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dilluns, 22 d’agost del 2011

La Manila más curiosa

Más allá de las los paseos en calesa por las calles coloniales de Intramuros, de disfrutar de la puesta de sol en Roxas Boulevard o de las compras de perlas a buen precio en Greenhills, la capital filipina ofrece muchas actividades curiosas para los pocos turístas que deciden adentrarse en el laberinto ruidoso y húmedo de sus calles.

Una de las atracciones turísticas más sorprendentes es el Cementerio Chino. Situado al norte de Chinatown, y fácilmente accesible desde la estación de metro de Padre Abad, encontramos este lugar mezcla de las influencias china y mexicana en Manila. Aquí es donde los ciudadanos chinos con dinero son enterrados, la mayoría en mausoleos que parecen pequeñas (o grandes) residencias veraniegas. La mayoría tienen agua corriente (muchos caliente y fría), baños y algunos incluso aire acondicionado, cocinas... los más ricos tisponen también de enormes lámparas araña de cristal, sofás... Si buscáis una visitad guiada, preguntad a los guardas, ya que ellos conocen a los vecinos del barrio que nos explicarán la historia de las tumbas más ostentosas por un precio razonable. Los días 1 y 2 de noviembre (Todos los Santos y el día de Difuntos), cientos de familias "chinoy" acuden a las tumbas de sus seres queridos para ofrecer flores y comida a sus ancestros, así como para reunirse y comer ellos mismos allí.


El mejor momento para vistarlo es horas antes del cierre (a las 19pm), cuando el sol empieza a ponerse y ya no queda apenas gente por las calles de este pequeño barrio fantasma. Los perros vagabundos añaden misterio y tenebrosidad al paseo. En algunas tumbas viven incluso familias sin recursos que tienden la ropa en los balcones de estas residencias fantasmagóricas. Hay para todos los gustos, desde adosados repetitivos e iguales de dos pisos hasta auténticas mansiones tipo "Ocean Drive". Y todas con sus tumbas en medio de los salones...


Para reponernos de la extraña visita y tomar algo, Manila cuenta con uno de los bares más extraños del mundo: el Hobbit House. Se encuentra en Malate, un barrio de bares más baratos y cutres que los de Makati. Entrar por su puerta redonda es adentarse en un local estilo "La Comarca" del Señor de los Anillos. Sus camareros son todos filipinos con enanismo. Algunos clientes encuentran esto gracioso, otros toman fotos sin parar y algunos lo encuentran desagradable. Además, cuenta con cantantes de blues en directo todas las tardes y noches.

Su carta ofrece una larguísima lista de cervezas de importación de todos los rincones del mundo. Tal vez el único problema es que, si bien en la carta los precios parecen razonables, luego la carga de los impuestos y sobretodo, del carísimo servicio, suben la cuenta a cantidades exageradas que hacen plantearse a muchos clientes si realmente merece la pena tomarse algo en este local de gente menuda. Que cada cual decida.

Si lo que nos apetece es un plan más cultural, lo mejor es dirigirse a Makati y pasar la tarde en el Ayala Museum. Arte, historia y artesanía filipina son la especialidad de este moderno museo. Empezando por la cuarta planta, encontramos cerámica, telas y lo mejor, joyas y oro filipino. La tercera planta contiene una muestra no muy grande de cuadros de los pintores filipinos más famosos como Luna y Amorsolo.

Por último, el segundo piso contiene una interesantísima muestra de más de 50 dioramas muy bien hechos que muestran los momentos clave de la historia filipina, desde la prehistoria más lejana hasta llegar a la revolución pacífica "EDSA" y la reconquista de la democracia en 1986 con la primera mujer presidenta de Filipinas: Corazón "Cory" Aquino. También hay algunas maquetas de barcos antiguos que pasaron por las águas del país archipelágico por excelencia.

En la planta baja existe una zona habilitada para exposiciones temporales. Actualmente está ocupada por una copia del Gernika gigante rodeada de varios cuadros y estatuas de 50 artistas filipinos y 50 españoles que reinterpretan en esas obras al cuadro más famoso de Picasso.

Y para todos los que puedan levantarse un sábado por la mañana (algo difícil por lo movida que es la noche en la capital filipina), el plan más recomendable es dirigirse al Salcedo Food Market. Se trata de una iniciativa vecinal que cuajó y ahora se ha consolidado como el paraíso de los amantes de la buena comida. En este pequeño parque rodeado de imponentes rascacielos residenciales encontramos platos preparados en casa de todos los rincones de Filipinas, pero también de todos los rincones del mundo: desde galettes bretonas a moussaka griega. Sin embargo, ya que estamos aqui, qué mejor que darse una vuelta por las islas sin salir de Makati (gastronómicamente hablando, claro). Desde el picante Bicol exprés, al jugoso lechón Cebú. También podemos decantarnos por el plato nacional: el adobo de pollo. O diriginos al puesto de Negros y degustar un sabroso pollo inasal (a la parrilla) o una deliciosa longanissa. Buscad el fresco queso de carabao. Las lumpiangs (frescas o fritas) caseras están de muerte. Y de postre, nada mejor que comprar una bandejita de alguna de las decenas de frutas tropicales peladas y troceadas que venden en los fragantes puestos de frutas y verduras.



Disponeos a curiosear primero por las diferentes casetas, disfrutando de los olores y colores de los diferentes manjares. Cuando os decidáis, id con vuestro plato a las mesitas del centro, mezclaos con el vecindario y preparaos para el festival gastronómico que viviréis esa mañana.

Dejando de lado los ultramodernos rascacielos de Makati, un lugar histórico de la ciudad es el decandente Manila Hotel, en pleno centro, que sin embargo guarda la grandeza que tuvo, no una vez, sino dos. En el momento de su inauguración (a principios de siglo) y posteriormente, durante el gobierno de Ferdinand Marcos, ya que su mujer, la famosísima Imelda, se dedicó a renovarlo y ponerlo de nuevo a tono en los años setenta atrayendo así a famosos como los Beatles o al presidente Kennedy.

Su hall es espectacular, con decenas de grandes lámparas de coral que cubren los altísimos techos. Sus cafeterías destilan elegancia aunque tomarse algo en ellas supondrá siempre un precio muy elevado para la media de la ciudad.

Pero la principal razón de acudir a este hotel es por la pequeña curiosidad que os recomiendo: vestios bien, dirijíos tranquilamente a la recepción, y pedid visitar la suite McArthur. Las amables filipinas os acompañarán a la enorme suite, más grande que muchos apartamentos que he visto. Es interesante ver el lugar que fue residencia durante cuatro años de uno de los generales más controvertidos de los EE.UU. Sin duda, fue él quien gobernó Filipinas durante los años cuarenta, más allá de que nominalmente hubiera un presidente filipino en el poder.

Recorrer la habitación, su despacho, el deslumbrante comedor con sus medallas enmarcadas o la cómoda sala de estar, es como volver atrás a los duros años de la posguerra, cuando Manila estaba destruida y éste general planeaba bombardear China con armas nucleares desde estas lujosas estancias.

Cementerio de Chinatown
Rizal Avenue extension Aurora Boulevard – LRT-1: Abad Santos

Hobbit House
1212, M H. Del Pilar St. - LRT-1: United Nations Avenue

Ayala Museum
Greenbelt 5 - Ayala Avenue – MRT-:Ayala

Salcedo Food Market
Jaime Velazquez Park - Salcedo Village - Taxi

Manila Hotel
1, Rizal Park - Taxi

dimarts, 9 d’agost del 2011

Ibiza

Eivissa, la grande de las Pitiusas, es uno de los lugares a los que me gusta volver. Ya es la tercera vez, y sin duda habrán muchas más ocasiones. Cuidado, porque si vais una vez, volveréis seguro: es un lugar que enamora.

Eso sí, personalmente recomiendo acudir los meses de junio o septiembre. La temperatura ya es cálida sin sofocar, hay mucho ambiente sin ser masivo y toda la oferta cultural, turística y festiva de la ciudad funciona a pleno rendimiento como en julio y agosto, pero a precios ligeramente inferiores. A pesar de todo, esta vez fui al finales de julio, pero debido a la situación de la pandemia, y a que por primera vez no hay temporada de discotecas, la isla estaba mucho más tranquila que de costumbre.

Como mi primera vez fue hace mucho y mi tercera vez ha sido una visita corta de dos días, matendré la narración que hice de mi segunda visita, con certeza la más especial. El caso es que aterrizamos el primer día por la tarde, cuando al sol le quedaban apenas unas horas de lucir, y con temperaturas muy agradables. Tras instalarnos en el hotel Don Quijote, en plena playa de Ses Figueretes, nos dirigímos al puerto para cenar algo y dar el primer paseo por la isla.

Quise volver a pasear por Sa Penya, el barrio a los pies de Dalt Vila. Es uno de los más animados de la ciudad. De noche, cientos de bares y terrazas se llenan de noctámbulos al acecho de una copa y también de un buen descuento para la mejor fiesta de la noche en una de las grandes discotecas. Con un poco de suerte, y haciendo amigos, incluso se podrá entrar gratis a algunas de las míticas fiestas, como la "Matinée" de Space o la "Troya" en Amnesia. El público LGTBI disfrutará especialmente de la pléyade de bares y terrazas a lo largo del carrer de la Mare de Déu.

Una de las cosas que más me gusta hacer en Ibiza es remontar Dalt Vila a través del Portal de Ses Taules con su larga rampa de piedra, entrando en la pequeña plaza de armas. Y observar, desde la tranquilidad y el silencio de la plaza de la Catedral, la agitada noche de los barrios de abajo, o más allá las luces de Pacha o la autopista a Sant Antoni. Caminar un poco más hacia las murallas y sentarse en silencio en su borde para respirar el aire limpio del mar con un suave olor a los pinos de la isla. Dejar que la brisa mediterránea, templada, agradable, nos acaricie la piel y disfrutar con el suave sonido de las olas admirando los yates y barcos varados en las aguas cercanas, pequeñitos en la lejanía, con sus lucecitas, donde se celebran algunas fiestas privadas. El lugar más romántico de la isla en una noche de junio de entre semana es, sin duda, la desierta plaza de España de noche, con unas vistas del mar y la isla impresionantes, una brisa perfecta y un profundo olor a pino que surge del parque de arriba.

Dalt Vila es uno de los oasis de silencio, tranquilidad y soledad que Eivissa ofrece, y que a la vez permite asomarse a las grandes fiestas que están teniendo lugar en el valle. A pesar de ser una antigua fortaleza, actualmente se encuentra plenamente integrada en la vida normla de la ciudad, con residencias, pequeños restaurantes, hornos, ultramarinos. Tal vez sigue mantiendo su función de fortaleza, pero esta vez frente a la fiesta, las masas y los ruidos de los otros barrios de la ciudad. El remanso de paz y el ambiente de pueblo que mantiene ferozmente Dalt Vila es impresionante. Su mezcla de arquitectura románica (con la catedral como máximo exponente), gótica (en palacetes e iglesias dispersas) y renacentista (sobretodo en las murallas) ofrece callejones con encanto sin igual.

Tras la noche de callejeo, al día siguiente tocaba playa. Con uno de los autobuses que salen de la céntrica avenida Isidor Macabich, y haciendo intercambio en la parada central de buses de Sant Antoni, nos dirigimos a la cala Gracioneta, pequeña y preciosa, aunque con un pequeño (gran) problema: siempre está a tope de gente. Su fácil acceso por transporte público, así como su cercanía a algunos hoteles (que por suerte no se ven desde la cala) hacen que sea un lugar muy frecuentado. Este fue el pequeño "castigo" por habernos dejado nuestros respectivos permisos de conducir en Madrid. A media tarde, cansados de sol y playa, volvimos a Ibiza capital.

Cuando ya el sol está tan bajo que no apetece estar en la playa, pero aún está lo suficientemente alto como para tener que esperar para cenar, lo mejor es darse una vuelta por Sa Penya, para curiosear en sus cientos de tiendas, especialmente las de ropa ibicenca o en las tiendas oficiales de las discotecas. Y entre tienda y tienda nada mejor que refrescarse en Gelato Ibiza, donde disfrutar de los mejores helados de la isla. La heladería se sitúa en Vara de Rey, el paseo arbolado por anatomasia de la ciudad, que une la ciudad antigua con el nuevo Eixample.

Tras esta pequeña vuelta, volvimos al hotel para una rápida cena y ducha, nos cambiamos y nos dirigimos de nuevo a Sa Penya, tomandonos como primera copa un espumoso cava en el Pura Vida, que cuenta con una agradable terraza en la bonita plaza del Parc. Tras comprobar si el dueño era o no tico, remontamos por las callejuelas de Sa Penya hasta llegar de nuevo un bar-terraza donde nos habíamos tomado unas copas el día anterior y nos habíamos hecho amigos de la italiana que lleva las relaciones públicas del local. Así que nos tomamos un chupito de hierbas ibicencas cortesía de la casa, y seguimos nuestro camino a la búsqueda de nuevos lugares. Recalamos por fin en Blue, que cuenta con una anímadisima terraza a los pies de Dalt Vila donde conocimos a unos holandeses. Nos contaron que, al día siguiente, iban a la fiesta de la Troya.

Al día siguiente, de nuevo en Sa Penya, desayunamos en el Croissant Show, justo enfrente del Mercat. Se trata de un lugar pintoresco y animado donde tomar el pulso a la animada mañana ibicenca. Por cierto, el Croissant Show es un local perfecto para los nostálgicos de la bollería francesa. Aquí la hacen exactamente igual que en las boulangeries parisinas. Tal cual. Además del preceptivo croissant, y del sano zumo de naranja natural, opté por tomarme, además, una baguette crujiente y calentita con terrine de canard y pepinillos. Un gran desayuno. Justo enfrente se encuentra el mercado público de la ciudad, cobijado en un edificio neoclásico que imita un antiguo templo griego y donde encontraréis desde paradas de frutas y verduras frescas hasta artesanía, flores e incluso puestos especializados en la mítica sal de Ibiza. Y hablando de sal, ese día pusimos rumbo a platja Ses Salines, una playa alargada y muy animada detrás de las curiosas salinas de Ibiza, una infraestructura enorme construída en tiempo de los romanos para extraer sal del mar y comerciar con ella. Tras pasar el dia disfrutando de las cristalinas aguas, viendo los yates y a gogós y RRPP de las diferentes discotecas repartiendo descuentos para las fiestas de la noche, volvimos al hotel a cenar y descansar un rato.

Ya de noche, de nuevo rumbo a Sa Penya para tomarnos las primeras copas en la terraza de nuestra amiga italiana. Esta terraza, además de tener un precio aceptable, y de invitarnos a chupitos, está situado en un lugar precioso, en medio de calles empedradas, empinadas y estrechas y rodeado de casas blanquísimas. Tuvimos la gran suerte de que pasaron por allí la Troya (la drag-queen más famosa de Ibiza) con toda su corte de gogós. Y resultó que la mayoría eran amigos de nuestra colega la italiana del bar. Así que tras los saludos y las fotos, nos pusieron una pulserita de entrada gratis a la fiesta más famosa de Amnesia, que se celebra todos los miércoles. Y eso que normalmente cuesta 40 euros entrar. Un ratito más de copeo y enseguida taxi a Amnesia, situada a mitad de la autopista que une Ibiza con Sant Antoni.

He de decir que me encantó esta discoteca. Con sus dos salas gigantes, podemos elegir dos tipos de música. En una, cientos de bailarinas y con un tipazo de infarto danzan en el segundo piso con movimientos que hipnotizan mientras que en la pista de bajo cientos de personas se mueven al ritmo de la mejor música house. En la otra sala, los y las miembros de la corte de la Troya rodean la enorme pista situados en sus podiums, moviendose con sus extraños bailes, mientras que de vez en cuando la misma Troya sale a su propio escenario para dar sus charlas raras y cantar su canción. La música suele ser más electro-dance con algunas canciones del momento remixeadas. Lo mejor de esta sala son los enormes chorros de aire frio con humo que salen a toda presión durante los momentos de "subidón" de las canciones.

La mañana siguiente, cansados, la consagramos a la piscina del hotel. Situada en el terrado, se podían apreciar las vistas de toda la ciudad de Ibiza. La verdad es que lo único bonito es Dalt Vila, el resto de barrios de la capital pitiusa dejan bastante que desear.

El sol y piscina de la mañana dieron paso a una tarde de turismo por Dalt Vila. Remontando sus estrechas calles entramos en el Museu Puget, para curiosear fotos de la Ibiza de los años 50. Vale la pena entrar también por estar situado en un antiguo palacio, el de Can Comasema. Después, coronamos el barrio en el impresionante mirador donde admirar el puerto. Entramos en la robusta catedral de Santa Maria de Mitjavila, gótica, sorprediéndonos la gran losa de marmol en una de las paredes, dedicada a los caídos "por Dios y por España" siendo que el primero es un familiar del ex ministro de Asuntos Exteriores Abel Matutes, también conocido por ser uno de los "caciques" de la isla.

Bajamos y cogimos un bus rumbo a Sant Antoni, para ver una de las puestas de sol más famosas: la que se da en el paseo marítimo donde está situado el mundialmente conocido Café del Mar. Un consejo básico: compraos vuestra bebida favorita en uno de los supermercados del centro de Sant Antoni, sentaos en las rocas de delante del Café del Mar y preparaos para disfrutar de la misma increíble puesta de sol que los que están pagando cinco veces más por vuestra bebida en la terraza del famoso café. Y además, estareis escuchando la misma música (las inigualables remezclas del café). Eso es lo que hicimos. Cuando el sol se fue, nosotros, paseando por el paseo marítimo con la luz crespuscular, fuimos captados por un simpártico RRPP italiano (como no) para cenar en un restaurante con espectáculo enfrente del mar, con una jarra de sangría gratis invitación de la casa. No nos arrepentimos, ya que la carta de comida italiana o pollo con curry era sencilla pero a buen precio, y además, la terraza, con piscina y todo, era muy agradable, enfrente de la bahía, con la suave brisa del mar refrescándola. Para acabar de mejorarlo, tuvimos el espectáculo, que al principio consistió en un soso grupo de chicas de la discoteca Edén que apenas bailaron. Pero luego, un grupo de acróbatas nos impresionó mientras una tragafuegos hacia un número espectacular. Además, un amable señor iba con una shisha ofreciéndola a los asistentes para que la probaran.

Volvimos a Ibiza ciudad para las fiestas de Sant Joan ya que ponían fuegos artificiales, hoguera grande y DJ en la playa de Ses Figueretes, enfrente de nuestro hotel. Llegamos justo a tiempo, con las luces de colores creadas por la pólvora iluminando la noche más corta del año, el DJ pinchando a tope y la gran foguera de trozos de madera que se empezaban a consumir por enormes lenguas de fuego.

Tras un ratito allí, rápidamente nos fuimos al puerto, rumbo a la discoteca más más famosa de la isla, y tal vez del mundo: Pacha. Y por supuesto, elegimos ir el jueves por tener lugar la fiesta más conocida: F*** me I'm Famous by David Guetta feat. Cathy. He de decir que es un espectáculo que hay que ver al menos una vez en al vida. El DJ número uno a nivel mundial es además muy cercano al público, y lo da todo en sus sesiones. Se emociona como el que más y, si tenéis la suerte de estar cerca de la cabina, le podremos saludar chocándole la mano personalmente. El equipo de luces y de sonido es increíble, las decenas de gogós bailando o columpiándose crean un ambiente de fiesta total. Además, de vez en cuando aparece Cathy, la guapísima mujer de David, para animar aún más la fiesta lanzando globos, abanicos y bailando. Los famosos robots de Pacha, que se mezclan a bailar con el público, con sus miles de lucecitas, sus movimientos y su lanzamiento de láser, llamas o chorros de aire helado completan el show. Y por supuesto, los éxitos del DJ francés remezclados en directo por él mismo, suenan en un alarde de excelencia musical. 

Problemas: las copas a 25 euros, las cientos de personas que abarrotan la fiesta haciendo imposible moverse o el local, mucho menos impresionante que Amnesia, por ejemplo. Pero bueno, Pacha Ibiza siempre será Pacha Ibiza.

Tras acabar la fiesta, con el sol asomando por arriba de Dalt Vila, nos fuimos a dormir un rato. Cuando nos levantamos, decidimos celebrar Sant Joan comiendo en uno de los restaurantes más antiguos y populares de la capital pitiusa: precisamente el bar Sant Joan. Barato y de la mejor calidad que se pueda encontrar en Ibiza, con comida tradiciona de la isla. Un poco oscuro, alicatado y con puertas de madera, este local es una auténtica tasca tradicional, limpia pero siempre abarrotada. Hay que estar dispuesto a compartir mesa con desconocidos, ya que los sitios son muy limitados. Una sepia a la plancha con ensalada mediterránea y limonada recién exprimida fueron mis elecciones. Asimismo, pedimos para el centro algunos calamares y un cuenco de all i oli casero. Y de postre, un trozo de greixonera, el típico pudín ibicenco, muy jugoso y con un sueve toque de canela, hecho a base de ensaimadas revenidas.

Tras una comida sana y por cierto, barata, andamos un rato, atravesando el puerto hasta llegar a la platja Talamanca. Con forma de media luna, es una playa aceptable, por ser muy accesible y estar poco urbanizada. Con esta agradable tarde en la playa pusimos punto y final a nuestros cinco dias en la "isla bonita". Espero volver lo más pronto posible.

dilluns, 1 d’agost del 2011

De restaurantes por Manila.

 Manila es actualmente un conglomerado de 17 ciudades unificadas por decreto en época de la dictadura de Marcos, treinta años atrás. Por eso, Metro Manila, con sus 12 millones de habitantes, es una metrópolis en la que encontrar todo tipo de comida, aunque obviamente siempre es más fácil encontrar restaurantes chinos, thai o japoneses, que restaurantes franceses o brasileños. Además, los filipinos están orgullosos de su gastronomía nacional por lo que la gran mayoría de restaurantes de la ciudad (sin contar con los cientos de locales de comida rápida) están especializados en la cocina pinoy.

Los platos nacionales, siempre con la base de los ingredientes, sabores y gustos locales, han recibido grandes influencias de los españoles (primeros colonizadores) y chinos (fuerte inmigración durante toda la historia). Pero también de los norteamericanos (segundos colonizadores) después. Esta interesante mezcla ha dado lugar a que la mesa filipina sea muy variada tanto en maneras de preparación como en texturas y sabores.

En esta entrada intentaré comentar mis incursiones por algunos restaurantes emblemáticos de la capital donde apreciar las cocinas nacional e internacional. Por cierto, a precios siempre muy bajos para la mayoría de occidentales. Comer bien en un restaurante decente a la carta nunca suele superar los 20 euros (1,400 pesos) con todo incluido, algo impensable en Europa. Si pedimos menú el precio bajará bastante y si lo que escogemos es cenar, tal vez paguemos un poco más. Lo que tiene que quedar claro es que será raro superar los 25 euros por persona incluyendo bebidas, incluso en los lugares más pijos.

Empezaremos por Intramuros, el barrio amurallado donde originalmente vivieron los colonizadores españoles, separados de la población indígena, en las típicas mansiones coloniales, en cuyas cocinas se gestó la gastronomía criolla tan bien reflejada en Barbara's. Este restaurante, enfrente de la preciosa iglesia de San Agustín (una de los primeros templos católicos construidos en Extremo Oriente) está situado en una auténtica mansión hispanofilipina y nos ofrece un estupendo buffet colonial a mediodía, tal y como lo hacían varios siglos atrás los españoles ultramarinos.

Todos aquellos que deseen desatar durante unas horas al colonizador que llevan dentro, se sentirán en su salsa cortando los crujientes trozos de lechón asado con cubiertos de plata en una mesa con mantel y servilletas de tela. La limonada de kalamansi (la pequeñísima lima filipina) es servida con hielo en elegantes jarras con apliques de plata y bebida en copas de cristal. Además, el comedor está situado en el segundo piso de un partio cuyo suelo es de madera, está iluminado por un gran candelabro de plata. Aunque sin duda, lo que nos traslada a siglos pasados es la banda de músicos en directo que toca instrumentos tan españoles como la guitarra. Sus ritmos hispanos y sus canciones en español antiguo dan el toque de gracia a este local tan especial, por cierto, a precios medios.

Algo más caro encontramos el excelente buffet del Spiral, el restaurante del lujoso Sofitel Plaza Manila. Además de una enorme variedad de platos internacionales con especial énfasis en las cocinas china, japonesa y mediterránea, el buffet es un lugar excelente donde conocer los platos nacionales filipinos. Su calidad es indiscutible y el refinado ambiente, insuperable. De hecho, numerosos críticos lo han calificado como el mejor buffet de toda Asia.

Además de trozos de pescados locales que los cocineros nos asarán a la parilla al momento delante de nuestros ojos, uno de los platos que alcanzan la perfección aquí es, precisamente, el postre más filipino que existe: el halo-halo. Los pinoys consiguen resumir en un vaso su idiosincrasia nacional. Trozos de frutas en almíbar, maíz dulce, garbanzos, alubias y gominolas mezcladas con hielo picado y todo ello regado con almíbar y leche de coco, coronado por un poco de helado de ube (una fruta filipina de color morado) y un trozo de leche-flán (el flan español al estilo filipino).

En efecto, los españoles les trajimos el flan, los chinos el gusto por usar el maíz, los garbanzos y las alubias en los postres, los norteamericanos le metieron gominolas y los filipinos lo enfriaron todo para aminorar las temperaturas tropicales de la capital, le añadieron algunas de sus frutas y su helado favorito (el de ube) y lo endulzaron todo con almíbar y leche de coco. He aquí una nación resumida en un postre.

En el buffet del Spiral, los ingredientes de este postre son de la mejor calidad y están elegantemente separados para que cada cual se construya su halo-halo al gusto. No hay forma mejor de acabar una excelente comida.

Si lo que se quiere es probar la cocina filipina casera del siglo pasado, entonces hay que dirigirse a uno de los restaurantes más curiosos y románticos de la ciudad: La Cocina de Tita Moning. Situado en una casona del barrio de San Miguel, este restaurante solo es accesible mediante reserva en la cual elegiremos uno de los catorce menús propuestos. Para llegar hay que pasar el control de seguridad del Palacio de Malacañang, ya que la casona está situada en el barrio presidencial. Cuando lleguemos, nos servirán un té frío con "lemongrass" acompañado de unas tostas de queso de bola (típico filipino) derretido.

Luego haremos el tour por la antigua casa de Tita Moning, Doña Ramona Legarda, esposa de Don Alejandro Legarda, un renombrado doctor filipino. Los nietos de esta señora, cuando murieron sus abuelos, decidieron poner la casona y el servicio a trabajar como un restaurante que sirviera exactamente los platos que los señores de la casa solían comer desde el siglo pasado. Por eso, primero visitaremos la antigua biblioteca del doctor (con numerosos tomos médicos en castellano), la sala de observaciones (donde hay un esqueleto real) o las habitaciones y salones, con decoración de la época y cuadros de artistas filipinos de gran valor. Tras la ruta, nos sentarán en elegantes mesas servidas tal y como hacían los señores de la casa en sus decenas de fiestas, y se nos servirá el menú escogido, que seguramente se sirvió en innumerables ocasiones.

Mi cena empezó con el servicio de pan, mantequilla y "salsa monja", un condimento que las monjas hacían para acompañar las comidas y darles un toque más sabroso, a base de ajos y cebollas. Luego seguimos con una ensalada de remolacha rostizada con lechugas y queso de cabra de Davao tostados con nueces caramelizadas. Luego vino la Sopa de Oro, una deliciosa sopa con base de calabaza. Seguimos con la especialidad de Tita Moning: el filete de cerdo lentamente asado en filete acompañado de crujientes cortezas con una deliciosa salsa y batata endulzada.

También nos sirvieron una pequeña "paella valenciana", buena pero nada valenciana, y ubod fresco salteado, que es una verdura típica filipina. Todo regado con agua de pandan, que es algo muy filipino, un sabor muy fuerte pero curioso que ya pasó de moda ponerlo en el agua (como si se hacía antes) y sólo se usa para ciertos refrescos y postres.

De postre, empezamos con bananas de Saba caramelizadas con salsa de Vermouth caliente, seguimos con un plato de frutas de temporada y acabamos con el delicioso pudding de pan y mantequilla de Tita Moning, acompañado de una taza de chocolate nativo espeso y caliente.

Todo el servicio de la mesa, que tiene un centro de pétalos de rosas con velas y una estátua de cristal de Murano que compró Tita Moning en un viaje a Italia en 1920. La porcelana, copas y cubiertos que usaremos forman parte de la colección que los Legarda hicieron durante sus innumerables viajes. Cada mesa tiene un objeto decorativo diferente, todos de gran valor. Es una experiencia sin igual, con un buen servicio y un ambiente de ensueño. Perfecto para cenas románticas o para recordar la Manila más elegante.

Otro lugar donde probar la cocina mestiza o hispanofilipina es el Don Quixote, el restaurante del Casino Español. Hasta hace unas décadas era el lugar donde los españoles residentes en la capital se asociaban para poner en marcha actividades culturales, deportivas, gastronómícas, asistenciales, festivas... etc. Por supuesto, no podía faltar en el Casino un buen restaurante en el que los socios pudieran comer o cenar de vez en cuando así como celebrar sus reuniones, fiestas o eventos acompañados de buena comida.

El Don Quixote está decorado al estilo de la típica taberna castellana. Las especialidades filipinas e hispanas al estilo filipino se mezclan en la carta. Pero que nadie crea que la paella "a la valenciana" va a saber igual que en l'Albufera de Valencia: aquí la hacen en recipientes diferentes y mezclan pollo con marisco. Sin embargo, la sopa de ajo que preparan es la mejor de toda Manila, con sus trocitos de chorizo incluidos. Uno de los mejores platos mestizos servidos aquí es el sug po langostino con aligui. Se trata de langostinos ya pelados preparados en una deliciosa salsa con huevas de cangrejo.

Si se hecha de menos el cordero lechal a la brasa, los calamares a la romana o una buena copa de Rioja, este es el lugar donde matar la morriña, a muy buen precio. Son muy recomendables los tres menús del mediodía, que cambian cada día, por menos de 10 euros. Además, los camareros hablan español.

Pero no todo es comida filipina o criolla en Manila. Como ciudad cosmopolita, también dispone de excelentes restaurantes de comida internacional. Uno de los mejores es sin duda Ziggurat, cerca de Makati Avenue, entre las callejuelas Tigris y Eúfrates (estos letreros, invento del propietario). Este restaurante semi oculto se ha convertido en el actual destino de peregrinación de todos los fanáticos de las comidas musulmanas del mundo residentes en Manila.

Su carta es larguísima (de hecho, una de las más largas que jamás haya visto), casi como leer un periódico. Sección a sección descubriremos comidas de las que jamás habíamos oído hablar como un delicioso arroz de Afganistán o un conjunto de salsas etíopes con nombres impronunciables. Los amantes de la comida persa quedarán satisfechos con sus kababs y los de la marroquí quedarán fascinados por su variedad de tajines.

Eso sí, hay que tener en mente varias opciones y ser paciente, ya que en este restaurante muchas veces faltan ingredientes por lo que cada noche hay platos que no estarán disponibles. Por lo demás, venid con hambre, quitaos los zapatos y sentaos en las alfombras de uno de los rincones con mesas bajas y preparaos para disfrutar de un viaje gastronómico a lo largo de los dominios de la religión de Mahoma.

Aunque si lo que buscais es algo más moderno y occidental, no os movais de Makati Avenue y entrad en el chic Society Lounge, que se autodefine como un "french fashion modern food restaurant".

Situado en una de las mejores avenidas de la ciudad, este restaurante ofrece vistas al Ayala Triangle, uno de los parques más modernos de Filipinas, rodeado de los más altos rascacielos del país, sedes de las principales firmas internacionales.

El interior, con decorado muy contemporáneo, no es excesivamente grande. Pero la música en directo por las noches es excelente, toda latina, con canciones hispanas, francesas y lo mejor: música brasileña. Cuando el grupo no está tocando y cantando esto, es un DJ en directo el encargado de amenizar las veladas.

Ya entrando el tema comida, la sencilla carta nos ofrece comida basada en la nouvelle cuisine con toques muy filipinos. El magret de pato está preparado con una salsa dulce de mango muy jugosa. Y las patatas dauphinoises que lo acompañan están presentadas muy a la francesa, cortadas en láminas, apiladas y con el delicioso queso roquefort fundido cohesionándolas.

Sin embargo, no os dejéis fascinar por algunos nombres de la carta. La tempura de cocodrilo por ejemplo, por muy exótica que parezca, es uno de lo platos menos sabrosos, y por tanto menos recomendables. Sin embargo, la "tartine" de queso de cabra con confitura de cebolla es simplemente deliciosa.

El grave problema del Society es su nefasta relación calidad precio. Para los precios de Manila, la factura de este restaurante es demasiado alta y no está para nada relacionada con la calidad de los platos, que es bastante media.

Por último, no me gustaría cerrar esta entrada sin comentar la enorme variedad de cadenas de comida rápida que inundan la capital filipina. Comer en estos locales suele costar entre euro y medio y cinco euros (100 a 300 pesos) y la mayoría ofrecen menús con bebida y acompañmientos que son suficientes para saciarnos. De entre la enorme variedad destacaría dos cadenas: por un lado, el Mang Inasal, que ofrece comida típica de la isla de Negros de buena calidad y a buen preciom, como las sabrosas brochetas de cerdo o el jugoso pollo a la parrilla. Todo acompañado de arroz ilimitado. Por otro lado, ChowKing ofrece comida "chinoy" a precios populares, como pollo a la naranja o lumpiangs Shanghai de buena calidad y sabor delicioso. El siaopao de asado está a muy buen precio y os encantará. Especialmente recomendable también es su halo-halo, aunque por supuesto, no supera al del Spiral.

Ya sea mordiendo una crujiente lumpiang al son de la música mestiza en Barbara's, disfrutando del mejor halo-halo de la ciudad en Spiral. degustando los sabores de Afganistán o Etiopía en Ziggurat, volviendo a principios del siglo XX en La Cocina de Tita Moning o brindando con rosé francés en el Society Lounge, lo cierto es que Manila tiene una oferta gastronómica para satisfacer al paladar medio. El único problema es el exceso de locales de fast food y la necesidad de más restaurantes con personalidad, alejados de los repetitivos locales de los malls.


Barbara's
Comida colonial hispanofilipina.
General Luna St. / Plaza San Luis. LRT 1: Central.

Ziggurat
Comida islámico-hindú.
Makati Avenue with Durban St. MRT 3: Guadalupe + taxi.

Spiral
Comida filipina e internacional.
Sofitel Plaza Manila – CCP Complex Roxas Boulevard. LRT 1: Vito Cruz + taxi.

La Cocina de Tita Moning
Comida filipina de principios del siglo XX
San Rafael St. / Near Malacañang Palace : taxi

Don Quixote
Comida hispano-filipina.
Casino Español – 855, Teodoro M. Kalaw St. LRT 1: United Nations Avenue.

Society Lounge
Comida fusión francesa-filipina
Atrium Building: Makati Avenue with Paseo de Roxas. Taxi.

dijous, 28 de juliol del 2011

Palawan I - Busuanga & Puerto Princesa

La última frontera de Filipinas. Así se presenta esta provincia, sin duda una de las más remotas del país. Esta isla y sus islitas pequeñas forman en conjunto la forma de un paraguas cerrado. Así la llamaron los exploradores españoles y así se quedó para los filipinos: de "paraguas" a Palawan.

Nuestra ruta empezó por el extremo norte: la isla de Busuanga. Aterrizamos en el YKR Airport con un avión de hélices de la mítica Cebu Pacific Airlines, la low cost filipina por excelencia. Y de allí, una horita en furgoneta hasta Corón, capital de la isla, que por lo demás es muy rural. Esta pequeña población tiene algunos atractivos turísticos interesantes. Nada más llegar subimos al monte Tapyas, una colina verde con escaleras interminables y muy empinadas. Pero vale la pena el esfuerzo,:las vistas desde arriba son impresionantes. El pequeño pueblo de Corón a los pies de la montaña y a la vez, pegado al mar, conforma un conjunto paisajístico de cuadro. Las miles de islas que salpican el resto del océano junto con el cielo y algunas nubes alargadas lo rematan. También nos sorprendimos de ver las altas hierbas de las laderas mecerse al compás de viento emulando una gran alfombra verde. Tras esta pequeña excursión, la furgoneta que alquilamos nos llevó a las Makini Hot Springs, unas pequeñas cataratas de agua muy caliente (40 grados) que salen directamente de la tierra, tras haber pasado al lado de lava volcánica en activo. Era la primera vez que veíamos este fenómeno natural, y a todos nos sorprendió mucho la altísima temperatura de estas aguas naturales tan calientes como una bañera. Según los filipinos, estos manantiales tienen algunas propiedades termales positivas. Sin embargo, también avisan de que las personas con tensión baja (como yo) no permanezcan mucho tiempo bañándose, ya que la alta temperatura hace que la tensión baje aún más. Así que a los 15 minutos nos salimos, era demasiado caliente.

Volvimos al hotel, un pequeño resort situado cerca del puerto, cuyas habitaciones estaban construidas encima del mar. Y decidimos cenar en el pequeño restaurante del hotel, que ofrecía un pequeño menú de comida japonesa.

Al día siguiente contratamos una excursión a la isla Corón, que es la que se encuentra enfrente del pueblo, a 20 minutos en bangka (el tradicional barco filipino, estrechos en el medio y con dos largos maderos estabilizadores a los lados). Así que, con los tres tripulantes y nosotros siete, pusimos rumbo hacia la isla donde se rodaron algunas de las escenas de la película King Kong. Una isla altísima con escarpadas rocas cubiertas de selva que dan directamente al mar. Estos territorios son considerados dominio ancestral de los Tagbanua, antigua tribu pescadora que ahora también se encarga de gestionar los accesos a estas zonas naturales vigilando el impacto turístico en algunas zonas vulnerables y cobrando un pequeño impuesto de 100 pesos (un euro y medio) a cada visitante que desea entrar en alguna de las zonas protegidas de la isla.

Empezamos parando en Siete Pecados, un parque marino perfecto para hacer snorkel. Se trata de un santuario protegido donde ver corales de colores, negros erizos de mar con pinchos amenazantes y sobretodo miles de peces de colores, grandes, algunos pequeños y que siempre nadan en grandes grupos, otros muy grandes con largas bocas que asustan un poco... y las aguas, cristalinas.

Tras observar las profundidades, seguimos rodeando la isla y llegamos a una pequeñísima playa en la que habían unas escaleritas que trepaban por la roca atravesando la selva. Tras una subida no muy larga, admirando los paisajes de mar e islas, llegamos a un lago interior: el Kayangan. Formado en el antiguo cráter del volcán que formó la isla, este lago ahora acumula agua dulce. Bañarse en él impresiona por la altura de sus paredes y el paisaje selvático que lo rodea. Bucear en el fondo de este lago es como admirar un paisaje lunar.

Para descansar de todas estas actividades desembarcamos luego en Banol Beach, una corta playa de arena blanca en la que tumbarse en silencio, darse un baño y relajarse con el sonido de las olas o del vibrar de las palmeras al viento. Aquí fue donde comimos, en una de las cabañas que los nativos han construido para los visitantes. Los marineros que contratamos en nuestro barco sacaron los bártulos y nos prepararon una excelente barbacoa a fuego de leña con carne de cerdo y pollo en la misma playa. Además, llevaban arroz blanco (imprescindible en Filipinas), ensalada de pepino, tomate y una fruta filipina que no logré descifrar, y una salsa avinagrada a base de hortalizas que picaba un poco. Delicioso. Y de postre, un racimo de plátanos pequeñitos pero muy sabrosos.

Lo gracioso de esta playa es el monito que vive con los nativos. Estaba atado con una cuerda que se mueve por un largo palo por la que va caminando. Recomiendo no acercarse mucho, ya que le encanta saltar encima de los turistas para asustarlos.

Tras la comida y una pequeña siesta reparadora al sol, pusimos rumbo a la siguiente parada: una zona de mar al lado de la isla en la que encontramos el pecio más accesible, que se puede ver sin necesidad de equipo de buceo. Se trata del Lusong, un barco de guerra japonés hundido por la fuerza aérea norteamericana el 24 de septiembre de 1944, en las postrímerias de la II Guerra Mundial. En estas aguas se hundieron más de una docena de barcos de guerra nipones, y este se puede observar con un simple equipo de snorkel básico: buenas gafas de buceo, aletas y un tubo. Impresiona bastante verlo, ahora cubierto de corales y con peces de diferentes colores habitando en su alrededor. Varios intentamos sumergirnos lo suficiente para nada cerca ,pero los nueve metros de profundidad a los que se encuentra se notan, y la presión en los oídos para los que nunca hemos buceado es insoportable. Sólo dos que tenían experiencia consiguieron sumergirse y nadar en el barco mismo. 

 La última parada de la excursión, y ya un poco cansados de tanto ejercicio, sol y barco, era los lagos gemelos o Twin Lagoon. Aquí el barco se acercó a la isla, a la roca, cerca de un pequeño agujero en la misma, donde tuvimos que bucear un poco entre las rocas para acceder al interior. Una secreta entrada de mar, enorme, rodeada por las altas paredes selváticas de la isla, fue lo que encontramos.

Tras un día tan activo conociendo paisajes paradisíacos, desembarcamos de nuevo en Corón, y tras ducharnos fuimos a comer al Bistro Coron, un pequeño local con especialidades de toda Europa y Asia, aunque muy centrado en la comida francesa. Recomendable también por sus platos de pescado. El preparado al ajo y hiebas está muy bien.

A la mañana siguiente navegamos 8 horas en dirección sur hacia la isla principal de Palawan. Sólo sale un barco cada dos dias, cuesta alrededor de 38 euros y dura demasiado. Pero es el único medio que comunica Corón con El Nido. Esta última se trata de una pequeña población que cada vez es más famosa por sus increíbles playas y sus paisajes de infarto. Además, en 2010 sus playas fueron calificadas como las segundas mejores del mundo, según el diario británico The Guardian. Podéis leer más de mis viajes a El Nido aquí.

A mitad paramos unas horas en el famoso río subterráneo de Savang, patrimonio de la humanidad-UNESCO, y según los locales, una de las 8 maravillas naturales del mundo moderno. Se accede a ellas a través de una bangka que nos llevó hasta la reserva natural: una selva con lagartos filipinos gigantes y monos sueltos. Y luego hay que esperar un rato hasta que toque el turno de tu grupo para entrar en una pequeña barcaza con un guía que va explicando a qué se parecen las rocas que van apareciendo durante el trayecto.

El río atraviesa unas grutas enormes, sobretodo la parte conocida como "la catedral" con techos de unas alturas increíbles y formaciones naturales que nos recordarán a la sagrada família o al rostro de Jesucristo. También hay berenjenas, bananas, champiñones, y muchas otras rocas a las que muchas veces, y por mucho que se empeñe el simpático guía, es imposibles verles el parecido.

Impresionantes son también los cientos de murciélagos dormitando en el techo a los que veremos solo cuando apunten el foco de nuestra barca hacia arriba. Y los miles de pájaros que entran y salen del río. Las decenas de goteras nos mojarán de vez en cuando y tal vez la mejor anécdota es cuando aparezca la roca más famosa del recorrido: Sharon "Stone", una figura natural muy similar a la espalda, culo y piernas de una mujer.

Los filipinos están particularmente orgullosos de esta atracción natural, tal y como lo prueban los cientos de turistas nacionales que abarrotan la cola de las barcas. Sin embargo, hace unos años, un río subterráneo descubierto en México le quitó el honor a Savang de ser el más largo del mundo.

Llegamos a Puerto anocheciendo. Buscamos un hotel barato y encontramos uno con un cuarto donde cabíamos los siete (cuatro chicas y tres chicos). Aquel cuarto parecía un campamento. Salimos a dar una vuelta por la ciudad y de paso comer algo. Y sinceramente, a parte de paseo marítimo, que tampoco era gran cosa, Puerto Princesa es una capital provincial más, sin mucho que ver. Tal vez nos faltaron los museos, pero no teníamos mucho tiempo. El sábado por la mañana cogíamos el vuelo de vuelta a Manila

Por tanto, me queda por ver el sur de Palawan, mucho más rural y sin carreteras, y explorar mejor Puerto Princesa. Y también bucear. Pero eso será ya dentro de muchos años. Prometo contaroslo.

dilluns, 11 de juliol del 2011

Marrakech & Essaouira

Gracias a compañías low cost como Ryanair o Easyjet, miles de europeos nos acercamos cada vez más a Marruecos. Y sin duda, el destino estrella es Marrakech. Tal vez algunos lo hagan por ser la ciudad más conocida del país o tal vez otros lo hagamos guiados por aquel célebre comentario de Winston Churchill, cuando afirmó que si sólo se disponía de un día para visitar Marruecos, se escogiera Marrakech.

Y en efecto, tras salir de un avión por cuyo pasaje pagamos menos de 10 euros por persona, nos recogió el chófer del primer riad al que nos dirigíamos. Era mi primera vez en el país vecino y no quería empezar mi visita peleandome con taxistas y por los precios exigidos. Y tampoco quería perderme intentando entender las líneas de autobuses. Acerté. La medina de la ciudad es un laberinto indescifrable para un foráneo y si no nos llegan a dejar en la puerta del riad, no sé como lo hubiésemos encontrado.

El calor era sofocante y se estaba levantando la típica tormenta de arena. Aún así, y tras recibirnos muy amablemente, la bretona dueña del riad Al Rimal nos ofreció sendos tés a la menta bien calientes, así como los típicos dulces árabes a base de frutos secos, hojaldre y miel, tan dulces y crujientes como pegajosos. Es la hospitalidad árabe, y por tanto la aceptamos encantados a pesar del calor y sequedad que teníamos.

Porque los riads son así. Edificios enteros de la parte antigua de la ciudad en los que viven los dueños y de los que alquilan habitaciones. Lo que en francés se llama "maison d'hôtes". En Marruecos, la cultura del riad alcanza en ocasiones una calidad soberbia. Las casas están decoradas con un gusto sublime, muchos tienen piscinas en los patios interiores y las habitaciones son muy cómodas, así como los elegantes cuartos de baño, con geles, champús y cremas de fragancias tan del gusto árabe como el jazmín o el almizcle.

La parte positiva del riad es que, en general, la decoración y el servicio son excelentes, ya que son los dueños del lugar los que te están alojando. Esto te permite conversaciones interesantes, un trato más personalizado y cercano y una mayor tranquilidad. La parte negativa es que existe una tendencia a que los riads sufran un proceso de "hotelización" y cada vez más los dueños contraten a personas que atiendan el negocio mientras que ellos se trasladan a vivir a otro lugar.

Recuerdo la impresión de pasar de las sofocantes y bulliciosas calles de la medina a la tranquilidad y frescura del riad, con un patio central ocupado por una piscina con un puentecito, un salón con sofás y alfombras y unos amables y atentos dueños que tras charlar y ofrecernos su hospitalidad, nos llevaron a nuestra habitación.

Tras una estimulante ducha perfumada, salimos a explorar las callejuelas y el zoco local. Y lo primero que se constata es que la ciudad es roja. En Marruecos se dice que cada ciudad tiene un color. Marrakech no engaña: todas sus casas y construcciones guardan una armonía cromática de un rojo arenoso. Aunque sin duda, lo que más impresiona de la ciudad es su famosísima plaza Djeema el Fna, patrimonio oral de la humanidad-UNESCO. Decidimos explorarla después de cenar, por lo que la cruzamos apresurados al principio.

El caso es que buscábamos cenar la comida típica de Marrakech: la tanjia. Preparada en los mismos recipientes que los tajines, la tanjia está compuesta únicamente por trozos de carne de vacuno especiados y asados en hornos de barro durante varias horas. Optativamente se le puede acompañar de sémola y verduras aunque preparadas en tajines diferentes. Por tanto, su sabor no es muy diferente al del cuscús.

Recomendados por los dueños de nuestro riad, fuimos precisamente al "Tanjia", el restaurante especializado de la ciudad. Con las mesas dispuestas alrededor de un patio de dos pisos, y música marroquí sonando, el lugar es muy auténtico. La luz ténue, la decoración con velas, los camareros vestidos con ropas tradicionales o las bailarinas danzando entre las mesas hacen de este restaurante el lugar perfecto para los turistas al uso. Eso lo convierte en un lugar a evitar desde mi punto de vista. Además, los precios son el triple de lo que pagaríamos en cualquier otro lugar por la misma comida.

Algo decepcionados, volvimos al hotel con el firme propósito de buscar al día siguiente un guía local que nos enseñara bien la ciudad. Sin embargo, volvimos a salir por entre los callejones a la famosa plaza Djeema, y decidimos, esta vez, explorarla un poco. El lugar está presidido por el gran minarete de la mezquita más grande de la ciudad, del que es copia exacta la Giralda de Sevilla. La plaza es un lugar que bulle, con encantadores de serpientes, bereberes que ofrecen decorar la piel con henna, miles de puestos de comida típica, domadores de monos (uno de los cuáles me puso al suyo encima)... etc. Aunque lo más característico son sus decenas de puestos de zumo de naranja recién exprimido.

Los vendedores de zumo, desde sus puestos apiñados uno tras otro y parapetados de cítricos locales, tratan de atraer a los paseantes para venderles un buen vaso de zumo de naranja de Marrakech (por el momento, la mejor que haya probado nunca). Por tan sólo 4 riads (35 céntimos de euro) compramos un vaso de un zumo dulce y refrescante. Y tras ver un par de calles del zoco, nos retiramos, esta vez sí, a dormir.

Al día siguiente tuvimos el desayuno en la soleada terraza del riad, compuesto de las típicas tortitas marroquís, las mermeladas, el pan, el correspondiente zumo de naranja recién exprimido y por supuesto, el reglamentario té a la menta. En cuanto acabamos, el guía nos esperaba para enseñarnos el norte de la medina.

En primer lugar visitamos la impresionante Madrassa Ben Yousef, es decir, la antigua universidad islámica, en la que los estudiantes se encerraban ocho años para aprender física, poesía, literatura, química, astronomía, medicina, biología, geografía, matemáticas, historia, teología... además, no podían acabar sus estudios si no se aprendían el Corán de memoria.

El robusto eficicio recuerda mucho en su interior a la Alhambra de Granada. Su patio central en el que se impartían las clases con su estanque para hacer la abluciones y la mezquita anexa son impresionantes. El uso de la madera de cedro, de estuco y de los azulejos da un resultado muy bello al patio. También es interesante ver las habitaciones de los estudiantes, lugar en el que pasaban todos esos años. Curioso que se premiara a los mejores estudiantes con habitaciones más grandes y con vistas al patio central.

A continuación fuimos al museo de Marrakech, una antigua casa señorial donde además de varias antigüedades expuestas lo más interesante es ver el hammam privado que tenía la casa así como sus gigantescas salas de fiesta con sus enormes lámparas. Y de allí fuimos a la cercana Qubba, los depósitos de água que construyeron los berebéres cuando fundaron la ciudad, donde también se encontraban los baños públicos, ya que en aquella época la gente no tenía baño en las casas.

Y hablando de los bereberes, el guía nos llevó a una auténtica farmacia bereber, donde un simpático farmacéutico nos fue explicando en contenido de cada uno de los cientos de frascos que abarrotaban las estanterías. Me llamaron la atención las maderas enrolladas en palos que se mastican para blanquear los dientes o los cuenquitos de cerámica con tinte que tan solo con pasarles un dedo humedecido se preparan para pintar los labios de rojo de cualquier bereber coqueta.

Ellos insistieron mucho con el aceite de Argan y en sus propiedades como milagrosas. También me gustó mucho el dulce perfume del ámbar (del que compré una pieza). Tampoco pude resistirme a comprar un saquito de té a la menta, que me encanta. Y aunque las explicaciones fueron muy interesantes, lo cierto es que salimos con la sensación de haber asistido a un teletienda en directo. Sensación que aumentó cuando el guía nos llevó a continuación a una fábrica artesanal de alfombras e intentaron encasquetarnos varias. O a la tienda de antigüedades. Sin embargo, con este final tan inesperado y poco agradable de la visita, el guía consiguió que no compraramos nada más, se quedó sin su buscada propina (¡ya había cobrado 26 euros!) y además aceleramos nuestra salida en bus hacia a Essaouira.

En efecto, nos dirigimos a la moderna estación de tren de Marrakech, un edificio asombroso en la parte nueva de la ciudad, parte mucho más racionalizada que la medina. Como teníamos tiempo hasta la salida del bus, comimos algo y dimos una corta (muy corta) vuelta, ya que el calor era más que sofocante y el sol quemaba. Pudimos visitar algunos interiores del Teatro Real, moderno edificio construido con la misma decoración que la estación ferroviaria.

Y del calor sofocante y la arena en los ojos de la ciudad roja pasamos al fresquito de Essaouria que rápidamente se transformó en frío por la noche. Y es que a tan sólo tres horas en bus de Marrakech encontramos esta preciosa ciudad costera, antes llamada Mogador, y que se contruyó en el siglo XVIII. Essaouira es la ciudad blanquiazul. Su medina, rodeada por murallas con cañones le dan un toque mágico, al oírse también las olas del bravo Atlántico que la azotan.


El riad Chaik Mogador era un poco más humilde que el de Marrakech, sin embargo para mi gusto, era mucho más auténtico. Además, personalmente me sentí muy bien en esta ciudad costera. La gente jamás intenta venderte nada si no preguntas, la sensación de seguridad es enorme y el clima es perfecto. Hasta me tapé con la colcha.

Callejear por sus zocos y calles es un placer, excepto una barriada cerca de las murallas donde las casas estaban en ruinas y parecía que habían bombardeado la ciudad. Por lo demás, las callejuelas son preciosas. Además, hay una gran oferta de restaurantes baratos de comida típica. La primera noche cenamos en La Petite Perle, un restaurante pequeño, con sillas y mesas bajitas al estilo marroquí así como platos típicos a buen precio. Una tajine de pollo con cebolla y olivas fue mi deliciosa elección.

Al día siguiente, tras el desayuno en el patio del riad y el correspondiente paseo por el zoco y algunas compras, decidimos explorar algo más la ciudad subiendo a sus murallas, desde las que admirar el Atlántico así como la medina blanquiazul de Essaouira. Comimos algo en el Café de la France, uno de los grandes cafés de la época dorada de Mogador y ahora venido a menos. Muy decadente pero con buena comida marroquí a precios muy bajos. Para bajar la comida, nada mejor que pasear por el puerto, observando las decenas de barquitas azules y los barcos pesqueros apiñados. También buscamos un postre en la heladería más famosa de la ciudad: Dolce Freddo. Recomiendo los helados de yogur de mandarina o el de nutella rebajada con helado de almendras, todos artesanales.

Un par de vueltas más y ya nos dirigimos fuera de las murallas para coger el bus que nos devolvería a Marrakech. La vuelta fue curiosa por las muchas manifestaciones que vimos de niños y jóvenes con banderas marroquíes, a favor del referéndum constitucional que se iba a celebrar al día siguiente.

Un chófer nos esperaba al bajar del autobús para llevarnos al nuevo riad: L'Héritage, situado esta vez al sur de la plaza Djeema, en un barrio mucho más ordenado pero aún así, labertíntico. Este riad está todo decorado con motivos cinematográficos, tiene una estupenda piscina, suena música de los años 60 de los Estados Unidos, hay antigüedades de la época y las habitaciones tienen todo tipo de detalles, desde sombreros y espadas a albornoces con nombres de estrellas de Hollywood o bañeras dignas del camerino de la actriz más exigente.

Siendo nuestra última noche en la ciudad roja, decidimos cenar esta vez en uno de los puestos de la famosa plaza Djeema el Fna. Descartando probar el plato más famoso (los sesos de cordero) nos decantamos por una ración de pinchitos de varias carnes así como una pastilla, es decir, el típico bizcocho marroquí azucarado y con canela que viene relleno de pollo desmigado. Tras una vuelta más para ver el ambiente de la plaza y algunas compras de última hora volvimos a dormir. Al día siguiente volvíamos a Europa.



Marruecos es un país que cumple con las demandas de exotismo de cualquier europeo medio, ofreciendo también todos los servicios que un occidental poco aventurero necesita. Esto, unido a la gran cantidad de vuelos baratos que operan desde Europa, contribuye a que el turismo hacia el país de la monarquía alauí no deje de crecer. Sin embargo, esta vez voy a tener que corregir a Churchill. De momento, y conociendo solo dos de las ciudades marroquíes, personalmente prefiero decir que si sólo disponeis de un día para visitar Marruecos, vayáis a Essaouira.  

divendres, 3 de juny del 2011

De restaurantes por París.

Además de la Torre Eiffel, Notre Dame, el Sacre Coeur o el Arco del Triunfo, París es mundialmente conocida por ser una ciudad donde se come caro, es cierto, pero bien. Más allá de las típicas callejas del Quartier Latin, rebosantes de locales que ofrecen todos los mismo a calidades discutibles, la cocina francesa, refinada y sabrosa, se sirve en otros muchos lugares de la capital con mucha mejor calidad y a precios razonables. De hecho, existen pequeños trucos que evitarán que acabemos asustados en el momento de leer la cuenta. Algo fundamental es pedir siempre "une carafe d'eau", lo cuál informa al camarero que deseamos una jarra de agua. El agua del grifo de la ciudad es una de las mejores junto con la de Madrid. Usad y abusad de La Fourchette, siempre se encuentran buenos descuentos.

En esta actualización nostálgica, os indico cinco restaurantes de gastronomía francesa de todo tipo a los que tuve el placer de ir. Algunos de fusión, otros tradicionales, algunos caros, otros más asequibles, y también hay desde los más chic a los lugares más ruidosos y "cutres". Pero sin duda, todos originales, históricos o inolvidables.

La Maison Rose

Los recién llegados a la capital del amor seguramente lo harán por conocer la magia y bohemia de la ciudad. Directos a Montmartre, corazón del París más romántico, con sus callejuelas, casitas encantadoras y lugares universales como el cabaret Moulin Rouge, la basílica del Sacre Coeur o la plaza de los pintores (du Tertre). Tras un paseo nocturno por el barrio, nada mejor que alejarnos de las multitudes, bajar por alguna calle secundaria, de esas estrechas y empinadas, y buscar una casita rosa pequeñita con ventanitas verdes donde cenar, como la Maison Rose, un tranquilo bistro donde probar la suculenta soupe à l'oignon, con su queso fundido, o untar pan con una exquisita terrine à la campagne. El restaurante, decorado al más puro estilo de una casa tradicional francesa, con sencillez pero encanto, hará las delicias de los fans de la cultura francesa más típica. Como planto principal os recomiendo la pechuga de pollo al estilo parisino (volaille) con una cremosa salsa blanca.

Le Kong

De lo más clásico pasamos a lo más contemporáneo. Vestíos bien, pedid un Uber y dirigios al Pont Neuf. En la cima del elegante edificio sede de Kenzo en Europa, al lado del Sena, con una cubierta acristalda encontramos Le Kong, uno de los locales de moda en París. Diseñado por el incombustible Philipp Starck, el restaurante-lounge rezuma fusión por todos lados. Caras de francesas y japonesas decoran las sillas, el color blanco, el naranja y las transparencias reinan en la decoración mientras que de noche, una ténue luz rosa indirecta ilumina el local. Sofisticado sería un adjetivo que se le queda corto al lugar. Sus vistas de día son una pasada. Aunque de noche el ambiente es insuperable. En este restaurante se rodaron algunas escenas del último capítulo de Sexo en Nueva York, por lo que legiones de fans acuden en masa. 

Tras montar en el ascensor que nos llevará hasta el último piso del edificio, entrando directamente al local, el maître nos llevará a nuestra mesa (imprescindible reservar). La carta sorprende por la curiosa fusión que se hace de las gastronomías nipona y gala. Para empezar, lo mejor es pedir un Kong Plate para compartir, que viene con pollo y gambas satay en brochetas, rollitos de espinacas, tartar de atún, sashimis y lo más curioso: el macaron sheetaki.

Los shashimis de foi-gras son otra de las grandes opciones para empezar. De carnes, el magret de pato al Kumquat nos muestra lo mejor del sabor francés y japonés a la vez. Y los udon (spaghetti japoneses) con langosta de Bretaña tampoco están nada mal. Y la ternera Wagyu, según dicen de vacas criada al aire libre que reciben masajes continuos y escuchan música clásica, también está muy rica.

¿Postres? Evitemos ser pijos y no pidáis ninguno de los que les traen los hornos Pierre Hermé. Los podéis comprar en sus locales directamente a mitad de precio. El Kong tiene postres propios excelentes, más allá del apartado de Hermé. La ensalada de coco con sorbete de mango es muy refrescante pero los más golosos caerán en "le tout chocolat": pastel, sorbete y crema, todo junto, todo de chocolate. La "framboise party" también esta deliciosa. Regad toda la cena con un buen vino blanco fresquito y tendréis la velada perfecta. Además, una buena cena en Le Kong tiene punto y seguido: en efecto, a partir de medianoche más o menos podremos descender al pequeño pero increíble lounge que el restaurante ofrece, con Djs de excepción pinchando la mejor música del momento con mezclas perfectas. Aquí hay mesas y sofás además de la barra para cuando os canséis de bailotear y busquéis refrescaros. La carta de cócteles es muy buena y están preparados con todo el mimo. Aunque no los probé, porque caímos en algo muy francés: pedimos una botella de Moët&Chandon para nuestra mesa. Era navidad.

Polidor

Pero volvamos a lo clásico y básico: Polidor. Se trata de una de los restaurantes más típicos del Quartier Latin. Después de una mañana de paseo por el parque de Luxemburgo, de visitar a los franceses más ilustres enterrados en el Panteón o de curiosear y hojear libros polvorientos en alguna de las antiguas librerías del barrio más intelectual de París, que mejor que comer en un lugar cargado de historia.

Tras abrir su puerta de madera y cristales a cuadraditos, y apartar la polvorienta cortina color burdeos que hay a la entrada nos adentraremos en un local que conserva muy fielmente el aspecto que tenía cuando se inauguró en 1845. Mesas de madera, mármoles blancos y otras decoraciones auténticas nos transportarán a los tiempos de Victor Hugo, del que se dice escribió grandes partes de sus novelas en estas mesas. Si lo que buscamos es tradición en estado puro, este es el lugar. Mesas pegadas la una a la otra, ambiente ruidoso e informal, jarras bien llenas de agua, servilletas de tela suave y cestos cargados de pan cortesía de la casa, nos muestran que nos encontramos en un lugar familiar, del París del día a día, alejado de elitismos y alejado también del turisteo.

El foie gras de pato casero que preparan allí mismo es excelente.Aunque lo mejor es su plato de boeuf bourguignon, un contundente guiso a base de tacos de ternera guisados en una deliciosa salsa de vino tinto y champiñones, cebollitas, patata, zanahoria... etc. El sabor de la historia. No olvideis pedir una copa de vino tinto de la casa, muy recomendable. Y de postre no hay duda: Tarte Tatin. Una de las mejores de Paris. La esponjosa y suave masa, la manzana al punto con el líquido almibarado recién hecho y sobretodo, la insuperable crème fraîche de la casa. No os arrepentiréis. En Polidor se nota que todo es fait maison, al punto, y con los mejores ingredientes. Uno de los restaurantes más franceses de la Ciudad de las Luces.

La Coupole

Volvamos a ese París refinado y elegante. Dirijámos nuestros pasos a Montparnasse, barrio burgués por excelencia, de grandes boulevares arbolados, calles rectilíneas y edificios perfectos. Apresurémonos al corazón del barrio, al propio boulevard Montparnasse, para descubrir otro lugar histórico: la Coupole.

Brasserie de la belle-èpoque, favorita de Hemingway, Sartre, de Beauvoir, Gardel, Man Ray o Josephine Baker hará las delicias de los enamorados de la literatura o la música. Además, los aficionados al arte disfrutarán con sus columnas decoradas por Chagall o Brancusi. En la Coupole nos trasladermos al París de  esos últimos años 20 inolvidables, con todo aquel movimiento intelectual. También este restaurante fue referente de los años 50. Es uno de esos lugares del modernismo parisino, donde tradición e innovación se dan la mano. Camareros vestidos de punta en blanco nos ayudarán aún más a sentir esa elegancia. Con sus 450 plazas, se conserva tal y como se inauguró, a excepción de algunas pinturas nuevas que decoran las paredes.

Para comer, dejémonos tentar por su inconfundible cordero al curry, su plato estrella desde hace casi 100 años. Aunque deberíamos empezar mejor con la suculenta ensalada "Coupole" con higos, foie-gras y pato tostado. Es incomparable. Luego, una gran variedad de platos de la época modernizados nos esperan. Y como postres, el enorme macaron coronado por frambuesas, sorbete y crema, o la tarta hojaldrada al zumo de limón fresco. Los más tradicionales podrán acabar la velada descendiendo a la gran sala semisubterránea para bailar con personas "mayores" (más de 40 años) al tradicional dancing de la planta baja. Aunque recomiendo mejor acabar en la discoteca MIX, a pocos minutos del lugar.

Le Refuge des Fondues

Tras tanto restaurante de mesa y mantel, cansados de tanto lugar pijo, si lo que queremos es juntar a los amigos con ganas de fiesta y tener una cena divertida, con todo el mundo gritando y bien pegados los unos a los otros, hay que reservar en el local más loco de la ciudad: le Refuge des Fondues.

El local es pequeñito, oscuro, ruidoso y con las paredes llenas de pintadas de los clientes (a las que podemos incorporar nuestra creatividad). Y la carta es muy simple: solo hay fondues y solo hay dos tipos: bourgognone o savoyarde. Es decir, de queso fundido o de aceite hirviendo. Ambas con su correspondiente fogón y llama que nos pondrán en la mesa. Lo mejor, pedir de las dos para compartir. Y para beber tampoco será difícil escoger: biberones de vino blanco o tinto, ambos de la casa. Chupeteando cual bebé, chillando a quién queramos hablar y mojando el pan, las verduritas, patatas o los trozos de carne en las fondues se nos pasará el tiempo volando.

En este singular lugar solo hay dos mesas larguísimas con poquísimo espacio para moverse. Un consejo: id al baño nada más llegar, luego será imposible. Los que se sienten en el lado izquierdo deberán saltar la mesa (o arrastrarse por debajo) para poder salir. Lo positivo es que se acaba conociendo a todo el mundo que está en el restaurante. Solo abre en cenas y solo cuesta alrededor de 15 euros. Una de las experiencias parisinas más curiosas y divertidas, de eso no hay duda.

Pierre Hermé

Por último, y aunque no sea un restaurante, no me resisto a acabar este repaso con un pequeño consejo: algunos de los mejores croissants se encuentran en las pastelerías Pierre Hermé (en la rue Bonaparte tenéis una) así como deliciosos pains au chocolat. Aunque el secreto mejor guardado de estos locales es una de sus especialidades en macarons: el Mogador, fusión chocolate con leche y fruta de la pasión. PH está especializado en este dulce tan parisino, aunque este sabor exclusivo es, a mi gusto, el más exquisito. Compraos uno, coged el metro hasta Trocadero y disfrutad de él mientras observáis la Torre Eiffel.


Bon appétit!


Le Kong
Fusión francés-japonés -
Rue du Pont-Neuf, 1. Metro Pont-Neuf .

La Coupole
Francés
Boulevard du Montparnasse, 102. Metro Vavin.
www.flobrasseries.com/coupoleparis

Polidor
Francés
Rue Monsieur le Prince, 14. Metro Odéon

Maison Rose
Francés
Rue Abreuvoir, 2. Metro Lamarck-Caulaincourt.

Le refuge des fondues
Francés
Rue des Trois Frères, 17. Metro Anvers.

Pierre Hermé
Repostería francesa
Rue Bonaparte, 72. Metro Saint-Sulpice.
www.pierreherme.com