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dilluns, 6 de novembre del 2023

Chipre

El suroeste de Chipe

Chipre es la tercera isla más grande del Mediterráneo, pero también un país partido en dos: por un lado, el sur es una república greco parlante miembro de la Unión Europea. Por otro, el norte, ocupado por el ejército turco, es una autoproclamada república que solo reconoce Turquía, y turco parlante. Por mi lado, mi primera visita al país se centró en el suroeste, con la base en la ciudad de Páfos, uno de los tres aeropuertos internacionales de la isla.

Tenía expectativas bajas, pero lo cierto es que esta zona de Chipre tiene muchísimo que ofrecer: sol y playa por supuesto, pero también montañas y frondosos bosques, perfectos para senderismo, con pueblos con encanto y ciudades con fiesta como Limasol, además un patrimonio cultural de primer nivel (aquí se encuentran todos los sitios reconocidos como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO). Y por supuesto, una gastronomía deliciosa e interesante.

Empezamos siempre con el típico desayuno chipriota: olivas, halloumi fresco con miel o sirope de algarroba, pan y tomates, con café para beber. Y de ahí, nos esperaba una oferta cultural, natural y de sol y playa inolvidable.

Choirokoitia

Lo primero es visitar el lugar donde están los orígenes de la población de la isla: se trata del asentamiento neolí­tico de Choirokoitia, ocupado desde el séptimo hasta el cuarto milenio antes de nuestra era. Es uno de los yacimientos neolíticos más importantes del Mediterráneo Oriental, con vestigios que han permitido conocer mejor la evolución de la sociedad, ofreciendo numerosas pistas sobre el estilo de vida de aquellos primeros humanos que construyeron asentamientos permanentes. El sitio, que sólo ha sido excavado en parte, constituye una reserva arqueológica excepcional. 

Además de poder ver los impresionantes restos originales, se han construido réplicas de estas casas cilíndricas para que los visitantes podamos entender mejor el nivel de sofisticación en al construcción y jerarquía social que alcanzaron nuestros antecesores, incluyendo uno de los pozos más antiguos de la humanidad.

Este nacimiento surgió alrededor de la minería del cobre, que es el origen etimológico de la palabra Chipre. De hecho, la isla sigue contando con una de las mayores reservas mundiales de este metal. Aunque algunos historiadores dicen que el nombre vendría más bien del ciprés, especie que abunda en las montañas de la isla.

En cualquier caso, más allá de los pueblos neolíticos, fueron los griegos micénicos la gran civilización que imprimió gran parte de la cultura chipriota actual, así como de la lengua hablada por la mayoría de sus habitantes. Se establecieron en dos olas migratorias desde el año 2000 antes de Cristo y sus mitos aún siguen presentes, hasta el punto de situar en la isla en lugar de nacimiento de una de las diosas más importantes del panteón griego: Afrodita.

El mito dice que nació en la playa chipriota de Petra Tou Romiou, de la espuma de las olas de mar creadas por la caída de los genitales de Urano, que su hijo Cronos había cortado y lanzado al mar. Los genitales son un par de rocas en mitad de esta bella playa, que sigue atrayendo a cientos de amantes de los atardeceres inolvidables. Muchos acuden para pedir bendiciones a Afrodita, diosa del deseo, sexo, fertilidad, prosperidad y victoria. De hecho, a Afrodita se le llamaba también Cypris (Señora de Chipre). El centro de su culto se situó durante siglos en Páfos, donde ya habían lugares de culto a las deidades de la fertilidad en la época prehelénica, reemplazadas precisamente por el de Afrodita.

Páfos

Los griegos que se asentaron en la isla pronto se dividieron en cinco reinos, lo que facilitó a muchos imperios conquistarles: por Chipre pasaron asirios, egipcios y persas, hasta que Alejandro Magno la recuperó para el ámbito helenístico el año 333 antes de Cristo. Tras su muerte, recayó bajo el reinado de la dinastía ptolemaica de Alejandría.

Esta herencia se puede ver en Páfos: destino turístico número uno de la isla, donde llegan la mayoría de turoperadores, con los  hoteles de todo incluido. Y aunque el centro urbano sea feo en general, contiene algunos de los sitios arqueológicos de mayor interés del país. No por casualidad, Páfos ostentó al capitalidad europea de la cultura en 2017.

El sitio de las tumbas de los Reyes es uno de los grandes atractivos: se trata de un conjunto de curiosas tumbas excavadas en roca, testimonio de la época en la que Páfos fue la capital de la gobernación de la isla cuando esta era parte del reino ptolemaico de Egipto. Situadas en un paraje casi desértico con el mar Mediterráneo de fondo, estas tumbas buscaban parecerse a las casas que habitaron los allí enterrados durante su vida. Algunos patios y columnas son realmente preciosos. Una pena que los tesoros que albergaban fueran saqueados hace siglos. Una de las tumbas más impresionantes fue la que albergó los restos del hermano de la reina Cleopatra VI.

Tras los ptolemaicos llegaron los romanos y su imperio, que se anexionaron la isla en el 58 antes de Cristo. En Páfos, en otro de sus parques arqueológicos, se pueden ver magníficos vestigios de villas, palacios, teatros, fortalezas y tumbas, destacando los mosaicos de Nea Paphos, considerados entre los más bellos del mundo. 

Estos mosaicos fueron descubiertos por un campesino en los años 60. Los mejores, en mi opinión, son los de la Casa de Dionisio, una antigua mansión romana, con mosaicos dedicados a los diferentes mitos griegos, como el de Escila, Narciso o Ganímedes. Otras casas también tienen mosaicos interesantes, como la Epifanía de Dionisio o aquellos que aún se conservan en la antigua residencia del cónsul romano en la isla, que tienen uno dedicado al mito del laberinto del Minotauro. También hay un odeón griego, restos de lo que fue un gran hospital romano e incluso una fortaleza francesa del siglo XII con más de 40 columnas. Esta rica ciudad entró en decadencia en el siglo VI, tras un devastador terremoto.

En el año 286, Chipre pasó a ser parte del conocido como Imperio Bizantino (o Imperio Romano de Oriente), con numerosos restos en Páfos de esa época: en el centro de Kato Pafos se encuentra la basílica Hrysopolitissa, una estructura casi en ruinas del siglo IV, destruida por los árabes en el siglo VII. Aún quedan varias columnas de mármol y una pequeña iglesia en el centro. Uno de estos pilares es famoso por haber estado aquí atado San Pablo durante los 39 latigazos que le dio el gobernador romano Sergius Paulus, convertido al cristianismo milagrosamente cuando iba a darle el latigazo número 40 a este doctor de la iglesia. También podréis ver la tumba del rey danés Eric Ejegod, que murió aquí en 1103 en su camino hacia Tierra Santa.

Como veis, Páfos está llena de ruinas y restos arqueológicos. Uno de los que nos encontramos por casualidad paseando por sus calles fueron las catacumbas Agia Solomoni con la capilla de los "siete durmientes", una cueva donde Agia Solomoni, una mujer judía convertida al cristianismo, se escondió junto con sus seis hijos para evitar la persecución de los romanos, que los encontraron y emparedaron para que murieran de sed. Agia fue santificada por la iglesia tras su muerte. Cientos de tiras de tela cuelgan del árbol que sale de las entrañas de la estructura, de fieles pidiendo salud a la Santa.

Entre tanta maravilla histórica nos dio hambre y sed, lo cual no es problema porque Páfos cuenta con una oferta gastronómica interesante. En Kato Pafos, lo mejor es ir a Argo, una taberna regentada por un matrimonio de refugiados greco-chipriotas llegados del norte de la isla tras la invasión turca de los años 70. Empezaron de cero y ahora son referencia por su comida casera, destacando su pan recién hecho, los mejillones al ajo o los raviolis rellenos de halloumi, por no hablar de las chuletas de cordero o el espectacular stifado (un guiso de conejo). De postre pedir mahalepi, un pudding de arroz con agua de rosas y pistacho o los bollitos de tahine si queréis algo menos dulce. Aunque siempre ofrecen, como casi todos los restaurantes, fruta fresca de cortesía, como sandía o los omnipresentes higos.

Si vais a la parte alta de la ciudad, no os perdáis la taberna Agora, el mejor restaurante del viaje sin duda. Por 25€ por persona os servirán un mezze en el que probar las mejores especialidades de la isla: desde la ensalada con un queso fresco local delicioso y sirope de algarroba hasta una tabla de carnes típicas (cordero, cerdo, lountza, salchicha regional, pollo...) así como setas, queso picante con sésamo, tzatziki, pimientos rellenos de queso derretido de Páfos, halloumi braseado, garbanzos en salsa, ensalada de remolacha, moussaka vegetariana... y eso con un personal amable y eficiente, con unas vistas preciosas. 

Para disfrutar del mar y la costa, Páfos cuenta con un agradable paseo marítimo, pero la mejor playa de la zona está un poco al norte de la ciudad, en Coral Bay, con un chiringuito chulo y una preciosa puesta de sol, con el Sea You Beach Bar y sus buenos cócteles, además de souvlaki (pinchitos de carne de vacuno molida) a la brasa espectacular acompañado de ensalada y pan de pita.

Los Tröodos

En esta montañosa y boscosa región alrededor del punto más alto de la isla (el monte Olimpo), se refugiaron la población ortodoxa y greco parlante tras las invasiones, primero de los católicos franceses y luego de los musulmanes otomanos. Los ortodoxos construyeron una arquitectura sencilla, incluyendo las iglesias y monasterios de esta región: pueden parecer insignificantes por fuera, para no llamar la atención de invasores, pero al entrar, sorprenden los frescos realizados por artesanos de primer nivel, que produjeron arte bizantino de lo más refinado. De hecho, diez de estas iglesias han sido reconocidas como patrimonio de la humanidad. Todas están ricamente ornamentadas con murales que ofrecen una perspectiva excepcional de la pintura bizantina y posbizantina en Chipre.

En el camino hacia los Tröodos desde Páfos, recomiendo que os paréis en Anogyra, un pueblecito de casas de piedra donde en algunas viviendas particulares aún se produce el pasteli de algarrobas, un dulce muy tradicional. Se suele encontrar durante el mes de septiembre, y que hay que consumirlo inmediatamente o congelarlo para que no se haga malo. Para estas excursiones siempre está bien tirar de las panaderías locales y comprar especialidades como la spanakopita, el hojaldrado pastel de espinacas con queso feta o los titopittes, pastelitos rellenos de queso anari. Y mi dulce favorito: el galatopoureko, un pastel muy dulce relleno de crema. 

Ya en los Tröodos, y tras muchas curvas en coche, optamos por centrar la visita en el valle de Marathasa, con un pequeño río central que lo atraviesa y varios pueblecitos con encanto, incluidas sus iglesias pintadas con techos a dos aguas (para evitar que se acumule nieve en invierno). En esta región se encuentran algunos de los monumentos inscritos por la UNESCO, la mayoría pequeñas iglesias rurales, aunque también monasterios como el de San Juan Lampadistis, por el que empezamos la visita. La iglesia del monasterio ofrece los frescos bizantinos más impresionantes del país, especialmente el que dibuja el árbol genealógico de Jesucristo, empezando por el propio Dios, y que vincula a reyes como David o Salomón.. Situado en Kalopanayiotis, un pueblo lleno de hoteles boutique, el monasterio de 400 años es un remanso de paz construido en piedra y madera. 

También pasamos por Pedoulas para ver la pequeña iglesia del Arcángel San Miguel, con sus preciosos frescos del siglo XV. Casi nunca hay nadie, así que la disfrutaréis en silencio con algo de suerte. Para comer, dirigíos a Elyssia, un hotel-restaurante donde sirven una excelente moussaka, así como trucha fresca de los ríos de la zona, preparada al ajillo.

La zona es perfecta para los amantes del trekking y las rutas, perfecta también para tomarse un respiro del calor de la costa en verano. Los Tröodos también escondieron a los patriotas que lucharon contra los británicos para alcanzar la independencia del país, por lo que es común ver en las plazas de los pueblos estatuas de "mártires nacionales", muchas veces con banderas griegas ondeando, pues estos lucharon por la reintegración de Chipre en la nación griega.

Limasol

Y tras tanta montaña y pueblecito, tocaba algo de playa y gran ciudad: la segunda más grande del país es Limasol. También la más cosmopolita. De hecho, muchos locales la llaman cariñosamente "la pequeña Tel Aviv": aquí hay fiesta, playas urbanas y buena gastronomía.

De playas fuimos a Lady´s Mile Beach, que pese a no ser tan bonita como otras del país, está muy cerca de Limasol y además cuenta con cómodos chiringuitos donde alquilar tumbonas y sombrillas y disfrutar de gastronomía de calidad, música, baños y duchas. Situada al norte de la base militar británica, es común que los helicópteros pasen a muy poca altura en sus desplazamientos. Además, el agua suele estar transparente aquí y se mantiene todo bastante virgen fuera de los chiringuitos, hasta el punto de protegerse con pequeñas estructuras los nidos de tortugas y las flores silvestres que crecen en las dunas. Nosotros optamos por descansar en el Oceania Beach Lounge, donde nos sirvieron un rissotto saganaki espectacular: venía con gambas preparadas en salsa de tomate natural, queso feta, hierbas locales y ouzo (el licor de anís tradicional). 

Tras el día de relax fuimos a cenar y dimos un paseo por los alrededores del antiguo muelle de pescadores (ahora un moderno complejo de restauración y ocio), así como por el castillo de la ciudad, una estructura militar, rodeada de olivos centenarios, alrededor de la cual prosperó la ciudad bajo los caballeros templarios. Se dice que fue en la capilla de este castillo en el que se casaron el rey Ricardo Corazón de León con la reina Berengaria, proclamándose reyes de Chipre. Luego vendieron la isla a los caballeros templarios. Finalmente, tomó el control de la isla la República de Venecia en 1473. Sin embargo, en 1570, el imperio Otomano la conquistó, mudándose una gran población musulmana de soldados, comerciantes, artesanos, funcionarios del imperio y campesinos. Además del turco, la otra gran lengua de la isla actualmente, también trajeron parte de su cultura y gastronomía, así como la construcción de bellas mezquitas en las ciudades y pueblos.

De hecho, paseando por el centro de Limasol nos encontramos con la gran mezquita de la ciudad, usada por los pocos turco-chipriotas que aún viven en la ciudad, en mitad del antiguo bazar, ahora ocupado por restaurantes, bares de moda o tiendas de souvenirs. Optamos por cenar en el restaurante Karatello situado en el restaurado antiguo molino de algarrobas, con una agradable y concurrida terraza. Aquí sirven platos chipriotas con un toque moderno: el kleftiko (asado de pierna de cordero con verduras cocinado lentamente en horno de barro) estaba bien, pero lo mejor era el pulpo a la plancha. Su ayioritiki, o salsa de berenjenas casera, estaba de diez.

Chipre se mantuvo como parte del Imperio Otomano durante siglos, hasta que en 1821 estalló la guerra de la independencia griega, en la que miles de grecochipriotas fueron como voluntarios. Los otomanos respondieron ejecutando a casi 500 líderes de esta comunidad, incluyendo al arzobispo de Chipre. Pocos años después, en 1828, el primer presidente de la Grecia independiente llamó a la unión de Chipre en el nuevo país: la conocida como "enosis". Esto no se logró por el férreo control otomano hasta que, tras la primera Guerra Mundial, el Imperio Británico se anexionó la isla en 1914, abriendo la esperanza de enosis al 77% de habitantes de Chipre que se consideraban griegos. Sin embargo, los británicos no consintieron esto, y muchos chipriotas se organizaron en la guerrilla EOKA, escondida en los Tröodos como he contado antes, que consiguió la independencia del país en 1960.

El primer presidente del país, el arzobispo Makarios III, junto con el primer vicepresidente, Fazil Küçük, optaron por un Chipre independiente en el que convivieran la mayoría grecochipriota y la minoría turcochipriota, con una política de no-alineamiento y una amistad tanto con Grecia como con Turquía. 

Pese a los esfuerzos de ambos líderes, la violencia entre ambas comunidades iba en aumento. El golpe de Estado de los militares en Grecia hizo que muchos coroneles proclamaran desde Atenas su voluntad de proceder a la enosis con Chipre. Esto provocó la reacción turca, que invadió la isla para proteger los intereses de su minoría, y pasó a ocupar el norte hasta hoy. 150.000 grecochipriotas tuvieron que desplazarse al sur como refugiados y 50.000 turcochipriotas hicieron lo propio hacia el norte. Se creó la República Turca de Chipre del Norte, que no reconoce ningún país del mundo salvo Turquía, que la protege militarmente. Y ambas comunidades siguen viviendo de espaldas la una de la otra, con esfuerzos de iniciativas y asociaciones de todo tipo para tejer vínculos en varias áreas y preparar una posible reunificación de la isla.

¿Por qué Chipre no se une a Grecia? Según un vendedor del bazar de Limasol" "hablo griego, mi religión es la greco-ortodoxa, pero no quiero unirme a un país más pobre que Chipre". Superado el proyecto panhelenista, habrá que seguir trabajando en reunificar Chipre de nuevo. Espero poder visitar el norte de la isla pronto, que sigue ocupado por el ejército turco en el norte.

IMPRESCINDIBLES

Comer

Meze en Agora Tavern.

Rissotto saganaki en el Oceania Beach Lounge.

Pasteli de algarrobas en Anogyra.

Beber

Vino en la región de los Tröodos.

Canciones

Sikoses de Monsieur Doumani

Fuego de Eleni Foureira

dissabte, 14 d’octubre del 2023

Toronto

La antigua York

La mayor ciudad de Canadá, y por tanto de la provincia más habitada del país (Ontario) es asimismo una de las ciudades más cosmopolitas del mundo. Esta región, aunque colonizada a principios del siglo XVIII por los franceses, no fue hasta cien años después cuando empezó a poblarse masivamente de europeos. Hasta ese momento, la Confederación Iroquesa gobernaba estas tierras. Los ingleses arrebataron la zona a los franceses en 1763 y bautizaron a la ciudad como York. 

Para descubrir los lugares en los que estaba la antigua York, nada mejor que pasear por los distritos de St. Lawrence Market y el Distillery District. Renovados con estilo, son lugares perfectos para ir de compras o descubrir la gastronomía de la ciudad. Un edificio icónico es el Flatiron building, de cinco pisos, con un bonito tejado de cobre inclinado. Justo detrás hay un parque con una fuente en la que varias estatuas de perros "salivan" tirando chorros de agua hacia el hueso que la preside. Kitch pero graciosa.

El mercado de Saint Lawrence, de más de doscientos años y con más de 120 puestos de alimentación, muestra la variada herencia europea de la ciudad, con tiendas de quesos locales como el cheddar ahumado con sirope de arce, carnes, panaderías con bollería ucraniana, pasta italiana recién hecha, frutas, pasteis de natas, souvlaki griego, verduras, y pescados. Nosotros optamos por unos platos de pescado en el puesto Buster's Sea Cove. El mercado ofrece una agradable y soleada terraza donde degustar las especialidades que se cogen de cada puesto.

La nueva Toronto

Tras ser arrasada por los estadounidenses en 1812, el alcalde Mackenzie rebautizó la ciudad en 1834 con el nombre de los iroqueses, Toronto, que significa "lugar de encuentro". 100 años después, la ciudad vivió una época de gran crecimiento por el descubrimiento de oro, plata y uranio en el norte de Ontario. Aún se puede respirar parte de esa época dorada en los salones del Fairmont Royal York, el gran hotel de la Canadian Pacific Railway. 

Tras la Segunda Guerra Mundial, el primer ministro Pearson introdujo el primer sistema de migración por puntos del mundo en Canadá, atrayendo a millones de migrantes y refugiados, muchos de los cuales se instalaron en la pujante Toronto, ahora cuarta ciudad más grande de Norteamérica, que sigue creciendo, con rascacielos es construcción por todas partes. Es una ciudad muy nueva, y eso se nota en el dinamismo y empuje de su población.

Italianos, chinos y portugueses llegaron tras la guerra, haciendo que las necesidades de alojamiento crecieran. Una solución aún común es mantener las bonitas fachadas de ladrillo rojo originales y construir un gran rascacielos detrás. En los años 60, indios y árabes llegaron masivamente por lo que más y más edificios fueron apareciendo, hasta llegar a la actualidad, donde el mayor influjo proviene de los países latinoamericanos. Fijaos y veréis antiguas estructuras y edificios con rascacielos incrustados. Es algo muy típico de la ciudad que más rápido crece en Norteamérica.

Toronto es una ciudad con una oferta cultural sin fin y gastronomías de todo el mundo. Nosotros disfrutamos de una izakaya (Yuugi) con platos calcados a los que se podrían encontrar en Tokio: deliciosos pimientos shishito en salsa dashi, yasai itame (verduritas salteadas con soja de ajo y chile), sushi de wagyu o shushi de salmón braseado con mariscos en sirope de arce (toque local).

Otro lugar interesante donde disfrutar de la variedad de la población local es el Chef´s Hall, con decenas de puestecitos que ofrecen comidas de todo el mundo: desde pizza de Detroit a biryani o tortillas mexicanas recién hechas a un brigadeiro con bubble tea. 

Artic Bites es una tienda de helado casero hecho al momento en tabla congelada con ingredientes frescos: el de tarta de fresa está excelente, así como el de taro. Pero si buscáis dulces japoneses, Neo Coffe Bar, además de servir excelentes tipos de té verde y macha, sirve dulces nipones recién hechos.

Además, los torontonianos son una de las poblaciones más tolerantes y acogedoras del planeta. De hecho, en 2003, fue la primera ciudad norteamericana en legalizar los matrimonios del mismo sexo. También cuenta con la librería LGTBIQ+ más antigua del mundo: Glad Day Bookstore, que abrió sus puertas en 1970 desafiando la censura y promoviendo un lugar de encuentro y reflexiones.

Moverse en la jungla de cristal

Nada más llegar a la ciudad, lo primero que uno debe visitar es el conocido como Entertainment District, presidido por la altísima torre CN, que tiene más de 50 años. Esta maravilla de la ingeniería, icono de la ciudad, merece ser subida. Con 553 metros de alto, es la estructura más alta del hemisferio occidental (y la sexta del mundo). Ahorraos las colas comprando la entrada por Internet, porque aún así tardaréis mucho en subir. Eso sí, aseguraos que es un día claro, o no veréis nada. Las vistas infinitas de rascacielos son impresionantes. Incluso podéis sentaros encima de un cristal reforzado que hace las veces de suelo y ver a las personas como hormigas, solo si no tenéis mucho vértigo, claro.

Básicamente, Yonge Street (una de las calles más largas del mundo) divide la ciudad entre este y oeste, y el E/W de cada calle nos indicará donde estamos. Lo mejor es quedarse cerca de Downtown, para aprovechar el gran número de conexiones de metro y autobús de la zona. Además, una parte importante de la oferta cultural y de ocio de la ciudad está aquí.

Recomiendo recorrer esta calle y ver algunos de los edificios más importantes de Toronto, como el Elgin & Winter Garden Theatre, el último teatro eduardiano de dos pisos operando en el mundo; el City Hall (el antiguo, que parece una especie de Hogwarts) y el nuevo, que realizó un arquitecto finlandés y que es amado y odiado a partes iguales (son dos torres gemelas cóncavas con un platillo volante central y rampas que salen del mismo). Enfrente del nuevo ayuntamiento nos topamos con la enorme plaza tomada por miles de indios que celebraban su Día Nacional con danzas en escenarios, puestos de comida, música y un gran desfile.

También recomiendo el Brookfield Place, donde los amantes del hockey sobre hielo podrán visitar el museo anexo o disfrutar de un café canadiense en la sucursal más famosa de Tim Hortons. Además, esta calle está cubierta por impresionantes arcadas realizadas por el arquitecto valenciano Santiago Calatrava.

Planes veraniegos

En un día soleado, nada mejor que pasear por el Harbourfront Center, muy agradable donde, si hace calor, lo mejor es tomar un ferry o water taxi (precios similares) para llegar a las islas de Toronto, un remanso de paz en el que no siempre se puede bañar uno por la presencia de bacteria e-coli en las aguas del lago Ontario, sobre todo tras días lluviosos. Aún así, tumbarse en la arena es agradable, siendo una de las más populares Centre Island, con baños y duchas públicos, puestos de comida, praderas de hierba y playas para todos los gustos: desde las más cercanas al puerto, orientadas a familias, hasta las que tienen instalaciones deportivas, las nudistas o las frecuentadas por personas LGTBI en Hanlan´s Point, algo mas alejadas. Para volver a Toronto por las tardes se forman colas ya que el ferry de vuelta es gratuito.

Cataratas del Niágara

En un corto recorrido en tren podéis plantaros de Toronto en la maravillosa península del Niágara. Pese a los lugares bonitos que se pueden visitar allí, como por ejemplo, la población de Niagara-on-the-Lake (primera capital de Canadá), la falta de tiempo nos hizo priorizar la visita estrella: las famosas cataratas, unas de las más bellas del planeta.

Aunque la ciudad anexa es feísima, cara y sin alma, sus cataratas compensan todo lo demás: observar el constante torrente y como crea una bella cortina de agua que impacta en el lecho del río elevando gigantescas columnas de rocío helado es impresionante. No son las cataratas más altas del planeta ni de lejos, pero sí las que descargan más volumen de agua: 8,500 bañeras de agua al segundo. Y esto porque, en realidad, lo que vemos en un lago tan grande como el Erie desaguando al lago Ontario.

Siempre desde el lado canadiense, es maravilloso pasear por el Niagara Parkway, viendo el lado estadounidense. En efecto, el río Niágara es la frontera natural entre Canadá y los Estados Unidos, entre Ontario y el estado de Nueva York. Hay varias cataratas: las Bridal Veil y American Falls, menos impresionantes; y las Horseshoe, las majestuosas y más fotografiadas, que se abaten sobre la nubosa Maid of the Mist, a donde los barcos turísticos intentan adentrarse todo lo que pueden, entre los gritos de los turistas, que acabamos empapados. Desde el lado canadiense salen barcos cada 15 minutos con el "Hornblower Niagara Cruises". Sus recorridos por bajo de las cascadas duran unos 20 minutos. Vale la pena comprar el ticket online para ahorraros algo de cola. Esta es la única atracción que, en mi opinión, merece la pena. Además os darán un chubasquero para protegeros. Las otras entradas, como la que os permitirá acceder a un túnel detrás de las cascadas "Journey behind the falls", no merecen la pena, ni por el precio, ni por las enormes colas que hay que hacer.

Desde tierra, el mejor lugar para disfrutar de las cataratas es desde Table Rock (gratis) o si preferís una experiencia más privada, desde lo alto del "The Tower Hotel", anticuado pero con habitaciones correctas, de las que si elegís las de la fea torre, disfrutaréis de las mejores vistas de las cataratas todo el día y sin gente, cómodamente desde vuestra habitación. Dormir con el susurro de las mismas es fantástico. De noche las cataratas se iluminan de colores cambiantes, y en verano, hay fuegos artificiales durante cinco minutos a las diez de la noche. Verlos desde lo alto de nuestra habitación fue inigualable. Y ver el amanecer, también.

Y como dije, la ciudad no es más que un vulgar conjunto de casinos anticuados, hoteles muy feos arquitectónicamente, trampas para turistas y cadenas comerciales con precios inflados (desayunar en un sitio tan malo como IHOP cuesta unos 35$ por persona... por ejemplo). El centro de este esperpento el Clifton Hill, una calle empinada que se ilumina por las noches como una mini Las Vegas de mala calidad.

Me quedé con ganas de visitar la zona vitivinícola de la península: debido al microclima creado y al suelo de caliza y arcilla, se dan condiciones similares a las de la región de Borgoña en Francia, lo que permite crear vinos de gran calidad. Eso sí, en las tiendas de la fea Clifton Hill pudimos comprar el famoso y caro "vino de hielo", elaborado con uvas que se dejan en el arbusto semanas más allá de la vendimia, haciendo que aumente la concentración de azúcar en ellas. En las primeras heladas de diciembre (o enero) se recogen a mano estas uvas congeladas, se prensan, y se dejan envejecer en barrica un año, siendo vinos muy dulces y con alta graduación alcohólica. Las botellas son caras porque se necesitan diez veces más uvas que un vino normal para rellenar una, además del laborioso proceso de producción y recogida a mano de la uva. Pero valen la pena: el sabor es potente, nos encantó, sobre todo mientras disfrutábamos de los fuegos artificiales con las cataratas de fondo.


IMPRESCINDIBLES

Comer

Halibut, una especie de lenguado, en Buster's Sea Cove.

Beber

Café en el Tim Hortons del Hockey Hall of Fame.

Vino de hielo mientras se disfrutan de las cataratas del Niágara.

Canción

Stay de Justin Bieber y The Kid Laroi.

diumenge, 3 de setembre del 2023

Quebec

La región más francófona de Canadá 

Siempre tuve un interés en Quebec, sobre todo cuando estudiaba sus dos referéndums de independencia. Así que no costó convencerme para descubrir un poco de esta fascinante región canadiense. Se trata de un país dentro de un país, mezcla de lo norteamericano y lo europeo.

Aterricé en Montreal, su gran ciudad y única ciudad bilingüe “de facto” de las Américas. Lo cierto es que sus habitantes suelen ser trilingües, puesto que además de inglés y francés, también hablan sus lenguas maternas, haciendo de esta una de las ciudades más cosmopolitas del mundo.

Montreal se fundó en 1642 por Paul de Chomedey de Maisonneuve con el nombre de Ciudad María. Este francés llegó a través del río San Lorenzo en un barco lleno de misioneros franceses católicos. Podéis ver una estatua suya en la Plaza de Armas, rodeada de la basílica de Notre-Dame, el antiguo Banco de Inglaterra o el primer rascacielos de la ciudad.

En estas tierras vivían pueblos como los iroqueses, que fueron poco a poco expulsados por colonos franceses, que empezaron a enriquecerse con agricultura, maderas y sobre todo, con las pieles. 

La ciudad pasó a llamarse Montreal en 1705, adoptando el nombre del monte que la preside: el Mount Royal. Por cierto, interesante actividad una mañana en la ciudad es pegarse una buena caminata y subir hasta su cima, para disfrutar de un maravilloso bosque urbano y culminar con unas bonitas vistas de la ciudad y el caudaloso río San Lorenzo. Por cierto, este bosque urbano fue diseñado por Frederick Law Olmsted, el mismo que diseñó el Central Park de Nueva York.

En 1763 Francia tuvo que ceder sus territorios norteamericanos al Reino Unido, que se convirtió en nueva potencia. Pero los miles de colonos nunca dejaron de hablar francés hasta hoy. Aún así, la independencia de los Estados Unidos de América poco después atrajo a Montreal a miles de realistas británicos que inundaron la ciudad de anglófonos protestantes, creando tensiones con los francófonos católicos. En a misma plaza de Armas se pueden ver dos simpáticas estatuas que resumen la historia del país: un caballero inglés mira con sorna hacia la basílica (los anglocanadienses siempre se han burlado de la religiosidad de los francocanadienses)  con un bull dog en brazos que mira, sin embargo, a un caniche francés sujetado por una dama francesa que se burla del edificio del Banco de Inglaterra (los francocanadienses nunca han entendido la obsesión por el dinero de los primeros). Los perros simbolizarían a los descendientes de ambos tipos de colonos, deseando entenderse, la voluntad de Canadá de vivir todos juntos, después de todo.

La construcción del canal Rideau, que conectó el río con el lago Ontario, así como el despliegue del ferrocarril, hicieron que la ciudad creciera mucho durante el siglo XIX. En la plaza de Armas, también está la basílica de Notre Dame de Montreal, una maravilla neogótica del siglo XIX de una belleza difícil de describir, símbolo de la opulencia de la época. Vale mucho la pena que paguéis la entrada para verla.

A principios del siglo XX, miles de estadounidenses cruzaban a la ciudad para poder disfrutar de sus bares y clubes, ya que en Estados Unidos se promulgó la Ley Seca. La ciudad continúa siendo muy animada, con alegres bares y terrazas en barrios como Le Plateau o el Quartier Latin, donde mejor que en ningún otro lugar se puede ver la mezcla de eficiencia anglosajona con el joie de vivre francés. El hecho de que la ciudad tenga un alto porcentaje de población joven también ayuda.

Las callejuelas del Viejo Montreal son muy agradables para pasear o tomarse un café, y disfrutar de estatuas tan peculiares como la de Les Chuchoteuses (las murmuradoras). Asimismo, a los bordes del río, el puerto viejo ha sido recuperado como parque y zona de ocio con muelles muy agradables así como el museo de historia de la ciudad al recomiendo acceder a la azotea (es gratuita) para disfrutar de las vistas de esta parte de la ciudad.

Montreal tuvo un alcalde que la cambió de arriba abajo: Jean Drapeau gobernó la ciudad 29 años durante los que se construyó la red de metro y la ciudad acogió dos grandes eventos mundiales: la Expo de 1967 y las Olimpiadas de 1976, y esto se puede ver en su impresionante estadio olímpico o en los pabellones reutilizados de las islas de Sainte-Hélène y Notre-Dame, como por ejemplo el antiguo pabellón de Estados Unidos, una enorme esfera metálica ahora reconvertida en el Museo de la Biosfera de la ciudad.

Comer en Montreal

Para comer local, empezad desayunando una bagel local en St. Viateur (hecha a mano, fina, cocida en horno de leña y más densa y dulce que las neoyorquinas). Son las más famosas y están fenomenal, siendo el horno más antiguo de la ciudad. Las rellenan de muchas cosas, el roast-beef es una buena opción. Si preferís algo más francófono, las chocolatines (pains au chocolat de toda la vida) de Olive et Gourmando son de diez.

Tampoco podemos olvidar a la gran comunidad judía de la ciudad: comeos un sándwich de carne ahumada acompañado de un pepinillo en vinagre en Schwartz´s Deli, la charcutería hebrea más famosa de Montreal, donde tienen fotos de visitas de vecinas tan icónicas como Céline Dion.

Y el plato estrella: poutine. Son patatas fritas con trozos de queso local cubiertos de gravy caliente que lo reblandecen todo y que se popularizó en los años 50. Ahora es un snack común para acompañar comidas aunque lo mejor es tomárselo tras una noche de fiesta para absorber bien el alcohol del cuerpo. Poutineville es un buen sitio para probar las diferentes variedades.

Si uno busca buenos ingredientes, dirigíos a la Petite Italie, al mercado Jean Talón, con puestos que venden la mejor fruta quebequesa, quesos regionales, todo tipo de productos con sirope de arce, carnes, pescados… de hecho hay un puesto de ostras espectacular, que te las sirven también en el momento (“La Boîte aux Huitres”) además de otros puestos como el de galettes bretonas.

Y para ver que se cuece en los mejores fogones quebequeses, “Toqué!” es una buena opción, sobre todo su menú almuerzo, mucho más accesible que las cenas. El chef utiliza ingredientes quebequeses con un toque contemporáneo, como el pez mantequilla con puré de arándanos o el vacuno angus con frambuesas lacto-fermentadas.

Aunque para adentrarse en el multiculturalismo de la ciudad, podéis explorar algunos restaurantes étnicos de Le Plateau como “Khyber Pass”, el primer restaurante afgano en el que he estado en mi vida. Decorado con objetos típicos, aquí sirven un menú que empieza con sopa de lentejas rojas y cilantro, borani de calabaza (una receta con tomates naturales que está de cine), brochetas de cordero y ternera con tres arroces y ensalada afgana, y de postre: pudding de rosas con pistachos. 


La capital quebequesa

Tras un trayecto en tren llegamos a Quebec ciudad, la capital de la provincia, y el corazón de la francofonía canadiense. Como buenos politólogos, lo primero que hicimos fue visitar la elegante sede de su Parlamento Nacional, estilo Segundo Imperio, con la preciosa sala de plenos y las bonitas salas de comisiones. También explican la historia de su bandera, la “fleurdelisé”, adoptada en 1948; o la plena oficialidad del francés, consolidada en 1974. O los intentos de independizarse del Québec, con sendos referéndums que ganaron los unionistas por la mínima.

Aunque lo cierto es que Quebec estaba originalmente habitado por las “primeras naciones”, como por ejemplo los inuit, que tienen una estatua muy curiosa en los jardines del parlamento, con su lengua escrita, alfabeto adoptado recientemente, que me recordó al de los alienígenas.

La cosa es que en 1534, Jacques Cartier quiso emular a Colón y buscar una ruta a China y la India para el rey de Francia. Tras dejar Saint-Malo, se encontró con estas tierras, que fueron luego colonizadas por Champlain, fundador de la ciudad de Quebec. Por cierto, “Kebec” es una palabra del pueblo Algonquino, que significa “donde el río se estrecha” por ser en esta parte del río San Lorenzo donde se fundó. Los franceses fortificaron la ciudad (es muy agradable pasear por sus murallas actualmente que aún rodean su casco antiguo) pero aún así, el Reino Unido la tomó en 1759 tras la batalla de los llanos de Abraham, a las afueras de la ciudad, donde aún hoy los juegos de guerras entre amigos son populares.

De la época francesa es imprescindible hacer un recorrido por el Vieux Québec, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985 por ser la única ciudad de América del Norte que ha conservado intacta su muralla. La Ciudad Alta, edificada en la cima del acantilado, es aún el centro religioso y administrativo y posee numerosas iglesias, conventos y otros monumentos como el reducto Dauphine, la ciudadela y el castillo Frontenac. Junto con los barrios viejos de la Ciudad Baja, forma un conjunto urbano que es un excelente ejemplo una ciudad colonial fortificada. No por casualidad, sus callejuelas y casitas recuerdan a los pueblos bretones de la costa (la mayoría de los primeros colonizadores fueron bretones).

Del Viejo Quebec me impresionó especialmente el campus de la Université de Laval o las iglesias transformadas en bibliotecas o centros culturales, como la Maison de la Littérature o la Bibliothèque Claire-Martin. Pero si hay un símbolo de la ciudad es el gigantesco chateau Frontenac, inaugurado en 1893 como un hotel de lujo de la Canadian Pacific Railway. Aquí se han alojado reinas, presidentes y famosos de todo tipo. Sus salones vieron nacer a la FAO. Y aún hoy se respira la grandeza del lugar, y su perfil domina el agradable paseo entablado elevado junto al río: la terrasse Dufferin.

Y respecto a las comidas: una tradicional cena quebequesa se puede disfrutar en “La Buche” con orejas de cerdo fritas en salsa de remolacha local, trucha ahumada en madera de arce, carne de alce salvaje o la famosa Tourtière, un contundente pastel de carne de venado, vacuno y cerdo. Y de postre, pastel de sirope de arce o el delicioso pudin de chômeur (un bizcocho bañado en sirope muy contundente creado en los años de la Gran Depresión). 

Para un buen brunch local: el café bistro “Au Bonet d´âne” es estupendo, con raciones enormes. Podéis pedir las tradicionales fèves au lard, habichuelas cocinadas con trozos de beicon y sirope de arce, acompañadas de pain doré, una torrija de toda la vida vamos, tortilla y patatas salteadas, con una tarte au sucre de postre.

Finalmente, para comprar recuerdos o comer algo más sano, con ensaladas locales, en el "comptoir" de Chez Boulay tienen siropes de arce envejecidos o con sabores de ingredientes “boreales” o helado de pino buenísimos. 

El consejo es que reservéis con antelación, ya que nos costó horrores encontrar mesas en la ciudad, una noche acabamos de casualidad en una excelente crepería bretona, porque todas nuestras opciones estaban llenas.

Chute Montmorency

Finalmente, hicimos una pequeña excursión a la famosa cascada Montmorency, más alta que las del Niágara (aunque con mucha menos agua, claro). El recorrido por la montaña, cruzando el puente encima, y luego descendiendo y viéndola de cerca (y mojándote bastante) es muy agradable para pasar una mañana de naturaleza y disfrutar de las maravillas del paisaje quebequés.

Si se está muy cansado se puede tomar un teleférico de vuelta a lo alto de la montaña, de donde llegan y salen los buses a la ciudad.

En definitiva, Quebec es un destino perfecto para unos días, porque tiene grandes ciudades a nivel global, gastronomía cosmopolita y gentes muy amables. Si vuelvo, dedicaré más tiempo a sus maravillas naturales, porque les dediqué poco tiempo y me consta que hay muchas impresionantes. Además, me gustaría ver el fabuloso hotel de hielo que abre durante los meses de invierno o experimentar la primavera con la recolección del sirope de arce y las visitas a las famosas "cabanes au sucre".


IMPRESCINDIBLE


Comer

Poutine en Poutineville 

Bagel Montreal-style en St. Viateur

Tourtière en La Buche 

Fèves au lard en Au Bonet d´âne


Canción

Ne partez pas sans moi - Céline Dion


Libro

Menaud, maître draveur - Félix-Antoine Savard

dimarts, 8 d’agost del 2023

Liverpool y Chester

En la segunda ciudad del Imperio Británico

Fui a Liverpool por casualidad, porque allí se celebraba Eurovisión 2023. Sin embargo, y gracias a que una amiga se crio allí, pude descubrir una ciudad maravillosa, mucho más interesante de lo que esperaba inicialmente. Liverpool fue la segunda ciudad más importante del Imperio Británico y uno de los centros de la revolución industrial que cambió a la humanidad para siempre.

En efecto, Liverpool se enriqueció de forma masiva con el comercio triangular de esclavos de África, materias primas de América y productos manufacturados en Inglaterra. Los barcos salían del puerto cargados de productos ingleses (muebles, tejidos, vajillas, maquinaria...), que se vendían en África del Oeste, donde los barcos se cargaban de esclavos, que se llevaban hasta las colonias americanas del Caribe y Norteamérica, donde se vendían, cargándose de nuevo los barcos con ron, azúcar, tabaco y algodón, que se llevaba de vuelta a Liverpool. El 40% de los bienes del mundo pasaban por el puerto de Liverpool. 

Este masivo movimiento de mercancías y personas hizo que el potente puerto atrajo a inmigrantes de toda Gran Bretaña e Irlanda, y además, sirvió de salida para migrantes escandinavos y rusos hacia el Nuevo Mundo. Uno de los lugares donde respirar esta historia portuaria es el Albert Dock, un muelle rodeado de almacenes de ladrillo y hierro de cinco pisos reconvertidos en una zona museística y de ocio. La importancia del muelle radica en que por primera vez se podían trasladar bienes del almacén al barco directamente, mejorando la logística portuaria e iniciando los sistemas de gestión logística contemporáneos. Por ello, el puerto de la ciudad fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por ser testimonio de la historia del desarrollo de uno de los centros más importantes del comercio marítimo mundial en los siglos XVIII y XIX. 

La Segunda Guerra Mundial aumentó más aún la importancia de la ciudad, con más de un millón de soldados estadounidenses desembarcando aquí. Estos trajeron a la ciudad los ritmos de los Estados Unidos, como el blues y el rock and roll, y pronto Liverpool se convirtió en la capital mundial de un nuevo género: el pop. Tras la grave crisis de desindustrialización de los años 70, la ciudad entró en una gran decadencia pero gracias a programas europeos de regeneración de su centro urbano durante el siglo XXI, Liverpool resurgió como una de las ciudades más agradables del norte de Inglaterra. 

Por ejemplo, ahora los almacenes del puerto son museos, destacando el Tate Liverpool, antena de la Tate de Londres, donde se encuentran obras de algunos de los artistas más famosos del siglo XX, aunque muy pequeño para mi gusto. Además del Albert Dock, la UNESCO también incluyó bajo su protección un gran número de importantes edificios comerciales, civiles y públicos, especialmente los del sector de St. George’s Plateau, destacando el Royal Liver Building, uno de los tres rascacielos eduardianos de la fachada marítima (conocidos como las "Tres Gracias"). Vale la pena hacer el tour que nos llevará desde su construcción hasta lo más alto, visitando sus terrazas, disfrutando de las vistas de la ciudad, puerto y río, y de la torre del reloj por dentro, viendo de cerca el dragón metálico "Liver Bird" símbolo de la ciudad. Además, su enorme reloj es el más grande del país: más que el Big Ben.

Pioneros en muchas cosas

Una forma agradable de disfrutar del curioso skyline de la ciudad es cruzar el río Mersey en su famoso ferry. Tan famoso es que la banda Gerry & the Peacemakers le dedicaron la canción "Ferry 'Cross teh Mersey". Como nosotros nos quedamos en el agradable barrio residencia de Bebington, un día cambiamos el coche por el ferry para tener esta experiencia tan local. De vuelta, tomamos el metro, además en una estación histórica, "James Street", por ser el primer túnel de metro bajo el agua del mundo.

Al otro lado del río vale la pena pasear por Port Sunlight, un experimento del socialismo utópico del siglo XIX, por el que el dueño de la fábrica de jabones "Sunlight Soap"  construyó bonitas casas ajardinadas, escuelas, una iglesia, parques y hasta un excelente museo para que la vida de sus obreros fuera lo más digna posible. Hoy sigue siendo un agradable barrio donde escaparse del ajetreo de la ciudad. El lugar más representativo del nuevo espíritu que tenían algunos empresarios es el Birkenhead Park, también conocido como el parque del pueblo. Abierto en 1847, fue el primer parque diseñado desde el principio para estar abierto a la ciudadanía y financiado por dinero público. La idea de abrir un parque abierto a todas las clases sociales fue una innovación inglesa que luego se fue extendiendo por todo el mundo. Además, sirvió de modelo para construir Central Park en Nueva York.

Los Scousers

Además de su patrimonio, Liverpool cuenta con sus habitantes (los Scousers) gentes extremadamente amables que aman su ciudad y salir a cenar y de fiesta, rituales a los que dedican mucho tiempo para estar listos (sobre todo las mujeres), por lo que aquí existen algunas de las tiendas más grandes del mundo en materia de belleza y perfumería. Me sorprendió encontrar una tienda de Dior con la colección privada de sus perfumes, algo que solo había visto antes en grandes capitales mundiales como París, Tokio o Dubai. Liverpool es un destino de "shopping": no os perdáis la tienda Lush más grande del mundo, con sus tres pisos repletos de productos estupendos, incluidos algunos exclusivos como la bomba de baño "Yellow Submarine". 

Además, de todas las ciudades en las que he visto Eurovisión, esta fue la que más seriamente se tomó el festival, implicándose todo comercio e institución, con la ciudad y los transportes públicos al servicio de los eurofans. Y no por casualidad, ya que como mencioné antes, la ciudad fue la capital del pop mundial durante años. Nada mejor que visitar el Wall of Fame, con un ladrillo por cada artista famoso que ha actuado en directo en The Cavern Pub, el pub donde los Beatles tocaban en directo antes de convertirse en un fenómeno mundial.

Y si queréis ver los orígenes de alguno de los componentes de este famoso caminad por la señorial Hope Street, donde disfrutareis de edificios georgianos, incluyendo el Liverpool Institute of Performing Arts, en el que John Lenon estudió música. Al lado se encuentra el barrio chino más antiguo de Europa, con el arco chino más grande fuera de China.

En la visita no puede faltar la catedral de Liverpool, joya neogótica de Sir Giles Gilbert Scott (que también diseñó las famosos cabinas telefónicas rojas), iglesia más grande del país, así como la catedral anglicana más grande del mundo. Por dentro es sorprendente y además cuenta con una interesante colección de arte religioso contemporáneo. Por cierto, se construyó entre 1904 y 1978, así que de antigua tiene poco. No muy lejos está la moderna catedral católica, para la que su arquitecto se basó en la de Brasilia, del famoso Niemeyer

Pies, guisos y puddings

Y que decir de su gastronomía: hay que empezar con un buen desayuno inglés, al que aquí le añaden black pudding (una morcilla negra de sangre) al resto de habituales: hash brown, huevos, baked beans, bacon, salchichas y champiñones, con su té negro con leche para beber. Un buen sitio para disfrutarlo es en Lucy in the Sky.

Para almorzar, nada mejor que pasar por el histórico café-bar Maggie May´s y pedirse un Scouse (de ahí el nombre de los habitantes de Liverpool). Se trata del guiso más famoso de la ciudad: trozos de res y cordero guisados con patata, zanahoria y cebolla, al que se le hecha por encima col roja fresca o remolacha.

Para cenar, podéis optar por las Philarmonic Dining Rooms, uno de los pubs más bonitos de Inglaterra, donde parece que estés casi en un palacete. Lo mejor es pedirse un Steak & Nicholson´s Pale Ale pie, un maravilloso pastel inglés de masa quebrada relleno de carne de res cocinada en la cerveza Nicholson’s Pale Ale. Este pastel fue ganador de la medalla de oro en los premios British Pie Awards. Viene acompañado de puré de patatas y verduras al vapor, que puedes regar del gravy casero que te sirven, así como de la famosa salsa HP, la salsa marrón  a base de vinagre de malta, aligerado con zumos de frutas y especias, favorita en el Reino Unido.

Si buscáis algo más popular, en Johnny English sirven un fish & chips delicioso, acompañado de mushy peas, como se hace en todo el norte. Se trata de guisantes verdes aplastados tras pasar una noche en remojo en agua de soda.

Para dulces, hay muchas opciones: por ejemplo el sticky toffee pudding, un bizcocho de dátiles cubierto con salsa de toffee y acompañado de helado de vainilla. Aunque si hay algo bien típico es es la tarta Cherry Bakewell, de pasta de hojaldre con mazapán, fundido de harina de almendras, copos de almendras y cerezas confitadas. Otro de los dulces más típicos de la ciudad son las Everton Mints, unos caramelos de menta con toffee dulce en el centro.

Me quedaron muchas cosas por ver, como la Walker Art Gallery, el World Museum, el Museum of Liverpool, el International Slavery Museum o el Western Approaches Museum pero seguro que acabaré volviendo a esta dinámica y agradable ciudad.

Más allá de Liverpool, sus alrededores ofrecen un montón de excursiones chulas: nosotros optamos por pasar un día en Chester.

Chester, preciosidad Tudor envuelta en murallas romanas.

Este regalo de arquitectura Tudor envuelto en murallas romanas constituye una maravillosa excursión para entender mejor Inglaterra. Chester tiene uno de los centros históricos más bonitos del país: un conjunto de edificios Tudor de madera de colores blanco y negros alternados con otros de piedra rosa de estilo victoriano. 

Chester se fundó como fuerte romano, o "castro", que evolucionó hacia el nombre "Chester". La ciudad tuvo el anfiteatro más grande de Britannia, con 7,000 plazas, del que queda poco, tan solo las formas y alguna estructura menor. Era tan grande para servir como símbolo de civilización ante la cercanía del muro que separaba al imperio de los bárbaros. Algunos piensan que aquí también estaría la mesa redonda donde se reunía el Rey Arturo y sus caballeros en la mítica Camelot.

Recorrer las murallas de la ciudad es la mejor manera de hacerse una idea de la ciudad, ya que rodean el centro histórico y nos permitirán tener una buena perspectiva. Se construyeron por los romanos en el año 70 antes de Cristo, y aunque fueron alteradas, se mantuvo su recorrido intacto desde el año 1200. El mejor lugar donde empezar es por las escaleras de la Eastgate, donde además se encuentra el reloj más famoso de Inglaterra (tras el Big Ben): este se construyó para celebrar el jubileo de diamante de la Reina Victoria en 1897. Durante el recorrido, no olvidéis visitar el edificio más antiguo de la ciudad, que es el Bear & Billet, un pub en una típica casona Tudor.

Además de sus famosas murallas, Chester es famosa por The Rows, las galerías comerciales medievales de dos pisos en las casas de madera en las calles Eastgate, Northgate y Bridge. Aunque las tiendas ya son modernas, aún se respira el ajetreo de ciudad comercial que Chester ha tenido desde hace siglos.

Otro edificio estupendo es la catedral de Chester, originalmente una abadía benedictina del siglo XII, cerrada tras la Reforma de Enrique VIII, aunque se reconsagró un año después, en 1541. Esta preciosidad gótica me recordó mucho a Hogwarts. Es maravillosa.

También es agradable pasear por los bordes del río Dee, incluso hay barquitos que hacen un buen recorrido.

No olvidéis comprar algunos quesos Cheshire, densos frescos y deliciosos. The Cheese Shop es un buen sitio para ello. Y para almorzar os recomiendo The Albion Inn: aunque son lentos, este pub tradicional, regentado de manera familiar, ofrece un delicioso Cottage Pie, un pastel al horno hecho de carne de res picada cubierta de patata chafada, queso Cheshire, cebolla, salsa gravy. Buenísimo.


IMPRESCINDIBLE

Comer

Scouse en Maggie May´s

Steak & Nicholson´s Pale Ale pie en las Philarmonic Dining Rooms.

Quesos Cheshire en The Cheese Shop (Chester) .

Canción

Ferry 'Cross teh Mersey de Gerry & the Peacemakers.

dimecres, 19 de juliol del 2023

Copán

Copán

Si uno solo pudiera ir a un lugar de Honduras, debería ser a Copán, sin ninguna duda. O más específicamente a Copán Ruinas, municipio con un alto desarrollo de infraestructuras turísticas, que atrae a miles de visitantes al año por su bellísimo centro arqueológico. Aquí podréis disfrutar de un agradable pueblo colonial centroamericano, restaurantes y cafeterías decentes donde degustar la gastronomía y productos locales, hoteles de estándares internacionales, un parque de aves exóticas rescatadas de traficantes, y, por supuesto, del mejor conjunto escultórico maya del mundo, en el sitio arqueológico maya anexo, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1980.

Eso sí, la llegada a Copán Ruinas es pesada: más de siete horas en coche desde Tegucigalpa, y algo menos de cuatro si lo hacéis desde San Pedro Sula (los dos aeropuertos hondureños más cercanos). Y eso con suerte que la carretera no esté cortada por protestas o no haya atascos. Muchos turistas llegan directamente desde Guatemala, cuya frontera se encuentra a menos de media hora.

El pueblecito, de calles empedradas y casas de tejas rojas es perfectamente caminable. Casi todos los restaurantes y tiendas se encuentran en las calles que salen del Parque Central, aunque hay lugares de interés en los que hace falta coche para llegar, que os cuento enseguida.

Pero antes, consejos para comer y beber en el pueblo: hay varias opciones interesantes. La primera es el Tea & Chocolate Place. Nadie puede pasar por Copán si tomarse un chocolate aquí. Además de servir chocolate a la manera de los mayas, también venden tabletas de varios tipos, infusiones, jabones, productos de belleza y algunos snacks caseros ricos. Disfrutad de vuestra consumición en el maravilloso balcón y sus sofás. Solo abren por las tardes, de 2pm a 6pm. ¡Una pena que tengan un horario tan restringido!

Para comer, La Casa de Todo está muy bien, sirve recetas locales e internacionales, con pollo maya (con salsa de cacao) y pollo con salsa de flor de izote (que solo se usa en esta parte de Honduras) entre otras delicias. También podréis degustar la famosa horchata hondureña (a base de arroz y canela) o la versión que aquí le añaden cacao que está aún más deliciosa.

Finalmente, si preferís algo más europeo, el Café San Rafael ofrece una interesante selección de vinos así como una carta de platos de quesos y de bocadillos tostados con quesos y fiambres. Perfecto para una cena informal entre amigos.

Para dormir, optamos por el Hotel Marina Copán, un maravilloso conjunto de estructuras coloniales con una agradable piscina en medio donde refrescarse tras un día de aventuras y un desayuno aceptable.

Sitio maya de Copán

La razón principal para venir hasta este remoto lugar de Honduras es este sitio patrimonio de la humanidad. A algo menos de un kilómetro del centro del pueblo, se pueden visitar las ruinas de Copán, una ciudad-estado maya fundada por una dinastía llegada de Tikal, y que tuvo 17 reyes hasta que colapsó en el siglo IX debido a una enorme sequía que la dejó sin agua y alimentos suficientes para sus casi 30,000 habitantes. Quedó abandonada y pocos agricultores quedaron viviendo en sus alrededores, cubriéndose los templos y palacios por la selva. Sus ruinas fueron descubiertas en 1570 por Diego García de Palacios, y fijadas en un mapa por Juan Galindo, aunque se se excavaron mucho más tarde por arqueólogos franceses y británicos (en el siglo XIX) así como por expertos de la Universidad de Harvard. Los vestigios de la ciudadela y las imponentes plazas públicas son exponentes de las tres etapas principales de desarrollo de esta ciudad, antes de que fuese abandonada a comienzos del siglo X.

La importancia de esta ciudad-estado maya radica en el hecho de que fue la más importante de la etapa clásica de esta civilización, siendo su capital cultural y una gran potencia económica y militar. De hecho, los historiadores se refieren a la misma como la "Atenas" maya. Las pirámides no son tan majestuosas como las de Tikal, en Guatemala, pero las increíbles esculturas y jeroglíficos que aquí se pueden ver son únicas.

Recomiendo dedicar una mañana o tarde a visitar las ruinas, y otra a visitar su museo de esculturas, para disfrutarlo con más tranquilidad. La visita a las ruinas es muy recomendable hacerla con algún grupo guiado, ya que se aprovechará mucho mejor.

Cuidado en el camino principal pues hay un tramo lleno de chapulines gigantes que vuelan y dan un poco de cosa (saltamontes), aunque son inofensivos. Pero les gusta subirse a las camisetas y pantalones, y son diez veces más grandes que en Europa. También veréis algunos mamíferos salvajes merodeando, como los graciosos e inofensivos tapires.

Los diferentes lugares de la ciudad son maravillosos, desde el complejo palaciego al gran patio de audiencias (o patio de lo jaguares) con estatuas de estos animales, donde se sacrificaba a uno de ellos cada vez que se entronizaba a un nuevo rey. Los templos tienen 17 alturas, una por cada rey, que construía una nueva plataforma encima de los existentes (aunque muchas están ahora enterradas). Es importante ver algunas ilustraciones que recrean la ciudad para hacerse una idea de cómo era, especialmente teniendo en cuenta que el color original de las pirámides era de las pinturas blanca y roja que las cubrían.

Pero la mejor estructura es el impresionante juego de la pelota, con cabezas de guacamayas ejerciendo como postes para marcar puntos en un juego que solo podían usar los codos, la cadera y las rodillas del lado derecho. La pelota era el símbolo del sol, y tenían que lograr que tocara en alguna de las cabezas de piedra de guacamayo de su lado correspondiente. Los guacamayos eran considerados animales sagrados, intermediarios entre el mundo terrenal y el celestial. Hoy, estas aves son símbolo nacional de Honduras. Tras el programa de recuperación, ahora vuelven a volar libremente por las ruinas como en los tiempos de los mayas, lo cual es una maravilla. Ver a estas enormes aves y su bello plumaje rojo atravesar las altas palmeras entre pirámides no tiene precio.

Además del juego de la pelota, justo enfrente se encuentra la famosa escalinata de los jeroglíficos, escultura que resume la historia de la dinastía de reyes de Copán, y conjunto escrito más amplio encontrado de esta civilización. Actualmente se encuentra cubierta por una enorme lona, y los japoneses han prometido invertir en una cubierta que siga protegiéndola de la lluvia pero permita admirarla de mejor manera (quizá transparente).

Finalmente, la Gran Plaza de las Estelas ofrece estatuas de uno de los reyes, Humo Imix, en sus diferentes facetas: sumo sacerdote, general militar, científico... también encontramos altares y hasta una roca para sacrificios humano, con los canales por los que corría la sangre hacia las vasijas ceremoniales del capitán del equipo perdedor en el juego de la pelota. 

Actualmente, equipos de arqueólogos japoneses y también chinos, continúan excavando en los alrededores, ya que hay certezas de que cientos de estructuras, esculturas y artefactos se encuentran aún enterrados en la zona. Es una pena la baja seguridad del lugar, ya que se siguen produciendo robos y saqueos de elementos patrimoniales y tumbas. 

En el museo anexo a las ruinas destaca la réplica del templo de Rosalila, impresionante, y pintada como lo estaba la original, así como decenas de esculturas originales de edificios del lugar que se han resguardado bajo techo aquí para evitar más deterioro por su exposición a la lluvia y el sol. Me llamó mucho la atención una escultura a un funcionario o escriba, que me recordó a las egipcias que he visto en algunos museos. Al final los humanos no somos tan diferentes...

Alrededores de Copán Ruinas

Antes de terminar esta entrada, os recomiendo dos lugares cerca de este pueblo hondureño que también merece la pena visitar:

El primero es el Macaw Mountain Bird Park, una reserva privada para salvar a los guacamayos centroamericanos, así como otras aves tropicales nativas, como los tucanes o los loros. Esta fundación los rescata y entrena para volver a vivir en la jungla. Las van alimentando con frutas tropicales para que luego las busquen. De hecho, en muchos carteles se advierte de no hablar a las aves para evitarles recordar sus traumas con humanos cuando les entrenaban para repetir frases y palabras. 

Muchas se encuentran en enormes jaulas donde pueden volar y recuperarse del trauma de haber vivido sin otras aves o encerradas en pequeñas jaulas, mientras que los más recuperados se crían en libertad y es posible tomarse fotos cerca de ellos. Es una pena porque algunos nunca podrán volver a vivir en libertad, debido a su nulo desarrollo psicológico por haber vivido siempre solos y encerrados. Algunas aves llegan tan estresadas al refugio que incluso no tienen apenas plumas, que se arrancan de la ansiedad. Fue el caso del "Pollo Rey", que ahora está mucho más recuperado, con casi todo su plumaje, aunque nunca podrá volar de nuevo ni vivir en la jungla. También se puede ver un criadero de guacamayos, con incubadoras que muestran a estas aves en sus diferentes fases de crecimiento.

El segundo lugar es la Hacienda San Lucas: enclavada en una colina con preciosas vistas del valle, nada mejor que subir hasta aquí para disfrutar de la puesta de sol desde su terraza con alguno de sus excelentes cócteles de autor como el de sandía. También ofrecen alojamiento, clases de yoga y meditación en una maravillosa pérgola al aire libre rodeada de cortinas blancas así como cenas en el jardín a la luz de las velas. 

Copán Ruinas es, en definitiva, un destino hondureño estupendo al que merece la pena ir aunque sea más complejo de acceder que otros. No os arrepentiréis.

Imprescindible

BEBER

Chocolate como lo hacían los mayas en Tea & Chocolate Place.

Horchata con cacao en La Casa de Todo.

Cóctel de sandía en la Hacienda San Lucas.

COMER

Empanada de plátano macho rellena de frijoles refritos en Tea & Chocolate Place.

Pollo maya con salsa de flor de izote en La Casa de Todo.

divendres, 14 de juliol del 2023

Santiago de Chile

Una ciudad colonial

Santiago de Chile es una ciudad de contrastes, perfecta para pasear, enorme y muy viva. Su gran oferta cultural, con museos, teatros, galerías y librerías atraparán a cualquier urbanita. La arquitectura señorial de muchos de sus barrios, unida a su gastronomía, no tan variada como otras capitales, pero sí de calidad, también ayuda. Y la cordialidad de los chilenos lo acaba de arreglar todo, que siempre llenan las terrazas y cafés de la ciudad con gran jolgorio.

Ya los incas convirtieron este valle en un nudo de comunicaciones del sur de su imperio, pero fue el extremeño Pedro de Valdivia el que, siguiendo órdenes de Pizarro, fundó aquí una ciudad en 1541 bajo el nombre de Santiago del Nuevo Extremo. Es interesante acercarse al cerro de Santa Lucía, actualmente un parque neoclásico con fuentes y escalinatas muy agradables desde el que tener una primer panorámica parcial de la ciudad. Fue en este cerro donde De Valdivia decidió fundar la ciudad, aconsejado por las tribus locales y por la presencia de dos caudalosos ríos.

Bajó del cerro y fundó la población. El centro sigue siendo la parte más antigua y bulliciosa de la ciudad y mantiene la forma colonial de cuadrícula, con la plaza de Armas como núcleo centenario. En ella se encuentra la Catedral Metropolitana, muy elegante, que alberga los corazones en formol de soldados chilenos de la guerra contra el Perú. También está el Museo Histórico Nacional, antigua sede del gobierno colonial, en el que recomiendo subir al reloj para ver las vistas de la plaza y recorrer sus salas que narran la historia de la ciudad desde el siglo XVIII hasta el golpe de Estado de 1973, con las gafas rotas de Allende como último objeto de la exposición. 

De la misma plaza salen rectas calles y amplios bulevares, muchos peatonalizados, jalonados por altos edificios residenciales o de oficinas de finales del XIX y principios de XX, que fueron muy elegantes y ahora están en franca decadencia. Tiendas de ropa barata, locales de comida rápida y alguna cafetería tradicional componen los bajos de estos edificios, concentrándose las tiendas de mayor calidad en las galerías privadas que atraviesan algunos de estos mega edificios y que se cierran por las noches por razones de seguridad. 

Para comer por aquí, recomiendo el histórico Bar Nacional: con sus barras cromadas, personal uniformado y platos típicos chilenos, es como volver a los años 30. Disfruté del tradicional pastel de jaiba, un guiso de cangrejo del Pacífico mezclado con miga de pan, ajo, cebolla, pimientos, vino blanco, especias y mantequilla horneado en cazuelas de barro con una capa de queso derretido por encima. Se acompaña con pan recién horneado y pebre chileno, una salsa casera de tomates frescos, cebolla, ají, cilantro y pimientos. De principal me pedí un caldo gallito, de concentrado de carne con trozos de carne de vacuno y un huevito encima.

Si seguimos paseando por el centro, también debemos visitar un edificio clave de la época imperial: el Palacio de la Moneda. Este edificio neoclásico fue construido en época colonial para acuñar moneda española. Se convirtió en palacio presidencial décadas después de la independencia. Su momento más oscuro fue cuando se bombardeó durante el golpe de Estado de 1973, en el que el presidente Allende se negó a abandonar el poder y fue derrocado poco después de su suicidio en su despacho. Enfrente del palacio hay un monumento en su honor y en muchos árboles de la plaza aún se pueden ver las marcas de las balas testimonio de la batalla que se produjo entre los golpistas y los leales al presidente.

La capital del Chile independiente

Chile declaró su independencia del Imperio español en 1810, lo que inició una guerra que se cerró en 1818 con el final del gobierno colonial. La ciudad siguió creciendo y la modernidad la cambió, convirtiéndose en el nudo ferroviario de la nueva república de Chile. La caída en desgracia de Valparaíso con la apertura del canal de Panamá hizo que Santiago también se convirtiera en la capital financiera del país. La mayoría de altos edificios del centro son de esta época. También el antiguo y elegante palacio del Congreso Nacional, la Biblioteca Nacional o el del Palacio de Justicia. 

Uno de los lugares donde revivir la era de crecimiento de la ciudad es en la barra de la Antigua Fuente, un local de más de 50 años en el que disfrutar de un sanguche completo: carne de cerdo desmechada, queso suizo, sauerkraut, salsa de tomate y mucha mayonesa en pan casero. Y luego acudir a alguna de las pastelerías cercanas y disfrutar de un trozo de torta de almendras y manjar.

A principios de siglo XX, miles de agricultores llegaban a la ciudad Buscando fortuna mientras las clases adineradas se alejaban del centro hacia las zonas residenciales del este, que aún hoy son las más caras de Santiago. Tras la II Guerra Mundial se aceleró la industrialización de la ciudad y surgieron asentamientos informales por doquier.

Uno de los barrios populares de la época es Lastarria: un barrio bohemio y fiestero maravilloso con casas bajas y calles más estrechas, a los pies del cerro de Santa Lucía, con interesantes bares y restaurantes, como el Liguria. En este bar, también bistró, me comí el mejor sanguche de pescado del mundo. Si coméis en la barra os hacen un 20% de descuento.

Muchas de estas clases depauperadas votaron al primer candidato marxista de la historia de Chile, Salvador Allende, que ganó las elecciones con su promesa de traer el socialismo de forma pacífica. Pero el golpe de Estado en 1973 lo depuso y el general golpista Augusto Pinochet ocupó el poder de forma sanguinaria, ejecutando y torturando a todo sospechoso de no apoyarle. Además, instaló un sistema de neoliberalismo, ensayando las teorías más radicales de los economistas de la Escuela de Chicago, que ahondaron las desigualdades en el país. 

Para comprender mejor estos años negros de Chile, me dirigí al Barrio Brasil, donde se encuentra el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, un moderno edificio donde se exponen testimonios y documentos sobre las atroces violaciones de los derechos humanos cometidas por el pinochetismo de 1973 a 1990. Es terrible ver los dibujos que hicieron muchos de los hijos traumatizados de los torturados y asesinados. Asimismo, hay un pequeño espacio de memoria con las fotos de los miles de desaparecidos aún a día de hoy.

Miles de manifestaciones forzaron al dictador a dejar el poder el 1990 cuando las primeras elecciones libres en décadas dieron el poder a Patricio Aylwin. Pese a la restauración de la democracia, el neoliberalismo ha seguido incrementando la desigualdad en Chile. El 1% de los chilenos poseen la mitad de la riqueza del país. Esto llevó a constantes huelgas estudiantiles y obreras que desembocaron en el conocido estallido social del año 2019 que acabó con unas elecciones donde ganó el izquierdista Gabriel Boric, uno de los presidentes más jóvenes del mundo, con la promesa de traer una Constitución de progreso que cerrara las desigualdades presentes.

Aún hoy la inseguridad cunde en Santiago Centro y se siguen viendo de noche decenas de papeleras en llamas, paradas de autobús destrozadas o cientos de comercios protegidos con planchas metálicas y rejas: las vitrinas son rarísimas por aquí ya que suelen ser destrozadas. Los únicos barrios con una cierta normalidad son los del noroeste de la ciudad.

Santiago Vitacura y Las Condes

Mientras tanto, la economía chilena ha seguido creciendo: apartamentos supermodernos han ido apareciendo, nuevas líneas de metro e incluso el rascacielos más alto de Sudamérica: el Costanera Center. Santiago Vitacura es el barrio de los rascacielos brillantes, los centros comerciales a la última y la seguridad. La calle comercial más exclusiva de la ciudad está aquí: la avenida Alonso de Córdova. Muchos se refieren a esta zona como Sanhattan, por ser el distrito financiero del país, con el Costanera Center como núcleo del mismo al que os recomiendo subir para disfrutar de la ciudad y los Andes que la rodean, sobre todo en un día soleado. También es muy agradable dar un paseo por el Parque Bicentenario, perfecto para las mejores vistas de Sanhattan o para disfrutar del río Mapocho.

La falta de personalidad de estos barrios se compensa con sus buenas tiendas y restaurantes, empezando por Boragó, el restaurante del chef Rodolfo Guzmán, que lleva años en la lista de los 50 mejores restaurantes del mundo (este año ha alcanzado la posición 29). Minimalista en su decoración, el foco está en la comida y sus originales platos. Sin levantaros de la mesa, viviréis una aventura culinaria desde el desierto de Atacama hasta la Patagonia, perfecta par aquellos sin tiempo para recorrer este maravilloso país. Los más variados ingredientes chilenos son preparados de forma ingeniosa y presentados de forma magistral. El menú que cambia según las estaciones y los ingredientes disponibles, todos nativos de Chile y muchos usados por primera vez, gracias a los experimentos del chef. Perfecto para descubrir tesoros vegetales (sobre todo) y animales de Chile. Yo mariné el menú con jugos caseros espectaculares (también está la opción de vinos chilenos). Todo de Diez, además no sales hinchado.

Además, también hay otros establecimientos como la renovada Confitería Torres, otro lugar centenario con recetas clásicas que sorprenden por su toque moderno, donde poder disfrutar de clásicos como el pastel de choclo, hecho de pasta de maíz dulce mezclada con pollo desmechado, pasas, aceitunas negras, cebolla y huevo duro. Otro restaurante a la última es El Toro, donde la música moderna y los cócteles se acompañan de delicioso ceviche mixto o maravillosos ostiones a la parmesana.

Como siempre, me dejé muchísimas cosas pendientes, pero volveré seguro, ya que Chile tiene joyas que no puedo perderme: desde la Patagonia hasta la isla de Pascua; del desierto de Atacama a las iglesias de Chiloé. En cualquier caso, no os aburriréis en la capital de los chilenos: es una ciudad muy desigual, pero fascinante en cualquier caso.


IMPRESCINDIBLE

Comer: Sanguche en la Antigua Fuente o en Liguria.

             Pastel de choclo en la Confitería Torres.

             Pastel de jaiba en el Bar Nacional.


Libro: La Casa de los espíritus de Isabel Allende.


Película: NO de Pablo Larraín.