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dilluns, 6 de febrer de 2017

Kobe & Okayama

Kobe

Kobe fue una de las primeras ciudades japonesas en abrirse a los extranjeros. Antes del cierre de Japón por parte del shogunato, su puerto ya había sido frecuentemente usado por comerciantes chinos. Tras la apertura de la era Meiji, el puerto de Kobe se convirtió en una de las entradas de todo lo Occidental. Y eso se respira por sus calles. La ciudad es conocida por su abundancia de panaderías que ofrecen recetas francesas y alguna italiana con toques japoneses, ya sea sabores, olores, ingredientes o formas a la japonesa. Además, fue aquí donde vi por primera vez un restaurante austriaco (en toda mi vida vaya). De hecho, para los interesados, se encuentra en la calle paralela a la calle principal del Chinatown de Kobe o Nankinmachi.

Kobe es conocida en todo el mundo por su excelente carne de res. Como entrevistábamos al presidente de su puerto justo antes de que empezaran unos días festivos en Japón, aproveché para quedarme y explorar la costa del mar interior de Japón. En la estación de Shin-Kobe, compré el JR West Pass que por 14,000 yenes permite tomar de forma ilimitada los trenes de JR (incluyendo la línea de Shinkansen) e incluso el ferry a Miyajima de forma ilimitada. Yo con este pase visité Himeji, Okayama, Naoshima, Hiroshima y Miyajima.

La visita empezó en el Sky Lounge del Hotel Kobe Portopia, invitados por nuestro cliente. Como el hotel está en las tierras ganadas al mar donde también se encuentra el nuevo puerto, las vistas de la ciudad eran espectaculares. Desde aquel piso 35 pude admirar la gran cadena montañosa que parecía hacer de muralla gigante, los rascacielos y la costa, presentando la belleza de Kobe en un panorama sin igual.

En mitad del bullicio de la ciudad se encuentra el santuario sintoísta de Ikuta, fundado nada más y nada menos que en el año 201. Este santuario de madera, donde se fabricó sake por siglos, sobrevivió milagrosamente a lo largo del tiempo, siendo lugar de reunión de los habitantes del barrio durante calamidades, bombardeos o terremotos (el último el de 1995). Rodeado de un pequeño bosque de alcanforeros y un estanque, este lugar es un remanso de paz que huele al incienso de las barras ardiendo que dejan los fieles.

Ternera de Kobe y un barrio chino

Me entró el hambre, y como ya había probado la carne buena de Kobe en Tokyo un par de veces (y barata no es), me decanté esta vez por una hamburguesa de Kobe, algo más asequible. Para ello fui a Wanto Burger, en Shimo-Yamate dori. Aunque estaba muy buena, no tiene ni punto de comparación con un buen filete de Kobe , que se deshace en la boca (no hace falta ni masticar). Son muchos los rumores sobre el porqué de la calidad de esta carne. Uno de los más extendidos es que se alimenta a las vacas con cerveza, se les dan masajes y se les pone música clásica en el establo. Pero la asociación de ganaderos de Kobe lo desmiente. En realidad, ellos explican que la calidad es debida a la raza de vaca: la carne de las vacas negras japonesas nacidas, criadas y sacrificadas en esta prefectura son consideradas las de mejor calidad del mundo. 

Tras la comida, decidí quedarme un par de días en Kobe, en un hotel cápsula que contaba con unos baños termales japoneses estupendos. Las aguas, con propiedades medicinales, salen directamente de una fuente termal de la cadena de montañas pegada a la ciudad. Los hoteles cápsula en Japón son muy curiosos: a uno le asignan su cápsula, en la que tiene enchufes, una mini-tele, luz y aire acondicionado, además de un pijama. Luego tienes un gran armario con llave para dejar tus cosas. En esa misma sala hay sofás y teles, además de una ristra de pilas perfectamente limpias con todo tipo de productos de aseo que podamos necesitar: desde cremas y gomina hasta maquinillas de afeitar desechables o cepillos de dientes. Luego están los baños: en general, los hoteles cápsula cuentan con un gran "onsen" donde los clientes pueden relajarse y asearse. En mi pasada entrada sobre Kagoshima expliqué el protocolo a seguir en un onsen japonés. 

Tras instalarme, me fui a dar una vuelta por la agradable ciudad. En una de las calles había una especie de imitación de una serie de fachadas de una ciudad francesa del sur, aunque algo mal hecha ya que parecía más bien sacado de un parque de atracciones barato. En cualquier caso, el resto de la ciudad era muy agradable, una especie de fusión entre ciudad europea y japonesa. Acabé el paseo por Nankinmachi, el barrio en el que se asentaron decenas de comerciantes chinos cuando Japón se abrió al mundo. Es parecido a otros barrios chinos de grandes ciudades aunque este es particularmente colorido y ordenado. Las decoraciones meticulosas llaman la atención, especialmente la plaza central, con estatuas de los diferentes signos del horóscopo chino. Restaurantes chinos se alinean uno tras otro, solo interrumpidos por tiendas de baratijas así como herboristerías. También hay numerosos puesto de comida callejera que ofrecen diversas especialidades chinas. Yo piqué de allí y allá mientras disfrutaba de un barullo diferente al del Japón habitual.  

Volví a mi hotel paseando, cruzando media ciudad. Me sorprendió el cosmopolitismo de Kobe a pesar de su pequeño tamaño. Boutiques enormes de Louis Vuitton, de Hermes, de Prada, de Gucci, enormes rascacielos de oficinas, elegantes tiendas de grandes almacenes, restaurantes de las más variadas nacionalidades... mientras, en lo alto de la montaña, habían iluminada una forma de ancla, símbolo de la ciudad.

Okayama

El día después, para estar más cerca de mis otros destinos (Hiroshima, Miyajima y Naoshima) me trasladé a la ciudad de Okayama, a mitad camino de todo, y convenientemente conectada al Shinkansen. Como era temporada alta (la conocida en Japón como silver week), la mayoría de alojamientos de los grandes puntos turísticos estaban completos. Okayama, al ser menos concida, contaba con algunos hoteles de gama media que tenían habitaciones disponibles. Escogí uno que estaba en el bonito canal que atraviesa la ciudad de norte a sur, jalonado de puentecitos y restaurantes a ambos lados. 

Okayama es conocida en Japón como la ciudad de Momotaro, un niño héroe que mató a un demonio en una de las leyendas más conocidas del país. Se cuenta que Momotaro nació del hueso de un melocotón. Con la ayuda de un mono, un faisán y un perro venció a un demonio de tres ojos y tres dedos que devoraba a la gente. Una estatua del niño melocotón recibe a todos los viajeros en la estación de Okayama. Además, su cara sonriente está en todas las alcantarillas de la ciudad.

Aunque mi idea era de estar en Okayama solo para dormir, acabé dedicándole una mañana de mis mini-vacaciones para visitar Koraku-en, que es el gran jardín de la ciudad, considerado uno de los tres más bellos de Japón. Tomé uno de los tranvías vintage que aún recorren sus calles hasta la parada de Shiroshita y allí crucé el amplio cauce del río Asahi por la estrecha pasarela bajo el castillo de Okayama para entrar en Koraku-en. Originalmente, este jardín se construyó por orden del daimio (jefe de samurais) Ikeda Tsunemasa, terminándose en el año 1700. Con la revolución Meiji y el fin del feudalismo japonés y de los samurais, el jardín abrió sus puertas al público en 1884. Me sorprendieron sus enormes extensiones de césped, salpicadas de tanto en tanto por estanques, casas de té y otros edificios del periodo Edo. El jardín mantiene las plantaciones de diversos comestibles que tenían los antiguos daimios por lo que aún se pueden disfrutar sus plantaciones de té, arrozales así como los diferentes huertos de árboles frutales, donde destacaban los de ume, conocido como el albaricoque japonés. También hay un gran depósito de agua lleno de lotos. Como era pleno verano, sus flores blancas lucían radiantes, casi todas totalmente abiertas.

Curioseando por los puestecitos del parque vi que en uno vendían el recuerdo más típico de Okayama, que son los kibi-dango, unas bolas blancas parecidas a las de mochi y elaboradas con harina de mijo, que aún hoy se comen en recuerdo de Momotaro, el niño melocotón que antes mencioné. Tenían tanto las clásicas blancas con sabor original como las que tienen una esencia a melocotón. Compré dos paquetitos antes de dejar el parque.

Paseando de vuelta de vuelta al hotel admiré desde lejos el gran castillo negro de la ciudad, donde destacan sus doradas gárgolas, en forma de peces que agitan sus colas. Decidí no entrar al castillo, no sólo porque después del de Himeji se me quedan cortos el resto de castillos japoneses, sino porque este es una reconstrucción de 1966, ya que el original fue destruido en el Segunda Guerra Mundial. Aquella noche cené en el Ajitsukasa Nomura, un tranquilo restaurante decorado en bambú donde solo sirven la especialidad local: el demi-katsudon, que son chuletas de cerdo fritas con salsa semi-glaseada, guisantes y arroz. Simplemente meted el dinero en la máquina, apretad el botón del menú elegido y dad el tique a uno de los camareros. La comida no tardará. La salsa semi-glaseada es de color marrón oscuro, muy espesa y con un regusto final a chocolate. Originalmente de la gastronomía francesa, los japoneses la adaptaron a su gusto y en Okayama acabó formando parte de la tradición culinaria local. 

Tanto Kobe como Okayama son ciudades que no suelen formar parte de una visita típica a Japón. Sin embargo, tuve la suerte de poder visitarlas debido a las circunstancias, de dormir en ellas. Es por eso que pude descubrir parte de su gastronomía y de algunos de sus tesoros escondidos. Sin embargo, si estáis en Japón solo por una semana o dos, no recomendaría en ningún caso incluirlas en vuestra ruta. 

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