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dijous, 19 de juliol de 2018

Bucarest y Craiova

La pequeña París del Este

Llegué a Bucarest la mañana del viernes. Las luces se apagaban y la ciudad estaba silenciosa, vacía de coches. Mis taxi atravesaba avenidas y arbolados bulevares y de repente apareció el Arco del Triunfo, de estilo neoclásico, en homenaje a los caídos rumanos de la I Guerra Mundial. No me alojaría lejos, al final del largo Soseaua Kiseleff, en la primera parte de la calea Victoriei, sin duda la calle más popular de la ciudad. 

Ese día empecé recorriendo precisamente la calea Victoriei, en la que se encuentran muchas de las atracciones culturales de la ciudad, además de tiendas y cafés frecuentados por los locales. Una de las primeras es el Museo Nacional George Enescu, famoso músico rumano, que al casarse con una princesa de la antigua aristocracia rumana, se construyeron esta bellísimo palacete art-nouveau. En efecto, Bucarest está plagada de amplias avenidas, mansiones y edificios burgueses, todos construidos en la época dorada de la ciudad, la década de los 20 del siglo pasado.

Seguimos bajando la calle, pasando el Hilton Athenée Palace, nido de espías durante la II Guerra Mundial, hasta llegar a la plaza de la Universidad, donde se encuentra el antiguo palacio real, hoy Museo Nacional del Arte Rumano. Me quedó pendiente visitarlo por dentro, donde se encuentra una colección de estatuas de célebre Brancusi. En su afán por eliminar cualquier símbolo de la vieja Rumanía, el régimen comunista construyó un horrible anexo al Palacio Real como sede de la Asamblea Nacional que hoy se usa como teatro. Un poco más abajo se llega a la plaza de la revolución, donde empezaron las primeras protestas contra Ceaucescu y donde murieron los primeros manifestantes asesinados por la policía. En esa plaza se encuentra el Ateneu, una elegante ópera de estilo ecléctico francés, destacando su señorial lobby de mármol de Carrara. 

En esa misma plaza de encuentra el edificio que albergó el Comité Central del Partido Comunista de Rumanía, desde cuyo balcón Ceaucescu pronunció su último discurso el 21 de diciembre de 1989. Al día siguiente, él y su mujer huyeron en helicóptero desde el tejado mientras los revolucionarios iban tomando las plantas inferiores del edificio. Finalmente, la pareja fue detenida y fusilada el 25 de diciembre en Tirgoviste, al norte de Bucarest. En mitad de la plaza se alza el monumento a los héroes de la revolución, un obelisco de mármol blanco con una figura deforme metálica clavada. Los periodistas internacionales alojados en el Hotel InterContinental (por aquel entonces uno de los edificios más altos de la ciudad), presenciaron desde sus balcones la represión policial en directo aquel diciembre de 1989.

También en esta plaza se encuentra iglesia (biserica) Cretulescu, de estilo brancivino, una curiosa combinación de rasgos bizantinos, barrocos y locales que se convirtió en el estilo arquitectónico de  moda en Valaquia en el siglo XVIII por voluntad del gobernador Constantin Brancoveanu. El estilo se distingue por las pequeñas columnas, los arcos lobulados, los pequeños tejadillos de madera en las puertas y los techos tallados.

Pero no solo las iglesias tienen este estilo, también edificios civiles como el Ayuntamiento de la ciudad o la Facultad de Arquitectura, ya que el brancovino pasó a ser uno de los estilos arquitectónicos nacionales de Rumanía, igual que el neo mudéjar lo fue de España. 

No muy lejos se encuentra el pasaje Macca-Vilacrosse, un callejón cubierto de cristales amarillos al más puro estilo de los passages parisinos que tan de moda se pusieron a finales del XIX. Entre cafeterías y anticuarios uno se sumerge en el Bucarest de la belle époque. Entre estos pasajes, el arco del triunfo, los bulevares y edificios de apartamentos burgueses y que las placas de las calles son del mismo estilo, son muchos los que llaman a la ciudad, el París del Este.

Ese día comimos en un restaurante llamado City Grill, de comida rumana, que cuenta con útiles tablets en varios idiomas para ver fotos de los platos y sus descripciones, y así tener menos lío al pedirlos. Ahí probé la ciorba (sopa), ya que a pesar de ser junio hacia fresquito. Me recordó mucho a la fabada asturiana, pero más ligera. De segundo pedí sarmalute, que es carne con pimiento asado envuelta en hojas de repollo y con polenta como guarnición. Y de postre los famosos papanasi o donuts rumanos, muy densos y con limón rallado, acompañados de crema y grosellas almibaradas.

El Bucarest comunista

Llegamos al amplio bulevar Unirii, línea maestra de Ceaucescu para reconstruir Bucarest. Flanqueado de altos edificios anodinos, en origen destinados a residencias de las elites del Partido Comunista, la avenida está presidida por el Palacio del Parlamento al final, sin duda el mayor símbolo del sombrío régimen de Ceaucescu, el Conducator, que intentó transformar Bucarest en una megalópolis burocrática. Originalmente llamada Casa del Pueblo, aquí deberían estar todos los ministerios y las sedes de todas las empresas estatales y altos funcionarios del gobierno, además del mausoleo del líder comunista.

Fue acabado en democracia (era más barato acabar el edificio que derruirlo), la rebautizada como Palacio del Parlamento es el segundo edificio civil mayor del mundo en superficie, por detrás del Pentágono. Su volumen supera al de la Gran Pirámide de Keops. En su construcción se emplearon mármoles y maderas nobles, alfombras tejidas a mano y enormes lámparas de cristal. Todo con materiales y de artesanos de las diferentes regiones de Rumanía. También se llevó por delante uno de los barrios más bellos y antiguos de Bucarest, cuyas mansiones, iglesias y parques se perdieron para siempre.

El Palacio del Parlamento es uno de los edificios que más me ha impresionado en mis viajes. Interminables pasillos, gigantescas escalinatas, señoriales salones, enormes teatros... y cada parte decorada con formas y colores diferentes. Lo más llamativo del edificio es su sistema de ventilación natural, que permite mantenerlo fresco incluso durante los calurosos veranos de Bucarest. Ceaucescu, obsesionando y paranoico, quiso evitar aire acondicionado por miedo a que pudieran envenenarlo a él y a las elites del Estado. En cada una de las salas se ven los orificios en el techo que ventilan las estancias, perfectamente camuflados con la decoración y ornamentos.

Detrás de esta maravilla neoclásica se encuentra Anca Petrescu, joven arquitecta que dirigió un equipo de 700 arquitectos para alzar este coloso. Curiosidades como que la solemne sala rosa está reservada para actos diplomáticos (el rosa es el color de la diplomacia y yo sin enterarme) o que muchos de los elegantes salones se pueden alquilar para fiestas y eventos salpican la visita guiada, que es la única manera de conocer este laberinto. Tras dos horas caminando por el edificio solo fuimos capaces de visitar un 5% del mismo. Imaginaos lo grande que es. La visita acabó en el balcón principal, anexo al auditorio del edificio, desde el que se observa toda la longitud del bulevar Unirii, o como los locales le llaman, "nuestros Campos Elíseos". Desde aquí Michael Jackson se dirigió a las multitudes de fans rumanos diciendo aquel famoso "I love Budapest" que los dejó a todos helados. 

La Curtea Veche

Otro de los días lo dedicamos a la ciudad antigua. Bucarest fue fundada por Vlad Tepes, el empalador, sobre el que luego se inspiraría la leyenda de Drácula. Sin embargo, el "Drácula" contemporáneo que saqueó el país también arrasó con la mitad de la ciudad antigua para crear los edificios de apartamentos destinados a las élites comunistas alrededor del por aquel entonces proyecto del Palacio del Pueblo. La parte que no destrozó sigue siendo lo que hoy se conoce como Curtea Veche o barrio de la Antigua Corte, lleno de caserones de estilo francés, iglesias ortodoxas y sinagogas que sobrevivieron a la ocupación nazi. Actualmente es uno de los lugares más animados de la ciudad, con terrazas de restaurante y bares ocupando sus calles y con decenas de locales y turistas aprovechando las buenas temperaturas del verano.

Bordeado por el río Dambovita, aún se siguen viendo muchos caserones abandonados, siendo la mayoría de sus dueños judíos adinerados que fueron asesinados en los campos de concentración o que huyeron a las Américas o Israel. La iglesia más vistosa del barrio es la Biserica rusa, por sus siete cúpulas cubiertas de pan de oro. Es bonito ver también alguno de los antiguos caravasares (antiguas fondas de comerciantes) ahora reconvertidos en restaurantes o hoteles con encanto. 

Ese día comimos en La Placinte una cadena de restaurantes de comida típica rumana especializada en la región de Moldavia (si, hay una región en Rumanía con el mismo nombre que el país, de hecho, parte de Moldavia fue Rumanía hasta el fin de la II Guerra Mundial. Degusté como entrantes la fasola batuta, una especie de hummus pero de alubias marrones con cebolla caramelizada y el cascaval pane que es un pan rebozado con huevo y relleno de queso derretido que es delicioso. También probé las mici con mostaza, que son las tradicionales salchichas caseras rumanas que me parecieron demasiado grasientas. Lo que más me gustó fueron los crepes salados de pollo desmenuzado y queso derretido. Me gustó tanto que repetí en otro restaurante de la cadena, esa vez en el de cerca de la plaza de la Victoria, sede del Ejecutivo. Allí por cierto pude ver una de las constantes protestas contra la nueva ley anticorrupción que disminuye las penas por malversación de caudales públicos.

Finalmente, como era sábado, salimos de fiesta. Bucarest es una ciudad muy animada y los rumanos suelen tener unos horarios similares a los de los españoles por lo que se refiere a entrar tarde a las discotecas. En otra entrada me explayaré más sobre los locales de música nocturnos de la capital rumana.

Craiova

Para llegar a Craiova tomé el tren en la Gara du Nord de Bucarest, un imponente edificio ferroviario de la época dorada de la ciudad. El lento y abarrotado pero puntual tren de los ferrocarriles rumanos me llevó hasta una aburrida ciudad de provincias donde destaca el palacio del arte, antigua residencia de la familia Constantine, una de las más ricas de Rumanía. El edificio en sí es famoso puesto que allí se alojaron desde los monarcas rumanos, el gobierno polaco en el exilio o el Mariscal Tito, fundador de Yugoslavia.

Otra cosa que llama la atención en la ciudad es la plaza principal donde poder ver el majestuoso ayuntamiento de estilo brancovino, apartamentos de estilo Haussmanien del XIX, insulsos edificios gubernamentales de la época comunista y el ultramoderno centro comercial banco nuclear del siglo XXI. Más de 300 años de arquitectura en una sola mirada.

Desde su minúsculo aeropuerto tomé el vuelo que me devolvió a Barcelona. Los rumanos coinciden en que me dejé por ver lo mejor del país: la enorme región de Transilvania con los Cárpatos, sus bellos pueblos, y sus castillos y bosques... incluido el de Vlad Tepes, el "Empalador". Tendrá que ser a la próxima y con más tiempo. 

dissabte, 2 de juny de 2018

Estambul - Modernidad

Rumeli Hisari

Si en mi primera entrada acerca de Estambul hablé exclusivamente del barrio de Sultanahmet, en esta recorro el resto de barrios de la antigua Constantinopla. La enorme cantidad de monumentos así como la variada oferta museística, gastronómica y la animada vida nocturna hacen de Estambul una ciudad que requiere de varias visitas para poder comprenderse bien. Las siguientes veces que he estado me he alojado en el loft de una amiga en Rumeli Hisari, uno de los barrios más cotizados de la ciudad, en la orilla europea del Bósforo. Algo que me enseñó y que recomiendo a todo visitante a Estambul es hacer un crucero por el Bósforo, ya sea en una lancha rápida privada o en alguno de los barcos turísticos que recorren esta vía acuática que conecta el Mediterráneo con el Mar Negro. Los paisajes y casas que veréis merecen la pena.

Cerca de su casa hay varios lugares y actividades chulas que hacer y que os cuento. Es una parte desconocida para el turista típico pero vale mucho la pena. Pero antes toca empezar por los lugares que seguro que no os perdéis como turista (y que yo tampoco me he perdido): Istiqlal y Taksim.

La avenida más viva de la ciudad

Volvimos a Rumeli Hisari, y caminando un poquito hacia el norte, en el barrio de Emirgan, se encuentra el Museo Sakip Sabanci, en una villa de 1927. Aquí fue donde el Sr. Sabanci, un exitoso billonario industrial y filántropo turco que viajó por todo el mundo, fijó su residencia de Estambul. Desde fuera, la mansión rezuma elegancia, toda blanca, en lo alto de una colina con vistas al Bósforo. Por dentro, sus grandes salones y comedores están repletos de muebles y cuadros de diferentes épocas. En el piso superior se encuentra ahora una de las mejores colecciones de caligrafía turca, con bellos ejemplos del Corán de diferentes épocas. En las salas del sótano, de nueva construcción, hay grandes espacios para exhibiciones temporales. El día que lo visité había una dedicada a Feyhaman Duran, uno de los pintores turcos más importantes del siglo XX, cuyas obras reflejan la vocación modernizadora de los últimos sultanes, antes de que el Imperio Otomano colapsara tras perder la Primera Guerra Mundial.


La primera vez que estuve en Estambul me alojé en el histórico Sultanhamet, como ya conté en mi anterior entrada. Al segundo, día, tras haber explorado el lado más tradicional de la ciudad, decidí cruzar el puente Gálata para admirar el Estambul del siglo XIX. Me dirigí al Tünel, la estación de metro más antigua de Estambul y la segunda más antigua del mundo después de algunas de Londres. Con solo dos paradas, esta histórica línea aún conserva el anticuado vagón metálico de color rojo que recorre este empinado túnel. El encanto de un sistema de metro del siglo XIX me cautivó, con su corto trayecto que me dejó justo al principio de la avenida Istiqlal. Paseando por ella, uno se da cuenta que Estambul, al igual que Rio de Janeiro, conserva esa antigua grandeza, ahora muy decadente, de los tiempos en que fueron capitales de grandes imperios (el Otomano y el Brasileño respectivamente). Diversos palacios, elegantes y gigantescos, jalonan esta avenida junto a grandes edificaciones burguesas y antiguas sedes de las embajadas, ahora degradados a consulados generales. Istiqlal siempre está llena de gente caminando, de vendedores ambulantes y del tranvía, que de vez en cuando se tiene que abrir camino entre la multitud, de esos metálicos antiguos que tanto encanto tienen. Me quedé bastante decepcionado las siguientes veces que fui al percatar que el histórico tranvía ha dejado de circular para siempre.

Al final de Istiqlal se llega a Taksim, una de las plazas más populares entre los habitantes de la ciudad y lugar de encuentro típico de la juventud. Es el único lugar en el que pude ver banderas europeas. A continuación bajé de nuevo a Beyoglu pero desde otro lado, para captar las zonas populares y no turísticas. Y me encantaron. Además de los gatos, que todo lo invaden, es agradable ver los bonitos edificios, las tiendas de diseño creadas por jóvenes estudiantes o a las abuelas que se sientan en sus portales o los niños correteando por el barrio. Y sobretodo sus decenas de cafés, llenos de vida. Y por supuesto el edificio más famoso del barrio: el Hotel Pera Palace, fundado en 1892. Aquí se alojaban los pasajeros en tránsito del Orient Express (que recorría el trayecto París-Bagdad). Algunos de sus huéspedes más famosos fueron Greta Garbo, Mata Hari o Hemingway, aunque la huésped por excelencia fue Agatha Christie. Si está vacía, los amables recepcionistas os enseñarán la habitación 411, donde escribió "Asesinato en el Orient Express". Muy cerca de este elegante hotel se encuentra un pequeño museo que vale mucho la pena: el Pera, que en sus cinco pisos acoge 300 cuadros de estilo orientalista de los siglos XVII al XIX, ya sea de pintores turcos o europeos. Destaca el cuadro más famoso de Turquía: "El entrenador de tortugas" de Osman Hamdi Bey, una auténtica obra maestra del orientalismo.

Una buena manera de acabar el día en Istiqlal es subirse a la terraza del chic "360" y tomar una copa (o cenar) mientras vemos la puesta del sol con las mejores vistas de Estambul.

Esa primera visita, tras cruzar el puente de nuevo, y ya en el lado del Cuerno de Oro, me compré un bocadillo de caballa recién pescada y asada, de esos que venden en barquitos a la orilla. Buenísimo. 


Esa noche cenamos en uno de los exclusivos restaurantes de pescado que bordean el Bósforo: el Rumeli Hisari Iskele, con mezzes y platos principales a base de pescados y mariscos preparados de diversas formas según las recetas tradicionales de la ciudad. Y con un gran pescado a la parrilla como principal.

Iglesias bizantinas

Al día siguiente desayunamos en un antiguo horno que lleva operando más de 150 años de forma ininterrumpida en el número 47 de la calle (cadesi) Necatibey, donde nos pedimos una ración del tradicional borek kurdo, bien salpicado de azúcar así como otra del borek Kiymali, relleno de carne picada, todo acompañado del omnipresente té negro en los vasos con forma de pera. Desde allí fuimos hasta el norte de Estambul, a la Iglesia de San Salvador, hoy en día conocida como Museo Chora o Museo Kariye, muy cerca de la estación de tranvía de Edirnekapi.

La iglesia, que luego fue mezquita y ahora es museo (como casi todas las iglesias bizantinas que aún quedan en Estambul), es considerada como la que tiene los mejores mosaicos de la ciudad. La nave principal estaba cerrada por restauración, pero los mejores mosaicos se encuentran en las naves de entrada y laterales. Realizados en el siglo XIV, representan numerosos pasajes de la Biblia con una belleza impactante. El que más me gustó fue el que está en una de las cúpulas, con Jesús en el centro y cada uno de sus "antepasados" en cada uno de los nervios, empezando por el propio Adán. A la salida, en los alrededores, numerosas casas de la era Otomana, en madera, aún resisten en sus calles, reflejando la estética del Estambul decimonónico.

Seguí caminando a través de diferentes calles hasta llegar a la conocida como mezquita de la Conquista, anteriormente Iglesia de la Bienaventurada Madre de Dios (Pammakaristos), que durante unos pocos años fue sede del Patriarcado de Constantinopla. Finalmente, en 1587, el Sultán Murad III la transformó en mezquita celebrando la conquista otomana de Georgia y Azerbaiyán. Actualmente sólo se puede visitar uno de los pasajes laterales, que contiene también espectaculares mosaicos bizantinos que aún hoy se siguen restaurando.

Por ese barrio hay barios lugares tradicionales donde comer manti, una especie de raviolis pequeñitos con yogur y salsa de tomate. Los hay incluso donde se ven a las cocineras rellenado uno a uno los pequeños raviolis a mano. Son deliciosos a cualquier hora, sobretodo si les echamos buena cosa de sumac (un condimento natural muy usado en el Medio Oriente).


Besiktas

Otro de los barrios que uno no se puede perder. En las orillas del Bósforo de Besiktas se encuentran dos grandes joyas de la ciudad. Por un lado el solemne palacio de Dolmabahce, que sustituyó al palacio de Topkapi como residencia oficial de los sultanes desde 1856. Se trata una pieza única de la arquitectura donde se combinaron los estilos barroco, rococó y neoclásico junto con las formas tradicionales otomanas utilizando materiales de lujo como marmol de Carrara. Lo mejor es hacer la visita guiada (hay incluso en castellano) para ver las decenas de dependencias (desde despachos y habitaciones hasta el gigantesco salón del trono: con sus 2000 metros cuadrados y 36 metros de altura, 56 columnas y la lámpara de araña de cristal más grande del palacio me dejó abrumado. Es una de las estancias más impresionantes que de las que he visto en todos mis viajes. También fue la residencia de Mustafá Kemal Attaturk, fundador de la Turquía moderna y el dirigente más querido del país. De hecho, se puede visitar la habitación en la que murió. Tras la visita, perdeos por sus bonitos jardines a orillas del Bósforo.

Muy cerca se encuentra el Istanbul Modern, el museo de arte contemporáneo de la ciudad, situado en un viejo almacén portuario ahora completamente modernizado. Perfecto para disfrutar de pinturas, esculturas y arte audiovisual de los artistas turcos más cotizados en los últimos años.

Finalmente, nada mejor que dar un paseo por la calle Nisantasi y alrededores, la conocida "milla de oro" de Estambul, donde se agolpan las boutiques de lujo pero también restaurantes y cafeterías cosmopolitas con el toque otomano de rigor. Pero si lo que buscáis es algo más informal y relajado, muy cerca se encuentra también el antiguo barrio de pescadores de Ortakoy, con sus callejuelas estrechas, que lamentablemente hoy en día se ha convertido en un lugar explotado por el turismo con tiendas de souvenirs y Starbucks ocupandolo todo. Aún así, aquí encontramos los populares puestos de patatas al horno gigantes rellenas de muchas cosas (ensaladilla rusa, maíz, carne picada, champiñones, salsa de yogut, remolacha picada, aceitunas negras, longanizas...) vosotros elegís. Disfrutad de este manjar sentados frente a la elegante mezquita.

Etiler

Etiler es un barrio residencial con restaurantes de primer nivel, donde destacan el primer restaurante que abrió el ahora archiconocido Nusr-Et en Etiler y un nuevo que ha abierto en Bebek también. De hecho, tras probarlo por primera vez en Dubai fui por al de Etiler y justo ese día nos encontramos con Nusr-Et que estaba visitándolo. Como mi amiga lo conoce, me pude hacer una foto con él. Aunque la carne es excelente aquí, sigue sin superar a la ternera wagyu de Kobe que comí en algunos restaurantes de Tokyo.

De fiesta

Para salir de fiesta por Estambul, tenemos desde los bares y discotecas más desenfadados de Taksim (algunos LGTBI, y muy dinámicos, a pesar de la reislamización emprendida desde hace años por Ergodan) o las terrazas más elegantes a orillas del Bósforo (con Reina cerrada, tras el triste atentado de la Nochevieja de 2016). Si salís de fiesta, al menos tomad una vez raki, el fuerte alcohol de anís local. La vida nocturna de Estambul es tan desenfrenada o más que la de Madrid o París.

Estambul me fascinó y me sigue fascinando. Es una ciudad a la que volver una y otra vez. Me queda por ver las islas del Príncipe, a las que cuando decido ir, ese día hace mal tiempo y no merece la pena. Espero que a la próxima pueda tomar un ferry y disfrutar de este archipiélago en pleno Mármara donde no pueden circular coches.

dissabte, 17 de març de 2018

De restaurantes por... Kuwait

Kuwait es un país seco, al igual que Arabia Saudí o Irán. No hay alcohol ni en su aeropuerto, ni en supermercados ni en restaurantes. Está totalmente prohibida su presencia en el país. Independientemente de que haya un mercado negro más o menos boyante (una botella de whisky suele costar unos 300 euros), lo cierto es que a falta de alcohol, son la gastronomía y el café las grandes obsesiones nacionales. Salir de restaurante es una actividad frecuente entre la juventud kuwaití. Y al no poder disfrutar de vino, cerveza o cócteles en sus comidas y cenas, exige a cambio niveles de excelencia en las recetas e ingredientes.

Por eso, Kuwait es un destino de ensueño para un foodie. Los restaurantes tienen amplios horarios de apertura y tanto su calidad como su servicio son en general excelentes. Comer es uno de los hobbies más comunes entre la población de este pequeño Estado. Lo primero que recomiendo es meterse en Instagram y seguir a algunos de los foodies expertos que con sus publicaciones os recomendarán los mejores sitios para comer así como sobre nuevas aperturas en un panorama muy dinámico. Podéis empezar por la dinámica Noaf @pltq8 o por la sofisticada Nour AlMejadi @nouralmejadi

Empezamos por el desayuno: Cocoa Room. Acaba de abrir su nueva sede permanente en el parque de la Ópera, con una decoración increíble. Los cubiertos, el servicio, el ambiente... No por casualidad hay siempre una lista de espera de una hora de media: es muy recomendable llegar con antelación, especialmente los fines de semana. No admite reservas por teléfono. El menú combina desayuno oriental con una selección de platos occidentales de altísima calidad como los huevos revueltos con trufa laminada, sus famosos cuadrados de pan frito rellenos de nutella o las tortitas red velvet. Sus chocolates calientes son excelentes también. Para mi, uno de los mejores lugares para brunchear que he probado en mi vida.

Pero si uno quiere probar el auténtico desayuno kuwaití, tiene que ir a Zwarah, en el centro comercial Avenues. La dueña ha rememorado las bandejas que hace 30 años preparaban su madre, tías y abuela para desayunar. No olvidéis pedir té Karak, con leche y cardamomo, para beber: una receta tradicional india muy popular en Kuwait. Las bandejas incluyen desde ful mesdames (receta original de Egipto a base de habas) a huevos revueltos con tomate al estilo local entre otras recetas que incluyen garbanzos o la popular crema de queso Kraft. Pero sobretodo el delicioso hígado de pollo, plato central en un buen desayuno tradicional.

Para comer o cenar Almakan nunca falla. Este moderno local ofrece cocina de fusión coreana y kuwaití con toques chinos, tailandeses y vietnamitas. Sus platos son únicos, no los he visto en ningún otro lugar del mundo. La decoración es ultramoderna y el personal muy amable y eficiente. Lo mejor de la carta, de lejos, es el curry verde, cero picante y cremoso, con una carne de ternera tierna y jugosa. Sus ramen con leche de coco y trufa son también un must. Y por supuesto su variedad de baos (pan chino) con diferentes rellenos. Sin olvidar mi postre favorito en Kuwait: el Cerelac Pudding que es su delicioso croissant casero sumergido en papilla Cerelac (de la marca Nestlé) con helado de vainilla y caramelo tostado. Nunca cansa. Tras la comida, pasaros por la pequeña galería de arte contemporáneo anexa y por la cafetería de bajo que sirve buen café y bollería casera. 

Otro buen restaurante para almorzar, aunque algo alejado de Kuwait City, es Azteca. Tienen una variedad impresionante con los platos más representativos de la gastronomía mexicana, desde sopa de tortilla a enchiladas, y todo con ingredientes de primera calidad. La dueña, Sylvia, de Oaxaca, se esfuerza en ofrecer recetas auténticas. Sus moles son simplemente perfectos. Y los refrescos... 100% mexicanos, como la horchata casera o la michelada 0% alcohol. Un pedacito de México en el Golfo. Para repetir muchas veces.


Vayamos a la cena y empecemos por el mejor restaurante tradicional kuwaití: Dar Hamad. El lugar es un paraíso para los amantes del diseño. Su increíble decoración abruma, cada detalle está medido y en general, la combinación rezuma lujo y buen gusto. Es uno de los pocos restaurantes del país con un chef kuwaití.

Fuimos para la ruptura del ayuno en Ramadan. Importante reservar. Cuentan con una gran variedad de entrantes de gran calidad, exactamente los mismos que se sirven en las casas particulares kuwaitíes: se empieza con estupendos dátiles mojados en salsa tahine y bebiendo laban. Luego hay un buffet de entrantes con una mezcla de tapas indias, libanesas y kuwaitíes, donde destaca la dolma kuwaití, mucho más grande que la turca y bastante dulce. También me encantó la ensalada Dar Hamad. Luego sirven en la mesa las sopas, a elegir entre dos: una especiada y deliciosa con quinoa y otra que es la más tradicional de lentejas batidas.

Para los platos principales, decenas de recipientes dorados alineados ofrecen suculentos platos tradicionales de la mesa kuwaití, cero picantes (a diferencia de la cocina saudí) incluyendo el omnipresente arroz machbous con cordero, el pollo picado en bechamel y salsa de canela, o el machbous de pollo con ciruelos, pasas y frutos secos. También hay platos de mariscos y pescados locales como el hammour o el zubaidi así como kebab turco a la barbacoa. Margouga, gabboout... gran variedad donde elegir.

Finalmente, hay una sala entera dedicada al buffet de postres, toda una perdición, donde destaca el pudin de dátiles con salsa de caramelo, el estupendo Umm Ali o los surtidos dulces tradicionales de Ramadán, entre muchos otros postres. En definitiva, este lugar es un must para todo aquel que quiera experimentar la cocina kuwaití de calidad y no pueda ir a una casa a probarla.

Pero si a uno le apetece la comida libanesa, directo a Babel. En un ambiente de gigantescos techos y con uno de los mejores servicios que he visto en Kuwait, este restaurante ofrece una amplia carta de platos libaneses presentados de manera contemporánea y utilizando ingredientes de primera calidad. Sus diferentes entrantes de carne cruda están riquísimos. Lugar estupendo para impresionar a alguien ya sea cita, amigo y reunión de negocios. Y para los estándares de Kuwait no es caro. Imprescindible reservar, sobretodo los fines de semana.


De vez en cuando siempre gusta comida italiana y Kuwait tiene la tercera mejor pizza margarita del año 2017: SOLO Pizza Napolitana es la historia de un kuwaití obsesionado con la pizza que se fue a Nápoles para aprender de los mejores pizzaiolos. A su vuelta, abrió su pequeña pizzería en el Golfo y al poco tiempo ganó el concurso anual que se celebra en Nápoles. Todos sus ingredientes son importados de la Campania: desde la harina a los tomates así como la mozzarella di buffala. Y por supuesto, a horno de leña.


Y si se buscan sabores del lejano oriente, el lugar es Ubon. Cocina deliciosa, perfectamente presentada y con ingredientes de primera y frescos. La verdad es que fuera de Tailandia no he probado un Thai mejor. Recomiendo mucho pedir el entrante Bangkok beef y la sopa de coco. En cualquier caso todos los platos están deliciosos. Como bebida, el lemongrass es imbatible.

Finalmente, como merienda o postre nocturno nada mejor que pasarse por la pequeña pero estupenda The Urban Creamery. Allí sirven helados de sabores populares en el Golfo como el de karak (té negro con leche, azafrán y cardamomo), el de mohallabiya (crema de almendras y agua de azahar) con pistachos, el de café árabe con dátiles o el de tarta de calabaza con pecanas y canela. Todos 100% artesanales y que se suelen comer con el fondo de la tarrina forrada de una de las galletas caseras que aquí preparan. 

Y si queréis seguir la tradición local de acabar una noche con amigo tomando café, el que está más de moda ahora es CAF, con su variedad de cafés calientes y fríos destacando el famoso café red velvet. También cuenta con un pastel de miel muy bueno, un postre famosísimo en cualquier merienda kuwaití.

Podría seguir y seguir pero no acabaríamos nunca. Me he dejado el mercado del pescado al lado de las Torres de Kuwait, el tradicional Shimam en el zoco Mubarakya, el flexitariano Ovo... lo mejor es bucear Instagram para ir descubriendo las nuevas aperturas así como un fenómeno muy kuwaití: los restaurantes "pop up", que aparecen un par de días y vuelven a desaparecer, en lugares tan curiosos como una tienda de plantas, un antiguo almacén o el lobby de un edificio de apartamentos. Podéis empezar con uno de los pioneros: @filipothefilipino que sirve una selección de platos filipinos fusión buenísimos a la gente más inn del país durante un par de días cada dos o tres meses. Atentos a su Instagram. 

Sheikh Jaber Al Ahmad Cultural Centre, Kuwait City
@cocoaroom

Gulf Road Street | Marina World, Salmiyah
@babelkuwait

Zwarah
The Souk, The Avenues Mall Alri 5th Ring Road, Kuwait City
@zwarahkw

Arabian Gulf St. | Beside Marina Mall, Salmiyah
@darhamadkw

Sharq, Mubarak Al Kabeer Street, Mariam Building, Mezzanine Floor, Kuwait City
@st_almakan

Ali Alsalim Street, Aljawhara Tower, Kuwait City
@ubonkw

Omar Ibn Al Khatab Street, Kuwait City, Sharq
@solopn

Fahaheel Express Way 30, The Village Restaurant Complex, Kuwait
@restaurantazteca

Urban Creamery
Jaber Al-Mubarak Street
@urbancreamery

CAF
Varias localizaciones, el original está en la Crystal Tower
@cafcafe

Filipo the Filipino
Abre y cierra previo aviso en Instagram en diferentes localizaciones
@filipothefilipino

divendres, 19 de gener de 2018

Nápoles

Belleza decadente
Nápoles es una de las ciudades europeas más caóticas que he visitado. Sumida en una belleza decadente, lo cierto es que su calles están en general sucias, con honrosas excepciones. Los graffittis priman por toda fachada y las malas hierbas y acercas destrozadas son las norma. Sin embargo, la ciudad ofrece tanto que ver y hacer que uno no puede perdérsela. El corto tiempo que pasé en ella se me pasó volando y estoy seguro que volveré así como a su bella región (Campania) más pronto que tarde. Gran parte de la belleza de Nápoles se debe al hecho que fue capital del poderoso reino homónimo, que tuvo como reyes a diversas dinastías destacando la del Borbón que despareció con la unificación de Italia. 

Me alojé en el elegante barrio de Chiaia, donde están las boutiques de lujo de la ciudad y los grandes edificios de apartamentos burgueses de fachadas imponentes. La primera noche caminamos hacia arriba de la comercial y peatonal via Chiaia y tras pasar por debajo de monumental ponte llegamos hasta la pizzería Brandi, lugar de nacimiento de la célebre pizza Margarita. Fue precisamente durante la visita de los Reyes de Italia a Nápoles en 1889, para reclamar la ciudad, cuando la Reina, Margarita de Saboya, pidió comer el plato favorito de los napolitanos: la pizza. En aquel entonces, el mejor pizzaiolo de la ciudad era el Sr. Esposito, que le preparó diferentes tipos de pizza a la Reina. A esta, la que más le gustó era una hecha con salsa de tomate, mozzarella y hojas frescas de albahaca, que además representaba los colores de la Casa de Saboya: rojo, blanco y verde. En su honor, Esposito bautizó a esta pizza como Margherita y nació la leyenda. La pizzería que regentaba, Brandi, recibió días después una carta del puño y letra de la Reina felicitándole por la deliciosa pizza. El resultado, colas y lista de espera de hasta una hora para este tradicional local. Pedimos ensalada caprese para empezar y nos les quedaba más mozzarella fresca. Para beber quisimos probar el famoso vino tinto con gas y tampoco les quedaba. La pizza Margarita estaba poco hecha y algo líquida en mi opinión. La de mariscos estaba más buena (según la carta, la favorita de Carlos III). El personal era muy amable pero los precios algo elevados para ser una pizzería. No repetiría.

Al día siguiente, temprano para aprovechar el tiempo, tocaba desayunar en otro lugar histórico: el Gran Caffe Gambrinus. Siguiendo la tradición de los grandes cafés, este ha sido lugar favorito de reunión de la sociedad civil napolitana así como de los visitantes ilustres de la ciudad. Antiguos proveedores oficiales de la Casa de Saboya, actualmente la tradición dicta que quién ostente la Presidencia de la República Italiana tome su desayuno aquí el uno de enero, y así se ha hecho desde hace décadas. Uno puede tomarse el café y un dulce al estilo italiano, de pie en la barra, intentando hacerse oír entre el caos, o sentarse en el elegante salón noble y ser tranquilamente atendido por un servicio rápido y atento.  En este salón degustó un helado de violeta la Emperatriz Sisí de Austria, Gabriele D´Annunzio escribió una de sus famosas canciones y Oscar Wilde disfrutó del fuerte café. Escritores como Hemingway o Sartre descansaron en sus sillones durante su visita a Nápoles. Una de sus más recientes visitantes fue Angela Merkel. Aquí desayuné su famoso café a la avellana acompañado de dos sfogliatelle: la riccia (típica de Nápoles, un hojaldre crujiente con decenas de capas relleno de queso ricotta, pasta de almendra y piel de limón rallada) y la frolla, que tiene el mismo relleno pero en vez de hojaldrada tiene una masa más cercana al brioche, básica. 

Tras pasear por la imponente plaza del plebiscito, con la fachada del Palazzo Reale a un lado y las columnatas y cúpula de la simétrica basílica real de San Francisco de Paula al otro, bajamos hacia la bahía a disfrutar del soleado día, y caminando llegamos al sólido Castel Nuovo, una espléndida fortaleza del siglo XIII. 

El abarrotado Spaccanapoli
A partir de ahí, tomamos la animada vía Toledo para dirigirnos al centro histórico, que estaba abarrotado de turistas y locales, a pesar de ser día laborable. Especialmente la via San Gregorio Armeno, donde se concentran las tiendecitas de belenes artesanos y sus figuritas. Prácticamente no se podía avanzar, había tramos donde estuvimos parados varios minutos. 

Nápoles ha conservado la impronta de las sucesivas culturas de la cuenca del Mediterráneo y de Europa, desde la época de la colonia griega de Neápolis, fundada al año 470 a.C., hasta los tiempos modernos. De ahí que su centro histórico sea un sitio excepcional dotado de notables monumentos. Paseamos por las empinadas calles del Spaccanapoli, corazón de la ciudad vieja, de calles rectas y estrechas jalonadas de monumentales palacios y magníficas iglesias de estilo barroco. Además de belenes, allí se vendía de todo: vimos hasta papel higiénico con las caras de Le Pen, Macron, Trump, Berlusconi y Merkel. La cola para entrar en la famosa capilla de San Severo y ver el Cristo velado en mármol era de horas así que la evitamos. Cada uno de los rincones de este barrio merece la pena, así como decenas de sus locales especializados en productos de diseño o en artistas locales de gran talento. Lo mejor es perderse y descubrir esta parte de la ciudad por uno mismo.

Dedicamos la lluviosa tarde al Museo Arqueológico Nacional, una de las mayores colecciones de antigüedades romanas del mundo. El museo se encuentra en el antiguo Palacio de los Estudios Reales, antigua sede de la Universidad de Nápoles. Fue Fernando IV de Nápoles y I de las dos Sicilias (Borbón) el que lo convirtió en un museo real y ahí se trasladaron también decenas de piezas, frescos y mosaicos rescatados de las excavaciones de Pompeya y Herculano que ordenó y financió Carlos III. Por cierto que en las escalinatas del Museo hay una gran estatua de Fernando IV de Nápoles, cuya cara es tremendamente parecida a la de nuestro anterior Rey, Juan Carlos I. Se nota que son familia. 

En las salas de la planta baja destaca la espléndida colección Farnesio (que el Rey Fernando I heredó de su abuela Isabel de Farnesio) compuesta de gigantescas estatuas renacentistas en mármol de gran calidad. Destacan la grupal conocida como el Toro Farnesio o el mastodóntico Hércules Farnesio.

El segundo piso está lleno de frescos y mosaicos recuperados de las excavaciones en las antiguas ciudades romanas que quedaron sepultadas bajo las cenizas de la erupción del Vesubio. Entre los mosaicos destacan el "Cave canem" o de "cuidado con el perro", los bellísimos de peces o la batalla de Alejandro Magno contra Darío I. Respecto a los frescos, inolvidable el de la joven romana estudiando o el del banquete. También hay expuestos numeroso objetos de la vida cotidiana recogidos en Pompeya y Herculano, destacano los pseudoegipcios, que demuestran la importante influencia que esta, por aquel entonces provincia romana, tenía en todo el Imperio. 

Aunque la parte que atrae la mayor atención de los visitantes es el Gabinetto Segreto, que contiene algo más de 200 objetos de arte sexual explícito. Se exponen desde el año 2000. Es sabido por historiadores que Pompeya era una ciudad de vacaciones y además portuaria, muy festiva: la presencia de burdeles así como de mansiones que albergaban grandes fiestas así lo demuestra. Desde representaciones gigantes de penes, a frescos mostrando todo tipo de posturas sexuales, estas salas muestran todo tipo de arte, incluida una estatua en la que un fauno mantiene relaciones sexuales con una cabra, así como braseros con sátiros desnudos.

Tras el museo, salimos de vuelta a Chiaia. Por cierto que en la via Toledo y avenidas aledañas hay una gran concentración de edificios futuristas, construidos durante la dictadura fascista de Mussolini, en mármol blanco, de estilo imperial y racional. El palacio de correos, el de justicia así como otros edificios son testimonios de este periodo en el que se soñó con una sociedad perfecta a costa de eliminar a todo el que el partido consideraba "imperfecto". Cada uno de los elementos personales y sociales controlados por el Estado y por supuesto, la arquitectura fue central. Otros elementos arquitectónicos que vale la pena visitar en esta calle es su moderna estación de metro, calificada por muchos periódicos como la más bella de Europa: de arquitectura contemporánea, fue realizada por el arquitecto catalán Oscar Tusquets a base de recubrir paredes y techos de mosaicos (elemento gaudiano por excelencia) y sistemas de iluminación LED que simula un escenario marino o cuanto menos, una gran piscina. Bellísima. 

Pompeya y el Vesubio
Una escapada  obligatoria si uno está en Nápoles es la combinación de Pompeya y el Vesubio. Visitar la ciudad romana más famosa junto con el volcán que la sepultó es toda una experiencia.

La erupción del Vesubio, ocurrida el 24 de agosto del año 79, sepultó las dos florecientes ciudades romanas de Pompeya y Herculano, así como numerosas mansiones de las comarcas circundantes. Desde mediados del siglo XVIII se empezaron a desenterrar sus ruinas paulatinamente y se hicieron accesibles al público. La vasta extensión ocupada por los restos de ciudad mercantil de Pompeya contrasta con el espacio más reducido de los vestigios, mejor conservados, de la ciudad residencial de Herculano. En cualquier caso, ambas son un vívido testimonio de la vida opulenta de los ciudadanos romanos más pudientes en los primeros años de la Roma imperial.

Pompeya, la más grande de las ciudades, quedó sepultada bajo metros de cenizas durante 1,500 años hasta que Carlos III de Borbón decidió financiar excavaciones con el fin de investigar mejor la cultura romana en su afán ilustrado pero también para recuperar el oro, joyas y otros objetos de arte de los que apropiarse o vender, así como el caro mármol de Carrara de las mansiones. Las excavaciones siguen hasta hoy.

Tomamos el famoso tren Circumvesubiano, que iba hasta arriba de pasajeros y nos bajamos en la estación de Pompeii Svaci, donde hicimos la visita guiada, ya que no disponíamos de mucho tiempo. Además, uno puede perderse si no dispone de alguien que le oriente y le explique. La simpática napolitana nos iba contando detalles aquí y allá de los diferentes lugares que visitamos así como de las costumbres y usos de la sociedad romana de la época. Empezamos la visita por el antiguo teatro.

Paseando por las antiguas calles empedradas veréis mansiones y casas normales, bares de vino, saunas e incluso un prostíbulo. Testimonio vivo de una ciudad portuaria que floreció el tiempo de Julio César. En ellas podréis disfrutar de numerosos mosaicos y frescos, aunque la mayoría se encuentran hoy en día en el Museo Nacional de Arqueología, tal y como explicaba antes. La guía explicaba como las mujeres no tenían derecho a nada, ya que para cualquier acto legal necesitaban la aprobación de su tutor, que solía ser su padre, marido, hermano o tío (o dueño si eran esclavas). La comida principal en la época era la cena, que se tomaba en gran cantidad y reclinados. Para la comida del mediodía se tomaba algo rápido en las decenas de bares y locales de comida a llevar que abarrotan la ciudad (con sus características barras donde poner las ánforas). Los arqueólogos han encontrado restos de una salsa muy popular en aquel entonces que se le ponía a todo, y que se hacía a base de pescado concentrado. Vimos hornos, casas de gente normal y mansiones de ricos, las bellas calles empedradas a las que se lanzaban las aguas menores... y mayores, así como los cruces para peatones con grandes piedras planas para no ensuciarse de lo que se tiraba a las calles. En la calle mayor seguimos una señal en la calzadas con forma de pene que apuntaba hacia una estrecha callejuela donde entramos a uno de los antiguos prostíbulos de la ciudad, con sus diferentes habitaciones (cada una con un camastro de piedra que contaba con otro más confortable encima). El pasillo principal lucía varios frescos con representaciones de varias posiciones sexuales con el fin de servir de "menú" a los visitantes que no hablaban latín. 


Pasamos también por una de las termas, lugares de encuentro social donde iban los romanos a asearse prácticamente cada día en un ritual muy social, con gimnasio y piscina mixtos y saunas y baños separadas para hombres y mujeres. Allí vimos la primera víctima del Vesubio: muchas se conservan gracias a una técnica moderna que transforma en roca sus cuerpos mantenidos así por la ceniza. En la amplia plaza central, antes porticada, también hay varios cuerpos así conservados (grises): desde perros hasta niños, testimonio de aquel desastre natural. En el antiguo mercado aún se amontonan decenas de ánforas ahora ya vacías.

Tras acabar la visita, tomamos el bus que sale de las excavaciones y recorre el Vesubio hasta casi la cima. En la subida se observan varias estatuas hechas de lava. Existen numerosas residencias en las laderas del volcán, a pesar que los expertos lo desaconsejan de forma fehaciente, puesto que el Vesubio en un volcán activo. Para entrar a la cima del Vesubio hay que pagar 10 euros. Nunca había visto que para subir a una montaña se tuviera que pagar... el monte Fuji sin ir más lejos es de acceso gratuito. Tras recorrer la media hora que separa la entrada para peatones del cráter del volcán más famoso de Europa, nos dispusimos a rodearlo, viendo como humos salían de varias de las laderas del impresionante cráter. Las vistas tanto del valle de Pompeya como de la bahía de Nápoles son espectaculares.

Y todo lo que me dejé por ver...
La última noche en Nápoles cenamos en el restaurante familiar Mattozzi, en Chiaia también, que tiene un servicio muy amable y donde por fin probé una estupenda mozzarella de buffala de la Campania. Recomiendo también la pasta alla Maria de Grazie (a base de macarrones y calabacines fritos), que es deliciosa. También probé de entrante su montanara, que es la famosa pizza frita de Nápoles, buenísima también. La ternera al limón que también nos sirvieron no me gustó tanto. En cualquier caso, su lista de platos tradicionales está muy completa y a buen precio.  


Me quedan tantas cosas que ver que no sé ni por donde empezar: desde el Teatro di San Carlo, donde empezó su carrera el napolitano Enrico Caruso hasta recorrer la Costa Amalfitana con Sorrento y Capri como principales reclamos hasta bañarme en las aguas termales de Ischia o visitar Herculano, que me han dicho que se mantiene mejor que Pompeya. A la próxima espero que sea verano.

dimecres, 6 de desembre de 2017

Ciudad de México

Una metrópolis fascinante

La decisión de ir a Ciudad de México fue en un principio para visitar a algunos de mis amigos de Panamá que están ahora trabajando allí. Para nada me esperaba el espectáculo de ciudad que es la capital mexicana. Y lo que más me chocó: la enorme sensación de seguridad que tuve en todo momento. Eso y que a pesar de ser pleno agosto, hizo frío algunas noches.

Estuvimos hospedados en pleno Polanco, en el estupendo apartamento de mi amigo Rudy, que vive en una de las torres con nombre de pintor del exclusivo Plaza Carso, un complejo que incluye un gran centro comercial, cines, teatro y alguno de los mejores museos de la ciudad, que por supuesto visitamos.

La antigua Tenochtitlán

Pero antes de adentrarnos en la escena moderna de CDMX, lo primero que visitamos fue el corazón de la ciudad y también del país: el Zócalo. Cuenta leyenda que los aztecas, llegados desde el norte en el siglo XIII, eligieron instalar aquí su capital, Tenochtitlán, porque vieron la profecía que anunciaba el fin de su vida errática: un águila, apoyada en un cactus, devoraba una serpiente. Este sigue siendo, a día de hoy, el símbolo nacional mexicano, escudo del país y orgullosamente presente en su bandera. En el Zócalo, por aquel entonces una isla en mitad de unas marismas, los aztecas construyeron su Ciudad-Estado con canales, templos, plazas y palacios cuya isla central pasó a ser el centro del universo azteca. La ciudad alcanzó los 300,000 habitantes y todo el valle de México más de un millón y medio, constituyendo una de las zonas urbanas más densas de aquel entonces.

Con la llegada de los españoles en 1519, los aztecas quedaron relegados a ciudadanos de segunda del naciente imperio. Casi toda la herencia prehispánica fue destruida en este lugar, que sin embargo siguió siendo el corazón de la Nueva España, con la construcción de la imponente Catedral Metropolitana. Bajo las órdenes de Hernán Cortés, los principales canales empezaron a ser desecados para construirse elegantes bulevares y Ciudad de México se convirtió en la elegante capital de la Nueva España, no sin problemas e inundaciones. El siglo XVIII, con la construcción de un sistema de alcantarillado, se considera la Edad de Oro de la ciudad.

En el Zócalo aún se respira esta grandeza. De renovada fama por aparecer en las primeras escenas de la última película de James Bond Spectre, lo cierto es que sigue siendo el corazón de México. Se le llama popularmente zócalo porque aquí se iba a construir un monumento al centenario de la independencia en el siglo XIX. Sin embargo, solo el zócalo del mismo se construyó, que pasó a ser una de las plazas más grandes del mundo (220 metros por 240). El poder religioso del país está presente con la inmensa catedral, mezcla de estilos gótico, barroco, churrigueresco y neoclásico, fruto del largo periodo de tiempo que duró su construcción: 250 años. Sus cinco gigantescas naves crean un interior mastodóntico, siendo una de las iglesias mas grandes que he visitado en mi vida. Su altar abruma en detalles y riqueza, así como su bellísimo coro de sillares tallados. Aquí se coronaron Agustín de Iturbide y a Maximiliano de Habsburgo como emperadores de México.

En otro de los lados de la plaza se alza la fachada principal del Palacio Nacional, antiguo palacio virreinal y luego imperial, y actual sede de la presidencia de la república. Me queda pendiente, ya que por falta de tiempo no lo pude visitar. Los dos restantes lados están flanqueados por elegantes edificios porticados donde se encuentran desde las oficinas del gobierno municipal hasta joyerías y hoteles de lujo. La plaza rebosa de gente de todo pelaje destacando los concheros, grupos de personas emplumadas y vestidos con pieles de serpiente, conchas y huesos de distintos animales, representando las antiguas danzas aztecas, bailando en círculo y cantando en nahuatl, utilizando instrumentos tradicionales. Los edificios que dan a la plaza cuentan con numerosas terrazas populares en los edificios superiores donde tomarse una michelada o un margarita.

Seguimos paseando por las perfectamente rectas y empedradas calles del centro, herencia de la capital colonial española, donde sorprenden los altares espontáneos a la Santa Muerte, culto condenado por las diferentes iglesias cristianas, incluyendo la Católica. Un esqueleto tradicionalmente vestido y cubierto por telas blancas o de otros colores al que se le ponen velas y alimentos para solicitar protección, en una práctica muy asociada a comunidades marginadas y de bajo nivel económico. No por casualidad en estas calles se abarrotaban puestos de venta humildes que ofrecían desde comida hasta ropa junto con refrescos tradicionales, frutas y verduras o hasta juguetes. Todo un espectáculo de colores y olores para disfrutar de la tarde del domingo.

Volviendo a los aztecas, estos diseñaron su capital siguiendo una estructura de calles rectas, respetando también los ríos y construyendo canales para poder transportar materiales pesados. En los suburbios pantanosos plantaron muchas especies, sosteniendo el barro sobre el que crecían con sauces. La gran fertilidad de estas tierras daban tres o cuatro cosechas al año. La mayoría de estas zonas fueron desecadas para urbanizar y hoy solo queda la enorme zona de Xochimilco, al sur de la ciudad. Allí pasamos una nublada tarde, donde incluso nos llovió. Aún así disfrutamos del ambiente único de este lugar, que aquel día gris de entre semana estaba vacío, pero que normalmente está a tope de trajineras. En estas barcazas de colores con una larga mesa en la mitad cada una se reúnen grupos de amigos o familiares para celebrar, comer, beber, cantar y reír. Nosotros disfrutamos de la lluvia, el silencio, los rayos, el viento y los preciosos paisajes agrícolas que nos trasportaron a la época de la gran  Tenochtitlán. Un grupo de mariachis practicaba varias canciones tradicionales en el desierto puerto. Desembarcamos justo cuando anochecía y los mosquitos salían a picar con furia. Por suerte, el Uber que habíamos pedido nos sacó de aquella nube de insectos.

La ciudad perdida de Teotihuacán

Siguiendo la senda prehispánica, dedicamos una mañana entera a visitar Teotihuacán, una de las excavaciones arqueológicas más grandes de Centroamérica. Situada a 50 kilómetros de Ciudad de México, esta majestuosa ciudad en ruinas, con un perfecto urbanismo, testimonio de la sofisticación de la cultura que aquí vivió. Los expertos calculan que se construyó hace dos milenos y que cayó en el abandono en el siglo VIII, cuando las tensiones de una sociedad extremadamente segregada precipitaron la desaparición de esta civilización, de la que aún hoy en día se ignora su nombre. De hecho, su actual nombre, Teotihuacán, significa en nahuatl "la ciudad en la que los hombres se convierten en dioses", y así la bautizaron los aztecas, que cuando la descubrieron ya estaba en ruinas. Ellos siempre pensaron que estaba dedicada al dios del Sol, aspecto que se verificó en 1971 cuando el descubrimiento de un túnel en la mayor de las pirámides llevó a los arqueólogos a una recámara interior llena de objetos de culto al sol.

Precisamente, la mayor de las pirámides se conoce como Pirámide del Sol, de 70 metros de altura, que escalamos para disfrutar de las impresionantes vistas de la ciudad en ruinas. Esta es la tercera mayor pirámide del mundo, tras la de Keops y la de Cholula. En sus tiempos dorados, la pirámide estaba totalmente pintada de color rojo, restos que aún se pueden ver en alguno de sus lados. Desde su cima se atisba todo el valle en el que se asentaba esta ciudad.

El eje central de la antigua metrópolis es la conocida como Calzada de los Muertos, ya que los aztecas pensaron que las decenas de pirámides que la bordean eran tumbas de los diferentes reyes de este pueblo. De hecho, el lugar se convirtió en un punto importante de peregrinación de los soberanos aztecas, que creían que aquí todos los dioses se habían sacrificado para que el Sol pudiera hacer su recorrido.

Las mejores vistas de Teotihuacán son desde la Pirámide de la Luna, por la preciosa perspectiva de la Calzada de los Muertos así como de las imponentes vistas de la Pirámide del Sol. Como apenas hay sombras, recomiendo encarecidamente que llevéis gorras y agua, o en su defecto, compréis uno de los sombreros tradicionales de paja que venden en sus puestos. Por todo lugar hay vendedores ambulantes con una especie de juguete que al soplar imita el sonido de diferentes animales locales, como los leopardos o diferentes pájaros.

Finalmente, no dejéis de visitar alguno de los antiguos barrios residenciales de la ciudad en ruinas. Hay una mansión abierta al público, el conocido como palacio de Quetzlpapálotl, o mariposa emplumada, que fue residencia de una familia de la élite teotihuacana. Se accede a su interior por una escalinata custodiada por dos jaguares al patio porticado del edificio y luego a cada una de las cámaras interiores. Las columnas de piedra tiene preciosas representaciones de mariposas y plumas de quetzal talladas, que en origen estuvieron policromadas. Los muros interiores están decorados con frescos relativos a la veneración del agua destacando los caracoles marinos y los corazones humanos. Asimismo, otra de las salas tiene escenas que representan jaguares con penachos de plumas de quetzal. El pequeño museo arqueológico, justo en el lado contrario de la ciudad, al lado del pequeño jardín botánico, también merece la pena.

Polanco, Condesa y el Paseo de la Reforma

De vuelta a la gran ciudad, simplemente pasear por las calles de esta masiva urbe es suficiente para pasarlo bien. Desde el ordenado Paseo de la Reforma con el famoso Ángel de la Independencia dorado al frondoso bosque de Chapultepec. De la popular Alameda Central a las elegantes calles de Polanco o los agradables bulevares de Condesa, donde uno se acaba encontrado una réplica de la madrileña fuente de Cibeles, por ejemplo. Vale la pena también acercarse al campus de la Universidad Nacional Autónoma de México y ver el enorme mural de la "representación histórica de la cultura" que ocupa toda la fachada de la gran biblioteca, realizado por le artista mexicano Juan O´Gorman 

Tres fascinantes museos en CDMX

Respecto a los museos que visitamos, que fueron varios, destacaría tres: el primero es el popular Museo Frida Kahlo, situado en su casa familiar, pintada con el característico color azul. Siempre hay colas por lo que es imprescindible reservar con antelación por Internet con el día y hora a la que se vaya a visitar. Además de una interesante colección de obras de Frida (aunque muchas de las mejores obras están repartidas por todo el mundo), también podremos recorrer los jardines, la habitación en la que murió, la famosa cocina o el comedor donde recibieron a Trotski y su mujer, cuando huyeron de las purgas estalinistas. Frida es un ejemplo de artista comprometida políticamente, pero también de mujer revolucionaria respecto a la visión de la sociedad y ante todo, de lucha frente a la adversidad que supuso su accidente de tranvía y su discapacidad a través del arte. Tras la vista al museo, nada mejor que darse un paseo por Coyoacán, decubrir su animada plaza y parroquia y tomarse un tradicional café de olla o chocolate caliente en el humilde pero popular Café El Jarocho y acompañarlo de su variedad de panes salados y dulces recién horneados.

Los otros dos museos que visitamos están en Polanco y forman parte del complejo Plaza Carso donde nos alojaban nuestros amigos. Por un lado, el funcional Museo JUMEX, de la famosa compañía zumera mexicana, que esos días tenía una exposición temporal de Andy Warhol "Estrella Oscura", donde se mostraba una variada colección de obras del artista, desde las famosas pinturas de productos de consumo y las series serigráficas de retratos de estrellas de cine o políticos, todo contextualizado en una época de promesas utópicas y su lado oscuro de cultura mediática y consumo de posguerra.

El otro museo que disfrutamos, tanto por fuera como por dentro, es el impresionante Museo Soumaya, que alberga gran parte de la colección de arte del hombre más rico del mundo: Carlos Slim. Solo por el edificio ya vale la pena acercarse: obra de Fernando Romero, asesorado por Frank Gehry, cuenta con una fachada asimétrica envuelta en un armazón de piezas hexagonales de aluminio plateado con una única abertura: la puerta de entrada. Dividido en seis plantas a las que se accede por una enorme rampa espiral blanca, uno tiene la impresión de estar en otro planeta.

La colección, de acceso gratuito, muestra 3000 años de historia de arte europeo y americano a través de 70,000 obras de arte, con algunas piezas asiáticas que suelen estar en exposiciones temporales. Desde impresionantes murales de Diego Rivera al pensador de Rodin. De hecho, tiene la mayor colección del escultor francés fuera de Francia. También hay cuadros de Botticelli, Tintoretto, del Veronés, del Greco, de José de Ribera, Murillo, Zurbarán, Van Dyck, Rubens, Fragonard, Monet, Pissarro, Renoir, Degas, Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Chirico, Dalí, Miró... y por supuesto muchísimos autores mexicanos y objetos de arte que van desde oro prehispánico a relicarios del siglo XVIII. La colección es amplísima y no se hace nada pesada. Me llamó la atención la colección personal del artista libanés exiliado Gibran Kahlil Gibran, autor del famoso libro "El Profeta". Incluso habían cuadros de Sorolla.

Todos los bailes mexicanos en una noche

El broche de oro de nuestra estancia fue una noche en el Palacio de Bellas Artes para disfrutar del Ballet Folclórico de Amalia Hernádez, que lleva décadas representando diversos bailes tradicionales mexicanos de todas sus regiones: desde mariachis a los carnavales del litoral pasando por todo un elenco de músicas y danzas con todo el color de la indumentaria tradicional del país. El público disfrutó especialmente cuando sonaba "La Cucaracha". Personalmente me gustó mucho.

Además de cultura, museos y antigüedades, uno visita la Ciudad de México por su deliciosa y variadísima gastronomía que he decidido tratar en otra entrada para no hacer esta demasiado larga. Ciudad de México cuenta también con una oferta de fiesta nocturna enorme, casi todos los días de la semana, donde destacaré Saint, en Polanco, a donde fuimos el viernes y donde el ambiente era estupendo, con gente de todo tipo. 

Me quedan tantas cosas pendientes en Ciudad de México que no sé ni por donde empezar. Lo cierto es que al inicio de mi lista cuando vuelva estará el interior del Palacio Nacional y los frescos de Diego Rivera. También me gustaría visitar el Museo Nacional de Antropología así como el cercano Castillo de Chapultepec o tomar un tequila en la plaza Garibaldi. También quiero descubrir más a fondo el Palacio de Bellas Artes, del que solo pude ver algunas de sus salas cuando fui a la representación.