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dissabte, 16 de juliol de 2016

Echmiadzin, Garni y Geghard

Desde Ereván hay dos buenas excursiones que tuve la suerte de hacer. La primera fuera a Echmiadzin, sede de la Iglesia Apostólica Armenia. A tan solo 20 kilómetros desde Ereván, fue aquí desde donde San Gregorio el Iluminador, convenció al rey de Armenia de convertir su reino al cristianismo y mandó construir la primera catedral cristiana. Es por eso que aquí se encuentran los edificios de culto cristiano más antiguos del mundo. El santo tuvo una visión de Jesucristo bajando del cielo y dando martillazos con un martillo de oro, indicando donde debía ser construido el templo. La catedral de Echmiadzin ha sido reconstruida y ampliada docenas de veces, por lo que para ver edificios originales es mejor dirigirse a las tres pequeñas iglesias que hay en la población. 

Estas antiquísimos templos tienen su origen en la llegada de 40 vírgenes cristianas que huían de la persecución del emperador Diocleciano. La primera iglesia se levanta donde Santa Hripsime fue martirizada por negarse a contraer matrimonio con Diocleciano. Esa santa era un patricia miembro de la corte imperial que bien joven se convirtió al cristianismo y se dedicó a una sencilla vida de retiro espiritual a las afueras de Roma junto con otras 39 compañeras. El emperador quiso casarse con ella, prendado de su belleza. Sin embargo, ella quería seguir con sus votos religiosos, así que, aconsejada por Gayané, la superiora del grupo, decidió huir a las tierras más lejanas de Roma: pasaron por Alejandría, Jerusalén y finalmente acabaron en Armenia. Las 40 vírgenes emprendieron pues el viaje. Cuando fueron localizadas, el emperador, furioso por la huída de estas romanas, ordenó al rey de Armenia, Tirídates, que capturara a Hripsime y la llevara de vuelta a Roma y que asesinara a las otras 39. Al final, las vírgenes acabaron violadas, torturadas y descuartizadas.

La segunda iglesia es la de Santa Gayané, donde fue martirizada la superiora de las 40 vírgenes. En ambas iglesias las tumbas de las santas se encuentran en los subterráneos. Finalmente, la iglesia de Choghagat, también de gran sencillez, se levanta donde fueron martirizadas las otras 38 vírgenes. Hicimos la ruta de las tres iglesias andando, mientras caía un sol de justicia. A pesar de ser abril, pegaba muy fuerte y acabamos sudadísimos. Lo bueno es que en los jardines de cada iglesia, y en general en la ciudad, hay fuentes de las que mana deliciosa agua helada de las montañas para beber y refrescarse. 

Acabamos la ruta en el complejo religioso donde se encuentra la catedral más antigua del mundo (aunque muy reformada) y sede del jefe espiritual de la Iglesia Armenia. Este complejo religioso , al que no paran de añadirse nuevos edificios, cuenta con bibliotecas, seminarios, dormitorios y por supuesto con el enorme palacio del Cathólicos, patriarca supremo de la Iglesia Armenia. En esta catedral se guardan tres reliquias fundamentales para cualquier cristiano: la lanza sagrada con la que el centurión romano atravesó a Cristo clavado en la cruz, un trozo del arca de Noé y la mano de San Gregorio. Nuestra visita coincidió con una celebración religiosa, en la que varios sacerdotes y seminaristas vestidos con túnicas rojas cantaban salmos que resonaban por todo el templo mientras llenaban el templo de aromático incienso con un bello incensario de plata. Los fieles, todos de pie (en las iglesias ortodoxas no hay sillas) atendían la celebración mientras que otros rezaban en silencio a los diferentes iconos repartidos por el templo y les ponían alargadas velas. Lo que más me llamó la atención fueron los frescos de ángeles, representados como cabezas con gesto hierático con seis alas alrededor. Me recordaron mucho a las representaciones de ángeles que habían en Santa Sofía en Estambul.


Finalmente, mi visita a Armenia concluía con una excursión de un día al precioso valle de Azat, a algo más de una hora de la capital, Ereván. La mejor manera de hacerla es alquilando un taxi que os lleve a los distintos lugares y os espere. Y eso hicimos. Tras recorrer una carretera rodeando las impresionantes montañas, llegamos al templo de Garni, único ejemplo en todos los territorios de la antigua Unión Soviética de arquitectura grecorromana original. Este templo fue construído por el rey Tirídates (el mismo que ordenó martirizar a las 40 vírgenes) con el dinero que el emperador Nerón le otorgó tras su visita a Roma, para honrar a la diosa Mitra. Sin embargo, algunas arqueólogos señalan que podría más bien tratarse de una tumba al gobernador armenio-romano Sohaemus. En cualquier caso, este elegante edificio de columnas jónicas es toda una excepción en los antiguos territorios soviéticos.

Continuamos la excursión hacia las escarpadas laderas de la entrada del valle del Azat, donde se encuentra el impresionante monasterio de Geghard, rodeado de una alta muralla, alberga varias tumbas e iglesias que representan el apogeo de la arquitectura medieval armenia. Casi todos los edificios de este complejo están excavados en roca. El conjunto, encajonado en la garganta del río Azat, se funde de forma perfecta con el paisaje. Se hizo así para evitar ser vistos por potenciales invasores que atravesaran el gran valle. Las construcciones se empezaron en el siglo IV aunque algunas datan del XIII, mostrando el gran dinamismo que experimentó este complejo a lo largo de los siglos.

La tradición cuenta que el monasterio fue fundado por San Gregorio el Iluminador, tras adoptar Armenia el cristianismo como religión oficial. Al principio se construyeron estancias excavadas en la roca, al lado de un manantial subterráneo que el santo consideró como sagrado. Poco a poco se fue haciendo la catedral, las pequeñas iglesias de alrededor, los claustros, las tumbas familiares de los príncipes Proshyan así como numerosas "celdas" excavadas en roca, que eran donde habitaban, de forma humilde, los monjes. El monasterio contó con una famosa escuela, una biblioteca y un scriptorium. Ganó relevancia y riqueza al acoger restos de la lanza con la que un centurión romano remató a Jesucristo en la cruz, clavándola en el costado hasta atravesarle el corazón. Dicha reliquia se trasladó posteriormente a Echmiadzin.

El complejo está lleno de rocas con cruces talladas, conocidas en armenia como "khachkars". Una de las iglesias fue totalmente excavada en la roca, con forma de cruz ortodoxa (es decir, con los cuatro lados iguales). En una de las salas anexas se encuentran las tumbas de antiguos príncipes armenios. En otra de las iglesias excavadas se encuentra el manantial, declarado sagrado por San Gregorio, pero que ya era considerado sagrado por las religiones precristianas. En esa sala, donde el agua brotaba de las rocas superiores y creaba un pequeño riachuelo que atravesaba parte del templo en la oscuridad, se siente una enorme energía. Sin duda, es uno de los momentos viajeros más impactantes que he vivido, explorando con la linterna del teléfono los diferentes relieves, muchas veces representando a los cuatro evangelistas (toros, leones, ángeles y águilas), cruces o diferentes formas geométricas. Entre eso, el sonido del agua y el del viento que se cuela por los los recovecos y que ese día soplaba fuerte, uno se siente como Indiana Jones explorando un templo perdido. Situarse en el centro del templo y sentir la reverberación de los sonidos o de la propia voz es impactante. Los conocimientos matemáticos y arquitectónicos que poseían los constructores deberían ser muy avanzados para conseguir una acústica tan buena. Sin duda, los estudiantes de arqueología se sentirán aquí como en el paraíso.

Saliendo de nuevo al exterior, la tradición dice que el que consigue meter una piedrecita en alguno de los pequeños agujeros que pueblan uno de los muros rocosos exteriores de la iglesia verá un deseo cumplido. Yo lancé tres, por si acaso, aunque me costó lo mio que las piedras entraran y se quedaran en dichos nichos. Cuando atravesamos la muralla del complejo monástico, nos dirigimos a disfrutar de la zona que lo rodea, de una excepcional belleza natural. El caudaloso río Azat baja de las montañas en tromba a través de los frondosos bosques y bellos picos. Cruzando un empinado puente para salvar el furioso río y entramos a un pequeño bosque donde los armenios aún dejan atados a las ramas algún pañuelo que tengan para pedir un deseo. La zona transmite muchísima energía ya sea por el viento, por la fuerza del agua o por la frondosidad de la naturaleza. pero el caso es que los armenios consideran este lugar como sagrado desde hace siglos.Una de las principales razones que hacen imprescindible visitar Geghard es sus altos niveles de autenticidad arquitectónica. El hecho de que fue usado ininterrumpidamente durante siglos mantuvo su estructura original con lo que podemos admirar edificios y relieves originales de más de mil años que se encuentran en su lugar y contexto original.

A la salida, diversos puestos de artesanía o dulces tradicionales os tentarán. Como era la Pascua cristiana, vendían un gigante pan redondo dulce con relieves del templo diseñados en el pan. Lo compramos para disfrutar de el a la vuelta. El sabor que tenía me recordó a la mona de pascua valenciana. Al volver a Ereván, el cielo se había despejado, y por eso el monte Ararat se veía en todo su esplendor, excepto la cima de gran Ararat, a la que cubrían las nubes. Es un paisaje inolvidable. En ese momento comprendí la enorme nostalgia de los armenios y su lamento de que el monte, tan importante para esta nación, esté actualmente en territorio turco. Armenia es un país inolvidable con una naturaleza bellísima. Sus orgullosos pobladores cuidan su lengua, su cultura, su gastronomía y sus tradiciones con muchísimo cuidado. Reciben al visitante con una hospitalidad enorme con el fin de que el viene a este pequeño gran país pueda entenderlo un poco y disfrutar de todos los tesoros arquitectónicos, culturales o gastronómicos que los armenios han dado a la humanidad. 

dissabte, 9 de juliol de 2016

De restaurantes por París II

Hace bastantes años escribí una entrada donde recogía los restaurantes de gastronomía francesa que más me habían gustado durante mi año Erasmus en París. Ahora, tras otro año en la Ciudad de la Luz conociéndola en profundidad, publico una segunda parte, con los restaurantes donde disfrutar de la gastronomía francesa que más me gustaron. Esta vez son todos de la rive Droite, donde me he movido principalmente este años ya que he vivido y trabajado en el 16eme. Algunos son históricos, otros solo ofrecen una especialidad, otros tradicionales, algunos caros y otros más asequibles. Pero sin duda, todos inolvidables.Ninguna visita a París queda completa sin buenas comida o cenas disfrutando de su oferta gastronómica. Seguid usando y abusando de La Fourchette, donde siempre se encuentran buenos descuentos.

Privé de Dessert

El primer restaurante ofrece platos de la cocina francesa e internacional presentados de una manera especial. Local muy joven, lleno de camareros amables y rápidos, es único. El concepto que propone es muy curioso: Los platos del menú tienen nombre de postres y además, están presentados como tales. Sin embargo, son recetas saladas. En este mundo al revés, nos tomaremos un tiramisú como plato principal, hecho de carne picada con capas de puré de patata o un Saint-Honoré, que en realidad es una hamburguesa con bolitas de masa rellenas de queso fundido y una chantilly salada deliciosa. Los "churros" que sirven son una especie de patatas fritas con harina con la perfecta forma de churro. La sorpresa se cierra con la corta lista de postres, que tiene nombres de platos salados. Por ejemplo, podremos acabar la cena con un plato de espagueti boloñesa, que en realidad están hechos de manzana con salsa de fresa. La verdad es que está todo muy bien conseguido, daba la impresión que me estaba comiendo un postre gigante como plato principal. El restaurante vende su interesante libro de recetas a todo color para cualquier interesado en emularlas y sorprender a sus invitados. Este lugar es perfecto para sorprender a alguien o para pasar una velada divertida entre amigos. Diferente a todo lo que hayáis visto antes, y además la comida está buena, es bastante estándar y gustará a todos. 


Les Philosophes

Claro que Privé de Dessert gustará y sorprenderá. Pero si hemos venido a París también es para disfrutar de su gloriosa historia y sus platos tradicionales. Para eso, nada mejor que dirigirnos a unos de los barrios más antiguos de la ciudad, el Marais, donde se encuentra Les Philosophes, histórico restaurante con más de cien años de historia, en el que asociaciones de judíos solían reunirse. De hecho, uno de los que frecuentaba este local fue Trotski en sus visitas a París a principio del siglo XX. Actualmente mantiene su ambiente histórico, con esa decoración tan típica del París de la belle-époque y camareros vestidos con pantalones negros y camisa blanca. A pesar de que tienen una escueta carta, el menú del día cambia siempre y lo escriben en las pizarras ya que preparan siempre comida fresca y orgánica con ingredientes de temporada que compran en granjas y tiendas de París y alrededores. Los platos saben igual que si los hubiéramos preparado en casa. Lo mejor es su relación calidad-precio, una de las mejores que he visto en París. Muy recomendable para vivir la experiencia de un restaurante tradicional parisino sin arruinaros, con comida de calidad y fresca. Tras la comida, un paseo por las callejuelas del Marais para curiosear sus tiendas pondrá el broche a un almuerzo perfecto.

Le MaZenay


Y de la tradición de Les Philosophes pasamos a la innovación de Le MaZenay, un perfecto ejemplo de las recientes evoluciones de la nouvelle cuisine. En un local decorado de forma contemporánea casi nórdica, el chef borgoñón Denis Groison nos brinda un corto menú que rescata las recetas de su región natal usando ingredientes de la temporada casi siempre franceses. De entrante probé el sablé de escargots, una especie de galleta dulce con caracoles salvajes asados por encima y una crema de queso suave casera. De primero tomé un guiso  que llevaba cigalas, crestas de gallo asadas, trozos de carne de cuello de vaca y quenelle de ave (una especie de albóndiga cilíndrica con pasta de sémola, mantequilla, huevos, leche y carne desmenuzada de ave) todo coinado en una salsa muy rica de vol-au-vent deconstruido. El sabor era exquisito y no pude evitar mojar el crujiente pan casero en esta sustanciosa salsa. De postre degusté su famoso milhojas, súper suave y crujiente. Por recomendación de la amable camarera maridé la comida con una copa de un premier Cru blanco borgoñón buenísimo. Gastronomía francesa de mercado con toques regionales de la Borgoña preparada de manera innovadora con un balance de sabores muy acertado.


Le Relais de Venise (son entrecote)

Es cierto que los tres primeros restaurantes que he presentado tienen una carta corta (símbolo de que los platos preparados estarán buenos). Pero es que Le Relais de Venise los gana a todos: aquí no hay carta ya que solo se sirve un menú. El concepto de este bistró es simple: tras esperar unos minutos en la cola (siempre hay gente esperando) os sentarán en una mesa, muy pegado a otros comensales siguiendo la tradición de los bistrots parisinos, y os plantaran una pequeña ensalada de lechugas y nueces aliñada con una mezcla de mostaza y aceite y cubierta de queso parmesano rallado. A la vez, nos preguntarán por como queremos el entrecot (poco hecho, al punto o muy hecho, aunque en francés hay cuatro opciones: bleu, saignant, à point o bien cuit). No hay otra opción de comida. Al poco os traeran un plato lleno de patatas fritas caseras y el famoso entrecot cubierto de su salsa verde secreta. Si os lo acabáis todo (que os lo acabaréis), la camarera volverá y sin mediar palabra os volverá a servir otro entrecot y muchísimas patatas. La carne es de primera y se funde en la boca. Al finalizar, os preguntará si queréis el postre. A mi me gustó pero tampoco es nada del otro mundo. Se trata de un postre que ellos inventaron, le vacherin, una torre de helado, pasta de mashmallows y chocolate derretido. Cuando acabéis, la camarera apuntará lo que haya consumido la mesa en el mantel de papel, hará las sumas allí y os cobrará. El mejor entrecot de París sin ninguna duda. Un plato simple cocinado a la perfección.


Le Bouillon Chartier



Finalmente os propongo otro lugar histórico y además barato. Su historia, precios y carta de paltos tradicionales franceses atraen a multitudes tanto locales como de turistas, por lo que siempre hay que hacer un poco de cola y se recomienda ir un poco antes de mediodía o de las siete de la tarde para no tener que esperar mucho. No aceptan reservas al igual que Le Relais de Venise. Esta brasserie histórica lleva 120 años sirviendo comidas suculentas a precios populares a todos los que acudían a teatros, cines o tiendas de los concurridos grandes bulevares de la rive Droite. Aquí reviviremos el esplendor de los restaurantes masivos de la belle-epoque parisinos con camareros sirviendo en traje y pajarita que toman las órdenes apuntando en el papel de la mesa. El corto pero completo menú parece sacado de una guía de turismo ya que ofrece los platos más clásicos de la cocina gala a precios asequibles: choucroute alsaciana, puerros a la crema, caracoles de Borgoña, boeuf bourguignon, foie gras de pato, costillas de cordero, tartar, terrine, confit de pato... Los postres también están ricos, aunque demasiado azucarados a mi gusto como la famosa mousse de chocolate o la mítica copa Mont-Blanc, a base de crema de castañas con chantilly casero por encima.

La Patisserie des Reves

Por último, y aunque no sea un restaurante, no me resisto a acabar este repaso con un pequeño consejo: algunos de los mejores dulces tradicionales franceses se encuentran en la Patisserie des Reves, una pastelería con sucursales por todo París de aspecto moderno y algo empalagoso. Cúpulas de cristal cubren cada dulce y abunda el color rosa en las paredes y decoración. Los mejores ejemplos de la repostería gala son vendidos aquí, incluyendo mi preferido, el París-Brest, un delicioso círculo de pasta hojaldrada esponjosa (la misma que la de los profiteroles) rellena de una crema dulce de avellanas. Esto lo inventó un pastelero parisino en 1891 en honor al ciclista ganador de la carrera que hace la ruta de París a Brest (en Bretaña). Otros de los dulces ofrecidos son el Saint-Honoré o la tarta de limón y merengue. Además de los pasteles tradicionales, otros dulces cambian con cada estación. Con el calor veraniego, por ejemplo, aparecen los milhojas helados o la tarta de albaricoques. El primer local se abrió en la chic rue du Bac 93 aunque para sentarnos y poder degustar estas piezas maestras in situ nada mejor que el local de la rue de Longchamp 111 que tiene un pequeño salón de té.

Privé de Dessert
Francés original
Rue Lallier, 4. Metro Pigalle

Les Philosophes
Francés
Rue Vieille du Temple, 28. Metro Hotel de Ville
http://www.cafeine.com/fr/philosophes

Le MaZenay
Francés / Borgoñón
Rue de Montmorency, 46. Metro Arts et Métiers

Le Relais de Venise (son entrecote)
Francés
Boulevard Pereire, 271. Metro Porte Maillot
http://www.relaisdevenise.com/

Le Bouillon Chartier
Francés
Rue du Faubourg Montmartre, 7. Metro Grands Boulevards
http://www.bouillon-chartier.com/fr/

La Patisserie des Reves
Repostería francesa
Varias localizaciones
http://lapatisseriedesreves.com/fr/

dijous, 7 de juliol de 2016

Ereván

Se dice de Armenia que tiene la cabeza en Occidente pero el corazón en Oriente. Lo que está claro es que, a pesar de estar a miles de kilómetros del Mediterráneo, el ambiente de Ereván es muy parecido al de Valencia, Marsella o Roma. A pesar de ser el centro político-económico y social de Armenia, la capital tiene un ambiente relajado, casi de ciudad de vacaciones, con sus habitantes paseándose por los arbolados bulevares o tomando algo en alguna de las decenas de terrazas que pueblan la ciudad.

Armenia es el país más pobre del Caúcaso, pero a la vez el más hospitalario. Los armenios siempre guardarán una sonrisa para cualquier situación y ayudarán presurosos en todo lo que alguien necesite. Además, la vida cultural de Ereván es muchísimo más variada que en Baku o en Tiflis. Teatros, cines, exposiciones y mercadillos de arte abundan.

Como os conté en mi anterior post, llegué a la capital armenia gracias a la amabilidad de una armenia residente en Barcelona que se ofreció a llevarme en el coche de su hermano. Mientras esperaba a que mi amiga me recogiera, me metí en la mejor cadena de comida rápida de la ciudad: Karas. En estos locales venden comida tradicional armenia servida al instante. Grandes barbacoas y hornos presiden cada local donde se cocinan los más variados platos. La fuerte influencia rusa, turca, árabe mezclada con ingredientes caucásicos se observa de forma clara. Yo me pedí un borsch, una sopa de remolacha, ajos, hierbas y una crema agria que está buenísima y es originaria de Ucrania.

Aquella noche paseamos por el centro de Ereván, que fue diseñado por el arquitecto Alexander Tamanian, durante los inicios de la República Socialista Soviética de Armenia, en los años veinte del siglo XX. El corazón de la ciudad, de forma circular, bordeado de un alargado parque alrededor de la calle Kanjyan, cuenta con preciosas avenidas y edificios de color rosa construidos con piedras de canteras locales. Muchos de ellos fusionan el utilitarismo soviético junto a motivos y ornamentos medievales inspirados en las formas de los antiguos monasterios armenios. Paseamos a lo largo de la Ópera en plena plaza de Francia y vimos la estatua de Aram Khachatryan, famoso compositor armenio, cuya obra Sabre Dance es la más conocida. En los alrededores de la plaza habían decenas de puestos en los que se vendían rosas recién cortadas. Fuimos a cenar a un restaurante tradicional armenio, el Ararat Hall, donde pedimos khoravats, carnes de diferentes tipos a la barbacoa y jajik, una salsa a base de yogur, pepino e hinojo, entre otras especialidades. El chef salió a recibirnos y nos explicó la filosofía del restaurante: seguir recetas tradicionales armenias con ingredientes locales pero innovando en la manera de presentarlos. 

Al día siguiente nos dirigimos a una de las colinas de la ciudad, la que alberga el memorial al genocidio armenio. No hay nada que llene de mayor alegría a un armenio que un extranjero que tenga interés por el terrible genocidio de 1915, el primero del siglo XX cuando desde el Imperio Otomano se organizó la eliminación del pueblo armenio. A mi me interesaba muchísimo ya que hasta ese momento era bastante ignorante en el tema. Un taxi nos dejó en la cima. Empezamos la visita por el jardín del memorial, lleno de árboles plantados por líderes extranjeros que han aceptado usar el término genocidio y que lo han condenado de forma expresa. Lúgubres canciones tradicionales armenias de melancolía suenan en altavoces instalados por todo el parque. Seguimos hacia el monumento en sí, de la etapa soviética. La URSS construyó una gran columna de cemento hacia el cielo y al lado, doce gigantescas losas de basalto que rodean una llama que no se apaga nunca. Las doce losas representan las doce provincias de Armenia occidental, que se quedó Turquía tras el tratado de paz entre Ataturk y Lenin a finales de la Primera Guerra Mundial. Desde esta colina se aprecian unas vistas maravillosas de la ciudad, especialmente con el enorme monte Ararat, un volcán inactivo con sus dos cumbres perpetuamente nevadas y que fue donde el arca de Noé embarrancó cuando las aguas empezaron a descender tras el gran diluvio.

Finalmente entramos en el museo del genocidio, situado en la colina bajo el impresionante monumento, donde se narra el gran sufrimiento que todo un pueblo pasó hace un siglo. Fotografías, documentos, reportajes de periódicos, películas... a través de diferentes soportes vamos entendiendo la gravedad de lo sucedido. La revolución de los jóvenes turcos organizó de forma sistemática la eliminación del pueblo armenio, tanto físicamente mediante deportaciones, campos de concentración y asesinatos masivos, como intelectualmente, destrozando libros, iglesias y monasterios armenios. Tras la visita comprendí la importancia de comprender esta tragedia. Como bien dijo Hitler cuando preparaba el genocidio judío: ¨Después de todo: ¿quién recuerda el exterminio de los armenios? Es por esto que el gobierno tiene una política para conseguir el reconocimiento del genocidio armenio por el mayor número posible de países. En 2015 la comunidad armenia global celebró los 100 años de la masacre, volcándose la República Armenia en tales conmemoraciones, bajo el símbolo de las flores "nomeolvides" color violeta. Incluso las Kardashian (armenias de origen) y el marido de una de ellas, el rapero Kanye West acudieron al país para conmemorar la fecha de la masacre.

Esa tarde visitamos el centro religioso de la Iglesia Evangélica Armenia: Echmiadzín, al lado de Ereván. A la vuelta paseamos por la elegante avenida del Norte, zona de las boutiques más exclsivas para luego cenar en Yerevan Pandok (la taberna de Ereván), un restaurante muy tradicional donde empecé con una nrane (una sopa de granada) y probé la ishkhan khoravats, una trucha del lago Seván asada acompañada por dolmas de hoja de para y hoja de coliflor con una fresquita cerveza Kilikia, la cerveza de armenia, de un sabor muy suave y agradable.

La segunda mañana la dedicamos a visitar el Matenadarán, el enorme museo de los antiguos manuscritos. La escritura es fundamental en la nación armenia, ya que ha sido gracias a ella que las tradiciones e historia de este pueblo se han mantenido. Grandes estatuas de los primigenios literatos y eruditos armenios, incluido el venerado San Mesrob Mashtots, que se inventó el actual alfabeto armenio, la grafía Grabar, para traducir la Biblia en el año 405. Aquí se guarda una de las mayores colecciones de manuscritos antiguos del mundo. Tuvimos una visita guiada que nos explicó los principales manuscritos expuestos, así como su historia y curiosidades. La historia, la geografía, la filosofía, la gramática ,el derecho la medicina, las matemáticas, la literatura... hay manuscritos de todo tipo que encierran la memoria nacional armenia. Lo que más impresiona de esta exposición a los que no entendemos el alfabeto armenio son las impresionantes miniaturas que decoran los manuscritos. Llaman la atención las miniaturas que se dibujaron durante las invasiones mongolas, cuando los copistas dibujaban a las Vírgenes y Jesucristos con ojos achinados, con la esperanza de que si los mongoles encontraban dichos manuscritos no los destruyeran. La exposición cuenta con el manuscrito más grande y el más pequeño del país, así como de numerosas tapas de joyas o de marfil de gran belleza. Tras bajas las bellas escalinatas que dan a la avenida Mashtots nos dirigimos a comer a uno de los múltiples restaurantes de comida armenia occidental, que sigue recetas de las antiguas provincias ahora en Turquía. Muchas de estas recetas son extremadamente similares a la cocina de Oriente Próximo y de hecho la mayoría de estos locales son regentados por sirios armenios que han ido saliendo de Siria debido a la terrible guerra civil que vive el país. El restaurante que fuimos se llamaba Anteb y me encantó su madzun, una leche fermentada con ajo perfecta para acompañar shish kebab con arroz pilaf al azafrán y el humus. Por la tarde nos dirigimos a visitar el único templo griego en la antigua URSS: Garni, así como el bellísimo monasterio de Geghard, cavado en roca.

A la vuelta nos paseamos por el parque Tamanian, que tiene el nombre del urbanista que diseñó la actual Ereván y cuya estatua mirando planos preside la zona verde. Numerosas terrazas de cafés y restaurantes abarrotan el bulevar. A los pies del parque está la conocida como la cascada en Ereván que consiste en unas escalinatas que remontan la montaña y varias cascadas de agua y fuentes. Toda la zona es una especie de museo de arte contemporáneo al aire libre con obras de los mejores artistas del momento, llámese Fernando Botero o Robert Indiana que me dejaron con la boca abierta. Ereván guarda pequeñas sorpresas en cada esquina... un Love de Indiana, un rechoncho legionario de Botero o una curiosa tienda que solo vende pajaritas originales hechas a mano. Y lo mismo en la escena gastronómica: además de los tradicionales restaurantes de gastronomía armenia oriental y occidental de los que ya hablé, Ereván ofrece una innovadora oferta de lugares modernos fusión, como Tapastán, el restaurante de tapas español en Ereván en el que cenamos mi última noche. Ofrece una colección de seis tablas con tapas que fusionan lo mejor de las recetas e ingredientes armenios e ibéricos con alguna salida de tono italiana (como la tapa de espaguetis a la carbonara). Sartenes de lomo a la almendra, pintxos de tortilla, croquetas caseras de chorizo con salsa de naranja picante... o el lavash (pan tradicional armenio) a la plancha relleno de pimientos y queso manchego. La carta de vinos ofrece lo mejor de las bodegas armenia y española. Por supuesto, pedimos un delicioso vino blanco local que me fascinó. El local es una joya, decorado a la última de forma desenfadada y joven. El restaurante expone también obras de arte, como cuadros y fotografías, que están a la venta. El ambiente es genial, con una mezcla de jóvenes locales y expats que le dan mucha vidilla. Esa noche de sábado se celebraba el festival de Eurovisión en Suecia, por lo que nos dirigimos a un bar, el 007, en donde lo emitían en directo en una pantalla gigante. Por supuesto, los comentarios eran en armenio pero que le vamos ha hacer, fue curioso verlo desde este extremo de Europa. Había bastante expectativa por parte de los locales que veían posibilidades de ganadora a su bella representante. Sin embargo, ganó Ucrania, para gran sorpresa y decepción de todos, especialmente de los armenios, que se conocen por ser pro rusos. Mientras veíamos el show una simpática camarera nos sirvió un chupito de dudu, un licor servido con pimienta super picante. El único problema de la noche fue el hecho que todo el mundo fuma dentro de los lugares y esto me hizo muy desagradable la estancia... al igual que en Tiflis.

Antes de tomar mi bus de vuelta a Georgia para tomar mi avión a París, pasamos la mañana del domingo en el conocido como vernissage, un mercadillo al aire libre de productos tradicionales armenios y souvenirs que tiene recuerdos para todos los gustos, como por ejemplo los colgantes con el símbolo armenio de la eternidad tallados en madera. O las "narices armenias" talladas en maderas nobles para sujetas las gafas cuando nos las quitamos. Por supuesto también hay recuerdos kitsch y otros algo atrevidos, como las banderas de Nagorno-Karabaj, que por cierto Eurovisión prohibió exhibir en su polémica lista de banderas vetadas este 2016. Finalmente entramos a la maravillosa galería nacional de Armenia en la imponente plaza de la República. La visita guiada nos parará en los elementos fundamentales del museo, que recorre la historia de armenia a través de objetos, restos arqueológicos y obras de arte, donde destacan antiguos carros prehistóricos, Vírgenes talladas en piedra o cuadros espectaculares de pintores armenios que los elaboraron en el exilio. 

Ereván es una ciudad sumamente agradable, llena de locales originales a buenísimos precios, ofreciendo comida o productos de gran calidad. Pasear por sus arbolados bulevares, visitar sus museos o disfrutar de su animada noche es una maravilla. La simpatía de sus habitantes harán que os sintáis como en casa en esta dinámica urbe tan orgullosa de su historia y que se sabe responsable de encabezar a la nación armenia. 

divendres, 24 de juny de 2016

Haghpat & Sanahin

El último país del Cáucaso que visité fue Armenia, que es el menos desarrollado y más pro ruso pero a la vez el más hospitalario de la región. Llegué hasta allí en una marshrutka, los famosos mini-buses que recorren las antiguas repúblicas soviéticas. Para ir a Armenia desde Tiflis es necesario acudir hasta la estación de autobuses de Ortachala en la capital georgiana. Tratad de ir temprano por la mañana porque luego los mini-buses dejan de salir hasta el día siguiente.

La llegada a Armenia fue accidentada: en la frontera entregué el pasaporte al oficial del Ejército armenio y lo abrió justamente por la última hoja, aquella en la que estaban mis visados de entrada y salida a Azerbaiyán, país con el que están actualmente en guerra No os podéis imaginar los ojos que puso. El caso es que me retiraron el pasaporte y me pidieron que esperara. Después me llevó ante su superior que me empezó a hacer preguntas y que incluso me pidió el teléfono de mi amiga armenia que me iba a alojar para verificar que mi historia era verdadera. Finalmente me dejó continuar mi viaje estampando un sello armenio en la primera página, al lado de los de Georgia.

Tras una hora más de viaje me paré en la localidad de Alaverdi, para poder visitar los monasterios de Haghpat y Sanahin, construidos uno frente al otro, pero alejados por espectaculares montañas y valles. No es difícil imaginar que son patrimonio de la humanidad UNESCO y que por eso estaban en mi recorrido. Al bajar, tomé un taxi que por pocos euros me hizo un tour. Situados en la región de Tumanian, los monasterios fueron importantes centros de difusión cultural en el período de prosperidad de la dinastía Kiurikian, hace unos mil años.

Empecé mi visita por Sanahin, que fue famoso por su escuela de caligrafía e iluminaciones, y que además es el más antiguo de los dos. El monasterio se construyó alrededor de dos iglesias, una dedicada a la Madre de Dios y la otra al Salvador. Ambas tienen una estructura de una cúpula central alrededor de la cual hay cuatro ábsides. Además, en sus entradas hay una especie de grandes porches cubiertos llamados gavits. También hay una capilla dedicada a San Gregorio, un campanario y varios claustros. Pero lo que más me llamó la atención fueron la academia y la biblioteca. La academia, situada en una galería entre ambas iglesias, es un espacio rectangular con arcos a ambos lados y espacios entre ellos donde los alumnos se sentaban mientras el profesor explicaba diversas materias paseando por el pasillo. La biblioteca, construida por orden de la reina Hranuc, cuenta con diversas estanterías excavadas directamente en la piedra del muro decoradas con bellas cenefas talladas. Un circulo central en el techo deja entrar la luz. Sorprenden los agujeros en el suelo: es aquí donde se escondían libros y legajos en caso de ataques persas o mongoles. Se ponían encima losas y así nadie podía encontrarlos. De esta manera, los armenios consiguieron mantener su escritura y tradiciones durante siglos. Actualmente solo quedan estelas en piedra, normalmente funerarias, ya que los libros se han trasladado todos en el Matenadarán de Ereván, una de las bibliotecas de manuscritos más grandes del mundo. Los libros y el alfabeto armenio, como aprendí en este viaje, fueron un elemento central en la conversación de la consciencia de ser un pueblo que los armenios siempre han tenido.

El taxi me dejó después en Haghpat, situado en una alta meseta, en la parte que da a una ladera, frente a Sanahin pero separados por un profundo valle. Su situación le permite ocultarse de ojos curiosos, algo fundamental en una época en la que las invasiones e incursiones de diferentes pueblos eran habituales. La estructura arquitectónica de la iglesia principal de Haghpat es de una cúpula sostenida por cuatro impresionantes pilares, diferente a los ábsides de Sanahin. Los pilares están decorados con los símbolos de los cuatros evangelistas: el león, el ángel, el águila y el toro. También cuenta con una biblioteca, más grande que la de Sanahin, donde cada estantería tiene arriba un relieve que indica los tipos de libros que contenía: medicina, química, teología, gramática, historia, matemáticas... Haghpat es mucho más grande e impresionante que Sanahin. Los relieves se conservan mejor e incluso se pueden ver algunos frescos, como el Cristo pantócrator de la iglesia. La experiencia aumenta cuando entramos en los diferentes edificios y escuchamos a pájaros y murciélagos que han hecho de este monasterio su hogar. Uno se siente en una especie de ciudad perdida. Además, el paisaje desde aquí es impresionante, os dejo que lo juzguéis vosotros mismos en las fotos. Es una bendición que no haya apenas turistas, la experiencia es muchísimo más satisfactoria.

Finalmente, mi taxista me llevó a un restaurante de carretera enorme que parecía estar especializado en turistas. Por algo menos de cinco euros comí un menú completo con una ensalada de hierbas de todo tipo, tomates y pepinos, una humeante y sabrosa sopa, una especie de cerdo a la barbacoa, diferentes panes, agua y café. En el resto de las mesas, un ruidoso grupo de turistas portugueses jubilados daban buena cuenta de la comida armenia. Su guía, una armenia joven que hablaba algo de castellano, intentaba comunicarse con ellos sin mucho éxito. Comí con ella y me dio algunos buenos consejos sobre qué visitar. Tras despedirme, me dispuse a buscar un mini-bus que me llevara a Erevan. Empezó a chispear mientras recorría con mi mochila una carretera en el fondo del valle. El paisaje era bastante feo por ese lado, con un río jalonado de bloques de viviendas grises de estilo soviético y una gigantesca fábrica de productos químicos instalada por los rusos que ya apenas funciona. Pero la suerte no me abandonó: me acerqué a una gasolinera que tenía un cartel de WIFI para orientarme con la gran casualidad de que allí estaban repostando un armenio y su hermana, que casualmente vivía en Barcelona y estaba de visita. Tras charlar un poco me ofreció llevarme a Ereván con ellos. Tuvimos una larga e interesante conversación mientras recorríamos los espectaculares paisajes verdes, con ríos rebosantes y gigantescas montañas cuyos picos estaban nevados a pesar de ser ya en abril.

Dedicar una mañana a visitar Haghpat y Sanahin vale la pena, ya que ambos conjuntos representan el apogeo de la arquitectura religiosa armenia y en ellos confluyen elementos de arte bizantino y técnicas de construcción autóctonas. Sobra decir que los paisajes de esta región de Armenia son espectaculares.

dissabte, 11 de juny de 2016

Miskheta & Gori

La capital espiritual de los georgianos

Desde Tiflis hay dos excursiones de un día fáciles de hacer: Miskheta y Gori. Una la hice en coche y la otra en taxi y marshrutka. La primera fue a la antigua capital del reino de Georgia, Miskheta, clasificada además como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En un valle rodeado de altísimas cimas, justo en la confluencia de los ríos Aragvi y Mtkvari, se encuentra Miskheta, a solo 20km de Tiflis. Desde aquí se proclamó la religión cristiana como oficial en el reino, en el 337, siendo la segunda vez (tras Armenia) que eso acontecía en el mundo. Es por eso que Miskheta sigue siendo la sede de la Iglesia Ortodoxa y Apostólica de Georgia.

Miskheta aloja ejemplos excepcionales de la arquitectura religiosa medieval en el Cáucaso, mostrando el alto nivel alcanzado por las artes y la cultura georgiana. Nuestra visita empezó en lo alto de la colina de Jvari, para visitar el monasterio de la Santa Cruz. Este edificio es muy popular para bautismos y aquel día, 12 de mayo, había varios. Era San Andrés, día festivo en Georgia, que celebra el día del apóstol que fundó la Iglesia Ortodoxa y uno de los primeros evangelizadores de estas tierras. El caso es que familias engalanadas con las vestimentas tradicionales presentaban a sus bebés a la Iglesia georgiana. 

El interior del monasterio es semi oscuro y olía fuerte a incienso. Decenas de iconos cubrían sus paredes, destacando el de Santa Nina, una grecorromana cristiana que convirtió a los reyes de Georgia al cristianismo en el 337. Esta santa fue la única superviviente de las 35 monjas cristianas asesinadas por el rey armenio Tiradates III. Consiguió escapar y además, evangelizar Georgia. Toda una proeza. Santa Nina colocó una cruz de madera en los restos de un antiguo templo pagano. Atraídos por los milagros que realizaba esta cruz, decenas de peregrinos comenzaron a llegar a Jvari y es por eso que se acabó construyendo una iglesia y un monasterio. La iglesia, de cuatro ábsides, fue toda una novedad para su época, y se convirtió en modelo para la construcción del resto de iglesias del país. Bajo de cada icono hay bandejas llenas de arena donde los fieles ponen delgadas velas tras rezar sus oraciones, siempre de pie. En las iglesias ortodoxas nunca hay sillas.

Desde la colina, la panorámica de Miskheta en el fondo del valle, las montañas y los dos caudalosos ríos fusionándose en uno es impresionante. Habían variadas paradas de recuerdos georgianos donde me probé uno de los típicos sombreros de invierno que solían llevar los locales (y que a mi me recuerda poderosamente a una peluca rubia). Mi amiga, como muestra de hospitalidad, me regaló un cuerno tradicional donde beber el vino georgiano.

Una catedral, churchkhela, khinkalis y lobio

Bajamos ya a la ciudad propiamente dicha y callejeamos hasta llegar al complejo amurallado de la catedral de Svetitskhoveli. La impresionante iglesia se construyó encima de otra, de la cual se mantienen algunas partes en el interior. Los bellos relieves así como los efectos del sol entrando a través de los ventanucos me dejaron fascinado. El nombre de la catedral significa, en georgiano, "el pilar que da la vida" y se basa en una leyenda sobre un pilar que flotaba en el aire y que Santa Nina bajó tras pasar una noche rezando. En uno de los templetes de la catedral se supone que están enterradas las ropas que visitó Jesús antes de ser desnudado y crucificado. La importancia de esta iglesia para los georgianos es, por tanto, fundamental.

Volvimos a pasear por las agradables calles del centro histórico de Miskheta, restauradas y llenas de tiendas de productos tradicionales y terrazas donde degustar los vinos y gastronomía georgiana. Los puestos que mas me llamaban la atención (y que ya había visto en Tiflis y en las carreteras) eran los que vendían churchkhela, una especie de guirnalda de nueces cubiertas de una especie de caramelo de diferentes tonos marrones a base de zumo de uva. Las tenían colgadas como si fueran longanizas. Nadie dirían que son dulces. Compré varias para probarlas. El padre de mi amiga me invitó a una degustación/chupitos de diferentes chachas (licor a base de uva, el llamado vodka de uva georgiano) como apertivo. 

Para comer, fuimos en coche hasta un restaurante enorme especializado en comida local, construido en madera y piedra. La familia de mi amiga pidió diferentes platos por mi. Empezamos con una bandeja de khinkali, unos raviolis gigantes (cada uno ocupa una mano entera) rellenos de carne picada especiada con un jugoso caldito que hay que beber tras el primer mordisco para evitar mancharse. La comilona incluyó también el contundente lobio, que es un ragout pastoso de habichuelas especiadas y cocinadas con hierbas en potes de terracota que me encantó. Por supuesto, regamos todo con un excelente vino tinto local. Podéis imaginaros el sueño que me entró tras tamaño banquete.

En la ciudad natal de Stalin

La segunda excursión desde Tiflis la hice por mi cuenta. Me fui a la ciudad de Gori, hacia el oeste, donde nació el temido Stalin. Para llegar hasta allí hay que salir desde la estación de Didube en Tiflis. Aquí encontraréis las tradicionales marshrutkas o mini vans o los taxis colectivos. Estad atentos y tratad de ver que choferes gritan "Gori, Gori" para subiros en el taxi. Una vez está lleno, el chófer saldrá raudo hacia la ciudad. Gori se encuentra cerca de la frontera con Osetia del Sur, una región georgiana independentista que fue ocupada por Rusia en 2010 con la excusa de restablecer la paz. Es por eso que la economía local se encuentra algo estancada. Los turistas llegan aquí no obstante atraídos por su atracción más visitada: el Museo Stalin.

Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, apodado por su amigos como Stalin, dictador soviético desde 1924, gobernó con mano de hierro la URSS durante más de 25 años. Este museo narra su vida con especial atención a la infancia y juventud del georgiano más poderosos de la historia. Hijo de un zapatero alcohólico, fue animado a la carrera religiosa por su devota madre. Stalin ingresó en el seminario de Tiflis cuando tenía 20 años. No obstante, pronto dejó la Iglesia por la lucha revolucionaria, uniéndose a los bolcheviques en Georgia, atacando camiones del zar para abastecer de armas al partido o redactando, imprimiendo y distribuyendo periódicos ilegales en defensa de los derechos de los trabajadores y contra las políticas represivas del zar y su terrible policía política, la Orjana. En 1913, Stalin fue arrestado y deportado a Siberia, de donde salió en 1917, volviendo a Petrogrado justo cuando se estaba consumando la revolución de febrero, inicio de su ascensión al poder de la mano de su colega Lenin.

Son muchos los que en Gori, y en toda Georgia, aún admiran a su paisano más poderoso. Sin embargo, la decidida política pro occidental del gobierno y de la juventud georgiana forzaron la retirada de la última estatua del dictador que quedaba en el país, situada en la plaza mayor de Gori. En 2010, durante la noche y con protección policial, varios operarios la retiraron y guardaron en un almacén gubernamental. En todo caso, el museo no intenta ser objetivo ni mucho menos. Es toda una oda al jerarca, su carrera y sus obras. En definitiva, un homenaje al georgiano más poderoso del siglo XX. Sin embargo, mi guía, un joven simpatizante con ciertos aspectos del stalinismo, fue exquisitamente objetivo, resaltando los elementos positivos del dictador, pero también los negativos, y hablando de forma completa acerca de las purgas, los Gulag o el pacto con Hitler de 1939. Alguna de las historias que no conocía de Stalin es que su hijo mayor, miembro del Ejército Rojo, fue capturado por los nazis durante la II Guerra Mundial. Los generales nazis ofrecieron a Stalin la devolución de su hijo a cambio de un general nazi prisionero de los soviéticos. Stalin se negó en redondo, afirmando que no podía cambiar a un soldado raso por un general, y que él consideraba a todos los soldados del Ejército Rojo como a sus propios hijos/

Un pieza curiosa de la exposición es el testamento de Lenin, en el que indicaba su negativa a que Stalin tomara las riendas del partido, ya que lo consideraba sediento de poder y envidioso. Los esfuerzos de los gerentes del museo por mantenerlo y a la vez, aumentar su calidad y objetividad, son bastante notables en todo caso. Me impresionó que en una de las salas se encuentra una de las ocho máscaras metálicas que se hicieron de Stalin justo después de su muerte. Está situada en mitad de un pedestal con un banco circular alrededor y da un poco de cosa.

La última parte del museo es la colección de regalos que recibió Stalin a lo largo de su vida (y que aún recibe como homenaje póstumo) de diferentes dirigentes mundiales o de otros bolcheviques. De los pocos que aún envían regalos son los chinos y los norcoreanos, ya sea vasijas con la efigie del dictador o tapices de seda con su cara, además de flores constantes para sus estatuas. La visita acaba con la visita a una reconstrucción de su primer despacho del Kremlin, con los muebles originales, cajas de cigarros o vasos. La parte del museo dedicada a la represión stalinista es muy pequeña y no fue explicada por mi guía. Lo que si me explicó largo y tendido fue como los que rodeaban y adulaban al dictador, entre ellos el sangriento general de la KGB Beria, o el que sería sucesor de Stalin dirigiendo la URSS, Jrushchev, fueron los directos responsables de las matanzas y purgas, y no Stalin per se.

Casas natales, vagones y refrescos verde fosfi

En el exterior hay un templete neoclásico que cubre la humilde casa en la que nació Stalin, donde sus padres alquilaban una habitación. Esta mantiene su localización original. Allí vivió los cuatro primeros años de su vida y se pueden ver las escalinatas para bajar al taller de su padre, o el humilde interior de la casa. También en el jardín se encuentra el vagón personal de Stalin con el que se desplazaba a lo largo de la URSS. Este vagón blindado fue originalmente propiedad del zar Nicolás II. Stalin odiaba volar y por eso lo utilizó para llegar en tren y asistir al Congreso de Yalta de 1945. De hecho, Stalin solo tomó avión una vez en su vida: para asistir a la Conferencia de Teherán. Fue en su tren hasta Baku y allí tomó un avión hasta la capital iraní. El tren cuenta con bañera e incluso uno de los primeros aires acondicionados (fabricado en Azerbaiyán) que refrescaba la zona del vagón dedicada a comedor/sala de reuniones. Sólo se puede visitar con guía y la entrada se paga aparte. Mi conversación con el guía acabó en el proceso de desestalinización liderado por Jrushchev. La retirada de la tumba de Stalin del mausoleo de la plaza Roja, donde ahora solo está Lenin se puede ver en una maqueta del museo.

Salí del museo turbado por la profunda conversación y por todo lo que había aprendido. Me di una vuelta por la anodina ciudad, llena de edificios grises y aburridos, al más puro estilo comunista. Vi desde lejos el castillo de Gori, situado en una colina. Como tenía bastante hambre volví frente al museo, donde estaba el único restaurante abierto del ciudad. Pedí una sopa con mini khinkalis, una trucha al horno y agua de Lagidze, un refresco georgiano de estragón, color verde fosfi, inventado por un farmacéutico de Kutaisi. De hecho, en Tiflis tuve la oportunidad de probar su otro sabor más popular: el de chocolate y crema. La vuelta a la capital georgiana la hice en marshrutka, más incómoda que los taxis. El problema era que estos no se llenaban, y si no se llenan, no salen a no ser que se pague el precio total de la carrera.  

dimarts, 7 de juny de 2016

Tiflis

En el fondo de un valle

Georgia es muy diferente a Azerbaiyán. No sólo en lengua y religión mayoritaria, sino sobretodo en su economía y sociedad. Mientras que el turismo en Baku es una actividad marginal, siendo la verdadera fuente de riqueza el petróleo y el gas, en Tiflis el turismo es clave. Decenas de tiendas de recuerdos se agolpan junto a casas de cambio, hostels, cafeterías y restaurantes. Mochileros recorren sin descanso las callejuelas del viejo Tiflis y la mayoría de sus habitantes tiene conocimientos básicos de inglés.

Tras cruzar la frontera noreste del país, llegué a Tiflis en taxi. Desde allí me recogió mi amiga, que me llevó hasta su apartamento, situado en la arbolada calle Paliashvili. Tiflis se encuentra a lo largo de un valle, construida a las dos orillas del río Kurá. Altas sierras rodean la ciudad cubiertas de frondosos bosques, fruto de un masivo repoblamiento de árboles llevado a cabo por las autoridades soviéticas. Según la leyenda, Tiflis se fundó por el rey georgiano Vakhtang I Gorgasali, cuando vio como su halcón, y el faisán que había cazado, caían a las aguas termales cercanas y se escaldaban. Impresionado por estas aguas fundó aquí una ciudad, que llamó "Agua Caliente" o Tpili en georgiano. Una gran estatua de este rey junto a una de las iglesias más antiguas se encuentra en la orilla izquierda del Kurá.

Callejeando Narikala

Mi primer contacto con Tiflis empezó por Narikala, el viejo distrito medieval, corazón de la ciudad, de callejuelas empinadas, casas con balcones de madera y hierro forjado, plazoletas llenas de plantas, vetustas iglesias, sinagogas y decenas de cafés y bares. El barrio de encuentra situado bajo la fortaleza de Narikala, adonde subimos con el moderno teleférico. Desde allí, las vistas de la ciudad son preciosas. Se puede apreciar la modernísisma nueva zona construida en la ribera opuesta del Kurá, destacando el parque Rike con el ondulado puente de la paz (símbolo del Tiflis del siglo XXI) o los dos cilindros metálicos gigantes que, se supone, iban a acoger el nuevo auditorio de la ciudad, pero que siguen vacíos. Desde el castillo vi de cerca la gigantesca estatua soviética conocida como Madre Georgia, en la que una mujer, que representa a la nación, ofrece un bol de vino con una mano, representando la hospitalidad georgiana para con los amigos, mientras que con la otra sostiene una gran espada, simbolizando que Georgia está siempre lista para defenderse de los enemigos.

Bajamos de la fortaleza y nos internamos por las animadas calles peatonales de Narikala, llenas de terrazas y gente paseando, para dirigirnos a cenar a un moderno café llamado Moulin Electrique, donde sirven cocina de mercado a precios más que bajos pero de una gran calidad. Sopa de calabaza y mtsvadi (un pollo a la barbacoa hecho a la manera georgiana) fueron mis elecciones. Para beber pedimos vino blanco local. Los georgianos claman ser el primer pueblo que destiló vino en la historia de la humanidad, aunque recientes excavaciones arqueológicas podrían señalar que en realidad fue en Armenia donde se "inventó" el vino. En cualquier caso, el vino georgiano es delicioso. Continuamos nuestra conversación en un agradable apartamento privado reconvertido en un lounge muy cool en la plaza Lado Guilashvili. Un pianista nos deleitaba con sus notas mientras nos fumamos una arguila. Las ventanas del local estaban abiertas de par en par y por ellas entraba una agradable brisa nocturna. 

La avenida Rustaveli

Al día siguiente me dediqué a pesar por la avenida más famosa de la ciudad, la bulliciosa Rustaveli, diseñada por urbanistas inspirados en las reformas del barón Haussmann. Aquí se encuentran muchos de los principales edificios de la ciudad, empezando por el neobizantino Teatro Nacional, el antiguo parlamento (en el que aún se ve la marca de donde estaba el emblema de la hoz y el martillo rodeada de espigas y laureles, o algunos museos. La avenida acaba en la plaza de la Independencia, presidida por una gran estatua dorada de San Jorge matando al  dragón en lo alto de un pilar. Abuelitas vendían todo tipo de comidas en paradas improvisadas mientras que apresurados trabajadores se mezclaban con estudiantes de las facultades cercanas.

Me metí en el Museo de Georgia para profundizar en mi conocimiento del país, empezando por el sótano, donde se encuentra el tesoro arqueológico, mostrando obras de arte en oro, plata y joyas de épocas previas a la llegada del Cristianismo. La colección se completa con muestras de monedas de todo tipo. El piso de arriba acoge una exposición sobre la ocupación soviética con muchos detalles sobre la creación de la primera república georgiana (aprovechando el vacío de poder tras el derrumbe revolucionario del Imperio ruso zarista), centrándose en la represión y la resistencia a la invasión de la nueva URSS, con una narrativa muy patriótica que ensalza la creación de la primera república georgiana y la enlaza con la recuperación de la independencia tras el derrumbe soviético. El museo también acoge una modesta colección de obras de arte mundial entre las que se encuentran dos estatuas de monos egipcios, un sarcófago o cuadros de arte japonés del siglo XIX.

Funicular y khachapuri

Esa noche cenamos en uno de los restaurantes del complejo del funicular de Tiflis, en lo alto. Se trata de Puri Giuliani, especializado en el delicioso khachapuri, una especie de barca de pan crujiente rellena de huevo, mantequilla fundida y queso derretido. Me encantó como algo tan sencillo puede alcanzar altos niveles de excelencia y perfecta mezcla de texturas. Para beber pedimos agua de Lagidze, un refresco georgiano inventando por un farmacéutico de Kutaisi cuyos sabores más populares son el de chocolate y crema o el de estragón (que probé en Gori). Las impresionantes perspectivas nocturnas de la ciudad desde la terraza son perfectas para degustar productos tan georgianos.

La mañana siguiente la dediqué a visitar algunos de los grandes nuevos proyectos de Tiflis: la enorme catedral, el moderno y acristalado palacio presidencial, el parque anexo al puente de la paz o el palacio de los servicios públicos, el gran ejemplo de modernización de la administración georgiana, que ha conseguido que muchos trámites ahora se hagan en un único lugar y en una única ventanilla. La nueva catedral es gigantesca por fuera. Por dentro aún hay trabajos para acabar de pintar los diferentes iconos. Tan magna construcción fue financiada por el multimillonario y ex primer ministro Ivanishvili, cuya estrambótica y acristalada mansión se puede ver desde diferentes puntos de la ciudad ya que se encuentra situada en la ladera cercana a la gran estatua de la Madre Georgia. Por último, mencionar que la avenida más bonita de la ciudad es la de Davit Aghmashenebeli, recientemente renovada y jalonada de bellísimo edificios burgueses art-deco, cafés y tiendas.

Chacha y termas

Esa noche la familia de mi amiga me ofreció una comilona casera. Los georgianos consideran a un invitado como una visita del mismo Dios, y por eso su hospitalidad es milenaria. De entrante, comimos badrijani nigvzit, lonchas de berenjena al horno rellenas de salsa de nuez y ajo coronada por pepitas de granada. Deliciosas. El tkemali, la salsa casera que cubría el pollo y las patatas me enamoró. Le llaman el ketchup de los georgianos. Este tkemali era casero. El ingrediente principal son unas mini ciruelas ácidas con especias como el eneldo, el ajo o el cilantro. Pero lo mejor eran los brindis, comunes en las comidas georgianas. Además del vino o refrescos, siempre hay cerca una botella de licor casero a base de uva, llamado vodka de uva o chacha, con un sabor delicioso pero bastante fuerte. Cada brindis se dedica a algo o a alguien y el que lo propone debe hacer un pequeño discurso. Y cuando el discurso acaba, todos gritan "Gaumarjos!" antes de beberse el chacha de un trago.

Tras la cena y achispados salimos por los locales de alrededor de la plaza de la Revolución de las Rosas, para ver el ambiente nocturno, bastante variado y hipster, con mucho donde elegir. El único pero es que todo el mundo fuma en el interior de los locales, dejando en mi ropa y pelo un desagradable olor permanente a nicotina e irritando mis ojos. Fue como volver a mi etapa de adolescente en Valencia. La omnipresente publicidad de los cigarrillos (asociando fumar a una vida deportiva y sana) y su bajo precio favorecen el tabaquismo. Georgia tiene aún un largo camino por recorrer en este tema.

Finalmente, me despedí de la ciudad con una relajante sesión en sus termas, que a la postre dieron origen a Tiflis, tanto físicamente como a su nombre. Las termas guardan un cierto encanto decadente y están separadas por amplias salas con grandes piscinas y duchas que puede reservarse por grupos. Dicen que estas aguas, tan calientes como pestilentes, tienen efectos curativos y preventivos, así que me sumergí un buen rato en ellas.

Tiflis es una ciudad diferente, reinventándose todos los días, con obras y reformas por todo lado. A pesar de sus grandes problemas de tráfico, hay muchos barrios agradables de bulevares arbolados que vale la pena recorrer. Tiflis no impresiona por sus grandes monumentos pero os dejará huella la hospitalidad sin rival de sus habitantes.


dimarts, 31 de maig de 2016

Sheki

Llegada en tren

Los andenes estaban mla iluminados y sólo un tren, de color verde oscuro y aspecto recio, esperaba a salir. El tren, manufacturado en la época soviética, era atendido por azafatas que parecían más bien funcionarias del registro civil. Algo malhumoradas nos repartieron a todos los camarotes bolsas con sábanas limpias que tenían los emblemas de la compañia nacional de ferrocarriles azerí. Así empezaba mi excursión al frondoso interior de Azerbayán, mi primera vez en las sierras del Caúcaso. Los vagones eran básicamente estrechos pasillos con varios compartimentos en los que cabían cuatro personas en cada uno, en cuatro literas más o menos cómodas. En los extremos de cada vagón habían sendos servicios mucho más limpios de lo esperado pero bastante malolientes e incómodos. A pesar de estar estrictamente prohibido fumar, numerosos pasajeros desobedecían tal prohibición y pagaban a las azafatas-burócratas el equivalente a 4 cuatro euros de multa. Aún hay mucho por hacer en el Caúcaso en la lucha contra el tabaquismo.

La suave cadencia del tren al avanzar por las vías mecía mi sueño, solo interrumpido cuando el tren frenaba más o menos bruscamente. De repente, a las siete de la mañana, mis amigas me despertaron instándome a prepararme. Llegábamos a la estación de Sheki. Medio vestido, a trompicones, con frío y despistado, "aterricé" en la solitaria estación, donde solo habían un par de taxistas. El lugar estaba algo alejado del centro de la ciudad. El taxista nos llevó sin pedírselo a un sitio bastante cutre donde se servían desayunos bastante simples: ensalada azerí, panes de todo tipo y huevos fritos en sartencitas individuales. Resumiendo, una llegada a Sheki nada triunfal. Sin embargo, el espectáculo de la neblina cubriendo los bosques y las primeras cimas caucásicas suplieron cualquier incomodidad. Un gran cartel con la efigie de Heydar Aliyev presidía una de las plazas de la ciudad.

El Palacio de los Khan 

Tras el desayuno nos dispusimos a caminar por la ciudad, más grande de los que me esperaba. Remontamos la calle paralela al riachuelo que cruza la urbe. En mitad de montañas cubiertas por frondosos bosques verdes, Sheki se sitúa en un cruce de antiguas rutas comerciales entre Europa y Asia. Además, fue un importante punto de manufactura de la seda. Eso la hizo grande e influyente. Aún quedan testimonios de dicha época de esplendor, empezando por el bellísimo palacio de los Khan, situado en el interior de la antigua fortaleza de Nukha.

Esta fue nuestra primera visita. Realizado en el siglo XVIII, este palacio muestra un conjuntos de salas bellamente decoradas, testimonio de la refinada vida que los dirigentes de la zona llevaban. La antigua residencia de verano, restaurada, es la única estructura en buen estado que queda del antiguo complejo de palacios y edificios gubernamentales. La fachada exterior rebosa azulejos y algunos espejos. La visita solo puede hacerse guiada, y comprende tres salas en el primer piso y tres salas en el segundo. El primer piso tiene en la sala central una apacible fuente interior que permitía debates entre miembros del gobierno y visitantes guardando cierta privacidad ya que las conversaciones no se podían escuchar desde el exterior debido al sonido del agua. El techo está cubierto por enormes espejos que acentúan la sensación de amplitud. Otra de las salas más bellas es la del gabinete del rey, donde preciosos frescos muestran representaciones de animales y plantas relacionadas con la monarquía o el arte de gobernar. Por ejemplo, las granadas simbolizan el poder real. O los dragones escupiendo flores por la boca, símbolo del balance que un rey debe observar entre la fuerza y la clemencia. Impresionantes imágenes de batallas con cientos de hombres enfrentan grandes cristaleras de colores realizadas en cristal de Murano. Sin duda, un edificio con decoraciones muy diferentes a todo lo que hayáis visto antes. 

Mientras esperábamos a la guía (que por cierto fue demasiado rápida y sin poner mucha pasión en su trabajo) me compré un gorro típico turco. Quería uno azerí pero, en opinión de mis dos amigas, no me quedaba tan bien. 

Probando el piti y la halva

Tras la visita, como el hambre apretaba, nos dirigimos a almorzar algo pronto: engullimos un contundente piti. Se trata de un guisote campestre de carne de cordero deshuesada, garbanzos, patatas, tomates y azafrán que se come en dos partes. El piti se cocina en  potes de barro y es muy típico en Sheki. Lo primero que debemos hacer es cortar trozos de pan y ponerlos en nuestro plato sopero. A continuación, salpimentar con sumac, unas bayas desecadas de color rojo que dan un sabor muy especial. Una vez hecho esto, rociamos todo con el caldo del piti, quedándonos una sopa humeante que hizo las veces de entrante. Y vaya que entró bien, perfecta para contrarrestar el fresquito de aquella mañana en mitad de las montañas. Cuando nos la acabamos, volcamos el resto del piti al plato, salpimentando todo de nuevo con sumac, y devorándolo. Nos lo comimos en un restaurante con vistas llamado Gagarin, en honor al primer hombre en el espacio, Yuri Gagarin, todo un héroe de la antigua URSS. Identificaréis el restaurante porque hay un cohete dibujado. Este restaurante sirve uno de los mejores pitis de Sheki, según los entendidos en gastronomía de Baku.

Satisfechos, mis amigas me acompañaron para instalarme en la casa donde me quedaría esa noche. Me alojaban un amable matrimonio de azerís jubilados, que tenían sus gallinas y su huerto. Allí, por algo menos de 10 euros tenía una habitación cómoda para mi solo y el desayuno incluido. Mi curiosidad era como me iba a comunicar con ellos una vez mis amigas partieran de vuelta a Baku. En cualquier caso, dejé allí mi mochila y proseguimos la visita.

Nos dirigimos al antiguo caravansar, donde los comerciantes que iban y venían de los diferentes lugares de la ruta de la seda paraban a descansar e intercambiar bienes. Ahora es un hotel modesto, que aún conserva la antigua distribución, en forma de claustro, con las habitaciones semi soterradas. En una de las antiguas tabernas se puede ahora celebrar una especie de ritual del té sentando en cómodos almohadones en el suelo alrededor de una mesa baja. En el verde jardín, los comerciantes solían dejar sus camellos y caballos.

Bajando la empinada calle junto al riachuelo que habíamos remontado antes encontramos el local comercial más famoso de la ciudad: Elihmed Shirinyyet, donde desde hace décadas una familia elabora cientos de halvas cada día. Redondas y enormes, las halvas de Sheki se preparan con nueces, otros frutos secos, mantequilla, azúcar y especias. Está decorada por arriba con líneas de color rojo hechas con azafrán y para acabar le tiran por encima un pastoso sirope muy rico. Sólo se elaboran en esta ciudad azerí, por lo que no sólo hay que probarlas, sino que deberéis comprar un par de cajas para llevar y regalar a amigos o familia a la vuelta. Hicimos cola más de media hora: la gente llegaba sin parar llevándose cajas y cajas de halva de Sheki. También vendían una especie de churros más fritos de lo común y cubiertos de una crema que nos gustaron.

Un vetusto hammam 

Como ya no había mucho más que hacer decidí visitar el antiguo hammam conocido como Abduxaliq. Ya había estado en un baño turco durante mi visita a Estambul, por lo que me apetecía repetir. Estos antiguos baños públicos del siglo XVIII siguen abiertos y ofrecen los típicos servicios de un hammam turco aunque bastante anticuado. Las dos grandes salas (fría y caliente) contaban con sendas cúpulas. La sauna, minúscula, estaba llena de tuberías del siglo XIX. Allí, en mitad de la gran sala caliente, el masajista deshizo todos mis nudos musculares "a la turca", es decir a lo bestia. Pero vaya, se me quedó la espalda como nueva. Al final, cómo no, me ofrecieron un té negro. Varios de los que ya habían tomado su sauna se arremolinaban a mi alrededor mientras insistían en hablarme en ruso. Yo era un extranjero. Y para ellos, cualquier extranjero tiene forzosamente que hablar ruso, ya que aún lo ven como la "lingua franca". Obviamente yo mostraba mi desconocimiento y sólo llegaba a entender palabras como Real Madrid o Barcelona. Les encanta la Liga española, como a la mitad del planeta. 

Acabé el día cenando a las siete con un suizo y una suiza que se quedaban en la casa de al lado y que conocí por casualidad (eramos de los pocos extranjeros en Sheki). Fuimos a un restaurante de comida tradicional donde pedimos vino azerí (al principio no nos gustó pero cuando respiró estaba más rico). De entrantes disfrutamos de las dolmas, que son hojas de col y de parra rellenas de una mezcla de arroz y carne de cordero picada con menta fresca, hinojo y canela, cocinadas al vapor y servidas en un pote de barro. De plato principal tomamos carne de cordero en barbacoa. Nos quedamos un rato de sobremesa hablando un poco de todo. Volvimos a la casa donde se alojaban, en la que también se estaban quedando un británico y una estadounidense. Hablamos con ellos otro buen rato alrededor del enésimo té negro del día, y luego yo me retiré hacia la casa donde dormiría esa noche.

Al día siguiente, tras un frugal desayuno a base de panes, mantequilla, huevos y hierbas, y escuchar pacientemente a mi huésped hablar en azerí, me dirigí caminando tranquilamente hasta la estación de autobuses. Aunque más que autobuses, lo que abunda en el Caúcaso son las marshrutkas, o minibuses donde meten el máximo posible de gente por precios irrisorios para desplazarse entre ciudades. A pesar de la incomodidad, he de subrayar la amabilidad de los locales en indicarme los cambios de minibus. El último tramo hacia la frontera con Georgia lo hice en un taxi compartido. Este paso, cerca de Balakan, esta muy poco transitado, por lo que se me hizo muy fácil cruzar la frontera a pie. Noté muchísimo el contraste entre la modernidad de los controles fronterizos azerís y las construcciones más rústicas en Georgia. Cruzar el puente sobre aquel bravo río con la bandera de Georgia esperándome al final fue toda una experiencia. Casi como si estuviera volviendo a Europa. Llegaba el momento, en efecto, de visitar el país más proeuropeo de la región.