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dijous, 24 de setembre del 2020

Zúrich

La capital ecónomica de Suiza

Zurich, capital económica de uno de los países con mayor renta per cápita del mundo, rebosa dinamismo. Su diversificada economía atrae a profesionales de todas las ramas y genera un entorno urbano agradable. Aunque es una ciudad muy adaptada a la época contemporánea y con una visión de futuro clara, Zurich también cuenta con una rica historia que se observa especialmente en el centro de la ciudad.


Un poco de historia

Es recomendable empezar la visita por el casco antiguo, dividido en dos partes por el río Limmart. La zona al este del río nos retrotraerá al Zúrich de hace siglos, con casas de arquitectura alpina, callejones estrechos y empinados y plazuelas con fuentes que rebosan de agua potable de los Alpes rodeadas de maceteros con exhuberante vegetación. Recomiendo recorrer la animada calle Niededorf, con sus tiendas y restaurantes, muchos considerados trampas para turistas, pero muchos otros reconocidos por los locales como de gran calidad. Precisamente en un de ellos comimos: el Enzian. Cuenta con precios aceptables, siempre dentro de los parámetros suizos, y además, las camareras fueron amabilísimas. Pedimos el tradicional Züri Gschnatzelets, el plato de la ciudad. Se trata de un guiso de ternera joven con champiñones al vino, acompañado de un rösti, que es una tortita de patata rallada con cebolla y un poco de queso frita, muy parecida al hash brown norteamericano. También pedimos un plato de percas pescadas en los ríos de Berna rebozadas en una masa crujiente con cerveza acompañadas de una ensalada aliñada con lima y jugo de frutos del bosque. La calidad de los ingredientes fue excelente.

Seguimos por la Niededorf hasta toparnos con la Grossmünster, la catedral de la ciudad ordenada construir por Carlomagno tras descubrir las tumbas de San Félix y Santa Régula, patrones de la ciudad. Impresiona la serenidad de sus dos esbeltos campanarios simétricos. Si entráis, su cripta, de 1107, se considera el lugar conservado más antiguo de la ciudad. 

Justo enfrente encontramos la Helmhaus pegada a la antigua Wasserkirche, o lo que queda de esta antigua iglesia pegada al río: su preciosa nave central. Esta iglesia se construyó sobre la piedra donde se martirizó y mató a los dos patrones de la ciudad. Tras la reforma protestante se convirtió en una biblioteca de la universidad de la ciudad y ahora es el auditorio de la Helmhaus, casa anexa que ahora es una prestigiosa galería de arte contemporáneo donde se exhiben novedosas performances e instalaciones de artistas de todo el mundo. 


Si continuamos descendiendo hacia el lago, pasaremos por Café Odeon, de estilo art nouveau y abierto en 1911, lugar de encuentro tradicional de las elites intelectuales europeas de aquel entonces. Por sus sillas y butacas pasaron desde Lenin a Mussolini, sin olvidar a Einstein, Zweig, Trotsky, Joyce... se dice que aquí nació el dadaísmo fruto de animadas discusiones de artistas de todo el continente. Pero no solo de arte se hablaba: eran frecuentes las animadas tertulias de filosofía, literatura, política, arte y ciencia. Durante la II Guerra Mundial se convirtió en uno de los centros de encuentro de las elites democráticas europeas continentales que huían del fascismo en expansión. Finalmente entró en decadencia a partir de los años 70 debido a la expansión del uso de las drogas en este vecindario, aunque en los últimos años ha vuelto a resurgir gracias al turismo. Vale la pena disfrutar de su decoración y tomarse una copa de champán. Precisamente fue el Odeón el que popularizó esta cara bebida, que era servida por botella y que en este café empezó a servir por copas, democratizandonla. 

Continuamos el paseo por la amplia Bellevueplatz, donde encontramos otro lugar interesante para probar la gastronomía local: el Sternen Grill en el podremos pedir la Servelat o tradicional salchicha local hecha a base de carne de vaca, cerdo y bacon a partes iguales embutidos en tripa de vaca. También son especialistas en la St. Galler bratwurst, esta salchicha a partes iguales de vaca y cerdo con leche (de ahí su color blanco) y embutida esta vez en tripa de cerdo. Todo se cocina a la parrilla. Regadlo de Appletiser, una bebida de manzana ligeramente carbonatada que se inventó en 1966 con tecnología suiza.

Finalmente, acabamos en la Ópera de estilo neoclásico y con una decoración muy austera (al menos el exterior). Si cruzamos por el puente Quaibrücke al oeste del Limmart nos encontramos con el otro lado del casco antiguo, en el que, pese a que aún quedan casas tradicionales y alguna callejuela, priman los edificios de estilo burgués del siglo XIX así como los grandes bulevares, encabezados por el señorial Bahnhofstrasse, o avenida de la estación de tren. Este bulevar se inauguró hace más de 150 años en la antigua fosa de la muralla de la ciudad, ahora derruida. Bahnhofstrasse conecta la estación central de ferrocarriles de Zurich con el lago, con la famosa Paradeplatz a mitad de recorrido, que es a la vez un nodo de conexión de líneas de bus y tranvías así como el corazón financiero de la ciudad. 

En esta vía arbolada, flanqueada por los edificios más señoriales de la ciudad, se mezclan turistas con ricos residentes locales, donde muchos observan los exhuberantes escaparates de las principales firmas de lujo y unos pocos entran para hacer alguna compra aprovechando que el franco suizo está barato. De hecho, la boutique de Louis Vuitton tenía una larga cola de personas esperando para entrar. Otra tienda interesante es la de Lindt, donde poder comprar las decenas de variedad especiales que ofrece esta popular chocolatera suiza. 

A este lado también se encuentran algunos edificios icónicos como la iglesia de San Pedro, con su gran reloj suizo tradicional en el campanario o la ahora iglesia protestante Fraumünster, unas calles más al  sur, que cuenta con otro bello campanario, más puntiagudo, y un interior con vidrieras de Giacometti y un rosetón de Chagall

En verano, otra de las zonas de obligada visita son los parques que rodean el lago de la ciudad, llenos de gente tomando el sol, haciendo picnic o dándose un baño en las gélidas pero limpias aguas. Si os gustan los paseos en barco, podéis tomar uno en los muelles de la Burkliplatz. Especialmente agradable es el jardín chino, con playa privada, baños, cafeterías y zona de juegos para niños, pero es de acceso de pago. En el resto de ambos lados del lago existen amplias explanadas de hierba donde tomar el sol entre chapuzón y chapuzón.


El nuevo Zurich

Otro de los barrios que no hay que perderse es el dinámico Industriequartier, ahora rebautizado como Zúrich-Oeste. Hasta hace unas décadas aquí se construian barcos o motores y se refinaban harinas. Ahora se ha convertido en el barrio más inn de la ciudad, al que deben acuidr todos los amantes de la gastronomía, el arte, el diseño, la arquitectura, las compras o la vida nocturna. Las grandes naves vacías de las antiguas fábricas son ahora talleres de diseñadores, galerías de arte o showrooms de tiendas de muebles y decoración. Los antiguos contenedores de han transformado en tiendas, heladerías y cocinas de comida fast-good, con terrazas llenas de alargadas mesas de madera y zonas de sofás en las que relajarse con tu grupo de amigos o conocer a gente nueva. Recomiendo especialmente la zona de containers "Frau Gerold", donde destaca la "Gelateria di Berna" con helados artesanales como el de fresas con aceite balsámico o el de la casa, con chocolate suizo puro, nata y coco.

Muy cerca se encuentra uno de los locales más curiosos en los que he estado: se trata de Urban Surf, una instalación con una piscina y un potente generador de una ola permanente perfecta para practicar el surf. Mientras expertos y novatos practican este deporte o se inician en él, el resto podemos sentarnos en una de sus mesas para disfrutar de un aperitivo mientras vemos las proezas de los expertos o las graciosas caídas de los que acaban de empezar. 

Continuamos el paseo hacia la vía elevada de tren que parte el barrio en dos se ha convertido en otro punto de atracción, específicamente los arcos del viaducto Letten, ahora  con tiendas de diseño, restaurantes y cafeterías a la última. 

Además, también conocí el nuevo barrio de Oerlikon, fuera de las rutas turísticas pero hogar de mis amigos, donde estaba su piso en el que me quedé. Este moderno barrio mezcla sedes de grandes multinacionales y de la radiotelevisión pública suiza con amplios bulevares, parques y altos rascacielos llenos de amplios y luminosos apartamentos. En esta zona se anima a hacer vida en común, con parques que cuentan con barbacoas públicas, zonas de picnic e incluso hornos de leña para días de pizza. Los apartamentos no suelen tener lavadora propia por lo que hay lavanderías comunes por cada tres plantas. Y las calles dentro de cada grupo de edificios suelen ser peatonales. Varios elementos que buscan favorecer una convivencia entre vecinos.

Finalmente, para los amantes de la arquitectura recomiendo parar en la estación Stadelhofen, diseñada por Calatrava en 1984. Esta fue la primera gran obra del arquitecto e ingeniero valenciano tras finalizar sus estudios de ingeniería de construcción en la Universidad Eidgenössische Technische Hochschule de la ciudad (y la carrera de arquitectura en la Universidad Politécnica de Valencia). La construcción es un conjunto de escaleras, puentes y andenes al estilo de una escultura orgánica pasa en forma de un paseo para peatones a través de las vías y cuesta arriba hasta una pasarela que ofrece a los transeúntes posibilidades para sentarse y disfrutar de la vista. Se adapta perfectamente a la colina en la que se sitúa y llaman especialmente la atención las puertas plegables artísticas con las que se cierran por la noche las entradas al área subterránea de tiendas. A los valencianos os recordará al puente Nou d´Octubre que diseñó el arquitecto poco después, en los tiempos en sus materiales estrella eran el hormigón gris y el acero negro.


En la cima de la ciudad

El último día lo empezamos subiendonos al Uetliberg, la montaña más alta que rodea la ciudad, de 871 metros, que permite observar una preciosa panorámica de la misma, del lago, y de la cordillera de los Alpes. Como los coches privados están muy restringidos y subirla a pie hubiera requerido consagrar el día entero a ello, optamos por tomar la línea 10 del metro Zürich, que es en realidad un tren ligero que sube hasta casi la cima y desde donde un corto trecho podremos disfrutar de las maravillosas vistas. Arriba hay un hotel-restaurante muy concurrido así como un merendero para los que prefieran hacer picnic. Si sois madrugadores, una buena opción es llevar tarros de cristal con "birchermüesli" casero, una creación del doctor zuriqués Bircher-Benner, que en 1900 la inventó como remedio a pacientes enfermos, como una mezcla de copos de avena, nueces, almendras, avellanas, manzana fresca, zumo de limón y yogur.

Eso sí, cuidado con las abejas, hay muchísimas en verano. La subida en el tren es muy agradable, sobretodo por el frondoso bosque que atraviesa la vía. Podéis tomar el tren en los andedenes 21 o 22 de la estación central de la ciudad.

El corazón de Europa

Además de disfrutar de sus encantos, Zúrich permite descubrir otros puntos interesantes cercanos gracias a sus buenas conexiones por vía férrera o por sus excelentes autopistas. Nosotros optamos por descubrir otros pueblos y ciudades suizas, el principado de Liechenstein y la ciudad alemana de Constanza con la cercana isla de Reichenau.

El principado de Liechtenstein

Fue nuestra primera escapada, donde llegamos disfrutando de las vistas de los majestuosos Alpes y enormes cascadas de agua formadas al fundirse la nieve de las cimas. Este pequeño país está situado en un valle a los pies de una pequeña cordillera en donde se sitúa el castillo de Vaduz, la minúscula capital. Las vista sde esta fortaleza del siglo XVI son las más famosas del país. Aqui vive el Príncipe con su familia por lo que no está abierto a los vistantes más que en su día nacional, cuando se abre para que todo el que lo desee disfrute de las vistas de los fuegos artificiales que se lanzan.

Paramos en un restaurante orgánico en el que almorzamos una sopa recién hecha de verduras acompañada de un queso bio que acababa de traer una pastora de la montaña. Luego aparcarmos al lado de la catedral de Vaduz, de estilo neogótico, construida en 1873, y caminamos de la calle mayor, o Städle, pasando una estatua de los actuales príncipes, el majestuoso edificio del Gobierno, de tejas de colores, construido en 1905. Ese día hacía un tiempo horrible, frío y lluvioso, por lo que tampoco pasamos mucho tiempo en este pequeño país. Evitamos sus museos de arte y su famoso museo postal, y nos centramos en curiosear algunas tiendas y sobretodo su moderno centro de visitantes, construído en madera, en el que además de venderse una gran variedad de souvenirs para todo amante de la aristocracia, ofrece la posibilidad de personalizar sellos. Liechtenstein obtuvo su propio servicio postal recientemente, separándolo del suizo. Ello hace que pueda emitir sus propios sellos. Por ello, una de las curiosidades del país es poder hacerte una foto y personalizar un conjunto de sellos que serán de uso legal desde los buzones del país hacia cualquier parte del mundo. 


La ciudad de St. Gallen

De vuelta a Zurich aprovechamos para hacer una parada y visitar St. Gallen, otra dinámica ciudad suiza encajonada entre el lago Constanza y los Alpes. Su nombre (en castellano, San Galo) proviene del monje irlandés que llegó por aquí en el siglo VII para evangelizar la región. La leyenda cuenta que hizo un pacto con un oso para que le protegiera en el bosque. De ahí el escudo de este cantón. Poco después, monjes benedictinos se establecían fundando una abadía que llegó a ser muy próspera hasta el punto de transformarse en ciudad en el siglo XI.

Actualmente, St. Gallen es una rica ciudad cuya universidad es considerada entre las mejores en lengua alemana, especialemente en temas económicos y de gestión empresarial y financiera. Pero a nivel turístico, llama su atención su hermosa abadía de Saint Gall. 

Este conjunto de edificios es un ejemplo perfecto de gran monasterio carolingio, siendo uno de los  conventos más importantes en Europa desde el siglo VIII hasta su secularización en 1805. Su biblioteca es una las más ricas y antiguas del mundo y posee valiosos manuscritos, entre los que figura el más antiguo de los planos arquitectónicos en pergamino hallados hasta ahora. Una pena que no pude visitarla porque cuando llegamos ya estaba cerrada. El convento actual es una reconstrucción barroca realizada entre 1755 y 1768, incluyendo la catedral, aunque este excepcional conjunto arquitectónico es testigo de doce siglos de ininterrumpida actividad espiritual y cultural.

La imponente catedral, construída encima de la tumba de San Galo, es una de los últimos ejemplos de barroco tardío, de gran armonía. Su alargada planta cuenta con una enorme cúpula en la parte central, bajo la cual encontramos el altar y la pila bautismal. En el interior de la cúpula, un impresionante fresco representa al cielo, con la Santísima Trinidad en el centro y alrededor filas de nubes a diferentes niveles con santos agrupados según la parábola de las bienaventuranzas. El suelo tiene un diseño de estampado de flores, y las rejas que rodean el altar también cuenta con flores metálicas. Esto representa simbólicamente el jardín donde Dios creó al ser humano y vivió simbólicamente con él. Allí también se encuentra el precioso coro con marqueteria y talla de madera mostrando las etapas de la vida de San Benedicto. Los confesionarios que se situan en los laterales también son espectaculares, en madera tallada. Los del lado derecho muestran historias bíblicas de protagonistas varones y los del lado izquierdo con mujeres.

Caminamos también por los bellos jardines de la abadía y luego por las calles del centro histórico de la ciudad, abarrotadas de tiendas, cafés y otros locales, y que estaban decoradas con banderas suizas debido a la proximidad de la fiesta nacional del país.


Stein am Rhein

El último pueblo de suiza previo cruce de la frontera alemana es otra gran excursión a realizar desde Zurich. Esta joya del urbanismo medieval es un oasis de paz y contemplación de casones tradicionales suizos, con bellas fachadas de entramado de madera y tejas rojas apretadas a lo largo de calles empedradas y plazas con fuentes de estatuas doradas. Algunas de estas casas cuentan con preciosos frescos. Este pueblo de no más de 3000 habitantes ya cuenta con más de 1000 años de historia y eso se observa en cada uno de sus rincones.

Al estar situado al lado del Rin su encanto aumenta, especialmente por ser aquí donde el lago Constanza se transforma de nuevo en este importante río. Antes de recorrer el paseo fluvial, entramos en una de sus tradicionales panaderías y pedimos un par de los tradicionales "susse sandsack", unos bollos rellenos de una especie de arena de avellana deliciosos. Nos lo comimos disfrutando del sol y los enormes bancos de madera que hay a orillas del río, en los que caben perfectamente tres personas tumbadas.

Además del Rin por un lado, el pueblo está bordeado por una colina al otro lado en la que se alza un castillo muy similar al de los Príncipes de Liechenstein. Se trata de la fortaleza Hohenklingen, construida en 1225. Desde sus almenas disfrutamos de las mejores vistas de Stein am Rhein.

El sur de Bäden-Wutemberg

Continuamos nuestra ruta hacia la isla monástica de Reichenau. Situada en el lago Constanza, la isla conserva vestigios de un gran monasterio benedictino, fundado en el año 724, que ejerció influencia espiritual, intelectual y artística en toda la región. De las veinte iglesias que llegó a tener esta isla-monasterio solo perduran tres: las tres iglesias de Santa María y San Marcos, San Pedro y San Pablo, y San Jorge (donde se guardaron reliquias del santo), construidas entre los siglos IX y XI. Estas ofrecen una visión de conjunto de la arquitectura monástica medieval de Europa Central. Sus numerosos murales atestiguan la existencia de una extraordinaria actividad artística. Aunque es cierto que su interior es bastante sencillo, un románico bastante austero. Me encantó el precioso reloj de sol en uno de los lados exteriores de la iglesia de Santa María y San Marcos.

La isla es un lugar muy tranquilo, lleno de campos que en el mes de agosto están a rebosar de frutas, hortalizas y flores, dándole un aspecto colorido precioso. A lo largo de los caminos se suceden los puestos de frutas y verduras frescas y también hay varias cafeterías al borde del lago, con praderas en las que tomar una buena siesta.


Finalmente, antes de volver a Suiza, visitamos la animada ciudad de Constanza. Esta ciudad, de gran historia (aquí firmó la paz Barbarroja con los lombardos y se produjo el cisma de Occidente del siglo XV) es también una ciudad con un presente fascinante. Junto con Heidelberg, es una de las pocas ciudades alemanas que se libró de los bombardeos en la II Guerra Mundial, por lo que conserva un casco histórico precioso. Ello, junto con su dinámica universidad y su microclima diferente al resto de la región, la convierten en una ciudad muy animada. Además, es un destino frecuente para los habitantes del norte de Suiza para hacer compras, mucho más baratas que en la Conferederación Helvética.

Paseamos por los jardines del lago y cenamos con vistas al mismo en una de las terrazas que lo bordean. En el puerto lacustre se levanta la estatua Imperia, hecha de hormigón, de 9 m de altura. Su curiosidad es que cada 4 minutos da un giro completo sobre su eje. La estatua recuerda satíricamente al Concilio de Constanza, siendo una voluptuosa joven con las dos manos alzadas, una sosteniendo al Emperador y la otra al Papa. Tras la cena dimos un paseo nocturno por sus agradables calles, visitando la Münsterplatz, donde está la imponente catedral, con un bellísimo claustro anexo que aún se mantiene, además de los restos de la fortaleza romana que fundó la ciudad, situada bajo una pirámide de cristal que permite verla. Numerosas calles del centro histórico de la ciudad, como la Wessenbergstrasse o la Rosgartenstrasse, poseen gran cantidad de edificios medievales con bonitos balcones y pinturas en las que se puede leer la fecha de su construcción, nombre o gremio. Muchas de ellas son anteriores al siglo XV.

Ich werde wiederkommen

Me tocará volver a Zurich para acabar de visitar todo lo que me faltó, especialmente el curioso Museo de las Finanzas, del pabellón de Le Corbusier y sobretodo para disfrutar del Zúrich navideño y de las excelentes pistas de esquí cercanas de los Alpes. O de una escapada a Berna, la capital suiza. O a Basel, la capital suiza del arte contemporáneo. Parece claro que acabaré volviendo al corazón de Europa.