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dimarts, 18 d’agost de 2015

La Granja de San Ildefonso

Una buena escapada para aprovechar de un día libre en Madrid es visitar el Palacio de la Granja de San Ildefonso, situado a una escasa hora de la capital de España en coche. La belleza de sus jardines, palacio y su transfondo histórico y piezas de arte de su interior lo hacen perfecto para todos lo públicos.

Pero si hay una fecha en la que se recomienda visitarlo es el  25 de agosto, festividad de San Luis, Patrón de La Granja, o el 25 de julio, festividad de Santiago, cuando durante la tarde se encienden durante unos minutos sus monumentales fuentes. El motivo por el que no suelen estar encendidas es porque funcionan con un ingenioso sistema de gravedad: una gigantesca balsa llamada "el mar" recoje el agua de la lluvia y de dos arroyos que caen de la sierra de Guadarrama. Situado en alto, "el mar" sirve un sistema de tuberías que conecta con decenas de surtidores: por ello, mantenerlas encendidas durante diferentes días (sobretodo en verano), llevaría al rápido agotamiento de la balsa que las abastece.

Estando en Madrid el día de Santiago, aprovechamos para visitar este Real Sitio y disfrutar de la apertura de las fuentes. Llegando a La Granja me sorprendió la belleza de la sierra, con sus altos y esbeltos pinos, muy diferentes a los mediterráneos. Llegamos a la entrada del recinto palaciego, donde nos reciben gigantescas sequoyas y nos dispusimos a visitar sus estancias. Este palacete de verano fue mandado construir por Felipe V, primer rey Borbón de España, tras ganar la guerra de Sucesión al candidato de la Casa de Austria, el Archiduque Carlos.

Como valenciano, la figura de Felipe V, nieto de Luis XIV, me provoca gran repulsa, por ser el rey que prohibió el uso oficial del catalán, impuso las leyes castellanas aboliendo los fueros valencianos y quemó una de las ciudades valencianas más importantes de aquel momento: Xàtiva. No obstante, dejé las nefastas consecuencias de su reinado en mi tierra de lado y en aquel momento me dispuse a disfrutar del bello legado arquitectónico que sus depresiones dejaron. Al asumir la corona española y dejar Francia, tuvo también por tanto que dejar la bella corte de Versalles, sus fastos y sus lujos. Y como lo echaba muchísimo de menos mandó construir La Granja, para poder gozar de un lugar parecido en España.

La visita empieza con una muestra de gigantescos tapices, muchos manufacturados en Flandes, donde se muestran imágenes mitológicas, religiosas o de exaltación a monarcas. La antigua Corte Real los llevaba de un lugar a otro para decorar casas o las tiendas de campaña donde dormían los antiguos reyes (en caso de batallas). Continuamos adentrandonos en las bellas estancias del palacio, empezando por la primera planta, recorriendo salones uno tras otro. Esculturas, cuadros, cortinajes, lámparas de araña y sobretodo la colección de relojes de Carlos IV. Pasamos por habitaciones, salones, despachos, comedores... muy similar a otros palacios de aquella época que ya había visitado como el de Versalles, el Palacio Real de Madrid o el de Brülh, al sur de Colonia.

Destacan la marca que dejó en el Palacio Isabel de Farnesio, segunda mujer de Felipe V y Reina de España. Debido a las depresiones y frecuente melancolía de Felipe V, que echaba de menos su natal Francia, Isabel tuvo gran influencia que utilizaba para colocar a sus hijos en los tronos de Europa. Además, se convirtió en una apasionada coleccionista de arte, hecho que se observa en los cuadros del Palacio de la Granja, que están marcados: los que tienen una flor de lis eran de ella, a diferencia de los que estan marcados con una aspa, que era del rey. Destacan los cuadros de Murillo, de los que era especialmente aficionada. Además, convenció a su marido de adquirir juntos la colección escultórica de la Reina Cristina de Suecia, que situó en las plantas bajas del palacio, donde destacan las estátuas a las ocho musas o la de los Dioscuros, los héroes gemelos de la mitología griega. En La Granja actualmente solo podemos disfrutar de las réplicas: las estátuas originales se encuentran actualmente en el Museo del Prado.

Tras disfrutar de la belleza y majestuosidad de las salas, salimos al pueblo de San Ildefonso a comer. Es fácil elegir sitio para comer ya que la oferta es amplia. Nosotros nos decidimos por compartir unas cuantas tapas, entre las cuales se contaban unos buenos judiones de la tierra preparados a la forma local. Después de saciarnos volvimos al palacio para pasear por sus jardines antes de que empezara el espectáculo de las fuentes. Recorrimos los bellos paseos arbolados mientras disfrutábamos de los bella vista de los parterres o las esculturas barrocas y las fuentes apagadas. Son inmensos. El elemento central, que es una serie de cascadas (en ese momento vacías de agua) son gigantescas y dan al conjunto una gran armonía.También me gustó muchísimo la enorme zona de las ocho calles y las ocho fuentes, situadas en diferentes plazas alrededor de una gran plaza central circular formada por varios arcos bajo los cuales se representa en cada uno a un dios de la mitología griega. 

Sin embargo, entre la comida y las empinadas cuestas, decidimos hacer un alto para echar una siesta tumbados en el césped. Y qué mejor que a orillas de la gran reserva de agua conocida como "el mar", donde los miembros de la Corte gustaban de pasearse en sus falúas. Cuando nos levantamos ya casi era la hora del inicio del encendido de fuentes, así que nos dirigimos a la primera:

Para saber la ruta de las fuentes que el personal va encendiendo, hay que seguir a uno de los miembros de seguridad de Patrimonio Nacional que va dirigiendo a las masas con una banderola de España. Había muchísima gente, el encanto de los jardines solitarios que habíamos disfrutado horas antes había desaparecido. Aún así, el espectáculo de las fuentes merece la pena. Me gustó mucho la fuente "carrera de caballos", en la que distintos personajes mitológicos y caballos son representados en esculturas que lanzan chorros muy bien pensados. Pero sin duda, las fuentes más graciosas son las que empapan a buena parte del desprevenido personal. Una de ellas es la del "canastillo", con forma circular, de la que al principio salen chorros de agua moderados que van creciendo en altura hasta llegar a regar de agua toda la superficie de la enorme plaza, fuera de la balsa dedicada al agua. Este efecto se consigue gracias a la fortísima presión del agua que baja desde "el mar" hasta aquí. Su encendido fue muy divertido ya que la plaza estaba a tope de gente. Como un amigo ya sabía lo que iba a pasar, nos situamos a una distancia prudencial y mientras la gente empezaba a decir "ohhhh" cuando la encendieron los gritos de admiración rápidamente se volvieron en sorpresa cuando los chorros de agua no paraban de crecer y empezaron a mojar toda la plaza, empapando por completo a las decenas de visitantes, muchos de los cuales salieron en estampida. Aún peor es la última fuente, la de "la fama", que al encontrarse más bajo que la de la "canastilla" aún tiene más presión y de la cual sale un chorro de agua más alto que el del "jet de l'eau" de Ginebra. Esa si que mojaba a base de bien, sobretodo cuando soplaba un poquito el viento. Sin embargo, uno de los encendidos más elegantes es el de la plaza central de las ocho calles, que ya habíamos visto apagada: sus ocho fuentes encendidas daban un aspecto muy señorial y armónico al lugar. 

Finalmente, visitamos la Colegiata o capilla real, donde descansan Felipe V e Isabel de Farnesio, uno de los pocos matrimonios reales españoles que prefirieron ser enterrados fuera del Real Monasterio del Escorial. Sin duda, esta visita palaciega y de jardines es obligatoria para todo el que se encuentre en Madrid en estas fechas: la historia y belleza del lugar y las agrdables temperaturas (mucho más fresquitas que las de la capital) convierten a esta excursión en la perfecta para un largo dia de verano. 

dissabte, 1 d’agost de 2015

Murcia

Murcia siempre ha sido una región en la que como viajero pocas veces he pensado. Más allá de saber que tienen una estupenda huerta alrededor de su capital, poco más conocía. Es por eso que cuando un amigo murciano me invitó a conocer su ciudad y región, no dudé en decirle que sí. 

Llegamos a Murcia bastante de noche pero eso no fue impedimento para poder parar en una de las muchas pastelerías-confiterías que hay repartidas por toda la ciudad y comprar el típico pastel de carne, un hojaldre redondo lleno de carne picada con huevo duro muy sabroso. Lo acompañamos con un tercio de Estrella de Levante, la cerveza que los murcianos llevan bebiendo desde 1963. 

Al día siguiente nos fuimos de excursión al parque regional de Calblanque, que según los lugareños cuenta con la mejor playa de la región. Este enclave no construído cuenta con una gran biodiversidad además de largas playas vírgenes de aguas cristalinas. Es por ello que durante días de gran afluencia (como fines de semana o festivos de julio y agosto) su acceso está regulado existiendo un máximo diario. Mejor ir pronto en todo caso. Es muy importante que llevéis todo lo que queráis comer o beber ya que en las playas no hay ningún establecimiento y ni siquiera duchas. Nosotros llevamos una neverita bien cargada. No olvidéis la sombrilla ya que apenas hay sombras (sólo en algunas pequeñas grutas frente al mar). Por último, si tenéis gafas de snorkel aprovechad para dar un vistazo a los alrededores de las zonas rocosas y ver la fauna marina. 

Tras unas cuantas horas de nadar y broncearnos, nos fuimos a conocer el curioso urbanismo de la Manga del mar Menor, una lengua de arena que divide el Mediterráneo de un pequeño mar de agua salada en la costa murciana, haciendo posible bañarse en dos tipos de agua dando un paseo de pocos minutos. Eso sí, el agua del mar Menor estaba muy caliente llegando a ser incluso desagradable. Es perfecta para niños porque además de su temperatura, las aguas del mar menor son extremadamente tranquilas, de hecho parece una piscina gigante. Por razones logísticas nos quedamos sin tiempo para descubrir Cartagena, razón por la que tendré que volver a la Región de Murcia tarde o temprano. Ese día acabó con una deliciosa barbacoa casera de embutidos, carnes y hortalizas murcianas que nos ofreció mi amigo.

La mañana siguiente la consagramos a la ciudad de Murcia, empezando por el interesante museo Salzillo, en pleno centro de la ciudad. Situado en la iglesia de Jesús, el museo surgió al acogerse allí los pasos realizados por el artista para la procesión de Viernes Santo. En la parte moderna del museo se exponen diferentes piezas relacionadas con dichas celebraciones, incluyendo obras del propio Francisco Salzillo, al que numerosos expertos consideran como el mejor escultor español, al menos del barroco. Destaca el gran belén napolitano, probablemente el mejor del mundo, hecho a partir de decenas de estatuas compradas a diversos coleccionistas. Me llamó la antención la riqueza de las estatuas que representan a los reyes magos y su corte, así como el bello mercado o el gran portal del nacimiento, con muchísimos ángeles alrededor. En las salas posteriores se expone también un belén realizado por el propio Salzillo, mucho mas austero que el anterior pero impresionante por igual, especialmente la parte del castillo del rey Herodes y la escena de la matanza de los inocentes.

Sin embargo, las piezas clave del museo son los diferentes pasos que el artista realizó para salir en procesión cada Viernes Santo y que impresionan a cualquiera. Las de mayor belleza son el San Juan, el Ángel que anuncia a Jesucristo su próxima muerte y sobretodo la escena de la Última Cena, con Jesús presidiéndola y sus 12 apóstoles sentados alrededor en bellas sillas. La mesa se decora con comida de verdad cada Viernes Santo. Destaca Judas Iscariote, el traidor, representado como pelirrojo, que en aquella época se asociaba al mal. Sin duda, un museo que vale la pena visitar.

Seguimos recorriendo el centro histórico de la ciudad haciendo un alto en el tradicional bar "Los Zagales" donde probé el "marinero" una tapa típica  murciana a base de una rosquilla con ensaladilla rusa por encima (en Murcia la hacen con pepinillos en vinagre picados) y todo presidido por una anchoa. El delicioso pisto con productos de la huerta murciana también estaba perfecto. 

Seguimos paseando viendo el Ayuntamiento de Murcia en la glorieta España, así como el río Segura y sus puentes, destacando los dos realizados por Calatrava, con su peculiar estilo geométrico y siempre blanco. De allí llegamos a la imponente catedral, que aunque estaba cerrada y no la pudimos visitar por dentro, admiramos la barroca fachada, una auténtica joya que actúa como retablo en la calle, prolongando el espacio sagrado a la misma plaza. Aunque aún hoy en día sigue siendo la catedral de la diócesis de Cartagena, se cambió la sede a Murcia ciudad por razones de seguridad, en especial debido a la piratería. Por cierto, su torre campanario es la segunda más alta de España después de la Giralda sevillana. Enfrente tiene la modernísima fachada de las oficinas del ayuntamiento realizada por Moneo, una especie de contrapunto como retablo contemporáneo. Y a un lado se encuentra el elegante palacio episcopal, que acaba de dar un aire majestuoso a la plaza.

Giramos a la izquierda y continuamos por la peatonal calle Trapería, donde hicimos un alto en el elegante Real Casino de Murcia, donde se ofrecen visitas con audioguía. El ecléctico edificio merece ser visitado y así lo hicimos. La entrada es una elegante escalinata con dos "peceras" a cada lado, que son salones acristalados con butacones donde los miembros del casino pueden conversar. El lobby, de estilo neonazarí, imita una de las estancias de la Alhambra de Granada y está decorado con más de 20,000 láminas de oro y la inscripción "Alá es grande" repetida en lengua árabe numerosas veces. Luego se visitan una sucesión de salas elegantes como la biblioteca, el salón de bailes (con sus cinco arañas de cristal Bacarat), la cafetería, la sala de billar, el salón pompeyano... por supuesto, hay muchas estancias que sólo están accesibles para socios.

Saliendo del casino llegamos a la popular plaza de Santo Domingo, donde además del centenario ficus que provee de sombra abundante, se encuentra la barroca iglesia de Santo Domingo, donde San Vicente Ferrer predicó: allí hay aún en su fachada una estátua del santo en modo de predicar. En esta plaza está además el primer Llaollao, una de las franquicias de helados más exitosas del mundo que empezó un murciano.

Tras los paseos y el calor, nos fuimos a comer invitados por los padres de nuestro amigo a la taberna la Ermita, donde se ofrecen un menú del día a buen precio con entrante, primer plato, segundo plato y postre. Preparan recetas tradicionales de forma innovadora y súmamente elegante, además de ser más que amables. Muy recomendable para toda visita a Murcia.

Tras descansar esa tórrida tarde y no hacer prácticamente nada, nos fuimos a pasar el resto del día al balneario de Archena, enclavado junto al río Segura y rodeado de palmeras, eucaliptos y limoneros. Ya los romanos edificaron unas termas aquí, debido a las aguas curativas que brotan de forma natural. En la Edad Media, el número de bañistas creció y fue la Orden de San Juan de Jerusalén quién se hizo cargo de su gestión. Actualemente se ha modernizado y cuenta con numerosas piscinas de diferentes temperaturas, jacuzzis, cascadas, chorros o ríos artificiales. Perfecto para una tarde de relax.

Llegamos muy tarde a la ciudad, más de las once de la noche, pero aún así, en la tradicional tasca el Palomo nos sirvieron la cena y fue allí donde probé el zarangollo (un revuelto de cebolla y calabacín) las chapinas de cordero (ganglios linfáticos rebozados) y la codorniz al ladrillo, entre otras delicias locales. El día siguiente, antes de abandonar la región, desayunamos en una de las confiterías Maite, donde probé otra especialidad local: el pastel de Cierva, que combina sabores dulce-salado relleno de pollo cocido. 

En definitiva, la Región de Murcia tiene mucho que ofrecer: una gastronomía espectacular, paisajes y playas preciosas, una gran oferta cultural y muchos pueblos con encanto (que no visité pero que espero hacer en el futuro). El único pero es el tremendo calor que hizo: mejor volver en primavera. Además, quedó pendiente probar los paparajotes!

dimarts, 14 de juliol de 2015

Bruselas básica

Bruselas, como capital flamenca, belga y europea, es una ciudad dinámica, con muchísimo movimiento tanto cultural como de personas. Sin embargo, en cuanto a belleza turística al uso, Bruselas es "complicada".  Si llegáis por tren desde el aeropuerto de Zaventem o desde alguna otra ciudad europea, el barrio de la Gare Central os decepcionará al principio (por no hablar si bajáis en Gare du Midi). Sin embargo, con un poco de orientación podréis descubrir las joyas que esconde Bruselas. 

Primero de todo hay que visitar al símbolo de la ciudad: el Manneken Pis, el famoso niño meando, situado en la rue de l'Étuve. Su contrapartida femenina, la Jeanneken Pis, está mucho más oculta, en el impasse de la Fidélité, donde también está el Delirium Café, mítico local donde probar alguna de las 2000 cervezas de todo el mundo que comercializan.

Antes de llegar al Manneken, en la misma rue de l'Étuve,  podréis ver uno de los murales que decoran la ciudad con motivo del mundo del cómic, en este caso de Tintin. Bruselas ha sido cuna de numerosos tebeos, no sólo Tintín, pero también de los Pitufos, Spirou, Lucky Luck... numerosas librerías y tiendas de recuerdos harán las delicias de los aficionados a la "bande- desinée" belga. 

Siguiendo por la rue du Midi llegaréis al imponente edificio de la Bolsa, cerrado al público. Desde fuera se pueden admirar sus frisos neoclásicos con estatuas de Rodin y alegorías que decoran sus frisos. Desde allí, continuad por las comerciales rue de Tabora girando a la izquierda por la rue du Marché aux Herbes. Cuando os crucéis con la rue des Harengs, volved a girar a la izquierda: acabaréis entrando a la Grand Place con las vistas más impresionantes, con el majestuoso ayuntamiento del siglo XV de cara. Sin duda, esta plaza es el corazón de la ciudad y el lugar más bello de todos, además de ser Patrimonio de la Humanidad UNESCO. Las bellas casas gremiales del siglo XVII también son bellísimas, como las de los panaderos, los engrasadores, los arqueros, los barqueros, los sastres o los carniceros. En esta última, decorada con un cisne, vivió Karl Marx durante una temporada. En uno de los lados de la plaza se encuentra la antigua mansión de los duques de Brabante, seis casas de 1698 bajo una única fachada reformada en 1882. Un gobernador quiso reformar la plaza entera unificando todas las fachadas bajo este estilo. De noche la plaza también bellísima gracias a su iluminación.
Adentraos por la rue des Bouchers para comer en Chez Léon, el local clásico de la ciudad donde probar los tradicionales mejillones con patatas fritas: los llevan sirviendo desde finales del XIX. Si vais con menores de 12 años, ellos disfrutarán de un menú gratis que está muy bien. 

Tras la comida, nada mejor que un paseo por las Galeries Royales Saint-Hubert, inauguradas por Leopoldo I en 1847 como las primeras galerías comerciales de Europa. En ese momento para pasear por sus arcadas neoclásicas acristaladas había que pagar una tasa, por la que los ciudadanos más pobres eran excluídos de este elegante lugar. Ahora se encuentran abiertas a todo el público y entre sus pilares de mármol hay muchas tiendas tentadoras de chocolates así como librerías o locales como Mokafé, donde según muchas guías preparan los mejores gofres de Bruselas, pero que yo no recomiendo por su lento y mal servicio en general.

Seguid por la rue de la Montagne hasta la gótica Catedral de Bruselas, con dos campanarios que recuerdan a los de Notre Dame de Paris. Luego remontad la rue de la Loi para ver el edificio del parlamento belga y cruzad el frondoso Parc de Bruxelles hasta llegar al bello Palacio Real que está abierto al público gratis en verano. En uno de los lados se encuentra la elegante y empedrada plaza real, presidida por la estatua de Godofredo de Bouillom a caballo, primer rey europeo de Jerusalén. Alrededor de esta plaza se amontonan museos de arte donde destaca el Museo Magritte, con la mayor colección de dibujos y pinturas de esta pionero del surrealismo. Bajando por Coudenberg se encuentra el Museo de los Instrumentos de Música, que destaca sobretodo por su arquitectura art-nouveau, diseñado por Victor Horta, originalmente para albergar unos grandes almacenes: los Old England. Sus espirales de hierro forjado y ventanas arqueadas son hipnóticas. Volved atrás para recorrer la rue de la Régence, presidida al final por el gigantesco Palais de Justice, uno de los edificios más grandes del mundo, con su cúpula dorada. Antes haced una parada en la place du Grand Sablon, donde se encuentra una de las mejores chocolaterías del país: Pierre Marcolini.

Una vez lleguéis al final, a la plaza de Poelaert, podréis admirar mejor la magnificiencia del palacio de justicia, además de las vistas desde uno de los lados de la plaza, para ver toda la parte antigua de la ciudad desde lo alto, ya que la plaza se sitúa sobre una colina. Desde allí, tomad el metro en la cercana parada de Louise y bajad en Schuman, para conocer el famoso barrio europeo. Allí podréis  ver los grandes edificios de las instituciones de la UE, empezando por el icónico Berlaymont, sede de la Comisión Europea, y siguiendo por el Justus Lipsius, sede del Consejo de la UE o el acristalado EEAS, sede de la diplomacia europea. En estos momentos se encuentra el obras la futura sede del Consejo Europeo, pero cuando esté acabada será curioso visitar con su huevo de cristal dentro de un cubo gigante acristalado. Al lado se encuentra también el bello Parc du Cinquantenaire y bajando por la rue Froissart llegareis hasta la place Jourdan, donde se encuentran las mejores patatas fritas belgas, símbolo de la cocina nacional. Haced la cola en la maison Antoine (el quiosco en mitad de la plaza) para disfrutar de vuestras "frites" servidas en cucurucho de papel y con la salsa a vuestra elección, aunque sólo con sal ya están buenísimas. De ahí, cruzando el Parc Léopold llegaréis hasta la sede del Parlamento Europeo (bueno, una de las sedes, la otra está en Estrasburgo). Hay visitas guiadas gratuitas al pleno y además, el Parlamentarium suele estar abierto todos los días, que es el informativo centro de visitantes. 
Si aún tenéis ganas de visitar cosas, dad un corto paseo de vuelta a la place Royale y allí tomad el tranvía 92 hasta parar en Janson para visitar el Museo Horta, situado en la casa donde residió este arquitecto universal y que se la diseñó él mismo siguiendo su estilo art-nouveau. La mayoría de los muebles también fueron diseñados por Horta. Especialmente bello es el comedor de la segunda planta, con sus mosaicos del suelo y los sinuosos vitrales. Luego se pueden recorrer todas las estancias de la casa, desde el despacho de Horta hasta su habitación o la de su hija, donde hay incluso un invernadero. La casa, junto con otras que el arquitecto diseñó en este barrio, están también incluídas en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

La visita a Bruselas puede acabar tomando el tranvía 51 en la cercana parada Horta hasta la parada Stade, que os dejará en la otra punta de la ciudad, en Laeken, donde ver y visitar otro de los símbolos de Bruselas: su famoso Atomium. Se trata de una estructura de 102 metros de alto de nueve esferas metálicas conectadas por tubos de acero con escaleras y ascensores, representando un átomo de hierro ampliado 165 millones de veces. Los niños disfrutarán también con otra atracción cercana: Mini Europe, una serie de maquetas a escala 1:25 muy bien hechas de decenas de monumentos de todo el continente, con trenes, luces y otros efectos especiales que gustarán a toda la familia. 

Finalmente, a un corto paseo de la Gare Central está la Fleur en Papier Doré, un pequeño café decorado con pequeñas artes y garabatos de numerosos artistas, ya que era el lugar de reunión de Magritte y sus colegas surrealistas. Aquí disponen de buena cerveza belga así como de platos baratos para una comida o cena rápida, como las albóndigas "boulettes" con salsa de tomate (no tan buenas como las albóndigas de Lieja), las endivias envueltas en jamón y cubiertas de salsa de queso "chicons au gratin" y el omnipresente acompañante: el "stoemp", un puré de patatas y verduras que se sirve con trocitos de jamón o de salchicha. 

Bruselas es una ciudad entretenida y variada, con miles de tiendas que curiosear o restaurantes y cafés que descubrir, además de una oferta cultural inagotable. Sin embargo, no es tan bella como París ni tan divertida como Barcelona. Aún así, la capital de la Unión Europea merece ser visitada. Además, sirve de base para realizar excursiones de un día a lugares tan interesantes como Brujas, Ostende, Amberes, Ypres, la mina de Blegny o el museo Hergé en Lovaina la Nueva. 

dijous, 9 de juliol de 2015

24 nuevos sitios Patrimonio de la Humanidad en 2015

Ayer el comité de patrimonio mundial de la UNESCO reunido en Bonn inscribió 24 bienes a la lista de Patrimonio de la Humanidad, además de poner tres en la lista de patrimonio en peligro y sacar uno de esa lista. 

De todos los inscritos no he visitado ninguno. Estuve a punto de visitar los jardines botánicos de Singapur pero acabé en Gardens by the Bay, con una arquitectura impresionante. Otro de los que estuve a punto de ir y me arrepiento mucho de no haberlo hecho son las cavas de la región francesa de Champaña. Y también he estado muchas veces al lado de los viñedos de la Borgoña sin nunca ir. En cualquier caso, espero poder visitarlos todos en un futuro. Sitios históricos como Susa, Éfeso o la zona del río Jordan en la que Juan Bautista bautizó a Jesús de Nazaret también han sido añadidos. Poco a poco la UNESCO reconoce más y más lugares que merecen esta categoría, haciendo que los diferentes gobiernos tengan que implicarse más en su protección si no quieren que caigan de la misma o si quieren obtener financiación del Fondo para la conservación del Patrimonio de la Humanidad. 

El año que viene el comité se reunirá en Estambul, estaremos atentos a los vaivenes de la lista. De momento, espero visitar muchos más sitios en estos doce meses.

dimarts, 30 de juny de 2015

Brujas

Brujas es sin duda una de las ciudades más bellas de Bélgica, y una de las más visitadas de Europa en relación a su tamaño: aproximadamente 4 millones de visitantes por año frente a sus 60,000 habitantes. Conocida como "la Venecia del Norte", muchos esperan encontrar una ciudad con canales en vez de calles. Craso error. Por supuesto que hay bellos canales, pero ni mucho menos en todas las calles. De hecho, se le llama así (desde hace siglos) debido a que Brujas era la ciudad contraparte de Venecia en el norte para redistribuir mercancías llegadas de la ruta de la Seda por el norte de Europa y enviar las mercancías de la Liga Hanseática a Venecia y desde allí, redistribuirlas por el sur de Europa y hacia Oriente. Numerosos comerciantes venecianos e italianos en general tenían lujosas residencias en Brujas, donde pasaban largas temporadas.

Un buen punto para empezar una visita a Brujas es bajo la estatua de Van Eyck, diplomático y pintor de referencia del primitivismo flamenco. En este lugar se situaba el antiguo puerto principal, donde llegaban mercancías de todo el norte de Europa para descargarse. Los barcos cargaban entonces mercancías hechas en Flandes, en el sur de Europa o incluso lugares más lejanos. Este gran canal que servía de puerto tiene al lado la casa donde se pagaban los impuestos, bellamente decorada, así como la casa de las justas, con un torreón, donde los más ricos ciudadanos organizaban duelos. Allí se encuentra aún la estatua del oso blanco, símbolo de Brujas, ya que se dice que antes de la fundación de la ciudad vivía un oso blanco en los alrededores de la ciénaga. Una plazoleta al lado, llamada Biskjaier, recuerda donde se localizaba la residencia de los vizcaínos, diferente a la del resto de españoles, que encontraban en la calle de los españoles, Spanjaardstraat.

Unos pasos siguiendo la calle Academistraat, alejándonos del antiguo puerto, encontraremos el lugar donde se fundó la primera Bolsa del mundo, en la taberna de la familia De Beurze. Al lado está el magnífico edificio donde se reunían y alojaban los genoveses, de estilo gótico tardío.

Siguiendo por la calle Vlamingstraat veremos muchas tiendas e incluso una de las casas más antiguas de la ciudad, con la fachada de madera. Si queréis hacer una parada, os recomiendo el salón de té "Prestige" donde podréis degustar bollería recién hecha, pasteles y quiches caseras con un personal muy amable. El lugar perfecto para hacer un brunch, aunque algo cursi, eso sí.

Siguiendo por esta calle llegaremos al corazón de la ciudad: el Markt, la plaza mayor, donde se encuentra el icónico Belfort, el enorme campanario civil con el que los ricos comerciantes mostraban su poderío ante los campanarios de las iglesias. Es un poco caro subir y casi siempre hay largas colas, pero vale la pena ascender sus 365 escalones para admirar la ciudad desde las alturas. Además,  a mitad de trayecto podremos ver el carrillón, sus engranajes y sus 47 campanas. Bajando de nuevo a la plaza veremos las coloridas casas de cada uno de los antiguos gremios de la ciudad. Si llegáis a mediodía escucharéis el himno de la Unión Europea tocado por el carrillón, aunque durante el día suenan diferentes canciones internacionales, al gusto del campanero.

Continuad por la peatonal Breidelstraat hasta llegar a Burg, la plaza del ayuntamiento, donde el imponente edificio municipal domina las vistas, gracias a las decenas de estatuas de los condes y condesas de Flandes. Especialmente remarcable es el salón gótico, situado en su primer piso, con su techo ricamente policromado. Saliendo a la plaza de nuevo, dad un vistazo  a la bellamente decorada capilla de la Santa Sangre, donde se encuentra una de las reliquias más curiosas de la Cristiandad: una botella que contiene sangre de Jesucristo. Finalmente, dirigíos al hotel Crowne Plaza de la esquina, donde podréis visitar los sótanos: allí están las bases de la antigua catedral, destruída tras la revolución francesa así como vitrinas con restos de objetos encontrados durante la construcción del hotel. Si luego bajáis por la pequeña callejuela Blide-Ezelstraat que atraviesa un puente del edificio municipal llegaréis hasta el mercado del pescado de mar (cubierto y organizado) y el de pescados de río, que en realidad es una plazoleta donde también se vendían las pieles curtidas. De allí, seguid por Dijver, pasando el histórico edificio del Colegio de Europa hasta llegar hasta el jardín Arenshoft que cuenta con un pequeño puentecito donde muchísimos jóvenes de la zona se dan su primer beso. Tmbién se encuentra allí la estátua de Joan Vives, el humanista valenciano que estudió y trabajó en Brujas parte de su vida. Si continuáis paseando, llegaréis hasta la iglesia de Nuestra Señora (Onze-Lieve-Vrouw) donde se encuentra la célebre Madonna de Miguel Ángel. Finalmente si seguís por le sur llegaréis hasta el bello Beguinage, rodeado de canales y pequeños prados (floridos en primavera) donde habitan patos y cisnes.

En todo este recorrido poned especial atención a las decenas de carruajes tirados por caballos que no cesan en sus recorridos por la ciudad, así como a los ciclistas, muchos de los cuáles serán estudiantes del Colegio de Europa con prisas para llegar a alguna clase o a la cantina antes que la cierren.

El recorrido en barca por los canales, aunque corto (menos de 30 minutos), es muy recomendable para tener una perspectiva diferente de la ciudad, Se pueden tomar por ejemplo desde el puente con el santo en Huide-vettersplein. Por cierto, esta zona de confluencia de varios canales es perfecta para una fotografía, gracias a las maravillosas vistas del Belfort junto con el gigantesco sauce llorón y las decenas de casas tradicionales que se amontonan alrededor de esta zona de agua. Finalmente, algo alejado de este circuito turístico, en el barrio de Santa Ana, se levanta una de las iglesias más raras de Brujas, construída en el siglo XV por la rica familia Adornes: la Jeruzalemkerk. Por fuera destaca su campanario acabado en madera con una esfera verde y medias lunas y estrellas doradas en las puntas. El interior es bastante macabro, recordando el Santo Sepulcro situado en Jerusalén, por lo que hay numerosas calaveras en piedra y una efigie del cadáver de Cristo en la capilla inferior. En mitad de todo está la tumba del patriarca de la familia, Anselm Adornes, en mármol negro, donde se dice que solo se encuentra su corazón, que fue lo único encontrado tras su asesinato en Escocia en 1483.

Si hablamos de museos, en Brujas hay muchos. Si sólo tuvierais tiempo o ganas de visitar uno, el  imprescindible es el Groeningemuseum, con once salas que acogen obras de los principales artistas locales de todas las épocas o que fueron compradas por notables locales, destacando las salas dedicadas al primitivismo flamenco donde admirar la "Virgen del canónigo van Der Paele", de Van Eyck (que me recordó muchísimo a "la Verge dels Consellers" de Lluís Dalmau), o el bien pintado desuello de"el rey Cambises y el juez" de Gerard David. También hay sendos lienzos surrealistas de Magritte y Delvaux. Mi cuadro favorito fue "el Juicio Final" de El Bosco, donde el autor despuntaba inicios de surrealismo ya en el siglo XV, y que me recordó a su otro magnífico cuadro "el Jardín de las Delicias".

Finalmente, os recomiendo alquilar bicicletas un día para recorrer los llanísimos campos que separan Brujas del mar, pedaleando a la orilla de los enormes canales bordeados de esbeltos árboles y visitando pueblecitos con encanto como Damme. Llegaréis hasta el mar a la pija Knokke, las bellas dunas de De Haan o el icónico Pier de hierro fundido de Blankenberge, donde celebré una de mis últimas fiestas como estudiante del Colegio de Europa.

Respecto a donde comer y beber, reservo los consejos para la próxima entrada, aunque como adelanto, no podéis dejar de probar dos cervezas locales; "Garre" y "Brugse Zot". Aviso que esta entrada es sólo un simple esbozo. Tras diez meses de vida en esta pequeña ciudad, podría pasarme horas escribiendo sobre Brujas. De todas formas, todo el centro histórico está catalogado como patrimonio de la humanidad UNESCO, así que simplemente callejear y perderse por sus bellas calles y canales bastará para disfrutar de un bello día.

dimarts, 23 de juny de 2015

Blegny Mine

Revisando la lista del patrimonio de la humanidad UNESCO en Bélgica, me dio cuenta que uno de los puntos más destacados son los cuatro sitios mineros mayores de Valonia, una región que vivió un gran desarrollo hace varias décadas gracias a la industria del carbón. La importancia socioeconómica que tuvo esta industria para Bélgica es incuestionable. Casi toda la fuente de energía que hizo posible la revolución industrial fue el carbón. De ahí mi interés por conocer la historia de la obtención de esta materia prima. Así que tomando el tren en Brujas llegamos hasta Lieja, la ciudad más grande de Vallonia. 

Lo primero que nos recibió fue la magnífica estación de Liège-Guillemins, diseñada por el arquitecto valenciano Santiago Calatrava. Todo en ella me transportó a la Ciutat de les Arts i les Ciències de Valencia, tanto sus acristaladas estructuras de hormigón blanco como sus interiores futuristas. Preciosa. Tras varias fotos hicimos el intercambio de tren hasta llegar a Liège-Palais y allí tomamos el bus número 67 de la compañía pública TEC, en la estación situada en la cercana rue Léopold. Tras casi cincuenta minutos bajamos en una parada en mitad del campo cerca de Trembleur (indicad al conductor que os avise de cuando haya que bajar para visitar Blegny Mine).

Una vez allí, tras caminar un poco (la mina es perfectamente visible gracias a su alta torre) nos dirigmos a las taquillas para comprobar los diferentes horarios de las visitas (en francés o en holandés) aunque también hay audífonos en inglés y alemán. Sin embargo, es mucho mejor escuchar a los antiguos mineros, que son los que guían a través de la mina, ya que cuentan sus historias y experiencias personales.  Tras comprar dos billetes para la visita de la una de la tarde, nos fuimos a la cantina anexa a comer. Recomiendo encarecidamente que pidáis las boulets ligeoises, un plato típico de Lieja que son como albondigones caseros deliciosos. Además viene acompañado de patatas fritas caseras al estilo belga y ensalada, con lo que es suficiente. 

Tras la comida, nos dirigimos a la entrada donde nos recibió un amable minero jubilado llamado Antonio, nacido en Portugal, que hablaba francés con un clarísimo acento luso. Lo primero que hicimos fue ver un breve documental acerca de la importancia del carbón para la revolución industrial así como los procesos geológicos que llevan a su formación. Tras ello, Antonio nos acompañó al cuarto donde se cambiaban los antiguos mineros para ponernos un blusón y un casco, evitando así golpes o manchas en la mina. Ya pertrechados nos dirigimos al ascensor de dos pisos que nos introdujo a más de 100 metros bajo tierra a gran velocidad. Uno de los pasillos de la mina Blegny se abría ante nosotros, de forma semiovalada con las paredes sujetas con arcos metálicos y vigas de madera. Una estecha vía recorría el centro del pasillo, ahora seco pero que cuando la mina estaba en operación solía estar lleno de agua. De vez en cuando nos ibamos topando con vagones llenos de carbón o máquinas a motor diésel, ya en desuso.

Durante la visita, Antonio fue explicando el proceso de obtención del carbón. De vez en cuando activaba algunas máquinas o instrumental (como el extractor de humo o los taladros) para mostrar lo terrible de la situación de trabajo en la mina. De hecho, la sordera es una de las principales enfermedades que afecta a los mineros. Tras visitar el primer túnel, bajamos por una larguísima escalera hasta uno aún más profundo donde nos explicaron como los niños trabajaron en las minas hasta que el trabajo infantil se prohibió. Antonio nos contó su caso personal cuando comenzó a trabajar a los 14 años como minero en Portugal.

La visita acababa en la parte más alta de la mina, elevada, donde se seleccionaban los trozos de carbón, en una sala presidida por una Santa Bárbara, patrona de mineros, bomberos, marineros y demás oficios peligrosos. La visita acaba con un corto espectáculo audiovisual muy moderno que no hace demasiada gracia a los mineros. En palabras de Antonio: "no necesitamos el reconocimiento de nadie, nosotros ya sabemos lo que hemos sufrido".

Me fui de Lieja sin poder visitarla de forma apropiada ni comerme uno de sus típicos gofres, pues nos fue imposible encontrar uno. Sin embargo, espero volver pronto a Valonia y a esta ciudad puesto que son aún muchas las cosas que me quedan por descubrir allí. 

divendres, 5 de juny de 2015

Gozo

Toda visita al archipiélago maltés que se precie no puede ignorar pasar, al menos un día, en Gozo, la segunda isla del país. Una de las formas más rápidas de llegar es alquilando un coche para llegar a la terminal de ferries de Cirkewwa. De ahí, uno puede subir el coche al barco. Tras un corto trayecto se llega al puerto de Gozo.

Empezamos por Victoria, la capital de la isla, desde cuya ciudadela se puede atisbar la casi totalidad del territorio. La historia de Gozo está plagada de invasiones de todo tipo: corsarios, sarracenos... en numerosas épocas los locales fueron sometidos a la esclavitud. Es por ello que en 1565, tras un gran asedio, los caballeros de la Orden decidieron poner punto y final a la situación fortificando la Ciudadela para dar protección a la población. De hecho, hasta 1637 fue obligatorio por ley para todos los ciudadanos pasar la noche puertas adentro por su seguridad.

Con el Mediterráneo pacificado, la población empezó de nuevo a asentarse en los alrededores de la ciudadela y así nació Rabat, que en maltés, al igual que en árabe, significa "lugar fortificado". Lo cierto es que la imponente ciudadela, que domina parte del paisaje de la isla es digna de visitarse, especialmente su plaza de la catedral, toda de color de la arenisca de las rocas que forman el suelo y las construcciones circundantes, así como las empinadas escalinatas del templo religioso.

Nosotros, paseamos por sus murallas admirando los campos, montañas y el mar. Destacan las vistas de la imponente iglesia de Xewkija, y su enorme cúpula. Algo despistados, acabamos en nuestro recorrido por las murallas acabamos entrando por error en una zona en construcción con varios obreros mirandonos con cara de incredulidad. Por cierto, las callejuelas de la ciudad baja también tienen gran encanto.

Para almorzar nos dirigimos al pequeño pueblecito de Xlendi, situado en una cala rocosa, donde hay un restaurante muy popular: The Boat House. Además de las relajantes vistas, destaca su amplia carta con numerosos platos tradicionales malteses centrados en los productos del mar, empezando  por las pastas. Pedimos los raviolis rellenos de langosta, bastante sabrosos. Pero antes nos sirvieron unos pequeños entrantes de cortesía, con la típica mantequilla de ajo incluída. Como primer plato pedimos el tradicional queso de Gozo frito servido con una buena ensalada aliñada con chutney de mango. Me llamó mucho la atención la amabilidad del servicio así como la calidad y frescura de sus productos.


Una vez satisfechos, continuamos rumbo hacia uno de los puntos más turísticos de Gozo: la famosa ventana azul o "azure window", una bella formación natural rocosa en forma de arco situada en la bahía de Dwejra. Las combinación del luminoso sol Mediterráneo con el color de la roca y el azul intenso del mar es impagable. Aunque oficialmente está prohibido subirse debido al riesgo de caídas (y así se indica en numerosos carteles), nosotros hicimos caso omiso y nos adentramos un poquito en la cima del arco para disfrutar de las bellas vistas y hacernos algunas fotos. 

La visita acabó en las salinas de Qbajjar, mucho menos frecuentadas por el turismo que la ventana azul. De hecho, nosotros estuvimos totalmente solos, disfrutando de esta construcción de la época romana. Al subir la marea, una serie de canales colocan el agua en diferentes balsas de muy poca profundidad (menos de 20 centímetros) en las que el agua pasa el día y se va evaporando debido al calor del sol, quedando en el fondo los cristales de salmuera de los que se obtiene la sal. A esa hora de la tarde era impresionante admirar el fortísimo oleaje que sacudía con fuerza la rocosa costa y disfrutar del contraste tan bello entre estas salinas y el Mediterráneo. Debido a la erosión de siglos, el fondo de estas balsas artificiales es enormemente suave al tacto. Fue una experiencia muy relajante.


Gozo es más rural y natural que la isla de Malta. Un viaje al país quedará cojo si no conocéis esta isla, que incluso tiene un Ministerio entero dedicado a su gestión. Un último consejo, no os metáis en caminos no asfaltados aunque los GPS os lo digan.  Nosotros nos perdimos en varias ocasiones y en una casi derrapamos y acabamos en un barranco debido a la estrema estrechez de dichas vías. Lo mejor es no salirse de las carreteras asfaltadas. Así que desconectad el GPS y seguid las señales o preguntad a los locales. Os irá mejor.