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dimecres, 16 de maig de 2012

Una semana en La Habana

Hablando con amigos y familia tras mis dos viajes a Cuba, algo que no puedo dejar de resaltar es que por primera vez en mi vida tuve la sensación de volver de una experiencia diferente. Más que algo geográfico, viajar a Cuba supone un auténtico salto en el tiempo, hacia finales de los años cincuenta del siglo pasado.

La entrada a la república caribeña más controvertida la hice ambas veces por su gran capital: La Habana. La primera vez, y desafiando a muchos cubanos residentes en Miami, tomamos un vuelo directo de algo menos de 45 minutos. La mayoría se empeñaban en que sólo los cubanoamericanos tienen derecho a montarse en esos vuelos. Según ellos, el resto no podíamos hacerlo debido al famoso embargo. Sin embargo, fuimos y volvimos. La flexibilidad de la administración Obama ayudó. La segunda vez, con Trump en la Casa Blanca, no quise arriesgarme: fui desde Ciudad de México y volví a Barcelona. Y la verdad es que ambas veces vuelvo con una visión mucho más clara de todo lo que envuelve al pueblo cubano en la actualidad. Como bien dicen muchos entendidos, no puede comprenderse Miami sin viajar a Cuba.

Nada más aterrizar en el aeropuerto internacional José Martí y tomar el taxi rumbo al centro, lo primero que se percibe es la ausencia de publicidad. Las vallas que normalmente jalonan las autopistas del mundo anunciando cientos de productos, en Cuba directamente no existen. De vez en cuando alguna de estas estructuras nos muestra eslóganes revolucionarios o frases pronunciadas por los líderes  de la Revolución como Fidel y Raúl, el “Che” o Camilo Cienfuegos. También abundan los bustos del héroe nacional, José Martí, en las entradas de los diversos edificios y factorías, acompañado de la omnipresente bandera cubana. Esta segunda vez me sorprendió la presencia de publicidad de marcas de lujo internacionales en el interior del aeropuerto: todo un signo de que las cosas están cambiando.

Lo primero que hay que entender en Cuba es el sistema monetario que actualmente rige en el país. La moneda en vigor es el peso cubano, existiendo los pesos convertibles  (más o menos nos darán 0,88 pesos por cada dólar), y los pesos nacionales, que equivalen a 23 por cada peso convertible. A pesar de que para los turistas la mayoría de transacciones se hagan en convertibles, es muy recomendable cambiar también algo en moneda nacional. Con estos billetes podremos utilizar transportes más populares o comprar comidas baratas en determinados locales que más adelante citaré.

Recomendados por una amiga, el grupo que visitábamos Cuba nos establecimos en una casa particular: la Casona de la Calzada, sita precisamente en la calle Calzada, al lado de la mismísima escuela del Ballet Nacional de Cuba , en pleno Vedado, uno de los barrios más elegantes de la capital. Margarita, responsable de la casa, junto con su tía Juanita, nos atendió de maravilla por 35 CUC por habitación y noche. Y por las mañanas, nos despertará el rumor de los ensayos de uno de los mejores ballets del  mundo. La casa colonial se estructura alrededor de un bonito patio, donde las cuatro grandes habitaciones de techos altísimos albergan muebles de otras décadas.

El desayuno es opcional y hay que avisar el día anterior o dejar apuntada a qué hora se desea que se nos sirva. Cada mañana encontraremos la gran mesa del salón servida con café y leche, un bol de trozos de frutas variadas por persona, pan con mantequilla y una tortilla francesa acompañada de rodajas de tomate natural. Si tenéis algo de prisa o preferís levantaros más tarde, cabe la opción de desayunar fuera por algo menos, ya sea en pastelerías o cafeterías, ya sea en el delicioso Museo del Chocolate, donde por un par de pesos convertibles tendremos un vaso de chocolate fresquito o una taza de chocolate caliente, además de tostadas o panqueques. El chocolate es casero y preparado al estilo tradicional in situ, por lo que está delicioso. Situado irónicamente en la céntrica calle de la Amargura, este agradable local también cuenta con una tienda anexa de bombones frescos, de varios tipos, elaborados del día. Uno de los mejores son los hechos a partir de chocolate con leche, miel y ron añejo.

También se puede desayunar en la decadente Pastelería Francesa, en pleno Parque Central, donde los dulces son de lo mejor de la ciudad, con pastelitos de guayaba y coco dignos, milhojas buenas (aquí llamadas “señoritas”) o pain au chocolat decente. Las trenzas de queso fresco son también una buena elección. Últimamente ha abierto una nueva pastelería muy popular en el Vedado: el Biky, en la calle Infanta, que también cuenta con restaurante y bar. Su pastel Tres Leches (entre muchos otros) así como su estupenda bollería lo hace perfecto para desayunar o merendar.

Esta segunda vez tuvimos la suerte de alojarnos en el icónico hotel Habana Libre, antiguo Habana Hilton, que fue inaugurado en 1958 por el mismísimo Conrad Hilton como el hotel más alto de América Latina. Un año después, Fidel Castro entraba en La Habana estableciendo aquí su cuartel general. El comandante ocupó personalmente la suite 2324, a dos habitaciones de la suite donde yo me quedé, la 2328. En 1960, Fidel empezó su campaña de nacionalizaciones y expropió este hotel, que empezó a ser parcialmente operado por la agencia estatal Cubatur. Parte de las habitaciones se cedieron a la Unión Soviética para instalar su embajada provisional. En 1996 pasó a ser operado por el grupo balear Meliá hasta el día de hoy. La verdad es que la habitación estaba de categoria, era la única planta con WiFi en las habitaciones y las vistas de la ciudad son espectaculares. Eso sí, el buffet de desayuno bastante mediocre, poca variedad y regular calidad, para nada propio de un hotel de esta categoría.

Y hablando de comida, uno de los chistes que siempre han corrido por la isla es el que señala que si bien los tres éxitos de la revolución han sido la educación, la salud y el deporte, los tres fracasos están también claros: el desayuno, el almuerzo y la cena. En efecto, el panorama gastronómico nacional es bastante mediocre. El comunismo nacionalizó restaurantes y cafeterías, a excepción de algunos paladares que se autorizaron en periodos posteriores. Los locales nacionales pueden ser muy bonitos o muy feos, pero por lo general sus largas y bien escritas cartas ocultan la realidad: casi siempre hay muchos platos no disponibles y los que lo están suelen traer cantidades pequeñas, cocinadas de forma discutible y con sabores sosos. Arroz, frijoles, pollo y cerdo abundan. Y las ensaladas, por muy sofisticadas que se presenten, consistirán en un plato con rodajas de la hortaliza que esté disponible en ese momento, sea pepino, tomate o judías verdes enlatadas.

Hay excepciones, por supuesto, como El Carmelo, restaurante estatal sito anexo al cine Riviera. Su interior en blanco y negro, con cuadros de estrellas del cine y botellas con velas en las mesas, ofrece una carta decente y a buenos precios. Su crema Aurora a base de tomate y queso está bastante buena y su sandwich cubano, a pesar de no igualar a los preparados en Miami, también es aceptable. Y para beber, el Daiquiri a sólo un CUC está más que bueno. Nada mejor que disfrutarlo en la terraza del restaurante, frecuentada por cineastas y críticos nacionales.

Otro restaurante decente aunque de cantidades minúsculas es La Mina, en la Plaza de Armas. Después de dar una ojeada a los libros usados, entre el ajetreo de turistas y locales que pasean por la histórica plaza, nada mejor que internarse en el oasis que es el patio de este restaurante estatal, con ventiladores, manteles, plantas y hasta pavos reales. Sus platos tradicionales cubanos están bastante sabrosos, como la yuca al mojo o la malanga frita (un tubérculo muy popular aquí).

En el barrio chino, uno de los pocos Chinatown del mundo sin chinos, cenamos en el restaurante Lung Kong, donde la comida sinocubana resultó ser algo fiasco, con chop suey a base de verduras sosas chorreando salsa de soja o pollos y pulpos mal cocinados. Sin embargo, el barrio es curioso, con su arco en la entrada y sus farolillos rojos por las calles. Tal vez fue que hicimos una mala elección de local.

En cambio, son famosos por su buena calidad los restaurantes de clubes españoles, como la Asociación Canaria de Cuba, donde la ropa vieja está barata y buena o el canciller de pescado (filete empanado con jamón y queso derretido) no está tampoco nada mal. También hay restaurante asturiano, andaluz, vasco y valenciano, donde por cierto dicen que la paella la hacen bastante bien.

No obstante, este panorama mediocre está cambiando debido al crecimiento de los paladares, o en otras palabras, restaurantes privados autorizados por el gobierno a servir comida. Algunas de las noches optamos por estos locales en Vedado, como por ejemplo el  Café Bar Madrigal, una elegante casona colonial cuyos dueños la han abierto al público en la calle 17. Las dependencias de la casa se confunden con los salones para el público en este lugar donde suena buena música y está decorado a la última, con esculturas metálicas o cuadros de tela de grandes billetes de un dólar donde la cara de Washington se substituye por la de Marilyn Monroe o Salvador Dalí. Su escueta carta se basa en el tapeo e incluye una variedad de tortillas donde destaca la española, toda una rareza en un país donde no hay patatas. Los tostones (plátano frito) rellenos de queso, atún o camarones son también muy recomendables. No dejéis de lado las sabrosas empanadillas de la casa. Por supuesto, poned las tapas en medio para compartir y acompañadlas de algún buen cóctel. 

Otro paladar muy chic es Le Chansonnier, sito en una elegante mansión de estilo francés, con balaustradas blancas y paredes azules. Sin ningún cartel que lo indique, este paladar se encuentra en la calle J, entre 13 y 15. Nada más llegar, lo mejor es acudir a la sala de bar, con sus mesas altas, taburetes y pequeñas lamparitas que lanzan una oscura luz azul marino que invita a la charla íntima y sosegada. Luego pasaremos a las diferentes salas de comedor. Sus entrantes y platos principales harán la boca agua a más de uno: ravioles de espinaca, lentejas frías con camarones o enormes ensaladas servirán de buen aperitivo. Y como plato principal sin duda alguna pedid pollo a la salsa de tamarindo. Está jugoso, bien preparado y sabe a gloria. Viene acompañado de puré de malanga y arroz.

Esta segunda visita pude comer en La Cocina de Esteban, un paladar muy bueno al lado del Habana Libre, pasando los cines Yara, donde sirven comida cubana y española bastante rica. Pero sin duda el que más nos gustó del Vedado esta segunda vez fue EFE, en la avenida 23. Con un DJ y una decoración a la última, el lugar es perfecto para tomar copas y picar algo. Sus platos de pollo, sandwiches y entrantes están bastante bien, aunque la variedad es muy limitada.

Por último, un local que ni es paladar ni es restaurante estatal, también es muy recomendable. Se trata de la cafetería de la Alianza Francesa, el Pequeño Café Flore, en el patio trasero de la mansión que alberga la institución cultural. Tras acomodarnos en alguna de sus mesitas y sillas de hierro forjado pintado de blanco podremos tomarnos crêpes dulces o salados, una baguette de rillete de cerdo o de jamón y queso, y alguna que otra bebida. Y todo a precios más que bajos.

Y si en Vedado los paladares son buenos, en Miramar son realmente excelentes. Uno de los que más suena, sobretodo entre los turistas, es La Cocina de Lilliam. Especializado en comida tradicional cubana y algo de fusión, esta elegante casa decorada con gusto de la Provenza francesa  sirve platos elaborados con gran cuidado y esmero. Imprescindible como entrante es pedir la fritura de malanga, crujiente y muy sabrosa, con pedazos de cebollino incrustados. Como plato principal, personalmente me decanté por la ropa vieja de cordero, acompañada de una cazuelita de puré de calabaza aderezado con aceite de oliva virgen y pedacitos de bacon frito. Justo lo que pidió Jimmy Carter cuando visitó la Habana y recaló en este alegre paladar. Un guitarrista ameniza el almuerzo con sonidos cubanos. 

Otro paladar imprescindible es el mítico La Guarida. Cuenta con el mejor servicio de la ciudad: rápido, eficiente y muy amable. Su entrada es única: situado en una antigua mansión donde ahora vive gente trabajadora, los espacios comunes se usan para dialogar y tender la ropa. El lugar saltó a la fama por usarse como localización principal de la premiada película cubana Fresa y Chocolate.  Hay que reservar con antelación porque siempre está lleno. Su fama es tal que todo tipo de personalidades y celebrities han pasado por aquí: desde la anterior Reina de España hasta Rihanna. Su carta es un mix de cocina internacional y de platos cubanos. Aunque todo está muy bueno las raciones son pequeñas y no impresionarán a un foodie. Lo único que sobresale son los postres, que son excelentes, especialmente uno con biscuit y leche de coco. Nosotros comimos tacos de pescado, arroz con langosta y raviolis. Pero eso sí, el ambiente es único. Personalmente creo que es una experiencia cubana que vale la pena hacer al menos una vez.

Cabe mencionar en Centro Habana, muy cerca del Capitolio, al restaurante El Guajirito, de gran calidad con sus platos y buenas raciones, pero con postres mediocres, a diferencia de La Guarida. Este enorme local, decorado a la manera rural cubana, sirve raciones sabrosas con gastronomía cubana de todas las regiones. Las camareras son todas atractivas cubanas vestidas de forma sugerente con un sombrero de guajira pero son lentas y algo despistadas al pedir las órdenes.

Finalmente, no me puedo dejar la gran novedad de este 2017: la apertura del Gran Hotel Manzana, primer hotel de la cadena internacional de lujo Kempinski en la isla, situado en el Parque Central. Pudimos probar su cafetería El Arsenal por pura casualidad, ya que una noche se nos hizo tarde y era el único sitio abierto para comer a las 23h. Y fue una suerte porque su servicio, además de rápido, es delicioso. Sus cócteles son una pasada, con muchos originales que no se ven en otros lugares de la ciudad, como uno hecho con ron Habana Club de 12 años, zumo de piña y otros ingredientes que estaba sublime. El sandwich cubano que se sirve aquí sigue sin alcanzar la perfección de los que me comí en el Versailles de Miami, pero está mucho mejor que los del resto de La Habana. Pero sin duda, las brochetas de pollo con guacamole son de una calidad nunca vista en la capital cubana. Excelente.

Además de estos deliciosos paladares y restaurantes, otro de los negocios privados autorizados por las nuevas leyes de apertura parcial son los que montan los conocidos como cuentapropistas, es decir, personas que solicitan permiso al Estado para abrir las terrazas o ventanas de sus casas y vender determinados productos de comer, siendo los más populares las pesopizza. Todo se vende en moneda nacional, por lo que resulta más asequible. Hay que saber bien donde comerlas, porque igual que podemos encontrarnos con algunas crujientes y sabrosas, también nos podrán colocar otras pasadas y con una mini gota de tomate. Uno de los mejores locales es el que se encuentra en Línea, frente al Teatro Mella, donde por una pizza de cebolla recién hecha, un refresco de piña (hecho con polvos) y un cono de delicioso helado de chocolate, nos saldrá por 20 pesos nacionales, es decir, menos de un dólar.

Otro de los cuentapropistas más deliciosos es el Los Pepe, en Paseo con 13, en Vedado. Con un logo que recuerda vagamente al Mc Donald’s, esta terraza de una casa sirve por su ventanita unas de las mejores hamburguesas de la ciudad, además de pizzas enormes de gran calidad. Algo que seria poco destacable en cualquier otra ciudad del mundo, aquí se convierte en todo un descubrimiento, puesto que la hamburguesa buena no es algo que abunde. De hecho, cuando yo fui no les quedaba de res, así que me pedí una de cerdo, que aún así estaba deliciosa.

Dicho todo esto, lo que está claro es que aún hoy en día, los mejores platos cubanos siguen sirviéndose en los restaurantes de Miami. La Habana tiene aún un largo camino que recorrer para llegar a convertirse en un digno destino gastronómico.

Y sin en comidas Cuba no es el paraíso, tal vez si lo sea en cuanto a bebidas. El sofocante calor que normalmente hace por estas tierras anima siempre a sentarse a disfrutar de algún cóctel, zumo o refresco. La Habana ofrece muchos lugares a buen precio. Recomiendo empezar por El Floridita, elegante local donde nació uno de los cócteles más famosos del país: el Daiquiri.  Seguramente sirva uno de los mejores del mundo. Se dice que aquí inventó esta mezcla un tal Constante Ribalaigua. En realidad, este camarero lo que hizo fue usar hielo picado, junto con la mezcla ya conocida de ron blanco, lima y azúcar. Además, le echó cinco gotas de Marrasquino. Una mezcla deliciosa y refrescante a la que se rindió, entre otros, Ernest Hemingway.  

Además del daiquiri, omnipresente en la ciudad, podemos disfrutar de mojitos, cubalibres o zumos naturales de piña, papaya, mango o guayaba en agradables terrazas llenas de plantas tropicales como el Jardín del Oriente, al lado de la plaza de San Francisco de Asís. Y normalmente por 1 CUC. Otro maravilloso local con música en directo y cerveza de calidad allí producida es la Factoría Plaza Vieja, en la plaza homónima. Sentaos a disfrutar del grupo que toca música cubana y pedid un “matrimonio cervecero”: una jugosa hamburguesa acompañada de una jarra de cerveza que hacen allí mismo.

Si buscamos piña colada, una de las mejores es la que se sirve en el majestuoso Hotel Nacional, copia del mítico Breakers en Palm Beach. Nada mejor que tomarla en su jardín, mientras se disfruta de uno de los mejores atardeceres de la ciudad, frente al Malecón. En estas mesas de forja se han sentado visitantes ilustres que acudieron a Cuba de todas las épocas, además de prominentes mafiosos empezando por Al Capone.

Otro lugar donde tomar algo es la terraza del Hotel Parque Central, en el último piso, donde disfrutaremos de la piscina así como de espectaculares vistas al paseo del Prado y del Capitolio. 

Además de las bebidas de todo tipo, los helados son otra de las grandes soluciones nacionales para combatir el calor. De hecho, las cadenas públicas de heladerías ofrecen este dulce producto. La heladería más famosa del país es la sucursal en el Vedado de la cadena estatal Coppelia. Una tradicional cita para muchos habaneros consiste en hacer una eterna cola para tomarse un helado aquí y luego ver una película en los cines Yara, enfrente. La variedad de helados varía según el día, pero están muy buenos el helado de almendra o el de chocolate y nata. Personalmente no pude resistirme y pedí la jimagua (es decir, dos bolas de helado) de fresa y chocolate, emulando a los personajes de la primera película cubana nominada a los Oscar. La segunda vez que estuve solo estaban disponibles los helados de vainilla, caramelo y chocolate, siendo este último mi favorito.

Comiendo y bebiendo creo que esta entrada ya se ha hecho demasiado larga. En la siguiente os cuento en qué lugares me sumergí durante mi dos semanas habaneras. 


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