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dimecres, 23 de maig de 2012

2 noches en Trinidad + 4 horas en Cienfuegos


Tras tres días en La Habana después del viaje a la provincia de Pinar del Río, nos fuimos esta vez de excursión hacia el este de la isla, concretamente a las provincias de Sancti Spiritus y Cienfuegos. Nuestra primera parada sería Trinidad.

Esta ciudad fue una de las siete primeras que estableció el conquistador español Diego Velázquez de Cuéllar en Cuba en el año 1515. Y es la que mejor se preserva. Paralizada en el tiempo, conserva monumentos sobretodo de los siglos XVIII y XIX, cuando creció como centro azucarero. En efecto, tras un siglo XVII decandente, sin casi comunicaciones con La Habana y siendo asaltada por piratas de todo tipo, Trinidad alcanzó una nueva gloria a finales del XVIII cuando decenas de refugiados franceses comenzaron a llegar en masa huyendo de la revolución en Haití. Estos instalaron más de 50 molinos de azúcar en el cercano valle de los Ingenios, llegando a producir un tercio de todo el azúcar cubano. Con todos esos ingresos se construyeron los bellos edificios que hoy forman el casco histórico de Trinidad. Tras las guerras de independencia contra España de finales del XIX, las quemas de los campos de azúcar llevaron a una decadencia de la ciudad que entró prácticamente en coma, dejando intactos los edificios de la era dorada. Esta parálisis económica contribuyó a que ningún nuevo edificio fuera construido por lo que el centro histórico se conservó tal cual. De hecho,  en 1965 la ciudad entera fue declarada monumento nacional. 28 años más tarde, la UNESCO la declaraba Patrimonio de la Humanidad, y llegaron las primeras ayudas para restaurar edificios históricos. Además, el turismo empezó a interesarse por esta joya colonial, por lo que siguieron entrando divisas.


Actualmente hay más de 300 casas particulares ofreciendo alojamiento, además de tres hoteles. El encanto que guarda Trinidad, además de estar intacta, es que todas las casas del casco histórico están habitadas, con lo que turistas y locales se mezclan, y la vida en Trinidad es totalmente normal. Las calles empedradas ven pasar Chevrolets de hace 50 años juntos con carros a caballo y tractores que llegan de los campos cercanos. La grandiosidad pasada de Trinidad también se ve en las cantidad de vías que hay tendidas y las locomotoras y vagones que se usaban antiguamente. 

Decidimos por tanto alojarnos en alguna de esas casas particulares y topamos con la de Araceli Reboso Miranda, en la calle Lino Pérez nº 207. Además de servir deliciosa langosta (eso sí, algo más cara que la que nos sirvieron en Viñales), la casa cuenta con un terrado precioso donde tomar el sol o disfrutar con las vistas de la ciudad. La habitación cuesta 25 CUC por noche y caben hasta cuatro personas. Dispone de dos habitaciones. Tras nuestra llegada a la estación de autobuses (llegamos en bus desde La Habana), nos dirigimos directamente a la casa particular a dejar las bolsas. Araceli y su marido nos recibieron amablemente. Tras una refrescante ducha, nos dispusimos a descubrir  Trinidad. Situada sobre una colina frente al mar Caribe, la brisa ayuda a combatir el terrible sol tropical. Tras pasar una colección de callejuelas bordeadas de coloridas casas coloniales, de techos altos y grandes portones de madera, llegamos a la plaza mayor. En esta plaza ofició Fray Bartolomé de las Casas la primera misa de la ciudad. Y Hernán Cortés, en aquella época secretario de Velázquez, recrutó por aquí a mercenarios para su aventura en México. 


De la preciosa plaza, nos quedamos con la bonita portada de la iglesia parroquial de la Santístima Trinidad. En uno de los extremos se encuentra la antigua mansión de la familia Borrell, que luego fue propiedad de un terrateniente alemán llamado Cantero y que actualemente alberga el Museo Histórico Municipal. Nos decidimos a entrar para ver las maravillosas y frescas estancias, de altísimos techos y enormes ventanales y puertas que facilitan que corra el aire. Muchas de los cuartos están ambueblados recreando el estilo de la casa en la época en la que estaba habitada. El bonito patio cuenta con una torre alta desde la que el señor de la casa veía cuando llegaban los barcos al puerto. Vale la pena pagar los 2 CUC de entrada sólo por subir a esta torre, desde la que disfrutamos de unas preciosas perspectivas de la ciudad.

A pesar de que Trinidad cuenta con muchísimos más museos, decidimos mejor pasearpor sus calles, disfrutar de sus mercaditos y curiosear por las casas. En una de las ventanas a las que nos asomamos vimos una pequeña fábrica de tabacos así como unos cuantos trabajadores que enrollaban las hojas para formar puros. Cuando ya empezaba a oscurecer, volvimos a la casa particular donde cenamos una deliciosa langosta con los acompañantes correspodientes: arroz, frijoles, ensalada y como entrante una humeante sopa criolla.

Es curioso que el aspecto general de la ciudad durante el día es como si estuviera paralizada en el tiempo, adormecida, con toda su arquitectura, su silencio y el calor que hace. Sin embargo, por las noches, el ambiente es increíble. Cuando salimos después de la cena, el parque Manuel Céspedes estaba a rebosar de jóvenes y viejos, sentados o paseando. En las callejuelas grupos de cubanos y turistas por igual iban y venían. Diversas casas de trova, son y salsa ofrecían múisca en directo en sus ajardinados patios. Y en las escaleras de piedra de la plaza mayor decenas de personas se apretujaban para escuhar al conjunto que tocaba salsa en directo frente a la Casa de la Música. Decidimos sentarnos a disfrutar de las canciones y ver como los locales bailaban con los turistas mientras degustábamos unos mojitos. Allí tuvimos oportunidad de hablar con varios cubanos muy simpáticos que nos contaron sus opiniones sobre la situación de Cuba. En general eran bastante críticos.


Al día siguiente nos pusimos en modo playa y tras desayunar tomamos un gracioso Coco Taxi poniendo rumbo a la cercanísima playa Ancón. Por primera vez en mi vida iba a bañarme en el mar Caribe. Tras bajar la colina en la que se encuentra Trinidad, llegamos a una playa de arena blanca y aguas turquesas en la que el mar estaba a una tempertura perfecta. Nunca me había bañado en un mar donde el agua estuviera templada. Tras una mañana en el paraíso, volvimos a Trinidad para cojer el tren que hace el recorrido Trinidad-Meyer. Aunque "tren" sería una manera bonita de llamar al cajón metálico motorizado que tomamos, con ventanitas pequeñas y calor asfixiante. Eramos los únicos no locales del tren. Tras media hora de recorrido por el precioso valle de los Ingenios, nos apeamos en la parada llamada “Manaca Iznaga”. Aquí, en 1750, uno de los hombres más ricos de Cuba, el esclavista Pedro Iznaga, compró una gran cantidad de terrenos. En mitad de ellos construyó su casa y al lado una torre de más de 44 metros de altura desde la que controlaba que los esclavos trabajaran bien en los cañares de azúcar. Cuando los quería convocar, tocaba una enorme campana. La torre, en medio de aquel villorrio, es impresionante. Por un CUC nos subimos a ver las maravillosas vistas del valle, rodeado de la sierra del Escambray, con una vía de tren que lo recorre, y sus palmeras y cultivos... y el pueblecito de la torre en medio. 

Al bajar, dimos una vuelta por el pueblecito, teniendo la sensación de estar muy lejos de la civilización. También vimos uno de los famosos ingenios (molinos de azúcar). Cogimos de nuevo el tren, cuando ya anochecía, y tras un trayecto con murciélago en el vagón incluído, nos dispusimos a cenar en Trinidad. Escogimos el mejor local: el paladar Sol y Son, en la calle Simón Bolívar nº 283. Situada en otra de las antiguas mansiones, este paladar pone sus elegantes mesas alrededor del bonito patio, rodeando la fuente  central. Aquí, un grupo local toca y canta son cubano en directo. Los cubiertos son de plata, como los que usaban las antiguas familias adineradas de la ciudad. Y las botellas de agua son antiguos frascos de perfumes parisinos de la casa Guérlain del siglo XIX. Eso demuestra el alto nivel adquisitivo y cosmopolistismo en el que vivían las grandes familias de Trinidad. Con luz de velas podremos escoger entre una amplia carta de la que recomiendo el cerdo al ron Havana Club. Delicioso. La elegancia y calidad de los platos en este local destacan como un oasis dentro de un país al que aún le queda mucho que mejorar en matería de restauración.

Una excursión a Trinidad nunca falla. Hay de todo y para todos: arquitectura colonial, buena comida, museos, fiesta cubana, playas paradisíacas, excursiones al campo, trenes del siglo pasado, paisajes espectaculares y mucha gente amable. Venir por aquí es casi obligatorio si vais a Cuba más de una semana. No os arrepentiréis.


Al día siguiente, antes de volver a La Habana, hicimos un alto en el camino en Cienfuegos. Esta ciudad fundada en 1819 por colonos franceses se diseñó de forma cuadriculada, con calles rectas y anchas. Entre su arquitectura ecléctica destacan los numerosos edificios neoclásicos. En el centro de todo el barrio histórico, que en 2005 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, se encuentra el parque José Martí, con edificios tan bonitos como la catedral de la Purísima, el hermoso palacio del gobierno provincial con su cúpula gigantesca, el Teatro Tomás Terry (donde han actuado, entre otros, Enrico Caruso y Ana Pavlova) y el bello Palacio Ferrer, ahora Casa de la Cultura de la ciudad.

Dimos una vuelta por sus amplios bulevares, curioseamos por sus tiendas y en una antigua librería encontramos unas partituras de diversas melodías clásicas (Chopin, Dvórak...) que según parece son muy difíciles de conseguir actualmente. La herencia francesa ha dejado miles de antigüedades aquí. Especialmente concurrida es la calle de San Fernando, auténtico corazón de la ciudad. Dimos una vuelta por el paseo del Prado, amplio, con soportales y un precioso malecón con palmeras. Y como hacía mucho calor y estábamos cansados, comimos algo en un mediocre restaurante estatal de comida italiana y nos volvimos a La Habana en un coche particular que se ofreció a ello enfrente de la estación de autobuses. Tras algo más de tres horas de carreteras pintorescas con algún que otro cartel revolucionario y de autopista nacional, llegamos a la capital. Nos ahorramos la mitad del precio del billete de autobús y llegamos antes. Mejor, imposible.

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