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diumenge, 17 de març de 2019

Johannesburgo

La ciudad más rica de África

Johannesburgo, la capital económica de Sudáfrica (la política es Pretoria), es también la ciudad más grande y rica de África. A la ciudad se la conoce por múltiples nombres: JoBurg, Jozi o JHB. Es curiosa, diferente a cualquier otra, aunque se parece a muchas ciudades norteamericanas por su estructura urbana donde por desgracia el coche es casi imprescindible. Es enorme y caminarla se hace complicado, más allá de paseos que podamos dar por determinadas zonas, muchas de ellos "privatizadas". Contrastan sus barrios de rascacielos como Braamfontein con los de elegantes mansiones como Rosebank. 

La visité por primera vez en pleno verano austral, a mitad de febrero, con unas temperaturas muy agradables, entre 30 y 15 grados, y un tiempo soleado, excepto una de las noches que descargó muchísima agua una potente tormenta de verano.

 Aprovechando ese buen tiempo, el primer día almorzamos en una terraza de Milpark, una antigua zona industrial ahora arbolada con tiendas de ropa de diseñadores independientes y cafés de comida sana. En concreto, probamos el delicioso Salvation Café, perfecto para un brunch saludable con las verduras y hortalizas como protagonistas.

Tras darnos una vuelta por el barrio de nuestro apartamento, nos dirigimos a la concurrida calle Siete de Melville, una antigua zona deprimida que ahora bulle con restaurantes a la última y tiendas de diseño independientes, esta vez de muebles y objetos de decoración.

Cenamos en Lucky Bean, donde todos los platos se basan en las legumbres locales. Tiene una decoración curiosa iluminada por velas en un entorno calmado donde saborear algunos platos sudafricanos cocinados con ingredientes frescos. Cuenta con muchas opciones vegetarianas como la calabaza asada con queso fresco local, sublime. De platos principales, el pollo asado al limón no estaba mal pero de sabor algo aburrido. Lo que si estaba buenísimo eran las boerewors (unas salchichas afrikaneers, es decir, de los europeos africanos) y el umngqusho (unas legumbres locales con unas salsas de tomate y cebolla con chakalaka). 

Tras la cena, el ambiente anima a tomarse algo en alguno de los locales de la calle Siete llenos de gente disfrutando de la noche. Es increíble lo barato que es beber en JoBurg: un gin tonic con ginebra de calidad local, bien hecho con su ramita de romero y su pimienta cuesta menos de 4 euros. Y por no hablar de los excelentes vinos sudafricanos.

De Rosebank a Soweto

La mañana siguiente la empezamos temprano yendo al elegante barrio residencial de Rosebank, donde se coge la línea verde del bus turístico que recorre los puntos más importantes de la ciudad, junto con la línea roja. Rosebank es el barrio más arbolado de la ciudad y por tanto donde mejor se aprecia el hecho de que a JoBurg se la considere como el mayor bosque creado en el mundo. Todos los árboles de la ciudad y alrededores han sido plantados por el ser humano, ya que antes de ser una ciudad, esto era un páramo. El punto más importante de Rosebank es el zoo y el parque del lago, fundado en 1904 gracias a la donación de uno de los vecinos más ricos de la época, que puso como condición de que lo disfrutaran todos los habitantes de Johannesburgo gratis. Esto hizo que el lugar fuera de los pocos entornos públicos que no se sometieron a las inhumanas leyes del Apartheid que rigieron entre 1948 y 1992. Con el fin de evitar que la población negra y asiática acudiera al parque, ya que legalmente no podía prohibirlo en cumplimiento de dicha condición del donante, el gobierno del Apartheid declaró a las zonas residenciales más cercanas solo para blancos y se dificultó el transporte público para llegar al parque.

El autobús recorría los bellos bulevares de este barrio de élites para acabar subiendo hasta lo alto de la Constitution Hill, donde intercambiamos al bus rojo. En este nuevo recorrido vimos la moderna Corte Constitucional y nos adentramos en los barrios centrales de la ciudad, llenos de rascacielos de estilo brutalista, destacando la torre Ponte o el Carlton Centre, que desde 1973 es el edificio más alto de África con 50 pisos. El distrito minero, germen JoBurg, que surgió por la atracción de miles de personas que buscaban las oportunidades creadas por las minas de oro que rodeaban la ciudad. Ahora es un barrio de edificios elegantes y altísimos rascacielos, muchos de ellos vacíos. En muchas de las calles aún se conservan las torres metálicas de las antiguas minas y también se han instalado monumentos a los mineros que murieron en las profundidades. Otro de los monumentos que destacan es el dedicado al joven Ghandi como abogado que ejerció parte de su carrera profesional en el país africano y que experimentó en primera persona las injusticias del Apartheid, cuando le prohibieron subir por el ascensor principal de un edificio de oficinas, ya que el no era de raza europea.

El autobús continuaba su ruta saliendo a los barrios periféricos de la ciudad, alrededor de los cuales se ven numerosos montículos amarillentos, que son en realidad montañas de tierra sacada de las excavaciones mineras del que fuera uno de los yacimientos de oro más importantes del mundo. El autobús continúa hasta llegar al Casino y Hotel de Gold Reef City, un parque de atracciones dedicado al mundo de la minería donde se puede visitar una mina de oro real.

Allí volvimos a bajar para tomar el minibus que nos llevaría a la mega ciudad de Soweto, acompañados de un residente de esta peculiar zona. Aunque antes paramos ante el bello estadio del FNB, donde España ganó su primer mundial. El recinto, que es el estadio de fútbol más grande del mundo, imita una calabaza sudafricana, usadas para fermentar cerveza tradicional, representada en las ondulaciones amarillentas de la cubierta. La fachada está recubierta de diferentes azulejos con tonalidades rojas, anaranjadas y amarillentas.

Recorriendo Soweto

Este barrio hecho de casas iguales construidas por los sucesivos gobiernos, se levantó para recolocar a la población negra expulsada del centro de la ciudad. Tradicionalmente fue un barrio pobre y marginado, que fue creciendo hasta contar ahora con millones de vecinos. Tras el find del Apartheid, allí se construyó uno de los hospitales punteros del país, se reordenó el transporte público y se mejoraron los equipamientos con escuelas, bibliotecas y estadios deportivos. Visitamos alguno de los puntos más importantes de la zona como las torres Orlando. Estas torres, que fueron una central eléctrica de carbón, se desactivaron en los 90 y se reconvirtieron en un centro de ocio. Se pintan cada cierto tiempo con grandes murales (una de las torres sufragada por publicidad) y entre ellas se colocó un puente para todo aquel que quiera probar el lanzarse con cuerdas.

También visitamos el Memorial de Hector Peterson, una plaza ahora con monumentos y frases que recuerdan la lucha contra el Apartheid que empezó justo allí con la revuelta de miles de jóvenes estudiantes de Soweto que, enfadados con las clases masificadas y las malas infraestructuras con las que contaban en comparación con los blancos, decidieron no callarse ante la imposición finalmente del Afrikaans como lengua única de enseñanza, marginando el zulú, el inglés y otras lenguas africanas, lo cual aumentaba aún más sus desventajas en el sistema educativo. Ese primer día de protestas la policía del régimen del Apartheid las reprimió con perros y armas, matando a muchos, incluido al propio Peterson de 13 años, que ahora cuenta con un memorial sobre todos esos terribles hechos.

Más adelante, podréis caminar por la animada calle Vilakazi, la única del mundo en la que vivieron dos premios Nobel: Nelson Mandela y Desmond Tutu. Allí se encuentran sus dos casas familiares. La de Mandela se ha reconvertido en un museo que se puede visitar.

El Museo del Apartheid

Tras la visita a Soweto, volvimos a Gold Reef City donde al lado se encuentra el Museo del Apartheid, sumamente interesante. De hecho, si solo tenéis tiempo para visitar un museo de la ciudad, os aconsejo encarecidamente que sea este. Además del propio diseño del edificio en sí, el museo ofrece la historia de como se estableció, se luchó contra y se abolió el sistema del Apartheid, en el que se separaba a blancos o "europeos" del resto: negros, colorados, asiáticos... etc.

Con la entrada, te clasifican de forma aleatoria como europeo y no-europeo, entrando por lugares diferentes de las personas con las que estés visitando el museo, para experimentar, aunque brevemente, las sensaciones de aquella sociedad racista del siglo XX. Fotografías, vídeos y todo tipo de objetos (incluyendo un gran vehículo antidisturbios con el que la policía reprimía las protestas contra la segregación) forman un interesante recorrido a través del cual entenderemos mejor lo que pasó en Sudáfrica desde la II Guerra Mundial hasta la aprobación de la Constitución de 1996 y como se resolvió una situación de fractura social tal con elementos clave como el trabajo de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. 

La cuna de la humanidad

Otro lugar interesante que visitar es alguno de los sitios de las excavaciones de homínidos fósiles alrededor de la ciudad, donde se cree que vivieron los primeros humanos. De hecho aquí se encontró, en 1924, el célebre cráneo fósil de Taung, perteneciente a un espécimen de australopiteco africano. El valle de Makapan está lleno de grutas con vestigios arqueológicos que atestiguan la presencia de un asentamiento humano de 3.300.000 años de antigüedad. Los fósiles encontrados han permitido obtener pruebas de la domesticación del fuego por parte del hombre en una época cuya antigüedad oscila entre 1.800.000 y 1.000.000 de años. Estos lugares fueron declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

Empezamos la visita al centro de visitantes de Maropeng, donde un moderno museo explica el origen y evolución del ser humano, con un recorrido en barca por un túnel de los cuatro elementos muy bien hecho, y una pasarela giratoria del origen del universo que marea mucho. El edificio está parcialmente cubierto por hierba y en los alrededores hay serpientes, así que cuidado. A la entrada del mismo existe una gran colección de esculturas metálicas a tamaño real con estatuas de los hombres y mujeres que fueron clave en la lucha por la libertad de Sudáfrica, encabezados por Mandela pero al que le siguen personalidades de todo tipo, donde a mí me llamaron la atención Fidel Castro y Olof Palme, por su papel clave en el bloqueo al régimen del Apartheid y su apoyo a una Sudáfrica unida.

Muy cerca se encuentran las cuevas de Sterkfontein, donde circuitos guiados con casco nos adentrarán en las profundidades de la tierra, para admirar gigantescas estalactitas y estalagmitas, además de un lago subterráneo de aguas cristalinas que se cree tiene kilómetros de profundidad (los submarinistas que han intentado llegar al fondo nunca han llegado a él). En estas cuevas es donde por ahora se han encontrado los fósiles de seres humanos más antiguos y esto se debe a que cayeron accidentalmente en ellos (por las altas hierbas que cubrían alguno de los agujeros) y gracias a las condiciones de temperaturas y humedad, los huesos acabaron fosilizados.

Gastronomía de calidad

El último día nos paseamos por el mercado del fin de semana que se localiza en uno de los rascacielos abandonados de Braamfontein, donde se puede degustar comida de todos los países del mundo, escuchar jazz y músicas africanas en directo o comprar decenas de productos artesanales en su mercadillo. Además, el propio Braamfontein cuenta con rascacielos con diseños curiosos o arte urbano en sus paredes. Destaca el perfil de una mujer realizado con cientos de platos de diferentes tamaños en tonalidades del blanco al azul oscuro y algunos tonos amarillos.

Cenamos en Urbanologi, situado en una antigua fábrica. Este amplio local produce sus propias cervezas y todos sus platos usan ingredientes que se cultiven o críen a menos de 2 horas en coche de Johannesburgo. Además de pedir la muestra de cervezas para probarlas, también optamos por tapas variadas, de las que la tempura de shitake destaca por su sabor. El resto estaban buenas pero no sobresalientes. Descartad la ensalada con yogur de cabra, no vale mucho la pena. El postre de helado de rosas con ruibarbo fresco estuvo bien.

Johannesburgo es una ciudad con muchas atracciones, una gran oferta cultural, un panorama gastronómico muy bueno y una corta pero fascinante historia de lucha por los derechos civiles. Es también el mejor ejemplo de convivencia de la nación arco iris que es Sudáfrica, con sus iglesias, sinagogas y mezquitas conviviendo en paz, y con un crisol de razas que sigue luchando día tras día por coser las heridas que el Apartheid dejó. 

diumenge, 3 de febrer de 2019

Balance de un sedentario 2018

2018 fue mi año más sedentario en 10 años, sobretodo por motivos profesionales: aposté por un objetivo y en ello estoy. Aún así, hice algunos viajes tanto por ocio como profesionales. Y no sólo por Europa: también estuve en dos países africanos. El año empezó en Valencia, algo ya de por sí extraño en mis últimos años, pero es que tenía visita de amigos. Pero tan pronto se fueron, enseguida viajé a Nápoles, donde además de disfrutar de su gastronomía y oferta cultural, pude visitar las ruinas de Pompeya y subir a la cima del mítico volcán Vesubio. 

Pocos meses después estuve una semana en Estambul, ciudad que frecuento bastante en los últimos años, y que nunca decepciona. Es tan grande y con barrios tan diferentes, que es imposible aburrirse. Una ciudad entre dos continentes y que ha sido capital de tres imperios: nunca decepciona.

En junio me tomé unos días en Bucarest, una ciudad que me sorprendió para bien. Arquitectura, ambiente nocturno y una gastronomía tradicional muy interesante a buen precio. También pasé unas horas en Craiova, una plácida ciudad de provincias rumana. 

Y ya en julio, estuve dos semanas en Cabo Verde, donde pude conocer dos de sus islas principales: las de Santiago y Sal. Una joven democracia africana de renta media muy interesante de descubrir. 

En noviembre hice una escapada a Fez donde pude desconectar, aprovechando la magia de su gigantesco zoco, su arquitectura impresionante y su gastronomía deliciosa. Marruecos es el lugar más cercano a Valencia que permite pasear por una realidad que pareciera situarse no sólo a muchos miles de kilómetros más de los que realmente está, sino también a muchas décadas atrás.

Finalmente, los últimos días de 2018 los pasé en Bolonia, Florencia y Roma, entre amigos, buena comida y mucha arquitectura. Italia nunca cansa: allí fui el primer mes del 2018 y también el último.

2019 tiene pinta de ser aún menos viajero que 2018. Parece que poco a poco voy dejando la vida nómada que he llevado estos últimos diez años. En cualquier caso, seguiré viajando en cuanto pueda, porque la pasión de conocer el mundo nunca desaparece del todo. Y lo seguiré contando por aquí.

dissabte, 1 de desembre de 2018

Fez

La antigua capital imperial de Marruecos

Durante 1.200 años, Fez fue el centro cultural, religioso e intelectual de esta región del mundo, especialmente tras arrebatar a Marrakech la capitalidad del sultanato en el siglo XIII. Capitalidad que perdió cuando el Imperio colonial francés la trasladó a Rabat en 1912. Con casi tres días enteros en Fez, mi plan original era dedicar uno a hacer una excursión a Meknès y las ruinas romanas de Volubilis. Desistí al poco de llegar: hay muchísimo que ver, hacer y probar en la mayor medina del mundo. Y eso sin contar con su curiosa "Ville Nouvelle", llena de bellísimos edificios art-déco. Así que como lo que buscaba era más relajarme, cancelé la excursión para otra ocasión y me centré en descubrir la tercera ciudad de Marruecos.

Fès-el-Bali

En este gran barrio amurallado conocido como la medina alquilé una casa con el fin de poder aprovechar al máximo de algunas de las  9.500 callejuelas que la forman. Se trata de la mayor área peatonal del mundo. Si dejamos de lado la electricidad, todo lo que hay en Fes El Bali parece de otro siglo. La gigantesca medina puede llegar a ser abrumadora en ocasiones: abarrotadas tiendas con productos de todo tipo que incluyen gallinas vivas que se matan y despluman en el momento, burros cargados con mercancías variadas, gatos que se pelean por la basura, carros con frutas de mil colores, montañas de aromáticas especias... uno siente que ha retrocedido siglos a tan solo un corto vuelo desde Europa. Una de las cosas que más llaman la atención a cualquier visitante es asomarse a alguno de los balcones que dan a las curtidurías, con sus grandes pozos de tinte. Olores intensos de los diferentes materiales usados (destacando el amoniaco de los excrementos de las palomas) se mezclan con los vivos colores de cada pozo.

La medina es un festival de sonidos: desde el cacareo inocente de las gallinas hasta la llamada a la oración de los imanes desde lo alto de los minaretes. Pero también de colores: alfombras, babuchas, especias y lámparas doradas. Y sobretodo, es un festival de olores: de las fragancias del clavo, la hierbabuena y la menta, hasta el anís estrellado, la canela, el cardamomo, el jengibre o la páprika. Y por supuesto el pan recién hecho, de decenas de tipos: de maíz, de cebada, de trigo duro, el tafarnout, la kessra, el msemmen, la rziza o el baghrir (crêpe de los mil agujeros). Eso sin contar con los encurtidos de olivas de decenas de clases, o las pieles secas de limón, sandía o naranja. Por no hablar de los pétalos de rosa, el agua de azahar o las decenas de perfumes orientales que aquí se venden: desde la cara madera de Oud desprendiendo su fuerte fragancia al quemarse pasando por el sándalo o el picante olor del azafrán persa. Por supuesto, no todo son olores agradables: también conviven olores intensos como los ya mencionados de los curtidores o los olores acre de las carnes de animales recién sacrificados.

Fez fue la cuna del nacionalismo marroquí. De hecho, en una de las casas de la medina se escribió el Manifiesto por la Independencia de 1944, que ahora se puede leer grabado en mármol (en árabe). Aún hoy se respira su antigua grandeza, en el tejido urbano y en los principales monumentos de su medina –madrazas, fondouk, palacios, mansiones, mezquitas, fuentes...

La visita a la medina suele empezar por su puerta más famosa: la Bab Bou Jeloud o puerta azul. Desde allí, dos son las calles principales que nos llevarán hasta el corazón medieval de este gigantesco zoco: las calle Talaa Sghira y Kebira (gran y pequeña cuesta). Ambas empinadas, remontarlas luego es agotador. Vale la pena adentrarse en algunos de los patios que dan a estas cuestas, como el Qaat Smen, o patio de la mantequilla salada, donde además de este producto, las tiendas venden miel, jalea real y otros productos de las abejas. Jalonadas de tiendas tradicionales que se mezclan con restaurantes a la última, también hay varias mezquitas y madrasas a lo largo de las mismas. La más impresionante es la Madrasa Bou Inania del siglo XIV, que contaba con un reloj hidráulico. En ella, pensadores clave con Ibn Jaldún (fundador de la historiografía moderna) pasaron largas temporadas estudiando o enseñando como profesores. Allí se puede ver su gran aula, las residencias de los estudiantes en el segundo piso y su sublime decoración mezcla de azulejos, estucos y madera de cedro.

Ambas calles desembocan en la plaza Najjarine, con su bella fuente y la imponente fachada del que fue el fondouk más famoso de la ciudad. Estos edificios servían para alojar a los comerciantes que atravesaban los desiertos en caravanas. Uno los encuentra a lo largo de toda la ruta de la Seda: los vi en El Cairo pero también en Sheki (Azerbaidján). En Fez hay varios pero el fodouk Najjarine es el más visitado por contener el bello museo de las artes de la madera, donde encontrar desde muebles hasta instrumentos musicales pasando por las tablillas de madera donde los comerciantes fassi escribían las diferentes normas que dirimían disputas mercantiles. Además, el la terraza del foundouk se pueden disfrutar unas agradables vistas de la medina.

Y si uno sigue adentrándose en las callejuelas se perderá por los primeros zocos de la ciudad, que rodean edificios clave como la sublime mezquita Kairaouiine, que puede alojar hasta 20.000 fieles o la zaouya (santuario) de Moulay Idris II, considera fundador de la ciudad. Descendiente del Profeta Mohammed, huyó de los territorios abasíes tras la derrota del chiísimo. En tierras occidentales se alió con los bereberes y fundó la ciudad de Fez, siendo considerado el islamizador de Marruecos. El edificio es impresionante, desde el ricamente ornamentado vestíbulo occidental hasta la simétrica fuente de mármol de su patio o las puertas doradas de su entrada occidental. La zaouya cuenta con el minarete más alto de la ciudad, además de una estructura piramidal de tejas verdes como techo de la gran sala en la que se encuentran los restos de Idris. Alrededor del santuario se encuentran el zoco de los curtidores o "tannerie chouara": vale la pena dar una propina a los pesados vendedores para que os dejen asomaros a las decenas de balcones que rodean las curtidorias para ver sus pozos de colores donde aún hoy se tratan de manera artesanal las pieles de vaca, cabra y cordero con tintes de zumo de granada, semilla de amapola y otras especias.

La medina de Fes experimentó un acelerón en su tamaño y población a medida que los reinos cristianos ibéricos iban conquistando las taifas hasta expulsar a todos los mozárabes la península. Muchísimos antiguos habitantes de Córdoba se reinstalaron en Fez, por lo que casi la mitad de su antigua medina aún se conoce como el barrio andalusí. Hay zocos de todo: desde productos para el matrimonio (donde destacan los enormes baldaquinos usados para trasladar a las novias) hasta zocos de teléfonos móviles de segunda mano o los especializados en todo tipo de hilos y cordones.

Fès-el-Jdid

Este es el barrio de los meriníes que llegaron después. También está amurallado y su zoco es más amplio y ordenado que el de la medina. La estructura recta y con techados de madera me recordaron a los zocos de la península arábiga, como los de Kuwait, Qatar o Abu Dhabi. Y justo pegado a este barrio se encuentra el enorme Palacio Real, con muros de tres pisos. Recuerdo uno similar en Marrakech. Y es que el rey de Marruecos tiene un palacio a su disposición en todas las grandes ciudades del país. Este data del siglo XIV.

Fuera de las murallas de El-Jdid, saliendo por la puerta de Bab Semarine se encuentra Mellah, o el antiguo barrio judío: casi toda su población fue sustituida por musulmanes tras las revueltas árabes de 1956. Los pocos judíos que quedan en Fez (y en Marruecos habían muchos) viven ahora en apartamentos de la Ville Nouvelle. El caso es que aún hoy se siente esa antigua presencia judía en Mellah. No sólo por las dos sinagogas de su calle principal, sino también por la presencia de joyerías y sobretodo por el cementerio israelí que aún hoy se puede visitar. A mi me fascinó la sinagoga Ibn Danan, restaurada en 1999 en la que ya no se celebra. La fuerte presencia policial de la entrada contrasta con la soledad en su interior: no entró nadie más mientras yo la visitaba, guiado por una mujer musulmana. Allí me mostró el hammam subterráneo donde las mujeres se preparaban antes de las bodas judías en la sinagoga o la gran Torah que se esconde tras uno de los monumentales armarios de la sala principal del templo.

La Ville Nouvelle

Fuera de las murallas se encuentra toda esta nueva zona de Fez, construida en la época colonial francesa con el fin de alojar a los burócratas, militares y empresarios galos que se ocupaban de administrar esta región del protectorado marroquí. Es por ello que aún hoy abundan edificios art-decó de los años 20 y 30, sobretodo en las calles de Arabia Saudita y en especial en las imponentes avenidas de Mohammed V y de Hassan II, esta última principal artera de la ciudad, con un amplio paseo en el centro y amplias aceras en ambos lados. En el izquierdo edificios de cuatro plantas con bajos de techos altos soportalados donde aún están los grandes cafés de la época francesa así como cines y hoteles decadentes. Al otro, suntuosos palacetes con jardín, antiguas sedes de la administración colonial y hoy edificios gubernamentales marroquíes. 

Pasear por esta zona de la ciudad me transportó al barrio del Vedado habanero. Uno siente la grandeza perdida de esta ciudad. Ciudades que lo fueron todo y que ahora recuerdan con nostalgia en sus edificios desconchados y comercios y cafés a media luz que ya no son sino una sombra de lo que fueron.

Para descansar del paseo y ver las cosas con perspectiva me subí al Café La Breva, en el séptimo piso de un edificio de oficinas donde poder admirar las vistas de la ville nouvelle. Allí me tomé una infusión de verbena acompañada de un dulce de pannacotta con pasas tras lo que me tomé un taxi que me dejó en uno de los hammams más modernos pero a la vez elegantes de la ciudad: el Nausikaa, por recomendación de mis huéspedes. Primero entras a la sauna turca para que se abran bien los poros. Luego, con el guante de esparto que te compras, alguno de los miembros del personal te exfolia frotándote que hasta duele. Eso lo hacen los marroquíes todas las semanas. No me quedó ni rastro de piel muerta en mis poros. Uno acaba poniéndose aceite de argan en la piel recién exfoliada y espera unos minutos para retirársela. Como nuevo. Esta es la segunda vez que sigo el ritual del hammam oriental: la primera fue en Estambul. 

La gastronomía fassi

Los que me seguís conocéis bien mi fascinación por la gastronomía de cada lugar del mundo. Y la marroquí es de las mejores. Ya lo decía Paul Bocuse: que todas las técnicas culinarias del mundo partían de tres cocinas "madre": la china, la mexicana y la marroquí. Y dentro de Marruecos, existe una gran variedad de comidas regionales que hace del país un paraíso para cualquier amante del buen comer. Eso sí, como ya venía escaldado de mi visita hace cinco años a Marrakech y Essaouira, donde enfermé del estómago, esta vez elegí con mucho tiento los lugares en los que comer: o en casas particulares o en restaurantes con cocinas y reputación impecables. No os asustéis: esto no significa necesariamente ir a restaurantes caros. 

En Fez son varias las direcciones obligatorias para comer bien y a buen precio. La primera es el Café Clock, un gran local situado en un antiguo riad que ofrece una de las mejores cocinas de la ciudad a precios más que razonables. Además, hay actividades todos los días: desde cantos folclóricos de grupos de mujeres los domingos hasta cursos de Henna o cuenta cuentos tradicionales. Las actividades tiene un pequeño coste extra. Está siempre lleno, y no por casualidad. Comí, cene y desayune allí. Todo perfecto. Me gustó mucho el pollo con lentejas sobre cama de rfissa (una especie de pan-crêpe) y también la hamburguesa de cordero con salsa de pepino y menta.

No muy lejos, bajando más la calle Talaa Kebira, se encuentra Le Tarbouche, un local mucho más pequeño y mucho más moderno en cuanto al diseño. Un lugar muy contemporáneo que se mezcla con los tradicionales locales de la Medina de Fez. Sirven cocina fusión internacional con algunos platos locales tradicionales. Probé su tabule (sémola de trigo fría con menta fresca, limón, canela, comino y trocitos de tomate y pepino) que aunque estaba excesivamente frió (pareciera que lo hubieran descongelado) estaba aún así buenísimo. De principal pedí la pechuga de pollo al curry con verduras y chutney de mango: perfecta. Y para beber no os perdáis su limonada casera al romero.

Finalmente, otro de los locales imprescindibles es el Cinema Café, por su magnifica comida, servicio y ambiente. Aquí se ofrece comida marroquí e internacional de gran calidad, con una limpieza excelente y un personal muy amable. Recomiendo para cenar su excelente pastilla: uno de los platos más refinados del mundo. Sabrosa carne de paloma al azafrán, azúcar, cilantro y canela envuelta en hojas de pasta brick. Aunque en este local la hacen de pollo. Y para desayunar los huevos al estilo bereber están deliciosos, aunque algo picantes. 

De comida callejera en Fez, uno tiene que probar los briuats dulces y salados, por ser una especialidad local. Se trata de pequeñas empanadillas de pasta brick (triangulares o en forma de cuadrado). Otra son las fakkas, un pan endulzado con trozos de almendras y otros frutos secos, habitual para acompañar el té.

Finalmente, a través de Airbnb actividades, me apunté a una clase de cocina en una casa particular. Allí, una señora marroquí, traducida por su hijo e hija, me enseñó a cocinar uno de mis platos marroquíes favorito: el tajin de cordero con ciruelas. Que se sirvió con otras muchas cosas. 

Curioso que en esta visita a Marruecos no comí cuscús. Pero seguro que a la próxima cae. Me queda aún muchísimo por descubrir del Reino alauita: desde las grandes ciudades de Casablanca y Rabat a las muy cercanas Tánger y Tetuán. De la histórica Meknès a la azul Chefchaouen. De Agadir a Ouarzazate. Marruecos está muy cerca de Europa, pero es tremendamente diferente.

diumenge, 23 de setembre de 2018

Isla de Santiago (Cabo Verde)

Praia, la capital del Petit Pays

La República de Cabo Verde es un país insular africano frente a las costas senegalesas con diez islas mayores habitadas (menos una) y varias menores deshabitadas. Su territorio está organizado en 22 concelhos o municipios y su capital y ciudad más poblada es Praia, en la isla de Santiago. Allí es donde llegué por primera vez, a pesar de que la mayoría de extranjeros que visitan el país van a la isla de Sal.

Las islas estuvieron deshabitadas hasta que fueron descubiertas en el siglo XV por los portugueses, que las colonizaron para convertirlas en un centro de trata de esclavos. La mayor parte de los actuales habitantes de Cabo Verde desciende de ambos grupos: colonizadores y esclavos, por lo que gran parte de la población es mestiza, como también ocurre en Brasil. Por ejemplo, el Presidente de la República, al que tuve el placer de entrevistar, es mestizo. 

Durante la revolución de los claveles de 1974, los países africanos que eran colonias de Portugal se independizaron, incluyendo a Cabo Verde. El Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde pasó a gobernar ambas ex colonias con el objetivo de crear un único país. Sin embargo, a causa de tensiones políticas el proyecto se abandonó en 1982.  

Actualmente Cabo Verde es un país pequeño (menos de medio millón de habitantes) al que Cesária Évora, la caboverdiana más internacional, dedicó su famosa canción Petit Pays. Es una economía de renta media y también una de las democracias más estables de África. Casi el 90% de su población está alfabetizada. Su moneda, el escudo, está ligado al euro y de hecho, los euros son también de uso habitual. Una cosa que me llamó mucho la atención son las buenas carreteras con las que cuenta tanto la isla de Santiago como la de Sal, donde fui después.

Achada de Santo Antonio: mi primera cachupa

La primera semana la pasamos en el Hotel Santiago, un hotel de negocios de categoría media en Achada de Santo Antonio, que junto con Palmarejo son los barrios de la capital en los que uno pensaría más bien estar en las zonas nuevas de Manises o de Oliva (ciudades medias cercanas a Valencia) más que en una capital africana. Tiendas, restaurantes y bares ocupan bajos de animados barrios de la creciente clase media caboverdiana. 

De los locales en los que comimos y cenamos hay que destacar la Mercearia Andrade en la Avenida Figueira da Foz. Este maravilloso lugar es perfecto para degustar la gastronomía caboverdiana: precios ajustados, menú variado cada día y de calidad. Allí probamos la famosa cachupa, el plato nacional de Cabo Verde, que se toma para comer y cenar, así como para desayunar. En este último caso friendo la cachupa sobrante del día anterior, acompañada de un huevo frito y de linguiça da terra (la salchicha local). El plato consiste en un estofado cocinado lentamente con dos tipos de maíz, tres o cuatro variedades de alubias y pescado o chorizo, salchicha, carne de vacuno, cabra o pollo. Se acompaña de mandioca, ñame y batata a veces en forma de buñuelos. Y con él se bebe el bissap (o hibisco hervido, que en México llaman agua de jamaica). Pedidlo frío y sin azúcar. Además de la cachupa, en Mercearia Andrade también probé la cachupinha (sopa de cachupa), el pastel de atún y otras deliciosas recetas de la gastronomía local como el pollo caramelizado o el atún al grill sin dejarnos sus estupendas croquetas de mandioca y pollo. Fui hasta cuatro veces. No os arrepentiréis. Y no dejéis de pedir sus postres de coco. Por cierto, en el Hotel Santiago, sus pescados a la plancha son también una maravilla.

 El Plato y el paseo marítimo

La segunda semana nos trasladamos al estupendo Hotel Pérola, frente al mar, sin duda el mejor hotel de negocios del país y uno de los mejores de Praia. Sus habitaciones amplias y muy luminosas, modernas y limpias. Su personal es muy profesional y atento. Las vistas desde su piscina preciosas. Y la conexión de wifi muy rápida. En un país donde escasea la energía y el agua potable, el hotel es auto sostenible gracias a la energía generada por placas solares y su propia mini planta desalinizadora con la que obtienen su propia agua potable. Además, está cerca tanto del Plato como de Achada de Santo Antonio, dos barrios clave en negocios y ministerios. Finalmente, su restaurante es magnífico: platos africanos, europeos y latinoamericanos presentados por su chef chileno, con cantidades grandes e ingredientes del día. Destaca la fabulosa langosta.

Uno de los lugares más pintorescos de Praia es el Plato, antiguo centro histórico, con la plaza Alexandre Albuquerque como centro neurálgico. Recuerda mucho a Portugal, con calzada portuguesa y casas tradicionales de colores. En cualquiera de los restaurantes de la peatonal calle 5 de julio sirven menús del día tradicionales y abundantes con ingredientes de calidad y a buen precio.

Allí visitamos la Fundación Amilcar Cabral, padre de la nación caboverdiana. Un amable guía nos mostró vídeos y demás piezas de ropa, objetos personales o libros del antiguo guerrillero, asesinado por los portugueses antes de que Cabo Verde alcanzara su independencia. Cabral tuvo una gran relación con Fidel Castro y Nelson Mandela entre otros, siendo una de sus obsesiones la alfabetización total de los caboverdianos y guineanos.

En mi última noche en Praia fuimos a cenar al Quintal da Música, un local de música en directo muy frecuentado. El servicio es muy amable y atento: de hecho nos tocó una señora muy graciosa que nos traía las bebidas cargando las botellas en su cabeza con mucho brío. Cuando preparó la banana rebozada flambée, también tenía la botellas de aguardiente local sobre la cabeza, incluso mientras flameaba la banana delante nuestro. Nos gustó también la música en directo pero los platos, aunque decentes (sobretodo los de marisco), en general no superan a los de la Mercearia Andrade. En cualquier caso, es un lugar estupendo para una velada entre amigos.

Finalmente, y para una comida rápida, lo mejor es acercarse por las noches al patio al aire libre del Shopping Praia, el único centro comercial del país (muy pequeño) donde encontrar puestos de comida india, italiana, hamburguesas o de pollo frito y degustarlos frente al mar.

Cidade Velha, la antigua capital

Una excursión obligada en Santiago es ir a la antigua capital de las islas. Nosotros empezamos por el fuerte de San Felipe, construido en el siglo XVI y primer complejo militar construido por europeos al sur del Sahara. El fuerte se construyó por orden del Rey Felipe II de España como respuesta a los constantes ataques del pirata inglés Francis Drake. Su estilo es renacentista y tras su reciente restauración luce en todo su esplendor. Las vistas desde lo alto valen la pena.

A continuación, bajamos la montaña para visitar la ciudad de Ribeira Grande, bautizada de nuevo con el nombre de Cidade Velha a finales del siglo XVIII, que fue el primer establecimiento colonial europeo asentado en una zona tropical. Conserva parte de su trazado urbano primitivo, en el que subsisten edificios y espacios como dos iglesias o la plaza del Pelourinho con su rollo de mármol esculpido en estilo manuelino. Este icónico pilar de 1512 simboliza la justicia real ya que era allí donde se ejecutaban las sentencias. Se trata de una columna de mármol blanco de estilo gótico con una base octogonal y el símbolo de los marinos portugueses en lo alto.

En la plaza, frente al mar, hay varios restaurantes, uno de ellos regentado por un canario con muchas cosas ricas que os recomiendo, como los búzios (caracoles de mar) encebollados, sus pescados frescos a la parrilla (de hecho el nuestro lo pescaron ese mismo momento y vimos al pescador pasar con el gigante pez) y de poste el queso de cabra de la isla de Fogo con dulce de papaya.

Tarrafal

Otra de las excursiones para un fin de semana en Santiago es ir a Tarrafal, que según la mayoría de locales es la mejor playa de la isla. Por carretera se tarda algo menos de dos horas y vale la pena pararse a mitad para visitar algunos puntos de interés. Por ejemplo, cuando atravesamos por carretera la Serra da Malagueta, a más de 1000 metros de altura, la niebla intensa impedía ver la carretera. Su bosque, su humedad y sus bajas temperaturas suponen todo un cambio de aires dentro de la propia isla tropical. La carretera atraviesa bellos paisajes de sierras desérticas que contrastan con los verde valles.

Antes de llegar a la playa, pasamos también por el antiguo campo de concentración de Tarrafal, donde el régimen de Salazar encarceló a los guerrilleros independentistas caboverdianos, incluyendo a Cabral.

La playa de Tarrafal es muy bella y de aguas cristalinas, con un paisaje espectacular, pero al ser domingo estaba bastante llena de familias y niños gritando, por lo que no es el plan relajante que uno espera. Comimos en un restaurante con vistas al mar donde la comida estaba bien, sin más.

La vuelta la hicimos por la carretera que bordea el mar y paramos a visitar la comunidad más famosa de los Rabelados, la que está en Espinho Branco. Los Rabelados son una comunidad religiosa católica que, en la década de los años 40, y como respuesta a la llegada de nuevos curas de la congregación del Espíritu Santo, se rebelaron aislándose del resto de la sociedad y rechazando la nueva liturgia. Viven con gran sencillez. En esta comunidad, la más importante, una de sus principales fuentes de ingresos es el proyecto RABELART, diseñado por la artista Misa. Hay bastantes obras de arte a la venta en uno de los espacios de la comunidad. Allí compré una pintura en blanco y negro que me gustó particularmente. 

En general, y desde el punto de vista turístico, me pareció mucho más interesante la isla de Sal que os conté en otra entrada. La isla de Santiago es bonita pero no creo que merezca la pena ir como turista. Quizá las islas de Sao Vicente o Santo Antonio también deben ser interesantes. Si alguna vez vuelvo a Cabo Verde las visitaré. 

divendres, 7 de setembre de 2018

Isla de Sal (Cabo Verde)


La joya turística en Cabo Verde

Sal es la isla más visitada de Cabo Verde y es también la más árida sin llegar a ser desértica. La mayoría de los turistas se concentran en el sur, en el bullicioso pueblo de Santa María, con su preciosa playa de aguas turquesas y su concurrido espigón, lleno siempre de paseantes, turistas y pescadores que siempre sacan algún pez grande del Atlántico. Aunque la capital, y por tanto única ciudad de la isla, es la insulsa Espargos, en el norte.

Pude disfrutar de esta cálida isla durante dos días, aterrizando bien temprano en el aeropuerto internacional Amílcar Cabral, que es el mayor del país. El taxista me llevó hasta mi hotel en el sur por la autopista que cruza Sal, desde la que vi el famoso "león tumbado", una montaña frente al mar con dicha forma. Como el conductor me cayó muy bien cogí su teléfono para explorar la isla al día siguiente con él.

Me registré en el Melià Llana Beach Resort & Spa, un hotel de la cadena incluido en su programa "Adults Only". Venía de dos semanas de trabajo y estudio en la capital del país y me apetecía relajarme sin pequeños correteando y gritando alrededor, al menos por dos días. Interesante que el hotel se llama con el primer nombre con el que los europeos bautizaron a la isla: "Llana" por ser extremadamente plana. 


El Melià Llana Beach Resort & Spa

Desde el momento de mi llegada, el tratamiento fue agradable, rápido y personalizado. Prepararon mi habitación mucho antes de la hora oficial del check-in y me resolvieron todas las dudas de forma rápida y atenta. El resort de cinco estrellas es del concepto "todo incluido" por lo que nada más llegar me pusieron una pulserita que daba acceso ilimitado a multitud de servicios, actividades, comidas y bebidas.

Los buffets son muy variados y en general de calidad, aunque algunos de los platos estaban excesivamente secos, como pasteles o carnes, pero en general el 80% estaban de maravilla. Eso sí, faltaban platos locales: por ejemplo no había cachupa para el desayuno (y es el desayuno caboverdiano por excelencia) y tampoco cachupinha entra la oferta de sopas ni otros platos de la cocina local. Tampoco había para beber sus famoso bissape o alborinha. Ni los quesos locales con dulce de papaya. A mí no me afectó puesto que había disfrutado de las especialidades locales en mis dos semanas en Santiago. Una de las cenas del todo incluido es en el italiano que tienen y es también excelente. Al no ser buffet los platos son de mayor calidad, como en cualquier italiano de gama alta con camareros muy amables y rápidos.

La playa parcialmente privada está fenomenal también, con aguas cristalinas, aunque la pública de Santa María sea más bonita. El hotel cuenta con varias piscinas con bares todo incluido, además de actividades y programas a lo largo del día: desde aprender a cocinar platos caboverdianos hasta talleres de cócteles o diferentes actividades deportivas y culturales. El resort cuenta con una sucursal del Yhi Spa, la marca de centros de wellness de Melià, con saunas finlandesa y turca, jacuzzi y todos los tratamientos a mitad de precio para clientes del hotel. proveché para hacerme un masaje de aromaterapia.

Tortugas bobas (caretta caretta) desovando

Como estábamos justo en los meses en el que las tortugas bobas desovan en Cabo Verde (uno de los tres lugares de la tierra junto con México y Yemen donde lo hacen), esa noche contraté una excursión con un biólogo para verlas desovar. Lo hice a través de la empresa Explore Cape Verde, una de las más reputadas por anteponer el bienestar animal a las necesidades del turista. De hecho, el problema que sufren Sal y la vecina isla de Boa Vista es que muchos turistas van con guías que carecen de conocimientos científicos o directamente acuden a la playa sin guía. Eso hace que utilicen la luz blanca de los móviles (cegando a las tortugas), las toquen o fumen (sin entender cuan sensibles son estos animales a todo ello). Con Explore Cape Verde os acompañan biólogos que sólo utilizarán luz roja (las tortugas no la perciben) y esperan sin acercase a ellas cuando están cavando el nido, ya que de lo contrario podrían estresarse y marcharse de nuevo al mar sin desovar, con el riesgo para sus vidas por la potencial infección de sus huevos en el interior de sus cuerpos. Me explicaron que solo nos debemos acercar cuando empiezan a desovar, por detrás y en silencio, ya que entran en estado de somnolencia o "trance" profundo. Es un espectáculo impresionante. Vi caer huevo tras huevo, agachado muy cerca de la tortuga, viendo como movía sus enormes patas con cada esfuerzo. Tras tapar los 80 huevos que puso, la tortuga volvió al mar levantado su enorme cabeza de tanto en tanto para oler el mar y guiarse. Por eso, ponerse delante de ella puede desorientarla con olores fuertes como perfumes o tabaco.

Lamentablemente habían algunos grupos sin guía de entre los cuales algunos fumaban o utilizaban indiscriminadamente la luz blanca de sus móviles. Los pocos voluntarios caboverdianos que se turnan para evitar este sinsentido no dan abasto para llamar la atención de estos irresponsables. Y lo peor es que no cuentan con autoridad para arrestarlos o expulsarlos. Mi guía-biólogo me explicó como están luchando por aprobar una ley de protección medioambiental en el país que al menos ponga a un policía por noche en la playa durante los meses de desove con el fin de incrementar la protección de las tortugas. Un poco apenado por la situación, me encontré a la vuelta en el hotel con un espectáculo de batuk y funaná, dos de las danzas y estilos músicales caboverdianos.

Explorando el norte de Sal

Al día siguiente, me desperté a las 8 de la mañana para hacer yoga con una profesora de categoría tras lo que disfruté del copioso desayuno, cogiendo fuerzas para el día de exploración del norte de la isla. Mi taxista me estaba esperando para intentar llegar a mediodía a la famosa "Buracona", una formación rocosa al lado del mar en la que se forma una especie de lago cristalino en el fondo de una gruta que suele estar a oscuras excepto durante la hora central del día cuando el sol impacta directamente dando un color zafiro a las quietísimas aguas del fondo. El problema es que había una cola de turistas descomunal. De hecho, tardé una hora en poder verlo, gracias que aún quedaba un pequeño fragmento iluminado por el sol de casi la una de la tarde. Pero valió la pena por la preciosidad cromática, aunque me esperaba algo más relajado, y no un contexto de parque temático donde apenas la puedes disfrutar unos minutos tras interminables colas al sol. Desde aquí también se disfrutaban las vistas del enorme desierto rocoso que es el norte de la isla con el sereno Monte Vermelho en la mitad

De ahí nos fuimos a la bahía de los Tiburones. Por el camino vimos un viejo barco embarrancado que sigue herrumbrándose en silencio. En la bahía, uno alquila por un par de euros unas cangrejeras (si no las tiene, como me pasó a mi) y con un guía se desplaza hasta dentro del mar (cubre muy poco) para poder asomarse a la parte que ya empieza a hundirse a la que cada día se acercan decenas de tiburones, pero son cero agresivos, así que los turistas se plantan a hacer fotos y vídeos sin problemas. De todas formas, para los que tengáis miedo, los tiburones siempre se mantienen a una distancia amplia de las personas.

Pero sin duda, y después de las tortugas, el elemento más espectacular de la isla, y la razón de su propio nombre, son las salinas de Pedro de Lume. Se trata de un lago formado con agua de lluvia en el cráter de un volcán extinguido. La isla estuvo deshabitada hasta que los europeos descubrieron este lago extremadamente salado oculto por altas montañas. Había sal a espuertas fácilmente extraíble por lo que a principios del siglo XVIII empezaron a ser explotadas, abriéndose un túnel entre las montañas para facilitar el acceso al cráter. Ya en el siglo XX se instaló un sistema automático de un kilómetro para extraer la sal más eficientemente y embarcarla sin tener que usar animales.

En 1985 se abandonó el sistema y ahora Pedra de Lume es una de las principales atracciones de Cabo Verde. Además del espectacular paisaje en sí, el lago es muy similar al mar muerto: debido a la alta concentración de sal (8 veces la del océano) uno flota fácilmente, pudiendo tumbarse sobre el agua y relajarse al sol. Eso sí, no os quitéis el calzado puesto que los cristales de sal del fondo podrían dañar vuestros pies. El sistema de desalación sigue a nivel artesanal, con piscinas artificiales donde se evapora el agua para extraer bloques de sal que se usan para spas y tratamientos de belleza o comercializarlos como sal gourmet. También podéis aprovechar para exfoliaros con el barro volcánico que hay por toda la zona. Cubriros bien el cuerpo hasta que parezcáis haberos quemado y dejad secar al sol un rato. Volved al lago para quitaros allí el barro, frotando ligeramente. Se os quedará piel de bebé.

De vuelta a la zona de los resorts en Santa Maria, me di una vuelta por las enormes avenidas vacías que esperan llenarse de más complejos residenciales y hoteleros. Las nuevas incorporaciones son un Hilton (que incluye un casino) así como el Melià Llana (en el que me alojaba) y el Riu Funaná. Pero ya habían desde hace años otros resorts Melià y de empresas locales. El buen tiempo y la concentración de turistas de todo el mundo traídos por touroperadores mantendrá el atractivo de Sal por mucho tiempo. Si os apetece descubrir el África Subsahariana y queréis empezar por un país "fácil", la isla de Sal en Cabo Verde es una buena opción. Naturaleza, playas paradisíacas, animales únicos, una amabilísima población y un tiempo de ensueño os esperan.

dijous, 19 de juliol de 2018

Bucarest y Craiova

La pequeña París del Este

Llegué a Bucarest la mañana del viernes. Las luces se apagaban y la ciudad estaba silenciosa, vacía de coches. Mis taxi atravesaba avenidas y arbolados bulevares y de repente apareció el Arco del Triunfo, de estilo neoclásico, en homenaje a los caídos rumanos de la I Guerra Mundial. No me alojaría lejos, al final del largo Soseaua Kiseleff, en la primera parte de la calea Victoriei, sin duda la calle más popular de la ciudad. 

Ese día empecé recorriendo precisamente la calea Victoriei, en la que se encuentran muchas de las atracciones culturales de la ciudad, además de tiendas y cafés frecuentados por los locales. Una de las primeras es el Museo Nacional George Enescu, famoso músico rumano, que al casarse con una princesa de la antigua aristocracia rumana, se construyeron esta bellísimo palacete art-nouveau. En efecto, Bucarest está plagada de amplias avenidas, mansiones y edificios burgueses, todos construidos en la época dorada de la ciudad, la década de los 20 del siglo pasado.

Seguimos bajando la calle, pasando el Hilton Athenée Palace, nido de espías durante la II Guerra Mundial, hasta llegar a la plaza de la Universidad, donde se encuentra el antiguo palacio real, hoy Museo Nacional del Arte Rumano. Me quedó pendiente visitarlo por dentro, donde se encuentra una colección de estatuas de célebre Brancusi. En su afán por eliminar cualquier símbolo de la vieja Rumanía, el régimen comunista construyó un horrible anexo al Palacio Real como sede de la Asamblea Nacional que hoy se usa como teatro. Un poco más abajo se llega a la plaza de la revolución, donde empezaron las primeras protestas contra Ceaucescu y donde murieron los primeros manifestantes asesinados por la policía. En esa plaza se encuentra el Ateneu, una elegante ópera de estilo ecléctico francés, destacando su señorial lobby de mármol de Carrara. 

En esa misma plaza de encuentra el edificio que albergó el Comité Central del Partido Comunista de Rumanía, desde cuyo balcón Ceaucescu pronunció su último discurso el 21 de diciembre de 1989. Al día siguiente, él y su mujer huyeron en helicóptero desde el tejado mientras los revolucionarios iban tomando las plantas inferiores del edificio. Finalmente, la pareja fue detenida y fusilada el 25 de diciembre en Tirgoviste, al norte de Bucarest. En mitad de la plaza se alza el monumento a los héroes de la revolución, un obelisco de mármol blanco con una figura deforme metálica clavada. Los periodistas internacionales alojados en el Hotel InterContinental (por aquel entonces uno de los edificios más altos de la ciudad), presenciaron desde sus balcones la represión policial en directo aquel diciembre de 1989.

También en esta plaza se encuentra iglesia (biserica) Cretulescu, de estilo brancivino, una curiosa combinación de rasgos bizantinos, barrocos y locales que se convirtió en el estilo arquitectónico de  moda en Valaquia en el siglo XVIII por voluntad del gobernador Constantin Brancoveanu. El estilo se distingue por las pequeñas columnas, los arcos lobulados, los pequeños tejadillos de madera en las puertas y los techos tallados.

Pero no solo las iglesias tienen este estilo, también edificios civiles como el Ayuntamiento de la ciudad o la Facultad de Arquitectura, ya que el brancovino pasó a ser uno de los estilos arquitectónicos nacionales de Rumanía, igual que el neo mudéjar lo fue de España. 

No muy lejos se encuentra el pasaje Macca-Vilacrosse, un callejón cubierto de cristales amarillos al más puro estilo de los passages parisinos que tan de moda se pusieron a finales del XIX. Entre cafeterías y anticuarios uno se sumerge en el Bucarest de la belle époque. Entre estos pasajes, el arco del triunfo, los bulevares y edificios de apartamentos burgueses y que las placas de las calles son del mismo estilo, son muchos los que llaman a la ciudad, el París del Este.

Ese día comimos en un restaurante llamado City Grill, de comida rumana, que cuenta con útiles tablets en varios idiomas para ver fotos de los platos y sus descripciones, y así tener menos lío al pedirlos. Ahí probé la ciorba (sopa), ya que a pesar de ser junio hacia fresquito. Me recordó mucho a la fabada asturiana, pero más ligera. De segundo pedí sarmalute, que es carne con pimiento asado envuelta en hojas de repollo y con polenta como guarnición. Y de postre los famosos papanasi o donuts rumanos, muy densos y con limón rallado, acompañados de crema y grosellas almibaradas.

El Bucarest comunista

Llegamos al amplio bulevar Unirii, línea maestra de Ceaucescu para reconstruir Bucarest. Flanqueado de altos edificios anodinos, en origen destinados a residencias de las elites del Partido Comunista, la avenida está presidida por el Palacio del Parlamento al final, sin duda el mayor símbolo del sombrío régimen de Ceaucescu, el Conducator, que intentó transformar Bucarest en una megalópolis burocrática. Originalmente llamada Casa del Pueblo, aquí deberían estar todos los ministerios y las sedes de todas las empresas estatales y altos funcionarios del gobierno, además del mausoleo del líder comunista.

Fue acabado en democracia (era más barato acabar el edificio que derruirlo), la rebautizada como Palacio del Parlamento es el segundo edificio civil mayor del mundo en superficie, por detrás del Pentágono. Su volumen supera al de la Gran Pirámide de Keops. En su construcción se emplearon mármoles y maderas nobles, alfombras tejidas a mano y enormes lámparas de cristal. Todo con materiales y de artesanos de las diferentes regiones de Rumanía. También se llevó por delante uno de los barrios más bellos y antiguos de Bucarest, cuyas mansiones, iglesias y parques se perdieron para siempre.

El Palacio del Parlamento es uno de los edificios que más me ha impresionado en mis viajes. Interminables pasillos, gigantescas escalinatas, señoriales salones, enormes teatros... y cada parte decorada con formas y colores diferentes. Lo más llamativo del edificio es su sistema de ventilación natural, que permite mantenerlo fresco incluso durante los calurosos veranos de Bucarest. Ceaucescu, obsesionando y paranoico, quiso evitar aire acondicionado por miedo a que pudieran envenenarlo a él y a las elites del Estado. En cada una de las salas se ven los orificios en el techo que ventilan las estancias, perfectamente camuflados con la decoración y ornamentos.

Detrás de esta maravilla neoclásica se encuentra Anca Petrescu, joven arquitecta que dirigió un equipo de 700 arquitectos para alzar este coloso. Curiosidades como que la solemne sala rosa está reservada para actos diplomáticos (el rosa es el color de la diplomacia y yo sin enterarme) o que muchos de los elegantes salones se pueden alquilar para fiestas y eventos salpican la visita guiada, que es la única manera de conocer este laberinto. Tras dos horas caminando por el edificio solo fuimos capaces de visitar un 5% del mismo. Imaginaos lo grande que es. La visita acabó en el balcón principal, anexo al auditorio del edificio, desde el que se observa toda la longitud del bulevar Unirii, o como los locales le llaman, "nuestros Campos Elíseos". Desde aquí Michael Jackson se dirigió a las multitudes de fans rumanos diciendo aquel famoso "I love Budapest" que los dejó a todos helados. 

La Curtea Veche

Otro de los días lo dedicamos a la ciudad antigua. Bucarest fue fundada por Vlad Tepes, el empalador, sobre el que luego se inspiraría la leyenda de Drácula. Sin embargo, el "Drácula" contemporáneo que saqueó el país también arrasó con la mitad de la ciudad antigua para crear los edificios de apartamentos destinados a las élites comunistas alrededor del por aquel entonces proyecto del Palacio del Pueblo. La parte que no destrozó sigue siendo lo que hoy se conoce como Curtea Veche o barrio de la Antigua Corte, lleno de caserones de estilo francés, iglesias ortodoxas y sinagogas que sobrevivieron a la ocupación nazi. Actualmente es uno de los lugares más animados de la ciudad, con terrazas de restaurante y bares ocupando sus calles y con decenas de locales y turistas aprovechando las buenas temperaturas del verano.

Bordeado por el río Dambovita, aún se siguen viendo muchos caserones abandonados, siendo la mayoría de sus dueños judíos adinerados que fueron asesinados en los campos de concentración o que huyeron a las Américas o Israel. La iglesia más vistosa del barrio es la Biserica rusa, por sus siete cúpulas cubiertas de pan de oro. Es bonito ver también alguno de los antiguos caravasares (antiguas fondas de comerciantes) ahora reconvertidos en restaurantes o hoteles con encanto. 

Ese día comimos en La Placinte una cadena de restaurantes de comida típica rumana especializada en la región de Moldavia (si, hay una región en Rumanía con el mismo nombre que el país, de hecho, parte de Moldavia fue Rumanía hasta el fin de la II Guerra Mundial. Degusté como entrantes la fasola batuta, una especie de hummus pero de alubias marrones con cebolla caramelizada y el cascaval pane que es un pan rebozado con huevo y relleno de queso derretido que es delicioso. También probé las mici con mostaza, que son las tradicionales salchichas caseras rumanas que me parecieron demasiado grasientas. Lo que más me gustó fueron los crepes salados de pollo desmenuzado y queso derretido. Me gustó tanto que repetí en otro restaurante de la cadena, esa vez en el de cerca de la plaza de la Victoria, sede del Ejecutivo. Allí por cierto pude ver una de las constantes protestas contra la nueva ley anticorrupción que disminuye las penas por malversación de caudales públicos.

Finalmente, como era sábado, salimos de fiesta. Bucarest es una ciudad muy animada y los rumanos suelen tener unos horarios similares a los de los españoles por lo que se refiere a entrar tarde a las discotecas. En otra entrada me explayaré más sobre los locales de música nocturnos de la capital rumana.

Craiova

Para llegar a Craiova tomé el tren en la Gara du Nord de Bucarest, un imponente edificio ferroviario de la época dorada de la ciudad. El lento y abarrotado pero puntual tren de los ferrocarriles rumanos me llevó hasta una aburrida ciudad de provincias donde destaca el palacio del arte, antigua residencia de la familia Constantine, una de las más ricas de Rumanía. El edificio en sí es famoso puesto que allí se alojaron desde los monarcas rumanos, el gobierno polaco en el exilio o el Mariscal Tito, fundador de Yugoslavia.

Otra cosa que llama la atención en la ciudad es la plaza principal donde poder ver el majestuoso ayuntamiento de estilo brancovino, apartamentos de estilo Haussmanien del XIX, insulsos edificios gubernamentales de la época comunista y el ultramoderno centro comercial banco nuclear del siglo XXI. Más de 300 años de arquitectura en una sola mirada.

Desde su minúsculo aeropuerto tomé el vuelo que me devolvió a Barcelona. Los rumanos coinciden en que me dejé por ver lo mejor del país: la enorme región de Transilvania con los Cárpatos, sus bellos pueblos, y sus castillos y bosques... incluido el de Vlad Tepes, el "Empalador". Tendrá que ser a la próxima y con más tiempo. 

dissabte, 2 de juny de 2018

Estambul - Modernidad

Rumeli Hisari

Si en mi primera entrada acerca de Estambul hablé exclusivamente del barrio de Sultanahmet, en esta recorro el resto de barrios de la antigua Constantinopla. La enorme cantidad de monumentos así como la variada oferta museística, gastronómica y la animada vida nocturna hacen de Estambul una ciudad que requiere de varias visitas para poder comprenderse bien. Las siguientes veces que he estado me he alojado en el loft de una amiga en Rumeli Hisari, uno de los barrios más cotizados de la ciudad, en la orilla europea del Bósforo. Algo que me enseñó y que recomiendo a todo visitante a Estambul es hacer un crucero por el Bósforo, ya sea en una lancha rápida privada o en alguno de los barcos turísticos que recorren esta vía acuática que conecta el Mediterráneo con el Mar Negro. Los paisajes y casas que veréis merecen la pena.

Cerca de su casa hay varios lugares y actividades chulas que hacer y que os cuento. Es una parte desconocida para el turista típico pero vale mucho la pena. Pero antes toca empezar por los lugares que seguro que no os perdéis como turista (y que yo tampoco me he perdido): Istiqlal y Taksim.

La avenida más viva de la ciudad

Volvimos a Rumeli Hisari, y caminando un poquito hacia el norte, en el barrio de Emirgan, se encuentra el Museo Sakip Sabanci, en una villa de 1927. Aquí fue donde el Sr. Sabanci, un exitoso billonario industrial y filántropo turco que viajó por todo el mundo, fijó su residencia de Estambul. Desde fuera, la mansión rezuma elegancia, toda blanca, en lo alto de una colina con vistas al Bósforo. Por dentro, sus grandes salones y comedores están repletos de muebles y cuadros de diferentes épocas. En el piso superior se encuentra ahora una de las mejores colecciones de caligrafía turca, con bellos ejemplos del Corán de diferentes épocas. En las salas del sótano, de nueva construcción, hay grandes espacios para exhibiciones temporales. El día que lo visité había una dedicada a Feyhaman Duran, uno de los pintores turcos más importantes del siglo XX, cuyas obras reflejan la vocación modernizadora de los últimos sultanes, antes de que el Imperio Otomano colapsara tras perder la Primera Guerra Mundial.


La primera vez que estuve en Estambul me alojé en el histórico Sultanhamet, como ya conté en mi anterior entrada. Al segundo, día, tras haber explorado el lado más tradicional de la ciudad, decidí cruzar el puente Gálata para admirar el Estambul del siglo XIX. Me dirigí al Tünel, la estación de metro más antigua de Estambul y la segunda más antigua del mundo después de algunas de Londres. Con solo dos paradas, esta histórica línea aún conserva el anticuado vagón metálico de color rojo que recorre este empinado túnel. El encanto de un sistema de metro del siglo XIX me cautivó, con su corto trayecto que me dejó justo al principio de la avenida Istiqlal. Paseando por ella, uno se da cuenta que Estambul, al igual que Rio de Janeiro, conserva esa antigua grandeza, ahora muy decadente, de los tiempos en que fueron capitales de grandes imperios (el Otomano y el Brasileño respectivamente). Diversos palacios, elegantes y gigantescos, jalonan esta avenida junto a grandes edificaciones burguesas y antiguas sedes de las embajadas, ahora degradados a consulados generales. Istiqlal siempre está llena de gente caminando, de vendedores ambulantes y del tranvía, que de vez en cuando se tiene que abrir camino entre la multitud, de esos metálicos antiguos que tanto encanto tienen. Me quedé bastante decepcionado las siguientes veces que fui al percatar que el histórico tranvía ha dejado de circular para siempre.

Al final de Istiqlal se llega a Taksim, una de las plazas más populares entre los habitantes de la ciudad y lugar de encuentro típico de la juventud. Es el único lugar en el que pude ver banderas europeas. A continuación bajé de nuevo a Beyoglu pero desde otro lado, para captar las zonas populares y no turísticas. Y me encantaron. Además de los gatos, que todo lo invaden, es agradable ver los bonitos edificios, las tiendas de diseño creadas por jóvenes estudiantes o a las abuelas que se sientan en sus portales o los niños correteando por el barrio. Y sobretodo sus decenas de cafés, llenos de vida. Y por supuesto el edificio más famoso del barrio: el Hotel Pera Palace, fundado en 1892. Aquí se alojaban los pasajeros en tránsito del Orient Express (que recorría el trayecto París-Bagdad). Algunos de sus huéspedes más famosos fueron Greta Garbo, Mata Hari o Hemingway, aunque la huésped por excelencia fue Agatha Christie. Si está vacía, los amables recepcionistas os enseñarán la habitación 411, donde escribió "Asesinato en el Orient Express". Muy cerca de este elegante hotel se encuentra un pequeño museo que vale mucho la pena: el Pera, que en sus cinco pisos acoge 300 cuadros de estilo orientalista de los siglos XVII al XIX, ya sea de pintores turcos o europeos. Destaca el cuadro más famoso de Turquía: "El entrenador de tortugas" de Osman Hamdi Bey, una auténtica obra maestra del orientalismo.

Una buena manera de acabar el día en Istiqlal es subirse a la terraza del chic "360" y tomar una copa (o cenar) mientras vemos la puesta del sol con las mejores vistas de Estambul.

Esa primera visita, tras cruzar el puente de nuevo, y ya en el lado del Cuerno de Oro, me compré un bocadillo de caballa recién pescada y asada, de esos que venden en barquitos a la orilla. Buenísimo. 


Esa noche cenamos en uno de los exclusivos restaurantes de pescado que bordean el Bósforo: el Rumeli Hisari Iskele, con mezzes y platos principales a base de pescados y mariscos preparados de diversas formas según las recetas tradicionales de la ciudad. Y con un gran pescado a la parrilla como principal.

Iglesias bizantinas

Al día siguiente desayunamos en un antiguo horno que lleva operando más de 150 años de forma ininterrumpida en el número 47 de la calle (cadesi) Necatibey, donde nos pedimos una ración del tradicional borek kurdo, bien salpicado de azúcar así como otra del borek Kiymali, relleno de carne picada, todo acompañado del omnipresente té negro en los vasos con forma de pera. Desde allí fuimos hasta el norte de Estambul, a la Iglesia de San Salvador, hoy en día conocida como Museo Chora o Museo Kariye, muy cerca de la estación de tranvía de Edirnekapi.

La iglesia, que luego fue mezquita y ahora es museo (como casi todas las iglesias bizantinas que aún quedan en Estambul), es considerada como la que tiene los mejores mosaicos de la ciudad. La nave principal estaba cerrada por restauración, pero los mejores mosaicos se encuentran en las naves de entrada y laterales. Realizados en el siglo XIV, representan numerosos pasajes de la Biblia con una belleza impactante. El que más me gustó fue el que está en una de las cúpulas, con Jesús en el centro y cada uno de sus "antepasados" en cada uno de los nervios, empezando por el propio Adán. A la salida, en los alrededores, numerosas casas de la era Otomana, en madera, aún resisten en sus calles, reflejando la estética del Estambul decimonónico.

Seguí caminando a través de diferentes calles hasta llegar a la conocida como mezquita de la Conquista, anteriormente Iglesia de la Bienaventurada Madre de Dios (Pammakaristos), que durante unos pocos años fue sede del Patriarcado de Constantinopla. Finalmente, en 1587, el Sultán Murad III la transformó en mezquita celebrando la conquista otomana de Georgia y Azerbaiyán. Actualmente sólo se puede visitar uno de los pasajes laterales, que contiene también espectaculares mosaicos bizantinos que aún hoy se siguen restaurando.

Por ese barrio hay barios lugares tradicionales donde comer manti, una especie de raviolis pequeñitos con yogur y salsa de tomate. Los hay incluso donde se ven a las cocineras rellenado uno a uno los pequeños raviolis a mano. Son deliciosos a cualquier hora, sobretodo si les echamos buena cosa de sumac (un condimento natural muy usado en el Medio Oriente).


Besiktas

Otro de los barrios que uno no se puede perder. En las orillas del Bósforo de Besiktas se encuentran dos grandes joyas de la ciudad. Por un lado el solemne palacio de Dolmabahce, que sustituyó al palacio de Topkapi como residencia oficial de los sultanes desde 1856. Se trata una pieza única de la arquitectura donde se combinaron los estilos barroco, rococó y neoclásico junto con las formas tradicionales otomanas utilizando materiales de lujo como marmol de Carrara. Lo mejor es hacer la visita guiada (hay incluso en castellano) para ver las decenas de dependencias (desde despachos y habitaciones hasta el gigantesco salón del trono: con sus 2000 metros cuadrados y 36 metros de altura, 56 columnas y la lámpara de araña de cristal más grande del palacio me dejó abrumado. Es una de las estancias más impresionantes que de las que he visto en todos mis viajes. También fue la residencia de Mustafá Kemal Attaturk, fundador de la Turquía moderna y el dirigente más querido del país. De hecho, se puede visitar la habitación en la que murió. Tras la visita, perdeos por sus bonitos jardines a orillas del Bósforo.

Muy cerca se encuentra el Istanbul Modern, el museo de arte contemporáneo de la ciudad, situado en un viejo almacén portuario ahora completamente modernizado. Perfecto para disfrutar de pinturas, esculturas y arte audiovisual de los artistas turcos más cotizados en los últimos años.

Finalmente, nada mejor que dar un paseo por la calle Nisantasi y alrededores, la conocida "milla de oro" de Estambul, donde se agolpan las boutiques de lujo pero también restaurantes y cafeterías cosmopolitas con el toque otomano de rigor. Pero si lo que buscáis es algo más informal y relajado, muy cerca se encuentra también el antiguo barrio de pescadores de Ortakoy, con sus callejuelas estrechas, que lamentablemente hoy en día se ha convertido en un lugar explotado por el turismo con tiendas de souvenirs y Starbucks ocupandolo todo. Aún así, aquí encontramos los populares puestos de patatas al horno gigantes rellenas de muchas cosas (ensaladilla rusa, maíz, carne picada, champiñones, salsa de yogut, remolacha picada, aceitunas negras, longanizas...) vosotros elegís. Disfrutad de este manjar sentados frente a la elegante mezquita.

Etiler

Etiler es un barrio residencial con restaurantes de primer nivel, donde destacan el primer restaurante que abrió el ahora archiconocido Nusr-Et en Etiler y un nuevo que ha abierto en Bebek también. De hecho, tras probarlo por primera vez en Dubai fui por al de Etiler y justo ese día nos encontramos con Nusr-Et que estaba visitándolo. Como mi amiga lo conoce, me pude hacer una foto con él. Aunque la carne es excelente aquí, sigue sin superar a la ternera wagyu de Kobe que comí en algunos restaurantes de Tokyo.

De fiesta

Para salir de fiesta por Estambul, tenemos desde los bares y discotecas más desenfadados de Taksim (algunos LGTBI, y muy dinámicos, a pesar de la reislamización emprendida desde hace años por Ergodan) o las terrazas más elegantes a orillas del Bósforo (con Reina cerrada, tras el triste atentado de la Nochevieja de 2016). Si salís de fiesta, al menos tomad una vez raki, el fuerte alcohol de anís local. La vida nocturna de Estambul es tan desenfrenada o más que la de Madrid o París.

Estambul me fascinó y me sigue fascinando. Es una ciudad a la que volver una y otra vez. Me queda por ver las islas del Príncipe, a las que cuando decido ir, ese día hace mal tiempo y no merece la pena. Espero que a la próxima pueda tomar un ferry y disfrutar de este archipiélago en pleno Mármara donde no pueden circular coches.