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diumenge, 3 de setembre del 2023

Quebec

La región más francófona de Canadá 

Siempre tuve un interés en Quebec, sobre todo cuando estudiaba sus dos referéndums de independencia. Así que no costó convencerme para descubrir un poco de esta fascinante región canadiense. Se trata de un país dentro de un país, mezcla de lo norteamericano y lo europeo.

Aterricé en Montreal, su gran ciudad y única ciudad bilingüe “de facto” de las Américas. Lo cierto es que sus habitantes suelen ser trilingües, puesto que además de inglés y francés, también hablan sus lenguas maternas, haciendo de esta una de las ciudades más cosmopolitas del mundo.

Montreal se fundó en 1642 por Paul de Chomedey de Maisonneuve con el nombre de Ciudad María. Este francés llegó a través del río San Lorenzo en un barco lleno de misioneros franceses católicos. Podéis ver una estatua suya en la Plaza de Armas, rodeada de la basílica de Notre-Dame, el antiguo Banco de Inglaterra o el primer rascacielos de la ciudad.

En estas tierras vivían pueblos como los iroqueses, que fueron poco a poco expulsados por colonos franceses, que empezaron a enriquecerse con agricultura, maderas y sobre todo, con las pieles. 

La ciudad pasó a llamarse Montreal en 1705, adoptando el nombre del monte que la preside: el Mount Royal. Por cierto, interesante actividad una mañana en la ciudad es pegarse una buena caminata y subir hasta su cima, para disfrutar de un maravilloso bosque urbano y culminar con unas bonitas vistas de la ciudad y el caudaloso río San Lorenzo. Por cierto, este bosque urbano fue diseñado por Frederick Law Olmsted, el mismo que diseñó el Central Park de Nueva York.

En 1763 Francia tuvo que ceder sus territorios norteamericanos al Reino Unido, que se convirtió en nueva potencia. Pero los miles de colonos nunca dejaron de hablar francés hasta hoy. Aún así, la independencia de los Estados Unidos de América poco después atrajo a Montreal a miles de realistas británicos que inundaron la ciudad de anglófonos protestantes, creando tensiones con los francófonos católicos. En a misma plaza de Armas se pueden ver dos simpáticas estatuas que resumen la historia del país: un caballero inglés mira con sorna hacia la basílica (los anglocanadienses siempre se han burlado de la religiosidad de los francocanadienses)  con un bull dog en brazos que mira, sin embargo, a un caniche francés sujetado por una dama francesa que se burla del edificio del Banco de Inglaterra (los francocanadienses nunca han entendido la obsesión por el dinero de los primeros). Los perros simbolizarían a los descendientes de ambos tipos de colonos, deseando entenderse, la voluntad de Canadá de vivir todos juntos, después de todo.

La construcción del canal Rideau, que conectó el río con el lago Ontario, así como el despliegue del ferrocarril, hicieron que la ciudad creciera mucho durante el siglo XIX. En la plaza de Armas, también está la basílica de Notre Dame de Montreal, una maravilla neogótica del siglo XIX de una belleza difícil de describir, símbolo de la opulencia de la época. Vale mucho la pena que paguéis la entrada para verla.

A principios del siglo XX, miles de estadounidenses cruzaban a la ciudad para poder disfrutar de sus bares y clubes, ya que en Estados Unidos se promulgó la Ley Seca. La ciudad continúa siendo muy animada, con alegres bares y terrazas en barrios como Le Plateau o el Quartier Latin, donde mejor que en ningún otro lugar se puede ver la mezcla de eficiencia anglosajona con el joie de vivre francés. El hecho de que la ciudad tenga un alto porcentaje de población joven también ayuda.

Las callejuelas del Viejo Montreal son muy agradables para pasear o tomarse un café, y disfrutar de estatuas tan peculiares como la de Les Chuchoteuses (las murmuradoras). Asimismo, a los bordes del río, el puerto viejo ha sido recuperado como parque y zona de ocio con muelles muy agradables así como el museo de historia de la ciudad al recomiendo acceder a la azotea (es gratuita) para disfrutar de las vistas de esta parte de la ciudad.

Montreal tuvo un alcalde que la cambió de arriba abajo: Jean Drapeau gobernó la ciudad 29 años durante los que se construyó la red de metro y la ciudad acogió dos grandes eventos mundiales: la Expo de 1967 y las Olimpiadas de 1976, y esto se puede ver en su impresionante estadio olímpico o en los pabellones reutilizados de las islas de Sainte-Hélène y Notre-Dame, como por ejemplo el antiguo pabellón de Estados Unidos, una enorme esfera metálica ahora reconvertida en el Museo de la Biosfera de la ciudad.

Comer en Montreal

Para comer local, empezad desayunando una bagel local en St. Viateur (hecha a mano, fina, cocida en horno de leña y más densa y dulce que las neoyorquinas). Son las más famosas y están fenomenal, siendo el horno más antiguo de la ciudad. Las rellenan de muchas cosas, el roast-beef es una buena opción. Si preferís algo más francófono, las chocolatines (pains au chocolat de toda la vida) de Olive et Gourmando son de diez.

Tampoco podemos olvidar a la gran comunidad judía de la ciudad: comeos un sándwich de carne ahumada acompañado de un pepinillo en vinagre en Schwartz´s Deli, la charcutería hebrea más famosa de Montreal, donde tienen fotos de visitas de vecinas tan icónicas como Céline Dion.

Y el plato estrella: poutine. Son patatas fritas con trozos de queso local cubiertos de gravy caliente que lo reblandecen todo y que se popularizó en los años 50. Ahora es un snack común para acompañar comidas aunque lo mejor es tomárselo tras una noche de fiesta para absorber bien el alcohol del cuerpo. Poutineville es un buen sitio para probar las diferentes variedades.

Si uno busca buenos ingredientes, dirigíos a la Petite Italie, al mercado Jean Talón, con puestos que venden la mejor fruta quebequesa, quesos regionales, todo tipo de productos con sirope de arce, carnes, pescados… de hecho hay un puesto de ostras espectacular, que te las sirven también en el momento (“La Boîte aux Huitres”) además de otros puestos como el de galettes bretonas.

Y para ver que se cuece en los mejores fogones quebequeses, “Toqué!” es una buena opción, sobre todo su menú almuerzo, mucho más accesible que las cenas. El chef utiliza ingredientes quebequeses con un toque contemporáneo, como el pez mantequilla con puré de arándanos o el vacuno angus con frambuesas lacto-fermentadas.

Aunque para adentrarse en el multiculturalismo de la ciudad, podéis explorar algunos restaurantes étnicos de Le Plateau como “Khyber Pass”, el primer restaurante afgano en el que he estado en mi vida. Decorado con objetos típicos, aquí sirven un menú que empieza con sopa de lentejas rojas y cilantro, borani de calabaza (una receta con tomates naturales que está de cine), brochetas de cordero y ternera con tres arroces y ensalada afgana, y de postre: pudding de rosas con pistachos. 


La capital quebequesa

Tras un trayecto en tren llegamos a Quebec ciudad, la capital de la provincia, y el corazón de la francofonía canadiense. Como buenos politólogos, lo primero que hicimos fue visitar la elegante sede de su Parlamento Nacional, estilo Segundo Imperio, con la preciosa sala de plenos y las bonitas salas de comisiones. También explican la historia de su bandera, la “fleurdelisé”, adoptada en 1948; o la plena oficialidad del francés, consolidada en 1974. O los intentos de independizarse del Québec, con sendos referéndums que ganaron los unionistas por la mínima.

Aunque lo cierto es que Quebec estaba originalmente habitado por las “primeras naciones”, como por ejemplo los inuit, que tienen una estatua muy curiosa en los jardines del parlamento, con su lengua escrita, alfabeto adoptado recientemente, que me recordó al de los alienígenas.

La cosa es que en 1534, Jacques Cartier quiso emular a Colón y buscar una ruta a China y la India para el rey de Francia. Tras dejar Saint-Malo, se encontró con estas tierras, que fueron luego colonizadas por Champlain, fundador de la ciudad de Quebec. Por cierto, “Kebec” es una palabra del pueblo Algonquino, que significa “donde el río se estrecha” por ser en esta parte del río San Lorenzo donde se fundó. Los franceses fortificaron la ciudad (es muy agradable pasear por sus murallas actualmente que aún rodean su casco antiguo) pero aún así, el Reino Unido la tomó en 1759 tras la batalla de los llanos de Abraham, a las afueras de la ciudad, donde aún hoy los juegos de guerras entre amigos son populares.

De la época francesa es imprescindible hacer un recorrido por el Vieux Québec, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985 por ser la única ciudad de América del Norte que ha conservado intacta su muralla. La Ciudad Alta, edificada en la cima del acantilado, es aún el centro religioso y administrativo y posee numerosas iglesias, conventos y otros monumentos como el reducto Dauphine, la ciudadela y el castillo Frontenac. Junto con los barrios viejos de la Ciudad Baja, forma un conjunto urbano que es un excelente ejemplo una ciudad colonial fortificada. No por casualidad, sus callejuelas y casitas recuerdan a los pueblos bretones de la costa (la mayoría de los primeros colonizadores fueron bretones).

Del Viejo Quebec me impresionó especialmente el campus de la Université de Laval o las iglesias transformadas en bibliotecas o centros culturales, como la Maison de la Littérature o la Bibliothèque Claire-Martin. Pero si hay un símbolo de la ciudad es el gigantesco chateau Frontenac, inaugurado en 1893 como un hotel de lujo de la Canadian Pacific Railway. Aquí se han alojado reinas, presidentes y famosos de todo tipo. Sus salones vieron nacer a la FAO. Y aún hoy se respira la grandeza del lugar, y su perfil domina el agradable paseo entablado elevado junto al río: la terrasse Dufferin.

Y respecto a las comidas: una tradicional cena quebequesa se puede disfrutar en “La Buche” con orejas de cerdo fritas en salsa de remolacha local, trucha ahumada en madera de arce, carne de alce salvaje o la famosa Tourtière, un contundente pastel de carne de venado, vacuno y cerdo. Y de postre, pastel de sirope de arce o el delicioso pudin de chômeur (un bizcocho bañado en sirope muy contundente creado en los años de la Gran Depresión). 

Para un buen brunch local: el café bistro “Au Bonet d´âne” es estupendo, con raciones enormes. Podéis pedir las tradicionales fèves au lard, habichuelas cocinadas con trozos de beicon y sirope de arce, acompañadas de pain doré, una torrija de toda la vida vamos, tortilla y patatas salteadas, con una tarte au sucre de postre.

Finalmente, para comprar recuerdos o comer algo más sano, con ensaladas locales, en el "comptoir" de Chez Boulay tienen siropes de arce envejecidos o con sabores de ingredientes “boreales” o helado de pino buenísimos. 

El consejo es que reservéis con antelación, ya que nos costó horrores encontrar mesas en la ciudad, una noche acabamos de casualidad en una excelente crepería bretona, porque todas nuestras opciones estaban llenas.

Chute Montmorency

Finalmente, hicimos una pequeña excursión a la famosa cascada Montmorency, más alta que las del Niágara (aunque con mucha menos agua, claro). El recorrido por la montaña, cruzando el puente encima, y luego descendiendo y viéndola de cerca (y mojándote bastante) es muy agradable para pasar una mañana de naturaleza y disfrutar de las maravillas del paisaje quebequés.

Si se está muy cansado se puede tomar un teleférico de vuelta a lo alto de la montaña, de donde llegan y salen los buses a la ciudad.

En definitiva, Quebec es un destino perfecto para unos días, porque tiene grandes ciudades a nivel global, gastronomía cosmopolita y gentes muy amables. Si vuelvo, dedicaré más tiempo a sus maravillas naturales, porque les dediqué poco tiempo y me consta que hay muchas impresionantes. Además, me gustaría ver el fabuloso hotel de hielo que abre durante los meses de invierno o experimentar la primavera con la recolección del sirope de arce y las visitas a las famosas "cabanes au sucre".


IMPRESCINDIBLE


Comer

Poutine en Poutineville 

Bagel Montreal-style en St. Viateur

Tourtière en La Buche 

Fèves au lard en Au Bonet d´âne


Canción

Ne partez pas sans moi - Céline Dion


Libro

Menaud, maître draveur - Félix-Antoine Savard

dimarts, 8 d’agost del 2023

Liverpool y Chester

En la segunda ciudad del Imperio Británico

Fui a Liverpool por casualidad, porque allí se celebraba Eurovisión 2023. Sin embargo, y gracias a que una amiga se crio allí, pude descubrir una ciudad maravillosa, mucho más interesante de lo que esperaba inicialmente. Liverpool fue la segunda ciudad más importante del Imperio Británico y uno de los centros de la revolución industrial que cambió a la humanidad para siempre.

En efecto, Liverpool se enriqueció de forma masiva con el comercio triangular de esclavos de África, materias primas de América y productos manufacturados en Inglaterra. Los barcos salían del puerto cargados de productos ingleses (muebles, tejidos, vajillas, maquinaria...), que se vendían en África del Oeste, donde los barcos se cargaban de esclavos, que se llevaban hasta las colonias americanas del Caribe y Norteamérica, donde se vendían, cargándose de nuevo los barcos con ron, azúcar, tabaco y algodón, que se llevaba de vuelta a Liverpool. El 40% de los bienes del mundo pasaban por el puerto de Liverpool. 

Este masivo movimiento de mercancías y personas hizo que el potente puerto atrajo a inmigrantes de toda Gran Bretaña e Irlanda, y además, sirvió de salida para migrantes escandinavos y rusos hacia el Nuevo Mundo. Uno de los lugares donde respirar esta historia portuaria es el Albert Dock, un muelle rodeado de almacenes de ladrillo y hierro de cinco pisos reconvertidos en una zona museística y de ocio. La importancia del muelle radica en que por primera vez se podían trasladar bienes del almacén al barco directamente, mejorando la logística portuaria e iniciando los sistemas de gestión logística contemporáneos. Por ello, el puerto de la ciudad fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por ser testimonio de la historia del desarrollo de uno de los centros más importantes del comercio marítimo mundial en los siglos XVIII y XIX. 

La Segunda Guerra Mundial aumentó más aún la importancia de la ciudad, con más de un millón de soldados estadounidenses desembarcando aquí. Estos trajeron a la ciudad los ritmos de los Estados Unidos, como el blues y el rock and roll, y pronto Liverpool se convirtió en la capital mundial de un nuevo género: el pop. Tras la grave crisis de desindustrialización de los años 70, la ciudad entró en una gran decadencia pero gracias a programas europeos de regeneración de su centro urbano durante el siglo XXI, Liverpool resurgió como una de las ciudades más agradables del norte de Inglaterra. 

Por ejemplo, ahora los almacenes del puerto son museos, destacando el Tate Liverpool, antena de la Tate de Londres, donde se encuentran obras de algunos de los artistas más famosos del siglo XX, aunque muy pequeño para mi gusto. Además del Albert Dock, la UNESCO también incluyó bajo su protección un gran número de importantes edificios comerciales, civiles y públicos, especialmente los del sector de St. George’s Plateau, destacando el Royal Liver Building, uno de los tres rascacielos eduardianos de la fachada marítima (conocidos como las "Tres Gracias"). Vale la pena hacer el tour que nos llevará desde su construcción hasta lo más alto, visitando sus terrazas, disfrutando de las vistas de la ciudad, puerto y río, y de la torre del reloj por dentro, viendo de cerca el dragón metálico "Liver Bird" símbolo de la ciudad. Además, su enorme reloj es el más grande del país: más que el Big Ben.

Pioneros en muchas cosas

Una forma agradable de disfrutar del curioso skyline de la ciudad es cruzar el río Mersey en su famoso ferry. Tan famoso es que la banda Gerry & the Peacemakers le dedicaron la canción "Ferry 'Cross teh Mersey". Como nosotros nos quedamos en el agradable barrio residencia de Bebington, un día cambiamos el coche por el ferry para tener esta experiencia tan local. De vuelta, tomamos el metro, además en una estación histórica, "James Street", por ser el primer túnel de metro bajo el agua del mundo.

Al otro lado del río vale la pena pasear por Port Sunlight, un experimento del socialismo utópico del siglo XIX, por el que el dueño de la fábrica de jabones "Sunlight Soap"  construyó bonitas casas ajardinadas, escuelas, una iglesia, parques y hasta un excelente museo para que la vida de sus obreros fuera lo más digna posible. Hoy sigue siendo un agradable barrio donde escaparse del ajetreo de la ciudad. El lugar más representativo del nuevo espíritu que tenían algunos empresarios es el Birkenhead Park, también conocido como el parque del pueblo. Abierto en 1847, fue el primer parque diseñado desde el principio para estar abierto a la ciudadanía y financiado por dinero público. La idea de abrir un parque abierto a todas las clases sociales fue una innovación inglesa que luego se fue extendiendo por todo el mundo. Además, sirvió de modelo para construir Central Park en Nueva York.

Los Scousers

Además de su patrimonio, Liverpool cuenta con sus habitantes (los Scousers) gentes extremadamente amables que aman su ciudad y salir a cenar y de fiesta, rituales a los que dedican mucho tiempo para estar listos (sobre todo las mujeres), por lo que aquí existen algunas de las tiendas más grandes del mundo en materia de belleza y perfumería. Me sorprendió encontrar una tienda de Dior con la colección privada de sus perfumes, algo que solo había visto antes en grandes capitales mundiales como París, Tokio o Dubai. Liverpool es un destino de "shopping": no os perdáis la tienda Lush más grande del mundo, con sus tres pisos repletos de productos estupendos, incluidos algunos exclusivos como la bomba de baño "Yellow Submarine". 

Además, de todas las ciudades en las que he visto Eurovisión, esta fue la que más seriamente se tomó el festival, implicándose todo comercio e institución, con la ciudad y los transportes públicos al servicio de los eurofans. Y no por casualidad, ya que como mencioné antes, la ciudad fue la capital del pop mundial durante años. Nada mejor que visitar el Wall of Fame, con un ladrillo por cada artista famoso que ha actuado en directo en The Cavern Pub, el pub donde los Beatles tocaban en directo antes de convertirse en un fenómeno mundial.

Y si queréis ver los orígenes de alguno de los componentes de este famoso caminad por la señorial Hope Street, donde disfrutareis de edificios georgianos, incluyendo el Liverpool Institute of Performing Arts, en el que John Lenon estudió música. Al lado se encuentra el barrio chino más antiguo de Europa, con el arco chino más grande fuera de China.

En la visita no puede faltar la catedral de Liverpool, joya neogótica de Sir Giles Gilbert Scott (que también diseñó las famosos cabinas telefónicas rojas), iglesia más grande del país, así como la catedral anglicana más grande del mundo. Por dentro es sorprendente y además cuenta con una interesante colección de arte religioso contemporáneo. Por cierto, se construyó entre 1904 y 1978, así que de antigua tiene poco. No muy lejos está la moderna catedral católica, para la que su arquitecto se basó en la de Brasilia, del famoso Niemeyer

Pies, guisos y puddings

Y que decir de su gastronomía: hay que empezar con un buen desayuno inglés, al que aquí le añaden black pudding (una morcilla negra de sangre) al resto de habituales: hash brown, huevos, baked beans, bacon, salchichas y champiñones, con su té negro con leche para beber. Un buen sitio para disfrutarlo es en Lucy in the Sky.

Para almorzar, nada mejor que pasar por el histórico café-bar Maggie May´s y pedirse un Scouse (de ahí el nombre de los habitantes de Liverpool). Se trata del guiso más famoso de la ciudad: trozos de res y cordero guisados con patata, zanahoria y cebolla, al que se le hecha por encima col roja fresca o remolacha.

Para cenar, podéis optar por las Philarmonic Dining Rooms, uno de los pubs más bonitos de Inglaterra, donde parece que estés casi en un palacete. Lo mejor es pedirse un Steak & Nicholson´s Pale Ale pie, un maravilloso pastel inglés de masa quebrada relleno de carne de res cocinada en la cerveza Nicholson’s Pale Ale. Este pastel fue ganador de la medalla de oro en los premios British Pie Awards. Viene acompañado de puré de patatas y verduras al vapor, que puedes regar del gravy casero que te sirven, así como de la famosa salsa HP, la salsa marrón  a base de vinagre de malta, aligerado con zumos de frutas y especias, favorita en el Reino Unido.

Si buscáis algo más popular, en Johnny English sirven un fish & chips delicioso, acompañado de mushy peas, como se hace en todo el norte. Se trata de guisantes verdes aplastados tras pasar una noche en remojo en agua de soda.

Para dulces, hay muchas opciones: por ejemplo el sticky toffee pudding, un bizcocho de dátiles cubierto con salsa de toffee y acompañado de helado de vainilla. Aunque si hay algo bien típico es es la tarta Cherry Bakewell, de pasta de hojaldre con mazapán, fundido de harina de almendras, copos de almendras y cerezas confitadas. Otro de los dulces más típicos de la ciudad son las Everton Mints, unos caramelos de menta con toffee dulce en el centro.

Me quedaron muchas cosas por ver, como la Walker Art Gallery, el World Museum, el Museum of Liverpool, el International Slavery Museum o el Western Approaches Museum pero seguro que acabaré volviendo a esta dinámica y agradable ciudad.

Más allá de Liverpool, sus alrededores ofrecen un montón de excursiones chulas: nosotros optamos por pasar un día en Chester.

Chester, preciosidad Tudor envuelta en murallas romanas.

Este regalo de arquitectura Tudor envuelto en murallas romanas constituye una maravillosa excursión para entender mejor Inglaterra. Chester tiene uno de los centros históricos más bonitos del país: un conjunto de edificios Tudor de madera de colores blanco y negros alternados con otros de piedra rosa de estilo victoriano. 

Chester se fundó como fuerte romano, o "castro", que evolucionó hacia el nombre "Chester". La ciudad tuvo el anfiteatro más grande de Britannia, con 7,000 plazas, del que queda poco, tan solo las formas y alguna estructura menor. Era tan grande para servir como símbolo de civilización ante la cercanía del muro que separaba al imperio de los bárbaros. Algunos piensan que aquí también estaría la mesa redonda donde se reunía el Rey Arturo y sus caballeros en la mítica Camelot.

Recorrer las murallas de la ciudad es la mejor manera de hacerse una idea de la ciudad, ya que rodean el centro histórico y nos permitirán tener una buena perspectiva. Se construyeron por los romanos en el año 70 antes de Cristo, y aunque fueron alteradas, se mantuvo su recorrido intacto desde el año 1200. El mejor lugar donde empezar es por las escaleras de la Eastgate, donde además se encuentra el reloj más famoso de Inglaterra (tras el Big Ben): este se construyó para celebrar el jubileo de diamante de la Reina Victoria en 1897. Durante el recorrido, no olvidéis visitar el edificio más antiguo de la ciudad, que es el Bear & Billet, un pub en una típica casona Tudor.

Además de sus famosas murallas, Chester es famosa por The Rows, las galerías comerciales medievales de dos pisos en las casas de madera en las calles Eastgate, Northgate y Bridge. Aunque las tiendas ya son modernas, aún se respira el ajetreo de ciudad comercial que Chester ha tenido desde hace siglos.

Otro edificio estupendo es la catedral de Chester, originalmente una abadía benedictina del siglo XII, cerrada tras la Reforma de Enrique VIII, aunque se reconsagró un año después, en 1541. Esta preciosidad gótica me recordó mucho a Hogwarts. Es maravillosa.

También es agradable pasear por los bordes del río Dee, incluso hay barquitos que hacen un buen recorrido.

No olvidéis comprar algunos quesos Cheshire, densos frescos y deliciosos. The Cheese Shop es un buen sitio para ello. Y para almorzar os recomiendo The Albion Inn: aunque son lentos, este pub tradicional, regentado de manera familiar, ofrece un delicioso Cottage Pie, un pastel al horno hecho de carne de res picada cubierta de patata chafada, queso Cheshire, cebolla, salsa gravy. Buenísimo.


IMPRESCINDIBLE

Comer

Scouse en Maggie May´s

Steak & Nicholson´s Pale Ale pie en las Philarmonic Dining Rooms.

Quesos Cheshire en The Cheese Shop (Chester) .

Canción

Ferry 'Cross teh Mersey de Gerry & the Peacemakers.

dimecres, 19 de juliol del 2023

Copán

Copán

Si uno solo pudiera ir a un lugar de Honduras, debería ser a Copán, sin ninguna duda. O más específicamente a Copán Ruinas, municipio con un alto desarrollo de infraestructuras turísticas, que atrae a miles de visitantes al año por su bellísimo centro arqueológico. Aquí podréis disfrutar de un agradable pueblo colonial centroamericano, restaurantes y cafeterías decentes donde degustar la gastronomía y productos locales, hoteles de estándares internacionales, un parque de aves exóticas rescatadas de traficantes, y, por supuesto, del mejor conjunto escultórico maya del mundo, en el sitio arqueológico maya anexo, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1980.

Eso sí, la llegada a Copán Ruinas es pesada: más de siete horas en coche desde Tegucigalpa, y algo menos de cuatro si lo hacéis desde San Pedro Sula (los dos aeropuertos hondureños más cercanos). Y eso con suerte que la carretera no esté cortada por protestas o no haya atascos. Muchos turistas llegan directamente desde Guatemala, cuya frontera se encuentra a menos de media hora.

El pueblecito, de calles empedradas y casas de tejas rojas es perfectamente caminable. Casi todos los restaurantes y tiendas se encuentran en las calles que salen del Parque Central, aunque hay lugares de interés en los que hace falta coche para llegar, que os cuento enseguida.

Pero antes, consejos para comer y beber en el pueblo: hay varias opciones interesantes. La primera es el Tea & Chocolate Place. Nadie puede pasar por Copán si tomarse un chocolate aquí. Además de servir chocolate a la manera de los mayas, también venden tabletas de varios tipos, infusiones, jabones, productos de belleza y algunos snacks caseros ricos. Disfrutad de vuestra consumición en el maravilloso balcón y sus sofás. Solo abren por las tardes, de 2pm a 6pm. ¡Una pena que tengan un horario tan restringido!

Para comer, La Casa de Todo está muy bien, sirve recetas locales e internacionales, con pollo maya (con salsa de cacao) y pollo con salsa de flor de izote (que solo se usa en esta parte de Honduras) entre otras delicias. También podréis degustar la famosa horchata hondureña (a base de arroz y canela) o la versión que aquí le añaden cacao que está aún más deliciosa.

Finalmente, si preferís algo más europeo, el Café San Rafael ofrece una interesante selección de vinos así como una carta de platos de quesos y de bocadillos tostados con quesos y fiambres. Perfecto para una cena informal entre amigos.

Para dormir, optamos por el Hotel Marina Copán, un maravilloso conjunto de estructuras coloniales con una agradable piscina en medio donde refrescarse tras un día de aventuras y un desayuno aceptable.

Sitio maya de Copán

La razón principal para venir hasta este remoto lugar de Honduras es este sitio patrimonio de la humanidad. A algo menos de un kilómetro del centro del pueblo, se pueden visitar las ruinas de Copán, una ciudad-estado maya fundada por una dinastía llegada de Tikal, y que tuvo 17 reyes hasta que colapsó en el siglo IX debido a una enorme sequía que la dejó sin agua y alimentos suficientes para sus casi 30,000 habitantes. Quedó abandonada y pocos agricultores quedaron viviendo en sus alrededores, cubriéndose los templos y palacios por la selva. Sus ruinas fueron descubiertas en 1570 por Diego García de Palacios, y fijadas en un mapa por Juan Galindo, aunque se se excavaron mucho más tarde por arqueólogos franceses y británicos (en el siglo XIX) así como por expertos de la Universidad de Harvard. Los vestigios de la ciudadela y las imponentes plazas públicas son exponentes de las tres etapas principales de desarrollo de esta ciudad, antes de que fuese abandonada a comienzos del siglo X.

La importancia de esta ciudad-estado maya radica en el hecho de que fue la más importante de la etapa clásica de esta civilización, siendo su capital cultural y una gran potencia económica y militar. De hecho, los historiadores se refieren a la misma como la "Atenas" maya. Las pirámides no son tan majestuosas como las de Tikal, en Guatemala, pero las increíbles esculturas y jeroglíficos que aquí se pueden ver son únicas.

Recomiendo dedicar una mañana o tarde a visitar las ruinas, y otra a visitar su museo de esculturas, para disfrutarlo con más tranquilidad. La visita a las ruinas es muy recomendable hacerla con algún grupo guiado, ya que se aprovechará mucho mejor.

Cuidado en el camino principal pues hay un tramo lleno de chapulines gigantes que vuelan y dan un poco de cosa (saltamontes), aunque son inofensivos. Pero les gusta subirse a las camisetas y pantalones, y son diez veces más grandes que en Europa. También veréis algunos mamíferos salvajes merodeando, como los graciosos e inofensivos tapires.

Los diferentes lugares de la ciudad son maravillosos, desde el complejo palaciego al gran patio de audiencias (o patio de lo jaguares) con estatuas de estos animales, donde se sacrificaba a uno de ellos cada vez que se entronizaba a un nuevo rey. Los templos tienen 17 alturas, una por cada rey, que construía una nueva plataforma encima de los existentes (aunque muchas están ahora enterradas). Es importante ver algunas ilustraciones que recrean la ciudad para hacerse una idea de cómo era, especialmente teniendo en cuenta que el color original de las pirámides era de las pinturas blanca y roja que las cubrían.

Pero la mejor estructura es el impresionante juego de la pelota, con cabezas de guacamayas ejerciendo como postes para marcar puntos en un juego que solo podían usar los codos, la cadera y las rodillas del lado derecho. La pelota era el símbolo del sol, y tenían que lograr que tocara en alguna de las cabezas de piedra de guacamayo de su lado correspondiente. Los guacamayos eran considerados animales sagrados, intermediarios entre el mundo terrenal y el celestial. Hoy, estas aves son símbolo nacional de Honduras. Tras el programa de recuperación, ahora vuelven a volar libremente por las ruinas como en los tiempos de los mayas, lo cual es una maravilla. Ver a estas enormes aves y su bello plumaje rojo atravesar las altas palmeras entre pirámides no tiene precio.

Además del juego de la pelota, justo enfrente se encuentra la famosa escalinata de los jeroglíficos, escultura que resume la historia de la dinastía de reyes de Copán, y conjunto escrito más amplio encontrado de esta civilización. Actualmente se encuentra cubierta por una enorme lona, y los japoneses han prometido invertir en una cubierta que siga protegiéndola de la lluvia pero permita admirarla de mejor manera (quizá transparente).

Finalmente, la Gran Plaza de las Estelas ofrece estatuas de uno de los reyes, Humo Imix, en sus diferentes facetas: sumo sacerdote, general militar, científico... también encontramos altares y hasta una roca para sacrificios humano, con los canales por los que corría la sangre hacia las vasijas ceremoniales del capitán del equipo perdedor en el juego de la pelota. 

Actualmente, equipos de arqueólogos japoneses y también chinos, continúan excavando en los alrededores, ya que hay certezas de que cientos de estructuras, esculturas y artefactos se encuentran aún enterrados en la zona. Es una pena la baja seguridad del lugar, ya que se siguen produciendo robos y saqueos de elementos patrimoniales y tumbas. 

En el museo anexo a las ruinas destaca la réplica del templo de Rosalila, impresionante, y pintada como lo estaba la original, así como decenas de esculturas originales de edificios del lugar que se han resguardado bajo techo aquí para evitar más deterioro por su exposición a la lluvia y el sol. Me llamó mucho la atención una escultura a un funcionario o escriba, que me recordó a las egipcias que he visto en algunos museos. Al final los humanos no somos tan diferentes...

Alrededores de Copán Ruinas

Antes de terminar esta entrada, os recomiendo dos lugares cerca de este pueblo hondureño que también merece la pena visitar:

El primero es el Macaw Mountain Bird Park, una reserva privada para salvar a los guacamayos centroamericanos, así como otras aves tropicales nativas, como los tucanes o los loros. Esta fundación los rescata y entrena para volver a vivir en la jungla. Las van alimentando con frutas tropicales para que luego las busquen. De hecho, en muchos carteles se advierte de no hablar a las aves para evitarles recordar sus traumas con humanos cuando les entrenaban para repetir frases y palabras. 

Muchas se encuentran en enormes jaulas donde pueden volar y recuperarse del trauma de haber vivido sin otras aves o encerradas en pequeñas jaulas, mientras que los más recuperados se crían en libertad y es posible tomarse fotos cerca de ellos. Es una pena porque algunos nunca podrán volver a vivir en libertad, debido a su nulo desarrollo psicológico por haber vivido siempre solos y encerrados. Algunas aves llegan tan estresadas al refugio que incluso no tienen apenas plumas, que se arrancan de la ansiedad. Fue el caso del "Pollo Rey", que ahora está mucho más recuperado, con casi todo su plumaje, aunque nunca podrá volar de nuevo ni vivir en la jungla. También se puede ver un criadero de guacamayos, con incubadoras que muestran a estas aves en sus diferentes fases de crecimiento.

El segundo lugar es la Hacienda San Lucas: enclavada en una colina con preciosas vistas del valle, nada mejor que subir hasta aquí para disfrutar de la puesta de sol desde su terraza con alguno de sus excelentes cócteles de autor como el de sandía. También ofrecen alojamiento, clases de yoga y meditación en una maravillosa pérgola al aire libre rodeada de cortinas blancas así como cenas en el jardín a la luz de las velas. 

Copán Ruinas es, en definitiva, un destino hondureño estupendo al que merece la pena ir aunque sea más complejo de acceder que otros. No os arrepentiréis.

Imprescindible

BEBER

Chocolate como lo hacían los mayas en Tea & Chocolate Place.

Horchata con cacao en La Casa de Todo.

Cóctel de sandía en la Hacienda San Lucas.

COMER

Empanada de plátano macho rellena de frijoles refritos en Tea & Chocolate Place.

Pollo maya con salsa de flor de izote en La Casa de Todo.

divendres, 14 de juliol del 2023

Santiago de Chile

Una ciudad colonial

Santiago de Chile es una ciudad de contrastes, perfecta para pasear, enorme y muy viva. Su gran oferta cultural, con museos, teatros, galerías y librerías atraparán a cualquier urbanita. La arquitectura señorial de muchos de sus barrios, unida a su gastronomía, no tan variada como otras capitales, pero sí de calidad, también ayuda. Y la cordialidad de los chilenos lo acaba de arreglar todo, que siempre llenan las terrazas y cafés de la ciudad con gran jolgorio.

Ya los incas convirtieron este valle en un nudo de comunicaciones del sur de su imperio, pero fue el extremeño Pedro de Valdivia el que, siguiendo órdenes de Pizarro, fundó aquí una ciudad en 1541 bajo el nombre de Santiago del Nuevo Extremo. Es interesante acercarse al cerro de Santa Lucía, actualmente un parque neoclásico con fuentes y escalinatas muy agradables desde el que tener una primer panorámica parcial de la ciudad. Fue en este cerro donde De Valdivia decidió fundar la ciudad, aconsejado por las tribus locales y por la presencia de dos caudalosos ríos.

Bajó del cerro y fundó la población. El centro sigue siendo la parte más antigua y bulliciosa de la ciudad y mantiene la forma colonial de cuadrícula, con la plaza de Armas como núcleo centenario. En ella se encuentra la Catedral Metropolitana, muy elegante, que alberga los corazones en formol de soldados chilenos de la guerra contra el Perú. También está el Museo Histórico Nacional, antigua sede del gobierno colonial, en el que recomiendo subir al reloj para ver las vistas de la plaza y recorrer sus salas que narran la historia de la ciudad desde el siglo XVIII hasta el golpe de Estado de 1973, con las gafas rotas de Allende como último objeto de la exposición. 

De la misma plaza salen rectas calles y amplios bulevares, muchos peatonalizados, jalonados por altos edificios residenciales o de oficinas de finales del XIX y principios de XX, que fueron muy elegantes y ahora están en franca decadencia. Tiendas de ropa barata, locales de comida rápida y alguna cafetería tradicional componen los bajos de estos edificios, concentrándose las tiendas de mayor calidad en las galerías privadas que atraviesan algunos de estos mega edificios y que se cierran por las noches por razones de seguridad. 

Para comer por aquí, recomiendo el histórico Bar Nacional: con sus barras cromadas, personal uniformado y platos típicos chilenos, es como volver a los años 30. Disfruté del tradicional pastel de jaiba, un guiso de cangrejo del Pacífico mezclado con miga de pan, ajo, cebolla, pimientos, vino blanco, especias y mantequilla horneado en cazuelas de barro con una capa de queso derretido por encima. Se acompaña con pan recién horneado y pebre chileno, una salsa casera de tomates frescos, cebolla, ají, cilantro y pimientos. De principal me pedí un caldo gallito, de concentrado de carne con trozos de carne de vacuno y un huevito encima.

Si seguimos paseando por el centro, también debemos visitar un edificio clave de la época imperial: el Palacio de la Moneda. Este edificio neoclásico fue construido en época colonial para acuñar moneda española. Se convirtió en palacio presidencial décadas después de la independencia. Su momento más oscuro fue cuando se bombardeó durante el golpe de Estado de 1973, en el que el presidente Allende se negó a abandonar el poder y fue derrocado poco después de su suicidio en su despacho. Enfrente del palacio hay un monumento en su honor y en muchos árboles de la plaza aún se pueden ver las marcas de las balas testimonio de la batalla que se produjo entre los golpistas y los leales al presidente.

La capital del Chile independiente

Chile declaró su independencia del Imperio español en 1810, lo que inició una guerra que se cerró en 1818 con el final del gobierno colonial. La ciudad siguió creciendo y la modernidad la cambió, convirtiéndose en el nudo ferroviario de la nueva república de Chile. La caída en desgracia de Valparaíso con la apertura del canal de Panamá hizo que Santiago también se convirtiera en la capital financiera del país. La mayoría de altos edificios del centro son de esta época. También el antiguo y elegante palacio del Congreso Nacional, la Biblioteca Nacional o el del Palacio de Justicia. 

Uno de los lugares donde revivir la era de crecimiento de la ciudad es en la barra de la Antigua Fuente, un local de más de 50 años en el que disfrutar de un sanguche completo: carne de cerdo desmechada, queso suizo, sauerkraut, salsa de tomate y mucha mayonesa en pan casero. Y luego acudir a alguna de las pastelerías cercanas y disfrutar de un trozo de torta de almendras y manjar.

A principios de siglo XX, miles de agricultores llegaban a la ciudad Buscando fortuna mientras las clases adineradas se alejaban del centro hacia las zonas residenciales del este, que aún hoy son las más caras de Santiago. Tras la II Guerra Mundial se aceleró la industrialización de la ciudad y surgieron asentamientos informales por doquier.

Uno de los barrios populares de la época es Lastarria: un barrio bohemio y fiestero maravilloso con casas bajas y calles más estrechas, a los pies del cerro de Santa Lucía, con interesantes bares y restaurantes, como el Liguria. En este bar, también bistró, me comí el mejor sanguche de pescado del mundo. Si coméis en la barra os hacen un 20% de descuento.

Muchas de estas clases depauperadas votaron al primer candidato marxista de la historia de Chile, Salvador Allende, que ganó las elecciones con su promesa de traer el socialismo de forma pacífica. Pero el golpe de Estado en 1973 lo depuso y el general golpista Augusto Pinochet ocupó el poder de forma sanguinaria, ejecutando y torturando a todo sospechoso de no apoyarle. Además, instaló un sistema de neoliberalismo, ensayando las teorías más radicales de los economistas de la Escuela de Chicago, que ahondaron las desigualdades en el país. 

Para comprender mejor estos años negros de Chile, me dirigí al Barrio Brasil, donde se encuentra el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, un moderno edificio donde se exponen testimonios y documentos sobre las atroces violaciones de los derechos humanos cometidas por el pinochetismo de 1973 a 1990. Es terrible ver los dibujos que hicieron muchos de los hijos traumatizados de los torturados y asesinados. Asimismo, hay un pequeño espacio de memoria con las fotos de los miles de desaparecidos aún a día de hoy.

Miles de manifestaciones forzaron al dictador a dejar el poder el 1990 cuando las primeras elecciones libres en décadas dieron el poder a Patricio Aylwin. Pese a la restauración de la democracia, el neoliberalismo ha seguido incrementando la desigualdad en Chile. El 1% de los chilenos poseen la mitad de la riqueza del país. Esto llevó a constantes huelgas estudiantiles y obreras que desembocaron en el conocido estallido social del año 2019 que acabó con unas elecciones donde ganó el izquierdista Gabriel Boric, uno de los presidentes más jóvenes del mundo, con la promesa de traer una Constitución de progreso que cerrara las desigualdades presentes.

Aún hoy la inseguridad cunde en Santiago Centro y se siguen viendo de noche decenas de papeleras en llamas, paradas de autobús destrozadas o cientos de comercios protegidos con planchas metálicas y rejas: las vitrinas son rarísimas por aquí ya que suelen ser destrozadas. Los únicos barrios con una cierta normalidad son los del noroeste de la ciudad.

Santiago Vitacura y Las Condes

Mientras tanto, la economía chilena ha seguido creciendo: apartamentos supermodernos han ido apareciendo, nuevas líneas de metro e incluso el rascacielos más alto de Sudamérica: el Costanera Center. Santiago Vitacura es el barrio de los rascacielos brillantes, los centros comerciales a la última y la seguridad. La calle comercial más exclusiva de la ciudad está aquí: la avenida Alonso de Córdova. Muchos se refieren a esta zona como Sanhattan, por ser el distrito financiero del país, con el Costanera Center como núcleo del mismo al que os recomiendo subir para disfrutar de la ciudad y los Andes que la rodean, sobre todo en un día soleado. También es muy agradable dar un paseo por el Parque Bicentenario, perfecto para las mejores vistas de Sanhattan o para disfrutar del río Mapocho.

La falta de personalidad de estos barrios se compensa con sus buenas tiendas y restaurantes, empezando por Boragó, el restaurante del chef Rodolfo Guzmán, que lleva años en la lista de los 50 mejores restaurantes del mundo (este año ha alcanzado la posición 29). Minimalista en su decoración, el foco está en la comida y sus originales platos. Sin levantaros de la mesa, viviréis una aventura culinaria desde el desierto de Atacama hasta la Patagonia, perfecta par aquellos sin tiempo para recorrer este maravilloso país. Los más variados ingredientes chilenos son preparados de forma ingeniosa y presentados de forma magistral. El menú que cambia según las estaciones y los ingredientes disponibles, todos nativos de Chile y muchos usados por primera vez, gracias a los experimentos del chef. Perfecto para descubrir tesoros vegetales (sobre todo) y animales de Chile. Yo mariné el menú con jugos caseros espectaculares (también está la opción de vinos chilenos). Todo de Diez, además no sales hinchado.

Además, también hay otros establecimientos como la renovada Confitería Torres, otro lugar centenario con recetas clásicas que sorprenden por su toque moderno, donde poder disfrutar de clásicos como el pastel de choclo, hecho de pasta de maíz dulce mezclada con pollo desmechado, pasas, aceitunas negras, cebolla y huevo duro. Otro restaurante a la última es El Toro, donde la música moderna y los cócteles se acompañan de delicioso ceviche mixto o maravillosos ostiones a la parmesana.

Como siempre, me dejé muchísimas cosas pendientes, pero volveré seguro, ya que Chile tiene joyas que no puedo perderme: desde la Patagonia hasta la isla de Pascua; del desierto de Atacama a las iglesias de Chiloé. En cualquier caso, no os aburriréis en la capital de los chilenos: es una ciudad muy desigual, pero fascinante en cualquier caso.


IMPRESCINDIBLE

Comer: Sanguche en la Antigua Fuente o en Liguria.

             Pastel de choclo en la Confitería Torres.

             Pastel de jaiba en el Bar Nacional.


Libro: La Casa de los espíritus de Isabel Allende.


Película: NO de Pablo Larraín.

dimecres, 31 de maig del 2023

Islas Azores

Las islas Azores 

Este archipiélago, situado en mitad del Atlántico norte, constituye un destino cada vez más frecuente por su belleza natural, pero también por su patrimonio cultural y su rica gastronomía. 

Nosotros fuimos en agosto, la mejor época para ir. Y aún así, refrescaba algunos días y todos las noches. Y nos cayeron lluvias de tanto en tanto. Pero en general, las temperaturas eran agradables: no suelen bajar de 15 grados ni subir por encima de los 25 durante todo el año. Consejo clave: alquilad coche siempre en cada isla. El transporte público es muy lento, con pocas frecuencias y no llega a casi ningún sitio turístico de interés.

Las Azores son territorios aún con una naturaleza muy virgen en varias zonas, ya que los humanos solo empezaron a instalarse en ellas desde 1427. Antes nadie vivió aquí, no hay civilizaciones pasadas. Por tanto, son islas enteramente de cultura y lengua portuguesa. Forman parte de las islas macaronésicas, junto a las Canarias y Cabo Verde, con las que comparten muchas cosas en común, principalmente el haber sido generadas por volcanes. En la isla de San Miguel, de hecho, aún se pueden ver fumarolas activas a las que la población da uso para cocinar, por ejemplo. Empecemos por esta isla.

Ponta Delgada: la capital de las Azores y de la isla de San Miguel

San Miguel fue la primera isla en ser poblada en las Azores y donde reside más gente en la actualidad,  siendo su aeropuerto el hub principal para acceder a las otras ocho islas. Aquí se instalaron primero presidiarios y familias pobres de las regiones portuguesas del Alentejo y el Algarve. Su capital, Ponta Delgada, poco a poco se convirtió en un puerto importante en las rutas de las Américas. De esa época, la ciudad conserva un bellísimo centro histórico de casas hechas con piedra volcánica y paredes pintadas de blanco impoluto. Las características aceras portuguesas "calçadas" dominan sus calles con bonitos ornamentos. Un buen lugar para empezar a descubrir la ciudad es en sus antiguas puertas aduaneras. Enfrente está la catedral de San Sebastián, que sirvió de ejemplo para el resto de iglesias de la isla. La catedral, sin embargo, es la única iglesia de la isla con mármol en su fachada, esculpido al estilo manuelino, regalo del Rey de Portugal.

Y es que las Azores es la región portuguesa con mayor número de católicos practicantes, pese a que muchas órdenes religiosas fueron expulsadas a lo largo de la historia, como los Jesuitas, que dejaron inacabada su gigantesca iglesia en Ponta Delgada cuando se les expulsó en 1759. Aún inacabada, su fachada es imponente: os recomiendo visitarla. Acercaos también al convento de la Esperanza, para ver a los locales hacer fila para pedir milagros a las monjas que custodian la imagen de Nuestro Señor Cristo de los Milagros. 

En el siglo XIX, la ciudad despegó económicamente gracias a que se empezaron a plantar naranjos, que crecían estupendamente con las temperaturas agradables y los fértiles suelos volcánicos. La exportación de esta fruta hizo muy ricas a varias familias de la ciudad, haciendo que estas construyeran los conocidos como "palacios naranjas". 

Entrado el siglo XX, estos ricachones empezaron también a decorar los jardines de sus palacios con plantas tropicales de todo el mundo, rivalizando por ver quién conseguía tal árbol indio, australiano, indonesio o chileno. Y esta fue su perdición: un hongo tropical importado acabó con todos los naranjos de San Miguel. Los "palacios naranjas" aún existen pero son casi todos edificios públicos que las familias tuvieron que ceder cuando sus fortunas se evaporaron. Ahora son institutos, museos, bibliotecas o facultades de la universidad local.

Los naranjos fueron substituidos por cultivos de piña y maracuyá, que por supuesto no eran tan rentables, aunque siguen siendo las principales exportaciones de la isla. De hecho, es común en las pastelerías encontrar deliciosos pasteles caseros de piña o, en los supermercados y bares, refrescos locales hechos con maracuyá. Hay puestos de piñas coladas artesanales por el centro de Ponta Delgada.

Para probar la gastronomía local en Ponta Delgada, recomiendo el café Royal, el más antiguo en operación de la ciudad. Sus lapas a la parrilla están deliciosas. Si queréis algo de un poco más de nivel y variedad, entonces acercaos a la nueva zona del puerto para comer en "O Marineiro", pero pedid rápido porque son muy lentos. Sus sopas y quesos locales están muy buenos, y el filete de atún con frijoles y ñame, también. 

Finalmente, subid a la ermita da Mãe de Deus para disfrutar de vistas de la ciudad y de la cadena de volcanes que crearon la isla de San Miguel. No hay mejor forma de despedirse de la ciudad.

Sete Cidades 

Más allá de Ponta Delgada, San Miguel ofrece rutas espectaculares. Si solo pudierais hacer una, no lo dudéis: la de Sete Cidades, un viejo cráter de un volcán ahora inundado por dos lagos gemelos. Aparcad en el pueblo "Sete Cidades", una preciosa población donde antes existían siete villas, arrasadas por el volcán. Allí hay una coqueta iglesia con un paseo bordeado de glicinias. También hay un horno  tradicional que vende un pan estupendo. Pactad con el taxi local que os recoja a una determinada hora al final de la ruta y os devuelva al coche. Cogedle el teléfono que son algo despistados. Llevad comida y agua para el camino por si acaso. 

Empezad la ruta señalizada, en la que os encontraréis restos del acueducto construido para llevar agua dulce a Ponta Delgada. Las vistas son increíbles a lo largo de la caminata que bordea los lagos por encima de las montañas. Sobre todo desde el mirador do Cerrado das Freiras. También os encontraréis con muchas vacas pastando. ¡En Azores hay más vacas que gente! De hecho la leche y la carne local son estupendas porque vienen de vacas criadas en libertad.

Uno de los mejores sitios para degustar los productos vacunos azorianos es en el restaurante de la Asociación Agrícola de San Miguel. Situado en un edificio contemporáneo a las afueras de Rabo de Peixe (el pueblo ahora tan de moda por la nueva serie de Netflix), cuenta con un menú corto de calidad y un servicio amable. Para la cena hay que reservar, pero para almorzar la única opción es esperar turno en la lista y sentarse en sala de espera o dar vueltas por las instalaciones hasta que nos asignen mesa. Pedid gambas al ajillo de entrante y el bife “à regional” de principal: muy tierno y servido con un pimiento picante por encima, un huevo frito y ajos enteros en una salsa de vino. Los postres caseros no están nada mal, así que reservad hueco.

Por cierto, julio y agosto son los meses de las fiestas patronales de los municipios de Azores. Sus iglesias se decoran con bombillitas de curiosos diseños luminosos y en algunos lugares podréis disfrutar de tradiciones muy curiosas. Por ejemplo, los mosaicos naturales en las calles, que elaboran los vecinos de Mosteiros, con flores, hojas y ramitas. En las plazas mayores, hay puestos callejeros que venden "malassadas", una especie de donuts caseros fritos con canela y un toque de naranja con su piel rallada dentro. Los meses de verano son también cuando muchos azorianos vuelven a visitar a la familia y a descansar a las islas, en casas donde tienen banderas de Estados Unidos y Canadá, mostrando orgullosos de donde viene el dinero que les permite tener una vida mejor.

Furnas

Otra excursión interesante en la isla de San Miguel es la población de Furnas. En el centro del municipio se encuentra el parque Terra Nostra, un enorme jardín botánico que fue los jardines de la mansión de un marqués local, luego comprada por Estados Unidos para ser sede de su consulado en las islas y que ahora es un hotel. Para los que no estamos alojados existe una entrada a 10€ que permite disfrutar de los bellos jardines con plantas de todo el mundo. En algunas partes da la sensación de estar en una de las escenas de Jurassic Park. La entrada incluye darse un baño en las aguas termales que surgen de la tierra, fruto de la aún presente actividad volcánica. Furnas se encuentra en mitad de un cráter y la continua actividad geotérmica hace que surjan aguas ferruginosas con minerales buenos para la piel.

Tras el baño os entrará hambre, la tensión baja mucho, por lo que mejor reponer fuerzas. Recomiendo que reservéis la comida unos días antes si queréis degustar la especialidad local: el "cozido de Furnas". Recomiendo el restaurante "O Miroma". Mencionad que queréis cozido en la reserva. Se trata de un conjunto de carne de pollo, ternera, cerdo, morcillas, chorizo, zanahorias, batata, repollo y ñame cocido durante 8 horas en las fumarolas volcánicas activas que quedan alrededor de Furnas. Tienen un sabor único, y se sirve acompañado de arroz y salsa verde casera, así como un "bolo levedo", el pan dulce tradicional de Furnas. Las raciones son enormes y sirve también otros platos tradicionales.

Tras reponer fuerzas, podéis hacer una pequeña ruta: la Grená, cerca del lago. En su base podréis ver las curiosas fumarolas donde se cuecen los cocidos. Luego, subiréis 600 metros de altura para disfrutar de las vistas del valle, así como de una impresionante cascada en lo alto. Me atreví incluso a tomar un baño en las aguas heladas del riachuelo, pero también está la opción de meterse en otro baño caliente natural calentado por la actividad geotérmica.

Vistas las principales opciones de San Miguel, cogimos un vuelo interno con Azores Airlines y volamos a la isla de Terceira.

Angra do Heroísmo, capital de la isla de Terceira.

Los que me conocéis sabéis que si pasaba por Azores era imposible que me perdiera Angra do Heroísmo, la capital de Terceira (la isla se llama así porque fue la tercera del archipiélago en ser poblada por los portugueses). Y es que Angra es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO

La ciudad se fundó en mitad de dos bahías, separadas por una pequeña península, gracias a las aguas profundas, pero resguardadas, donde pasarían cientos de naves y carabelas. Angra se organizó a partir del diseño de una malla reticulada, con ideas renacentistas, y en pocos años, adquirió el rango de ciudad: en 1534. Los urbanistas la consideran primera ciudad moderna del Atlántico, por ser la primera planificada a través de una plaza central de la que sale una malla cuadriculada. 

Angra se convirtió en puerto de escala obligada para la travesía del Atlántico, y lo fue durante siglos. Por aquí pasaban barcos cargados de oro y plata americanos, así como de especias de Oriente, lo que hizo necesario fortificar no solo el puerto, sino la isla de Terceira entera, con 40 fuertes en sus costas. El mismo Vasco da Gama hizo escala varias veces aquí en sus expediciones comerciales. En Angra, para proteger su puerto, se construyeron los imponentes fuertes de San Sebastián y San Juan Bautista, ejemplos incomparables de la arquitectura militar de la época, así como la de San Felipe, este último construido por orden del rey Felipe II de España y Portugal, una de las mayores fortalezas españolas jamás construidas.

Con la aparición de los barcos de vapor en el siglo XIX, Angra dejó de ser puerto clave y entró en decadencia. Aún así, la Reina María II la renombró como "Angra do Heroísmo" por ser una de las plazas fuertes del liberalismo, que le permitió ganar la Guerra Civil portuguesa. Un fortísimo terremoto en 1980 la acabó de destrozar. Por suerte, en 1983, la UNESCO la incluyó como Patrimonio de la Humanidad y empezó a ser objeto de obras de restauración que le han devuelto su antigua belleza, espoleada por el turismo que cada vez llega en mayor cantidad. 

Su posición de cruce de rutas hace que la estética de Angra sea de una mezcla de los pueblos portugueses y brasileños, un cruce único y muy original, donde la burguesía comerciante construyó varios palacetes, y la Iglesia católica varios conventos e iglesias. Muchas de ellas, como las iglesias de la Concepción, de la Misericordia o la propia catedral del Salvador son obras maestras del renacimiento portugués. Las ornamentadas iglesias son una muestra más de la enorme riqueza que pasaba por aquí. 

Entre sus principales puntos de interés, empezamos por la plaza vieja, presidida por uno de los ayuntamientos más elegantes de todo Portugal, inspirado en el de Oporto. Cuenta con unos regios salones de actos y de plenos que vale la pena visitar, así como vitrinas con fotos y objetos de exposiciones, donde aprender de tradiciones como la elección de las reinas de las fiestas de San Juan.

El convento de San Francisco, además de tener una iglesia bellísima, con un coro forrado de cerámica azul portuguesa, también están sepultado Paulo da Gama, hermano de Vasco, fallecido al regreso de su primer viaje a la India. Además, el resto del convento acoge el museo de la isla, con objetos de todas las épocas, con especial énfasis en objetos de familias burguesas del XIX.

Vale la pena pasear por el antiguo astillero, hoy reconvertido en una bucólica playa rodeada de altos muros blancos, donde también se puede pasar un agradable rato tumbado en la arena y disfrutando de un Atlántico menos frío de lo habitual. 

Pasead por las alegres calles Direita, Sao Joao y da Palha, así como el agradable largo do Colégio, vías donde se concentran la mayoría de comercios y restaurantes de la ciudad. Lo cierto es que Angra es mucho más colorida que Ponta Delgada, con sus casas pintadas de varios colores pastel. De hecho, la ciudad es considerada por ser la más festiva de todas las Azores. Es muy común escuchar música portuguesa tradicional en directo por sus plazas y restaurantes.

Y hablando de restaurantes, algunos interesantes son el "Beira Mar". Tanto la sopa de marisco servida en pan, como sobre todo la pasta vegetariana, están ambas muy ricas y a precios más que razonables. Además, su terraza al mar es muy agradable. Nosotros tuvimos la suerte que estaban celebrando en varias mesas y había un grupo de música tradicional azoriana cantando.

No os perdáis la pastelería "O Forno", donde aún hornean los "bolos D. Amélia", pastelitos elaborados en honor a la visita de la Reina Amélia en 1901 que contienen ingredientes de todas las partes del antiguo Imperio portugués: canela, clavo, nuez moscada, limón, uvas pasas y maíz.

Costas volcánicas

Además de la bellísima Angra do Heroísmo, Terceira ofrece un paisaje costero fascinante con sus piscinas naturales en mitad de rocas negras creadas por las diversas erupciones. Una de las más bonitas son las de los "Biscoitos". En sus alrededores hay una colina que vale la pena subir para disfrutar de bonitas vistas de los campos cercados por vallas de piedra donde se cultiva maíz, ñame o plátanos. 

No muy lejos está la "Casa de Pasto O Pedro". Las "casas de pasto" son restaurantes familiares modestos que sirven cocina tradicional casera. Sin duda, este es uno de los mejores, sin pretensiones, pero delicioso y a buen precio. Para comer rico y como si fuerais del pueblo. No encontraréis apenas turistas, pero está abarrotado de locales, y no por casualidad: sirve raciones enormes a buen precio y con mayor rapidez que en otros restaurantes de la isla. Pedimos unas gambas al ajillo de entrante que estaban excelentes, de las mejores que he comido en mi vida tanto en calidad como en sabor. Luego probé la morcilla local con piña, acompañada de ensalada, arroz y patatas fritas. Y de postre, tanto la tarta de chocolate como la de queso con maracuyá están buenísimas.

Otro buen restaurante no muy lejos pero algo más caro es el "Caneta" en Altares. Eso sí, son lentísimos. Para empezar, nos sentaron media hora después de nuestra reserva. De entrante pedimos la sopa del día, que era de puerros, muy rica. Para traernos los principales, tardaron una hora de reloj. De principal pedimos la "alcatra", plato por excelencia de Terceira: cocinado en una olla metálica al fuego de leña durante cuatro horas, se trata de un guiso de trozos de ternera con canela, cebolla, clavo, ajo, panceta, vino blanco, manteca de cerdo y laurel. Se come acompañado de massa sovada: el pan de maíz tradicional de Terceira, dulce (se amasa con leche). Estaba delicioso pero es un plato muy contundente que los locales solo comen en fiestas como el domingo de resurrección o durante las fiestas del Espíritu Santo. Mejor pedid uno para dos personas. También pedimos una carne de gran calidad preparada en un pincho, buenísima, cocinada en mantequilla. De postre: doce de vinagre, muy tradicional de la isla, una masa a base de leche, huevos, vinagre, hinojo y azúcar, muy contundente pero deliciosa y única. En definitiva: es un lugar muy tradicional, muy rico, servicio amable pero extremadamente lento. Venid con tiempo y con paciencia.

Para bajar toda esta comida, la isla ofrece muchas rutas chulas, como la de Serreta o el trilho Baías da Agualva, rutas costeras en este caso, donde disfrutar de antiguas grutas donde piratas escondieron sus tesoros robados.

En rutas de interior, la más impresionante es la de Lagoa do Negro, que cruza desde bosques alpinos hasta cráteres de volcanes llenos de vegetación jurásica, y en algunos tramos, con flores gigantes que parecen sacadas de otro planeta.

También vale la pena descubrir algunos de sus pueblecitos como Sao Sebastiao, con la iglesia más antigua de la isla. De estilo tardo gótico, es la única en las Azores con frescos medievales, muy interesantes y con detalles muy precisos.

A principios del siglo XX, los vecindarios de Terceira construyeron los"Impérios", altares al Espíritu Santo que compiten por toda la isla en colorido y diseño de su arquitectura y pinturas. El de Sao Sebastiao es especialmente bonito. 

Otra población interesante es Praia da Vitória, con una gran vida comercial. 

Tourada a corda

Terceira tiene una gran tradición taurina. De hecho, a la entrada de Angra hay una estatua gigante de metal con varios toros corriendo en una "tourada a corda". Esta celebración es plenamente callejera, donde los vecinos protegen sus casas con planchas de madera o metal para evitar que se les cuelen los animales. Cada toro es controlado por una cuerda controlada por seis personas expertas llamadas "pastores" que solo la tiran cuando el toro se pasa de las dos líneas fijadas a cada extremo de la calle en la que se celebra la fiesta (normalmente la calle mayor del municipio). En ningún caso se mata al toro ni tampoco se le puede herir: los locales se limitan a correr delante de él, valorándose a los que más se acercan al mismo. Los cuernos de los toros se cubren para minimizar cualquier posible accidente. La suelta del toro se acaba cuando suena un petardo. 

Finalmente, de camino al aeropuerto (al llegar o antes de irse) recomiendo el restaurante "Sabores do Atlântico". Pese a que el restaurante no está en la mejor situación posible, su corta carta ofrece excelentes productos del mar. Nosotros pedimos de entrante el queso regional con salsa de pimiento picante, así como unas almejas en salsa casera excelentes. Y luego seguimos con unos calamares asados espectaculares. Y todo servido bastante rápido (algo raro en Azores) y con amabilidad. Raciones grandes y precios razonables.

Faltan muchas más islas

En definitiva, las Azores son un sitio único, estupendo para pasar unos días de relax, sin estrés, y olvidarse de masas de gentes y de prisas. Los camareros se toman su tiempo, no hay atascos y es raro encontrarse con mucha gente. El silencio es frecuente, solo roto por los movimientos de la naturaleza causados por le viento o las olas del Atlántico.

Tengo que volver, primero para disfrutar del paisaje vitícola de la isla de Pico (el otro Patrimonio de la UNESCO que me queda pendiente en el archipiélago) pero también para ver los paisajes y degustar los sabores del resto de islas: Corvo, Graciosa, San Jorge, Fayal y Santa María. Los vuelos no son especialmente baratos aunque el turismo allí si, por lo que una cosa compensa a la otra. Aún no sé cuando, pero sé que volveré a este rinconcito perdido de la Lusofonía.