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dilluns, 6 de febrer de 2017

Kobe & Okayama

Kobe

Kobe fue una de las primeras ciudades japonesas en abrirse a los extranjeros. Antes del cierre de Japón por parte del shogunato, su puerto ya había sido frecuentemente usado por comerciantes chinos. Tras la apertura de la era Meiji, el puerto de Kobe se convirtió en una de las entradas de todo lo Occidental. Y eso se respira por sus calles. La ciudad es conocida por su abundancia de panaderías que ofrecen recetas francesas y alguna italiana con toques japoneses, ya sea sabores, olores, ingredientes o formas a la japonesa. Además, fue aquí donde vi por primera vez un restaurante austriaco (en toda mi vida vaya). De hecho, para los interesados, se encuentra en la calle paralela a la calle principal del Chinatown de Kobe o Nankinmachi.

Kobe es conocida en todo el mundo por su excelente carne de res. Como entrevistábamos al presidente de su puerto justo antes de que empezaran unos días festivos en Japón, aproveché para quedarme y explorar la costa del mar interior de Japón. En la estación de Shin-Kobe, compré el JR West Pass que por 14,000 yenes permite tomar de forma ilimitada los trenes de JR (incluyendo la línea de Shinkansen) e incluso el ferry a Miyajima de forma ilimitada. Yo con este pase visité Himeji, Okayama, Naoshima, Hiroshima y Miyajima.

La visita empezó en el Sky Lounge del Hotel Kobe Portopia, invitados por nuestro cliente. Como el hotel está en las tierras ganadas al mar donde también se encuentra el nuevo puerto, las vistas de la ciudad eran espectaculares. Desde aquel piso 35 pude admirar la gran cadena montañosa que parecía hacer de muralla gigante, los rascacielos y la costa, presentando la belleza de Kobe en un panorama sin igual.

En mitad del bullicio de la ciudad se encuentra el santuario sintoísta de Ikuta, fundado nada más y nada menos que en el año 201. Este santuario de madera, donde se fabricó sake por siglos, sobrevivió milagrosamente a lo largo del tiempo, siendo lugar de reunión de los habitantes del barrio durante calamidades, bombardeos o terremotos (el último el de 1995). Rodeado de un pequeño bosque de alcanforeros y un estanque, este lugar es un remanso de paz que huele al incienso de las barras ardiendo que dejan los fieles.

Ternera de Kobe y un barrio chino

Me entró el hambre, y como ya había probado la carne buena de Kobe en Tokyo un par de veces (y barata no es), me decanté esta vez por una hamburguesa de Kobe, algo más asequible. Para ello fui a Wanto Burger, en Shimo-Yamate dori. Aunque estaba muy buena, no tiene ni punto de comparación con un buen filete de Kobe , que se deshace en la boca (no hace falta ni masticar). Son muchos los rumores sobre el porqué de la calidad de esta carne. Uno de los más extendidos es que se alimenta a las vacas con cerveza, se les dan masajes y se les pone música clásica en el establo. Pero la asociación de ganaderos de Kobe lo desmiente. En realidad, ellos explican que la calidad es debida a la raza de vaca: la carne de las vacas negras japonesas nacidas, criadas y sacrificadas en esta prefectura son consideradas las de mejor calidad del mundo. 

Tras la comida, decidí quedarme un par de días en Kobe, en un hotel cápsula que contaba con unos baños termales japoneses estupendos. Las aguas, con propiedades medicinales, salen directamente de una fuente termal de la cadena de montañas pegada a la ciudad. Los hoteles cápsula en Japón son muy curiosos: a uno le asignan su cápsula, en la que tiene enchufes, una mini-tele, luz y aire acondicionado, además de un pijama. Luego tienes un gran armario con llave para dejar tus cosas. En esa misma sala hay sofás y teles, además de una ristra de pilas perfectamente limpias con todo tipo de productos de aseo que podamos necesitar: desde cremas y gomina hasta maquinillas de afeitar desechables o cepillos de dientes. Luego están los baños: en general, los hoteles cápsula cuentan con un gran "onsen" donde los clientes pueden relajarse y asearse. En mi pasada entrada sobre Kagoshima expliqué el protocolo a seguir en un onsen japonés. 

Tras instalarme, me fui a dar una vuelta por la agradable ciudad. En una de las calles había una especie de imitación de una serie de fachadas de una ciudad francesa del sur, aunque algo mal hecha ya que parecía más bien sacado de un parque de atracciones barato. En cualquier caso, el resto de la ciudad era muy agradable, una especie de fusión entre ciudad europea y japonesa. Acabé el paseo por Nankinmachi, el barrio en el que se asentaron decenas de comerciantes chinos cuando Japón se abrió al mundo. Es parecido a otros barrios chinos de grandes ciudades aunque este es particularmente colorido y ordenado. Las decoraciones meticulosas llaman la atención, especialmente la plaza central, con estatuas de los diferentes signos del horóscopo chino. Restaurantes chinos se alinean uno tras otro, solo interrumpidos por tiendas de baratijas así como herboristerías. También hay numerosos puesto de comida callejera que ofrecen diversas especialidades chinas. Yo piqué de allí y allá mientras disfrutaba de un barullo diferente al del Japón habitual.  

Volví a mi hotel paseando, cruzando media ciudad. Me sorprendió el cosmopolitismo de Kobe a pesar de su pequeño tamaño. Boutiques enormes de Louis Vuitton, de Hermes, de Prada, de Gucci, enormes rascacielos de oficinas, elegantes tiendas de grandes almacenes, restaurantes de las más variadas nacionalidades... mientras, en lo alto de la montaña, habían iluminada una forma de ancla, símbolo de la ciudad.

Okayama

El día después, para estar más cerca de mis otros destinos (Hiroshima, Miyajima y Naoshima) me trasladé a la ciudad de Okayama, a mitad camino de todo, y convenientemente conectada al Shinkansen. Como era temporada alta (la conocida en Japón como silver week), la mayoría de alojamientos de los grandes puntos turísticos estaban completos. Okayama, al ser menos concida, contaba con algunos hoteles de gama media que tenían habitaciones disponibles. Escogí uno que estaba en el bonito canal que atraviesa la ciudad de norte a sur, jalonado de puentecitos y restaurantes a ambos lados. 

Okayama es conocida en Japón como la ciudad de Momotaro, un niño héroe que mató a un demonio en una de las leyendas más conocidas del país. Se cuenta que Momotaro nació del hueso de un melocotón. Con la ayuda de un mono, un faisán y un perro venció a un demonio de tres ojos y tres dedos que devoraba a la gente. Una estatua del niño melocotón recibe a todos los viajeros en la estación de Okayama. Además, su cara sonriente está en todas las alcantarillas de la ciudad.

Aunque mi idea era de estar en Okayama solo para dormir, acabé dedicándole una mañana de mis mini-vacaciones para visitar Koraku-en, que es el gran jardín de la ciudad, considerado uno de los tres más bellos de Japón. Tomé uno de los tranvías vintage que aún recorren sus calles hasta la parada de Shiroshita y allí crucé el amplio cauce del río Asahi por la estrecha pasarela bajo el castillo de Okayama para entrar en Koraku-en. Originalmente, este jardín se construyó por orden del daimio (jefe de samurais) Ikeda Tsunemasa, terminándose en el año 1700. Con la revolución Meiji y el fin del feudalismo japonés y de los samurais, el jardín abrió sus puertas al público en 1884. Me sorprendieron sus enormes extensiones de césped, salpicadas de tanto en tanto por estanques, casas de té y otros edificios del periodo Edo. El jardín mantiene las plantaciones de diversos comestibles que tenían los antiguos daimios por lo que aún se pueden disfrutar sus plantaciones de té, arrozales así como los diferentes huertos de árboles frutales, donde destacaban los de ume, conocido como el albaricoque japonés. También hay un gran depósito de agua lleno de lotos. Como era pleno verano, sus flores blancas lucían radiantes, casi todas totalmente abiertas.

Curioseando por los puestecitos del parque vi que en uno vendían el recuerdo más típico de Okayama, que son los kibi-dango, unas bolas blancas parecidas a las de mochi y elaboradas con harina de mijo, que aún hoy se comen en recuerdo de Momotaro, el niño melocotón que antes mencioné. Tenían tanto las clásicas blancas con sabor original como las que tienen una esencia a melocotón. Compré dos paquetitos antes de dejar el parque.

Paseando de vuelta de vuelta al hotel admiré desde lejos el gran castillo negro de la ciudad, donde destacan sus doradas gárgolas, en forma de peces que agitan sus colas. Decidí no entrar al castillo, no sólo porque después del de Himeji se me quedan cortos el resto de castillos japoneses, sino porque este es una reconstrucción de 1966, ya que el original fue destruido en el Segunda Guerra Mundial. Aquella noche cené en el Ajitsukasa Nomura, un tranquilo restaurante decorado en bambú donde solo sirven la especialidad local: el demi-katsudon, que son chuletas de cerdo fritas con salsa semi-glaseada, guisantes y arroz. Simplemente meted el dinero en la máquina, apretad el botón del menú elegido y dad el tique a uno de los camareros. La comida no tardará. La salsa semi-glaseada es de color marrón oscuro, muy espesa y con un regusto final a chocolate. Originalmente de la gastronomía francesa, los japoneses la adaptaron a su gusto y en Okayama acabó formando parte de la tradición culinaria local. 

Tanto Kobe como Okayama son ciudades que no suelen formar parte de una visita típica a Japón. Sin embargo, tuve la suerte de poder visitarlas debido a las circunstancias, de dormir en ellas. Es por eso que pude descubrir parte de su gastronomía y de algunos de sus tesoros escondidos. Sin embargo, si estáis en Japón solo por una semana o dos, no recomendaría en ningún caso incluirlas en vuestra ruta. 

dijous, 2 de febrer de 2017

Lomé y Abiyán

Lomé

Por motivos laborales, pasé siete días pasé entre las capitales de Togo y Costa de Marfil, dos calurosos y húmedos países costeros de África del Oeste.

Por un lado, estuve en Lomé, una capital extremedamente llana, como mi natal Valencia. Sus bulevares principales están bien asfaltados, a diferencia de las calles secundarias, arenosas o pedregosas, dependiendo de lo lejos que estén de la larga franja costera de la ciudad. Sus calles rectas llaman la atención por el orden general que imprimen a esta calmada ciudad.

La mayoría de los puntos de interés se sitúan alrededor de la Plaza de la Independencia, con los rascacielos de varios ministerios y organismos internacionales como la Comunidad Económica de los Estados del África Occidental (CEEAO). Estos edificios acristalados de los años 70 muestran cierta decadencia amable que en cualquier caso destaca frente a las bajas construcciones del resto de la ciudad. El edificio más alto de la ciudad es el Radisson Blu Hotel 2 Février 1947, fecha en la que un general que gobernaba Togo nacionalizó las minas de fosfatos. Sus interiores son muy elegantes y equivalentes a cualquier hotel de lujo de una capital occidental. Está situado en la propia Plaza de la Independencia, frente al deteriorado Palacio de Congresos de la ciudad. En mitad de la plaza se encuentra el monumento que celebra la independencia togolesa de los franceses en abril de 1960, con una silueta humana alzando los brazos en señal de victoria esculpida en la roca con una estatua femenina levantando un bol en el medio. 

Una de las comidas tradicionales que probé fue el fufú de ñame, una raíz que se tiene que moler hasta que adquiere una consistencia parecida a la de la plastelina. De color blanco, lo sirven acompañado de una salsa de tomate ligeramente picante y pescado o cabra. Lo primero es lavarse las manos con la jarra de agua que te sirven, el jabón y un balde. Luego, se sirve el ñame en un plato y el pescado con la salsa de tomate en otro. Con las manos se coge un trozo de ñame haciendo una bola y mojándolo con la salsa. Luego se toma un trozo del pescado y se come. No me atreví a probar la cabra, que era la otra opción.

Muchas de las rotondas de la ciudad están decoradas con diferentes estatuas, llamando la atención la del monumento a la paz, con una paloma gigante que se ilumina con centenas de bombillas cada noche. Por otro lado, mi hotel, un modesto Ibis, tenía un bellísimo jardín y piscina en primera línea de playa y ofrecía un panorama bastante paradisíaco.

Abiyán

Tras cuatro días en la capital togolesa, me dirigí al aeropuerto para dejar el país. Por cierto, el aeropuerto de Lomé es muy moderno y funcional, mejor de muchos de los que he visto en Europa. En un corto vuelo de Air Cote d´Ivoire llegué a Abiyán, la auténtica capital y hub del África del Oeste, una gran ciudad cuyo centro es Le Plateau. Este el barrio financiero donde se encuentran las sedes de las principales empresas nacionales y extranjeras. Las gigantescas autopistas de la capital están flanqueadas de centros comerciales, hipermercados y grandes tiendas como Carrefour o Fnac. Una gran ciudad en toda regla. Por cierto, no tuve que cambiar de moneda ya que, al igual que los europeos logramos con el euro, ocho países de la CEEAO comparten moneda común: el franco del África del Oeste.

Los rascacielos del Plateau son todos de los años 70 y 80, cuando se produjo el conocido como milagro marfileño. Son edificios modernos de estilo brutalista, donde dominan las líneas rectas y uno de los materiales domina las fachadas (sea cemento o cristal). Habían torres de cristales morados, otras de cristales amarillos, otras de puro cemento y sin duda, la que más llama la atención es la Pirámide, un rascacielos de cemento puro con forma triangular que recuerda a una colmena y que por desgracia se encuentra actualmente abandonado, con árboles que crecen en muchos de sus balcones. Uno de los edificios alberga también la Delegación de la Unión Europe en Costa de Marfil, con cientos de banderas europeas en mástiles delante del edificio. Me hubiera gustado visitar mejor el barrio, especialmente la moderna catedral de San Pablo, pero justo esos días se estaban produciendo motines de sectores descontentos del ejército, que protestaban por por impagos de sueldo y ascensos injustos, así que me quedé en la habitación del hotel para evitar riesgos. Una de las noches llegué a oír tiros desde mi habitación y todo.

El Grand-Bassam

El sábado lo dediqué a visitar el Grand-Bassam, que fue capital colonial fracesa de Costa de Marfil durante tres años y que ahora es considerada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Es todo un ejemplo urbanístico de ciudad de finales del XIX con barrios especializados en comercio, administración, vivienda para europeos y vivienda para africanos. La capital se ensanchó a partir del antiguo puesto de pescadores de N´zima. Sin embargo, tuvo que abandonarse por un brote de fiebre amarilla y ya nunca se volvió a instalar aquí. Sin embargo, las diferencias entre el Antiguo Bassam (barrio francés) y Nuevo Bassam (barrio africano), separados por una laguna y conectados por un puente, aún persisten. La ciudad es un testimonio urbanístico de las complejas relaciones sociales entre europeos y africanos. Decenas de edificios coloniales abandonados le dan un encanto especial, alternándose con tiendas de recuerdos de muy buen gusto y excelentes galerías de arte, como la Maison des Artistes.

Hay un edificio que se conserva en excelente estado: se trata del antiguo mercado, de estilo art-decó, que es ahora un salón de eventos y congresos que se usa sobretodo para bodas. Nos encantó también un edificio amarillo que una vez albergó un hotel, ahora totalmente abandonado, en cuyo bajo un comerciante expone excelentes telas africanas hechas a mano. El edificio más importante del barrio es el antiguo palacio del gobernador, ahora dedicado al museo del traje, donde se muestran diferentes tipos de vestimentas típicas del país, destacando las del rey del Grand Bassam, poder tribal paralelo al gobierno de Costa de Marfil que sigue existiendo aún hoy en día. Allí se muestran las vestimentas típicas de este rey así como su corona. Siempre aparece acompañado de su hermana en todos los actos públicos, mientras que su esposa nunca sale a la luz.

En el museo también se muestran una serie de maquetas de poblados de las diferentes tribus de Costa de Marfil. El amable guía nos fue explicando las costumbres polígamas de la mayoría de ellas, excepto de una en la que las mujeres eran las que tenían el poder real. Además del contenido del museo, también nos fue explicando las diferentes estancias del palacio, como el moderno cuarto de baño o las escaleras secretas, escondidas en una falsa contraventana, que servían para que el gobernador se ocultara en pequeñas estancias secretas situadas entre los muros, en caso de revueltas.

Acabamos la visita en uno de los modestos restaurantes de la playa, donde no se recomienda el baño por las fortísimas corrientes. Disfrutamos de las fuertes olas sentados mientras comíamos unos gambones del Atlántico acompañados del plátanos maduros fritos. El panorama era de lo más variopinto: jóvenes montadas a caballo mientras otras cargaban sobre sus cabezas, en un ejercicio único de equilibrismo, botellas llenas de coco rallado y tostado que sabe a gloria.

Me quedé sin visitar la iglesia más grande del mundo, la Basílica de Nuestra Señora de la Paz, pero es que se encuentra en Yamusukro, a tres horas en coche de Abiyán, y me venía muy justo. Sobretodo con los motines en marcha no quería alejarme mucho del aeropuerto internacional.

dimarts, 31 de gener de 2017

Naoshima

Una isla de arte contemporáneo

Uno de los lugares más fascinantes de Japón es la pequeña isla de Naoshima, en el mar interior de Seto, uno de los mares que conforman el mar interior de Japón. Desde que en los años 90 la Benesse Corporation (dueña de las academias Berlitz de las que fui profesor) instaló en esta isla su colección de arte moderno, creando el Benesse Art Site, Naoshima no ha parado de transformarse. De ser un villorrio donde subsistían pescadores y jubilados con sus pensiones, la isla atrae ahora a amantes del arte moderno de todo el mundo, con nuevos museos abriendo sus puertas y artistas contemporáneos llegando de todos los rincones del globo. Nuevos restaurantes de slow food abren sus puertas junto a hoteles boutique, galerías de arte y tiendas de diseño.    

En mi viaje desde Kobe hasta Hiroshima, con parada en Himeji, decidí dedicar un día a Naoshima. Me llamaba muchísimo la atención uno de sus monumentos más famosos: la calabaza amarilla de Kusama Yayoi. Como me estaba quedando en Okayama, tomé el tren regional hasta Uno y allí, al lado de la estación, me dirigí en ferry hasta Honmura, uno de los dos puertos de Naoshima.

Honmura y el Art House Project

Los principales puntos de interés de la isla están en tres puntos: el Benesse Art Site y las poblaciones de Miyanoura y Honmura, que es a la que yo llegué. Allí empecé haciendo la ruta de las seis casas tradicionales cedidas a artistas contemporáneos. Estos las han usado como marco para sus instalaciones en un proyecto conocido como Art House Project. El objetivo es que estas casas (y un templo sintoísta) que tienen, de media, más de 200 años, sirvan como contenedor de obras e instalaciones ultra recientes y rompedoras. Me dirigí a la primera casa, "Haisha", decorada de colores raros y que a simple vista parece una casa en ruinas, o una chabola, recubierta de materiales de desecho, como planchas metálicas oxidadas o maderas carcomidas. En ella, el artista Otake Shrinro ha decorado cada habitación de manera muy diferente, donde destaca la gran estatua de la libertad blanca que atraviesa los dos pisos de la casa. Allí mismo compré la entrada para el resto de las casas y me pusieron el sello de esta primera. Las casas están esparcidas por la población de manera que su visita también implica varios paseos por Honmura, y por tanto, interacciones con el día a día de los vecinos de esta minúscula población de calles de un sólo sentido. La ruta de las seis casas os llevará más o menos una mañana hacerla. Recomiendo empezar por "Minamidera", un edificio de nueva construcción en el que se muestra, en turnos de cada 15 minutos (de ahí que lo más sensato es acudir lo primero de todo para apuntarse en uno de los turnos), la sorprendente instalación del estadounidense James Turrell. Allí se entra, y se espera, en la oscuridad total y absoluta, hasta que nuestros ojos se acostumbren y disfrutemos de algo... único. No diré más para no estropear la sorpresa y reacciones que el artista espera de su obra, cuyo misterioso título es "The Backside of the Moon".

Personalmente me encantaron los cuadros de la casa "Ishibashi", especialmente The Falls, de Hiroshi Senju, un artista japonés que pinta gigantescos cuadros de cascadas utilizando técnicas tradicionales de la pintura japonesa. La serie de cuadros expuestos en una de las habitaciones restauradas me produjeron gran relajación, con un efecto casi hipnótico por el que no podía parar de observarlos. También me pareció muy interesante una de las obras de Tatsuo Miyajima, en la sala principal de la casa "Kadoya": sobre una lámina de agua, 125 contadores de LED que van del 1 al 9, muestran los números en los colores rojo, verde y azul en una cuenta atrás infinita. El artista pidió a cada vecino del pueblo poner un contador a la velocidad que desearan. La obra se llama "Sea of Time 98" y es bastante curiosa. Finalmente, al aire libre se encuentra el santuario de Go´o, restaurado por el artista Hiroshi Sugimoto, que le incluyó unas escaleras de cristal óptico que van desde la sala subterránea de piedra hasta el santuario de madera en lo alto. Bajando por la colina se puede entrar a la cámara subterránea, donde empiezan las escaleras, a través de un estrecho tramo de lisas y altas paredes por las que, al salir, iremos divisando la luz y el mar poco a poco, como si volviéramos a la vida. 

En Honmura hay también un lounge en mitad del pueblo en el que se venden libros de arte muy interesantes así como recuerdos de diseño que harán las delicias de los viajeros más exigentes. Allí es donde se espera para tomar el bus gratuito que lleva hasta el Benesse Art Site. Pero como ya tenía hambre, fui a Café Salón Naka-Oku, en mitad de una colina, tras pasar unos campos a las afueras de la población. En el local, situado en una antigua casa de madera, y cuyas mesas se distribuyen en un acogedor tatami, lo tradicional convive con lo rabiosamente contemporáneo, con música chill out de fondo. Allí sirven omuraisu, un arroz frito de verduras cubierto por una finísima tortilla de huevo acompañada de salsa de tomate casera o una de curry, a elegir. El menú incluye una bola de puré frío de patatas orgánicas, con las pieles y todo, que está espectacular. Para beber pedí un zumo de frutas recién hecho.

El Benesse Art Site

Una vez saciado, tomé el bus hasta la playa de la Benesse House, un hotel boutique que forma parte del complejo del Benesse Art Site. En el muelle de esta playa está la escultura de la calabaza amarilla, símbolo de Naoshima. La artista Kusama Yayoi hizo esta calabaza, añadiéndole un patrón óptico de círculos negros, tras el éxito de su colección de calabazas rojas en la Bienal de Venecia de 1993. Había mucha fila para tomarse la foto con la preciosa calabaza, así que decidí tomarle foto a la obra sin mi. Continué caminando por el complejo hotelero hasta llegar al Museo Benesse House, donde nació todo este movimiento que puso Naoshima patas arriba. El edificio, diseñado por el genio Ando Tadao, fusiona arquitectura, arte y coexistencia con la naturaleza. Sus salas acogen una colección de arte contemporáneo espectacular, con cuadros de flores de Andy Warhol en su cafetería, la "Venus Bleue" del artista Yves Klein, o mi obra favorita del museo: "The Forbidden Box" de Yukinori Yanagi. De una caja sale una tela transparente sobre la que está impresa una foto de la bomba atómica publicada por un periódico japonés en 1946. Detrás de la tela hay otra en la que está impreso el borrador del artículo 9 de la Constitución japonesa, escrito por el mismísimo General Douglas McArthur, en el que Japón renunciaba a la guerra como derecho soberano y al uso de la fuerza o a la amenaza en las relaciones internacionales. En la tela de delante está impreso el artículo 9 tal y como se encuentra hoy en la Constitución, mucho más apaciguador, tanto en japonés como en inglés. La obra tiene una fuerza y un significado que impactará a cualquier amante del arte, de la historia y de la política.

Además de las interesantes obras de arte del museo, la propia arquitectura del edificio y el juego que hace con el cielo, las montañas, la flora y el mar es impactante. En uno de los patios, dos gigantescas piedras planas nos permiten tumbarnos en ellas y admirar un pequeño círculo de cielo que se abre al final de las altas y lisas paredes. El Museo Benesse House cuenta además con dos plantas dedicadas a habitaciones en las que cada una tiene en su interior un par de obra del museo que el huésped podrá disfrutar en exclusiva y en privado.

Ferry desde Miyanoura

Como ya estaba fatigado y saturado de arte, dejé el complejo del Benesse Art Site y me dirigí hacia mi última parada en Naoshima: Miyanoura. Allí están los baños "I Heart Yu" que combinan los baños tradicionales japoneses con esculturas de arte contemporáneo. Presidiéndolo todo está la estatua gigante de un elefante. Pero estaba anocheciendo y me apetecía volver a mi hotel de Okayama a relajarme así que decidí no entrar. En el puerto me esperaba otra calabaza gigante de Yayoi, esta vez roja y con la posibilidad de meterse en su interior a través de uno de sus puntos negros gigantes. Mientras esperaba la llegada del ferry, me compré unas takoyaki en un puesto cercano. Los takoyaki son unos pequeños buñuelos con un trocito de pulpo a la plancha cada uno en su interior que llevan copos de bonito seco por encima, además de la salsa takoyaki. Disfruté de esta popular comida de calle en la cubierta del barco, viendo las costas llenas de pinos de Naoshima hacerse cada vez más pequeñas mientras me acercaba al puerto de Uno, desde donde tomaría un tren regional de vuelta a Okayama.

Naoshima me encantó: con sus pinos, su tranquilo mar, sus calas y su luz me recordó mucho a mi querido Mediterráneo. Me dejé sin visitar los otros dos museos de Benesse Art Site: ni el Museo de Arte Chichu ni el Lee Ufan. Tampoco me bañé en el moderno Naoshima Bath I Heart Yu. Así que, la próxima vez que visite Japón, Naoshima estará en mis listas prioritarias, espero incluso que para pasar una noche o más allí.

dijous, 26 de gener de 2017

Himeji

Como fiel seguidor de la lista de Patrimonios de la Humanidad UNESCO, tenía el ojo puesto en la apacible ciudad de Himeji, que cuenta con el mejor y más bonito ejemplo de castillo japonés. Este edificio es además el patrimonio UNESCO más antiguo de Japón. Como había tenido una reunión en el cercano Kobe y empezaba un puente de cuatro días, me compré el West Japan Pass para visitar Hiroshima, Miyajima y Naoshima. Y paré un día en Himeji, que está en mitad del camino. 

La moderna y enorme estación del tren bala se encuentra un kilómetro frente al castillo, justo al otro extremo de la vía principal de la ciudad: Otemae-dori. La ciudad es totalmente llana por lo que es perfecta para recorrer en bicicleta. La oficina de turismo de la estación de tren las ofrece gratis: coged la llave del candado de una de las bicis que prestan y luego id a por la bici al parking subterráneo de Otamae-dori, frente al supermercado Bon Marché.

Ya con mi bici, y soportando el húmedo calor del julio japonés, me dirigí hacia el bellísimo castillo, conocido entre los japoneses como la "Garza Blanca", debido a su lustroso exterior blanco y a su regia figura, en lo alto de una colina sobre la extensa llanura de Himeji. La mayoría de castillos presentes en las diferentes ciudades japonesas son reconstrucciones de hormigón de los años cincuenta, ya que la mayoría fueron arrasados por los bombardeos estadounidenses. En cambio, el de Himeji es de los pocos castillos originales que quedan en pie, y muchos de los lugareños aún piensan que es un milagro, ya que fue de las pocas estructuras de la ciudad que se salvó de la guerra. Además, el castillo nunca vivió una batalla, con lo que sus pasadizos, laberintos y estancias se mantuvieron casi intactos a lo largo de los siglos.

El castillo cuenta con un torreón principal (tenshu) de cinco plantas y tres torres más pequeñas, todo rodeado de fosos y murallas con patios y pasadizos en el interior. El castillo fue construido en 1580 por Toyotomi Hideyoshi y desde entonces el castillo ha visto 48 amos. Tuve la suerte que el castillo acaba de ser renovado y casi todos los andamios ya no estaban, con lo que la estructura exterior e interior lucía en todo su esplendor. Aquí se rodaron varias escenas de la película "Sólo se vive dos veces" de James Bond,, de "El último samurái" así como decenas de otras películas japonesas de samurais.

Tras comprar la entrada me bajé la aplicación de la oficina de turismo con la que, apuntando la cámara a los códigos que hay en los paneles de las diferentes estancias del castillo, se recrean en la pantalla de los teléfonos móviles escenas de la época, gracias a la realidad aumentada (mismo sistema que usa el videojuego Pokémon Go!). El castillo impresiona mucho menos por dentro. Además, las largas colas de masas de turistas hacen de la visita menos agradable. En la cima del torreón se encuentra un espejo, deidad sintoísta protectora del castillo a la que aún hoy en día los japoneses rinden oración y ofrendas. Me gustó también ver los diferentes métodos de defensa con los que contaba el castillo, como falsas puertas o habitaciones ocultas donde podían esconderse varias personas y sorprender a un enemigo que lograra introducirse en el castillo. Las vistas desde lo alto eran también magníficas.

Tras la visita y las fotos correspondientes, continué mi paseo hacia la segunda atracción más importante de la ciudad: el pequeño barrio de Koko-en, una reconstrucción de nueve viviendas de samuráis con sus respectivos jardines. Están al oeste del castillo y en este barrio vivía la élite de Himeji hasta la revolución Meiji. Todas de estilo Edo, sus bellísimos jardines llenos de cascadas, estanques con carpas y árboles perfectamente podados supusieron un agradable respiro a las masas y el calor asfixiante. Las paredes de piedra y yeso con glicinias por todo lado me teletransportaron cientos de años atrás, a la época en la que Japón vivía totalmente cerrado al mundo y donde los samuráis gobernaban el país.   

En mitad de uno de los jardines se encuentra el restaurante Kassui-Ken donde pedí el menú degustación de verano, preparado con ingredientes de temporada donde destacaba el delicioso anago, que es congrio a la parrilla sobre una base de arroz, una especialidad local, así como udon fríos y una tempura de verduras de verano. Las relajantes vistas a uno de los estanques hizo la experiencia única.

Tras la comida, tomé la bici y me decidí a dar la vuelta completa a los fosos del castillo, para verlo desde todos los ángulos, hasta llegar a uno de los extremos donde hay una especie de mirador desde el que se toman las mejores fotos. Hacía tanto calor que decidí volverme a mi hotel en Kobe a descansar. Dejé la bici en el parking, devolví la llave del candado a la oficina de turismo y tomé el tren bala de vuelta a la capital de la ternera.

Himeji es una ciudad que personalmente considero obligatoria para todo el que vaya por primera vez a Japón. No sólo por su impresionante castillo, que es un ejemplo de todo lo que uno espera ver cuando va a Japón, sino también por el apacible barrio Koko-en y sus cuidados jardines, así como por ser una parada agradable a mitad camino entre Osaka, Kyoto e Hiroshima. Himeji resume todo lo que un enamorado del periodo feudal japonés espera ver. 

dissabte, 7 de gener de 2017

Montenegro

Acabé 2016 en Montenegro. Consecuentemente, allí también empecé este 2017, el más incierto de toda mi vida. De lejos. Y lo empecé en una de las ciudades más insulsas que jamás visité: Podgorica. Sin embargo, esta ciudad es capital del país con una de las costas que más me han impresionado en el mundo: de Stevi Stefan a Budva, pasando por Kotor, Montenegro cuenta con un impresionante litoral de pueblos amurallados de calles estrechas y casas de piedra blanca con tejados de color rojo.

Desde Milán, aterrizamos en el minúsculo aeropuerto de la capital y tras un sencillo trámite de frontera de menos de dos minutos entré en el minúsculo país balcánico. Montenegro llevaba en mi radar varios años. Son muchos los viajeros que ya saben que para evitar las masas de turistas que ya han invadido Croacia, Montenegro es la alternativa menos cara y más auténtica. Por desgracia, la belleza del litoral montenegrino es ya un secreto a voces y este año son más.

Lo primero que hicimos fue conducir hasta el lago Skadar, precioso, que comparten Montenegro y Albania. Tras pasear por sus orillas, continuamos el resto del último día del año haciendo brunch comiendo prsut, que es una especie de jamón serrano delicioso, de una sabor ligeramente ahumado, más parecido al prosciutto italiano pero de mejor calidad. También probamos distintas variedades de quesos locales así como un surtido de carnes. De postre no nos resistimos a un trozo de pastel Moskva con bizcocho, nata espesa y frutas, inventado en el famoso Hotel Moskva de Belgrado. Después dimos una vuelta por el desangelado centro de la ciudad de la antigua Titogrado, ciudad favorita del dirigente de la extinta Yugoslavia. Recorrimos los bulevares Stanka Dragojevica y Svetog Petra Cetinskog, donde están los insulsos edificios del parlamento y varios ministerios. Sin duda, la calle más moderna de la ciudad era la Slobode, donde pasear y ver escaparates de tiendas mayoritariamente locales. Las marcas extranjeras escasean en una ciudad que parece semi desconectada de la globalización, excepto por el hotel Hilton en uno de los bulevares. Una de las pocas calles bonitas es Bokeska, al lado del parlamento, con pequeñas casitas de colores y pubs en sus bajos. A pesar de su minúsculo tamaño (la población total del país apenas supera el medio millón de personas) los montenegrinos están muy orgullosos de sus diez años de independencia, tras romper en 2006 su asociación con los serbios. Es en este país en el que se basó Hergé cuando escribió uno de mis cómics favoritos de Tintin: el cetro de Ottokar, basado en un pequeño reino balcánico amenazado por una expansionista y dictatorial república balcánica, ambas de nombres inventados.

Esa noche celebramos la Nochevieja en una sala de la ciudad donde una orquesta cantaba turbo-folk, un tipo de música local que es también muy popular en Serbia y Bosnia-Herzegovia. Este género musical mezcla música oriental con ritmos pop, folk y electro, mezclando ritmos electrónicos y rápidas melodías modernas con instrumentos tradicionales. Es entretenido al principio, pero al cabo de unas horas se nos hizo extremadamente pesado, aún con la ayuda de la rakija, un licor local muy bueno y el estupendo vino montenegrino.  

Al día siguiente, Año Nuevo, nos desplazamos a la costa, empezando por Sveti Stefan, playa e islote bellísimos. La antigua aldea amurallada de pescadores de la mini-península está ahora en régimen de concesión a una cadena de hoteles de lujo que ha reformado las casitas en 50 habitaciones y sirve el desayuno en mesas y sillas que ocupan la antigua plaza mayor frente a la iglesia. Lamentablemente, el acceso para no huéspedes solo es posible con guía, así que nos limitamos a admirar su belleza desde lejos. La playa cuenta con posibilidad de acceso en verano por 100 euros por persona. Como estábamos en invierno pudimos pasear gratis. Sveti Stefan se convirtió en los años 60 en uno de los destinos favoritos de las estrellas de Hollywood que buscaban relax y anonimato y desde entonces Montenegro es uno de los destinos favoritos de los multimillonarios. Y se nota.

Seguimos hacia Budva, una ciudad cuyo bello centro histórico, también situado en una península, es totalmente de estilo veneciano, ya que por largos años perteneció a la Serenísima República de Venecia. Aparcamos por los barrios nuevos, llenos de altos y modernos edificios y colapsadas calles hasta cruzar una de las puertas de la muralla, presidida por el escudo veneciano, con el león de San Marcos bien visible. Se considera a Budva capital turística de Montenegro, y su vida nocturna es más bien famosa. La playa del Stari Grad (centro histórico) es una pasada. Y pasear por sus callecitas aún más, aunque la lástima es que casi todos los bajos están hoy ocupados por tiendas de souvenirs o restaurantes. El espíritu original de pueblo de pescadores se ha perdido por completo, algo que logró mantener, a su manera, St. Tropez. Una lástima para Budva. Aún así, guarda la magia de pequeño pueblo con muchísimos rincones y placitas que llenaran vuestra cámara de fotos inolvidables. En la plaza más alta, justo al lado del fuerte, conviven la catedral católica de San Iván, la iglesia ortodoxa de la Santísima Trinidad y la pequeñita de Santa María de Punta. Pasear por sus murallas y disfrutar de las maravillosas vistas del mar y de la montañosa costa no tiene precio. Tras disfrutar de la puesta de sol tomando algo en uno de los abarrotados cafés a los pies de la antigua muralla, enfilamos hacia Porto Montenegro.

Situado en la bahía de Kotor, uno de los mayores fiordos naturales del sur de Europa, esta exclusiva marina tenía varios super yates amarrados en el momento de nuestra visita. Acababa de anochecer y las aguas de la bahía estaban tan tranquilas como las de un estanque de jardín. Porto Montenegro es parcialmente propiedad de Bernard Arnault y de la familia Rothschild. Su paseo marítimo estaba impecable, limpio con una patena, iluminado por modernas farolas y jalonado de perfectas palmeras. Los lujosos edificios de apartamentos tenían modernos restaurantes y tiendas en sus bajos. Era como estar en otro país.

Seguimos hacia el último punto de nuestra parada: la magnífica villa de Kotor. Situada en un puerto natural del Adriático, y justo a los pies de una altísima montaña, fue un importante centro comercial de la Edad Media, que acogió afamadas escuelas de albañilería y pintura de iconos. Dentro de sus murallas de 20 metro de altura, la población alberga cuatro iglesias románicas además de varias plazas de gran belleza. La ciudad se fortificó en el siglo XV para defenderse de los ataques del Imperio Otomano. Nos perdimos por su amalgama de calles y elegantes plazas, todas de estilo veneciano, ya que este reino italiano ejerció aquí más de cuatro siglos de influencia. Era ya noche cerrada y el castillo, situado justo encima, lucía iluminado cuál halo sagrado de la ciudad. Sus calles empedradas son tan hermosas que la UNESCO declaró la ciudad y su comarca como Patrimonio de la Humanidad. A la belleza habitual de Kotor se le unía una profusa decoración navideña, con árboles, iluminación y otros elementos que aún hacían más mágico el paseo nocturno.

Cenamos en uno de los restaurantes de Kotor, situado en un antiguo local medieval, donde pedimos un delicioso arroz negro al modo italiano de risotto y una sepia a la parrilla rellena de una masa de verduras con ajos y pimientos, acompañada de blitva, la tradicional guarnición montenegrina de acelgas con patatas hervidas muy jugosas sazonadas por aceite de oliva y ajo. Todo bien regado por un fresquito vino blanco local. Acabamos nuestra visita a la ciudad topándonos por casualidad con un pequeño concierto al aire libre de Perper, una banda montenegrina de rock y jazz, de cuyo directo disfrutamos mientras bebíamos un rico licor del miel local.

La visita al país acabó con el monasterio de Ostrog al día siguiente, uno de los lugares más sagrados de la Iglesia Ortodoxa Serbia. Situado en una enorme roca vertical, este es el lugar de peregrinaje por excelencia de Montenegro. Se supone que uno aparca a los pies de la montaña, en una pequeña iglesia, y desde ahí realiza la subida de 3 kilómetros al monasterio para purificarse. Nosotros, como no teníamos tanto tiempo, aparcamos justo en la cima, para visitar su interior. Hicimos la fila para entrar a la minúscula iglesia de la Presentación, con toda la roca cubierta de frescos e iconos, y besar la cruz que sostiene un sacerdote, así como rezar una pequeña oración a los restos de San Basilio de Ostrog. Este santo del siglo XVII fue un arzobispo de la Iglesia Ortodoxa Serbia que tuvo la suerte de tener a su disposición una pequeña biblioteca durante su infancia. Siguió los estudios de teología, gustándole mucho pasar largas estancias en pequeñas celdas monásticas cavadas en las rocosas montañas. Tras su muerte, se le encerró en una de las rocosas celdas del monasterio de Ostrog, ahora mini iglesia de la Presentación, donde aún se guarda su cuerpo, envuelto en una manta. Al lugar peregrinan miles de ortodoxos pero también católicos y musulmanes. San Basilio de Ostrog es conocido por obrar frecuentes milagros, especialmente en la cura de niños enfermos que pasan una noche en el monasterio. Tras la visita, bajamos por las acentuadas curvas de la empinada carretera y paramos un segundo a comprar deliciosa miel orgánica a un vendedor local.

Montenegro es una pequeña joya a la que quiero volver en verano. Me enamoró su costa, una de las que más me ha gustado del mundo con diferencia. Aunque me asustan los atascos de tráfico que se deben formar en esas estrechas carreteras. Sin embargo, estoy seguro que pasear por las callejuelas de Kotor y Budva una fresca noche de verano tras un día en las playas de aguas cristalinas debe ser una experiencia única.

dijous, 29 de desembre de 2016

Hiroshima & Miyajima

Hiroshima. La sola mención de esta ciudad japonesa nos lleva a pensar automáticamente en la bomba nuclear. Una explosión con forma de hongo se forma en nuestras cabezas. Cuando supe que iba a pasar una temporada en el país del sol naciente me puse como prioridad visitar Hiroshima. Quería visitar la zona cero, la primera ciudad en la que los estadounidenses lanzaron una bomba nuclear.

Aprovechando que tuve una reunión en Kobe y que justo ese miércoles empezaba un puente largo de vacaciones, me compré el West Rail Pass, que permite tomar de forma ilimitada todos los trenes de JR West incluidos los trenes bala o shinkansen de la línea San-yo. Dediqué un día y medio a Kobe y Himeji y otro a la isla de Naoshima. Pero el día que quiero contar en esta entrada es el que dediqué a Hiroshima y a la vecina isla de Miyajima.

Me levanté temprano en Okayama donde me estaba quedando y tomé el tren bala que en algo más de media hora me dejó en la moderna estación de Hiroshima. Era el puente de julio así que masas de turistas se dirigían hacia la estación del tranvía. Lo primero que me sorprendió es que Hiroshima no es para nada un lugar deprimente, a pesar de su durísimo pasado. La ciudad es muy próspera, cuenta con enormes rascacielos, calles arboladas y una población muy cosmopolita. Varias paradas después me bajaba del abarrotado tranvía en la parada Genbaku-domu-mae, justo al norte de la isla en mitad del río Hon-kawa, antiguo centro de la ciudad y hoy zona enteramente dedicada a la memoria de la s víctimas de la bomba atómica y de la paz.

6 de agosto de 1942: aquel día las puertas del infierno se abrieron en Hiroshima. La aviación estadounidense lanzaba la primera bomba atómica de la historia sobre población civil. Ante mi aparecía el recordatorio más visibile: la cúpula de la bomba atómica. Se trata de un edificio de 1915 que funcionó como pabellón de la promoción industrial hasta que la bomba le explotó justo encima. Todas las personas que se encontraban en su interior murieron al instante, pero al estar justo debajo de la explosión, el edificio se libró de la onda expansiva que arrasó el resto de la ciudad y fue de los pocos que quedó en pie. Se decidió mantener estas ruinas como símbolo de Hiroshima. A continuación, cruzando un puente, se abría ante mí la isla que alberga el conocido como parque conmemorativo de la paz. En el centro, una inmensa pradera tiene en su centro el alargado estanque de la paz que desemboca en el cenotafio, un arco de hormigón con los nombres de todas las víctimas confirmadas de la bomba. En ese estanque también se encuentra la llama de la paz, que arderá hasta que no queden más armas nucleares en el mundo.

En el extremo sur se encuentra el Museo conmemorativo de la paz. Como ya había muchísima fila, me puse también a esperar ya que no quería perderme la visita a este centro. Tenía muchísimo interés en entender mejor lo que allí pasó, sobretodo contado desde el lado japonés. Tras comprar la entrada empecé la visita al lugar, abarrotadísimo de turistas de todo el mundo. Aquí se exponen objetos rescatados tras la explosión de la bomba, como ropa hecha jirones, una fiambrera derretida, algunas fotografías terribles o el famoso reloj que se paró a las 8:15, la hora en la que la bomba explotó. El lugar es sobrecogedor, tanto por las fotografías como por la recreación de los minutos posteriores a la explosión, con el cielo negro, los restos de los edificios en llamas y los supervivientes con la piel derritiéndose y muriéndose de sed. Allí también se explican los cánceres que sufrieron los supervivientes y el estigma que arrastraron así como diversas curiosidades médicas. Por ejemplo, todas las partes de la piel desprotegidas o cubiertas por prendas oscuras sufrieron quemaduras de tercer grado en los supervivientes mientras que las partes cubiertas de prendas claras se libraron de los peores efectos. La última parte del museo se dedica a la iniciativa del gobernador de la prefectura de Hiroshima en sus esfuerzos internacionales por lograr un tratado que libre al mundo de esta mortífera arma de una vez por todas.

Seguí la visita al cercano pabellón nacional de la paz de Hiroshima en recuerdo a las víctimas de la bomba atómica, con su pasarela que desciende hacia un espacio frío que invita a la reflexión. Sus paredes circulares muestran fotos de como era la ciudad antes de su destrucción y en el centro hay una fuente con forma de reloj que representa el momento en el que cayó la bomba, las 8:15. Testimonios de los supervivientes y fotos de las víctimas acompañan el resto del complejo. Seguí paseando por el parque, acercándome al monumento a la paz de los niños, donde se representa a Sadako Sasaki, una niña que tenía dos años cuando lanzaron la bomba y que como resultado de su exposición a las radiaciones desarrolló leucemia a los 11 años. Cuando le diagnosticaron la enfermedad, Sadako decidió hacer 1000 grullas de papel, ya que en Japón son el símbolo de la longevidad y la felicidad. Creyó que si alcanzaba ese objetivo, se recuperaría. Tristemente, Sadako murió antes de alcanzar su meta, pero sus compañeros de clase lo terminaron. La historia de esta niña desencadenó en todo el país una fiebre por las grullas de papel que aún sigue. Miles de guirnaldas con grullas cuelgan alrededor de este monumento, enviadas por escolares de Japón y de todo el mundo. Como hay tantísimas y se siguen recibiendo, de tanto en tanto el museo recicla varias miles y fabrica postales que se reparten con cada entrada a cada uno de los visitantes.

El parque también cuenta con un monumento a las víctimas coreanas de la bomba atómica, ya que fueron centenares los coreanos que se encontraban en Hiroshima como esclavos y murieron como consecuencia del ataque. Como hacía muchísimo calor, me dirigí hacia el lugar donde quería comerme un okonomiyaki, las tortitas de col china cubiertas de marisco y carne tan famosas de la ciudad. Son una especie de tortillas de huevo con cosas a la plancha. La versión local, las Hiroshima-yaki, llevan fideos como ingrediente principal. Muchos amigos me recomendaron Okonomi-mura, un lugar situado en tres plantas de un insulso edificio de los años 50, a los que se accede por un cutrísimo ascensor. 26 puestos que preparan la versión local del okonomiyaki presentan sus planchas calientes preparadas para cocinar nuestra orden al momento. Me senté en uno de los taburetes observando como la cocinera preparaba mi especialidad. Tras disfrutar del exquisito sabor de este plato, me dirigí de vuelta a la estación para tomar un tren local hacia la estación de Miyajima-guchi. Caminando unos minutos llegué a la estación del ferri de JR que me llevó hasta la bellísima isla de Miyajima, una excursión perfecta para combinar con la visita a Hiroshima. A medida que me acercaba vi la famosa puerta torii flotante, emblema de esta isla y uno de los lugares más bellos de Japón.

Miyajima está también catalogada como patrimonio de la UNESCO. El famoso torii color bermellón no es más que la entrada al santuario sintoísta de Itsukishima-jinja, construído a modo de muelle. Nada más llegar en ferri al puerto, atravesé Omotesando, la calle principal, donde se encuentran la mayoría de comercios y restaurantes de la isla, así como la pequeña comisaría de policía y la estafeta de correos. Paseando por el parque al lado del mar, se me acercaron varios de los famosos ciervos de la isla en busca de comida. Son bastante descarados y si os despistáis os robarán folletos y mapas de vuestros bolsillos para comérselos. En pocos minutos llegué a la entrada del antiguo santuario. Construido en el siglo VI, Itsukishima-jinja se hizo como un muelle ya que Miyajima era una isla enteramente sagrada. Para permitir la llegada de devotos, estos solo podían pisar el templo y llegar en barco directamente a él. Aún hoy en día no se permiten muertes ni nacimientos en la isla para conservar su carácter sagrado. La apariencia actual del santuario es de 1168, cuando fue reconstruido por el jefe del clan Heike. El templo está consagrado a las tres diosas hijas de Susano-o no Mikoto, dios sintoísta de los mares y las tormentas, hermano de la diosa Amaterasu, diosa del sol y protectora de la familia imperial.

En mitad del templo hay un bello escenario de no, uno de los estilos de teatro japonés, que incluye danzas. Mi visita al templo transcurrió durante la puesta de sol, con lo que pude admirar la belleza de las diferentes tonalidades del cielo en contraste con el fuerte rojo de los pilares y vallas del templo, el verde de las montañas y el azul del mar. Ver el sol desaparecer tras las montañas enmarcado por la bellísima puerta torii en mitad el agua es sobrecogedor. Lástima que las masas de turistas estropean un poco el momento zen.

Antes de dejar la isla volví a Omotesando a comer algunas ostras, la especialidad insular, que se preparan en parrillas exteriores y están deliciosas. También me zampé un par de bollos al vapor rellenos de anguila, muy populares también. Tras la puesta de sol las masas de turistas desaparecieron como por arte de magia y pude disfrutar de un momento de tranquilidad antes de tomar el ferri de vuelta.

Tendré que volver a Miyajima. Estoy seguro que vale la pena pasar la noche en un lugar tan mágico y de una belleza tan impactante. Me reconfortó mucho sobretodo tras la triste visita a Hiroshima. Me dejé muchos otros templos por visitar, así como el teleférico y los diversos senderos. Espero poder hacerlo en otoño, para disfrutar del follaje anaranjado, o en primavera, para ver los cerezos en flor. Mi visita fue en julio y pasé un calor agobiante, además de las masas ruidosas de turistas. No lo recomiendo en absoluto.

divendres, 23 de desembre de 2016

Freetown

Sierra Leona no es un país al que uno vaya por turismo. Al menos no en este momento. Hace menos de un año que se declaró al país totalmente libre de ébola y eso asusta a mucha gente. Sin embargo, por motivos laborales, pasé un mes y medio en el país de la costa oeste africana. Eso sí, no salí de la península de Freetown, que ya de por sí es un territorio muy grande y de lejos la parte más desarrollada del país. A pesar de su fama, Sierra Leona es probablemente uno de los destinos más seguros en África, como república democrática y pacífica, con altos niveles de libertad de expresión. De mayoría musulmana, la coexistencia religiosa con la minoría cristiana es ejemplar, con habituales matrimonios mixtos y rezos de diferentes cultos en todo evento público. Yo mismo fui por primera vez al rezo de los viernes en una mezquita de Freetown. 

Sierra Leona es uno de los países más calurosos y húmedos del planeta, con lo que la sensación de agobio es bastante insoportable en general excepto desde mitad de noviembre hasta mitad de enero. Estos son los mejores meses para visitar el país, secos y con temperaturas no tan altas, que es cuando tuve la suerte de ir. La llegada es a través del aeropuerto internacional de Lungi, situado justo al lado opuesto del puerto natural de Freetown. Para llegar a la ciudad hace falta atravesar la bahía con una lancha rápida cubierta, lo cual incrementa la sensación de aventura cuando se llega al país. El puerto para tomar la lancha es un pequeño muelle de madera en mitad de una bellísima playa tropical con palmeras mecidas por el viento. En el momento en que íbamos a tomar el barco estaba saliendo el sol. 

Hay varias cosas que visitar en la península de Freetown. En el número uno están las playas, probablemente de las mejores de África occidental. Mi favorita es la de Bureh, muy conocida por los aficionados al surf, ya que las olas son de las más sencillas para practicar este deporte. De hecho, allí hay una rústica escuela de surf donde poder alquilar tablas y contratar lecciones con profesores locales a precios muy asequibles. Fue la primera vez que hice surf. Al final de una larga tarde de apredizaje fui capaz de ponerme de pie en la tabla tres veces, minutos antes de que se empezara a poner el sol. Además del surf, la playa de por sí es bastante limpia, y su panorama montañoso bellísimo. Al amanecer, cientos de garzas blancas se posaban en diferentes franjas de arena, levantando el vuelo todas a la vez y creando un espectáculo digno de cualquier reportaje de National Geographic.

Siguiendo con playas, también me encantó River Number Two, una playa de aguas limpias, palmeras y montañas muy cercanas aunque demasiado concurrida a mi gusto los fines de semana, en especial por familias de libaneses, la comunidad extranjera más grande del país. Aquí se puede comer langosta recién pescada a la parrilla por un buen precio sentado en la playa. Para pasear, Lumley beach, en Freetown, recuerda salvando las distancias, a Copacabana, obviamente sin los grandes edificios. El atardecer es especialmente impresionante en este paseo marítimo. El único problema es que la playa no está especialmente limpia y las botellas y bolsas de plástico abundan. El gobierno está iniciando un plan de limpieza bastante estricto.

Freetown no es una capital bonita. Poco iluminada de noche y con gigantescos atascos durante el día, la capital de Sierra Leona cuenta con pocos puntos propiamente bonitos. Las calles de la ciudad suelen estar abarrotadas de mujeres vestidas con alegres colores cargando todo tipo de mercancías es sus cabezas. El símbolo de la ciudad es el famoso árbol de algodón, una Ceiba Pentandra de más de 500 años del tamaño de un edificio de cuatro plantas. A sus pies se fundó la ciudad en 1792 cuando un grupo de antiguos esclavos afroamericanos fueron liberados en estas tierras por los británicos, en agradecimiento a su lucha a favor de la Corona británica contra los independentistas estadounidenses. Alrededor de este árbol, que ya era enorme por aquel entonces, los antiguos esclavos cantaron, bailaron y rezaron en acción de gracias por su libertad. Justo al lado se encuentra el palacio de justicia, un edificio de estilo neoclásico colonial de colores blanco y amarillo. Al anochecer, miles de murciélagos dejan el árbol en masa, volando hacia las colinas cercanas.

Al lado del Palacio de Justicia se encuentra el Museo Nacional de Sierra Leona, pequeño pero con algunas piezas interesantes. Allí hay trajes usados por las diferentes etnias en sus ceremonias: desde el traje que usan las mujeres mayores en las ceremonias de entrada de las niñas a las sociedades secretas (donde se les extirpará el clítoris) hasta otras para alejar a los espíritus malignos, como la Matorma que usan la etnia Limba, ahora incluso usada en manifestaciones contra la corrupción. Las piezas del museo también incluyen máscaras, herramientas de cultivo y guerra además de antigüedades de la época colonial.

Finalmente, es bonito también dar una vuelta en coche por Tower Hill, una colina donde se agrupan varias de las casas de madera del siglo XIX que construyeron los Krio, la tribu a la que pertenece la mayoría de la élite del país, caracterizadas por sus escaleras exteriores techadas. Las vistas de la ciudad desde aquí son especialmente bellas.

Una de las excursiones obligadas es acercarse a Regent y ver algunas de las casas Krio que aún quedan en pie, así como la antigua comisaría de policía, en uno de sus cruces. Pero lo mejor de esta ciudad es el santuario de chimpancés de Tacugama, hogar de cerca de 100 chimpancés rescatados o confiscados a los que se les prepara para una futura liberación. Los que se encuentran en el estadio más avanzado del entrenamiento y re-adaptación viven en estado de semi-libertad, en gigantescas áreas selváticas valladas. A estos solo se les da de comer al mediodía, para que el resto del tiempo se esfuercen en buscar su sustento en las plantas y animales salvajes, con el fin de prepararlos para una liberación total. Es muy interesante ver a estos animales de cerca y atender a las explicaciones de los guías acerca de las relaciones sociales y protocolo de los chimpancés. Verlos tan de cerca impacta por lo sorprendentemente similares a los humanos que son. Los menos preparados para volver a la libertad, bien porque nacieron en cautividad o bien porque sufrieron maltratos, se encuentran en espacios algo más acotados donde tienen juguetes e instalaciones para divertirse. En una de las grandes áreas valladas un par de chimpancés jóvenes saltaban de un pilar a otro de forma impresionante. En Sierra Leona aún existe el grave problema de la caza furtiva, los occidentales que compran bebés chimpancé como mascota o incluso determinadas tribus que los cazan para comerse su carne. Este centro se esfuerza en poder proteger a los que hay en libertad y en tratar de reinsertar a los que han sufrido la cautividad. El territorio de Sierra Leona acoge una de las mayores poblaciones de chimpancés del mundo, un animal en alto riesgo de extinción.

Al sur de la península se encuentran las islas Banana, que a pesar de estar relativamente cerca (tres horas en coche más media hora en lancha) nos dará la sensación de estar alejadísimos de la civilización. Ocupadas primero por los portugueses y luego por los británicos, estas islas se usaron para combatir la creciente piratería de la región. Actualmente es habitada por un pequeño grupo de Krios que se mudaron aquí justo después de la independencia. Dublín, en el norte de la isla más grande, conserva aún algunas de las farolas que iluminaban sus calles en el siglo XVIII, todas rotas. Las calles de hecho están cubiertas de hierba y la mayoría de edificios están en ruinas, excepto algunas casas coloniales de madera, unos cañones y un par de iglesias. Llama la atención una campana de varios siglos de antigüedad que se trajo de Inglaterra y que ahora mismo están colgada de un árbol por haberse derrumbado el campanario de la iglesia de San Lucas. Nosotros nos quedamos a dormir en Dalton´s Banana Guest House que está al lado de la playa más bonita de las islas, aunque esté algo sucia con demasiadas botellas y bolsas de plástico. Las cabañas de cemento son simples en exceso, sin ningún tipo de comodidad, y los baños solo son aceptables para una noche. Sin embargo, la comida que sirven, aunque simple, está deliciosa, especialmente el pescado fresco ahumado por ellos mismos, que es exquisito. Lo mejor de este lugar es la gran terraza de madera cubierta con vistas al mar, perfecta para relajarse entre sus gigantes almohadones y leer o jugar a las cartas acariciados por la brisa marina mientras el sonido de las olas nos relaja combinado con el susurrar de las palmeras.

Para probar la gastronomía local, tres lugares son buenos: el primero es Jam Lodge, en Motor Main road, un hotel. Son extremadamente lentos en la cocina ya que todos los platos son caseros, por lo que armaos de paciencia (al menos una hora) desde que pedís hasta que os llegue a la mesa. Allí comeréis como si os hubiera invitado una familia local. Especialmente delicioso hacen el groundnut stew, uno de los platos estrella del país, un guiso que puede  o no llevar pollo y se hace a base de una salsa picante de cacahuetes. El segundo local es Balmaya Arts Restaurant, un agradable restaurante, además de una galería de arte del África Occidental, cerca de Congo Cross, que sirve agua de coco fría (dentro del coco) y una selección de platos locales. Por ejemplo, el arroz jollof, que lleva carne de res, de pollo, trozos de pescado, gambas y varias verduras en una sazón picante. La salsa de okra también es muy tradicional así como los guisos picantes con hojas de cassava. El plátano maduro guisado y frito también es habitual. Finalmente, The Deck by Radisson Blu sirve una combinación de platos tradicionales, como su abundante arroz jollof o su jugoso pollo peri-peri así como platos fusión como la lasagna de hojas de cassava picantes buenísima junto con una selección de platos italianos. Además de estos restaurantes, la mayoría de mejores lugares para comer en la ciudad son libaneses como The Hub (que también sirve un excelente sushi), Crown Xpress o Basha Bakery. Finalmente, un postre curioso es el helado casero de groundnut (cacahuete) que preparan en el Radisson Blu. Finalmente, la comunidad china creciente, sobretodo de expatriados, ha hecho que surjan restaurantes chinos especialmente al final de Lumley Beach, aunque el mejor de todos sea en que se encuentra en el interior de Hotel Bintumani, que sigue siendo el hotel más grande del país.

Para comprar souvenirs lo mejor es ir al mercado a dos calles abajo del Ministerio de Finanzas. Yo tuve la suerte que en nuestro hotel se celebró un festival de cultura de Sierra Leona que incluía varias casetas con productos típicos a la venta. Las telas de algodón de vivos colores son de lo más populares aunque las máscaras rituales, muchas veces utilizadas en las ceremonias para acceder a diferentes grupos secretos son preciosas, especialmente las de los Tenme. Sierra Leona es uno de los pocos países africanos en los que también las mujeres utilizan máscaras durante algunas ceremonias sagradas.

Sierra Leona es un país al que le quedan un par de años para recibir turismo. Pero los que tengáis la oportunidad de visitarlo, tratad de tomaros algún día libre para disfrutar de este país tan auténtico,  de sus impresionantes playas, de sus amables gentes, de su naturaleza y de la sensación de estar en un país limpio de las masas de visitantes que ya abarrotan gran parte del planeta.