechos pasillos llenos de tiendas de objetos religiosos y ofrendas que llevar al santo, como pétalos de rosa, incienso o arroz.

La Nueva Delhi

Los británicos establecieron la capital al principio en Calcuta, pero en 1911 la volvieron a mover a Delhi, iniciando un plan de ensanche para alojar a la administración colonial con el enorme bulevar Rajpath como eje vertebrador y que hoy conecta la Puerta de la India con el palacio presidencial. Este barrio está lleno de larguísimos y anchos bulevares arbolados, jalonados de edificios y chalets blancos.

Uno de los grandes símbolos de la era colonial es Connaught Place, un barrio de columnas palladianas con forma circular, que hace 50 años era el lugar más elegante de la ciudad. Ahora está en decadencia pero hay muchas cadenas internacionales de ropa así como de comida fast-food. 

En cualquier caso, en Nueva Delhi es donde mejor se puede comer de la ciudad, encabezando este ranking el Indian Accent, mejor restaurante del país según la revista mundial "Restaurant". Situado en el Lodhi Hotel, hace falta reservar con mucha antelación para conseguir mesa, dejando una señal importante de dinero que no es reembolsable si finalmente no se puede ir. El chef Manish Mehrotra fusiona de forma magistral recetas e ingredientes de todo el país con técnicas de la nouvelle cuisine. El menú degustación es cerrado (se puede optar por la versión vegetariana) y se empieza con unos pequeños naans de queso recién horneados acompañados de una sopa de espinacas y cardamomo, a la que le siguen platos cada uno mejor que el anterior, a los que se les puede modular el nivel de picante (personalmente me sentí muy cómodo y no me molestaron para nada las especias). La cena se cierra con un postre doble: primero un helado indio (mucho más denso) de halwa y calabaza con almendra amarga y se acaba con un flan de coco especiado y una pasta de dátiles entre una masa crujiente y dulce.

Otro lugar increíble para centrarse en la gastronomía del norte de la India es Bukhara. Situado en el hotel ITC Maurya, dispone de varios horno tandoori tradicionales en los que ver a los chefs amasar y hornear los naans. Pedimos paneer tikka (queso hindú a la brasa especiado) con dos kebabs: de cordero y de pollo, especiados, y que estaban exquisitos, y picaban a niveles que pude tolerar. En el norte de la India se come con las manos, así que enfundaros el delantal que os facilitan y al ataque.

La Delhi capital de la India independiente

La estela de Mahatma (alma grande) Gandhi, considerado padre de la India moderna, es muy visible en Nueva Delhi y hay muchos memoriales y museos dedicados a su figura. Nosotros optamos por el Museo Nacional de Gandhi, en el que aprender más de su vida, su filosofía de resistencia no-violenta, y observar elementos que le pertenecieron, así como obras de artistas que le dedicaron en vida, y sobre todo, tras su asesinato a tiros por un fanático hinduista, escandalizado por los rezos interreligiosos que promovía. En el museo se pueden ver también las gafas que llevaba el día que le asesinaron, su túnica manchada aún de sangre o cientos de sellos que se le dedicaron a lo largo y ancho del mundo por casi todos los servicios postales.

Para compras de recuerdos y objetos indios de calidad, a nosotros nos gustaron tres lugares. El primero es el Central Cottage Industries Emporium, una tienda gubernamental que pareciera una cueva del tesoro india. Cuenta con seis plantas llenas de artesanía proveniente de todo el país a precios fijos: de ropa a muebles pasando por decoración, inciensos, joyas o esculturas. El segundo es justo enfrente, una calle llena de puestecitos tibetanos donde encontrar muchos recuerdos y artesanía a buen precio, pero donde hay que ser buen negociante. Finalmente, el Khan Market, el lugar preferido de la élite india, donde encuentras tiendas de un gusto exquisito y precios no tan caros para los estándares occidentales, empezando por Fabindia (tienen una de ropa y otra de hogar) un lugar perfecto para comprar ropa india o recuerdos de altísima calidad.

También vale la pena pasearse por Shahpur Jat, un pequeño barrio cerca de las ruinas del antiguo fuerte Siri, que ahora se ha convertido en un conjunto de callejuelas bohemias donde los diseñadores indios más jóvenes se mudan para vivir, trabajar y exponer sus obras. Aquí podréis pasear y descubrir las últimas tendencias de la ropa india, saris, túnicas e incluso ropa para el hogar. Y todo de una enorme calidad, diseños únicos y precios asumibles para ser ropa de diseño.

Despediros de la Nueva Delhi en el templo Lotus, ejemplo bellísimo del expresionismo indio. Esta enorme Casa Bahai permite rezar a cualquier creyente de cualquier religión. Su estructura consiste en 27 pétalos de mármol y arcilla blanca colocados en forma de loto gigante.

dilluns, 13 de març del 2023

Rajastán

Rajastán, la India que todos tenemos en mente.

La India es ese país que todo viajero tiene en mente pero que es muy difícil abordar. No es un país cómodo, la comida es complicada en muchos aspectos y moverse por el mismo también. También hay que saber cuando visitar cada una de sus partes, ya que su clima puede ir desde el muy cálido y húmedo de muchos de sus Estados a partir de marzo y al frío extremo de la zona del Himalaya o los monzones interminables del sur en la época de este fenómeno. En definitiva, no es un viaje para principiantes.

Pero si hay un lugar por el que se puede empezar es Rajastán, el Estado indio en el que se encuentran algunas de las ciudades con más encanto del país. Tierra de marajás, fortalezas y palacios. De desiertos y junglas. Ninguna visita a la India será del todo completa sin asomarse algunos días por aquí, donde veremos elefantes transportando a personas, encantadores de serpientes y fábricas tradicionales de coloridos saris. Este estado ha sido gobernando por príncipes hindús desde hace mil años, dividido en pequeños sultanatos, por lo que la influencia islámica es menor que en Delhi o Agra, por ejemplo. Pudieron mantener sus reinos siendo vasallos del Imperio Mogol, primero, y luego del Británico, hasta que la nueva República India les quitó el poco poder que les quedaba y Rajastán pasó a ser un estado más de la federación. Su actual capital, Jaipur, es además una de las tres puntas del conocido como triángulo dorado, el recorrido que hará todo principiante: Delhi, Agra y Jaipur. Nosotros, además, nos escapamos un par de noches a Udaipur, otra ciudad del Rajastán  maravillosa.

Jaipur, la ciudad rosa.

En Rajastán, cada ciudad principal tiene un color, y su capital tiene asignado el rosa. Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Jaipur es una de las primeras ciudades indias construidas de forma planificada: en 1727 la fundó el Marajá Sawai Jai Singh II, siguiendo reglas del urbanismo y la arquitectura védica. Las calles de su centro fortificado están bordeadas por una línea continua de comercios con columnatas que se cruzan en el centro, creando grandes plazas públicas llamadas chaupars. Los mercados, puestos, residencias y templos construidos a lo largo de las calles principales presentan fachadas uniformes. La planificación urbana de la ciudad muestra un intercambio de ideas surgidas de las antiguas culturas hindú y mogol con las occidentales modernas. Diseñada para ser una capital mercante, la ciudad ha mantenido hasta el día de hoy sus tradiciones comerciales, artesanales y cooperativas. Originalmente estaba pensada para tener nueve bloques: uno para los palacios y los otros ocho para comerciantes, todo rodeado de murallas y con siete puertas de acceso fortificadas.


Sus fachadas de color rosa salmó se pintaron en 1876 para dar la bienvenida al Príncipe de Gales, Alberto Eduardo, que luego se convertiría en Eduardo VII, Emperador de la India. Hoy en día sigue siendo el único color permitido en las fachadas del centro de la ciudad.

Del centro de la ciudad, vale la pena visitar el palacio, aún parcialmente habitado por la familia real de Jaipur, que ahora se limita a cumplir funciones ceremoniales. Las diferentes partes del palacio fueron construidas en épocas diferentes por lo que vale la pena aprovechar que la mayoría de las estancias están abiertas al público, incluyendo una enorme armería, las antiguas salas de audiencias de mármol (que algunas se alquilan para bodas) y el salón del trono. El patio de las puertas de las cuatro estaciones es espectacular. Dentro del antiguo bloque palaciego también vale la pena entrar al Hawa Mahal o palacio de los vientos, un gran mirador para las damas de la corte construido en forma de edificio de cinco alturas con la fachada en la calle principal, desde donde estas disfrutaban de la vida común de la ciudad o de los desfiles a través de celosías para no ser vistas desde fuera. La bella fachada es considerada símbolo de la ciudad.

Finalmente, el tercer gran atractivo de este bloque de la ciudad es el Jantar Mantar, un observatorio astronómico construido a principios del siglo XVIII, que cuenta con una veintena de instrumentos en obra de albañilería muy innovadores en su tiempo, tanto en el plano arquitectónico como técnico. Permitieron observaciones astronómicas a simple vista y refleja las concepciones cosmológicas y los conocimientos astronómicos de los sabios a finales de la era mogol. Por estas características únicas, la UNESCO lo declaró como sitio Patrimonio de la Humanidad. Aún se puede observar las mediciones que se hacen con el movimiento del sol para calcular horas, días, meses, años y la posición del resto de planetas del sistema solar. También era usado para calcular el horóscopo de cada nacido.

Paraíso para compradores negociantes

Los bloques comerciales de la ciudad son probablemente uno de los mejores lugares de la India para hacer compras de cientos de cosas típicas. Cada gremio tiene sus zonas asignadas, incluyendo el callejón del té con vendedores a granel de varios tipos de esta infusión. En Maniharon Ka Rasta se encuentran los fabricantes de las bellas pulseras rajputas, hechas de resina a la brasa tras ponerles colorantes. Antes de sentaros a ver el género y negociar precios, pasead y ved, evitando las pulseras más finas, que acabarán rompiéndose en pocos días. Las mejores son las pulseras con mucho grosor. En Rajastán también se elaboran las telas con diseños estampados de forma tradicional usando moldes de madera y tintes que incluso podréis hacer en algunos locales. El estado también es famoso por sus zapatos de piel y sus joyas, con barrios de esas tiendas donde encontrar auténticas gangas.

El centro ofrece además mucho que probar. No muy lejos del Hawa Mahal se encuentra el puesto "Pandit Kulfi" donde no hay que perderse su especialidad: el típico y denso helado indio que puede ser de muchos sabores pero que este puesto solo lo venden con una receta a base de azafrán, pistachos y almendras. Y para comer, una pausa del ajetreo en la agradable terraza del Hotel Sweet Dream, que tiene un restaurante vegetariano tradicional hindú con opción a que los platos apenas piquen, lo que es de agradecer. De hecho, se puede elegir el nivel de picante del 1 al 6. Fue la primera vez en el viaje que pude rebañar las salsas con el naam. Por cierto, los makania lassi (de azafrán, servidos con hebras frescas) están espectaculares como bebida. Y si os apetece un postre o una merienda, en uno de los bulevares principales de la ciudad vieja está el LMB Hotel, en cuya planta baja hay una enorme pastelería con todos los dulces tradicionales de Jaipur: desde los kaju gunjia forrados en láminas de plata (que se come) hasta el famoso paneer ghewar, un pan dulce duro lleno de agujeros que se come con una natilla de sabor a azafrán, pistacho y cardamomo.


La nueva Jaipur

Más allá de las zonas comerciales del centro, se encuentran de las zonas ajardinadas del ensanche del siglo XIX, con el Albert Hall Museum en el centro, cuya primera piedra puso el propio Eduardo VII en su visita como Príncipe de Gales. El edificio es bonito y alberga una curiosa colección de antigüedades de todo el mundo (incluyendo una momia). Pero a los que estamos acostumbrados a la enorme calidad de los museos europeos no nos impresionó nada, así que solo lo recomiendo si tenéis tiempo de sobra. Aunque, hay que decir, que los locales lo consideran una de las grandes joyas de la ciudad. No muy lejos está el cine art-déco Raj Mandir, donde disfrutar de películas de Bollywood en un entorno abigarradamente decorado.

El ensanche decimonónico también cuenta con agradables locales donde comer, como Niro´s. Se trata de uno de los primeros restaurantes "multicocina" del país (y que ahora son muy populares), inaugurado en 1949. Sirven buena comida india de norte y sur (ambas pican), además de platos chinos y occidentales. Todo delicioso y servido con buenos ingredientes. Otro de los lugares que no hay que perderse es el Jaipur Modern Kitchen, un restaurante de diseño donde sirven platos fusión de todas las gastronomías asiáticas con la francesa, italiana y peruana, usando ingredientes orgánicos y muy saludables. La quinoa es protagonista de muchos de sus platos. Mientras esperamos que llegue nuestra comida, vale la pena dar un vistazo a la tienda de ropa y productos del hogar que tienen anexa, de extremado buen gusto pero precios elevados (especialmente en relación al coste general de otras tiendas en el país). Un lugar perfecto para descansar de la contundente gastronomía india con sus saludables y no picantes platos. Finalmente, dentro del lujoso complejo del Narain Niwas Palace Hotel, donde se han grabado muchas películas de Bollywood, hay un restaurante magníficos: el DOJO, en el que probar platos fusión indios-italianos-japoneses espectaculares.

Fuera del centro y el ensanche no recomiendo pasear por la ciudad ya que el tráfico es insoportable, las calles suelen estar sucias y embarradas, con vacas, perros y ratas deambulando sin control. Pero, respecto al alojamiento, es mejor hacerlo fuera del centro si se va en grupo, para ahorrarnos los ruidos y el tráfico cuando nos retiremos a descansar. Nosotros optamos por el Alsisar Haveli. Los haveli son antiguas mansiones de nobles y muchas de ellas han sido restauradas como hoteles, tras la democratización del país y la perdida de poder de las castas superiores. Este hotel cuenta con un comedor de desayunos majestuoso, personal vestido de uniforme tradicional y una relajada piscina donde descansar del caos de Jaipur. Además, las habitaciones son maravillosas: muy amplias, con techos altos y camas cómodas y señoriales, con la decoración original de ventanas y molduras restaurada.


El impresionante fuerte de Amber

Desde la ciudad también vale la pena hacer una excursión a la ciudad vecina de Amber, especialmente por su impresionante fuerte color miel, que forma parte de un grupo de fuertes declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La arquitectura ecléctica del mismo es un testimonio perfecto del poder de los Estados rajputas que florecieron en esta región, en el que mezclaron su arquitectura tradicional hindú con elementos persas e islámicos que trajeron los mogoles que gobernaban el imperio desde Agra o Delhi. Cuando uno se acerca desde el caudaloso río que cruza el valle parece sumergirse en un escenario de "Juego de Tronos", con un fuerte gigantesco en lo alto de una montaña y el resto de montañas de alrededor rodeadas por una impresionante y larga muralla. En mitad del río, frente al fuerte, una isla artificial perfectamente cuadrada alberga un jardín de especias, azafrán incluido, que además de abastecer las cocinas del fuerte, servía para perfumarlo los días de viento.

Dentro destacan las salas de audiencias, públicas y privadas, donde los Rajás recibían las peticiones de sus súbditos y despachaban con sus consejeros; así como las diferentes estancias, tanto del Rajá y su esposa, como de las concubinas y del funcionariado y los soldados. Los sistemas de canalización del agua, de refrigeración de las estancias con cascadas o de algunos precursores de los jacuzzis son impresionantes. Los coloridos y diseños de las diferentes estancias son tan bonitos que se usan como escenario de reportajes fotográficos para bodas. De hecho, nosotros nos encontramos con una pareja de novios y su equipo fotográfico detrás. 

De la visita, destaca el Salón de la Victoria, forrado de pequeños espejos que, por las noches, cuando la estancia se iluminaba con velas, generaba un efecto mágico perfecto usado durante las veladas de la corte. Además, una de las estancias más curiosas son las zenana, donde vivían las concubinas en pequeños apartamentos, diseñado todo de tal manera que el marajá podía visitarlas a través de pasillos discretos sin que nadie le viera entrar ni salir.

En los alrededores del fuerte también pueden verse encantadores de serpientes tocando su instrumento tradicional con una cobra saliendo de una cesta, moviéndose al ritmo de la música. Asimismo, filas de elefantes suben y bajan las empinadas rampas al fuerte, con turistas cargados en pequeños cubículos, al modo de los antiguos Rajás, pero que nosotros preferimos no usar por recomendación de grupos de protección a animales.

En la carretera de vuelta de Amber a Jaipur vale la pena pararse frente al Jal Mahal, un espectacular palacio usado como pabellón de caza y construido en mitad del caudaloso río al que solo se podía acceder en barca y que hoy está abandonado.


Udaipur, la ciudad blanca.

Otra joya de Rajastán es Udaipur, la ciudad blanca. Tras dormir en un compartimento privado de un tren nocturno indio (toda una experiencia), llegamos a esta apacible población a orillas de un lago artificial, el Pichola, inundado por los gobernantes del reino de Mewar durante el siglo XVI, tras desviar un río cercano. La ciudad se fundó en 1559 por el Rajá Udai Singh II, que empezó a construir las primeras partes del actual palacio, imponente, y de un 1 kilómetro de largo, siendo uno de los más largos del mundo. 

Los Mewar consiguieron resistir el poder del Imperio Mogol mejor que el resto de reinos rajputas (por estar más alejados) y hasta hoy gozan de gran influencia en los antiguos territorios del reino. De hecho, han sido y son los grandes impulsores de la transformación de Udaipur como meca turística nacional e internacional. De hecho, aunque su palacio sigue siendo parcialmente su residencia, la mayoría de sus edificios (en realidad es un conjunto de once palacios pero que se mantuvieron estéticamente unificados) fueron reconvertido en varios hoteles de lujo mientras que las estancias más antiguas se abrieron al turismo. Vale muchísimo la pena visitarlo, tanto por su arquitectura y sus patios ajardinados en los pisos superiores, como por sus preciosos frescos y la colección de objetos antiguos, que incluye uno de los parchís más antiguos del mundo, juego inventado en la India como "pachisi" y que llegó a la península ibérica gracias a los árabes. El sol bigotudo, símbolo de los Mewar, es omnipresente en todas las estancias.

Desde el palacio, tomad un barco que os lleve hasta la isla de Jagmandir, que alberga un antiguo palacete de caza ahora reconvertido en hotel. Sus jardines son el lugar perfecto para relajarse, observando de lejos la blancura de Udaipur y disfrutando del sonido de los pájaros y el viento. Ofrece un spa abierto a los no huéspedes con unos jardines privados de película.

El lago y las vistas del imponente palacio convierte a Udaipur en uno de los lugares más románticos de la India. Al menos así la describió uno de los primeros oficiales ingleses enviados a gobernar este subcontinente. Nosotros nos alojamos en el precioso Jagat Niwas Palace, con una terraza con vistas hipnotizantes al lago. Su restaurante ofrece rincones con vistas inolvidables donde descalzarse los pies y subirles a sus acolchados rincones para degustar sus deliciosos platos, que se ofrecen con la opción real de que no piquen. 

Udaipur es una ciudad donde sí se puede pasear de una forma más o menos agradable, ya que sus callejones tortuosos hacen mucho más complicado el tráfico de otras urbes del país. Esas callejas esconden muchas sorpresas, como el templo hindú Jagdish, con una escalinata flanqueada de elefantes y sus miniaturas en mármol que pueblan sus fachadas. Además, permite asistir a ceremonias religiosas con cantos interesantes. Tampoco os perdáis en Gangour Ghat, una zona habilitada para baños sagrados con un templete hindú al lado y palomas alimentadas por los devotos. 

Udaipur apenas tiene vida nocturna, pero se puede pasar una agradable velada en el Dharohar at Bagore Ki Haveli, el patio de un antiguo palacete de nobles que ahora ofrece espectáculos tradicionales del Rajastán, con bailes de las diferentes antiguas ciudades-estado, mayoritariamente realizados por mujeres que usan fuego y grandes jarrones de agua, así como pequeñas obras de teatro de contenido religioso y shows de marionetas que cuentan cuentos de la región.

Respecto a la comida, es fácil encontrar sitios puesto que la ciudad es muy turística. Pero si se quiere descansar de la picante cocina del Rajastán, se puede optar por el café Edelweiss, con opciones europeas para un desayuno o un almuerzo; o por Little Prince, con su oferta de platos de Oriente Próximo y su terraza a los pies del lago. 

También es muy recomendable hacer yoga alguna mañana en Prakash Yoga, con una monitora estupenda que os introducirá en los principios de esta sana práctica en un templete a orillas del lago, desde donde recomiendo hacer la sesión de la salida del sol (id abrigados que suele hacer fresco) o el de la puesta de sol, donde la temperatura es algo más elevada. Y nada mejor que despedirse de la ciudad desde la azotea del The Nem Tree, un acogedor hotel desde el que también se hace yoga y se disfrutan unas maravillosas vistas del palacio.

Rajastán es espectacular, pero me queda muchísimo por ver. Los fuertes en las selvas llenas de tigres, la ciudad desértica de Jaisalamer, la ciudad azul de Jodhpur, el humedal de Keoladeo con sus aves exóticas o el oasis sagrado de Pushkar y su famoso mercado de camellos. Volveré a este colorido estado indio para seguir descubriendo su apasionante historia, bella arquitectura y fascinantes tradiciones.

diumenge, 5 de febrer del 2023

Albania

El centro de Tirana

Albania ha sido un país que siempre me ha producido gran curiosidad. Un país mediterráneo, pero a la vez, última gran dictadura totalitaria estalinista de Europa hasta 1991. Así que, aprovechamos para visitarlo a finales de 2022, aterrizando en su capital, Tirana, llena de grúas y con rascacielos que crecen y cambiarán su perfil en pocos años, pero aún sumida en arte de ese letargo gris al que la sometió el comunismo durante casi 50 años.

Tirana es una mezcla algo compleja de apreciar, con arquitectura otomana, elementos italianizantes de la época monárquica, racionalismo comunista (especialmente algunos murales chillones, pero sobre todo bloques y bloques de vivienda gris),  y sobre todo, mal gusto de capitalismo desenfrenado con algunos palacetes o edificios modernos muy zafios. 

Habitada desde los ilirios pero fundada como ciudad por los otomanos, su centro sigue siendo la plaza Skandenberg, dedicada a su héroe nacional, noble albanés que consiguió independizar algunas partes de Albania de cualquier control extranjero durante casi 25 años. Su estatua está en mitad de una enorme plaza con partes ajardinadas, rodeada de edificios ministeriales de arquitectura neoclásica de principios de 1920, cuando Tirana se convirtió en capital del Reino de Albania. Otro edificio reseñable es la mezquita de Et'hem Bey, antiguamente la más grande de la ciudad, y símbolo de la convivencia entre religiones, ya que está decorada con pinturas realizadas por artistas cristianos que usaron técnicas normalmente reservadas para iglesias ortodoxas. Su belleza interior es impresionante. Por las mañanas suele estar vacía y no cobran entrada. Todo un tesoro.

Otro edificio que hay que visitar es BunkArt 2, el antiguo búnker del Ministerio del Interior. La Albania comunista fue rompiendo relaciones con todos sus aliados (primero con la Yugoslavia de Tito, luego con la URSS de Jruschev y finalmente con la China de Deng Xiaoping) acusándoles a todos de traicionar a Stalin y sus ideas. Se salió también del Pacto de Varsovia en 1968. Al quedarse aislada, la paranoia del régimen fue tal que Hoxha proclamó la necesidad de ser autosuficientes en términos de defensa y se lanzó a construir más de 60,000 búnkeres de cemento armado para proteger a toda la población ante potenciales bombardeos o invasiones con tanques. La mayoría siguen aún esparcidos por todo el país. BunkArt 2 es uno de ellos, capaz de resistir un ataque nuclear. Ahora acoge un memorial a las víctimas del régimen,  donde se muestran aspectos de la represión usada durante esos oscuros años, además de mantenerse estancias visitables, como los despachos de emergencia del Ministerio del Interior o la habitación reservada al propio ministro durante un potencial ataque.

La plaza, por las Navidades, tenía una feria con todo tipo de atracciones. Además, cada Nochevieja, se llena de personas que vienen a disfrutar del castillo de fuegos artificiales con los que la ciudad recibe el año. Cuidado con los gamberros que tiran sus propios petardos, a menudo de gran potencia y peligrosidad.

Otro de los lugares interesantes del centro, al lado de la plaza, es la "Casa de las Hojas", una antigua clínica pediátrica que fue transformada en la central de la Sigurimit, el servicio secreto albanés de la era comunista. El espionaje sistemático a los ciudadanos que estableció Hoxha se debe en parte al plan de EEUU y Reino Unido de barrer los regímenes comunistas de los Balcanes, y que tenían a Albania como proyecto piloto. La sede, ahora museo, muestra los laboratorios y despachos donde se organizaba el espionaje sistemático, con máquinas fotográficas ocultas en botones, bastones o lámparas desde las que se obtenían fotos que luego se revelaban aquí. También micrófonos o teléfonos pinchados eran frecuentes. La exposición también muestra una sala de una vivienda comunista tipo y los mecanismos de espionaje que podían insertarse en la misma. Sinceramente, un museo bastante interesante. Por supuesto, La Casa de las Hojas cuenta con su propio búnker.

No muy lejos de la plaza, en el Mercado Nuevo, se encuentra Met Kodra, un pequeño local donde, desde 1957, solo se sirve qofta casera, una especie de hamburguesa alargada especiada a la albanesa cocinada al carbón y que está de muerte. 

Blloku

Pero el barrio donde todo pasa en Tirana es Blloku, al sur del centro, antiguo oasis en el que vivían la élite del partido y la burocracia albanesa durante los tiempos de Hoxha y Alia. Antes, solo el aparachtik del partido tenía permitido acceder a este exclusivo barrio. De calles perfectamente delineadas y arboladas, con edificios funcionales y ahora llena de tiendas, bares y restaurantes. 

Pero volvamos unas décadas atrás: Albania fue invadida por la Italia fascista en 1939 y luego liberada por partisanos albaneses del Partido Comunista en 1945. Su líder, Enver Hoxha, proclamó la República Popular de Alabania, impuso un modelo económico estalinista de planificación centralizada, suprimió cualquier propiedad privada y asesinó y concentró a cualquier opositor. Blloku es el sitio perfecto para ver muchos edificios gubernamentales de la época, racionalistas y con murales de realismo socialista. Asimismo, uno de los grandes chalets es la antigua residencia oficial de Hoxha, mansión racionalista hoy cerrada al público. 

Otro edificio icónico es la llamada pirámide de Tirana. Tras la muerte de Hoxha en 1985, su hija promovió la construcción de un enorme mausoleo para su padre con forma de pirámide que no llegó a acabarse. Quedó abandonado y luego se usó como refugio para los kosovares que huían del genocidio serbio. Actualmente está en obras por la Fundación Albanesa-Norteamericana para convertirse en un centro cultural.

Ramiz Alia, sustituto de Hoxha, mantuvo el régimen totalitario pero en 1990 la situación se volvió insostenible, y los albaneses, hartos de privaciones, se refugiaron en las embajadas occidentales, como refugiados. Los frecuentes disturbios y las salidas masivas de albaneses en barcazas hacia Italia forzaron a Alia a convocar elecciones que ganó el Partido Democrático, liderado por el popular cardiólogo Sali Berisha. Pero del comunismo totalitario, Albania pasó de golpe a un capitalismo desenfrenado donde todo valía. Mafias tomaron el control del país generando redes de tráfico de personas, drogas y armas. La esclavitud sexual proliferaba con miles de mujeres víctimas y Mercedes de toda Europa acababan en Albania, robados por esas mafias, convirtiendo las avenidas de Tirana en un atasco permanente. Este caos culminó con la estafa piramidal de bancos falsos que robaron los ahorros al 70% de albaneses tras años de promesas de altos tipos de interés, amparados por una autoridad supervisora totalmente corrupta. De esa época aún se ven palacios "neoclásicos" de muy mal gusto y grandes proporciones por toda la ciudad. Los casinos proliferaron, y la música occidental, prohibida durante cuarenta años, sonaba a todo volumen. 

Este caos hizo que la ONU declarase Albania como estado fallido. El Consejo de Seguridad autorizó una intervención militar y humanitaria multinacional liderada por Italia: la operación Alba. Poco a poco, el país se empezó a democratizar, construir un gobierno sólido y reducir los niveles de corrupción. Estos éxitos permitieron a Albania ingresar en la OTAN en 2014. Ahora, la ciudad está en plena ebullición, en negociaciones para unirse a la Unión Europea, y con rascacielos creciendo como setas.

Blloku es ahora el centro de esa pujante Albania. Es interesante pasear por el barrio por la noche, para asistir a un fenómeno curiosísimo, en el que muchas de sus calles se inundan de coches de lujo (Aston Martin, Porsche, Mercedes, Land Rover...), chicos vestidos con las marcas en grande en sus ropas y chicas con caras llenas de botox y ácido hialurónico. Se forman unos atascos tremendos y sus bares y discotecas se abarrotan de clientes. Algunos de los que valen la pena son Colonial, donde se sirven cócteles de primera categoría, como el "pornstar martini" con maracuyá o el gin tonic con agua de rosas y pétalos. Para bailar la última música electrohouse, lo mejor es dirigirse a Radio, con buenos DJs, donde encontrar a un público moderno y alejado de la ostentación de otros locales.

Y para comer, evitad los locales vistosos y entrad a la Taverna e Kasapbeut, algo oculta, donde uno parece meterse en casa de una abuela albanesa. Aquí, dos hermanas ofrecen el recetario tradicional albanés con recetas de su familia. El pispili, pan de maíz con espinacas, es increíble; por no hablar del fërgëse sin igual, un guiso a base de salsa de tomate, queso "cottage", pimientos verdes y rojos, ajo y hierbas mediterráneas, todo al horno, en el que se moja pan albanés recién hecho.

Algo más alejado de Blloku, al borde del lago artificial de la ciudad, se encuentra Mullixhiu, un coqueto local que imita la Albania rústica, dirigido por el chef Bledar Kola, donde sirve recetas tradicionales reinventadas. Tienen una pasta de maíz que se llama jufka con boletus y queso albanés mishavin muy curiosa. Sus qoftas rebozadas en trahana (una masa de maíz) son muy sabrosas. Y el arapash, una polenta con hígado de ternera estaba buena también. Pero lo más interesante es el postre: una pipa de barro donde beber una suave crema dulce de yogur con kadaif, un postre albanés de pasta filo frita y miel.

Nosotros nos quedamos no muy lejos, en el Hotel Boutique Spa Moncafe, un edificio a la última con muros llenos de plantas colgantes (tanto en el exterior como en los pasillos) y una decoración contemporánea de muy buen gusto, amplias habitaciones con enormes cortinas automatizadas y un desayuno excelente. También cuenta con un jacuzzi y una sauna turca.

Berat

Además, Tirana ofrece la posibilidad de usarse de base para descubrir algunas joyas del país, como Berat, a solo dos horas en coche. La ciudad fue declarada Patrimonio de la Humanidad por ser un ejemplo único de urbanismo y arquitectura otomana, y por ser testigo de la convivencia pacífica de comunidades y religiones diferentes durante siglos. 

Berat nació como fortaleza iliria 400 años antes de Cristo, y luego fue la ciudad griega de Antipatrea y después, romana (Pulcheriopolis). Los eslavos le dieron su actual nombre, llamándola Belgrad (ciudad blanca) que mezclado con el albanés evolucionó hacia Berat. Formó parte del imperio bizantino y finalmente cayó en manos otomanas en el siglo XV. Pese a ello, mantuvo sus barrios musulmán (Mangalem) y cristiano (Gorica), cada uno a un lado del río que los separa. 

Pero es el barrio Kalaja el que hay que ver primero: situado en lo alto y dentro de la fortaleza, aquí es donde vivía la clase alta beratí. Albergó hasta 30 iglesias, la mayoría desmanteladas durante el periodo comunista, cuando Albania se proclamó primer estado ateo del mundo en 1976, prohibiendo toda religión. Se mantuvieron algunas pocas, gracias a que se usaron como almacenes. Pero otras, como la catedral de San Jorge, fueron transformadas en centros de ocio juvenil, añadiéndoles estructuras de cemento armado, perdiéndose tanto el edificio como sus frescos.

Tampoco se salvaron las mezquitas del ateísmo de Hoxha, de las que solo queda algún minarete. Recomiendo contratar los servicios de un guía porque muchas de las iglesias se esconden como casas normales, por ser esta la condición que dieron los otomanos para su autorización. En cualquier caso, pasear por las bellas calles empedradas del barrio, que nos traslada a la época bizantina y otomana, es una auténtica maravilla, sobre todo en invierno, cuando apenas hay turistas. Las vistas desde las murallas son también impresionantes, con enormes picos nevados al final del valle, el río que lo atraviesa o los dos barrios históricos a los pies de la colina.

Al bajar, estaréis en el barrio musulmán, Mangalem, centro de la corriente musulmana bektashi, muy tolerante, cuyos fieles rezan en "teqes" y no en mezquitas. En cualquier caso, frente al elegante teqe también hay una elegante mezquita otomana y no muy lejos, la nueva catedral ortodoxa. Los beratíes son extremadamente tolerantes: nunca se han peleado por motivos religiosos y los matrimonios interreligiosos son frecuentes en la localidad.

Si cruzáis el río, pasead por Gorica, un barrio agradable que cuenta con algún sitio interesante para comer, como Antigoni, cuya terraza ofrece unas magníficas vistas de Mangalem, parte de la ciudad conocida como "de las mil ventanas" y responsable de que Berat haya sido proclamada Patrimonio de la Humanidad en 2008. Allí comimos el famoso biftek berati, carne de ternera empanada con queso derretido por dentro, así como un guiso de cordero horneado en salsa de yogur y exquisitos pimientos verdes rellenos de arroz.

Para el postre, volved a cruzar el puente y dirigíos al moderno bulevar donde el Hotel Pasticeri  Tomori (hotel y pastelería que era propiedad del gobierno en la era comunista) aún sirve sus dos especialidades: el MonBlanc (un merengue súper dulce que los beratís de hace décadas solo podían permitirse en sus cumpleaños) y la zupa, una maicena avainillada con galletas, nueces y un poco de merengue. Aquí empieza el nuevo Berat, desarrollado en las últimas décadas del régimen comunista, que buscaba impulsar el turismo interno y empezó a construir nuevas instalaciones hoteleras como el extravagante Colombo Hotel, que ahora es un establecimiento de cinco estrellas.

Dürres

Otra escapada perfecta desde Tirana es Dürres. A tan solo media hora, esta ciudad portuaria también fue capital de Albania antes que Tirana. Además, cuenta con un anfiteatro romano donde cabían más de 18,000 espectadores, aunque ahora está en bastante mal estado de conservación. Su paseo marítimo es bastante agradable, con restaurantes y tiendas, estupendo para disfrutar de un paseo soleado por el Mediterráneo o degustar alguna especialidad albanesa a base de pescado o marisco.

De Albania me dejo muchísimo pendiente: sobre todo alguna escapada a los famosos Alpes Albaneses, a la prístina Riviera Albanesa al sur o al mágico pueblo de Girokaster. Pero prometo volver.

dilluns, 9 de gener del 2023

Etiopía


Adís Abeba

Etiopía es un país fascinante, aunque su capital no tanto. Como la mayoría de grandes urbes africanas, el interés turístico de Adís es bajo, excepto por la curiosidad inicial que provoca en todo visitante. En cualquier caso, la cuarta ciudad africana y la capital diplomática del continente (sede de la Unión Africana) es una ciudad bastante nueva. Se fundó en el siglo XIX por la reina Taitu, que eligió estos valles para fundar la "nueva flor" o Adís Abeba en amhárico, tanto por su buen clima como por la abundancia de agua. Permanentemente en construcción, con altos edificios en obras y autopistas a medio hacer, Adís cuenta con atractivos suficientes para rellenar algo más que una escala aérea hacia lugares más fascinantes como Gondar o Lalibela.

Nosotros nos quedamos en Bole, el barrio más cercano al aeropuerto, lleno de negocios dinámicos creados por los etíopes más innovadores y con hoteles de estándar occidental. Al lado vimos una importante iglesia etíope ortodoxa: la Medhanealem, con un gran jardín donde está prohibido comer, beber y fumar; y un mercado callejero anexo con cafeterías tradicionales, una detrás de la otra. Todas tienen el suelo cubierto de hierba recién cortada para refrescar y cada puesto quema incienso para perfumar el entorno. Uno se sienta en los banquitos de plástico mientras tuestan el café en una sartén, lo muelen y lo mezclan con agua que hierven en cafeteras tradicionales al carbón. El café ya preparado se sirve en pequeñas tacitas con mucho azúcar y hojas de ruda que se mojan unos segundos para quitar la amargura. Suelen tomar tres tazas y se acompañan de palomitas de maíz. 

Además de estas cafeterías típicas, Bole también ofrece cafeterías modernas como "Cherish Addis", que además cuenta con un laboratorio en su piso superior donde realizar catas. El local ofrece libros y cuadros a la venta. Dirigido por Sara Yirga, aquí se sirve uno de los mejores cafés del país, siempre con la seguridad de que proviene de cultivos en el que las trabajadoras (75% de las recolectoras en el país son mujeres) reciben el salario adecuado y pueden participar en la toma de decisiones de las cooperativas. Otro lugar recomendable es la modernísima cafetería "ADORE", donde además sirven platos etíopes y mexicanos de gran calidad, y postres exquisitos.

Adís también cuenta con museos interesantes. Pero si solo se tiene tiempo para uno, todo el mundo coincide: hay que visitar el Museo Etnológico. Situado en pleno campus de la universidad, se encuentra en el antiguo palacio donde el emperador Haile Selassie vivió casi treinta años. El museo incluye objetos y piezas de artesanía de las diferentes culturas que conforman Etiopía, ordenadas según el ciclo vital: niños, jóvenes, adultos y muerte. En otras salas se mantiene la habitación, vestidor y baño tanto del emperador como de la emperatriz. También hay habitaciones con los regalos que le dieron otros dirigentes internacionales, así como recortes de periódicos o materiales de varios de sus logros, como la fundación de la Unión Africana o de la Ethiopian Airlines. También hay una sala donde se explica la curiosa conexión entre los rastafaris jamaicanos y el emperador etíope, así como una exposición de arte religioso, otra numismática y varias de arte contemporáneo etíope, donde destacan las batallas contra los italianos del siglo XIX. Por supuesto, la propia estructura del palacio se mantiene, con sus salones y grandes escalinatas mal mantenidas.

Frente a la entrada destaca la famosa escalera de caracol italiana monumental, a la que se le añadía un escalón por cada año que pasaba Mussolini en el poder en Italia. Tras su derrota, los etíopes colocaron un León de Judá, símbolo de la monarquía etíope en aquel entonces, como muestra del triunfo sobre los ocupantes. Tan solo cinco años estuvo ocupada Etiopía por un poder colonial en su larga historia, frente a las décadas de imperialismo europeo en el resto de África. Y ello pese a que los italianos lo intentaron también en el siglo XIX.

La zona más lujosa de la capital se concentra alrededor del nuevo parque de la amistad construido por la cooperación china, que es espectacular. Allí están también las residencias de la presidenta del país y del primer ministro, así como el hotel más lujoso del país: el Sheraton, con jardines, piscinas, restaurantes y galerías comerciales donde todo cuesta el triple que en cualquier tienda de la ciudad.

Para cenar en la capital hay muchas opciones, pero uno no puede dejar de probar el Yod Abyssinia, un lugar profusamente decorado con un gran salón comedor con mesas y taburetes bajos donde disfrutar de platos etíopes con los mejores ingredientes, picantes o no, mientras se desarrolla un espectáculo de bailes regionales en el escenario. También es un buen lugar para degustar el tej, un licor dulce hecho a base de miel fermentada, antiguamente reservado al rey y su corte.

Finalmente, si alguien busca una tienda de recuerdos con algo más de calidad que las abundantes tiendas de souvenirs típicos que hay por la ciudad, recomiendo la tienda "Entoto Beth Artisan Fair Trade", con artículos artesanales de calidad a precios razonables, así como miel, café o jabones biológicos.

Jimma o los orígenes del café

Jimma es la ciudad más grande del oeste etíope. A pesar de concentrar una importante población universitaria, no hay apenas turismo extranjero. Fue la antigua capital de los oromo, la etnia mayoritaria en Etiopía. También los fascistas italianos intentaron convertirla en la capital de su provincia de Abisinia (Etiopía, Eritrea y Somalia). Por todo ello, la ciudad cuenta con algunos edificios racionalistas, como las oficinas municipales o la calle principal, jalonada de comercios porticados, ahora pintados de alegres colores, con algunas reminiscencias del pasado italiano, como farmacias o panaderías que nos transportarán al sur mediterráneo. Además, Jimma es el aeropuerto más cercano a la reserva de la biosfera de Kafa, antiguo epicentro del reino homónimo, donde se descubrieron las propiedades del grano del café. Y ello la convierte en destino obligado a todo amante de esta bebida que quiera visitar los orígenes de esta planta.

En la propia plaza central de la ciudad hay un monumento al origen del café, con mosaicos que narran la leyenda de Kaldi, el pastor de cabras del reino de Kafa que descubrió las propiedades del café. Cuentan que este pastor, a mediados del siglo VII, vio como algunas de sus cabras ganaban energía tras ingerir las bayas de un arbusto. Kaldi las probó también y experimentó mucha energía. Cuando llevó unas cuantas bayas al monasterio cercano, los monjes le dijeron que ese era el fruto del diablo y las arrojaron al fuego. Sin embargo, el delicioso aroma que salía de las mismas al tostarse hizo que los monjes se animaran a probarlas. Gracias a las mismas, aguantaron una noche entera rezando, por lo que empezaron a secarlas y enviarlas a otros monasterios con las instrucciones de tostarlas. Años después, además de tostarse, se hervían con agua y con ese líquido se podían sobrellevar mejor los rezos de madrugada. Comerciantes árabes llevaron esas bayas al Yemen, donde se refinó el arte de preparar la bebida del Reino de Kafa, que empezaría a llamarse café. Y del Yemen pasó a Estambul donde se convirtió en una refinada costumbre otomana. Los venecianos la llevaron a las ciudades italianas en sus intercambios comerciales y de ahí saltó a la península Ibérica, cuyos marinos la llevaron también a América.

Etiopía ofrece algunos de los mejores granos de café. Aún los secan al sol en grandes estructuras de madera que se pueden ver en campos cercanos a Jimma. Etiopía es el primer exportador de café en África y el quinto a nivel mundial. Para poder ver plantaciones de café, cooperativas de secado y probar algunos de los mejores cafés del mundo en remotas áreas rurales, lo mejor es contratar un tour desde Adís con personas de confianza, ya que en Jimma los servicios turísticos son escasos.

El oriente de Oromia

Al otro extremo de la región, alrededor del valle bajo del Awash, se encuentran algunos los más importantes conjuntos de yacimientos paleontológicos del continente africano. Los restos de homínidos encontrados en este lugar datan de cuatro millones de años atrás, lo que ha proporcionado datos esenciales acerca de la evolución de la especie humana, modificando nuestra visión de la historia de la humanidad. El hallazgo más espectacular tuvo lugar en 1974, cuando se descubrieron 52 fragmentos óseos que permitieron la reconstitución del esqueleto de la célebre “Lucy”. En este Parque Nacional se pueden ver muchas especies de fauna. Nosotros, al cruzar su única carretera, pudimos ver familias de monos pululando.

Aquí aún existen aldeas que viven en condiciones del neolítico, sin agua corriente en sus casas ni luz. Casas, por cierto, hechas de adobe y paja, donde conviven personas y animales domésticos en una estancia. Aunque la agricultura se va extendiendo, la ramadería es la principal actividad económica, con cabras, vacas y camellos como principales recursos económicos. Los burros siguen siendo un medio de transporte frecuente para cargar mercancías. 

La única línea ferroviaria de Etiopía atraviesa esta parte de Oromia, con trenes de pasajeros y mercancías yendo y viniendo de Yibuti, principal puerto para los etíopes. 

Más allá del Parque Nacional de Awash, al que se organizan tours de un día o más desde Adís; explorar el resto del oriente de Oromia es bastante complejo, especialmente las áreas rurales, debido a la presencia de algunos grupos armados separatistas.

Lalibela

Sin duda, la joya turística del país. Si solo se fuera a Etiopía tres días, Lalibela sería la parada obligatoria, por ser un tesoro de la arquitectura humana. Se trata del sitio más sagrado de la cristiandad etíope, lugar de peregrinación, usado durante más de ocho siglos de forma ininterrumpida.

Situadas en una región montañosa del corazón de Etiopía, en las proximidades de una aldea tradicional de casas redondas, las once iglesias medievales de esta “Nueva Jerusalén” del siglo XIII fueron excavadas y esculpidas en la roca. Nada te prepara para la impresionante arquitectura del lugar y la espiritualidad que se respira en el mismo. No en vano, el conjunto fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1978.

Lalibela era conocida como Roha y ya existían algunas fortalezas donde vivía su realeza, cavadas desde la cima de la montaña hacia dentro de la misma. En el siglo XIII, uno de sus reyes, el Rey Lalibela, decidió construir una segunda Jerusalén, para ahorrar a sus súbditos el penoso viaje hasta Palestina que él mismo había tenido que hacer. Quiso copiar todos los elementos en su capital: al río que atraviesa un valle lo renombró como río Jordán y le puso una cruz en medio; replantó un monte con olivos para bautizarle con ese nombre y a otro lo llamó Gólgota. Pero lo más impresionante fueron las once iglesias excavadas en roca, llenas de simbolismo bíblico. Muchas ventanas y puertas tienen forma de pene, recordando la circuncisión iniciada con Abraham como promesa a Dios y que los etíopes cristianos siguen practicando, a diferencia del resto de cristianos, debido a que la fuerte influencia de las prácticas y símbolos judíos que aún existen en la ortodoxia etíope. 

Cada iglesia es como una estatua gigante tallada de una pieza directamente de la montaña y separada de la misma, de abajo a arriba. Los historiadores calculan que se tardaron 23 años en acabar el complejo, que incluye inteligentes mecanismos de desagüe para evitar inundaciones durante la temporada de lluvias, así como pasadizos para permitir a la familia real entrar en las iglesias desde el palacio sin mezclarse con el pueblo. La leyenda cuenta que mientras obreros y artesanos descansaban por las noches, ángeles bajaban del cielo para continuar los trabajos por las noches.

Algunas cavidades, realizadas como tumbas, contienen momias de sacerdotes aún visibles. El lugar es muy auténtico y no prioriza en absoluto al turista. Los protagonistas son los fieles, que cada domingo de 6am a 9am abarrotan las iglesias, cubiertos de una tela blanca, para asistir a la celebración y rezar. 

Lo cierto es que desde los valles cercanos nada hace pensar que en la cima de una de las montañas existía un complejo eclesial-palaciego de tal magnitud. Y los historiadores piensan que esta forma de construcción se usó, ante todo, para asegurar la protección de los edificios en una zona en disputa con los musulmanes. Actualmente algunas iglesias están cubiertas por enormes estructuras que las protegen de la lluvia y el sol, construidas por la cooperación italiana en los años 50.

Las iglesias se dividen en dos grupos. Nosotros vimos las del noroeste, o la Jerusalén terrenal, por la tarde del primer día. Son las más impresionantes por tamaño y detalles. Se empieza con la Casa del Salvador del Mundo, la iglesia excavada en roca más grande del planeta. En ella se guarda la cruz de oro de 7kg más famosa de la localidad. Si tenéis un buen guía, convencerá a uno de los sacerdotes de bendeciros con ella. Normalmente la tienen oculta porque ya fue robada una vez. 

Por un pasadizo llegaréis a Bet Maryam, la iglesia con más detalles del complejo, dedicada a la Virgen y llena de frescos o preciosos bajorrelieves, además de inscripciones en hebreo, griego y ge´ez (lengua sagrada de los etíopes ahora solo usada en textos y ceremonias religiosas cristianas). Otra de las iglesias, Bet Golgota, solo admite acceso a hombres. Contiene increíbles representaciones de los 12 apóstoles talladas en roca, además de la tumba del rey Lalibela. Pero la más impresionante del grupo es Bet Giyorgis, la obra maestra, la última en hacerse. Se trata de una perfecta cruz griega a tres alturas sin pilares interiores y tan perfectamente conservada que no requiere de cubierta artificial protectora. Su interior es mágico, pero observarla desde el exterior al atardecer, aún más. Especialmente sin ningún turista más alrededor.

Al día siguiente nos levantamos pronto para asistir a parte de la ceremonia dominical, con hipnóticos cantos de los sacerdotes. Tras las celebraciones, nos dirigimos al grupo sureste de iglesias, que representa la Jerusalén celestial. Las iglesias más impresionantes de este grupo son, por un lado, las de Bet Gabriel y Rafael, situadas en un antiguo palacio aksumita reconvertido; y Bet Amanuel, con frisos exquisitos. En algunas columnas hay ojos esculpidos de ángeles únicos. Acabad la visita desde el monte Tabor, para disfrutar de una panorámica de ambos grupos de iglesias. Fue un auténtico placer recorrer este conjunto único prácticamente en solitario: el COVID y sobre todo la guerra civil que llegó hasta estas iglesias hizo que los turoperadores occidentales cancelaran sus visitas. 

La entrada a las iglesias, válida para cinco días, cuesta 50 dólares estadounidenses a todo extranjero. Se puede pagar también en el equivalente en birrs y en euros. Llevad calzado cómodo y fácilmente descalzable, con calcetines gruesos, puesto que para entrar en los templos hay que hacerlo sin zapatos. Para evitar perder tiempo desorientados por los pasadizos y túneles oscuros, si vais a visitar Lalibela sin viaje organizado, no dudéis en contactar con Hailemariam (o Mario, como le gusta llamarse en el poco castellano que habla), un guía excelente que conoce Lalibela y su región al dedillo, su historia y sobre todo, los mejores lugares en los que tomarse fotos, que os hará con una sonrisa. Si queréis su Whatsapp, pedídmelo por mensaje privado. Eso sí, intentad negociar precios con él, que a veces se pasa un poco, sobre todo con los transfers desde y hacia el aeropuerto.

A Lalibela es muy difícil llegar por carretera, por lo que hay tomar los vuelos de Ethiopian que salen cada día desde Adís. Para dormir, nosotros optamos por quedarnos en el Hotel Maribela, de solo 15 habitaciones, con cuartos luminosos que cuentan cada uno con espectaculares balcones desde los que tumbarse a disfrutar de las puestas de sol en la cima de la montaña en la que se encuentra Lalibela. El hotel es moderno pero, a la vez, tradicional, y cuenta con un amplio comedor en el que se sirven platos etíopes básicos pero deliciosos, así como pizzas decentes.

Si podéis quedaros más de una noche, aprovechad para ver las iglesias y monasterios de la región, que me cuentan que son estupendos. 

Gastronomía etíope

Además del ya mencionado excelente café, Etiopía ofrece una gran variedad de comidas ricas, empezando por buenas frutas: sandías, papayas, magos, manzanas, aguacates y plátanos. Las fruterías callejeras abundan y también se pueden disfrutar en cafeterías preparadas bajo el nombre de spriss: puré de frutas sin agua ni azúcares en capas de dos o tres frutas, con media lima en el plato para exprimirse por encima. El más popular es el spriss de mango y aguacate.

Respecto a lo salado, hay que empezar por su plato nacional: la injera, una especie de pan plano hecho de tef, un cereal con mucha proteína y hierro que solo se encuentra en Etiopía. La masa, esponjosa y algo amarga, puede sorprender al principio, especialmente por servirse enrollada como si fueran toallitas húmedas, pero está muy rica. A los etíopes les gusta tanto que siempre la usan de plato y acompañante a la vez, cogiendo trocitos con la mano y mojando la comida que esté encima de la misma. A veces se comen la injera con trocitos de injera especiados encima y huevo, con lo que acaban comiendo injera con injera.

Otro de los platos más deliciosos y frecuentes es el shiro, una pasta de garbanzos al ajo con muchísimas especias que se come acompañada de (sorpresa) injera. Otros acompañamientos para la injera son el pollo doro wot, guisado con cebolla, salsa de mantequilla y cardamomo; o los exquisitos quesos ácidos locales. Los guisos de cabra también son comunes.

Para desayunar, el plato que más me gustó fue la fatira: una fina masa hojaldrada al horno rellena de huevos revueltos y cubierta de la deliciosa miel etíope. Por supuesto, la gastronomía del país es muy variada, y me dejo muchísimos platos por mencionar.

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Etiopía no es un país sencillo para el turista. Pero la amabilidad de sus gentes compensarán las dificultades logísticas, y los misterios de su cultura milenaria satisfarán al turista más curioso.

dimecres, 4 de gener del 2023

Un 2022 lleno de viajes

2022 fue el de la recuperación plena de mis andaduras viajeras, un año tremendamente viajero. Aunque aún no volví a Asia (continente que no piso desde 2019) sí que pude volver a América del Sur, en este caso a Colombia, país que tenía muchas ganas de descubrir: Medellín, eje cafetero y Cartagena de India fueron los puntos de unos días inolvidables. Y también a África, donde descubrí la mítica Etiopía, cuna de la humanidad y del café, donde además de su capital, Addis Abeba, también estuve en su zona cafetera alrededor de Jimma además de el este de Oromia y la inolvidable Lalibela.

Pero el año empezó en Catalunya, donde visitamos el monasterio de Poblet, comimos los famosos calçots en Valls, descubrimos la Tarragona romana y volvimos a PortAventura.

De España, este año descubrí Ávila, Rascafría, las comarcas del Jerte y de la Vera (primera vez en Extremadura) y la valenciana isla de Tabarca. También pasé por Cartagena, Ronda y el caminito del Rey, además de pasar unos días en Marbella y en pueblos castellano-manchegos como Consuegra y sus molinos quijotescos. Y volví a Sevilla, Málaga y a València (eso siempre).

Del resto de Europa pude visitar Hamburgo y sus alrededores, incluyendo la preciosa ciudad de Lübeck. También fui a Turín por primera vez. Y descubrí Bulgaria, Serbia y Eslovenia en una ruta balcánica muy chula. Y de mi querido Portugal estuve por primera vez en Évora y en dos de las Azores: Sao Miguel y Terceira. Además, volví a la siempre agradable Lisboa. Y por supuesto, volví dos veces a París (y ojalá hubieran sido tres).

El año acaba en Albania, país curioso y (aún) poco turístico, específicamente en su capital, Tirana, con visitas a Berat y Dürres. Y también empiezo aquí 2023, año que se presenta aún más viajero (que es difícil) con mi vuelta a Asia cuatro años después: específicamente a la India nada más empezar y muchos otros en el horizonte. Tanto nuevos, como Honduras, Ecuador, Chile, República Dominicana, Canadá, Túnez, Níger, Mozambique… como países que ya conozco, como Costa Rica, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Bélgica, Montenegro, Jordania y Líbano. Y seguro que me llevo alguna sorpresa más. De España  me queda Cantabria como última autonomía a descubrir y las Ciudad Autónomas de Ceuta y Melilla ¿alguien me lleva?