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dimecres, 29 de desembre del 2021

Zanzíbar

La isla de las especias

Zanzíbar es un destino que ha ido creciendo en popularidad entre europeos y árabes, especialmente para parejas en luna de miel que acaban allí su periplo de safaris por Tanzania. La isla ofrece todo lo que un viajero poco aventurero puede pedir: playas paradisíacas, temperaturas agradables todo el año, excursiones curiosas, una fauna submarina espectacular, gente maravillosa, un alto grado de seguridad y una ciudad patrimonio de la humanidad.

Personalmente, y desde hace años, me había fascinado esta isla del océano Índico. Concretamente desde que leí el capítulo que Kapuscinski dedica a la misma en su maravilloso libro "Ébano". Y es que la historia de la isla es fascinante: ocupada por portugueses, indios e ingleses, finalmente fue tomada por los omaníes. Estos, protegidos por la Marina británica, trasladaron la capital del Sultanato de Omán desde Muscat a la propia Zanzíbar, creando la curiosa capital, Stone Town. Finalmente, en los años sesenta del siglo XX, una revolución expulsaba a los omaníes de Zanzíbar y la isla se unía a Tanganyika, creando la República Unida de Tanzania, que existe hasta el día de hoy. 

Nosotros llegamos con Qatar Airways, la opción más económica y cómoda desde Madrid. Primera cosa que nos llamó la atención: antes de aterrizar las azafatas nos informaron que debíamos dejar cualquier bolsa de plástico de un solo uso en el avión puesto que en Tanzania están prohibidas y se multa a quien las tenga. La peste del plástico ha azotado especialmente a África y muchos de sus países se están poniendo las pilas para erradicarla.

La costa noreste

Para poder disfrutar al máximo de la isla, optamos por dividir nuestra estancia en dos lugares. Los primeros días los pasamos en Matemwe, una de las zonas menos desarrolladas de la isla. Esto se debe a que tiene pocas playas y estas desaparecen con la marea del Índico durante muchas horas del día. 

Específicamente nos quedamos en el hotel Sunshine Marine Lodge, un precioso complejo de cabañas de madera diseñado para crear el mínimo impacto sobre la isla. Sus habitaciones están todas orientadas al océano, por lo que no cuentan con aire acondicionado (ni falta que hace) ya que la agradable brisa refresca el ambiente constantemente. Por otro lado, no usan botellas de plástico de un solo uso: en la habitación rellenan las botellas de cristal de agua que viene de grandes bidones de agua mineral rellenables, Y en el restaurante solo usan botellas de cristal que luego devuelven a las embotelladoras. También minimiza el uso de plásticos en el baño proponiendo pastillas de jabón orgánico hechas allí.

Más allá de su apuesta por la sostenibilidad, el Sunshine Marine Lodge cuenta con otras grandes ventajas: en primer lugar, tiene una piscina infinita maravillosa desde la que disfrutar de las vistas de la isla de Mnemba. Además, cuenta con un club de submarinismo con todos los equipamientos necesarios, incluida una profunda piscina de ensayo. Y para los que no buceamos, ofrece excursiones de snorkel al arrecife de enfrente, desde el que ver fauna y flora marina tropical del Índico, una gozada. Finalmente, tiene un restaurante maravilloso, con platos internacionales y swahilis, que cambian cada día, y ofrecen pescado y marisco fresquísimos, así como uso abundante de verduras tanto hervidas, como a la parrilla o preparadas en deliciosas sopas caseras.

También cuenta con bicicletas que se pueden tomar prestadas de forma gratuita para ir al hotel hermano, que cuenta con una bellísima playa privada donde bañarse y broncearse. En el camino nos encontramos con rebaños de cabras y vacas locales (con una joroba) muy curiosas.

La isla y arrecife de Mnemba

Desde el Sunshine Marine Lodge ofrecen excursiones de mañana para disfrutar del arrecife. Saldréis temprano en una furgoneta hacia una playa cercana para embarcar en una lancha que os llevará hasta un bote más grande con el que daréis vueltas a la isla. En ese periplo, iréis parando en algunos puntos destacados donde el snorkel es maravilloso: veréis peces de miles de colores, corales preciosos, anémonas, estrellas y erizos de mar y cor suerte, hasta caballitos de mar, así como alguna morena.

La isla de Mnemba es un complejo hotelero privado por lo que está estrictamente prohibido pisar su playa. Por cierto, recordad NO pisar ni tocar los corales (son muy sensibles). Si queréis descansar durante el snorkel, podéis poneros de pie en las decenas de zonas con fondo de arena. Tampoco se puede tocar ningún animal (siempre hay graciosos sacando estrellas de mar del agua para hacerse una foto). Se trata de disfrutar de la naturaleza sin cargársela, y los corales están retrocediendo a gran velocidad en todo el mundo debido a la acidificación de mares y océanos por los elevados niveles de CO2 a los que estamos sometiendo a nuestro planeta. 

Nosotros tuvimos la gran suerte de ver delfines de muy de cerca. Nuestro guía los vio, nos acercó, paró el motor, nos lanzamos al agua y vinieron a saludarnos acercándose muchísimo. Sin embargo, otro barco vino con su motor y los asustó a los pocos minutos, haciendo que se marcharan rápidamente. Fue una experiencia muy potente, me recordó mucho al encuentro con los manatís que disfruté en Crystal River cuando vivía en Florida.

Especias y su cocina

Zanzíbar se conoce como la isla de las especias y no por casualidad. Los primeros que trajeron especias allí fueron los comerciantes del subcontinente indio, pero fueron los omaníes los que convirtieron a la isla en uno de los grandes centros productores de especias del mundo, con enormes cultivos en los que usaban esclavos de todo el este de África. Actualmente, la herencia de las especias se puede ver no solo en la sabrosa cocina local, sino también en las granjas que fueron expropiadas a sus dueños árabes tras la independencia y que gestiona el gobierno en su mayoría, aunque cedió otras al cultivo por cooperativas de comunidades locales.

Contratamos un tour por una de ellas a través del hotel, una actividad que os recomiendo mucho. En la granja vimos un montón de plantas, empezando por los impresionantes arboles de ceiba y su kapok, una fibra algodonosa, abundante y sedosa que aparece alrededor de sus semillas en las altas ramas. Por supuesto vimos las plantas de donde salen especias como el cardamomo, la canela, el jengibre, el clavo o una curiosa planta cuyos frutos se abren y sus semillas se chafan para lograr pintalabios, y por supuesto, vainas de vainilla.

La mayoría de estas granjas están fuertemente orientadas al turismo por lo que es difícil evitar cosas como que alguien te hilvane coronas o collares con la fibra de las palmeras, o que se suban a estas (de forma muy hábil por cierto) para bajarte un coco. Dadles pequeñas propinas porque tampoco son pesados ni groseros. Al final de los tours también os llevarán a puestos donde poder comprar paquetitos de las especias que producen en dicha granja, y que son los mismos que se encuentran en cualquier tienda del país, empezando por las del zoco de Stone Town. Hay que regatear porque los precios iniciales son bastante elevados. Pero encontrareis cosas curiosas como café de banano o el de cardamomo.

Optamos por acabar el día en la granja cocinando con una familia (solo mujeres cocinan, los hombres de la casa solo miraban), donde podréis degustar platos típicos de la isla, que en realidad son una mezcla de cocinas africanas, árabes e indias. A nosotros se nos alargó más de cuatro horas la experiencia de cocina y comida, por lo que os recomiendo que expliquéis al guía que determinados pasos, como pelar ajos, cebollas y patatas, no hace falta hacerlos ya que son cosas que también sabemos hacer en Europa y que alargan demasiado la experiencia. Aún así, fue curioso preparar un festín desde cero con ellas, utilizando rudimentarias cocinas portátiles de carbón, y preparándolo todo en el suelo. Lo que más me llamó la atención son los bancos de madera con una pieza metálica incorporada que permite rallar el interior coco para obtener su "carne" y luego estrujarla con las manos para sacarle la leche que se utiliza en varios platos.

El resultado fue un pilau como plato principal (un arroz especiado delicioso que tiene sus orígenes en la antigua Persia), un delicioso atún a la brasa, un guiso de espinacas al coco, chapati (un pan plano originario de la India) y de postre plátanos macho hervidos en una salsa de leche de coco y canela. Todo regado con Stoney Tangawizi, un potente refresco burbujeante a base de jengibre que nos encantó.

La costa noroeste

Tras disfrutar del noreste, nos fuimos a ver las grandes playas del noroeste. Personalmente, esta parte de Zanzíbar me gustó algo menos: primero porque está mucho más poblada, y las playas están a reventar de gente, tanto locales como turistas. Aquí abundan las grupos de amigos rusos o italianos, las parejitas de luna de miel europeas y árabes, así como familias o grupos de amigos de residentes en la isla, por lo que es muy difícil relajarse. Os atosigaran vendedores con frecuencia turnándose con niños corriendo de acá para allá o algunos grupos de turistas borrachos. Además, la mayoría de hoteles son enormes resorts de dudoso gusto y son pocas las piscinas realmente bonitas. 

Nosotros nos alojamos en el Kendwa Beach Resort y nos gustó bastante menos que el primer hotel, por varias razones: primero, porque las habitaciones eran construcciones de cemento no adaptadas al clima de la isla que requerían tener el aire acondicionado enchufado (si lo apagabas te morías de calor). Además, la comida es peor en general, nada especial, muy internacional (aunque siempre incluían alguna especialidad swahili cada día). La piscina, sin ninguna vista, era bastante fea, rodeada de césped artificial.

Lo único más o menos interesante de esta parte es que andando se llega rápido a Nungwi, un curioso pueblo costero local donde poder ver el día a día de los habitantes de la isla, incluyendo a los constructores de dhows (los barcos locales) en plena faena en la playa; así como a los pescadores a su llegada a los pequeños mercados de pescado y marisco. Además, las puestas de sol en la playa son inolvidables.

La ciudad de piedra

Finalmente, el último día lo dedicados a descubrir la capital de la isla: Stone Town. La ciudad de piedra de Zanzíbar es un magnífico ejemplo de las ciudades comerciales swahilis del litoral del África Oriental. Stone Town ha conservado su tejido y paisaje urbanos prácticamente intactos, así como muchos edificios soberbios que ponen de manifiesto la peculiar cultura de la región, en la que se han fundido y homogeneizado a lo largo de más de un milenio elementos muy diversos de las civilizaciones de África, Arabia, la India y Europa. Antigua capital de Omán, ahora son muy pocos los residentes de origen árabe que quedan en la ciudad, pero aún se puede ver en algunas de sus calles, sobre todo las que mantienen comercios especializados, como sastres, joyeros o fotocopistas.  

Stone Town permite un recorrido arquitectónico de la historia de la isla, empezando por el fuerte portugués del centro, construido para proteger sus rutas hacia la India. Paseando por las callejuelas os encontraréis con elegantes mansiones (ahora muchas en decadencia, puesto que fueron ocupadas tras la revolución de los años 60) pero que aún conservan las magníficas y elegantes puertas importadas de la India, de madera tallada y con pinchos metálicos usados en su país de origen para alejar a potenciales elefantes curiosos. Estas puertas las trajeron en su mayoría comerciantes indios que acabaron instalándose en la ciudad. En pequeño templo hinduista que permanece atestigua la presencia de esta minoría. Precisamente, de una familia de una minoría de esta minoría india nació Freddie Mercury, en una de estas casas de Stone Town (ahora muy visitada), con el nombre de Farrokh Bulsara, de una familia Parsi (una minoría india que practica la religión zoroástrica).  

Finalmente, admirad las antiguas mansiones del Sultán omaní, su corte y los comerciantes que se instalaron en los alrededores. Sus preciosos balcones de madera y sus ornamentadas ventanas os trasladarán a cualquier ciudad del mundo árabe. Aún se mantienen restos de antiguos hammams, animados bazares y mezquitas operativas. El gran bazar es curioso por sus secciones: en la de pescado veréis cualquier animal que se pueda pescar en el océano índico, incluyendo pequeños tiburones. La de carne es un poco más desagradable, sobre todo las habitaciones llenas de gallinas enjauladas y hacinadas. La zona de las especias es más agradable, así como las coloridas fruterías. Allí mujeres atareadas hacen la compra de comida mientras corretean niños que se mezclan con los repartidores a la vez que señores mayores juegan al bao, un juego tradicional del pueblo swahili, jugado en tableros de madera tallada con agujeros y bolitas.

Si podéis quedaros al atardecer, me cuentan que en el parque Forodhani se instalan puestos de comida durante las horas nocturnas donde probar alguna de las mejores especialidades de comida callejera del mundo. Nosotros teníamos un vuelo que tomar así que, siguiendo el consejo de locales, fuimos a un sencillo restaurante frente a una de las mezquitas, en un recogido callejón, donde probamos especialidades locales como curris vegetales, guisos de carne de cabrito, sopas de alubias o calabaza estofada con cardamomo.

Finalmente, de camino al aeropuerto pudimos ver la nuevas barriadas construidas tras la independencia, donde se refleja el brutalismo arquitectónico de ese socialismo africanista, apoyado por China, con grandes bloques de viviendas de cemento. Ahora, la influencia China sigue siendo potente, y se observa en el sofisticado sistema de cámaras de videovigilancia que controlan cualquier callejón de Stone Town, donación del gobierno chino para atajar la delincuencia. 

Me quedaron muchas cosas por ver: desde las playas del sur, como Page, donde practicar deportes, hasta el restaurante The Rock, en una islita, o la reserva de monos endémicos. Por supuesto, también quiero volver a la parte continental de Tanzania para hacer algún safari y descubrir sus maravillas naturales.