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dimarts, 18 de juny de 2013

Islas San Blas - Guna Yala

El territorio de los Guna Yala

Las más de 365 islas coralinas y cayos del archipiélago de San Blas, en la comarca de Guna Yala, forman un conjunto curioso, excelente para perderse durante un fin de semana o unos días y desconectar.

Estas islas y toda la alargada costa de esta parte noroeste de Panamá forman una comarca autónoma donde viven cerca de 50,000 gunas, unas de las tribus de indígenas más intactas del continente. Estos se gobiernan por grupos. Cada grupo tienen un cacique que acude al Congreso General Guna y esta asamblea elige a un consejo de ancianos para gobernar la comarca. 

Dos banderas les representan: la tradicional y la de la revolución guna de febrero de 1925, en la que este pueblo se levantó contra las autoridades del nuevo estado panameño que intentaba asimilarlos. Actualmente mantienen su lengua, gobierno y tradiciones y gozan de autonomía en la gestión de este territorio así como la exclusividad en su explotación turística y agrícola.

Llegando al archipiélago de San Blas

Así que tras dejar al carretera panamericana y tomar el desvío rumbo a uno de los embarcaderos que llevan al archipiélago, entramos en Guna Yala y tuvimos que pagar la correspondiente tasa de entrada a los gunas. De ahí y tras subir y bajar una montaña, con un buen mareo, llegamos a un embarcadero situado en un selvático río. La vegetación en este lado del país es fabulosa. Aún me siguen llamando profundamente la atención las gigantescas hormigas que cargan hojitas y palos, mucho más grandes que las hormigas de cualquier otro lugar que haya visto.


Isla Franklin

El caso es que nos montamos en una de las barcas y dos gunas nos llevaron en un viaje hasta nuestra isla, que sería isla Franklin, en el pequeño grupo de cabañas Tubasenika. El viaje de ida me fascinó por la gran cantidad de islitas que hay, todas con las altísimas palmeras que rompen el plano horizonte del mar Caribe.  Nunca había visto tal concentración de islas paradisíacas juntas de tamaños tan similares.

Tras desembarcar en el modesto puertito recorrimos la isla en menos de dos minutos. Es minúscula y realmente es como sacada de la imaginación de todo el que piense en una isla de naúfragos: muchas palmeras cocoteras, cabañas tradicionales de los guna, arena blanca, aguas cristalinas y pececitos aquí y allá. No hay cobertura telefónica, agua dulce para ducharse sólo a partir de las cinco de la tarde y la electricidad se limita a una bombilla por cabaña que se apaga a las diez de la noche.

Algo que me dejó un poco pensante fue la peligrosidad de los cocos. De hecho, cuando estaba saliendo de la cabaña me cayó justo al lado un coco, haciendo un ruido muy fuerte. Estoy seguro que si me hubiera caído en la cabeza me hubiera matado. Se suele decir que mueren más personas por golpes de cocos que por rayos. Qué miedo.

Las comidas están incluidas y son dos almuerzos, el desayuno y la cena. Se anuncian a través de un peculiar sonido: uno de los indígenas sopla a través de una concha gigante y ese sonido indica a los pocos habintantes de la isla que la comida está lista. Suele ser arroz, lentejas o vegetales con mariscos, pollo o carne preparados de forma sencilla pero deliciosa. Obviamente no es suficiente comida por lo que recomiendo llevéis unas neveritas con hielo, bebidas y algún snack como frutas, papas, pan, jamón y queso.

Es curioso lo lento que pasa el tiempo en la isla... estupendo para charlar, leer o simplemente no hacer nada. Para los más inquietos se ofrecen excursiones a lugares como isla Perro, donde hacer snorkel para ver un barco hundido o la gran variedad de fauna y flora marinas, incluyendo tortugas o estrellas de mar. También pueden visitarse mercados, comunidades o cementerios guna, aunque en la propia isla Franklin hay una tiendecita donde admirar los diseños tradicionales en pulseras, telas o bolsos. Además, muchas indígenas que preparan la comida van vestidas con los atuendos tradicionales.

De noche siempre suelen formarse alguna hoguerita o pequeños grupos en la playa que charlan y toman algo que trajeron. Es un momento ideal para compartir experiencia de viaje y conocer a gente de todo el mundo.

Isla Kuanidup

La segunda vez que fui a San Blas fui a Kuanidup, una isla mucho más pequeña y paradisíaca que isla Franklin, pero mucho más cara (el doble).

Es cierto que al tener menos gente ofrece más tranquilidad. Además, el restaurante es más bonito, al ser una cabaña gigante construida sobre el agua. También cuenta con una cabaña-bar donde vende alcohol y hay un divertido billar americano.

Kuanidup cuenta también con dos columpios en sus palmeras, ideales para tomarse fotos y con una red para jugar al voleibol.

También hay un muelle de cemento abandonado donde tener largas conversaciones nocturnas a la luz de la luna y las estrellas mientras escuchamos el suave sonido del mar y las palmeras al viento.

Pero lo mejor de isla Kuanidup es la isla abandonada que hay enfrente. Con baños construídos y dos cabañas prácticamente destrozadas, la isla se usa ahora para los visitantes que deseen acampar allí. Es divertido ocupar una mañana nadando hasta ella. Suele tardarse alrededor de media hora en llegar. Recomiendo que os pongáis un chaleco salvavidas y llevéis alguna botellita con agua para evitar riesgos innecesarios.

El perfecto paraíso a un par de horas de Ciudad de Panamá

En definitiva, las islas San Blas son excelentes para escaparse un fin de semana desde Ciudad de Panamá. Marco paradisíaco para relajarse y sentir en mar, en viento y la naturaleza en un entorno único. Sin duda, uno de los mejores destinos de playa a los que he ido en todo el mundo.



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