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dilluns, 18 d’octubre del 2021

Mónaco

Un micropaís en plena Costa Azul

Mónaco es el segundo país más pequeño del mundo tras Ciudad del Vaticano. De hecho, tiene menos kilómetros cuadrados que Central Park. Este principado en mitad de la Costa Azul francesa se convirtió en uno de los puntos de atracción de millonarios del mundo. Para mantenerlos seguros, Mónaco cuenta con amplia presencia policial (muchos de paisano) y un sofisticado sistema de cámaras de vigilancia. Debido a este poco espacio y unido a la altísima demanda, se han ido construyendo rascacielos a lo largo de las faldas de las montañas que rodean el país. Y cada vez más altos, porque el metro cuadrado está por las nubes (unos 45,000 euros, por lo que un estudio de 25 m2 cuesta algo más de un millón de euros). Asimismo, las empinadas escaleras para ir de una calle a otra son frecuentes. Eso sí, el gobierno del principado ha construido numerosos ascensores públicos así como escaleras automáticas para ahorrar parte de estas subidas y bajadas, así como corredores excavados y recubiertos de mármol muy agradables frente al calor del mediodía.

Mónaco es tan pequeño que se puede visitar lo más importante en menos de un día. Pero también tiene suficientes atractivos para quedarse unos días más e incluso hacer excursiones desde aquí a las playas cercanas o a pueblecitos con encanto como Èze. 

Las partes más interesantes para visitar desde el punto de vista turístico son el "Rocher", o Monaco Ville, que es el casco antiguo del país, así como la glamurosa ciudad de Monte-Carlo y su anexa zona de la playa de Larvotto.

Los Grimaldi

Desde que un miembro de los Grimaldi se colara en la fortaleza monegasca disfrazado de monje a finales del siglo XIII y la conquistara, esta familia ha gobernado este territorio casi ininterrumpidamente hasta hoy, excepto durante la revolución francesa. Actualmente se encuentra en el trono Alberto II, famoso por sus dos hijos extramatrimoniales reconocidos. Hijo de Rainiero III y Grace Kelly, Alberto, su mujer, sus hijos y sus hermanas son frecuentes en la prensa rosa por unas cosas u otras. En cada tienda y oficina del país podréis ver su retrato o el de la familia real al completo.

Siendo la familia Grimaldi originaria de Génova, aún hoy en el país se mantiene al monegasco (dialecto del ligur), cuyo estudio en las escuelas es obligatorio, además de usarse para rotular. Sin embargo, el idioma oficial del país es el francés.

Empezamos por tanto por Monaco Ville, no muy lejos de la estación del tren de los ferrocarriles franceses por la que llegan la mayoría de turistas al país. Podéis subir andando hasta la plaza del Palacio, tras atravesar algunos restos de las antiguas murallas, y admirar el pequeño Palais du Prince, cuyos aposentos oficiales normalmente se puede visitar. Sin embargo, debido al COVID-19 se encuentran cerrados hasta enero de 2022. Lo que sí que está abierto es la colección de coches del Príncipe Alberto, por si os gusta el mundo del automóvil. También podréis ver el cambio de guardia a las 11.50 de la mañana, aunque tampoco esperéis gran cosa. Como era verano, llevaban su uniforme blanco. Pero vaya, el cambio de guardia de la plaza ateniense de Syntagma le da mil vueltas. 

Unas calles más allá está la catedral neobizantina, con poco interés arquitectónico pero muy visitada por la tumba de Grace Kelly (o como la llaman aquí, Princesa Gracia), siempre llena de ramos de flores y centros. Los domingos, a las diez de la mañana, se celebra la misa mayor con cantos del coro infantil y juvenil. Pero es el Museo Oeanográfico, el edificio más bonito del principado (en mi opinión). Se trata de un espectacular palacio neoclásico de 1910 en cuyo interior acoge una de las mejores colecciones de acuarios del mundo. De hecho, en 1985 logró ser la primera institución que logró tener corales vivos en acuarios. Vale la pena también subir hasta la terraza superior, no sólo para saludar a las enormes tortugas (yo me las encontré apareándose, haciendo gemidos extraños) sino por las impresionantes vistas del país.

Callejead también por el centro y disfrutad de los jardines y sus acantilados. Comed alguna cosa típica de las panaderías del centro, como unos barbagiuan (una masa crujiente y frita rellena de acelgas y ricotta), el galapian (un dulce de cerezas y almendras), una pissaladière monegasque (una especie de coca de cebollas y tomates con anchoas y olivas negras) o un pan bagnat, o sándwich tradicional monegasco de aceite de oliva, jugo de tomate, hinojo y anchoas que se disuelven y se empapan en el pan fresco y crujiente en el transcurso de veinticuatro horas. Luego podéis ir bajando por la avenue de la Porte Neueve para admirar las vistas de los rascacielos y los megayates amarrados en el Port Hercule.

Monte-Carlo

Pero es Monte-Carlo el lugar más famoso del país. Esta pequeña población nació en 1866, por orden del Príncipe Carlos III, para sacar a su principado de la quiebra. Quería reinstalar el viejo casino de La Condamine en un majestuoso nuevo edificio que encargó a uno de los arquitectos más reputados de aquel momento, Charles Garnier (que también diseñó la ópera de París). Un busto de Carlos III sigue presidiendo el gran bulevar ajardinado que nos conduce al casino, donde para entrar hay que vestir más o menos decentemente. Sus suntuosos interiores acogen desde sufridas máquinas tragaperras hasta elegantes mesas de ruletas, póker, black-jack o bacarrá. 

De hecho, la place du Casino sigue siendo el corazón de Monte-Carlo, junto con sus jardines, donde se concentran los principales iconos, además del Casino de 1878, el Hotel de París y, enfrente, el mítico Café de París, donde no debéis dejar de probar un crêpe Suzette, postre inventado aquí para el Príncipe de Gales cuando frecuentaba el lugar. Recomiendo también salir un día de fiesta por el anexo Buddha Bar, situado en un palace frente a la famosa curva por donde pasa el Gran Prix de Fórmula 1, para ver a su curiosa fauna, y disfrutar de su música, iluminación y excelentes cócteles. En esa curva también se encuentra el Fairmont, otro hotel de lujo pero de diseño más contemporáneo que el hotel de París o el Hermitage. Os recomiendo pasear por el camino de las esculturas, entre el casino y el mar, para ver algunas estatuas de los escultores contemporáneos, como Botero o Valdés.

La arquitectura de Monte-Carlo combina señoriales edificios que recuerdan a los arronsidements parisinos más exclusivos junto con rascacielos garrulos de sesenteros y otros más contemporáneos de formas redondas y colores blancos. Aquí se concentran también las boutiques de lujo. Debido a la falta de espacio, se están rellenado decenas de metros cuadrados de mar con cemento y arena para poder construir un nuevo barrio residencia y comercial frente al Grimaldi Forum, o recinto ferial, muy bien aprovechado con sus varios pisos que permiten acoger importantes congresos internacionales. Monte-Carlo también cuenta con un relajante jardín japonés, regalo de la familia imperial. Enfrente se encuentra Villa Sauber, una de los pocos palacetes de la belle èpoque que siguen en pie en la ciudad, fundamentalmente debido a que ahora son de propiedad del país y acoge una sección del Museo Nacional de Mónaco. La bella fachada y agradables jardines justifican una visita, así como las interesantes exposiciones interiores que alberga. Cuando fuimos nosotros había una dedicada al mundo del cómic bastante buena.

La noche del viernes fuimos de fiesta al mítico Jimmy´z, el club nocturno más glamuroso del principado, frecuentado por gente adinerada vestida a la última. Abierto en la década de los años 70, el club es una parte del exclusivo complejo Montecarlo Sporting Club, en cuyo parking se apiñan Ferraris, Lamborghinis y Rolls Royce último modelo.

El club cuenta siempre con DJs excelentes que saben combinar todo tipo de música para mantener entretenido al público. Cuenta con varias pasarelas por encima de una laguna artificial con mesas y sillas y luego una zona centran con sillones dispuestos en modo anfiteatro para poder ver la pista de baile. Su sistema de luces y sonido es excelente. Preparad la billetera: la copa más barata cuesta 30 euros. Aquí se celebran las grandes fiestas de la Fórmula 1 y es frecuente toparse con alguna celebrity. Esa noche, Carla Bruni se sentó dos mesas más allá de la nuestra.

Finalmente, porque no dedicar un rato a relajarse y tomar el sol en alguna de las dos playas del país: la de Lavrotto o la privada del Monte-Carlo Beach Hotel. Aunque pública, lo cierto es que plage Lavrotto ofrece mejores servicios que muchas playas de hoteles que he visitado: cuenta con restaurantes a pie de playa, ascensores y vestuarios público así como baños y duchas. El agua está cristalina pero, eso sí, la playa no es de arena, sino de pequeñas piedrecitas.

Para alojarnos, nosotros nos quedamos en el Riviera Palace, un antiguo hotel de lujo, propiedad de la Compagnie des Wagons Lit, que se transformó en un hospital militar durante la Primera Guerra Mundial, para acabar siendo después un edificio de apartamentos. Situado en Beausoleil (un pueblo francés a tan solo tres calles y diez minutos andando del casino de Monte-Carlo), ofrece unas vistas espectaculares del principado.

Mónaco es un país curioso pero si no habéis ido nunca, tampoco vayáis a propósito: lo más sensato es dedicarle medio día dentro de una escapada global a la Costa Azul: Niza o Saint-Tropez de la dan mil vueltas, turísticamente hablando, al país del casino y los Grimaldi.

dimecres, 8 de setembre del 2021

Guimaraes

"Aquí nasceu Portugal"

Si por algo es conocida Guimarães es por ser la cuna de la nación portuguesa. Al menos eso es lo que se afirmó en el romanticismo decimonónico y lo que plasmó en un gran cartel sobre su antigua muralla la dictadura salazarista del siglo XX. Lo que sí es cierto es que Guimarães fue la primera capital del Reino de Portugal tras independizarse del Reino de León en el siglo XII. Su primer rey, Alfonso I, se instaló en el castillo guimaraense y desde aquí empezó a expandir sus territorios hacia el sur. De hecho, el primer escudo de Portugal documentado es el esculpido en las piedras del castillo de la ciudad, que aún hoy se puede admirar. También hay una gran estatua de este rey a los pies del castillo.

Por ello, y por la buena conservación de edificios de varios estilos arquitectónicos, Guimarães entró en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, y se la considera como ejemplo excepcional de transformación de una población medieval en ciudad moderna. La ciudad ha conservado con autenticidad y en buen estado una serie muy variada de edificios ilustrativos de la evolución específica de la arquitectura portuguesa entre los siglos XV y XIX, caracterizada por el uso sistemático de materiales y técnicas de construcción tradicionales.

De hecho, vale la pena perderse por las callejuelas de la ciudad para admirar las apelotonadas casitas, muchas de madera de la época medieval y las más ricas de piedra. Los comerciantes de la ciudad, a medida que prosperaron, fueron comprando las casas de enfrente para ampliar las suyas, y construyendo puentes entre las mismas, que aún hoy siguen en pie.

Visitando Guimarães 

A la ciudad se puede llegar en coche, autobús o tren, siendo esta última la opción más económica y cómoda, sobre todo si se pretende hacer una excursión de un día desde Porto, como fue mi caso. Se puede empezar el recorrido por su corazón medieval: el Largo da Oliveira, donde están el ayuntamiento, la colegiata y el olivo, símbolo de la ciudad.

En esos días se estaban celebrando las Festas Gualterianas, aunque algo descafeinadas por la crisis de la COVID-19. Aún así, otra de sus plazas, el Largo do Toural acogía varias reproducciones a escala de los monumentos más importantes de la ciudad hechos en cartón piedra que me recordaron a unas fallas primitivas (eso sí, aquí no los queman). También había grupos de tunos y tunas bailando y cantando canciones populares, algo tradicional en las ciudades universitarias portuguesas del norte del país. 

Por cierto, estas fiestas se celebran en honor a San Gualter, santo que introdujo la orden franciscana en Portugal precisamente a través de Guimarães. En este sentido, recomiendo que visitéis la impresionante iglesia de San Francisco, con sus techos de madera bellamente pintados, su altar cubierto por cerámica manuelina del XVIII, y las decoraciones en oro hechas gracias a las riquezas de las colonias portuguesas en América, África y Asia. En una de las capillas se puede observar un árbol genealógico tridimensional del Jesucristo, algo muy común en las grandes iglesias portuguesas, usado para vincular a Jesús con la estirpe del Rey David.

Otra de las curiosidades que veréis en las iglesias antiguas de la ciudad son cajas metálicas con números asociados a los nombres de cada iglesia. Antiguamente aquí había una cuerda que se podía tirar tantas veces como el número del templo asociado, y servía para avisar a los bomberos de un fuego en cualquiera de las parroquias.

Zona templaria

No es casualidad que Portugal pasara de ser un pequeño reino periférico europeo a convertirse en cuna de grandes exploradores marinos y metrópolis de un imperio colonial global que controlaba media Sudamérica, grandes partes de África y varios puertos asiáticos. El empuje explorador vino con el acogimiento de la Orden de los Caballeros Templarios en tierras portuguesas, tras haber sido expropiados e incluso quemados en media Europa, especialmente en Francia, por orden del Papa Clemente V. Portugal los acogió bajo la condición de denominarse Orden de Cristo, y los templarios agradecieron esto brindando parte de su gran fortuna a la Casa Real portuguesa y sus proyectos exploradores.

La herencia templaria se observa especialmente en la zona del castillo, especialmente en la capilla de San Miguel, donde el mito señala que se celebró el bautizo del primer rey de Portugal, y donde se encuentran decenas de tumbas de caballeros templarios. 

Asimismo, en esta zona se encuentra el edificio más señorial de Guimarães: el Paço dos Duques, de estilo borgoñón, y originalmente residencia de los Duques de Bragança, que a partir de 1640, se convirtieron en la cuarta (y última) dinastía real en Portugal (reinando de 1640 a 1910). Tras el traslado de la familia a Lisboa, el palacio entró en decadencia varios siglos hasta que en 1933 el dictador Salazar reformó el edificio convirtiéndolo en residencia oficial de verano de la presidencia de la República. Los reconstruidos techos de madera representan cascos de carabelas portuguesas en honor a los descubrimientos. Las salas se redecoraron con antigüedades medievales en ese afán salazarista de posicionar la Edad Media como auténtico periodo de esplendor portugués.


Los dulces de la ciudad

Guimarães es también conocida por su repostería milenaria. El monasterio de Santa Clara de la ciudad generó numerosas recetas, en parte debido a la tradición de los prometidos de ofrecer una docena huevos a la santa para tener buen tiempo en la boda. Con tantos huevos, las monjas clarisas empezaron a experimentar y crear postres deliciosos, entre los que destacan las tortas de Guimarães (crujientes y mega dulces), el touchinho-do-céu (diferente al castellano, aquí se parece más a un pastel) o las douradinhas de Guimarães (rellenas de cabello de ángel). En monasterio es ahora la sede del ayuntamiento pero aún así, numerosas pastelerías de los alrededores mantienen la tradición de hornear estos dulces, especialmente los de la rua de Santa Maria. 

dimecres, 1 de setembre del 2021

Valladolid

Una ciudad inesperada

Valladolid no es que tenga mala prensa. Es que no tiene ninguna en absoluto. Y ello pese a la importancia histórica de esta pequeña ciudad: aquí se casaron los Reyes Católicos, aquí se abrió la tercera universidad de la península y aquí se reunió Carlos I con Magallanes, puesto que el Emperador eligió a Valladolid como su capital imperial. Aquí nació Torquemada, luego nombrado Inquisidor General de Castilla por el Papa Sixto VI.

También nació aquí Felipe II (y fue bautizado), aunque luego fue él quien se llevó la capital a Madrid. Felipe III la volvió a traer a Valladolid temporalmente, animado por su valido, el Duque de Lerma, que realizó una de las mayores operaciones de especulación urbanística de la historia europea. Tras dicha corruptela, Felipe III volvió a llevarse la capitalidad a Madrid, esta vez para siempre, engrosando de nuevo los bolsillo de Lerma y dejando a Valladolid como una perdida ciudad de provincias. No fue hasta finales del siglo XX cuando la ciudad pudo volver a ser capital de algo: la de la nueva autonomía de Castilla y León, aunque solo fuera de facto (sus vecinos leoneses no consintieron consagrar su capitalidad en el Estatuto). 

Hoy en día, Valladolid, pese a su pequeño tamaño, muestra su dinamismo, no sólo por sus conexiones aéreas con varias ciudades europeas o su tren de alta velocidad a menos de una hora de Madrid, sino también por su reconocida universidad que llena la ciudad de estudiantes de toda Europa.

Fui a Valladolid a la boda de una amiga y aproveché para descubrir la ciudad llevándome una grata sorpresa: por eso os cuento aquí lo que conocí de la ciudad del Pisuerga: que cuenta con ejemplos arquitectónicos únicos, que ofrece el espectacular Museo Nacional de Escultura y que se come de maravilla. Entre otras cosas. Dedicar un fin de semana a esta ciudad puede ser una buena idea. Os propongo una ruta posible para descubrir la cuidad.


Ejemplos únicos de arquitectura medieval, renacentista, barroca y modernista.

Empecemos por la Plaza Mayor, ejemplo del resto de plazas mayores castellanas y americanas. Tras un incendio que arrasó gran parte del centro de la ciudad, se decidió reconstruir esta plaza siguiendo los valores de la época renacentista, unificando alturas y estilos de los edificios y dando a la plaza un tamaño armonioso, además de soportales, para proteger a los comerciantes y ciudadanos del sol y de la lluvia. Tras esta plaza, otras más famosas como la de Salamanca o la de Madrid se inspiraron en esta para construirse. En esta misma plaza Torquemada presidió juicios a más de 100.000 personas y aquí condenó a más de 2.000 de las mismas a la hoguera, que se realizaban a 10 minutos de la misma, en la ahora conocida como Plaza de Zorrilla.

En las calles al oeste de la Plaza Mayor, especialmente la calle Correos, se encuentran los mejores bares y restaurantes para probar las especialidades de la zona o tapear, como las carnes de la famosa parrilla de San Lorenzo o las croquetas de El Corcho.

A unos pocos minutos caminando hacia el este, en la calle Regalado, se encuentra una de las entradas a la Galería Gutiérrez, una típica galería comercial del siglo XIX inspirada en los pasajes cubiertos que se construyeron en París en aquel entonces. Nuestro país tuvo muchos pasajes como este pero actualmente el de Valladolid es uno de los pocos que queda en pie. Un sitio ideal para tomar algo y sentir como era aquel Valladolid de 1880.

Muy cerca nos toparemos con la catedral de la ciudad, bastante sosa si la comparamos con otras catedrales castellanas como la de Burgos o Salamanca, pero que aún así vale la pena conocer, especialmente por su historia: los planos los diseñó Juan de Herrera y proyectaban la iglesia más grande de la cristiandad. Sin embargo, los acuíferos situados bajo la mitad del terreno así como el impacto del terremoto de Lisboa que llegó a sentirse aquí derrumbando una de las dos torres hizo que sólo se construyera la mitad del proyecto, dejando en la otra mitad la antigua colegiata medieval en semi ruinas. 

Por eso, no es la catedral el templo más querido por los vallisoletanos sino la iglesia de Santa Maria La Antigua, del siglo XIV con una torre románica única, muy rara de ver en estas tierras y que nos recuerda al románico catalán de los Pirineos. No en balde fue financiada por condes catalanes. Al lado de la misma se encuentra la fachada barroca de la Facultad de Derecho de la Universidad de Valladolid. Pero cuidado, supersticiosos: no contéis los leones en pilares alrededor del edificio, ya que según dicen los vallisoletanos, quién lo haga tendrá mala suerte en los estudios. Un poco más hacia el oeste se encuentra el Colegio de Santa Cruz, actual sede del rectorado de la universidad, y cuya importancia radica en ser el primer edificio renacentista de la península ibérica. Bellísimo en fachada e interiores también.

Otra bellísima iglesia es la de San Pablo, ejemplo clave del gótico isabelino, con su impresionante portada. La iglesia preside la plaza del mismo nombre y está situada al lado del Palacio de Pimentel, donde nació Felipe II. En este palacio, ahora sede de la Diputación Provincial de Valladolid, aún se ve una de las verjas de una ventada atada con cables metálicos ya que fue partida para poder sacar al bebé Felipe II para bautizarlo en San Pablo y no en San Marcos, que es la parroquia que le hubiera tocado si hubiera salido por la puerta del palacio, situada en otra calle. Su padre, el Emperador Carlos I, de ninguna manera quería que su primogénito fuera bautizado en una iglesia tan humilde como la de San Marcos, teniendo la espectacular San Pablo al lado. Así que usó dicho truco para salirse con la suya.

Frente a la iglesia de San Pablo también se encuentra el Palacio Real de Felipe III, este ya más señorial que el de Pimentel. En este palacio también se alojó varios días Napoléon cuando vino a España a restablecer a su hermano José I durante la Guerra de Independencia.

La historia se respira en las calles

Valladolid, sede de la Chancillería castellana que se ocupaba de juzgar los asuntos del Tajo para arriba, atrajo a decenas de profesionales liberales con buenos sueldos, que se hacían construir palacetes por la zona de la iglesia de San Martín. Hoy en día quedan pocos, ya que de la mayoría solo se ha mantenido el arco de piedra original y algunos escudos, siendo construidos edificios horrorosos en su lugar, sobre todo durante la etapa del desarrollismo franquista. Muy cerca de esta iglesia se encuentra el actual Teatro Calderón, antiguo palacio donde Carlos I alojó a su amante Germana de Foix, que luego acabaría como Virreina de Valencia.

Ciudad de museos clave

El Museo Nacional de Escultura es la elección que debéis hacer si solo queréis visitar uno de los museos de la ciudad en vuestra escapada. Cuenta con piezas únicas de la historia escultórica de nuestro país. Aunque está repartido en tres sedes, es su sede principal, el Colegio de San Gregorio, una joya del gótico flamígero castellano, muy de moda en los tiempos de la Reina Isabel I. Por fuera, una maravillosa portada de lo que fue la Facultad de Teología donde a través de varias alegorías se recordaba a los estudiantes la importancia del esfuerzo y el estudio para alcanzar la plenitud. Además, el edificio cuenta con un patio de película que nos transportará en el tiempo a principios del siglo XVI. 

Entre su colección de esculturas encontraréis obras maestras de Berruguete o de Juní, destacando los trozos del altar de la iglesia de San Benito (con una escultura del santo cuya expresividad os sorprenderá), así como una María Magdalena penitente inolvidable.

En una de las sedes anexas del museo exponen un enorme belén napolitano, en el que observar la riqueza y expresividad de las figuritas, que muestran la vida corriente del Nápoles dieciochesco, donde los que deberían ser protagonistas de la representación (la Sagrada Familia), apenas se distinguen entre el maremágnum de personajes del gigantesco belén. 

Al lado del museo también se encuentra la casa-museo de José Zorrilla, célebre autor de la obra de teatro Don Juan Tenorio. En este lugar nació y pasó su infancia pero no vivió su adultez ni escribió sus obras. Sin embargo, aquí se trajeron sus muebles y enseres desde la casa madrileña donde vivió su vida adulta, por lo que se puede disfrutar de un mix de la vida del escritor en castellano más famoso del siglo XX. Las visitas son guiadas y les ponen mucha pasión, así que las recomiendo encarecidamente, no sólo por conocer mejor a este personaje de la literatura en castellano sino también por profundizar en las costumbres burguesas de la época. 

Recoletos y Campo Grande

Para quedarme, opté por el Melià Recoletos: situado en el paseo más burgués de la ciudad, y jalonado de edificios modernistas. Pese a ser de cuatro estrellas, ofrece elementos de un cinco estrellas. Habitaciones amplias y cómodas, amabilísimo servicio y elegante hall, recepción y escaleras. Y lo mejor: su situación. Un bulevar ajardinado, a cinco minutos de la estación del AVE y a diez de la Plaza Mayor de la ciudad. Además, podéis pasear por el agradable jardín de Campo Grande situado enfrente, donde frondosas arboledas y cuidadas rosaledas os permitirán un fresco respiro de la ciudad. También os encontraréis con amigables pavos reales (que se acercan a la gente mucho más que en otros lugares que he visitado), así como con los patos del estanque principal, donde los lugareños acuden a darles de comer. Finalmente, todo el este de la ciudad está bordeado por el caudaloso río Pisuerga, y aprovechando que pasa por Valladolid, por que no dar un paseo por su ribera.

Me dejé muchas cosas que me hubiera apetecido visitar, incluyendo las casas de Colón y Cervantes o el museo agustino-filipino, con piezas curiosas del arte del Pacífico que se traían los misioneros. Lo dejo para la próxima visita.

divendres, 6 d’agost del 2021

Mallorca

Sa Roqueta

Mallorca era la última de las Baleares que no había visitado aún. La más grande y, como pude disfrutar, la mejor de todas. Mallorca tiene de todo: desde playas cristalinas de arena a calas rocosas recónditas. Desde macro-complejos turísticos con hoteles de todo tipo y decenas de restaurantes y discotecas, hasta lugares vírgenes. Ofrece puestas de sol espectaculares y una gastronomía inolvidable. Cuenta con una ciudad vibrante con gran patrimonio y, muy cerca, con pueblecitos de gran encanto, tanto costeros como de montaña. Tiene hasta una sierra que es patrimonio de la humanidad. En definitiva, Sa Roqueta, como los locales se refieren a la isla, tiene todo (o casi todo) lo que ofrecen Ibiza, Menorca y Formentera. Es una opción segura para todo tipo de turistas: no decepcionará a nadie. 

Palma de Mallorca

En nuestro caso, llegamos vía avión al aeropuerto de Son Sant Joan, al lado de la capital, Palma. Como queríamos descubrir varios puntos de la isla, alquilamos coches para tener más libertad. Fuimos un par de veces a Palma, para disfrutar tanto de su historia y patrimonio como de su oferta gastronómica.

El punto central de la ciudad es su imponente catedral, a la que vale la pena pagar la entrada para visitarla. Se construyó como si fuera una fortaleza, al estar situada tan cerca del mar, por lo que resulta impactante al verla desde un barco. Por dentro es magnífica, y además guarda muchísimos tesoros. Pese a ser gótica, cuenta con espectaculares capillas de otros estilos, como la contemporánea capilla del milagro de los panes y peces, realizada por el escultor Miquel Barceló a partir de cerámica. Otra preciosa capilla es la que supervisó Gaudí, de estilo modernista. 

Además de la catedral, pasear por el centro de Palma es una delicia, tanto de día como de noche. Sus calles, salpicadas de edificios medievales y modernistas, son muy agradables. Intentad colaros en los patios que podáis, ya que son todos estupendos. Hay también algunos jardines con encanto, como "els jardí del Bisbe" florido y con frutales, aunque con horarios para visitarlo.

El centro concentra gran parte de la mejor oferta gastronómica de la isla. Uno de los días cenamos en la popular "La Rosa Vermuteria y Colmado", que cuenta con un personal muy amable y una amplia carta de tapeo que mezcla ingredientes locales y platos internacionales. Sus precios son más que razonables, especialmente teniendo en cuenta la calidad de los ingredientes y su cocina. Y su vermut casero está para repetir muchas veces. Respecto a las tapas, no dejéis de pedir sus tortillas, las diferentes croquetas caseras, las tablas de sobrasada y embutidos mallorquines así como el pan pagès con tomate. 

Otro de los lugares imperdibles para hacer una pausa a media mañana o a media tarde es la icónica cafetería Ca´n Joan de S´Aigo, en el carrer de Sanç. El elemento estrella de su menú es el helado de almendras natural: uno de los mejores medio helado, medio granizado que he probado en mi vida. Sus ensaimadas están espectaculares, tanto las normales como las especiales, destacando la de albaricoques. Su decoración viejuna te traslada a esa Mallorca que no tenía turistas de hace décadas y a donde merendaban los mallorquines pudientes. 

Por último, para comprar ensaimadas para llevar hay varios hornos buenos en la ciudad. Uno de los que más me gustaron fue el Forn des Teatre, lleno de delicias dulces y saladas como las "panadas" (pasteles de carne o verduras), "coques" (pizzas finas de estilo local, destacando la de trempó, una mezcla de verduras a la brasa) o los "pastelons" salados. Su variedad de dulces es también enorme, como sus premiadas ensaimadas ecológicas, contando con algunas de masa de patata y otras de masa de trigo, y con distintas variedades, como las rellenas de sobrasada. Un lugar del que no saldréis sin nada.

Magaluf

Debido a un cambio de última hora que nos hizo el Grupo Melià, nos recolocaron en uno de sus hoteles en Magaluf, la población con peor reputación de la isla. Pese a todo, el hotel estaba bien, sus habitaciones tenían vistas preciosas a una pequeña bahía y su desayuno buffet era bueno y variado. Al no estar permitidos los viajes desde el Reino Unido, la población estaba muy tranquila. Y más allá de la fama, lo cierto es que la playa de arena cristalina es espectacular.

Serra de Tramuntana

Otra de las excursiones que hicimos, aprovechando los coches, fue a la Serra de Tramuntana, una cadena montañosa paralela a la costa noroccidental de la isla. Con una agricultura milenaria con muchas terrazas cultivadas y un reparto de tierras de origen feudal, su paisaje es único. Pueblos y aldeas salpican la sierra, ofreciendo callejuelas inolvidables, bellas iglesias y masías de ensueño. 

Empezamos por Valldemossa, pueblo con gran encanto y ahora famoso por ser el lugar donde pasaron el invierno de 1838 el compositor Chopin y su amante, la escritora Sand (y esta lo dejó por escrito en "Un hiver à Majorque"). La Cartoixa con sus bucólicos jardines, las iglesias del pueblo así como el Palau del Rei Sanç son sus principales monumentos, pero las propias casas en piedra son suficientes para justificar una paseo por el pueblito. Hay detalles preciosos, como el antiguo lavadero o las cerámicas dedicadas a Santa Caterina Thomas, patrona de la villa. No olvidéis probar sus famosas "coques de patata", unos pastelitos dulces hechos con harina de patata que venden en sus hornos. 

Seguimos hacia Sóller, más grande y más modernista, incluyendo su iglesia principal o el tranvía que atraviesa la ciudad y baja hasta su bellísimo puerto. Allí comimos, concretamente en 
Ca´n Ribes, cuyas mesas ofrecen bonitas vistas. Y aunque su comida es de buena calidad, el precio es algo elevado. Personalmente, no me sentó bien que, tras los entrantes, propusimos pedir tres raciones de arroz negro (éramos cuatro) pero insistieron que pidiéramos cuatro. Al final, como sospechábamos, sobró mucho arroz, siendo que las raciones no eran baratas (20 euros por cabeza). De los entrantes destaco las gambas de Sóller: muy buenas.

Finalmente, tras la comida, nos dirigimos a la cuca aldea de Llucalcari, que huele a sus higueras, y situada en la cima de un acantilado, el cual bajamos a una rocosa casa de pescadores donde aprovechamos la rampa de la barca para tumbarnos a dormir un rato y luego bañarnos en sus cristalinas aguas y respirar el fuerte y aromático olor a pino mediterráneo que invade el lugar. 

A la vuelta, además de disfrutar de las vistas de la Tramuntana y su encuentro con el Mediterráneo, pasamos por la bella población de Deià, llena de limoneros, en la que no pudimos parar por estar a tope de coches, pero donde vimos "la Residencia", uno de los mejores hoteles de la isla. Tras eso, pasamos por Son Marroig para ver la espectacular puesta de sol en el mar, de esas que solo ofrecen las Baleares. Mi próxima vez en Mallorca me quedaré por la Tramuntana, sin duda el lugar con más encanto de la isla.

Es Trenc

Finalmente, también disfrutamos de las típicas playas de arena por la que millones de turistas aterrizan en Mallorca cada año. Si buscáis una playa parecida a las del Caribe, pero con el precioso mar Mediterráneo, dirigíos a Es Trenc. Pese a que hay que pagar una tasa por coche o moto, la playa suele estar siempre bastante llena. Y no es para menos. Situada en un parque natural, sus aguas cristalinas merecen más que la pena. Es una playa muy similar a las que se disfrutan en Ibiza o Formentera. Cuenta con varios chiringuitos donde comprar comida o bebida si es que os olvidasteis. 

Es cierto que me dejé decenas de cosas que ver y hacer, pero la isla es inmensa y era un viaje en grupo. De hecho, uno de los días lo pasamos en un catamarán que alquilamos, por lo que no hubo demasiado tiempo para turisteo. Aún así, me quedé con una gran impresión de la isla a la que volveré con total seguridad más pronto que tarde. Manacor, Alcúdia, el cap de Formentor, Inca y muchas más cosas me esperan. 

dijous, 17 de juny del 2021

La Gomera

La isla tranquila

Al llegar desde el mar, la Gomera parece una isla-fortaleza rodeada de altísimos muros de rocas, o al menos esa es la impresión que me dieron sus altos acantilados. La isla tiene su cima en el alto del Garajonay de casi un kilómetro y medio de alto, y de ahí baja al nivel del mar en menos de 5 kilómetros, por lo que las pendientes son enormes. Con esa geografía, os podéis imaginar las carreteras, con decenas de curvas y túneles, aunque en muy buen estado todas.

Lo primero que debéis saber, es que la Gomera no es un lugar de fiesta, ni de multitudes. La isla entera no cuenta con más de 20.000 habitantes. Tampoco es un destino de playa: hay algunas pocas playas de arena negra o de piedras, destacando la de Valle Gran Rey, pero no son gran cosa comparadas con el resto de las islas. Eso sí, es un lugar perfecto para relajarse, hacer senderismo, y disfrutar de los paisajes y productos locales. La Gomera es conocida también por ser la isla en la que veranea Merkel desde hace décadas.

Habitada desde hacía siglos por la población local, fue conquistada a mediados de siglo XV por los castellanos, que introdujeron la cultura europea y la religión cristiana sin grandes problemas, permitiendo la coexistencia de ambas culturas. Sin embargo, con la llegada de Peraza, un nuevo gobernador, se desató una masacre de gomeros que acabó con sus prácticas culturales y religiosas. En cualquier caso, y más allá de las paradas que hizo Cristóbal Colón en sus rutas hacia América, la Gomera permaneció bastante aislada del mundo hasta los años cincuenta del siglo XX, cuando la construcción de un pequeño puerto en San Sebastián hizo que llegaran ferrys frecuentes y con ellos, el turismo. Pese a que actualmente también cuenta con un bonito aeropuerto, la isla sigue siendo muy tranquila y en ella uno puede aislarse del bullicio durante varios días.

Llegada a La Gomera

A la Gomera se puede llegar tanto por avión (la mayoría de vuelos son a Tenerife Norte) como por ferry, siendo los más cortos y frecuentes los que salen desde Playa Los Cristianos, también en la isla de Tenerife. Nosotros llegamos en ferry a San Sebastián, la pequeña capital con aires coloniales que tiene la isla, y nos alojamos en lo alto del peñasco que preside la capital: en el pintoresco parador nacional. Situado en una antigua casona noble, es un lugar precioso y perfecto para descansar, por su piscina, jardines y salones. Tuvimos la mala suerte de que los días fueron muy ventosos por lo que no era agradable bañarse, aunque sí tumbarse al sol y pasear por sus jardines y patios. Quizá podrían poner colchones más cómodos, porque son algo blandos. Y mejorar la potencia de la ducha. Pero por lo demás, es un sitio estupendo.

Además, su restaurante es el mejor de la isla, aunque el servicio fue bastante lento al servir los platos.   Eso sí, muy elegante y con ingredientes de calidad. Pedimos platos gomeros con un toque de fusión: rejo de pulpo asado, un plato de cabrito asado y ensalada de queso de cabra canario. De postre, espuma de avellanas con dulce de palma. Y para beber, un vino gomero delicioso que no puedo dejar de recomendar: el Acebiñón.

Tras levantarnos y desayunar, el segundo día dimos una vuelta por las calles de San Sebastián, que no nos impresionaron demasiado. Me recordó mucho a los barrios periféricos de la capital de Cabo Verde. Así que cogimos el coche para adentrarnos en la isla y dirigirnos al que sería nuestro alojamiento los tres días siguientes: el aparthotel Los Telares, en el pueblo de Hermigua. 


Recorrimos las sinuosas carreteras de la isla, que se cruzan todas a mitad del parque nacional del Garajonay para ir de un lugar a otro. Es decir, siempre hay que subirlo y bajarlo, con todas sus curvas, que se compensan por la belleza de sus paisajes cambiantes. Antes de ir al hotel, aprovechamos para conocer más la isla, parando en el bellísimo pueblo de Agulo, de calles empedradas y casas blancas con puertas y ventanas de colores. Sus pequeñas huertas albergan todo tipo de cultivos destacando los famosos plátanos de canarias, pero también se ven piñas y, sobre todo, decenas de flores. Las vistas a los acantilados son también preciosas. 

Seguimos hasta el restaurante Roque Blanco, en lo alto de una montaña, ya que nos lo habían recomendado varias personas. Con unas vistas increíbles, este restaurante ofrece una barbacoa canaria a la leña con precios de escándalo. Pedimos almogrote de entrante. Se trata de un mojo con textura de paté, elaborado a base de queso añejo, típico de la isla, muy sabroso y ligeramente picante. Combina dos elementos básicos de la dieta local: queso curado de cabra y mojón picón. De primero optamos por un calentito potaje de berros con gofio de millo (hacía frío en lo alto de la montaña). Y como plato principal pedimos chuleta de ternera lechal y también un conejo, ambos a la brasa, sabrosísimos y acompañados de las deliciosas papas arrugadas con su mojo. Y todo a un precio de risa. No pudimos pedir postre.

De ahí ya nos fuimos a Hermigua a instalarnos en nuestra habitación, que contaba con preciosas vistas al valle, lleno de cultivos de plataneros y preciosas palmeras salpicando el paisaje. Los Telares cuenta con una piscina agradable, aunque hizo mucho frío para usarla. Lo mejor de este hotel es su restaurante, algo alejado de las habitaciones, al que fuimos dos veces a cenar, por ser la mejor opción en Hermigua. De su carta pedimos el queso asado tierno de cabra a la plancha con mojo rojo, mojo verde y miel de palma. También pedimos la crema de bubango casera (calabacín), acompañada de queso de cabra y un toque de aceite de oliva virgen extra, así como la crema de potaje de berros tradicional, una especialidad gomera acompañada de gofio de maíz. Como principales, entre las dos noches, pedimos el pollo a la cantonesa, que son deliciosos dados de contramuslos de pollo deshuesado con verduras a las 5 especias chinas y acompañado de arroz basmati. También el curry de flor de plátano ecológica con verduras de temporada al curry suave casero y arroz basmati. Y el exquisito atún gomero a la plancha con papas arrugadas, mojo y verduras de temporada. Nos faltó pedir postres, pero siempre nos quedamos llenos. En esta isla las raciones son muy contundentes, pedid siempre a compartir.

Hermigua es un pueblo alargado pero agradable de pasear. Es curiosa la pasión por las flores que tienen sus habitantes, ya que todas las casas tienen grandes macizos plantados así como macetas en los balcones. Uno de los pocos entretenimientos a media tarde es ir a tomar el café o té a la Dulcería Ibo-Alfaro Carmita, con pastas y dulces tradicionales así como la curiosa torta de cuajada.


El parque nacional del Garajonay

Nuestro tercer día en la Gomera lo dedicamos a descubrir otros dos lugares de la isla. Por la mañana fuimos al parque nacional del Garajonay, que como ya he dicho, ocupa todo el centro de la isla. Los que ya me conocéis no os sorprenderá saber que es uno de los patrimonios de la humanidad declarados por la UNESCO con los que cuenta España. Este parque natural posee un enorme bosque de laureles. que crecen fuertes gracias a la humedad emanada de sus numerosos manantiales y arroyos. Esta vegetación es única en el mundo, por ser uno de los últimos bosques de la Era Terciaria, que han desparecido por completo de casi todo el mundo debido a los cambios climáticos. El terreno del parque estaba envuelto en una húmeda niebla. Era muy curioso porque al subir en el coche las temperaturas bajan hasta los nueve grados, y vuelven a subir a los agradables 23 una vez bajas a la costa de la isla. Atravesar el mar de nubes supone una experiencia bellísima. 

El parque toma su nombre del alto de Garajonay, una montaña de kilómetro y medio de alto. La vegetación que lo cubre es llamada como monteverde canario, que cuenta con más de cincuenta especies arbóreas. Destaca también la abundancia de musgos y líquenes recubriendo los troncos de los árboles, así como la cobertura de helechos, indicadores de la elevada humedad ambiental. Abrazar árboles se convierte en una actividad comodísima, puesto que están mullidos y suaves gracias al espeso musgo que los recubre (sí, abracé un par de ellos). Asimismo, se observan numerosas flores endémicas de la isla. Pasear por las diferentes rutas disponibles es un placer relajante y una maravilla para los que os gusten la flora y la fauna (sobretodo las aves). Aunque eso sí: id suficientemente abrigados ya que las temperaturas son bajas y suele hacer un viento frío a esas alturas. Uno de los caminos más bellos es el del Raso de la Bruma, donde hay un pequeño aparcamiento gratuito para dejar el coche y hacer el espectacular sendero circular que nos dejará de vuelta al aparcamiento.

Valle Gran Rey

Tras el frío del Garajonay, continuamos por la carretera hacia el oeste y volvimos a bajar, recuperando el sol y las temperaturas templadas, para llegar al impresionante Valle Gran Rey, de paisaje desértico con palmeras y el mar. Nos relajamos en sus playas de arena negra y después comimos en uno de los restaurantes a pie de playa. Además del delicioso pescado fresco, también pedimos lapas, algo que yo no había probado nunca. Nos las prepararon a la sartén, cubiertas de mojo verde, y estaban buenísimas. Muy parecidas a las tellinas valencianas, pero más grandes.

Nos quedamos sin escuchar el afamado silbo gomero y sin ver el mirador de Abrantes (estaba muy nublado el día que estábamos cerca). Aunque la Gomera es un buen sitio si buscáis relajaros y hacer senderismo, lo cierto es que si también buscáis historia y patrimonio arquitectónico, esta no es la isla. Asimismo, olvidaos de fiestas o playas: para eso hay otras islas en las Canarias.

dimarts, 5 de gener del 2021

2020: primer año sedentario

 ¿Qué más se puede decir de 2020 que no se haya escrito ya? Un año de sufrimiento y muerte para miles de familias, de pérdida de trabajo o cierre de negocios para muchas más... y un año negro para el turismo. Y justo cuando muchas economías apostaron en este sector para diversificarse. Los Emiratos Árabes Unidos, que lo ven como un excelente sustituto del petróleo, se aprestaban a inaugurar la primera Exposición Universal de la región: la Expo Dubai 2020. Japón confiaba insuflar crecimiento a su estancada economía alcanzando un nuevo récord de turistas gracias a los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020. Y en España, el récord histórico de turistas suponía ya un 12% de nuestro PIB en 2019. Eventos pospuestos y consecuentes caídas en picado de turistas por las restricciones, primero, y el miedo a viajar o la desconfianza en el futuro, después.

Personalmente, 2020 empezaba como un año de ensueño: acababa de aprobar la oposición y me esperaban unos meses de formación en el Instituto Nacional de la Administración Pública, seguidos de otros meses más de prácticas en uno de los ministerios del Gobierno de España. Empezaba mi nueva vida en Madrid, una vida sedentaria por primera vez en 12 años, donde pondría punto y final al nomadismo que empecé cuando me trasladé a París en 2007. Desde ese año nunca me quedé a vivir en el mismo lugar más de 10 meses seguidos. Y hace algo más de 10 años os lo empecé a contar en este blog. 

En el plano viajero, el año empezaba con fuegos artificiales y bengalas, regados de copas de Prosecco, en el salón más elegante de Europa: la plaza de San Marcos, corazón de Venecia. Además de pasar unos días en la maravillosa ciudad de los canales, también me quedé un par más descubriendo la curiosa Padua. No hay año que no viaje a alguna de las regiones italianas, y 2020 no fue la excepción. 

Pocas semanas después, viajaba a la capital de los Estados Unidos de América: Washington D.C., una ciudad sorprendente, dinámica y agradable en la que no me importaría vivir una temporada. Al volver, me mudaba a Madrid para empezar mi nueva vida, pero cuando un fin de semana volvía a Valencia a por más maletas, se declaraba el estado de alarma y empezábamos un largo confinamiento que marcaría el 2020. La pandemia de la COVID-19 se expandía sin control y había que frenar las infecciones, las hospitalizaciones y las muertes.

Gracias a las restricciones, la situación se fue controlando y los hospitales volvieron a niveles de ocupación normales. Eso permitió relajar las medidas y pudimos volver a viajar. Volví con amigos a Baleares (uno nunca se cansa de ses illes) para visitar Ibiza y quedarnos unos días, por primera vez, en Formentera, que yo sólo conocía de haber pasado medio día allí. Perfecto todo, como siempre.

Después pasé unos días en la sierra de Guadarrama, tras los que cogía un vuelo desde Madrid para descubrir Zúrich y visitar a unos amigos que vivían allí. Desde la capital económica de Suiza hicimos excursiones tanto por el país (St. Gallen o Stein Am Rhein), como a la vecina Alemania (la isla de Reichenau y la ciudad de Constanza), y de paso descubrir el pequeño país de Liechtenstein, mi país número 66 y el único nuevo que he podido descubrir en este 2020. 


Tras ello, aprovechaba el resto del verano para descubrir algunos rincones de las comarcas valencianas y en septiembre, me escapaba unos días a mi ciudad favorita: París. Allí disfrutaba de restaurantes, bares y terrazas que no conocía mientras paseaba por otros de mis lugares favoritos de la ciudad de las luces y veía a amigos. 

A principios de octubre me instalaba definitivamente en Madrid tras firmar la compra de mi piso. En ese momento no había grandes viajes en el horizonte. Sin embargo, pocas semanas después, y aprovechando una mejora de la situación de la pandemia en Brasil que eliminaba las restricciones de viaje, reservaba un vuelo a mi segunda ciudad favorita: Río de Janeiro. 10 años después de mis meses viviendo en Brasil, volvía al país tropical para pasar unos días en Río y otros descubriendo la bella  Ilha Grande, reserva natural de la UNESCO. A Cidade Maravilhosa sigue tan maravillosa como siempre. 

2020 lo acabé en la capital europea: Bruselas. Y si 2020 lo empecé en Venecia, este 2021 lo empecé 2021 en la "Venecia del norte": Brujas. La bella población belga, donde pasé un año viviendo que me cambió la vida, haciendo un Máster en el Colegio de Europa, es un lugar que nunca olvidaré.


He de reconocer que, en este año tan complicado, he viajado bastante. Cierto que en su mayoría redescubriendo lugares que ya conocía bien o visitando partes nuevas de países en los que sí había estado. Con la excepción del pequeño principado de Liechtenstein, no he añadido ningún otro país a mi lista. Pero no me preocupa. Cancelaciones de vuelos, retrasos, tests COVID-19... eran tantas las complicaciones que pese a que me hubiera gustado visitar algún par de lugares más, evité hacerlo. Me lo he pasado muy bien y no me quejo de nada. He viajado más de lo que hubiera podido soñar en una situación de pandemia global, por lo que estoy tremendamente agradecido.

Ahora mismo no tengo ningún plan concreto de viajar, más allá de mi vuelta a mi casa en Madrid en unos días. Ojalá la vacuna nos traiga una nueva normalidad en la que podamos seguir conociendo los rincones de este bello planeta de forma más sostenible y responsable. Los más cercanos o los más lejanos. Yo os seguiré contando mis experiencias por aquí. Vaya donde vaya.

diumenge, 20 de desembre del 2020

Río de Janeiro

A cidade maravilhosa

París es la ciudad de la luz, Roma la ciudad eterna y Nueva York la ciudad que nunca duerme. También existe la ciudad de los canales de Venecia o la ciudad prohibida en Beijing. Pero solo hay una ciudad maravillosa: Río. No es casualidad que sea mi segunda ciudad favorita. Si en París surgió la "joie de vivre", es en Río donde esta se ha perfeccionado, con una explosión de colores, sabores, paisajes, sonidos, naturaleza, gentes, arquitectura... Sus enormes montañas junto al gigantesco océano, así como las mayores playas urbanas del mundo al lado de selvas tropicales en medio de una ciudad con rascacielos. Muchos de sus barrios cuentan con largas calles flanqueadas de gigantescos árboles. Y sus Carnavales son la fiesta más exuberante que jamás vi. 

De hecho, mi primera vez en Río fue en febrero de 2010, justo cuando empezaban los días de carnaval. La ciudad se inundaba de gente de todo el mundo y fiestas callejeras se celebraban todo el día en todos los barrios de la ciudad. Una de las noches conseguimos entradas de última hora para entrar a las gradas del Sambódromo y ver el alucinante espectáculo que son las escuelas de samba desfilando delante del jurado y el resto del público compitiendo en canción, letra, bailes y atrezzo para ganar. Finalmente, cuando toda la locura pasó, tuve tiempo de hacer algo de turismo y visitar el centro de la ciudad, subir al Pan de Azúcar y conmoverme con la inolvidable puesta de sol en Ipanema desde las rocas de Arpoador. Tras esos diez días en la segunda mejor ciudad del mundo visité también Búzios y Paraty antes de irme a Florianópolis, donde viviría seis meses.

Mi segunda vez en Río fue un viaje becado por la Alianza de las Civilizaciones de las Naciones Unidas, que me seleccionó como representante de España en el encuentro de jóvenes. Así que volví a la Ciudad Maravillosa desde Florianópolis. Esa vez me alojaron en un alegre hostel del decadente pero bello barrio de Catete y descubrí nuevos barrios de Río donde tuve actividades, encuentros y reuniones. Recuerdo el paseo que organizamos para el resto de delegaciones en Saara, un alegre barrio lleno de tiendas económica de ropa y textiles donde conviven comerciantes cristianos, judíos y musulmanes libaneses, sirios y palestinos en su mayoría. Sus modestos pero deliciosos restaurantes sirven comida de la región de gran calidad. Yo disfruté mucho el "Cedro do Líbano", local casi centenario con quibes, kaftas, hummus y cordero cocinado a la perfección. También visité el Museu de Arte Moderna, precioso ejemplo de brutalismo postmoderno rodeado de un bello e impresionante jardín del paisajista Burle Marx. En ese edificio tuvimos muchas de las reuniones, además de uno de los divertidos cócteles nocturnos. Allí fue cuando conocí al ex ministro Moratinos o al ex presidente portugués Sampaio. Finalmente, al estar alojado en Catete, pude pasear por el elegante parque do Catete, con su estanque y cisnes, antiguo jardín del Museu da República, el palacio donde vivieron los presidentes de la República do Brasil desde 1896 a 1954 cuando el último presidente que vivió en él, Getúlio Vargas, se suicidó en su dormitorio. Ni pude visitar el precioso edificio hace diez años (estaba de reformas) ni lo pude visitar este 2020: estaba cerrado a visitas debido a la pandemia. Así que me tuve que conformar en ambas ocasiones en admirar sus elegantes fachadas y los cóndores de bronce de sus aleros.


Río diez años después

Esta tercera vez ha sido cuando he podido ver la ciudad en época normal, incluso algo más tranquila de lo habitual debido a la pandemia. Aún así, Río bullía en gente y tráfico. En esta entrada os propongo un recorrido por esta fascinante ciudad siguiendo el curso de su historia.

Lo mejor es empezar por la bellísima bahía de Guanabara, que el portugués De Lemos confundió con un río (de ahí el nombre de la ciudad) y donde se encontró a principios del siglo XVI con el pueblo tamoio. Tras luchas entre portugueses, tamoios y franceses, los lusos consiguieron imponerse y construyeron una fortaleza. El Pan de Azúcar, enorme peñasco de granito, es sin duda el gran símbolo de la ciudad, al que vale la pena subir para admirar las vistas tanto desde su cima como desde el teleférico que te sube hasta arriba. En sus alrededores, vale la pena pasearse por Praia Vermelha (playa roja, por su arena, diferente al resto de playas de arena blanca de la ciudad) así como por la tranquila Urca, barrio residencial de clase media-alta, cuyo bello y discreto espigón, que bordea el Pan de Azúcar, veremos a las familias y amigos disfrutar de las vistas de la bahía, tomar algo o incluso hacerse una barbacoa. Recomiendo el popular restaurante "Garota da Urca", por sus vistas y su delicioso arroz con sepia, brócoli y huevo, acompañado de un zumo de piña y hierbabuena fresca.


La pequeña colonia iba creciendo alrededor de la costa. Con la invasión de Napoleón de Portugal, la familia real, incluyendo al regente Don Juan VI y su corte de más de 15.000 personas trasladaron la capital del país a Río, cambiando la suerte de esta ciudad para siempre. Pocos años después, en 1811, se inauguraba el muelle del Valongo (Cais do Valongo), complejo por el que entraron más de 500.000 africanos vendidos como mano de obra esclava. Vale la pena visitar las ruinas, ahora declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO, para entender los orígenes del crecimiento de la ciudad y el país, basados en el sufrimiento y cosificación de miles y miles de personas. En los alrededores también se encuentra la "Pedra da Sal", una enorme roca de granito con escalones tallados donde la gente se sienta para ver los círculos informales de samba que se forman algunas noches y donde también se vende comida callejera.

Con una corte europea gobernando desde la colonia, Río se convirtió en una gran ciudad. Vale la pena acercarse al centro de la ciudad, de calles empedradas, y visitar el Real Gabinete Portugués de Lectura, estilo neogótico construido para albergar los más de 350,000 libros que se trajo la corte portuguesa y servir como elegante biblioteca para su consulta. El centro está plagado también de bellas iglesias barrocas que nos transportarán a Portugal, como la impresionante de Nossa Senhora da Candelária, cuya cúpula se construyó con piedra caliza traída de Lisboa o cuyos frescos representan la historia del capitán de barco que se salvó de un naufragio y financió esta iglesia en agradecimiento a la Virgen. También podéis visitar el Espacio Cultural de la Marina para admirar algunos de los buques en los que escapó la familia real portuguesa de la invasión napoleónica. Un poco más al sur, al norte de Leblon, se encuentra el bellísimo Jardín Botánico, construido por Juan VI con más de 5.000 tipos de plantas y árboles. El jardín botánico más bonitos que he visitado: visita obligada.

Aunque la mayoría de atracciones de la ciudad se sitúan en lo que se conoce como "Zona Sur", también vale la pena acercarse a la norte para visitar, por ejemplo, la Quinta da Boa Vista, residencia de la familia imperial y ahora un bello y gigantesco parque donde hacer picnic o echarse una siesta. Por desgracia, el Museo Nacional (antigua mansión imperial) se quemó hace unos años. Para comer, no os perdáis en curioso CADEG (Mercado Municipal de Río de Janeiro). No es estéticamente bonito, pero entre puesto y puesto de comida se han ido instalando restaurantes de gran nivel gastronómico, ya que disponen de los mejores productos frescos para abastecerse. Podréis curiosear entre las estupendas fruterías y probar alguna pieza curiosa como los mangos "carlotinhas", especialmente dulces y jugosos, que solo se pueden comprar de noviembre a febrero. Respecto a donde comer, yo probé el "Costelao", local famoso por su carne a la brasa. Sirven cantidades enormes, los platos son suficientes para dos personas. A quién le gusten las costillas disfrutará como un enano. Las sirven ya ya deshuesadas y se pueden elegir tres acompañamientos. El que más me gustó fue la original farofa de huevo, que aún no había probado.


De capital colonial a capital imperial

Esa transformación del Brasil colonial en un Imperio, tras la proclamación de independencia de Pedro II, también puede verse en Río, sobretodo en barrios como Santa Teresa. En esta colina, donde originalmente sólo había un convento carmelita, empezaron a construirse caserones y mansiones de la élite del nuevo imperio, aprovechando la agradable brisa y las bellas vistas a la ciudad. En sus calles empedradas también se instaló un tranvía (el "bondinho") para conectar el alto barrio con el centro, situado en la costa. Ahora solo circula una línea, que sale a los pies del rascacielos de la Petrobras y, cruzando los blancos arcos de Lapa, se empina hacia la cima de Santa Teresa parando en las diferentes plazuelas del barrio. Lo mejor es parar en el Largo de Guimaraes, donde ver comercios decimonónicos y curiosear en las tiendas de los artistas bohemios que ahora abarrotan el barrio, que tras su decadencia en el siglo XX ha visto muchas como muchas de sus bellas mansiones son restauradas por actores, artistas famosos o incluso cadenas hoteleras. Santa Teresa ya no es el barrio de clase alta que fue, pero aún se puede saborear su brillo perdido. Un ejemplo de las nuevas iniciativas artísticas es la original "escadaria Selarón", unas empinadas escaleras cuyos peldaños cubrió un artista chileno con coloridos mosaicos, dedicando cada escalón a un tema o región de Brasil.

En Santa Teresa también recomiendo encarecidamente subir a la cima y comer en el restaurante Aprazível. Sus excelentes vistas, el precioso lugar, el impecable servicio y las temperaturas frescas y brisa que da estar en la cima de Santa Teresa se pagan. Si vuestro presupuesto no es tan generoso, os recomiendo que vayáis a disfrutar del ambiente para desayunar o tomar café o algún postre. O cócteles y un aperitivo. Yo fui a comer y la verdad que me gustó tanto el entrante (panes de queso rellenos de longaniza minera), como plato "moquequinho do Río" (un guisote de pescado típico de Salvador adaptado al gusto carioca). También probé su arroz de langostino con azafrán. De cóctel pedí una caipirinha con maracuyá y carambola (fruta estrella). Una pena que no me dio tiempo a degustar alguno de sus postres.

Ese rastro de la sociedad imperial de Pedro II también se puede ver en el centro, en locales como la Confeitaria Colombo. Una de las cafeterías más antiguas del mundo operando, deslumbra sus altísimos techos, sus vidrieras de colores, sus gigantescos espejos y el mármol que lo decora todo. Aunque tuve que hacer 15 minutos de cola, luego al sentarse el servicio es rápido y eficiente. Pedí unas gambas al catupiry, una receta con una salsa de requesón fundido brasileño. Las acompañé de arroz y de “patatas paja”, muy ligeras. En la Colombio no puedes perderte el postre, así que pedí tartaleta de maracuyá, súper dulce. Tal vez demasiado. El entorno es muy elegante y cómodo, casi tal y como estaba en su fundación, cuando servía de salón público para que las élites políticas, económicas e intelectuales del nuevo imperio tuvieran sus tertulias alrededor de buenos cafés y dulces. 

Los esfuerzos de la ilustrada familia imperial por mejorar el país, encabezados por la necesaria abolición de la esclavitud, culminaron primero con la Lei do Ventre Livre de 1871, que liberaba de la esclavitud a todo hijo o hija de esclavos, y al que le siguió la Lei Áurea de 1888, promulgada por la princesa imperial Isabel I, que abolía cualquier forma de esclavitud del Imperio. A los grandes terratenientes cafetaleros no les hizo ninguna gracia, así que financiaron un golpe de Estado un año después, por el que los principales mariscales del ejército imperial proclamaron la República en 1889. Si hay un lugar donde sentirse en ese Río que fue capital de la República de Brasil, lo mejor es pasear por Catete y Glória. La construcción del Palacio de Catete, nueva sede del poder ejecutivo, donde se instaló la presidencia de la república y la residencia oficial del presidente, impulsó estos dos barrios como nuevos lugares de moda para vivir. Los elegantes bulevares y parques de aquella época, así como los edificios con clase, se encuentran actualmente en decadencia, que se observa no solo en las descuidadas fachadas o insulsos comercios, sino también en que muchas de las bellas farolas republicanas están ahora con los cristales rotos o incluso torcidas. La decisión del presidente Kubitschek de cumplir con el artículo de la Constitución republicana de 1891 que llamaba a la construcción de una nueva capital, hizo que Río entero cayera en decadencia a partir de 1960. Donde más se notó fue en Catete y Glória, que vieron como centenares de funcionarios vaciaban edificios que ya no serían ministerios, diplomáticos se mudaban de sus mansiones tropicales a las futuristas embajadas de Brasilia y los tres grandes poderes de la República abandonaban sus palacios cariocas para instalarse en la nueva capital diseñada por Nyemeyer a cientos de kilómetros. Aún así, es interesante pasearse por plazas como el Largo de Machado o calles como Rua Marquês de Abrantes y curiosear las mansiones que albergaban las antiguas embajadas o los palacios ahora muy degradados. Aún quedan reminiscencias de ese pasado cosmopolita de esos barrios, como la elegante churrascaria Majórica, fundada por inmigrantes originarios de Mallorca o la Casa da Suíça, antigua embajada y ahora reputado restaurante de comida helvética. Más allá de la decadencia, es cierto que nuevos emprendedores están recuperando casonas del barrio como el ejemplo de Villa 25, un moderno hostel y restaurante situado en una antigua casa de estilo republicano ahora renovada, donde ofrece muy buen ambiente y buena comida. Allí pedimos croquetas de gambas y mandioca de entrante, arroz de rabo de vaca, y, como principal, mariscada con un arroz cremoso. Todo muy bien hecho y en un ambiente estupendo al fresco.


El Río playero y jet-settero
 

Finalmente, hay que pasearse por el Río playero, el que todos conocemos por las películas. El Río que atrajo y atrae a la jet set mundial como destino urbano de playa número uno. Hay que empezar por Flamengo, el primer gran distrito vacacional, con sus paseos flanqueados de árboles, grandes restaurantes pasados de moda, bares históricos y sus parques y paseo marítimo con elegantes balaustradas de mármol que dan a una bonita playa ahora demasiado contaminada como para bañarse en sus aguas. Tras la apertura del túnel a Copacabana en 1904, Flamengo perdió su brillo y "Copa" pasó a ser el patio de recreo de los más ricos.

Copacabana es, tal vez, la playa más bonita de Río, y la que todos conocemos por las postales. Su forma de media luna y su paseo marítimo con calzada portuguesa siguen siendo un símbolo de Río. La apertura del túnel que atraviesa el Pan de Azúcar, pero sobretodo la construcción del neoclásico Copacabana Palace en 1923, convirtió a este barrio en el retiro tropical de ricos y famosos. Fue la joya de Río durante cincuenta años, y eso se puede ver en la maravillosa colección de rascacielos art-déco y sus arbolados bulevares. Sin embargo, a partir de los años 60 cayó en decadencia con la construcción del nuevo paseo marítimo en la sureña playa de Ipanema. Ahora las playas de Copacabana son frecuentadas por los pescadores alrededor del fuerte, travestis (sobretodo en el puesto 2), los habitantes de las favelas de las montañas cercanas, algunos turistas despistados y sobretodo jubilados nostálgicos de la época de gloria de este barrio, que se concentran en los puestos 5 y 6. También hay muchos jugadores de fútbol y voley. 

Pese a ese ambiente decadente, las vistas siguen siendo preciosas, y en los bares (botecos) de Copacabana se siguen encontrando joyas culinarias a precios mucho más bajos que en la sureña Ipanema. Un buen ejemplo es Braseiro. Manteniendo su estética cincuentera, sigue especializados en galetos (gallos jóvenes) cuya carne es más tierna de lo habitual. Los tienen asándose en directo y los sirven con abundante arroz con brócoli, patatas fritas caseras y deliciosa ensalada con vinagreta casera. El servicio, uniformado, es el mejor que he visto en Río (pese a ser este un boteco). Uno se puede sentar en la cómoda barra o comer en alguna de sus mesas de la calle. Una ración da para dos de sobra. Excelente, sin más. 

Otra joya es el Bar do David: aunque a primera vista el lugar no parezca especial, su comida sí lo es. Tanto, que sus tapas han ido ganando premios a las mejores de Río año a año. Lo que empezó como con un bar en la favela de al lado, bajó a Copacabana hace un año para abrir este segundo bar. Normalmente David, el dueño, suele estar en el bar, y es súper amable. Os hará recomendaciones según vuestros gustos. Nosotros pedimos la “Dubai carioca” (una croquetas de sardinas con salsa de alcaparras), la “estrela de David” (costillas de cerdo con jalea de piña, sabrosísimas) y “saudosa Maioca” (unas tiernas bolitas de harina de maíz rellenas de queso fundido y carne seca espectaculares). A la próxima volveré y probaré más tapas.

Finalmente, al lado del Bar do David, destaca el histórico Cervantes, local de bocadillos que abre las 24 horas, muy popular entre los noctámbulos. Su bocata más sabroso es "sandes especial", que lleva carne tipo filé mignon, piña en almíbar y foie. Una combinación ganadora. También me gustó mucho el de “tender” con queso fundido y piña. El tender es carne de cerdo cocida y especiada deliciosa, que los brasileños suelen comer por Navidad.

En 1931 hay un gran hito para la ciudad que no podemos dejar de visitar: el Cristo Redentor. Otro de los grandes símbolos de la ciudad, la estatua art-déco más grande del mundo, simbolizando a Jesucristo abrazando a la ciudad, y formando una cruz con su propio cuerpo. Se ve desde casi todos los barrios de Río. Desde arriba, sus terrazas ofrecen una panorámica inolvidable de la ciudad. Se puede subir en el tren cremallera que sale desde la rua Laranjeiras o tomando un taxi hasta la cima. Pero las mejores vistas son desde el tren. Por fin, esta tercera visita a Río pude visitarlo. Una pasada.

Más allá de el auge de Copacabana, el centro de Río también experimentó un gran crecimiento, que aún hoy se puede ver en las avenidas Getúlio Vargas o Río Branco, donde decenas de rascacielos se alzaron a partir de los años 60, así como otras estructuras brutalistas como la catedral metropolitana de San Sebastián. Vale la pena visitarla: por fuera, su estructura de hormigón armado se inspira en las antiguas pirámides de las culturas de la América Central. A mí me recuerda a una nave espacial. Por dentro es aún más impresionante: los cuatro grandes vitrales que proyectan la cruz griega del techo hasta el suelo representan los cuatro atributos de la Iglesia: una, santa, católica y apostólica. Su campanario brutalista anexo es feo pero muy interesante desde el punto de vista arquitectónico. El cercano rascacielos que hace las veces de sede de la compañía Petrobás es asimismo impresionante.

Río se expande al sur

La construcción del paseo marítimo en Ipanema atrajo a constructores que alzaron nuevas torres de apartamentos con jardines y piscinas comunitarias, así como nuevos hoteles. La canción de Antonio Carlos Jobim y Vinícius de Moraes "A garota de Ipanema" no hizo más que exacerbar la publicidad del nuevo barrio de moda de Río de Janeiro. A partir de ahí se convirtió en el barrio más deseado de la ciudad, atrayendo a artistas, intelectuales y ricos liberales que abarrotaron sus terrazas y playas. Aún hoy sigue siendo el barrio de la "gauche caviar" brasileña, sean jóvenes profesionales o viejos izquierdistas. 

He tenido la suerte de disfrutar varias veces de la impresionante playa de Ipanema, de arena más blanca y agua más limpia que la de Copacabana. Siempre que he ido habían miles de personas bronceándose mientras socializan de pie o sentadas en sillas de alquiler, toman cócteles que se venden en los puestos de la playa y, de vez en cuando, se dan un chapuzón en el Atlántico o se refrescan en las duchas públicas. Creo que no hay otro lugar en el mundo con cuerpos tan perfectos como Ipanema.

Otro día, además, un amigo nos invitó a su ático con piscina desde el que se veían unas impresionantes vistas de la enorme playa. Otra perspectiva de esta playa única en el mundo. Su atardecer, además, es de los más impresionantes del planeta, especialmente si lo vemos desde las rocas del Arpoador. Luego no podéis perderos su escena gastronómica y de animados bares, empezando por el "Garota de Ipanema" donde los dos músicos compusieron su canción inspirados en las bellezas que iban y venían de la playa. Y para comer, como siempre me ha pillado siendo sábado en Ipanema, he optado todas esas veces por una feiojada en alguno de sus restaurantes, siguiendo la tradición carioca de comer ese plato ese día de la semana. Es un pesado guiso de frijoles negros con carne de cerdo en salazón acompañado de arroz, farofa (harina de yuca crujiente), col hervida y naranja fresca.

Más al sur se encuentra el tranquilo barrio de Leblon, con una playa igual de bonita que Ipanema pero mucho menos concurrida. Pero lo mejor de este barrio son los excelentes restaurantes, bares y teatros que se concentran en calles como la rua Dias Ferreira o Conde de Bernardotte, donde la gente más guapa (y pija) de la ciudad gusta de salir. Un ejemplo es la Academia da Cachaça, un estupendo local para disfrutar de la gastronomía brasileña en cuya carta encontramos una gran variedad de platos de varias regiones del país y, sobretodo, gran variedad de cachaças (la bebida nacional) que se pueden degustar solas, beber en forma de diferentes caipirinhas o con varios cócteles únicos. Nosotros pedimos bobó de camarão para cenar, un guiso de la región de Bahía, con gambas en una salsa consistente de leche de coco, yuca, aceite de palma, jengibre y varias especias verdes. Se sirve acompañado de arroz y una farofa bahiana frita en aceite de palma. Para beber, tanto el cóctel de tamarindo sin alcohol, como el cóctel alcohólico “Brasil ao cubo” están buenos. Este último lleva cachaça y tres cubos de uva, maracuyá y lima congelados respectivamente. Servicio amabilísimo y súper rápido

El Río actual

A partir de los años 80, Río vio como aparecían nuevos edificios contemporáneos que acabarían por darle su aspecto actual. Por un lado, Nyemeyer diseñó el nuevo Sambódromo en la zona norte, a modo de estadio alargado con su arco espectacular desde el que salen las diferentes escuelas. Años más tarde también construyó el maravilloso Museu do Arte Contemporánea de Nitéroi, una ciudad al otro lado de la bahía de Guanabara con forma cilíndrica y una cristalera desde la que disfrutar de unas maravillosas vistas de Río. Si vais en coche, aprovechad para visitar algunas playas de esta ciudad vecina, como Itacoatiara, un auténtico paraíso del surf.

Río ha seguido expandiéndose hacia el sur, con un nuevo barrio de estilo "Miami" llamado Barra da Tijuca, donde vive parte de la elite de la ciudad, pero más conservadora. Además, se han hecho urbanizaciones de chalets en playas paradisíacas como praia de Joatinga, que pude disfrutar en esta tercera visita. Los nuevos edificios de apartamentos alrededor de la tranquila Lagoa Rodrigo de Freitas son también espectaculares.

Finalmente, las Olimpiadas de 2016 permitieron a la ciudad acabar de expandir su rápido sistema de metro, implantar un tranvía y, sobretodo, inaugurar un nuevo museo diseñado por el arquitecto valenciano Santiago Calatrava: el Museu do Amanha. Construido en un antiguo muelle, ha sido la pieza clave en toda una recuperación urbana de los degradados barrios portuarios del norte de la ciudad. El museo se basa en el uso de hormigón blanco característico de Calatrava, y de aspas que se mueven con el sol ya que tienen placas solares cada una de ellas. Asimismo, el alargado edificio está rodeado de láminas de agua que lo reflejan. Por dentro, cinco exposiciones nos explican primero el cosmos, luego el planeta tierra y pasan al antropoceno acabado en los "mañanas" donde poder entender diferentes escenarios en los que estaremos según como actuemos hoy. Me pareció muy interesante y bien explicado. Su tienda también tiene algunos objetos curiosos.


Río nunca acaba

Aún me queda mucho por disfrutar de esta ciudad maravillosa: el Año Nuevo carioca, por ejemplo, afamado mundialmente, así como visitar varios de sus museos que permanecían cerrados en mi tercera visita debido a la emergencia sanitaria. Volveré más pronto que tarde a mi segunda ciudad favorita, cuando esta pandemia haya pasado, para poder disfrutarla en su totalidad, como debe ser.