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dilluns, 25 de desembre del 2023

Tela y Roatán

La Honduras más turística

Pese a que dije, y me reafirmo, que si uno solo pudiera visitar un lugar de Honduras, debería ir a Copán, la mayoría de extranjeros que visitan la pequeña república centroamericana lo hacen exclusivamente a sus islas de la Bahía, y especialmente a la más grande de todas: Roatán. Aquí llegan decenas de cruceros que la incluyen en sus rutas caribeñas, igual que a este paraíso llegó Colón en su cuarto y último viaje a América. De hecho, la leyenda cuenta que el nombre "Honduras" se quedó de la expresión del explorador cuando, tras sufrir un ciclón de la zona y salir finalmente indemne dijo "Bendito Dios, que salimos de estas Honduras",

En cualquier caso, las islas de la Bahía, pese a no ser caras con estándares globales, si lo son para el hondureño medio, que mayoritariamente visita la costa continental usando la ciudad de Tela como base de operaciones. Sea que vais a descubrir el Caribe continental hondureño, el insular o ambos, preparaos para un calor húmedo y sofocante, que hace muy complicado estar fuera de la playa o piscina durante las horas de sol. Os cuento cuál fue mi experiencia:

Tela

Una primera parada para descubrir el Caribe hondureño es Tela, antigua capital de la época bananera del país. De hecho, las bananas llegaron a representar casi el 70% de las exportaciones del país a principios de siglo XX. Aquí aún se pueden ver las antiguas instalaciones de la United Fruit Company, con las casas de los empleados y mansiones de los directivos, las instalaciones ferroviarias con las que trasladaban las mercancías en trenes de los campos a los barcos; o las grandes plantaciones frutales, muchas ahora reconvertidas en palmas para conseguir aceite y que hacen subir el precio del maíz, alimento básicos de las clases populares hondureñas.

Pero Tela ya ha dejado ese pasado atrás y poco a poco se ha convertido en un destino turístico con dos zonas muy diferentes: su playa urbana, sucia y llena de gente ruidosa, bastante insegura en general, aunque con unos atardeceres espectaculares; y los resorts de lujo de sus alrededores, como el Hotel Indura, con sus piscinas infinitas y sus playas solitarias.

Una de las primeras cosas que sorprenden del Caribe hondureño es su gastronomía. Un lugar donde disfrutarla es el mítico Hotel y Restaurante César Mariscos, en el que no hay que perderse su pan de coco casero, la famosa sopa de caracol (hecha de caracola, leche de coco, plátanos macho y otros ingredientes deliciosos de la zona), las gambas empanadas en coco y el resto de platos de marisco. El lugar es muy popular entre los hondureños, que llenan sus mesas en la playa, perfectas para comer y beber durante la puesta de sol.

Alrededor de Tela, además, hay varias comunidades garífunas, descendientes de los africanos esclavizados que huyeron de San Vicente y las Granadinas, para evitar que los ingleses los siguieran esclavizando en 1797, y se instalaron en Roatán y la costa caribeña de varios países centroamericanos, pero mayormente en la actual Honduras. Cada 12 de abril celebran este hito histórico.

Estas comunidades cuentan con casas, rústicas pero coloridas y preciosas. Sus habitantes os darán la bienvenida a sus restaurantes de comida local, sobre todo basada en pescados a la brasa. No os perdáis su snack casero más famoso: el casabe, que también sirve de acompañamiento a cualquier comida. Se trata de una especie de pan seco crujiente de yuca prensada y horneada con margarina y ajo. El poblado más grande es Tornabé, donde también ofrecen tours en botes por los manglares donde pescan gambas. Yo además, tuve la suerte de ver una exhibición del baile tradicional: la punta, cantando en su lengua, el garífuna.

Roatán

En cualquier caso, son las islas de la Bahía el punto caliente del turismo en Honduras: con unos de los mejores lugares de buceo del mundo, visitantes de todo el mundo pasan temporadas en este paraíso y sus tres principales islas: Utila, Guanaja y la más grande, Roatán, que es la que visité por tener aeropuerto y contar con poco tiempo. La ruta más corta desde Honduras es el vuelo San Pedro Sula-Roatán.

Nada más aterrizar me di cuenta que Roatán no tenía nada que ver con el resto del país, ni siquiera con la cercana Tela. Aquí hay muchísimos extranjeros, la sensación de seguridad es mucho mayor, las carreteras están mucho mejor que en otros lugares y también hay servicios más sofisticados que en el resto del país. Yo me concentré en el sur de la isla, su parte más desarrollada. Si pensáis visitar las islas, la mejor época es entre abril y junio, el resto del año hará muchísimo calor o lloverá durante gran parte del día.

West End

Hay muchos lugares donde quedarse en la isla, pero si es la primera vez y tenéis poco tiempo, siempre se recomienda ir a West End, zona que se alarga entre dos bahías de aguas turquesas rodeadas de palmeras cocoteras. Relajada pero con algunos lugares de fiesta, y una gran variedad de restaurantes, este fue el lugar en el que me quedé. West End es un entorno calmado, donde la gente disfruta del sol y el mar sin prisa.

Con la barrera de coral más grande del mundo tras la australiana, estas islas están llenos de amantes del buceo o del snorkel. En West End se encuentra la zona más accesible a pie del Roatán Marine Park, en cuyo local se pueden alquilar gafas y aletas de snorkel para los que no queráis bucear. También cuentan con una ruta en la propia bahía de la población, Half Moon Bay, atiborrada de maravillosos corales, caracolas, estrellas de mar y peces de todos los colores y tamaños, además de tortugas. Una de las cosas más bonitas que no había visto aún en otros lugares del mundo son los llamados "abanicos morados" un tipo de coral precioso que se balancea al ritmo de la marea a poca profundidad en grandes conjuntos que crean una visión maravillosa. Eso sí, admiradlos a lo lejos, ya que son muy delicados y cualquier toque con las aletas puede matarlos al romperles su delicado tallo.

Lo que paguéis de alquiler o en su tienda va a una fundación que se dedica a proteger la fauna y flora de Roatán incluso con cuatro barcos patrulleros, que ya han conseguido meter en la cárcel a muchos pescadores ilegales así como a turistas sin escrúpulos que intentan arrancar corales, caracoles o estrellas de mar para llevarse de recuerdo.

Para dormir recomiendo la posada Las Orquídeas: precio justo, habitaciones simples pero cómodas y con aire acondicionado y sobre todo, una cafetería en un muelle maravillosa con un desayuno estupendo incluido. De hecho, aunque no os quedéis en este lugar, recomiendo que al menos desayunéis un día en su elegante café "Café de Palo". Al estar en una pequeña península, el entorno es más tranquilo que en el centro de la población de West End.

Para comer hay decenas de buenas opciones, pero si una noche queréis algo más informal pero delicioso, probad los míticos Tacos Raúl, un puestito al aire libre frente al mar en la rotonda de West End que prepara uno de los mejores tacos al pastor de la vida en el momento.

West Bay

West Bay es la otra zona popular, sobre todo por sus grandes hoteles y porque aquí llegan los visitantes en tour de los cruceros. No recomiendo quedarse aquí porque el alojamiento en es caro para la calidad que ofrece, y además, muchos de los grandes hoteles permiten acceder a sus instalaciones pagando consumiciones, por lo que no merece la pena derrochar dinero en habitaciones que tampoco son tan buenas.

West Bay es la típica playa paradisíaca del Caribe que todos imaginamos. De hecho, es considerada la mejor de Roatán. Eso sí, abarrotadísima de gente, especialmente en días de crucero, cuando es imposible hacerse con una hamaca. Desde West End es fácil llegar en los "water taxi" que salen según se llenan del muelle que hay pasando Half Moon Bay. Una buena idea de excursión es salir por la mañana y, para evitar multitudes, meteos en cualquiera de los resorts con piscina, que podréis usar (y además os prestarán una toalla) siempre que comáis allí, y la comida está bien así que merece la pena. Yo opté por el Paradise Beach Hotel, que no está mal, aunque me consta que en breve abrirán algunos más modernos aún. Al atardecer, coger water taxi de vuelta a West End.

El Caribe hondureño es mucho más auténtico y aventurero que muchas otras zonas, y si optáis por Roatán, uno de los más seguros. Tampoco es excesivamente caro si escogéis bien. Me cuenta que Utila, por ejemplo, es más tranquila y auténtica que Roatán, así que tendré que volver en otra ocasión.

Comer

Sopa de caracol en César Maricos

Canción

Sopa de caracol de Banda Blanca.

divendres, 15 de desembre del 2023

Chicago

 

La segunda ciudad 

Chicago es la tercera gran ciudad de Estados Unidos de América, aunque se le llama la segunda ciudad por su dinamismo, es la cuna de los rascacielos. También es cuna de personalidades ilustres del país, como Ernest Hemingway, Frank Lloyd Wright o Barack Obama. Con menos turistas que Nueva York y más nivel educativo que en Los Ángeles, Chicago es perfecta para vivir la quintaesencia de lo que es una gran ciudad estadounidense.

Se la conoce como "la ciudad del viento", su otro gran apodo, por el terrible y gélido viento que azota la ciudad durante los seis meses de su crudo invierno. También se le llama "the city on the make", ya que los rascacielos no paran de brotar, aún hoy en día. El más alto del país está aquí: la torre Willis. Chicago tiene una magia que hechiza, con su gran oferta cultural, su población cosmopolita, sus playas lacustres o sus nuevos y agradables parques. Además, si os gusta el beisbol, podéis ver un partido de los Cubs en el mítico Wrigley Field, el segundo estadio más antiguo de los equipos de la liga nacional, abierto en 1914.

Las cebollas silvestres

El nombre de Chicago viene de la lengua potawatomi, Checagou, que significa "cebollas silvestres". Así bautizó estas tierras la tribu que las habitó originalmente. En 1780, el haitiano Jean Baptiste Point du Sable fundó la ciudad. Tras numerosas batallas entre el nuevo ejército estadounidense y los potawatomi, los EE.UU. acabaron anexionando estas tierras en 1837: pronto Chicago se convirtió en una de las ciudades de mayor crecimiento del país, gracias a la fuente ilimitada de agua dulce del lago Michigan. De hecho, para mantener este lago limpio, Chicago fue la primera ciudad del país en construir un sistema de alcantarillado.

En 1871, un gran incendio arrasó la ciudad dejando a casi 100,000 personas sin hogar. Con un gran trauma, los habitantes reconstruyeron su ciudad con acero, huyendo de la madera, y de ahí surgió el primer rascacielos del mundo en 1885. Poco después, también nació aquí el primer movimiento obrero del planeta, cuando el 1 de mayo de 1886 cientos de miles de trabajadores iniciaron varias jornadas de huelgas generales que se saldaron con cientos de muertos por la represión policial pero que finalmente acabaron con la consecución de la ansiada jornada laboral de 8 horas.

A principio de siglo XX, la bonanza de la ciudad fue atrapada por su Mafia, dirigida por Al Capone    que corrompió su ayuntamiento durante décadas, con decenas de encarcelados. Posteriormente, ha sido la familia Daley la que ha gobernado la ciudad desde 1955, con dos alcaldes de dicha familia (padre e hijo) al mando por más de 40 años.

Uno de los grandes iconos de la ciudad es la Willis Tower (antigua Sears Tower), edificio más alto de los EE.UU. hasta 2013. Y es que Chicago es un paraíso para los amantes de los rascacielos: los hay de todo tipo, muchos preciosos. Lo mejor es empezar la visita a la ciudad con el famoso tour en barco de los rascacielos, que salen a cada media hora desde el embarcadero bajo del puente Du Sable. A mi me impresionó mucho ver el rascacielos que alberga la ópera de la ciudad por detrás o otro que tiene en su fachada un mapa gigante del río y al propio rascacielos marcado en rojo en el mapa. Las Marina Towers, de estilo brutalista, son espectaculares; y el nuevo St. Regis, con su cristal ondulante, hipnótico. Hasta la Trump Tower es impresionante.

Tras el tour, caminé por el Loop, el barrio financiero dentro del cuadrado de vías del metro elevado. Pasé por la enorme mole del Chicago Board of Trade, donde se inventaron los futuros, un instrumento financiero que sigue jugando un papel clave en la economía de la ciudad. Entrad al Rookery, para ver el precioso lobby de Lloyd Wright. Además, las plazas del distrito financiero cuentan con esculturas gigantes de artistas de primer nivel, como la enorme estatua de Pablo Picasso, el "Flamingo" de Alexander Calder o el "Monument with Standing Beast" de Dubuffet, conocido como "Snoopy en la licuadora".

Dad una vuelta también por el cercano Millenium Park, un parque enorme situado entre el Loop y el lago Michigan, que cuenta también con un maravilloso auditorio de Frank Gehry, una fuente de Jaume Plensa (con rostros proyectados en grandes pantallas de cuyos labios salen chorros de agua) y la famosa escultura de Anish Kapoor, con forma de gota de plata, ahora gran símbolo de la ciudad, llamada Cloud Gate pero conocida por el pueblo como "la habichuela". Es perfecta para sacarse fotos en su reluciente cubierta. Además hay actividades de todo tipo en el parque: cuando lo visité había un concierto gratuito de la orquesta nacional de Ucrania en el auditorio, por ejemplo.

Una colección de arte universal única

Otra visita imprescindible al lado del parque es el Art Institute of Chicago, el segundo museo más grande de Estados Unidos, con una colección de más de 300,000 obras de arte que abarcan 5,000 años de historia del arte mundial. Abierto en 1893, engloba casi todas las disciplinas y culturas del planeta y es impresionante. Como seguramente no tendréis tiempo de verlo todo, los imprescindibles, en mi opinión, son:

"La habitación" de Van Gogh; las "Meules de Blé" de Monet; "La tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte" de Georges Seurat; y algo más local, el "American "Gothic de Grant Wood o la icónica "Nighthawks" de Edward Hopper, donde se plasma en un cuadro a la perfección el sentimiento de soledad de muchos habitantes de cualquier gran ciudad norteamericana. Más allá de cuadros, de lo poco que me dio tiempo a ver, al pasar por la zona de esculturas de arte griego me sorprendió una representando a un niño jugando con una máscara de teatro dramático griego que le viene enorme, de la que saca una manita por la boca de la máscara.

Después de tanta obra de arte os dará sed, así qeu subid al cercano Cindy´s Rooftop para disfrutar de sus geniales cócteles y de las vistas del Millenium Park.

Comer en Chicago

Chicago no es el mejor sitio para irse de compras, ya que tienen el impuesto sobre el consumo más alto del país. Pero si que cuenta con comida para todos los bolsillos y de todos los rincones del planeta. Aunque si queréis probar la "gastronomía" de Chicago (si es que existe tal cosa), tenéis que optar por su "Santísima Trinidad": en primer lugar, el Chicago-style pizza, con una masa de casi 8cm que alberga los ingredientes dentro, casi siempre una masa de tomate, carne, cebolla y queso. La hornean en una gran sartén de hierro, por lo que la base y los bordes se fríen, pasando a ser crujientes con el aceite que unta la sartén. Yo la probé en Pequod´s Pizza, y es deliciosa, pero llena mucho. En Oven Grinder & Co la preparan de forma algo diferente, y la llaman pizza pot pie, cocinada en boles de cerámica con una salsa de tomate casera con quesos que incluye unos trozos de cerdo.

La segunda especialidad local son sus perritos calientes de ternera, inventados por la industria cárnica local y exportados luego a todo el mundo. Personalmente lo probé en el archiconocido Jim´s, local en el que un polaco empezó a venderlos con su capa de mostaza amarilla, cubierta con una montaña de cebollas a la parrilla, salsa de pepinillos y un pimiento picante. Eso sí, dentro de los límites de la ciudad de Chicago está PROHIBIDO ponerle kétchup a los perritos calientes.

Y ya la tercera especialidad (y la menos visualmente atractiva) es el bocadillo italiano de ternera con mozzarella fundido. Lo probé el Al´s. Bueno y jugoso, pero nada memorable.

Para dulces, Shawn Michelle´s es la heladería maravillosa, aunque algo alejada, donde disfrutar de los mejores helados de la ciudad. Situada en mitad del barrio negro, entre tiendas de chándales y pelucas, ofrece sabores tradicionales estadounidenses como el helado de tarta de frijoles con crema, el de "lemon pound cake" o su archiconocido helado de vainilla. Los dueños y la clientela son extremadamente amables.

Oak Park, la cuna de Lloyd Wright y Hemingway

A una hora en metro de la ciudad, en este antaño aburrido pueblo nacieron el arquitecto que inventó el primer estilo 100% estadounidense y su escritor más famoso. Por la casa de nacimiento del segundo solo pasé por fuera, pero si recorrí varias de las obras del primero. Siempre me ha gustado mucho el estilo único de Wright, y ver como cambió su pueblo natal fue una maravilla.

Los edificios Wright son una muestra de la “arquitectura orgánica” que él concibió y que se caracteriza por el plan abierto de las construcciones, la difuminación de los límites entre el interior y el exterior de éstas, y la utilización extremadamente original de materiales como el acero y el hormigón. Las soluciones arquitectónicas innovadoras de la “arquitectura orgánica” satisficieron plenamente en su día las necesidades funcionales de los edificios interesados, ya se tratara de viviendas, de lugares de trabajo o culto religioso, o de espacios para actividades lúdicas y culturales. Las realizaciones de este arquitecto influyeron enormemente en la evolución de la arquitectura moderna en Europa.

Empecé la visita en el Unity Temple, que muchos arquitectos consideran el primer edificio contemporáneo de la historia. Diseñado en 1905, representa un momento culmen en la carrera de Lloyd Wright. El arquitecto consigue una armonía excepcional y ejemplifica a la perfección su teoría del diseño orgánico. De hecho, la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad. El templo sigue operando bajo la iglesia universalista unitaria. Me fascinó la pureza de líneas del santuario y la sobriedad de sus elementos exteriores. Existe un pequeño recorrido con audio guía que explica fenomenal las partes y elementos del edificio por fuera y por dentro.

También me acerqué a su estudio, al final de la Forest Avenue, jalonada de mansiones diseñadas también por él, como la casa de Nathan G. Moore y muchas otras de estilo "Prairie", el primer estilo estadounidense que no comparte ningún elemento de los estilos europeos. El nombre de este estilo que sublimó Wright viene de las praderas del Medio Oeste, el estilo predominante horizontal de estos edificios recuerda a dichas praderas.

Además de arte, arquitectura y fast-food diferente, Chicago cuenta con gentes maravillosas, por lo que salir de fiesta en la ciudad es divertidísimo. Me dejé muchas cosas por ver, pero eso es una tónica en mis visitas. Siempre hay que dejar alguna excusa para volver a sitios tan chulos.


IMPRESCINDIBLES

Comer

Deep fried pizza (Chicago style pizza) en Pequod´s Pizza. 

Beber

Cualquier cóctel de Cindy´s Rooftop.

Canción

Stronger de Kanye West y Daft Punk.

Película

The Dark Knight (El Caballero Oscuro) de Christopher Nolan.

dilluns, 6 de novembre del 2023

Chipre

El suroeste de Chipe

Chipre es la tercera isla más grande del Mediterráneo, pero también un país partido en dos: por un lado, el sur es una república greco parlante miembro de la Unión Europea. Por otro, el norte, ocupado por el ejército turco, es una autoproclamada república que solo reconoce Turquía, y turco parlante. Por mi lado, mi primera visita al país se centró en el suroeste, con la base en la ciudad de Páfos, uno de los tres aeropuertos internacionales de la isla.

Tenía expectativas bajas, pero lo cierto es que esta zona de Chipre tiene muchísimo que ofrecer: sol y playa por supuesto, pero también montañas y frondosos bosques, perfectos para senderismo, con pueblos con encanto y ciudades con fiesta como Limasol, además un patrimonio cultural de primer nivel (aquí se encuentran todos los sitios reconocidos como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO). Y por supuesto, una gastronomía deliciosa e interesante.

Empezamos siempre con el típico desayuno chipriota: olivas, halloumi fresco con miel o sirope de algarroba, pan y tomates, con café para beber. Y de ahí, nos esperaba una oferta cultural, natural y de sol y playa inolvidable.

Choirokoitia

Lo primero es visitar el lugar donde están los orígenes de la población de la isla: se trata del asentamiento neolí­tico de Choirokoitia, ocupado desde el séptimo hasta el cuarto milenio antes de nuestra era. Es uno de los yacimientos neolíticos más importantes del Mediterráneo Oriental, con vestigios que han permitido conocer mejor la evolución de la sociedad, ofreciendo numerosas pistas sobre el estilo de vida de aquellos primeros humanos que construyeron asentamientos permanentes. El sitio, que sólo ha sido excavado en parte, constituye una reserva arqueológica excepcional. 

Además de poder ver los impresionantes restos originales, se han construido réplicas de estas casas cilíndricas para que los visitantes podamos entender mejor el nivel de sofisticación en al construcción y jerarquía social que alcanzaron nuestros antecesores, incluyendo uno de los pozos más antiguos de la humanidad.

Este nacimiento surgió alrededor de la minería del cobre, que es el origen etimológico de la palabra Chipre. De hecho, la isla sigue contando con una de las mayores reservas mundiales de este metal. Aunque algunos historiadores dicen que el nombre vendría más bien del ciprés, especie que abunda en las montañas de la isla.

En cualquier caso, más allá de los pueblos neolíticos, fueron los griegos micénicos la gran civilización que imprimió gran parte de la cultura chipriota actual, así como de la lengua hablada por la mayoría de sus habitantes. Se establecieron en dos olas migratorias desde el año 2000 antes de Cristo y sus mitos aún siguen presentes, hasta el punto de situar en la isla en lugar de nacimiento de una de las diosas más importantes del panteón griego: Afrodita.

El mito dice que nació en la playa chipriota de Petra Tou Romiou, de la espuma de las olas de mar creadas por la caída de los genitales de Urano, que su hijo Cronos había cortado y lanzado al mar. Los genitales son un par de rocas en mitad de esta bella playa, que sigue atrayendo a cientos de amantes de los atardeceres inolvidables. Muchos acuden para pedir bendiciones a Afrodita, diosa del deseo, sexo, fertilidad, prosperidad y victoria. De hecho, a Afrodita se le llamaba también Cypris (Señora de Chipre). El centro de su culto se situó durante siglos en Páfos, donde ya habían lugares de culto a las deidades de la fertilidad en la época prehelénica, reemplazadas precisamente por el de Afrodita.

Páfos

Los griegos que se asentaron en la isla pronto se dividieron en cinco reinos, lo que facilitó a muchos imperios conquistarles: por Chipre pasaron asirios, egipcios y persas, hasta que Alejandro Magno la recuperó para el ámbito helenístico el año 333 antes de Cristo. Tras su muerte, recayó bajo el reinado de la dinastía ptolemaica de Alejandría.

Esta herencia se puede ver en Páfos: destino turístico número uno de la isla, donde llegan la mayoría de turoperadores, con los  hoteles de todo incluido. Y aunque el centro urbano sea feo en general, contiene algunos de los sitios arqueológicos de mayor interés del país. No por casualidad, Páfos ostentó al capitalidad europea de la cultura en 2017.

El sitio de las tumbas de los Reyes es uno de los grandes atractivos: se trata de un conjunto de curiosas tumbas excavadas en roca, testimonio de la época en la que Páfos fue la capital de la gobernación de la isla cuando esta era parte del reino ptolemaico de Egipto. Situadas en un paraje casi desértico con el mar Mediterráneo de fondo, estas tumbas buscaban parecerse a las casas que habitaron los allí enterrados durante su vida. Algunos patios y columnas son realmente preciosos. Una pena que los tesoros que albergaban fueran saqueados hace siglos. Una de las tumbas más impresionantes fue la que albergó los restos del hermano de la reina Cleopatra VI.

Tras los ptolemaicos llegaron los romanos y su imperio, que se anexionaron la isla en el 58 antes de Cristo. En Páfos, en otro de sus parques arqueológicos, se pueden ver magníficos vestigios de villas, palacios, teatros, fortalezas y tumbas, destacando los mosaicos de Nea Paphos, considerados entre los más bellos del mundo. 

Estos mosaicos fueron descubiertos por un campesino en los años 60. Los mejores, en mi opinión, son los de la Casa de Dionisio, una antigua mansión romana, con mosaicos dedicados a los diferentes mitos griegos, como el de Escila, Narciso o Ganímedes. Otras casas también tienen mosaicos interesantes, como la Epifanía de Dionisio o aquellos que aún se conservan en la antigua residencia del cónsul romano en la isla, que tienen uno dedicado al mito del laberinto del Minotauro. También hay un odeón griego, restos de lo que fue un gran hospital romano e incluso una fortaleza francesa del siglo XII con más de 40 columnas. Esta rica ciudad entró en decadencia en el siglo VI, tras un devastador terremoto.

En el año 286, Chipre pasó a ser parte del conocido como Imperio Bizantino (o Imperio Romano de Oriente), con numerosos restos en Páfos de esa época: en el centro de Kato Pafos se encuentra la basílica Hrysopolitissa, una estructura casi en ruinas del siglo IV, destruida por los árabes en el siglo VII. Aún quedan varias columnas de mármol y una pequeña iglesia en el centro. Uno de estos pilares es famoso por haber estado aquí atado San Pablo durante los 39 latigazos que le dio el gobernador romano Sergius Paulus, convertido al cristianismo milagrosamente cuando iba a darle el latigazo número 40 a este doctor de la iglesia. También podréis ver la tumba del rey danés Eric Ejegod, que murió aquí en 1103 en su camino hacia Tierra Santa.

Como veis, Páfos está llena de ruinas y restos arqueológicos. Uno de los que nos encontramos por casualidad paseando por sus calles fueron las catacumbas Agia Solomoni con la capilla de los "siete durmientes", una cueva donde Agia Solomoni, una mujer judía convertida al cristianismo, se escondió junto con sus seis hijos para evitar la persecución de los romanos, que los encontraron y emparedaron para que murieran de sed. Agia fue santificada por la iglesia tras su muerte. Cientos de tiras de tela cuelgan del árbol que sale de las entrañas de la estructura, de fieles pidiendo salud a la Santa.

Entre tanta maravilla histórica nos dio hambre y sed, lo cual no es problema porque Páfos cuenta con una oferta gastronómica interesante. En Kato Pafos, lo mejor es ir a Argo, una taberna regentada por un matrimonio de refugiados greco-chipriotas llegados del norte de la isla tras la invasión turca de los años 70. Empezaron de cero y ahora son referencia por su comida casera, destacando su pan recién hecho, los mejillones al ajo o los raviolis rellenos de halloumi, por no hablar de las chuletas de cordero o el espectacular stifado (un guiso de conejo). De postre pedir mahalepi, un pudding de arroz con agua de rosas y pistacho o los bollitos de tahine si queréis algo menos dulce. Aunque siempre ofrecen, como casi todos los restaurantes, fruta fresca de cortesía, como sandía o los omnipresentes higos.

Si vais a la parte alta de la ciudad, no os perdáis la taberna Agora, el mejor restaurante del viaje sin duda. Por 25€ por persona os servirán un mezze en el que probar las mejores especialidades de la isla: desde la ensalada con un queso fresco local delicioso y sirope de algarroba hasta una tabla de carnes típicas (cordero, cerdo, lountza, salchicha regional, pollo...) así como setas, queso picante con sésamo, tzatziki, pimientos rellenos de queso derretido de Páfos, halloumi braseado, garbanzos en salsa, ensalada de remolacha, moussaka vegetariana... y eso con un personal amable y eficiente, con unas vistas preciosas. 

Para disfrutar del mar y la costa, Páfos cuenta con un agradable paseo marítimo, pero la mejor playa de la zona está un poco al norte de la ciudad, en Coral Bay, con un chiringuito chulo y una preciosa puesta de sol, con el Sea You Beach Bar y sus buenos cócteles, además de souvlaki (pinchitos de carne de vacuno molida) a la brasa espectacular acompañado de ensalada y pan de pita.

Los Tröodos

En esta montañosa y boscosa región alrededor del punto más alto de la isla (el monte Olimpo), se refugiaron la población ortodoxa y greco parlante tras las invasiones, primero de los católicos franceses y luego de los musulmanes otomanos. Los ortodoxos construyeron una arquitectura sencilla, incluyendo las iglesias y monasterios de esta región: pueden parecer insignificantes por fuera, para no llamar la atención de invasores, pero al entrar, sorprenden los frescos realizados por artesanos de primer nivel, que produjeron arte bizantino de lo más refinado. De hecho, diez de estas iglesias han sido reconocidas como patrimonio de la humanidad. Todas están ricamente ornamentadas con murales que ofrecen una perspectiva excepcional de la pintura bizantina y posbizantina en Chipre.

En el camino hacia los Tröodos desde Páfos, recomiendo que os paréis en Anogyra, un pueblecito de casas de piedra donde en algunas viviendas particulares aún se produce el pasteli de algarrobas, un dulce muy tradicional. Se suele encontrar durante el mes de septiembre, y que hay que consumirlo inmediatamente o congelarlo para que no se haga malo. Para estas excursiones siempre está bien tirar de las panaderías locales y comprar especialidades como la spanakopita, el hojaldrado pastel de espinacas con queso feta o los titopittes, pastelitos rellenos de queso anari. Y mi dulce favorito: el galatopoureko, un pastel muy dulce relleno de crema. 

Ya en los Tröodos, y tras muchas curvas en coche, optamos por centrar la visita en el valle de Marathasa, con un pequeño río central que lo atraviesa y varios pueblecitos con encanto, incluidas sus iglesias pintadas con techos a dos aguas (para evitar que se acumule nieve en invierno). En esta región se encuentran algunos de los monumentos inscritos por la UNESCO, la mayoría pequeñas iglesias rurales, aunque también monasterios como el de San Juan Lampadistis, por el que empezamos la visita. La iglesia del monasterio ofrece los frescos bizantinos más impresionantes del país, especialmente el que dibuja el árbol genealógico de Jesucristo, empezando por el propio Dios, y que vincula a reyes como David o Salomón.. Situado en Kalopanayiotis, un pueblo lleno de hoteles boutique, el monasterio de 400 años es un remanso de paz construido en piedra y madera. 

También pasamos por Pedoulas para ver la pequeña iglesia del Arcángel San Miguel, con sus preciosos frescos del siglo XV. Casi nunca hay nadie, así que la disfrutaréis en silencio con algo de suerte. Para comer, dirigíos a Elyssia, un hotel-restaurante donde sirven una excelente moussaka, así como trucha fresca de los ríos de la zona, preparada al ajillo.

La zona es perfecta para los amantes del trekking y las rutas, perfecta también para tomarse un respiro del calor de la costa en verano. Los Tröodos también escondieron a los patriotas que lucharon contra los británicos para alcanzar la independencia del país, por lo que es común ver en las plazas de los pueblos estatuas de "mártires nacionales", muchas veces con banderas griegas ondeando, pues estos lucharon por la reintegración de Chipre en la nación griega.

Limasol

Y tras tanta montaña y pueblecito, tocaba algo de playa y gran ciudad: la segunda más grande del país es Limasol. También la más cosmopolita. De hecho, muchos locales la llaman cariñosamente "la pequeña Tel Aviv": aquí hay fiesta, playas urbanas y buena gastronomía.

De playas fuimos a Lady´s Mile Beach, que pese a no ser tan bonita como otras del país, está muy cerca de Limasol y además cuenta con cómodos chiringuitos donde alquilar tumbonas y sombrillas y disfrutar de gastronomía de calidad, música, baños y duchas. Situada al norte de la base militar británica, es común que los helicópteros pasen a muy poca altura en sus desplazamientos. Además, el agua suele estar transparente aquí y se mantiene todo bastante virgen fuera de los chiringuitos, hasta el punto de protegerse con pequeñas estructuras los nidos de tortugas y las flores silvestres que crecen en las dunas. Nosotros optamos por descansar en el Oceania Beach Lounge, donde nos sirvieron un rissotto saganaki espectacular: venía con gambas preparadas en salsa de tomate natural, queso feta, hierbas locales y ouzo (el licor de anís tradicional). 

Tras el día de relax fuimos a cenar y dimos un paseo por los alrededores del antiguo muelle de pescadores (ahora un moderno complejo de restauración y ocio), así como por el castillo de la ciudad, una estructura militar, rodeada de olivos centenarios, alrededor de la cual prosperó la ciudad bajo los caballeros templarios. Se dice que fue en la capilla de este castillo en el que se casaron el rey Ricardo Corazón de León con la reina Berengaria, proclamándose reyes de Chipre. Luego vendieron la isla a los caballeros templarios. Finalmente, tomó el control de la isla la República de Venecia en 1473. Sin embargo, en 1570, el imperio Otomano la conquistó, mudándose una gran población musulmana de soldados, comerciantes, artesanos, funcionarios del imperio y campesinos. Además del turco, la otra gran lengua de la isla actualmente, también trajeron parte de su cultura y gastronomía, así como la construcción de bellas mezquitas en las ciudades y pueblos.

De hecho, paseando por el centro de Limasol nos encontramos con la gran mezquita de la ciudad, usada por los pocos turco-chipriotas que aún viven en la ciudad, en mitad del antiguo bazar, ahora ocupado por restaurantes, bares de moda o tiendas de souvenirs. Optamos por cenar en el restaurante Karatello situado en el restaurado antiguo molino de algarrobas, con una agradable y concurrida terraza. Aquí sirven platos chipriotas con un toque moderno: el kleftiko (asado de pierna de cordero con verduras cocinado lentamente en horno de barro) estaba bien, pero lo mejor era el pulpo a la plancha. Su ayioritiki, o salsa de berenjenas casera, estaba de diez.

Chipre se mantuvo como parte del Imperio Otomano durante siglos, hasta que en 1821 estalló la guerra de la independencia griega, en la que miles de grecochipriotas fueron como voluntarios. Los otomanos respondieron ejecutando a casi 500 líderes de esta comunidad, incluyendo al arzobispo de Chipre. Pocos años después, en 1828, el primer presidente de la Grecia independiente llamó a la unión de Chipre en el nuevo país: la conocida como "enosis". Esto no se logró por el férreo control otomano hasta que, tras la primera Guerra Mundial, el Imperio Británico se anexionó la isla en 1914, abriendo la esperanza de enosis al 77% de habitantes de Chipre que se consideraban griegos. Sin embargo, los británicos no consintieron esto, y muchos chipriotas se organizaron en la guerrilla EOKA, escondida en los Tröodos como he contado antes, que consiguió la independencia del país en 1960.

El primer presidente del país, el arzobispo Makarios III, junto con el primer vicepresidente, Fazil Küçük, optaron por un Chipre independiente en el que convivieran la mayoría grecochipriota y la minoría turcochipriota, con una política de no-alineamiento y una amistad tanto con Grecia como con Turquía. 

Pese a los esfuerzos de ambos líderes, la violencia entre ambas comunidades iba en aumento. El golpe de Estado de los militares en Grecia hizo que muchos coroneles proclamaran desde Atenas su voluntad de proceder a la enosis con Chipre. Esto provocó la reacción turca, que invadió la isla para proteger los intereses de su minoría, y pasó a ocupar el norte hasta hoy. 150.000 grecochipriotas tuvieron que desplazarse al sur como refugiados y 50.000 turcochipriotas hicieron lo propio hacia el norte. Se creó la República Turca de Chipre del Norte, que no reconoce ningún país del mundo salvo Turquía, que la protege militarmente. Y ambas comunidades siguen viviendo de espaldas la una de la otra, con esfuerzos de iniciativas y asociaciones de todo tipo para tejer vínculos en varias áreas y preparar una posible reunificación de la isla.

¿Por qué Chipre no se une a Grecia? Según un vendedor del bazar de Limasol" "hablo griego, mi religión es la greco-ortodoxa, pero no quiero unirme a un país más pobre que Chipre". Superado el proyecto panhelenista, habrá que seguir trabajando en reunificar Chipre de nuevo. Espero poder visitar el norte de la isla pronto, que sigue ocupado por el ejército turco en el norte.

IMPRESCINDIBLES

Comer

Meze en Agora Tavern.

Rissotto saganaki en el Oceania Beach Lounge.

Pasteli de algarrobas en Anogyra.

Beber

Vino en la región de los Tröodos.

Canciones

Sikoses de Monsieur Doumani

Fuego de Eleni Foureira

dissabte, 14 d’octubre del 2023

Toronto

La antigua York

La mayor ciudad de Canadá, y por tanto de la provincia más habitada del país (Ontario) es asimismo una de las ciudades más cosmopolitas del mundo. Esta región, aunque colonizada a principios del siglo XVIII por los franceses, no fue hasta cien años después cuando empezó a poblarse masivamente de europeos. Hasta ese momento, la Confederación Iroquesa gobernaba estas tierras. Los ingleses arrebataron la zona a los franceses en 1763 y bautizaron a la ciudad como York. 

Para descubrir los lugares en los que estaba la antigua York, nada mejor que pasear por los distritos de St. Lawrence Market y el Distillery District. Renovados con estilo, son lugares perfectos para ir de compras o descubrir la gastronomía de la ciudad. Un edificio icónico es el Flatiron building, de cinco pisos, con un bonito tejado de cobre inclinado. Justo detrás hay un parque con una fuente en la que varias estatuas de perros "salivan" tirando chorros de agua hacia el hueso que la preside. Kitch pero graciosa.

El mercado de Saint Lawrence, de más de doscientos años y con más de 120 puestos de alimentación, muestra la variada herencia europea de la ciudad, con tiendas de quesos locales como el cheddar ahumado con sirope de arce, carnes, panaderías con bollería ucraniana, pasta italiana recién hecha, frutas, pasteis de natas, souvlaki griego, verduras, y pescados. Nosotros optamos por unos platos de pescado en el puesto Buster's Sea Cove. El mercado ofrece una agradable y soleada terraza donde degustar las especialidades que se cogen de cada puesto.

La nueva Toronto

Tras ser arrasada por los estadounidenses en 1812, el alcalde Mackenzie rebautizó la ciudad en 1834 con el nombre de los iroqueses, Toronto, que significa "lugar de encuentro". 100 años después, la ciudad vivió una época de gran crecimiento por el descubrimiento de oro, plata y uranio en el norte de Ontario. Aún se puede respirar parte de esa época dorada en los salones del Fairmont Royal York, el gran hotel de la Canadian Pacific Railway. 

Tras la Segunda Guerra Mundial, el primer ministro Pearson introdujo el primer sistema de migración por puntos del mundo en Canadá, atrayendo a millones de migrantes y refugiados, muchos de los cuales se instalaron en la pujante Toronto, ahora cuarta ciudad más grande de Norteamérica, que sigue creciendo, con rascacielos es construcción por todas partes. Es una ciudad muy nueva, y eso se nota en el dinamismo y empuje de su población.

Italianos, chinos y portugueses llegaron tras la guerra, haciendo que las necesidades de alojamiento crecieran. Una solución aún común es mantener las bonitas fachadas de ladrillo rojo originales y construir un gran rascacielos detrás. En los años 60, indios y árabes llegaron masivamente por lo que más y más edificios fueron apareciendo, hasta llegar a la actualidad, donde el mayor influjo proviene de los países latinoamericanos. Fijaos y veréis antiguas estructuras y edificios con rascacielos incrustados. Es algo muy típico de la ciudad que más rápido crece en Norteamérica.

Toronto es una ciudad con una oferta cultural sin fin y gastronomías de todo el mundo. Nosotros disfrutamos de una izakaya (Yuugi) con platos calcados a los que se podrían encontrar en Tokio: deliciosos pimientos shishito en salsa dashi, yasai itame (verduritas salteadas con soja de ajo y chile), sushi de wagyu o shushi de salmón braseado con mariscos en sirope de arce (toque local).

Otro lugar interesante donde disfrutar de la variedad de la población local es el Chef´s Hall, con decenas de puestecitos que ofrecen comidas de todo el mundo: desde pizza de Detroit a biryani o tortillas mexicanas recién hechas a un brigadeiro con bubble tea. 

Artic Bites es una tienda de helado casero hecho al momento en tabla congelada con ingredientes frescos: el de tarta de fresa está excelente, así como el de taro. Pero si buscáis dulces japoneses, Neo Coffe Bar, además de servir excelentes tipos de té verde y macha, sirve dulces nipones recién hechos.

Además, los torontonianos son una de las poblaciones más tolerantes y acogedoras del planeta. De hecho, en 2003, fue la primera ciudad norteamericana en legalizar los matrimonios del mismo sexo. También cuenta con la librería LGTBIQ+ más antigua del mundo: Glad Day Bookstore, que abrió sus puertas en 1970 desafiando la censura y promoviendo un lugar de encuentro y reflexiones.

Moverse en la jungla de cristal

Nada más llegar a la ciudad, lo primero que uno debe visitar es el conocido como Entertainment District, presidido por la altísima torre CN, que tiene más de 50 años. Esta maravilla de la ingeniería, icono de la ciudad, merece ser subida. Con 553 metros de alto, es la estructura más alta del hemisferio occidental (y la sexta del mundo). Ahorraos las colas comprando la entrada por Internet, porque aún así tardaréis mucho en subir. Eso sí, aseguraos que es un día claro, o no veréis nada. Las vistas infinitas de rascacielos son impresionantes. Incluso podéis sentaros encima de un cristal reforzado que hace las veces de suelo y ver a las personas como hormigas, solo si no tenéis mucho vértigo, claro.

Básicamente, Yonge Street (una de las calles más largas del mundo) divide la ciudad entre este y oeste, y el E/W de cada calle nos indicará donde estamos. Lo mejor es quedarse cerca de Downtown, para aprovechar el gran número de conexiones de metro y autobús de la zona. Además, una parte importante de la oferta cultural y de ocio de la ciudad está aquí.

Recomiendo recorrer esta calle y ver algunos de los edificios más importantes de Toronto, como el Elgin & Winter Garden Theatre, el último teatro eduardiano de dos pisos operando en el mundo; el City Hall (el antiguo, que parece una especie de Hogwarts) y el nuevo, que realizó un arquitecto finlandés y que es amado y odiado a partes iguales (son dos torres gemelas cóncavas con un platillo volante central y rampas que salen del mismo). Enfrente del nuevo ayuntamiento nos topamos con la enorme plaza tomada por miles de indios que celebraban su Día Nacional con danzas en escenarios, puestos de comida, música y un gran desfile.

También recomiendo el Brookfield Place, donde los amantes del hockey sobre hielo podrán visitar el museo anexo o disfrutar de un café canadiense en la sucursal más famosa de Tim Hortons. Además, esta calle está cubierta por impresionantes arcadas realizadas por el arquitecto valenciano Santiago Calatrava.

Planes veraniegos

En un día soleado, nada mejor que pasear por el Harbourfront Center, muy agradable donde, si hace calor, lo mejor es tomar un ferry o water taxi (precios similares) para llegar a las islas de Toronto, un remanso de paz en el que no siempre se puede bañar uno por la presencia de bacteria e-coli en las aguas del lago Ontario, sobre todo tras días lluviosos. Aún así, tumbarse en la arena es agradable, siendo una de las más populares Centre Island, con baños y duchas públicos, puestos de comida, praderas de hierba y playas para todos los gustos: desde las más cercanas al puerto, orientadas a familias, hasta las que tienen instalaciones deportivas, las nudistas o las frecuentadas por personas LGTBI en Hanlan´s Point, algo mas alejadas. Para volver a Toronto por las tardes se forman colas ya que el ferry de vuelta es gratuito.

Cataratas del Niágara

En un corto recorrido en tren podéis plantaros de Toronto en la maravillosa península del Niágara. Pese a los lugares bonitos que se pueden visitar allí, como por ejemplo, la población de Niagara-on-the-Lake (primera capital de Canadá), la falta de tiempo nos hizo priorizar la visita estrella: las famosas cataratas, unas de las más bellas del planeta.

Aunque la ciudad anexa es feísima, cara y sin alma, sus cataratas compensan todo lo demás: observar el constante torrente y como crea una bella cortina de agua que impacta en el lecho del río elevando gigantescas columnas de rocío helado es impresionante. No son las cataratas más altas del planeta ni de lejos, pero sí las que descargan más volumen de agua: 8,500 bañeras de agua al segundo. Y esto porque, en realidad, lo que vemos en un lago tan grande como el Erie desaguando al lago Ontario.

Siempre desde el lado canadiense, es maravilloso pasear por el Niagara Parkway, viendo el lado estadounidense. En efecto, el río Niágara es la frontera natural entre Canadá y los Estados Unidos, entre Ontario y el estado de Nueva York. Hay varias cataratas: las Bridal Veil y American Falls, menos impresionantes; y las Horseshoe, las majestuosas y más fotografiadas, que se abaten sobre la nubosa Maid of the Mist, a donde los barcos turísticos intentan adentrarse todo lo que pueden, entre los gritos de los turistas, que acabamos empapados. Desde el lado canadiense salen barcos cada 15 minutos con el "Hornblower Niagara Cruises". Sus recorridos por bajo de las cascadas duran unos 20 minutos. Vale la pena comprar el ticket online para ahorraros algo de cola. Esta es la única atracción que, en mi opinión, merece la pena. Además os darán un chubasquero para protegeros. Las otras entradas, como la que os permitirá acceder a un túnel detrás de las cascadas "Journey behind the falls", no merecen la pena, ni por el precio, ni por las enormes colas que hay que hacer.

Desde tierra, el mejor lugar para disfrutar de las cataratas es desde Table Rock (gratis) o si preferís una experiencia más privada, desde lo alto del "The Tower Hotel", anticuado pero con habitaciones correctas, de las que si elegís las de la fea torre, disfrutaréis de las mejores vistas de las cataratas todo el día y sin gente, cómodamente desde vuestra habitación. Dormir con el susurro de las mismas es fantástico. De noche las cataratas se iluminan de colores cambiantes, y en verano, hay fuegos artificiales durante cinco minutos a las diez de la noche. Verlos desde lo alto de nuestra habitación fue inigualable. Y ver el amanecer, también.

Y como dije, la ciudad no es más que un vulgar conjunto de casinos anticuados, hoteles muy feos arquitectónicamente, trampas para turistas y cadenas comerciales con precios inflados (desayunar en un sitio tan malo como IHOP cuesta unos 35$ por persona... por ejemplo). El centro de este esperpento el Clifton Hill, una calle empinada que se ilumina por las noches como una mini Las Vegas de mala calidad.

Me quedé con ganas de visitar la zona vitivinícola de la península: debido al microclima creado y al suelo de caliza y arcilla, se dan condiciones similares a las de la región de Borgoña en Francia, lo que permite crear vinos de gran calidad. Eso sí, en las tiendas de la fea Clifton Hill pudimos comprar el famoso y caro "vino de hielo", elaborado con uvas que se dejan en el arbusto semanas más allá de la vendimia, haciendo que aumente la concentración de azúcar en ellas. En las primeras heladas de diciembre (o enero) se recogen a mano estas uvas congeladas, se prensan, y se dejan envejecer en barrica un año, siendo vinos muy dulces y con alta graduación alcohólica. Las botellas son caras porque se necesitan diez veces más uvas que un vino normal para rellenar una, además del laborioso proceso de producción y recogida a mano de la uva. Pero valen la pena: el sabor es potente, nos encantó, sobre todo mientras disfrutábamos de los fuegos artificiales con las cataratas de fondo.


IMPRESCINDIBLES

Comer

Halibut, una especie de lenguado, en Buster's Sea Cove.

Beber

Café en el Tim Hortons del Hockey Hall of Fame.

Vino de hielo mientras se disfrutan de las cataratas del Niágara.

Canción

Stay de Justin Bieber y The Kid Laroi.

diumenge, 3 de setembre del 2023

Quebec

La región más francófona de Canadá 

Siempre tuve un interés en Quebec, sobre todo cuando estudiaba sus dos referéndums de independencia. Así que no costó convencerme para descubrir un poco de esta fascinante región canadiense. Se trata de un país dentro de un país, mezcla de lo norteamericano y lo europeo.

Aterricé en Montreal, su gran ciudad y única ciudad bilingüe “de facto” de las Américas. Lo cierto es que sus habitantes suelen ser trilingües, puesto que además de inglés y francés, también hablan sus lenguas maternas, haciendo de esta una de las ciudades más cosmopolitas del mundo.

Montreal se fundó en 1642 por Paul de Chomedey de Maisonneuve con el nombre de Ciudad María. Este francés llegó a través del río San Lorenzo en un barco lleno de misioneros franceses católicos. Podéis ver una estatua suya en la Plaza de Armas, rodeada de la basílica de Notre-Dame, el antiguo Banco de Inglaterra o el primer rascacielos de la ciudad.

En estas tierras vivían pueblos como los iroqueses, que fueron poco a poco expulsados por colonos franceses, que empezaron a enriquecerse con agricultura, maderas y sobre todo, con las pieles. 

La ciudad pasó a llamarse Montreal en 1705, adoptando el nombre del monte que la preside: el Mount Royal. Por cierto, interesante actividad una mañana en la ciudad es pegarse una buena caminata y subir hasta su cima, para disfrutar de un maravilloso bosque urbano y culminar con unas bonitas vistas de la ciudad y el caudaloso río San Lorenzo. Por cierto, este bosque urbano fue diseñado por Frederick Law Olmsted, el mismo que diseñó el Central Park de Nueva York.

En 1763 Francia tuvo que ceder sus territorios norteamericanos al Reino Unido, que se convirtió en nueva potencia. Pero los miles de colonos nunca dejaron de hablar francés hasta hoy. Aún así, la independencia de los Estados Unidos de América poco después atrajo a Montreal a miles de realistas británicos que inundaron la ciudad de anglófonos protestantes, creando tensiones con los francófonos católicos. En a misma plaza de Armas se pueden ver dos simpáticas estatuas que resumen la historia del país: un caballero inglés mira con sorna hacia la basílica (los anglocanadienses siempre se han burlado de la religiosidad de los francocanadienses)  con un bull dog en brazos que mira, sin embargo, a un caniche francés sujetado por una dama francesa que se burla del edificio del Banco de Inglaterra (los francocanadienses nunca han entendido la obsesión por el dinero de los primeros). Los perros simbolizarían a los descendientes de ambos tipos de colonos, deseando entenderse, la voluntad de Canadá de vivir todos juntos, después de todo.

La construcción del canal Rideau, que conectó el río con el lago Ontario, así como el despliegue del ferrocarril, hicieron que la ciudad creciera mucho durante el siglo XIX. En la plaza de Armas, también está la basílica de Notre Dame de Montreal, una maravilla neogótica del siglo XIX de una belleza difícil de describir, símbolo de la opulencia de la época. Vale mucho la pena que paguéis la entrada para verla.

A principios del siglo XX, miles de estadounidenses cruzaban a la ciudad para poder disfrutar de sus bares y clubes, ya que en Estados Unidos se promulgó la Ley Seca. La ciudad continúa siendo muy animada, con alegres bares y terrazas en barrios como Le Plateau o el Quartier Latin, donde mejor que en ningún otro lugar se puede ver la mezcla de eficiencia anglosajona con el joie de vivre francés. El hecho de que la ciudad tenga un alto porcentaje de población joven también ayuda.

Las callejuelas del Viejo Montreal son muy agradables para pasear o tomarse un café, y disfrutar de estatuas tan peculiares como la de Les Chuchoteuses (las murmuradoras). Asimismo, a los bordes del río, el puerto viejo ha sido recuperado como parque y zona de ocio con muelles muy agradables así como el museo de historia de la ciudad al recomiendo acceder a la azotea (es gratuita) para disfrutar de las vistas de esta parte de la ciudad.

Montreal tuvo un alcalde que la cambió de arriba abajo: Jean Drapeau gobernó la ciudad 29 años durante los que se construyó la red de metro y la ciudad acogió dos grandes eventos mundiales: la Expo de 1967 y las Olimpiadas de 1976, y esto se puede ver en su impresionante estadio olímpico o en los pabellones reutilizados de las islas de Sainte-Hélène y Notre-Dame, como por ejemplo el antiguo pabellón de Estados Unidos, una enorme esfera metálica ahora reconvertida en el Museo de la Biosfera de la ciudad.

Comer en Montreal

Para comer local, empezad desayunando una bagel local en St. Viateur (hecha a mano, fina, cocida en horno de leña y más densa y dulce que las neoyorquinas). Son las más famosas y están fenomenal, siendo el horno más antiguo de la ciudad. Las rellenan de muchas cosas, el roast-beef es una buena opción. Si preferís algo más francófono, las chocolatines (pains au chocolat de toda la vida) de Olive et Gourmando son de diez.

Tampoco podemos olvidar a la gran comunidad judía de la ciudad: comeos un sándwich de carne ahumada acompañado de un pepinillo en vinagre en Schwartz´s Deli, la charcutería hebrea más famosa de Montreal, donde tienen fotos de visitas de vecinas tan icónicas como Céline Dion.

Y el plato estrella: poutine. Son patatas fritas con trozos de queso local cubiertos de gravy caliente que lo reblandecen todo y que se popularizó en los años 50. Ahora es un snack común para acompañar comidas aunque lo mejor es tomárselo tras una noche de fiesta para absorber bien el alcohol del cuerpo. Poutineville es un buen sitio para probar las diferentes variedades.

Si uno busca buenos ingredientes, dirigíos a la Petite Italie, al mercado Jean Talón, con puestos que venden la mejor fruta quebequesa, quesos regionales, todo tipo de productos con sirope de arce, carnes, pescados… de hecho hay un puesto de ostras espectacular, que te las sirven también en el momento (“La Boîte aux Huitres”) además de otros puestos como el de galettes bretonas.

Y para ver que se cuece en los mejores fogones quebequeses, “Toqué!” es una buena opción, sobre todo su menú almuerzo, mucho más accesible que las cenas. El chef utiliza ingredientes quebequeses con un toque contemporáneo, como el pez mantequilla con puré de arándanos o el vacuno angus con frambuesas lacto-fermentadas.

Aunque para adentrarse en el multiculturalismo de la ciudad, podéis explorar algunos restaurantes étnicos de Le Plateau como “Khyber Pass”, el primer restaurante afgano en el que he estado en mi vida. Decorado con objetos típicos, aquí sirven un menú que empieza con sopa de lentejas rojas y cilantro, borani de calabaza (una receta con tomates naturales que está de cine), brochetas de cordero y ternera con tres arroces y ensalada afgana, y de postre: pudding de rosas con pistachos. 


La capital quebequesa

Tras un trayecto en tren llegamos a Quebec ciudad, la capital de la provincia, y el corazón de la francofonía canadiense. Como buenos politólogos, lo primero que hicimos fue visitar la elegante sede de su Parlamento Nacional, estilo Segundo Imperio, con la preciosa sala de plenos y las bonitas salas de comisiones. También explican la historia de su bandera, la “fleurdelisé”, adoptada en 1948; o la plena oficialidad del francés, consolidada en 1974. O los intentos de independizarse del Québec, con sendos referéndums que ganaron los unionistas por la mínima.

Aunque lo cierto es que Quebec estaba originalmente habitado por las “primeras naciones”, como por ejemplo los inuit, que tienen una estatua muy curiosa en los jardines del parlamento, con su lengua escrita, alfabeto adoptado recientemente, que me recordó al de los alienígenas.

La cosa es que en 1534, Jacques Cartier quiso emular a Colón y buscar una ruta a China y la India para el rey de Francia. Tras dejar Saint-Malo, se encontró con estas tierras, que fueron luego colonizadas por Champlain, fundador de la ciudad de Quebec. Por cierto, “Kebec” es una palabra del pueblo Algonquino, que significa “donde el río se estrecha” por ser en esta parte del río San Lorenzo donde se fundó. Los franceses fortificaron la ciudad (es muy agradable pasear por sus murallas actualmente que aún rodean su casco antiguo) pero aún así, el Reino Unido la tomó en 1759 tras la batalla de los llanos de Abraham, a las afueras de la ciudad, donde aún hoy los juegos de guerras entre amigos son populares.

De la época francesa es imprescindible hacer un recorrido por el Vieux Québec, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985 por ser la única ciudad de América del Norte que ha conservado intacta su muralla. La Ciudad Alta, edificada en la cima del acantilado, es aún el centro religioso y administrativo y posee numerosas iglesias, conventos y otros monumentos como el reducto Dauphine, la ciudadela y el castillo Frontenac. Junto con los barrios viejos de la Ciudad Baja, forma un conjunto urbano que es un excelente ejemplo una ciudad colonial fortificada. No por casualidad, sus callejuelas y casitas recuerdan a los pueblos bretones de la costa (la mayoría de los primeros colonizadores fueron bretones).

Del Viejo Quebec me impresionó especialmente el campus de la Université de Laval o las iglesias transformadas en bibliotecas o centros culturales, como la Maison de la Littérature o la Bibliothèque Claire-Martin. Pero si hay un símbolo de la ciudad es el gigantesco chateau Frontenac, inaugurado en 1893 como un hotel de lujo de la Canadian Pacific Railway. Aquí se han alojado reinas, presidentes y famosos de todo tipo. Sus salones vieron nacer a la FAO. Y aún hoy se respira la grandeza del lugar, y su perfil domina el agradable paseo entablado elevado junto al río: la terrasse Dufferin.

Y respecto a las comidas: una tradicional cena quebequesa se puede disfrutar en “La Buche” con orejas de cerdo fritas en salsa de remolacha local, trucha ahumada en madera de arce, carne de alce salvaje o la famosa Tourtière, un contundente pastel de carne de venado, vacuno y cerdo. Y de postre, pastel de sirope de arce o el delicioso pudin de chômeur (un bizcocho bañado en sirope muy contundente creado en los años de la Gran Depresión). 

Para un buen brunch local: el café bistro “Au Bonet d´âne” es estupendo, con raciones enormes. Podéis pedir las tradicionales fèves au lard, habichuelas cocinadas con trozos de beicon y sirope de arce, acompañadas de pain doré, una torrija de toda la vida vamos, tortilla y patatas salteadas, con una tarte au sucre de postre.

Finalmente, para comprar recuerdos o comer algo más sano, con ensaladas locales, en el "comptoir" de Chez Boulay tienen siropes de arce envejecidos o con sabores de ingredientes “boreales” o helado de pino buenísimos. 

El consejo es que reservéis con antelación, ya que nos costó horrores encontrar mesas en la ciudad, una noche acabamos de casualidad en una excelente crepería bretona, porque todas nuestras opciones estaban llenas.

Chute Montmorency

Finalmente, hicimos una pequeña excursión a la famosa cascada Montmorency, más alta que las del Niágara (aunque con mucha menos agua, claro). El recorrido por la montaña, cruzando el puente encima, y luego descendiendo y viéndola de cerca (y mojándote bastante) es muy agradable para pasar una mañana de naturaleza y disfrutar de las maravillas del paisaje quebequés.

Si se está muy cansado se puede tomar un teleférico de vuelta a lo alto de la montaña, de donde llegan y salen los buses a la ciudad.

En definitiva, Quebec es un destino perfecto para unos días, porque tiene grandes ciudades a nivel global, gastronomía cosmopolita y gentes muy amables. Si vuelvo, dedicaré más tiempo a sus maravillas naturales, porque les dediqué poco tiempo y me consta que hay muchas impresionantes. Además, me gustaría ver el fabuloso hotel de hielo que abre durante los meses de invierno o experimentar la primavera con la recolección del sirope de arce y las visitas a las famosas "cabanes au sucre".


IMPRESCINDIBLE


Comer

Poutine en Poutineville 

Bagel Montreal-style en St. Viateur

Tourtière en La Buche 

Fèves au lard en Au Bonet d´âne


Canción

Ne partez pas sans moi - Céline Dion


Libro

Menaud, maître draveur - Félix-Antoine Savard

dimarts, 8 d’agost del 2023

Liverpool y Chester

En la segunda ciudad del Imperio Británico

Fui a Liverpool por casualidad, porque allí se celebraba Eurovisión 2023. Sin embargo, y gracias a que una amiga se crio allí, pude descubrir una ciudad maravillosa, mucho más interesante de lo que esperaba inicialmente. Liverpool fue la segunda ciudad más importante del Imperio Británico y uno de los centros de la revolución industrial que cambió a la humanidad para siempre.

En efecto, Liverpool se enriqueció de forma masiva con el comercio triangular de esclavos de África, materias primas de América y productos manufacturados en Inglaterra. Los barcos salían del puerto cargados de productos ingleses (muebles, tejidos, vajillas, maquinaria...), que se vendían en África del Oeste, donde los barcos se cargaban de esclavos, que se llevaban hasta las colonias americanas del Caribe y Norteamérica, donde se vendían, cargándose de nuevo los barcos con ron, azúcar, tabaco y algodón, que se llevaba de vuelta a Liverpool. El 40% de los bienes del mundo pasaban por el puerto de Liverpool. 

Este masivo movimiento de mercancías y personas hizo que el potente puerto atrajo a inmigrantes de toda Gran Bretaña e Irlanda, y además, sirvió de salida para migrantes escandinavos y rusos hacia el Nuevo Mundo. Uno de los lugares donde respirar esta historia portuaria es el Albert Dock, un muelle rodeado de almacenes de ladrillo y hierro de cinco pisos reconvertidos en una zona museística y de ocio. La importancia del muelle radica en que por primera vez se podían trasladar bienes del almacén al barco directamente, mejorando la logística portuaria e iniciando los sistemas de gestión logística contemporáneos. Por ello, el puerto de la ciudad fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por ser testimonio de la historia del desarrollo de uno de los centros más importantes del comercio marítimo mundial en los siglos XVIII y XIX. 

La Segunda Guerra Mundial aumentó más aún la importancia de la ciudad, con más de un millón de soldados estadounidenses desembarcando aquí. Estos trajeron a la ciudad los ritmos de los Estados Unidos, como el blues y el rock and roll, y pronto Liverpool se convirtió en la capital mundial de un nuevo género: el pop. Tras la grave crisis de desindustrialización de los años 70, la ciudad entró en una gran decadencia pero gracias a programas europeos de regeneración de su centro urbano durante el siglo XXI, Liverpool resurgió como una de las ciudades más agradables del norte de Inglaterra. 

Por ejemplo, ahora los almacenes del puerto son museos, destacando el Tate Liverpool, antena de la Tate de Londres, donde se encuentran obras de algunos de los artistas más famosos del siglo XX, aunque muy pequeño para mi gusto. Además del Albert Dock, la UNESCO también incluyó bajo su protección un gran número de importantes edificios comerciales, civiles y públicos, especialmente los del sector de St. George’s Plateau, destacando el Royal Liver Building, uno de los tres rascacielos eduardianos de la fachada marítima (conocidos como las "Tres Gracias"). Vale la pena hacer el tour que nos llevará desde su construcción hasta lo más alto, visitando sus terrazas, disfrutando de las vistas de la ciudad, puerto y río, y de la torre del reloj por dentro, viendo de cerca el dragón metálico "Liver Bird" símbolo de la ciudad. Además, su enorme reloj es el más grande del país: más que el Big Ben.

Pioneros en muchas cosas

Una forma agradable de disfrutar del curioso skyline de la ciudad es cruzar el río Mersey en su famoso ferry. Tan famoso es que la banda Gerry & the Peacemakers le dedicaron la canción "Ferry 'Cross teh Mersey". Como nosotros nos quedamos en el agradable barrio residencia de Bebington, un día cambiamos el coche por el ferry para tener esta experiencia tan local. De vuelta, tomamos el metro, además en una estación histórica, "James Street", por ser el primer túnel de metro bajo el agua del mundo.

Al otro lado del río vale la pena pasear por Port Sunlight, un experimento del socialismo utópico del siglo XIX, por el que el dueño de la fábrica de jabones "Sunlight Soap"  construyó bonitas casas ajardinadas, escuelas, una iglesia, parques y hasta un excelente museo para que la vida de sus obreros fuera lo más digna posible. Hoy sigue siendo un agradable barrio donde escaparse del ajetreo de la ciudad. El lugar más representativo del nuevo espíritu que tenían algunos empresarios es el Birkenhead Park, también conocido como el parque del pueblo. Abierto en 1847, fue el primer parque diseñado desde el principio para estar abierto a la ciudadanía y financiado por dinero público. La idea de abrir un parque abierto a todas las clases sociales fue una innovación inglesa que luego se fue extendiendo por todo el mundo. Además, sirvió de modelo para construir Central Park en Nueva York.

Los Scousers

Además de su patrimonio, Liverpool cuenta con sus habitantes (los Scousers) gentes extremadamente amables que aman su ciudad y salir a cenar y de fiesta, rituales a los que dedican mucho tiempo para estar listos (sobre todo las mujeres), por lo que aquí existen algunas de las tiendas más grandes del mundo en materia de belleza y perfumería. Me sorprendió encontrar una tienda de Dior con la colección privada de sus perfumes, algo que solo había visto antes en grandes capitales mundiales como París, Tokio o Dubai. Liverpool es un destino de "shopping": no os perdáis la tienda Lush más grande del mundo, con sus tres pisos repletos de productos estupendos, incluidos algunos exclusivos como la bomba de baño "Yellow Submarine". 

Además, de todas las ciudades en las que he visto Eurovisión, esta fue la que más seriamente se tomó el festival, implicándose todo comercio e institución, con la ciudad y los transportes públicos al servicio de los eurofans. Y no por casualidad, ya que como mencioné antes, la ciudad fue la capital del pop mundial durante años. Nada mejor que visitar el Wall of Fame, con un ladrillo por cada artista famoso que ha actuado en directo en The Cavern Pub, el pub donde los Beatles tocaban en directo antes de convertirse en un fenómeno mundial.

Y si queréis ver los orígenes de alguno de los componentes de este famoso caminad por la señorial Hope Street, donde disfrutareis de edificios georgianos, incluyendo el Liverpool Institute of Performing Arts, en el que John Lenon estudió música. Al lado se encuentra el barrio chino más antiguo de Europa, con el arco chino más grande fuera de China.

En la visita no puede faltar la catedral de Liverpool, joya neogótica de Sir Giles Gilbert Scott (que también diseñó las famosos cabinas telefónicas rojas), iglesia más grande del país, así como la catedral anglicana más grande del mundo. Por dentro es sorprendente y además cuenta con una interesante colección de arte religioso contemporáneo. Por cierto, se construyó entre 1904 y 1978, así que de antigua tiene poco. No muy lejos está la moderna catedral católica, para la que su arquitecto se basó en la de Brasilia, del famoso Niemeyer

Pies, guisos y puddings

Y que decir de su gastronomía: hay que empezar con un buen desayuno inglés, al que aquí le añaden black pudding (una morcilla negra de sangre) al resto de habituales: hash brown, huevos, baked beans, bacon, salchichas y champiñones, con su té negro con leche para beber. Un buen sitio para disfrutarlo es en Lucy in the Sky.

Para almorzar, nada mejor que pasar por el histórico café-bar Maggie May´s y pedirse un Scouse (de ahí el nombre de los habitantes de Liverpool). Se trata del guiso más famoso de la ciudad: trozos de res y cordero guisados con patata, zanahoria y cebolla, al que se le hecha por encima col roja fresca o remolacha.

Para cenar, podéis optar por las Philarmonic Dining Rooms, uno de los pubs más bonitos de Inglaterra, donde parece que estés casi en un palacete. Lo mejor es pedirse un Steak & Nicholson´s Pale Ale pie, un maravilloso pastel inglés de masa quebrada relleno de carne de res cocinada en la cerveza Nicholson’s Pale Ale. Este pastel fue ganador de la medalla de oro en los premios British Pie Awards. Viene acompañado de puré de patatas y verduras al vapor, que puedes regar del gravy casero que te sirven, así como de la famosa salsa HP, la salsa marrón  a base de vinagre de malta, aligerado con zumos de frutas y especias, favorita en el Reino Unido.

Si buscáis algo más popular, en Johnny English sirven un fish & chips delicioso, acompañado de mushy peas, como se hace en todo el norte. Se trata de guisantes verdes aplastados tras pasar una noche en remojo en agua de soda.

Para dulces, hay muchas opciones: por ejemplo el sticky toffee pudding, un bizcocho de dátiles cubierto con salsa de toffee y acompañado de helado de vainilla. Aunque si hay algo bien típico es es la tarta Cherry Bakewell, de pasta de hojaldre con mazapán, fundido de harina de almendras, copos de almendras y cerezas confitadas. Otro de los dulces más típicos de la ciudad son las Everton Mints, unos caramelos de menta con toffee dulce en el centro.

Me quedaron muchas cosas por ver, como la Walker Art Gallery, el World Museum, el Museum of Liverpool, el International Slavery Museum o el Western Approaches Museum pero seguro que acabaré volviendo a esta dinámica y agradable ciudad.

Más allá de Liverpool, sus alrededores ofrecen un montón de excursiones chulas: nosotros optamos por pasar un día en Chester.

Chester, preciosidad Tudor envuelta en murallas romanas.

Este regalo de arquitectura Tudor envuelto en murallas romanas constituye una maravillosa excursión para entender mejor Inglaterra. Chester tiene uno de los centros históricos más bonitos del país: un conjunto de edificios Tudor de madera de colores blanco y negros alternados con otros de piedra rosa de estilo victoriano. 

Chester se fundó como fuerte romano, o "castro", que evolucionó hacia el nombre "Chester". La ciudad tuvo el anfiteatro más grande de Britannia, con 7,000 plazas, del que queda poco, tan solo las formas y alguna estructura menor. Era tan grande para servir como símbolo de civilización ante la cercanía del muro que separaba al imperio de los bárbaros. Algunos piensan que aquí también estaría la mesa redonda donde se reunía el Rey Arturo y sus caballeros en la mítica Camelot.

Recorrer las murallas de la ciudad es la mejor manera de hacerse una idea de la ciudad, ya que rodean el centro histórico y nos permitirán tener una buena perspectiva. Se construyeron por los romanos en el año 70 antes de Cristo, y aunque fueron alteradas, se mantuvo su recorrido intacto desde el año 1200. El mejor lugar donde empezar es por las escaleras de la Eastgate, donde además se encuentra el reloj más famoso de Inglaterra (tras el Big Ben): este se construyó para celebrar el jubileo de diamante de la Reina Victoria en 1897. Durante el recorrido, no olvidéis visitar el edificio más antiguo de la ciudad, que es el Bear & Billet, un pub en una típica casona Tudor.

Además de sus famosas murallas, Chester es famosa por The Rows, las galerías comerciales medievales de dos pisos en las casas de madera en las calles Eastgate, Northgate y Bridge. Aunque las tiendas ya son modernas, aún se respira el ajetreo de ciudad comercial que Chester ha tenido desde hace siglos.

Otro edificio estupendo es la catedral de Chester, originalmente una abadía benedictina del siglo XII, cerrada tras la Reforma de Enrique VIII, aunque se reconsagró un año después, en 1541. Esta preciosidad gótica me recordó mucho a Hogwarts. Es maravillosa.

También es agradable pasear por los bordes del río Dee, incluso hay barquitos que hacen un buen recorrido.

No olvidéis comprar algunos quesos Cheshire, densos frescos y deliciosos. The Cheese Shop es un buen sitio para ello. Y para almorzar os recomiendo The Albion Inn: aunque son lentos, este pub tradicional, regentado de manera familiar, ofrece un delicioso Cottage Pie, un pastel al horno hecho de carne de res picada cubierta de patata chafada, queso Cheshire, cebolla, salsa gravy. Buenísimo.


IMPRESCINDIBLE

Comer

Scouse en Maggie May´s

Steak & Nicholson´s Pale Ale pie en las Philarmonic Dining Rooms.

Quesos Cheshire en The Cheese Shop (Chester) .

Canción

Ferry 'Cross teh Mersey de Gerry & the Peacemakers.