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dimecres, 7 de juny de 2017

Beirut

La capital de Líbano siempre ha sido un destino soñado. Sin embargo, la ausencia de compañías low cost desde Europa y mi ignorancia y miedos hacia un país que pasó una guerra civil reciente y donde soldados españoles estuvieron presentes hasta hace nada posponían mi visita a la ciudad. Sin embargo, esta vez, al estar a solo dos horas de avión viviendo en Kuwait, donde la oferta turística es casi inexistente. me animé a visitarla, sobretodo porque iba a contar con un amigo kuwaití que conoce la ciudad y que habla árabe.

Llegamos con la compañía libanesa por excelencia, Middle East Airlines - MEA, que destaca por su excelente servicio, por su comida mejor que la media y por tener teles en todos los asientos. Era el vuelo más rápido desde Kuwait a Beirut (unas dos horas). El resto toman más tiempo porque hacen un gran rodeo con el fin de no sobrevolar el espacio aéreo sirio. MEA lo lleva sobrevolando desde que la compañía se creó sin ningún problema. Salimos del aeropuerto de Beirut, pequeño y en calma ese jueves por la tarde, en un magnífico día soleado con temperaturas de ensueño. Las montañas que rodean Beirut y el mar en el otro lado me recibían de nuevo al Mediterráneo, mi parte del mundo favorita de mayo a septiembre. Beirut es una ciudad desordenada, con cables y aceras en mal estado en algunos barrios y edificios altos y bajos sin ton ni son, pero con un gran encanto en conjunto. Llegamos a nuestro hotel, el famoso Riviera, ahora algo decadente pero que aún cuenta con uno de los mejores lounges de la ciudad, con varias piscinas, en plena Corniche, donde se junta la gente más guapa de la capital a broncearse y tomar cócteles en el bar de la piscina. La música suena de 10am hasta las 7pm. Tras un poco de piscineo de bienvenida nos fuimos a conocer una zona totalmente nueva de la ciudad, Beirut Souks, donde calles impolutas albergan edificios homogéneos de piedra con tiendas de lujo que abarrotan su bajos. La foto con las grandes letras I LOVE BEIRUT es obligada.

Acabamos cenando allí, en una de las terrazas más frecuentadas, la del The MET, un restaurante de comida internacional con sushi, pizza y hamburguesas. Me pedí el curry de gambas con chutney de mango y lo regamos todo con una buena botella de vino blanco libanés. La comida no tiene nada de especial, y mi amigo eligió el lugar simplemente porque está de moda y porque es el lugar para ver y ser visto, lo cual a mi me trae sin cuidado. Lo hubiera cambiado por un restaurante tradicional libanés con gusto. Tras la cena, dimos una vuelta por la Corniche, el famoso paseo marítimo de Beirut, llena de gente paseando o sentada observando el mar. y los aviones que descienden para aterrizar al aeropuerto.

Al día siguiente nos fuimos a desayunar al bohemio barrio de Gemmayzeh, cuya arteria principal es la vibrante rue Gouraud, llena de tiendas modernas, restaurantes a la última y las famosas escalinatas de colores que tanto se parecen a las que los libaneses construyeron en Rio de Janeiro, como la famosa escadaria Selaron. Este barrio fue antiguamente centro del Beirut francés y eso se nota en los edificios muy similares a los del sur de Francia. En el corazón del barrio se encuentra un complejo regentado por jóvenes donde se imparten clases de árabe, se cultivan verduras orgánicas y que cuenta con un pequeño hostal y una terraza que abre por las noches pero cuyo elemento principal es el popular Café Em Nazih, un must para desayunar en Beirut, donde realmente se junta todo tipo de público, edades, orígenes y religiones. Es tipo self service con lo que tienes que pedir las bebidas en la barra. El ambiente es relajado, especialmente agradable durante el desayuno. Nosotros pedimos unos panes redondos planos hechos en un horno allí mismo: uno relleno de carne picada, otro de espinacas con queso y otro con zataar, una mezcla de tomillo, ajedrea, mejorana, orégano, hisopo, comino, semillas de sésamo tostadas y sal.

Luego nos dimos una vuelta por la rue Gouraud, curioseando por las tiendas hasta llegar a la gran mezquita de Mohammad Al-Ami junto a la catedral maronita de San Jorge y la catedral ortodoxa griega también de San Jorge en pleno centro de Beirut, un barrio de elegantes edificios con soportales que fue reconstruido tras la brutal guerra civil que sufrió el país durante 15 años con diversas intervenciones y ocupaciones extranjeras. El barrio está ahora vacío, con los cafés y restaurantes cerrando sus puertas debido a las fuertes medidas de seguridad, con bloques de cemento, barreras y soldados fuertemente armados en cada esquina. Numerosos ministerios y embajadas están allí presentes en bellos edificios art-deco, como el de la aseguradora italiana Generali. La plaza central cuenta con un elegante reloj pero el ambiente de esta zona es bastante triste y solitario en calles que hace unos años tenían las terrazas de los restaurantes a rebosar. Remontamos una de las calles para observar los restos de las antiguas termas romanas y subir las escalinatas de la colina donde se sitúa el Grand Serail o Palacio del Gobierno, antigua sede militar del Imperio Otomano en la zona, que también cuenta con una bella torre del reloj de estilo otomano anexa.

Como se estaba celebrando la Beirut Design Week, numerosos locales de muebles, tiendas o de diseño tenían exhibiciones especiales, por las que fuimos curioseando. Especialmente me llamó la atención Bokia, un centro de diseño donde vendían desde curiosos almohadones hasta mesas auxiliares hechas de latas recicladas. Allí nos hicimos varias fotos chulas con peces de tela colgados junto a barquitos de papel de varios colores.

Tras el paseo mañanero nos volvimos al Riviera para relajarnos en sus pisicinas frente al mar con el DJ y de paso broncearnos un poco en sus cómodas tumbonas sorbiendo cócteles de sandía. Aquel día comimos en Al Falamanki en pleno corazón de Achrafieh, uno de los barrios más antiguos de Beirut y centro neurálgico de los libaneses cristianos seguidores de la Iglesia Ortodoxa Griega. El barrio es muy agradable, con tiendas de todo tipo y casas de apartamento cada una diferente, algunas me recordaban a París, otras a Valencia y la mayoría al sur de Italia y a Atenas. Por supuesto también hay edificios modernos estilo Miami. Sus apacibles calles arboladas son estupendas para perderse y saborear el día a día de la clase media y media-alta de Beirut. El caso es que comimos en Al Falamanki, un local muy tradicional y famoso a la vez, donde jubilados jugaban partidas interminables al backgammon (tabla árabe) y grupos de jóvenes fumaban shisha en su jardín aprovechando las buenas temperaturas. Nosotros nos pedimos una shisha y varios mezze para esperar al plato principal. Los entrantes son excelentes, sobretodo las salsas a base de zanahoria y remolacha, y por supuesto los clásicos hummus con carne y babaganoush. De los platos principales me quedo con el perfecto kafta en salsa de yogur y cerezas... único.   

Tras una cena rápida, esa noche fuimos a tomar algo al Bardo, un bar muy chic en pleno Achrafieh donde se junta gente moderna de todo el mundo árabe junto con expatriados para tomar algo y bailar a ritmo de DJ. Las caipirinhas y los gin tonics están estupendos, sobretodo después de meses de "ley seca" en Kuwait. Tras las copas nos fuimos a Project, una enorme discoteca en la costa norte de la ciudad regentada por un grupo de lesbianas donde modelos de todo el mundo junto con la comunidad LGTB libanesa se junta a bailar al ritmo de la música árabe del momento, música latina y también música house en un mezcla que no aburre a nadie.

El sábado nos levantamos tarde y fuimos directamente a comer a uno de los restaurantes más elegantes de la capital libanesa: Liza Beirut. El ambiente del local es soberbio y el servicio excelente, aunque personalmente me gustó mucho más la comida de El Falamanki. Aún así, es verdad que el lugar impresiona y la comida libanesa con toques de fusión europeos es excelente. Como entrante, las empanadillas de pan plano de espinacas o fatayer están muy buenas y las carnes son de primera calidad. Los helados caseros de postre, sobretodo el de pistacho, son estupendos. Al estar en pleno mes de mayo, los fines de semana vienen cargados de primeras comuniones, por lo que varias familias vestidas de forma impoluta, con las mujeres de blanco, se juntaban a comer en el restaurante para celebrar. Me sentí más en casa que nunca.

Fue una de las visitas menos turísticas que he hecho en mi vida. Pero aún así me lo pasé bien y me llevé una buena impresión de la ciudad. Sin duda alguna que volveré a Beirut, muchas más veces. Me he dejado por ver lugares como el Museo Nacional o las rocas de los amantes. Pero volveré no solo para continuar disfrutando de esta maravillosa ciudad, sino para descubrir otros lugares de Líbano como Balbeek, Biblos, Tiro y los bosques de cedros. 

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