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diumenge, 23 de setembre de 2018

Isla de Santiago (Cabo Verde)

Praia, la capital del Petit Pays

La República de Cabo Verde es un país insular africano frente a las costas senegalesas con diez islas mayores habitadas (menos una) y varias menores deshabitadas. Su territorio está organizado en 22 concelhos o municipios y su capital y ciudad más poblada es Praia, en la isla de Santiago. Allí es donde llegué por primera vez, a pesar de que la mayoría de extranjeros que visitan el país van a la isla de Sal.

Las islas estuvieron deshabitadas hasta que fueron descubiertas en el siglo XV por los portugueses, que las colonizaron para convertirlas en un centro de trata de esclavos. La mayor parte de los actuales habitantes de Cabo Verde desciende de ambos grupos: colonizadores y esclavos, por lo que gran parte de la población es mestiza, como también ocurre en Brasil. Por ejemplo, el Presidente de la República, al que tuve el placer de entrevistar, es mestizo. 

Durante la revolución de los claveles de 1974, los países africanos que eran colonias de Portugal se independizaron, incluyendo a Cabo Verde. El Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde pasó a gobernar ambas ex colonias con el objetivo de crear un único país. Sin embargo, a causa de tensiones políticas el proyecto se abandonó en 1982.  

Actualmente Cabo Verde es un país pequeño (menos de medio millón de habitantes) al que Cesária Évora, la caboverdiana más internacional, dedicó su famosa canción Petit Pays. Es una economía de renta media y también una de las democracias más estables de África. Casi el 90% de su población está alfabetizada. Su moneda, el escudo, está ligado al euro y de hecho, los euros son también de uso habitual. Una cosa que me llamó mucho la atención son las buenas carreteras con las que cuenta tanto la isla de Santiago como la de Sal, donde fui después.

Achada de Santo Antonio: mi primera cachupa

La primera semana la pasamos en el Hotel Santiago, un hotel de negocios de categoría media en Achada de Santo Antonio, que junto con Palmarejo son los barrios de la capital en los que uno pensaría más bien estar en las zonas nuevas de Manises o de Oliva (ciudades medias cercanas a Valencia) más que en una capital africana. Tiendas, restaurantes y bares ocupan bajos de animados barrios de la creciente clase media caboverdiana. 

De los locales en los que comimos y cenamos hay que destacar la Mercearia Andrade en la Avenida Figueira da Foz. Este maravilloso lugar es perfecto para degustar la gastronomía caboverdiana: precios ajustados, menú variado cada día y de calidad. Allí probamos la famosa cachupa, el plato nacional de Cabo Verde, que se toma para comer y cenar, así como para desayunar. En este último caso friendo la cachupa sobrante del día anterior, acompañada de un huevo frito y de linguiça da terra (la salchicha local). El plato consiste en un estofado cocinado lentamente con dos tipos de maíz, tres o cuatro variedades de alubias y pescado o chorizo, salchicha, carne de vacuno, cabra o pollo. Se acompaña de mandioca, ñame y batata a veces en forma de buñuelos. Y con él se bebe el bissap (o hibisco hervido, que en México llaman agua de jamaica). Pedidlo frío y sin azúcar. Además de la cachupa, en Mercearia Andrade también probé la cachupinha (sopa de cachupa), el pastel de atún y otras deliciosas recetas de la gastronomía local como el pollo caramelizado o el atún al grill sin dejarnos sus estupendas croquetas de mandioca y pollo. Fui hasta cuatro veces. No os arrepentiréis. Y no dejéis de pedir sus postres de coco. Por cierto, en el Hotel Santiago, sus pescados a la plancha son también una maravilla.

 El Plato y el paseo marítimo

La segunda semana nos trasladamos al estupendo Hotel Pérola, frente al mar, sin duda el mejor hotel de negocios del país y uno de los mejores de Praia. Sus habitaciones amplias y muy luminosas, modernas y limpias. Su personal es muy profesional y atento. Las vistas desde su piscina preciosas. Y la conexión de wifi muy rápida. En un país donde escasea la energía y el agua potable, el hotel es auto sostenible gracias a la energía generada por placas solares y su propia mini planta desalinizadora con la que obtienen su propia agua potable. Además, está cerca tanto del Plato como de Achada de Santo Antonio, dos barrios clave en negocios y ministerios. Finalmente, su restaurante es magnífico: platos africanos, europeos y latinoamericanos presentados por su chef chileno, con cantidades grandes e ingredientes del día. Destaca la fabulosa langosta.

Uno de los lugares más pintorescos de Praia es el Plato, antiguo centro histórico, con la plaza Alexandre Albuquerque como centro neurálgico. Recuerda mucho a Portugal, con calzada portuguesa y casas tradicionales de colores. En cualquiera de los restaurantes de la peatonal calle 5 de julio sirven menús del día tradicionales y abundantes con ingredientes de calidad y a buen precio.

Allí visitamos la Fundación Amilcar Cabral, padre de la nación caboverdiana. Un amable guía nos mostró vídeos y demás piezas de ropa, objetos personales o libros del antiguo guerrillero, asesinado por los portugueses antes de que Cabo Verde alcanzara su independencia. Cabral tuvo una gran relación con Fidel Castro y Nelson Mandela entre otros, siendo una de sus obsesiones la alfabetización total de los caboverdianos y guineanos.

En mi última noche en Praia fuimos a cenar al Quintal da Música, un local de música en directo muy frecuentado. El servicio es muy amable y atento: de hecho nos tocó una señora muy graciosa que nos traía las bebidas cargando las botellas en su cabeza con mucho brío. Cuando preparó la banana rebozada flambée, también tenía la botellas de aguardiente local sobre la cabeza, incluso mientras flameaba la banana delante nuestro. Nos gustó también la música en directo pero los platos, aunque decentes (sobretodo los de marisco), en general no superan a los de la Mercearia Andrade. En cualquier caso, es un lugar estupendo para una velada entre amigos.

Finalmente, y para una comida rápida, lo mejor es acercarse por las noches al patio al aire libre del Shopping Praia, el único centro comercial del país (muy pequeño) donde encontrar puestos de comida india, italiana, hamburguesas o de pollo frito y degustarlos frente al mar.

Cidade Velha, la antigua capital

Una excursión obligada en Santiago es ir a la antigua capital de las islas. Nosotros empezamos por el fuerte de San Felipe, construido en el siglo XVI y primer complejo militar construido por europeos al sur del Sahara. El fuerte se construyó por orden del Rey Felipe II de España como respuesta a los constantes ataques del pirata inglés Francis Drake. Su estilo es renacentista y tras su reciente restauración luce en todo su esplendor. Las vistas desde lo alto valen la pena.

A continuación, bajamos la montaña para visitar la ciudad de Ribeira Grande, bautizada de nuevo con el nombre de Cidade Velha a finales del siglo XVIII, que fue el primer establecimiento colonial europeo asentado en una zona tropical. Conserva parte de su trazado urbano primitivo, en el que subsisten edificios y espacios como dos iglesias o la plaza del Pelourinho con su rollo de mármol esculpido en estilo manuelino. Este icónico pilar de 1512 simboliza la justicia real ya que era allí donde se ejecutaban las sentencias. Se trata de una columna de mármol blanco de estilo gótico con una base octogonal y el símbolo de los marinos portugueses en lo alto.

En la plaza, frente al mar, hay varios restaurantes, uno de ellos regentado por un canario con muchas cosas ricas que os recomiendo, como los búzios (caracoles de mar) encebollados, sus pescados frescos a la parrilla (de hecho el nuestro lo pescaron ese mismo momento y vimos al pescador pasar con el gigante pez) y de poste el queso de cabra de la isla de Fogo con dulce de papaya.

Tarrafal

Otra de las excursiones para un fin de semana en Santiago es ir a Tarrafal, que según la mayoría de locales es la mejor playa de la isla. Por carretera se tarda algo menos de dos horas y vale la pena pararse a mitad para visitar algunos puntos de interés. Por ejemplo, cuando atravesamos por carretera la Serra da Malagueta, a más de 1000 metros de altura, la niebla intensa impedía ver la carretera. Su bosque, su humedad y sus bajas temperaturas suponen todo un cambio de aires dentro de la propia isla tropical. La carretera atraviesa bellos paisajes de sierras desérticas que contrastan con los verde valles.

Antes de llegar a la playa, pasamos también por el antiguo campo de concentración de Tarrafal, donde el régimen de Salazar encarceló a los guerrilleros independentistas caboverdianos, incluyendo a Cabral.

La playa de Tarrafal es muy bella y de aguas cristalinas, con un paisaje espectacular, pero al ser domingo estaba bastante llena de familias y niños gritando, por lo que no es el plan relajante que uno espera. Comimos en un restaurante con vistas al mar donde la comida estaba bien, sin más.

La vuelta la hicimos por la carretera que bordea el mar y paramos a visitar la comunidad más famosa de los Rabelados, la que está en Espinho Branco. Los Rabelados son una comunidad religiosa católica que, en la década de los años 40, y como respuesta a la llegada de nuevos curas de la congregación del Espíritu Santo, se rebelaron aislándose del resto de la sociedad y rechazando la nueva liturgia. Viven con gran sencillez. En esta comunidad, la más importante, una de sus principales fuentes de ingresos es el proyecto RABELART, diseñado por la artista Misa. Hay bastantes obras de arte a la venta en uno de los espacios de la comunidad. Allí compré una pintura en blanco y negro que me gustó particularmente. 

En general, y desde el punto de vista turístico, me pareció mucho más interesante la isla de Sal que os conté en otra entrada. La isla de Santiago es bonita pero no creo que merezca la pena ir como turista. Quizá las islas de Sao Vicente o Santo Antonio también deben ser interesantes. Si alguna vez vuelvo a Cabo Verde las visitaré. 

divendres, 7 de setembre de 2018

Isla de Sal (Cabo Verde)


La joya turística en Cabo Verde

Sal es la isla más visitada de Cabo Verde y es también la más árida sin llegar a ser desértica. La mayoría de los turistas se concentran en el sur, en el bullicioso pueblo de Santa María, con su preciosa playa de aguas turquesas y su concurrido espigón, lleno siempre de paseantes, turistas y pescadores que siempre sacan algún pez grande del Atlántico. Aunque la capital, y por tanto única ciudad de la isla, es la insulsa Espargos, en el norte.

Pude disfrutar de esta cálida isla durante dos días, aterrizando bien temprano en el aeropuerto internacional Amílcar Cabral, que es el mayor del país. El taxista me llevó hasta mi hotel en el sur por la autopista que cruza Sal, desde la que vi el famoso "león tumbado", una montaña frente al mar con dicha forma. Como el conductor me cayó muy bien cogí su teléfono para explorar la isla al día siguiente con él.

Me registré en el Melià Llana Beach Resort & Spa, un hotel de la cadena incluido en su programa "Adults Only". Venía de dos semanas de trabajo y estudio en la capital del país y me apetecía relajarme sin pequeños correteando y gritando alrededor, al menos por dos días. Interesante que el hotel se llama con el primer nombre con el que los europeos bautizaron a la isla: "Llana" por ser extremadamente plana. 


El Melià Llana Beach Resort & Spa

Desde el momento de mi llegada, el tratamiento fue agradable, rápido y personalizado. Prepararon mi habitación mucho antes de la hora oficial del check-in y me resolvieron todas las dudas de forma rápida y atenta. El resort de cinco estrellas es del concepto "todo incluido" por lo que nada más llegar me pusieron una pulserita que daba acceso ilimitado a multitud de servicios, actividades, comidas y bebidas.

Los buffets son muy variados y en general de calidad, aunque algunos de los platos estaban excesivamente secos, como pasteles o carnes, pero en general el 80% estaban de maravilla. Eso sí, faltaban platos locales: por ejemplo no había cachupa para el desayuno (y es el desayuno caboverdiano por excelencia) y tampoco cachupinha entra la oferta de sopas ni otros platos de la cocina local. Tampoco había para beber sus famoso bissape o alborinha. Ni los quesos locales con dulce de papaya. A mí no me afectó puesto que había disfrutado de las especialidades locales en mis dos semanas en Santiago. Una de las cenas del todo incluido es en el italiano que tienen y es también excelente. Al no ser buffet los platos son de mayor calidad, como en cualquier italiano de gama alta con camareros muy amables y rápidos.

La playa parcialmente privada está fenomenal también, con aguas cristalinas, aunque la pública de Santa María sea más bonita. El hotel cuenta con varias piscinas con bares todo incluido, además de actividades y programas a lo largo del día: desde aprender a cocinar platos caboverdianos hasta talleres de cócteles o diferentes actividades deportivas y culturales. El resort cuenta con una sucursal del Yhi Spa, la marca de centros de wellness de Melià, con saunas finlandesa y turca, jacuzzi y todos los tratamientos a mitad de precio para clientes del hotel. proveché para hacerme un masaje de aromaterapia.

Tortugas bobas (caretta caretta) desovando

Como estábamos justo en los meses en el que las tortugas bobas desovan en Cabo Verde (uno de los tres lugares de la tierra junto con México y Yemen donde lo hacen), esa noche contraté una excursión con un biólogo para verlas desovar. Lo hice a través de la empresa Explore Cape Verde, una de las más reputadas por anteponer el bienestar animal a las necesidades del turista. De hecho, el problema que sufren Sal y la vecina isla de Boa Vista es que muchos turistas van con guías que carecen de conocimientos científicos o directamente acuden a la playa sin guía. Eso hace que utilicen la luz blanca de los móviles (cegando a las tortugas), las toquen o fumen (sin entender cuan sensibles son estos animales a todo ello). Con Explore Cape Verde os acompañan biólogos que sólo utilizarán luz roja (las tortugas no la perciben) y esperan sin acercase a ellas cuando están cavando el nido, ya que de lo contrario podrían estresarse y marcharse de nuevo al mar sin desovar, con el riesgo para sus vidas por la potencial infección de sus huevos en el interior de sus cuerpos. Me explicaron que solo nos debemos acercar cuando empiezan a desovar, por detrás y en silencio, ya que entran en estado de somnolencia o "trance" profundo. Es un espectáculo impresionante. Vi caer huevo tras huevo, agachado muy cerca de la tortuga, viendo como movía sus enormes patas con cada esfuerzo. Tras tapar los 80 huevos que puso, la tortuga volvió al mar levantado su enorme cabeza de tanto en tanto para oler el mar y guiarse. Por eso, ponerse delante de ella puede desorientarla con olores fuertes como perfumes o tabaco.

Lamentablemente habían algunos grupos sin guía de entre los cuales algunos fumaban o utilizaban indiscriminadamente la luz blanca de sus móviles. Los pocos voluntarios caboverdianos que se turnan para evitar este sinsentido no dan abasto para llamar la atención de estos irresponsables. Y lo peor es que no cuentan con autoridad para arrestarlos o expulsarlos. Mi guía-biólogo me explicó como están luchando por aprobar una ley de protección medioambiental en el país que al menos ponga a un policía por noche en la playa durante los meses de desove con el fin de incrementar la protección de las tortugas. Un poco apenado por la situación, me encontré a la vuelta en el hotel con un espectáculo de batuk y funaná, dos de las danzas y estilos músicales caboverdianos.

Explorando el norte de Sal

Al día siguiente, me desperté a las 8 de la mañana para hacer yoga con una profesora de categoría tras lo que disfruté del copioso desayuno, cogiendo fuerzas para el día de exploración del norte de la isla. Mi taxista me estaba esperando para intentar llegar a mediodía a la famosa "Buracona", una formación rocosa al lado del mar en la que se forma una especie de lago cristalino en el fondo de una gruta que suele estar a oscuras excepto durante la hora central del día cuando el sol impacta directamente dando un color zafiro a las quietísimas aguas del fondo. El problema es que había una cola de turistas descomunal. De hecho, tardé una hora en poder verlo, gracias que aún quedaba un pequeño fragmento iluminado por el sol de casi la una de la tarde. Pero valió la pena por la preciosidad cromática, aunque me esperaba algo más relajado, y no un contexto de parque temático donde apenas la puedes disfrutar unos minutos tras interminables colas al sol. Desde aquí también se disfrutaban las vistas del enorme desierto rocoso que es el norte de la isla con el sereno Monte Vermelho en la mitad

De ahí nos fuimos a la bahía de los Tiburones. Por el camino vimos un viejo barco embarrancado que sigue herrumbrándose en silencio. En la bahía, uno alquila por un par de euros unas cangrejeras (si no las tiene, como me pasó a mi) y con un guía se desplaza hasta dentro del mar (cubre muy poco) para poder asomarse a la parte que ya empieza a hundirse a la que cada día se acercan decenas de tiburones, pero son cero agresivos, así que los turistas se plantan a hacer fotos y vídeos sin problemas. De todas formas, para los que tengáis miedo, los tiburones siempre se mantienen a una distancia amplia de las personas.

Pero sin duda, y después de las tortugas, el elemento más espectacular de la isla, y la razón de su propio nombre, son las salinas de Pedro de Lume. Se trata de un lago formado con agua de lluvia en el cráter de un volcán extinguido. La isla estuvo deshabitada hasta que los europeos descubrieron este lago extremadamente salado oculto por altas montañas. Había sal a espuertas fácilmente extraíble por lo que a principios del siglo XVIII empezaron a ser explotadas, abriéndose un túnel entre las montañas para facilitar el acceso al cráter. Ya en el siglo XX se instaló un sistema automático de un kilómetro para extraer la sal más eficientemente y embarcarla sin tener que usar animales.

En 1985 se abandonó el sistema y ahora Pedra de Lume es una de las principales atracciones de Cabo Verde. Además del espectacular paisaje en sí, el lago es muy similar al mar muerto: debido a la alta concentración de sal (8 veces la del océano) uno flota fácilmente, pudiendo tumbarse sobre el agua y relajarse al sol. Eso sí, no os quitéis el calzado puesto que los cristales de sal del fondo podrían dañar vuestros pies. El sistema de desalación sigue a nivel artesanal, con piscinas artificiales donde se evapora el agua para extraer bloques de sal que se usan para spas y tratamientos de belleza o comercializarlos como sal gourmet. También podéis aprovechar para exfoliaros con el barro volcánico que hay por toda la zona. Cubriros bien el cuerpo hasta que parezcáis haberos quemado y dejad secar al sol un rato. Volved al lago para quitaros allí el barro, frotando ligeramente. Se os quedará piel de bebé.

De vuelta a la zona de los resorts en Santa Maria, me di una vuelta por las enormes avenidas vacías que esperan llenarse de más complejos residenciales y hoteleros. Las nuevas incorporaciones son un Hilton (que incluye un casino) así como el Melià Llana (en el que me alojaba) y el Riu Funaná. Pero ya habían desde hace años otros resorts Melià y de empresas locales. El buen tiempo y la concentración de turistas de todo el mundo traídos por touroperadores mantendrá el atractivo de Sal por mucho tiempo. Si os apetece descubrir el África Subsahariana y queréis empezar por un país "fácil", la isla de Sal en Cabo Verde es una buena opción. Naturaleza, playas paradisíacas, animales únicos, una amabilísima población y un tiempo de ensueño os esperan.

dijous, 19 de juliol de 2018

Bucarest y Craiova

La pequeña París del Este

Llegué a Bucarest la mañana del viernes. Las luces se apagaban y la ciudad estaba silenciosa, vacía de coches. Mis taxi atravesaba avenidas y arbolados bulevares y de repente apareció el Arco del Triunfo, de estilo neoclásico, en homenaje a los caídos rumanos de la I Guerra Mundial. No me alojaría lejos, al final del largo Soseaua Kiseleff, en la primera parte de la calea Victoriei, sin duda la calle más popular de la ciudad. 

Ese día empecé recorriendo precisamente la calea Victoriei, en la que se encuentran muchas de las atracciones culturales de la ciudad, además de tiendas y cafés frecuentados por los locales. Una de las primeras es el Museo Nacional George Enescu, famoso músico rumano, que al casarse con una princesa de la antigua aristocracia rumana, se construyeron esta bellísimo palacete art-nouveau. En efecto, Bucarest está plagada de amplias avenidas, mansiones y edificios burgueses, todos construidos en la época dorada de la ciudad, la década de los 20 del siglo pasado.

Seguimos bajando la calle, pasando el Hilton Athenée Palace, nido de espías durante la II Guerra Mundial, hasta llegar a la plaza de la Universidad, donde se encuentra el antiguo palacio real, hoy Museo Nacional del Arte Rumano. Me quedó pendiente visitarlo por dentro, donde se encuentra una colección de estatuas de célebre Brancusi. En su afán por eliminar cualquier símbolo de la vieja Rumanía, el régimen comunista construyó un horrible anexo al Palacio Real como sede de la Asamblea Nacional que hoy se usa como teatro. Un poco más abajo se llega a la plaza de la revolución, donde empezaron las primeras protestas contra Ceaucescu y donde murieron los primeros manifestantes asesinados por la policía. En esa plaza se encuentra el Ateneu, una elegante ópera de estilo ecléctico francés, destacando su señorial lobby de mármol de Carrara. 

En esa misma plaza de encuentra el edificio que albergó el Comité Central del Partido Comunista de Rumanía, desde cuyo balcón Ceaucescu pronunció su último discurso el 21 de diciembre de 1989. Al día siguiente, él y su mujer huyeron en helicóptero desde el tejado mientras los revolucionarios iban tomando las plantas inferiores del edificio. Finalmente, la pareja fue detenida y fusilada el 25 de diciembre en Tirgoviste, al norte de Bucarest. En mitad de la plaza se alza el monumento a los héroes de la revolución, un obelisco de mármol blanco con una figura deforme metálica clavada. Los periodistas internacionales alojados en el Hotel InterContinental (por aquel entonces uno de los edificios más altos de la ciudad), presenciaron desde sus balcones la represión policial en directo aquel diciembre de 1989.

También en esta plaza se encuentra iglesia (biserica) Cretulescu, de estilo brancivino, una curiosa combinación de rasgos bizantinos, barrocos y locales que se convirtió en el estilo arquitectónico de  moda en Valaquia en el siglo XVIII por voluntad del gobernador Constantin Brancoveanu. El estilo se distingue por las pequeñas columnas, los arcos lobulados, los pequeños tejadillos de madera en las puertas y los techos tallados.

Pero no solo las iglesias tienen este estilo, también edificios civiles como el Ayuntamiento de la ciudad o la Facultad de Arquitectura, ya que el brancovino pasó a ser uno de los estilos arquitectónicos nacionales de Rumanía, igual que el neo mudéjar lo fue de España. 

No muy lejos se encuentra el pasaje Macca-Vilacrosse, un callejón cubierto de cristales amarillos al más puro estilo de los passages parisinos que tan de moda se pusieron a finales del XIX. Entre cafeterías y anticuarios uno se sumerge en el Bucarest de la belle époque. Entre estos pasajes, el arco del triunfo, los bulevares y edificios de apartamentos burgueses y que las placas de las calles son del mismo estilo, son muchos los que llaman a la ciudad, el París del Este.

Ese día comimos en un restaurante llamado City Grill, de comida rumana, que cuenta con útiles tablets en varios idiomas para ver fotos de los platos y sus descripciones, y así tener menos lío al pedirlos. Ahí probé la ciorba (sopa), ya que a pesar de ser junio hacia fresquito. Me recordó mucho a la fabada asturiana, pero más ligera. De segundo pedí sarmalute, que es carne con pimiento asado envuelta en hojas de repollo y con polenta como guarnición. Y de postre los famosos papanasi o donuts rumanos, muy densos y con limón rallado, acompañados de crema y grosellas almibaradas.

El Bucarest comunista

Llegamos al amplio bulevar Unirii, línea maestra de Ceaucescu para reconstruir Bucarest. Flanqueado de altos edificios anodinos, en origen destinados a residencias de las elites del Partido Comunista, la avenida está presidida por el Palacio del Parlamento al final, sin duda el mayor símbolo del sombrío régimen de Ceaucescu, el Conducator, que intentó transformar Bucarest en una megalópolis burocrática. Originalmente llamada Casa del Pueblo, aquí deberían estar todos los ministerios y las sedes de todas las empresas estatales y altos funcionarios del gobierno, además del mausoleo del líder comunista.

Fue acabado en democracia (era más barato acabar el edificio que derruirlo), la rebautizada como Palacio del Parlamento es el segundo edificio civil mayor del mundo en superficie, por detrás del Pentágono. Su volumen supera al de la Gran Pirámide de Keops. En su construcción se emplearon mármoles y maderas nobles, alfombras tejidas a mano y enormes lámparas de cristal. Todo con materiales y de artesanos de las diferentes regiones de Rumanía. También se llevó por delante uno de los barrios más bellos y antiguos de Bucarest, cuyas mansiones, iglesias y parques se perdieron para siempre.

El Palacio del Parlamento es uno de los edificios que más me ha impresionado en mis viajes. Interminables pasillos, gigantescas escalinatas, señoriales salones, enormes teatros... y cada parte decorada con formas y colores diferentes. Lo más llamativo del edificio es su sistema de ventilación natural, que permite mantenerlo fresco incluso durante los calurosos veranos de Bucarest. Ceaucescu, obsesionando y paranoico, quiso evitar aire acondicionado por miedo a que pudieran envenenarlo a él y a las elites del Estado. En cada una de las salas se ven los orificios en el techo que ventilan las estancias, perfectamente camuflados con la decoración y ornamentos.

Detrás de esta maravilla neoclásica se encuentra Anca Petrescu, joven arquitecta que dirigió un equipo de 700 arquitectos para alzar este coloso. Curiosidades como que la solemne sala rosa está reservada para actos diplomáticos (el rosa es el color de la diplomacia y yo sin enterarme) o que muchos de los elegantes salones se pueden alquilar para fiestas y eventos salpican la visita guiada, que es la única manera de conocer este laberinto. Tras dos horas caminando por el edificio solo fuimos capaces de visitar un 5% del mismo. Imaginaos lo grande que es. La visita acabó en el balcón principal, anexo al auditorio del edificio, desde el que se observa toda la longitud del bulevar Unirii, o como los locales le llaman, "nuestros Campos Elíseos". Desde aquí Michael Jackson se dirigió a las multitudes de fans rumanos diciendo aquel famoso "I love Budapest" que los dejó a todos helados. 

La Curtea Veche

Otro de los días lo dedicamos a la ciudad antigua. Bucarest fue fundada por Vlad Tepes, el empalador, sobre el que luego se inspiraría la leyenda de Drácula. Sin embargo, el "Drácula" contemporáneo que saqueó el país también arrasó con la mitad de la ciudad antigua para crear los edificios de apartamentos destinados a las élites comunistas alrededor del por aquel entonces proyecto del Palacio del Pueblo. La parte que no destrozó sigue siendo lo que hoy se conoce como Curtea Veche o barrio de la Antigua Corte, lleno de caserones de estilo francés, iglesias ortodoxas y sinagogas que sobrevivieron a la ocupación nazi. Actualmente es uno de los lugares más animados de la ciudad, con terrazas de restaurante y bares ocupando sus calles y con decenas de locales y turistas aprovechando las buenas temperaturas del verano.

Bordeado por el río Dambovita, aún se siguen viendo muchos caserones abandonados, siendo la mayoría de sus dueños judíos adinerados que fueron asesinados en los campos de concentración o que huyeron a las Américas o Israel. La iglesia más vistosa del barrio es la Biserica rusa, por sus siete cúpulas cubiertas de pan de oro. Es bonito ver también alguno de los antiguos caravasares (antiguas fondas de comerciantes) ahora reconvertidos en restaurantes o hoteles con encanto. 

Ese día comimos en La Placinte una cadena de restaurantes de comida típica rumana especializada en la región de Moldavia (si, hay una región en Rumanía con el mismo nombre que el país, de hecho, parte de Moldavia fue Rumanía hasta el fin de la II Guerra Mundial. Degusté como entrantes la fasola batuta, una especie de hummus pero de alubias marrones con cebolla caramelizada y el cascaval pane que es un pan rebozado con huevo y relleno de queso derretido que es delicioso. También probé las mici con mostaza, que son las tradicionales salchichas caseras rumanas que me parecieron demasiado grasientas. Lo que más me gustó fueron los crepes salados de pollo desmenuzado y queso derretido. Me gustó tanto que repetí en otro restaurante de la cadena, esa vez en el de cerca de la plaza de la Victoria, sede del Ejecutivo. Allí por cierto pude ver una de las constantes protestas contra la nueva ley anticorrupción que disminuye las penas por malversación de caudales públicos.

Finalmente, como era sábado, salimos de fiesta. Bucarest es una ciudad muy animada y los rumanos suelen tener unos horarios similares a los de los españoles por lo que se refiere a entrar tarde a las discotecas. En otra entrada me explayaré más sobre los locales de música nocturnos de la capital rumana.

Craiova

Para llegar a Craiova tomé el tren en la Gara du Nord de Bucarest, un imponente edificio ferroviario de la época dorada de la ciudad. El lento y abarrotado pero puntual tren de los ferrocarriles rumanos me llevó hasta una aburrida ciudad de provincias donde destaca el palacio del arte, antigua residencia de la familia Constantine, una de las más ricas de Rumanía. El edificio en sí es famoso puesto que allí se alojaron desde los monarcas rumanos, el gobierno polaco en el exilio o el Mariscal Tito, fundador de Yugoslavia.

Otra cosa que llama la atención en la ciudad es la plaza principal donde poder ver el majestuoso ayuntamiento de estilo brancovino, apartamentos de estilo Haussmanien del XIX, insulsos edificios gubernamentales de la época comunista y el ultramoderno centro comercial banco nuclear del siglo XXI. Más de 300 años de arquitectura en una sola mirada.

Desde su minúsculo aeropuerto tomé el vuelo que me devolvió a Barcelona. Los rumanos coinciden en que me dejé por ver lo mejor del país: la enorme región de Transilvania con los Cárpatos, sus bellos pueblos, y sus castillos y bosques... incluido el de Vlad Tepes, el "Empalador". Tendrá que ser a la próxima y con más tiempo. 

dissabte, 2 de juny de 2018

Estambul - Modernidad

Rumeli Hisari

Si en mi primera entrada acerca de Estambul hablé exclusivamente del barrio de Sultanahmet, en esta recorro el resto de barrios de la antigua Constantinopla. La enorme cantidad de monumentos así como la variada oferta museística, gastronómica y la animada vida nocturna hacen de Estambul una ciudad que requiere de varias visitas para poder comprenderse bien. Las siguientes veces que he estado me he alojado en el loft de una amiga en Rumeli Hisari, uno de los barrios más cotizados de la ciudad, en la orilla europea del Bósforo. Algo que me enseñó y que recomiendo a todo visitante a Estambul es hacer un crucero por el Bósforo, ya sea en una lancha rápida privada o en alguno de los barcos turísticos que recorren esta vía acuática que conecta el Mediterráneo con el Mar Negro. Los paisajes y casas que veréis merecen la pena.

Cerca de su casa hay varios lugares y actividades chulas que hacer y que os cuento. Es una parte desconocida para el turista típico pero vale mucho la pena. Pero antes toca empezar por los lugares que seguro que no os perdéis como turista (y que yo tampoco me he perdido): Istiqlal y Taksim.

La avenida más viva de la ciudad

Volvimos a Rumeli Hisari, y caminando un poquito hacia el norte, en el barrio de Emirgan, se encuentra el Museo Sakip Sabanci, en una villa de 1927. Aquí fue donde el Sr. Sabanci, un exitoso billonario industrial y filántropo turco que viajó por todo el mundo, fijó su residencia de Estambul. Desde fuera, la mansión rezuma elegancia, toda blanca, en lo alto de una colina con vistas al Bósforo. Por dentro, sus grandes salones y comedores están repletos de muebles y cuadros de diferentes épocas. En el piso superior se encuentra ahora una de las mejores colecciones de caligrafía turca, con bellos ejemplos del Corán de diferentes épocas. En las salas del sótano, de nueva construcción, hay grandes espacios para exhibiciones temporales. El día que lo visité había una dedicada a Feyhaman Duran, uno de los pintores turcos más importantes del siglo XX, cuyas obras reflejan la vocación modernizadora de los últimos sultanes, antes de que el Imperio Otomano colapsara tras perder la Primera Guerra Mundial.


La primera vez que estuve en Estambul me alojé en el histórico Sultanhamet, como ya conté en mi anterior entrada. Al segundo, día, tras haber explorado el lado más tradicional de la ciudad, decidí cruzar el puente Gálata para admirar el Estambul del siglo XIX. Me dirigí al Tünel, la estación de metro más antigua de Estambul y la segunda más antigua del mundo después de algunas de Londres. Con solo dos paradas, esta histórica línea aún conserva el anticuado vagón metálico de color rojo que recorre este empinado túnel. El encanto de un sistema de metro del siglo XIX me cautivó, con su corto trayecto que me dejó justo al principio de la avenida Istiqlal. Paseando por ella, uno se da cuenta que Estambul, al igual que Rio de Janeiro, conserva esa antigua grandeza, ahora muy decadente, de los tiempos en que fueron capitales de grandes imperios (el Otomano y el Brasileño respectivamente). Diversos palacios, elegantes y gigantescos, jalonan esta avenida junto a grandes edificaciones burguesas y antiguas sedes de las embajadas, ahora degradados a consulados generales. Istiqlal siempre está llena de gente caminando, de vendedores ambulantes y del tranvía, que de vez en cuando se tiene que abrir camino entre la multitud, de esos metálicos antiguos que tanto encanto tienen. Me quedé bastante decepcionado las siguientes veces que fui al percatar que el histórico tranvía ha dejado de circular para siempre.

Al final de Istiqlal se llega a Taksim, una de las plazas más populares entre los habitantes de la ciudad y lugar de encuentro típico de la juventud. Es el único lugar en el que pude ver banderas europeas. A continuación bajé de nuevo a Beyoglu pero desde otro lado, para captar las zonas populares y no turísticas. Y me encantaron. Además de los gatos, que todo lo invaden, es agradable ver los bonitos edificios, las tiendas de diseño creadas por jóvenes estudiantes o a las abuelas que se sientan en sus portales o los niños correteando por el barrio. Y sobretodo sus decenas de cafés, llenos de vida. Y por supuesto el edificio más famoso del barrio: el Hotel Pera Palace, fundado en 1892. Aquí se alojaban los pasajeros en tránsito del Orient Express (que recorría el trayecto París-Bagdad). Algunos de sus huéspedes más famosos fueron Greta Garbo, Mata Hari o Hemingway, aunque la huésped por excelencia fue Agatha Christie. Si está vacía, los amables recepcionistas os enseñarán la habitación 411, donde escribió "Asesinato en el Orient Express". Muy cerca de este elegante hotel se encuentra un pequeño museo que vale mucho la pena: el Pera, que en sus cinco pisos acoge 300 cuadros de estilo orientalista de los siglos XVII al XIX, ya sea de pintores turcos o europeos. Destaca el cuadro más famoso de Turquía: "El entrenador de tortugas" de Osman Hamdi Bey, una auténtica obra maestra del orientalismo.

Una buena manera de acabar el día en Istiqlal es subirse a la terraza del chic "360" y tomar una copa (o cenar) mientras vemos la puesta del sol con las mejores vistas de Estambul.

Esa primera visita, tras cruzar el puente de nuevo, y ya en el lado del Cuerno de Oro, me compré un bocadillo de caballa recién pescada y asada, de esos que venden en barquitos a la orilla. Buenísimo. 


Esa noche cenamos en uno de los exclusivos restaurantes de pescado que bordean el Bósforo: el Rumeli Hisari Iskele, con mezzes y platos principales a base de pescados y mariscos preparados de diversas formas según las recetas tradicionales de la ciudad. Y con un gran pescado a la parrilla como principal.

Iglesias bizantinas

Al día siguiente desayunamos en un antiguo horno que lleva operando más de 150 años de forma ininterrumpida en el número 47 de la calle (cadesi) Necatibey, donde nos pedimos una ración del tradicional borek kurdo, bien salpicado de azúcar así como otra del borek Kiymali, relleno de carne picada, todo acompañado del omnipresente té negro en los vasos con forma de pera. Desde allí fuimos hasta el norte de Estambul, a la Iglesia de San Salvador, hoy en día conocida como Museo Chora o Museo Kariye, muy cerca de la estación de tranvía de Edirnekapi.

La iglesia, que luego fue mezquita y ahora es museo (como casi todas las iglesias bizantinas que aún quedan en Estambul), es considerada como la que tiene los mejores mosaicos de la ciudad. La nave principal estaba cerrada por restauración, pero los mejores mosaicos se encuentran en las naves de entrada y laterales. Realizados en el siglo XIV, representan numerosos pasajes de la Biblia con una belleza impactante. El que más me gustó fue el que está en una de las cúpulas, con Jesús en el centro y cada uno de sus "antepasados" en cada uno de los nervios, empezando por el propio Adán. A la salida, en los alrededores, numerosas casas de la era Otomana, en madera, aún resisten en sus calles, reflejando la estética del Estambul decimonónico.

Seguí caminando a través de diferentes calles hasta llegar a la conocida como mezquita de la Conquista, anteriormente Iglesia de la Bienaventurada Madre de Dios (Pammakaristos), que durante unos pocos años fue sede del Patriarcado de Constantinopla. Finalmente, en 1587, el Sultán Murad III la transformó en mezquita celebrando la conquista otomana de Georgia y Azerbaiyán. Actualmente sólo se puede visitar uno de los pasajes laterales, que contiene también espectaculares mosaicos bizantinos que aún hoy se siguen restaurando.

Por ese barrio hay barios lugares tradicionales donde comer manti, una especie de raviolis pequeñitos con yogur y salsa de tomate. Los hay incluso donde se ven a las cocineras rellenado uno a uno los pequeños raviolis a mano. Son deliciosos a cualquier hora, sobretodo si les echamos buena cosa de sumac (un condimento natural muy usado en el Medio Oriente).


Besiktas

Otro de los barrios que uno no se puede perder. En las orillas del Bósforo de Besiktas se encuentran dos grandes joyas de la ciudad. Por un lado el solemne palacio de Dolmabahce, que sustituyó al palacio de Topkapi como residencia oficial de los sultanes desde 1856. Se trata una pieza única de la arquitectura donde se combinaron los estilos barroco, rococó y neoclásico junto con las formas tradicionales otomanas utilizando materiales de lujo como marmol de Carrara. Lo mejor es hacer la visita guiada (hay incluso en castellano) para ver las decenas de dependencias (desde despachos y habitaciones hasta el gigantesco salón del trono: con sus 2000 metros cuadrados y 36 metros de altura, 56 columnas y la lámpara de araña de cristal más grande del palacio me dejó abrumado. Es una de las estancias más impresionantes que de las que he visto en todos mis viajes. También fue la residencia de Mustafá Kemal Attaturk, fundador de la Turquía moderna y el dirigente más querido del país. De hecho, se puede visitar la habitación en la que murió. Tras la visita, perdeos por sus bonitos jardines a orillas del Bósforo.

Muy cerca se encuentra el Istanbul Modern, el museo de arte contemporáneo de la ciudad, situado en un viejo almacén portuario ahora completamente modernizado. Perfecto para disfrutar de pinturas, esculturas y arte audiovisual de los artistas turcos más cotizados en los últimos años.

Finalmente, nada mejor que dar un paseo por la calle Nisantasi y alrededores, la conocida "milla de oro" de Estambul, donde se agolpan las boutiques de lujo pero también restaurantes y cafeterías cosmopolitas con el toque otomano de rigor. Pero si lo que buscáis es algo más informal y relajado, muy cerca se encuentra también el antiguo barrio de pescadores de Ortakoy, con sus callejuelas estrechas, que lamentablemente hoy en día se ha convertido en un lugar explotado por el turismo con tiendas de souvenirs y Starbucks ocupandolo todo. Aún así, aquí encontramos los populares puestos de patatas al horno gigantes rellenas de muchas cosas (ensaladilla rusa, maíz, carne picada, champiñones, salsa de yogut, remolacha picada, aceitunas negras, longanizas...) vosotros elegís. Disfrutad de este manjar sentados frente a la elegante mezquita.

Etiler

Etiler es un barrio residencial con restaurantes de primer nivel, donde destacan el primer restaurante que abrió el ahora archiconocido Nusr-Et en Etiler y un nuevo que ha abierto en Bebek también. De hecho, tras probarlo por primera vez en Dubai fui por al de Etiler y justo ese día nos encontramos con Nusr-Et que estaba visitándolo. Como mi amiga lo conoce, me pude hacer una foto con él. Aunque la carne es excelente aquí, sigue sin superar a la ternera wagyu de Kobe que comí en algunos restaurantes de Tokyo.

De fiesta

Para salir de fiesta por Estambul, tenemos desde los bares y discotecas más desenfadados de Taksim (algunos LGTBI, y muy dinámicos, a pesar de la reislamización emprendida desde hace años por Ergodan) o las terrazas más elegantes a orillas del Bósforo (con Reina cerrada, tras el triste atentado de la Nochevieja de 2016). Si salís de fiesta, al menos tomad una vez raki, el fuerte alcohol de anís local. La vida nocturna de Estambul es tan desenfrenada o más que la de Madrid o París.

Estambul me fascinó y me sigue fascinando. Es una ciudad a la que volver una y otra vez. Me queda por ver las islas del Príncipe, a las que cuando decido ir, ese día hace mal tiempo y no merece la pena. Espero que a la próxima pueda tomar un ferry y disfrutar de este archipiélago en pleno Mármara donde no pueden circular coches.

dissabte, 17 de març de 2018

De restaurantes por... Kuwait

Kuwait es un país seco, al igual que Arabia Saudí o Irán. No hay alcohol ni en su aeropuerto, ni en supermercados ni en restaurantes. Está totalmente prohibida su presencia en el país. Independientemente de que haya un mercado negro más o menos boyante (una botella de whisky suele costar unos 300 euros), lo cierto es que a falta de alcohol, son la gastronomía y el café las grandes obsesiones nacionales. Salir de restaurante es una actividad frecuente entre la juventud kuwaití. Y al no poder disfrutar de vino, cerveza o cócteles en sus comidas y cenas, exige a cambio niveles de excelencia en las recetas e ingredientes.

Por eso, Kuwait es un destino de ensueño para un foodie. Los restaurantes tienen amplios horarios de apertura y tanto su calidad como su servicio son en general excelentes. Comer es uno de los hobbies más comunes entre la población de este pequeño Estado. Lo primero que recomiendo es meterse en Instagram y seguir a algunos de los foodies expertos que con sus publicaciones os recomendarán los mejores sitios para comer así como sobre nuevas aperturas en un panorama muy dinámico. Podéis empezar por la dinámica Noaf @pltq8 o por la sofisticada Nour AlMejadi @nouralmejadi

Empezamos por el desayuno: Cocoa Room. Acaba de abrir su nueva sede permanente en el parque de la Ópera, con una decoración increíble. Los cubiertos, el servicio, el ambiente... No por casualidad hay siempre una lista de espera de una hora de media: es muy recomendable llegar con antelación, especialmente los fines de semana. No admite reservas por teléfono. El menú combina desayuno oriental con una selección de platos occidentales de altísima calidad como los huevos revueltos con trufa laminada, sus famosos cuadrados de pan frito rellenos de nutella o las tortitas red velvet. Sus chocolates calientes son excelentes también. Para mi, uno de los mejores lugares para brunchear que he probado en mi vida.

Pero si uno quiere probar el auténtico desayuno kuwaití, tiene que ir a Zwarah, en el centro comercial Avenues. La dueña ha rememorado las bandejas que hace 30 años preparaban su madre, tías y abuela para desayunar. No olvidéis pedir té Karak, con leche y cardamomo, para beber: una receta tradicional india muy popular en Kuwait. Las bandejas incluyen desde ful mesdames (receta original de Egipto a base de habas) a huevos revueltos con tomate al estilo local entre otras recetas que incluyen garbanzos o la popular crema de queso Kraft. Pero sobretodo el delicioso hígado de pollo, plato central en un buen desayuno tradicional.

Para comer o cenar Almakan nunca falla. Este moderno local ofrece cocina de fusión coreana y kuwaití con toques chinos, tailandeses y vietnamitas. Sus platos son únicos, no los he visto en ningún otro lugar del mundo. La decoración es ultramoderna y el personal muy amable y eficiente. Lo mejor de la carta, de lejos, es el curry verde, cero picante y cremoso, con una carne de ternera tierna y jugosa. Sus ramen con leche de coco y trufa son también un must. Y por supuesto su variedad de baos (pan chino) con diferentes rellenos. Sin olvidar mi postre favorito en Kuwait: el Cerelac Pudding que es su delicioso croissant casero sumergido en papilla Cerelac (de la marca Nestlé) con helado de vainilla y caramelo tostado. Nunca cansa. Tras la comida, pasaros por la pequeña galería de arte contemporáneo anexa y por la cafetería de bajo que sirve buen café y bollería casera. 

Otro buen restaurante para almorzar, aunque algo alejado de Kuwait City, es Azteca. Tienen una variedad impresionante con los platos más representativos de la gastronomía mexicana, desde sopa de tortilla a enchiladas, y todo con ingredientes de primera calidad. La dueña, Sylvia, de Oaxaca, se esfuerza en ofrecer recetas auténticas. Sus moles son simplemente perfectos. Y los refrescos... 100% mexicanos, como la horchata casera o la michelada 0% alcohol. Un pedacito de México en el Golfo. Para repetir muchas veces.


Vayamos a la cena y empecemos por el mejor restaurante tradicional kuwaití: Dar Hamad. El lugar es un paraíso para los amantes del diseño. Su increíble decoración abruma, cada detalle está medido y en general, la combinación rezuma lujo y buen gusto. Es uno de los pocos restaurantes del país con un chef kuwaití.

Fuimos para la ruptura del ayuno en Ramadan. Importante reservar. Cuentan con una gran variedad de entrantes de gran calidad, exactamente los mismos que se sirven en las casas particulares kuwaitíes: se empieza con estupendos dátiles mojados en salsa tahine y bebiendo laban. Luego hay un buffet de entrantes con una mezcla de tapas indias, libanesas y kuwaitíes, donde destaca la dolma kuwaití, mucho más grande que la turca y bastante dulce. También me encantó la ensalada Dar Hamad. Luego sirven en la mesa las sopas, a elegir entre dos: una especiada y deliciosa con quinoa y otra que es la más tradicional de lentejas batidas.

Para los platos principales, decenas de recipientes dorados alineados ofrecen suculentos platos tradicionales de la mesa kuwaití, cero picantes (a diferencia de la cocina saudí) incluyendo el omnipresente arroz machbous con cordero, el pollo picado en bechamel y salsa de canela, o el machbous de pollo con ciruelos, pasas y frutos secos. También hay platos de mariscos y pescados locales como el hammour o el zubaidi así como kebab turco a la barbacoa. Margouga, gabboout... gran variedad donde elegir.

Finalmente, hay una sala entera dedicada al buffet de postres, toda una perdición, donde destaca el pudin de dátiles con salsa de caramelo, el estupendo Umm Ali o los surtidos dulces tradicionales de Ramadán, entre muchos otros postres. En definitiva, este lugar es un must para todo aquel que quiera experimentar la cocina kuwaití de calidad y no pueda ir a una casa a probarla.

Pero si a uno le apetece la comida libanesa, directo a Babel. En un ambiente de gigantescos techos y con uno de los mejores servicios que he visto en Kuwait, este restaurante ofrece una amplia carta de platos libaneses presentados de manera contemporánea y utilizando ingredientes de primera calidad. Sus diferentes entrantes de carne cruda están riquísimos. Lugar estupendo para impresionar a alguien ya sea cita, amigo y reunión de negocios. Y para los estándares de Kuwait no es caro. Imprescindible reservar, sobretodo los fines de semana.


De vez en cuando siempre gusta comida italiana y Kuwait tiene la tercera mejor pizza margarita del año 2017: SOLO Pizza Napolitana es la historia de un kuwaití obsesionado con la pizza que se fue a Nápoles para aprender de los mejores pizzaiolos. A su vuelta, abrió su pequeña pizzería en el Golfo y al poco tiempo ganó el concurso anual que se celebra en Nápoles. Todos sus ingredientes son importados de la Campania: desde la harina a los tomates así como la mozzarella di buffala. Y por supuesto, a horno de leña.


Y si se buscan sabores del lejano oriente, el lugar es Ubon. Cocina deliciosa, perfectamente presentada y con ingredientes de primera y frescos. La verdad es que fuera de Tailandia no he probado un Thai mejor. Recomiendo mucho pedir el entrante Bangkok beef y la sopa de coco. En cualquier caso todos los platos están deliciosos. Como bebida, el lemongrass es imbatible.

Finalmente, como merienda o postre nocturno nada mejor que pasarse por la pequeña pero estupenda The Urban Creamery. Allí sirven helados de sabores populares en el Golfo como el de karak (té negro con leche, azafrán y cardamomo), el de mohallabiya (crema de almendras y agua de azahar) con pistachos, el de café árabe con dátiles o el de tarta de calabaza con pecanas y canela. Todos 100% artesanales y que se suelen comer con el fondo de la tarrina forrada de una de las galletas caseras que aquí preparan. 

Y si queréis seguir la tradición local de acabar una noche con amigo tomando café, el que está más de moda ahora es CAF, con su variedad de cafés calientes y fríos destacando el famoso café red velvet. También cuenta con un pastel de miel muy bueno, un postre famosísimo en cualquier merienda kuwaití.

Podría seguir y seguir pero no acabaríamos nunca. Me he dejado el mercado del pescado al lado de las Torres de Kuwait, el tradicional Shimam en el zoco Mubarakya, el flexitariano Ovo... lo mejor es bucear Instagram para ir descubriendo las nuevas aperturas así como un fenómeno muy kuwaití: los restaurantes "pop up", que aparecen un par de días y vuelven a desaparecer, en lugares tan curiosos como una tienda de plantas, un antiguo almacén o el lobby de un edificio de apartamentos. Podéis empezar con uno de los pioneros: @filipothefilipino que sirve una selección de platos filipinos fusión buenísimos a la gente más inn del país durante un par de días cada dos o tres meses. Atentos a su Instagram. 

Sheikh Jaber Al Ahmad Cultural Centre, Kuwait City
@cocoaroom

Gulf Road Street | Marina World, Salmiyah
@babelkuwait

Zwarah
The Souk, The Avenues Mall Alri 5th Ring Road, Kuwait City
@zwarahkw

Arabian Gulf St. | Beside Marina Mall, Salmiyah
@darhamadkw

Sharq, Mubarak Al Kabeer Street, Mariam Building, Mezzanine Floor, Kuwait City
@st_almakan

Ali Alsalim Street, Aljawhara Tower, Kuwait City
@ubonkw

Omar Ibn Al Khatab Street, Kuwait City, Sharq
@solopn

Fahaheel Express Way 30, The Village Restaurant Complex, Kuwait
@restaurantazteca

Urban Creamery
Jaber Al-Mubarak Street
@urbancreamery

CAF
Varias localizaciones, el original está en la Crystal Tower
@cafcafe

Filipo the Filipino
Abre y cierra previo aviso en Instagram en diferentes localizaciones
@filipothefilipino

divendres, 19 de gener de 2018

Nápoles

Belleza decadente
Nápoles es una de las ciudades europeas más caóticas que he visitado. Sumida en una belleza decadente, lo cierto es que su calles están en general sucias, con honrosas excepciones. Los graffittis priman por toda fachada y las malas hierbas y acercas destrozadas son las norma. Sin embargo, la ciudad ofrece tanto que ver y hacer que uno no puede perdérsela. El corto tiempo que pasé en ella se me pasó volando y estoy seguro que volveré así como a su bella región (Campania) más pronto que tarde. Gran parte de la belleza de Nápoles se debe al hecho que fue capital del poderoso reino homónimo, que tuvo como reyes a diversas dinastías destacando la del Borbón que despareció con la unificación de Italia. 

Me alojé en el elegante barrio de Chiaia, donde están las boutiques de lujo de la ciudad y los grandes edificios de apartamentos burgueses de fachadas imponentes. La primera noche caminamos hacia arriba de la comercial y peatonal via Chiaia y tras pasar por debajo de monumental ponte llegamos hasta la pizzería Brandi, lugar de nacimiento de la célebre pizza Margarita. Fue precisamente durante la visita de los Reyes de Italia a Nápoles en 1889, para reclamar la ciudad, cuando la Reina, Margarita de Saboya, pidió comer el plato favorito de los napolitanos: la pizza. En aquel entonces, el mejor pizzaiolo de la ciudad era el Sr. Esposito, que le preparó diferentes tipos de pizza a la Reina. A esta, la que más le gustó era una hecha con salsa de tomate, mozzarella y hojas frescas de albahaca, que además representaba los colores de la Casa de Saboya: rojo, blanco y verde. En su honor, Esposito bautizó a esta pizza como Margherita y nació la leyenda. La pizzería que regentaba, Brandi, recibió días después una carta del puño y letra de la Reina felicitándole por la deliciosa pizza. El resultado, colas y lista de espera de hasta una hora para este tradicional local. Pedimos ensalada caprese para empezar y nos les quedaba más mozzarella fresca. Para beber quisimos probar el famoso vino tinto con gas y tampoco les quedaba. La pizza Margarita estaba poco hecha y algo líquida en mi opinión. La de mariscos estaba más buena (según la carta, la favorita de Carlos III). El personal era muy amable pero los precios algo elevados para ser una pizzería. No repetiría.

Al día siguiente, temprano para aprovechar el tiempo, tocaba desayunar en otro lugar histórico: el Gran Caffe Gambrinus. Siguiendo la tradición de los grandes cafés, este ha sido lugar favorito de reunión de la sociedad civil napolitana así como de los visitantes ilustres de la ciudad. Antiguos proveedores oficiales de la Casa de Saboya, actualmente la tradición dicta que quién ostente la Presidencia de la República Italiana tome su desayuno aquí el uno de enero, y así se ha hecho desde hace décadas. Uno puede tomarse el café y un dulce al estilo italiano, de pie en la barra, intentando hacerse oír entre el caos, o sentarse en el elegante salón noble y ser tranquilamente atendido por un servicio rápido y atento.  En este salón degustó un helado de violeta la Emperatriz Sisí de Austria, Gabriele D´Annunzio escribió una de sus famosas canciones y Oscar Wilde disfrutó del fuerte café. Escritores como Hemingway o Sartre descansaron en sus sillones durante su visita a Nápoles. Una de sus más recientes visitantes fue Angela Merkel. Aquí desayuné su famoso café a la avellana acompañado de dos sfogliatelle: la riccia (típica de Nápoles, un hojaldre crujiente con decenas de capas relleno de queso ricotta, pasta de almendra y piel de limón rallada) y la frolla, que tiene el mismo relleno pero en vez de hojaldrada tiene una masa más cercana al brioche, básica. 

Tras pasear por la imponente plaza del plebiscito, con la fachada del Palazzo Reale a un lado y las columnatas y cúpula de la simétrica basílica real de San Francisco de Paula al otro, bajamos hacia la bahía a disfrutar del soleado día, y caminando llegamos al sólido Castel Nuovo, una espléndida fortaleza del siglo XIII. 

El abarrotado Spaccanapoli
A partir de ahí, tomamos la animada vía Toledo para dirigirnos al centro histórico, que estaba abarrotado de turistas y locales, a pesar de ser día laborable. Especialmente la via San Gregorio Armeno, donde se concentran las tiendecitas de belenes artesanos y sus figuritas. Prácticamente no se podía avanzar, había tramos donde estuvimos parados varios minutos. 

Nápoles ha conservado la impronta de las sucesivas culturas de la cuenca del Mediterráneo y de Europa, desde la época de la colonia griega de Neápolis, fundada al año 470 a.C., hasta los tiempos modernos. De ahí que su centro histórico sea un sitio excepcional dotado de notables monumentos. Paseamos por las empinadas calles del Spaccanapoli, corazón de la ciudad vieja, de calles rectas y estrechas jalonadas de monumentales palacios y magníficas iglesias de estilo barroco. Además de belenes, allí se vendía de todo: vimos hasta papel higiénico con las caras de Le Pen, Macron, Trump, Berlusconi y Merkel. La cola para entrar en la famosa capilla de San Severo y ver el Cristo velado en mármol era de horas así que la evitamos. Cada uno de los rincones de este barrio merece la pena, así como decenas de sus locales especializados en productos de diseño o en artistas locales de gran talento. Lo mejor es perderse y descubrir esta parte de la ciudad por uno mismo.

Dedicamos la lluviosa tarde al Museo Arqueológico Nacional, una de las mayores colecciones de antigüedades romanas del mundo. El museo se encuentra en el antiguo Palacio de los Estudios Reales, antigua sede de la Universidad de Nápoles. Fue Fernando IV de Nápoles y I de las dos Sicilias (Borbón) el que lo convirtió en un museo real y ahí se trasladaron también decenas de piezas, frescos y mosaicos rescatados de las excavaciones de Pompeya y Herculano que ordenó y financió Carlos III. Por cierto que en las escalinatas del Museo hay una gran estatua de Fernando IV de Nápoles, cuya cara es tremendamente parecida a la de nuestro anterior Rey, Juan Carlos I. Se nota que son familia. 

En las salas de la planta baja destaca la espléndida colección Farnesio (que el Rey Fernando I heredó de su abuela Isabel de Farnesio) compuesta de gigantescas estatuas renacentistas en mármol de gran calidad. Destacan la grupal conocida como el Toro Farnesio o el mastodóntico Hércules Farnesio.

El segundo piso está lleno de frescos y mosaicos recuperados de las excavaciones en las antiguas ciudades romanas que quedaron sepultadas bajo las cenizas de la erupción del Vesubio. Entre los mosaicos destacan el "Cave canem" o de "cuidado con el perro", los bellísimos de peces o la batalla de Alejandro Magno contra Darío I. Respecto a los frescos, inolvidable el de la joven romana estudiando o el del banquete. También hay expuestos numeroso objetos de la vida cotidiana recogidos en Pompeya y Herculano, destacano los pseudoegipcios, que demuestran la importante influencia que esta, por aquel entonces provincia romana, tenía en todo el Imperio. 

Aunque la parte que atrae la mayor atención de los visitantes es el Gabinetto Segreto, que contiene algo más de 200 objetos de arte sexual explícito. Se exponen desde el año 2000. Es sabido por historiadores que Pompeya era una ciudad de vacaciones y además portuaria, muy festiva: la presencia de burdeles así como de mansiones que albergaban grandes fiestas así lo demuestra. Desde representaciones gigantes de penes, a frescos mostrando todo tipo de posturas sexuales, estas salas muestran todo tipo de arte, incluida una estatua en la que un fauno mantiene relaciones sexuales con una cabra, así como braseros con sátiros desnudos.

Tras el museo, salimos de vuelta a Chiaia. Por cierto que en la via Toledo y avenidas aledañas hay una gran concentración de edificios futuristas, construidos durante la dictadura fascista de Mussolini, en mármol blanco, de estilo imperial y racional. El palacio de correos, el de justicia así como otros edificios son testimonios de este periodo en el que se soñó con una sociedad perfecta a costa de eliminar a todo el que el partido consideraba "imperfecto". Cada uno de los elementos personales y sociales controlados por el Estado y por supuesto, la arquitectura fue central. Otros elementos arquitectónicos que vale la pena visitar en esta calle es su moderna estación de metro, calificada por muchos periódicos como la más bella de Europa: de arquitectura contemporánea, fue realizada por el arquitecto catalán Oscar Tusquets a base de recubrir paredes y techos de mosaicos (elemento gaudiano por excelencia) y sistemas de iluminación LED que simula un escenario marino o cuanto menos, una gran piscina. Bellísima. 

Pompeya y el Vesubio
Una escapada  obligatoria si uno está en Nápoles es la combinación de Pompeya y el Vesubio. Visitar la ciudad romana más famosa junto con el volcán que la sepultó es toda una experiencia.

La erupción del Vesubio, ocurrida el 24 de agosto del año 79, sepultó las dos florecientes ciudades romanas de Pompeya y Herculano, así como numerosas mansiones de las comarcas circundantes. Desde mediados del siglo XVIII se empezaron a desenterrar sus ruinas paulatinamente y se hicieron accesibles al público. La vasta extensión ocupada por los restos de ciudad mercantil de Pompeya contrasta con el espacio más reducido de los vestigios, mejor conservados, de la ciudad residencial de Herculano. En cualquier caso, ambas son un vívido testimonio de la vida opulenta de los ciudadanos romanos más pudientes en los primeros años de la Roma imperial.

Pompeya, la más grande de las ciudades, quedó sepultada bajo metros de cenizas durante 1,500 años hasta que Carlos III de Borbón decidió financiar excavaciones con el fin de investigar mejor la cultura romana en su afán ilustrado pero también para recuperar el oro, joyas y otros objetos de arte de los que apropiarse o vender, así como el caro mármol de Carrara de las mansiones. Las excavaciones siguen hasta hoy.

Tomamos el famoso tren Circumvesubiano, que iba hasta arriba de pasajeros y nos bajamos en la estación de Pompeii Svaci, donde hicimos la visita guiada, ya que no disponíamos de mucho tiempo. Además, uno puede perderse si no dispone de alguien que le oriente y le explique. La simpática napolitana nos iba contando detalles aquí y allá de los diferentes lugares que visitamos así como de las costumbres y usos de la sociedad romana de la época. Empezamos la visita por el antiguo teatro.

Paseando por las antiguas calles empedradas veréis mansiones y casas normales, bares de vino, saunas e incluso un prostíbulo. Testimonio vivo de una ciudad portuaria que floreció el tiempo de Julio César. En ellas podréis disfrutar de numerosos mosaicos y frescos, aunque la mayoría se encuentran hoy en día en el Museo Nacional de Arqueología, tal y como explicaba antes. La guía explicaba como las mujeres no tenían derecho a nada, ya que para cualquier acto legal necesitaban la aprobación de su tutor, que solía ser su padre, marido, hermano o tío (o dueño si eran esclavas). La comida principal en la época era la cena, que se tomaba en gran cantidad y reclinados. Para la comida del mediodía se tomaba algo rápido en las decenas de bares y locales de comida a llevar que abarrotan la ciudad (con sus características barras donde poner las ánforas). Los arqueólogos han encontrado restos de una salsa muy popular en aquel entonces que se le ponía a todo, y que se hacía a base de pescado concentrado. Vimos hornos, casas de gente normal y mansiones de ricos, las bellas calles empedradas a las que se lanzaban las aguas menores... y mayores, así como los cruces para peatones con grandes piedras planas para no ensuciarse de lo que se tiraba a las calles. En la calle mayor seguimos una señal en la calzadas con forma de pene que apuntaba hacia una estrecha callejuela donde entramos a uno de los antiguos prostíbulos de la ciudad, con sus diferentes habitaciones (cada una con un camastro de piedra que contaba con otro más confortable encima). El pasillo principal lucía varios frescos con representaciones de varias posiciones sexuales con el fin de servir de "menú" a los visitantes que no hablaban latín. 


Pasamos también por una de las termas, lugares de encuentro social donde iban los romanos a asearse prácticamente cada día en un ritual muy social, con gimnasio y piscina mixtos y saunas y baños separadas para hombres y mujeres. Allí vimos la primera víctima del Vesubio: muchas se conservan gracias a una técnica moderna que transforma en roca sus cuerpos mantenidos así por la ceniza. En la amplia plaza central, antes porticada, también hay varios cuerpos así conservados (grises): desde perros hasta niños, testimonio de aquel desastre natural. En el antiguo mercado aún se amontonan decenas de ánforas ahora ya vacías.

Tras acabar la visita, tomamos el bus que sale de las excavaciones y recorre el Vesubio hasta casi la cima. En la subida se observan varias estatuas hechas de lava. Existen numerosas residencias en las laderas del volcán, a pesar que los expertos lo desaconsejan de forma fehaciente, puesto que el Vesubio en un volcán activo. Para entrar a la cima del Vesubio hay que pagar 10 euros. Nunca había visto que para subir a una montaña se tuviera que pagar... el monte Fuji sin ir más lejos es de acceso gratuito. Tras recorrer la media hora que separa la entrada para peatones del cráter del volcán más famoso de Europa, nos dispusimos a rodearlo, viendo como humos salían de varias de las laderas del impresionante cráter. Las vistas tanto del valle de Pompeya como de la bahía de Nápoles son espectaculares.

Y todo lo que me dejé por ver...
La última noche en Nápoles cenamos en el restaurante familiar Mattozzi, en Chiaia también, que tiene un servicio muy amable y donde por fin probé una estupenda mozzarella de buffala de la Campania. Recomiendo también la pasta alla Maria de Grazie (a base de macarrones y calabacines fritos), que es deliciosa. También probé de entrante su montanara, que es la famosa pizza frita de Nápoles, buenísima también. La ternera al limón que también nos sirvieron no me gustó tanto. En cualquier caso, su lista de platos tradicionales está muy completa y a buen precio.  


Me quedan tantas cosas que ver que no sé ni por donde empezar: desde el Teatro di San Carlo, donde empezó su carrera el napolitano Enrico Caruso hasta recorrer la Costa Amalfitana con Sorrento y Capri como principales reclamos hasta bañarme en las aguas termales de Ischia o visitar Herculano, que me han dicho que se mantiene mejor que Pompeya. A la próxima espero que sea verano.