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dilluns, 31 de gener de 2011

Lisboa e Sintra

Empezamos el sábado subiendo en el famoso tranvía 28, que recorre el popular barrio de Alfama, traqueteando por las empinadas callejuelas. Nos dejó en el miradouro da Graça, desde donde el Tajo parecía mar... Tras escalar un par de callejas empinadas nos plantamos ante la entrada del Castelo de São Jorge, donde entramos y lo recorrimos admirando el panorama lisboeta agazapados en sus almenas. Desde luego, son las mejores vistas de la ciudad. 

Procedimos a descender, parándonos a mitad para entrar y admirar la , es decir, la catedral de la ciudad, una de las pocas catedrales románicas que conozco hasta el momento, y que me sorprendió. Admiramos la alta bóveda de cañón y los pequeños ventanucos con columnitas románicas que convierten a este lugar sagrado en un espacio oscuro e intimista. Normalmente las catedrales que visito son básicamente góticas o barrocas, de ahí mi sopresa.

Tras este momento de más misticismo, volvimos a las necesidades terrenales buscando algo rápido que comer al Rossio, donde personalmente opté por un sandes misto, es decir, bocata caliente de jamón y queso. Teníamos prisa para llegar a Belém, antiguo pueblo ahora anexado a Lisboa. Y tras un recorrido en otro tranvía, esta vez igual de moderno que los de Valencia, llegamos enfrente del célebre Mosteiro dos Jerónimos, lugar donde se firmó el actual Tratado de Lisboa el pasado 2007 así como la adhesión de Portugal a la UE en 1986. El blanco edificio de gótico manuelino es precioso, así como su majestuosa iglesia, donde pude ver las tumbas de dos de los portugueses más célebres: el poeta Camões y el navegante Vasco da Gama.



Dirigiéndonos hacia el río, y aprovechando que el sol salía por primera vez durante nuestro viaje, llegamos al Padrão dos Descobridores, gran escultura de los años 60 que imita la forma de las antiguas carabelas y donde están estatuas de los princiales navegantes portugueses que recorrieron todos los océanos llevando la gloria al antiguo Imperio Portugués, presente en todos los continentes.



Tras las fotos pertinentes, continuamos recorriendo los muelles deportivos de Belém hasta llegar a la que es, en mi opinión, el auténtico símbolo de Lisboa: la torre de Belém, patrimonio de la humanidad – UNESCO. Recorrí sus pétreos salones, y salí a sus balcones para admirar la enormidad del Tajo. Hacía un sol espléndido pero también un fuerte viento. Las funciones defensivas de esta preciosa torre quedan muy claras tras ver sus sólidos interiores. Tras la visita y las fotos, seguimos paseando por el borde del río y nos dirigimos hacia la Antiga Confitaria, el templo de uno de los dulces más sutiles de la gastronomía lusa: los pastéis de Belém. Son deliciosos pasteles con base de hojaldre y cubiertos de una suave crema ligeramente tostada en su parte superior pero líquida en el interior y cubierta con un poco de canela, que cada comensal se espolovorea al gusto. Lo curioso de este local no es solo su gran tamaño sino el hecho de que sirven los pastéis recién hechos, aún calentitos, lo que los hace aún más deliciosos.

Tras esta merienda, el padre de Pedro nos recogió a las puertas de los Jerónimos y nos dirigimos a casa para descansar y ducharnos. Tras ello, volvimos en coche con la hermana de Pedro y su novio de nuevo a Lisboa. Aparcando en la plaza de los Liberadores y visitando el impresionante Hard Rock Café Lisboa, remontamos el Bairro Alto para encontrarnos con el resto de amigos con las que cenaríamos. Anna e Isabella estaban allí, dos italianas que conocimos también en Floripa. Fuimos a cenar al restaurante Cerqueira, que a primera vista no parecía muy atractivo, pero que servia platos excelentes con ingredientes frescos. Como en cualquier tasca portuguesa, las fuentes de arroz, de ensalada y de patatas fritas eran omnipresentes. Pedimos también vinho verde. Yo pedí un salmón a la parrilla exquisito. Y todo a un precio ridículo. Lo encontraréis en la calçada Santana 49. Tras acabar la cena empezamos la fiesta en el miradouro de São Pedro de Alcântara, con unas vistas nocturnas del castillo preciosas. Y de allí nos adentramos en las callejuelas del barrio más marchoso de la ciudad, llenas a rebentar de gente tomando copas. De bar en bar y de calle en calle llegamos a un local donde los amigos lisboetas de una amiga de Porto de Magali nos invitaron a su pequeño salón VIP, donde no pasé mucho tiempo pero que me vino bien para dejar el chaquetón, bufanda y suéter. También las bebidas tenían un precio muy asequible. Cuando cerraron, seguimos deambulando hasta acabar en una pequeña y sórdida discoteca llamada Cophenaghen en la que no duramos mucho. Al acabar la fiesta, y tras juntar a todo el mundo (algo complicado en Bairro Alto) volvimos a casa a domir.

Y llegó el último día, domingo. Me levanté temprano para coger el tren y plantarme en pocos minutos en la tranquila y verde Sintra, un pueblito cercano a Lisboa donde veraneaba la Familia Real portuguesa. Como tenía poco tiempo, me dediqué a callejear un rato y a visitar el Palácio Nacional, un edificio construido a pedazos pero con mucho encanto. El salón de las urracas y el de los cisnes destacan, pero sobretodo, las dos enormes chimeneas en forma de cono de las antiguas cocinas, símbolo por excelencia de Sintra.



También aproveché para comprarme un travesseiro en Casa Periquita, local famoso en todo Portugal por hacer los dulces típicos de Sintra. Con forma de almohadón alargado, tal y como refleja su nombre portugués, se trata de una obra maestra de la repostería formada por decenas de finas capas de un finísmo y tierno hojaldre relleno de una crema caliente semi-líquida. También compré en A Fábrica das Verdadeiras Queijadas de Sapa sus famosas queijadas, un dulce también típico con una base dura y un relleno de queso dulce muy rico. 

Tras los húmedos y verdes bosques de Sintra volví a casa de Pedro para comerme el delicioso almuerzo dominical que su familia nos ofrecía. Empezamos con un calentito y típico caldo verde, seguimos con embutidos y quesos portugueses y como plato central, como no, bacalhau, esta vez con una crema de quesos fundidos y espinacas, coronado por gambas. Regado todo con vino alentejano, claro. Y para acabar, otra deliciosidad casera: unos cuadraditos de chocolate con una masa de almendras. Dando las gracias por la comilona, nos dirigimos de nuevo a Lisboa para ir al Museu Calouste-Gulbenkian. Esta institución fue fundada por un rico magnate armenio que se instaló en Lisboa y tras una vida de coleccionar objetos de arte de todos los rincones del mundo y de todas las épocas, los donó en herencia al Estado portugués. Por desgracia, solo nos dió tiempo a ver el ala de arte contemporáneo, ya que cerraban a las 18 y llegamos a las 17.15. En fin, será una excusa para volver a la capital lusa.

Tras este rato de cultura, nos fuimos al Oriente, el barrio más cosmopolita de la ciudad, resultado de la remodelación urbanística llevada a cabo con motivo de la Expo de Lisboa. Se trata de un lugar de amplios y modernos jardines junto al Tajo, con un teleférico que discurre paralelo al río y varios de los antiguos pabellones, reconvertidos ahora en centros comerciales, cafeterías, discotecas, palacios de deportes o de congresos, en la Feria de Muestras de Lisboa... etc. La verdad es que está todo muy cuidado y bien aprovechado. El edificio que más me gustó fue la Estación de Oriente, realizada por Calatrava, arquitecto de mi tierra. Es toda blanca y con formas angulosas que dan un aspecto magnífico a este núcleo de las comunicaciones lisboetas.

Como mi vuelo iba a salir ya, me despedí de todos, contento de haber pasado esos días con mis amigos del intercambio en Brasil y cogí un taxi rumbo al cercano aeropuerto. Sé que viviré un año en esta fascinante ciudad. Voltarei!

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