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dilluns, 13 de març del 2023

Rajastán

Rajastán, la India que todos tenemos en mente.

La India es ese país que todo viajero tiene en mente pero que es muy difícil abordar. No es un país cómodo, la comida es complicada en muchos aspectos y moverse por el mismo también. También hay que saber cuando visitar cada una de sus partes, ya que su clima puede ir desde el muy cálido y húmedo de muchos de sus Estados a partir de marzo y al frío extremo de la zona del Himalaya o los monzones interminables del sur en la época de este fenómeno. En definitiva, no es un viaje para principiantes.

Pero si hay un lugar por el que se puede empezar es Rajastán, el Estado indio en el que se encuentran algunas de las ciudades con más encanto del país. Tierra de marajás, fortalezas y palacios. De desiertos y junglas. Ninguna visita a la India será del todo completa sin asomarse algunos días por aquí, donde veremos elefantes transportando a personas, encantadores de serpientes y fábricas tradicionales de coloridos saris. Este estado ha sido gobernando por príncipes hindús desde hace mil años, dividido en pequeños sultanatos, por lo que la influencia islámica es menor que en Delhi o Agra, por ejemplo. Pudieron mantener sus reinos siendo vasallos del Imperio Mogol, primero, y luego del Británico, hasta que la nueva República India les quitó el poco poder que les quedaba y Rajastán pasó a ser un estado más de la federación. Su actual capital, Jaipur, es además una de las tres puntas del conocido como triángulo dorado, el recorrido que hará todo principiante: Delhi, Agra y Jaipur. Nosotros, además, nos escapamos un par de noches a Udaipur, otra ciudad del Rajastán  maravillosa.

Jaipur, la ciudad rosa.

En Rajastán, cada ciudad principal tiene un color, y su capital tiene asignado el rosa. Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Jaipur es una de las primeras ciudades indias construidas de forma planificada: en 1727 la fundó el Marajá Sawai Jai Singh II, siguiendo reglas del urbanismo y la arquitectura védica. Las calles de su centro fortificado están bordeadas por una línea continua de comercios con columnatas que se cruzan en el centro, creando grandes plazas públicas llamadas chaupars. Los mercados, puestos, residencias y templos construidos a lo largo de las calles principales presentan fachadas uniformes. La planificación urbana de la ciudad muestra un intercambio de ideas surgidas de las antiguas culturas hindú y mogol con las occidentales modernas. Diseñada para ser una capital mercante, la ciudad ha mantenido hasta el día de hoy sus tradiciones comerciales, artesanales y cooperativas. Originalmente estaba pensada para tener nueve bloques: uno para los palacios y los otros ocho para comerciantes, todo rodeado de murallas y con siete puertas de acceso fortificadas.


Sus fachadas de color rosa salmó se pintaron en 1876 para dar la bienvenida al Príncipe de Gales, Alberto Eduardo, que luego se convertiría en Eduardo VII, Emperador de la India. Hoy en día sigue siendo el único color permitido en las fachadas del centro de la ciudad.

Del centro de la ciudad, vale la pena visitar el palacio, aún parcialmente habitado por la familia real de Jaipur, que ahora se limita a cumplir funciones ceremoniales. Las diferentes partes del palacio fueron construidas en épocas diferentes por lo que vale la pena aprovechar que la mayoría de las estancias están abiertas al público, incluyendo una enorme armería, las antiguas salas de audiencias de mármol (que algunas se alquilan para bodas) y el salón del trono. El patio de las puertas de las cuatro estaciones es espectacular. Dentro del antiguo bloque palaciego también vale la pena entrar al Hawa Mahal o palacio de los vientos, un gran mirador para las damas de la corte construido en forma de edificio de cinco alturas con la fachada en la calle principal, desde donde estas disfrutaban de la vida común de la ciudad o de los desfiles a través de celosías para no ser vistas desde fuera. La bella fachada es considerada símbolo de la ciudad.

Finalmente, el tercer gran atractivo de este bloque de la ciudad es el Jantar Mantar, un observatorio astronómico construido a principios del siglo XVIII, que cuenta con una veintena de instrumentos en obra de albañilería muy innovadores en su tiempo, tanto en el plano arquitectónico como técnico. Permitieron observaciones astronómicas a simple vista y refleja las concepciones cosmológicas y los conocimientos astronómicos de los sabios a finales de la era mogol. Por estas características únicas, la UNESCO lo declaró como sitio Patrimonio de la Humanidad. Aún se puede observar las mediciones que se hacen con el movimiento del sol para calcular horas, días, meses, años y la posición del resto de planetas del sistema solar. También era usado para calcular el horóscopo de cada nacido.

Paraíso para compradores negociantes

Los bloques comerciales de la ciudad son probablemente uno de los mejores lugares de la India para hacer compras de cientos de cosas típicas. Cada gremio tiene sus zonas asignadas, incluyendo el callejón del té con vendedores a granel de varios tipos de esta infusión. En Maniharon Ka Rasta se encuentran los fabricantes de las bellas pulseras rajputas, hechas de resina a la brasa tras ponerles colorantes. Antes de sentaros a ver el género y negociar precios, pasead y ved, evitando las pulseras más finas, que acabarán rompiéndose en pocos días. Las mejores son las pulseras con mucho grosor. En Rajastán también se elaboran las telas con diseños estampados de forma tradicional usando moldes de madera y tintes que incluso podréis hacer en algunos locales. El estado también es famoso por sus zapatos de piel y sus joyas, con barrios de esas tiendas donde encontrar auténticas gangas.

El centro ofrece además mucho que probar. No muy lejos del Hawa Mahal se encuentra el puesto "Pandit Kulfi" donde no hay que perderse su especialidad: el típico y denso helado indio que puede ser de muchos sabores pero que este puesto solo lo venden con una receta a base de azafrán, pistachos y almendras. Y para comer, una pausa del ajetreo en la agradable terraza del Hotel Sweet Dream, que tiene un restaurante vegetariano tradicional hindú con opción a que los platos apenas piquen, lo que es de agradecer. De hecho, se puede elegir el nivel de picante del 1 al 6. Fue la primera vez en el viaje que pude rebañar las salsas con el naam. Por cierto, los makania lassi (de azafrán, servidos con hebras frescas) están espectaculares como bebida. Y si os apetece un postre o una merienda, en uno de los bulevares principales de la ciudad vieja está el LMB Hotel, en cuya planta baja hay una enorme pastelería con todos los dulces tradicionales de Jaipur: desde los kaju gunjia forrados en láminas de plata (que se come) hasta el famoso paneer ghewar, un pan dulce duro lleno de agujeros que se come con una natilla de sabor a azafrán, pistacho y cardamomo.


La nueva Jaipur

Más allá de las zonas comerciales del centro, se encuentran de las zonas ajardinadas del ensanche del siglo XIX, con el Albert Hall Museum en el centro, cuya primera piedra puso el propio Eduardo VII en su visita como Príncipe de Gales. El edificio es bonito y alberga una curiosa colección de antigüedades de todo el mundo (incluyendo una momia). Pero a los que estamos acostumbrados a la enorme calidad de los museos europeos no nos impresionó nada, así que solo lo recomiendo si tenéis tiempo de sobra. Aunque, hay que decir, que los locales lo consideran una de las grandes joyas de la ciudad. No muy lejos está el cine art-déco Raj Mandir, donde disfrutar de películas de Bollywood en un entorno abigarradamente decorado.

El ensanche decimonónico también cuenta con agradables locales donde comer, como Niro´s. Se trata de uno de los primeros restaurantes "multicocina" del país (y que ahora son muy populares), inaugurado en 1949. Sirven buena comida india de norte y sur (ambas pican), además de platos chinos y occidentales. Todo delicioso y servido con buenos ingredientes. Otro de los lugares que no hay que perderse es el Jaipur Modern Kitchen, un restaurante de diseño donde sirven platos fusión de todas las gastronomías asiáticas con la francesa, italiana y peruana, usando ingredientes orgánicos y muy saludables. La quinoa es protagonista de muchos de sus platos. Mientras esperamos que llegue nuestra comida, vale la pena dar un vistazo a la tienda de ropa y productos del hogar que tienen anexa, de extremado buen gusto pero precios elevados (especialmente en relación al coste general de otras tiendas en el país). Un lugar perfecto para descansar de la contundente gastronomía india con sus saludables y no picantes platos. Finalmente, dentro del lujoso complejo del Narain Niwas Palace Hotel, donde se han grabado muchas películas de Bollywood, hay un restaurante magníficos: el DOJO, en el que probar platos fusión indios-italianos-japoneses espectaculares.

Fuera del centro y el ensanche no recomiendo pasear por la ciudad ya que el tráfico es insoportable, las calles suelen estar sucias y embarradas, con vacas, perros y ratas deambulando sin control. Pero, respecto al alojamiento, es mejor hacerlo fuera del centro si se va en grupo, para ahorrarnos los ruidos y el tráfico cuando nos retiremos a descansar. Nosotros optamos por el Alsisar Haveli. Los haveli son antiguas mansiones de nobles y muchas de ellas han sido restauradas como hoteles, tras la democratización del país y la perdida de poder de las castas superiores. Este hotel cuenta con un comedor de desayunos majestuoso, personal vestido de uniforme tradicional y una relajada piscina donde descansar del caos de Jaipur. Además, las habitaciones son maravillosas: muy amplias, con techos altos y camas cómodas y señoriales, con la decoración original de ventanas y molduras restaurada.


El impresionante fuerte de Amber

Desde la ciudad también vale la pena hacer una excursión a la ciudad vecina de Amber, especialmente por su impresionante fuerte color miel, que forma parte de un grupo de fuertes declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La arquitectura ecléctica del mismo es un testimonio perfecto del poder de los Estados rajputas que florecieron en esta región, en el que mezclaron su arquitectura tradicional hindú con elementos persas e islámicos que trajeron los mogoles que gobernaban el imperio desde Agra o Delhi. Cuando uno se acerca desde el caudaloso río que cruza el valle parece sumergirse en un escenario de "Juego de Tronos", con un fuerte gigantesco en lo alto de una montaña y el resto de montañas de alrededor rodeadas por una impresionante y larga muralla. En mitad del río, frente al fuerte, una isla artificial perfectamente cuadrada alberga un jardín de especias, azafrán incluido, que además de abastecer las cocinas del fuerte, servía para perfumarlo los días de viento.

Dentro destacan las salas de audiencias, públicas y privadas, donde los Rajás recibían las peticiones de sus súbditos y despachaban con sus consejeros; así como las diferentes estancias, tanto del Rajá y su esposa, como de las concubinas y del funcionariado y los soldados. Los sistemas de canalización del agua, de refrigeración de las estancias con cascadas o de algunos precursores de los jacuzzis son impresionantes. Los coloridos y diseños de las diferentes estancias son tan bonitos que se usan como escenario de reportajes fotográficos para bodas. De hecho, nosotros nos encontramos con una pareja de novios y su equipo fotográfico detrás. 

De la visita, destaca el Salón de la Victoria, forrado de pequeños espejos que, por las noches, cuando la estancia se iluminaba con velas, generaba un efecto mágico perfecto usado durante las veladas de la corte. Además, una de las estancias más curiosas son las zenana, donde vivían las concubinas en pequeños apartamentos, diseñado todo de tal manera que el marajá podía visitarlas a través de pasillos discretos sin que nadie le viera entrar ni salir.

En los alrededores del fuerte también pueden verse encantadores de serpientes tocando su instrumento tradicional con una cobra saliendo de una cesta, moviéndose al ritmo de la música. Asimismo, filas de elefantes suben y bajan las empinadas rampas al fuerte, con turistas cargados en pequeños cubículos, al modo de los antiguos Rajás, pero que nosotros preferimos no usar por recomendación de grupos de protección a animales.

En la carretera de vuelta de Amber a Jaipur vale la pena pararse frente al Jal Mahal, un espectacular palacio usado como pabellón de caza y construido en mitad del caudaloso río al que solo se podía acceder en barca y que hoy está abandonado.


Udaipur, la ciudad blanca.

Otra joya de Rajastán es Udaipur, la ciudad blanca. Tras dormir en un compartimento privado de un tren nocturno indio (toda una experiencia), llegamos a esta apacible población a orillas de un lago artificial, el Pichola, inundado por los gobernantes del reino de Mewar durante el siglo XVI, tras desviar un río cercano. La ciudad se fundó en 1559 por el Rajá Udai Singh II, que empezó a construir las primeras partes del actual palacio, imponente, y de un 1 kilómetro de largo, siendo uno de los más largos del mundo. 

Los Mewar consiguieron resistir el poder del Imperio Mogol mejor que el resto de reinos rajputas (por estar más alejados) y hasta hoy gozan de gran influencia en los antiguos territorios del reino. De hecho, han sido y son los grandes impulsores de la transformación de Udaipur como meca turística nacional e internacional. De hecho, aunque su palacio sigue siendo parcialmente su residencia, la mayoría de sus edificios (en realidad es un conjunto de once palacios pero que se mantuvieron estéticamente unificados) fueron reconvertido en varios hoteles de lujo mientras que las estancias más antiguas se abrieron al turismo. Vale muchísimo la pena visitarlo, tanto por su arquitectura y sus patios ajardinados en los pisos superiores, como por sus preciosos frescos y la colección de objetos antiguos, que incluye uno de los parchís más antiguos del mundo, juego inventado en la India como "pachisi" y que llegó a la península ibérica gracias a los árabes. El sol bigotudo, símbolo de los Mewar, es omnipresente en todas las estancias.

Desde el palacio, tomad un barco que os lleve hasta la isla de Jagmandir, que alberga un antiguo palacete de caza ahora reconvertido en hotel. Sus jardines son el lugar perfecto para relajarse, observando de lejos la blancura de Udaipur y disfrutando del sonido de los pájaros y el viento. Ofrece un spa abierto a los no huéspedes con unos jardines privados de película.

El lago y las vistas del imponente palacio convierte a Udaipur en uno de los lugares más románticos de la India. Al menos así la describió uno de los primeros oficiales ingleses enviados a gobernar este subcontinente. Nosotros nos alojamos en el precioso Jagat Niwas Palace, con una terraza con vistas hipnotizantes al lago. Su restaurante ofrece rincones con vistas inolvidables donde descalzarse los pies y subirles a sus acolchados rincones para degustar sus deliciosos platos, que se ofrecen con la opción real de que no piquen. 

Udaipur es una ciudad donde sí se puede pasear de una forma más o menos agradable, ya que sus callejones tortuosos hacen mucho más complicado el tráfico de otras urbes del país. Esas callejas esconden muchas sorpresas, como el templo hindú Jagdish, con una escalinata flanqueada de elefantes y sus miniaturas en mármol que pueblan sus fachadas. Además, permite asistir a ceremonias religiosas con cantos interesantes. Tampoco os perdáis en Gangour Ghat, una zona habilitada para baños sagrados con un templete hindú al lado y palomas alimentadas por los devotos. 

Udaipur apenas tiene vida nocturna, pero se puede pasar una agradable velada en el Dharohar at Bagore Ki Haveli, el patio de un antiguo palacete de nobles que ahora ofrece espectáculos tradicionales del Rajastán, con bailes de las diferentes antiguas ciudades-estado, mayoritariamente realizados por mujeres que usan fuego y grandes jarrones de agua, así como pequeñas obras de teatro de contenido religioso y shows de marionetas que cuentan cuentos de la región.

Respecto a la comida, es fácil encontrar sitios puesto que la ciudad es muy turística. Pero si se quiere descansar de la picante cocina del Rajastán, se puede optar por el café Edelweiss, con opciones europeas para un desayuno o un almuerzo; o por Little Prince, con su oferta de platos de Oriente Próximo y su terraza a los pies del lago. 

También es muy recomendable hacer yoga alguna mañana en Prakash Yoga, con una monitora estupenda que os introducirá en los principios de esta sana práctica en un templete a orillas del lago, desde donde recomiendo hacer la sesión de la salida del sol (id abrigados que suele hacer fresco) o el de la puesta de sol, donde la temperatura es algo más elevada. Y nada mejor que despedirse de la ciudad desde la azotea del The Nem Tree, un acogedor hotel desde el que también se hace yoga y se disfrutan unas maravillosas vistas del palacio.

Rajastán es espectacular, pero me queda muchísimo por ver. Los fuertes en las selvas llenas de tigres, la ciudad desértica de Jaisalamer, la ciudad azul de Jodhpur, el humedal de Keoladeo con sus aves exóticas o el oasis sagrado de Pushkar y su famoso mercado de camellos. Volveré a este colorido estado indio para seguir descubriendo su apasionante historia, bella arquitectura y fascinantes tradiciones.

diumenge, 5 de febrer del 2023

Albania

El centro de Tirana

Albania ha sido un país que siempre me ha producido gran curiosidad. Un país mediterráneo, pero a la vez, última gran dictadura totalitaria estalinista de Europa hasta 1991. Así que, aprovechamos para visitarlo a finales de 2022, aterrizando en su capital, Tirana, llena de grúas y con rascacielos que crecen y cambiarán su perfil en pocos años, pero aún sumida en arte de ese letargo gris al que la sometió el comunismo durante casi 50 años.

Tirana es una mezcla algo compleja de apreciar, con arquitectura otomana, elementos italianizantes de la época monárquica, racionalismo comunista (especialmente algunos murales chillones, pero sobre todo bloques y bloques de vivienda gris),  y sobre todo, mal gusto de capitalismo desenfrenado con algunos palacetes o edificios modernos muy zafios. 

Habitada desde los ilirios pero fundada como ciudad por los otomanos, su centro sigue siendo la plaza Skandenberg, dedicada a su héroe nacional, noble albanés que consiguió independizar algunas partes de Albania de cualquier control extranjero durante casi 25 años. Su estatua está en mitad de una enorme plaza con partes ajardinadas, rodeada de edificios ministeriales de arquitectura neoclásica de principios de 1920, cuando Tirana se convirtió en capital del Reino de Albania. Otro edificio reseñable es la mezquita de Et'hem Bey, antiguamente la más grande de la ciudad, y símbolo de la convivencia entre religiones, ya que está decorada con pinturas realizadas por artistas cristianos que usaron técnicas normalmente reservadas para iglesias ortodoxas. Su belleza interior es impresionante. Por las mañanas suele estar vacía y no cobran entrada. Todo un tesoro.

Otro edificio que hay que visitar es BunkArt 2, el antiguo búnker del Ministerio del Interior. La Albania comunista fue rompiendo relaciones con todos sus aliados (primero con la Yugoslavia de Tito, luego con la URSS de Jruschev y finalmente con la China de Deng Xiaoping) acusándoles a todos de traicionar a Stalin y sus ideas. Se salió también del Pacto de Varsovia en 1968. Al quedarse aislada, la paranoia del régimen fue tal que Hoxha proclamó la necesidad de ser autosuficientes en términos de defensa y se lanzó a construir más de 60,000 búnkeres de cemento armado para proteger a toda la población ante potenciales bombardeos o invasiones con tanques. La mayoría siguen aún esparcidos por todo el país. BunkArt 2 es uno de ellos, capaz de resistir un ataque nuclear. Ahora acoge un memorial a las víctimas del régimen,  donde se muestran aspectos de la represión usada durante esos oscuros años, además de mantenerse estancias visitables, como los despachos de emergencia del Ministerio del Interior o la habitación reservada al propio ministro durante un potencial ataque.

La plaza, por las Navidades, tenía una feria con todo tipo de atracciones. Además, cada Nochevieja, se llena de personas que vienen a disfrutar del castillo de fuegos artificiales con los que la ciudad recibe el año. Cuidado con los gamberros que tiran sus propios petardos, a menudo de gran potencia y peligrosidad.

Otro de los lugares interesantes del centro, al lado de la plaza, es la "Casa de las Hojas", una antigua clínica pediátrica que fue transformada en la central de la Sigurimit, el servicio secreto albanés de la era comunista. El espionaje sistemático a los ciudadanos que estableció Hoxha se debe en parte al plan de EEUU y Reino Unido de barrer los regímenes comunistas de los Balcanes, y que tenían a Albania como proyecto piloto. La sede, ahora museo, muestra los laboratorios y despachos donde se organizaba el espionaje sistemático, con máquinas fotográficas ocultas en botones, bastones o lámparas desde las que se obtenían fotos que luego se revelaban aquí. También micrófonos o teléfonos pinchados eran frecuentes. La exposición también muestra una sala de una vivienda comunista tipo y los mecanismos de espionaje que podían insertarse en la misma. Sinceramente, un museo bastante interesante. Por supuesto, La Casa de las Hojas cuenta con su propio búnker.

No muy lejos de la plaza, en el Mercado Nuevo, se encuentra Met Kodra, un pequeño local donde, desde 1957, solo se sirve qofta casera, una especie de hamburguesa alargada especiada a la albanesa cocinada al carbón y que está de muerte. 

Blloku

Pero el barrio donde todo pasa en Tirana es Blloku, al sur del centro, antiguo oasis en el que vivían la élite del partido y la burocracia albanesa durante los tiempos de Hoxha y Alia. Antes, solo el aparachtik del partido tenía permitido acceder a este exclusivo barrio. De calles perfectamente delineadas y arboladas, con edificios funcionales y ahora llena de tiendas, bares y restaurantes. 

Pero volvamos unas décadas atrás: Albania fue invadida por la Italia fascista en 1939 y luego liberada por partisanos albaneses del Partido Comunista en 1945. Su líder, Enver Hoxha, proclamó la República Popular de Alabania, impuso un modelo económico estalinista de planificación centralizada, suprimió cualquier propiedad privada y asesinó y concentró a cualquier opositor. Blloku es el sitio perfecto para ver muchos edificios gubernamentales de la época, racionalistas y con murales de realismo socialista. Asimismo, uno de los grandes chalets es la antigua residencia oficial de Hoxha, mansión racionalista hoy cerrada al público. 

Otro edificio icónico es la llamada pirámide de Tirana. Tras la muerte de Hoxha en 1985, su hija promovió la construcción de un enorme mausoleo para su padre con forma de pirámide que no llegó a acabarse. Quedó abandonado y luego se usó como refugio para los kosovares que huían del genocidio serbio. Actualmente está en obras por la Fundación Albanesa-Norteamericana para convertirse en un centro cultural.

Ramiz Alia, sustituto de Hoxha, mantuvo el régimen totalitario pero en 1990 la situación se volvió insostenible, y los albaneses, hartos de privaciones, se refugiaron en las embajadas occidentales, como refugiados. Los frecuentes disturbios y las salidas masivas de albaneses en barcazas hacia Italia forzaron a Alia a convocar elecciones que ganó el Partido Democrático, liderado por el popular cardiólogo Sali Berisha. Pero del comunismo totalitario, Albania pasó de golpe a un capitalismo desenfrenado donde todo valía. Mafias tomaron el control del país generando redes de tráfico de personas, drogas y armas. La esclavitud sexual proliferaba con miles de mujeres víctimas y Mercedes de toda Europa acababan en Albania, robados por esas mafias, convirtiendo las avenidas de Tirana en un atasco permanente. Este caos culminó con la estafa piramidal de bancos falsos que robaron los ahorros al 70% de albaneses tras años de promesas de altos tipos de interés, amparados por una autoridad supervisora totalmente corrupta. De esa época aún se ven palacios "neoclásicos" de muy mal gusto y grandes proporciones por toda la ciudad. Los casinos proliferaron, y la música occidental, prohibida durante cuarenta años, sonaba a todo volumen. 

Este caos hizo que la ONU declarase Albania como estado fallido. El Consejo de Seguridad autorizó una intervención militar y humanitaria multinacional liderada por Italia: la operación Alba. Poco a poco, el país se empezó a democratizar, construir un gobierno sólido y reducir los niveles de corrupción. Estos éxitos permitieron a Albania ingresar en la OTAN en 2014. Ahora, la ciudad está en plena ebullición, en negociaciones para unirse a la Unión Europea, y con rascacielos creciendo como setas.

Blloku es ahora el centro de esa pujante Albania. Es interesante pasear por el barrio por la noche, para asistir a un fenómeno curiosísimo, en el que muchas de sus calles se inundan de coches de lujo (Aston Martin, Porsche, Mercedes, Land Rover...), chicos vestidos con las marcas en grande en sus ropas y chicas con caras llenas de botox y ácido hialurónico. Se forman unos atascos tremendos y sus bares y discotecas se abarrotan de clientes. Algunos de los que valen la pena son Colonial, donde se sirven cócteles de primera categoría, como el "pornstar martini" con maracuyá o el gin tonic con agua de rosas y pétalos. Para bailar la última música electrohouse, lo mejor es dirigirse a Radio, con buenos DJs, donde encontrar a un público moderno y alejado de la ostentación de otros locales.

Y para comer, evitad los locales vistosos y entrad a la Taverna e Kasapbeut, algo oculta, donde uno parece meterse en casa de una abuela albanesa. Aquí, dos hermanas ofrecen el recetario tradicional albanés con recetas de su familia. El pispili, pan de maíz con espinacas, es increíble; por no hablar del fërgëse sin igual, un guiso a base de salsa de tomate, queso "cottage", pimientos verdes y rojos, ajo y hierbas mediterráneas, todo al horno, en el que se moja pan albanés recién hecho.

Algo más alejado de Blloku, al borde del lago artificial de la ciudad, se encuentra Mullixhiu, un coqueto local que imita la Albania rústica, dirigido por el chef Bledar Kola, donde sirve recetas tradicionales reinventadas. Tienen una pasta de maíz que se llama jufka con boletus y queso albanés mishavin muy curiosa. Sus qoftas rebozadas en trahana (una masa de maíz) son muy sabrosas. Y el arapash, una polenta con hígado de ternera estaba buena también. Pero lo más interesante es el postre: una pipa de barro donde beber una suave crema dulce de yogur con kadaif, un postre albanés de pasta filo frita y miel.

Nosotros nos quedamos no muy lejos, en el Hotel Boutique Spa Moncafe, un edificio a la última con muros llenos de plantas colgantes (tanto en el exterior como en los pasillos) y una decoración contemporánea de muy buen gusto, amplias habitaciones con enormes cortinas automatizadas y un desayuno excelente. También cuenta con un jacuzzi y una sauna turca.

Berat

Además, Tirana ofrece la posibilidad de usarse de base para descubrir algunas joyas del país, como Berat, a solo dos horas en coche. La ciudad fue declarada Patrimonio de la Humanidad por ser un ejemplo único de urbanismo y arquitectura otomana, y por ser testigo de la convivencia pacífica de comunidades y religiones diferentes durante siglos. 

Berat nació como fortaleza iliria 400 años antes de Cristo, y luego fue la ciudad griega de Antipatrea y después, romana (Pulcheriopolis). Los eslavos le dieron su actual nombre, llamándola Belgrad (ciudad blanca) que mezclado con el albanés evolucionó hacia Berat. Formó parte del imperio bizantino y finalmente cayó en manos otomanas en el siglo XV. Pese a ello, mantuvo sus barrios musulmán (Mangalem) y cristiano (Gorica), cada uno a un lado del río que los separa. 

Pero es el barrio Kalaja el que hay que ver primero: situado en lo alto y dentro de la fortaleza, aquí es donde vivía la clase alta beratí. Albergó hasta 30 iglesias, la mayoría desmanteladas durante el periodo comunista, cuando Albania se proclamó primer estado ateo del mundo en 1976, prohibiendo toda religión. Se mantuvieron algunas pocas, gracias a que se usaron como almacenes. Pero otras, como la catedral de San Jorge, fueron transformadas en centros de ocio juvenil, añadiéndoles estructuras de cemento armado, perdiéndose tanto el edificio como sus frescos.

Tampoco se salvaron las mezquitas del ateísmo de Hoxha, de las que solo queda algún minarete. Recomiendo contratar los servicios de un guía porque muchas de las iglesias se esconden como casas normales, por ser esta la condición que dieron los otomanos para su autorización. En cualquier caso, pasear por las bellas calles empedradas del barrio, que nos traslada a la época bizantina y otomana, es una auténtica maravilla, sobre todo en invierno, cuando apenas hay turistas. Las vistas desde las murallas son también impresionantes, con enormes picos nevados al final del valle, el río que lo atraviesa o los dos barrios históricos a los pies de la colina.

Al bajar, estaréis en el barrio musulmán, Mangalem, centro de la corriente musulmana bektashi, muy tolerante, cuyos fieles rezan en "teqes" y no en mezquitas. En cualquier caso, frente al elegante teqe también hay una elegante mezquita otomana y no muy lejos, la nueva catedral ortodoxa. Los beratíes son extremadamente tolerantes: nunca se han peleado por motivos religiosos y los matrimonios interreligiosos son frecuentes en la localidad.

Si cruzáis el río, pasead por Gorica, un barrio agradable que cuenta con algún sitio interesante para comer, como Antigoni, cuya terraza ofrece unas magníficas vistas de Mangalem, parte de la ciudad conocida como "de las mil ventanas" y responsable de que Berat haya sido proclamada Patrimonio de la Humanidad en 2008. Allí comimos el famoso biftek berati, carne de ternera empanada con queso derretido por dentro, así como un guiso de cordero horneado en salsa de yogur y exquisitos pimientos verdes rellenos de arroz.

Para el postre, volved a cruzar el puente y dirigíos al moderno bulevar donde el Hotel Pasticeri  Tomori (hotel y pastelería que era propiedad del gobierno en la era comunista) aún sirve sus dos especialidades: el MonBlanc (un merengue súper dulce que los beratís de hace décadas solo podían permitirse en sus cumpleaños) y la zupa, una maicena avainillada con galletas, nueces y un poco de merengue. Aquí empieza el nuevo Berat, desarrollado en las últimas décadas del régimen comunista, que buscaba impulsar el turismo interno y empezó a construir nuevas instalaciones hoteleras como el extravagante Colombo Hotel, que ahora es un establecimiento de cinco estrellas.

Dürres

Otra escapada perfecta desde Tirana es Dürres. A tan solo media hora, esta ciudad portuaria también fue capital de Albania antes que Tirana. Además, cuenta con un anfiteatro romano donde cabían más de 18,000 espectadores, aunque ahora está en bastante mal estado de conservación. Su paseo marítimo es bastante agradable, con restaurantes y tiendas, estupendo para disfrutar de un paseo soleado por el Mediterráneo o degustar alguna especialidad albanesa a base de pescado o marisco.

De Albania me dejo muchísimo pendiente: sobre todo alguna escapada a los famosos Alpes Albaneses, a la prístina Riviera Albanesa al sur o al mágico pueblo de Girokaster. Pero prometo volver.

dilluns, 9 de gener del 2023

Etiopía


Adís Abeba

Etiopía es un país fascinante, aunque su capital no tanto. Como la mayoría de grandes urbes africanas, el interés turístico de Adís es bajo, excepto por la curiosidad inicial que provoca en todo visitante. En cualquier caso, la cuarta ciudad africana y la capital diplomática del continente (sede de la Unión Africana) es una ciudad bastante nueva. Se fundó en el siglo XIX por la reina Taitu, que eligió estos valles para fundar la "nueva flor" o Adís Abeba en amhárico, tanto por su buen clima como por la abundancia de agua. Permanentemente en construcción, con altos edificios en obras y autopistas a medio hacer, Adís cuenta con atractivos suficientes para rellenar algo más que una escala aérea hacia lugares más fascinantes como Gondar o Lalibela.

Nosotros nos quedamos en Bole, el barrio más cercano al aeropuerto, lleno de negocios dinámicos creados por los etíopes más innovadores y con hoteles de estándar occidental. Al lado vimos una importante iglesia etíope ortodoxa: la Medhanealem, con un gran jardín donde está prohibido comer, beber y fumar; y un mercado callejero anexo con cafeterías tradicionales, una detrás de la otra. Todas tienen el suelo cubierto de hierba recién cortada para refrescar y cada puesto quema incienso para perfumar el entorno. Uno se sienta en los banquitos de plástico mientras tuestan el café en una sartén, lo muelen y lo mezclan con agua que hierven en cafeteras tradicionales al carbón. El café ya preparado se sirve en pequeñas tacitas con mucho azúcar y hojas de ruda que se mojan unos segundos para quitar la amargura. Suelen tomar tres tazas y se acompañan de palomitas de maíz. 

Además de estas cafeterías típicas, Bole también ofrece cafeterías modernas como "Cherish Addis", que además cuenta con un laboratorio en su piso superior donde realizar catas. El local ofrece libros y cuadros a la venta. Dirigido por Sara Yirga, aquí se sirve uno de los mejores cafés del país, siempre con la seguridad de que proviene de cultivos en el que las trabajadoras (75% de las recolectoras en el país son mujeres) reciben el salario adecuado y pueden participar en la toma de decisiones de las cooperativas. Otro lugar recomendable es la modernísima cafetería "ADORE", donde además sirven platos etíopes y mexicanos de gran calidad, y postres exquisitos.

Adís también cuenta con museos interesantes. Pero si solo se tiene tiempo para uno, todo el mundo coincide: hay que visitar el Museo Etnológico. Situado en pleno campus de la universidad, se encuentra en el antiguo palacio donde el emperador Haile Selassie vivió casi treinta años. El museo incluye objetos y piezas de artesanía de las diferentes culturas que conforman Etiopía, ordenadas según el ciclo vital: niños, jóvenes, adultos y muerte. En otras salas se mantiene la habitación, vestidor y baño tanto del emperador como de la emperatriz. También hay habitaciones con los regalos que le dieron otros dirigentes internacionales, así como recortes de periódicos o materiales de varios de sus logros, como la fundación de la Unión Africana o de la Ethiopian Airlines. También hay una sala donde se explica la curiosa conexión entre los rastafaris jamaicanos y el emperador etíope, así como una exposición de arte religioso, otra numismática y varias de arte contemporáneo etíope, donde destacan las batallas contra los italianos del siglo XIX. Por supuesto, la propia estructura del palacio se mantiene, con sus salones y grandes escalinatas mal mantenidas.

Frente a la entrada destaca la famosa escalera de caracol italiana monumental, a la que se le añadía un escalón por cada año que pasaba Mussolini en el poder en Italia. Tras su derrota, los etíopes colocaron un León de Judá, símbolo de la monarquía etíope en aquel entonces, como muestra del triunfo sobre los ocupantes. Tan solo cinco años estuvo ocupada Etiopía por un poder colonial en su larga historia, frente a las décadas de imperialismo europeo en el resto de África. Y ello pese a que los italianos lo intentaron también en el siglo XIX.

La zona más lujosa de la capital se concentra alrededor del nuevo parque de la amistad construido por la cooperación china, que es espectacular. Allí están también las residencias de la presidenta del país y del primer ministro, así como el hotel más lujoso del país: el Sheraton, con jardines, piscinas, restaurantes y galerías comerciales donde todo cuesta el triple que en cualquier tienda de la ciudad.

Para cenar en la capital hay muchas opciones, pero uno no puede dejar de probar el Yod Abyssinia, un lugar profusamente decorado con un gran salón comedor con mesas y taburetes bajos donde disfrutar de platos etíopes con los mejores ingredientes, picantes o no, mientras se desarrolla un espectáculo de bailes regionales en el escenario. También es un buen lugar para degustar el tej, un licor dulce hecho a base de miel fermentada, antiguamente reservado al rey y su corte.

Finalmente, si alguien busca una tienda de recuerdos con algo más de calidad que las abundantes tiendas de souvenirs típicos que hay por la ciudad, recomiendo la tienda "Entoto Beth Artisan Fair Trade", con artículos artesanales de calidad a precios razonables, así como miel, café o jabones biológicos.

Jimma o los orígenes del café

Jimma es la ciudad más grande del oeste etíope. A pesar de concentrar una importante población universitaria, no hay apenas turismo extranjero. Fue la antigua capital de los oromo, la etnia mayoritaria en Etiopía. También los fascistas italianos intentaron convertirla en la capital de su provincia de Abisinia (Etiopía, Eritrea y Somalia). Por todo ello, la ciudad cuenta con algunos edificios racionalistas, como las oficinas municipales o la calle principal, jalonada de comercios porticados, ahora pintados de alegres colores, con algunas reminiscencias del pasado italiano, como farmacias o panaderías que nos transportarán al sur mediterráneo. Además, Jimma es el aeropuerto más cercano a la reserva de la biosfera de Kafa, antiguo epicentro del reino homónimo, donde se descubrieron las propiedades del grano del café. Y ello la convierte en destino obligado a todo amante de esta bebida que quiera visitar los orígenes de esta planta.

En la propia plaza central de la ciudad hay un monumento al origen del café, con mosaicos que narran la leyenda de Kaldi, el pastor de cabras del reino de Kafa que descubrió las propiedades del café. Cuentan que este pastor, a mediados del siglo VII, vio como algunas de sus cabras ganaban energía tras ingerir las bayas de un arbusto. Kaldi las probó también y experimentó mucha energía. Cuando llevó unas cuantas bayas al monasterio cercano, los monjes le dijeron que ese era el fruto del diablo y las arrojaron al fuego. Sin embargo, el delicioso aroma que salía de las mismas al tostarse hizo que los monjes se animaran a probarlas. Gracias a las mismas, aguantaron una noche entera rezando, por lo que empezaron a secarlas y enviarlas a otros monasterios con las instrucciones de tostarlas. Años después, además de tostarse, se hervían con agua y con ese líquido se podían sobrellevar mejor los rezos de madrugada. Comerciantes árabes llevaron esas bayas al Yemen, donde se refinó el arte de preparar la bebida del Reino de Kafa, que empezaría a llamarse café. Y del Yemen pasó a Estambul donde se convirtió en una refinada costumbre otomana. Los venecianos la llevaron a las ciudades italianas en sus intercambios comerciales y de ahí saltó a la península Ibérica, cuyos marinos la llevaron también a América.

Etiopía ofrece algunos de los mejores granos de café. Aún los secan al sol en grandes estructuras de madera que se pueden ver en campos cercanos a Jimma. Etiopía es el primer exportador de café en África y el quinto a nivel mundial. Para poder ver plantaciones de café, cooperativas de secado y probar algunos de los mejores cafés del mundo en remotas áreas rurales, lo mejor es contratar un tour desde Adís con personas de confianza, ya que en Jimma los servicios turísticos son escasos.

El oriente de Oromia

Al otro extremo de la región, alrededor del valle bajo del Awash, se encuentran algunos los más importantes conjuntos de yacimientos paleontológicos del continente africano. Los restos de homínidos encontrados en este lugar datan de cuatro millones de años atrás, lo que ha proporcionado datos esenciales acerca de la evolución de la especie humana, modificando nuestra visión de la historia de la humanidad. El hallazgo más espectacular tuvo lugar en 1974, cuando se descubrieron 52 fragmentos óseos que permitieron la reconstitución del esqueleto de la célebre “Lucy”. En este Parque Nacional se pueden ver muchas especies de fauna. Nosotros, al cruzar su única carretera, pudimos ver familias de monos pululando.

Aquí aún existen aldeas que viven en condiciones del neolítico, sin agua corriente en sus casas ni luz. Casas, por cierto, hechas de adobe y paja, donde conviven personas y animales domésticos en una estancia. Aunque la agricultura se va extendiendo, la ramadería es la principal actividad económica, con cabras, vacas y camellos como principales recursos económicos. Los burros siguen siendo un medio de transporte frecuente para cargar mercancías. 

La única línea ferroviaria de Etiopía atraviesa esta parte de Oromia, con trenes de pasajeros y mercancías yendo y viniendo de Yibuti, principal puerto para los etíopes. 

Más allá del Parque Nacional de Awash, al que se organizan tours de un día o más desde Adís; explorar el resto del oriente de Oromia es bastante complejo, especialmente las áreas rurales, debido a la presencia de algunos grupos armados separatistas.

Lalibela

Sin duda, la joya turística del país. Si solo se fuera a Etiopía tres días, Lalibela sería la parada obligatoria, por ser un tesoro de la arquitectura humana. Se trata del sitio más sagrado de la cristiandad etíope, lugar de peregrinación, usado durante más de ocho siglos de forma ininterrumpida.

Situadas en una región montañosa del corazón de Etiopía, en las proximidades de una aldea tradicional de casas redondas, las once iglesias medievales de esta “Nueva Jerusalén” del siglo XIII fueron excavadas y esculpidas en la roca. Nada te prepara para la impresionante arquitectura del lugar y la espiritualidad que se respira en el mismo. No en vano, el conjunto fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1978.

Lalibela era conocida como Roha y ya existían algunas fortalezas donde vivía su realeza, cavadas desde la cima de la montaña hacia dentro de la misma. En el siglo XIII, uno de sus reyes, el Rey Lalibela, decidió construir una segunda Jerusalén, para ahorrar a sus súbditos el penoso viaje hasta Palestina que él mismo había tenido que hacer. Quiso copiar todos los elementos en su capital: al río que atraviesa un valle lo renombró como río Jordán y le puso una cruz en medio; replantó un monte con olivos para bautizarle con ese nombre y a otro lo llamó Gólgota. Pero lo más impresionante fueron las once iglesias excavadas en roca, llenas de simbolismo bíblico. Muchas ventanas y puertas tienen forma de pene, recordando la circuncisión iniciada con Abraham como promesa a Dios y que los etíopes cristianos siguen practicando, a diferencia del resto de cristianos, debido a que la fuerte influencia de las prácticas y símbolos judíos que aún existen en la ortodoxia etíope. 

Cada iglesia es como una estatua gigante tallada de una pieza directamente de la montaña y separada de la misma, de abajo a arriba. Los historiadores calculan que se tardaron 23 años en acabar el complejo, que incluye inteligentes mecanismos de desagüe para evitar inundaciones durante la temporada de lluvias, así como pasadizos para permitir a la familia real entrar en las iglesias desde el palacio sin mezclarse con el pueblo. La leyenda cuenta que mientras obreros y artesanos descansaban por las noches, ángeles bajaban del cielo para continuar los trabajos por las noches.

Algunas cavidades, realizadas como tumbas, contienen momias de sacerdotes aún visibles. El lugar es muy auténtico y no prioriza en absoluto al turista. Los protagonistas son los fieles, que cada domingo de 6am a 9am abarrotan las iglesias, cubiertos de una tela blanca, para asistir a la celebración y rezar. 

Lo cierto es que desde los valles cercanos nada hace pensar que en la cima de una de las montañas existía un complejo eclesial-palaciego de tal magnitud. Y los historiadores piensan que esta forma de construcción se usó, ante todo, para asegurar la protección de los edificios en una zona en disputa con los musulmanes. Actualmente algunas iglesias están cubiertas por enormes estructuras que las protegen de la lluvia y el sol, construidas por la cooperación italiana en los años 50.

Las iglesias se dividen en dos grupos. Nosotros vimos las del noroeste, o la Jerusalén terrenal, por la tarde del primer día. Son las más impresionantes por tamaño y detalles. Se empieza con la Casa del Salvador del Mundo, la iglesia excavada en roca más grande del planeta. En ella se guarda la cruz de oro de 7kg más famosa de la localidad. Si tenéis un buen guía, convencerá a uno de los sacerdotes de bendeciros con ella. Normalmente la tienen oculta porque ya fue robada una vez. 

Por un pasadizo llegaréis a Bet Maryam, la iglesia con más detalles del complejo, dedicada a la Virgen y llena de frescos o preciosos bajorrelieves, además de inscripciones en hebreo, griego y ge´ez (lengua sagrada de los etíopes ahora solo usada en textos y ceremonias religiosas cristianas). Otra de las iglesias, Bet Golgota, solo admite acceso a hombres. Contiene increíbles representaciones de los 12 apóstoles talladas en roca, además de la tumba del rey Lalibela. Pero la más impresionante del grupo es Bet Giyorgis, la obra maestra, la última en hacerse. Se trata de una perfecta cruz griega a tres alturas sin pilares interiores y tan perfectamente conservada que no requiere de cubierta artificial protectora. Su interior es mágico, pero observarla desde el exterior al atardecer, aún más. Especialmente sin ningún turista más alrededor.

Al día siguiente nos levantamos pronto para asistir a parte de la ceremonia dominical, con hipnóticos cantos de los sacerdotes. Tras las celebraciones, nos dirigimos al grupo sureste de iglesias, que representa la Jerusalén celestial. Las iglesias más impresionantes de este grupo son, por un lado, las de Bet Gabriel y Rafael, situadas en un antiguo palacio aksumita reconvertido; y Bet Amanuel, con frisos exquisitos. En algunas columnas hay ojos esculpidos de ángeles únicos. Acabad la visita desde el monte Tabor, para disfrutar de una panorámica de ambos grupos de iglesias. Fue un auténtico placer recorrer este conjunto único prácticamente en solitario: el COVID y sobre todo la guerra civil que llegó hasta estas iglesias hizo que los turoperadores occidentales cancelaran sus visitas. 

La entrada a las iglesias, válida para cinco días, cuesta 50 dólares estadounidenses a todo extranjero. Se puede pagar también en el equivalente en birrs y en euros. Llevad calzado cómodo y fácilmente descalzable, con calcetines gruesos, puesto que para entrar en los templos hay que hacerlo sin zapatos. Para evitar perder tiempo desorientados por los pasadizos y túneles oscuros, si vais a visitar Lalibela sin viaje organizado, no dudéis en contactar con Hailemariam (o Mario, como le gusta llamarse en el poco castellano que habla), un guía excelente que conoce Lalibela y su región al dedillo, su historia y sobre todo, los mejores lugares en los que tomarse fotos, que os hará con una sonrisa. Si queréis su Whatsapp, pedídmelo por mensaje privado. Eso sí, intentad negociar precios con él, que a veces se pasa un poco, sobre todo con los transfers desde y hacia el aeropuerto.

A Lalibela es muy difícil llegar por carretera, por lo que hay tomar los vuelos de Ethiopian que salen cada día desde Adís. Para dormir, nosotros optamos por quedarnos en el Hotel Maribela, de solo 15 habitaciones, con cuartos luminosos que cuentan cada uno con espectaculares balcones desde los que tumbarse a disfrutar de las puestas de sol en la cima de la montaña en la que se encuentra Lalibela. El hotel es moderno pero, a la vez, tradicional, y cuenta con un amplio comedor en el que se sirven platos etíopes básicos pero deliciosos, así como pizzas decentes.

Si podéis quedaros más de una noche, aprovechad para ver las iglesias y monasterios de la región, que me cuentan que son estupendos. 

Gastronomía etíope

Además del ya mencionado excelente café, Etiopía ofrece una gran variedad de comidas ricas, empezando por buenas frutas: sandías, papayas, magos, manzanas, aguacates y plátanos. Las fruterías callejeras abundan y también se pueden disfrutar en cafeterías preparadas bajo el nombre de spriss: puré de frutas sin agua ni azúcares en capas de dos o tres frutas, con media lima en el plato para exprimirse por encima. El más popular es el spriss de mango y aguacate.

Respecto a lo salado, hay que empezar por su plato nacional: la injera, una especie de pan plano hecho de tef, un cereal con mucha proteína y hierro que solo se encuentra en Etiopía. La masa, esponjosa y algo amarga, puede sorprender al principio, especialmente por servirse enrollada como si fueran toallitas húmedas, pero está muy rica. A los etíopes les gusta tanto que siempre la usan de plato y acompañante a la vez, cogiendo trocitos con la mano y mojando la comida que esté encima de la misma. A veces se comen la injera con trocitos de injera especiados encima y huevo, con lo que acaban comiendo injera con injera.

Otro de los platos más deliciosos y frecuentes es el shiro, una pasta de garbanzos al ajo con muchísimas especias que se come acompañada de (sorpresa) injera. Otros acompañamientos para la injera son el pollo doro wot, guisado con cebolla, salsa de mantequilla y cardamomo; o los exquisitos quesos ácidos locales. Los guisos de cabra también son comunes.

Para desayunar, el plato que más me gustó fue la fatira: una fina masa hojaldrada al horno rellena de huevos revueltos y cubierta de la deliciosa miel etíope. Por supuesto, la gastronomía del país es muy variada, y me dejo muchísimos platos por mencionar.

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Etiopía no es un país sencillo para el turista. Pero la amabilidad de sus gentes compensarán las dificultades logísticas, y los misterios de su cultura milenaria satisfarán al turista más curioso.

dimecres, 4 de gener del 2023

Un 2022 lleno de viajes

2022 fue el de la recuperación plena de mis andaduras viajeras, un año tremendamente viajero. Aunque aún no volví a Asia (continente que no piso desde 2019) sí que pude volver a América del Sur, en este caso a Colombia, país que tenía muchas ganas de descubrir: Medellín, eje cafetero y Cartagena de India fueron los puntos de unos días inolvidables. Y también a África, donde descubrí la mítica Etiopía, cuna de la humanidad y del café, donde además de su capital, Addis Abeba, también estuve en su zona cafetera alrededor de Jimma además de el este de Oromia y la inolvidable Lalibela.

Pero el año empezó en Catalunya, donde visitamos el monasterio de Poblet, comimos los famosos calçots en Valls, descubrimos la Tarragona romana y volvimos a PortAventura.

De España, este año descubrí Ávila, Rascafría, las comarcas del Jerte y de la Vera (primera vez en Extremadura) y la valenciana isla de Tabarca. También pasé por Cartagena, Ronda y el caminito del Rey, además de pasar unos días en Marbella y en pueblos castellano-manchegos como Consuegra y sus molinos quijotescos. Y volví a Sevilla, Málaga y a València (eso siempre).

Del resto de Europa pude visitar Hamburgo y sus alrededores, incluyendo la preciosa ciudad de Lübeck. También fui a Turín por primera vez. Y descubrí Bulgaria, Serbia y Eslovenia en una ruta balcánica muy chula. Y de mi querido Portugal estuve por primera vez en Évora y en dos de las Azores: Sao Miguel y Terceira. Además, volví a la siempre agradable Lisboa. Y por supuesto, volví dos veces a París (y ojalá hubieran sido tres).

El año acaba en Albania, país curioso y (aún) poco turístico, específicamente en su capital, Tirana, con visitas a Berat y Dürres. Y también empiezo aquí 2023, año que se presenta aún más viajero (que es difícil) con mi vuelta a Asia cuatro años después: específicamente a la India nada más empezar y muchos otros en el horizonte. Tanto nuevos, como Honduras, Ecuador, Chile, República Dominicana, Canadá, Túnez, Níger, Mozambique… como países que ya conozco, como Costa Rica, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Bélgica, Montenegro, Jordania y Líbano. Y seguro que me llevo alguna sorpresa más. De España  me queda Cantabria como última autonomía a descubrir y las Ciudad Autónomas de Ceuta y Melilla ¿alguien me lleva?

dijous, 15 de setembre del 2022

Liubiana

De campamento militar romano a ciudad de provincias de los Habsburgo

Cuenta la leyenda que Ljubljana fue fundada por Jasón, héroe mitológico griego que robó el velloncillo de oro del rey Ayat, y luego navegó en el barco "Argo" desde el mar Negro, remontando el Danubio, luego el Sava y finalmente el Ljubljanica, hasta llegar a donde se encuentra hoy la capital eslovena. Allí, tras matar Jasón a un dragón, fundó una pequeña aldea, para luego desmantelar el barco, transportarlo hasta el mar Adriático y regresar a Grecia.

En cualquier caso, lo que sí está confirmado es que aquí vivieron varias tribus hasta que los romanos construyeron un campamento militar en lo alto de la colina Grajska Planota, donde luego los Habsburgo construirían un castillo en el siglo XIV, para que sirviera de residencia del gobernador de esa parte del imperio. La mayoría de estructuras actuales son restauraciones de elementos del siglo XVI.

Podéis empezar la visitar por aquí: ya sea tomando el funicular (largas colas en verano) o mejor, caminando por unas empinadas calles y senderos por los que tardaréis menos de 15 minutos en subir. Vale la pena disfrutar de las vistas de la ciudad desde el castillo. 

Durante la época de los Habsburgo, se inauguraron numerosas obras públicas, como el bello puente de los dragones, de estilo art nouveau, con dragones que recuerdan la fundación mitológica de la ciudad por Jasón. Muchos edificios de esta época de estilo de la secesión vienesa son el Hotel Unión o los grandes almacenes situados no muy lejos. 

La capital de Eslovenia

Tras la Primera Guerra Mundial y el colapso de la monarquía austro-húngara, el pueblo esloveno se unión al Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos en 1918. De esta época es la plaza Presernov, punto central de la ciudad y presidida por una estatua del poeta más importante de Eslovenia. En este país, la clave de su supervivencia ha sido la lengua. Por eso no dedican su plaza más importante a ningún militar ni político, sino al mayor poeta en su lengua. Los eslovenos siempre han vivido repartidos en varios imperios: el veneciano, el austro-húngaro, el otomano... y lo único que les mantuvo unidos fue la lengua. La primera vez que se permitió enseñar esloveno en las escuelas fue en 1809, tras la invasión napoleónica, que desgermanizó el sistema educativo.

En verano, el ayuntamiento instala un pequeño sistema de lluvia artificial para que los viandantes se refresquen. Al otro lado del río se encuentra el casco histórico, o Staro Mestom, una estrecha franja de tierra entre el río y la colina, donde las callejuelas se extienden cortadas por tres largas plazas. Aquí el barroco es el rey pese a que se conserva el entramado urbanístico medieval. Destacan el ayuntamiento, la catedral de San Nicolás o la fuente Robba.

En el periodo de entreguerras, la ciudad adquirió gran parte de su actual aspecto, en gran parte debido a las obras del arquitecto Jozê Plecnik, que la embelleció con su estilo minimalista de puentes, edificios, columnas o farolas. De hecho, sus obras fueron declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO, por su concepción urbana centrada en lo humano. Esta transformación se basó en un diálogo arquitectónico con la ciudad antigua que al tiempo servía a las necesidades de la emergente sociedad moderna del siglo XX. Plazas, parques como el Tivoli, calles, paseos, puentes e instituciones públicas como la biblioteca nacional, varias iglesias y mercados y hasta un complejo funerario; se integraron con sensibilidad en el contexto urbano, natural y cultural preexistente y contribuyeron a la nueva identidad de la ciudad. 

Este enfoque urbanístico altamente contextual y a escala humana, así como el lenguaje arquitectónico distintivo de Plečnik, se distinguen de los demás principios modernistas predominantes en su época. Se trata de un caso excepcional de creación de espacios públicos, edificios y zonas verdes según la visión de un solo arquitecto en un tiempo y espacio limitados de una ciudad existente y con recursos relativamente limitados. De hecho, el arquitecto reutilizó muchos materiales en obras como la biblioteca nacional, completada en mitad de la II Guerra Mundial (1941). Una pena que no pude entrar por sus complejos horarios, pero aún así, el exterior es espectacular: mezclando viejos materiales con nuevos, creó un edificio único y se considera su obra maestra.

Otra de sus obras más famosas es el puente triple, originalmente uno, y reformado por Plečnik, que le añadió además dos puentes laterales peatonales (ahora ya está peatonalizado también el puente central). Los decoró con balaustradas y fanales de piedra que aún a día de hoy siguen pareciendo innovadores.

Finalmente, también destaca su mercado central, que es en realidad una operación urbanística. El mercado se extiende desde el puente triple hasta el puente de los dragones. La parte cubierta cuenta con restaurantes interesantes para probar comidas típicas. La plaza, con los puestos de frutas y verduras locales, es ideal para proveerse de género fresco. Y para carnes, pescado, comidas preparadas, queserías o panaderías, hay que ir a al bajo de uno de los edificios de la plaza del mercado. Aprovechando la visita al mercado, podéis pedir un trozo de potica, que es un rollo de frutos secos que se toma para desayunar, merendar o de postre.

Encontrareis farolas y elementos urbanos del arquitecto por numerosas calles. También merece la pena darse un paseo por el parque Tivoli, reformado por Plečnik con muy buen gusto, donde también se encuentra el Centro Internacional de las Artes Gráficas.

Una ciudad comunista primero, y sostenible después.

Tras la II Guerra Mundial, Eslovenia se convirtió en una de las repúblicas de la Federación Yugoslava de Repúblicas Socialistas. Eslovenia se convirtió en la locomotora del régimen de Tito: con solo el 8% de la población generaba el 20% del PIB yugoslavo.

La plaza de la república es el mejor lugar para ver grandes edificios y farolas brutalistas, herederas de esa época. No muy lejos se encuentra el conocido como "rascacielos", que fue el edificio más alto de la antigua Yugoslavia. Subid al "rooftop" y disfrutad de las vistas con una bebida mientras suena música "chill-out". Una gran manera de acabar un día en la ciudad.


En 1991 se convirtió en la primera república en proclamar su independencia en una guerra corta, de tan solo 10 días. En 2004 se adhirió a la Unión Europea y en 2016 Ljubljana se convirtió en la capital verde europea de ese año. Y ello porque en 2012 prohibió los coches en su centro histórico, llenó la ciudad de árboles y plantas, hasta encima de las paradas de autobús. Además, el agua potable está muy disponible en decenas de fuentes públicas.

El tráfico rodado está restringido en el centro, dejando las orillas del río Ljubljanica libre para peatones, ciclistas y terrazas, lo cual la hace más agradable si cabe. Y para probar comida local, os recomiendo el Druga Violina, donde personas con diversidad funcional sirven especialidades eslovenas. Pedí los zlikrofi (unos raviolis rellenos de queso, beicon y cebolleta con salsa de setas enteras) muy ricos. Y de postre, prekmurska gibanica, una tarta a base de finas capas rellenas de semillas de amapola, otra de nueces, otra de manzana y otra de queso, y con nata por encima. Súper rica.

En la zona peatonal del centro histórico se encuentra otro restaurante con una agradable terraza: SISI, que sirve comida internacional rica a precios razonables. Su carta es muy corta, lo que ya es una buena señal: hacen pocas cosas pero las hacen bien. Los tés helados caseros están muy ricos. Pedí risotto con gambas y trufa, y la ración es grande (y estaba muy bueno). De postre, higos con crema infusionada de lima, muy rico también. Y todo a precios muy razonables para ser una calle tan turística de Liubliana con un personal amable y rápido.

Se me hizo corta la estancia en la capital eslovena y me queda pendiente entrar en la biblioteca nacional y visitar sus museos. Seguro que volveré a esta ciudad de cuento.

Excursión al lago Bled

La excursión más popular para hacer desde Ljubjana es ir al lago Bled, especialmente en verano. Pese a que se puede ir en tren desde Ljubljana, luego habrá que tomar un bus de la estación al lago, ya que están lejos, por lo que lo más cómodo es tomar un bus directo de los que salen de la estación de autobuses de la capital que os dejará a orillas de Bled. 

Este lago verdeazulado es espectacular, con una pequeña iglesia en medio de un islote, un castillo medieval encaramado en una de las montañas de su orilla y varias cimas de los Alpes como telón de fondo. Como fui en agosto, estaba atestado de gente, que aprovechaba para disfrutar de su belleza y de paso, refrescarse en sus aguas.

Lo mejor que hacer nada más llegar es recorrer el sendero de su orilla, de 6 kilómetros, para disfrutar del paisaje, ver a la gente bañarse, subir al castillo para dar un vistazo y fichar algún restaurante para comer luego (a no ser que os hayáis traído picnic). Hay varias fuentes diseminadas por el recorrido.

Respecto al castillo, situado en una de las colinas a las orillas del lago, cabe decir que es el más antiguo del país, construido en el siglo XI de estilo románico. A los pies del mismo hay una agradable playa de césped (de pago) que es perfecta para bañarse en recintos protegidos del lago e incluso disfrutar de los enormes toboganes instalados. Cuenta con tumbonas, taquillas y sombrillas.

Justo al lado se encuentra la agradable terraza del restaurante Grajska Plaza, a orillas del lago, que cuenta con una barbacoa donde cocinan carnes y verduras. Opté por el cerdo a la parilla, que estaba extremadamente jugoso, acompañado de gnocchi caseros en salsa de trufa y ciruela absolutamente exquisitos. El personal es muy amable y rápido. 

Reservaos espacio para el postre: lo mejor es aventurarse a la Slascicarna Zima, una pastelería del pueblo donde degustar la especialidad de Bled: la kremma rezina, una capa de crema de vainilla recubierta de nata montada entre dos capas de hojaldre. Deliciosa.

dimecres, 7 de setembre del 2022

Belgrado

La ciudad blanca

Belgrado significa en serbocroata "la ciudad blanca", pero de blanca no tiene nada. En general el color predominante es el gris cemento con el verde de sus calles y bulevares arbolados. No es una ciudad especialmente bonita, pero es muy dinámica y animada. Los serbios son gente amable y fiestera, encantados de recibir a visitantes extranjeros a su capital. Siempre se extrañan cuando les dices que estás en Belgrado para hacer turismo. Y eso la hace especialmente encantadora: es una de las grandes ciudades europeas libres (aún) de la turistificación que ya sufren la mayoría. 

Aquí confluyen los ríos Sava y Danubio, pero también estilos arquitectónicos de muchas épocas, que se mezclan sin armonía por sus calles: palacetes art-nouveau, restos de la época de los Habsburgo, vestigios otomanos y mucha arquitectura socialista, confrontada con el nuevo ultramoderno Belgrade Waterfront, financiado por los Emiratos Árabes Unidos, donde crecen acristalados rascacielos contemporáneos de oficinas, viviendas y hoteles de lujo. La ciudad ha sido bombardeada tantas veces a lo largo de la historia que no es extraño ver en la misma calle un bloque de viviendas brutalista pegado a un elegante edificio neoclásico del XIX y a una casita de la época medieval.

Nosotros nos quedamos en el Metropol Palace, un hotel de cinco estrellas de la época socialista totalmente renovado. Es verdad que no está en el pleno centro de la ciudad, pero aún así el barrio es agradable y no se tarda nada en llegar al centro en taxi. La habitación era amplia y cómoda; y el personal de recepción muy amable. Además, cuenta con un completo gimnasio, una sauna estupenda y una buena piscina interior que usamos varios días tras los paseos por la ciudad. Asimismo, acudimos muchas noche al bar de la azotea para relajarnos y disfrutar de una bonita panorámica de la ciudad.

Kalemegdan

Lo mejor es empezar la visita donde nació Belgrado, en la colina que se alza en la confluencia de ambos ríos. Aquí se asentaron los celtas y luego los romanos, que llamaron al asentamiento Singidunum. La fortaleza, reconstruida por austrohúngaros y otomanos, ha resistido más de 115 batallas. Ahora es un agradable lugar para pasear y sobre todo, disfrutar de la impresionante puesta de sol sentados en las murallas que dan al río.

De la época otomana queda poco. Además de la herencia gastronómica, tan solo se alza en pie una mezquita de Belgrado, de 1577, pequeña pero bastante representativa. Se puede visitar en la calle Gospodar-Jevremova. 

En 1815, los serbios consiguieron expulsar a los otomanos, tras una dominación de más de 400 años, y basaron gran parte de su nacionalismo en la importancia de la Iglesia Ortodoxa Serbia. De esta época de la expulsión otomana, aún opera "Kafana ?", donde sirven comida tradicional serbia en una kafana de 200 años, la más antigua de Belgrado. Originalmente se llamaba "Kafana junto a la catedral" pero unas disputas con la iglesia ortodoxa la forzaron a cambiar a este original nombre. Nos metimos en su agradable terraza arbolada y pedimos como entrante su ajvar casero, una salsa de pimientos asados con berenjenas, ajos y aceite. De principal pedí un goulash muy soso. Lo que estaba algo más bueno eran unas hojas de repollo rellenas de arroz y carne picada. El café turco no está nada mal.

El Belgrado imperial

Tras ver los orígenes de la ciudad y la mezquita otomana, nada mejor que dirigirse a Skadarska, una calle empedrada con unas pequeñas y famosas escaleras, punto de encuentro de los belgradeses aún hoy. A principios del siglo XX era la más bohemia de la ciudad. En sus viviendas se afincaron actores, pintores y poetas. Actualmente está llena de restaurantes y cafeterías con animadas terrazas, que siguen siendo frecuentadas por muchos artistas serbios. De hecho, cenamos dos veces por aquí, la primera vez en un restaurante sin más donde pedimos las famosas cevapi, o salchichas sin piel consideradas plato nacional, acompañadas de patatas fritas, kajmak (una espesa crema de queso serbio) y la omnipresente ensalada serbia "sopska salata", con trozos de tomate, pepino, cebolla y un pimiento verde picante.

La segunda cena en Skadarska fue en Dva Jelena, un sitio centenario donde además de disfrutar de comida serbia casera, también hay actuaciones en directo de músicos tradicionales. Nos sorprendió que muchos comensales pedían canciones tradicionales rusas. Y es que Belgrado es uno de los pocos sitios donde pueden seguir viajando los rusos sin restricciones. En cualquier caso, pedimos la  hamburguesa serbia o “pljeskavica” rellena de bacon y quesos, servida sin pan y acompañada de patata hervida. 

Otra de las paradas imperdibles de esta época imperial es la pekara Trpkovic, en la calle Nemanjina 32. Fundada en 1905, esta panadería aún guarda la estética de principios de siglo XX. En ella se forman colas de aquellos que quieren desayunar burek (empanadas de hojaldre rellenas de queso, verduras o carne herencia de la época otomana), y que se acompañan de yogur líquido como bebida. Por supuesto, también ofrecen dulces de inspiración vienesa adaptados a la realidad yugoslava así como otras creaciones influenciadas por los italianos. 

Cabe recordar que tras la expulsión de los otomanos en 1815, Serbia quedó bajo control austrohúngaro. De esta época quedan muchos edificios de estilo de la secesión vienesa o art nouveau. En 1878, los serbios se independizaron y tuvieron, por fin, su propio Estado. Un buen lugar para repasar la historia serbia de la época es en el museo nacional, situado en la plaza de la República.

La época comunista

Tras la Segunda Guerra Mundial, Yugoslavia se libró de nazis y fascistas por sí misma, con la organización de los partisanos, sin ayuda ni de los ejércitos británico o estadounidense y tampoco del ruso. Los serbios se libraron también del control del régimen croata de la Ustacha, títere de los nazis. Y por ello, el líder de los partisanos, el mariscal Josip Broz, "Tito", construyó una federación socialista diferente e independiente de los dictados de la URSS. Por ejemplo, los yugoslavos podían viajar a cualquier país con libertad. Además, se permitía la propiedad privada de tierras así como de pequeñas tiendas y negocios.

Tito empezó a construir un Nuevo Belgrado, ahora un barrio de la ciudad al otro lado del río Sava, siguiendo las utopías urbanísticas socialistas, con grandes bulevares, gigantescos espacios verdes y enormes bloques de construcción brutalistas. Destaca el Palacio de Serbia, antiguo Palacio de la Federación, desde donde se gobernaba la ex Yugoslavia. Hoy acoge las sedes de siete ministerios serbios.

Además de los icónicos edificios de apartamentos socialistas de Nuevo Belgrado, también están construyéndose nuevos bloques ultramodernos aquí, por ser un barrio tranquilo lleno de parques perfecto para las familias jóvenes serbias. También se abren aquí nuevos locales como el Bela Reka, un sofisticado restaurante de comida tradicional serbia cocinada con ingredientes bio de excepcional sabor. La salchicha rellena de queso (homolje) estaba magnífica. 

El museo de Yugoslavia es un excelente lugar para profundizar en esta interesante parte de la historia Serbia y del resto de los Balcanes occidentales. Fotografías, obras de arte, objetos de uso cotidiano, vídeos... el museo es muy interesante. Además, al estar localizado en los jardines de la Casa de las Flores (antigua residencia de verano de Tito), aún se puede visitar dicha casa donde ahora se encuentra el mausoleo del antiguo dictador yugoslavo. Tito fue muy activo en política exterior: de hecho fue el creador e impulsor del movimiento de países "No alineados", que se resistían a elegir el bando estadounidense o el soviético. Tras la muerte del mariscal en 1980, líderes de todo el mundo acudieron a sus funerales, destacando los de países no alineados como Egipto, Ghana, Cuba, Indonesia o Kuwait.

Por supuesto, el régimen de Tito no dejaba de ser una dictadura y miles de muertos y torturados sufrieron su brutalidad.

El Belgrado del siglo XXI

Tras el derrumbe de la ex Yugoslavia, y las guerras balcánicas, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia del Norte declararon su independencia a principios de los 90. Terribles campañas de limpieza étnica se llevaron por todos los lados, siendo los bosniacos los que las sufrieron especialmente de manos del ex líder del Partido Comunista de Yugoslavia, reconvertido a presidente serbio, Slobodan Milosevic.

En 1999, Belgrado volvió a sufrir bombardeos, esta vez de la OTAN, que buscaban forzar a Milosevic a que pusiera fin a la represión de los albaneses en Kosovo. Como recuerdo, aún se pueden ver las ruinas bombardeadas del ministerio de Defensa Yugoslavo, cuya estructura sigue en pie y desde la calle se ven oficinas desvencijadas a las que les falta la otra mitad.

Otro lugar interesante es el museo de Nikola Tesla, situado en una de las mansiones del elegante barrio de Palilula, explica su vida y, sobre todo, sus inventos a través de artilugios activados por los guías en los que ver las diferentes aplicaciones y efectos de la electricidad y los gases nobles. Algunos experimentos impresionan mucho. Aquí también reposan las cenizas de Tesla, encapsuladas en una esfera dorada. 

Otro lugar interesante es la iglesia de Sveti Sava, la segunda mayor iglesia ortodoxa del mundo, cubierta de mosaicos dorados impresionantes, y consagrada en 2004. El objetivo de los arquitectos era replicar la grandiosidad de Santa Sofía. La verdad es que es bastante impresionante y muestra el auge de la religiosidad en Serbia. Pero esto no impide que los habitantes de la capital amen la fiesta, encontrándose abiertos bares y clubs casi todos los días de la semana, con un pequeño inconveniente: está permitido fumar en interiores.

También en los restaurantes, por lo que siempre que pudimos optamos por comer en terrazas. Uno de los restaurantes más representativos de la comida balcánica contemporánea es el "Iva New Balkan Cuisine", donde reinterpretan platos e ingredientes de la zona. Es un buen lugar para probar especialidades locales presentadas de una manera innovadora. Los cócteles son estupendos y el personal bastante atento. De entrante pedimos queso al horno, col, miel, nuez, pan tostado y mermelada de higo. También berenjenas asadas y empanadas así como lengua de vaca cortada en finas tiras. De principal pedí una especie de pasta serbia con crema de avellanas caramelizada y espuma de alcachofa que estaba espectacular.

Otros locales estupendos son las heladerías Crna Ovca "Oveja Negra": en ellas recomiendo el helado de "plazma", la típica galleta yugoslava, además de muchos otro sabores tradicionales o innovadores.

Finalmente, no os podéis ir de Belgrado sin pasar por "Ferdinand Knedle", una alegre cafetería en la que se sirven "gomboces", unos buñuelos fritos de patata rellenos de ciruela en su versión tradicional, aunque aquí también los venden rellenos de muchas otras cosas dulces pero también saladas.

Me faltaron ver muchos más rincones y secretos de la ciudad, pero me di cuenta que, Belgrado, no es una ciudad turística al uso sino que lo mejor es que te la enseñe alguno de sus habitantes, puesto que todo gira alrededor de estos: los turistas, como si no existiéramos. Y eso me encantó.