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dimarts, 24 de març de 2015

Ginebra

La ciudad del jet de l'eau

Hace ya ocho años que fui a Ginebra para pasar la Nochevieja en uno de los encuentros europeos de la comunidad de Taizé. El 30 de diciembre de 2007 toqué la famosa verja que separa el jet de l'eau (símbolo de la ciudad por excelencia) de los visitantes. Dicen los lugareños que quién toca la verja volverá a Ginebra. El precio a pagar es la cantidad de agua que te cae encima hasta que llegas a tocarla, sobretodo si hay viento, ya que el gigantesco chorro salpicará por todo lado. El caso es que volví. Allí pasé los primeros días de marzo de este 2015 en un viaje de estudios del master que actualmente curso en el Colegio de Europa en Brujas.

Ginebra es una ciudad complicada para el turista joven. A primera vista parece que no hay mucho que hacer y las pocas actividades interesantes requieren dinero. Mucho dinero. Con la revalorización del franco suizo -debido a una decisión de su Banco Central- los precios son más elevados que nunca para todo aquel que llegue con euros. 

Sin embargo, hay bastante cosas que ver y hacer que no requerirán de un excesivo desembolso económico. Lo primero de todo es darse un paseo por las orillas del lago Léman. Las tardes soleadas de principios de marzo que pudimos disfrutar eran perfectas, ya que la temperatura era muy agradable y además se divisaban las altas motañas de los Alpes cubiertas de nieve. Cuando lleguéis a los alrededores del jet de l'eau, recorred los pequeños caminos de madera que atraviesan el lago hasta acercaros lo más posible al surtidor. Eso sí, llevad un chubasquero ya que es más que probable que acabéis empapados. Todo sea por tocar la verja blanca y de paso ver el chorro de agua de 140 metros de alto lo más cerca posible.

Fondues y otros básicos de Ginebra 

En la otra orilla frente al chorro se encuentra el restaurante, baños y sauna de Les Bains des Pâquis, donde se sirven tradicionales fondues en mesas para grupos. No os lo perdáis: goza de buenas vistas del lago y un ambiente relajado, perfecto para una cena informal entre amigos. En marzo aún hacía frío pero si vais en verano hay unas piscinas naturales en mitad del lago perfectas para darse un chapuzón y broncearse. 

Respecto a paseos urbanos, la rues de la Conféderation, du Marché y de la Croix d'Or son clásicos, donde están numerosas tiendas, chocolaterías, relojerías y demás productos típicos suizos. Muy cerca está la catedral de San Pedro, el elegante Gran Teatro o la imponente universidad de Ginebra con su promenade des Bastions. Cruzando el río Arve se encuentra el barrio de Carouge, que nos alejará de la ciudad y parecerá que estemos en un pueblecito en mitad de las montañas. El punto en el que se cruzan los ríos Ródano y Arve también es muy bonito por el cambio de colores que se observa en la confluencia de las aguas. Finalmente, un paseo por el jardín botánico -frente a la OMC- es también súmamente recomendable por la gran colección de plantas y el bello diseño paisajístico. 

Una ciudad muy internacional

Durante mi visita tenía parte del tiempo marcado por eventos, que empezaron con visitas y charlas a la Delegación de la Unión Europea ante la ONU y la Organización Mundial de Comercio. Al día siguiente tuvimos una cena-cóctel en la insulsa residencia del amable embajador de Francia antes la ONU y la OMC, que nos recibió muy bien. Las vistas del jardín de la residencia al lago Léman, sin embargo, eran preciosas, especialmente en una noche de luna llena como aquella. Después continuamos la velada en la Brasserie des Halles de l’Ile, que recomiendo encarecidamente por su bella situación en una pequeña isla en mitad de las rápidas aguas del Ródano. Además, su elegante ambiente cuando se transforma en un lugar de copas es estupendo.

A la mañana siguiente tuvimos la suerte de disfrutar de otro cóctel esta vez en la maravillosa y acristalada terraza de la Organización Mundial de la Meteorología (WMO). El día era soleado y desde allí hay unas vistas magníficas del blanco Palais des Nations, del lago Léman con el jet de l'eau, de la ciudad en general rodeada de los Alpes nevados... Intentad subir a la terraza de esta edificio si tenéis la oportunidad,

Otro de los puntos que vale la pena ver es la place des Nations, donde se encuentra el antiguo edificio principal de la Liga de las Naciones, el Palais des Nations, ahora sede europea de la ONU. Allí están en varias filas todas las banderas de los estados miembros. Además, en mitad de la plaza hay una gigantesca estatua de madera de una silla con una de las patas arrancadas. Simboliza el horror y la crueldad de las minas antipersona, una de las grandes lacras creadas por la humanidad. Son armas creadas no para matar, sino para hacer más difícil y cruel las vida de mucha gente y colapsar los sistemas sanitarios de las zonas en las que se colocan. Por desgracia aún hay miles de minas en el mundo. En 1999 entró en vigor el Tratado de Ottawa, en el que sus firmantes se comprometen a no usar, desarrollar, fabricar, almacenar o comerciar minas antipersona. Sin embargo, países tan importantes como Estados Unidos, China, Rusia o la India siguen sin firmar dicho tratado y por tanto, siguen fabricando y vendiendo minas antipersona. 

Ese día pudimos visitar el imponente Palacio de las Naciones y sus diferentes salas de reuniones que también están abiertas al turista en general: muy recomendable para una mañana. La arquitectura de estilo neoclásico, con gigantescos pasillos e inmensas escaleras, tiene una clara influencia de la arquitectura fascista de los años 30, donde claramente se observa el toque de los arquitectos italianos. El mármol de Carrara utilizado en numerosas columnas fue, de hecho, donado por Italia. Otra de las salas interesantes es la Sala de los Derechos Humanos y la Alianza de Civilizaciones, en la que durante nuestra visita se celebraba la 28 sesión del Consejo de Derechos Humanos (que pudimos escuchar durante una hora). La impresionante cúpula del plenario fue diseñada por el artista catalán Miquel Barceló y donada por el gobierno español. La obra es una metáfora de lo que representan las Naciones Unidas, una especie de cueva barrida por olas y miles de afiladas estalactitas de diferentes colores y formas, como las opiniones y visiones que aquí se escuchan.

El último día dedicamos la mañana a visitar el CERN, uno de los lugares más fascinantes de Europa. Allí nos explicaron los orígenes de esta organización internacional y de qué estudios se realizan aquí, siendo el más importante el colisionador, a casi la velocidad de la luz, de protones, que experimenta para obtener partes aún más pequeñas de la materia y entender de qué se componen las cosas y cuál es el origen del universo. Pudimos ver el primer acelerador de partículas que allí se fabricó -pequeño comparado con el actual colisionador de partículas subterráneo de 27 kilómetros- así como una de las salas de control donde se toman fotografías de las colisiones. Un amable informático nos guió por el complejo y nos ofreció una interestantísima presentación. Esta visita está abierta a los turistas por lo que la recomiendo encarecidamente. La elegante cúpula de madera de la sala de eventos llama mucho la atención.

Finalmente, esa tarde fuimos al Comité Internacional de la Cruz Roja, donde tras una presentación del impresionante trabajo que esta organización realiza, pudimos visitar el nuevo museo de la Cruz Roja, muy didáctico e interesante. Personalmente me marcó la colección de objetos realizados por presos en todo el mundo que fueron regalados a los asistentes de la Cruz Roja que visitan las prisiones para evaluar las condiciones de detención y el trato a los reclusos. Impresiona la gran calidad de las obras que estos presos realizaron con latas, madera o incluso pastillas de jabón.

En general, Ginebra es una ciudad muy tranquila, con algo de ambiente por el barrio de Pâquis, debido a su gran variedad de restaurantes de todo el mundo así como bares, pero tampoco es gran cosa. Sus altísimos precios me hacen desaconsejar su visita por el momento y esperar a que mejore el tipo cambiario.

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