Leonardo Da Vinci, Vittorio Emanuele II y Ludovico Sforza
Toda visita a Milán empieza por su parte más importante: la plaza del Duomo, que es catedral en italiano.
La primera vez que estuve fue un soleado día de finales de abril y la plaza lucía espectacular con la blanca catedral y la imponente Galería Vittorio Emanuelle II en uno de los lados. Antes de lanzarme a descubrir esta zona, me subí en el metro de "Duomo" para llegar a "Conciliazione" y llegar puntual a la iglesia y convento dominico de Santa Maria Delle Grazie, patrimonio de la humanidad UNESCO. El motivo de mi interés no era simplemente la bella iglesia, sino más bien el antiguo refectorio monacal donde se encuentra uno de los frescos más bellos del mundo: "La Última Cena" de Leonardo Da Vinci, conocido en italiano como "Cenacolo Vinciano". Es muy difícil conseguir entrada y se debe hacer por Internet con antelación de dos meses. Sin embargo, acudí a las taquillas esperanzado y justo faltaba una persona para el grupo de las 12.45 de la tarde. Así que pagué y obtuve mi entrada para ver tamaña obra maestra.
Como era pronto, me fui a dar una vuelta por el centro de Milán. Recorrí la impresionante Galeria Vittorio Emanuele II, construida en el siglo XIX y conocida como "la sala de estar" de Milán. Boutiques de lujo conviven con restaurantes, cafés y tiendas de toda la vida, cubiertas por la gigantesca cristalera y las decoraciones a base de mosaicos que representan los continentes y también los escudos de las principales ciudades de Italia. En una de las salidas me topé de frente con el famoso Teatro Alla Scala, de fachada sobria, y enfrente la gran estatua de
Leonardo Da Vinci, persona clave para Milán, donde vivió 17 años. Como tenía un poco de hambre, me dirigí a
Peck, en via Spadari, a unos pasos al oeste de la plaza del Duomo. Peck es una visita obligada a Milán por ofrecer las mejores piezas de la gastronomía de la Lombardía en particular y de Italia en general. Tras curiosear por todas sus secciones, me compré dos panecillos especiales, un trozo de queso envejecido de Bérgamo y una loncha de una mortadela gigante. Me senté en mitad de la plaza del Duomo y mientras observaba la belleza de la fachada blanca de la catedral degusté estas delicias locales. La segunda vez que estuve en Milán, que fue en diciembre de 2016, sin embargo, decidimos ir al Peck Italian Bar, situado a una calle de la famosa tienda, donde sirven diversos platos en un ambiente informal pero a la vez moderno y chic. Pedimos una selección de fiambres de la casa que se fundían en la boca de lo deliciosos que estaban. También compartimos un arroz a la milanesa, un risotto amarillo que se cocina con salsa de tomates, cebollas, ajos, vino blanco, mantequilla y azafrán. Como plato principal yo pedí las lentejas de Castelluccio con cotechino, que es una especie de morcilla de cerdo más jugosa y tierna. Este plato es muy típico de fin de año. De postre no nos pudimos resistir a pedir el navideño panettone de la casa con crema de mascarpone al Grand Marnier.

Pero retomando mi primera visita, tras mi incursión en la tienda Peck, me dirigí de nuevo a Santa Maria Delle Grazie, con mi tiquete. Tras una breve explicación, entramos al antiguo refectorio, donde sólo entran pequeños grupos cada cuarto de hora, y que está protegido con aire acondicionado. Allí me encontré de frente a frente con la famosísima "Última Cena". Acabado a finales del siglo XV, este fresco es una de las obras cumbre de Da Vinci, donde muestra la escena de la última cena con gran poder, humanidad y profundidad. De gran tamaño, lo primero que llama la atención es que los apóstoles están divididos en cuatro grupos de tres personas cada uno, en un guiño de Da Vinci a la Sagrada Trinidad. La obra capta el momento en el que
Jesucristo anuncia que uno de ellos le va a traicionar. La paz de Jesús y la tranquilidad de Juan contrastan con las caras agitadas y convulsas del resto de apóstoles, en las que se puede apreciar como todos preguntan al Señor "¿Seré yo?". Es curioso como
Judas Iscariote está representado en la oscuridad. Da Vinci utilizó como modelo para la cara del apóstol traidor a uno de los criminales más famosos del momento.
Da Vinci realizó esta obra con yema de huevo y vinagre, pintando en pared seca, por lo que la pintura se empezó a deteriorar ya en fechas tempranas. A pesar de que sufrió ataques de bombas durante la Segunda Guerra Mundial y que las tropas de
Napoleón la usaron como blanco de tiro, la obra se mantienen bien gracias a las sucesivas restauraciones. La perspectiva de la pintura es espectacular. Me cautivó durante los escasos quince minutos que nos permiten admirarla. Aunque está prohibido tomar fotos, pude tomar una discretamente con mi teléfono móvil. Justo en la pared de enfrente hay una representación de la crucifixión, de mucho menos valor artístico pero a la que también vale la pena dedicarle unos minutos. Al salir, la tienda con todo tipo de recuerdos de "La Última Cena" nos espera. Es agradable recorrer el convento, con sus claustros y su maravillosa iglesia renacentista, realizada por Bramante, con grandes ábsides semicirculares y una bella cúpula con forma de tambor rodeada de columnas.

Proseguí mi paseo topándome por casualidad con el antiguo Palacio Real, con sus salas ahora llenas de exposiciones. Había una de diseño bastante interesante. El día acabó con un paseo por la via Montenapoleone, donde los diseñadores noveles abren sus tiendas rodeados de las boutiques de las primeras marcas italianas e internacionales. Y de ese ambiente pijo en extremo nos trasladamos a tomar una cerveza artesanal en la plaza de las columnas de San Lorenzo, dieciséis columnas romanas del siglo III frente a la iglesia de San Lorenzo Maggiore, una de las más antiguas de la ciudad.
Mi cuarta vez en Milán recorrí más tranquilamente la via Montenapoleone y calles cercanas, entrando en tiendas tan interesantes como la de Alessi, donde poder comprar algunas de las creaciones más icónicas que diseñadores de todo el mundo han producido para la marca. Además, me comí una exquisita cotoletta alla milanese, una chuleta de ternera con hueso, pasada por harina, huevo y pan rallado, en el mítico café Cova, mítico local de 1817 fundado por
Antonio Cova, un antiguo soldado de Napoleón.
Festa della Liberazione
En mi primera vez estuve en la manifestación del 25 de abril, aniversario de la liberación, recordando aquel 25 de abril de 1945 cuando estalló una sublevación general partisana que liberó a la ciudad de los nazis, que habían ocupado Italia meses antes tras la rendición de
Benito Mussolini ante los aliados. Acudimos a la manifestación que tradicionalmente recorre las calles de la ciudad para honrar a los partisanos que aún quedan vivos y rememorar tan señalada fecha, reivindicando las libertades y derechos conseguidos.
Tras la manifestación nos fuimos a dar una vuelta por la via Dante, siguiendo la tradición milanesa cuando hace un día soleado, y también por el parque Sempione, a los pies del magnífico castillo Sforzesco, iniciado por la familia Visconti en el siglo XIV pero varias veces ampliado y reconstruido mayoritariamente por la poderosa familia Sforza. De planta cuadrada, el castillo cuenta con una gigantesca e imponente plaza de armas rodeada de altísimos muros rojizos. Es una lástima que esta vez no lo pude visitar por dentro. Tengo especial interés en los antiguos aposentos privados de
Ludovico Sforza, decorados por Leonardo Da Vinci.

Respecto del parque Sempione, al ser un día primaveral soleado y festivo, estaba abarrotado de jóvenes milaneses tumbados en la hierba, paseando o haciendo ejercicio. Acompañamos el paseo con un delicioso helado italiano. Después, nos dirigimos la lejano cementerio maggiore en tranvía, donde habían una serie de conciertos, mercadillos y actividades organizadas por grupos alternativos.
Aperitivo en Naviglio Grande
El sábado lo dedicamos a visitar la preciosa ciudad de
Bérgamo. Esa noche, al volver de nuestra excursión, nos duchamos y salimos a tomar algo por los locales a las orillas de Naviglio Grande, un canal artificial que se empezó a construir en el siglo XII y que atraviesa parte de Lombardía. La expansión hacia Milán se construyó para poder transportar el mármol y piedra con la que se construyó la catedral. También se utilizó para transporte de personas, bienes comerciales y incluso para canalizar agua de riego.
El barrio milanés alrededor de Naviglio Grande solía ser uno de los más pobres y peligrosos de la ciudad hasta que hace unos años se puso de moda como lugar de fiesta nocturna, galerías de arte, estudios independientes de moda y apartamentos bohemios. Elaborados graffitis y poemas escritos en cada muro decoran las calles y muchas casas antiguas tienen incluso proyecciones de vivos colores o video performances muy elaboradas. Los bajos bullían con terrazas animadas llenas de locales y extranjeros por igual que disfrutaban de su aperitivo. Se trata de una costumbre muy arraigada en la ciudad donde poco antes de cenar uno va a tomarse una copa que incluye gratis acceso a un buffet (de calidades que varían según el local) con ensaladas, quesos, pastas, sandwiches, trozos de pizza, bruschettas, salami... Nos sentamos en una de ellas y pedimos unos cócteles para a continuación servirnos en platos un poco de todo: la apericena. Es entretenido sentarse a charlar, más en una noche con temperaturas tan agradables como la que tuvimos, y ver a la gente pasar: desde modelos elegantes a turistas ruidosos, Naviglio Grande de noche es un hervidero de gente.

En la segunda vez en Milán también fuimos a tomar algo al Naviglio grande, esta vez a un local donde no servían aperitivo sino diversos platos informarles como fiambres, quesos, risottos o pastas así como buenísimos cócteles. Me sorprendió, de nuevo, la amabilidad de todo el mundo y lo fácil que es entablar conversaciones con la gente que se encuentra en cada uno de los locales de esta zona de Milán. Esa noche también fuimos a la zona de Porta Nuova, el nuevo barrio de negocios de Milán, lleno de rascacielos acristalados y modernos edificios de apartamentos presididos por la altísima torre que acoge la nueva sede de Unicredit. Nos fuimos a una antigua calle cercana para entrar en la escondida y ajardinada terraza de 10 Corso Como a tomar un Negroni, un cóctel italianísimo que combina ginebra, Campari y vermú.
Museos, tiendas y librerías
Finalmente, el domingo salió lluvioso y gris. Por eso decidimos internarnos parte del día en uno de los museos que ofrece la ciudad. Elegimos la Pinacoteca Ambrosiana, fundada por el Arzobispo
Federico Borromeo a principios del siglo XVII. Fundada como institución educativa gratuita para todo aquel con capacidades en pintura o escultura, el bello edificio alberga básicamente la colección privada del Arzobispo Borromeo, llena de copias de cuadros o esculturas famosas, como el Laocoonte o La Piedad de
Miguel Ángel o La Última Cena de Leonardo Da Vinci. Hay también varios originales de pintores italianos y holandeses de rango medio entre los que destaca un retrato a un músico, cuadro original pintado por Leonardo Da Vinci que parece ser un auto-retrato del genio. Está también la Virgen del Pabellón de
Botticelli y un Cesto de Frutas de
Caravaggio. A mi me gustó particularmente una de las salas que tenía una escalera oval cuya pared estaba revestida de un mosaico donde estaba representado
San Juan Bautista.
En la Biblioteca Ambrosiana del propio edificio, además de una gigantesca colección de libros de varios siglos, está la exposición donde se muestran algunas hojas del famoso Codex Atlanticus de Da Vinci, libro de anotaciones de más de 1,100 páginas donde el maestro escribió (en su tradicional manera de hacerlo al revés) y dibujó todas las ideas que se le venían a la mente, desde el diseño de nuevas armas hasta mecanismos para volar o nuevos instrumentos. Las diversas secciones del libro se rotan cada tres meses hasta 2015. Muchos de los diseños aquí mostrados pueden verse hechos realidad en el Museo Nacional de la Ciencia y la Técnica, también en Milán, y que en esta ocasión no me dio tiempo a visitar.
Después nos fuimos a dar una vuelta por la plaza del Duomo, donde pude entrar al interior de la catedral milanesa. De gigantescas proporciones, se trata de una de las mayores naves de la cristiandad. Destaca la armonía de las enormes proporciones aunque es muchísimo más impresionante por fuera, al estar recubierta de mármol rosa y contar con centenares de estatuas exteriores, siendo la más importante la Madonnina, estatua de la Virgen en cobre dorado, presidiendo todos los pináculos. En mi segunda vez en Milán decidimos subir a la terraza, ya que el día era soleado, y admirar las vistas de la ciudad así como la cuidada decoración de los techos de este imponente edificio. La mítica foto no podía faltar.
En dicha plaza también está el Museo del Novecento, con unas 4.000 obras que recorren las principales corrientes artísticas del siglo XX, desde el Futurismo y la pintura metafísica hasta el arte abstracto y las vanguardias de posguerra. El recorrido permite entender cómo el arte italiano pasó de las formas tradicionales a la experimentación radical y cuenta con obras clave de
Boccioni, de Chirico, Balla, Carrà, Fontana y Manzoni. Una de sus piezas más emblemáticas es Il Quarto Stato de Giuseppe Pellizza da Volpedo, aunque el museo destaca especialmente por su extraordinaria colección de Futurismo.
Luego nos dimos una vuelta por
La Rinascente, el famoso gran almacén italiano, primero en abrir en Roma, y con una de sus sedes más visitadas aquí en Milán. Sus secciones de moda, productos del hogar y sobretodo su último piso dedicado a la comida es digno de pasearse. ¿Dónde si no puede uno comprarse un zapato de tacón de chocolate por 45€?

Finalmente acabamos en un lugar que me encantó:
Open Milano. Situado en el viale Monte Nero, este innovador local ofrece una librería en la que se puede leer alguno de sus libros en los sofás, comprarlos, charlar, encontrarse con alguien, hacer algún trabajo en sus mesas o tomar un delicioso chocolate caliente tradicional con tartas caseras. Allí se presentan libros, se leen poesías o se realizan debates. Un espacio innovador de encuentro perfecto para una lluviosa tarde de domingo.
Otra visita muy interesante es a la Fondazione Prada, que tiene unas salas en la propia galería Vittorio Emmanuele II, pero la sede principal, bellísima, en una destilería de ginebra recuperada y restaurada por arquitectos de renombre. Más que un museo, es un laboratorio cultural, con exposiciones temporales de arte moderno y contemporáneo, instalaciones, cine y proyectos multidisciplinares. No os perdáis la Haunted House, completamente revestida de pan de oro, y el Bar Luce, diseñado por
Wes Anderson, que recrea con humor la estética de los cafés milaneses de los años 50 y 60. Es especialmente interesante porque representa la transformación de una antigua zona industrial del sur de Milán en uno de los polos culturales contemporáneos de la ciudad.
--------
Milan es una ciudad fea pero muy dinámica, con muchísimo que ver, hacer y comer. Y también comprar, por supuesto. No os perdáis la tienda de segunda mano "Cavali e Nostri" donde hombres y mujeres pueden encontrar ropa de lujo de segunda mano a precios razonables. Los fanáticos de la moda amarán la ciudad, los amantes del arte y la arquitectura de determinadas épocas tendrán su cuota de satisfacción así como los sibaritas del buen comer o los compradores de productos de calidad de todo tipo. Es cierto que me siguen faltando muchísimas cosas que visitar de la ciudad y alrededores por lo que es casi seguro que volveré. De hecho, lo hago a menudo.
COMER
Risotto alla milanese en Peck.
Cualquier sabor de helado en la Officine del Gelato.
BEBER
LXXXs de XXX.
ESCUCHAR
Parla de XX.
COMPRAR
Ropa de segunda mano marcas italianas de lujo en Cavali e Nostri.