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dilluns, 14 de novembre de 2016

Kagoshima

"Nunca encontraremos entre los paganos otra raza igual a los japoneses. 
Son gente de excelentes costumbres, buenos, en general, y no maliciosos." 
San Francisco Javier, octubre de 1549.

La puerta de Japón al mundo

Kagoshima es la prefectura más meridional de la tierra firme japonesa, llena de volcanes, muchos en activo. La soleada y homónima capital, que a mi me recibió con fuertes lluvias, está presidida por el gigantesco volcán Sakurajima, justo al otro lado de la bahía. El volcán, que es también considerado deidad por el sintoísmo, está activo y escupe humo y cenizas con regularidad. De hecho, la previsión meteorológica de la ciudad siempre incluye un parte de la posible cantidad de ceniza que podría caer. 

Kagoshima es conocida también como la Nápoles de Japón, no sólo por su clima más cálido que el resto del país y sus fértiles tierras sino también por la calidez de sus habitantes, mucho más abiertos al mundo que el resto del país. Ya bajo el gobierno del clan Shimazu, que duró 700 años, Kagoshima comerció de forma constante con chinos y coreanos. En 1549 entraba el cristianismo al país de la mano de San Francisco Javier por esta cosmopolita ciudad. En la Exposición Universal de París de 1867, la ciudad, que en aquel entonces se llamaba Satsuma, acudió con un pabellón diferenciado del japonés. Precisamente en esos años se estaban produciendo una serie de eventos que cambiarían por completo la estructura política y social de Japón: la restauración Meiji. Hasta ese entonces, el país se había regido por un sistema muy parecido al feudalismo europeo donde los daimyos o señores gobernaban cada una de sus tierras sirviendo a los shogunes, o señores de la guerra, que tenían el poder real del país, ya que el emperador era una mera figura protocolaria. Japón vivía aislado del mundo bajo este régimen con la excepciones de algunos enclaves como Kagoshima. Sin embargo, la llegada de las cañoneras del Comodoro Perry, de la Armada de los Estados Unidos, puso en evidencia la debilidad del sistema y forzó al país a aceptar tratados comerciales muy desfavorables. Esto abrió los ojos a parte de la aristocracia que decidió renunciar a sus privilegios para poder así modernizar Japón lo que les enfrentó con la otra parte de la aristocracia que veía en esto una traición a sus antepasados y a las tradiciones. Los aristócratas progresistas se alinearon con el recién nombrado emperador Meiji y algunos samuráis cosmopolitas como los de Kagoshima, para derrotar a los samuráis conservadores que eran muy fuertes en Kyoto. La derrota de estos últimos provocó el traslado de la capital a Tokyo. Saigo Takamori, samurái de Kagoshima, tuvo un papel fundamental en apoyar la modernización de Japón y acabar con el sistema de samuráis que tanto le beneficiaba en pos del progreso de su nación. Su enorme estatua se alza en el centro de la ciudad. 

La ciudad de los Jesuitas y de los onsen

Además de por su papel clave en la restauración Meiji, Kagoshima es conocida en Japón por su marcada cultura de onsen y sentos, mucho más que en el resto del país. Las aguas termales son especialmente abundantes debido a la mayor presencia de volcanes alrededor de la ciudad, empezando por el enorme Sakurajima. Una de las primeras cosas que hice fue acercarme al paseo de la bahía para admirar el gigantesco volcán, que al otro lado de las aguas se alza amenazante pero que al mismo tiempo provee de fertilidad a las tierras y de aguas termales con múltiples propiedades. Allí mismo, en el paseo marítimo, hay un onsen de pies disponible al público que permite a los paseantes relajarse un rato en las aguas calientes termales que brotan directamente desde lo más profundo. Hay más de 50 onsen en la ciudad. Para elegir el que mejor os convenga, pedid el folleto explicativo en inglés, disponible en oficinas de turismo y hoteles. En él se clasifican los onsen por los servicios que proveen e incluso por si sus aguas son potables o no. Hasta en el moderno aeropuerto de Kagoshima hay un onsen de pies público a disposición de los viajeros.

El protocolo de un onsen japonés no es complicado pero sorprenderá al occidental: lo primero es desnudarse y entrar a la zona de la sauna seca con solo una mini toalla en la cabeza que usaremos para retirarnos el sudor de la cara. Tras la sauna, nos meteremos en la zona de baños sentándonos en uno de los taburetes con su correspondiente ducha. Allí nos enjabonaremos sentados (la mayoría de onsen y sentos proveen con gel, champú y acondicionador) y nos aclararemos. Muchos japoneses aprovechan para afeitarse y lavarse los dientes, ya que cada puesto de taburete y ducha cuenta también con un espejo. Tras la limpieza, nos meteremos en alguna de las diferentes bañeras (las hay comunes o individuales y a diferentes temperaturas o con diferentes propiedades, incluso las hay con jacuzzi). También hay con chorros de agua en la cabeza para relajarse. La visita al onsen acaba con un baño rápido a la bañera de agua fría. Se recomienda tomar líquido durante la experiencia, preferiblemente bebidas isotónicas si se tiene la tensión baja. 

Las aguas termales, procedentes de la actividad volcánica, tienen propiedades beneficiosas para la piel y otros órganos, tanto en salud como en belleza, y son muchos los japoneses que acuden a los onsen varias veces por semana. Yo escogí el Kagomma Onsen que, además de todo lo habitual, contaba con sal gorda natural en un gran cajón de madera para frotarse en la piel y luego quitársela en una de las bañeras termales. Se encuentra en el 3-28 del Yasui-cho y es usado por los habitantes del barrio de forma habitual, con lo que se garantiza una experiencia auténtica, alejada de los turísticos onsen de los hoteles.

Tras la relajación del onsen, me dirigí a cenar al animado Temmonkandori, el barrio de los restaurantes y bares, sitaudo alrededor de las galerías comerciales peatonales y cubiertas. Obviamente, escogí un restaurante de comida típica de la ciudad: el Kumasotei. La gastronomía de Kagoshima se conoce como Satsuma-ryori y en este restaurante la hacen especialmente bien. Sentado en un tatami pedí uno de los menús degustación. La cena empezó con el tsukidashi, o aperitivo que se suele servir en cualquier comida japonesa. En ese caso eran verduras en vinagre y un trozo del típico boniato morado de Kagoshima. La comida siguió con sashimi de kibinago, pescado en la bahía, que se moja en una salsa avinagrada de miso. La textura de estos pescaditos es tan suave que los locales les llaman "gotitas de océano". El siguiente plato eran dos trozos de satsuma-age, un pastel frito de pasta de pescado triturado (suelen ser sardinas, bonito y caballa) con algunos trozos de verduras. El plato principal era un cuenco de kurotuba tonkotsu, costillas de cerdo negro local estofadas en una salsa dulce de miso, vegetales, sochu (el licor local) y azúcar moreno. Por supuesto, el arroz preparado a la forma loca y la sopa de miso no faltan. De postre, una gelatina (algo que los japoneses aman) de la batata morada local.

Antes de volver a mi habitación me pasé para ver la catedral de San Francisco Javier, muy moderna, construida al lado de donde antes había una iglesia de piedra que fue destruida por los bombardeos norteamericanos de la II Guerra Mundial. Enfrente aún se mantiene la puerta de entrada en piedra junto a una estatua del fundador de los Jesuitas. Por Kagoshima entró el cristianismo a Japón, que tras unas décadas de expansión y tolerancia, fue luego prohibido por los shogunes que encerraron Japón durante siglos (hasta 1864) evitando cualquier contacto extranjero. 

Los samuráis progresistas

Al día siguiente, bien temprano, seguimos la visita por los jardines Sengan-en, construidos en 1658 por el 19 señor de Shimadzu en un punto estratégico que además le permitía controlar los barcos que salían y entraban de la bahía. Los jardines, siguiendo el estilo japonés, incluyen el paisaje como parte de la decoración. Y el paisaje allí era nada más y nada menos que la bahía con el impresionante volcán Sakurajima de fondo. Paseando por los jardines y viendo los setos recortados de diferentes formas, nos metimos en una de las casitas tradicionales donde sirven jambo-mochi, unos pastelitos de arroz glutinoso pinchados en un palo y asados a la barbacoa, mojados en una salsa dulce-salada de soja, que son la merienda típica local. Continuamos la visita de los jardines viendo por fuera el Shoko Shukeikan, la primera fábrica de Japón, construida por orden del 28 señor de Shimadzu, donde se fabricaron las primeras cañoneras y máquinas a vapor japonesas, en la década de 1850, antes incluso del inicio de la Restauración Meiji que expandió la revolución industrial por todo el país. Es otra muestra más del cosmopolitismo y apertura a la modernidad que caracterizó a las clases dirigentes de Kagoshima del siglo XIX.

La visita acaba con la villa para la que se construyeron estos impresionantes jardines, residencia de la familia Shimadzu, gobernantes de la región y pioneros de la modernización del país. Los tours son en japonés pero contaban con cartulinas donde estaban traducidas las explicaciones de la amable guía. La visita nos llevó a través de las diferentes estancias de la preciosa villa tradicional japonesa, empezando por los diversos dormitorios, de gran austeridad; el despacho del daimyo, desde el que impartía gobierno, con las dos espadas que llevaba cada samurái; el onsen privado donde se aseaba cada día, asistido por criados; o el baño. Sin embargo, la estancias que más impresiona es el comedor, con elegantes muebles de estilo occidental y la primera lámpara eléctrica que funcionó en Japón, colgada del techo y fabricada en Inglaterra. El último zar de Rusia, Nicolás II, pasó unos días en esta residencia como príncipe en su juventud. La villa cuenta con bellas terrazas que dan al jardín y un precioso patio interior con un estanque alrededor del cual se distribuyen las diferentes estancias. El tour acabó en la sala del té, mirando este patio, haciendo la ceremonia con un té matcha en un bol y un delicioso dulce tradicional hecho con una receta de más de 200 años. 

Ramen, kamikazes y una cena kaiseki

Tras la visita a la villa y jardines de los samuráis cosmopolitas nos volvimos de nuevo al centro de Kagoshima a comer los ramen típicos de la ciudad, que se hacen con una sopa de miso más espesa de lo normal junto al tradicional caldo de hueso de cerdo. Además, aquí llevan nabo rallado. 

De ahí nos dirigimos al sur, bajando la península de Satsuma, hacia Chiran, para visitar el museo de lo tokko (los pilotos que se suicidaban y que erróneamente llamamos kamikazes). Se encuentra en la antigua base aérea desde la que despegaron 1036 pilotos para cumplir su deber y estrellarse contra barcos estadounidenses. Ahí pudimos ver aviones, recuerdos y fotografías de los jovencísimos pilotos. En la audioguía en inglés se explican las desgarradoras historias de varios de ellos. Como nos dijeron nuestros anfitriones japoneses, en verdad ellos no murieron por Japón ni por el emperador: murieron por sus familias y por la convicción de que de esta manera les garantizarían un futuro mejor. Esta operación fue diseñada por un general que la planeó como recurso de último resorte. Y así fue. Sin embargo, Japón se rindió poco después de que los Estados Unidos lanzara la segunda bomba nuclear, en Nagasaki. Esto hizo al general enviar cartas de disculpa a las familias de los tokku para hacerse el harakiri a continuación, clavándose una katana en el vientre y subiéndola para arriba para desgarrarse todo el torso.

Tras una visita tan dura y triste, nos dirigimos hacia Ibusuki, una pequeña y tranquila población costera con un kilómetro de playa. Allí nos instalamos en el gigantesco Ibusuki Iwasaki Hotel, un resort con todas las habitaciones con balcón y vistas al mar. Tras cambiarnos nos dirigimos a una de las suites para disfrutar de una refinada cena kaiseki ofrecida por nuestros huéspedes. Este tipo de comida japonesa se compone de varios platos en pequeñas cantidades que suelen ser de ingredientes de temporada. En este caso abundaban las verduras y hortalizas otoñales con ingredientes y técnicas de la cocina de Kagoshima, además de diversos pescados, un plato con las deliciosas costillas de cerdo negro o carne de res que se fundía en la boca preparada en una piedra caliente. El helado de postre de Satsuma-mikan (las naranjas de esta península) estaba perfecto.

Arenas volcánicas y una destilería de sochu

Me levanté bien temprano para disfrutar de un bello amanecer y de las impresionantes vistas del mar desde mi balcón, para luego bajar a la playa y darme un baño de arena, razón por la cual miles de personas visitan esta zona. Allí, un trabajador del hotel me enterró con una pala en las arenas negras, a través de las cuales, calientes vapores de las aguas termales volcánicas subterráneas suben. No más de diez minutos es lo que se aguanta allí enterrados. Los japoneses creen que esta experiencia tiene propiedades medicinales. De allí me fui a una piscina termal al borde del mar para retirarme la arena y luego a relajarme en el onsen del hotel, situado en uno de los pisos más altos del edificio.

La visita acabó en un precioso mirador, en mitad de los campos y las palmeras, para ver el gran volcán de la región que se conoce como el monte Fuji del sur: el Kaimon-dake, con su impresionante y bella forma de cono. En ese mismo mirador, visitamos una fábrica de sochu, el licor local de Kagoshima que intenta rivalizar con el sake. El sochu es licor destilado mezcla de la batata local y de arroz algo más fuerte que el sake. Nosotros lo probamos en la cena kaiseki de la noche anterior. En la fábrica pudimos ver y oler varios de los tanques en los que se deja destilar el líquido. La visita acabó con una cata a varios de los tipos de sochu.

Despegamos del aeropuerto de Kagoshima esa soleada tarde tras haber podido conocer de la historia, cocina y paisajes de una de las regiones más interesantes y amigables de Japón, una verdadera puerta de entrada a este misterioso y fascinante país. Kagoshima es un destino turístico poco conocido pero perfecto para descubrir una gastronomía excelente y una historia fascinante con los japoneses más cosmopolitas del país.

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