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dilluns, 21 de maig de 2012

Provincia Pinar del Río - Cuba


Durante mis dos semanas en Cuba, además de reservar una para disfrutar de su capital, la otra la partimos para hacer dos excursiones. La primera la hicimos a la provincia de Pinar del Río, el “jardín de Cuba”. Había mucho que visitar y poco tiempo, así que escogimos los imprescindibles. Empezamos por el famoso valle Viñales.

Alquilamos dos coches en La Habana y tomando la cómoda y recta autopista Habana-Pinar del Río, nos plantamos allí en menos de dos horas. Fue curioso que recogimos a dos personas haciendo auto-stop, algo muy común en Cuba. La primera  vez nos paró un guardia de autoestopistas para que le llevaramos, ya que su coche se había estropeado. La segunda fue en un cruce rural, cuando un trabajador del tabaco llegaba tarde porque el bus no pasaba. Le recogimos porque hacía un rato habíamos visto el bus estrellado en un lado de la autopista y nos supo mal.


Hicimos por fin entrada al valle. Es una pasada, y lo que lo hace especial son los enormes peñascos que se encuentran en medio, conocidos como “mogotes”. Estas formaciones son los restos de cuando antiguamente el valle era una cadena de montañas. Cien millones de años atrás, una red de ríos subterráneos empezaron a erosionar la piedra caliza que sostenía estas montañas creando vastas cavernas. En un momento dado las montañas colapsaron al quedarse sin buena base y surgió el actual valle, con enormes restos de las montañas que antes lo cubrían salpicando los campos de tabaco que actualmente lo caracterizan.

A pesar de que cada vez son más los turistas (cubanos y extranjeros) que llegamos al valle, aún así, Viñales guarda una atmósfera profundamente rural, tranquila y sin casi elementos turísticos. Solamente la calle central y algunas más están asfaltadas, pero la mayoría son de tierra. Llegamos al pueblecito central del valle, que también se llama Viñales. Nuestro segundo autoestopista nos indicó el camino hasta la casa particular en la que nos alojaríamos. “Villa Hilda”, en el Pasaje Camilo Cienfuegos nº 42, para ser exactos. Si vais a visitar Viñales, recomiendo encarecidamente que reservéis esta casa. Las habitaciones tienen aire acondicionado, baño privado y agua caliente las 24 horas. Por solo 20 CUC la noche cada habitación, en las que caben hasta 4 personas.   Luisa, la dueña, os tratará con muchísimo cariño. Nada más llegar nos recibió con un zumo de piña recién hecho y nos explicó que era lo que podíamos hacer durante la estancia. No lo dudéis y reservad vuestra habitación enviando un correo a luisalazo@correodecuba.cu

Decidimos decirle que sí a la oferta de Luisa de prepararnos la cena. Langosta, nos dijo. Y ya nos dirigimos a conocer el pueblito y comer algo. La calle mayor de Viñales, jalonada de casitas de colores con grandes ventanales, es muy animada. Las viejecitas se mecen en sus porches mientras observan el ajetreo. Canadienses rubios van en bicis alquiladas de acá para allá mientras que hippys españoles caminan mochila a la espalda hablando alto. Pasan carros a caballo y Chevrolets de los cincuenta con algún tractor por en medio. Gallinas y perros cruzan la calle. Y los locales hacen las compras, llevan a los chiquillos bien uniformados al colegio o se dedican a ofrecer a los turistas excursiones a caballo por el valle. Eso sí, de forma muy respetuosa y amistosa, sin caer en ningún momento en la pesadez. La tranquila y empedrada plaza mayor cuenta con un modesta iglesia así como varios porches donde tomar algo y una antigua mansión que ahora es sede de la Casa de la Música.

Nos decidimos por el modesto restaurante Las Brisas, para tomar algo, y lo cierto es que no nos gustó demasiado. A pesar de que las chuletas de cerdo a la brasa tenían buen sabor, venían muy pocas. Las ensaladas eran simples y con poco producto y las cantidades de arroz minúsculas. Los precios, elevados, como prueba la limonada: 2 CUC. Para compensar, nos tomamos helados y café en una de las terrazas de la plaza mayor. Luego dimos un vistazo a la estafeta de correos y sus postales y nos preparamos para la excursión a caballo que habíamos contratado para conocer el valle.

Un guajiro (campesino) nos llevó hasta donde sus caballos, bastante delgados y débiles por cierto. Nos dio incluso pena ir montados en ellos. Pero allá que nos fuimos, todos en fila, por los terrosos y rojos caminos del valle, con un cielo gris que amenazaba lluvia. Los preciosos paisajes se nos sucedían, con arroyos de aguas cristalinas, vacas apacibles pastando, algunos cerditos bebés, sonrientes guajiros saludando, secaderos de tabaco (estructuras de madera y hojas de palmera secas de tejados a dos aguas), palmeras, caña de azúcar y los impresionantes mogotes. Hicimos la primera parada en un antiguo refugio de campesinos. Allí atamos los caballos y nos explicaron como se hacían los puros. Cogieron varias hojas de tabaco desecadas. Les sacaron el tallo central (que es donde se concentra el 98% de la nicotina) y empezaron a enrollar unas cuantas hasta formar un cilindro del tamaño de un puro. Con unas tijeras especiales le cortaron las extremidades y untaron uno de los lados en miel. Voilà, teníamos un puro. A pesar de mi obsesión anti cigarrillos, no pude evitar probar un auténtico puro cubano recién hecho. He de decir que al quitarle el tallo central y eliminar la mayoría de nicotina, su sabor era muy muy suave y me gustó bastante. Los guajiros vendían estos puros y tamibén mojitos. Estos últimos los servían con unas pajitas hechas de madera. Como empezó una tormenta tropical en la que no podía caer más agua y los rayos daban por todo el valle mientras retumbaban los truenos, no pudimos seguir nuestra excursión. Así que allí estábamos todos, en una choza de madera y palmas con dos ingleses y otro grupo de españoles, fumando puros y bebiendo mojitos. Cuando parecía que solo chispeaba, montamos de nuevo y vimos que el paisaje se había trasnformado en un barrizal. Caudalosos ríos rojos cruzaban los caminos. Había uno de hecho que era tan fuerte que los caballos tenían miedo de pasarlo. Varios guajiros estuvieron asistiendonos mientras la lluvia arreciaba de nuevo. Tras el camino de vuelta y calados hasta los huesos, tomamos una ducha caliente en la casa particular y nos relajamos.

En poco tiempo nos llamaba Luisa a cenar: deliciosa langosta especiada nos esperaba, acompañada  de jugo de guayaba recién hecho, ensalada, arroz, frijoles, batata frita, crujiente de malanga y una sopa criolla humeante como primer plato. Arroz con leche fue el poste. Tras la increíble cena por la que la Luisa sólo nos cobró 6 CUC por persona, nos dirigimos a la fiesta que había cada noche en la plaza mayor. El bonito patio del Centro Cultural Polo Montañez ofrece fiestas con música cubana en directo todas las noches (son y salsa básicamente). Allí, en un bonito patio bajo las estrellas, rodeado de zonas cubiertas por enredaderas, hay un escenario, una pista central y varias mesas y sillas que rodean la pista, así como dos barras donde pedir algo de beber. Una vez pedidos los mojitos y las Cristal (cerveza de Cuba) correspondientes, nos sentamos en una de esas mesas mientras otros se animaban a bailar algo de salsa junto con el resto de turistas y locales.


Eso es lo mejor de Cuba: que normalmente es muy fácil mezclarse con la población local, ya que muchos lugares de fiesta tienen un doble precio, en moneda nacional para los cubanos y en CUC para los turistas. Así todos pueden entrar. Cuando acabó la banda, entró en escena un DJ que empezó a pinchar una extraña colección de canciones, que iban desde el dance de los 80 hasta el reaggetón, música house o pop-rock español. Allí estuvimos, bailando a la luz de la luna hasta que se acabó la fiesta. Muy pronto, eso sí. Mejor, porque al día siguiente madrugaríamos. Teníamos mucho que ver.


Al levantarnos, el desayuno estaba listo. Luisa nos había preparado una jarra de zumo fresco de guayaba, huevos revueltos, pan tostado, frutas variadas, mermelada, café... todo buenísimo, casero. Nos despedimos, emocionándose mucho la buena señora,  y con los dos coches pusimos rumbo al hotel Los Jazmines, que cuenta con un mirador espectacular. La imagen de postal del valle que ofrece es inigualable. Vista la vista, nos dirigimos hacia el Parque Nacional, una zona de cultivos orgánicos y grandes parajes donde hay varias cuevas enormes. Como no teníamos mucho tiempo, vimos desde fuera la Gran Caverna de Santo Tomás, las más grande del país.


Tras dos horas de carreteras estrechas y curvadas llegamos a nuestro destino: Cayo Jutías. En los años 90, este cayo fue unido a la tierra por un pedraplén larguísimo. Por cierto, al atravesarlo, las vistas de las montañas de la provincia se ven increíbles. Para usar esta obra hay que pagar 5 CUC por persona. Pronto os dareís cuenta que merecen mucho la pena. Las playas del cayo son increíbles. Arena blanca, aguas templadas, transparentes y azul turquesa con pececitos.  Tras hacer un poco el gamba y bañarnos un rato, nos dispusimos a comer en el único restaurante del cayo, especializado en comida del mar. Pedimos un arroz marinero, que venía con pescados y gambas, y que estaba bueno pero tampoco era excelente. La calidad gastronómica cubana volvía a brillar por su ausencia de nuevo. Al acabar, todos se dirigieron a hacer snorkel por las aguas cercanas. Yo opté por una tranquila siesta a la sombra y luego por nada un poco en las paradisiacas aguas. Pronto sabría lo acertado que había estado. Cuando tardaron mucho más de lo normal en volver, me di cuenta que algo había ido mal. En efecto, el cubano que les llevó no solo había olvidado echar el ancla en el lugar donde paró el bote, sino que se había tirado con ellos al agua en vez de quedarse vigilando en el bote. Total, que el barco se lo había llevado la corriente y solo les quedaba nadar hasta la costa, que estaba lejísimos. La suerte que tuvieron es que no había ni una ola. Quemados y exhaustos estaban los pobres.


Tras la experiencia, nos dirigimos a la casa particuar en la que dormiríamos esa noche. “Los Sauces” en la carretera que une la autopista con Soroa. Llegamos en otras dos horas, de noche, con la dueña de la casa, Lidia, esperándonos con la cena puesta en el agradable patio. Nos fuimos pronto a dormir porque estábamos agotados.

El tercer y último día en esta provincia cubana lo pasamos en Soroa y Terrazas. Tras despertarnos y tomar el desayuno, del que recuerdo una jalea de guayaba deliciosa, pusimos rumbo al pequeño pueblo de Soroa, llamado así por el francés Jean-Pierre Soroa, que poseía una plantación de café enorme en estas montañas en el siglo XIX.

Nuestra primera parada fue el Orquideario Soroa, construido hace más de 60 años por el abogado español Tomás Felipe Camacho en memoria de su mujer e hija. Cuenta con más de 700 orquídeas, además de otras plantas y árboles. La visita guiada no es demasiado prolija en detalles, pero al menos ayuda a no ir perdido por el jardín. La parte más interesante es, como no, el invernadero de las orquídeas, donde me sorprendió ver que más allá de las típicas blancas y moradas que vende mi abuela, existen cientos de especies diferentes, a cúal más rara y bonita. Me encantó ver tantos tipos y tan bellas. La que más me llamó la atención fue una de color marrón y violeta que destilaba una agradable fragancia que recordaba enormemente al chocolate. Tras esto, subí por las montañas una media hora hasta llegar a un impresionante mirador. Aunque la subida fue pesada por lo empinada y el calor y humedad asfixiante, valió la pena ver la sierra del Rosario, tan verde. Al bajar, nada mejor que meterse en las frescas y puras aguas del salto del Arco Iris, una cascada de 22 metros del arroyo Manantiales, que forma unas piscinas naturales donde se puede nadar antes de volverse a convertir en río. Tras refrescarnos, a los coches de nuevo y nos dirigimos a Terrazas, muy cerquita.

Toda esa zona ha sido objeto de una reforestación desde los años setenta, dirigida por Osmani Cienfuegos, hermano del revolucionario Camilo y ministro de Turismo. Allí, arriba de una colina comimos en el cafetal Buenavista, una casona en mitad de una plantación de café de principios del XIX, construida por refugiados franceses que huían de las revueltas en Haití. Aún hay una enorme tahona que se usaba para separar las semillas del café de sus cáscaras. Al lado, numerosas terrazas de piedra se usaban para secar las semillas al sol. Y aún quedan las paredes de las barracas donde dormían los más de 100 esclavos con los que contó esta plantación. La casona, antigua mansión del terrateniente, es ahora un elegante restaurante del Estado donde además de deliciosa sopa criolla pedimos un aporreado de ternera, exquisito. Para beber, no pude resistir pedir una copa de vino tinto de Soroa, que curiosamente lo servían bien frío. Estaba bastante bueno, he de decir. Y de postre, arroz con leche y café. No podía ser de otra manera estando en un cafetal. Dimos una vuelta por el complejo de las Terrazas, viendo el famoso Hotel Moka y nos volvimos de nuevo a La Habana. Al día siguiente tres se volvían a Colombia y una a Ecuador. 

Pinar del Río fue mi primer contacto con la Cuba rural, donde pude comprobar la enorme amabilidad del pueblo cubano, que al menos por estos lugares demostró mucha voluntad de servicio, ayuda, amistad y poca malicia. Su simpatía y sencillez hacen que viajar por aquí sea muy seguro y tranquilo. Después de todo, nos vino bien un poco de naturaleza después de los días en la gran capital. He de decir que el "jardín de Cuba" me encantó.

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