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dimecres, 5 d’abril del 2023

Delhi

La capital de la India

Delhi es una de las ciudades que más tiempo ha estado habitada de forma ininterrumpida a lo largo de la historia. Hoy, con 28 millones de habitantes censados, es la segunda ciudad más habitada del mundo tras Tokio. Pero no tiene nada que ver con la capital japonesa: Delhi es una ciudad supercontaminada, caótica y muy ruidosa. Solo la curiosidad nos hará pasar unos días en ella. Por mi lado, también el hecho que fuimos a visitar a mi amiga Deborah, que ha sido destinada unos años allí por trabajo.

Para moverse por la ciudad recomiendo dos opciones: para distancia de menos de 20 minutos, optad por un auto-rickshaw: rápido, barato y divertido, se pueden pedir a través de la aplicación Uber para ahorrarnos negociaciones y precios inflados. Para trayectos más largos, Uber o taxi, aunque en los taxis os tocará negociaciones que a veces son un rollo. En cualquier caso, si sois dos o más, todo saldrá a precios de cualquier transporte público en Europa y os ahorrará líos, sudor y sobre todo, tiempo.

La islamización de Delhi

El mejor lugar para empezar un recorrido por la ciudad es adentrarse en sus restos arqueológicos más antiguos: el conjunto arqueológico del Qutb Minar. Aquí hay varias tumbas del Imperio Maurya, así como restos de templos jaimistas, budistas e hinduistas del siglo IV antes de Cristo usados para construir dos grandes mezquitas del siglo XIII, las más antiguas de la India septentrional,  construidas con materiales procedentes de una veintena de templos brahmánicos. Ambas también están en ruinas. Pero el protagonista de este parque es el gigantesco minarete, en muy buen estado. Se trata de una torre de arenisca roja de 72 metros de altura, cuya pared exterior, de estilo afgano, está bellamente ornamentada. También se mantiene bastante bien la magnífica Puerta de Alai Darwaza, obra maestra del arte indo musulmán construida en 1311. Sin duda, lugar perfecto para entender como una ciudad mayoritariamente hindú pasó a ser musulmana durante siglos. 

La islamización de Delhi se profundizó con la llegada de la dinastía Lodi, también afgana, que construyó tumbas como la de Shish Gumbad o la Bara Gumbad, impresionantes, y que pueden visitarse gratis en los jardines Lodi, lugar muy popular en el que hacen picnic las clases medias de la ciudad durante los fines de semana. El estilo de estas tumbas fue copiado siglos más tarde, y perfeccionado, al construir el Taj Mahal en Agra.

De la era Lodi vale la pena también visitar el baoli Agrasen Ki: los baoli eran depósitos de agua pero también lugares de encuentro social en cuyas hornacinas la gente se sentaba en verano para aliviar el calor y socializar refrescados por la brisa del agua almacenada. Nada más entrar, me pareció estar en un lugar mágico, como la guarida de un super héroe. Es del siglo XIV y cuenta con 103 peldaños.

El imperio Mogol

A los Lodi les sucedieron los mogoles en 1526, cuando Babur, descendiente de Gengis Khan, invadió el imperio Lodi y fundó la dinastía Mogol, que gobernaría casi todo el territorio de la India durante 300 años. Lo cierto es que primero instalaron su capital en Agra y no fue hasta el siglo XVII cuando el emperador Shah Jahan trasladó la corte a Delhi y construyó el Fuerte Rojo, nuevo centro administrativo, militar y palaciego del imperio durante muchas décadas. Su nombre se debe al color rojo de la piedra arenisca con que se construyeron sus espesas murallas. En su interior, los palacios se basan en prototipos islámicos, pero los pabellones muestran elementos arquitectónicos típicos de los edificios mogoles, en los que se puede observar la fusión de las tradiciones persas, timures e hindúes. Personalmente no entré, ya que Delhi tiene mucho que ofrecer y hay otros fuertes en el país mucho más impresionantes, como el de Fatehpur Sikri o el de Agra y que sí visitamos. Los fuertes actuaron como una suerte de "Ciudad Prohibida" de Beijing para el emperador mogol y su corte.

No muy lejos del Fuerte Rojo se encuentra Jama Masjid, otro de los iconos de la era Mogol en Delhi. Esta gran mezquita era a la que el emperador y su corte iban a rezar. Su patio es, como muchas cosas en este país, de película, tanto por sus proporciones como por su simetría. Puede acoger hasta 25,000 personas. Para alejarse de los remolinos de gente y tomar distancia de la ciudad, nada mejor que subir a uno de sus minaretes (el único abierto al público) para disfrutar de unas vistas de la Vieja Delhi. Eso sí, ni las estrechas escaleras de caracol para subir ni el pequeño espacio en su cima son aptos para claustrofóbicos o personas con miedo a las alturas.

Otro lugar clave en Delhi es la tumba de Humayun, construida en 1570. Esta sepultura tiene un significado cultural especial por ser la primera tumba-jardín edificada en el subcontinente indio. Es curioso porque esta tumba de un emperador encargada por su mujer para honrarle (historia contraria a del Taj Mahal, al que sirvió de fuente de inspiración arquitectónica 60 años después). De hecho, su cúpula principal es muy similar a la de la tumba de Agra. El complejo funerario incluye otras bellas tumbas también que vale la pena ver.

El imperio británico

En el siglo XIX, los británicos derrocaron al imperio Mogol y anexionaron la India al suyo, permitiendo a algunos rajás gobernar partes del mismo bajo el paraguas de la administración británica. El Fuerte Rojo pasó a ser una base militar británica hasta el 15 de agosto de 1947, cuando Nehru levantó la bandera india en la principal puerta del fuerte, ceremonia que se sigue celebrando cada día de la independencia del país.

En los alrededores del Fuerte Rojo y la Jama Masjid se congregaron comerciantes y profesionales liberales, atraídos por la riqueza y seguridad de la corte imperial, a la que proveían de bienes y servicios de gran calidad. Los más exitosos se construyeron "havelis" o bellas mansiones con un patio interior. Los británicos respetaron a dicha población, pero todo cambió con la independencia. Hoy en día, pasear por la Vieja Delhi es una experiencia única, pero muy dura: la basura aparece por cualquier lado por lo que ratas, monos, palomas y perros callejeros son frecuentes. La decadencia que vive un barrio que fue rico se debe a la independencia de la India, cuando la mayoría de población musulmana huyó a Pakistán, en el contexto de masacres y persecuciones. Si un tercio de los habitantes de Delhi eran musulmanes el 1947, tan solo quedaron un 6% en 1950. La Vieja Delhi, antigua corte del emperador musulmán, y barrio por tanto mayoritariamente islámico, perdió a casi todos sus habitantes y el nuevo gobierno indio repartió mansiones y apartamentos a refugiados hinduistas y sij que llegaron del Punjab, de donde la población musulmana, a su vez, los había perseguido y expulsado.

El barrio sigue siendo eminentemente comercial, pero las calidades de los productos han bajado en general, con poquísimas excepciones. Cada parte del mismo se dedica a productos específicos, como los libros, la comida, la ropa o las telas. La Vieja Delhi, otrora una ciudad mogol, pasó a ser mayoritariamente una ciudad punjabi, construyéndose incluso un  nuevo y enorme templo sij en Channdi Chowk, su avenida principal. Lo cierto es que la Vieja Delhi sigue sin recuperarse de este trauma poblacional. Y aunque la suciedad desaconseja probar sus puestos de comida callejera, estos son considerados de los mejores del mundo, con recetas seculares e ingredientes curiosos para cualquier occidental, además de olores y colores que estimularán nuestro apetito. Mi consejo es limitarse a sitios muy llenos, ya que garantizan que la comida está en buen estado, como el mítico Karim´s. Este feo local, en el que cocinan brochetas de carne a la brasa en plena calle, es un tesoro que pasa muchas veces desapercibido. Se trata de un negocio familiar en el que han cocinado recetas de la corte Mogol durante siglos. El local lo abrió uno de los miembros de la saga tras quedarse sin su trabajo como cocinero de la corte en pleno siglo XIX con la llegada de los británicos. Por eso, aún hoy, podemos disfrutar a precios de risa platos que comían los sultanes mogoles como las burrah (chuletas de cordero marinadas), de las mejores que me he comido nunca.

Y al ser la Vieja Delhi ahora mayoritariamente hinduista, si queremos adentrarnos en un barrio musulmán, hay que dirigirse a los alrededores del mausoleo del santón sufí Khwaja Nizamuddin Auliya, un asceta del siglo XIV que propagó la tolerancia entre credos. Vale la pena entrar en el mausoleo, apretujándose entre las masas de devotos que se amontonan para tocar la tumba del santo, tras atravesar estrechos pasillos llenos de tiendas de objetos religiosos y ofrendas que llevar al santo, como pétalos de rosa, incienso o arroz.

La Nueva Delhi

Los británicos establecieron la capital al principio en Calcuta, pero en 1911 la volvieron a mover a Delhi, iniciando un plan de ensanche para alojar a la administración colonial con el enorme bulevar Rajpath como eje vertebrador y que hoy conecta la Puerta de la India con el palacio presidencial. Este barrio está lleno de larguísimos y anchos bulevares arbolados, jalonados de edificios y chalets blancos.

Uno de los grandes símbolos de la era colonial es Connaught Place, un barrio de columnas palladianas con forma circular, que hace 50 años era el lugar más elegante de la ciudad. Ahora está en decadencia pero hay muchas cadenas internacionales de ropa así como de comida fast-food. 

En cualquier caso, en Nueva Delhi es donde mejor se puede comer de la ciudad, encabezando este ranking el Indian Accent, mejor restaurante del país según la revista mundial "Restaurant". Situado en el Lodhi Hotel, hace falta reservar con mucha antelación para conseguir mesa, dejando una señal importante de dinero que no es reembolsable si finalmente no se puede ir. El chef Manish Mehrotra fusiona de forma magistral recetas e ingredientes de todo el país con técnicas de la nouvelle cuisine. El menú degustación es cerrado (se puede optar por la versión vegetariana) y se empieza con unos pequeños naans de queso recién horneados acompañados de una sopa de espinacas y cardamomo, a la que le siguen platos cada uno mejor que el anterior, a los que se les puede modular el nivel de picante (personalmente me sentí muy cómodo y no me molestaron para nada las especias). La cena se cierra con un postre doble: primero un helado indio (mucho más denso) de halwa y calabaza con almendra amarga y se acaba con un flan de coco especiado y una pasta de dátiles entre una masa crujiente y dulce.

Otro lugar increíble para centrarse en la gastronomía del norte de la India es Bukhara. Situado en el hotel ITC Maurya, dispone de varios horno tandoori tradicionales en los que ver a los chefs amasar y hornear los naans. Pedimos paneer tikka (queso hindú a la brasa especiado) con dos kebabs: de cordero y de pollo, especiados, y que estaban exquisitos, y picaban a niveles que pude tolerar. En el norte de la India se come con las manos, así que enfundaros el delantal que os facilitan y al ataque.

La Delhi capital de la India independiente

La estela de Mahatma (alma grande) Gandhi, considerado padre de la India moderna, es muy visible en Nueva Delhi y hay muchos memoriales y museos dedicados a su figura. Nosotros optamos por el Museo Nacional de Gandhi, en el que aprender más de su vida, su filosofía de resistencia no-violenta, y observar elementos que le pertenecieron, así como obras de artistas que le dedicaron en vida, y sobre todo, tras su asesinato a tiros por un fanático hinduista, escandalizado por los rezos interreligiosos que promovía. En el museo se pueden ver también las gafas que llevaba el día que le asesinaron, su túnica manchada aún de sangre o cientos de sellos que se le dedicaron a lo largo y ancho del mundo por casi todos los servicios postales.

Para compras de recuerdos y objetos indios de calidad, a nosotros nos gustaron tres lugares. El primero es el Central Cottage Industries Emporium, una tienda gubernamental que pareciera una cueva del tesoro india. Cuenta con seis plantas llenas de artesanía proveniente de todo el país a precios fijos: de ropa a muebles pasando por decoración, inciensos, joyas o esculturas. El segundo es justo enfrente, una calle llena de puestecitos tibetanos donde encontrar muchos recuerdos y artesanía a buen precio, pero donde hay que ser buen negociante. Finalmente, el Khan Market, el lugar preferido de la élite india, donde encuentras tiendas de un gusto exquisito y precios no tan caros para los estándares occidentales, empezando por Fabindia (tienen una de ropa y otra de hogar) un lugar perfecto para comprar ropa india o recuerdos de altísima calidad.

También vale la pena pasearse por Shahpur Jat, un pequeño barrio cerca de las ruinas del antiguo fuerte Siri, que ahora se ha convertido en un conjunto de callejuelas bohemias donde los diseñadores indios más jóvenes se mudan para vivir, trabajar y exponer sus obras. Aquí podréis pasear y descubrir las últimas tendencias de la ropa india, saris, túnicas e incluso ropa para el hogar. Y todo de una enorme calidad, diseños únicos y precios asumibles para ser ropa de diseño.

Despediros de la Nueva Delhi en el templo Lotus, ejemplo bellísimo del expresionismo indio. Esta enorme Casa Bahai permite rezar a cualquier creyente de cualquier religión. Su estructura consiste en 27 pétalos de mármol y arcilla blanca colocados en forma de loto gigante.

dilluns, 13 de març del 2023

Rajastán

Rajastán, la India que todos tenemos en mente.

La India es ese país que todo viajero tiene en mente pero que es muy difícil abordar. No es un país cómodo, la comida es complicada en muchos aspectos y moverse por el mismo también. También hay que saber cuando visitar cada una de sus partes, ya que su clima puede ir desde el muy cálido y húmedo de muchos de sus Estados a partir de marzo y al frío extremo de la zona del Himalaya o los monzones interminables del sur en la época de este fenómeno. En definitiva, no es un viaje para principiantes.

Pero si hay un lugar por el que se puede empezar es Rajastán, el Estado indio en el que se encuentran algunas de las ciudades con más encanto del país. Tierra de marajás, fortalezas y palacios. De desiertos y junglas. Ninguna visita a la India será del todo completa sin asomarse algunos días por aquí, donde veremos elefantes transportando a personas, encantadores de serpientes y fábricas tradicionales de coloridos saris. Este estado ha sido gobernando por príncipes hindús desde hace mil años, dividido en pequeños sultanatos, por lo que la influencia islámica es menor que en Delhi o Agra, por ejemplo. Pudieron mantener sus reinos siendo vasallos del Imperio Mogol, primero, y luego del Británico, hasta que la nueva República India les quitó el poco poder que les quedaba y Rajastán pasó a ser un estado más de la federación. Su actual capital, Jaipur, es además una de las tres puntas del conocido como triángulo dorado, el recorrido que hará todo principiante: Delhi, Agra y Jaipur. Nosotros, además, nos escapamos un par de noches a Udaipur, otra ciudad del Rajastán  maravillosa.

Jaipur, la ciudad rosa.

En Rajastán, cada ciudad principal tiene un color, y su capital tiene asignado el rosa. Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Jaipur es una de las primeras ciudades indias construidas de forma planificada: en 1727 la fundó el Marajá Sawai Jai Singh II, siguiendo reglas del urbanismo y la arquitectura védica. Las calles de su centro fortificado están bordeadas por una línea continua de comercios con columnatas que se cruzan en el centro, creando grandes plazas públicas llamadas chaupars. Los mercados, puestos, residencias y templos construidos a lo largo de las calles principales presentan fachadas uniformes. La planificación urbana de la ciudad muestra un intercambio de ideas surgidas de las antiguas culturas hindú y mogol con las occidentales modernas. Diseñada para ser una capital mercante, la ciudad ha mantenido hasta el día de hoy sus tradiciones comerciales, artesanales y cooperativas. Originalmente estaba pensada para tener nueve bloques: uno para los palacios y los otros ocho para comerciantes, todo rodeado de murallas y con siete puertas de acceso fortificadas.


Sus fachadas de color rosa salmó se pintaron en 1876 para dar la bienvenida al Príncipe de Gales, Alberto Eduardo, que luego se convertiría en Eduardo VII, Emperador de la India. Hoy en día sigue siendo el único color permitido en las fachadas del centro de la ciudad.

Del centro de la ciudad, vale la pena visitar el palacio, aún parcialmente habitado por la familia real de Jaipur, que ahora se limita a cumplir funciones ceremoniales. Las diferentes partes del palacio fueron construidas en épocas diferentes por lo que vale la pena aprovechar que la mayoría de las estancias están abiertas al público, incluyendo una enorme armería, las antiguas salas de audiencias de mármol (que algunas se alquilan para bodas) y el salón del trono. El patio de las puertas de las cuatro estaciones es espectacular. Dentro del antiguo bloque palaciego también vale la pena entrar al Hawa Mahal o palacio de los vientos, un gran mirador para las damas de la corte construido en forma de edificio de cinco alturas con la fachada en la calle principal, desde donde estas disfrutaban de la vida común de la ciudad o de los desfiles a través de celosías para no ser vistas desde fuera. La bella fachada es considerada símbolo de la ciudad.

Finalmente, el tercer gran atractivo de este bloque de la ciudad es el Jantar Mantar, un observatorio astronómico construido a principios del siglo XVIII, que cuenta con una veintena de instrumentos en obra de albañilería muy innovadores en su tiempo, tanto en el plano arquitectónico como técnico. Permitieron observaciones astronómicas a simple vista y refleja las concepciones cosmológicas y los conocimientos astronómicos de los sabios a finales de la era mogol. Por estas características únicas, la UNESCO lo declaró como sitio Patrimonio de la Humanidad. Aún se puede observar las mediciones que se hacen con el movimiento del sol para calcular horas, días, meses, años y la posición del resto de planetas del sistema solar. También era usado para calcular el horóscopo de cada nacido.

Paraíso para compradores negociantes

Los bloques comerciales de la ciudad son probablemente uno de los mejores lugares de la India para hacer compras de cientos de cosas típicas. Cada gremio tiene sus zonas asignadas, incluyendo el callejón del té con vendedores a granel de varios tipos de esta infusión. En Maniharon Ka Rasta se encuentran los fabricantes de las bellas pulseras rajputas, hechas de resina a la brasa tras ponerles colorantes. Antes de sentaros a ver el género y negociar precios, pasead y ved, evitando las pulseras más finas, que acabarán rompiéndose en pocos días. Las mejores son las pulseras con mucho grosor. En Rajastán también se elaboran las telas con diseños estampados de forma tradicional usando moldes de madera y tintes que incluso podréis hacer en algunos locales. El estado también es famoso por sus zapatos de piel y sus joyas, con barrios de esas tiendas donde encontrar auténticas gangas.

El centro ofrece además mucho que probar. No muy lejos del Hawa Mahal se encuentra el puesto "Pandit Kulfi" donde no hay que perderse su especialidad: el típico y denso helado indio que puede ser de muchos sabores pero que este puesto solo lo venden con una receta a base de azafrán, pistachos y almendras. Y para comer, una pausa del ajetreo en la agradable terraza del Hotel Sweet Dream, que tiene un restaurante vegetariano tradicional hindú con opción a que los platos apenas piquen, lo que es de agradecer. De hecho, se puede elegir el nivel de picante del 1 al 6. Fue la primera vez en el viaje que pude rebañar las salsas con el naam. Por cierto, los makania lassi (de azafrán, servidos con hebras frescas) están espectaculares como bebida. Y si os apetece un postre o una merienda, en uno de los bulevares principales de la ciudad vieja está el LMB Hotel, en cuya planta baja hay una enorme pastelería con todos los dulces tradicionales de Jaipur: desde los kaju gunjia forrados en láminas de plata (que se come) hasta el famoso paneer ghewar, un pan dulce duro lleno de agujeros que se come con una natilla de sabor a azafrán, pistacho y cardamomo.


La nueva Jaipur

Más allá de las zonas comerciales del centro, se encuentran de las zonas ajardinadas del ensanche del siglo XIX, con el Albert Hall Museum en el centro, cuya primera piedra puso el propio Eduardo VII en su visita como Príncipe de Gales. El edificio es bonito y alberga una curiosa colección de antigüedades de todo el mundo (incluyendo una momia). Pero a los que estamos acostumbrados a la enorme calidad de los museos europeos no nos impresionó nada, así que solo lo recomiendo si tenéis tiempo de sobra. Aunque, hay que decir, que los locales lo consideran una de las grandes joyas de la ciudad. No muy lejos está el cine art-déco Raj Mandir, donde disfrutar de películas de Bollywood en un entorno abigarradamente decorado.

El ensanche decimonónico también cuenta con agradables locales donde comer, como Niro´s. Se trata de uno de los primeros restaurantes "multicocina" del país (y que ahora son muy populares), inaugurado en 1949. Sirven buena comida india de norte y sur (ambas pican), además de platos chinos y occidentales. Todo delicioso y servido con buenos ingredientes. Otro de los lugares que no hay que perderse es el Jaipur Modern Kitchen, un restaurante de diseño donde sirven platos fusión de todas las gastronomías asiáticas con la francesa, italiana y peruana, usando ingredientes orgánicos y muy saludables. La quinoa es protagonista de muchos de sus platos. Mientras esperamos que llegue nuestra comida, vale la pena dar un vistazo a la tienda de ropa y productos del hogar que tienen anexa, de extremado buen gusto pero precios elevados (especialmente en relación al coste general de otras tiendas en el país). Un lugar perfecto para descansar de la contundente gastronomía india con sus saludables y no picantes platos. Finalmente, dentro del lujoso complejo del Narain Niwas Palace Hotel, donde se han grabado muchas películas de Bollywood, hay un restaurante magníficos: el DOJO, en el que probar platos fusión indios-italianos-japoneses espectaculares.

Fuera del centro y el ensanche no recomiendo pasear por la ciudad ya que el tráfico es insoportable, las calles suelen estar sucias y embarradas, con vacas, perros y ratas deambulando sin control. Pero, respecto al alojamiento, es mejor hacerlo fuera del centro si se va en grupo, para ahorrarnos los ruidos y el tráfico cuando nos retiremos a descansar. Nosotros optamos por el Alsisar Haveli. Los haveli son antiguas mansiones de nobles y muchas de ellas han sido restauradas como hoteles, tras la democratización del país y la perdida de poder de las castas superiores. Este hotel cuenta con un comedor de desayunos majestuoso, personal vestido de uniforme tradicional y una relajada piscina donde descansar del caos de Jaipur. Además, las habitaciones son maravillosas: muy amplias, con techos altos y camas cómodas y señoriales, con la decoración original de ventanas y molduras restaurada.


El impresionante fuerte de Amber

Desde la ciudad también vale la pena hacer una excursión a la ciudad vecina de Amber, especialmente por su impresionante fuerte color miel, que forma parte de un grupo de fuertes declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La arquitectura ecléctica del mismo es un testimonio perfecto del poder de los Estados rajputas que florecieron en esta región, en el que mezclaron su arquitectura tradicional hindú con elementos persas e islámicos que trajeron los mogoles que gobernaban el imperio desde Agra o Delhi. Cuando uno se acerca desde el caudaloso río que cruza el valle parece sumergirse en un escenario de "Juego de Tronos", con un fuerte gigantesco en lo alto de una montaña y el resto de montañas de alrededor rodeadas por una impresionante y larga muralla. En mitad del río, frente al fuerte, una isla artificial perfectamente cuadrada alberga un jardín de especias, azafrán incluido, que además de abastecer las cocinas del fuerte, servía para perfumarlo los días de viento.

Dentro destacan las salas de audiencias, públicas y privadas, donde los Rajás recibían las peticiones de sus súbditos y despachaban con sus consejeros; así como las diferentes estancias, tanto del Rajá y su esposa, como de las concubinas y del funcionariado y los soldados. Los sistemas de canalización del agua, de refrigeración de las estancias con cascadas o de algunos precursores de los jacuzzis son impresionantes. Los coloridos y diseños de las diferentes estancias son tan bonitos que se usan como escenario de reportajes fotográficos para bodas. De hecho, nosotros nos encontramos con una pareja de novios y su equipo fotográfico detrás. 

De la visita, destaca el Salón de la Victoria, forrado de pequeños espejos que, por las noches, cuando la estancia se iluminaba con velas, generaba un efecto mágico perfecto usado durante las veladas de la corte. Además, una de las estancias más curiosas son las zenana, donde vivían las concubinas en pequeños apartamentos, diseñado todo de tal manera que el marajá podía visitarlas a través de pasillos discretos sin que nadie le viera entrar ni salir.

En los alrededores del fuerte también pueden verse encantadores de serpientes tocando su instrumento tradicional con una cobra saliendo de una cesta, moviéndose al ritmo de la música. Asimismo, filas de elefantes suben y bajan las empinadas rampas al fuerte, con turistas cargados en pequeños cubículos, al modo de los antiguos Rajás, pero que nosotros preferimos no usar por recomendación de grupos de protección a animales.

En la carretera de vuelta de Amber a Jaipur vale la pena pararse frente al Jal Mahal, un espectacular palacio usado como pabellón de caza y construido en mitad del caudaloso río al que solo se podía acceder en barca y que hoy está abandonado.


Udaipur, la ciudad blanca.

Otra joya de Rajastán es Udaipur, la ciudad blanca. Tras dormir en un compartimento privado de un tren nocturno indio (toda una experiencia), llegamos a esta apacible población a orillas de un lago artificial, el Pichola, inundado por los gobernantes del reino de Mewar durante el siglo XVI, tras desviar un río cercano. La ciudad se fundó en 1559 por el Rajá Udai Singh II, que empezó a construir las primeras partes del actual palacio, imponente, y de un 1 kilómetro de largo, siendo uno de los más largos del mundo. 

Los Mewar consiguieron resistir el poder del Imperio Mogol mejor que el resto de reinos rajputas (por estar más alejados) y hasta hoy gozan de gran influencia en los antiguos territorios del reino. De hecho, han sido y son los grandes impulsores de la transformación de Udaipur como meca turística nacional e internacional. De hecho, aunque su palacio sigue siendo parcialmente su residencia, la mayoría de sus edificios (en realidad es un conjunto de once palacios pero que se mantuvieron estéticamente unificados) fueron reconvertido en varios hoteles de lujo mientras que las estancias más antiguas se abrieron al turismo. Vale muchísimo la pena visitarlo, tanto por su arquitectura y sus patios ajardinados en los pisos superiores, como por sus preciosos frescos y la colección de objetos antiguos, que incluye uno de los parchís más antiguos del mundo, juego inventado en la India como "pachisi" y que llegó a la península ibérica gracias a los árabes. El sol bigotudo, símbolo de los Mewar, es omnipresente en todas las estancias.

Desde el palacio, tomad un barco que os lleve hasta la isla de Jagmandir, que alberga un antiguo palacete de caza ahora reconvertido en hotel. Sus jardines son el lugar perfecto para relajarse, observando de lejos la blancura de Udaipur y disfrutando del sonido de los pájaros y el viento. Ofrece un spa abierto a los no huéspedes con unos jardines privados de película.

El lago y las vistas del imponente palacio convierte a Udaipur en uno de los lugares más románticos de la India. Al menos así la describió uno de los primeros oficiales ingleses enviados a gobernar este subcontinente. Nosotros nos alojamos en el precioso Jagat Niwas Palace, con una terraza con vistas hipnotizantes al lago. Su restaurante ofrece rincones con vistas inolvidables donde descalzarse los pies y subirles a sus acolchados rincones para degustar sus deliciosos platos, que se ofrecen con la opción real de que no piquen. 

Udaipur es una ciudad donde sí se puede pasear de una forma más o menos agradable, ya que sus callejones tortuosos hacen mucho más complicado el tráfico de otras urbes del país. Esas callejas esconden muchas sorpresas, como el templo hindú Jagdish, con una escalinata flanqueada de elefantes y sus miniaturas en mármol que pueblan sus fachadas. Además, permite asistir a ceremonias religiosas con cantos interesantes. Tampoco os perdáis en Gangour Ghat, una zona habilitada para baños sagrados con un templete hindú al lado y palomas alimentadas por los devotos. 

Udaipur apenas tiene vida nocturna, pero se puede pasar una agradable velada en el Dharohar at Bagore Ki Haveli, el patio de un antiguo palacete de nobles que ahora ofrece espectáculos tradicionales del Rajastán, con bailes de las diferentes antiguas ciudades-estado, mayoritariamente realizados por mujeres que usan fuego y grandes jarrones de agua, así como pequeñas obras de teatro de contenido religioso y shows de marionetas que cuentan cuentos de la región.

Respecto a la comida, es fácil encontrar sitios puesto que la ciudad es muy turística. Pero si se quiere descansar de la picante cocina del Rajastán, se puede optar por el café Edelweiss, con opciones europeas para un desayuno o un almuerzo; o por Little Prince, con su oferta de platos de Oriente Próximo y su terraza a los pies del lago. 

También es muy recomendable hacer yoga alguna mañana en Prakash Yoga, con una monitora estupenda que os introducirá en los principios de esta sana práctica en un templete a orillas del lago, desde donde recomiendo hacer la sesión de la salida del sol (id abrigados que suele hacer fresco) o el de la puesta de sol, donde la temperatura es algo más elevada. Y nada mejor que despedirse de la ciudad desde la azotea del The Nem Tree, un acogedor hotel desde el que también se hace yoga y se disfrutan unas maravillosas vistas del palacio.

Rajastán es espectacular, pero me queda muchísimo por ver. Los fuertes en las selvas llenas de tigres, la ciudad desértica de Jaisalamer, la ciudad azul de Jodhpur, el humedal de Keoladeo con sus aves exóticas o el oasis sagrado de Pushkar y su famoso mercado de camellos. Volveré a este colorido estado indio para seguir descubriendo su apasionante historia, bella arquitectura y fascinantes tradiciones.