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dimarts, 31 de maig de 2016

Sheki

Llegada en tren

Los andenes estaban mla iluminados y sólo un tren, de color verde oscuro y aspecto recio, esperaba a salir. El tren, manufacturado en la época soviética, era atendido por azafatas que parecían más bien funcionarias del registro civil. Algo malhumoradas nos repartieron a todos los camarotes bolsas con sábanas limpias que tenían los emblemas de la compañia nacional de ferrocarriles azerí. Así empezaba mi excursión al frondoso interior de Azerbayán, mi primera vez en las sierras del Caúcaso. Los vagones eran básicamente estrechos pasillos con varios compartimentos en los que cabían cuatro personas en cada uno, en cuatro literas más o menos cómodas. En los extremos de cada vagón habían sendos servicios mucho más limpios de lo esperado pero bastante malolientes e incómodos. A pesar de estar estrictamente prohibido fumar, numerosos pasajeros desobedecían tal prohibición y pagaban a las azafatas-burócratas el equivalente a 4 cuatro euros de multa. Aún hay mucho por hacer en el Caúcaso en la lucha contra el tabaquismo.

La suave cadencia del tren al avanzar por las vías mecía mi sueño, solo interrumpido cuando el tren frenaba más o menos bruscamente. De repente, a las siete de la mañana, mis amigas me despertaron instándome a prepararme. Llegábamos a la estación de Sheki. Medio vestido, a trompicones, con frío y despistado, "aterricé" en la solitaria estación, donde solo habían un par de taxistas. El lugar estaba algo alejado del centro de la ciudad. El taxista nos llevó sin pedírselo a un sitio bastante cutre donde se servían desayunos bastante simples: ensalada azerí, panes de todo tipo y huevos fritos en sartencitas individuales. Resumiendo, una llegada a Sheki nada triunfal. Sin embargo, el espectáculo de la neblina cubriendo los bosques y las primeras cimas caucásicas suplieron cualquier incomodidad. Un gran cartel con la efigie de Heydar Aliyev presidía una de las plazas de la ciudad.

El Palacio de los Khan 

Tras el desayuno nos dispusimos a caminar por la ciudad, más grande de los que me esperaba. Remontamos la calle paralela al riachuelo que cruza la urbe. En mitad de montañas cubiertas por frondosos bosques verdes, Sheki se sitúa en un cruce de antiguas rutas comerciales entre Europa y Asia. Además, fue un importante punto de manufactura de la seda. Eso la hizo grande e influyente. Aún quedan testimonios de dicha época de esplendor, empezando por el bellísimo palacio de los Khan, situado en el interior de la antigua fortaleza de Nukha.

Esta fue nuestra primera visita. Realizado en el siglo XVIII, este palacio muestra un conjuntos de salas bellamente decoradas, testimonio de la refinada vida que los dirigentes de la zona llevaban. La antigua residencia de verano, restaurada, es la única estructura en buen estado que queda del antiguo complejo de palacios y edificios gubernamentales. La fachada exterior rebosa azulejos y algunos espejos. La visita solo puede hacerse guiada, y comprende tres salas en el primer piso y tres salas en el segundo. El primer piso tiene en la sala central una apacible fuente interior que permitía debates entre miembros del gobierno y visitantes guardando cierta privacidad ya que las conversaciones no se podían escuchar desde el exterior debido al sonido del agua. El techo está cubierto por enormes espejos que acentúan la sensación de amplitud. Otra de las salas más bellas es la del gabinete del rey, donde preciosos frescos muestran representaciones de animales y plantas relacionadas con la monarquía o el arte de gobernar. Por ejemplo, las granadas simbolizan el poder real. O los dragones escupiendo flores por la boca, símbolo del balance que un rey debe observar entre la fuerza y la clemencia. Impresionantes imágenes de batallas con cientos de hombres enfrentan grandes cristaleras de colores realizadas en cristal de Murano. Sin duda, un edificio con decoraciones muy diferentes a todo lo que hayáis visto antes. 

Mientras esperábamos a la guía (que por cierto fue demasiado rápida y sin poner mucha pasión en su trabajo) me compré un gorro típico turco. Quería uno azerí pero, en opinión de mis dos amigas, no me quedaba tan bien. 

Probando el piti y la halva

Tras la visita, como el hambre apretaba, nos dirigimos a almorzar algo pronto: engullimos un contundente piti. Se trata de un guisote campestre de carne de cordero deshuesada, garbanzos, patatas, tomates y azafrán que se come en dos partes. El piti se cocina en  potes de barro y es muy típico en Sheki. Lo primero que debemos hacer es cortar trozos de pan y ponerlos en nuestro plato sopero. A continuación, salpimentar con sumac, unas bayas desecadas de color rojo que dan un sabor muy especial. Una vez hecho esto, rociamos todo con el caldo del piti, quedándonos una sopa humeante que hizo las veces de entrante. Y vaya que entró bien, perfecta para contrarrestar el fresquito de aquella mañana en mitad de las montañas. Cuando nos la acabamos, volcamos el resto del piti al plato, salpimentando todo de nuevo con sumac, y devorándolo. Nos lo comimos en un restaurante con vistas llamado Gagarin, en honor al primer hombre en el espacio, Yuri Gagarin, todo un héroe de la antigua URSS. Identificaréis el restaurante porque hay un cohete dibujado. Este restaurante sirve uno de los mejores pitis de Sheki, según los entendidos en gastronomía de Baku.

Satisfechos, mis amigas me acompañaron para instalarme en la casa donde me quedaría esa noche. Me alojaban un amable matrimonio de azerís jubilados, que tenían sus gallinas y su huerto. Allí, por algo menos de 10 euros tenía una habitación cómoda para mi solo y el desayuno incluido. Mi curiosidad era como me iba a comunicar con ellos una vez mis amigas partieran de vuelta a Baku. En cualquier caso, dejé allí mi mochila y proseguimos la visita.

Nos dirigimos al antiguo caravansar, donde los comerciantes que iban y venían de los diferentes lugares de la ruta de la seda paraban a descansar e intercambiar bienes. Ahora es un hotel modesto, que aún conserva la antigua distribución, en forma de claustro, con las habitaciones semi soterradas. En una de las antiguas tabernas se puede ahora celebrar una especie de ritual del té sentando en cómodos almohadones en el suelo alrededor de una mesa baja. En el verde jardín, los comerciantes solían dejar sus camellos y caballos.

Bajando la empinada calle junto al riachuelo que habíamos remontado antes encontramos el local comercial más famoso de la ciudad: Elihmed Shirinyyet, donde desde hace décadas una familia elabora cientos de halvas cada día. Redondas y enormes, las halvas de Sheki se preparan con nueces, otros frutos secos, mantequilla, azúcar y especias. Está decorada por arriba con líneas de color rojo hechas con azafrán y para acabar le tiran por encima un pastoso sirope muy rico. Sólo se elaboran en esta ciudad azerí, por lo que no sólo hay que probarlas, sino que deberéis comprar un par de cajas para llevar y regalar a amigos o familia a la vuelta. Hicimos cola más de media hora: la gente llegaba sin parar llevándose cajas y cajas de halva de Sheki. También vendían una especie de churros más fritos de lo común y cubiertos de una crema que nos gustaron.

Un vetusto hammam 

Como ya no había mucho más que hacer decidí visitar el antiguo hammam conocido como Abduxaliq. Ya había estado en un baño turco durante mi visita a Estambul, por lo que me apetecía repetir. Estos antiguos baños públicos del siglo XVIII siguen abiertos y ofrecen los típicos servicios de un hammam turco aunque bastante anticuado. Las dos grandes salas (fría y caliente) contaban con sendas cúpulas. La sauna, minúscula, estaba llena de tuberías del siglo XIX. Allí, en mitad de la gran sala caliente, el masajista deshizo todos mis nudos musculares "a la turca", es decir a lo bestia. Pero vaya, se me quedó la espalda como nueva. Al final, cómo no, me ofrecieron un té negro. Varios de los que ya habían tomado su sauna se arremolinaban a mi alrededor mientras insistían en hablarme en ruso. Yo era un extranjero. Y para ellos, cualquier extranjero tiene forzosamente que hablar ruso, ya que aún lo ven como la "lingua franca". Obviamente yo mostraba mi desconocimiento y sólo llegaba a entender palabras como Real Madrid o Barcelona. Les encanta la Liga española, como a la mitad del planeta. 

Acabé el día cenando a las siete con un suizo y una suiza que se quedaban en la casa de al lado y que conocí por casualidad (eramos de los pocos extranjeros en Sheki). Fuimos a un restaurante de comida tradicional donde pedimos vino azerí (al principio no nos gustó pero cuando respiró estaba más rico). De entrantes disfrutamos de las dolmas, que son hojas de col y de parra rellenas de una mezcla de arroz y carne de cordero picada con menta fresca, hinojo y canela, cocinadas al vapor y servidas en un pote de barro. De plato principal tomamos carne de cordero en barbacoa. Nos quedamos un rato de sobremesa hablando un poco de todo. Volvimos a la casa donde se alojaban, en la que también se estaban quedando un británico y una estadounidense. Hablamos con ellos otro buen rato alrededor del enésimo té negro del día, y luego yo me retiré hacia la casa donde dormiría esa noche.

Al día siguiente, tras un frugal desayuno a base de panes, mantequilla, huevos y hierbas, y escuchar pacientemente a mi huésped hablar en azerí, me dirigí caminando tranquilamente hasta la estación de autobuses. Aunque más que autobuses, lo que abunda en el Caúcaso son las marshrutkas, o minibuses donde meten el máximo posible de gente por precios irrisorios para desplazarse entre ciudades. A pesar de la incomodidad, he de subrayar la amabilidad de los locales en indicarme los cambios de minibus. El último tramo hacia la frontera con Georgia lo hice en un taxi compartido. Este paso, cerca de Balakan, esta muy poco transitado, por lo que se me hizo muy fácil cruzar la frontera a pie. Noté muchísimo el contraste entre la modernidad de los controles fronterizos azerís y las construcciones más rústicas en Georgia. Cruzar el puente sobre aquel bravo río con la bandera de Georgia esperándome al final fue toda una experiencia. Casi como si estuviera volviendo a Europa. Llegaba el momento, en efecto, de visitar el país más proeuropeo de la región.


dimecres, 25 de maig de 2016

Gobustán

Una de las excursiones más fáciles de hacer desde Baku si disponéis de coche es a la árida región del Gobustán, al sur de la ciudad. Yo tuve la suerte que mis amigos me llevaron un día a visitar el parque nacional, donde se encuentra museo dedicado a los restos arqueológicos prehistóricos presentes en una montaña de la región, llena de grutas, que fueron habitadas por tribus cazadoras que dejaron más de 6000 grabados en la roca, la mayoría representando animales o personas realizando diferentes actividades. Toda la zona es considerada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Tras recorrer parte de la costa del Caspio al sur de Baku llegamos a una gran planicie, de clima seco pero con algún árbol aquí y allá. Nos internamos en el parque nacional empezando la visita en las nuevas instalaciones museísticas donde se explican los restos que vamos a visitar, la forma de vida de las tribus que realizaron estos dibujos prehistóricos, y sus posibles significados. Me gustó el gran rigor del museo, ya que proponía hasta cuatro posibles significados a diferentes dibujos, contraponiendo teorías de diversos historiadores, antropólogos y arqueólogos. Por ejemplo, uno de los grabados más curiosos muestra canoas o barcos con personas remando. Para algunos expertos, estas representaciones muestran la importancia de la pesca en la economía local así como el transporte por vía marítima. Otros académicos enfatizan el significado espiritual de estos petroglifos incidiendo en la representación de creencias religiosas asociadas al culto al sol, en la que el alma de los muertos se llevaría al otro mundo gracias a barcos solares.

Tras el museo, montamos en el coche de nuevo para empinar hacia la meseta donde miles de petroglifos muestran la evolución del arte rupestre a lo largo de 40.000 anos. Los grabados son además una muestra de como esta región tuvo un clima mucho más húmedo en la antigüedad y donde vivía muchísima fauna y flora. Curiosas son las representaciones de delfines, animales que no existen en el Caspio pero si en el Mediterráneo, situado a cientos de kilómetros de esta región. Me impactó el tamano y variedad de las representaciones, muchas de las cuales se conservan en muy buen estado. Algunas se encuentran ocultas en grutas naturales mientras que otras se ven a simple vista. En panorama del valle y el mar desde la meseta era también hermoso. Además de los grabados, existen en las rocas del suelo algo más de 400 boles excavados que podrían haber sido usados para recolectar agua de lluvia, guardar pigmentos, cocinar o incluso recoger sangre de animales sacrificados en rituales religiosos. Algunos historiadores incluso apuntan a que puedan simbolizar el cosmos y las constelaciones o conmemoren a los muertos.

Tras visitar la escarpada zona, llena de turistas locales, pensamos ir a visitar los volcanes de barro. Si embargo, el complicado acceso a la zona, que requiere de vehículos todoterreno, hizo que finalmente no pudiera visitarla. Una lástima. Espero poder volver alguna día a Azerbaiyán para visitar esa región cercaba a Gobustán y apreciar tan curioso fenómeno geológico.

En cualquier caso, el hambre apretaba, así que nos dirigimos a un simpático restaurante en la costa, muy rocosa. La zona al aire libre estaba llena de familias y grupos de amigos. El restaurante no disponía de carta: de plato principal está el pescado del día a la parrilla. De entrantes, el camarero llegó con una bandeja gigante llena de diferentes opciones de las cuáles uno iba seleccionando. Nosotros cogimos la berenjena ahumada a la barbacoa, la tradicional ensalada de pepinos, tomates y hierbas aromáticas, varias salsas tradicionales para el pescado (mi favorita fue la de ciruela agria), panes de diversos tipos, patatas fritas y unos pimientos al vinagre.

Mientras disfrutábamos del banquete al sol, con el sonido del mar de fondo, en una montaña había escrito en grandes letras en blanco (y en azerí por supuesto) "No olvidéis Karabaj". O eso me dijeron. El susodicho mensaje fue la excusa perfecta para obtener el punto de vista local acerca de este conflicto que amenaza con enquistarse en la región. Las montañas de Karabaj, una región de Azerbaiyán mayoritariamente habitada por armenios, declaró su voluntad de autodeterminarse tras el colapso de la URSS. En un momento de debilidad azerí y falta de liderazgo nacional, el nuevo Ejército armenio decidió invadir la región para apoyar a la mayoría de habitantes de Karabaj en sus ansias independentistas. Los azeríes fueron expulsados de la región y finalmente esta proclamó su independencia siendo reconocida únicamente por Armenia. Matanzas de armenios en otras regiones de Azerbaiyán, especialmente en Bakú, atizaron el conflicto. La guerra de Nagorno-Karabaj acabó con un alto el fuego en 1994. Para ese entonces, el Ejército armenio, además de asegurar el control de Karabaj, y por tanto garantizar a la nueva república su independencia de facto, ocupó otras regiones azeríes de alrededor, especialmente las que separan Karabaj de Armenia. Argumentan que la ocupación se hacen con el fin de garantizar la seguridad  de Nagorno-Karabaj y que no se retirarán hasta que se alcance un acuerdo de paz justo con Azerbaiyán. En 2016 nuevos enfrentamientos causaron algo más de 200 muertos entre ambos ejércitos. Rusia apoya a Armenia en este conflicto aunque también media con Azerbaiyán. Los muertos y las heridas siguen muy abiertas en tanto miles de refugiados azerís no pueden regresar a sus casas en Karabaj ni visitar las tumbas de sus antepasados.

De postre y como cierre de la conversación, el omnipresente té negro, bebida nacional. En un solo día recorrí gran parte de la historia de esta parte del mundo: de la prehistoria hasta el conflicto actual con Armenia. Curioso es que el nombre de Azerbaiyán viene del farsi, y significa Tierra del Fuego Sagrado, en clara referencia a los gigantescos depósitos de gas y petróleo que se acumulan bajo sus tierras y aguas. Es por eso que nuestra siguiente visita antes de volver a Baku eran los inmensos campos de petróleo, famosos por aparecer en la película The World is Not Enough de James Bond. Las torres de perforación ofrecían un hipnótico panorama con su movimiento candente y pausado en la extracción petrolera.

Acabamos el día paseando por el inmenso paseo marítimo de Baku. Cuando cayó la noche, nos dirigimos a la pequeña estación central de ferrocarriles. Esa noche tomábamos el tren-cama nocturno a Sheki.

dijous, 19 de maig de 2016

Baku

Lujo hasta en el aeropuerto

Aterricé en Baku tras una hora de vuelo desde Tiflis en uno de los aviones de Azerbaijan Airlines. Los asientos, enormes y cómodos. La revista que ofrecen, impresa en un papel couché de gran calidad, casi acartulinado, que muestra grandes fotos de Ilham Aliyev, hijo del anterior presidente Heydar Aliyev.

El nuevo aeropuerto de Baku es de los más lujosos que he visitado. Uno se siente en una boutique de Louis Vuitton o de Gucci con esos suelos en diferentes tonos color crema, impolutos y brillantes, esos revestimientos de madera en forma de rombos o las preciosas paredes de forma oval. Mis amigos me recogieron en coche a pesar de ser ya altas horas de la madrugada: la hospitalidad azerí, y caucásica en general, es casi infinita, como pronto iba a descubrir durante las siguientes dos semanas.

Tras una noche reparadora, mi visita a la capital del país empezó. Mis amigos vivian en un barrio algo alejado del centro, así que tomamos el metro, obra del periodo soviético. Sus estaciones son amplias, limpias y bien iluminadas. Allí, el personal uniformado se sienta pacientemente frente a las escaleras mecánicas o da permiso de salida a los convoyes. Los trenes son recios y parecen como nuevos, a pesar de ser de finales de los 60. Circulan a gran velocidad a través de los túneles. Bajamos en la estación 28 de Mayo, cerca de la antigua estación de ferrocarriles, ahora reconvertida en un centro comercial con un KFC presidiendo el resto de tiendas. Nos apresuramos hacia la calle Nizami, centro peatonal de compras donde se encuentra la ópera de Azerbayán, en el antiguo Teatro Mailov, bellísimo ejemplo del estilo oriental del art-nouveau. Cuentan que la soprano rusa Nezhdanova fue invitada a cantar al casino de Baku a principios de siglo XX, época en la que el petróleo azerí atraía a multimillonarios de todo el mundo. Fascinados por la voz de la cantante, varios de ellos la invitaron a volver, pero ésta dijo que ella solo volvería para cantar en una ópera de verdad. Una apuesta entre millonarios para ver si uno podría construír el edificio en menos de un año hizo el resto.

Huskies, pan y especias

Siguiendo el paseo, llegamos hasta la plaza de las fuentes, donde familias y jóvenes se reúnen para pasear y charlar. Las estátuas de los principales escritores azeríes nos observaban desde el Museo de la Literatura, mientras varios jóvenes paseaban a sus huskies. Se han puesto de moda ahora en Baku, nadie sabe bien porqué. Estoy seguro de que a los chuchos no les hace ninguna gracia vivir en esta cálido país con esos pelos. El caso es que atravesamos las murallas del antiguo Baku y nos dirigimos al restaurante Sherli Tandir, construído en casetas de madera pegadas a las históricas murallas del siglo XII. Nada más entrar, un horno tandir encendido nos recibió. Estos hornos de barro, cilíndricos y en el caso de este restaurante, bastante grandes, se usan desde hace siglos para cocinar con carbón vegetal, especialmente los diferentes panes tradicionales de la región, como el fino lavash. 

Nos sentamos en una de las mesas. Sin cruzar una palabra nos sirvieron una cesta con varios panes recién horneados y una ensalada tradicional de tomates, pepinos y hierbas, que se comen frescas, algo que nunca había visto antes. Albahaca, estragón, menta, eneldo, cebollino o ajedrea me ofrecieron sus estupendos sabores. Como plato principal pedimos shashlik, que es carne de cordero cocinada en pinchos a la barbacoa. Y de beber, algo muy curioso, la feijoa, un jugo de una baya muy popular en Colombia y curiosamente, también en Azerbaiyán. En este primer acercamiento a la gastronomía caucásica me soprendió la frescura, calidad y sabor de sus ingredientes, algo que se repetiría durante el resto del viaje.

La ciudad amurallada

Tras el almuerzo, seguimos remontando las callejuelas de la antigua ciudad, jalonadas de edificios recientemente restaurados, con bellos balcones de madera, hasta llegar a la cima de la pequeña colina que forma el barrio viejo y donde se encuentra el palacio de los antiguos gobernantes de la región. En la ciudad vieja aún quedan muchos caravansares (donde los comerciantes de la ruta de la seda podían descansar y dejar sus camellos) así como hammams. Lástima que no me dio tiempo a visitar ninguno. Por este barrio han pasado decenas de pueblos y culturas: la zoroástrica, los sasánidas, los árabes, los persas, los shirvani, los otomanos y por supuesto los rusos. Actualmente los azerís se sienten especialmente cercanos a los antiguos otomanos, es decir, los actuales turcos. El palacio que visitaba fue construído por los Shahs de Shirvan en el siglo XV. Su austera entrada nos lleva a salón de recepción seguido del salón del trono. Las zonas residenciales son muy sobrias y contrastan con la belleza de la mezquita de Key Kubad, que forma parte del complejo. Otra parte del palacio son las tumbas de los Shahs y su s familias, construídas en un suntuoso panteón. También se pueden ver los restos de los antiguos baños aunque mi parte favorita fue la del tribunal, un recinto circular presidido por una cúpula y rodeado de un patio porticado cuadrangular. Aquí se juzgaba a los criminales, que asomaban la cabeza por un agujero del suelo con el resto de cuerpo de pie en el sótano que servía de cárcel. Si el tribunal los declaraba culpables, allí mismo se les cortaba la cabeza. 

Lo nuevo y lo viejo

Saliendo a las terrazas del antiguo palacio hay una perspectiva perfecta de las Flame Towers, tres enormes rascacielos de cristal encaramados en una montaña y con forma de llamas gigantescas. Estas torres son el nuevo símbolo de la ciudad. De noche se iluminan de forma espectacular, ya sea fingiendo los colores y movimiento del fuego o con la bandera de Azerbaiyán. Por cierto, interesante el significado de la misma: el color azul simboliza la modernización, el progreso y la democracia; el rojo y la media luna los orígenes túrquicos de los azeríes y el verde su pertenencia a la civilización islámica. Y hablando de símbolos, saliendo del recinto amurallado nos topamos con el antiguo icono de Baku: la torre de la Virgen. Esta se encontraba originalmente a los bordes del Caspio. Sin embargo la bajada de los niveles del mar la sitúan ahora algo más al interior. De carácter defensivo, aquí se solían proteger mujeres y niños en caso de ataque a la ciudad. El nombre de la torre viene de la leyenda de que un rey se enamoró de una joven y quiso casarse con ella. Este le dijo que lo haría si construía una alta torre. En cuando el rey la acabó, la joven se subió arriba del todo y se suicidó, para evitar el matrimonio. Sobra decir que el casco antiguo, la torre y el palacio son conjuntamente parte del Patrimonio de la Humanidad reconocido por la UNESCO.

Mi segundo día empezó con un casero desayuno azerí protagonizado por una deliciosa tortilla de hierbas frescas acompañada de los distintos panes. Es curioso que cualquier tipo de pan (chorek) se considera sagrado. De hecho, al principio no entendía porque mi amiga tenía una bolsa de plástico con pan colgando en lo alto, detrás de la puerta de la cocina. Resulta que aquí el pan no puede tocar el suelo, ni mezclarse con el resto de la basura. Es más, no se debe tirar a la basura sino darse a algún animal.

El té, negro

Para beber, un buen desayuno no puede olvidar un humeante té negro servido en unos vasos en forma de pera (armudi). El té negro es la bebida nacional del país y se toma a todas horas. De hecho, varias tardes las pasamos descansando en teterías como el Café Arabesque. El ritual vespertino del té es curioso: mientras se va sorbiendo este, se van tomando cucharaditas de mermelada o almíbar a la vez, o directamente se pone uno el terrón de azúcar en la boca y lo va deshaciendo a medida que se sorbe el té. Todo se sirve acompañado de bandejas con frutos secos (nueces, avellanas, orejones, pasas...) y pequeñas fuentes con frutas almibaradas. Fumar shisha, a pesar de no ser una tradición local, se está convirtiendo en cada vez más frecuente, sobretodo entre los jóvenes profesionales. Nosotros pedimos la de pomelo, en la que un gigantesco pomelo se clava justo debajo de los terrones de tabaco, dando un aroma especial al humo.

Obras faraónicas

Me encantó el buen clima de la ciudad y como miles de personas toman sus calles por las tardes y noches para pasear, sentarse en un banco o recorrer el bellísimo paseo marítimo, presidido por una de las banderas más grandes del mundo. También allí se encuentra el moderno escenario construido para alojar el Festival de la canción Eurovisión 2012. Mientras dábamos una vuelta, decenas de operarios se apresuraban para instalar vallas y gradas y dejar todo listo para el nuevo circuito urbano de Fórmula 1 con el que Baku acoge en Gran Premio de Europa en junio (relevando a mi ciudad natal, Valencia). Un moderno centro comercial, agradables cafeterías y otros muchos edificios completan el paseo, lleno de palmeras y arbustos impecablemente cortados, así como una gran colección central de cactus. Tal vez los edificios más curiosos sean el Museo de la Alfombra, que tiene él mismo la forma de una alfombra gigante enrollada, o la pequeña Venecia, una atracción soviética en la que los habitantes de la ciudad podían tomar góndolas motorizadas y recorrer dos canales en los que hay decoración que imita la arquitectura veneciana. Los azeríes tiene ese gusto de nuevos ricos de querer copiar partes de ciudades europeas. De hecho, al lado de la parte exterior de las murallas, en la calle Boyuk Qala, hay un parque que mezcla elementos italianos con una fuente copiada de las de la plaza parisina de la Concordia. Esta curiosa mezcla les ha quedado sorprendentemente bien. El skyline de la ciudad, además de por las Flame Towers, está presidido por una gigantesca antena de televisión, al igual en las otras dos capitales caucásicas.

Pero sin duda, lo que más me impresionó fue el futurista Centro Cultural Heydar Aliyev, obra de Zaha Hadid. Concebido como el nuevo gran contenedor cultural de la ciudad, el recinto alberga una mezcla de exposiciones permanentes y temporales. Cada parte del edificio es digna de admiración. Me impactó como la arquitecta ha creado paredes sin esquinas, como las líneas rectas son minoría ante la dictadura de las curvas... paredes que suavemente se convierten en suelos en una transición sin igual. La blancura espectacular es perfecta para los días soleados y el cielo azul brillante a orillas del Caspio. En su interior hay tres exposiciones permanentes: una algo propagandística, dedicada al fundador del nuevo Azerbaiyán, Heydar Aliyev, antiguo general al mando del oscuro KGB y primer ministro de la URSS durante los corruptos años de Brezhnev. Aquí se glosa la vida y obras del padre del actual presidente y todo lo que hizo por el país, tanto durante la etapa soviética como a partir de la declaración de independencia. No hay ninguna crítica, ningún elemento cuestionado, ningún debate. Ni corrupción, ni fraudes electorales, ni falta de libertad de expresión ni tampoco los presos políticos. Nada de eso se lee en la exhibición que carece, por tanto, de rigor histórico. Una exposición algo más interesante es la de arte y cultura azerí, donde se muestran joyas, vestidos, instrumentos musicales, alfombras y otros elementos ligados a las tradiciones nacionales. Finalmente, la exposición Mini-Azerbaijan, muestra una colección de maquetas de los principales edificios del país, donde además de los históricos como la Torre de la Virgen, también se muestran muchísimas de las grandes obras faraónicas realizadas por los Aliyev. En cualquier caso, es bastante interesante.  

Tras esta impresionante visita fuimos a comer a un modesto pero delicioso restaurante iraní donde disfruté de un perfecto arroz pilaf con azafrán y del tradicional kebab iraní (carne picada presentada a lo largo) acompañado de una ensalada de cebolla y perejil. De beber, ayran (yogur líquido aguado) con gas, siguiendo la moda iraní. Si pasáis por Baku, el restuarante se llama Grand Father Iran Yemekleri y se encuentra en el numero 2 de la calle Zivarbay Ahmadbayov.

Sorprendente Baku

Baku es una ciudad de calles peatonales arboladas y edificos art-nouveau de los años 20, pero también de mega avenidas de ocho carriles con rascacielos del siglo XXI. Una ciudad donde en algunos barrios os despertará un gallo y en otros los bólidos de Fórmula 1 atravesando sus modernos bulevares. Es una ciudad de grandes contrastes que vale la pena conocer, una ciudad que mejora a pesar de la rampante corrupción, gracias a la lluvia de divisas que traen el petróleo y el gas. De gente acogedora y gastronomía fresca y sana.

Además, es una buena base para realizar excursiones a Gobustán o a los cercanos campos de petróleo. También podéis ir algo más lejos y descubrir las montañas del país, empezando por la mítica villa de Sheki. En cualquier caos, la capital azerí no deja indiferente a nadie. Ni siquiera al grotesco Donald Trump, que ha dejado plantada allí una de sus torres, justo enfrente del bellísimo centro de Zaha Hadid. Pues no sabe. 

dijous, 21 d’abril de 2016

Beaune & Nuits-St-Georges

La Cote d'Or

Al sur de Dijon, una cadena de 60 km de suaves colinas de materiales extremadamente fértiles forman la conocida como Cote d'Or. Mayoritariamente cubiertas de cepas, aquí se producen algunos de los mejores vinos de Francia. En los pueblecitos que van de Dijon a Beaune se pueden encontrar bodegas y fincas productoras de vino donde hacer catas y comprar diferentes variedades a buen precio. Como estábamos tres días en Dijon, aprovechamos para dedicar un día a visitar esta zona, y especialmente su mayor ciudad: Beaune.

El Hotel-Dieu de Beaune

Beaune es muy accesible desde Dijon: hay trenes y autobuses con bastante frecuencia. Nosotros llegamos por tren. Desde la estación se llega rápido a una de las puertas de la muralla que rodea el casco antiguo. Lo primero de todo nos dispusimos a visitar la mayor atracción de la ciudad: el famoso Hotel-Dieu, el hospicio medieval más bonito de Francia. De estilo gótico, es muy conocido por sus preciosos tejados multicolores, tradicionales de la región, que en este edificio son espectaculares. El precio de la entrada incluye una audio-guía en la que se nos explica la historia de las diferentes estancias del hospicio. La colorida Grande Salle impresiona al ver como de bien se organizaba la atención de enfermos gracias al empeño de Guigone de Salins, tercera esposa de Nicolas Rolin, Canciller de Felipe el Bueno, Duque de Borgoña. De Salins quiso construir un hospicio en el que atender a enfermos y que estos se sintieran cómodos en estancias palaciegas. Allí no se discriminaba a nadie, pobres y ricos eran atendidos por igual. La única diferencia era que si se donaban tierras con viñedos en vida y como herencia (con cuya producción de vino se financiaba el mantenimiento del hospicio) se tenía derecho a estar en salas más pequeñas y, por tanto, con mayor privacidad. En la visita se recorren varias estancias. La farmacia del siglo XVIII está repleta de frascos que en su tiempo contuvieron todo tipo de sustancias usadas para fabricar remedios, como el polvo de cochinilla. También se pueden ver las cocinas, llenas de utensilios de época. Pero sin duda, lo que más impresiona es el patio de honor, con los tejados de colores, las gárgolas, el pozo y las tuberías en forma de dragón: una foto aquí es casi obligatoria. Aunque lo que más me impresionó de esta visita fue la sala San Luis, con el políptico del Juicio Final, obra del pinto flamenco Roger van der Weyden. 

El políptico del Juicio Final

En este políptico se representa con gran realismo los capítulos 24 y 25 del Evangelio de San Mateo. En el centro, Jesucristo observa la escena con calma, sentado sobre un Arco Iris que representa la alianza establecida entre Dios y la Humanidad en tiempos de Noé. Varios ángeles a su alrededor cargan los símbolos de la Pasión. Abajo, los muertos van saliendo de sus tumbas y acuden a la gran figura central: el Arcángel San Miguel, que con una balanza pesa las almas. Los escogidos para ir al paraíso se dirigen con calma hacia una especie de catedral dorada. Los condenados al infierno caminan entre gritos y lamentos hacia un rocoso infierno donde son torturados por los demonios. El realismo del horror grabado en los rostros de los condenados es fascinante. Ángeles trompeteros dan mayor magnificencia a la escena mientras que diferentes santos oran a ambos lados de Jesucristo.

Caracoles y vino

Tras tamaña muestra de historia y arte, nos dirigimos a comer a uno de los diferentes restaurantes disponibles para probar algunos de los platos tradicionales de la región. Empezamos como no podía ser de otra manera con el entrante más típico posible: los caracoles de Borgoña, muy grandes, que se cocinan con mantequilla, ajo y perejil. Como plato principal optamos por un clásico: el boeuf bourguignone, que es un guiso de cubos de carne de ternera marinada y cocinada en vino tino joven, champiñones, cebollas, zanahorias y bacon.


Tras comer fuimos al Marché aux Vins, que en superficie es una elegante tienda de vinos y productos típicos de la región, pero en cuyos sótanos se encuentra la cripta de la antigua iglesia de los Cordeliers, y donde ahora tienen sus bodegas, iluminadas con cirios. Bajo las calles de Beaune envejecen millones de botellas de vino en frescas y oscuras bodegas. El Marché aux Vins es tal vez una de las más conocidas. Por un precio aceptable nos dieron un catavinos metálico con el que descender a la antigua cripta e ir catando varios vinos.

Allí nos explicaron la clasificación de los vinos de Borgoña. En primer lugar se encuentran los vinos Grand Cru, producidos en los mejores viñedos de la Cote d'Or. Necesitan criarse unos siete años y solo llevan el nombre del pequeño viñedo del que son originarios. Hay pocos viñedos con esta categoría debido a la calidad del suelo y a las horas de exposición al sol necesarias para ser considerados Grand Cru. Luego llegan los Cru, también de muy alta calidad. Estos vinos provienen de viñedos específicos que no llegan a alcanzar los requisitos de Grand Cru pero que aún así son estupendos. Su crianza dura algo menos de cinco años. Después vienen los Village, vinos que pueden ser mezcla de los viñedos de un pueblo determinado o venir de un viñedo sin identificar. Finalmente, los AOC Bourgogne (con denominación de origen) que puede provenir o ser mezcla de cualquier parte de la región. Los AOC se pueden consumir hasta tres años después de la cosecha y suelen ser los que se hacen con las uvas que no se seleccionaron para las otras tres categorías. En la cata pude probar vinos de todas las categorías excepto los Grand Cru, algo caros para mi bolsillo en aquel momento. Algunos me gustaron y algunos siendo uno de mis favoritos uno tipo Village. Allí también pudimos degustar el licor de grosella negra, o creme de cassis, producto también originario de Borgoña. Tras el recorrido por las cavas se sube a la parte de arriba en la que se muestran varias obras de arte moderno, donde destacan obras menores de Picasso y Dalí, además de un par de enormes esculturas de Britto, el famoso artista brasileño afincado en Miami.


En mitad de los viñedos

Tras pasearnos de nuevo por las estrechas calles de Beaune tomamos el tren de vuelta a Dijon no sin antes para un rato a mitad de camino en el pueblecito de Nuits-St-Georges para visitar los famososo viñedos. Como aún estaba despuntando la primavera, las cepas se encontraban desnudas y sin hojas, aunque aún así es impresionante ver como las colinas están totalmente cubiertas por estos cultivos, bien ordenados. Nos paseamos también por su bonita calle principal, casi desierta en un domingo al anochecer. Beaune y sus alrededores son perfectos para todos los amantes del buen vino que quieran también explorar un poco del legado que la Edad Media europea nos dejó, que a diferencia de lo que muchos piensan, no fue una época tan oscura: un bello hospital dedicado a proveer sanidad gratuita o obras de arte que rozan la perfección así lo demuestran.

dimecres, 6 d’abril de 2016

Swidnica

Una ciudad de provincias polaca

Si estamos visitando Wroclaw, Swidnica es una excursión perfecta para unas horas o incluso un día entero. Se puede acceder fácilmente en tren o en mini-buses a esta pequeña ciudad de la Baja Silesia, que además de ser un ejemplo de típica ciudad de provincias polaca, alejada de las masas de turistas de otros lugares como Cracovia, acoge un ejemplo de convivencia entre religiones: su magnífica iglesia de la paz, la iglesia de madera más grande de Europa. Nosotros llegamos en tren a media mañana y empezamos la visita por la bonita plaza del Mercado, Rynek, muy similar a la de Wroclaw pero en versión mini y sin turistas. La belleza de los edificios junto a las cuatro fuentes que hay en cada esquina recuerdan la riqueza de los mercaderes que habitaron este punto crucial de las rutas comerciales de la Europa Central. Una de las estatuas, sentada en un banco, es la de Maria Kunic, la primera mujer que se dedicó oficialemente a la astronomía. Lo mejor es subirse a la torre del ayuntamiento, símbolo de la independencia y poder la ciudad. La historia de esta torre es graciosa. Construída en el siglo XVI, la torre aguantó, más o menos. Incluso sobrevivió a los bombardeos de la II Guerra Mundial. Sin embargo,  en 1967 diversas demoliciones en la plaza la acabaron arrastrando y tumbando. Por tanto, la que hay ahora es de nueva construcción. Subimos cómodamente en su ascensor y desde lo alto admiramos la ciudad mientras caía agua nieve. 

La iglesia de la paz

A continuación nos dirigimos hacia el auténtico tesoro de la ciudad: la iglesia de madera evangélica luterana. Esta iglesia, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es la iglesia protestante más grande de Polonia y la iglesia de entramado de madera más grande de Europa. Hasta 7,5000 personas caben en ella. Además de por su arquitectura magnífica, la iglesia es una muestra de la difícil convivencia entre diferentes confesiones en Europa. En nombre de Iglesia de la Paz viene por la Paz de Westfalia, de 1648, donde se puso fin a la Guerra de los Treinta Años. En este tratado de paz, los católicos emperadores Habsburgo admitieron el derecho de los evangélicos a practicar su fe en tres lugares de Silesia y uno era Swidnica. Las condiciones eran draconianas: las iglesias tenían que construirse fuera de las murallas de la ciudad, en materiales pobres: arena, madera, paja o arcilla. Además, tenía que hacerse en menos de un año, sin campanario y con una planta atípica.

En la recepción había una simpática abuelita que nos encendió las luces de la iglesia para admirarla. Es diferente a todo lo que he visto antes. Impresiona que con materiales tan pobres los arquitectos y artistas fueran capaces de realizar tamaña maravilla. Los frescos del templo con la Sagrada Trinidad representada son bellísimos y las tallas son grandiosas. El altar, el órgano... la grandiosidad barroca soprende por la excelencia de los acabados y el realismo de los detalles. Tuvimos la inmensa suerte de visitarla solos durante un buen rato. Aprovechad y sentaos en el medio en silencio para disfrutar de su magnificiencia y del fuerte olor a madera. Las misas luteranas se llevan celebrando aquí ininterrumpidamente desde 1657, en una muestra de convivencia religiosa, de lucha por la libertad y una excepción de tolerancia por parte de los católicos Habsburgo. El edificio, además, ha resistido al paso de los siglos gracias al ingenio de sus constructores, a pesar de la intención inicial de los que lo autorizaron de que no durara mucho.

Pierogi bonanza

Ese día comimos en un "bar de leche", antiguos restaurantes subsidiados por el Estado que originariamente surgieron durante el comunismo para alimentar a la clase trabajadora. Hoy en día siguen siendo muy baratos pero la comida es de muchísima más calidad y se han convertido en muy populares entre los jóvenes. Allí pude degustar unos deliciosos pierogi, que es el plato más representativo de la gastronomía polaca. Se trata de un tipo de pasta con forma semicircular que suelen estar rellenos de queso, carne, cebolla, diferentes tipos de carne... etc. Especialmente populares son los Ruskie Pierogi, rellenos de una especie de requesón con cebolla frita y patata hervida. También me encantaron los pierogi rellenos de setas y los de espinacas. Sin embargo, los más curiosos fueron los rellenos de cerezas... buenísimos!


Melancolía y viento helado

Tras la comida, dedicamos la tarde a pasear. El tiempo era gris, lluvioso y con viento frío y por tanto, las calles estaban desiertas. Aún así, la ciudad esconde diferentes joyas que vale la pena ver. Empezamos por la gigantesca catedral gótica, bastante impresionante, altísima. Su nave mide 25 metros de alto y el campanario algo más de 100 metros. Se encuentra en la plaza dedicada a Karol Wojtila, y por eso hay una enorme estatua de Juan Pablo II arrodillado en sus vestimentas papales.  En la calle Kotlarska acoge la bella iglesia barroca de San José, con techo estrellado, que se encaja perfectamente en el complejo urbano. Una solitaria anciana rezaba en la penumbra mientras nosotros observábamos el templo. 

Swindica es una ciudad que en su día fue rica y dinámica, y a la cual la salida de Alemania, primero, y las décadas de comunismo, después, dejaron dormida, muchos palacios abandonados y edificios de principios de siglo XX con la fachada ennegrecida. En invierno es perfecta para un paseo melancólico, algo triste, pero bello al fin y al cabo. Y además es toda una muestra de las historias entrecruzadas de Europa, con una imporatante herencia prusiana y alemana, una visible convivencia entre dos confesiones cristianas, el paso del comunismo soviético y la modernización que ha experimentado la actual Polonia tras entrar en la Unión Europea.                                                                                           

dijous, 31 de març de 2016

Dijon

Una gloriosa historia

Dijon, antigua capital del Ducado de Borgoña, se convirtió en una próspera ciudad durante los siglos XIV y XV, cuando reinó la Casa de Valois con Felipe el Calvo, Juan Sin Miedo y Felipe el Bueno. Escultores, pintores y arquitectos poblaron la ciudad mientras en los fogones palaciegos se iba gestando la rica gastronomía borgoñona. Borgoña llegó a controlar Flandes, Holanda, el Bravante y Luxemburgo. Existió una gran rivalidad con Francia. Tanto que fueron los borgoñones quienes entregaron a Santa Juana de Arco a los ingleses. La muerte de Carlos el Temerario en la batalla de Nancy hizo que el rey Luis XI aprovechara y se anexionara el ducado a Francia en 1477.

Capital mundial de la mostaza

A pesar de su rica historia, la mayoría conoce a Dijon por su producto estrella, la mostaza, originalmente creada para disimular el sabor de la carne vacuna en mal estado. La mezcla de semillas de mostaza morena y mostaza blanca dulce con vinagre y otros ingredientes derivó en la famosa mostaza de Dijon, de color amarillo claro, donde se refinó una receta que se popularizó en toda Europa a finales del siglo XIII. En la rue de la Liberté se encuentra la icónica boutique de la Maison Maille, casa fundada en París pero que cuenta con su tienda más famosa aquí, donde degustar todas sus 32 variedades, inlcluídas cuatro que se venden a granel en surtidores. Probamos tantas que salimos de la tienda con un fuerte dolor de cabeza. La que me encantó fue la de trufas frescas, que mezclada con queso crema se convierte en un aperitivo de categoria. Para comer, Dijon cuenta con decenas de restaurantes interesantes donde degustar la cocina local. La cazuelita de cerdo con salsa de mostaza y queso fundido es deliciosa, así como el típico jambon persillé o jambon de Paques, un plato estrella de la gastronomía borgoñona. Se trata de cubitos de jamón dulce ensamblados con una gelatina de cebolla, tomillo, laurel y ajo entre otras especias que luego se hierve en vino blanco de la región, mostaza y vinagre. Lo podréis encontrar fácilmente como entrante en la mayoría de locales de la ciudad. 

Una ciudad pequeña pero dinámica 

A pesar de su reducido tamaño, el centro histórico de Dijon rebosaba personal el sábado que llegamos. Muchísima gente paseaba por el centro de la ciudad y las terrazas de sus cafeterías y restaurantes estaba llenas. Sus más de 25,000 universitarios ayudan a animar la ciudad. Es muy agradable pasear por sus estrechas calles llenas de edificios medievales y renacentistas. El primer edificio remarcable que visité fue la iglesia de Notre-Dame, del siglo XIII, que cuenta con una interesante fachada de tres pisos de filas de columnas separadas por gárgolas. El interior cuenta con impresionantes vidrieras en sus ventanas y rosetones que aquel días coloreaban la luz de sol que se filtraba por ellos. En el exterior destaca también el reloj de Jacquemart (una figura automatizada que toca al campana), que se instaló en el siglo XIV tras haberlo tomado Felipe el Calvo de la catedral de Courtrai cuando la invadió. En uno de los lados de la iglesia se encuentra la rue de la Chouette donde una desgastada estatua de una lechuza esculpida en el exterior de la iglesia es tocada por miles de visitantes cada día. Cuenta la leyenda que da buena suerte. Yo lo hice con la derecha y resulta que hay que hacerlo con la izquierda. Espero que un poquito de suerte me transmita al menos. Las numerosas casas de los alrededores, con bellas fachadas de vigas de madera o relucientes tejados multicolores con tejas de cerámica, ofrecen innumerables oportunidades para todos los amantes de la fotografía. 

Palacios y museos 

Muy cerquita se encuentra la impresionante plaza de la Liberación, antiguo palacio de los Duques de Borgoña. De origen gótico, el palacio reformó su fachada en el siglo XVII cuando se convirtió en la sede del Parlamento de  Borgoña. El encargado fue Jules Hardouin-Mansart, uno de los arquitectos del palacio de Versalles. Además de la nueva fachada neoclásica, también la plaza fue reformada dándole un estilo homogéneo. En el lado izquierdo del palacio se encuentra una magnífica escalera de mármol y barandas doradas. En el centro se encuentra una torre renacentista construída por Felipe el Bueno a la que no pudimos subir porque estaban las entradas agotadas. Resignados, exploramos el bello ayuntamiento donde destaca una bella sala pintada en tonos verdes donde se encuentra un antiguo cuadro detallando la famosa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Finalmente, el lado derecho del palacio alberga el Museo de Bellas Artes de Borgoña. El museo, de acceso gratuito, permite conocer las estancias restauradas del antiguo palacio y además muestra una interesante colección de arte medieval y renacentista de la Europa de los siglos XIV y XV con especial énfasis en objetos fabricados en Borgoña. Se empieza por la gran sala de Guardia, rodeada de paneles de madera y una gran chimenea gótica. Aquí se encuentran los sepulcros de Felipe el Calvo y su hijo Juan Sin Miedo acompañado de su esposa Margarita de Baviera. Las figuras yacientes de tamaño natural son custodiadas por bellos ángeles y soportadas por una serie de esculturas representando un cortejo fúnebre. De la colección de cuadros, estatuas y objetos me encantó el retablo dorado de los Santos Mártires y la Crucifixión hechos por De Baerze y Broederlam, en especial la escena de la tentación de San Antonio. Entre los objetos del museo había dos grandes platos de cerámica de Manises realizados durante la época de Al-Andalus. El museo cuenta con unas salas de arte moderno y contemporáneo que estaban cerradas.

Más iglesias, museos y jardines

El Museo de la Vida Borgoñona es el otro espacio que visitamos.Situado en un antiguo convento cisterciense del siglo XVII muestra la vida en Borgoña durante los siglos pasados empezando por una sala que muestra maniquíes de cera vestidos en ropas de diferentes siglos que dan bastante miedo. Luego se muestran varios objetos de cocina así como una cocina del siglo XIX reconstruída. Sin embargo, lo que más nos gustó fue el primer piso, donde varias tiendas de principios de siglo están reconstruídas a escala real. Podremos husmear en una antigua peluquería, tienda de galletas, ultramarinos, carnicería, juguetería o relojería, tal y como eran en las calles de Dijon hace doscientos años. También hay un interesante apartado dedicado a la fabricación y comercialización de la mostaza y otro con decenas de recuerdos de las Exposiciones Universales de París que los habitantes de Borgoña se trajeron tras visitar la capital francesa. Tras la visita al museo visitamos la cercana catedral de San Benigno, en cuya cripta se encuentra enterrado este santo que llevó el cristianismo a Borgoña en el siglo II. Seguimos el paseo por el elegante jardín de Darcy de estilo neorrencentista, construído en honor al ingeniero hidráulico Henry Darcy, que reordenó el sistema de aguas en 1838, conviertiendo a Dijon en una de las primeras ciudades del mundo en tener agua corriente junto a Roma. luego cruzamos la elegante Porte Guillaume, construída por el Príncipe Condé en 1788 y llegamos hasta la fastuosa iglesia de San Miguel. Esta empezó a construirse en estilo gótico y acabó siendo dotada de una fachada renacentista. 

Un ciudad perfecta para una escapada corta

Dijon rebosaba ambiente esa noche de sábado. Jóvenes abarrotaban los cafés de la plaza de la Liberación y las calles del sur así como los locales de la rue Berbisey para tomar una copa y charlar. Dijon es una ciudad animada, a buen precio y con una variada oferta cultural, gastronómica y de ocio suficiente para teneros entretenidos un fin de semana. Además, se puede hacer una pequeña excursión a los viñedos de la Cote d'Or o a los pueblecitos que rodean el valle. O quizá visitar la bella ciudad de Beaune como nosotros hicimos. En cualquier caso, Dijon no os decepcionará. 

diumenge, 13 de març de 2016

Breslavia - Wroclaw

¿Breslavia, Wroclaw, Breslau?

Breslavia o Wroclaw en polaco, capital de la Baja Silesia y cuarta ciudad de Polonia, es un lugar estupendo para una escapada de fin de semana. Sus frecuentes vuelos baratos desde diversas ciudades europeas cy el hecho que ostente la capitalidad europea de la cultura en 2016 junto con San Sebastián la convierte en un destino perfecto para un par de días.

Animado por los baratísimos vuelos desde París, el hecho de que nunca había estado en Polonia y la invitación de un amigo me llevaron a esta bella ciudad de la ribera del río Oder. Breslavia rezuma arquitectura y espíritu germano: la antigua Breslau fue parte del Imperio Alemán durante muchas décadas. De hecho, no fue polaca hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando la reordenación de fronteras impuesta por la URSS dió a Ucrania la antigua ciudad polaca de Leópolis (Lviv) y su región. En compensación, Polonia recibió varias regiones alemanas, entre las que se encontraba Silesia y su capital Breslau, que era la tercera ciudad alemana en aquel entonces, tras Berlín y Hamburgo.

Neones soviéticos

Mi visita empezó dando una vuelta por las calles del sur de la ciudad. La renovada estación de tren es un claro ejemplo de la arquitectura prusiana de finales del XIX. Al salir, el famoso neón de "Buenas Noches Breslavia" (escrito en polaco) da la bienvenida a la ciudad a los que llegan en tren. Breslavia es conocida como la capital polaca del neón. Cuando se instauró la República Popular Polaca a finales de los años 40 como Estado satélite de la URSS, el estalinismo no permitía grandes coloridos ni decoraciones ostentosas. Las iluminaciones tipo Las Vegas o Times Square suponían el mayor ejemplo de la decandencia del capitalismo para la ideología oficial. Sin embargo, tras la muerte de Stalin, las nuevas autoridades soviéticas empezaron un programa de lavado de cara del comunismo para dejar el lado el aburrido color gris y la extrema sobriedad. Breslavia fue una de las ciudades donde se empezó a instalar neones en las fachadas y terrazas de edificios con el fin de dar un poco de color y alegría a la ciudad. Actualmente hay cientos de ellos. Lo más antiguos se conservan en un callejón al que se accede desde la calle Swietego Antoniego y que se iluminan de tanto en tanto. En esta calle precisamente hay muchísimos bares y restaurantes modernos que ofrecen platos para todos los gustos. Por ejemplo, el restaurante vegano Ahimsa, donde elegir entre siete platos de las gastronomías hindú, tailandesa o de Oriente Próximo con smoothies naturales para beber.

La herencia germana

Seguimos caminando por el bulevar Swidnica, pasando el bello edificio modernista de 1927 que acoge los grandes almacenes Renoma, símbolo de la riqueza y prosperidad de la antigua Breslau. Cruzamos el foso de la ciudad y seguimos por el bulevar admirando la neoclásica Ópera, diferentes iglesias y el antiguo Hotel Monopol. Por el camino hicimos cola en el local Stara Paczkamia para comprar paczeks recién hechos, una especie de dónut polaco tradicional que se come justo antes de la Cuaresma. Disfrutando de este dulce llegamos hasta el Rynek, la plaza del mercado cuya distribución sigue las especificidades del tipo de plaza de Silesia: un gran espacio con un conjunto de edificios en el medio (usualmente el antiguo mercado y el ayuntamiento de la ciudad). La plaza del mercado de Breslavia es una de las más grandes de Europa. Impresiona el conjunto de edificios de todas las épocas aunque la mayoría sean réplicas de los originales destruidos en la Segunda Guerra Mundial. La plaza peatonal permite disfrutar del ambiente (siempre hay gente paseando) y la belleza de la arquitectura. Una de las estatuas de la plaza es la de Alexander Fredo, dramaturgo polaco, que originalmente estaba en la plaza mayor de Leópolis. Fue desplazada hasta aquí para substituir a la estatua del Kaiser Guillermo, Emperador Alemán, que hasta entonces había presidido la plaza mayor breslava.

Desde Lviv con amor

Aunque Breslavia ha pasado por diversas manos, y ha contado con poblaciones polacas, alemanas y judías principalmente, hoy en día la enorme mayoría de sus habitantes son polacos originarios de la antigua Leópolis (Lviv) que fueron reubicados aquí tras quedar su antigua ciudad bajo soberanía ucrania. Además de la estatua de Fredo, muchos cuadros se trajeron a Breslavia, así como las tradiciones locales y por supuesto, la gastronomía. De hecho, uno de los mejores lugares para probarla es en Karczma Lwowska, un elegante restaurante en plena plaza mayor que ofrece una extensa carta con las especialidades de Leópolis. Con una barbacoa donde se cocinan las carnes, pedimos el cerdo asado con salsa de rábano picante y ciruelas. La carne estaba increíblemente jugosa y tierna. Además, probamos la salchicha polaca (Kielbasa) a la brasa así como una especie de morcilla tradicional (Peto kaszanki). Para acompanar tal manjar pedimos la ensalada de pepinos con crema y una especie de mantequilla y grasa de cerdo (Maslo) muy sabrosa para untar en el pan. Rebajamos tan grasiento banquete con una especie de licor polaco con hidromiel muy rico.

Dejando de lado su pasado de repobladores leopoldinos, actualmente la ciudad vive un momento de expansión económica. Lo pude apreciar nada más llegar al moderno aeropuerto. Otro de los símbolos del poderío breslavo es su nueva y acristalada SkyTower, el edificio más alto de Polonia, un rascacielos de oficinas y viviendas de alto standing. Para los visitantes que llegamos con euros, los precios nos resultarán muy baratos. Por ejemplo, el taxi que me llevó al centro de la ciudad me costó menos de 10 euros.

La lucha contra el comunismo

La segunda noche cenamos en Konspira, un bello restaurante situado en la plaza Solny. El lugar está decorado con grafitis, caricaturas y panfletos de los años 80, cuando surgió la resistencia que empezaba a gestarse bajo el sindicato Solidaridad. Si abrís la puerta de uno de los armarios del restaurante podréis incluso visitar la sala de estar de una ochentera casa polaca, con material propagandístico, muebles vintage y otras sorpresas. Además, el lugar ofrece comida tradicional polaca a muy buen precio. Nosotros degustamos el plato "Solidaridad polaco-húngara" consistente en las tradicionales tortitas de patata con goulash por encima, así como dos enormes Golabki caseros, que son rollos de repollo rellenos de carne y arroz con salsa de tomate por encima. Para beber probé el curioso refresco Kvass, a base de centeno fermentado. Y de postre pedimos la típica Szarlotka, la tarta de manzana local. Al salir del local os espera la serena belleza nocturna de la plaza Solny, el elegante antiguo edificio de la Bolsa y las paradas de flores, todas abiertas 24 horas, listas para atender cualquier emergencia romántica. Paseando por la ciudad os llamarán la atención las decenas de enanos metálicos que se esconden en los rincones más insospechados: apoyados en algún bolardo, subidos a alguna farola o escondidos en algún rincón. La moda empezó en 2001, cuando el ayuntamiento instaló el primer enano en honor al movimiento social "Alternativa Naranja" nacido en 1981 como protesta al régimen comunista. El símbolo de estas protestas era un enano con un sombrero naranja y una flor. Ahora se dice que hay más de 300, instalados por particulares o instituciones. Cada enano tiene historia y de hecho una actividad divertida es ir buscando enanos durante los paseos por la ciudad. 

Cultura y arquitectura

Al día siguiente, nos levantamos bien temprano para hacer una visita a Swidnica, lugar perfecto para una escapada rápida desde Breslavia en tren. Al volver esa noche, fuimos al moderno y cool cine Nowe Horizonty, que además es centro cultural y tiene varias tiendas de libros, DVDs, música, lugares informales donde comer y artesanía. Allí vimos en directo desde el National Theatre de Londres la representación de "Les Liaisons Dangeureuses". La capitalidad europea de la cultura ha sacudido la que ya gran oferta cultural de la dinámica y joven Breslavia. También visitamos el museo de arquitectura la exhibición de maquetas, planos y fotografías de los edificios que han ido ganando el Premio Europeo de Arquitectura Mies van der Rohe a lo largo de los años.

El último día lo dedicamos a conocer el norte de la ciudad, empezando por el impresionante Hala Stulecia, o Centro del Centenario, construído a principios del siglo XX para festejar la victoria del pueblo alemán frente a Napoleón en Leipzig. Tras las ceremonias commemorativas, que contaron con la presencia del Príncipe Heredero Guillermo de Hohenzollern, el centro sirvió como feria de muestras de la ciudad. El complejo, diseñado por Max Berg, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO al ser uno de los mejores ejemplos de la arquitectura del hormigón armado. Su cúpula fue la más grande del mundo durante mucho tiempo, y su estructura sirvió de ejemplo para cientos de construcciones. En 1948, el régimen comunista instaló una gigantesca aguja metálica en la plaza del complejo en el marco de la Exposición de los Territorios Recuperados. En el pequeño museo que hay antes de entrar a admirar la gigantesca cúpula se explica más sobre la historia y arquitectura de este complejo.

Seguimos el paseo por el bulevar Marie Curie, jalonado de preciosas mansiones centenarias. hasta llegar a la Universidad Politécnica de Breslavia. Allí tomamos el teleférico de la universidad para cruzar el caudaloso río Oder. Desde el otro lado caminamos hasta llegar a la fea construcción de cemento que alberga el Panorama de la Batalla de Raclawice, obra que también fue traída desde Leópolis. Esta gigantesca pintura panorámica monumental, que mide 15 metros de alto y 120 de largo representa la única batalla en la que los polacos han ganado al Ejército ruso. La pintura se encuentra dispuesta en 360 grados para dar la impresión al espectador (situado en el centro de la sala) de encontrarse en mitad del campo de batalla. Contiene además elementos a los pies que aumentan el realismo de la obra, como árboles, tierra, arbustos y enseres de labranza. La visita dura algo menos de media hora e incluye audio en varios idiomas donde explican los pormenores de este bellísimo cuadro y símbolo nacional polaco. Millones de personas lo visitan cada año y no es raro que tengáis que hacer algo de cola para verlo. Se entra en grupos de 50 personas cada media hora.

La huellas del barroco 

Seguimos paseando por las islas del Oder, que ahora cuentan con modernísimos edificios de apartamentos, parques renovados y exclusivos puertos deportivos, hasta llegar a la antigua Universidad de Breslavia. La institución fue fundada por el Emperador Leopoldo I de Habsburgo en 1702. Gestionada por los Jesuitas, aún conserva su famosa aula Leopoldina, reservada para celebrar los grandes eventos de la universidad, como la apertura del año académico. Su acústica perfecta la convierten en una excelente sala de conciertos. Nada mejor que sentarse un rato a disfrutar de la magnificiencia barroca del aula que prentende mostrar la eterna sabiduría de Dios. En el exterior del edificio sobresale la bellísima entrada principal así como la estatua del hombre desnudo con su espada, en una fuente cercana, que tantos escándalos causó antiguamente.

Finalizamos el paseo por la agradable calle peatonal Kuznicza hasta llegar de nuevo al Rynek. Aprovechamos para visitar la cercana basílica de Santa Isabel de Hungría mezcla de estilo gótico y renacentista. La última comida fue en el elegante restaurante Dwor Polski, donde camareros con pajarita sirven a la antigua usanza en copas de cristal y elegante loza. El restaurante está decorado a la manera medieval y tiene unas estupendas vistas al Rynek. Su menú se compone de platos de tradición polaca y centroeuropea que rememora los banquetes de reyes y aristócratas. Allí probé la famosa sopa Barszcz, de remolachas y masitas de patata. De segundo degusté un magnífico pato real en salsa de vino tinto y cerezas, con guarnición de ensalada de remolacha caliente y bolas de masa de patata hervidas. Con un final tan refinado dejé la antigua Breslau y actual Wroclaw, una ciudad de la que no me esperaba nada y que se reveló como bellísima, muy dinámica, llena de gente joven, cultura, restaurantes a la última y con una estupenda relación calidad-precio.