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dijous, 21 d’abril de 2016

Beaune & Nuits-St-Georges

La Cote d'Or

Al sur de Dijon, una cadena de 60 km de suaves colinas de materiales extremadamente fértiles forman la conocida como Cote d'Or. Mayoritariamente cubiertas de cepas, aquí se producen algunos de los mejores vinos de Francia. En los pueblecitos que van de Dijon a Beaune se pueden encontrar bodegas y fincas productoras de vino donde hacer catas y comprar diferentes variedades a buen precio. Como estábamos tres días en Dijon, aprovechamos para dedicar un día a visitar esta zona, y especialmente su mayor ciudad: Beaune.

El Hotel-Dieu de Beaune

Beaune es muy accesible desde Dijon: hay trenes y autobuses con bastante frecuencia. Nosotros llegamos por tren. Desde la estación se llega rápido a una de las puertas de la muralla que rodea el casco antiguo. Lo primero de todo nos dispusimos a visitar la mayor atracción de la ciudad: el famoso Hotel-Dieu, el hospicio medieval más bonito de Francia. De estilo gótico, es muy conocido por sus preciosos tejados multicolores, tradicionales de la región, que en este edificio son espectaculares. El precio de la entrada incluye una audio-guía en la que se nos explica la historia de las diferentes estancias del hospicio. La colorida Grande Salle impresiona al ver como de bien se organizaba la atención de enfermos gracias al empeño de Guigone de Salins, tercera esposa de Nicolas Rolin, Canciller de Felipe el Bueno, Duque de Borgoña. De Salins quiso construir un hospicio en el que atender a enfermos y que estos se sintieran cómodos en estancias palaciegas. Allí no se discriminaba a nadie, pobres y ricos eran atendidos por igual. La única diferencia era que si se donaban tierras con viñedos en vida y como herencia (con cuya producción de vino se financiaba el mantenimiento del hospicio) se tenía derecho a estar en salas más pequeñas y, por tanto, con mayor privacidad. En la visita se recorren varias estancias. La farmacia del siglo XVIII está repleta de frascos que en su tiempo contuvieron todo tipo de sustancias usadas para fabricar remedios, como el polvo de cochinilla. También se pueden ver las cocinas, llenas de utensilios de época. Pero sin duda, lo que más impresiona es el patio de honor, con los tejados de colores, las gárgolas, el pozo y las tuberías en forma de dragón: una foto aquí es casi obligatoria. Aunque lo que más me impresionó de esta visita fue la sala San Luis, con el políptico del Juicio Final, obra del pinto flamenco Roger van der Weyden. 

El políptico del Juicio Final

En este políptico se representa con gran realismo los capítulos 24 y 25 del Evangelio de San Mateo. En el centro, Jesucristo observa la escena con calma, sentado sobre un Arco Iris que representa la alianza establecida entre Dios y la Humanidad en tiempos de Noé. Varios ángeles a su alrededor cargan los símbolos de la Pasión. Abajo, los muertos van saliendo de sus tumbas y acuden a la gran figura central: el Arcángel San Miguel, que con una balanza pesa las almas. Los escogidos para ir al paraíso se dirigen con calma hacia una especie de catedral dorada. Los condenados al infierno caminan entre gritos y lamentos hacia un rocoso infierno donde son torturados por los demonios. El realismo del horror grabado en los rostros de los condenados es fascinante. Ángeles trompeteros dan mayor magnificencia a la escena mientras que diferentes santos oran a ambos lados de Jesucristo.

Caracoles y vino

Tras tamaña muestra de historia y arte, nos dirigimos a comer a uno de los diferentes restaurantes disponibles para probar algunos de los platos tradicionales de la región. Empezamos como no podía ser de otra manera con el entrante más típico posible: los caracoles de Borgoña, muy grandes, que se cocinan con mantequilla, ajo y perejil. Como plato principal optamos por un clásico: el boeuf bourguignone, que es un guiso de cubos de carne de ternera marinada y cocinada en vino tino joven, champiñones, cebollas, zanahorias y bacon.


Tras comer fuimos al Marché aux Vins, que en superficie es una elegante tienda de vinos y productos típicos de la región, pero en cuyos sótanos se encuentra la cripta de la antigua iglesia de los Cordeliers, y donde ahora tienen sus bodegas, iluminadas con cirios. Bajo las calles de Beaune envejecen millones de botellas de vino en frescas y oscuras bodegas. El Marché aux Vins es tal vez una de las más conocidas. Por un precio aceptable nos dieron un catavinos metálico con el que descender a la antigua cripta e ir catando varios vinos.

Allí nos explicaron la clasificación de los vinos de Borgoña. En primer lugar se encuentran los vinos Grand Cru, producidos en los mejores viñedos de la Cote d'Or. Necesitan criarse unos siete años y solo llevan el nombre del pequeño viñedo del que son originarios. Hay pocos viñedos con esta categoría debido a la calidad del suelo y a las horas de exposición al sol necesarias para ser considerados Grand Cru. Luego llegan los Cru, también de muy alta calidad. Estos vinos provienen de viñedos específicos que no llegan a alcanzar los requisitos de Grand Cru pero que aún así son estupendos. Su crianza dura algo menos de cinco años. Después vienen los Village, vinos que pueden ser mezcla de los viñedos de un pueblo determinado o venir de un viñedo sin identificar. Finalmente, los AOC Bourgogne (con denominación de origen) que puede provenir o ser mezcla de cualquier parte de la región. Los AOC se pueden consumir hasta tres años después de la cosecha y suelen ser los que se hacen con las uvas que no se seleccionaron para las otras tres categorías. En la cata pude probar vinos de todas las categorías excepto los Grand Cru, algo caros para mi bolsillo en aquel momento. Algunos me gustaron y algunos siendo uno de mis favoritos uno tipo Village. Allí también pudimos degustar el licor de grosella negra, o creme de cassis, producto también originario de Borgoña. Tras el recorrido por las cavas se sube a la parte de arriba en la que se muestran varias obras de arte moderno, donde destacan obras menores de Picasso y Dalí, además de un par de enormes esculturas de Britto, el famoso artista brasileño afincado en Miami.


En mitad de los viñedos

Tras pasearnos de nuevo por las estrechas calles de Beaune tomamos el tren de vuelta a Dijon no sin antes para un rato a mitad de camino en el pueblecito de Nuits-St-Georges para visitar los famososo viñedos. Como aún estaba despuntando la primavera, las cepas se encontraban desnudas y sin hojas, aunque aún así es impresionante ver como las colinas están totalmente cubiertas por estos cultivos, bien ordenados. Nos paseamos también por su bonita calle principal, casi desierta en un domingo al anochecer. Beaune y sus alrededores son perfectos para todos los amantes del buen vino que quieran también explorar un poco del legado que la Edad Media europea nos dejó, que a diferencia de lo que muchos piensan, no fue una época tan oscura: un bello hospital dedicado a proveer sanidad gratuita o obras de arte que rozan la perfección así lo demuestran.

dimecres, 6 d’abril de 2016

Swidnica

Una ciudad de provincias polaca

Si estamos visitando Wroclaw, Swidnica es una excursión perfecta para unas horas o incluso un día entero. Se puede acceder fácilmente en tren o en mini-buses a esta pequeña ciudad de la Baja Silesia, que además de ser un ejemplo de típica ciudad de provincias polaca, alejada de las masas de turistas de otros lugares como Cracovia, acoge un ejemplo de convivencia entre religiones: su magnífica iglesia de la paz, la iglesia de madera más grande de Europa. Nosotros llegamos en tren a media mañana y empezamos la visita por la bonita plaza del Mercado, Rynek, muy similar a la de Wroclaw pero en versión mini y sin turistas. La belleza de los edificios junto a las cuatro fuentes que hay en cada esquina recuerdan la riqueza de los mercaderes que habitaron este punto crucial de las rutas comerciales de la Europa Central. Una de las estatuas, sentada en un banco, es la de Maria Kunic, la primera mujer que se dedicó oficialemente a la astronomía. Lo mejor es subirse a la torre del ayuntamiento, símbolo de la independencia y poder la ciudad. La historia de esta torre es graciosa. Construída en el siglo XVI, la torre aguantó, más o menos. Incluso sobrevivió a los bombardeos de la II Guerra Mundial. Sin embargo,  en 1967 diversas demoliciones en la plaza la acabaron arrastrando y tumbando. Por tanto, la que hay ahora es de nueva construcción. Subimos cómodamente en su ascensor y desde lo alto admiramos la ciudad mientras caía agua nieve. 

La iglesia de la paz

A continuación nos dirigimos hacia el auténtico tesoro de la ciudad: la iglesia de madera evangélica luterana. Esta iglesia, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es la iglesia protestante más grande de Polonia y la iglesia de entramado de madera más grande de Europa. Hasta 7,5000 personas caben en ella. Además de por su arquitectura magnífica, la iglesia es una muestra de la difícil convivencia entre diferentes confesiones en Europa. En nombre de Iglesia de la Paz viene por la Paz de Westfalia, de 1648, donde se puso fin a la Guerra de los Treinta Años. En este tratado de paz, los católicos emperadores Habsburgo admitieron el derecho de los evangélicos a practicar su fe en tres lugares de Silesia y uno era Swidnica. Las condiciones eran draconianas: las iglesias tenían que construirse fuera de las murallas de la ciudad, en materiales pobres: arena, madera, paja o arcilla. Además, tenía que hacerse en menos de un año, sin campanario y con una planta atípica.

En la recepción había una simpática abuelita que nos encendió las luces de la iglesia para admirarla. Es diferente a todo lo que he visto antes. Impresiona que con materiales tan pobres los arquitectos y artistas fueran capaces de realizar tamaña maravilla. Los frescos del templo con la Sagrada Trinidad representada son bellísimos y las tallas son grandiosas. El altar, el órgano... la grandiosidad barroca soprende por la excelencia de los acabados y el realismo de los detalles. Tuvimos la inmensa suerte de visitarla solos durante un buen rato. Aprovechad y sentaos en el medio en silencio para disfrutar de su magnificiencia y del fuerte olor a madera. Las misas luteranas se llevan celebrando aquí ininterrumpidamente desde 1657, en una muestra de convivencia religiosa, de lucha por la libertad y una excepción de tolerancia por parte de los católicos Habsburgo. El edificio, además, ha resistido al paso de los siglos gracias al ingenio de sus constructores, a pesar de la intención inicial de los que lo autorizaron de que no durara mucho.

Pierogi bonanza

Ese día comimos en un "bar de leche", antiguos restaurantes subsidiados por el Estado que originariamente surgieron durante el comunismo para alimentar a la clase trabajadora. Hoy en día siguen siendo muy baratos pero la comida es de muchísima más calidad y se han convertido en muy populares entre los jóvenes. Allí pude degustar unos deliciosos pierogi, que es el plato más representativo de la gastronomía polaca. Se trata de un tipo de pasta con forma semicircular que suelen estar rellenos de queso, carne, cebolla, diferentes tipos de carne... etc. Especialmente populares son los Ruskie Pierogi, rellenos de una especie de requesón con cebolla frita y patata hervida. También me encantaron los pierogi rellenos de setas y los de espinacas. Sin embargo, los más curiosos fueron los rellenos de cerezas... buenísimos!


Melancolía y viento helado

Tras la comida, dedicamos la tarde a pasear. El tiempo era gris, lluvioso y con viento frío y por tanto, las calles estaban desiertas. Aún así, la ciudad esconde diferentes joyas que vale la pena ver. Empezamos por la gigantesca catedral gótica, bastante impresionante, altísima. Su nave mide 25 metros de alto y el campanario algo más de 100 metros. Se encuentra en la plaza dedicada a Karol Wojtila, y por eso hay una enorme estatua de Juan Pablo II arrodillado en sus vestimentas papales.  En la calle Kotlarska acoge la bella iglesia barroca de San José, con techo estrellado, que se encaja perfectamente en el complejo urbano. Una solitaria anciana rezaba en la penumbra mientras nosotros observábamos el templo. 

Swindica es una ciudad que en su día fue rica y dinámica, y a la cual la salida de Alemania, primero, y las décadas de comunismo, después, dejaron dormida, muchos palacios abandonados y edificios de principios de siglo XX con la fachada ennegrecida. En invierno es perfecta para un paseo melancólico, algo triste, pero bello al fin y al cabo. Y además es toda una muestra de las historias entrecruzadas de Europa, con una imporatante herencia prusiana y alemana, una visible convivencia entre dos confesiones cristianas, el paso del comunismo soviético y la modernización que ha experimentado la actual Polonia tras entrar en la Unión Europea.                                                                                           

dijous, 31 de març de 2016

Dijon

Una gloriosa historia

Dijon, antigua capital del Ducado de Borgoña, se convirtió en una próspera ciudad durante los siglos XIV y XV, cuando reinó la Casa de Valois con Felipe el Calvo, Juan Sin Miedo y Felipe el Bueno. Escultores, pintores y arquitectos poblaron la ciudad mientras en los fogones palaciegos se iba gestando la rica gastronomía borgoñona. Borgoña llegó a controlar Flandes, Holanda, el Bravante y Luxemburgo. Existió una gran rivalidad con Francia. Tanto que fueron los borgoñones quienes entregaron a Santa Juana de Arco a los ingleses. La muerte de Carlos el Temerario en la batalla de Nancy hizo que el rey Luis XI aprovechara y se anexionara el ducado a Francia en 1477.

Capital mundial de la mostaza

A pesar de su rica historia, la mayoría conoce a Dijon por su producto estrella, la mostaza, originalmente creada para disimular el sabor de la carne vacuna en mal estado. La mezcla de semillas de mostaza morena y mostaza blanca dulce con vinagre y otros ingredientes derivó en la famosa mostaza de Dijon, de color amarillo claro, donde se refinó una receta que se popularizó en toda Europa a finales del siglo XIII. En la rue de la Liberté se encuentra la icónica boutique de la Maison Maille, casa fundada en París pero que cuenta con su tienda más famosa aquí, donde degustar todas sus 32 variedades, inlcluídas cuatro que se venden a granel en surtidores. Probamos tantas que salimos de la tienda con un fuerte dolor de cabeza. La que me encantó fue la de trufas frescas, que mezclada con queso crema se convierte en un aperitivo de categoria. Para comer, Dijon cuenta con decenas de restaurantes interesantes donde degustar la cocina local. La cazuelita de cerdo con salsa de mostaza y queso fundido es deliciosa, así como el típico jambon persillé o jambon de Paques, un plato estrella de la gastronomía borgoñona. Se trata de cubitos de jamón dulce ensamblados con una gelatina de cebolla, tomillo, laurel y ajo entre otras especias que luego se hierve en vino blanco de la región, mostaza y vinagre. Lo podréis encontrar fácilmente como entrante en la mayoría de locales de la ciudad. 

Una ciudad pequeña pero dinámica 

A pesar de su reducido tamaño, el centro histórico de Dijon rebosaba personal el sábado que llegamos. Muchísima gente paseaba por el centro de la ciudad y las terrazas de sus cafeterías y restaurantes estaba llenas. Sus más de 25,000 universitarios ayudan a animar la ciudad. Es muy agradable pasear por sus estrechas calles llenas de edificios medievales y renacentistas. El primer edificio remarcable que visité fue la iglesia de Notre-Dame, del siglo XIII, que cuenta con una interesante fachada de tres pisos de filas de columnas separadas por gárgolas. El interior cuenta con impresionantes vidrieras en sus ventanas y rosetones que aquel días coloreaban la luz de sol que se filtraba por ellos. En el exterior destaca también el reloj de Jacquemart (una figura automatizada que toca al campana), que se instaló en el siglo XIV tras haberlo tomado Felipe el Calvo de la catedral de Courtrai cuando la invadió. En uno de los lados de la iglesia se encuentra la rue de la Chouette donde una desgastada estatua de una lechuza esculpida en el exterior de la iglesia es tocada por miles de visitantes cada día. Cuenta la leyenda que da buena suerte. Yo lo hice con la derecha y resulta que hay que hacerlo con la izquierda. Espero que un poquito de suerte me transmita al menos. Las numerosas casas de los alrededores, con bellas fachadas de vigas de madera o relucientes tejados multicolores con tejas de cerámica, ofrecen innumerables oportunidades para todos los amantes de la fotografía. 

Palacios y museos 

Muy cerquita se encuentra la impresionante plaza de la Liberación, antiguo palacio de los Duques de Borgoña. De origen gótico, el palacio reformó su fachada en el siglo XVII cuando se convirtió en la sede del Parlamento de  Borgoña. El encargado fue Jules Hardouin-Mansart, uno de los arquitectos del palacio de Versalles. Además de la nueva fachada neoclásica, también la plaza fue reformada dándole un estilo homogéneo. En el lado izquierdo del palacio se encuentra una magnífica escalera de mármol y barandas doradas. En el centro se encuentra una torre renacentista construída por Felipe el Bueno a la que no pudimos subir porque estaban las entradas agotadas. Resignados, exploramos el bello ayuntamiento donde destaca una bella sala pintada en tonos verdes donde se encuentra un antiguo cuadro detallando la famosa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Finalmente, el lado derecho del palacio alberga el Museo de Bellas Artes de Borgoña. El museo, de acceso gratuito, permite conocer las estancias restauradas del antiguo palacio y además muestra una interesante colección de arte medieval y renacentista de la Europa de los siglos XIV y XV con especial énfasis en objetos fabricados en Borgoña. Se empieza por la gran sala de Guardia, rodeada de paneles de madera y una gran chimenea gótica. Aquí se encuentran los sepulcros de Felipe el Calvo y su hijo Juan Sin Miedo acompañado de su esposa Margarita de Baviera. Las figuras yacientes de tamaño natural son custodiadas por bellos ángeles y soportadas por una serie de esculturas representando un cortejo fúnebre. De la colección de cuadros, estatuas y objetos me encantó el retablo dorado de los Santos Mártires y la Crucifixión hechos por De Baerze y Broederlam, en especial la escena de la tentación de San Antonio. Entre los objetos del museo había dos grandes platos de cerámica de Manises realizados durante la época de Al-Andalus. El museo cuenta con unas salas de arte moderno y contemporáneo que estaban cerradas.

Más iglesias, museos y jardines

El Museo de la Vida Borgoñona es el otro espacio que visitamos.Situado en un antiguo convento cisterciense del siglo XVII muestra la vida en Borgoña durante los siglos pasados empezando por una sala que muestra maniquíes de cera vestidos en ropas de diferentes siglos que dan bastante miedo. Luego se muestran varios objetos de cocina así como una cocina del siglo XIX reconstruída. Sin embargo, lo que más nos gustó fue el primer piso, donde varias tiendas de principios de siglo están reconstruídas a escala real. Podremos husmear en una antigua peluquería, tienda de galletas, ultramarinos, carnicería, juguetería o relojería, tal y como eran en las calles de Dijon hace doscientos años. También hay un interesante apartado dedicado a la fabricación y comercialización de la mostaza y otro con decenas de recuerdos de las Exposiciones Universales de París que los habitantes de Borgoña se trajeron tras visitar la capital francesa. Tras la visita al museo visitamos la cercana catedral de San Benigno, en cuya cripta se encuentra enterrado este santo que llevó el cristianismo a Borgoña en el siglo II. Seguimos el paseo por el elegante jardín de Darcy de estilo neorrencentista, construído en honor al ingeniero hidráulico Henry Darcy, que reordenó el sistema de aguas en 1838, conviertiendo a Dijon en una de las primeras ciudades del mundo en tener agua corriente junto a Roma. luego cruzamos la elegante Porte Guillaume, construída por el Príncipe Condé en 1788 y llegamos hasta la fastuosa iglesia de San Miguel. Esta empezó a construirse en estilo gótico y acabó siendo dotada de una fachada renacentista. 

Un ciudad perfecta para una escapada corta

Dijon rebosaba ambiente esa noche de sábado. Jóvenes abarrotaban los cafés de la plaza de la Liberación y las calles del sur así como los locales de la rue Berbisey para tomar una copa y charlar. Dijon es una ciudad animada, a buen precio y con una variada oferta cultural, gastronómica y de ocio suficiente para teneros entretenidos un fin de semana. Además, se puede hacer una pequeña excursión a los viñedos de la Cote d'Or o a los pueblecitos que rodean el valle. O quizá visitar la bella ciudad de Beaune como nosotros hicimos. En cualquier caso, Dijon no os decepcionará. 

diumenge, 13 de març de 2016

Breslavia - Wroclaw

¿Breslavia, Wroclaw, Breslau?

Breslavia o Wroclaw en polaco, capital de la Baja Silesia y cuarta ciudad de Polonia, es un lugar estupendo para una escapada de fin de semana. Sus frecuentes vuelos baratos desde diversas ciudades europeas cy el hecho que ostente la capitalidad europea de la cultura en 2016 junto con San Sebastián la convierte en un destino perfecto para un par de días.

Animado por los baratísimos vuelos desde París, el hecho de que nunca había estado en Polonia y la invitación de un amigo me llevaron a esta bella ciudad de la ribera del río Oder. Breslavia rezuma arquitectura y espíritu germano: la antigua Breslau fue parte del Imperio Alemán durante muchas décadas. De hecho, no fue polaca hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando la reordenación de fronteras impuesta por la URSS dió a Ucrania la antigua ciudad polaca de Leópolis (Lviv) y su región. En compensación, Polonia recibió varias regiones alemanas, entre las que se encontraba Silesia y su capital Breslau, que era la tercera ciudad alemana en aquel entonces, tras Berlín y Hamburgo.

Neones soviéticos

Mi visita empezó dando una vuelta por las calles del sur de la ciudad. La renovada estación de tren es un claro ejemplo de la arquitectura prusiana de finales del XIX. Al salir, el famoso neón de "Buenas Noches Breslavia" (escrito en polaco) da la bienvenida a la ciudad a los que llegan en tren. Breslavia es conocida como la capital polaca del neón. Cuando se instauró la República Popular Polaca a finales de los años 40 como Estado satélite de la URSS, el estalinismo no permitía grandes coloridos ni decoraciones ostentosas. Las iluminaciones tipo Las Vegas o Times Square suponían el mayor ejemplo de la decandencia del capitalismo para la ideología oficial. Sin embargo, tras la muerte de Stalin, las nuevas autoridades soviéticas empezaron un programa de lavado de cara del comunismo para dejar el lado el aburrido color gris y la extrema sobriedad. Breslavia fue una de las ciudades donde se empezó a instalar neones en las fachadas y terrazas de edificios con el fin de dar un poco de color y alegría a la ciudad. Actualmente hay cientos de ellos. Lo más antiguos se conservan en un callejón al que se accede desde la calle Swietego Antoniego y que se iluminan de tanto en tanto. En esta calle precisamente hay muchísimos bares y restaurantes modernos que ofrecen platos para todos los gustos. Por ejemplo, el restaurante vegano Ahimsa, donde elegir entre siete platos de las gastronomías hindú, tailandesa o de Oriente Próximo con smoothies naturales para beber.

La herencia germana

Seguimos caminando por el bulevar Swidnica, pasando el bello edificio modernista de 1927 que acoge los grandes almacenes Renoma, símbolo de la riqueza y prosperidad de la antigua Breslau. Cruzamos el foso de la ciudad y seguimos por el bulevar admirando la neoclásica Ópera, diferentes iglesias y el antiguo Hotel Monopol. Por el camino hicimos cola en el local Stara Paczkamia para comprar paczeks recién hechos, una especie de dónut polaco tradicional que se come justo antes de la Cuaresma. Disfrutando de este dulce llegamos hasta el Rynek, la plaza del mercado cuya distribución sigue las especificidades del tipo de plaza de Silesia: un gran espacio con un conjunto de edificios en el medio (usualmente el antiguo mercado y el ayuntamiento de la ciudad). La plaza del mercado de Breslavia es una de las más grandes de Europa. Impresiona el conjunto de edificios de todas las épocas aunque la mayoría sean réplicas de los originales destruidos en la Segunda Guerra Mundial. La plaza peatonal permite disfrutar del ambiente (siempre hay gente paseando) y la belleza de la arquitectura. Una de las estatuas de la plaza es la de Alexander Fredo, dramaturgo polaco, que originalmente estaba en la plaza mayor de Leópolis. Fue desplazada hasta aquí para substituir a la estatua del Kaiser Guillermo, Emperador Alemán, que hasta entonces había presidido la plaza mayor breslava.

Desde Lviv con amor

Aunque Breslavia ha pasado por diversas manos, y ha contado con poblaciones polacas, alemanas y judías principalmente, hoy en día la enorme mayoría de sus habitantes son polacos originarios de la antigua Leópolis (Lviv) que fueron reubicados aquí tras quedar su antigua ciudad bajo soberanía ucrania. Además de la estatua de Fredo, muchos cuadros se trajeron a Breslavia, así como las tradiciones locales y por supuesto, la gastronomía. De hecho, uno de los mejores lugares para probarla es en Karczma Lwowska, un elegante restaurante en plena plaza mayor que ofrece una extensa carta con las especialidades de Leópolis. Con una barbacoa donde se cocinan las carnes, pedimos el cerdo asado con salsa de rábano picante y ciruelas. La carne estaba increíblemente jugosa y tierna. Además, probamos la salchicha polaca (Kielbasa) a la brasa así como una especie de morcilla tradicional (Peto kaszanki). Para acompanar tal manjar pedimos la ensalada de pepinos con crema y una especie de mantequilla y grasa de cerdo (Maslo) muy sabrosa para untar en el pan. Rebajamos tan grasiento banquete con una especie de licor polaco con hidromiel muy rico.

Dejando de lado su pasado de repobladores leopoldinos, actualmente la ciudad vive un momento de expansión económica. Lo pude apreciar nada más llegar al moderno aeropuerto. Otro de los símbolos del poderío breslavo es su nueva y acristalada SkyTower, el edificio más alto de Polonia, un rascacielos de oficinas y viviendas de alto standing. Para los visitantes que llegamos con euros, los precios nos resultarán muy baratos. Por ejemplo, el taxi que me llevó al centro de la ciudad me costó menos de 10 euros.

La lucha contra el comunismo

La segunda noche cenamos en Konspira, un bello restaurante situado en la plaza Solny. El lugar está decorado con grafitis, caricaturas y panfletos de los años 80, cuando surgió la resistencia que empezaba a gestarse bajo el sindicato Solidaridad. Si abrís la puerta de uno de los armarios del restaurante podréis incluso visitar la sala de estar de una ochentera casa polaca, con material propagandístico, muebles vintage y otras sorpresas. Además, el lugar ofrece comida tradicional polaca a muy buen precio. Nosotros degustamos el plato "Solidaridad polaco-húngara" consistente en las tradicionales tortitas de patata con goulash por encima, así como dos enormes Golabki caseros, que son rollos de repollo rellenos de carne y arroz con salsa de tomate por encima. Para beber probé el curioso refresco Kvass, a base de centeno fermentado. Y de postre pedimos la típica Szarlotka, la tarta de manzana local. Al salir del local os espera la serena belleza nocturna de la plaza Solny, el elegante antiguo edificio de la Bolsa y las paradas de flores, todas abiertas 24 horas, listas para atender cualquier emergencia romántica. Paseando por la ciudad os llamarán la atención las decenas de enanos metálicos que se esconden en los rincones más insospechados: apoyados en algún bolardo, subidos a alguna farola o escondidos en algún rincón. La moda empezó en 2001, cuando el ayuntamiento instaló el primer enano en honor al movimiento social "Alternativa Naranja" nacido en 1981 como protesta al régimen comunista. El símbolo de estas protestas era un enano con un sombrero naranja y una flor. Ahora se dice que hay más de 300, instalados por particulares o instituciones. Cada enano tiene historia y de hecho una actividad divertida es ir buscando enanos durante los paseos por la ciudad. 

Cultura y arquitectura

Al día siguiente, nos levantamos bien temprano para hacer una visita a Swidnica, lugar perfecto para una escapada rápida desde Breslavia en tren. Al volver esa noche, fuimos al moderno y cool cine Nowe Horizonty, que además es centro cultural y tiene varias tiendas de libros, DVDs, música, lugares informales donde comer y artesanía. Allí vimos en directo desde el National Theatre de Londres la representación de "Les Liaisons Dangeureuses". La capitalidad europea de la cultura ha sacudido la que ya gran oferta cultural de la dinámica y joven Breslavia. También visitamos el museo de arquitectura la exhibición de maquetas, planos y fotografías de los edificios que han ido ganando el Premio Europeo de Arquitectura Mies van der Rohe a lo largo de los años.

El último día lo dedicamos a conocer el norte de la ciudad, empezando por el impresionante Hala Stulecia, o Centro del Centenario, construído a principios del siglo XX para festejar la victoria del pueblo alemán frente a Napoleón en Leipzig. Tras las ceremonias commemorativas, que contaron con la presencia del Príncipe Heredero Guillermo de Hohenzollern, el centro sirvió como feria de muestras de la ciudad. El complejo, diseñado por Max Berg, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO al ser uno de los mejores ejemplos de la arquitectura del hormigón armado. Su cúpula fue la más grande del mundo durante mucho tiempo, y su estructura sirvió de ejemplo para cientos de construcciones. En 1948, el régimen comunista instaló una gigantesca aguja metálica en la plaza del complejo en el marco de la Exposición de los Territorios Recuperados. En el pequeño museo que hay antes de entrar a admirar la gigantesca cúpula se explica más sobre la historia y arquitectura de este complejo.

Seguimos el paseo por el bulevar Marie Curie, jalonado de preciosas mansiones centenarias. hasta llegar a la Universidad Politécnica de Breslavia. Allí tomamos el teleférico de la universidad para cruzar el caudaloso río Oder. Desde el otro lado caminamos hasta llegar a la fea construcción de cemento que alberga el Panorama de la Batalla de Raclawice, obra que también fue traída desde Leópolis. Esta gigantesca pintura panorámica monumental, que mide 15 metros de alto y 120 de largo representa la única batalla en la que los polacos han ganado al Ejército ruso. La pintura se encuentra dispuesta en 360 grados para dar la impresión al espectador (situado en el centro de la sala) de encontrarse en mitad del campo de batalla. Contiene además elementos a los pies que aumentan el realismo de la obra, como árboles, tierra, arbustos y enseres de labranza. La visita dura algo menos de media hora e incluye audio en varios idiomas donde explican los pormenores de este bellísimo cuadro y símbolo nacional polaco. Millones de personas lo visitan cada año y no es raro que tengáis que hacer algo de cola para verlo. Se entra en grupos de 50 personas cada media hora.

La huellas del barroco 

Seguimos paseando por las islas del Oder, que ahora cuentan con modernísimos edificios de apartamentos, parques renovados y exclusivos puertos deportivos, hasta llegar a la antigua Universidad de Breslavia. La institución fue fundada por el Emperador Leopoldo I de Habsburgo en 1702. Gestionada por los Jesuitas, aún conserva su famosa aula Leopoldina, reservada para celebrar los grandes eventos de la universidad, como la apertura del año académico. Su acústica perfecta la convierten en una excelente sala de conciertos. Nada mejor que sentarse un rato a disfrutar de la magnificiencia barroca del aula que prentende mostrar la eterna sabiduría de Dios. En el exterior del edificio sobresale la bellísima entrada principal así como la estatua del hombre desnudo con su espada, en una fuente cercana, que tantos escándalos causó antiguamente.

Finalizamos el paseo por la agradable calle peatonal Kuznicza hasta llegar de nuevo al Rynek. Aprovechamos para visitar la cercana basílica de Santa Isabel de Hungría mezcla de estilo gótico y renacentista. La última comida fue en el elegante restaurante Dwor Polski, donde camareros con pajarita sirven a la antigua usanza en copas de cristal y elegante loza. El restaurante está decorado a la manera medieval y tiene unas estupendas vistas al Rynek. Su menú se compone de platos de tradición polaca y centroeuropea que rememora los banquetes de reyes y aristócratas. Allí probé la famosa sopa Barszcz, de remolachas y masitas de patata. De segundo degusté un magnífico pato real en salsa de vino tinto y cerezas, con guarnición de ensalada de remolacha caliente y bolas de masa de patata hervidas. Con un final tan refinado dejé la antigua Breslau y actual Wroclaw, una ciudad de la que no me esperaba nada y que se reveló como bellísima, muy dinámica, llena de gente joven, cultura, restaurantes a la última y con una estupenda relación calidad-precio. 

dilluns, 22 de febrer de 2016

El París más curioso


París... ¿Otra vez?

Ya has estado en París y te has hecho las fotos de rigor en el Campo de Marte con la Torre Eiffel, has admirado los rosetones y gárgolas de Notre Dame, te has paseado por los callejones de Montmartre y por los muelles del Sena y te has hecho el selfie de rigor con la Mona Lisa en el Louvre. Resulta que te apetece volver a la ciudad más bonita del mundo. Sin embargo, tu vocecilla interna de viajero empedernido te dice que no, que mejor ir a un nuevo lugar. ¿Valdría la pena volver a París? Claro que sí, y muchas veces. París tiene muchísimos secretos por descubrir.

Se puede empezar una nueva visita a la capital francesa admirando la serenidad de la Estatua de la Libertad iluminando al mundo. No, no me estoy confundiendo: París tiene su réplica al final de la isla de los Cisnes, mirando a su hermana mayor neoyorquina, a cientos de kilómetros de allí. Regalo de la comunidad estadounidense a la ciudad de París, la estatua a escala es idéntica a la original realizada por Bartholdi y estructurada por Eiffel. La estatua grande fue un regalo del pueblo francés al estadounidense, en el cententario de su independencia. La única diferencia es que en su tableta, además de la fecha de 4 de Julio de 1776, tiene también la de la toma de la Bastilla: el 14 de julio de 1789.

Un paseo por el 16eme

Después de ver la estatua, cruzad el puente de Grenelle e internaos en el elegante barrio 16, el más caro de la ciudad. Las calles y bulevares alrededor de la comercial rue de Passy no son frecuentadas por turistas, por lo que podréis admirar el día a día normal de muchos parisinos y quizá comprar algo en las tiendas de comida de la agradable calle peatonal de l'Annonciation. Os llamará la atención la cantidad de coches con placa verde, la codiciada placa diplomática. Muchísimas mansiones y bellos edificios tipo "Haussman" del barrio albergan embajadas de diferentes países. No muy lejos se encuentra la sede de la OCDE, en el bello Chateau de la Muette, una bello palacio del siglo XVI donde la reina Maria Antonieta pasó largas temporadas con la duquesa de Polignac. Desde sus jardines se lanzó el primer globo aerostático tripulado de la historia en presencia del rey Luis XVI y personas tan ilustres como Benjamin Franklin.

Seguid el paseo por el bois de Boulogne, el parque más grande de París, un bosque en realidad. Además de sus lagos y cascadas, acercaos hasta la nueva fundación Louis Vuitton, situada en la avenida Ghandi. Los amantes de la arquitectura contemporánea reconocerán de inmediato las formas de Frank Gehry en este atrevido museo que evoca un gran velero. Las coberturas de vidrio de formas sorprendentes son muy similares a las bodegas de Marqués de Riscal (hechas con titanio) o al BioMuseo de Panamá (con placas metálicas de colores). Cada uno de los paneles de cristal que recubren la fundación son únicos y además se hicieron en un horno fabricado exclusivamente para la construcción de este impactante edificio. En el interior hay una interesante colección de arte contemporáneo. Además, los jardines de los techos son bellísimos, y las vistas de los rascacielos de la Défense también. A la salida, dad un vistazo a la gigantesca fuente de escalones alargados: es hipnótica.


Si os gusta la arquitectura, la Cité de l'Architecture et du Patrimoine es otra parada obligada. Situada en el ala izquierda de los grandes edificios del Trocadero, este museo ofrece réplicas de numerosas obras arquitectónicas de Francia de diferentes estilos: desde portales románicos y góticos, pasando por maquetas de las antiguas Exposiciones Universales que se celebraron en París, hasta incluso uno de los coloridos apartamentos a escala real diseñados por Le Corbusier para su Unité d'Habitation en Marsella.


Ville Saboye

Y hablando de Le Corbusier, una escapada para pasar una mañana fuera de París, como alternativa a los turísticos Versalles y EuroDisney puede ser para la magnífica Ville Saboye, una casa de campo en la que el arquitecto suizo aplicó sus cinco principios de la nueva arquitectura. La planta baja, hecha a base de pilones, permite que el automóvil circule alrededor de ella y se aparque fácilmente debajo. La planta primera es libre, gracias a la estructura de hormigón armado, lo que permitía al arquitecto distribuir las estancias sin condicionamientos estructurales. Además, la fachada está liberada de su componenete estructural y permite instalar las ventanas alargadas, que abarcan todo el ancho de la construcción. La luminosidad interior es enorme. Finalmente, para devolver a la naturaleza el terreno ocupado, la terraza es un jardín donde se pueden hacer actividades al aire libre. Los interiores, de formas simples y con gran uso de los armarios empotrados, sorprenden por su extremada modernidad, a pesar de haber sido realizado en los años veinte.


Museos diferentes

Los apasionados de las culturas exóticas tienen que visitar el Museo Guimet, no muy conocido por los turistas que recorren estresados las infinitas galerías del Louvre o del museo d´Orsay. El museo nacional de las artes asiáticas Guimet contiene la colección de arte khmer más grande del mundo fuera de Angkor Watt. Me encantó ver de nuevo una gran estátua de Naga (la serpiente mítica de siete cabezas que reinaba en el océano Pacífico según la mitología camboyana) o las cuatro cabezas del antiguo rey Jayavarman VII. El museo hace un recorrido por todas las grandes culturas y religiones asiáticas a través de artefactos y objetos artísticos de todo tipo. Los más intrépidos reservaran con dos meses de antelación a la visita guiada al Museo Ennery, que pertenece al Museo Guimet pero se encuentra en la antigua mansión de Clemence Ennery, en la elegante Avenue Foch. Aquí tendréis una visita guiada de una hora a una extensa colección de objetos de arte chino y japonés, destacando la magnífica colección de netsukes, unas esculturas en miniatura en madera o marfil que los japoneses llevaban como seguro para sujetar sus bolsas al cinto. Cada netsuke representa un animal, planta o historia de la mitología japonesa.

Donde París nació

Los que prefieran profundizar más en la historia de París tienen una cita en las arenas de Lutecia, la construcción en pie más antigua de la ciudad y el lugar en la que nació. Aún se puede pasear por el pequeño circo en el que se hacían espectáculos de gladiadores. Quedan también bastantes restos de las gradas romanas originales, aunque la mayoría están bajo de los edificios residenciales haciendo de cimientos o enterradas bajo el pequeño parque anexo.

De perfumerías

Otra interesante manera de conocer mejor París es pasar una tarde de compras descubriendo las decenas de perfumerías de la ciudad, ya sean las más famosas o las frecuentadas por los expertos. En la tienda Chanel del Marais las amables vendedoras os explicarán todo lo que queráis saber sobre la colección privada de perfumes, cada uno mejor que el otro. Siempre en el Marais, en État Libre d'Orange se venden esencias muy originales que no tienen igual. Lo que no quiere decir que queráis usarlas. La pequeña boutique de Annick Goutal cuenta con esencias de gran calidad. También podéis visitar el Museo Fragonard cerca de Opéra, dedicado enteramente al mundo del perfume cuya entrada es gratuita. Este plan es también perfecto para los románticos: el encanto del mundo de las fragancias impresionará a vuestras parejas. Para poner la guinda a un paseo amoroso nada mejor que pasarse por el muro del amor, a la salida del metro Abbesses donde pone "Te Quiero" mil veces en unos trescientos idiomas.

La bohemia parisina... en inglés!

Finalmente, recomiendo encarecidamente ir al Theatre des Nouveautés para ver la obra en inglés (con pequeñas partes en francés) "How to become Parisian in one hour". Risas garantizadas en este espectáculo de un solo actor en el que aprenderemos los diez pasos básicos para ser un parisino de pro. Además, en el teatro se respira historia, ya que abrió sus puertas a principios del siglo XIX. A la salida podéis cenar en alguno de los restaurantes italianos caseros que frecuentan los actores y actrices. Especialmente recomendable es la Osteria dal Gobo, donde el amable Luigi os recibirá en la puerta y os servirá su sopa Minestrone casera y algunos de sus entrantes antes del plato principal en sus mesitas con velas mientras cenamos rodeados de sus fotos con actores y actrices de los teatros cercanos.

Espero que estas ideas inspiren para volver a la Ciudad de las Luces, en una nueva visita mucho más original y sobretodo mucho más parisina. 

dissabte, 2 de gener de 2016

Por un 2016 lleno de viajes

2015 ha sido el primer año en el que no he salido de Europa tras diez años de saltar de continente en continente. En este año tranquilo cursé el segundo semestre del Colegio de Europa, descubrí nuevos lugares de Bélgica y viajé bien al norte, a las orillas del Báltico, en concreto a Riga. Luego me fui bien al sur, a Malta y Gozo. También volví a Londres y Ginebra, donde ya había estado. 

Este verano fue también muy tranquilo. Empezó en la apacible Brujas, y luego transcurrió entre tierras valencianas, Múrcia, Galicia y Madrid con una escapada a La Granja de San Ildefonso. En otoño me mudé a París para empezar a trabajar en la OCDE. Un fin de semana en Bruselas fue todo lo que viajé hasta las Navidades, que volví a Valencia

Los que hayáis seguido mi blog veréis que este ha sido un año atípico. En 2015 me he centrado en mis estudios, en hacer más ejercicio y en disfrutar de las pequeñas cosas de la vida y de los amigos ya hechos. Los años anteriores fueron muy divertidos sin duda. Fue una espiral de novedades contantes, lugares fascinantes y nuevos amigos. Sin embargo, necesitaba un año como este, un año de estabilidad. 

Pero ya acabó. Y hoy, con 2016 regalándome su primer día, fantaseo con todos los viajes que se dibujan en el horizonte. Seguiré explorando París pero ha llegado el momento de retomar mi plan de visitar diferentes lugares de Francia en los que aún no he estado. Espero que pronto leáis mis impresiones de Reims, su catedral y sus bodegas de champagne. O de la magnífica arquitectura art-nouveau de Nancy. También quiero respirar el aire puro de los Alpes en las orillas del lago de Annecy o visitar lugares de la Costa Azul en los que aún no estuve, como Niza, Mónaco o Cannes.

También es casi seguro que viajaré a los confines orientales de Europa: el Caúcaso. Y este verano no se me puede escapar Montenegro, especialmente Kotor: Lonely Planet la ha clasificado como primera ciudad en su rango de lugares que visitar en 2016. Me encantaría ir a Sevilla, Córdoba y Granada, pero también vivir por primera vez unos San Fermines en Pamplona. Lo que está claro es que tras siete años de ausencia volveré a estar en las Fallas, candidatas a ser patrimonio inmaterial de la humanidad.

Finalmente, espero volver a salir de Europa, esta vez para pisar la mítica India o quizás nuevos países suramericanos como Colombia y Perú ¿O tal vez México? También podría volver a los Estados Unidos, en concreto a Tejas y Louisiana. El África negra es otra posibilidad, con Senegal en el punto de mira. Todo se verá. 

De momento solo me queda expresar mis mejores deseos para todos los nómadas. Estoy convencido que 2016 será un año inolvidable. 

dijous, 5 de novembre de 2015

París siete años después

Después de un intenso mes para instalarme en París vuelvo a escribir en un blog que, parece ser, dejará de ser tan nómada. Si todo sale bien, espero poder quedarme en esta ciudad un tiempo largo. Las más de 130 entradas recopiladas en el Índice son testigas de estos años de nomadismo que empezaron, precisamente, hace ahora siete años desde donde os escribo. La foto es del Château de la Muette, sede central de la OCDE, donde ahora trabajo. 

Han sido siete años fascinantes en los que París, Florianópolis, Madrid, Miami, Manila, Panamá, Abu Dhabi, Argel y Brujas se han ido sucediendo, con casas diferentes, personas diferentes, estilos de vida y trabajos diferentes. Ahora que lo pongo todo en perspectiva la verdad es que me arrepiento de muy poco. Sin todo ese trajín, sin esas personas y sin esas experiencias no sería quién soy ahora. La vida me pone de nuevo en el lugar donde me di cuenta que me gustaba viajar, y mucho: París. Un nomadismo que me gustaría reducir un poco. Voy a seguir viajando, eso sin duda. Es la gran pasión de mi vida. Sin embargo, quiero que la ciudad más bella del mundo se convierta en mi base de operaciones para poder echar raíces aquí a la vez que continúo descubriendo el mundo. Y tal vez, dentro de unos años, poder volver a vivir en algún país americano, plantarme en el mundo árabe, experimentar de nuevo el fascinante sudeste asiático o volver a mi querida Valencia.

Es verdad que aquí no tendré South Beach a dos pasos ni la suave brisa nocturna de Ocean Drive. Tampoco podré escaparme al archipiélago de San Blas de tanto en tanto ni bañarme en una piscina mientras observo el skyline de Ciudad de Panamá. Ni mucho menos podré ir a tomar el brunch al Peninsula como en Makati ni disfrutar ni de los bellos atarcederes de la bahía de Manila. Y ya puedo ir olvidandome del ambientazo de Madrid o de tomarme una caipirinha mientras suena bossa nova una tarde cualquiera en Copacabana o en Florianópolis. Tampoco cuento con el olor a jazmín y azahar que desprendían los jardines de mi barrio en Argel ni el mágico canto a la oración de sus mezquitas. Ni sonarán las 47 campanas del carillón del Belfort ni podré perderme en los canales de Brujas. El cielo azul y las paellas de Valencia solo las podré tener de tanto. Lo que está claro es que todo en esta vida no se puede tener.

Así que de momento, si lo consigo, espero quedarme una larga temporada en París. Y eso quiere decir mucho más de mis 10 meses habituales. De esa manera podré conocer a fondo esta fascinante ciudad, seguir visitando los miles de rincones que aún no conozco de Francia y de la Unión Europea, y visitar otras zonas que tengo pendientes como el Caúcaso, la India o el África subsahariana. Y todo os lo contaré por aquí, como siempre.

À bientôt!