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divendres, 24 de juny de 2016

Haghpat & Sanahin

El último país del Cáucaso que visité fue Armenia, que es el menos desarrollado y más pro ruso pero a la vez el más hospitalario de la región. Llegué hasta allí en una marshrutka, los famosos mini-buses que recorren las antiguas repúblicas soviéticas. Para ir a Armenia desde Tiflis es necesario acudir hasta la estación de autobuses de Ortachala en la capital georgiana. Tratad de ir temprano por la mañana porque luego los mini-buses dejan de salir hasta el día siguiente.

La llegada a Armenia fue accidentada: en la frontera entregué el pasaporte al oficial del Ejército armenio y lo abrió justamente por la última hoja, aquella en la que estaban mis visados de entrada y salida a Azerbaiyán, país con el que están actualmente en guerra No os podéis imaginar los ojos que puso. El caso es que me retiraron el pasaporte y me pidieron que esperara. Después me llevó ante su superior que me empezó a hacer preguntas y que incluso me pidió el teléfono de mi amiga armenia que me iba a alojar para verificar que mi historia era verdadera. Finalmente me dejó continuar mi viaje estampando un sello armenio en la primera página, al lado de los de Georgia.

Tras una hora más de viaje me paré en la localidad de Alaverdi, para poder visitar los monasterios de Haghpat y Sanahin, construidos uno frente al otro, pero alejados por espectaculares montañas y valles. No es difícil imaginar que son patrimonio de la humanidad UNESCO y que por eso estaban en mi recorrido. Al bajar, tomé un taxi que por pocos euros me hizo un tour. Situados en la región de Tumanian, los monasterios fueron importantes centros de difusión cultural en el período de prosperidad de la dinastía Kiurikian, hace unos mil años.

Empecé mi visita por Sanahin, que fue famoso por su escuela de caligrafía e iluminaciones, y que además es el más antiguo de los dos. El monasterio se construyó alrededor de dos iglesias, una dedicada a la Madre de Dios y la otra al Salvador. Ambas tienen una estructura de una cúpula central alrededor de la cual hay cuatro ábsides. Además, en sus entradas hay una especie de grandes porches cubiertos llamados gavits. También hay una capilla dedicada a San Gregorio, un campanario y varios claustros. Pero lo que más me llamó la atención fueron la academia y la biblioteca. La academia, situada en una galería entre ambas iglesias, es un espacio rectangular con arcos a ambos lados y espacios entre ellos donde los alumnos se sentaban mientras el profesor explicaba diversas materias paseando por el pasillo. La biblioteca, construida por orden de la reina Hranuc, cuenta con diversas estanterías excavadas directamente en la piedra del muro decoradas con bellas cenefas talladas. Un circulo central en el techo deja entrar la luz. Sorprenden los agujeros en el suelo: es aquí donde se escondían libros y legajos en caso de ataques persas o mongoles. Se ponían encima losas y así nadie podía encontrarlos. De esta manera, los armenios consiguieron mantener su escritura y tradiciones durante siglos. Actualmente solo quedan estelas en piedra, normalmente funerarias, ya que los libros se han trasladado todos en el Matenadarán de Ereván, una de las bibliotecas de manuscritos más grandes del mundo. Los libros y el alfabeto armenio, como aprendí en este viaje, fueron un elemento central en la conversación de la consciencia de ser un pueblo que los armenios siempre han tenido.

El taxi me dejó después en Haghpat, situado en una alta meseta, en la parte que da a una ladera, frente a Sanahin pero separados por un profundo valle. Su situación le permite ocultarse de ojos curiosos, algo fundamental en una época en la que las invasiones e incursiones de diferentes pueblos eran habituales. La estructura arquitectónica de la iglesia principal de Haghpat es de una cúpula sostenida por cuatro impresionantes pilares, diferente a los ábsides de Sanahin. Los pilares están decorados con los símbolos de los cuatros evangelistas: el león, el ángel, el águila y el toro. También cuenta con una biblioteca, más grande que la de Sanahin, donde cada estantería tiene arriba un relieve que indica los tipos de libros que contenía: medicina, química, teología, gramática, historia, matemáticas... Haghpat es mucho más grande e impresionante que Sanahin. Los relieves se conservan mejor e incluso se pueden ver algunos frescos, como el Cristo pantócrator de la iglesia. La experiencia aumenta cuando entramos en los diferentes edificios y escuchamos a pájaros y murciélagos que han hecho de este monasterio su hogar. Uno se siente en una especie de ciudad perdida. Además, el paisaje desde aquí es impresionante, os dejo que lo juzguéis vosotros mismos en las fotos. Es una bendición que no haya apenas turistas, la experiencia es muchísimo más satisfactoria.

Finalmente, mi taxista me llevó a un restaurante de carretera enorme que parecía estar especializado en turistas. Por algo menos de cinco euros comí un menú completo con una ensalada de hierbas de todo tipo, tomates y pepinos, una humeante y sabrosa sopa, una especie de cerdo a la barbacoa, diferentes panes, agua y café. En el resto de las mesas, un ruidoso grupo de turistas portugueses jubilados daban buena cuenta de la comida armenia. Su guía, una armenia joven que hablaba algo de castellano, intentaba comunicarse con ellos sin mucho éxito. Comí con ella y me dio algunos buenos consejos sobre qué visitar. Tras despedirme, me dispuse a buscar un mini-bus que me llevara a Erevan. Empezó a chispear mientras recorría con mi mochila una carretera en el fondo del valle. El paisaje era bastante feo por ese lado, con un río jalonado de bloques de viviendas grises de estilo soviético y una gigantesca fábrica de productos químicos instalada por los rusos que ya apenas funciona. Pero la suerte no me abandonó: me acerqué a una gasolinera que tenía un cartel de WIFI para orientarme con la gran casualidad de que allí estaban repostando un armenio y su hermana, que casualmente vivía en Barcelona y estaba de visita. Tras charlar un poco me ofreció llevarme a Ereván con ellos. Tuvimos una larga e interesante conversación mientras recorríamos los espectaculares paisajes verdes, con ríos rebosantes y gigantescas montañas cuyos picos estaban nevados a pesar de ser ya en abril.

Dedicar una mañana a visitar Haghpat y Sanahin vale la pena, ya que ambos conjuntos representan el apogeo de la arquitectura religiosa armenia y en ellos confluyen elementos de arte bizantino y técnicas de construcción autóctonas. Sobra decir que los paisajes de esta región de Armenia son espectaculares.

dissabte, 11 de juny de 2016

Miskheta & Gori

La capital espiritual de los georgianos

Desde Tiflis hay dos excursiones de un día fáciles de hacer: Miskheta y Gori. Una la hice en coche y la otra en taxi y marshrutka. La primera fue a la antigua capital del reino de Georgia, Miskheta, clasificada además como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En un valle rodeado de altísimas cimas, justo en la confluencia de los ríos Aragvi y Mtkvari, se encuentra Miskheta, a solo 20km de Tiflis. Desde aquí se proclamó la religión cristiana como oficial en el reino, en el 337, siendo la segunda vez (tras Armenia) que eso acontecía en el mundo. Es por eso que Miskheta sigue siendo la sede de la Iglesia Ortodoxa y Apostólica de Georgia.

Miskheta aloja ejemplos excepcionales de la arquitectura religiosa medieval en el Cáucaso, mostrando el alto nivel alcanzado por las artes y la cultura georgiana. Nuestra visita empezó en lo alto de la colina de Jvari, para visitar el monasterio de la Santa Cruz. Este edificio es muy popular para bautismos y aquel día, 12 de mayo, había varios. Era San Andrés, día festivo en Georgia, que celebra el día del apóstol que fundó la Iglesia Ortodoxa y uno de los primeros evangelizadores de estas tierras. El caso es que familias engalanadas con las vestimentas tradicionales presentaban a sus bebés a la Iglesia georgiana. 

El interior del monasterio es semi oscuro y olía fuerte a incienso. Decenas de iconos cubrían sus paredes, destacando el de Santa Nina, una grecorromana cristiana que convirtió a los reyes de Georgia al cristianismo en el 337. Esta santa fue la única superviviente de las 35 monjas cristianas asesinadas por el rey armenio Tiradates III. Consiguió escapar y además, evangelizar Georgia. Toda una proeza. Santa Nina colocó una cruz de madera en los restos de un antiguo templo pagano. Atraídos por los milagros que realizaba esta cruz, decenas de peregrinos comenzaron a llegar a Jvari y es por eso que se acabó construyendo una iglesia y un monasterio. La iglesia, de cuatro ábsides, fue toda una novedad para su época, y se convirtió en modelo para la construcción del resto de iglesias del país. Bajo de cada icono hay bandejas llenas de arena donde los fieles ponen delgadas velas tras rezar sus oraciones, siempre de pie. En las iglesias ortodoxas nunca hay sillas.

Desde la colina, la panorámica de Miskheta en el fondo del valle, las montañas y los dos caudalosos ríos fusionándose en uno es impresionante. Habían variadas paradas de recuerdos georgianos donde me probé uno de los típicos sombreros de invierno que solían llevar los locales (y que a mi me recuerda poderosamente a una peluca rubia). Mi amiga, como muestra de hospitalidad, me regaló un cuerno tradicional donde beber el vino georgiano.

Una catedral, churchkhela, khinkalis y lobio

Bajamos ya a la ciudad propiamente dicha y callejeamos hasta llegar al complejo amurallado de la catedral de Svetitskhoveli. La impresionante iglesia se construyó encima de otra, de la cual se mantienen algunas partes en el interior. Los bellos relieves así como los efectos del sol entrando a través de los ventanucos me dejaron fascinado. El nombre de la catedral significa, en georgiano, "el pilar que da la vida" y se basa en una leyenda sobre un pilar que flotaba en el aire y que Santa Nina bajó tras pasar una noche rezando. En uno de los templetes de la catedral se supone que están enterradas las ropas que visitó Jesús antes de ser desnudado y crucificado. La importancia de esta iglesia para los georgianos es, por tanto, fundamental.

Volvimos a pasear por las agradables calles del centro histórico de Miskheta, restauradas y llenas de tiendas de productos tradicionales y terrazas donde degustar los vinos y gastronomía georgiana. Los puestos que mas me llamaban la atención (y que ya había visto en Tiflis y en las carreteras) eran los que vendían churchkhela, una especie de guirnalda de nueces cubiertas de una especie de caramelo de diferentes tonos marrones a base de zumo de uva. Las tenían colgadas como si fueran longanizas. Nadie dirían que son dulces. Compré varias para probarlas. El padre de mi amiga me invitó a una degustación/chupitos de diferentes chachas (licor a base de uva, el llamado vodka de uva georgiano) como apertivo. 

Para comer, fuimos en coche hasta un restaurante enorme especializado en comida local, construido en madera y piedra. La familia de mi amiga pidió diferentes platos por mi. Empezamos con una bandeja de khinkali, unos raviolis gigantes (cada uno ocupa una mano entera) rellenos de carne picada especiada con un jugoso caldito que hay que beber tras el primer mordisco para evitar mancharse. La comilona incluyó también el contundente lobio, que es un ragout pastoso de habichuelas especiadas y cocinadas con hierbas en potes de terracota que me encantó. Por supuesto, regamos todo con un excelente vino tinto local. Podéis imaginaros el sueño que me entró tras tamaño banquete.

En la ciudad natal de Stalin

La segunda excursión desde Tiflis la hice por mi cuenta. Me fui a la ciudad de Gori, hacia el oeste, donde nació el temido Stalin. Para llegar hasta allí hay que salir desde la estación de Didube en Tiflis. Aquí encontraréis las tradicionales marshrutkas o mini vans o los taxis colectivos. Estad atentos y tratad de ver que choferes gritan "Gori, Gori" para subiros en el taxi. Una vez está lleno, el chófer saldrá raudo hacia la ciudad. Gori se encuentra cerca de la frontera con Osetia del Sur, una región georgiana independentista que fue ocupada por Rusia en 2010 con la excusa de restablecer la paz. Es por eso que la economía local se encuentra algo estancada. Los turistas llegan aquí no obstante atraídos por su atracción más visitada: el Museo Stalin.

Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, apodado por su amigos como Stalin, dictador soviético desde 1924, gobernó con mano de hierro la URSS durante más de 25 años. Este museo narra su vida con especial atención a la infancia y juventud del georgiano más poderosos de la historia. Hijo de un zapatero alcohólico, fue animado a la carrera religiosa por su devota madre. Stalin ingresó en el seminario de Tiflis cuando tenía 20 años. No obstante, pronto dejó la Iglesia por la lucha revolucionaria, uniéndose a los bolcheviques en Georgia, atacando camiones del zar para abastecer de armas al partido o redactando, imprimiendo y distribuyendo periódicos ilegales en defensa de los derechos de los trabajadores y contra las políticas represivas del zar y su terrible policía política, la Orjana. En 1913, Stalin fue arrestado y deportado a Siberia, de donde salió en 1917, volviendo a Petrogrado justo cuando se estaba consumando la revolución de febrero, inicio de su ascensión al poder de la mano de su colega Lenin.

Son muchos los que en Gori, y en toda Georgia, aún admiran a su paisano más poderoso. Sin embargo, la decidida política pro occidental del gobierno y de la juventud georgiana forzaron la retirada de la última estatua del dictador que quedaba en el país, situada en la plaza mayor de Gori. En 2010, durante la noche y con protección policial, varios operarios la retiraron y guardaron en un almacén gubernamental. En todo caso, el museo no intenta ser objetivo ni mucho menos. Es toda una oda al jerarca, su carrera y sus obras. En definitiva, un homenaje al georgiano más poderoso del siglo XX. Sin embargo, mi guía, un joven simpatizante con ciertos aspectos del stalinismo, fue exquisitamente objetivo, resaltando los elementos positivos del dictador, pero también los negativos, y hablando de forma completa acerca de las purgas, los Gulag o el pacto con Hitler de 1939. Alguna de las historias que no conocía de Stalin es que su hijo mayor, miembro del Ejército Rojo, fue capturado por los nazis durante la II Guerra Mundial. Los generales nazis ofrecieron a Stalin la devolución de su hijo a cambio de un general nazi prisionero de los soviéticos. Stalin se negó en redondo, afirmando que no podía cambiar a un soldado raso por un general, y que él consideraba a todos los soldados del Ejército Rojo como a sus propios hijos/

Un pieza curiosa de la exposición es el testamento de Lenin, en el que indicaba su negativa a que Stalin tomara las riendas del partido, ya que lo consideraba sediento de poder y envidioso. Los esfuerzos de los gerentes del museo por mantenerlo y a la vez, aumentar su calidad y objetividad, son bastante notables en todo caso. Me impresionó que en una de las salas se encuentra una de las ocho máscaras metálicas que se hicieron de Stalin justo después de su muerte. Está situada en mitad de un pedestal con un banco circular alrededor y da un poco de cosa.

La última parte del museo es la colección de regalos que recibió Stalin a lo largo de su vida (y que aún recibe como homenaje póstumo) de diferentes dirigentes mundiales o de otros bolcheviques. De los pocos que aún envían regalos son los chinos y los norcoreanos, ya sea vasijas con la efigie del dictador o tapices de seda con su cara, además de flores constantes para sus estatuas. La visita acaba con la visita a una reconstrucción de su primer despacho del Kremlin, con los muebles originales, cajas de cigarros o vasos. La parte del museo dedicada a la represión stalinista es muy pequeña y no fue explicada por mi guía. Lo que si me explicó largo y tendido fue como los que rodeaban y adulaban al dictador, entre ellos el sangriento general de la KGB Beria, o el que sería sucesor de Stalin dirigiendo la URSS, Jrushchev, fueron los directos responsables de las matanzas y purgas, y no Stalin per se.

Casas natales, vagones y refrescos verde fosfi

En el exterior hay un templete neoclásico que cubre la humilde casa en la que nació Stalin, donde sus padres alquilaban una habitación. Esta mantiene su localización original. Allí vivió los cuatro primeros años de su vida y se pueden ver las escalinatas para bajar al taller de su padre, o el humilde interior de la casa. También en el jardín se encuentra el vagón personal de Stalin con el que se desplazaba a lo largo de la URSS. Este vagón blindado fue originalmente propiedad del zar Nicolás II. Stalin odiaba volar y por eso lo utilizó para llegar en tren y asistir al Congreso de Yalta de 1945. De hecho, Stalin solo tomó avión una vez en su vida: para asistir a la Conferencia de Teherán. Fue en su tren hasta Baku y allí tomó un avión hasta la capital iraní. El tren cuenta con bañera e incluso uno de los primeros aires acondicionados (fabricado en Azerbaiyán) que refrescaba la zona del vagón dedicada a comedor/sala de reuniones. Sólo se puede visitar con guía y la entrada se paga aparte. Mi conversación con el guía acabó en el proceso de desestalinización liderado por Jrushchev. La retirada de la tumba de Stalin del mausoleo de la plaza Roja, donde ahora solo está Lenin se puede ver en una maqueta del museo.

Salí del museo turbado por la profunda conversación y por todo lo que había aprendido. Me di una vuelta por la anodina ciudad, llena de edificios grises y aburridos, al más puro estilo comunista. Vi desde lejos el castillo de Gori, situado en una colina. Como tenía bastante hambre volví frente al museo, donde estaba el único restaurante abierto del ciudad. Pedí una sopa con mini khinkalis, una trucha al horno y agua de Lagidze, un refresco georgiano de estragón, color verde fosfi, inventado por un farmacéutico de Kutaisi. De hecho, en Tiflis tuve la oportunidad de probar su otro sabor más popular: el de chocolate y crema. La vuelta a la capital georgiana la hice en marshrutka, más incómoda que los taxis. El problema era que estos no se llenaban, y si no se llenan, no salen a no ser que se pague el precio total de la carrera.  

dimarts, 7 de juny de 2016

Tiflis

En el fondo de un valle

Georgia es muy diferente a Azerbaiyán. No sólo en lengua y religión mayoritaria, sino sobretodo en su economía y sociedad. Mientras que el turismo en Baku es una actividad marginal, siendo la verdadera fuente de riqueza el petróleo y el gas, en Tiflis el turismo es clave. Decenas de tiendas de recuerdos se agolpan junto a casas de cambio, hostels, cafeterías y restaurantes. Mochileros recorren sin descanso las callejuelas del viejo Tiflis y la mayoría de sus habitantes tiene conocimientos básicos de inglés.

Tras cruzar la frontera noreste del país, llegué a Tiflis en taxi. Desde allí me recogió mi amiga, que me llevó hasta su apartamento, situado en la arbolada calle Paliashvili. Tiflis se encuentra a lo largo de un valle, construida a las dos orillas del río Kurá. Altas sierras rodean la ciudad cubiertas de frondosos bosques, fruto de un masivo repoblamiento de árboles llevado a cabo por las autoridades soviéticas. Según la leyenda, Tiflis se fundó por el rey georgiano Vakhtang I Gorgasali, cuando vio como su halcón, y el faisán que había cazado, caían a las aguas termales cercanas y se escaldaban. Impresionado por estas aguas fundó aquí una ciudad, que llamó "Agua Caliente" o Tpili en georgiano. Una gran estatua de este rey junto a una de las iglesias más antiguas se encuentra en la orilla izquierda del Kurá.

Callejeando Narikala

Mi primer contacto con Tiflis empezó por Narikala, el viejo distrito medieval, corazón de la ciudad, de callejuelas empinadas, casas con balcones de madera y hierro forjado, plazoletas llenas de plantas, vetustas iglesias, sinagogas y decenas de cafés y bares. El barrio de encuentra situado bajo la fortaleza de Narikala, adonde subimos con el moderno teleférico. Desde allí, las vistas de la ciudad son preciosas. Se puede apreciar la modernísisma nueva zona construida en la ribera opuesta del Kurá, destacando el parque Rike con el ondulado puente de la paz (símbolo del Tiflis del siglo XXI) o los dos cilindros metálicos gigantes que, se supone, iban a acoger el nuevo auditorio de la ciudad, pero que siguen vacíos. Desde el castillo vi de cerca la gigantesca estatua soviética conocida como Madre Georgia, en la que una mujer, que representa a la nación, ofrece un bol de vino con una mano, representando la hospitalidad georgiana para con los amigos, mientras que con la otra sostiene una gran espada, simbolizando que Georgia está siempre lista para defenderse de los enemigos.

Bajamos de la fortaleza y nos internamos por las animadas calles peatonales de Narikala, llenas de terrazas y gente paseando, para dirigirnos a cenar a un moderno café llamado Moulin Electrique, donde sirven cocina de mercado a precios más que bajos pero de una gran calidad. Sopa de calabaza y mtsvadi (un pollo a la barbacoa hecho a la manera georgiana) fueron mis elecciones. Para beber pedimos vino blanco local. Los georgianos claman ser el primer pueblo que destiló vino en la historia de la humanidad, aunque recientes excavaciones arqueológicas podrían señalar que en realidad fue en Armenia donde se "inventó" el vino. En cualquier caso, el vino georgiano es delicioso. Continuamos nuestra conversación en un agradable apartamento privado reconvertido en un lounge muy cool en la plaza Lado Guilashvili. Un pianista nos deleitaba con sus notas mientras nos fumamos una arguila. Las ventanas del local estaban abiertas de par en par y por ellas entraba una agradable brisa nocturna. 

La avenida Rustaveli

Al día siguiente me dediqué a pesar por la avenida más famosa de la ciudad, la bulliciosa Rustaveli, diseñada por urbanistas inspirados en las reformas del barón Haussmann. Aquí se encuentran muchos de los principales edificios de la ciudad, empezando por el neobizantino Teatro Nacional, el antiguo parlamento (en el que aún se ve la marca de donde estaba el emblema de la hoz y el martillo rodeada de espigas y laureles, o algunos museos. La avenida acaba en la plaza de la Independencia, presidida por una gran estatua dorada de San Jorge matando al  dragón en lo alto de un pilar. Abuelitas vendían todo tipo de comidas en paradas improvisadas mientras que apresurados trabajadores se mezclaban con estudiantes de las facultades cercanas.

Me metí en el Museo de Georgia para profundizar en mi conocimiento del país, empezando por el sótano, donde se encuentra el tesoro arqueológico, mostrando obras de arte en oro, plata y joyas de épocas previas a la llegada del Cristianismo. La colección se completa con muestras de monedas de todo tipo. El piso de arriba acoge una exposición sobre la ocupación soviética con muchos detalles sobre la creación de la primera república georgiana (aprovechando el vacío de poder tras el derrumbe revolucionario del Imperio ruso zarista), centrándose en la represión y la resistencia a la invasión de la nueva URSS, con una narrativa muy patriótica que ensalza la creación de la primera república georgiana y la enlaza con la recuperación de la independencia tras el derrumbe soviético. El museo también acoge una modesta colección de obras de arte mundial entre las que se encuentran dos estatuas de monos egipcios, un sarcófago o cuadros de arte japonés del siglo XIX.

Funicular y khachapuri

Esa noche cenamos en uno de los restaurantes del complejo del funicular de Tiflis, en lo alto. Se trata de Puri Giuliani, especializado en el delicioso khachapuri, una especie de barca de pan crujiente rellena de huevo, mantequilla fundida y queso derretido. Me encantó como algo tan sencillo puede alcanzar altos niveles de excelencia y perfecta mezcla de texturas. Para beber pedimos agua de Lagidze, un refresco georgiano inventando por un farmacéutico de Kutaisi cuyos sabores más populares son el de chocolate y crema o el de estragón (que probé en Gori). Las impresionantes perspectivas nocturnas de la ciudad desde la terraza son perfectas para degustar productos tan georgianos.

La mañana siguiente la dediqué a visitar algunos de los grandes nuevos proyectos de Tiflis: la enorme catedral, el moderno y acristalado palacio presidencial, el parque anexo al puente de la paz o el palacio de los servicios públicos, el gran ejemplo de modernización de la administración georgiana, que ha conseguido que muchos trámites ahora se hagan en un único lugar y en una única ventanilla. La nueva catedral es gigantesca por fuera. Por dentro aún hay trabajos para acabar de pintar los diferentes iconos. Tan magna construcción fue financiada por el multimillonario y ex primer ministro Ivanishvili, cuya estrambótica y acristalada mansión se puede ver desde diferentes puntos de la ciudad ya que se encuentra situada en la ladera cercana a la gran estatua de la Madre Georgia. Por último, mencionar que la avenida más bonita de la ciudad es la de Davit Aghmashenebeli, recientemente renovada y jalonada de bellísimo edificios burgueses art-deco, cafés y tiendas.

Chacha y termas

Esa noche la familia de mi amiga me ofreció una comilona casera. Los georgianos consideran a un invitado como una visita del mismo Dios, y por eso su hospitalidad es milenaria. De entrante, comimos badrijani nigvzit, lonchas de berenjena al horno rellenas de salsa de nuez y ajo coronada por pepitas de granada. Deliciosas. El tkemali, la salsa casera que cubría el pollo y las patatas me enamoró. Le llaman el ketchup de los georgianos. Este tkemali era casero. El ingrediente principal son unas mini ciruelas ácidas con especias como el eneldo, el ajo o el cilantro. Pero lo mejor eran los brindis, comunes en las comidas georgianas. Además del vino o refrescos, siempre hay cerca una botella de licor casero a base de uva, llamado vodka de uva o chacha, con un sabor delicioso pero bastante fuerte. Cada brindis se dedica a algo o a alguien y el que lo propone debe hacer un pequeño discurso. Y cuando el discurso acaba, todos gritan "Gaumarjos!" antes de beberse el chacha de un trago.

Tras la cena y achispados salimos por los locales de alrededor de la plaza de la Revolución de las Rosas, para ver el ambiente nocturno, bastante variado y hipster, con mucho donde elegir. El único pero es que todo el mundo fuma en el interior de los locales, dejando en mi ropa y pelo un desagradable olor permanente a nicotina e irritando mis ojos. Fue como volver a mi etapa de adolescente en Valencia. La omnipresente publicidad de los cigarrillos (asociando fumar a una vida deportiva y sana) y su bajo precio favorecen el tabaquismo. Georgia tiene aún un largo camino por recorrer en este tema.

Finalmente, me despedí de la ciudad con una relajante sesión en sus termas, que a la postre dieron origen a Tiflis, tanto físicamente como a su nombre. Las termas guardan un cierto encanto decadente y están separadas por amplias salas con grandes piscinas y duchas que puede reservarse por grupos. Dicen que estas aguas, tan calientes como pestilentes, tienen efectos curativos y preventivos, así que me sumergí un buen rato en ellas.

Tiflis es una ciudad diferente, reinventándose todos los días, con obras y reformas por todo lado. A pesar de sus grandes problemas de tráfico, hay muchos barrios agradables de bulevares arbolados que vale la pena recorrer. Tiflis no impresiona por sus grandes monumentos pero os dejará huella la hospitalidad sin rival de sus habitantes.


dimarts, 31 de maig de 2016

Sheki

Llegada en tren

Los andenes estaban mla iluminados y sólo un tren, de color verde oscuro y aspecto recio, esperaba a salir. El tren, manufacturado en la época soviética, era atendido por azafatas que parecían más bien funcionarias del registro civil. Algo malhumoradas nos repartieron a todos los camarotes bolsas con sábanas limpias que tenían los emblemas de la compañia nacional de ferrocarriles azerí. Así empezaba mi excursión al frondoso interior de Azerbayán, mi primera vez en las sierras del Caúcaso. Los vagones eran básicamente estrechos pasillos con varios compartimentos en los que cabían cuatro personas en cada uno, en cuatro literas más o menos cómodas. En los extremos de cada vagón habían sendos servicios mucho más limpios de lo esperado pero bastante malolientes e incómodos. A pesar de estar estrictamente prohibido fumar, numerosos pasajeros desobedecían tal prohibición y pagaban a las azafatas-burócratas el equivalente a 4 cuatro euros de multa. Aún hay mucho por hacer en el Caúcaso en la lucha contra el tabaquismo.

La suave cadencia del tren al avanzar por las vías mecía mi sueño, solo interrumpido cuando el tren frenaba más o menos bruscamente. De repente, a las siete de la mañana, mis amigas me despertaron instándome a prepararme. Llegábamos a la estación de Sheki. Medio vestido, a trompicones, con frío y despistado, "aterricé" en la solitaria estación, donde solo habían un par de taxistas. El lugar estaba algo alejado del centro de la ciudad. El taxista nos llevó sin pedírselo a un sitio bastante cutre donde se servían desayunos bastante simples: ensalada azerí, panes de todo tipo y huevos fritos en sartencitas individuales. Resumiendo, una llegada a Sheki nada triunfal. Sin embargo, el espectáculo de la neblina cubriendo los bosques y las primeras cimas caucásicas suplieron cualquier incomodidad. Un gran cartel con la efigie de Heydar Aliyev presidía una de las plazas de la ciudad.

El Palacio de los Khan 

Tras el desayuno nos dispusimos a caminar por la ciudad, más grande de los que me esperaba. Remontamos la calle paralela al riachuelo que cruza la urbe. En mitad de montañas cubiertas por frondosos bosques verdes, Sheki se sitúa en un cruce de antiguas rutas comerciales entre Europa y Asia. Además, fue un importante punto de manufactura de la seda. Eso la hizo grande e influyente. Aún quedan testimonios de dicha época de esplendor, empezando por el bellísimo palacio de los Khan, situado en el interior de la antigua fortaleza de Nukha.

Esta fue nuestra primera visita. Realizado en el siglo XVIII, este palacio muestra un conjuntos de salas bellamente decoradas, testimonio de la refinada vida que los dirigentes de la zona llevaban. La antigua residencia de verano, restaurada, es la única estructura en buen estado que queda del antiguo complejo de palacios y edificios gubernamentales. La fachada exterior rebosa azulejos y algunos espejos. La visita solo puede hacerse guiada, y comprende tres salas en el primer piso y tres salas en el segundo. El primer piso tiene en la sala central una apacible fuente interior que permitía debates entre miembros del gobierno y visitantes guardando cierta privacidad ya que las conversaciones no se podían escuchar desde el exterior debido al sonido del agua. El techo está cubierto por enormes espejos que acentúan la sensación de amplitud. Otra de las salas más bellas es la del gabinete del rey, donde preciosos frescos muestran representaciones de animales y plantas relacionadas con la monarquía o el arte de gobernar. Por ejemplo, las granadas simbolizan el poder real. O los dragones escupiendo flores por la boca, símbolo del balance que un rey debe observar entre la fuerza y la clemencia. Impresionantes imágenes de batallas con cientos de hombres enfrentan grandes cristaleras de colores realizadas en cristal de Murano. Sin duda, un edificio con decoraciones muy diferentes a todo lo que hayáis visto antes. 

Mientras esperábamos a la guía (que por cierto fue demasiado rápida y sin poner mucha pasión en su trabajo) me compré un gorro típico turco. Quería uno azerí pero, en opinión de mis dos amigas, no me quedaba tan bien. 

Probando el piti y la halva

Tras la visita, como el hambre apretaba, nos dirigimos a almorzar algo pronto: engullimos un contundente piti. Se trata de un guisote campestre de carne de cordero deshuesada, garbanzos, patatas, tomates y azafrán que se come en dos partes. El piti se cocina en  potes de barro y es muy típico en Sheki. Lo primero que debemos hacer es cortar trozos de pan y ponerlos en nuestro plato sopero. A continuación, salpimentar con sumac, unas bayas desecadas de color rojo que dan un sabor muy especial. Una vez hecho esto, rociamos todo con el caldo del piti, quedándonos una sopa humeante que hizo las veces de entrante. Y vaya que entró bien, perfecta para contrarrestar el fresquito de aquella mañana en mitad de las montañas. Cuando nos la acabamos, volcamos el resto del piti al plato, salpimentando todo de nuevo con sumac, y devorándolo. Nos lo comimos en un restaurante con vistas llamado Gagarin, en honor al primer hombre en el espacio, Yuri Gagarin, todo un héroe de la antigua URSS. Identificaréis el restaurante porque hay un cohete dibujado. Este restaurante sirve uno de los mejores pitis de Sheki, según los entendidos en gastronomía de Baku.

Satisfechos, mis amigas me acompañaron para instalarme en la casa donde me quedaría esa noche. Me alojaban un amable matrimonio de azerís jubilados, que tenían sus gallinas y su huerto. Allí, por algo menos de 10 euros tenía una habitación cómoda para mi solo y el desayuno incluido. Mi curiosidad era como me iba a comunicar con ellos una vez mis amigas partieran de vuelta a Baku. En cualquier caso, dejé allí mi mochila y proseguimos la visita.

Nos dirigimos al antiguo caravansar, donde los comerciantes que iban y venían de los diferentes lugares de la ruta de la seda paraban a descansar e intercambiar bienes. Ahora es un hotel modesto, que aún conserva la antigua distribución, en forma de claustro, con las habitaciones semi soterradas. En una de las antiguas tabernas se puede ahora celebrar una especie de ritual del té sentando en cómodos almohadones en el suelo alrededor de una mesa baja. En el verde jardín, los comerciantes solían dejar sus camellos y caballos.

Bajando la empinada calle junto al riachuelo que habíamos remontado antes encontramos el local comercial más famoso de la ciudad: Elihmed Shirinyyet, donde desde hace décadas una familia elabora cientos de halvas cada día. Redondas y enormes, las halvas de Sheki se preparan con nueces, otros frutos secos, mantequilla, azúcar y especias. Está decorada por arriba con líneas de color rojo hechas con azafrán y para acabar le tiran por encima un pastoso sirope muy rico. Sólo se elaboran en esta ciudad azerí, por lo que no sólo hay que probarlas, sino que deberéis comprar un par de cajas para llevar y regalar a amigos o familia a la vuelta. Hicimos cola más de media hora: la gente llegaba sin parar llevándose cajas y cajas de halva de Sheki. También vendían una especie de churros más fritos de lo común y cubiertos de una crema que nos gustaron.

Un vetusto hammam 

Como ya no había mucho más que hacer decidí visitar el antiguo hammam conocido como Abduxaliq. Ya había estado en un baño turco durante mi visita a Estambul, por lo que me apetecía repetir. Estos antiguos baños públicos del siglo XVIII siguen abiertos y ofrecen los típicos servicios de un hammam turco aunque bastante anticuado. Las dos grandes salas (fría y caliente) contaban con sendas cúpulas. La sauna, minúscula, estaba llena de tuberías del siglo XIX. Allí, en mitad de la gran sala caliente, el masajista deshizo todos mis nudos musculares "a la turca", es decir a lo bestia. Pero vaya, se me quedó la espalda como nueva. Al final, cómo no, me ofrecieron un té negro. Varios de los que ya habían tomado su sauna se arremolinaban a mi alrededor mientras insistían en hablarme en ruso. Yo era un extranjero. Y para ellos, cualquier extranjero tiene forzosamente que hablar ruso, ya que aún lo ven como la "lingua franca". Obviamente yo mostraba mi desconocimiento y sólo llegaba a entender palabras como Real Madrid o Barcelona. Les encanta la Liga española, como a la mitad del planeta. 

Acabé el día cenando a las siete con un suizo y una suiza que se quedaban en la casa de al lado y que conocí por casualidad (eramos de los pocos extranjeros en Sheki). Fuimos a un restaurante de comida tradicional donde pedimos vino azerí (al principio no nos gustó pero cuando respiró estaba más rico). De entrantes disfrutamos de las dolmas, que son hojas de col y de parra rellenas de una mezcla de arroz y carne de cordero picada con menta fresca, hinojo y canela, cocinadas al vapor y servidas en un pote de barro. De plato principal tomamos carne de cordero en barbacoa. Nos quedamos un rato de sobremesa hablando un poco de todo. Volvimos a la casa donde se alojaban, en la que también se estaban quedando un británico y una estadounidense. Hablamos con ellos otro buen rato alrededor del enésimo té negro del día, y luego yo me retiré hacia la casa donde dormiría esa noche.

Al día siguiente, tras un frugal desayuno a base de panes, mantequilla, huevos y hierbas, y escuchar pacientemente a mi huésped hablar en azerí, me dirigí caminando tranquilamente hasta la estación de autobuses. Aunque más que autobuses, lo que abunda en el Caúcaso son las marshrutkas, o minibuses donde meten el máximo posible de gente por precios irrisorios para desplazarse entre ciudades. A pesar de la incomodidad, he de subrayar la amabilidad de los locales en indicarme los cambios de minibus. El último tramo hacia la frontera con Georgia lo hice en un taxi compartido. Este paso, cerca de Balakan, esta muy poco transitado, por lo que se me hizo muy fácil cruzar la frontera a pie. Noté muchísimo el contraste entre la modernidad de los controles fronterizos azerís y las construcciones más rústicas en Georgia. Cruzar el puente sobre aquel bravo río con la bandera de Georgia esperándome al final fue toda una experiencia. Casi como si estuviera volviendo a Europa. Llegaba el momento, en efecto, de visitar el país más proeuropeo de la región.


dimecres, 25 de maig de 2016

Gobustán

Una de las excursiones más fáciles de hacer desde Baku si disponéis de coche es a la árida región del Gobustán, al sur de la ciudad. Yo tuve la suerte que mis amigos me llevaron un día a visitar el parque nacional, donde se encuentra museo dedicado a los restos arqueológicos prehistóricos presentes en una montaña de la región, llena de grutas, que fueron habitadas por tribus cazadoras que dejaron más de 6000 grabados en la roca, la mayoría representando animales o personas realizando diferentes actividades. Toda la zona es considerada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Tras recorrer parte de la costa del Caspio al sur de Baku llegamos a una gran planicie, de clima seco pero con algún árbol aquí y allá. Nos internamos en el parque nacional empezando la visita en las nuevas instalaciones museísticas donde se explican los restos que vamos a visitar, la forma de vida de las tribus que realizaron estos dibujos prehistóricos, y sus posibles significados. Me gustó el gran rigor del museo, ya que proponía hasta cuatro posibles significados a diferentes dibujos, contraponiendo teorías de diversos historiadores, antropólogos y arqueólogos. Por ejemplo, uno de los grabados más curiosos muestra canoas o barcos con personas remando. Para algunos expertos, estas representaciones muestran la importancia de la pesca en la economía local así como el transporte por vía marítima. Otros académicos enfatizan el significado espiritual de estos petroglifos incidiendo en la representación de creencias religiosas asociadas al culto al sol, en la que el alma de los muertos se llevaría al otro mundo gracias a barcos solares.

Tras el museo, montamos en el coche de nuevo para empinar hacia la meseta donde miles de petroglifos muestran la evolución del arte rupestre a lo largo de 40.000 anos. Los grabados son además una muestra de como esta región tuvo un clima mucho más húmedo en la antigüedad y donde vivía muchísima fauna y flora. Curiosas son las representaciones de delfines, animales que no existen en el Caspio pero si en el Mediterráneo, situado a cientos de kilómetros de esta región. Me impactó el tamano y variedad de las representaciones, muchas de las cuales se conservan en muy buen estado. Algunas se encuentran ocultas en grutas naturales mientras que otras se ven a simple vista. En panorama del valle y el mar desde la meseta era también hermoso. Además de los grabados, existen en las rocas del suelo algo más de 400 boles excavados que podrían haber sido usados para recolectar agua de lluvia, guardar pigmentos, cocinar o incluso recoger sangre de animales sacrificados en rituales religiosos. Algunos historiadores incluso apuntan a que puedan simbolizar el cosmos y las constelaciones o conmemoren a los muertos.

Tras visitar la escarpada zona, llena de turistas locales, pensamos ir a visitar los volcanes de barro. Si embargo, el complicado acceso a la zona, que requiere de vehículos todoterreno, hizo que finalmente no pudiera visitarla. Una lástima. Espero poder volver alguna día a Azerbaiyán para visitar esa región cercaba a Gobustán y apreciar tan curioso fenómeno geológico.

En cualquier caso, el hambre apretaba, así que nos dirigimos a un simpático restaurante en la costa, muy rocosa. La zona al aire libre estaba llena de familias y grupos de amigos. El restaurante no disponía de carta: de plato principal está el pescado del día a la parrilla. De entrantes, el camarero llegó con una bandeja gigante llena de diferentes opciones de las cuáles uno iba seleccionando. Nosotros cogimos la berenjena ahumada a la barbacoa, la tradicional ensalada de pepinos, tomates y hierbas aromáticas, varias salsas tradicionales para el pescado (mi favorita fue la de ciruela agria), panes de diversos tipos, patatas fritas y unos pimientos al vinagre.

Mientras disfrutábamos del banquete al sol, con el sonido del mar de fondo, en una montaña había escrito en grandes letras en blanco (y en azerí por supuesto) "No olvidéis Karabaj". O eso me dijeron. El susodicho mensaje fue la excusa perfecta para obtener el punto de vista local acerca de este conflicto que amenaza con enquistarse en la región. Las montañas de Karabaj, una región de Azerbaiyán mayoritariamente habitada por armenios, declaró su voluntad de autodeterminarse tras el colapso de la URSS. En un momento de debilidad azerí y falta de liderazgo nacional, el nuevo Ejército armenio decidió invadir la región para apoyar a la mayoría de habitantes de Karabaj en sus ansias independentistas. Los azeríes fueron expulsados de la región y finalmente esta proclamó su independencia siendo reconocida únicamente por Armenia. Matanzas de armenios en otras regiones de Azerbaiyán, especialmente en Bakú, atizaron el conflicto. La guerra de Nagorno-Karabaj acabó con un alto el fuego en 1994. Para ese entonces, el Ejército armenio, además de asegurar el control de Karabaj, y por tanto garantizar a la nueva república su independencia de facto, ocupó otras regiones azeríes de alrededor, especialmente las que separan Karabaj de Armenia. Argumentan que la ocupación se hacen con el fin de garantizar la seguridad  de Nagorno-Karabaj y que no se retirarán hasta que se alcance un acuerdo de paz justo con Azerbaiyán. En 2016 nuevos enfrentamientos causaron algo más de 200 muertos entre ambos ejércitos. Rusia apoya a Armenia en este conflicto aunque también media con Azerbaiyán. Los muertos y las heridas siguen muy abiertas en tanto miles de refugiados azerís no pueden regresar a sus casas en Karabaj ni visitar las tumbas de sus antepasados.

De postre y como cierre de la conversación, el omnipresente té negro, bebida nacional. En un solo día recorrí gran parte de la historia de esta parte del mundo: de la prehistoria hasta el conflicto actual con Armenia. Curioso es que el nombre de Azerbaiyán viene del farsi, y significa Tierra del Fuego Sagrado, en clara referencia a los gigantescos depósitos de gas y petróleo que se acumulan bajo sus tierras y aguas. Es por eso que nuestra siguiente visita antes de volver a Baku eran los inmensos campos de petróleo, famosos por aparecer en la película The World is Not Enough de James Bond. Las torres de perforación ofrecían un hipnótico panorama con su movimiento candente y pausado en la extracción petrolera.

Acabamos el día paseando por el inmenso paseo marítimo de Baku. Cuando cayó la noche, nos dirigimos a la pequeña estación central de ferrocarriles. Esa noche tomábamos el tren-cama nocturno a Sheki.

dijous, 19 de maig de 2016

Baku

Lujo hasta en el aeropuerto

Aterricé en Baku tras una hora de vuelo desde Tiflis en uno de los aviones de Azerbaijan Airlines. Los asientos, enormes y cómodos. La revista que ofrecen, impresa en un papel couché de gran calidad, casi acartulinado, que muestra grandes fotos de Ilham Aliyev, hijo del anterior presidente Heydar Aliyev.

El nuevo aeropuerto de Baku es de los más lujosos que he visitado. Uno se siente en una boutique de Louis Vuitton o de Gucci con esos suelos en diferentes tonos color crema, impolutos y brillantes, esos revestimientos de madera en forma de rombos o las preciosas paredes de forma oval. Mis amigos me recogieron en coche a pesar de ser ya altas horas de la madrugada: la hospitalidad azerí, y caucásica en general, es casi infinita, como pronto iba a descubrir durante las siguientes dos semanas.

Tras una noche reparadora, mi visita a la capital del país empezó. Mis amigos vivian en un barrio algo alejado del centro, así que tomamos el metro, obra del periodo soviético. Sus estaciones son amplias, limpias y bien iluminadas. Allí, el personal uniformado se sienta pacientemente frente a las escaleras mecánicas o da permiso de salida a los convoyes. Los trenes son recios y parecen como nuevos, a pesar de ser de finales de los 60. Circulan a gran velocidad a través de los túneles. Bajamos en la estación 28 de Mayo, cerca de la antigua estación de ferrocarriles, ahora reconvertida en un centro comercial con un KFC presidiendo el resto de tiendas. Nos apresuramos hacia la calle Nizami, centro peatonal de compras donde se encuentra la ópera de Azerbayán, en el antiguo Teatro Mailov, bellísimo ejemplo del estilo oriental del art-nouveau. Cuentan que la soprano rusa Nezhdanova fue invitada a cantar al casino de Baku a principios de siglo XX, época en la que el petróleo azerí atraía a multimillonarios de todo el mundo. Fascinados por la voz de la cantante, varios de ellos la invitaron a volver, pero ésta dijo que ella solo volvería para cantar en una ópera de verdad. Una apuesta entre millonarios para ver si uno podría construír el edificio en menos de un año hizo el resto.

Huskies, pan y especias

Siguiendo el paseo, llegamos hasta la plaza de las fuentes, donde familias y jóvenes se reúnen para pasear y charlar. Las estátuas de los principales escritores azeríes nos observaban desde el Museo de la Literatura, mientras varios jóvenes paseaban a sus huskies. Se han puesto de moda ahora en Baku, nadie sabe bien porqué. Estoy seguro de que a los chuchos no les hace ninguna gracia vivir en esta cálido país con esos pelos. El caso es que atravesamos las murallas del antiguo Baku y nos dirigimos al restaurante Sherli Tandir, construído en casetas de madera pegadas a las históricas murallas del siglo XII. Nada más entrar, un horno tandir encendido nos recibió. Estos hornos de barro, cilíndricos y en el caso de este restaurante, bastante grandes, se usan desde hace siglos para cocinar con carbón vegetal, especialmente los diferentes panes tradicionales de la región, como el fino lavash. 

Nos sentamos en una de las mesas. Sin cruzar una palabra nos sirvieron una cesta con varios panes recién horneados y una ensalada tradicional de tomates, pepinos y hierbas, que se comen frescas, algo que nunca había visto antes. Albahaca, estragón, menta, eneldo, cebollino o ajedrea me ofrecieron sus estupendos sabores. Como plato principal pedimos shashlik, que es carne de cordero cocinada en pinchos a la barbacoa. Y de beber, algo muy curioso, la feijoa, un jugo de una baya muy popular en Colombia y curiosamente, también en Azerbaiyán. En este primer acercamiento a la gastronomía caucásica me soprendió la frescura, calidad y sabor de sus ingredientes, algo que se repetiría durante el resto del viaje.

La ciudad amurallada

Tras el almuerzo, seguimos remontando las callejuelas de la antigua ciudad, jalonadas de edificios recientemente restaurados, con bellos balcones de madera, hasta llegar a la cima de la pequeña colina que forma el barrio viejo y donde se encuentra el palacio de los antiguos gobernantes de la región. En la ciudad vieja aún quedan muchos caravansares (donde los comerciantes de la ruta de la seda podían descansar y dejar sus camellos) así como hammams. Lástima que no me dio tiempo a visitar ninguno. Por este barrio han pasado decenas de pueblos y culturas: la zoroástrica, los sasánidas, los árabes, los persas, los shirvani, los otomanos y por supuesto los rusos. Actualmente los azerís se sienten especialmente cercanos a los antiguos otomanos, es decir, los actuales turcos. El palacio que visitaba fue construído por los Shahs de Shirvan en el siglo XV. Su austera entrada nos lleva a salón de recepción seguido del salón del trono. Las zonas residenciales son muy sobrias y contrastan con la belleza de la mezquita de Key Kubad, que forma parte del complejo. Otra parte del palacio son las tumbas de los Shahs y su s familias, construídas en un suntuoso panteón. También se pueden ver los restos de los antiguos baños aunque mi parte favorita fue la del tribunal, un recinto circular presidido por una cúpula y rodeado de un patio porticado cuadrangular. Aquí se juzgaba a los criminales, que asomaban la cabeza por un agujero del suelo con el resto de cuerpo de pie en el sótano que servía de cárcel. Si el tribunal los declaraba culpables, allí mismo se les cortaba la cabeza. 

Lo nuevo y lo viejo

Saliendo a las terrazas del antiguo palacio hay una perspectiva perfecta de las Flame Towers, tres enormes rascacielos de cristal encaramados en una montaña y con forma de llamas gigantescas. Estas torres son el nuevo símbolo de la ciudad. De noche se iluminan de forma espectacular, ya sea fingiendo los colores y movimiento del fuego o con la bandera de Azerbaiyán. Por cierto, interesante el significado de la misma: el color azul simboliza la modernización, el progreso y la democracia; el rojo y la media luna los orígenes túrquicos de los azeríes y el verde su pertenencia a la civilización islámica. Y hablando de símbolos, saliendo del recinto amurallado nos topamos con el antiguo icono de Baku: la torre de la Virgen. Esta se encontraba originalmente a los bordes del Caspio. Sin embargo la bajada de los niveles del mar la sitúan ahora algo más al interior. De carácter defensivo, aquí se solían proteger mujeres y niños en caso de ataque a la ciudad. El nombre de la torre viene de la leyenda de que un rey se enamoró de una joven y quiso casarse con ella. Este le dijo que lo haría si construía una alta torre. En cuando el rey la acabó, la joven se subió arriba del todo y se suicidó, para evitar el matrimonio. Sobra decir que el casco antiguo, la torre y el palacio son conjuntamente parte del Patrimonio de la Humanidad reconocido por la UNESCO.

Mi segundo día empezó con un casero desayuno azerí protagonizado por una deliciosa tortilla de hierbas frescas acompañada de los distintos panes. Es curioso que cualquier tipo de pan (chorek) se considera sagrado. De hecho, al principio no entendía porque mi amiga tenía una bolsa de plástico con pan colgando en lo alto, detrás de la puerta de la cocina. Resulta que aquí el pan no puede tocar el suelo, ni mezclarse con el resto de la basura. Es más, no se debe tirar a la basura sino darse a algún animal.

El té, negro

Para beber, un buen desayuno no puede olvidar un humeante té negro servido en unos vasos en forma de pera (armudi). El té negro es la bebida nacional del país y se toma a todas horas. De hecho, varias tardes las pasamos descansando en teterías como el Café Arabesque. El ritual vespertino del té es curioso: mientras se va sorbiendo este, se van tomando cucharaditas de mermelada o almíbar a la vez, o directamente se pone uno el terrón de azúcar en la boca y lo va deshaciendo a medida que se sorbe el té. Todo se sirve acompañado de bandejas con frutos secos (nueces, avellanas, orejones, pasas...) y pequeñas fuentes con frutas almibaradas. Fumar shisha, a pesar de no ser una tradición local, se está convirtiendo en cada vez más frecuente, sobretodo entre los jóvenes profesionales. Nosotros pedimos la de pomelo, en la que un gigantesco pomelo se clava justo debajo de los terrones de tabaco, dando un aroma especial al humo.

Obras faraónicas

Me encantó el buen clima de la ciudad y como miles de personas toman sus calles por las tardes y noches para pasear, sentarse en un banco o recorrer el bellísimo paseo marítimo, presidido por una de las banderas más grandes del mundo. También allí se encuentra el moderno escenario construido para alojar el Festival de la canción Eurovisión 2012. Mientras dábamos una vuelta, decenas de operarios se apresuraban para instalar vallas y gradas y dejar todo listo para el nuevo circuito urbano de Fórmula 1 con el que Baku acoge en Gran Premio de Europa en junio (relevando a mi ciudad natal, Valencia). Un moderno centro comercial, agradables cafeterías y otros muchos edificios completan el paseo, lleno de palmeras y arbustos impecablemente cortados, así como una gran colección central de cactus. Tal vez los edificios más curiosos sean el Museo de la Alfombra, que tiene él mismo la forma de una alfombra gigante enrollada, o la pequeña Venecia, una atracción soviética en la que los habitantes de la ciudad podían tomar góndolas motorizadas y recorrer dos canales en los que hay decoración que imita la arquitectura veneciana. Los azeríes tiene ese gusto de nuevos ricos de querer copiar partes de ciudades europeas. De hecho, al lado de la parte exterior de las murallas, en la calle Boyuk Qala, hay un parque que mezcla elementos italianos con una fuente copiada de las de la plaza parisina de la Concordia. Esta curiosa mezcla les ha quedado sorprendentemente bien. El skyline de la ciudad, además de por las Flame Towers, está presidido por una gigantesca antena de televisión, al igual en las otras dos capitales caucásicas.

Pero sin duda, lo que más me impresionó fue el futurista Centro Cultural Heydar Aliyev, obra de Zaha Hadid. Concebido como el nuevo gran contenedor cultural de la ciudad, el recinto alberga una mezcla de exposiciones permanentes y temporales. Cada parte del edificio es digna de admiración. Me impactó como la arquitecta ha creado paredes sin esquinas, como las líneas rectas son minoría ante la dictadura de las curvas... paredes que suavemente se convierten en suelos en una transición sin igual. La blancura espectacular es perfecta para los días soleados y el cielo azul brillante a orillas del Caspio. En su interior hay tres exposiciones permanentes: una algo propagandística, dedicada al fundador del nuevo Azerbaiyán, Heydar Aliyev, antiguo general al mando del oscuro KGB y primer ministro de la URSS durante los corruptos años de Brezhnev. Aquí se glosa la vida y obras del padre del actual presidente y todo lo que hizo por el país, tanto durante la etapa soviética como a partir de la declaración de independencia. No hay ninguna crítica, ningún elemento cuestionado, ningún debate. Ni corrupción, ni fraudes electorales, ni falta de libertad de expresión ni tampoco los presos políticos. Nada de eso se lee en la exhibición que carece, por tanto, de rigor histórico. Una exposición algo más interesante es la de arte y cultura azerí, donde se muestran joyas, vestidos, instrumentos musicales, alfombras y otros elementos ligados a las tradiciones nacionales. Finalmente, la exposición Mini-Azerbaijan, muestra una colección de maquetas de los principales edificios del país, donde además de los históricos como la Torre de la Virgen, también se muestran muchísimas de las grandes obras faraónicas realizadas por los Aliyev. En cualquier caso, es bastante interesante.  

Tras esta impresionante visita fuimos a comer a un modesto pero delicioso restaurante iraní donde disfruté de un perfecto arroz pilaf con azafrán y del tradicional kebab iraní (carne picada presentada a lo largo) acompañado de una ensalada de cebolla y perejil. De beber, ayran (yogur líquido aguado) con gas, siguiendo la moda iraní. Si pasáis por Baku, el restuarante se llama Grand Father Iran Yemekleri y se encuentra en el numero 2 de la calle Zivarbay Ahmadbayov.

Sorprendente Baku

Baku es una ciudad de calles peatonales arboladas y edificos art-nouveau de los años 20, pero también de mega avenidas de ocho carriles con rascacielos del siglo XXI. Una ciudad donde en algunos barrios os despertará un gallo y en otros los bólidos de Fórmula 1 atravesando sus modernos bulevares. Es una ciudad de grandes contrastes que vale la pena conocer, una ciudad que mejora a pesar de la rampante corrupción, gracias a la lluvia de divisas que traen el petróleo y el gas. De gente acogedora y gastronomía fresca y sana.

Además, es una buena base para realizar excursiones a Gobustán o a los cercanos campos de petróleo. También podéis ir algo más lejos y descubrir las montañas del país, empezando por la mítica villa de Sheki. En cualquier caos, la capital azerí no deja indiferente a nadie. Ni siquiera al grotesco Donald Trump, que ha dejado plantada allí una de sus torres, justo enfrente del bellísimo centro de Zaha Hadid. Pues no sabe. 

dijous, 21 d’abril de 2016

Beaune & Nuits-St-Georges

La Cote d'Or

Al sur de Dijon, una cadena de 60 km de suaves colinas de materiales extremadamente fértiles forman la conocida como Cote d'Or. Mayoritariamente cubiertas de cepas, aquí se producen algunos de los mejores vinos de Francia. En los pueblecitos que van de Dijon a Beaune se pueden encontrar bodegas y fincas productoras de vino donde hacer catas y comprar diferentes variedades a buen precio. Como estábamos tres días en Dijon, aprovechamos para dedicar un día a visitar esta zona, y especialmente su mayor ciudad: Beaune.

El Hotel-Dieu de Beaune

Beaune es muy accesible desde Dijon: hay trenes y autobuses con bastante frecuencia. Nosotros llegamos por tren. Desde la estación se llega rápido a una de las puertas de la muralla que rodea el casco antiguo. Lo primero de todo nos dispusimos a visitar la mayor atracción de la ciudad: el famoso Hotel-Dieu, el hospicio medieval más bonito de Francia. De estilo gótico, es muy conocido por sus preciosos tejados multicolores, tradicionales de la región, que en este edificio son espectaculares. El precio de la entrada incluye una audio-guía en la que se nos explica la historia de las diferentes estancias del hospicio. La colorida Grande Salle impresiona al ver como de bien se organizaba la atención de enfermos gracias al empeño de Guigone de Salins, tercera esposa de Nicolas Rolin, Canciller de Felipe el Bueno, Duque de Borgoña. De Salins quiso construir un hospicio en el que atender a enfermos y que estos se sintieran cómodos en estancias palaciegas. Allí no se discriminaba a nadie, pobres y ricos eran atendidos por igual. La única diferencia era que si se donaban tierras con viñedos en vida y como herencia (con cuya producción de vino se financiaba el mantenimiento del hospicio) se tenía derecho a estar en salas más pequeñas y, por tanto, con mayor privacidad. En la visita se recorren varias estancias. La farmacia del siglo XVIII está repleta de frascos que en su tiempo contuvieron todo tipo de sustancias usadas para fabricar remedios, como el polvo de cochinilla. También se pueden ver las cocinas, llenas de utensilios de época. Pero sin duda, lo que más impresiona es el patio de honor, con los tejados de colores, las gárgolas, el pozo y las tuberías en forma de dragón: una foto aquí es casi obligatoria. Aunque lo que más me impresionó de esta visita fue la sala San Luis, con el políptico del Juicio Final, obra del pinto flamenco Roger van der Weyden. 

El políptico del Juicio Final

En este políptico se representa con gran realismo los capítulos 24 y 25 del Evangelio de San Mateo. En el centro, Jesucristo observa la escena con calma, sentado sobre un Arco Iris que representa la alianza establecida entre Dios y la Humanidad en tiempos de Noé. Varios ángeles a su alrededor cargan los símbolos de la Pasión. Abajo, los muertos van saliendo de sus tumbas y acuden a la gran figura central: el Arcángel San Miguel, que con una balanza pesa las almas. Los escogidos para ir al paraíso se dirigen con calma hacia una especie de catedral dorada. Los condenados al infierno caminan entre gritos y lamentos hacia un rocoso infierno donde son torturados por los demonios. El realismo del horror grabado en los rostros de los condenados es fascinante. Ángeles trompeteros dan mayor magnificencia a la escena mientras que diferentes santos oran a ambos lados de Jesucristo.

Caracoles y vino

Tras tamaña muestra de historia y arte, nos dirigimos a comer a uno de los diferentes restaurantes disponibles para probar algunos de los platos tradicionales de la región. Empezamos como no podía ser de otra manera con el entrante más típico posible: los caracoles de Borgoña, muy grandes, que se cocinan con mantequilla, ajo y perejil. Como plato principal optamos por un clásico: el boeuf bourguignone, que es un guiso de cubos de carne de ternera marinada y cocinada en vino tino joven, champiñones, cebollas, zanahorias y bacon.


Tras comer fuimos al Marché aux Vins, que en superficie es una elegante tienda de vinos y productos típicos de la región, pero en cuyos sótanos se encuentra la cripta de la antigua iglesia de los Cordeliers, y donde ahora tienen sus bodegas, iluminadas con cirios. Bajo las calles de Beaune envejecen millones de botellas de vino en frescas y oscuras bodegas. El Marché aux Vins es tal vez una de las más conocidas. Por un precio aceptable nos dieron un catavinos metálico con el que descender a la antigua cripta e ir catando varios vinos.

Allí nos explicaron la clasificación de los vinos de Borgoña. En primer lugar se encuentran los vinos Grand Cru, producidos en los mejores viñedos de la Cote d'Or. Necesitan criarse unos siete años y solo llevan el nombre del pequeño viñedo del que son originarios. Hay pocos viñedos con esta categoría debido a la calidad del suelo y a las horas de exposición al sol necesarias para ser considerados Grand Cru. Luego llegan los Cru, también de muy alta calidad. Estos vinos provienen de viñedos específicos que no llegan a alcanzar los requisitos de Grand Cru pero que aún así son estupendos. Su crianza dura algo menos de cinco años. Después vienen los Village, vinos que pueden ser mezcla de los viñedos de un pueblo determinado o venir de un viñedo sin identificar. Finalmente, los AOC Bourgogne (con denominación de origen) que puede provenir o ser mezcla de cualquier parte de la región. Los AOC se pueden consumir hasta tres años después de la cosecha y suelen ser los que se hacen con las uvas que no se seleccionaron para las otras tres categorías. En la cata pude probar vinos de todas las categorías excepto los Grand Cru, algo caros para mi bolsillo en aquel momento. Algunos me gustaron y algunos siendo uno de mis favoritos uno tipo Village. Allí también pudimos degustar el licor de grosella negra, o creme de cassis, producto también originario de Borgoña. Tras el recorrido por las cavas se sube a la parte de arriba en la que se muestran varias obras de arte moderno, donde destacan obras menores de Picasso y Dalí, además de un par de enormes esculturas de Britto, el famoso artista brasileño afincado en Miami.


En mitad de los viñedos

Tras pasearnos de nuevo por las estrechas calles de Beaune tomamos el tren de vuelta a Dijon no sin antes para un rato a mitad de camino en el pueblecito de Nuits-St-Georges para visitar los famososo viñedos. Como aún estaba despuntando la primavera, las cepas se encontraban desnudas y sin hojas, aunque aún así es impresionante ver como las colinas están totalmente cubiertas por estos cultivos, bien ordenados. Nos paseamos también por su bonita calle principal, casi desierta en un domingo al anochecer. Beaune y sus alrededores son perfectos para todos los amantes del buen vino que quieran también explorar un poco del legado que la Edad Media europea nos dejó, que a diferencia de lo que muchos piensan, no fue una época tan oscura: un bello hospital dedicado a proveer sanidad gratuita o obras de arte que rozan la perfección así lo demuestran.