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dijous, 19 de juliol de 2018

Bucarest y Craiova

La pequeña París del Este

Llegué a Bucarest la mañana del viernes. Las luces se apagaban y la ciudad estaba silenciosa, vacía de coches. Mis taxi atravesaba avenidas y arbolados bulevares y de repente apareció el Arco del Triunfo, de estilo neoclásico, en homenaje a los caídos rumanos de la I Guerra Mundial. No me alojaría lejos, al final del largo Soseaua Kiseleff, en la primera parte de la calea Victoriei, sin duda la calle más popular de la ciudad. 

Ese día empecé recorriendo precisamente la calea Victoriei, en la que se encuentran muchas de las atracciones culturales de la ciudad, además de tiendas y cafés frecuentados por los locales. Una de las primeras es el Museo Nacional George Enescu, famoso músico rumano, que al casarse con una princesa de la antigua aristocracia rumana, se construyeron esta bellísimo palacete art-nouveau. En efecto, Bucarest está plagada de amplias avenidas, mansiones y edificios burgueses, todos construidos en la época dorada de la ciudad, la década de los 20 del siglo pasado.

Seguimos bajando la calle, pasando el Hilton Athenée Palace, nido de espías durante la II Guerra Mundial, hasta llegar a la plaza de la Universidad, donde se encuentra el antiguo palacio real, hoy Museo Nacional del Arte Rumano. Me quedó pendiente visitarlo por dentro, donde se encuentra una colección de estatuas de célebre Brancusi. En su afán por eliminar cualquier símbolo de la vieja Rumanía, el régimen comunista construyó un horrible anexo al Palacio Real como sede de la Asamblea Nacional que hoy se usa como teatro. Un poco más abajo se llega a la plaza de la revolución, donde empezaron las primeras protestas contra Ceaucescu y donde murieron los primeros manifestantes asesinados por la policía. En esa plaza se encuentra el Ateneu, una elegante ópera de estilo ecléctico francés, destacando su señorial lobby de mármol de Carrara. 

En esa misma plaza de encuentra el edificio que albergó el Comité Central del Partido Comunista de Rumanía, desde cuyo balcón Ceaucescu pronunció su último discurso el 21 de diciembre de 1989. Al día siguiente, él y su mujer huyeron en helicóptero desde el tejado mientras los revolucionarios iban tomando las plantas inferiores del edificio. Finalmente, la pareja fue detenida y fusilada el 25 de diciembre en Tirgoviste, al norte de Bucarest. En mitad de la plaza se alza el monumento a los héroes de la revolución, un obelisco de mármol blanco con una figura deforme metálica clavada. Los periodistas internacionales alojados en el Hotel InterContinental (por aquel entonces uno de los edificios más altos de la ciudad), presenciaron desde sus balcones la represión policial en directo aquel diciembre de 1989.

También en esta plaza se encuentra iglesia (biserica) Cretulescu, de estilo brancivino, una curiosa combinación de rasgos bizantinos, barrocos y locales que se convirtió en el estilo arquitectónico de  moda en Valaquia en el siglo XVIII por voluntad del gobernador Constantin Brancoveanu. El estilo se distingue por las pequeñas columnas, los arcos lobulados, los pequeños tejadillos de madera en las puertas y los techos tallados.

Pero no solo las iglesias tienen este estilo, también edificios civiles como el Ayuntamiento de la ciudad o la Facultad de Arquitectura, ya que el brancovino pasó a ser uno de los estilos arquitectónicos nacionales de Rumanía, igual que el neo mudéjar lo fue de España. 

No muy lejos se encuentra el pasaje Macca-Vilacrosse, un callejón cubierto de cristales amarillos al más puro estilo de los passages parisinos que tan de moda se pusieron a finales del XIX. Entre cafeterías y anticuarios uno se sumerge en el Bucarest de la belle époque. Entre estos pasajes, el arco del triunfo, los bulevares y edificios de apartamentos burgueses y que las placas de las calles son del mismo estilo, son muchos los que llaman a la ciudad, el París del Este.

Ese día comimos en un restaurante llamado City Grill, de comida rumana, que cuenta con útiles tablets en varios idiomas para ver fotos de los platos y sus descripciones, y así tener menos lío al pedirlos. Ahí probé la ciorba (sopa), ya que a pesar de ser junio hacia fresquito. Me recordó mucho a la fabada asturiana, pero más ligera. De segundo pedí sarmalute, que es carne con pimiento asado envuelta en hojas de repollo y con polenta como guarnición. Y de postre los famosos papanasi o donuts rumanos, muy densos y con limón rallado, acompañados de crema y grosellas almibaradas.

El Bucarest comunista

Llegamos al amplio bulevar Unirii, línea maestra de Ceaucescu para reconstruir Bucarest. Flanqueado de altos edificios anodinos, en origen destinados a residencias de las elites del Partido Comunista, la avenida está presidida por el Palacio del Parlamento al final, sin duda el mayor símbolo del sombrío régimen de Ceaucescu, el Conducator, que intentó transformar Bucarest en una megalópolis burocrática. Originalmente llamada Casa del Pueblo, aquí deberían estar todos los ministerios y las sedes de todas las empresas estatales y altos funcionarios del gobierno, además del mausoleo del líder comunista.

Fue acabado en democracia (era más barato acabar el edificio que derruirlo), la rebautizada como Palacio del Parlamento es el segundo edificio civil mayor del mundo en superficie, por detrás del Pentágono. Su volumen supera al de la Gran Pirámide de Keops. En su construcción se emplearon mármoles y maderas nobles, alfombras tejidas a mano y enormes lámparas de cristal. Todo con materiales y de artesanos de las diferentes regiones de Rumanía. También se llevó por delante uno de los barrios más bellos y antiguos de Bucarest, cuyas mansiones, iglesias y parques se perdieron para siempre.

El Palacio del Parlamento es uno de los edificios que más me ha impresionado en mis viajes. Interminables pasillos, gigantescas escalinatas, señoriales salones, enormes teatros... y cada parte decorada con formas y colores diferentes. Lo más llamativo del edificio es su sistema de ventilación natural, que permite mantenerlo fresco incluso durante los calurosos veranos de Bucarest. Ceaucescu, obsesionando y paranoico, quiso evitar aire acondicionado por miedo a que pudieran envenenarlo a él y a las elites del Estado. En cada una de las salas se ven los orificios en el techo que ventilan las estancias, perfectamente camuflados con la decoración y ornamentos.

Detrás de esta maravilla neoclásica se encuentra Anca Petrescu, joven arquitecta que dirigió un equipo de 700 arquitectos para alzar este coloso. Curiosidades como que la solemne sala rosa está reservada para actos diplomáticos (el rosa es el color de la diplomacia y yo sin enterarme) o que muchos de los elegantes salones se pueden alquilar para fiestas y eventos salpican la visita guiada, que es la única manera de conocer este laberinto. Tras dos horas caminando por el edificio solo fuimos capaces de visitar un 5% del mismo. Imaginaos lo grande que es. La visita acabó en el balcón principal, anexo al auditorio del edificio, desde el que se observa toda la longitud del bulevar Unirii, o como los locales le llaman, "nuestros Campos Elíseos". Desde aquí Michael Jackson se dirigió a las multitudes de fans rumanos diciendo aquel famoso "I love Budapest" que los dejó a todos helados. 

La Curtea Veche

Otro de los días lo dedicamos a la ciudad antigua. Bucarest fue fundada por Vlad Tepes, el empalador, sobre el que luego se inspiraría la leyenda de Drácula. Sin embargo, el "Drácula" contemporáneo que saqueó el país también arrasó con la mitad de la ciudad antigua para crear los edificios de apartamentos destinados a las élites comunistas alrededor del por aquel entonces proyecto del Palacio del Pueblo. La parte que no destrozó sigue siendo lo que hoy se conoce como Curtea Veche o barrio de la Antigua Corte, lleno de caserones de estilo francés, iglesias ortodoxas y sinagogas que sobrevivieron a la ocupación nazi. Actualmente es uno de los lugares más animados de la ciudad, con terrazas de restaurante y bares ocupando sus calles y con decenas de locales y turistas aprovechando las buenas temperaturas del verano.

Bordeado por el río Dambovita, aún se siguen viendo muchos caserones abandonados, siendo la mayoría de sus dueños judíos adinerados que fueron asesinados en los campos de concentración o que huyeron a las Américas o Israel. La iglesia más vistosa del barrio es la Biserica rusa, por sus siete cúpulas cubiertas de pan de oro. Es bonito ver también alguno de los antiguos caravasares (antiguas fondas de comerciantes) ahora reconvertidos en restaurantes o hoteles con encanto. 

Ese día comimos en La Placinte una cadena de restaurantes de comida típica rumana especializada en la región de Moldavia (si, hay una región en Rumanía con el mismo nombre que el país, de hecho, parte de Moldavia fue Rumanía hasta el fin de la II Guerra Mundial. Degusté como entrantes la fasola batuta, una especie de hummus pero de alubias marrones con cebolla caramelizada y el cascaval pane que es un pan rebozado con huevo y relleno de queso derretido que es delicioso. También probé las mici con mostaza, que son las tradicionales salchichas caseras rumanas que me parecieron demasiado grasientas. Lo que más me gustó fueron los crepes salados de pollo desmenuzado y queso derretido. Me gustó tanto que repetí en otro restaurante de la cadena, esa vez en el de cerca de la plaza de la Victoria, sede del Ejecutivo. Allí por cierto pude ver una de las constantes protestas contra la nueva ley anticorrupción que disminuye las penas por malversación de caudales públicos.

Finalmente, como era sábado, salimos de fiesta. Bucarest es una ciudad muy animada y los rumanos suelen tener unos horarios similares a los de los españoles por lo que se refiere a entrar tarde a las discotecas. En otra entrada me explayaré más sobre los locales de música nocturnos de la capital rumana.

Craiova

Para llegar a Craiova tomé el tren en la Gara du Nord de Bucarest, un imponente edificio ferroviario de la época dorada de la ciudad. El lento y abarrotado pero puntual tren de los ferrocarriles rumanos me llevó hasta una aburrida ciudad de provincias donde destaca el palacio del arte, antigua residencia de la familia Constantine, una de las más ricas de Rumanía. El edificio en sí es famoso puesto que allí se alojaron desde los monarcas rumanos, el gobierno polaco en el exilio o el Mariscal Tito, fundador de Yugoslavia.

Otra cosa que llama la atención en la ciudad es la plaza principal donde poder ver el majestuoso ayuntamiento de estilo brancovino, apartamentos de estilo Haussmanien del XIX, insulsos edificios gubernamentales de la época comunista y el ultramoderno centro comercial banco nuclear del siglo XXI. Más de 300 años de arquitectura en una sola mirada.

Desde su minúsculo aeropuerto tomé el vuelo que me devolvió a Barcelona. Los rumanos coinciden en que me dejé por ver lo mejor del país: la enorme región de Transilvania con los Cárpatos, sus bellos pueblos, y sus castillos y bosques... incluido el de Vlad Tepes, el "Empalador". Tendrá que ser a la próxima y con más tiempo. 

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