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dimecres, 14 de setembre de 2016

Okinawa Honto


El Ritz-Carlton Okinawa

El fin de semana pasado, por motivos de trabajo, tuve la suerte de desplazarme hasta Okinawa, la prefectura más meridional de Japón. De paso, aprovechamos para quedarnos el fin de semana y descubrir un poco de este inusual Japón tropical. Como teníamos poco tiempo y parecía que el domingo iba a llover, decidimos quedarnos en Okinawa-honto, la isla principal del archipiélago.

El viernes amaneció lluvioso así que nos refugiamos en el agradable Gusuku, uno de los restaurantes del Ritz-Carlton Okinawa, que ofrece menús de mediodía a muy buen precio para saborear la gastronomía local. Decorado con soplados de vidrio azul típicos del archipiélago y con forma de cabaña gigante, cada detalle del local está perfectamente medido. Hasta los reposa palillos son de coral. La música ambiental es la okinawense sanshin, que suena con una especie de guitarra de tres cuerdas con piel de serpiente. El menú del día incluía un bol enorme de soba de Okinawa, unos gruesos fideos de harina de trigo en caldo con konbu (un tipo de alga), katsuobushi (unos copos de bonito deshidratado), rodajas de tripa de cerdo, cebollino picado, costillas de cerdo deshuesadas, jengibre encurtido y rodajas de kamaboko (una especie de pastel de pescado). También venía un cuenco de arroz orgánico local cocinado con verduras de las islas, umi-budo (unas algas en forma de bolitas transparentes) y un cuenco de alubias.


Manza Beach

Cuando acabamos el trabajo, dimos un paseo por la bella Manza Beach, una especie de pequeña lengua de tierra que se adentra al mar de la China oriental. Llegamos al final, al curioso resort ANA Intercontinental Manza Beach, con forma de crucero y que por dentro parece una sesentera nave espacial. En el lounge del último piso hay unas excelentes vistas del atardecer que nos dejaron con la boca abierta. También son muy bonitas las vistas desde el lado contrario, con la blanca capilla del hotel en contraste con el mar de color rosado. Las bodas en los diferentes resorts que salpican la isla principal de Okinawa son muy populares entre los japoneses. Acabamos tomando algunas deliciosidades locales más para cenar en el teppanyaki del hotel, como un estofado de cerdo okinawés en un delicioso hojaldre y un filete de pez espada a la plancha que se fundía en la boca.

El sábado amaneció soleado así que enfilamos para una playa en la que grupos de japoneses practicaban el kayak mientras nosotros nos bronceamos y nadamos un poco. Aguas turquesas, arena blanca y pececitos transparentes nadando por todo lado. Cero basura, algo normal en Japón pero que se agradece especialmente en playas tropicales. El único pero fue el pájaro que me robó mi club sandwich mientras nadamos. Me tocó pasar hambre en el bus que nos trasladó de vuelta a Naha, la capital de Okinawa.

Pasamos por delante de la gigantesca base aérea estadounidense, que junto con otras bases más del Ejército de Tierra y la Marina, cuentan con más de 30,000 soldados de Estados Unidos que siguen controlando militarmente este archipiélago. Okinawa fue uno de los más sangrientos escenarios de la II Guerra Mundial, con más de 100,000 civiles muertos. El archipiélago fue ocupado por los estadounidenses hasta 1972, cuando devolvieron el gobierno civil a Japón, firmando un contrato por el que permanecían las bases militares.

La capital, Naha

Nos sorprendió Naha ya que no nos esperábamos una ciudad tan grande en estas islas. Por la ventana veíamos larguísimas y atascadas avenidas con edificios cada vez más altos y un monorraíl que atraviesa las calles jalonadas de palmeras. Nos dirigimos al Crowne Plaza Okinawa Harborview para relajarnos durante la tarde en su piscina. En la capilla de al lado se celebraba otra boda mientras nosotros pasábamos al lado en bañador y chanclas. Tras una siesta y una ducha, nos dispusimos a dar un paseo por la ajetreada Kokusai-dori, la arteria principal de la ciudad, llena de tiendas de recuerdos y animados restaurantes. Por sus aceras pasea una curiosa mezcla de jóvenes veraneantes japoneses, soldados americanos de permiso y algunos turistas europeos y asiáticos. Allí conocimos a un grupo de turistas estadounidenses, europeos y un chino y nos unimos a ellos para cenar en una especie de izakaya. Allí tomamos vieiras, sashimi de pulpo, tofu con bonito seco rallado por encima y yakitori (brochetas japonesas de pollo). Todo regado con awamori, el licor local a base de arroz destilado (y no fermentado como pasa en el sake). En Japón le llaman popularmente "sake isleño". La manera de beber awamori es rebajándolo con té frío o con agua mineral.

Al día siguiente, algo resacosos, tomamos el eficiente monorraíl y nos fuimos a visitar una de las joyas de Naha: Shuri-jo, el antiguo centro administrativo y residencia de los reyes Ryukyu hasta el siglo XIX. Okinawa era gobernada por varios señores que se dividían las diferentes islas así como la principal hasta 1429, cuando Sho Hashi, del reino Chuzan, unificó el archipiélago y dio nacimiento a la dinastía Ryukyu. Intensificó las relaciones con el Imperio chino, favoreció el arte, la música y las artesanías, dando lugar a los estilos típicos de la isla que aún hoy perduran. Se prohibieron las armas y el comercio floreció. Esta época dorada de paz y riqueza tuvo un inconveniente: en 1609, un clan de samurais de Kagoshima conquistó las islas de forma rápida debido a la ausencia de ejército local, imponiendo estrictos controles al comercio, gobernando con puño de hierro las islas y explotándolas económicamente. Sin embargo, permitieron a la dinastía Ryukyu seguir gobernando, aunque poderes meramente simbólicos. La restauración Meiji en Japón y el fin de los samurais implicó un empeoramiento de la situación ya que el emperador se anexionó las islas en forma de prefectura en 1879. El gobierno de Tokyo barrió la cultura local, impuso el japonés como lengua oficial y prohibió enseñar la historia del reino de los Ryukyu en las escuelas. La lengua propia de las islas desapareció y hoy en día solo quedan algunos giros y palabras que se mezclan con el japonés. Los okinawenses, además, no eran considerados ciudadanos del Imperio de la nueva dinastía Meiji. La II Guerra Mundial dio la puntilla de mala suerte y desgracias a estas islas, que empezaron a recuperarse en los setenta, gracias al turismo nacional que aumentó al mismo ritmo del milagro japonés.

El antiguo palacio de los reyes Ryukyu

El caso es que en una colina de la ciudad se alzan los restos y reconstrucciones de este castillo y palacio. Las bellas murallas y puertas cumplían funciones defensivas y rituales, marcando los espacios a los que cada categoría de personas podía acceder. El espacio más exclusivo es la plaza central, o Hokuden, en la que se celebraba el Año Nuevo chino, con el rey sentado en su trono secundario, en el segundo piso del palacio, presidiendo las celebraciones. Esta plaza también acogía las solemnes celebraciones para recibir a los Sapposhi, o enviados del Emperador chinos. Especialmente importantes eran las ceremonias de coronación de cada nuevo rey Ryukyu, que se celebraba siempre en presencia de un Sapposhi. Llegaban en baldaquines, acompañados de sus cortes, y eran recibidos por los músicos de la corte Ryukyu y toda la plana de altos funcionarios del reino que se sentaban de forma ordenada en la gran plaza (las líneas rojas y blancas aún presentes marcaban las hileras para sentarse). Era entonces cuando el nuevo rey del archipiélago recibía el reconocimiento del Emperador chino en boca de su embajador y se le ponía la corona de los Ryukyu, que aún hoy puede observarse en una vitrina en el interior del restaurado palacio.

Otro aspecto interesante es la religión de este reino, donde el papel de los intermediarios entre humanos y divinidad estaba reservado en exclusiva a mujeres. La corte de sacerdotisas o nuuru vivían en una de las construcción de este palacio principal, manteniendo sus labores de culto pidiendo a las divinidades y los espíritus de los ancestros para proteger al reino y mantener las cosechas abundantes. Las nuuru de la corte eran elegidas entre las nuuru de cada poblados. En efecto, cada población del reino contaba con una nuuru que ejercía de líder religiosa y también política, casi como una especie de reina-sacerdotisa local. En algunas partes del reino incluso se consideraba que toda mujer entre los 31 y los 70 años era intermediaria entre los dioses y los ancestros y tenía el derecho a ejercer el sacerdocio. El budismo nunca llegó a penetrar con fuerza en Okinawa. Sin embargo, los coreanos regalaron una estátua de Buda a uno de los reyes Ryukyu, que construyó un templete rodeado de un foso a los pies del palacio real para albergar la estatua. Hoy el lugar es popular sobretodo para tomarse una foto en el puentecito con los patos de cara roja nadando en el foso.

Los grandes conocimientos de este reino se observan en antiguos relojes que usaban el agua que caía desde depósitos para contar las horas del día. El complejo cuenta con galerías para ver objetos de uso cotidiano de aquella época, trajes y diversos retratos de los diferentes reyes de esta dinastía. En el palacio real, o Seiden, de fuerte color rojo bermellón, se observan estatuas de dragones por todo lado, así como representaciones pintadas o en relieve, siempre a pares, y siempre uno con la boca abierta o el otro cerrada (símbolo de la combinación entre géneros masculino y femenino). Especialmente bello es el salón del trono, en el segundo piso. Pequeña nota curiosa: los dragones, símbolo de realeza, en el reino Ryukyu se representaban con tres uñas, a diferencia de las cuatro uñas de los dragones representados en la Ciudad Prohibida, el Palacio de Verano y otros edificios imperiales de Beijing, reservados al Emperador chino.

Al salir del palacio, el barrio aún guarda decenas de casas con las tradicionales tejas de cerámica de Okinawa, rojas, y con los leones encima de los tejados, o a los lados de las puertas, más típicos de China que de Japón, aunque con una particularidad: los leones de Okinawa representan el equilibrio de femenino y masculino con las bocas, teniendo un león la boca cerrada y el otro abierta. En China esto se representa con una esfera en el pie del león y un leoncito pequeño en el pie de la leona. 

Por supuesto, este lugar, junto con otros restos esparcidos alrededor de esta isla, son considerados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Tras la mañana cultural volvimos a Kokusai-dori para comer en un restaurante tradicional donde pude probar el Goya Champuru, un revuelto de huevo con verduras, tofu y carne de cerdo, siendo el ingrediente predominante el goya, un melón amargo local. En un sabor curioso que al final se hace pesado, no me acabó de gustar el sabor amargo del goya, que acababa por matar el resto de sabores del plato.

Para bajar la comida, paseamos por las tres galerías comerciales cubiertas de la ciudad, algo anticuadas y llenas de puestos de comida típica y, por supuesto, souvenirs. Allí nos tomamos de postre unas sata andagi, unos bollitos de masa dulce típicos que también son populares en Hawaii. Unas abuelitas las preparaban en uno de los puestos de estas galerías (en las que nos refugiamos mientras un tifón azotaba Naha). Pedimos unas con sabor a mango muy ricas. Una vez paró de llover, y antes de dirigirnos al aeropuerto para volver a Tokyo, entré en una de las tiendas de Blue Seal, la marca de helados de Okinawa, para probar el de beniimo, a base de un tubérculo morado muy parecido al taro.

Dejé Okinawa con la sensación de no haber visto nada. Ni el paradisíaco archipiélago de las Kerama, ni uno de los acuarios más grandes del mundo ni tampoco los memoriales a las víctimas de la II Guerra Mundial o los pecios de grandes barcos de guerra sumergidos. Nos faltó también probar el taco de arroz y otras especialidades locales. Muchas buenas excusas para volver. 

Okinawa no es Hawaii ni tampoco Bali. Aquí no hay mucha fiesta. El ambiente es más bien relajado. Al fin y al cabo, esto sigue siendo Japón. Es verdad que con palmeras, gente con camisas de flores y temperaturas más elevadas. Pero Japón al fin y al cabo. A Okinawa se viene a bucear, a relajarse y a descubrir la maravillosa cultura, música y gastronomía del perdido reino Ryukyu.

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