Cercar en aquest blog

dilluns, 11 de juliol del 2011

Marrakech & Essaouira

Gracias a compañías low cost como Ryanair o Easyjet, miles de europeos nos acercamos cada vez más a Marruecos. Y sin duda, el destino estrella es Marrakech. Tal vez algunos lo hagan por ser la ciudad más conocida del país o tal vez otros lo hagamos guiados por aquel célebre comentario de Winston Churchill, cuando afirmó que si sólo se disponía de un día para visitar Marruecos, se escogiera Marrakech.

Y en efecto, tras salir de un avión por cuyo pasaje pagamos menos de 10 euros por persona, nos recogió el chófer del primer riad al que nos dirigíamos. Era mi primera vez en el país vecino y no quería empezar mi visita peleandome con taxistas y por los precios exigidos. Y tampoco quería perderme intentando entender las líneas de autobuses. Acerté. La medina de la ciudad es un laberinto indescifrable para un foráneo y si no nos llegan a dejar en la puerta del riad, no sé como lo hubiésemos encontrado.

El calor era sofocante y se estaba levantando la típica tormenta de arena. Aún así, y tras recibirnos muy amablemente, la bretona dueña del riad Al Rimal nos ofreció sendos tés a la menta bien calientes, así como los típicos dulces árabes a base de frutos secos, hojaldre y miel, tan dulces y crujientes como pegajosos. Es la hospitalidad árabe, y por tanto la aceptamos encantados a pesar del calor y sequedad que teníamos.

Porque los riads son así. Edificios enteros de la parte antigua de la ciudad en los que viven los dueños y de los que alquilan habitaciones. Lo que en francés se llama "maison d'hôtes". En Marruecos, la cultura del riad alcanza en ocasiones una calidad soberbia. Las casas están decoradas con un gusto sublime, muchos tienen piscinas en los patios interiores y las habitaciones son muy cómodas, así como los elegantes cuartos de baño, con geles, champús y cremas de fragancias tan del gusto árabe como el jazmín o el almizcle.

La parte positiva del riad es que, en general, la decoración y el servicio son excelentes, ya que son los dueños del lugar los que te están alojando. Esto te permite conversaciones interesantes, un trato más personalizado y cercano y una mayor tranquilidad. La parte negativa es que existe una tendencia a que los riads sufran un proceso de "hotelización" y cada vez más los dueños contraten a personas que atiendan el negocio mientras que ellos se trasladan a vivir a otro lugar.

Recuerdo la impresión de pasar de las sofocantes y bulliciosas calles de la medina a la tranquilidad y frescura del riad, con un patio central ocupado por una piscina con un puentecito, un salón con sofás y alfombras y unos amables y atentos dueños que tras charlar y ofrecernos su hospitalidad, nos llevaron a nuestra habitación.

Tras una estimulante ducha perfumada, salimos a explorar las callejuelas y el zoco local. Y lo primero que se constata es que la ciudad es roja. En Marruecos se dice que cada ciudad tiene un color. Marrakech no engaña: todas sus casas y construcciones guardan una armonía cromática de un rojo arenoso. Aunque sin duda, lo que más impresiona de la ciudad es su famosísima plaza Djeema el Fna, patrimonio oral de la humanidad-UNESCO. Decidimos explorarla después de cenar, por lo que la cruzamos apresurados al principio.

El caso es que buscábamos cenar la comida típica de Marrakech: la tanjia. Preparada en los mismos recipientes que los tajines, la tanjia está compuesta únicamente por trozos de carne de vacuno especiados y asados en hornos de barro durante varias horas. Optativamente se le puede acompañar de sémola y verduras aunque preparadas en tajines diferentes. Por tanto, su sabor no es muy diferente al del cuscús.

Recomendados por los dueños de nuestro riad, fuimos precisamente al "Tanjia", el restaurante especializado de la ciudad. Con las mesas dispuestas alrededor de un patio de dos pisos, y música marroquí sonando, el lugar es muy auténtico. La luz ténue, la decoración con velas, los camareros vestidos con ropas tradicionales o las bailarinas danzando entre las mesas hacen de este restaurante el lugar perfecto para los turistas al uso. Eso lo convierte en un lugar a evitar desde mi punto de vista. Además, los precios son el triple de lo que pagaríamos en cualquier otro lugar por la misma comida.

Algo decepcionados, volvimos al hotel con el firme propósito de buscar al día siguiente un guía local que nos enseñara bien la ciudad. Sin embargo, volvimos a salir por entre los callejones a la famosa plaza Djeema, y decidimos, esta vez, explorarla un poco. El lugar está presidido por el gran minarete de la mezquita más grande de la ciudad, del que es copia exacta la Giralda de Sevilla. La plaza es un lugar que bulle, con encantadores de serpientes, bereberes que ofrecen decorar la piel con henna, miles de puestos de comida típica, domadores de monos (uno de los cuáles me puso al suyo encima)... etc. Aunque lo más característico son sus decenas de puestos de zumo de naranja recién exprimido.

Los vendedores de zumo, desde sus puestos apiñados uno tras otro y parapetados de cítricos locales, tratan de atraer a los paseantes para venderles un buen vaso de zumo de naranja de Marrakech (por el momento, la mejor que haya probado nunca). Por tan sólo 4 riads (35 céntimos de euro) compramos un vaso de un zumo dulce y refrescante. Y tras ver un par de calles del zoco, nos retiramos, esta vez sí, a dormir.

Al día siguiente tuvimos el desayuno en la soleada terraza del riad, compuesto de las típicas tortitas marroquís, las mermeladas, el pan, el correspondiente zumo de naranja recién exprimido y por supuesto, el reglamentario té a la menta. En cuanto acabamos, el guía nos esperaba para enseñarnos el norte de la medina.

En primer lugar visitamos la impresionante Madrassa Ben Yousef, es decir, la antigua universidad islámica, en la que los estudiantes se encerraban ocho años para aprender física, poesía, literatura, química, astronomía, medicina, biología, geografía, matemáticas, historia, teología... además, no podían acabar sus estudios si no se aprendían el Corán de memoria.

El robusto eficicio recuerda mucho en su interior a la Alhambra de Granada. Su patio central en el que se impartían las clases con su estanque para hacer la abluciones y la mezquita anexa son impresionantes. El uso de la madera de cedro, de estuco y de los azulejos da un resultado muy bello al patio. También es interesante ver las habitaciones de los estudiantes, lugar en el que pasaban todos esos años. Curioso que se premiara a los mejores estudiantes con habitaciones más grandes y con vistas al patio central.

A continuación fuimos al museo de Marrakech, una antigua casa señorial donde además de varias antigüedades expuestas lo más interesante es ver el hammam privado que tenía la casa así como sus gigantescas salas de fiesta con sus enormes lámparas. Y de allí fuimos a la cercana Qubba, los depósitos de água que construyeron los berebéres cuando fundaron la ciudad, donde también se encontraban los baños públicos, ya que en aquella época la gente no tenía baño en las casas.

Y hablando de los bereberes, el guía nos llevó a una auténtica farmacia bereber, donde un simpático farmacéutico nos fue explicando en contenido de cada uno de los cientos de frascos que abarrotaban las estanterías. Me llamaron la atención las maderas enrolladas en palos que se mastican para blanquear los dientes o los cuenquitos de cerámica con tinte que tan solo con pasarles un dedo humedecido se preparan para pintar los labios de rojo de cualquier bereber coqueta.

Ellos insistieron mucho con el aceite de Argan y en sus propiedades como milagrosas. También me gustó mucho el dulce perfume del ámbar (del que compré una pieza). Tampoco pude resistirme a comprar un saquito de té a la menta, que me encanta. Y aunque las explicaciones fueron muy interesantes, lo cierto es que salimos con la sensación de haber asistido a un teletienda en directo. Sensación que aumentó cuando el guía nos llevó a continuación a una fábrica artesanal de alfombras e intentaron encasquetarnos varias. O a la tienda de antigüedades. Sin embargo, con este final tan inesperado y poco agradable de la visita, el guía consiguió que no compraramos nada más, se quedó sin su buscada propina (¡ya había cobrado 26 euros!) y además aceleramos nuestra salida en bus hacia a Essaouira.

En efecto, nos dirigimos a la moderna estación de tren de Marrakech, un edificio asombroso en la parte nueva de la ciudad, parte mucho más racionalizada que la medina. Como teníamos tiempo hasta la salida del bus, comimos algo y dimos una corta (muy corta) vuelta, ya que el calor era más que sofocante y el sol quemaba. Pudimos visitar algunos interiores del Teatro Real, moderno edificio construido con la misma decoración que la estación ferroviaria.

Y del calor sofocante y la arena en los ojos de la ciudad roja pasamos al fresquito de Essaouria que rápidamente se transformó en frío por la noche. Y es que a tan sólo tres horas en bus de Marrakech encontramos esta preciosa ciudad costera, antes llamada Mogador, y que se contruyó en el siglo XVIII. Essaouira es la ciudad blanquiazul. Su medina, rodeada por murallas con cañones le dan un toque mágico, al oírse también las olas del bravo Atlántico que la azotan.


El riad Chaik Mogador era un poco más humilde que el de Marrakech, sin embargo para mi gusto, era mucho más auténtico. Además, personalmente me sentí muy bien en esta ciudad costera. La gente jamás intenta venderte nada si no preguntas, la sensación de seguridad es enorme y el clima es perfecto. Hasta me tapé con la colcha.

Callejear por sus zocos y calles es un placer, excepto una barriada cerca de las murallas donde las casas estaban en ruinas y parecía que habían bombardeado la ciudad. Por lo demás, las callejuelas son preciosas. Además, hay una gran oferta de restaurantes baratos de comida típica. La primera noche cenamos en La Petite Perle, un restaurante pequeño, con sillas y mesas bajitas al estilo marroquí así como platos típicos a buen precio. Una tajine de pollo con cebolla y olivas fue mi deliciosa elección.

Al día siguiente, tras el desayuno en el patio del riad y el correspondiente paseo por el zoco y algunas compras, decidimos explorar algo más la ciudad subiendo a sus murallas, desde las que admirar el Atlántico así como la medina blanquiazul de Essaouira. Comimos algo en el Café de la France, uno de los grandes cafés de la época dorada de Mogador y ahora venido a menos. Muy decadente pero con buena comida marroquí a precios muy bajos. Para bajar la comida, nada mejor que pasear por el puerto, observando las decenas de barquitas azules y los barcos pesqueros apiñados. También buscamos un postre en la heladería más famosa de la ciudad: Dolce Freddo. Recomiendo los helados de yogur de mandarina o el de nutella rebajada con helado de almendras, todos artesanales.

Un par de vueltas más y ya nos dirigimos fuera de las murallas para coger el bus que nos devolvería a Marrakech. La vuelta fue curiosa por las muchas manifestaciones que vimos de niños y jóvenes con banderas marroquíes, a favor del referéndum constitucional que se iba a celebrar al día siguiente.

Un chófer nos esperaba al bajar del autobús para llevarnos al nuevo riad: L'Héritage, situado esta vez al sur de la plaza Djeema, en un barrio mucho más ordenado pero aún así, labertíntico. Este riad está todo decorado con motivos cinematográficos, tiene una estupenda piscina, suena música de los años 60 de los Estados Unidos, hay antigüedades de la época y las habitaciones tienen todo tipo de detalles, desde sombreros y espadas a albornoces con nombres de estrellas de Hollywood o bañeras dignas del camerino de la actriz más exigente.

Siendo nuestra última noche en la ciudad roja, decidimos cenar esta vez en uno de los puestos de la famosa plaza Djeema el Fna. Descartando probar el plato más famoso (los sesos de cordero) nos decantamos por una ración de pinchitos de varias carnes así como una pastilla, es decir, el típico bizcocho marroquí azucarado y con canela que viene relleno de pollo desmigado. Tras una vuelta más para ver el ambiente de la plaza y algunas compras de última hora volvimos a dormir. Al día siguiente volvíamos a Europa.



Marruecos es un país que cumple con las demandas de exotismo de cualquier europeo medio, ofreciendo también todos los servicios que un occidental poco aventurero necesita. Esto, unido a la gran cantidad de vuelos baratos que operan desde Europa, contribuye a que el turismo hacia el país de la monarquía alauí no deje de crecer. Sin embargo, esta vez voy a tener que corregir a Churchill. De momento, y conociendo solo dos de las ciudades marroquíes, personalmente prefiero decir que si sólo disponeis de un día para visitar Marruecos, vayáis a Essaouira.  

divendres, 3 de juny del 2011

De restaurantes por París.

Además de la Torre Eiffel, Notre Dame, el Sacre Coeur o el Arco del Triunfo, París es mundialmente conocida por ser una ciudad donde se come caro, es cierto, pero bien. Más allá de las típicas callejas del Quartier Latin, rebosantes de locales que ofrecen todos los mismo a calidades discutibles, la cocina francesa, refinada y sabrosa, se sirve en otros muchos lugares de la capital con mucha mejor calidad y a precios razonables. De hecho, existen pequeños trucos que evitarán que acabemos asustados en el momento de leer la cuenta. Algo fundamental es pedir siempre "une carafe d'eau", lo cuál informa al camarero que deseamos una jarra de agua. El agua del grifo de la ciudad es una de las mejores junto con la de Madrid. Usad y abusad de La Fourchette, siempre se encuentran buenos descuentos.

En esta actualización nostálgica, os indico cinco restaurantes de gastronomía francesa de todo tipo a los que tuve el placer de ir. Algunos de fusión, otros tradicionales, algunos caros, otros más asequibles, y también hay desde los más chic a los lugares más ruidosos y "cutres". Pero sin duda, todos originales, históricos o inolvidables.

La Maison Rose

Los recién llegados a la capital del amor seguramente lo harán por conocer la magia y bohemia de la ciudad. Directos a Montmartre, corazón del París más romántico, con sus callejuelas, casitas encantadoras y lugares universales como el cabaret Moulin Rouge, la basílica del Sacre Coeur o la plaza de los pintores (du Tertre). Tras un paseo nocturno por el barrio, nada mejor que alejarnos de las multitudes, bajar por alguna calle secundaria, de esas estrechas y empinadas, y buscar una casita rosa pequeñita con ventanitas verdes donde cenar, como la Maison Rose, un tranquilo bistro donde probar la suculenta soupe à l'oignon, con su queso fundido, o untar pan con una exquisita terrine à la campagne. El restaurante, decorado al más puro estilo de una casa tradicional francesa, con sencillez pero encanto, hará las delicias de los fans de la cultura francesa más típica. Como planto principal os recomiendo la pechuga de pollo al estilo parisino (volaille) con una cremosa salsa blanca.

Le Kong

De lo más clásico pasamos a lo más contemporáneo. Vestíos bien, pedid un Uber y dirigios al Pont Neuf. En la cima del elegante edificio sede de Kenzo en Europa, al lado del Sena, con una cubierta acristalda encontramos Le Kong, uno de los locales de moda en París. Diseñado por el incombustible Philipp Starck, el restaurante-lounge rezuma fusión por todos lados. Caras de francesas y japonesas decoran las sillas, el color blanco, el naranja y las transparencias reinan en la decoración mientras que de noche, una ténue luz rosa indirecta ilumina el local. Sofisticado sería un adjetivo que se le queda corto al lugar. Sus vistas de día son una pasada. Aunque de noche el ambiente es insuperable. En este restaurante se rodaron algunas escenas del último capítulo de Sexo en Nueva York, por lo que legiones de fans acuden en masa. 

Tras montar en el ascensor que nos llevará hasta el último piso del edificio, entrando directamente al local, el maître nos llevará a nuestra mesa (imprescindible reservar). La carta sorprende por la curiosa fusión que se hace de las gastronomías nipona y gala. Para empezar, lo mejor es pedir un Kong Plate para compartir, que viene con pollo y gambas satay en brochetas, rollitos de espinacas, tartar de atún, sashimis y lo más curioso: el macaron sheetaki.

Los shashimis de foi-gras son otra de las grandes opciones para empezar. De carnes, el magret de pato al Kumquat nos muestra lo mejor del sabor francés y japonés a la vez. Y los udon (spaghetti japoneses) con langosta de Bretaña tampoco están nada mal. Y la ternera Wagyu, según dicen de vacas criada al aire libre que reciben masajes continuos y escuchan música clásica, también está muy rica.

¿Postres? Evitemos ser pijos y no pidáis ninguno de los que les traen los hornos Pierre Hermé. Los podéis comprar en sus locales directamente a mitad de precio. El Kong tiene postres propios excelentes, más allá del apartado de Hermé. La ensalada de coco con sorbete de mango es muy refrescante pero los más golosos caerán en "le tout chocolat": pastel, sorbete y crema, todo junto, todo de chocolate. La "framboise party" también esta deliciosa. Regad toda la cena con un buen vino blanco fresquito y tendréis la velada perfecta. Además, una buena cena en Le Kong tiene punto y seguido: en efecto, a partir de medianoche más o menos podremos descender al pequeño pero increíble lounge que el restaurante ofrece, con Djs de excepción pinchando la mejor música del momento con mezclas perfectas. Aquí hay mesas y sofás además de la barra para cuando os canséis de bailotear y busquéis refrescaros. La carta de cócteles es muy buena y están preparados con todo el mimo. Aunque no los probé, porque caímos en algo muy francés: pedimos una botella de Moët&Chandon para nuestra mesa. Era navidad.

Polidor

Pero volvamos a lo clásico y básico: Polidor. Se trata de una de los restaurantes más típicos del Quartier Latin. Después de una mañana de paseo por el parque de Luxemburgo, de visitar a los franceses más ilustres enterrados en el Panteón o de curiosear y hojear libros polvorientos en alguna de las antiguas librerías del barrio más intelectual de París, que mejor que comer en un lugar cargado de historia.

Tras abrir su puerta de madera y cristales a cuadraditos, y apartar la polvorienta cortina color burdeos que hay a la entrada nos adentraremos en un local que conserva muy fielmente el aspecto que tenía cuando se inauguró en 1845. Mesas de madera, mármoles blancos y otras decoraciones auténticas nos transportarán a los tiempos de Victor Hugo, del que se dice escribió grandes partes de sus novelas en estas mesas. Si lo que buscamos es tradición en estado puro, este es el lugar. Mesas pegadas la una a la otra, ambiente ruidoso e informal, jarras bien llenas de agua, servilletas de tela suave y cestos cargados de pan cortesía de la casa, nos muestran que nos encontramos en un lugar familiar, del París del día a día, alejado de elitismos y alejado también del turisteo.

El foie gras de pato casero que preparan allí mismo es excelente.Aunque lo mejor es su plato de boeuf bourguignon, un contundente guiso a base de tacos de ternera guisados en una deliciosa salsa de vino tinto y champiñones, cebollitas, patata, zanahoria... etc. El sabor de la historia. No olvideis pedir una copa de vino tinto de la casa, muy recomendable. Y de postre no hay duda: Tarte Tatin. Una de las mejores de Paris. La esponjosa y suave masa, la manzana al punto con el líquido almibarado recién hecho y sobretodo, la insuperable crème fraîche de la casa. No os arrepentiréis. En Polidor se nota que todo es fait maison, al punto, y con los mejores ingredientes. Uno de los restaurantes más franceses de la Ciudad de las Luces.

La Coupole

Volvamos a ese París refinado y elegante. Dirijámos nuestros pasos a Montparnasse, barrio burgués por excelencia, de grandes boulevares arbolados, calles rectilíneas y edificios perfectos. Apresurémonos al corazón del barrio, al propio boulevard Montparnasse, para descubrir otro lugar histórico: la Coupole.

Brasserie de la belle-èpoque, favorita de Hemingway, Sartre, de Beauvoir, Gardel, Man Ray o Josephine Baker hará las delicias de los enamorados de la literatura o la música. Además, los aficionados al arte disfrutarán con sus columnas decoradas por Chagall o Brancusi. En la Coupole nos trasladermos al París de  esos últimos años 20 inolvidables, con todo aquel movimiento intelectual. También este restaurante fue referente de los años 50. Es uno de esos lugares del modernismo parisino, donde tradición e innovación se dan la mano. Camareros vestidos de punta en blanco nos ayudarán aún más a sentir esa elegancia. Con sus 450 plazas, se conserva tal y como se inauguró, a excepción de algunas pinturas nuevas que decoran las paredes.

Para comer, dejémonos tentar por su inconfundible cordero al curry, su plato estrella desde hace casi 100 años. Aunque deberíamos empezar mejor con la suculenta ensalada "Coupole" con higos, foie-gras y pato tostado. Es incomparable. Luego, una gran variedad de platos de la época modernizados nos esperan. Y como postres, el enorme macaron coronado por frambuesas, sorbete y crema, o la tarta hojaldrada al zumo de limón fresco. Los más tradicionales podrán acabar la velada descendiendo a la gran sala semisubterránea para bailar con personas "mayores" (más de 40 años) al tradicional dancing de la planta baja. Aunque recomiendo mejor acabar en la discoteca MIX, a pocos minutos del lugar.

Le Refuge des Fondues

Tras tanto restaurante de mesa y mantel, cansados de tanto lugar pijo, si lo que queremos es juntar a los amigos con ganas de fiesta y tener una cena divertida, con todo el mundo gritando y bien pegados los unos a los otros, hay que reservar en el local más loco de la ciudad: le Refuge des Fondues.

El local es pequeñito, oscuro, ruidoso y con las paredes llenas de pintadas de los clientes (a las que podemos incorporar nuestra creatividad). Y la carta es muy simple: solo hay fondues y solo hay dos tipos: bourgognone o savoyarde. Es decir, de queso fundido o de aceite hirviendo. Ambas con su correspondiente fogón y llama que nos pondrán en la mesa. Lo mejor, pedir de las dos para compartir. Y para beber tampoco será difícil escoger: biberones de vino blanco o tinto, ambos de la casa. Chupeteando cual bebé, chillando a quién queramos hablar y mojando el pan, las verduritas, patatas o los trozos de carne en las fondues se nos pasará el tiempo volando.

En este singular lugar solo hay dos mesas larguísimas con poquísimo espacio para moverse. Un consejo: id al baño nada más llegar, luego será imposible. Los que se sienten en el lado izquierdo deberán saltar la mesa (o arrastrarse por debajo) para poder salir. Lo positivo es que se acaba conociendo a todo el mundo que está en el restaurante. Solo abre en cenas y solo cuesta alrededor de 15 euros. Una de las experiencias parisinas más curiosas y divertidas, de eso no hay duda.

Pierre Hermé

Por último, y aunque no sea un restaurante, no me resisto a acabar este repaso con un pequeño consejo: algunos de los mejores croissants se encuentran en las pastelerías Pierre Hermé (en la rue Bonaparte tenéis una) así como deliciosos pains au chocolat. Aunque el secreto mejor guardado de estos locales es una de sus especialidades en macarons: el Mogador, fusión chocolate con leche y fruta de la pasión. PH está especializado en este dulce tan parisino, aunque este sabor exclusivo es, a mi gusto, el más exquisito. Compraos uno, coged el metro hasta Trocadero y disfrutad de él mientras observáis la Torre Eiffel.


Bon appétit!


Le Kong
Fusión francés-japonés -
Rue du Pont-Neuf, 1. Metro Pont-Neuf .

La Coupole
Francés
Boulevard du Montparnasse, 102. Metro Vavin.
www.flobrasseries.com/coupoleparis

Polidor
Francés
Rue Monsieur le Prince, 14. Metro Odéon

Maison Rose
Francés
Rue Abreuvoir, 2. Metro Lamarck-Caulaincourt.

Le refuge des fondues
Francés
Rue des Trois Frères, 17. Metro Anvers.

Pierre Hermé
Repostería francesa
Rue Bonaparte, 72. Metro Saint-Sulpice.
www.pierreherme.com

dimecres, 25 de maig del 2011

Úbeda y Baeza

Olivos y más olivos. La provincia de Jaén produce el 30% del aceite de oliva mundial y eso se nota. Se observa en las colinas y valles con líneas infinitas de estos árboles tan mediterráneos perfectamente colocados. Se escucha cuando la brisa mueve con suavidad las pequeñas hojas de los olivos. Se huele tras poner el pie en estas tierras, cuando el penetrante aroma a aceitunas nos llenará los pulmones. Se siente cuando nos sometemos a un tratamiento de olivoterapia, con el resbaladizo aceite dermatológico surcando nuestra piel en un relajante masaje. Se saborea cuando probamos un pedazo de pan con un chorrito del espeso y aromático aceite autóctono.

En efecto, todo gira alrededor de las olivas y su preciado líquido en este lugar. De hecho, la estructura constructiva más común son los cortijos: casas enormes donde señoritos y jornaleros vivían, y que estaban totalmente diseñadas para las labores de la oliva y el aceite. Personalmente, tuve la oportunidad en este viaje de alojarme con mi familia en un antiguo cortijo conocido como Hotel Spa Hacienda La Laguna.

La gastronomía local gira también alrededor del producto estrella de la zona: desde comida tradicional como las cremosas espinacas esparragadas a la jienense hasta platos nouvelle cuisine como el helado de aceite con reducción de tomate en barquillo de chocolate. Además, el aceite puro virgen de gran calidad siempre está en las mesas, para degustarlo con pan y sal. Asimismo, las mejores olivas son entrantes obligados en toda comida jienense, aderezadas con ajo. Los panecillos con pequeñas olivas desecadas integradas en la masa son también excelentes.

La gran suerte de alojarse en La Laguna es que el hotel está anexo a la Escuela de Hostelería más prestigiosa de Andalucía. El restaurante La Campana dispone de una excelente oferta gastronómica realizada por los estudiantes, fusionando las tradiciones de los fogones de la zona con las nuevas tendencias mundiales. Los platos especialidad de la Escuela y que hay que probar son el sabroso paté de perdiz o el suculento bacalao estilo Baeza.

La Laguna cuenta también con un interesante Museo del Olivo y del Aceite, donde entenderemos el proceso y las utilidades de este líquido.Y la tienda de recuerdos de la salida es imprescindible, donde podemos avituallarnos con todo tipo de aceites, olivas, souvenirs relacionados o productos de cosmética a base de aceite. Lo mejor: el aceite para masajes e hidratación así como el aceite para los labios.  

Y por supuesto, su Spa, pequeño pero completo, está muy bien. Para los que nos alejamos en La Laguna cuenta con un 30% de descuento en todos sus tratamientos así como en sus circuitos. El más interesante (y que nos hicimos mi hermano y yo) es el de olivoterapia. Primero te exfolian el cuerpo entero con una masa de huesos de oliva triturados.Tras unos minutos de reposo, A continuación, con una ducha gigante relajante nos retiramos todo el producto y volvemos para que nuestra piel sea completamente hidratada con una crema a base de aceite. Tras este nuevo masaje, seremos envueltos en un film de plástico con una manta por encima para sudar, durante media hora, con gafitas de hielo encima de los ojos que refrescan y relajan. Nos despertarán de esta siestecita cuando menos lo esperemos: y lo haremos con una piel suavísima.

Este alojamiento, estratégicamente situado al norte de Jaén, tiene cerca a ciudades históricas patrimonio de la UNESCO: una de ellas, Úbeda, es una ciudad magnífica. El renacimiento plateresco brilla con todo esplendor en los palacios e iglesias de la ciudad. El hecho de que Francisco de los Cobos, secretario del Emperador Carlos V, fuera natural de la ciudad, fue lo que llevó el esplendor a estas tierras. Financiando las grandes obras de Andrés de Valdevira, este noble dio a la ciudad grandes construcciones.

La plaza Vázquez de Molina, por ejemplo, presidida por la imponente Sacra Capilla del Salvador, es una de las más bonitas. A un lado, se sitúa el antiguo palacio del Deán de Capilla, transformado ahora en Parador Nacional. La capilla es, precisamente, el monumento más visitado de la ciudad, siendo su arquitectura renacentista de una gran belleza y con todos los elementos al servicio de la exaltación de la resurrección del alma y la vida eterna. Allí está enterrado de lo Cobos, la persona que más hizo por la gloria local.

Otros edificios destacados son el Concejo, la iglesia de San Pablo o la catedral. Sus plazas y calles merecen la pena por sí mismas. Y además, hay que pararse a admirar las vistas desde el mirador que nos muestra, como no, los famosos cerros de Úbeda. Aquí los tenéis, con mi hermana en el mirador.
-------

La otra ciudad hermana y parado obligatoria es Baeza: visitarla es sumergirse en la historia, para seguir las huellas de personas tan importantes como Antonio Machado. Allí, el conocido poeta fue profesor de francés en el precioso instituto de educación secundaria, antigua sede de la universidad de la ciudad. Sentarse en los antiguos pupitres frente a la mesa desde la que el autor impartía sus lecciones es retroceder varias décadas atrás, a esa España de la belle époque. Gracias al circuito teatralizado que ofrece la oficina de turismo municipal, pude conocer de forma divertida la historia de la ciudad a través de actores que interpretaban al propio Machado, pero también de un caballero de la ciudad, un soldado sarraceno, un alguacil o un monje de la Inquisición. Si sois un grupo, recomiendo encarecidamente contratar esta actividad llamada "Contaban en Baeza – Noches de Teatro". No os arrepentiréis de esta puesta en escena por las calles y monumentos de la ciudad con carreras, discursos, sustos y batallas.

La entrada a la ciudad se hace por la famosa Fuente de los Leones en la plaza del Pópulo. Situada sobre un manantial natural, esta fuente está coronada por una antigua estatua romana representando a una diosa rodeada por cuatro estatuas de leones también romanos. Una maravilla.

Sé debido a mi afición por los callejones soy hasta cierto punto, pesado con este tema, pero lo cierto es que Baeza cuenta con callejas estupendas. Tanto, que allí se rodaron numerosas escenas del famoso largometraje "Alatriste", especialmente en aquellas que bordean la catedral de la Natividad de Nuestra Señora. Este edificio, imponente y sólido por fuera, es sin embargo blanco y luminoso en el interior, dando una sensación de livianiedad única. Al salir, la fuente de Santa María, situada en medio de la plaza, es uno de los símbolos de la ciudad, dada su belleza y originalidad, formada por un gran frontón triangular sostenido por atlantes. Enfrente, el antio seminario, además de su fachada elegante, destacan sus antiguos "graffitis" rojos a los cuáles tenían derecho los antiguos estudiantes, y que muchos aprovechaban para burlarse de sus vecinos de Úbeda. Siempre ha existido una rivalidad entre ambas ciudades.

El palacio de Jabalquinto es tal vez, uno de los grandes ejemplos del plateresco español. Curiosas son, desde luego, las figuritas de la portada esculpidas en posturas más que eróticas. Fueron todo un escándalo para la época. Pero eso es lo que pretendría en noble Juan Alfonso de Benavides: mostrar el amor y pasión que reinaban en ese palacio entre él y su esposa.

Justo enfrente del palacio se encuentra la iglesia de la Santa Cruz, una de las pocas (sino la única) iglesia románica de Andalucía, antigua propiedad de los Templarios. Oscura e intimista, este templo llama a la reflexión y meditación. Su interior estaba antaño recubierto de preciosos frescos que ilustraban al pueblo con la historia sagrada y la vida de los santos. Sin embargo, la humedad los ha deteriorado tanto que solo quedan partes de tres frescos y algunos trozos de otros. Especialmente impresionantes son el de San Sebastián o el de la Virgen amamantando al niño.

En definitiva, si os animáis a pasar un fin de semana largo por allí, os espera una arquitectura destacada, una gastronomía sana y jugosa y unos paisajes infinitos. 

La via é un viahe!

Hotel Spa Hacienda La Laguna

dimarts, 10 de maig del 2011

En las dos grandes ciudades de Euskadi

Tenía yo bastantes ganas de conocer las tierras vascas. Mucha gente me había hablado de la belleza de Donostia, de los pintorescos pueblos gipuzkoanos o del lavado de cara de Bilbo. Así que, siguiendo la ruta que nos había llevado a La Rioja, seguimos hacia el norte rumbo a las costas de Euskadi. 

Lo primero que visitamos fue Bilbao, una ciudad en general agradable, pero que no tenía demasiado encanto. Sin embargo, las grandes reformas acometidas alrededor del Nervión, sobretodo con la mega infraestructura del Museo Guggenheim, han cambiado de arriba a abajo la imagen de esta ciudad por completo. Grandes rascacielos se han levantado, nuevos puentes se han tendido y una moderna red de tranvía se ha implantado.

Hablando de puentes, es interesante el que diseñó Calatrava. Muy caracterísitico de su estilo, este puente blanco y de forma armónica es, sin embargo, resbaladizo y peligroso, por lo que el Ayuntamiento se ha visto obligado a instalar una moqueta permanente que oculta el suelo transparente original. Polémicas aparte, lo cierto es que el puente ofrece una obra del prestigioso arquitecto valenciano a la ciudad, modernizando la ría y dando un toque de brillante blanco al gris plomizo que aún predomina en el entorno.


Pasear por la ría es un modo agradable de tener el primer contacto con la ciudad, hasta llegar al edificio que hoy en día representa a Bilbao como su símbolo indiscutible: el impresionante museo que diseñó Frank Gehry. Teniendo muy en cuenta el entorno en el que lo construyó, a través de la piedra y el titanio, el arquitecto canadiense conjugó ambos materiales creando un edificio con una sensación de liviandad y agilidad envidiables. El Guggenheim nos recuerda a uno de esos barcos que se construían en los astilleros que antes existían a lo largo de la ría. Merece la pena entrar simplemente por disfrutar del impresionante hall, alto y luminoso. Además, la fundación cuyo nombre lleva el museo, va rotando obras de arte de su colección por el mismo, con lo que esta infraestructura ofrece exposiciones de arte de una enorme calidad a nivel internacional. Perderse unas horas por estas exposiciones, con guía (son gratis) o sin ellas, es todo un reto para la imaginación. Nosotros intentábamos exprimir los significados de las diferentes obras o montajes, intentando descifrar cual era el mensaje que el artista deseaba lanzar. 

Por fuera, el Guggenheim nos proporcionará un estupendo escenario para fotografiarnos. Además, cuenta con algunas obras de arte externas como la araña gigante de metal que representa la maternidad (con sus huevos en el centro) o a Puppy, el enorme perro de flores y plantas a la entrada del museo que se hizo famoso por aparecer en El mundo nunca es suficiente, una de las películas de la saga 007.

Pero Bilbao no es sólo su museo. La zonas de Abando y el Ensanche, así como el parque doña Casilda son lugares estupendos para dar una vuelta. Y sobretodo, el casco viejo con las Siete Calles originales en las que se fundó la ciudad son ideales para tomar unos pintxos y sacar alguna que otra fotografía simpática.

El fin del día bilbaíno acabamos presenciando, primero, un paso de Semana Santa en una iglesia cercana al teatro de la ciudad, con la gente encapuchada y todo. Y segundo, conociendo y teniendo una breve charla con Txema Oleaga, candidato del PSE-PSOE a la alcaldía de la ciudad.

Bilbo me sorprendió y me dejó con la sensación de ser una ciudad muy agradable para vivir. Sin embargo, fue Donosti la que se llevó la palma. La capital gipuzkoana es bella. Muy bella. San Sebastián es una ciudad moderna y cosmopolita pero a la vez en perfecta armonía con la naturaleza y con su historia. Por un lado, la ciudad vive en consonancia con el Cantábrico, volcada a él, ya sea en sus playas como Ondarreta o la famosísima playa de La Concha. Pero también sus dos montes, el Igueldo y el Urgull, se insertan con naturalidad y gracia en medio de las calles y barrios donostiarras.



De hecho, estos montes son una de las principales atracciones de la ciudad. El Igueldo suele subirse con el antiguo funicular, estética de la belle-époque. Desde arriba se aprecian las mejores vistas de Donosti. Además, el parque de atracciones, anticuado pero con el encanto de lo antiguo, es muy curioso de visitar. Al otro lado de la Concha, el Urgull se alza con un gran Cristo coronándolo. En este caso, lo más típico es subirlo andando, a través del estupendo bosquecito que cubre este monte. Desde arriba, la pequeña fortaleza es perfecta para observar el mar y meditar desde sus almenas y cañones. Y desde abajo, bordear el monte Urgull a través del paseo Nuevo, es toda una experiencia por la que podemos acabar remojados sin nos despistamos y nos atrapa una de las olas que rompen contra el dique. 

Pero bajando a la tierra de nuevo, tenemos otra actividad muy típica: caminar por el paseo de la Concha. Y hacerlo durante una tranquila noche de finales de primavera, con una temperatura muy suave, una ligera brisa, el rumor de las olas y sobretodo, la preciosa isla de Santa Clara iluminada, no tiene precio. Pero también de día, con un cielo azul y un sol que no molesta, para admirar la belleza de la pequeña bahía, pero también los señoriales edificios que se asoman al paseo, según se dice, de los más caros de España. Uno de ellos, en uno de los extremos, es el antiguo palacete en el que veraneó la regente Maria Cristina y también su hijo Alfonso XIII.

Y es que los edificios donostiarras son muy burgueses. Destilan clase y elegancia. Los que bordean la Alameda o el puente de Zurriola tienen mucho estilo, como el hotel y el teatro Maria Cristina. Es interesante como la ciudad ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos insertando en este ambiente decimonónico un edificio de lo más innovador: el cúbico Kursaal, en el que cada año se celebra el internacionalmente conocido Festival de Cine de San Sebastián.

También el centro histórico es bonito y muy recomendable para ir de pintxos. Muchos son los bares en los que encontraremos muestras que nos harán la boca água. Los famosísimos pintxos de esta ciudad, grandes, suculentos y con estilo, se encuentran expuestos en las barras de los locales. Solo queda elegir el que más nos guste y zampárnoslo. Seguramente nos quedaremos con hambre y caigamos en la tentación de coger otro diferente (por eso de probarlos)... y así podemos estar repitiendo varias veces, siempre que nuestra cartera nos lo permita, ya que baratos no son. Y no olvidemos pedir también un vasito de txacolí, el dulce vino vasco, para no quedarnos con la boca seca, claro.

Además de los sofisticados pintxos, también está bien picar algún que otro platito de productos del Cantábrico. En La Mejíllonera, en la calle del Puerto, encontraremos mejillones ya listos para comer a muy buen precio. Con diversas salsas para elegir, tal vez los mejillones "vinagreta" sean los más ricos. Y la sidra del local también es excelente. Para acabar la comida de bar en bar, nada mejor que tomarse un helado artesano paseando por el Boulevard, cerca del reloj, lugar común de quedada de los jóvenes donostiarras.  


Y no puedo cerrar esta entrada sin hablar del gran símbolo de San Sebastián: el Peine de los Vientos, del genial Chillida. Una muestra más de como lo más contemporáneo (las estatuas) junto con los más antiguo (las rocas y el mar) se insertan con armonía en esta bella ciudad vasca, tal vez la más bella no de Euskadi, sino de toda la península. 

dimarts, 26 d’abril del 2011

La Rioja

La tierra con nombre de vino ha sido uno de mis destinos de esta Semana Santa de 2011. En efecto, esta es la primera vez que estoy por el norte peninsular. La incursión empezó en Logroño, una ciudad que me sorprendió y para bien. La capital riojana destaca nada más llegar por su limpieza, tanto en las calles como en las fachadas, que parecen todas recién pintadas. Su casco antiguo tiene callejuelas con encanto y la calle Portales (soportalada como su nombre indica) ofrece unas tardes muy animadas por las decenas de paseantes que la alegran. Templos como la imponente catedral de Santa Maria la Redonda (donde está la tumba del general Espartero, casado con una riojana) o la románica iglesia de San Bartolomé son muy recomendables. También es muy curiosa la torre de la parroquia de Santa Maria de Palacio, con forma de enorme corona imperial.

La fuente de los riojanos ilustres nos ilustrará con alguna curiosidad como que Sagasta era de La Rioja alta. Y con paseíto por el agradable parque del Espolón llegaremos hasta el moderno ayuntamiento del arquitecto Moneo.

Es muy agradable también la zona de alrededor del antiguo convento y ahora Parlamento riojano, con restos de la antigua muralla de la ciudad al lado. Muchos, desde una mirada simplista, pueden pensar que esta olvidada región no es más que un invento político de algunos círculos  elitistas de Logroño. Sin embargo, unos días conociendo la tierra del vino serán más que suficientes para que el visitante se convenza de la especificidad riojana.



Si bien es cierto que su bandera e himno fueron inventados hace pocas décadas, no se puede olvidar que surgieron como respuesta del pueblo riojano ante la dictadura y la falta de libertades. La ciudadanía hizo suyos estos símbolos para solicitar libertad y una autonomía que garatizara el autogobierno democrático de estas tierras. Como solían decir a principios de los 80, La Rioja existía, pero no era.

Dejando la política y los paseos a la luz del sol por la capital riojana, lo cierto es que las mayores sopresas que nos ofrece Logroño surgen cuando cae la noche. Toda salida debe empezar obligatoriamente por la calle Laurel, tal vez la más famosa de la ciudad. No es más que una simple calleja peatonal sin demasiado estilo, prolongada por la travesía de Laurel. Es la concentración de bares de sus bajos lo que le da la fama. Todo gourmet quedará fascinado por la calidad y variedad de tapas que encontramos. El secreto reside en que cada local está especializado en una o unas pocas tapas o pintxos. Por ejemplo, el Bar Soriano está especializado desde hace 30 años en su tapa de delicioso champiñón coronado por una gamba. Los carnívoros quedarán encantados en Lorenzo, con sus tapas-bocadillito tío Agus, rellenos de carne de cerdo con una salsa secreta que en algunos bocados nos recordará al tomillo y en otros al limón. Y la Taberna del Laurel cuenta con unas buenas patatas bravas y con unas grandes brochetas de jugosos gambones asados con trozos de piña.

Pero si las tapas os parecen deliciosas, imaginaos tomarlas entre amigos en las diversas mesas que salpican esta calle y callejón, aprovechando la agradable temperatura primaveral y con una copa de buen vino riojano en la otra mano. Tapear de bar en bar en la calle Laurel es, sin duda, la manera más logroñesa de empezar bien la noche.

Alguna copita en los modernos locales de las calles cercanas nos empezará acercando al dinamismo nocturno de esta pequeña ciudad que acabará por sorprendernos del todo cuando traspasemos el ultramoderno hall del Casino y entremos a su discoteca, digna de la noche de cualquier capital mundial. Una decoración adecuada, varias barras, un DJ en lo alto, zona VIP, una iluminación aceptable y un excelente sistema de sonido junto con una mezcla de música de rabiosa actualidad hacen que cualquier noctámbulo cosmopolita se sienta más que cómodo bailando en este céntrico local logroñés. 


 Es curiosa la mezcla de personajes que pueblan esta discoteca. Desde pijas y pijos de manual dignos de Moma56 a chicas en vaqueros y zapatillas pasando por maduras con ganas de fiesta o señoras que toman una copa tras una cena de compañeros de trabajo. Modernos con pinta de acabar de llegar de Malasaña, Chueca o el Gaixample bailan junto a aburridos señores que esperan a que las compañeras de trabajo con las que vienen se cansen de bailar. Barbies de piernas tan interminables como su pelo y bronceadas de anuncio lucen increíbles tacones al lado de cuarentonas vestidas de blanco como si estuvieran en la fiesta Flower Power. Y garrulos de pueblo comparten barra con chicos en camisa de pelo y patillas largas dignos de cualquier convención del PP.

Tal vez el único "pero" sea que cierra a las 4. Sin embargo, la fiesta sigue, el ambiente en la calle es enorme y hay otros locales que abren hasta las 6, como la sala Norma, situada en un antiguo teatro. Lo cierto es que Logroño tiene una noche bastante interesante y movida.

Pero la capital riojana no es toda La Rioja. Hace falta recorrer sus paisajes de viñedos, sin perder de vista el Ebro, para entender y conocer bien esta tierra. Recorrer en coche sus carreteras es una gran experiencia. De pueblo en pueblo y de bodega en bodega. Lugares históricos e incluso Patrimonio de la Humanidad-UNESCO nos esperan en sus valles y montañas.

San Millán de la Cogolla, por ejemplo, con sus monasterios de Suso y Yuso, nos transportarán mil años atrás con las primeras palabras en lenguas castellana y vasca que un monje anónimo escribió. Observamos en estas dos lenguas algunas notas aclaratorias en el borde de textos escritos en latín. Cualquier hablante del castellano o del euskera debe viajar, al menos una vez en la vida, a este lugar, para sentir los parajes donde por primera vez alguien escribió palabras en estos idiomas.



Además, la arquitectura de estas dos estructuras religiosas es preciosa. La recomendable visita guiada por el monasterio de Yuso nos llevará a una iglesia maravillosa, a ver enormes libros originales de canto gregoriano, a la capilla donde están los restos de San Millán (y algunas de las exquisitas tabletas talladas en marfil que narran la vida de este santo) así como la sacristía, conservada con su secular pintura original.

Santo Domingo de la Calzada, punto clave en el camino de Santiago, cuenta con dos Paradores nacionales increíbles. La recepción del parador de Santo Domingo Bernardo de Fresneda con sus ambiente noble y sus enormes y cómodos sofás, está muy bien para tomar un café o té con pastas entre amigos. Por otro lado, los restaurantes de este pueblo son un buen lugar donde comer unos buenos caparrones con su choricito, morcilla y guindillas troceaditas encima. Pero lo que más llama la atención del visitante es su catedral, en la que dentro sigue habiendo un corral con una gallina y un gallo vivos, en recuerdo del milagro de Santo Domingo de la Calzada, donde la gallina cantó después de asada.

A diez minutos de Logroño encontramos Fuenmayor, villa natal del almirante que inventó al bandera española. Es un agradable pueblecito jalonado de palacetes renacentistas y barrocos.

A pesar de tanta cultura, arquitectura, gastronomía e historia, La Rioja es mundialmente conocida por sus excelentes vinos. Es por esto que las visitas a las bodegas se hacen imprescindibles. Hay muchas y de todo tipo, pero las más impresionantes son aquellas casas que han apostado por arquitectos de prestigio y por convertir las visitas a las bodegas en toda una experiencia.

El ejemplo paradigmático se encuentra en Elciego, un pueblecito de la Rioja alavesa donde las bodegas Marqués de Riscal confiaron al inglés Frank Gehry, autor del Guggenheim de Bilbao, la ampliación de sus bodegas para modernizarlas y también transformarlas en un auténtico resort del vino. Además de las bodegas antiguas y modernas que nos impresionarán y enseñarán como se hace el vino, la estructura que nos quitará la respiración será el hotel de lujo. Enormes láminas de titanio de formas imposibles y colores metálico, burdeos y oro nos recordarán a las botellas de la casa en un enorme edificio que, en mitad del valle y rodeado de viñedos, refleja la luz solar y la envía a todos los puntos del valle, como si de un faro se tratara. Aquí se han alojado últimamente, entre otros, Brangelina.


Lo mejor de la visita guiada a las bodegas Marqués de Riscal es la pequeña degustación e introducción a la enología en un moderno saloncito al final del recorrido. Cualquier apasionado del vino quedará encantado.

Cercas de estas bodegas de encuentra Laguardia, una preciosa población situada en la cima de una colina con unas vistas increíbles. Rodeada por una muralla, cuenta en su interior con una maraña de callejas que nos llevarán a tiempos medievales, con tiendecitas tradicionales y una calma eterna. Alguna de las sorpresas que nos esperan en sus placitas son la escultura metálica del artista vasco Koko Rico, formada por una colección de calzado y bolsos situados de forma desordenada.

Otras bodegas muy llamativas son las Ysios, obra del arquitecto valenciano Santiago Calatrava. Su simetría y uso de los materiales (con el fallo de la madera que se pudre) son impresionantes. El arquitecto ha integrado perfectamente su enorme obra tanto con los viñedos que se extienden delante de la misma como con la imponente sierra que cierra el paisaje unos kilómetros detras.



Nájera, antigua capital navarra, es también paso obligado para los peregrinos con rumbo a Santiago, y cuenta con el Monasterio de Sanata María la Real, con antiguas reinas enterradas allí.

Y pequeños pueblitos como Clavijo destacan por su castillo, en ruinas pero con unas vistas espectaculares. Desde esta antigua fortaleza árabe se apareció Santiago Matamoros, propiciando la victoria cristiana en una de las batallas más importantes de la Reconquista.

La Rioja es, tal vez, uno de los secretos mejor guardados de España. Os aseguro que pasar una semana en estas tierras, que ni son vascas ni castellanas, os dejará unos recuerdos impagables.

dimarts, 12 d’abril del 2011

De restaurantes por Madrid...


Muchos conocen Madrid como ciudad eminentemente castiza, a pesar sus varios millones de habitantes. Sin embargo, la capital española es también una ciudad cosmopolita y su  gran su oferta gastronómica así lo demuestra. La cantidad y calidad de sus restaurantes basados en las diversas cocinas del mundo están garantizadas.

Si lo que buscamos es comida mexicana, encontraremos mucho donde elegir. Tras probar varios, destaca sin duda el Tepic, un local desenfadado, joven y con un diseño a la última, por supuesto con detalles como cactus o una enorme foto mural de un vagón de metro del DF. Los precios son normales, y la carta sencilla pero completa, con todo lo que uno espera encontrar en un restaurante mexicano y alguna sorpresa más. Por lo que hace a los entrantes, la Flauta de chicharrón de queso será un buen comienzo.

Los tacos, como plato principal, se encuentran dividos entre los que llevan queso y los que no. El Acapulco Tropical con queso es particularmente sabroso, jugoso y con el toque de frescura de la piña cocida. Los vegetarianos verán satisfecho su apetito con los tacos sin carne. También hay enchiladas gratinadas, para todo el que busca, y con razón, ese toque picante. Por último, en postres destaca el Tres Leches, muy típico mexicano. Un esponjoso bizcocho circular a base de leche evaporada que se os quedará pequeño.


Y para beber, además de la excelente carta de tequilas disponible, encontramos la famosa michelada, típica cerveza mexicana con lima verde natural y el borde del vaso rodeado de sal. Para los más auténticos está la "michelada Tepic", con chile tanto mezclado con la cerveza como triturado y situado en el borde del vaso. Todo un reto para los no habituales.

El personal, mexicano en su mayoría, es amable y eficiente, y además suelen recomendar platos según el gusto de cada comensal. También suelen animar a compartir, algo que acentúa el carácter desenfadado y amigable del lugar. Sin duda este urban mex (tal y como se definen) no decepciona.

En cuanto a la comida italiana, no hay duda: Ouh... Babbo! es el mejor restaurante italiano de Madrid en relación calidad/precio. La atención personalizada, los ingredientes totalemente importados de Italia y el trato excelente son claves para convertir a este lugar en obligatorio para todos los amantes de la gastronomía del país de la bota. El dueño es el actor hispano-italiano Bruno Squarcia, y es el quien nos aconsejará personalmente. Su cara nos sonará de las series  Al salir de clase o Yo soy Bea

En este restaurante la carta varía cada cuatro meses, adaptándose a los ingredientes de cada temporada, lo que nos garantizará la frescura y calidad de los mismos. Las pastas, antipasti, carnes, pescados y ensaladas son estupendos, pero el núcleo alrededor del cual gira la carta son las pizzas.

En Ouh... Babbo! las pizzas se cuecen en un auténtico horno de leña napolitano y esán hechas con ingredientes especialmente traídos desde Nápoles. En este restaurante tienen muy claro los orígenes de la pizza y por tanto se ciñen a la receta tradicional, con pizzaiolos napolitanos trabajado en sus cocinas. La masa es increíble, así como el queso mozzarella utilizado, pero lo mejor son los pomodorini, los típicos tomatitos secos con ese sabor tan potente. En la respetable carta de vinos encontrarmos toda la variedad de caldos y licores que encontrariamos en cualquier local medio de las calles de la capital del sur italiano.

Y si preferimos adentrar nuestro paladar en los ritmos caribeños, no muy lejos de la estresante puerta del Sol encontramos un lugar donde relajarnos con música cubana en directo: La Negra Tomasa, donde arroz, frijoles y carne de cerdo reinan, dejando un hueco al marisco presente en el Cojimar, plato a base de arroz, camarones en salsa de tomate especiada y rodajas de banano fritas como condimento. 

Otro de los puntos fuertes del local son los grandes batidos de frutas naturales, que suelen tomarse acompañando la comida principal, siguiendo las costumbres americanas. Y como final feliz, los postres cubanos, básicamente compuestos de huevo, arroz y leche, destacando por encima de todos el dulce de coco, compuesto por leche de este fruto tropical azucarado con trocitos blancos de la fibra del coco y una bola de queso crema en mitad de la copa. Y por supuesto, aquí el personal sirve, según ellos, los mejores mojitos de Madrid.

Es curiosa la cantidad de detalles que adornan el restaurante. Las propias camareras llevan aún el tradicional vestido de la Cuba tradicional, aunque la iconografía castristas y del Che abunden. Y si teneis la suerte de toparos con la dueña del local, la señoraTomasa, os pasará consulta de cartomancia cubana a cambio de la voluntad. 

El África negra también ocupa su hueco en el panorama gastronómico de la capital. El Restaurante Senegalés, situado en el corazón de Lavapiés, es uno de los restaurantes donde degustar la consistente y sabrosa comida del país africano. Siguiendo las pautas de consumo de la región, enormes platos para compartir son servidos en medio de las mesas, a base de arroz y trozos de mandioca y cerdo en la mayoría de ocasiones. Es verdad que la carta es poco variada, pero aún así, la comida es auténtica y deliciosa. En el África subsahariana no hay primeros y segundos platos, sino que se como todo a la vez en la misma fuente.

Un plato cada dos bastará. Y no olvideis pedir una de las bebidas de la carta, de nombres imposibles de recordar, pero con sabores que no olvidaréis jamás. Muy dulces y a base de frutas autóctonas del Senegal, estos líquidos nos trasportarán a las selvas y bosques de la zona, y a los aromas de aquellas enormes flores de colores que crecen en las tierras fértiles del África tropical. 

El local es sencillo pero muy auténtico. Además, la amabilidad de los camareros es impagable. Un ambiente relajado donde comer mucho por precios muy bajos rodeados de parte de la comunidad senegalesa de Madrid. Al lado hay una tienda de productos africanos importados, para los que se quedan con ganas de más.

Y sin dejarnos Asia de lado, Japón ocupa un lugar clave en muchísimos restaurantes madrileños. Curiosamente muchos de los dueños de restaurantes japoneses suelen ser chinos. Anécdotas aparte, uno de los japoneses más auténticos de la capital es el Nagoya, muy próximo a la plaza de Olavide. A mediodía suele tener un menú a precios muy asequibles, en especial la caja bento, tan tradicional, con su sopa de miso calentita para empezar. Después llegará la caja de cerámica, con una degustación de sushis, sashimi, maki y tempura. Y no faltará la sempiterna salsa de soja o la bolita de picante wasabi. Además de los bento, otra opción para los más carnívoros es pedir los kami yakisoba (tallarines con crujiente pato y salsa teriyaki).

Desde Lonely Planet afirman que este es el mejor japonés de Madrid. Desde luego, es muy recomendable para todo amante de esta cocina. Pero si lo que buscamos es mayor sofisticación, sin dejarnos la cartera por el camino, Sukothay (en la Castellana) es cita obligada para los amantes de la cocina oriental. De fusión tailandesa y japonesa, también cuenta con dos cartas diferenciadas de estas dos gastronomías. Además de gran variedad de tés y una amplia bodega.
 
La decoración del lugar se inspira en el lujo asiático y es especialmente recomendable acudir a cenar. Su tenue iluminación es excelente y su servicio exquisito. Del lado tailandés, el Gai satay (mini brochetas de pollo con la deliciosa salsa de cacahuetes) es un entrante excelente, aunque el Kaek gung tampoco se queda atrás (deliciosa tempura de langostinos y cangrejo). El Ped Makarm Sapparot (magret de pato con pok choi y salsa de piña y lima) también es muy recomendable.

La calidad de los sushis es también notable: de hecho, si preferimos algo más rápido o informal, en la entrada hay una barra de sushi. Destacan los buenísimos makis tempurizados, calentitos y con el alga nori crujiente. Y el sashimi ceviche nos trasladará a los sabores cítricos resultantes de la gran comunidad japonesa que desde hace décadas reside en Perú.

Desde luego, esto solo es un botón de muestra de los muchísimos restaurantes internacionales con los que cuenta Madrid, pero por ahora estos son mis favoritos. Aunque lo mejor de ellos, claro está, es cn compañía de quién los disfrutas. Os dejo las direcciones, por si acaso:

Mexicano - Tepic
Calle Pelayo, 4. Metro Chueca.

Italiano – Ouh... Babbo!
Calle Caños del Peral 2, Metro Ópera.

Cubano - La Negra Tomasa
Calle Cádiz, 9. Metro Sol.

Senegalés – Restaurante senegalés
Calle Amparo esquina calle Sombrerete. Metro Lavapiés.

Japonés – Nagoya
Calle Trafalgar, 7. Metro Bilbao

Tailandés / Japonés – Sukothay
Paseo de la Castellana, 105. Metro Santiago Bernabéu.