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dissabte, 17 de març de 2018

De restaurantes por... Kuwait

Kuwait es un país seco, al igual que Arabia Saudí o Irán. No hay alcohol ni en su aeropuerto, ni en supermercados ni en restaurantes. Está totalmente prohibida su presencia en el país. Independientemente de que haya un mercado negro más o menos boyante (una botella de whisky suele costar unos 300 euros), lo cierto es que a falta de alcohol, son la gastronomía y el café las grandes obsesiones nacionales. Salir de restaurante es una actividad frecuente entre la juventud kuwaití. Y al no poder disfrutar de vino, cerveza o cócteles en sus comidas y cenas, exige a cambio niveles de excelencia en las recetas e ingredientes.

Por eso, Kuwait es un destino de ensueño para un foodie. Los restaurantes tienen amplios horarios de apertura y tanto su calidad como su servicio son en general excelentes. Comer es uno de los hobbies más comunes entre la población de este pequeño Estado. Lo primero que recomiendo es meterse en Instagram y seguir a algunos de los foodies expertos que con sus publicaciones os recomendarán los mejores sitios para comer así como sobre nuevas aperturas en un panorama muy dinámico. Podéis empezar por la dinámica Noaf @pltq8 o por la sofisticada Nour AlMejadi @nouralmejadi

Empezamos por el desayuno: Cocoa Room. Acaba de abrir su nueva sede permanente en el parque de la Ópera, con una decoración increíble. Los cubiertos, el servicio, el ambiente... No por casualidad hay siempre una lista de espera de una hora de media: es muy recomendable llegar con antelación, especialmente los fines de semana. No admite reservas por teléfono. El menú combina desayuno oriental con una selección de platos occidentales de altísima calidad como los huevos revueltos con trufa laminada, sus famosos cuadrados de pan frito rellenos de nutella o las tortitas red velvet. Sus chocolates calientes son excelentes también. Para mi, uno de los mejores lugares para brunchear que he probado en mi vida.

Pero si uno quiere probar el auténtico desayuno kuwaití, tiene que ir a Zwarah, en el centro comercial Avenues. La dueña ha rememorado las bandejas que hace 30 años preparaban su madre, tías y abuela para desayunar. No olvidéis pedir té Karak, con leche y cardamomo, para beber: una receta tradicional india muy popular en Kuwait. Las bandejas incluyen desde ful mesdames (receta original de Egipto a base de habas) a huevos revueltos con tomate al estilo local entre otras recetas que incluyen garbanzos o la popular crema de queso Kraft. Pero sobretodo el delicioso hígado de pollo, plato central en un buen desayuno tradicional.

Para comer o cenar Almakan nunca falla. Este moderno local ofrece cocina de fusión coreana y kuwaití con toques chinos, tailandeses y vietnamitas. Sus platos son únicos, no los he visto en ningún otro lugar del mundo. La decoración es ultramoderna y el personal muy amable y eficiente. Lo mejor de la carta, de lejos, es el curry verde, cero picante y cremoso, con una carne de ternera tierna y jugosa. Sus ramen con leche de coco y trufa son también un must. Y por supuesto su variedad de baos (pan chino) con diferentes rellenos. Sin olvidar mi postre favorito en Kuwait: el Cerelac Pudding que es su delicioso croissant casero sumergido en papilla Cerelac (de la marca Nestlé) con helado de vainilla y caramelo tostado. Nunca cansa. Tras la comida, pasaros por la pequeña galería de arte contemporáneo anexa y por la cafetería de bajo que sirve buen café y bollería casera. 

Otro buen restaurante para almorzar, aunque algo alejado de Kuwait City, es Azteca. Tienen una variedad impresionante con los platos más representativos de la gastronomía mexicana, desde sopa de tortilla a enchiladas, y todo con ingredientes de primera calidad. La dueña, Sylvia, de Oaxaca, se esfuerza en ofrecer recetas auténticas. Sus moles son simplemente perfectos. Y los refrescos... 100% mexicanos, como la horchata casera o la michelada 0% alcohol. Un pedacito de México en el Golfo. Para repetir muchas veces.


Vayamos a la cena y empecemos por el mejor restaurante tradicional kuwaití: Dar Hamad. El lugar es un paraíso para los amantes del diseño. Su increíble decoración abruma, cada detalle está medido y en general, la combinación rezuma lujo y buen gusto. Es uno de los pocos restaurantes del país con un chef kuwaití.

Fuimos para la ruptura del ayuno en Ramadan. Importante reservar. Cuentan con una gran variedad de entrantes de gran calidad, exactamente los mismos que se sirven en las casas particulares kuwaitíes: se empieza con estupendos dátiles mojados en salsa tahine y bebiendo laban. Luego hay un buffet de entrantes con una mezcla de tapas indias, libanesas y kuwaitíes, donde destaca la dolma kuwaití, mucho más grande que la turca y bastante dulce. También me encantó la ensalada Dar Hamad. Luego sirven en la mesa las sopas, a elegir entre dos: una especiada y deliciosa con quinoa y otra que es la más tradicional de lentejas batidas.

Para los platos principales, decenas de recipientes dorados alineados ofrecen suculentos platos tradicionales de la mesa kuwaití, cero picantes (a diferencia de la cocina saudí) incluyendo el omnipresente arroz machbous con cordero, el pollo picado en bechamel y salsa de canela, o el machbous de pollo con ciruelos, pasas y frutos secos. También hay platos de mariscos y pescados locales como el hammour o el zubaidi así como kebab turco a la barbacoa. Margouga, gabboout... gran variedad donde elegir.

Finalmente, hay una sala entera dedicada al buffet de postres, toda una perdición, donde destaca el pudin de dátiles con salsa de caramelo, el estupendo Umm Ali o los surtidos dulces tradicionales de Ramadán, entre muchos otros postres. En definitiva, este lugar es un must para todo aquel que quiera experimentar la cocina kuwaití de calidad y no pueda ir a una casa a probarla.

Pero si a uno le apetece la comida libanesa, directo a Babel. En un ambiente de gigantescos techos y con uno de los mejores servicios que he visto en Kuwait, este restaurante ofrece una amplia carta de platos libaneses presentados de manera contemporánea y utilizando ingredientes de primera calidad. Sus diferentes entrantes de carne cruda están riquísimos. Lugar estupendo para impresionar a alguien ya sea cita, amigo y reunión de negocios. Y para los estándares de Kuwait no es caro. Imprescindible reservar, sobretodo los fines de semana.


De vez en cuando siempre gusta comida italiana y Kuwait tiene la tercera mejor pizza margarita del año 2017: SOLO Pizza Napolitana es la historia de un kuwaití obsesionado con la pizza que se fue a Nápoles para aprender de los mejores pizzaiolos. A su vuelta, abrió su pequeña pizzería en el Golfo y al poco tiempo ganó el concurso anual que se celebra en Nápoles. Todos sus ingredientes son importados de la Campania: desde la harina a los tomates así como la mozzarella di buffala. Y por supuesto, a horno de leña.


Y si se buscan sabores del lejano oriente, el lugar es Ubon. Cocina deliciosa, perfectamente presentada y con ingredientes de primera y frescos. La verdad es que fuera de Tailandia no he probado un Thai mejor. Recomiendo mucho pedir el entrante Bangkok beef y la sopa de coco. En cualquier caso todos los platos están deliciosos. Como bebida, el lemongrass es imbatible.

Finalmente, como merienda o postre nocturno nada mejor que pasarse por la pequeña pero estupenda The Urban Creamery. Allí sirven helados de sabores populares en el Golfo como el de karak (té negro con leche, azafrán y cardamomo), el de mohallabiya (crema de almendras y agua de azahar) con pistachos, el de café árabe con dátiles o el de tarta de calabaza con pecanas y canela. Todos 100% artesanales y que se suelen comer con el fondo de la tarrina forrada de una de las galletas caseras que aquí preparan. 

Y si queréis seguir la tradición local de acabar una noche con amigo tomando café, el que está más de moda ahora es CAF, con su variedad de cafés calientes y fríos destacando el famoso café red velvet. También cuenta con un pastel de miel muy bueno, un postre famosísimo en cualquier merienda kuwaití.

Podría seguir y seguir pero no acabaríamos nunca. Me he dejado el mercado del pescado al lado de las Torres de Kuwait, el tradicional Shimam en el zoco Mubarakya, el flexitariano Ovo... lo mejor es bucear Instagram para ir descubriendo las nuevas aperturas así como un fenómeno muy kuwaití: los restaurantes "pop up", que aparecen un par de días y vuelven a desaparecer, en lugares tan curiosos como una tienda de plantas, un antiguo almacén o el lobby de un edificio de apartamentos. Podéis empezar con uno de los pioneros: @filipothefilipino que sirve una selección de platos filipinos fusión buenísimos a la gente más inn del país durante un par de días cada dos o tres meses. Atentos a su Instagram. 

Sheikh Jaber Al Ahmad Cultural Centre, Kuwait City
@cocoaroom

Gulf Road Street | Marina World, Salmiyah
@babelkuwait

Zwarah
The Souk, The Avenues Mall Alri 5th Ring Road, Kuwait City
@zwarahkw

Arabian Gulf St. | Beside Marina Mall, Salmiyah
@darhamadkw

Sharq, Mubarak Al Kabeer Street, Mariam Building, Mezzanine Floor, Kuwait City
@st_almakan

Ali Alsalim Street, Aljawhara Tower, Kuwait City
@ubonkw

Omar Ibn Al Khatab Street, Kuwait City, Sharq
@solopn

Fahaheel Express Way 30, The Village Restaurant Complex, Kuwait
@restaurantazteca

Urban Creamery
Jaber Al-Mubarak Street
@urbancreamery

CAF
Varias localizaciones, el original está en la Crystal Tower
@cafcafe

Filipo the Filipino
Abre y cierra previo aviso en Instagram en diferentes localizaciones
@filipothefilipino

divendres, 19 de gener de 2018

Nápoles

Belleza decadente
Nápoles es una de las ciudades europeas más caóticas que he visitado. Sumida en una belleza decadente, lo cierto es que su calles están en general sucias, con honrosas excepciones. Los graffittis priman por toda fachada y las malas hierbas y acercas destrozadas son las norma. Sin embargo, la ciudad ofrece tanto que ver y hacer que uno no puede perdérsela. El corto tiempo que pasé en ella se me pasó volando y estoy seguro que volveré así como a su bella región (Campania) más pronto que tarde. Gran parte de la belleza de Nápoles se debe al hecho que fue capital del poderoso reino homónimo, que tuvo como reyes a diversas dinastías destacando la del Borbón que despareció con la unificación de Italia. 

Me alojé en el elegante barrio de Chiaia, donde están las boutiques de lujo de la ciudad y los grandes edificios de apartamentos burgueses de fachadas imponentes. La primera noche caminamos hacia arriba de la comercial y peatonal via Chiaia y tras pasar por debajo de monumental ponte llegamos hasta la pizzería Brandi, lugar de nacimiento de la célebre pizza Margarita. Fue precisamente durante la visita de los Reyes de Italia a Nápoles en 1889, para reclamar la ciudad, cuando la Reina, Margarita de Saboya, pidió comer el plato favorito de los napolitanos: la pizza. En aquel entonces, el mejor pizzaiolo de la ciudad era el Sr. Esposito, que le preparó diferentes tipos de pizza a la Reina. A esta, la que más le gustó era una hecha con salsa de tomate, mozzarella y hojas frescas de albahaca, que además representaba los colores de la Casa de Saboya: rojo, blanco y verde. En su honor, Esposito bautizó a esta pizza como Margherita y nació la leyenda. La pizzería que regentaba, Brandi, recibió días después una carta del puño y letra de la Reina felicitándole por la deliciosa pizza. El resultado, colas y lista de espera de hasta una hora para este tradicional local. Pedimos ensalada caprese para empezar y nos les quedaba más mozzarella fresca. Para beber quisimos probar el famoso vino tinto con gas y tampoco les quedaba. La pizza Margarita estaba poco hecha y algo líquida en mi opinión. La de mariscos estaba más buena (según la carta, la favorita de Carlos III). El personal era muy amable pero los precios algo elevados para ser una pizzería. No repetiría.

Al día siguiente, temprano para aprovechar el tiempo, tocaba desayunar en otro lugar histórico: el Gran Caffe Gambrinus. Siguiendo la tradición de los grandes cafés, este ha sido lugar favorito de reunión de la sociedad civil napolitana así como de los visitantes ilustres de la ciudad. Antiguos proveedores oficiales de la Casa de Saboya, actualmente la tradición dicta que quién ostente la Presidencia de la República Italiana tome su desayuno aquí el uno de enero, y así se ha hecho desde hace décadas. Uno puede tomarse el café y un dulce al estilo italiano, de pie en la barra, intentando hacerse oír entre el caos, o sentarse en el elegante salón noble y ser tranquilamente atendido por un servicio rápido y atento.  En este salón degustó un helado de violeta la Emperatriz Sisí de Austria, Gabriele D´Annunzio escribió una de sus famosas canciones y Oscar Wilde disfrutó del fuerte café. Escritores como Hemingway o Sartre descansaron en sus sillones durante su visita a Nápoles. Una de sus más recientes visitantes fue Angela Merkel. Aquí desayuné su famoso café a la avellana acompañado de dos sfogliatelle: la riccia (típica de Nápoles, un hojaldre crujiente con decenas de capas relleno de queso ricotta, pasta de almendra y piel de limón rallada) y la frolla, que tiene el mismo relleno pero en vez de hojaldrada tiene una masa más cercana al brioche, básica. 

Tras pasear por la imponente plaza del plebiscito, con la fachada del Palazzo Reale a un lado y las columnatas y cúpula de la simétrica basílica real de San Francisco de Paula al otro, bajamos hacia la bahía a disfrutar del soleado día, y caminando llegamos al sólido Castel Nuovo, una espléndida fortaleza del siglo XIII. 

El abarrotado Spaccanapoli
A partir de ahí, tomamos la animada vía Toledo para dirigirnos al centro histórico, que estaba abarrotado de turistas y locales, a pesar de ser día laborable. Especialmente la via San Gregorio Armeno, donde se concentran las tiendecitas de belenes artesanos y sus figuritas. Prácticamente no se podía avanzar, había tramos donde estuvimos parados varios minutos. 

Nápoles ha conservado la impronta de las sucesivas culturas de la cuenca del Mediterráneo y de Europa, desde la época de la colonia griega de Neápolis, fundada al año 470 a.C., hasta los tiempos modernos. De ahí que su centro histórico sea un sitio excepcional dotado de notables monumentos. Paseamos por las empinadas calles del Spaccanapoli, corazón de la ciudad vieja, de calles rectas y estrechas jalonadas de monumentales palacios y magníficas iglesias de estilo barroco. Además de belenes, allí se vendía de todo: vimos hasta papel higiénico con las caras de Le Pen, Macron, Trump, Berlusconi y Merkel. La cola para entrar en la famosa capilla de San Severo y ver el Cristo velado en mármol era de horas así que la evitamos. Cada uno de los rincones de este barrio merece la pena, así como decenas de sus locales especializados en productos de diseño o en artistas locales de gran talento. Lo mejor es perderse y descubrir esta parte de la ciudad por uno mismo.

Dedicamos la lluviosa tarde al Museo Arqueológico Nacional, una de las mayores colecciones de antigüedades romanas del mundo. El museo se encuentra en el antiguo Palacio de los Estudios Reales, antigua sede de la Universidad de Nápoles. Fue Fernando IV de Nápoles y I de las dos Sicilias (Borbón) el que lo convirtió en un museo real y ahí se trasladaron también decenas de piezas, frescos y mosaicos rescatados de las excavaciones de Pompeya y Herculano que ordenó y financió Carlos III. Por cierto que en las escalinatas del Museo hay una gran estatua de Fernando IV de Nápoles, cuya cara es tremendamente parecida a la de nuestro anterior Rey, Juan Carlos I. Se nota que son familia. 

En las salas de la planta baja destaca la espléndida colección Farnesio (que el Rey Fernando I heredó de su abuela Isabel de Farnesio) compuesta de gigantescas estatuas renacentistas en mármol de gran calidad. Destacan la grupal conocida como el Toro Farnesio o el mastodóntico Hércules Farnesio.

El segundo piso está lleno de frescos y mosaicos recuperados de las excavaciones en las antiguas ciudades romanas que quedaron sepultadas bajo las cenizas de la erupción del Vesubio. Entre los mosaicos destacan el "Cave canem" o de "cuidado con el perro", los bellísimos de peces o la batalla de Alejandro Magno contra Darío I. Respecto a los frescos, inolvidable el de la joven romana estudiando o el del banquete. También hay expuestos numeroso objetos de la vida cotidiana recogidos en Pompeya y Herculano, destacano los pseudoegipcios, que demuestran la importante influencia que esta, por aquel entonces provincia romana, tenía en todo el Imperio. 

Aunque la parte que atrae la mayor atención de los visitantes es el Gabinetto Segreto, que contiene algo más de 200 objetos de arte sexual explícito. Se exponen desde el año 2000. Es sabido por historiadores que Pompeya era una ciudad de vacaciones y además portuaria, muy festiva: la presencia de burdeles así como de mansiones que albergaban grandes fiestas así lo demuestra. Desde representaciones gigantes de penes, a frescos mostrando todo tipo de posturas sexuales, estas salas muestran todo tipo de arte, incluida una estatua en la que un fauno mantiene relaciones sexuales con una cabra, así como braseros con sátiros desnudos.

Tras el museo, salimos de vuelta a Chiaia. Por cierto que en la via Toledo y avenidas aledañas hay una gran concentración de edificios futuristas, construidos durante la dictadura fascista de Mussolini, en mármol blanco, de estilo imperial y racional. El palacio de correos, el de justicia así como otros edificios son testimonios de este periodo en el que se soñó con una sociedad perfecta a costa de eliminar a todo el que el partido consideraba "imperfecto". Cada uno de los elementos personales y sociales controlados por el Estado y por supuesto, la arquitectura fue central. Otros elementos arquitectónicos que vale la pena visitar en esta calle es su moderna estación de metro, calificada por muchos periódicos como la más bella de Europa: de arquitectura contemporánea, fue realizada por el arquitecto catalán Oscar Tusquets a base de recubrir paredes y techos de mosaicos (elemento gaudiano por excelencia) y sistemas de iluminación LED que simula un escenario marino o cuanto menos, una gran piscina. Bellísima. 

Pompeya y el Vesubio
Una escapada  obligatoria si uno está en Nápoles es la combinación de Pompeya y el Vesubio. Visitar la ciudad romana más famosa junto con el volcán que la sepultó es toda una experiencia.

La erupción del Vesubio, ocurrida el 24 de agosto del año 79, sepultó las dos florecientes ciudades romanas de Pompeya y Herculano, así como numerosas mansiones de las comarcas circundantes. Desde mediados del siglo XVIII se empezaron a desenterrar sus ruinas paulatinamente y se hicieron accesibles al público. La vasta extensión ocupada por los restos de ciudad mercantil de Pompeya contrasta con el espacio más reducido de los vestigios, mejor conservados, de la ciudad residencial de Herculano. En cualquier caso, ambas son un vívido testimonio de la vida opulenta de los ciudadanos romanos más pudientes en los primeros años de la Roma imperial.

Pompeya, la más grande de las ciudades, quedó sepultada bajo metros de cenizas durante 1,500 años hasta que Carlos III de Borbón decidió financiar excavaciones con el fin de investigar mejor la cultura romana en su afán ilustrado pero también para recuperar el oro, joyas y otros objetos de arte de los que apropiarse o vender, así como el caro mármol de Carrara de las mansiones. Las excavaciones siguen hasta hoy.

Tomamos el famoso tren Circumvesubiano, que iba hasta arriba de pasajeros y nos bajamos en la estación de Pompeii Svaci, donde hicimos la visita guiada, ya que no disponíamos de mucho tiempo. Además, uno puede perderse si no dispone de alguien que le oriente y le explique. La simpática napolitana nos iba contando detalles aquí y allá de los diferentes lugares que visitamos así como de las costumbres y usos de la sociedad romana de la época. Empezamos la visita por el antiguo teatro.

Paseando por las antiguas calles empedradas veréis mansiones y casas normales, bares de vino, saunas e incluso un prostíbulo. Testimonio vivo de una ciudad portuaria que floreció el tiempo de Julio César. En ellas podréis disfrutar de numerosos mosaicos y frescos, aunque la mayoría se encuentran hoy en día en el Museo Nacional de Arqueología, tal y como explicaba antes. La guía explicaba como las mujeres no tenían derecho a nada, ya que para cualquier acto legal necesitaban la aprobación de su tutor, que solía ser su padre, marido, hermano o tío (o dueño si eran esclavas). La comida principal en la época era la cena, que se tomaba en gran cantidad y reclinados. Para la comida del mediodía se tomaba algo rápido en las decenas de bares y locales de comida a llevar que abarrotan la ciudad (con sus características barras donde poner las ánforas). Los arqueólogos han encontrado restos de una salsa muy popular en aquel entonces que se le ponía a todo, y que se hacía a base de pescado concentrado. Vimos hornos, casas de gente normal y mansiones de ricos, las bellas calles empedradas a las que se lanzaban las aguas menores... y mayores, así como los cruces para peatones con grandes piedras planas para no ensuciarse de lo que se tiraba a las calles. En la calle mayor seguimos una señal en la calzadas con forma de pene que apuntaba hacia una estrecha callejuela donde entramos a uno de los antiguos prostíbulos de la ciudad, con sus diferentes habitaciones (cada una con un camastro de piedra que contaba con otro más confortable encima). El pasillo principal lucía varios frescos con representaciones de varias posiciones sexuales con el fin de servir de "menú" a los visitantes que no hablaban latín. 


Pasamos también por una de las termas, lugares de encuentro social donde iban los romanos a asearse prácticamente cada día en un ritual muy social, con gimnasio y piscina mixtos y saunas y baños separadas para hombres y mujeres. Allí vimos la primera víctima del Vesubio: muchas se conservan gracias a una técnica moderna que transforma en roca sus cuerpos mantenidos así por la ceniza. En la amplia plaza central, antes porticada, también hay varios cuerpos así conservados (grises): desde perros hasta niños, testimonio de aquel desastre natural. En el antiguo mercado aún se amontonan decenas de ánforas ahora ya vacías.

Tras acabar la visita, tomamos el bus que sale de las excavaciones y recorre el Vesubio hasta casi la cima. En la subida se observan varias estatuas hechas de lava. Existen numerosas residencias en las laderas del volcán, a pesar que los expertos lo desaconsejan de forma fehaciente, puesto que el Vesubio en un volcán activo. Para entrar a la cima del Vesubio hay que pagar 10 euros. Nunca había visto que para subir a una montaña se tuviera que pagar... el monte Fuji sin ir más lejos es de acceso gratuito. Tras recorrer la media hora que separa la entrada para peatones del cráter del volcán más famoso de Europa, nos dispusimos a rodearlo, viendo como humos salían de varias de las laderas del impresionante cráter. Las vistas tanto del valle de Pompeya como de la bahía de Nápoles son espectaculares.

Y todo lo que me dejé por ver...
La última noche en Nápoles cenamos en el restaurante familiar Mattozzi, en Chiaia también, que tiene un servicio muy amable y donde por fin probé una estupenda mozzarella de buffala de la Campania. Recomiendo también la pasta alla Maria de Grazie (a base de macarrones y calabacines fritos), que es deliciosa. También probé de entrante su montanara, que es la famosa pizza frita de Nápoles, buenísima también. La ternera al limón que también nos sirvieron no me gustó tanto. En cualquier caso, su lista de platos tradicionales está muy completa y a buen precio.  


Me quedan tantas cosas que ver que no sé ni por donde empezar: desde el Teatro di San Carlo, donde empezó su carrera el napolitano Enrico Caruso hasta recorrer la Costa Amalfitana con Sorrento y Capri como principales reclamos hasta bañarme en las aguas termales de Ischia o visitar Herculano, que me han dicho que se mantiene mejor que Pompeya. A la próxima espero que sea verano.

dimecres, 6 de desembre de 2017

Ciudad de México

Una metrópolis fascinante

La decisión de ir a Ciudad de México fue en un principio para visitar a algunos de mis amigos de Panamá que están ahora trabajando allí. Para nada me esperaba el espectáculo de ciudad que es la capital mexicana. Y lo que más me chocó: la enorme sensación de seguridad que tuve en todo momento. Eso y que a pesar de ser pleno agosto, hizo frío algunas noches.

Estuvimos hospedados en pleno Polanco, en el estupendo apartamento de mi amigo Rudy, que vive en una de las torres con nombre de pintor del exclusivo Plaza Carso, un complejo que incluye un gran centro comercial, cines, teatro y alguno de los mejores museos de la ciudad, que por supuesto visitamos.

La antigua Tenochtitlán

Pero antes de adentrarnos en la escena moderna de CDMX, lo primero que visitamos fue el corazón de la ciudad y también del país: el Zócalo. Cuenta leyenda que los aztecas, llegados desde el norte en el siglo XIII, eligieron instalar aquí su capital, Tenochtitlán, porque vieron la profecía que anunciaba el fin de su vida errática: un águila, apoyada en un cactus, devoraba una serpiente. Este sigue siendo, a día de hoy, el símbolo nacional mexicano, escudo del país y orgullosamente presente en su bandera. En el Zócalo, por aquel entonces una isla en mitad de unas marismas, los aztecas construyeron su Ciudad-Estado con canales, templos, plazas y palacios cuya isla central pasó a ser el centro del universo azteca. La ciudad alcanzó los 300,000 habitantes y todo el valle de México más de un millón y medio, constituyendo una de las zonas urbanas más densas de aquel entonces.

Con la llegada de los españoles en 1519, los aztecas quedaron relegados a ciudadanos de segunda del naciente imperio. Casi toda la herencia prehispánica fue destruida en este lugar, que sin embargo siguió siendo el corazón de la Nueva España, con la construcción de la imponente Catedral Metropolitana. Bajo las órdenes de Hernán Cortés, los principales canales empezaron a ser desecados para construirse elegantes bulevares y Ciudad de México se convirtió en la elegante capital de la Nueva España, no sin problemas e inundaciones. El siglo XVIII, con la construcción de un sistema de alcantarillado, se considera la Edad de Oro de la ciudad.

En el Zócalo aún se respira esta grandeza. De renovada fama por aparecer en las primeras escenas de la última película de James Bond Spectre, lo cierto es que sigue siendo el corazón de México. Se le llama popularmente zócalo porque aquí se iba a construir un monumento al centenario de la independencia en el siglo XIX. Sin embargo, solo el zócalo del mismo se construyó, que pasó a ser una de las plazas más grandes del mundo (220 metros por 240). El poder religioso del país está presente con la inmensa catedral, mezcla de estilos gótico, barroco, churrigueresco y neoclásico, fruto del largo periodo de tiempo que duró su construcción: 250 años. Sus cinco gigantescas naves crean un interior mastodóntico, siendo una de las iglesias mas grandes que he visitado en mi vida. Su altar abruma en detalles y riqueza, así como su bellísimo coro de sillares tallados. Aquí se coronaron Agustín de Iturbide y a Maximiliano de Habsburgo como emperadores de México.

En otro de los lados de la plaza se alza la fachada principal del Palacio Nacional, antiguo palacio virreinal y luego imperial, y actual sede de la presidencia de la república. Me queda pendiente, ya que por falta de tiempo no lo pude visitar. Los dos restantes lados están flanqueados por elegantes edificios porticados donde se encuentran desde las oficinas del gobierno municipal hasta joyerías y hoteles de lujo. La plaza rebosa de gente de todo pelaje destacando los concheros, grupos de personas emplumadas y vestidos con pieles de serpiente, conchas y huesos de distintos animales, representando las antiguas danzas aztecas, bailando en círculo y cantando en nahuatl, utilizando instrumentos tradicionales. Los edificios que dan a la plaza cuentan con numerosas terrazas populares en los edificios superiores donde tomarse una michelada o un margarita.

Seguimos paseando por las perfectamente rectas y empedradas calles del centro, herencia de la capital colonial española, donde sorprenden los altares espontáneos a la Santa Muerte, culto condenado por las diferentes iglesias cristianas, incluyendo la Católica. Un esqueleto tradicionalmente vestido y cubierto por telas blancas o de otros colores al que se le ponen velas y alimentos para solicitar protección, en una práctica muy asociada a comunidades marginadas y de bajo nivel económico. No por casualidad en estas calles se abarrotaban puestos de venta humildes que ofrecían desde comida hasta ropa junto con refrescos tradicionales, frutas y verduras o hasta juguetes. Todo un espectáculo de colores y olores para disfrutar de la tarde del domingo.

Volviendo a los aztecas, estos diseñaron su capital siguiendo una estructura de calles rectas, respetando también los ríos y construyendo canales para poder transportar materiales pesados. En los suburbios pantanosos plantaron muchas especies, sosteniendo el barro sobre el que crecían con sauces. La gran fertilidad de estas tierras daban tres o cuatro cosechas al año. La mayoría de estas zonas fueron desecadas para urbanizar y hoy solo queda la enorme zona de Xochimilco, al sur de la ciudad. Allí pasamos una nublada tarde, donde incluso nos llovió. Aún así disfrutamos del ambiente único de este lugar, que aquel día gris de entre semana estaba vacío, pero que normalmente está a tope de trajineras. En estas barcazas de colores con una larga mesa en la mitad cada una se reúnen grupos de amigos o familiares para celebrar, comer, beber, cantar y reír. Nosotros disfrutamos de la lluvia, el silencio, los rayos, el viento y los preciosos paisajes agrícolas que nos trasportaron a la época de la gran  Tenochtitlán. Un grupo de mariachis practicaba varias canciones tradicionales en el desierto puerto. Desembarcamos justo cuando anochecía y los mosquitos salían a picar con furia. Por suerte, el Uber que habíamos pedido nos sacó de aquella nube de insectos.

La ciudad perdida de Teotihuacán

Siguiendo la senda prehispánica, dedicamos una mañana entera a visitar Teotihuacán, una de las excavaciones arqueológicas más grandes de Centroamérica. Situada a 50 kilómetros de Ciudad de México, esta majestuosa ciudad en ruinas, con un perfecto urbanismo, testimonio de la sofisticación de la cultura que aquí vivió. Los expertos calculan que se construyó hace dos milenos y que cayó en el abandono en el siglo VIII, cuando las tensiones de una sociedad extremadamente segregada precipitaron la desaparición de esta civilización, de la que aún hoy en día se ignora su nombre. De hecho, su actual nombre, Teotihuacán, significa en nahuatl "la ciudad en la que los hombres se convierten en dioses", y así la bautizaron los aztecas, que cuando la descubrieron ya estaba en ruinas. Ellos siempre pensaron que estaba dedicada al dios del Sol, aspecto que se verificó en 1971 cuando el descubrimiento de un túnel en la mayor de las pirámides llevó a los arqueólogos a una recámara interior llena de objetos de culto al sol.

Precisamente, la mayor de las pirámides se conoce como Pirámide del Sol, de 70 metros de altura, que escalamos para disfrutar de las impresionantes vistas de la ciudad en ruinas. Esta es la tercera mayor pirámide del mundo, tras la de Keops y la de Cholula. En sus tiempos dorados, la pirámide estaba totalmente pintada de color rojo, restos que aún se pueden ver en alguno de sus lados. Desde su cima se atisba todo el valle en el que se asentaba esta ciudad.

El eje central de la antigua metrópolis es la conocida como Calzada de los Muertos, ya que los aztecas pensaron que las decenas de pirámides que la bordean eran tumbas de los diferentes reyes de este pueblo. De hecho, el lugar se convirtió en un punto importante de peregrinación de los soberanos aztecas, que creían que aquí todos los dioses se habían sacrificado para que el Sol pudiera hacer su recorrido.

Las mejores vistas de Teotihuacán son desde la Pirámide de la Luna, por la preciosa perspectiva de la Calzada de los Muertos así como de las imponentes vistas de la Pirámide del Sol. Como apenas hay sombras, recomiendo encarecidamente que llevéis gorras y agua, o en su defecto, compréis uno de los sombreros tradicionales de paja que venden en sus puestos. Por todo lugar hay vendedores ambulantes con una especie de juguete que al soplar imita el sonido de diferentes animales locales, como los leopardos o diferentes pájaros.

Finalmente, no dejéis de visitar alguno de los antiguos barrios residenciales de la ciudad en ruinas. Hay una mansión abierta al público, el conocido como palacio de Quetzlpapálotl, o mariposa emplumada, que fue residencia de una familia de la élite teotihuacana. Se accede a su interior por una escalinata custodiada por dos jaguares al patio porticado del edificio y luego a cada una de las cámaras interiores. Las columnas de piedra tiene preciosas representaciones de mariposas y plumas de quetzal talladas, que en origen estuvieron policromadas. Los muros interiores están decorados con frescos relativos a la veneración del agua destacando los caracoles marinos y los corazones humanos. Asimismo, otra de las salas tiene escenas que representan jaguares con penachos de plumas de quetzal. El pequeño museo arqueológico, justo en el lado contrario de la ciudad, al lado del pequeño jardín botánico, también merece la pena.

Polanco, Condesa y el Paseo de la Reforma

De vuelta a la gran ciudad, simplemente pasear por las calles de esta masiva urbe es suficiente para pasarlo bien. Desde el ordenado Paseo de la Reforma con el famoso Ángel de la Independencia dorado al frondoso bosque de Chapultepec. De la popular Alameda Central a las elegantes calles de Polanco o los agradables bulevares de Condesa, donde uno se acaba encontrado una réplica de la madrileña fuente de Cibeles, por ejemplo. Vale la pena también acercarse al campus de la Universidad Nacional Autónoma de México y ver el enorme mural de la "representación histórica de la cultura" que ocupa toda la fachada de la gran biblioteca, realizado por le artista mexicano Juan O´Gorman 

Tres fascinantes museos en CDMX

Respecto a los museos que visitamos, que fueron varios, destacaría tres: el primero es el popular Museo Frida Kahlo, situado en su casa familiar, pintada con el característico color azul. Siempre hay colas por lo que es imprescindible reservar con antelación por Internet con el día y hora a la que se vaya a visitar. Además de una interesante colección de obras de Frida (aunque muchas de las mejores obras están repartidas por todo el mundo), también podremos recorrer los jardines, la habitación en la que murió, la famosa cocina o el comedor donde recibieron a Trotski y su mujer, cuando huyeron de las purgas estalinistas. Frida es un ejemplo de artista comprometida políticamente, pero también de mujer revolucionaria respecto a la visión de la sociedad y ante todo, de lucha frente a la adversidad que supuso su accidente de tranvía y su discapacidad a través del arte. Tras la vista al museo, nada mejor que darse un paseo por Coyoacán, decubrir su animada plaza y parroquia y tomarse un tradicional café de olla o chocolate caliente en el humilde pero popular Café El Jarocho y acompañarlo de su variedad de panes salados y dulces recién horneados.

Los otros dos museos que visitamos están en Polanco y forman parte del complejo Plaza Carso donde nos alojaban nuestros amigos. Por un lado, el funcional Museo JUMEX, de la famosa compañía zumera mexicana, que esos días tenía una exposición temporal de Andy Warhol "Estrella Oscura", donde se mostraba una variada colección de obras del artista, desde las famosas pinturas de productos de consumo y las series serigráficas de retratos de estrellas de cine o políticos, todo contextualizado en una época de promesas utópicas y su lado oscuro de cultura mediática y consumo de posguerra.

El otro museo que disfrutamos, tanto por fuera como por dentro, es el impresionante Museo Soumaya, que alberga gran parte de la colección de arte del hombre más rico del mundo: Carlos Slim. Solo por el edificio ya vale la pena acercarse: obra de Fernando Romero, asesorado por Frank Gehry, cuenta con una fachada asimétrica envuelta en un armazón de piezas hexagonales de aluminio plateado con una única abertura: la puerta de entrada. Dividido en seis plantas a las que se accede por una enorme rampa espiral blanca, uno tiene la impresión de estar en otro planeta.

La colección, de acceso gratuito, muestra 3000 años de historia de arte europeo y americano a través de 70,000 obras de arte, con algunas piezas asiáticas que suelen estar en exposiciones temporales. Desde impresionantes murales de Diego Rivera al pensador de Rodin. De hecho, tiene la mayor colección del escultor francés fuera de Francia. También hay cuadros de Botticelli, Tintoretto, del Veronés, del Greco, de José de Ribera, Murillo, Zurbarán, Van Dyck, Rubens, Fragonard, Monet, Pissarro, Renoir, Degas, Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Chirico, Dalí, Miró... y por supuesto muchísimos autores mexicanos y objetos de arte que van desde oro prehispánico a relicarios del siglo XVIII. La colección es amplísima y no se hace nada pesada. Me llamó la atención la colección personal del artista libanés exiliado Gibran Kahlil Gibran, autor del famoso libro "El Profeta". Incluso habían cuadros de Sorolla.

Todos los bailes mexicanos en una noche

El broche de oro de nuestra estancia fue una noche en el Palacio de Bellas Artes para disfrutar del Ballet Folclórico de Amalia Hernádez, que lleva décadas representando diversos bailes tradicionales mexicanos de todas sus regiones: desde mariachis a los carnavales del litoral pasando por todo un elenco de músicas y danzas con todo el color de la indumentaria tradicional del país. El público disfrutó especialmente cuando sonaba "La Cucaracha". Personalmente me gustó mucho.

Además de cultura, museos y antigüedades, uno visita la Ciudad de México por su deliciosa y variadísima gastronomía que he decidido tratar en otra entrada para no hacer esta demasiado larga. Ciudad de México cuenta también con una oferta de fiesta nocturna enorme, casi todos los días de la semana, donde destacaré Saint, en Polanco, a donde fuimos el viernes y donde el ambiente era estupendo, con gente de todo tipo. 

Me quedan tantas cosas pendientes en Ciudad de México que no sé ni por donde empezar. Lo cierto es que al inicio de mi lista cuando vuelva estará el interior del Palacio Nacional y los frescos de Diego Rivera. También me gustaría visitar el Museo Nacional de Antropología así como el cercano Castillo de Chapultepec o tomar un tequila en la plaza Garibaldi. También quiero descubrir más a fondo el Palacio de Bellas Artes, del que solo pude ver algunas de sus salas cuando fui a la representación. 

dissabte, 4 de novembre de 2017

Antigua y Barbuda

La primera vez que visité el Caribe Occidental fue el pasado mes de julio y fue el pequeño país de Antigua y Barbuda, antigua colonia británica hasta principios de los años 80, y que está formado por tres islas: la más grande, Antigua, una apenas habitada que es Barbuda y una deshabitada que es Redonda. Lamentablemente, Barbuda, isla favorita de Lady Di con su famosa playa de arena rosa, fue destruida en un 90% por el huracán Irma y desde septiembre se encuentra deshabitada.

Por mi parte, pasé dos semanas en una parte de Antigua conocida como English Harbour, que concentra varios de los principales atractivos turísticos del país. La llegada al país se hace por crucero o por el moderno aeropuerto, pagado con dinero de la cooperación china. Nosotros llegamos con una ruidosa avioneta bimotor desde la vecina isla de San Martín. Dormíamos en un bello resort conocido como el St. James Club, que cuenta con dos hermosas playas: una con alguna que otra ola que da al océano Atlántico y otra extremadamente tranquila que da a una bahía llamada Marmora. El complejo cuenta con todo lo necesario para pasar unas estupendas vacaciones: desde pistas de tenis a un gimnasio muy completo, varios restaurantes que ofrecen tanto comida caribeña como internacional así como varias piscinas y diversas actividades náuticas.

Antigua es un país para los amantes de la playa: tiene 365, una para cada día del año. Además, cuenta con un interesante patrimonio colonial. Más allá de las poblaciones de los siboney, arawaks o tribus caribe que por estas islas pasaron, la historia de Antigua con tal nombre empieza con el paso del Cristóbal Colón por la misma, bautizándola como isla de Santa María de La Antigua. Sin embargo, la Corona castellana nunca se estableció aquí debido a la falta de agua y la presencia de numerosos caribes. En 1674, Sir Christopher Condrington fundó la primera plantación de azúcar en Antigua. En 1685 le alquiló la isla entera a la Corona Británica a cambio de un gran cerdo al año si era requerido. Decenas de plantaciones se instalan y cientos de esclavos son traídos a la fuerza desde África Occidental. Con la abolición de la esclavitud en 1834, los esclavos ganaron su libertad aunque no fue hasta 1981 cuando Antigua y Barbuda se convirtió en un Estado independiente miembro de la Commonwealth.

Obviamente la capital es uno de los puntos a visitar: St. John´s, presidida por una catedral anglicana en ruinas, es una ciudad pequeña y sin encanto especial. Destaca el Museo de Antigua y Barbuda, sito en el antiguo tribunal colonial, con piezas históricas dando mucha relevancia al deporte más popular del país: el cricket. De hecho, uno de sus héroes nacionales es Sir Vivan Richards, una leyenda mundial de este deporte, al que tuve el placer de conocer en una cena. Y hablando de comidas, la capital ofrece dos restaurantes donde disfrutar de platos locales. Uno, más modesto, es Roti King, en una antigua casa colonial de madera, donde se sirven rotis, los famosos crepes caribeños, un plato perfecto para una comida rápida a mediodía. Aquí los preparan sabrosos, con diferentes rellenos: carnes, verduras o pescados, sazonados con salsa de curry. Lo encontráis en St. Marys Street. El otro restaurante, Papa Zouk, también en una bonita casa colonial, es famoso por ser el favorito de Nicolas Cage, visitante frecuente de Antigua. El lugar es también frecuentado por ministros locales así como por diplomáticos. Está especializado en platos a base de pescado y como bebidas presenta la mayor colección de rones del país, tanto locales como extranjeros. Las buenas relaciones con la Venezuela bolivariana (Antigua es país miembro del ALBA), hace que dispongan de varios rones venezolanos exclusivos, como uno que probamos, envejecido más de 20 años. Como sopa de entrante no os podéis perder la bullabesa a la caribeña y de plato principal la especialidad de la casa: el pargo rojo recién pescado que lo sirven tanto frito como a la parrilla. El restaurante está siempre muy animado así que lo mejor es reservar antes de ir. Lo encontráis en Hilda Davis Drive.

Sin dejar de lado la gastronomía, no os podéis perder un dulce que se vende en los numerosos puestos de frutas tropicales que se encuentran en las carreteras de todo el país: las bolas de tamarindo recién hechas, con su característico sabor agridulce. Pero las especialidades locales por excelencia son dos platos: por un lado la ducana, a base de puré de patatas mezclado con nuez de coco, azúcar y especias, todo cocido al vapor en una hoja de banano. Buenísimo. Solo se prepara con motivo de fiestas como la Navidad o los Carnavales por las familias locales. Nosotros la encargamos a la abuela de nuestro chófer. También le encargamos el fungi, una masa de sémola de maíz que envuelve gombo, una planta tropical de la que se usan las hojas y las semillas. Me quedo con la ducana.

Finalmente, también pude experimentar alguno de los desfiles del famoso carnaval de agosto, en el que camiones de diferentes radios y empresas ponen música caribeña a toda pastilla mientras atraviesan las principales vías de la capital, seguidos por masas de gente de todas las edades cantando y bebiendo. Uno de los mejores lugares para ver los desfiles es desde el parque con la gran estatua de medio cuerpo de Vere Cornwall Bird, héroe nacional, fundador del Partido Laborista de Antigua y primer Primer Ministro del país.


En la zona de la isla en la que me alojé, English Harbour, se concentran muchos de los atractivos del país, empezando por el único Patrimonio UNESCO con el que cuentan: el Parque Nacional del astillero naval del Almirante Nelson, ya que fue comandado por este héroe de guerra británico durante las guerras napoleónicas. El sitio comprende un recinto fortificado de la época georgiana con instalaciones y edificios portuarios y navales. El medio natural de bahías profundas, rodeadas de terrenos elevados, que caracteriza este lugar de la isla de Antigua, ofrecía un refugio seguro contra los huracanes, propiciando así el mantenimiento y reparación de los navíos. Construido por la Marina Real Británica a finales del siglo XVIII con mano de obra esclava africana, el astillero de Antigua tenía por objeto proteger los intereses de los dueños de las plantaciones de caña de azúcar en una época en que las naciones europeas se disputaban con encarnizamiento el control del Caribe Oriental. Este puerto natural se convirtió en la base más importante de la marina británica en las Antillas en 1784 y estuvo operativo hasta 1889. Tras su reciente rehabilitación, alberga actualmente una marina de prestigio que atrae cada año la Sailing Week. La bella Casa-Museo del Almirante explica la historia del lugar y es un bello ejemplo de arquitectura georgiana adaptada al clima y materiales del Caribe. El mismo Rey Guillermo IV residió en la zona durante su entrenamiento militar como Príncipe Heredero.

Subiendo las colinas, una de los mejores vistas del país es Shirley Heights, antiguo punto de observación del puerto natural de English Harbour. Sus puestas de sol son míticas y los domingos por la tarde-noche el lugar se llena de gente atraídos por los músicos que cantan música caribeña en su escenario y las barbacoas donde se prepara pescado, carnes y hamburguesas con sabores tropicales mientras la luna y las bombillas festivas iluminan la colina, llena a rebosar de una mezcla de locales y turistas.

Otro de los elementos característicos del país son los molinos de viento usados para moler la caña y obtener azúcar. Su perfil aún nos recuerda la importancia de estas plantaciones en el origen del país. Además, no olvidéis tomaros la típica foto en alguna de las cabinas rojas herencia británica que aún quedan en algunos puntos de la isla al lado de una exuberante palmera y con el fondo de arena blanca y aguas turquesas.

Por desgracia, y debido a la carga de trabajo, no pude conocer las muchas playas que ofrece el país. Algunas de las que tuve la suerte de disfrutar fue la privada del hotel Carlyle Bay, de la salvaje Galleon Beach y de la inolvidable Ffryes beach, de postal, donde también almorzamos un domingo en el restaurante a sus orillas: Dennis Cocktail Bar & Restaurant. Sus vistas desde el pequeño promontorio a lado de la playa no tiene igual. Ofrecen platos internacionales con toques caribeños donde destaca el pollo al coco, que está delicioso. El problema es que tardan muchísimo en servir la comida, así que pedid tan pronto os sentéis. La música caribeña en directo es otro buen punto aunque intentad no sentaros justo al lado pues el volumen puede llegar a molestar. Como postre recomiendo el budín de las islas, con toque de ron local.

Antigua es el paraíso tropical al uso, con playas de arena blanca y aguas turquesas y bellas colinas desde las que observar paisajes sin igual. Sin embargo, la calidad general de la gastronomía es bastante mediocre y la fiesta que ofrece tampoco es nada del otro mundo: en general es un país muy tranquilo, diría que aburrido, muy desconectado del mundo y donde el tiempo pasa muy despacio. Honestamente, no creo que merezca la pena pagar un vuelo desde Europa hasta aquí teniendo otras muchas islas caribeñas o enclaves como Bocas del Toro en Panamá, la propia Cuba o Puerto Rico, que además de playas estupendas, ofrecen una mejor gastronomía y una mayor oferta de ocio y cultura. Y si se buscan playas remotas paradisíacas, el archipiélago de San Blas en Panamá no tiene igual, aunque tenga el problema de la incomodidad de sus alojamientos, que nada tienen que ver con los resorts de Antigua, por lo demás algo anticuados. Tal vez el hecho de que visité la isla en temporada baja tiene algo que ver con mi valoración más bien negativa.

dimecres, 23 d’agost de 2017

Bodrum & Éfeso

Mis vacaciones de verano de 2017 empezaron en el magnífico pueblo de Bodrum, que en los últimos años se ha convertido en el destino de playa más chic de Turquía, atrayendo a turistas de todo el mundo, especialmente del mundo árabe. La noche que llegamos fuimos a pasear por la modera marina de Turgutreis, con decenas de estupendos restaurantes, cafeterías, boutiques, y los yates amarrados frente a una isla donde aún está en pie una pequeña fortaleza de la época de los Cruzados.

Comenzamos el día siguiente en un estupendo lugar de desayunos frente al mar, donde nos sirvieron dos tablas con el tradicional desayuno turco a base de diferentes quesos, huevo pochado, mermeladas caseras, olivas y el omnipresente té. La belleza de la costa rocosa de la región es incomparable. 

Con uno de los mini buses que recorren con gran frecuencia la carretera principal nos acercamos hasta el núcleo urbano de Bodrum, a través de la calle Cevat Sakir, arteria principal plagada de tiendas de souvenirs, de imitaciones de bolsos de marca y de cambio de divisa. Al final de la misma se encuentra el imponente Castillo de San Pedro, construido por los Cruzados como una pieza más en la defensa de la ruta de los peregrinos cristianos a Jerusalén. Sin duda es un must del lugar, vale la pena dedicar unos horas a descubrirlo, tanto por su arquitectura y estructura, así como por las vistas del agua turquesa que se disfrutan desde sus almenas. Pero es que, además, en su interior, alberga uno de los mejores museos de arqueología submarina del mundo. Los tesoros recogidos en los alrededores de Bodrum, fruto de diversos naufragios a través de los siglos, han permitido conformar un museo que muestra el comercio marino el tiempos egipcios, fenicios, griegos, romanos y en la era del Islam, incluyendo objetos originales así como reconstrucciones de diversas embarcaciones. Pasearse por el castillo, mientras se cambia de sala del museo, es una maravilla, con un fuerte olor a pino impregnándolo todo. El gobierno turco ha sabido preservar la abundante iconografía cristiana presente en la fortaleza. Además, durante la época de Attaturk, se desacralizaron las mezquitas del interior del castillo que ahora son salas de exposición del museo.

Tras la mañana cultural nos perdimos por las callejuelas del centro, que por cierto son reconstrucciones que imitan un viejo pueblo mediterráneo, ya que muchas de las construcciones originales se han perdido en terremotos. Bodrum fue la antigua Halicarnaso, donde nació Heródoto y donde se encontraba la gran tumba del sátrapa persa Mausolo. El mausoleo fue destruido por los Caballeros de San Juan para construir el actual castillo de San Pedro. La ciudad fue conquistada en 1522 por Suleimán el Magnífico y pasó a formar parte del Imperio Otomano. En una de aquellas callejas nos metimos en un restaurante a comer un gran pescado asado buenísimo precedido por unas cuantas mezze. Después nos bañamos en la playa del centro antes de volver a nuestra piscina. Esa noche cenamos en un agradable restaurante de pescado y mariscos a orillas del mar, decorado de una manera muy hippy que me recordó a Ibiza. Las rocas y barcas en el mar alrededor de las mesas daban un toque muy relajante al entorno.

El segundo día fuimos a otra de las playas del municipio, Camel Beach donde hay una consumición mínima para entrar y sirven comida y bebidas en las tumbonas, y de tanto en tanto pasan vendedores ambulantes con comidas típicas turcas, como las deliciosas midye dolma, las conchas de almejas rellenas de un arroz con los mejillones, piñones y especias. La playa también es popular por la variedad de actividades acuáticas ofrecidas como las motos de agua (fue la primera vez que las probé y divertidas pero girar es difícil al principio). También dimos un paseo en una lancha rápida y finalmente hicimos una actividad muy divertida a la que llaman  "la cama", donde te sientas en una gran colchoneta hinchable mientras una lancha rápida te arrastra y sacude de lado a lado. Otra lancha con un par de fotógrafos nos persiguió durante las diferentes actividades, tomando buenas fotos que luego nos vendieron.

Una excursión interesante desde Bodrum es hacia Éfeso. Esta antigua gran urbe de los tiempos de Grecia y Roma, capital de la desaparecida provincia romana de Asia Menor, alberga aún los impresionantes restos de su núcleo urbano, incluyendo calles empedradas, fuentes, arcos del triunfo, templos y un impresionante teatro construido en la ladera de una alta montaña.

Normalmente se organizan autobuses desde la estación central de Bodrum que hacen un recorrido por los diferentes sitios. Sin embargo, como yo tenía un vuelo esa tarde de vuelta a Estambul, tuve que buscarme la vida para poder visitarlo. En un principio intenté alquilar un taxi para unas horas, pero uno de los amables empleados de una compañía de bus se ofreció a llevarme en su coche particular por la mitad de lo que pedían los taxis. Así que me aventuré a conocer Éfeso y su patrimonio a contrarreloj, por cierto considerado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En el bello camino de ida pasamos por las ruinas de la antigua ciudad griega de Mileto, de donde surgió toda una importante corriente filosófica, encabezada por el famoso Tales de Mileto. La costa mediterránea turca fue parte de la civilización griega durante siglos y luego estuvo ligada a ella a través del Imperio Bizantino primero y del Imperio Otomano después.

Una excursión a Éfeso que se precie, y más si se es cristiano, no puede dejar de lado la Casa donde la Virgen se escondió sus últimos años de vida y desde la cual la tradición afirma que subió a los cielos. La humilde construcción situada en mitad de una montaña despoblada está ahora fuertemente custodiada por la policía y el ejército turco, que garantizan así el derecho de los cristianos a rendir culto a la Madre de Dios. Además de la casa, el actual complejo cuenta con un enorme parking, además de un café, una capilla exterior y varias tiendas de souvenirs religiosos, así como de una gran fuente de agua de las montañas a la que se le atribuyen propiedades milagrosas. El interior de la casa es ahora una pequeña capilla con un retablo y una estatua de la Virgen donde poder recogerse en silenciosa oración y poder poner una vela en el exterior.

Tras tal experiencia religiosa nos dirigimos a las ruinas de la antigua Efeso, ciudad que se articulaba alrededor de una gran calle principal, empedrada y empinada, flanqueada de columnas y en torno a la cual se situaban algunos de los principales edificios de la antigua urbe. Algunas de las fachadas se mantienen en un estado envidiable, con espectaculares relieves, fruto de excelentes restauraciones. En una de las plazas principales aún se mantienen mensajes grabados en latín, como uno en el que los magistrados de la ciudad se quejan al emperador de la falta de fondos para reconstruir las murallas.


Sin duda, la estrella de la ciudad es la reconstruida fachada de la biblioteca de Celsius, una imponente construcción de columnas única en los restos que quedan del mundo romano, y que es otro botón de muestra de la sofisticación que Éfeso alcanzó en otros tiempos). Finalmente, tras recorrer largas calles empedradas, llegué al gigantesco teatro de la ciudad, construido en la ladera de una montaña y que llega hasta la base de la misma, siendo uno de los teatros romanos más impresionantes que he visto nunca. Una de las grandes obras de las que apenas queda nada es el antiguo templo de Artemisa (Diana para los romanos) que en su época se consideró como una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.

Bodrum es un gran destino vacacional, con restaurantes de primera categoría, la "biutiful pipol" de Estambul y Ankara pasando el verano aquí y un gran numero de monumentos y museos de interés histórico y cultural mundial. Cuando vuelva me gustaría aprovechar para hacer una excursión a Pamukkale, un gigantesco complejo de piscinas naturales con un brillante color blanco fruto de los minerales y aguas termales de la zona. También me quedó por visitar en barco la isla que Marco Antonio le regaló a Cleopatra cuando la pareja le disputaba el liderazgo del Imperio romano a Octavio.

dimecres, 19 de juliol de 2017

Annecy

Annecy es una apacible ciudad de provincias francesa en mitad de los Alpes, a los bordes de un lago cristalino, muy concurrida por familias de todo el mundo, jubilados o jóvenes amantes de la montaña. Llegué a través del aeropuerto de Ginebra, ya que frecuentes buses lo conectan con la ciudad en algo más de una hora.

La ciudad nunca fue capital de nada, y eso se nota en su pequeño tamaño y en la escasa monumentalidad de sus edificios. Aún así, guarda un gran encanto. Annecy es una ciudad de Saboya, que fue la última región que se incorporó a la república francesa en 1860, cuando Napoleón III la obtuvo como recompensa por la ayuda a los nacionalistas italianos a expulsar a los austriacos de los que iba a nacer como el reino de Italia.

Lo mejor para entender Annecy es dirigirse a la estupenda oficina de turismo que hay en Bonlieu, un moderno edificio de cemento y cristal construido en los años 80. Allí ofrecen información de todo tipo y vende tiquetes para diferentes actividades y espectáculos.  Recomiendo hacer la visita guiada a la ciudad que incluye entradas al Palais de l´Ile y al castillo todo por 6,50. Mi amable guía era originalmente de la ciudad por lo que la conocía de arriba a abajo. Empezamos la visita por el Paquier, que es una gran extensión de hierba frente al lago donde los actuales ciudadanos se relajan pero donde antes pastaban las vacas y colgaban a los reos.

Caminamos por el apacible muelle de Eustache pasando por el imponente ayuntamiento para meternos en la plaza de San Mauricio y continuar hasta la de San Francisco de Sales, donde se encuentra la iglesia homónima, también llamada de los italianos, donde aún se da misa en italiano cada semana. San Francisco de Sales es sin duda la personalidad más importante de la ciudad, ya que vivió largo tiempo aquí como obispo de Ginebra, justo cuando el calvinismo tomó la ciudad suiza. De hecho, Annecy fue una de las puntas de lanza de la primera Contrarreforma.

La visita seguía por el canal central al Palais de l´Ile, uno de los grandes símbolos de Annecy que fue su cárcel principal tanto durante la antigüedad hasta fechas tan recientes como la ocupación nazi y el régimen de Vichy. En mitad de lo que parece el gran canal central de la ciudad (que en realidad es un río natura, el Thiou) en una isla fortificada, la construcciónestá casi lista tras su restauración para ser reabierta por lo que no pude visitarla por dentro. Seguimos paseando por las callejuelas, muchas a los bordes de diferentes canales y con flores de todos los colores que decoraban rejas y balcones hasta llegar a una de las antiguas entradas de la ciudad, que estaba amurallada en el origen. La puerta de Santa Clara conserva un gran encanto, sobretodo por los relojes en ambos lados. Tomamos las estrechas y empinadas callejuelas que llevan hasta el castillo de Annecy, una estructura de defensa militar donde vivieron en origen los condes de Ginebra pero que luego fue residencia de miembros  secundarios de la casa real de Saboya. A pesar de su sobriedad el castillo guarda una gran belleza serena y dispone de unas vistas maravillosas del lago desde su parque. Dentro hay diversas salas de exposiciones de las que pude disfrutar, que también permiten visitar la antigua estructura del castillo. La exposición permanente muestra acuarios de la fauna y flora del lago, así como dioramas, cuadros y maquetas que explican la estructura geográfica, geológica y sociocultural del lago de Annecy.

En el resto del castillo, las salas, habitaciones y salones estaban ocupadas por una exposición dedicada al mundo del cine de animación de China. En Annecy cada año se celebra el Festival de Cine de Animación y este año China era el país invitado. La exposición contaba con performances, bocetos, maquetas de personajes, películas animadas, esculturas y cuadros de los mejores animadores chinos de todas las épocas. Una pasada de exposición.

Bajamos del castillo de nuevo hacia la calle mayor de la ciudad antigua, la de Santa Clara, donde entre todas las casas de estilo medieval destaca una mansión renacentista, construida a lo largo (y no a lo alto) siguiendo la moda italiana con grandes ventanales, en la que actualmente se encuentra una tienda de los caros muebles Roche Bobois. En esta lujosa mansión de un antiguo comerciante se alojaron las grandes personalidades de la ciudad, donde además fundaron un círculo de amigos de las artes y las ciencias, como el propio San Francisco de Sales.

La visita guiada acabó de vuelta a la modesta iglesia de San Mauricio. Esta modesta iglesia dominica fue financiada en origen por un importante cardenal que sin embargo murió sin acabarla. Los techos los pagó otro gran comerciante mientras que las capillas fueron sufragadas por algunos de los antiguos gremios de la ciudad, donde aprovechaban para reunirse. El elemento más destacable del templo es el fresco que marca el lugar donde fue enterrado Philibert de Monthoux, consejero de los Duques de Saboya y Borgoña. La tumba, en vez de ser esculpida, está realizada en un fresco, lo cual la dota de originalidad, y cuenta con una técnica de trampantojo que le otorga sensación de profundidad. Siguiendo las corrientes del siglo XV, marcado por la peste, la pintura presenta a la muerte sin disfraz, con el objetivo de recordar que ricos y pobres acabarán igual. La iglesia, como todas las de Annecy, está atravesada por un pequeño canal de agua subterráneo que permitía a los religiosos contar con agua corriente y poder pescar peces para las comidas. Esta iglesia originariamente formaba parte de un gran convento dominico que se instaló en la ciudad para alzar los ánimos de una población extremadamente pesimista tras la brutal crisis de la peste. Actualmente el espacio que ocupaba el antiguo convento es el elegante barrio art decó de los años 30, donde se encuentra la famosa confitería "Les Roseaux du Lac" donde venden los caros pero deliciosos "roseaux" unas barritas de chocolate de gran calidad rellenas de licores y café muy típicas de Annecy. Justo enfrente está la boulangerie "Rouge" donde comprar algunos de los bollos más tradicionales de la ciudad, y que me encantaron, como el "gateau de Savoie", que es un bizcocho muy suave o el brioche praliné, con un praliné casero y coloreado en rojo que se mete en la masa del brioche y se hornea a la vez. Los colores rojo y blanco recuerdan a los de la bandera de Saboya y el sabor de la masa me recordó al de la mona de Pascua valenciana.

Los martes por la mañana se instala un gran mercado en el centro de la ciudad, empezando por la plaza Santa Clara, donde bajan numerosos granjeros y campesinos de las montañas aledañas para vender desde huevos orgánicos a los quesos más tradicionales, carnes y fiambres de gran calidad, peces pescados en el lago, verduras y frutas de la región y especialidades como pasteles y panes. Respecto a los quesos, los dos locales son el "Tome des Bauges" y el famoso Reblonchon, ambos hechos con la leche de las vacas que pastan en las montañas locales y de los que me hinché durante mi corta estancia. La amabilidad de vendedores y compradores mezclada con los colores y deliciosos olores hicieron de mi compra del martes una experiencia inigualable.

Aquel día comí en Le Ramoneur Savoyard, un restaurante que lleva regentado por la familia Chevallay desde 1923 con una carta que ofrece varias especialidades de la región. Opté por el primer menú, el de la ciudad, donde elegí la rica ensalada savoyarde a como entrante. Como plato principal elegí los diots al vino tinto que son como unas longanizas caseras que están buenas pero tienen un sabor fuerte, quizá me hubiera gustado algo más vegetariano. La polenta con queso derretido que lo acompañaba estaba muy bien y recuerda la fuerte influencia italiana que aún tiene la Saboya. Finalmente, de postre pedí una tarta de melocotones locales. Acabé lleno y aunque el precio es algo elevado las raciones son generosas.

El último día en Annecy lo dediqué a conocer su bello lago. Opté por la Compagnie des bateaux du Lac d´Annecy, que ofrece un barco que hace el tour del lago parando en ciertos pueblecitos costeros y que permite bajarse y volver a subir una sola vez. El barco se toma en el muelle de Napoleón III y durante la travesía el conductor iba explicando los paisajes, la historia del lugar o las diversas formaciones geológicas que aparecían. Hice mi parada en Talloires, una bonita aldea de aires alpinos desde la cual parte un autobús gratuito al Col de la Forclaz, un mirador de montaña desde el que algunos se lanzan en parapente y otros como yo disfrutamos de la espectacular panorámica del lago. Recomiendo ir temprano y mirar bien los horarios ya que las frecuencias del autobús son malas y corréis el riesgo de quedaros tirados.

Tras las vistas volví a bajar y tomé el siguiente barco para disfrutar de los bellos paisajes lacustres, con sus aguas turquesa y los frondosos bosques de alrededor, así como el elegante chateau de Duignt, en una pequeña península, una mansión privada que domina la entrada a la parte menor del lago con gran elegancia. Deportistas practicaban por todo el lago desde wind-surf a kayak pasando por todos los deportes acuáticos. Decenas de parapentistas cubrían los cielos con sus alas de todos los colores.

Lo mejor de Annecy es su tranquilidad y paz, el escaso ruido de coches y que desde cada calle se ven las inmensas montañas que rodean la ciudad. Como dijo Paul Cézanne, Annecy es un excelente vestigio de los tiempos pasados. Pero a la vez, la ciudad está muy bien conectada por su estación con tren de alta velocidad y con un centro comercial en el mismo centro, la ciudad cuenta con todo lo que uno pueda necesitar pero sin el estrés de una gran ciudad. Me dejo por visitar el Imperial Casino, donde suelen reunirse los grupos locales del Front Nacional, así como la catedral de San Pedro por dentro, que me la dejo para una mejor ocasión.