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dimarts, 7 de juny de 2016

Tiflis

En el fondo de un valle

Georgia es muy diferente a Azerbaiyán. No sólo en lengua y religión mayoritaria, sino sobretodo en su economía y sociedad. Mientras que el turismo en Baku es una actividad marginal, siendo la verdadera fuente de riqueza el petróleo y el gas, en Tiflis el turismo es clave. Decenas de tiendas de recuerdos se agolpan junto a casas de cambio, hostels, cafeterías y restaurantes. Mochileros recorren sin descanso las callejuelas del viejo Tiflis y la mayoría de sus habitantes tiene conocimientos básicos de inglés.

Tras cruzar la frontera noreste del país, llegué a Tiflis en taxi. Desde allí me recogió mi amiga, que me llevó hasta su apartamento, situado en la arbolada calle Paliashvili. Tiflis se encuentra a lo largo de un valle, construida a las dos orillas del río Kurá. Altas sierras rodean la ciudad cubiertas de frondosos bosques, fruto de un masivo repoblamiento de árboles llevado a cabo por las autoridades soviéticas. Según la leyenda, Tiflis se fundó por el rey georgiano Vakhtang I Gorgasali, cuando vio como su halcón, y el faisán que había cazado, caían a las aguas termales cercanas y se escaldaban. Impresionado por estas aguas fundó aquí una ciudad, que llamó "Agua Caliente" o Tpili en georgiano. Una gran estatua de este rey junto a una de las iglesias más antiguas se encuentra en la orilla izquierda del Kurá.

Callejeando Narikala

Mi primer contacto con Tiflis empezó por Narikala, el viejo distrito medieval, corazón de la ciudad, de callejuelas empinadas, casas con balcones de madera y hierro forjado, plazoletas llenas de plantas, vetustas iglesias, sinagogas y decenas de cafés y bares. El barrio de encuentra situado bajo la fortaleza de Narikala, adonde subimos con el moderno teleférico. Desde allí, las vistas de la ciudad son preciosas. Se puede apreciar la modernísisma nueva zona construida en la ribera opuesta del Kurá, destacando el parque Rike con el ondulado puente de la paz (símbolo del Tiflis del siglo XXI) o los dos cilindros metálicos gigantes que, se supone, iban a acoger el nuevo auditorio de la ciudad, pero que siguen vacíos. Desde el castillo vi de cerca la gigantesca estatua soviética conocida como Madre Georgia, en la que una mujer, que representa a la nación, ofrece un bol de vino con una mano, representando la hospitalidad georgiana para con los amigos, mientras que con la otra sostiene una gran espada, simbolizando que Georgia está siempre lista para defenderse de los enemigos.

Bajamos de la fortaleza y nos internamos por las animadas calles peatonales de Narikala, llenas de terrazas y gente paseando, para dirigirnos a cenar a un moderno café llamado Moulin Electrique, donde sirven cocina de mercado a precios más que bajos pero de una gran calidad. Sopa de calabaza y mtsvadi (un pollo a la barbacoa hecho a la manera georgiana) fueron mis elecciones. Para beber pedimos vino blanco local. Los georgianos claman ser el primer pueblo que destiló vino en la historia de la humanidad, aunque recientes excavaciones arqueológicas podrían señalar que en realidad fue en Armenia donde se "inventó" el vino. En cualquier caso, el vino georgiano es delicioso. Continuamos nuestra conversación en un agradable apartamento privado reconvertido en un lounge muy cool en la plaza Lado Guilashvili. Un pianista nos deleitaba con sus notas mientras nos fumamos una arguila. Las ventanas del local estaban abiertas de par en par y por ellas entraba una agradable brisa nocturna. 

La avenida Rustaveli

Al día siguiente me dediqué a pesar por la avenida más famosa de la ciudad, la bulliciosa Rustaveli, diseñada por urbanistas inspirados en las reformas del barón Haussmann. Aquí se encuentran muchos de los principales edificios de la ciudad, empezando por el neobizantino Teatro Nacional, el antiguo parlamento (en el que aún se ve la marca de donde estaba el emblema de la hoz y el martillo rodeada de espigas y laureles, o algunos museos. La avenida acaba en la plaza de la Independencia, presidida por una gran estatua dorada de San Jorge matando al  dragón en lo alto de un pilar. Abuelitas vendían todo tipo de comidas en paradas improvisadas mientras que apresurados trabajadores se mezclaban con estudiantes de las facultades cercanas.

Me metí en el Museo de Georgia para profundizar en mi conocimiento del país, empezando por el sótano, donde se encuentra el tesoro arqueológico, mostrando obras de arte en oro, plata y joyas de épocas previas a la llegada del Cristianismo. La colección se completa con muestras de monedas de todo tipo. El piso de arriba acoge una exposición sobre la ocupación soviética con muchos detalles sobre la creación de la primera república georgiana (aprovechando el vacío de poder tras el derrumbe revolucionario del Imperio ruso zarista), centrándose en la represión y la resistencia a la invasión de la nueva URSS, con una narrativa muy patriótica que ensalza la creación de la primera república georgiana y la enlaza con la recuperación de la independencia tras el derrumbe soviético. El museo también acoge una modesta colección de obras de arte mundial entre las que se encuentran dos estatuas de monos egipcios, un sarcófago o cuadros de arte japonés del siglo XIX.

Funicular y khachapuri

Esa noche cenamos en uno de los restaurantes del complejo del funicular de Tiflis, en lo alto. Se trata de Puri Giuliani, especializado en el delicioso khachapuri, una especie de barca de pan crujiente rellena de huevo, mantequilla fundida y queso derretido. Me encantó como algo tan sencillo puede alcanzar altos niveles de excelencia y perfecta mezcla de texturas. Para beber pedimos agua de Lagidze, un refresco georgiano inventando por un farmacéutico de Kutaisi cuyos sabores más populares son el de chocolate y crema o el de estragón (que probé en Gori). Las impresionantes perspectivas nocturnas de la ciudad desde la terraza son perfectas para degustar productos tan georgianos.

La mañana siguiente la dediqué a visitar algunos de los grandes nuevos proyectos de Tiflis: la enorme catedral, el moderno y acristalado palacio presidencial, el parque anexo al puente de la paz o el palacio de los servicios públicos, el gran ejemplo de modernización de la administración georgiana, que ha conseguido que muchos trámites ahora se hagan en un único lugar y en una única ventanilla. La nueva catedral es gigantesca por fuera. Por dentro aún hay trabajos para acabar de pintar los diferentes iconos. Tan magna construcción fue financiada por el multimillonario y ex primer ministro Ivanishvili, cuya estrambótica y acristalada mansión se puede ver desde diferentes puntos de la ciudad ya que se encuentra situada en la ladera cercana a la gran estatua de la Madre Georgia. Por último, mencionar que la avenida más bonita de la ciudad es la de Davit Aghmashenebeli, recientemente renovada y jalonada de bellísimo edificios burgueses art-deco, cafés y tiendas.

Chacha y termas

Esa noche la familia de mi amiga me ofreció una comilona casera. Los georgianos consideran a un invitado como una visita del mismo Dios, y por eso su hospitalidad es milenaria. De entrante, comimos badrijani nigvzit, lonchas de berenjena al horno rellenas de salsa de nuez y ajo coronada por pepitas de granada. Deliciosas. El tkemali, la salsa casera que cubría el pollo y las patatas me enamoró. Le llaman el ketchup de los georgianos. Este tkemali era casero. El ingrediente principal son unas mini ciruelas ácidas con especias como el eneldo, el ajo o el cilantro. Pero lo mejor eran los brindis, comunes en las comidas georgianas. Además del vino o refrescos, siempre hay cerca una botella de licor casero a base de uva, llamado vodka de uva o chacha, con un sabor delicioso pero bastante fuerte. Cada brindis se dedica a algo o a alguien y el que lo propone debe hacer un pequeño discurso. Y cuando el discurso acaba, todos gritan "Gaumarjos!" antes de beberse el chacha de un trago.

Tras la cena y achispados salimos por los locales de alrededor de la plaza de la Revolución de las Rosas, para ver el ambiente nocturno, bastante variado y hipster, con mucho donde elegir. El único pero es que todo el mundo fuma en el interior de los locales, dejando en mi ropa y pelo un desagradable olor permanente a nicotina e irritando mis ojos. Fue como volver a mi etapa de adolescente en Valencia. La omnipresente publicidad de los cigarrillos (asociando fumar a una vida deportiva y sana) y su bajo precio favorecen el tabaquismo. Georgia tiene aún un largo camino por recorrer en este tema.

Finalmente, me despedí de la ciudad con una relajante sesión en sus termas, que a la postre dieron origen a Tiflis, tanto físicamente como a su nombre. Las termas guardan un cierto encanto decadente y están separadas por amplias salas con grandes piscinas y duchas que puede reservarse por grupos. Dicen que estas aguas, tan calientes como pestilentes, tienen efectos curativos y preventivos, así que me sumergí un buen rato en ellas.

Tiflis es una ciudad diferente, reinventándose todos los días, con obras y reformas por todo lado. A pesar de sus grandes problemas de tráfico, hay muchos barrios agradables de bulevares arbolados que vale la pena recorrer. Tiflis no impresiona por sus grandes monumentos pero os dejará huella la hospitalidad sin rival de sus habitantes.


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