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divendres, 18 de maig de 2012

Una semana en La Habana II

Después del vistazo al panorama gastronómico de la capital cubana que hice en el anterior post, os cuento en este todo lo que visité. El día que aterricé, por la noche, nuestra amiga nos llevó a celebrar el primer Día Internacional del Jazz, proclamado por la UNESCO el 30 de abril. En el magnífico Teatro Mella, por cierto de estilo art-déco. Los mejores artistas cubanos tocaron aquí durante un par de horas, ofrenciendo un gran espectáculo. Al salir nos tomamos unos mojitos en el jardín del teatro y luego nos dirigimos a un local muy de moda llamado Fresa y Chocolate, donde un DJ pinchaba música electro mientras luz láser verde se disparaba en todas direcciones, soprendiéndonos de la modernidad que empieza  a envolver La Habana.
Esa primera noche nos fuimos a la cama tarde pero aún así decidimos madrugar para acudir a la plaza de la Revolución. Era la marcha del 1 de mayo, Día Internacional del Trabajo, por lo que cubanos de todas las ramas profesionales y académicas salían agrupados a mostrar su apoyo a la revolución cubana, colapsando las principales avenidas de la ciudad y llenado la gigantesca plaza de la Revolución. No podíamos perdernoslo. Recuerdo que la radio nacional se oía en todas las esquinas gracias a altavoces gigantescos instalados por todo lugar. Los locutores retransmitían lo que estaba pasando en la plaza y entrevistaban a diversos testimonios, destilando todo un oficialismo brutal. Miles de banderas cubanas ondeaban al viento, portadas por millares de manifestantes, mientras las pancartas aludían a las luchas sociales.  Muchísimos de los participantes coreaban un repetititivo “Pa’ lo que sea, Fidel”.
 La antigua plaza de la República ha llegado a albergar más de un millón de personas escuchando discursos de Fidel Castro o la masiva misa que ofreció Juan Pablo II. Al entrar en la plaza, el gran monumento memorial a José Martí se alza con una gigantesca tribuna, una estatua de Martí pensante de mármol de 17 metros y una torre estrellada de más de 142 metros de alto, la estructura más alta del país.

Diversos edificios importantes se encuentran en la plaza de la Revolución, como el Comité Central del Partido Comunista de Cuba, el Teatro Nacional de Cuba, el Ministerio del Interior con el gigantesco mural de la cara del “Che” y su famoso “Hasta la victoria siempre” así como el Ministerio de las Telecomunicaciones con otro mural y la cara de Camilo Cienfuegos y su también famoso “Vas bien Fidel”.
Tras el espectáculo populista-comunista volvimos a casa andando, observando a la muchedumbre. En mitad del camino algunos quedamos fascinados por la cantidad de altos y elegantes edificios que jalonan las avenidas de la ciudad. Decidimos colarnos en uno para subirnos en la azotea y tener una primera impresión de la ciudad. Era un tanto surrealista, puesto que el edificio había perdido toda su elegancia y ahora se encontraba en mal estado, con solo un ascensor funcionando e instalado de cualquier manera. Las escaleras estaban que se caían y en general todo estaba descuidado y cutre. Antes de volver a casa a descansar nos tomamos un batido. Una vez en la casa particular nos acostamos un rato, levantándonos a la hora de la comida para almorzar en casa de los padres de una compañera cubana del Master. Aunque ella se encontraba aún en España estudiando, sus padres quiseron conocernos e invitarnos a comer en su apartamento cerca del Malecón, donde nos sirvieron una excelente comida tradicional de la que no puedo olvidar el exquisito flan casero que nos preparó su madre.
 Después de una larga sobremesa dialogando sobre la situación del país, bajamos al Malecón, bastante decandete por cierto, para caminar un poco hacia el imponente Hotel Nacional, tomar algo en sus jardines y visitar sus instalaciones.  Antes de que anocheciera cogimos un par de taxis poniendo rumbo hacia la Fortaleza de la Cabaña, para visitar esta estructura militar realizada por los colonos españoles con el fin de defender la bahía y puerto de La Habana de piratas o invasores extranjeros. Recordemos que esta ciudad era la perla imperial española. El final de la tarde es la mejor hora para acudir a vistar la fortaleza, puesto que a las 20.30 empieza la famosa ceremonia del "cañonazo", donde varios actores vestidos de traje militar del siglo XVIII recrean la ceremonia que anunciaba el cierre del puerto, cuando se echaban las cadenas a la entrada de la bahía así como un fuerte cañonazo para avisar a toda embarcación que ya no se podía entrar ni salir. Con pólvora y fuego se enciende el tremendo cañón, apuntando a la bahía. El disparo es muy fuerte. Sin duda, una actividad digna de asistir.
Cuando acabó la representación y la masa de turistas desapareció, pudimos disfrutar de las maravillosas vistas de la Habana Vieja que hay desde el fuerte, así como de la suave brisa del mar. Es impresionante como la noche, la arquitectura y los desfiles de los soldados del dieciocho nos sumergen en una época lejana.

Acabamos la noche paseando por los alrededores del Capitolio y dirigiendonos al barrio chino de la ciudad, el único Chinatown del mundo sin chinos, donde sin embargo se verán a numerosos cubanos con ojos achinados, signo de algún abuelo de ese origen. Un gran arco nos recibirá y los farolillos rojos se verán aquí y allá. Si bien apreciamos que hay muchos restaurantes chinos en la calle Dragones, lo cierto es que los mejores están en la perpendicular calle Cuchillo. Nosotros cometimos el error de elegir la primera, y en el anterior post ya os conté el gran chasco que nos llevamos.
Finalizamos la noche el el Centro Cultural del Teatro Beltrod Bretch, donde pinchaba un famoso DJ cubano de música house y sorpredentemente muchos de los asistentes se sentaban en alguna de las diversas sillas metálicas que rodeaban al DJ a escucharlo. La Habana seguía sorprendiendome por su modernidad. Aunque algunas pedían con insistencia al menos una noche de salsa.
El tercer día en la ciudad decidimos consagrarlo a aprender bien qué era y como se había producido la famosa revolución cubana. Para ello nada mejor que dirigirnos al bellísimo Palacio Presidencial, conocido ahora como Museo de la Revolución.
Este museo es imprescindible que lo visiteis con guía. Y especificamente debéis pedir que os lo enseñe Elio, un amable viejecito que se sabe la revolución al dedillo. Las actuales salas del Palacio muestran vitrinas con cartas, mapas, objetos y recortes de periódico ordenados cronológicamente para explicar el proceso revolucionario. En otra ala, las vitrinas explican las grandes reformas que hizo el régimen de los Castro estos 53 años que llevan en el poder. El resto de salas, como el elegante salón de bailes, el comedor presidencial, el despacho del presidente, la sala de gobierno (donde a principios de los sesenta decidió Fidel si lanzar una cabeza atómica sobre EE.UU. o no) o las majestuosas escalinatas se encuentran tal cual eran en la época dorada.
Además de educativo, Elio también es muy divertido sobretodo en el momento que empieza a contar el fallido asalto por parte de estudiantes al Palacio con el objetivo de asesinar a Batista. El amable señor te lleva estancia por estancia explicando como los asaltantes buscaban al presidente a contrarreloj sabiendo que en cualquier momento podrían matarlos la guardia presidencial. Sin embargo, una puerta discreta tras un espejo del salón de bailes y posteriormente, una escalera secreta en el pasillo que conectaba el despacho con la sala del gobierno, permitieron a Batista escapar hasta la azotea. Todos los asaltantes murieron a excepción de uno que consiguió escapar. El salón de bailes, o también salón de los espejos, es precioso y cuenta con un enorme fresco donde se muestra una maravillosa alegoría del nacimiento de la nación cubana y las virtudes aclamándola. En este museo también se encuentran dos esculturas de estilo hiperrealista del Che y Camilo avanzando juntos por la selva. También hay grandes caricaturas satíricas de Batista, Reagan, Bush padre y Bush hijo, donde se les critica de forma mordaz. Por último, en los jardines traseros un enorme pabellón muestra diversos vehículos utilizados por los revolucionarios, como un tractor convertido a tanque o el Jeep que utilizaba el Che. Aunque el más impactante es el yate Granma, con el que Fidel y numerosos hombres desembarcaron en Cuba desde México para iniciar su histórica revolución. En mitad de la larguísima pero muy interesante visita, le pedimos a Elio una pausa para comer.

Tras finalizar la visita, nos dirigimos a la Plaza Vieja para tomar algo en la famosa Factoría y relajarnos con un poco de son cubano en directo. Después, remontamos por la calle Brasil rumbo al Capitolio buscando la famosa Casa de la Música de Centro Habana, situada en los bajos un moderno rascacierlos de hormigón horrible. La muchedumbre que se agolpaba a sus puertas nos hizo desistir  y nos dedicamos a deambular por Centro Habana, un barrio saturado de casas, sin apenas jardines, y muy feo y humilde. Daba la impresión de ser una ciudad que hacía un año salía de la guerra. Tras este paseo decidimos no salir y dormir bien. Al día siguiente salíamos de excursión a la provincia de Pinar del Río. Eso os lo cuento en el siguiente post.
Al volver de la excursión, tres días después, nos fuimos de fiesta  a un jardín al aire libre llamado El Sauce, en Miramar, donde una banda tocaba rock en directo. Y el domingo  deambulamos por Habana Vieja, visitanto la Plaza de Armas, donde se encuentra el colonial Palacio de los Capitanes Generales, donde vivían los gobernadores coloniales españoles de Cuba. Actualmente alberga el museo de la ciudad. Esta plaza es famosa por sus decenas de puestos de libros antiguos, a precios de libro nuevo, eso sí. Hay que regatear muy bien. Uno de los más demandados es el de “100 horas con Fidel”, del famoso periodista Ignacio Ramonet. Tras la comida en un restaurante de la plaza, seguimos paseando y decidimos subirnos en la terraza del Hotel Parque Central, para admirar el Capitolio así como los elegantes Centros Gallego y Asturiano, que se hacían la competencia, y que fueron expropiados y ahora son el Gran Teatro de La Habana y Museo de Bellas Artes , respectivamente.

Paseando por la calle Brasil, entramos también en el Museo de la Farmacia Habanera, antigua farmacia Sarrá, fundada por el catalán José Sarrá en 1886, siendo la segunda farmacia más importante del mundo en aquella época. Sus interiores son enormes y los objetos que exhibe, muy curiosos. Las paredes recubiertas de elegantes maderas y espejos dan testimonio de la gradiosidad que algún día tuvo.
De ahí nos cogimos un almendrón (coches de época que hacen uan ruta determinada a los que subir cuesta 50 centavos de dólar) en Paseo y Neptuno hacia Vedado para encontrarnos con nuestra amiga Sandra, que nos llevó al altísimo edificio FOCSA, una de las maravillas de la arquitectura cubana, constuido sin grúas. Durante un tiempo se utilizó para alojar a los cientos de funcionarios de la URSS que llegaban para apoyar la revolución en los años 60, 70 y 80 del pasado siglo. Nos dirigimos a la planta 33 donde “La Torre”, un restaurante del Estado, goza de una de las mejores vistas de la ciudad. Es en ese momento cuando me di cuenta que realmente La Habana es una gran ciudad de verdad, con largos bulevares y avenidas y edificios de todo tipo. Tras bajar y tomarnos un helado en la mítica heladería Coppelia de Vedado, nos dirigimos al Hotel Habana Libre, antiguo Hotel Hilton, que fue tomado por las armas y expropiado por los “barbudos” revolucionarios  al principio del nuevo gobierno. De hecho, en una de sus plantas estableció Fidel su despacho general durante largo tiempo. Tomamos el ascensor y tranquilamente ascendimos hasta el piso 20 donde un elegante salón de desayunos, a esas horas vacío, también ofrecía unas vistas espectaculares de la ciudad. Tras tanta vista, nos dirigimos caminando hacia las elegantes escalinatas de la famosa Universidad de La Habana, desde las que Fidel ha ofrecido innumberables mítines.
 Tanto andar nos entró el hambre y el cansancio, y tras las hamburguesas y pizzas de Los Pepe nos fuimos a ver una genial peli francesa en los Cines Chaplin, enfrente del Fresa y Chocolate, local en el que estuvimos la primera noche. La película fue "Le nom des gens" y fue muy buena. Estábamos inmersos en el Festival de Cine Francés por lo que aprovechamos esa noche y la siguiente para ver buenas películas por menos de 5 céntimos de dólar.
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Al día siguiente volvimos a la Habana Vieja para ver su modesta catedral de San Cristóbal, así como la colonial plaza de la misma, y desayunamos en el Museo del Chocolate, como ya os conté. Deambulamos un poco más por la concurrida calle Obispo, auténtica vía central del casco antiguo de la ciudad, y allí nos colamos en varias librerías para dar un vistazo y comprar alguna novela curiosa, y que la mayoría no superaban de precio un dólar. También entramos en un mercadillo de recuerdos así como en tiendas de música. Además de la gente, los maravillosos edificios de esta calle hacen que dar una vuelta por aquí nunca sea aburrido. Volvimos a comer en la Asociación Canaria de Cuba, porque los platos estaban buenos y eran baratos. Aproveché para dar un último vistazo al modernista rascacielos que construyó la empresa Bacardí para albergar sus sedes centrales. Curioso el murciélago que corona el edificio. Luego dimos una última vuelta por el Malecón, para admirar algunas estatuas así como la elegante embajada de España, antiguo palacio de los Velasco. En el Malecón habían numerosos cuadrados excavados en la roca que hacían las veces de improvisada piscina donde niños y pescadores se refrescaban del abrasador sol tropical. Por cierto, fue muy entrañable también ver pasar un autobús rojo de la EMT valenciana, haciendo una de las rutas de los buses públicos de la ciudad.
Remontamos luego el paseo del Prado, perdón, de Martí, sorprediendonos que uno de los teatros estaba cubierto de estatuas de hormigas gigantes, y cogimos un almendrón rumbo a Vedado de nuevo. Allí, cenamos en el restaurante Carmelo y vimos una nueva película francesa en el cine Riviera: “Ma part du gateau”. Al día siguiente marchamos a Trinidad y Cienfuegos y cuando volvimos nos tomamos los últimos días con calma, disfrutando de paseos por el Vedado, tanto de día como de noche, por cierto sorprendidos por el ambientazo en el Malecón a altas horas de la madrugada alrededor del Hotel Nacional. En un momento dado nos acercamos a ver la curiosa Tribuna Antiimperialista, construida enfrente de la Sección de Intereses de los EE.UU., en respuesta a los mensajes en pantallas que la Sección lanzaba a los cubanos. Unos cuantos arcos metálicos culminaban en una tribuna en cuya parte de atrás cientos de palos de bandera tapan la visión del edificio estadounidense. No pude imaginarme una bandera ondeando en cada palo. Debe ser mareante.
Al día siguiente nos pasamos por el mercado agropecuario más famoso de la ciudad, en Vedado entre A y B donde se encuentran las mejores verduras y frutas frescas. En Miramar visitamos la enorme maqueta de la ciudad, donde están representadas todas las calles y casas de La Habana a escala 1:1000, siendo una de las más grandes del mundo. Hay incluso binoculares para poder apreciar los diferentes detalles. Aunque sinceramente, está dirigida más hacia público experto, como arquitectos o urbanistas, que para turistas.
Coincidió que esos días estaba amarrado el famoso buque-escuela español Juan Sebastián Elcano, por lo que fuimos a visitarlo mientras un amable candidato a Oficial de la Marina nos explicaba algunos detalles. Eso sí, sólo pudimos ver la borda, porque a los interiores no nos dejaron pasar.

Eso sí, nuestras últimas comidas fueron grandiosas: almorzamos en la Cocina de Lilliam, en Miramar, como ya conté en el anterior post, y cenamos en Le Chansonnier, en Vedado. Luego fuimos a tomar una copa a Riomar, un nuevo local de Miramar y acabamos bailando en el animado Don Cangrejo, un local al aire libre y con acceso al mar donde se mezcla la música cubana, el reaggeton, el house y la música del momento.
Como cierre, animo a todos los que podais a visitar la capital cubana lo antes posible. Estoy seguro que cuando caiga el comunismo cambiará muchísimo. Ya lo está haciendo con la apertura de decenas de locales de cuentapropistas así como de elegantes paladares. Ver una ciudad de más de dos millones de personas con un tráfico excelente (por los pocos coches que circulan por sus calles), con edificios en franca decandencia y tiendas con poca y cara variedad es curioso cuanto menos. La falta de publicidad hace que estéticamente todo sea más bonito, aunque el mal estado de muchas construcciones nos dará la impresión de estar en una ciudad recién bombardeada. Aunque lo mejor es la amabilidad de sus gentes, la maravilla de sus edificios y la sensación constante de haber retrocedido en el tiempo. Lo dicho, visitad la capital cubana lo antes posible. No os defraudará.

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