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divendres, 4 de setembre de 2015

Rías Baixas

Muñeiras y pulpo

Acabando este mes de agosto tuve la suerte de visitar por primer vez Galicia, gracias a la invitación de una amiga de allí. Y la llegada no pudo ser más "gallega": pasamos la primera noche en la plaza mayor de Mondariz viendo un pequeño festival de muñeiras, el baile tradicional gallego. El sonido de las gaitas y panderetas tocadas en directo llenaba la plaza mientras que grupos de bailarines de diferentes edades iban saliendo por turnos mostrando diferentes tipos de pasos de baile, alternados con grupos de cante folklórico en gallego. Todos llevaban diferentes trajes tradicionales, tanto ellas como ellos y recuerdo que algunas de las faldas creaban un efecto muy bello cuando las bailarinas daban vueltas sobre ellas mismas.

Tras la actuación fuimos a cenar a un restaurante muy conocido del pueblo de al lado, Mondariz-Balneario. Se trata de Casa Rivero, donde sirven raciones de tapas gallegas, como el delicioso "polbo à feira", el tradicional pulpo cortado con patatas y aliñado con aceite de oliva y pimentón. También pedimos chocos (otro molusco), una tosta de unas setas con queso de tetilla derretido y una tortilla pasisana, que llevaba guisantes y jamón entre otros ingredientes.

Durante la visita nos alojamos en una de las parroquias (en este caso me refiero a la división administrativa, no al edificio religioso) de Ponteareas, ciudad conocida por su festividad del Corpus, en la que cubren varias de sus calles de tapices florales. Me sorprendió la parte central del pueblo, que cuenta con decenas de altos edificios de siete u ocho pisos. Muchas de sus calles daban la sensación de estar en mitad de una gran ciudad. De hecho, ofrece una gran oferta gastronómica así como bastante ambiente para salir en fin de semana de marcha.

Cambados

El día siguiente lo dedicamos a realizar una ruta en coche por diferentes pueblos con encanto de las Rías Baixas. Las rías son brazos de mar que se adentran en la costa y que están sujetos a las mareas. La costa gallega cuenta con cientos de ellas, creando una costa profundamente irregular pero de una belleza sin igual, similar a otros paisajes de antiguos territorios celtas como la Bretaña francesa o Irlanda. Empezamos por Cambados, capital del Albariño, uno de los vinos gallegos más internacionales. Allí visitamos la bella praza de Fefiñáns y su sobrio Pazo que la preside, en forma de L, con balcones circulares y una pequeña torre del homenaje. Tras callejear y recorrer el melancólico paseo marítimo (estaba nublado), nos dirigimos a visitar las ruinas de la iglesia de Santa Mariña de Dozo, antigua iglesia principal del pueblo y actual cementerio. Abandonada en el siglo XIX, debido a un incendio que la destruyó en parte, actualmente solo se mantiene en pie parte del maltrecho campanario así como las paredes y los arcos nervados que antes sostenían el techo. Quedan también algunas esculturas que formaban parte de los arcos, como los doce apóstoles o algunos pecados capitales: en el centro de uno de los arcos veréis la pereza representada con un hombre que se está comiendo sus excrementos directamente salidos de sus partes traseras. Entre las tumbas que ahora abarrotan el jardín y el interior de la iglesia destaca la del segundo hijo del escritor Valle-Inclán, bebé muerto a los cuatro meses, cuya tumba se sitúa cerca del altar mayor.

La Toja y O Grove

Seguimos la ruta hacia el sur, cruzando el puente que nos llevó a la isla de La Toja, famosa por sus aguas termales y los jabones y productos de belleza que se elaboran con las sales que se filtran aquí. La isla, además de sus bellos bosques, cuenta con segundas residencias de lujo, hoteles, spas y un campo de golf. Dimos un paseo por los jardines que rodean la blanca Capilla de las Conchas, que se encuentra totalmente cubierta en el exterior por las conchas de las vieiras. El elegante paseo marítimo con balaustradas nos llevó hasta la tienda de recuerdos, donde compré un set de aromáticos jabones.

Cruzamos el puente de nuevo para volver a O Grove, famoso por su buen marisco. Allí aparcamos frente al restaurante Mariscador, y como vimos que estaba lleno de familias que hablaban gallego, decidimos comer allí. La mariscada estuvo buenísima, con vieiras, gambas, langostinos, navajas y cigalas a la parrilla. Además, pedimos un arroz con bogavante que a mi no me convenció, ya que lo encontré falto de sabor. Todo regado por un delicioso albariño local "Agro Vello" que me encantó.

Tras reposar la comida dando una vuelta por el paseo marítimo de O Grove, nos dirigimos hacia la playa de la Lanzada, la más grande de Galicia y una de las más bellas, que en ese momento estaba vacía debido a la llovizna que empezaba a caer. Tan solo algunos surfistas intentaban cazar alguna ola dentro del mar. Muy cerca, en mitad de un risco, se encuentra la sencilla capilla de Nuestra Señora de la Lanzada, muestra del románico tardío. En su sencillo interior destaca el retablo barroco y las miniaturas de barcos que cuelgan de sus techos, entre las que destaca la de un destructor. La ermita estaba rodeada de una fortaleza cuyos restos aún se observan.


Combarro

Seguimos hacia el sur pasando Sanxenxo y llegando hasta el bello pueblo de pescadores de Combarro, construído sobre la base de una roca y llena de pequeñas casitas de pescadores orientadas al mar, de apenas uno o dos pisos. Muchas cuentan aún con los hórreos, construcciones rectangulares elevadas del suelo donde antiguamente se almacenaba el maíz y otros alimentos para alejarlos de la humedad del suelo y de los roedores. Además, muchos cruceiros (columnas coronadas por un Cristo crucificado en un lado y una Virgen con el Niño en el otro) se sitúan en numerosos cruces de callejuelas y plazoletas. Combarro fue la localidad gallega que más me gustó de todas las que visité durante este viaje. Antes de irnos comprados a una señora mayor pedazos de la empanada de maíz con xoubas (sardinillas) casera que vendía en la entrada de uno de los restaurantes del pueblo.

Mondariz

Bajando ya hacia el sur, cruzamos el moderno y enorme puente de Rande que atraviesa la ría de Vigo. Habíamos tenido un día bastante movido con tantas visitas y caminatas, así que decidimos dedicar el final de ese viernes a relajarnos en el Palacio del Agua situado en el pueblo más pequeño de España (en metros cuadrados): Mondariz-Balneario, que se escindió de Mondariz en 1924.

En 1873, Don Sabino Enrique Peinador descubrió la fuente de Gándara, de la que brotaba agua de un manantial a 18 grados fuertemente mineralizada y ligeramente burbujeante. El descubrimiento llevó a construír una planta embotelladora cerca (de la que actualmente salen las botellas de agua Mondariz) y un bellísmo pabellón con varias cúpulas y altísimas columnas neoclásicas. Todo acorde con el lujo que envuelve este pueblo, donde en el antiguo elegante edficio del Gran Hotel se sitúan ahora apartamentos de lujo, y donde se contruyeron otros monumentales edificios que ahora sí, albergan hoteles de lujo y salones para celebrar bodas y congresos. De hecho, la fama del balneario de Mondariz empieza a finales del XIX, cuando parte de la nobleza local y la realeza española se dedicaban a pasar estancias aquí para disfrutar de las propiedades de las aguas termales. Una de las más famosas visitantes asíduas fue la Infanta Isabel de Borbón y Borbón, conocida como "la Chata",  de gran popularidad entre los madrileños, a la postre primogénita de la Reina Isabel II. Años después el balneario también fue frecuentado por el Rey Alfonso XIII así como por el dictador Miguel Primo de Rivera. Nosotros aprovechamos una oferta de visita nocturna al Palacio del Agua, que por 25 euros incluye el acceso durante dos horas a sus excelentes instalaciones así como una centa con entrante, primer plato, postre y bebida en la cafetería del hotel. Antes de entrar al balneario nos ofrecieron una botella de agua Mondariz de cortesía.

El Palacio del Agua cuenta con una enorme zona central de jacuzzis, corrientes de agua, camas de burbujas y diferentes chorros, todo presidido por una gran cascada que cae de tanto en tanto. Alrededor se encuentran otras habitaciones como las grandes saunas turcas, o en los pisos superiores, las saunas finlandesas aromatizadas, más pequeñas. También hay cubos de agua helada o una pequeña poza individual de agua muy fría. Pero lo que más nos gustó fue la pequeña piscina a cielo abierto del techo. De noche disfrutamos de la bella luna llena, el cielo estrellado y las vistas de diversas cúpulas neoclásicas que forman el pequeño "skyline" de Mondariz-Balneario.

Tras las dos horas de relax nos dirigimos a la agradable cafetería a tomarnos nuestro menú, donde destaca por ejemplo la pizza cinco quesos (entre los cuales destacan el queso de Tetilla o el San Simón), la pizza gallega (con lacón y grelos), o la de mariscos. Finalmente dimos un paseo por los elegantes jardines centrales del pueblo, donde destaca el quiosco del parque delante del antiguo Gran Hotel o el bellísimo pabellón que guarda la fuente de Gándara, de donde sale un agua mineral acídulo alcalina carbónico ferruginosa que tiene un fuerte olor y sabor a huevo podrido, pero que bebimos de forma abundante por sus propiedades para la salud. Me recordó mucho a un manantial similar de Aquisgrán.


Tui y Valença do Minho

Al día siguiente visitamos la última población de las Rías Baixas: Tui. Situada en la ribera del río Miño (que separa España y Portugal), Tui ofrece un casco histórico medieval bellísimo, de calles empedradas. Por ellas pasa el camino portugués de Santiago. De hecho, nos cruzamos con varios peregrinos. Sin embargo, como llovía tuvimos que acelerar del paso. Lo más remarcable fue la enorme catedral fortificada, de estructura románica pero portal gótico impresionante.

Como la lluvia arreciaba, tomamos el coche de nuevo y cruzamos el rio Miño por el puente metálico estrecho que tanto había visto antes en películas, documentales y reportajes. Este puente es tierra de nadie: salimos de España al entrar en el y entramos en Portugal al salir del mismo. Llegamos al primer municipio luso por el norte: Valença do Minho. La característica calzada portuguesa me transportó a mis meses en Brasil, ya que mi introducción a la cultura portuguesa fue a través de su mayor ex colonia. A pesar de que la lluvia seguía, subimos a la fortaleza de esta población, en cuya cima se encuentra varias calles con encanto, edificios de viviendas muy bellos, con azulejos en la fachada. También un par de iglesias blancas muy similares a aquellas que visité en el las diversas ciudades y pueblos de Minas Gerais. Viendolo todo de prisa y mojándonos decidimos comer un poco pronto en un local que tenía buena pinta, el Solar do Bacalhau. La carta ofrecía una correcta variedad de gastronomía portuguesa con algunos platos gallegos y brasileños. Nosotros pedímos todo para compartir: bacalhau à Sao Teotónio (con verduras y mahonesa, todo al horno), picanha de carne (con patatas fritas, arroz, frijoles, piña y farofa) y vino verde. Las raciones eran gigantes, como ocurre siempre en Portugal, y quedamos más que satisfechos. Aunque no pudimos evitar pedir de postre las deliciosas "natas": unas tartaletas portuguesas hojaldradas rellenas de crema.

Ese día, como llovía mucho y era domingo, decidimos acabarlo viendo una buena peli y cenando en casa de nuestra amiga. Además, al día siguiente madrugamos para llegar a tomar uno de los primeros ferrys desde Vigo rumbo a las bellísimas islas Cíes. Paramos antes un horno muy bueno en el que habían encargado el día de antes una empanada de atún para llevárnosla a la excursión.

Las islas Cíes

La ida en el ferry fue curiosa: aparte de que hacía algo de fresco, nos llamó mucho la atención la música reggeatonera, más propia de un barco a Mykonos que a las vírgenes Cíes. Después de 45 minutos atravesando la ría de Vigo, llegamos a la principal isla de las tres: Monteagudo. Allí se encuentra el embarcadero, por lo que suele haber mucha gente. Sin embargo, como llegamos bien temprano tuvimos la suerte de disfrutar de la Praia das Rodas, una de las mejores del mundo según The Guardian.

Tras un descanso, continuamos caminando por el sendero admirando el bello bosque de enormes pinos. Cruzamos la pequeña laguna hacia la isla do Faro, donde se encuentra el camping de las islas. Seguimos recorriendo los pequeños montes rumbo al faro situado en una pequeña montañita. Una vez allí, disfrutamos de las bellas vistas mientras nos tomábamos la empanada. Al bajar, nos desviamos ligeramente para visitar un modesto observatorio de aves desde el que ver algunas de las aves isleñas. Luego paramos en la playa de Nossa Senhora, más pequeña pero igualmente paradisíaca, aunque estaba llena de familias (curiosamente varias valencianas). Intenté meterme en las cristalinas aguas pero estaban heladas, así que preferí hacer una pequeña siesta al sol. Por cierto, la tercera isla, San Martiño, sólo es accesible de forma limitada en barcos privados.

Vigo

A la vuelta, decidimos pasar la tarde en Vigo y pasear por alguna de sus calles. A pesar de ser la ciudad más grande de Galícia, Vigo se visita principalmente por las islas Cíes. Nada más llegar al puerto, me gustó mucho la escultura a los nadadores, grande y original. Subiendo por la rúa Pescadería, donde diversos locales venden ostras en bancos de piedra, continuamos paseando por el Casco Vello, de calles limpias con locales curiosos. En la rúa dos Cesteiros, por ejemplo, encontraréis numerosas artesanías de mimbre, empezando claro está, por cestas para todos los gustos. En la praza da Porta do Sol destaca el "dinoseto", un seto en forma de dinosaurio que apareció un día en las calles de la ciudad sin que se sepa aún quién lo dejó allí.

Subimos por las enormes escalinatas del empinado Parque do Castro, auténtico pulmón verde de la ciudad. En la cima de este monte construyó Felipe IV una fortaleza para defender la ciudad de ataques extranjeros. En uno de los extremos de este agradable parque se encuentra los restos de los orígenes de la ciudad: un castro celta que tiene algunas de sus casas reconstruídas para mostrar el estilo de vida de aquella lejana época.

Tras un día de tanto movimiento volvimos a Ponteareas para cenar en un local pequeño pero muy agradable: el Eira Velha, donde servían tapas con ingredientes gallegos a precios más que razonables. Así acababa la visita a las Rías Baixas. Una lástima que me quedara sin visitar Pontevedra. Tendré que volver a las Rías Baixas para visitarla. En esta escapada a Galícia también visitamos varios puntos de la bellísima Ribeira Sacara, pero eso ya os lo cuento en la próxima entrada.

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