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dissabte, 7 de gener de 2017

Montenegro

Acabé 2016 en Montenegro. Consecuentemente, allí también empecé este 2017, el más incierto de toda mi vida. De lejos. Y lo empecé en una de las ciudades más insulsas que jamás visité: Podgorica. Sin embargo, esta ciudad es capital del país con una de las costas que más me han impresionado en el mundo: de Stevi Stefan a Budva, pasando por Kotor, Montenegro cuenta con un impresionante litoral de pueblos amurallados de calles estrechas y casas de piedra blanca con tejados de color rojo.

Desde Milán, aterrizamos en el minúsculo aeropuerto de la capital y tras un sencillo trámite de frontera de menos de dos minutos entré en el minúsculo país balcánico. Montenegro llevaba en mi radar varios años. Son muchos los viajeros que ya saben que para evitar las masas de turistas que ya han invadido Croacia, Montenegro es la alternativa menos cara y más auténtica. Por desgracia, la belleza del litoral montenegrino es ya un secreto a voces y este año son más.

Lo primero que hicimos fue conducir hasta el lago Skadar, precioso, que comparten Montenegro y Albania. Tras pasear por sus orillas, continuamos el resto del último día del año haciendo brunch comiendo prsut, que es una especie de jamón serrano delicioso, de una sabor ligeramente ahumado, más parecido al prosciutto italiano pero de mejor calidad. También probamos distintas variedades de quesos locales así como un surtido de carnes. De postre no nos resistimos a un trozo de pastel Moskva con bizcocho, nata espesa y frutas, inventado en el famoso Hotel Moskva de Belgrado. Después dimos una vuelta por el desangelado centro de la ciudad de la antigua Titogrado, ciudad favorita del dirigente de la extinta Yugoslavia. Recorrimos los bulevares Stanka Dragojevica y Svetog Petra Cetinskog, donde están los insulsos edificios del parlamento y varios ministerios. Sin duda, la calle más moderna de la ciudad era la Slobode, donde pasear y ver escaparates de tiendas mayoritariamente locales. Las marcas extranjeras escasean en una ciudad que parece semi desconectada de la globalización, excepto por el hotel Hilton en uno de los bulevares. Una de las pocas calles bonitas es Bokeska, al lado del parlamento, con pequeñas casitas de colores y pubs en sus bajos. A pesar de su minúsculo tamaño (la población total del país apenas supera el medio millón de personas) los montenegrinos están muy orgullosos de sus diez años de independencia, tras romper en 2006 su asociación con los serbios. Es en este país en el que se basó Hergé cuando escribió uno de mis cómics favoritos de Tintin: el cetro de Ottokar, basado en un pequeño reino balcánico amenazado por una expansionista y dictatorial república balcánica, ambas de nombres inventados.

Esa noche celebramos la Nochevieja en una sala de la ciudad donde una orquesta cantaba turbo-folk, un tipo de música local que es también muy popular en Serbia y Bosnia-Herzegovia. Este género musical mezcla música oriental con ritmos pop, folk y electro, mezclando ritmos electrónicos y rápidas melodías modernas con instrumentos tradicionales. Es entretenido al principio, pero al cabo de unas horas se nos hizo extremadamente pesado, aún con la ayuda de la rakija, un licor local muy bueno y el estupendo vino montenegrino.  

Al día siguiente, Año Nuevo, nos desplazamos a la costa, empezando por Sveti Stefan, playa e islote bellísimos. La antigua aldea amurallada de pescadores de la mini-península está ahora en régimen de concesión a una cadena de hoteles de lujo que ha reformado las casitas en 50 habitaciones y sirve el desayuno en mesas y sillas que ocupan la antigua plaza mayor frente a la iglesia. Lamentablemente, el acceso para no huéspedes solo es posible con guía, así que nos limitamos a admirar su belleza desde lejos. La playa cuenta con posibilidad de acceso en verano por 100 euros por persona. Como estábamos en invierno pudimos pasear gratis. Sveti Stefan se convirtió en los años 60 en uno de los destinos favoritos de las estrellas de Hollywood que buscaban relax y anonimato y desde entonces Montenegro es uno de los destinos favoritos de los multimillonarios. Y se nota.

Seguimos hacia Budva, una ciudad cuyo bello centro histórico, también situado en una península, es totalmente de estilo veneciano, ya que por largos años perteneció a la Serenísima República de Venecia. Aparcamos por los barrios nuevos, llenos de altos y modernos edificios y colapsadas calles hasta cruzar una de las puertas de la muralla, presidida por el escudo veneciano, con el león de San Marcos bien visible. Se considera a Budva capital turística de Montenegro, y su vida nocturna es más bien famosa. La playa del Stari Grad (centro histórico) es una pasada. Y pasear por sus callecitas aún más, aunque la lástima es que casi todos los bajos están hoy ocupados por tiendas de souvenirs o restaurantes. El espíritu original de pueblo de pescadores se ha perdido por completo, algo que logró mantener, a su manera, St. Tropez. Una lástima para Budva. Aún así, guarda la magia de pequeño pueblo con muchísimos rincones y placitas que llenaran vuestra cámara de fotos inolvidables. En la plaza más alta, justo al lado del fuerte, conviven la catedral católica de San Iván, la iglesia ortodoxa de la Santísima Trinidad y la pequeñita de Santa María de Punta. Pasear por sus murallas y disfrutar de las maravillosas vistas del mar y de la montañosa costa no tiene precio. Tras disfrutar de la puesta de sol tomando algo en uno de los abarrotados cafés a los pies de la antigua muralla, enfilamos hacia Porto Montenegro.

Situado en la bahía de Kotor, uno de los mayores fiordos naturales del sur de Europa, esta exclusiva marina tenía varios super yates amarrados en el momento de nuestra visita. Acababa de anochecer y las aguas de la bahía estaban tan tranquilas como las de un estanque de jardín. Porto Montenegro es parcialmente propiedad de Bernard Arnault y de la familia Rothschild. Su paseo marítimo estaba impecable, limpio con una patena, iluminado por modernas farolas y jalonado de perfectas palmeras. Los lujosos edificios de apartamentos tenían modernos restaurantes y tiendas en sus bajos. Era como estar en otro país.

Seguimos hacia el último punto de nuestra parada: la magnífica villa de Kotor. Situada en un puerto natural del Adriático, y justo a los pies de una altísima montaña, fue un importante centro comercial de la Edad Media, que acogió afamadas escuelas de albañilería y pintura de iconos. Dentro de sus murallas de 20 metro de altura, la población alberga cuatro iglesias románicas además de varias plazas de gran belleza. La ciudad se fortificó en el siglo XV para defenderse de los ataques del Imperio Otomano. Nos perdimos por su amalgama de calles y elegantes plazas, todas de estilo veneciano, ya que este reino italiano ejerció aquí más de cuatro siglos de influencia. Era ya noche cerrada y el castillo, situado justo encima, lucía iluminado cuál halo sagrado de la ciudad. Sus calles empedradas son tan hermosas que la UNESCO declaró la ciudad y su comarca como Patrimonio de la Humanidad. A la belleza habitual de Kotor se le unía una profusa decoración navideña, con árboles, iluminación y otros elementos que aún hacían más mágico el paseo nocturno.

Cenamos en uno de los restaurantes de Kotor, situado en un antiguo local medieval, donde pedimos un delicioso arroz negro al modo italiano de risotto y una sepia a la parrilla rellena de una masa de verduras con ajos y pimientos, acompañada de blitva, la tradicional guarnición montenegrina de acelgas con patatas hervidas muy jugosas sazonadas por aceite de oliva y ajo. Todo bien regado por un fresquito vino blanco local. Acabamos nuestra visita a la ciudad topándonos por casualidad con un pequeño concierto al aire libre de Perper, una banda montenegrina de rock y jazz, de cuyo directo disfrutamos mientras bebíamos un rico licor del miel local.

La visita al país acabó con el monasterio de Ostrog al día siguiente, uno de los lugares más sagrados de la Iglesia Ortodoxa Serbia. Situado en una enorme roca vertical, este es el lugar de peregrinaje por excelencia de Montenegro. Se supone que uno aparca a los pies de la montaña, en una pequeña iglesia, y desde ahí realiza la subida de 3 kilómetros al monasterio para purificarse. Nosotros, como no teníamos tanto tiempo, aparcamos justo en la cima, para visitar su interior. Hicimos la fila para entrar a la minúscula iglesia de la Presentación, con toda la roca cubierta de frescos e iconos, y besar la cruz que sostiene un sacerdote, así como rezar una pequeña oración a los restos de San Basilio de Ostrog. Este santo del siglo XVII fue un arzobispo de la Iglesia Ortodoxa Serbia que tuvo la suerte de tener a su disposición una pequeña biblioteca durante su infancia. Siguió los estudios de teología, gustándole mucho pasar largas estancias en pequeñas celdas monásticas cavadas en las rocosas montañas. Tras su muerte, se le encerró en una de las rocosas celdas del monasterio de Ostrog, ahora mini iglesia de la Presentación, donde aún se guarda su cuerpo, envuelto en una manta. Al lugar peregrinan miles de ortodoxos pero también católicos y musulmanes. San Basilio de Ostrog es conocido por obrar frecuentes milagros, especialmente en la cura de niños enfermos que pasan una noche en el monasterio. Tras la visita, bajamos por las acentuadas curvas de la empinada carretera y paramos un segundo a comprar deliciosa miel orgánica a un vendedor local.

Montenegro es una pequeña joya a la que quiero volver en verano. Me enamoró su costa, una de las que más me ha gustado del mundo con diferencia. Aunque me asustan los atascos de tráfico que se deben formar en esas estrechas carreteras. Sin embargo, estoy seguro que pasear por las callejuelas de Kotor y Budva una fresca noche de verano tras un día en las playas de aguas cristalinas debe ser una experiencia única.

dijous, 29 de desembre de 2016

Hiroshima & Miyajima

Hiroshima. La sola mención de esta ciudad japonesa nos lleva a pensar automáticamente en la bomba nuclear. Una explosión con forma de hongo se forma en nuestras cabezas. Cuando supe que iba a pasar una temporada en el país del sol naciente me puse como prioridad visitar Hiroshima. Quería visitar la zona cero, la primera ciudad en la que los estadounidenses lanzaron una bomba nuclear.

Aprovechando que tuve una reunión en Kobe y que justo ese miércoles empezaba un puente largo de vacaciones, me compré el West Rail Pass, que permite tomar de forma ilimitada todos los trenes de JR West incluidos los trenes bala o shinkansen de la línea San-yo. Dediqué un día y medio a Kobe y Himeji y otro a la isla de Naoshima. Pero el día que quiero contar en esta entrada es el que dediqué a Hiroshima y a la vecina isla de Miyajima.

Me levanté temprano en Okayama donde me estaba quedando y tomé el tren bala que en algo más de media hora me dejó en la moderna estación de Hiroshima. Era el puente de julio así que masas de turistas se dirigían hacia la estación del tranvía. Lo primero que me sorprendió es que Hiroshima no es para nada un lugar deprimente, a pesar de su durísimo pasado. La ciudad es muy próspera, cuenta con enormes rascacielos, calles arboladas y una población muy cosmopolita. Varias paradas después me bajaba del abarrotado tranvía en la parada Genbaku-domu-mae, justo al norte de la isla en mitad del río Hon-kawa, antiguo centro de la ciudad y hoy zona enteramente dedicada a la memoria de la s víctimas de la bomba atómica y de la paz.

6 de agosto de 1942: aquel día las puertas del infierno se abrieron en Hiroshima. La aviación estadounidense lanzaba la primera bomba atómica de la historia sobre población civil. Ante mi aparecía el recordatorio más visibile: la cúpula de la bomba atómica. Se trata de un edificio de 1915 que funcionó como pabellón de la promoción industrial hasta que la bomba le explotó justo encima. Todas las personas que se encontraban en su interior murieron al instante, pero al estar justo debajo de la explosión, el edificio se libró de la onda expansiva que arrasó el resto de la ciudad y fue de los pocos que quedó en pie. Se decidió mantener estas ruinas como símbolo de Hiroshima. A continuación, cruzando un puente, se abría ante mí la isla que alberga el conocido como parque conmemorativo de la paz. En el centro, una inmensa pradera tiene en su centro el alargado estanque de la paz que desemboca en el cenotafio, un arco de hormigón con los nombres de todas las víctimas confirmadas de la bomba. En ese estanque también se encuentra la llama de la paz, que arderá hasta que no queden más armas nucleares en el mundo.

En el extremo sur se encuentra el Museo conmemorativo de la paz. Como ya había muchísima fila, me puse también a esperar ya que no quería perderme la visita a este centro. Tenía muchísimo interés en entender mejor lo que allí pasó, sobretodo contado desde el lado japonés. Tras comprar la entrada empecé la visita al lugar, abarrotadísimo de turistas de todo el mundo. Aquí se exponen objetos rescatados tras la explosión de la bomba, como ropa hecha jirones, una fiambrera derretida, algunas fotografías terribles o el famoso reloj que se paró a las 8:15, la hora en la que la bomba explotó. El lugar es sobrecogedor, tanto por las fotografías como por la recreación de los minutos posteriores a la explosión, con el cielo negro, los restos de los edificios en llamas y los supervivientes con la piel derritiéndose y muriéndose de sed. Allí también se explican los cánceres que sufrieron los supervivientes y el estigma que arrastraron así como diversas curiosidades médicas. Por ejemplo, todas las partes de la piel desprotegidas o cubiertas por prendas oscuras sufrieron quemaduras de tercer grado en los supervivientes mientras que las partes cubiertas de prendas claras se libraron de los peores efectos. La última parte del museo se dedica a la iniciativa del gobernador de la prefectura de Hiroshima en sus esfuerzos internacionales por lograr un tratado que libre al mundo de esta mortífera arma de una vez por todas.

Seguí la visita al cercano pabellón nacional de la paz de Hiroshima en recuerdo a las víctimas de la bomba atómica, con su pasarela que desciende hacia un espacio frío que invita a la reflexión. Sus paredes circulares muestran fotos de como era la ciudad antes de su destrucción y en el centro hay una fuente con forma de reloj que representa el momento en el que cayó la bomba, las 8:15. Testimonios de los supervivientes y fotos de las víctimas acompañan el resto del complejo. Seguí paseando por el parque, acercándome al monumento a la paz de los niños, donde se representa a Sadako Sasaki, una niña que tenía dos años cuando lanzaron la bomba y que como resultado de su exposición a las radiaciones desarrolló leucemia a los 11 años. Cuando le diagnosticaron la enfermedad, Sadako decidió hacer 1000 grullas de papel, ya que en Japón son el símbolo de la longevidad y la felicidad. Creyó que si alcanzaba ese objetivo, se recuperaría. Tristemente, Sadako murió antes de alcanzar su meta, pero sus compañeros de clase lo terminaron. La historia de esta niña desencadenó en todo el país una fiebre por las grullas de papel que aún sigue. Miles de guirnaldas con grullas cuelgan alrededor de este monumento, enviadas por escolares de Japón y de todo el mundo. Como hay tantísimas y se siguen recibiendo, de tanto en tanto el museo recicla varias miles y fabrica postales que se reparten con cada entrada a cada uno de los visitantes.

El parque también cuenta con un monumento a las víctimas coreanas de la bomba atómica, ya que fueron centenares los coreanos que se encontraban en Hiroshima como esclavos y murieron como consecuencia del ataque. Como hacía muchísimo calor, me dirigí hacia el lugar donde quería comerme un okonomiyaki, las tortitas de col china cubiertas de marisco y carne tan famosas de la ciudad. Son una especie de tortillas de huevo con cosas a la plancha. La versión local, las Hiroshima-yaki, llevan fideos como ingrediente principal. Muchos amigos me recomendaron Okonomi-mura, un lugar situado en tres plantas de un insulso edificio de los años 50, a los que se accede por un cutrísimo ascensor. 26 puestos que preparan la versión local del okonomiyaki presentan sus planchas calientes preparadas para cocinar nuestra orden al momento. Me senté en uno de los taburetes observando como la cocinera preparaba mi especialidad. Tras disfrutar del exquisito sabor de este plato, me dirigí de vuelta a la estación para tomar un tren local hacia la estación de Miyajima-guchi. Caminando unos minutos llegué a la estación del ferri de JR que me llevó hasta la bellísima isla de Miyajima, una excursión perfecta para combinar con la visita a Hiroshima. A medida que me acercaba vi la famosa puerta torii flotante, emblema de esta isla y uno de los lugares más bellos de Japón.

Miyajima está también catalogada como patrimonio de la UNESCO. El famoso torii color bermellón no es más que la entrada al santuario sintoísta de Itsukishima-jinja, construído a modo de muelle. Nada más llegar en ferri al puerto, atravesé Omotesando, la calle principal, donde se encuentran la mayoría de comercios y restaurantes de la isla, así como la pequeña comisaría de policía y la estafeta de correos. Paseando por el parque al lado del mar, se me acercaron varios de los famosos ciervos de la isla en busca de comida. Son bastante descarados y si os despistáis os robarán folletos y mapas de vuestros bolsillos para comérselos. En pocos minutos llegué a la entrada del antiguo santuario. Construido en el siglo VI, Itsukishima-jinja se hizo como un muelle ya que Miyajima era una isla enteramente sagrada. Para permitir la llegada de devotos, estos solo podían pisar el templo y llegar en barco directamente a él. Aún hoy en día no se permiten muertes ni nacimientos en la isla para conservar su carácter sagrado. La apariencia actual del santuario es de 1168, cuando fue reconstruido por el jefe del clan Heike. El templo está consagrado a las tres diosas hijas de Susano-o no Mikoto, dios sintoísta de los mares y las tormentas, hermano de la diosa Amaterasu, diosa del sol y protectora de la familia imperial.

En mitad del templo hay un bello escenario de no, uno de los estilos de teatro japonés, que incluye danzas. Mi visita al templo transcurrió durante la puesta de sol, con lo que pude admirar la belleza de las diferentes tonalidades del cielo en contraste con el fuerte rojo de los pilares y vallas del templo, el verde de las montañas y el azul del mar. Ver el sol desaparecer tras las montañas enmarcado por la bellísima puerta torii en mitad el agua es sobrecogedor. Lástima que las masas de turistas estropean un poco el momento zen.

Antes de dejar la isla volví a Omotesando a comer algunas ostras, la especialidad insular, que se preparan en parrillas exteriores y están deliciosas. También me zampé un par de bollos al vapor rellenos de anguila, muy populares también. Tras la puesta de sol las masas de turistas desaparecieron como por arte de magia y pude disfrutar de un momento de tranquilidad antes de tomar el ferri de vuelta.

Tendré que volver a Miyajima. Estoy seguro que vale la pena pasar la noche en un lugar tan mágico y de una belleza tan impactante. Me reconfortó mucho sobretodo tras la triste visita a Hiroshima. Me dejé muchos otros templos por visitar, así como el teleférico y los diversos senderos. Espero poder hacerlo en otoño, para disfrutar del follaje anaranjado, o en primavera, para ver los cerezos en flor. Mi visita fue en julio y pasé un calor agobiante, además de las masas ruidosas de turistas. No lo recomiendo en absoluto.

divendres, 23 de desembre de 2016

Freetown

Sierra Leona no es un país al que uno vaya por turismo. Al menos no en este momento. Hace menos de un año que se declaró al país totalmente libre de ébola y eso asusta a mucha gente. Sin embargo, por motivos laborales, pasé un mes en aquel país de la costa oeste africana. Eso sí, no salí de la península de Freetown, que ya de por sí es un territorio muy grande y de lejos la parte más desarrollada del país. A pesar de su fama, Sierra Leona es probablemente uno de los destinos más seguros en África, como república democrática y pacífica, con altos niveles de libertad de expresión. De mayoría musulmana, la coexistencia religiosa con la minoría cristiana es ejemplar, con habituales matrimonios mixtos y rezos de diferentes cultos en todo evento público. Yo mismo fui por primera vez al rezo de los viernes en una mezquita de Freetown. 

Sierra Leona es uno de los países más calurosos y húmedos del planeta, con lo que la sensación de agobio es bastante insoportable en general excepto desde mitad de noviembre hasta mitad de enero, los mejores meses para visitar el país, secos y con temperaturas no tan altas, que es cuando tuve la suerte de ir. La llegada es a través del aeropuerto internacional de Lungi, situado justo al lado opuesto del puerto natural de Freetown. Para llegar a la ciudad hace falta atravesar la bahía con una lancha rápida cubierta, lo cual incrementa la sensación de aventura cuando se llega al país. El puerto para tomar la lancha es un pequeño muelle de madera en mitad de una bellísima playa tropical con palmeras mecidas por el viento. En ese momento estaba saliendo el sol. 

Hay varias cosas que visitar en la península de Freetown. En el número uno están las playas, probablemente de las mejores de África occidental. A mí me encantó River Number Two, una playa de aguas limpias, palmeras y montañas muy cercanas aunque demasiado concurrida a mi gusto los fines de semana, en especial por familias de libaneses, la comunidad extranjera más grande del país. Aquí se puede comer langosta recién pescada a la parrilla por un buen precio sentado en la playa. Para pasear, Lumley beach, en Freetown, recuerda salvando las distancias a Copacabana, obviamente sin los grandes edificios. El atardecer es especialmente impresionante en este paseo marítimo. El único problema es que la playa no está especialmente limpia y las botellas y bolsas de plástico abundan. El gobierno está iniciando un plan de limpieza bastante estricto.

Freetown no es una capital bonita. Poco iluminada de noche y con gigantescos atascos durante el día, la capital de Sierra Leona cuenta con pocos puntos propiamente bonitos. Las calles de la ciudad suelen estar abarrotadas de mujeres vestidas con alegres colores cargando todo tipo de mercancías es sus cabezas. El símbolo de la ciudad es el famoso árbol de algodón, una Ceiba Pentandra de más de 500 años del tamaño de un edificio de cuatro plantas. A sus pies se fundó la ciudad en 1792 cuando un grupo de antiguos esclavos afroamericanos fueron liberados en estas tierras por los británicos, en agradecimiento a su lucha a favor de la Corona británica contra los independentistas estadounidenses. Alrededor de este árbol, que ya era enorme por aquel entonces, los antiguos esclavos cantaron, bailaron y rezaron en acción de gracias por su libertad. Justo al lado se encuentra el palacio de justicia, un edificio de estilo neoclásico colonial de colores blanco y amarillo. Al anochecer, miles de murciélagos dejan el árbol en masa, volando hacia las colinas cercanas.

Es bonito también dar una vuelta en coche por Tower Hill, una colina donde se agrupan varias de las casas de madera del siglo XIX que construyeron los Krio, la tribu a la que pertenece la mayoría de la élite del país, caracterizadas por sus escaleras exteriores techadas. Las vistas de la ciudad desde aquí son especialmente bellas.

Una de las excursiones obligadas es acercarse a Regent y ver algunas de las casas Krio que aún quedan en pie, así como la antigua comisaría de policía, en uno de sus cruces. Pero lo mejor de esta ciudad es el santuario de chimpancés de Tacugama, hogar de cerca de 100 chimpancés rescatados o confiscados a los que se les prepara para una futura liberación. Los que se encuentran en el estadio más avanzado del entrenamiento y re-adaptación viven en estado de semi-libertad, en gigantescas áreas selváticas valladas. A estos solo se les da de comer al mediodía, para que el resto del tiempo se esfuercen en buscar su sustento en las plantas y animales salvajes, con el fin de prepararlos para una liberación total. Es muy interesante ver a estos animales de cerca y atender a las explicaciones de los guías acerca de las relaciones sociales y protocolo de los chimpancés. Verlos tan de cerca impacta por lo sorprendentemente similares a los humanos que son. Los menos preparados para volver a la libertad, bien porque nacieron en cautividad o bien porque sufrieron maltratos, se encuentran en espacios algo más acotados donde tienen juguetes e instalaciones para divertirse. En una de las grandes áreas valladas un par de chimpancés jóvenes saltaban de un pilar a otro de forma impresionante. En Sierra Leona aún existe el grave problema de la caza furtiva, los occidentales que compran bebés chimpancé como mascota o incluso determinadas tribus que los cazan para comerse su carne. Este centro se esfuerza en poder proteger a los que hay en libertad y en tratar de reinsertar a los que han sufrido la cautividad. El territorio de Sierra Leona acoge una de las mayores poblaciones de chimpancés del mundo, un animal en alto riesgo de extinción.

Al sur de la península se encuentran las islas Banana, que a pesar de estar relativamente cerca (tres horas en coche más media hora en lancha) nos dará la sensación de estar alejadísimos de la civilización. Ocupadas primero por los portugueses y luego por los británicos, estas islas se usaron para combatir la creciente piratería de la región. Actualmente es habitada por un pequeño grupo de Krios que se mudaron aquí justo después de la independencia. Dublín, en el norte de la isla más grande, conserva aún algunas de las farolas que iluminaban sus calles en el siglo XVIII, todas rotas. Las calles de hecho están cubiertas de hierba y la mayoría de edificios están en ruinas, excepto algunas casas coloniales de madera, unos cañones y un par de iglesias. Llama la atención una campana de varios siglos de antigüedad que se trajo de Inglaterra y que ahora mismo están colgada de un árbol por haberse derrumbado el campanario de la iglesia de San Lucas. Nosotros nos quedamos a dormir en Dalton´s Banana Guest House que está al lado de la playa más bonita de las islas, aunque esté algo sucia con demasiadas botellas y bolsas de plástico. Las cabañas de cemento son simples en exceso, sin ningún tipo de comodidad, y los baños solo son aceptables para una noche. Sin embargo, la comida que sirven, aunque simple, está deliciosa, especialmente el pescado fresco ahumado por ellos mismos, que es exquisito. Lo mejor de este lugar es la gran terraza de madera cubierta con vistas al mar, perfecta para relajarse entre sus gigantes almohadones y leer o jugar a las cartas acariciados por la brisa marina mientras el sonido de las olas nos relaja combinado con el susurrar de las palmeras.

Para probar la gastronomía local, tres lugares son buenos: el primero es Jam Lodge, en Motor Main road, un hotel. Son extremadamente lentos en la cocina ya que todos los platos son caseros, por lo que armaos de paciencia (al menos una hora) desde que pedís hasta que os llegue a la mesa. Allí comeréis como si os hubiera invitado una familia local. Especialmente delicioso hacen el groundnut stew, uno de los platos estrella del país, un guiso que puede  o no llevar pollo y se hace a base de una salsa picante de cacahuetes. El segundo local es Balmaya Arts Restaurant, un agradable restaurante, además de una galería de arte del África Occidental, cerca de Congo Cross, que sirve agua de coco fría (dentro del coco) y una selección de platos locales. Por ejemplo, el arroz jollof, que lleva carne de res, de pollo, trozos de pescado, gambas y varias verduras en una sazón picante. La salsa de okra también es muy tradicional así como los guisos picantes con hojas de cassava. El plátano maduro guisado y frito también es habitual. Finalmente, The Deck by Radisson Blu sirve una combinación de platos tradicionales, como su abundante arroz jollof o su jugoso pollo peri-peri así como platos fusión como la lasagna de hojas de cassava picantes buenísima junto con una selección de platos italianos. Además de estos restaurantes, la mayoría de mejores lugares para comer en la ciudad son libaneses como The Hub, Crown Xpress o Basha Bakery.

Para comprar souvenirs lo mejor es ir al mercado a dos calles abajo del Ministerio de Finanzas. Yo tuve la suerte que en nuestro hotel se celebró un festival de cultura de Sierra Leona que incluía varias casetas con productos típicos a la venta. Las telas de algodón de vivos colores son de lo más populares aunque las máscaras rituales, muchas veces utilizadas en las ceremonias para acceder a diferentes grupos secretos son preciosas, especialmente las de los Tenme. Sierra Leona es uno de los pocos países africanos en los que también las mujeres utilizan máscaras durante algunas ceremonias sagradas.

Sierra Leona es un país al que le quedan un par de años para recibir turismo. Pero los que tengáis la oportunidad de visitarlo, tratad de tomaros algún día libre para disfrutar de este país tan auténtico,  de sus impresionantes playas, de sus amables gentes, de su naturaleza y de la sensación de estar en un país limpio de las masas de visitantes que ya abarrotan gran parte del planeta.

diumenge, 11 de desembre de 2016

Cuenca

La ciudad de las casas colgadas

Siempre había tenido ganas de visitar Cuenca, una ciudad que he pasado de largo muchísimas veces, en mis múltiples idas y venidas entre Madrid Valencia. Así que, aprovechando la visita de un amigo panameño a Europa, decidimos parar en nuestro trayecto desde Valencia a la capital española, llegando en AVE a Cuenca. Praderas tapizadas de trigo de amarillo brillante nos recibieron. La estación, casi fantasma, está en mitad de la nada. Nos montamos en el bus urbano que conecta con la ciudad, bastante alejada. Paramos en la estación central de autobuses para dejar nuestro equipaje en las taquillas y nos dispusimos a subir hasta el centro histórico, la llamada ciudad histórica amurallada, toda ella declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Pasamos por el tranquilo parque de San Julián, dejando atrás el elegante Palacio de la Diputación hasta llegar al río Huécar, cruzarlo y penetrar la muralla de Cuenca por la empinada calle Alonso de Ojeda. Aunque hacía mucho calor, la belleza de las calles de la zona antigua de la ciudad compensaba el gran esfuerzo que suponen las enormes cuestas en verano. Subimos las escaleras de la calle Caballeros y siguiendo para arriba admiramos las coloridas fachadas de la calle Alfonso VIII hasta pasar los bonitos arcos y entrar a la bella Plaza Mayor, con la fachada de la Catedral de Santa María y San Julián presidiéndola, una de las primeras catedrales góticas de Castilla. Seguimos caminado por la calle Obispo Valero, bajando por la calle Canónigos hasta toparnos con la entrada al museo de arte abstracto que albergan las casas colgadas. Seguimos bajando para ver las bonitas fachadas de las mismas, auténtico símbolo de la ciudad, que presiden la increíble hoz del Huécar. Datan del siglo XV y hoy en día apenas quedan tres, que están restauradas.

Cruzamos el metálico puente de San Pablo, desde el cual se toman las mejores fotos de las casas colgadas. En este puente lo pasarán ligeramente mal aquellos que sufran de vértigo. Instalado en 1903, substituyó al antiguo puente de piedra, que se vino abajo en 1895. Seguimos paseando hasta el bonito parador de Cuenca, situado en el antiguo convento de San Pablo. La modernidad se fusiona con la historia de este antiguo edificio creando diferentes salas de gran belleza, en especial el antiguo claustro de estilo renacentista plateresco, ahora acristalado. 

Volvimos a cruzar el puente y remontamos hasta la torre Mangana, pasando el moderno Museo de la Ciencia. La susodicha torre parece más propia de la Toscana que de la meseta castellana. Está construida sobre el solar del antiguo alcázar árabe. Es aquí donde empezó la historia de Cuenca, ya que la fundaron los árabes como ciudad fortificada con fines defensivos durante el Califato de Córdoba. Una vez conquistada por el Reino de Castilla en el siglo XIII, Cuenca se convirtió en ciudad real y sede episcopal.

El Museo de Arte Abstracto Español

Como se acercaba la hora de comer, bajamos por el paseo del Huécar hasta la calle de los Tintes otra vez para comer en la Posada Tintes, recomendados por una amiga. Entre semana os intentarán colar el menú degustación pero no merece la pena. Preguntad por el menú del día, que por muy buen precio podréis degustar platos conquenses caseros como el ajoarriero que pedimos de entrante, una especie de puré cremoso a base de bacalao, patata, huevo, aceite y ajo que se come untando en pan. Después nos llegó una jugosa y tierna ternera asada y de postre un casero flan de huevo.

Remontamos de nuevo hasta llegar a las casas colgadas, pasando un terrible calor, típico de la meseta castellana en verano, hasta alcanzarlas. Actualmente albergan el Museo de Arte Abstracto Español. Agradecimos mucho el aire acondicionado. A través de las diferentes estancias de las antiguas casas, podremos admirar obras que recorren los principales artistas abstractos españoles. Este museo se fundó gracias a la iniciativa conjunta del pintor abstracto filipino Fernando Zóbel de Ayala, miembro de la poderosa familia Ayala y de Gustavo Torner, artiste conquense. A finales de los años 60 el museo abrió sus puertas exponiendo una docena de obras. En 1980, la Fundación Juan March se hizo cargo de los fondos y de la gestión del museo, que se amplió notablemente. Actualmente acoge desde esculturas, pinturas y grabados hasta creaciones audiovisuales y grabaciones abstractas, acogiendo la exposición permanente a más de treinta artistas españoles entre los que destacan Eduardo Chillida o Antoni Tàpies.

Dejamos Cuenca con muy buen sabor de boca. Me gustó mucho más de lo que esperaba y me gustaría volver, quizá en primavera o en otoño, ya que el calor de principios de julio se hizo un poco pesado. La ciudad combina gran belleza medieval con rincones muy cosmopolitas, como el interior de las casas colgadas, además de estar rodeada por un paraje natural de gran belleza, como las hoces de los ríos Júcar (para los valencianos Xúquer) y Huécar. Espero poder volver para entrar a la catedral y explorar sus alrededores, especialmente la Ciudad Encantada.

divendres, 2 de desembre de 2016

De cafés por... Tokyo

Sin duda, es un pecado que no haya publicado ya un "De restaurantes por... Tokyo". Pero es que la variedad de lugares buenos donde comer en la capital japonesa es tal, que me faltaron días para poder hacer una entrada en condiciones con sitios que destaquen entre el resto. Creo que en cualquier barrio tokyota es sencillo encontrar lugares con deliciosos platos de la variadísima gastronomía japonesa. En cambio, lo que si puedo hacer es detallar los cafés más raros en los que pasé algunas de mis tardes en Tokyo y que se deben visitar para entender un poco mejor la manera de ser de los japoneses. 

Café Peloringa

Encontramos este café de pura casualidad, caminando de Ebisu a Shibuya, en la calle pegada a las vías de la línea Yamanote. Traspasar su puerta es volver a los 80: muebles kitsch, música de videojuegos de la época, máquinas para jugar a los invasores del espacio, luces y espejos psicodélicos, complementos que podremos usar para sacarnos selfies (uno de los deportes nacionales de la juventud japonesa)... el dueño es un japonés de estética hippie que vive con su amable y anciana madre, lo cual hace todo aún más curioso y entrañable a la vez.

En el corto menú las cosas tienen nombres extraños, ya que el dueño se dice llegado del planeta Peloringa, de donde se ha traído los muebles y las extrañas gafas y otros complementos ofrecidos. Todo se sirve en platos y vasos muy retro. Recomiendo las tartas de queso o de queso con chocolate. Para beber nos pedimos un gin-tonic cada uno: solo el alcohol nos podía ayudar a meternos en el mundo sideral de aquella mini-familia nipona.

Mientras esperábamos las tartas y las copas nos probamos algunas de las curiosas gafas y jugamos al juego "Space-Invaders" que además hacía las veces de mesa. La música electrónica de videojuego del local hace que la experiencia sea redonda. 

Fukuro No Mise (Café de los búhos)

Había oído hablar mucho de estos cafés (hay varios en Tokyo) por lo que no pude resistirme visitar uno de ellos. Hay que pagar una entrada de alrededor 20 euros, que incluye estar allí alrededor de una hora, además de una desabrida bebida (café de máquina, té de sobre o un batido de polvos de chocolate o fresa). Uno no viene a este café a relajarse, sino a disfrazarse de Harry Potter con capa, bufanda y gafas (disponibles para los clientes) y poder sostener y acariciar a los diferentes búhos y lechuzas domésticas del local. Y sacarse las correspondientes fotos.

Uno llega y se apunta en la lista de espera, escogiendo uno de los diferentes turnos. En grupo, nos harán entrar al destartalado local y tras servirnos nuestra bebida, la dueña nos explicará las reglas a seguir. No hay que mezclar a las lechuzas y búhos pequeños con las grandes, ya que por reflejo salvaje las grandes tienden a cazar todo lo que vuele y podrían herir a las peques. También nos enseñan a como acariciarlas sin hacerles daño. Se pueden posar en el brazo, en el hombro o en la cabeza, al gusto del cliente. Hay muchas muy bonitas, alguno que asusta, pequeñitas, medianos y búhos enormes, sobretodo cuando despliegan sus alas.

Es una experiencia única y curiosa tener a un animal tan fascinante a pocos centímetros de tu cara, y poder observar su plumaje, pico y profundos ojos negros tan de cerca. Intentad no asustarlas o se os cagarán encima. Si las tenéis en la cabeza, mala suerte. Si las tenéis en el brazo, como sabiamente decidí yo, poneros la capa de Harry Potter nada más llegar y así os ahorráis mancharos la ropa. Consejo de mago.

maidreamin (Maid Café)

Los maid cafés son toda una experiencia también, muy bizarra y muy tokyota. Hay varios por toda la ciudad, aunque la mayoría se concentran en Akihabara. La cadena maidreamin es una buena elección ya que las camareras hablan inglés.

Nosotros fuimos a la surcursal Akihabara Electric Town-exit store. Todo decorado en colores pastel, cuando se abren las puertas del estrecho ascensor, uno tiene la impresión de entrar al cuarto de un niña cursi de diez años. Una "maid" nos recibe, vestida en el peculiar uniforme, de forma muy infantil. El menú está atiborrado de platos empalagosos, dignos, otra de vez, de una niñata cursi y consentida. La hamburguesa "osito" es una de las mejores opciones, aunque tienen unas copas de helado buenísimas, eso sí, con el azúcar de una semana allí concentrado.

Para pedir, hay que imitar el sonido de un gato y mover las manitas como tal. Solo así se acercará una de las "maids" a tomaros nota. Luego, cuando traen los platos, otro pequeño ritual ultracursi aparece, acabando haciendo el símbolo del corazón con las manos. Os lo harán repetir antes de entregaros los platos. Personajes de todo pelaje ocupan el local, desde jubilados faltos de atención, grupos de extranjeros, adolescentes locales vestidas de rosa o travestis con maquillajes, tacones y pelucas imposibles. Por algo más de dinero se puede uno hacer fotos con las maid o incluso marcarse algún play-back garrulo con ellas en el mini escenario del local. Nosotros decidimos no hacerlo, ya que era demasiado. No repetiría pero estoy contento de hacer tenido esta experiencia tan rara.

Starbucks

Sí, no me he vuelto loco. La icónica cadena de cafés presente en casi todo el mundo tiene también decenas de locales en Tokyo. Sin embargo, en el famoso cruce de Shibuya hay un Starbucks acristalado en el segundo piso de uno de los edificios que nos permitirá disfrutar de una vista única de los pasos de cebra, pudiendo ver como los millones de japoneses que cada día cruzan por aquí se preparan para pasar por todo lado una vez los semáforos de peatones se ponen en verde.


El menú es el mismo que en el Starbucks de vuestra ciudad, con algunos productos adaptados a Japón o de la estación correspondiente (a los japoneses les encanta celebrar las cuatro estaciones con comidas y bebidas diferentes). Por ejemplo, este otoño se estaba sirviendo una especie de chai-latte de melocotón con trozos de esa fruta que estaba muy bueno pero algo empalagoso. Coged vuestra orden y sentaos en la barra de madera alrededor del enorme ventanal que da al cruce de Shibuya. Es un espectáculo urbano único.

Nyafe Melange (Café de los gatos)

Los cafés de los gatos de Japón son famosos en el mundo entero. En Tokyo abundan. Personalmente fui a uno cerca de mi casa, en Ebisu. Se trata del Nyafe Melange, muy tranquilo y poco frecuentado por turistas. Se paga por tramos de media hora, bebida aparte. Entramos con cuidado, ya que algunos gatos son propensos a querer escaparse. Una vez dentro, más de una veintena de gatos nos esperaban, algunos paseándose o saltando de sofá en sofá y la mayoría durmiendo en las decenas de recovecos que tienen: cajas, cestas, estanterías, mullidos colchones y hasta mini-hamacas. Los cajones del local están llenos de juguetes para gatos, desde ratones falsos a pelotas y peines. Los gatos cuentan además con decenas de instalaciones para escalar o afilarse las uñas.

Cuando planeé esta visita, me imaginaba sentado en uno de los sofás, con un té humeante en una mano y uno de los gordos gatos en mi regazo, ronroneando plácidamente. Sin embargo, los gatos no son lechuzas. Son más listos, más malos y más egoístas. Básicamente la mayoría pasaron ampliamente de nosotros. Como si no existiéramos. Para ganarse la confianza de alguno de estos gatos hay que ser cliente frecuente, venir a menudo, y tener paciencia con alguno de los felinos que aquí viven.

Al finalizar la experiencia gatuna, en el exterior hay algunas estanterías con bonitos recuerdos para regalar a amigos y familiares amantes de los gatos. Todos conocemos a alguien con especial aprecio gatuno. A mí me llamó mucho la atención unos post-its de gatos muy serios que se podían guardar en una mini cajita de cartón plegable.

Nakajima no Ochaya en los jardines Hama-rikyu

Por último, no podría faltar la tradicional casa de té japonesa. Es cierto que en lugares rurales o en Kyoto suelen ser más auténticas, pero también en Tokyo hay varias buenas. Una de las más bonitas es la que está en un pabellón de madera en una isla en mitad del lago artificial de los jardines Hama-rikyu. Quitaos los zapatos antes de entrar al tatami y sentaos en el suelo, frente a una de las tradicionales mesas bajas, mirando hacia el lago. En menos de lo esperado os servirán la bandeja con el tradicional té matcha en su cuenco de cerámica acompañado de un delicioso dulce típico, que se debe comer antes de beber el té, según el ritual.

Antes y después de disfrutar de la mini-ceremonia del té, daos un paseo por estos hermosos jardines, que una vez fueron de la residencia de sogunes Tokugawa, gobernantesb de Japón en nombre del Emperador durante el periodo Edo. El lago artificial se provee de agua de la bahía de Tokyo a través de un ingenioso sistema de esclusas diseñado en el siglo XVII. Tras la Revolución Meiji, el jardín pasó a ser propiedad de la Familia Imperial, como una residencia más, donde iban los miembros de la realeza a cazar patos.

La mayoría de pabellones de madera fueron destruidos en los bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial, así como numerosos árboles. En 1945, la Familia Imperial donó los jardines a la ciudad de Tokyo que lo reabrió en 1946, totalmente renovado. Este jardín es el perfecto ejemplo de la estética del periodo Edo. Los pinos negros y albaricoqueros japoneses que lo pueblan son tan perfectos, que uno diría que son bonsais gigantes. Los ultramodernos rascacielos que rodean el jardín dan ese contraste tan brusco entre tradiciones milenarias y futurismo tan habitual en el país del sol naciente. El lugar perfecto para acabar en paz un recorrido por los diferentes tipos de café de Tokyo.

Café Peloringa
Sucursal #1 en la Tierra
Sakuragaoka 3-7, Shibuya-ku
Metro Shibuya

Fukuro No Mise (Café de los búhos)
Chuo-ku, Tsukishima, 1 Chome-1-27-9
Metro Tsukishima


maidreamin (Maid Café)
Sucursal en Akihabara Electric Town-exit store
1-14-1 Sotokanda, Chiyoda-ku, Tokyo
Edificio Takarada-chuodori, piso 3.
Metro Akihabara

Starbucks
Sucursal Shibuya Tsutaya
Udagawacho 21-6 Shibuya-ku
Edificio Q Front
Metro Shibuya

Nyafe Melange (Café de los gatos)
Yubinbango 150-0013, Ebisu, Shibuya-ku
Edificio AsaHitoshi Ebisu, piso 3.
Metro Ebisu

Nakajima no Ochaya en los jardines Hama-rikyu
1-1, Hama Rikyu-teien, Chuo-ku
Metro Shiodome o Tsukijishijo

dilluns, 28 de novembre de 2016

Sapporo & Otaru

Excursión a Hokkaido

Tenía mucha ganas de descubrir la gran prefectura de Hokkaido, la gran isla que forma el norte de Japón. Dos reuniones en Sapporo me hicieron aprovechar y quedarme el fin de semana para conocer algo más el Japón más relajado: Hokkaido representa el 20% del territorio nacional pero allí solo vive el 5% de la población. Las aglomeraciones y colas del resto del país son aquí inexistentes.

Hokkaido era un territorio habitado por las tribus ainu, un pueblo con su propia lengua y tradiciones que mantuvo relaciones comerciales con el clan japonés de los Matsumae, originalmente con el mandato del sogún de defender las fronteras japonesas del norte de los bárbaros. Fue con la restauración Meiji en 1868 cuando el gobierno japonés creó una Comisión de Desarrollo para colonizar Hokkaido y las islas del norte. El principal fin era evitar que los rusos se expandieran por la zona. Estas disputas con Rusia siguen aún hoy muy presentes y las pudimos ver en una exposición en la antigua sede del gobierno de la prefectura. La susodicha comisión empezó a fomentar la inmigración a la isla. Miles de japoneses con poco futuro, como los hijos segundones o la clase samurái, que se había quedado en gran parte desempleada, empezaron a establecerse en Hokkaido en un proceso similar a la conquista del Lejano Oeste en los Estados Unidos. Las costumbres de los ainu, como los tatuajes de las mujeres o los pendientes de los hombres, se fueron prohibiendo con diferentes leyes. Se les quitaron sus tierras y, a pesar de que se les otorgó la ciudadanía japonesa, la discriminación racial era palpable en la educación o el acceso a un trabajo o a una vivienda. La guerra Ruso-japonesa de 1905 fue la primera guerra que ganó Japón a una potencia occidental, lo que le permitió anexionarse varias islas que ya eran habitadas por 400,000 japoneses. Sin embargo, el fin de la II Guerra Mundial hizo que Rusia se las re-anexionara y aún siguen en disputa, que los japoneses llaman como "los territorios del norte".

El desarrollo de Hokkaido continuó y en 1972 Sapporo celebraba orgullosa los Juegos Olímpicos de Invierno, ocho años después de que Tokyo acogiera los de verano. En las últimas décadas el gobierno japonés revirtió la legislación que prohibía la lengua y cultura ainu en un proceso que culminaba en 2008 con la aprobación de una ley que reconocía la existencia de minorías nacionales en Japón, reconociendo la lengua, cultura y religión de los ainu, pueblo que ahora fomenta su idiosincrasia y sigue en la lucha por un mayor reconocimiento de su singularidad.

Llegada a Sapporo

El caso es que llegamos al modernísimo y enorme aeropuerto de Chitose, donde tomamos un bus que nos dejó en el puro centro de Sapporo, la animada capital de la isla, conocida mundialmente por su afamada cerveza. La ciudad está a la misma latitud que Marsella. Sin embargo, la proximidad a Siberia y los fríos vientos que llegan directamente del Polo Norte a través del océano Ártico hacen que las temperaturas sean muchísimo más bajas de lo habitual. Cuando llegamos hacía frío pero sin exagerar. El cielo estaba azul y el sol brillaba, y los árboles estaban de colores amarillos, anaranjados y rojos, dando un aspecto otoñal bellísimo a sus parques y calles.

Con casi dos millones de habitantes, Sapporo acoge cada vez a jóvenes profesionales huyendo de Tokyo y Osaka, buscando viviendas más asequibles y grandes así como mayor calidad de vida, sin sacrificar el hecho de vivir en una gran ciudad con todos los servicios necesarios. Empezamos la visita por el famoso edificio del reloj de Sapporo, construido en madera por los estadounidenses en 1870 y considerado como lugar de nacimiento de la ciudad, actualmente rodeado de modernos rascacielos. Sapporo fue una ciudad de nueva creación, de ahí la perfección cuadrada del damero de sus calles. Japón recibió el apoyo de urbanistas europeos y estadounidenses en su diseño, casi perfecto, con calles rectas y arboladas. Seguimos el paseo por Odori Koen, un amplísimo bulevar con un jardín en el medio, grandes fuentes y varias estatuas, que divide la ciudad en norte y sur y que acaba en la torre de TV de Sapporo, muy similar a la de Tokyo. La iluminación nocturna de la torre es digna de ver. Odori Koen es considerado como el epicentro de la ciudad y es aquí donde tienen lugar las grandes concentraciones festivas o reivindicativas. Seguimos paseando hasta llegar a la modernísima Kita Sanjo Dori, flanqueada de rascacielos de acero y cristal y de árboles iguales con sus hojas amarillas. Al fondo se alza otro edificio tradicional, la antigua sede del gobierno de Hokkaido, el Akarenga, símbolo de la ciudad. Realizado en estilo neobarroco con ladrillos rojos, el edificio contiene ahora exposiciones de todo tipo, desde fauna y flora pasando por la historia de la prefectura o la cultura de los ainu. Una de las exposiciones trataba de las relaciones entre Japón y Rusia respecto a las islas Chishima (o Kuriles para los rusos) que aún hoy se mantienen en disputa y de la que hablé en la introducción.

Seguimos la visita por la anima zona de Tanukikoji, llena de tiendas de todo tipo, ya sea las grandes cadenas internacionales pero también las boutiques más lujosas como Louis Vuitton, Gucci o Hermès. Sapporo es una ciudad tan cosmopolita como el que más. Los neones recuerdan mucho a la zona de Shibuya en Tokyo, especialmente la Tshukisamo Dori, en el cruce de Susukino, con sus gigantescos paneles con anuncios de todo tipo destacando el gigantesco de la cerveza Sapporo. El tranvía recorre estas calles, dando un aspecto único a esta ciudad de vientos helados. Nos tuvimos que meter en un Uniqlo para comprarnos bufandas y guantes porque el frío era insoportable. Estábamos rozando los cero grados y empezó a caer aguanieve. Decidimos comer algo caliente y así probar los típicos ramen de Sapporo. Entramos al Ramen Yokocho, que lleva sirviendo los ramen al estilo local desde 1952, a base de sopa de miso y que incorporan la deliciosa mantequilla de Hokkaido y maíz fresco. Hokkaido es el proveedor de Japón de leche y sus derivados gracias a las lustrosas vacas que pueblan los pastos de la isla. El ramen con mantequilla es perfecto para cargar energías y salir de nuevo a luchar contra los vientos glaciales que soplan aún más fuertes entre los modernos rascacielos de Sapporo.

Nos volvimos en el rápido y limpio metro a nuestro hotel, el Sapporo Nakajima Garden, de la cadena japonesa Mystays, situado frente al parque Nakajima, que cuenta con un gran lago rodeado de árboles que lucían verdes, amarillos, anaranjados y rojos. Eso combinado con los rascacielos nos dio la sensación de estar en el Central Park.

En el canal de Otaru

Al día siguiente, tempranito, nos fuimos a la modernísima estación de JR de Sapporo en uno de los tranvías de la ciudad para tomar el tren a Otaru, una romántica población costera, en el mar que separa a Japón de Rusia, famosa por su marisco y su decadente canal. El trayecto ofrecía un bello panorama de las montañas cubiertas de los colores del otoño así como las bravas aguas del norte del mar de Japón, donde algunos locales hacían surf. Llegamos a la estación de Otaru, que fue término del primer ferrocarril de Hokkaido. Las antiguas farolas de gas del siglo XIX dan un encanto al lugar nada más llegar. Otaru es una ciudad que rezuma historia de su época dorada, cuando se convirtió en el centro de la pesca del arenque. Recorrimos la calle mayor cuesta abajo hacia el famoso canal, donde los antiguos almacenes de pesca aún bordean la pintoresca zona. Pasear por aquí es una antigua delicia, disfrutando de la decadencia exterior de estos edificios pero de sus modernos y confortables interiores, donde diseñadores locales han sabido combinar lo antiguo y lo moderno rozando la perfección.

Seguimos la visita hasta el Nichigin-dori, un calle que se conocía como el pequeño Wall Street del norte, y acogía numerosas sucursales de bancos que daban fe de la importancia financiera de Otaru. El mayor edificio es el antiguo Banco de Japón, con ladrillos y búhos de piedra (en honor a la divinidad guardiana de los ainu). No dejéis de entrar para admirar el techo de piedra del interior de 10 metros de altura. Otro edificio destacable es el del hotel Vibrant Otaru, resultado de la remodelación de otro de los bancos otrora presentes en la calle. En su publicidad dicen que la antigua cámara acorazada se ha reconvertido en una de las habitaciones más populares. Seguimos el paseo por la turística Ironai Odori, llena de tiendas de recuerdos y restaurantes típicos, hasta llegar hasta la tienda de cajas de música de la ciudad, donde se exponen más de 25,000 cajas de música diferentes, todas a la venta. Desde las más clásicas con una bailarina que empieza a dar vueltas desde que abres la caja hasta las más originales con piezas de sushi o cualquier animal que os podáis imaginar. Una de las tiendas más originales que he visto en mi vida.

Tras el empacho de cajas de música nos metimos en LeTao, una estilosa tienda local especializada en dulces a base de suaves quesos elaborados con la famosa leche de Hokkaido. El edificio, con una torre del reloj, imita la arquitectura clásica del siglo XIX, en tonos rosa pastel y verde turquesa que recuerdan a Disneylandia. Los productos a la venta son deliciosos, desde el helado de tres quesos hasta sus tartas de queso helado con chocolate. Toda una perdición sobretodo porque el poquísimo azúcar que usan hacen aún más ricos estos originales postres. Para almorzar nos metimos en un sitio de la misma Ironai Odori a degustar algunas de las piezas pescadas en estas frías aguas. La baja temperatura garantiza que el marisco de aquí sepa mucho mejor, empezando por los diferentes tipos de cangrejos. Pedimos una mezcla de varias patas de cangrejos y algunas gambas. También pedí el típico bol de arroz con uni (el erizo de mar que en Otaru es especialmente rico), huevas de salmón y sushi de salmón, una combinación exquisita que adoran los locales y que llaman "padre e hijo". De postre, una rodaja del riquísimo melón de Hokkaido, renombrado en todo el país y que en Otaru se vende en cada esquina.

Seguimos la caminata hacia el sur de la ciudad, a lo largo del decadente canal, hasta llegar al edificio Nihon Yusen, antigua sede de esta empresa de transporte marítimo, que tenía como principal carga el arenque. Tras su colapso, el gobierno local restauró el magnífico edificio. Vale la pena entrar y observar con nostalgia los interiores, lugares que reflejan el espíritu industrioso de la revolución Meiji, que copió los diseños y la organización capitalista para hacer avanzar Japón. Las ventanillas de madera donde se atendían los pedidos, las lámparas de gas, las barandillas, los elegantes bancos... todo recuerda mucho a un antiguo banco inglés de la era victoriana. Frente a este suntuoso edificio hay un desangelado parque con una estatua de dos abuelos y su nieta con lustrosos zapatos. Si le dais cuerda por la parte de atrás sonará la lúgubre melodía de una caja de música. Entre el helado viento, los árboles sin hojas y que no había un alma alrededor nuestro, la escena era un poco de película de miedo japonesa. Decidimos apretar la marcha y volvernos hacia el centro, no sin antes meternos a visitar el museo de Otaru, situado en un almacén restaurado cerca del canal. Expone un poco de todo: desde la fauna y flora de Hokkaido, hasta piezas de cerámica ainu, pasando por la historia de la ciudad y el desarrollo comercial de la misma. La mejor parte sin duda es la reconstrucción a escala real de una de las calles de la ciudad a finales del siglo XIX, donde se puede ver una tienda de sake, otra de ultramarinos, una de sombreros y hasta una papelería y tienda de tabacos, además de diferentes elementos urbanos de la época.

Hokkaido y su impresionante comida

A pesar del frío que hacía, decidimos tomarnos un helado más antes de dejar Otaru. Nos metimos en un almacén de finales del XIX que ahora alberga el Kita-no-aisukurimu Yasan, un legendario establecimiento donde se sirven deliciosos helados caseros de calabaza, avellanas o chocolate negro pero también de natto (soja fermentada), alubias dulces, tofu, cangrejo, erizo de mar y hasta de tinta de calamar. Toda una experiencia deliciosa, en parte gracias a la excelente calidad de la leche local. Los japoneses nunca fallan en términos de comida. No me cansaré de decir que Japón es el auténtico paraíso de los foodies.

Tomamos el tren para volver a Sappporo y acabar el día cenando en un modernísmo restaurante en los bajos de uno de los rascacielos de la Kita Sanjo Dori, para probar el típico jingisukan, un plato que celebra al caudillo mongol Gengis Khan. Comerlo es todo un ritual: la mesa cuenta con una parrilla cóncava de estilo japonés en el centro donde, una vez caliente, se tira el combinado de vegetales del plato (repollo, brotes de soja, zanahoria, maíz y otros) con la salsa que lo acompaña. Después, se van asando y comiendo diferentes partes del cordero que se sirven al lado. La superficie cóncava se mantiene desde los tiempos en los que los soldados mongoles usaban sus cascos para cocinar encima la carne. Una vez asadas las diferentes piezas, se van comiendo no sin antes mojarlas en un huevo crudo batido. Un plato contundente y muy popular en la isla para pasar bien el invierno de Hokkaido acompañado por una buena jarra de cerveza Sapporo.

El lunes, entre reunión y reunión, almorzamos en el elegante Sapporo Grand Hotel, fundado en 1934 como primer gran hotel de estilo europeo de la ciudad. El restaurante ofrece menús de mediodía a muy buen precio usando ingredientes locales de la estación y presentados de una manera excelente, al estilo de la alta cocina japonesa o kaisekei. Por cierto, un buen souvenir puede comprarse en alguna de las boutiques que la chocolatera local, Royce, tiene en la ciudad. Recomiendo las patatas fritas de Hokkaido recubiertas de chocolate, toda una exquisitez.

Algún día volveré a Hokkaido tanto en febrero, para disfrutar del famoso festival de hielo de Sapporo, como en verano, para poder recorrerme los frondosos y salvajes bosques del norte de la isla y con algo de suerte avistar alguno de los osos pardos autóctonos. Espero poder contároslo aquí, como siempre.

dilluns, 14 de novembre de 2016

Kagoshima

"Nunca encontraremos entre los paganos otra raza igual a los japoneses. 
Son gente de excelentes costumbres, buenos, en general, y no maliciosos." 
San Francisco Javier, octubre de 1549.

La puerta de Japón al mundo

Kagoshima es la prefectura más meridional de la tierra firme japonesa, llena de volcanes, muchos en activo. La soleada y homónima capital, que a mi me recibió con fuertes lluvias, está presidida por el gigantesco volcán Sakurajima, justo al otro lado de la bahía. El volcán, que es también considerado deidad por el sintoísmo, está activo y escupe humo y cenizas con regularidad. De hecho, la previsión meteorológica de la ciudad siempre incluye un parte de la posible cantidad de ceniza que podría caer. 

Kagoshima es conocida también como la Nápoles de Japón, no sólo por su clima más cálido que el resto del país y sus fértiles tierras sino también por la calidez de sus habitantes, mucho más abiertos al mundo que el resto del país. Ya bajo el gobierno del clan Shimazu, que duró 700 años, Kagoshima comerció de forma constante con chinos y coreanos. En 1549 entraba el cristianismo al país de la mano de San Francisco Javier por esta cosmopolita ciudad. En la Exposición Universal de París de 1867, la ciudad, que en aquel entonces se llamaba Satsuma, acudió con un pabellón diferenciado del japonés. Precisamente en esos años se estaban produciendo una serie de eventos que cambiarían por completo la estructura política y social de Japón: la restauración Meiji. Hasta ese entonces, el país se había regido por un sistema muy parecido al feudalismo europeo donde los daimyos o señores gobernaban cada una de sus tierras sirviendo a los shogunes, o señores de la guerra, que tenían el poder real del país, ya que el emperador era una mera figura protocolaria. Japón vivía aislado del mundo bajo este régimen con la excepciones de algunos enclaves como Kagoshima. Sin embargo, la llegada de las cañoneras del Comodoro Perry, de la Armada de los Estados Unidos, puso en evidencia la debilidad del sistema y forzó al país a aceptar tratados comerciales muy desfavorables. Esto abrió los ojos a parte de la aristocracia que decidió renunciar a sus privilegios para poder así modernizar Japón lo que les enfrentó con la otra parte de la aristocracia que veía en esto una traición a sus antepasados y a las tradiciones. Los aristócratas progresistas se alinearon con el recién nombrado emperador Meiji y algunos samuráis cosmopolitas como los de Kagoshima, para derrotar a los samuráis conservadores que eran muy fuertes en Kyoto. La derrota de estos últimos provocó el traslado de la capital a Tokyo. Saigo Takamori, samurái de Kagoshima, tuvo un papel fundamental en apoyar la modernización de Japón y acabar con el sistema de samuráis que tanto le beneficiaba en pos del progreso de su nación. Su enorme estatua se alza en el centro de la ciudad. 

La ciudad de los Jesuitas y de los onsen

Además de por su papel clave en la restauración Meiji, Kagoshima es conocida en Japón por su marcada cultura de onsen y sentos, mucho más que en el resto del país. Las aguas termales son especialmente abundantes debido a la mayor presencia de volcanes alrededor de la ciudad, empezando por el enorme Sakurajima. Una de las primeras cosas que hice fue acercarme al paseo de la bahía para admirar el gigantesco volcán, que al otro lado de las aguas se alza amenazante pero que al mismo tiempo provee de fertilidad a las tierras y de aguas termales con múltiples propiedades. Allí mismo, en el paseo marítimo, hay un onsen de pies disponible al público que permite a los paseantes relajarse un rato en las aguas calientes termales que brotan directamente desde lo más profundo. Hay más de 50 onsen en la ciudad. Para elegir el que mejor os convenga, pedid el folleto explicativo en inglés, disponible en oficinas de turismo y hoteles. En él se clasifican los onsen por los servicios que proveen e incluso por si sus aguas son potables o no. Hasta en el moderno aeropuerto de Kagoshima hay un onsen de pies público a disposición de los viajeros.

El protocolo de un onsen japonés no es complicado pero sorprenderá al occidental: lo primero es desnudarse y entrar a la zona de la sauna seca con solo una mini toalla en la cabeza que usaremos para retirarnos el sudor de la cara. Tras la sauna, nos meteremos en la zona de baños sentándonos en uno de los taburetes con su correspondiente ducha. Allí nos enjabonaremos sentados (la mayoría de onsen y sentos proveen con gel, champú y acondicionador) y nos aclararemos. Muchos japoneses aprovechan para afeitarse y lavarse los dientes, ya que cada puesto de taburete y ducha cuenta también con un espejo. Tras la limpieza, nos meteremos en alguna de las diferentes bañeras (las hay comunes o individuales y a diferentes temperaturas o con diferentes propiedades, incluso las hay con jacuzzi). También hay con chorros de agua en la cabeza para relajarse. La visita al onsen acaba con un baño rápido a la bañera de agua fría. Se recomienda tomar líquido durante la experiencia, preferiblemente bebidas isotónicas si se tiene la tensión baja. 

Las aguas termales, procedentes de la actividad volcánica, tienen propiedades beneficiosas para la piel y otros órganos, tanto en salud como en belleza, y son muchos los japoneses que acuden a los onsen varias veces por semana. Yo escogí el Kagomma Onsen que, además de todo lo habitual, contaba con sal gorda natural en un gran cajón de madera para frotarse en la piel y luego quitársela en una de las bañeras termales. Se encuentra en el 3-28 del Yasui-cho y es usado por los habitantes del barrio de forma habitual, con lo que se garantiza una experiencia auténtica, alejada de los turísticos onsen de los hoteles.

Tras la relajación del onsen, me dirigí a cenar al animado Temmonkandori, el barrio de los restaurantes y bares, sitaudo alrededor de las galerías comerciales peatonales y cubiertas. Obviamente, escogí un restaurante de comida típica de la ciudad: el Kumasotei. La gastronomía de Kagoshima se conoce como Satsuma-ryori y en este restaurante la hacen especialmente bien. Sentado en un tatami pedí uno de los menús degustación. La cena empezó con el tsukidashi, o aperitivo que se suele servir en cualquier comida japonesa. En ese caso eran verduras en vinagre y un trozo del típico boniato morado de Kagoshima. La comida siguió con sashimi de kibinago, pescado en la bahía, que se moja en una salsa avinagrada de miso. La textura de estos pescaditos es tan suave que los locales les llaman "gotitas de océano". El siguiente plato eran dos trozos de satsuma-age, un pastel frito de pasta de pescado triturado (suelen ser sardinas, bonito y caballa) con algunos trozos de verduras. El plato principal era un cuenco de kurotuba tonkotsu, costillas de cerdo negro local estofadas en una salsa dulce de miso, vegetales, sochu (el licor local) y azúcar moreno. Por supuesto, el arroz preparado a la forma loca y la sopa de miso no faltan. De postre, una gelatina (algo que los japoneses aman) de la batata morada local.

Antes de volver a mi habitación me pasé para ver la catedral de San Francisco Javier, muy moderna, construida al lado de donde antes había una iglesia de piedra que fue destruida por los bombardeos norteamericanos de la II Guerra Mundial. Enfrente aún se mantiene la puerta de entrada en piedra junto a una estatua del fundador de los Jesuitas. Por Kagoshima entró el cristianismo a Japón, que tras unas décadas de expansión y tolerancia, fue luego prohibido por los shogunes que encerraron Japón durante siglos (hasta 1864) evitando cualquier contacto extranjero. 

Los samuráis progresistas

Al día siguiente, bien temprano, seguimos la visita por los jardines Sengan-en, construidos en 1658 por el 19 señor de Shimadzu en un punto estratégico que además le permitía controlar los barcos que salían y entraban de la bahía. Los jardines, siguiendo el estilo japonés, incluyen el paisaje como parte de la decoración. Y el paisaje allí era nada más y nada menos que la bahía con el impresionante volcán Sakurajima de fondo. Paseando por los jardines y viendo los setos recortados de diferentes formas, nos metimos en una de las casitas tradicionales donde sirven jambo-mochi, unos pastelitos de arroz glutinoso pinchados en un palo y asados a la barbacoa, mojados en una salsa dulce-salada de soja, que son la merienda típica local. Continuamos la visita de los jardines viendo por fuera el Shoko Shukeikan, la primera fábrica de Japón, construida por orden del 28 señor de Shimadzu, donde se fabricaron las primeras cañoneras y máquinas a vapor japonesas, en la década de 1850, antes incluso del inicio de la Restauración Meiji que expandió la revolución industrial por todo el país. Es otra muestra más del cosmopolitismo y apertura a la modernidad que caracterizó a las clases dirigentes de Kagoshima del siglo XIX.

La visita acaba con la villa para la que se construyeron estos impresionantes jardines, residencia de la familia Shimadzu, gobernantes de la región y pioneros de la modernización del país. Los tours son en japonés pero contaban con cartulinas donde estaban traducidas las explicaciones de la amable guía. La visita nos llevó a través de las diferentes estancias de la preciosa villa tradicional japonesa, empezando por los diversos dormitorios, de gran austeridad; el despacho del daimyo, desde el que impartía gobierno, con las dos espadas que llevaba cada samurái; el onsen privado donde se aseaba cada día, asistido por criados; o el baño. Sin embargo, la estancias que más impresiona es el comedor, con elegantes muebles de estilo occidental y la primera lámpara eléctrica que funcionó en Japón, colgada del techo y fabricada en Inglaterra. El último zar de Rusia, Nicolás II, pasó unos días en esta residencia como príncipe en su juventud. La villa cuenta con bellas terrazas que dan al jardín y un precioso patio interior con un estanque alrededor del cual se distribuyen las diferentes estancias. El tour acabó en la sala del té, mirando este patio, haciendo la ceremonia con un té matcha en un bol y un delicioso dulce tradicional hecho con una receta de más de 200 años. 

Ramen, kamikazes y una cena kaiseki

Tras la visita a la villa y jardines de los samuráis cosmopolitas nos volvimos de nuevo al centro de Kagoshima a comer los ramen típicos de la ciudad, que se hacen con una sopa de miso más espesa de lo normal junto al tradicional caldo de hueso de cerdo. Además, aquí llevan nabo rallado. 

De ahí nos dirigimos al sur, bajando la península de Satsuma, hacia Chiran, para visitar el museo de lo tokko (los pilotos que se suicidaban y que erróneamente llamamos kamikazes). Se encuentra en la antigua base aérea desde la que despegaron 1036 pilotos para cumplir su deber y estrellarse contra barcos estadounidenses. Ahí pudimos ver aviones, recuerdos y fotografías de los jovencísimos pilotos. En la audioguía en inglés se explican las desgarradoras historias de varios de ellos. Como nos dijeron nuestros anfitriones japoneses, en verdad ellos no murieron por Japón ni por el emperador: murieron por sus familias y por la convicción de que de esta manera les garantizarían un futuro mejor. Esta operación fue diseñada por un general que la planeó como recurso de último resorte. Y así fue. Sin embargo, Japón se rindió poco después de que los Estados Unidos lanzara la segunda bomba nuclear, en Nagasaki. Esto hizo al general enviar cartas de disculpa a las familias de los tokku para hacerse el harakiri a continuación, clavándose una katana en el vientre y subiéndola para arriba para desgarrarse todo el torso.

Tras una visita tan dura y triste, nos dirigimos hacia Ibusuki, una pequeña y tranquila población costera con un kilómetro de playa. Allí nos instalamos en el gigantesco Ibusuki Iwasaki Hotel, un resort con todas las habitaciones con balcón y vistas al mar. Tras cambiarnos nos dirigimos a una de las suites para disfrutar de una refinada cena kaiseki ofrecida por nuestros huéspedes. Este tipo de comida japonesa se compone de varios platos en pequeñas cantidades que suelen ser de ingredientes de temporada. En este caso abundaban las verduras y hortalizas otoñales con ingredientes y técnicas de la cocina de Kagoshima, además de diversos pescados, un plato con las deliciosas costillas de cerdo negro o carne de res que se fundía en la boca preparada en una piedra caliente. El helado de postre de Satsuma-mikan (las naranjas de esta península) estaba perfecto.

Arenas volcánicas y una destilería de sochu

Me levanté bien temprano para disfrutar de un bello amanecer y de las impresionantes vistas del mar desde mi balcón, para luego bajar a la playa y darme un baño de arena, razón por la cual miles de personas visitan esta zona. Allí, un trabajador del hotel me enterró con una pala en las arenas negras, a través de las cuales, calientes vapores de las aguas termales volcánicas subterráneas suben. No más de diez minutos es lo que se aguanta allí enterrados. Los japoneses creen que esta experiencia tiene propiedades medicinales. De allí me fui a una piscina termal al borde del mar para retirarme la arena y luego a relajarme en el onsen del hotel, situado en uno de los pisos más altos del edificio.

La visita acabó en un precioso mirador, en mitad de los campos y las palmeras, para ver el gran volcán de la región que se conoce como el monte Fuji del sur: el Kaimon-dake, con su impresionante y bella forma de cono. En ese mismo mirador, visitamos una fábrica de sochu, el licor local de Kagoshima que intenta rivalizar con el sake. El sochu es licor destilado mezcla de la batata local y de arroz algo más fuerte que el sake. Nosotros lo probamos en la cena kaiseki de la noche anterior. En la fábrica pudimos ver y oler varios de los tanques en los que se deja destilar el líquido. La visita acabó con una cata a varios de los tipos de sochu.

Despegamos del aeropuerto de Kagoshima esa soleada tarde tras haber podido conocer de la historia, cocina y paisajes de una de las regiones más interesantes y amigables de Japón, una verdadera puerta de entrada a este misterioso y fascinante país. Kagoshima es un destino turístico poco conocido pero perfecto para descubrir una gastronomía excelente y una historia fascinante con los japoneses más cosmopolitas del país.