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dimarts, 18 d’agost de 2015

La Granja de San Ildefonso

Una buena escapada para aprovechar de un día libre en Madrid es visitar el Palacio de la Granja de San Ildefonso, situado a una escasa hora de la capital de España en coche. La belleza de sus jardines, palacio y su transfondo histórico y piezas de arte de su interior lo hacen perfecto para todos lo públicos.

Pero si hay una fecha en la que se recomienda visitarlo es el  25 de agosto, festividad de San Luis, Patrón de La Granja, o el 25 de julio, festividad de Santiago, cuando durante la tarde se encienden durante unos minutos sus monumentales fuentes. El motivo por el que no suelen estar encendidas es porque funcionan con un ingenioso sistema de gravedad: una gigantesca balsa llamada "el mar" recoje el agua de la lluvia y de dos arroyos que caen de la sierra de Guadarrama. Situado en alto, "el mar" sirve un sistema de tuberías que conecta con decenas de surtidores: por ello, mantenerlas encendidas durante diferentes días (sobretodo en verano), llevaría al rápido agotamiento de la balsa que las abastece.

Estando en Madrid el día de Santiago, aprovechamos para visitar este Real Sitio y disfrutar de la apertura de las fuentes. Llegando a La Granja me sorprendió la belleza de la sierra, con sus altos y esbeltos pinos, muy diferentes a los mediterráneos. Llegamos a la entrada del recinto palaciego, donde nos reciben gigantescas sequoyas y nos dispusimos a visitar sus estancias. Este palacete de verano fue mandado construir por Felipe V, primer rey Borbón de España, tras ganar la guerra de Sucesión al candidato de la Casa de Austria, el Archiduque Carlos.

Como valenciano, la figura de Felipe V, nieto de Luis XIV, me provoca gran repulsa, por ser el rey que prohibió el uso oficial del catalán, impuso las leyes castellanas aboliendo los fueros valencianos y quemó una de las ciudades valencianas más importantes de aquel momento: Xàtiva. No obstante, dejé las nefastas consecuencias de su reinado en mi tierra de lado y en aquel momento me dispuse a disfrutar del bello legado arquitectónico que sus depresiones dejaron. Al asumir la corona española y dejar Francia, tuvo también por tanto que dejar la bella corte de Versalles, sus fastos y sus lujos. Y como lo echaba muchísimo de menos mandó construir La Granja, para poder gozar de un lugar parecido en España.

La visita empieza con una muestra de gigantescos tapices, muchos manufacturados en Flandes, donde se muestran imágenes mitológicas, religiosas o de exaltación a monarcas. La antigua Corte Real los llevaba de un lugar a otro para decorar casas o las tiendas de campaña donde dormían los antiguos reyes (en caso de batallas). Continuamos adentrandonos en las bellas estancias del palacio, empezando por la primera planta, recorriendo salones uno tras otro. Esculturas, cuadros, cortinajes, lámparas de araña y sobretodo la colección de relojes de Carlos IV. Pasamos por habitaciones, salones, despachos, comedores... muy similar a otros palacios de aquella época que ya había visitado como el de Versalles, el Palacio Real de Madrid o el de Brülh, al sur de Colonia.

Destacan la marca que dejó en el Palacio Isabel de Farnesio, segunda mujer de Felipe V y Reina de España. Debido a las depresiones y frecuente melancolía de Felipe V, que echaba de menos su natal Francia, Isabel tuvo gran influencia que utilizaba para colocar a sus hijos en los tronos de Europa. Además, se convirtió en una apasionada coleccionista de arte, hecho que se observa en los cuadros del Palacio de la Granja, que están marcados: los que tienen una flor de lis eran de ella, a diferencia de los que estan marcados con una aspa, que era del rey. Destacan los cuadros de Murillo, de los que era especialmente aficionada. Además, convenció a su marido de adquirir juntos la colección escultórica de la Reina Cristina de Suecia, que situó en las plantas bajas del palacio, donde destacan las estátuas a las ocho musas o la de los Dioscuros, los héroes gemelos de la mitología griega. En La Granja actualmente solo podemos disfrutar de las réplicas: las estátuas originales se encuentran actualmente en el Museo del Prado.

Tras disfrutar de la belleza y majestuosidad de las salas, salimos al pueblo de San Ildefonso a comer. Es fácil elegir sitio para comer ya que la oferta es amplia. Nosotros nos decidimos por compartir unas cuantas tapas, entre las cuales se contaban unos buenos judiones de la tierra preparados a la forma local. Después de saciarnos volvimos al palacio para pasear por sus jardines antes de que empezara el espectáculo de las fuentes. Recorrimos los bellos paseos arbolados mientras disfrutábamos de los bella vista de los parterres o las esculturas barrocas y las fuentes apagadas. Son inmensos. El elemento central, que es una serie de cascadas (en ese momento vacías de agua) son gigantescas y dan al conjunto una gran armonía.También me gustó muchísimo la enorme zona de las ocho calles y las ocho fuentes, situadas en diferentes plazas alrededor de una gran plaza central circular formada por varios arcos bajo los cuales se representa en cada uno a un dios de la mitología griega. 

Sin embargo, entre la comida y las empinadas cuestas, decidimos hacer un alto para echar una siesta tumbados en el césped. Y qué mejor que a orillas de la gran reserva de agua conocida como "el mar", donde los miembros de la Corte gustaban de pasearse en sus falúas. Cuando nos levantamos ya casi era la hora del inicio del encendido de fuentes, así que nos dirigimos a la primera:

Para saber la ruta de las fuentes que el personal va encendiendo, hay que seguir a uno de los miembros de seguridad de Patrimonio Nacional que va dirigiendo a las masas con una banderola de España. Había muchísima gente, el encanto de los jardines solitarios que habíamos disfrutado horas antes había desaparecido. Aún así, el espectáculo de las fuentes merece la pena. Me gustó mucho la fuente "carrera de caballos", en la que distintos personajes mitológicos y caballos son representados en esculturas que lanzan chorros muy bien pensados. Pero sin duda, las fuentes más graciosas son las que empapan a buena parte del desprevenido personal. Una de ellas es la del "canastillo", con forma circular, de la que al principio salen chorros de agua moderados que van creciendo en altura hasta llegar a regar de agua toda la superficie de la enorme plaza, fuera de la balsa dedicada al agua. Este efecto se consigue gracias a la fortísima presión del agua que baja desde "el mar" hasta aquí. Su encendido fue muy divertido ya que la plaza estaba a tope de gente. Como un amigo ya sabía lo que iba a pasar, nos situamos a una distancia prudencial y mientras la gente empezaba a decir "ohhhh" cuando la encendieron los gritos de admiración rápidamente se volvieron en sorpresa cuando los chorros de agua no paraban de crecer y empezaron a mojar toda la plaza, empapando por completo a las decenas de visitantes, muchos de los cuales salieron en estampida. Aún peor es la última fuente, la de "la fama", que al encontrarse más bajo que la de la "canastilla" aún tiene más presión y de la cual sale un chorro de agua más alto que el del "jet de l'eau" de Ginebra. Esa si que mojaba a base de bien, sobretodo cuando soplaba un poquito el viento. Sin embargo, uno de los encendidos más elegantes es el de la plaza central de las ocho calles, que ya habíamos visto apagada: sus ocho fuentes encendidas daban un aspecto muy señorial y armónico al lugar. 

Finalmente, visitamos la Colegiata o capilla real, donde descansan Felipe V e Isabel de Farnesio, uno de los pocos matrimonios reales españoles que prefirieron ser enterrados fuera del Real Monasterio del Escorial. Sin duda, esta visita palaciega y de jardines es obligatoria para todo el que se encuentre en Madrid en estas fechas: la historia y belleza del lugar y las agrdables temperaturas (mucho más fresquitas que las de la capital) convierten a esta excursión en la perfecta para un largo dia de verano. 

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